México, Teoría Política

EL PODER. Diálogos sobre Ética y Política

UNA MUERTE… O UNA VIDA
(Carta cuarta a Don Luis Villoro en el intercambio sobre Ética y Política)

Octubre-Noviembre del 2011.

Enlace Zapatista

Quien nombra llama. Y alguien acude, sin cita previa, sin
explicaciones, al lugar donde su nombre, dicho o pensado, lo está llamando
Cuando eso ocurre, uno tiene el derecho de creer que nadie se va del
todo mientras no muera la palabra que llamando, llameando, lo trae.”

Eduardo Galeano.
“Ventana sobre la Memoria”, en Las Palabras Andantes. Ed. Siglo XXI.

 

I.- El poder del Poder.

“La libertad de elección te permite elegir la salsa con
la que serás comido.”

Eduardo Galeano.“Ventana sobre las Dictaduras Invisibles” Ibid.

“Qué nos gobiernen, juzguen y cuiden las putas,
ya que sus hijos nos han fallado”

Tomado del blog laputarealidad.org

Debo haberlo leído o escuchado en alguna parte. Era algo así como “el Poder no es tener mucho dinero, sino el mentir y que te crean muchos, todos, o al menos todos los que importan”.

Mentir en grande y hacerlo impunemente, eso es el Poder.

Mentiras gigantes que incluyen acólitos y feligreses que les den validez, certeza, estatus.

Mentiras hechas campañas electorales, programas de gobierno, proyectos alternativos de nación, plataformas partidarias, artículos en periódicos y revistas, comentarios en radio y televisión, consignas, credos.

Y la mentira debe ser tan grande que no sea estática. Que cambie, no para hacerse más efectiva, sino para probar la lealtad de sus seguidores. Los malditos de ayer serán bendecidos apenas pasadas unas hojas en el calendario.

¿Es el Poder –o su cercanía- el gran corruptor?

¿Llegan a él hombres y mujeres con grandes ideales y es el accionar perverso y pervertidor del Poder el que los obliga a traicionarlos hasta llegar a hacer lo contrario y contradictorio?

[…]

¿Es el Poder el que corrompe o se debe ser un gran corrupto para acceder al Poder, para mantenerse en él… o para aspirar a él?

En uno de los largos recorridos de la Otra Campaña, pasando por la capital de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, comenté que algo tenía la silla gubernamental chiapaneca que convertía a personas medianamente inteligentes en estúpidos finqueros con poses de tiranuelos. Julio manejaba, Roger era el copiloto. Uno de los dos acotó “o ya eran así y por eso llegaron a gobernadores”.

Y después agregó, palabras más, palabras menos, la anécdota siguiente: “Pasando frente al edificio donde sesionaba el congreso, una señora escuchó gritos: “¡Ignorante!, ¡Idiota!, ¡Puta!, ¡Ladrón!, ¡Criminal!, ¡Asesino!, ¡Defraudador!” y otros calificativos más rudos. La señora, horrorizada, se dirige a un hombre que afuera del edificio lee un libro. “Es un escándalo”, le dice, “nosotros los mantenemos con nuestros impuestos y estos diputados no hacen nada más que pelear e insultarse”. El hombre mira a la señora, luego hacia el recinto legislativo y, volviendo a su libro, le dice a la señora: “no están peleando ni insultándose, están pasando lista de presente”.

-*-

II.- El Poder y la Reflexión sobre la Resistencia.

La izquierda es la Voz de los Muertos
Tomás Segovia. 1994

Mmh… el Poder… la evidencia incuestionable, el sueño húmedo de los intelectuales de arriba, la razón de ser de los partidos políticos… Ahora, con la muerte del maestro Tomás Segovia, lo nombramos a él, lo llamamos y lo traemos a sentarse con nosotros para, juntos, releer algunos de sus textos.

No sus poemas, sino sus reflexiones críticas sobre y frente al Poder.

Pocos, muy pocos, fueron y son los intelectuales que se han empeñado en entender, que no en juzgar, este accidentado andar que es el nuestro y al que llamamos “zapatismo” (o “neozapatismo” para algunos). En la raquítica cuenta aparecen, entre otros, Don Pablo González Casanova, Adolfo Gilly, Tomás Segovia y usted Don Luis.

