Malvinas: un cuento chino (y no nacional)

por Pablo Hupert

En la película Un cuento chino aparecen tres vacas, y advertí algo: si habla de vacas, habla de Argentina. Además, habla de Malvinas y del sentido. La guerra isleña –se dice– es una herida abierta. ¿Por qué –pregunto– no cicatriza? Porque no ha encontrado vías nacionales de tramitación. La vía nacional de tramitación del sentido ha sido, desde entonces, inviable. En otro lado, escribí que en Malvinas murió la patria. Aquí escribo que también han muerto los modos patrióticos de tramitación y elaboración del sentido social. El sentido no emana de lo que ocurrió sino de la elaboración social de lo que ocurrió. Pero lo que ocurrió en Malvinas hace estallar las capacidades nacionales de elaboración nacional de lo que le ocurrió a la Nación.

La tramitación nacional ha sido clásicamente una construcción de un relato constructor de la nación como fruto de una epopeya, entre cuyos hitos las guerras eran jalones épicos primordiales. Triunfal como en San Lorenzo o derrotada como en Vuelta de Obligado, la Nación se encontraba en el relato de la gesta que quería verla libre y soberana. Malvinas no ha podido relatarse así ni de ninguna otra manera que le diera un sentido nacional. Una guerra inverosímil, una guerra aislada, sin relato y sin sentido. Un cuento chino.

Malvinas: un cuento sin sentido

pertenencia, ajenidad, orgullo,vergüenza,
  bronca, desengaño…
logro y fracaso. dibujar… pintar… ser isla…
en soledad con lo vivido.
Marcelo Prudente

El compartir el sostén de un cuento, veíamos en Un cuento chino, hace del cuento –que a priori es chino, hollywoodense, inverosímil– una verdad subjetiva. El sentido es un invento, pero, si se lo comparte, ya no es invento sino construcción –y una construcción ya no es falsa sino una edificación donde vivir que nos sostiene muy palpablemente, muy vitalmente.

Esta película y una charla con Marcelo Prudente (pintor, ex combatiente, psicólogo) me han aclarado mucho la otra historia que también está presente en ella intrincada con las dificultades que vienen teniendo los excombatientes. Antes que nada: es una dificultad de cualquier ex combatiente el no encontrar sentido a su vida luego de la guerra. Es difícil para un ex combatiente, me decía Marcelo, que le pase algo más en su vida luego de haber pasado una guerra. La guerra, como otras experiencias absolutas, tiene un poder mortífero, pues no solo mata a los que mata mientras dura, sino que destituye el interés vital de los que sobreviven y no da, por sí misma, elementos para armar una vida con sentido luego de la guerra, para hacer que al ex combatiente le pase algo que no sea la guerra misma.

Por supuesto, esto tiene mil matices y salidas y sin dudas no es igual en el ex combatiente derrotado que en el triunfador, pero aquí me interesa pensar el hecho de que tampoco es lo mismo para el ex combatiente que es recibido por una sociedad que le da algún tipo de reconocimiento y herramientas para procesar su trauma que para uno que, como el argentino, no recibe esos recursos.

El ex combatiente de Malvinas sufre dos abandonos: en el campo de batalla primero y en la sociedad después. En la batalla, porque no recibe las herramientas necesarias para satisfacer el heroísmo que la Patria demanda, o para obedecer los encargos que sus superiores ordenan. Dicen que los humanos realizamos los sacrificios que la cultura nos demanda para granjearnos el favor de los poderes oscuros, -por ejemplo, del Otro. En Malvinas el Otro se llamaba Patria. En esa aislada guerra, los generales –representantes de la Patria– que mandaban al soldado que sacrificara o arriesgara su vida se desentendían de hacer viable la obediencia a esas órdenes que emitían en nombre de ella, fuera porque se robaban los fondos que financiarían su viabilidad, fuera porque las estrategias militar y diplomática del “Teatro de Operaciones del Atlántico Sur” dejaban mucho que desear, fuera porque mandaban a los “hijos de la Patria” a una batalla perdida de antemano, fuera porque, en realidad, no actuaban por la Patria sino para satisfacer otros apetitos, entre ellos el de mantenerse al mando de la Argentina, fuera porque no les proveían abrigo, munición, alimento, instrucción, entrenamiento, etc.

