La audacia Marxista y la respuesta al presidente Cámpora

La Respuesta a Cámpora constituye sin ninguna duda la declaración política mas audaz de la izquierda marxista a lo largo de toda la historia política Argentina. Estos son los originales restaurados digitalmente. Los cuales están acompañados por otros documentos también originales de la época, y con tres artículos que le servirán al lector para comprender las dimensiones históricas  de estos textos y sus implicaciones en el terreno politico.

 : Vera Carnovale –  En la mira perretista: las ejecuciones del “largo brazo de la justicia popular leer aquí

Pablo Pozzi – El PRT y la cuestión de la democracia
“Por las sendas argentinas…”El PRT-ERP, la guerrilla marxista
(Buenos Aires: EUDEBA, 2000) . Leer aquí 

del prólogo a la segunda edición – “…Como toda obra, ésta era profundamente personal e involucraba una cantidad de inquietudes de mi propio pasado junto con interrogantes sobre el presente, mientras intentaba develar algunas de las tendencias hacia el futuro. En la práctica iba mucho más allá que intentar simplemente una historia del PRT-ERP. Al igual que otros de mis libros, este estudio obedecía al intento por trazar las características de la sociedad argentina y, muy particularmente, de la clase obrera. En ese proceso se abrieron numerosos interrogantes en tomo a la relación entre la izquierda marxista y los trabajadores argentinos, sobre la conciencia de clase y la cultura, acerca de las prácticas políticas y respecto de la articulación entre partidos políticos y sociedad. Era, y es mi hipótesis, que las expresiones políticas de una época determinada tienen una relación estrecha con la sociedad que las genera. En ese sentido, la guerrilla (y, podríamos decir también los partidos burgueses, la derecha militante o las fuerzas armadas) fue una expresión de esa sociedad, con todas sus virtudes y defectos. Esto implicaba que mi aproximación al tema estaba profundamente reñida con la visión hegemónica impuesta, sobre todo, por el radicalismo alfonsinista más conocida como la “teoría de los dos demonios”. En esta visión ta guerrilla era un subproducto de la pequeña burguesía juvenil radicalizada, motivada por la anomia y la desesperación generadas por el cierre de canales de expresión democráticos durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía. La dictadura de 1976-1983, a su vez, había sido una respuesta particularmente cruel y violenta al desafío armado de estos grupos de jóvenes que, en su mayoría, no expresaban al conjunto social. Al mismo tiempo, para el alfonsinismo hegemónico, ios partidos burgueses representaban la expresión de la democracia por antonomasia.
Mi visión era profundamente distinta. Para mí la guerrilla era la expresión de décadas de violencia institucional, donde partidos como la UCR o el PJ habían sido partícipes y colaboradores. Lejos de ser una expresión antidemocrática, la guerrilla al igual que las puebladas como el Cordobazo o la violencia de los anarquistas y los comunistas y de la Resistencia peronista, eran la forma que tenían aquellos trabajadores y sectores medios más politizados de intentar reclamar una verdadera democracia en el sentido de las amplias mayorías, o sea del gobierno del demos. A su vez, esto chocaba con algunas de las nociones más comunes que conformaban la identidad de los sobrevivientes setentistas.