A todos ellos, a usted, los abrazamos como sólo abrazan los muertos, es decir, hasta la vida.

Y quienes recuerdan ahora a Tomás Segovia sólo como poeta, lo hacen para escindir a ese hombre de su ser libertario. Como Don Tomás nada puede hacer ahora para defenderse y defender su palabra total, andan los homenajes de “tijera y engrudo”, editando y armando las piezas amables, dejando las incómodas para el olvido… hasta que otr@s incomod@s las recuerdan y las nombran.

Y para no interpretar sus palabras (que puede ser entendida como una forma amable de usurpación) le transcribo partes de algunos escritos.

En 1994, en plena euforia condenatoria de la derecha, ésa sí ilustrada porque la encabezaba Octavio Paz (uno de sus cortesanos era el empresario Enrique Krauze, -oh, no se ofusque don Krauze, a los intelectuales no se les puede reprochar el que sean de derecha o de izquierda, sino, como es su caso, el que para sobresalir, en lugar de usar el intelecto, recurran a la adulación de gánsteres como los que ahora son gobierno-), Tomás Segovia escribió lo siguiente (los subrayados son míos):

Siempre que prevalece una u otra forma de fascismo, la verdad y la justicia toman la forma de la Resistencia.

Pero es que además puede decirse que la izquierda es constitutivamente resistencia. Sin duda la izquierda se precipitó en nuestro siglo en un insalvable error histórico, pero ese error consistió a todas luces en creer que la izquierda podía tomar el poder. La izquierda en el poder es una contradicción, bastante nos lo ha mostrado la historia de este siglo (…).

Hoy está claro, me parece, que la izquierda no es el otro de la derecha, situadas ambas en una relación opuesta pero simétrica respecto del poder: la izquierda es ante todo el otro del poder, el otro ámbito y el otro sentido de la vida social, lo que queda sepultado y olvidado en el poder constituido, la vuelta de lo reprimido, la voz de la vida en común ahogada por la vida comunitaria, la voz de los desposeídos antes que la de los pobres (y la de los pobres sólo porque son mayoritariamente, pero no exclusivamente, los desposeídos) – la izquierda es la Voz de los Muertos.

Una de las ideas que más daño nos hicieron fue la de «reaccionario», que nos dejaba pensar que la derecha se opone al progreso, que es resistencia y habla en nombre del pasado, de las raíces, de lo «superado». Así la izquierda se convencía de que la resistencia es el poder en la medida en que seguía siendo de derecha y en que se oponía al progresismo de la izquierda en la tentativa desesperada de conservar sus privilegios y su dominio, sin ver que el poder, lo mismo de derecha que de izquierda, sólo es resistencia en un sentido diferente y mucho más simple: en el de resistirse a ser sustituido por otro poder, lo mismo de izquierda que de derecha; pero que ante la historia el poder es siempre progresista.

En México, como de costumbre, eso se ve con particular nitidez dada la crudeza de las relaciones de poder en este país: hoy sabemos con claridad que ningún gobierno fue más decidida y activamente progresista que el de Porfirio Díaz, y que en nuestros días es el PRI el que monopoliza y explota toda la retórica del progreso, del cambio, de la modernización, de la superación de los nostálgicos y los «emisarios del pasado», y hasta de democracia.

(Y esto me hace pensar de pasada que también la democracia en el poder o del poder es una contradicción: la democracia no es «demoarquía» –el pueblo en el poder es una utopía o una metáfora, muy peligrosa de tomar literalmente, porque «el pueblo», suponiendo que exista o incluso si no existe sino como entelequia, es por definición lo que no está en el poder, el otro del poder.)

Pero mis encantadores colegas, cuando se entregan al Gobierno a sabiendas de que sus promesas son falsas, ¿es que están seducidos? Imposible: la seducción es deseo en estado puro, implica la visión fulgurante de que tu goce es mi goce. No es posible una visión en la que el goce del Poder sea el goce del «pueblo».