Ese, sentimos, fue el primer abandono. Pero luego los ex combatientes sufren otros abandonos al regresar al sardónicamente llamado Continente, pues su país no los contendrá. En el regreso, el ex combatiente no encuentra, en el sentido social, un lugar para lo que ha vivido. El combatiente que regresa se encuentra con que los sacrificios que le han sido solicitados y que decidida o resignadamente ­realizó, no le han granjeado ningún favor de su Patria.

El relato democrático no construirá un sentido siquiera confortable (no digamos potente) para la guerra aislada. El relato pos-’83 de Malvinas, mejor dicho, no se construye; más bien se tiende esconder la cuestión de Malvinas bajo la alfombra y se comienza el proceso de desmalvinización, lo que es otra forma de decir que el ex combatiente no tendrá, para sus peripecias, un sentido social que lo acoja y un sentido vital luego de su experiencia absoluta. Eso dificulta que le pase algo más que lo que le pasó, pues dificulta elaborar el trauma y obstaculiza la resiliencia (la recomposición y relanzamiento subjetivos); en criollo: el armar una vida luego del trauma.

Esto era aún más dificultado por las dos o tres cosas que sí se decían y repetían y siguen repitiéndose por doquier de esa guerra y de “los chicos de Malvinas”. “La guerra de Malvinas para lo único que sirvió es para retornar a la democracia” es uno de esos lugares comunes. Otro es “esos chicos murieron para que nosotros tengamos democracia”. Hay otros por el estilo que convergen en dejar a los ex­ combatientes como meras víctimas impotentes de los planes de otros, como idiotas útiles de las turbias intenciones milicas o víctimas redentoras de la institucionalidad y el estado de derecho argentinos. Lugares comunes de una tramitación despotenciadora.

Se despotenciaba a los ex combatientes llamándolos chicos, y también diciendo que fueron engañados, que fueron a luchar por unos ideales que los que los enviaban allí no sostenían. Que pobrecitos, que cómo se iban a dar cuenta, que eran jóvenes y, como todo joven, eran idealistas, que muchos eran analfabetos, que no tenían elementos de juicio, etc. De esta manera la sociedad argentina se desligaba de ellos, los dejaba aislados y no asumía que había algo que atravesaba a quienes combatieron y a quienes no combatimos, que es: ¿quién podía en el ’82 darse cuenta de que toda pelea por la Patria era una pelea por una ficción ya agotada, ya moribunda? Sin duda, muchos argentinos pudieron desconfiar de los milicos, pero ¿quién podía en ese momento advertir que la Nación, como Patria, agonizaba? ¿Quién podía en ese momento hacer algo a partir del hecho de que el sentido patriótico de las acciones argentinas, bélicas o de cualquier otro tipo, en Malvinas o en cualquier otro lado, no eran ya un sentido sostenido compartidamente –y mucho menos, compartido sostenidamente­–? ¿Quién podía hacer algo con el hecho de que “Patria” había dejado de ser lazo?

La orfandad en que fueron sumidos los chicos no fue solamente de los chicos. Hacer algo en esas condiciones requería, no de una toma de conciencia, eso no es siempre necesario, pero sí requería de un invento construido en común.

El pibe que a los 18 años arriesgó su vida con toda entrega por un sentimiento patriótico ferviente (que solía hervir no solamente a los 18 años) se encontró primero abandonado y derrotado en el campo de batalla, y luego, en los años siguientes, no sólo se encontró con que no había pensiones económicamente razonables o servicios de salud y de asistencia laboral y social adecuados a sus necesidades sino que toda esa entrega, toda esa ilusión, todo ese sentido que habían inspirado los riesgos que corrió, habían sido dispuestos por una camarilla maquiavélica y maléfica que sólo buscaba perpetuarse en el poder. O: por un Estado que, en el Continente, había genocidado a su propio pueblo. Es decir, la entidad que habría sido la encarnadura de su patria era una entidad no sólo engañosa, abandónica y rapaz, sino además, agente de unas prácticas más letales que vivificantes, más infernales que celestiales, más destructivas que constructivas, más enmudecedoras que significantes, más vergonzantes que loables, más mutiladoras que generadoras, más aventureras que épicas y así por el estilo.