En su visión, los militantes de la década de 1966 a 1976 habían sido “los mejores hijos del pueblo” y su fracaso representaba un retroceso en el conjunto social. Para mí también, la derrota del intento de “tomar el cielo por asalto” era algo sumamente doloroso cuyas consecuencias las continuamos padeciendo hasta el día de hoy. Pero la investigación me generaba toda una serie de preguntas que, por lo general, no me había planteado previamente. Y también me facilitaba respuestas. Los setentistas fueron expresión de la sociedad de su época, mejores que muchos, similares a otros. Al mismo tiempo, me quedaba claro que cada organización potenciaba valores en los individuos que las componían que les permitía trascender humanamente. Esto se sintetizaba en la figura de Mario Roberto Santucho cuyo heroísmo, sacrificio, decisión, y compromiso con la sociedad que lo había engendrado es, para mí, absolutamente maravilloso. Pero también lo encontré una persona profundamente humana y, sin caer en nacionalismos absurdos, muy  “argentino”. Santucho era también un “guerrero” convencido que tenía la razón y la historia de su lado y por ende reacio a comprender las criticas o a compartir su liderazgo. Esta humanidad del líder guerrillero era lo que más me había gustado de la interesante obra de María Seoane y aportaba a comprender tanto su liderazgo como el mito que se generó al respecto. Asimismo, Santucho y la guerrilla en general, entroncaban con pautas culturales y estructuras de sentimiento que la sociedad argentina vivenciaba como “sentido común”. Siendo ateos pertenecían a una cultura cristiana, machista, homofóbica y caudillista. Al igual que la sociedad argentina, donde lo urgente siempre desplaza a lo importante debido a las constantes crisis sociales y políticas, la guerrilla tenía una gran cuota de urgencia que a veces lindaba en la desesperación. A pesar de hablar de la “guerra popular y prolongada”, la realidad era que nadie veía el horizonte de la revolución en un plazo mayor a unos cinco años. Todo esto permitió una decisión revolucionaria excepcional mientras que muchos argentinos podían identificarse con “el sentido común” guerrillero. También me permitía explicar avances y retrocesos más allá de las relativas virtudes en la línea política, y visualizar porqué guerrilleros marxistas se nutrieron de militantes cuyas familias eran peronistas o radicales, e inclusive el cruce de activistas de derecha a izquierda y viceversa.

Por otro lado, esto me llevaba a preguntarme una serie de cosas sobre la clase obrera argentina. La cantidad de obreros peronistas que se hicieron “del PRT” revelaba que éstos, a pesar de su supuesta ideología, no eran demasiado macarthistas. Es más, lo que yo recogía era que el proceso de politización tenía que ver con la calidad humana y la práctic a del militante más allá de la línea política en sí. Así me surgía ia sospecha de que para la clase obrera el clasismo no es una postura ideológica sino más bien una propuesta social. Si la clase obrera no había rechazado uniformemente a la guerrilla y si yo podía probar que la incorporación de obreros politizados a las organizaciones armadas (y a la izquierda en general) era cada vez mayor, a su vez tema que plantearme porqué una guerrilla que era numerosa y en crecimiento, aguerrida, y con una relativa inserción de masas había sido aniquilada en el plazo de un año y medio de represión, hidudablemente la represión había sido salvaje, e indudablemente la guerrilla había cometido errores. Sin embargo, esto no alcanzaéa puesto que en lugares com o Colombia, Nicaragua, El Salvador o Guatemala las organizaciones armadas revolucionarias habían sobrevivido a momentos de derrota tan profundas como el de Argentina. Más aún, la experiencia chilena del MIR con la guerrilla de Neltume o la del Partido Comunista con el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, demostraba que se podía sobrevivir y desarrollar actividad armada en medio de las peores dictaduras.
Esto me llevaba a realizar una serie de preguntas etí torncj a la conciencia y la cultura de la sociedad argentina. A partir de mis entrevistas, de la visión de mis alumnos, y de mi propio entorno familiar empezaron a surgir temas que, espero, se puedan profundizar en futuras investigaciones y que comencé a volcarlos en la conclusión de este libro. A diferencia de interpretaciones como la de Néstor García Canclini’ o Marcelo Cavarozzi^ yo encontraba que en la Argentina había persistencia de una cultura izquierdista a nivel subterráneo vinculada con el “sentido común” popular que permeaba la sociedad, incluyendo los pueblos chicos. Esta cultura expresaba un nivel de conciencia “en sí” que ha permitido la subsistencia de la izquierda orgánica a pesar de la represión y que, además, aporta a explicar la persistencia y !a dureza de la conflictividad social a través del tiempo.’ Pero, al mismo tiempo, para muchísima gente e! capitalismo argentino entre 1943 y 1967, había sido exitoso generando movilidad social y un relativo bienestar económico. La tensión entre ambos “sentidos comunes” generaba una estructura de sentimiento que se emparentaba con el populismo dando sustento a la subsistencia del peronismo y a una movilización en defensa de ese Estado de Bienestar Social que era profundamente democrática y antidictatorial.