Y en 1996 señaló:

Paralelamente, en un país que no practique ya la prohibición violenta de las expresiones directas de la vida social primaria, la ideología del poder nos chantajeará llamándonos putas –o sea disolventes, negativos, resentidos, atrabiliarios–, o tratará de persuadirnos, como tratan de persuadir los politólogos y otros intelectuales a los zapatistas, como tratan de persuadirme a mí mis colegas (empezando por Octavio Paz), de que la «verdadera» vía de expresarnos y de influir en la vida social es entrar en las instituciones –o en lo instituido en general.

-*-

Don Luis, creo que coincidirá conmigo en que, respondiendo a estos provocadores textos de Tomás Segovia, la reflexión sobre Ética y Política debe tocar el asunto del Poder.

Tal vez en otra ocasión, y llamando a otros, podamos intercambiar ideas y sentimientos (que no de otra cosa son los hechos que animan estas reflexiones), sobre este asunto.

Por ahora, vaya este llamado a Don Tomás Segovia, quien declaraba que no tenía tiempo para no ser libre y sin empacho confesaba: “casi toda la vida me la he ganado honestamente, o sea, no como escritor”.

No sólo para traer aquí su palabra irredenta, porque sí viene al caso, o cosa, según.

También y sobre todo, porque más que el poeta de las dos orillas, es el pensador que abrió una tercera puerta hacia el movimiento indígena zapatista. Mirando, viendo, oyendo y escuchando, Don Tomás Segovia cruzó esa puerta.

Es decir, entendió.

III.- El Poder y la Práctica de la Resistencia.

Municipio Autónomo Rebelde Zapatista San Andrés Sacamchen de Los Pobres, Altos de Chiapas. La mañana del 26 de septiembre del 2011, el comandante Moisés se dirigió a trabajar a su cafetal. Como todos los dirigentes del EZLN, no recibía salario o prebenda alguna. Como todos los dirigentes del EZLN, tenía que trabajar para mantener a su familia. Lo acompañaban sus hijos.

El vehículo en el que viajaban se despeñó. Todos quedaron golpeados, pero las heridas que sufrió Moisés fueron mortales. Cuando llegó a la clínica de Oventik ya era finado.

Ya en la tarde, como es costumbre en San Cristóbal de Las Casas cultivar rumores, la muerte de Moisés atrajo periodistas carroñeros que pensaron que el muerto era el Teniente Coronel Insurgente Moisés. Cuando supieron que no era él, sino otro Moisés (el Comandante Moisés), perdieron todo interés. A ninguno de ellos podía importarles alguien que no había aparecido en público como dirigente, alguien que siempre había estado en la sombras, alguien que aparentemente era sólo un indígena zapatista más…

En el calendario debe haber sido en 1985-1986. Moisés supo del EZLN y decidió sumarse al esfuerzo organizativo cuando en los altos de Chiapas los zapatistas se contaban con los dedos de las manos… y sobraban dedos.

Junto a otros compañeros (Ramona entre ellos), comenzó a caminar por las montañas del sureste mexicano, pero entonces con una idea de organización. De entre la niebla salía su pequeña figura a los parajes tzotziles en la zona Altos. Y su palabra reposada iba desglosando el dilatado historial de agravios en contra de quienes son el color que son de la tierra.

“Hay que luchar”, concluía.

La madrugada del primero de enero de 1994, como un combatiente más, bajó de las montañas a la altanera ciudad de San Cristóbal de Las Casas. Participó en la columna que tomó la presidencia municipal, rindiendo a la fuerza gubernamental que la custodiaba. Junto a los otros integrantes tzotziles del CCRI-CG, se asomó al balcón del edificio que daba a la plaza principal. Atrás, en las sombras, escuchó la lectura que uno de sus compañeros hacía de la llamada “Declaración de La Selva Lacandona” a una multitud de mestizos incrédulos o escépticos, y de indígenas esperanzados. Junto a su tropa se replegó a las montañas cuando corrían las primeras horas del 2 de enero de 1994.

Después de resistir los bombardeos e incursiones de las fuerzas gubernamentales, volvió a bajar a San Cristóbal de Las Casas como parte de la delegación zapatista que participó en los llamados Diálogos de Catedral con representantes del supremo gobierno.