En el no-relato democrático de los años siguientes a Malvinas, en breve, los riesgos corridos, las muertes y heridas sufridas, las deshonras recibidas, no encontraron sentido en relatos épicos potenciadores sino en comentarios victimizantes despotenciadores. Así las cosas, difícilmente un “chico de la guerra” pudiera encontrar recursos para que le pasara algo más que lo que lo que le había pasado luego de la Guerra.

De tal manera, la sociedad argentina no hizo lugar que albergara a los ex combatientes, no solo en el sentido de que no dedicó hospitales o trabajos para que se reinsertaran al volver, no solo en el sentido de que no les dio lugares económicos y sociales, sino en el sentido de que no les dio lugares significantes. (Las indemnizaciones y pensiones económicas reparan algo, y también los documentales y libros con denuncias, pero tampoco hacen sentido vital: ése se lo ha tenido que agenciar ­–o extraviar– cada ex.) Otro lugar común toma cuerpo crudamente: Malvinas fue una guerra sin sentido. El punto es: lo sigue siendo. Por la falta tanto de lugares sociales como de lugares simbólicos, la sociedad argentina aisló a lo ex combatientes; los confinó ­–a cielo abierto– en nuevas islas. Pero así quedó aislada también ella, desligada de lo que le pasó en el Sur. (Otro aspecto en que el régimen democrático no pudo regenerar la Nación.)

Difícilmente pueda alguien (sea ex soldado o sociedad) encontrar sentido solo, desligado, como veíamos en Un cuento chino. Difícilmente pueda, si no puede compartir el cuento. En la película vemos estas dificultades en la forma misma en que se despliega la vida de Roberto: ese ex combatiente que encuentra que la Patria no lo cuida en el campo de batalla y que, al volver a su casa, encuentra a su padre muerto. Es decir, su familia no pudo recibirlo: los dos abandonos que, fuera de la película, sufrieron los ex combatientes.

Desde entonces, su vida será una repetición constante de lo mismo que había antes de la Guerra. El trauma de Roberto no toma cuerpo en pesadillas o en una invalidez o en la penuria económica o laboral sino en la simple obsesión, en la repetición ritualizada (y malhumorada) de los mínimos hábitos previos al trauma, en el desinterés por todo lo nuevo que pueda pasarle, en la desinvestidura de lo que lo rodea; hasta que aparece un chino (que, como sabemos, coloquialmente significa “una complicación”), y le abre la puerta a Mari. Después de la Guerra, para Roberto nada más ocurre, nada con fuerza vital; apenas si encuentra interés en cuentos chinos, en historias ridículas que no tiene con quién compartir, en rarezas aisladas que tienen (y atentan contra todo) significado.

Como no ha habido una recepción del que regresa, como no ha habido un alojamiento en el sentido social para los veteranos, lo único que le queda a Roberto es vivir su vida rutinariamente, repetitivamente, esto es, intentar por todos los medios que su vida sea la misma que antes del “accidente” de la Guerra. Pero, ¿cómo investir con sentido a una vida con la cual toda una sociedad no hace lazo?

El aislamiento de Roberto es el aislamiento que los ex combatientes, y en general la guerra de Malvinas, han sufrido de parte de la sociedad argentina. Malvinas es una incógnita que no se puede pensar porque no hemos logrado enlazar con ella, porque no hemos logrado contar, de Malvinas, un cuento que no sea un inverosímil cuento chino sino una verdad compartida, una abertura para explorar con otros (como la que al final halla Roberto en una relación con Mari). (La guerra de Malvinas viene siendo, a lo sumo, “un dolor que en el Sur se atragantaba”, como decía Copani. Se trata de un atragantamiento que espera su digestión, esto es, la construcción de un sentido compartido, un lazo, para que Malvinas deje de ser un cuento chino, una historia tirada de los pelos. Pero ningún dispositivo ha tomado el lugar del aparato historiador nacional, ni siquiera en el trigésimo aniversario de la guerra. Que una historia ridícula devenga la verdad de un lazo (que tal vez no será uno general y nacional sino muchos singulares y situacionales).