Gregorio Flores – Balance sobre Santucho, el PRT y la clase obrera
Articulo de Nestor Kohan editado en “Tradición y cultura crítica”

Si en sus dos libros anteriores —SITRAC-SITRAM. Del Cordobazo al clasismo y La lucha del clasismo contra la burocracia sindical—, Flores detallaba su actividad sindical, en este nuevo libro prioriza lo que considera natural en un dirigente clasista sustentado en una visión marxista del mundo: la prolongación de la lucha de clases dentro de la fábrica hacia el terreno de la lucha política e incluso político-militar. Por eso hace hincapié en su (re)lectura del Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Flores no es un estudiante que lee e interpreta documentos del pasado (actividad encomiable, de todos modos, digna de imitar). Tampoco es un profesor académico que quiere defender una tesis de licenciatura, maestría o doctorado. Es un protagonista directo de lo que narra. Cabe destacar que, y esto constituye lo más sugestivo de todo desde una perspectiva política, Gregorio Flores realiza un beneficio de inventario del clasismo y un balance del guevarismo argentino habiendo militado durante años en el Partido Obrero (PO), organización extremadamente crítica del PRT —al que siempre le atribuyó “foquismo”—. (Flores llegó a ser, incluso, candidato a presidente del PO en 1983).
En sus memorias de madurez aparecen varias críticas al PRT: (a) Santucho y sus compañeros probablemente sobreestimaron el nivel de conciencia de los trabajadores argentinos; (b) el PRT-ERP subestimó la capacidad de respuesta de la reacción; (c) la lucha armada, por sí sola, no genera conciencia. Puede tener efecto en el activismo, pero en la gran masa no pasa más allá de la simpatía; y (d) “en mi opinión, sólo lo más consciente de la clase trabajadora estaba dispuesta a empuñar el fusil. El resto no”.
Aun habiendo formulado esas críticas, en su libro Flores desecha el cuestionamiento habitual que el PO —así como también la corriente de Nahuel Moreno y sus derivaciones— dirige contra el PRT de Santucho. Sin faltarles el respeto en ningún momento, e incluso sin mencionar con nombre y apellido a los dirigentes Jorge Altamira y Nahuel Moreno (cabezas visibles de quienes esgrimen el reproche de “foquismo” contra la insurgencia argentina), Gregorio Flores plantea su punto de vista de forma tajante, con una contundencia de pensamiento que no deja lugar a dudas sobre su posición: “Aunque desde distintas corrientes de la izquierda se lo caracterizaba como foquista, Santucho sostuvo siempre que las acciones armadas tenían que estar ligadas al accionar de las masas” (Lecciones de batalla, p. 85). Allí mismo sostiene:“No he conocido a nadie que haya luchado con tanto tesón y esmero por la unidad de la izquierda”.
Esa defensa del pensamiento y la práctica política de Santucho no queda en un recuerdo nostálgico de efeméride ni en una rememoración simplemente emotiva. Todo el libro de Flores constituye una abierta reivindicación del guevarismo del PRT y de su principal dirigente, Mario Roberto Santucho.
En la reconstrucción de su incorporación al PRT, Flores recuerda: “Conocí a Santucho en los primeros meses de 1970, cuando el negro Germán lo llevó a mi casa. Muy lejos estaba yo de imaginar que ese hombre morocho de ojos vivaces y mirada penetrante como el águila iba a ser, poco tiempo después, el enemigo más feroz de la dictadura y la clase patronal” (Lecciones de batalla, p. 82).