Regresó y siguió caminando los parajes para explicar y, sobre todo, para escuchar.

“El gobierno no tiene palabra”, concluía.

Junto a miles de indígenas, levantó el Aguascalientes II, en Oventik, cuando el EZLN aún sufría la persecución zedillista.

Fue uno más de los miles de indígenas zapatistas que, con sus manos desnudas, se enfrentaron a la columna de tanques federales que querían posicionarse en Oventik en los días aciagos de 1995.

En 1996, en los diálogos de San Andrés velaba, como uno más, por la seguridad de la delegación zapatista, cercada como estaba por cientos de militares.

De pie, en las heladas madrugadas de Los Altos de Chiapas, resistía la lluvia que hacía huir a los soldados a buscar techo y refugio. No se movía.

“El Poder es traidor”, decía como disculpándose.

En 1997, junto a sus compañeros, organizó la columna tzotzil zapatista que participó en la llamada “Marcha de los 1,111”, y recabó información vital para esclarecer la matanza de Acteal, el 22 de diciembre de ese año, perpetrada por paramilitares bajo la dirección del general del ejército federal, Mario Renán Castillo, y con Ernesto Zedillo Ponce de León, Emilio Chuayfett y Julio César Ruiz Ferro como autores intelectuales.

En 1998 organizó y coordinó el apoyo y la defensa que, desde Los Altos de Chiapas, se dio a l@s compañer@s desalojad@s por los ataques contra los municipios autónomos por parte del “Croquetas” Albores Guillén y de Francisco Labastida Ochoa.

En 1999 participó en la organización y coordinación de la delegación indígena tzotzil zapatista que participó en la consulta nacional, cuando 5 mil zapatistas (2500 mujeres y 2500 hombres) cubrieron todos los estados de la República Mexicana.

En el 2001, después de la traición de toda la clase política mexicana a los llamados “Acuerdos de San Andrés” (entonces se aliaron PRI, PAN y PRD para cerrar la puerta al reconocimiento constitucional de los derechos y la cultura de los pueblos originarios de México), continuó andando por los parajes tzotziles de Los Altos de Chiapas, hablando y escuchando. Pero entonces, al terminar de escuchar, decía: “Hay que resistir”.

Moisés había nacido el 2 de abril de 1956, en Oventik.

Sin proponérselo siquiera y, sobre todo, sin tener ninguna ganancia, se vio convertido en uno de los jefes indígenas más respetados en el EZLN.

Apenas unos días antes de su muerte, lo vi en una reunión del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN, donde se analizó la situación local, nacional e internacional, y se discutieron y decidieron los pasos a seguir.

Explicamos que una nueva generación de zapatistas estaba llegando a los cargos de dirección. Jóvenes y jóvenas que nacieron después del alzamiento, que se formaron en la resistencia, y que se educaron en las escuelas autónomas, son ahora elegidos como autoridades autónomas y llegan a ser miembros de las Juntas de Buen Gobierno.

Se discutió y acordó el cómo apoyarlos en sus tareas, acompañarlos. Cómo construir el puente de la historia entre los veteranos zapatistas y ellos. Cómo nuestros muertos nos heredan compromisos, memoria, el deber de seguir, de no desmayar, de no venderse, de no claudicar, de no rendirse.

No había nostalgia en ninguno de mis jefes y jefas.

Ni nostalgia de los días y las noches en los que, en silencio, forjaron la fuerza de lo que mundialmente sería conocido como “Ejército Zapatista de Liberación Nacional”.

Ni nostalgia por las jornadas en que nuestra palabra era escuchada en muchos rincones del planeta.

No había risas, es cierto. Había rostros serios, preocupados en encontrar juntos el camino común.

Había, eso sí, lo que Don Tomás Segovia llamó alguna vez “nostalgia del futuro”.

“Hay que contar la historia”, dijo el Comandante Moisés, a modo de conclusión, al final de la reunión. Y se fue el Comandante a su champa en Oventik.