¿Qué sentido, qué verdad, qué lazos podemos construir y compartir luego de la muerte de la Patria y los grandes relatos nacionales? ¿Qué sentido, cuando ningún aparato relator ha tomado el lugar del nacional?

La imposible representación de la guerra de Malvinas

– Posdata a un cuento chino y no nacional –

Hay parva de intentos de significar nacionalmente la guerra de Malvinas. La suma de todos esos intentos no consigue articularse en un relato nacional. Y digo que es imposible que lo consiga. Voy a argumentar conceptualmente esta imposibilidad, pero primero permítanme mostrarla empíricamente.

I. Veamos la multiplicación de actos del 2 solamente en Capital en esta lista seguramente incompleta:

Marcha a la embajada inglesa, conmemoración ciudadana en La Casona de Humahuaca, “misa por los héroes” en la Catedral, actos de oficiales vgm retirados, entre otros, además de una diversidad de actos en el conurbano que tampoco confluyen en un acto central. También hay vigilias de 24 horas aquí allá y acuyá. Además, continúa el acampe toas en Plaza de Mayo de los vgm no reconocidos. Descentralización y fragmentación, pero además, desacuerdo sobre si llamar a los actos conmemoración, celebración, reivindicación, jornada de lucha, día de luto. También hay quienes, a pesar de todo el despliegue que, en una diversidad de maneras, busca rehabilitar “la causa” malvínica, lo siguen considerando un día vergonzante; algunos (De Ípola, Eliaschev, Gargarella y otros 43) han publicado una solicitada en ese sentido. La “des-desmalvinización” no termina despejar su camino.

A esto se suman documentales, blogs, artículos gráficos, libros y una gran diversidad de iniciativas. Por ejemplo, el “ceo and founder de Dattatec.com” envió un mail a toda su base de datos con asunto “Llevá tu mensaje a Malvinas” contando que “el día 2 de abril mi amigo y ex-combatiente Juan Carlos Luján y yo llevaremos todos los mensajes en un soporte digital que emplazaremos en tierra isleña”. A la vez, el ex-combatiente y pintor Marcelo Prudente repone su alucinada (y alucinante) muestra Malvinas: fantasmas de la Guerra. Están también, por supuesto, los documentales y películas nuevos o reemitidos por TV, las nuevas denuncias, los nuevos datos revelados, etc., etc.

La Guerra de Malvinas es indigerible para un relato nacional y el kirchnerismo, por su parte, no ha encontrado la manera de reinsertarla en la historia argentina como ha reinsertado a “la juventud maravillosa” y los desaparecidos (aunque esta reinserción tampoco es en un relato nacional, pero esto ya es otra cuestión). Así, la campaña en curso de reivinidicación de la soberanía sobre Malvinas viene con dos desplazamientos: por un lado, resaltar los antecedentes de reclamos previos al 82 y quitarle peso a la Guerra (operación que incluye un Museo de Malvinas, un homenaje de Cristina a los 18 que aterrizaron en las islas en 1966, una difusión de la rebelión del gaucho Rivero contra los ingleses en 1833); por otro, enfatizar el interés latinoamericano (o sea, supranacional) del reclamo (operación que incluye el uso de una metáfora biogeográfica para el Atlántico Sur que hasta ahora solo usaban los brasileros para su mar: la “amazonia azul, reservorio de una enorme riqueza en hidrocarburos y biodiversidad, que debe ponerse al servicio del crecimiento y el desarrollo con inclusión social de los países de la región ” y sus recursos naturales)

Se ve, independientemente de cómo se juzgue la política internacional que lleva adelante el gobierno, que no hay posibilidad de procesar la Guerra al modo nacional; la única forma es correrla del centro, sea regionalizando el asunto, sea poniéndolo como uno más de una larga cadena.

Como dice El Malvinense: “se habla de Malvinas como si fuera ajeno a nuestra identidad como Nación”. El malvinense lo dice en tono de denuncia; propongo leerlo como historiador: es lo que hay –y no lo que falta y podría restaurarse.

II. Veamos ahora lo que imposibilita una digestión social del atragantamiento que sea nacional y redentora. La conceptualización visibiliza tendencias y condiciones socioculturales de posibilidad de lo que hay y subraya las que no pueden torcerse.

Hay dos conjuntos de condiciones que impiden una elaboración nacional de la guerra de Malvinas. Por un lado, la guerra misma: como ya señalamos, una guerra que fue una maniobra de una dictadura entreguista y genocida, que fue un fiasco, una irresponsabilidad y un abandono de “los hijos de la patria” hizo morir a la Patria interesada en recuperar las Islas tanto como hizo estallar la posibilidad de ser relatada épicamente; el dispositivo nacional de elaboración de lo ocurrido es impotente para albergar esas agudas contradicciones, como vimos en “Malvinas, un cuento chino (y no nacional)”. Por este lado, entonces, caen tanto el dispositivo como el sujeto relator del trauma. Lo que se atraganta es un hueso imposible de roer.

Por el otro lado, el carácter de la época obstruye algunos supuestos basales del dispositivo historiador nacionalista. Una institución central del gran relato nacional era el soldado desconocido; la Catedral argentina, por ejemplo, tiene una llama para él, pero todas las naciones homenajean al suyo y le dedican algún monumento. Ahora bien, la dinámica de los medios de comunicación impiden, por mucha desmalvinización que haya habido, desconocer al soldado de Malvinas. Otro supuesto inherente es el archivo histórico. Sin embargo, los datos nuevos, las denuncias, los testimonios sobre Malvinas no dejan de aparecer y proliferar. La desclasificación del informe Rattenbach no hace sino constatar esta imposibilidad de archivar el asunto para que sea relatado por (y solamente por) los historiadores nacionales y se lo relate escolar y elegíacamente.

Pero profundicemos. El relato historiador nacionalista del pasado supone –como todos los dispositivos estatal-nacionales– una representación del pasado. La representación vuelve a presentar lo presentado sí, pero con la condición sine qua non de que lo presentado quede excluido. Si la presentado no es convenientemente ausentado, su representación no prospera. La institución de la historia nacional tenía al menos dos modos de ausentar el pasado que representaba: uno, confinándolo al archivo (que era limitado y que, aunque pudiera crecer, no se multiplicaba como hongos, a diferencia de lo que ocurre actualmente con la información); otro, desconociendo al soldado muerto y llamándolo héroe (o, alternativamente, caído, cipayo, víctima, etc.).

Abreviando. Tanto por sus características intrínsecas como por las condiciones epocales, la guerra de Malvinas es nacionalmente irrepresentable.

III. Esta imposibilidad, ¿es de lamentar? ¿Y si fuera una posibilidad? Y si, como en Un cuento chino, despeja el camino para una verdad colectiva, presentativa, situacional, tanto como le cierra el paso una representación general, opresiva, desconocedora de las potencias reales. ¿Si nos habilita a contarnos cuentos ni chinos ni nacionales sino sostenidos compartidamente? ¿Si dificulta el aislamiento y habilita el lazo y el sentido?

Será cuestión de averiguarlo. Ya hay quienes lo están haciendo -Roberto y Mari, por ejemplo.

El sentido un cuento compartido

La película Un cuento chino[1] no habla, como dice una sinopsis fácil, de la relación entre Roberto –Darín, el ferretero– y Jun –Sheng, el inmigrante chino–, ni tampoco habla de la relación de Roberto con Mari ¬–Santa Ana, la pretendiente–. Habla de contar cuentos con sentido.

Hay varios cuentos chinos en la peli: esas inverosímiles historias que recopila Roberto mirando revistas y diarios viejos, entre las cuales está, por ejemplo, la de una pareja que detiene su auto para tener sexo al borde de un acantilado y en el arrebato del orgasmo involuntariamente destraban la caja de cambios, caen al precipicio y acaban muriendo. O la de unos ladrones de vacas que arrojan una desde su averiado avión y que cae sobre una barcaza en un lago de China matando a una novia frente a su novio. O también es la historia de Roberto relacionándose con Jun: levantando a ese inmigrante perdido, alojándolo en su casa, acordando una convivencia con él, buscándole a su familia y demás. O también es la historia de que Roberto finalmente acepta las incansables y repetidas invitaciones de Mari a iniciar una relación y encontrar un inesperado sentido vital ahí y ya no en historias ridículas y obsesiones sin sentido.

Vaya una sinopsis: Roberto es un ferretero obsesivo que tiene entre sus obsesiones contar la cantidad de clavos que vienen en las cajitas que le compra a su proveedor y confirmar, cada vez, que las cajitas tienen menos clavos que los declarados en sus etiquetas. Además de buscar historias ridículas, mantiene obsesivamente hábitos setentosos: por ejemplo, entre otros, su Fiat 1500 en perfectas condiciones, sentarse los domingos frente a Aeroparque a ver los aviones despegar y aterrizar, etc. Otro rito obsesivo: siempre está en la cama listo para dormir a las 22:59 y apagar el velador y apoyar la cabeza en la almohada exactamente cuando su reloj da las 23:00. Vemos, dicho sea de paso, que el reloj es, como su auto y el mobiliaro, el mismo en 1982 y en 2011. Roberto no tiene celular ni computadora, ni ha tenido pareja ni hijos. Su vida se detuvo en 1982.

Lo único que saca de su ritualizada rutina a Roberto es su encuentro con Jun y la responsabilidad que siente hacia ese ser humano perdido en un país desconocido. También Mari viene intentando sacarlo de su rutina, viene insistiendo, pero no lo viene logrando. Ella vive en el campo, pero vino por un tiempito a la casa de su hermano, que es un vecino de Roberto, lo visita, lo invita a comer y a pasear. Un buen día a Mari se le ocurre pedir comida china en lo de Roberto, sentarse en la mesa con Jun y él, y pedirle al chino que trajo la comida que traduzca del chino al castellano para entender cómo llegó Jun ahí.

Y lo que ocurre entonces es que así como Roberto interroga a Jun, así también interroga Jun a Roberto. Así como Roberto se entera de que Jun es un huérfano que ha venido a la Argentina buscando a un tío, así también Jun pregunta a Roberto qué es lo que pega en esos álbumes; Roberto dice que junta historias ridículas y le muestra una que le parece fenomenal, muy divertida, que es la de la vaca cayendo del cielo sobre una barcaza en un lago de China. Jun entonces dice: sí, cayó sobre mi novia y la mató. Una historia inverosímil deviene verdadera. Se percibe que fue entonces que su vida dejó de tener sentido y se fue de China buscando familia, esto es, buscando lazos. Lo cual –percibimos– invita a Roberto a buscar algún lazo. Así como Roberto hospeda a Jun, así también Jun lo invita a él –lo invita a aceptar las invitaciones de Mari.

Cuando Mari termina su estada en lo de su hermano y vuelve a su casa en el campo, Roberto decide que tiene que buscar una historia allí con ella. Sube a su auto y llega a una casita que es como una estancia argentina con vaca atada y Mari ordeñándola, una casita hermoseada por las técnicas cinematográficas que hacen parecer las cosas como soñadas, como cuentos de hadas, que retrotraen a otras épocas en las que todo es más lindo que en la vida y en las que los personajes encuentran el sentido de sus vidas. ¿Un cuento hollywoodense?

Ahora bien, el sentido de su vida no lo encuentra Roberto en una maqueta cinematográfica sino en la relación con una mujer, no lo encuentra en la inverosimilitud de una escenografía sino en la verdad de una relación amorosa, no lo comprueba en un laboratorio en el cual, mediante los procedimientos adecuados, constata o refuta la veracidad del cuadro, sino en la apertura que la relación con Mari abre en un mundo cerrado, sin sentido, lleno de rutinas triviales. En la abertura que la posibilidad abre, en la exploración que la compañía amorosa invita a emprender.

De esta manera, la película nos dice que el sentido no está en la realidad sino en la construcción colectiva, que el sentido no es un relato verosímil sino una verdad que es verdad porque se la comparte y se la construye. Nos dice que el sentido es un cuento chino, que deja de ser chino, ridículo, inverosímil, cuando hay con quién compartirlo. Lo inverosímil, lo chino, lo improbable del cuento que Roberto se dispone a emprender junto a Mari al terminar la película, se torna posible al sostenerse en un lazo.

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