Luego de encabezar la heroica lucha de SITRAC-SITRAM contra la FIAT (que incluyó numerosas huelgas con ocupación de fábrica y toma de rehenes de los directivos de la empresa) y contra la dictadura militar, Gregorio Flores es despedido y cae preso. Comparte la cárcel con toda la dirección de la guerrilla argentina en el Penal de Rawson (de donde se escaparán los principales líderes insurgentes en lo que hoy se conoce como “la masacre de Trelew” ya que los militares fusilaron a sangre fría a los guerrilleros y guerrilleras que no pudieron escapar). Allí, en prisión, Gregorio Flores forma parte de un grupo de estudio que Santucho organiza con él, con el asesor legal de SITRAC-SITRAM Cuqui Curuchet y con Néstor Sersenuijt.
Sin un rastro de soberbia, el dirigente clasista se confiesa: “Santucho fue el primer dirigente político que me hizo entender que las direcciones de los sindicatos clasistas SITRAC-SITRAM habíamos tenido posiciones ultraizquierdistas al tomar las tareas que no correspondían a un sindicato sino a un partido político”. Ese tipo de apreciación se repite una y otra vez con expresiones como las siguientes: “Con la paciencia de un vietnamita Santucho me hizo comprender…”; “Santucho me explicó…”, etc, etc.
Entonces recuerda: “Es en la cárcel donde me relaciono con Santucho. Después que salimos de la cárcel, un día me hicieron una cita. Voy donde me convocaron y lo encuentro al «Negro» [Santucho]. Yo me quería morir… Estar con el «Negro» Santucho era estar con una bomba de tiempo. Me dice: «Mirá, yo sé que vos y el negro Castello y otros changos [muchachos] andan boludeando por ahí, perdiendo el tiempo. Se tienen que definir, tienen que saber qué es lo que van a hacer». Le pregunté qué quería que hiciera. «Lo que podés hacer ahora vos y Castello es formar una comisión por todos los despedidos [de FIAT Concord] por causas políticas y gremiales y trabajar en eso». A mí me pareció brillante la idea”. […] Cuando cayó [el presidente] Cámpora me propusieron integrar el Frente Antiimperialista por el Socialismo-FAS, y empecé a activar ahí. Después me puse a trabajar en el Movimiento Sindical de Base-MSB […] En Buenos Aires seguí ligado al FAS hasta la muerte de Santucho” (Lecciones de batalla, p. 33).
Sobre el Movimiento Sindical de Base, promovido por el PRT, Flores plantea que “Creo que la creación del MSB fue un paso muy importante del PRT, porque le permitió insertarse en el movimiento obrero” (Lecciones de batalla, p. 74). Este movimiento nace a iniciativa del PRT y congrega en su primer encuentro masivo a 5.000 trabajadores. Trabaja junto al Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS). El FAS fue creciendo geométricamente. Si al comienzo congregó a 5.000 personas, luego pasó a reunir 13.000 hasta que en el último congreso, antes de la dictadura, llegó a juntar en un acto público 20.000 personas. ¡No eran cuatro gatos locos!
A aquellos que se empecinan en apelar a la teoría de los dos demonios, Flores les replica destacando “la moral y la dignidad de los guerrilleros del ERP”¸ aclarando que “hablo de compañeros del ERP porque fue a quienes más he conocido y con quienes he tenido mayores coincidencias” (Lecciones de batalla, p.72).
Profundizando en esas apreciaciones e intentando aportar un balance político de conjunto, Gregorio Flores le propone a sus jóvenes lectores la siguiente conclusión: “para mi modo de ver, dentro de mis limitaciones y dentro de la escasez de conocimientos que tengo, en la Argentina, quien mas lejos llegó en la lucha revolucionaria y en la lucha por el poder, fue el PRT-ERP de Santucho. Porque atacó a los fundamentos del estado burgués: el Ejército, el estado, la burguesía, todo”. (Lecciones de batalla, p. 36).
Ese balance sobre la lucha armada en Argentina y su emotiva caracterización de la insurgencia, insistimos, no tiene nada que ver con la historia superficial de los best sellers mercantiles que se encuentran en las librerías de los shoppings ni con la frivolización de la violencia de los ’70 que se intenta hacer desde los grandes medios de (in)comunicación.
La apreciación teórica de Gregorio Flores, meditada y pacientemente reflexionada a lo largo de treinta años, elude el gesto de la lágrima fácil. Por eso afirma: “Mucho se ha dicho y escrito sobre la viabilidad de la lucha armada en aquella etapa política, como método legítimo para acceder y sostenerse en el poder una vez que la burguesía ha sido derrotada. Algunas corrientes sostenían que no se podía realizar una práctica armada al margen de la experiencia de masas. Hasta se llegó a decir que no había que dar justificación a la represión porque aunque fuera lícito ajusticiar a un torturador, políticamente eso no corresponde porque exacerba la represión. Sin embargo, cuando uno estudia la historia de la clase obrera argentina, cae en la cuenta de que la violencia contra los trabajadores ha sido una constante, bajo todos los regímenes políticos, se trate de gobiernos conservadores, oligárquicos, de gobiernos democráticos elegidos por voto popular y ni que hablar de las dictaduras militares cuya única razón de ser ha sido y será imponer la paz de los cementerios” (Lecciones de batalla, p. 82).
Pensando en la respuesta de abajo frente a la violencia de arriba, es decir, en la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista, Flores continúa más adelante argumentando: “Sólo así la clase obrera podrá erigirse en clase gobernante. Esto, que duda cabe, se logra por la vía armada. Mario Roberto Santucho fue consecuente con lo que pensaba, por eso está vivo en la memoria de quienes lo conocimos y lo estará seguramente en las nuevas generaciones” (Lecciones de batalla, p. 86).
En sus memorias Goyo Flores, dirigente heroico de la clase obrera argentina que escribe con la mente puesta en las nuevas generaciones, llega a la siguiente conclusión: “Creo que cuando se conozcan más datos sobre el pensamiento de Santucho su figura se agigantará y es probable que sea tan o más grande que la del Che Guevara” (Lecciones de batalla, p.84).
Prolongando hasta la actualidad ese balance, contundente, demoledor e inequívoco, afirma: “la conclusión más importante es que los trabajadores no deben limitar su intervención al mundo sindical, deben hacer política. Deben organizar su propio partido político. Yo así lo comprendí y por eso entré a formar parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores” (Lecciones de batalla, p.115). En el mismo sentido y eludiendo todo eufemismo, concluye: “Hasta hoy, 25 de julio de 2005 [fecha de redacción del libro] la única manera que se conoce para construir una sociedad más igualitaria, más justa, más humana, como quería el PRT-ERP es a través del enfrentamiento armado, clase contra clase.” (Lecciones de batalla, p.87).
Las experiencias del clasismo que Gregorio Flores nos transmite dejan enseñanzas que deberían ser estudiadas por las nuevas camadas de jóvenes rebeldes, por la nueva militancia de las fábricas recuperadas, del movimiento piquetero, del movimiento estudiantil y del sindicalismo antiburocrático que hoy renace de sus cenizas.
No son consignas ni frases hechas, gritadas en una asamblea escolar por un adolescente exaltado, inexperto, demasiado entusiasta, poco informado y tal vez ingenuo. Son las conclusiones de un viejo dirigente obrero, experimentado, curtido y fogueado en el enfrentamiento contra el capital, en dictaduras y en democracia.
Su libro es una joya. Contiene piezas invaluables: su balance maduro acerca del clasismo, las reflexiones sobre la vida cotidiana, la cultura obrera y el combate de la clase trabajadora, las dudas en voz alta sobre posibles errores y limitaciones, los debates pendientes con Agustín Tosco, las anécdotas de sus mejores amigos y de los principales cuadros dirigentes del proletariado argentino que él conoció, la semblanza sobre Santucho y sus compañeros y compañeras del PRT-ERP, los relatos de la confrontación a muerte contra la FIAT, contra todas las empresas capitalistas, contra la burocracia sindical y contra la dictadura militar.
Un texto fundamental que debería ser estudiado en Argentina y América Latina, pero que también debería ser leído por quienes han luchado y seguirán luchando contra la FIAT y contra todos sus socios imperialistas al otro lado del planeta.

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