Esa mañana del 26 de septiembre del 2011, salió de su casa diciendo “vengo luego”, y se fue a su trabajadero para conseguir de la tierra el sustento y el mañana.

-*-

Al escribir de él me duelen las manos, Don Luis.

No sólo porque estuvimos juntos en el inicio del alzamiento y luego en días luminosos y frías madrugadas.

También y sobre todo, porque al hacer este rápido trazo de su historia, me doy cuenta de que estoy hablando de la historia de cualquiera de mis jefas y jefes, de ese colectivo de sombras que nos marca el rumbo, el camino, el paso.

De quienes nos dan identidad y herencia.

Tal vez a los rumorólogos coletos y demás fauna, no les interese la muerte del Comandante Moisés porque sólo era una sombra más entre los miles de zapatistas.

Pero a nosotros nos deja una deuda muy grande, tan grande como el sentido de las palabras con las que, sonriendo, se despidió de mí en aquella reunión:

“La lucha no acaba”, dijo mientras recogía su morraleta.

-*-

IV.- Una muerte, una vida.

Podría elucubrarse sobre qué es lo que lleva mis palabras a tender este complicado y múltiple puente entre Don Tomás Segovia y el Comandante Moisés, entre el intelectual crítico y el alto jefe indígena zapatista.

Podría pensarse que es su muerte, el que al nombrarlos volvemos a traerlos entre nosotros, tan iguales porque eran, y son, diferentes.

Pero no, son sus vidas las que vienen al caso, o cosa, según.

Porque sus ausencias no producen en nosotros homenajes frívolos o estériles estatuas.

Porque dejan en nosotros un pendiente, un debe, una herencia.

Porque frente a las tentaciones de moda (mediáticas, electorales, políticas, intelectuales), hay quien afirma que no se rinde, ni se vende, ni claudica.

Y lo hace con una palabra que sólo se pronuncia con autenticidad cuando se vive: “Resistencia”.

Allá arriba la muerte se exorciza con homenajes, a veces monumentos, nombres a calles, museos o festivales, premios con los que el Poder festeja la claudicación, el nombre en letras doradas en alguna pared por derrumbar.

Se afirma así esa muerte. Homenaje, sentidas palabras, vuelta de hoja y a lo que sigue.

Pero…

Dice Eduardo Galeano que nadie se va del todo mientras haya alguien que lo nombre.

Y decía el Viejo Antonio que la vida era un largo y complicado rompecabezas que sólo se podía armar cuando los herederos nombraban al finado.

Y Elías Contreras dice que la muerte necesita tener su tamaño, y que sólo lo tiene cuando se pone al lado de una vida. Y agrega que hay que recordar, cuando se nos va un pedazo del corazón colectivo que somos, que esa muerte fue y es una vida.

Eso.

Nombrando a Moisés y a Don Tomás, los traemos de nuevo, armamos el rompecabezas de sus vida de lucha, y reafirmamos que, acá abajo, una muerte es sobre todo una vida.

[…]

Ahora arriba seguirá el estruendo, la esquizofrenia, el fanatismo, la intolerancia, las claudicaciones disfrazadas de táctica política.

Luego vendrá la resaca: la rendición, el cinismo, la derrota.

Abajo sigue el silencio y la resistencia.

Siempre la resistencia…

[…]

VI. LA P.D. ATACA DE NUEVO.- No íbamos a decir nada. No porque no tuviéramos nada qué decir, sino porque quienes ahora se indignan con justicia contra la calumnia iletrada, nos calumniaron hasta cerrarnos los puentes hacia otros corazones. Ahora, pequeños nosotros y pequeña nuestra palabra, sólo unos cuantos, algunos de esos empecinados que suelen ser quienes echan a andar la rueda de la historia, buscan nuestro pensamiento, nos buscan, nos nombran, nos llaman.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Archivos

Síguenos por Email

El Fanzine de la Comisión Semilla
Follow EL SUDAMERICANO on WordPress.com
El Blog de Silvio Rodríguez
El sitio Web de Silvio Rodríguez http://zurrondelaprendiz.com/
Radio de Nicaragua

MAPUEXPRESS

Tortilla con Sal

A %d blogueros les gusta esto: