Agrotóxicos y transgénicos, Campesinos, Crítica Social, Politica

La élite en tierras globales por Saskia Sassen

Saskia Sassen

traducción de Darío Bursztyn
Revista Crisis. febrero | marzo 2011

A toda velocidad se producen en estos tiempos cambios tan profundos como regresivos en la dinámica del capitalismo mundial. La “expulsión” en todas sus variantes (proletarización de la clase media, persecución de las minorías, confinamiento en villas o guetos, desgaste físico extremo a causa de la explotación laboral) es acompañada por la aparición de áreas de producción intensiva, donde los terratenientes trasnacionales globalizan cada vez más la producción de alimentos.

El período keynesiano trajo consigo una expansión activa que valorizaba a la gente en tanto trabajadores y consumidores. La fase actual del capitalismo ya no hace lo mismo. En las últimas dos décadas se produjo un impresionante crecimiento en el número de personas “expulsadas”. Uso el término “expulsados” para describir una diversidad de situaciones: el creciente número de personas que viven en condiciones abyectamente pobres; los desplazados que pasan años en campos de refugiados legales o ilegales; las minorías y los perseguidos que van a parar a las cárceles; las modestas clases medias de los países ricos que se empobrecen y proletarizan; los trabajadores cuyos cuerpos son destruidos por sus empleos y quedan inutilizados a una edad muy temprana; o las poblaciones “excedentes” con cuerpos aptos pero que son confinados en los guetos, las villas miserias, las poblaciones o las favelas.

Estas y otras instancias de expulsión acumulan un número mucho mayor de personas que la tan publicitada “incorporación” de nuevos sujetos a la clase media en la India y China, cuyas economías también expulsan activamente a millones de personas. Sostengo que esta expulsión masiva es el signo de una transformación más profunda del sistema, que sólo se ha documentado fragmentadamente y no ha sido plenamente comprendida en tanto dinámica general.

Estas lógicas de expulsión deben distinguirse de la noción más familiar de “exclusión social”. Expulsión y exclusión son operaciones que están sucediendo simultáneamente, pero en espacios diferentes y con consecuencias distintas, aún cuando existan puntos de contacto. La diferencia es patente cuando indagamos la raíz de cada una de estas operaciones: mientras que la exclusión es una “falla” del sistema, la expulsión es un modo propio del capitalismo actual. Es exactamente como el sistema trabaja.

Durante las décadas keynesianas, como decíamos antes, hubo una expansión activa de los mercados internos, cuyo efecto visible fue el crecimiento de una próspera clase obrera y de una modesta clase media. La maximización del consumo hogareño constituyó una dinámica esencial en ese período, así como lo es hoy en las economías emergentes que tienen políticas activas. Pero aún así, fueron tiempos de racismos extremos y de otras múltiples formas de exclusión, basadas en cuestiones de raza, religión o género. Lo cual quiere decir que la exclusión puede coexistir por igual con las lógicas de incorporación y con las dinámicas de expulsión.

La tierra es más valiosa que la gente

Resulta insoslayable que la relación entre el capitalismo avanzado y el capitalismo tradicional es de extracción y/o destrucción. En su forma más extrema esto implica la pauperización y exclusión de un creciente número de personas, que dejan de tener valor en tanto trabajadores o consumidores. Pero también significa que las pequeñas burguesías y las firmas nacionales más reputadas son destruidas, porque ya no tienen valor para el capitalismo globalizado.

La aparición de áreas de producción intensiva que son convertidas en zonas económicas claves, es el resultado de la tercerización globalizada de las manufacturas con bajos salarios, del traspaso de los servicios y de las tareas administrativas hacia locaciones con bajos costos, mientras el primer mundo hace de las ciudades globales espacios estratégicos para las funciones avanzadas de la economía. Hoy por hoy, tras veinte años de despliegue de un tipo particular de capitalismo avanzado, estamos frente a un paisaje humano y económico marcado por dos dinámicas esenciales. Por un lado, el reacomodamiento de algunos sectores productivos hacia una creciente complejidad organizacional y tecnológica. Por el otro, un mix de condiciones que pueden codificarse como excedentarias. A esto debemos agregar los propios territorios que son “expulsados”, en el sentido que dejan de participar de sus economías nacionales, sea por la pobreza, por las enfermedades y epidemias o por diversos conflictos armados.

La cuestión territorial aparece sistemáticamente en juego en aquellos puntos del Sur global que están expandiéndose. Buena parte de los territorios dejan de representar a los estados nacionales para convertirse en “recursos necesarios” del capitalismo avanzado. En este marco, hay un movimiento constante hacia la excedencia poblacional, que combinada con la implementación de los programas del FMI y el Banco Mundial, tienen múltiples efectos. Hoy, los recursos naturales de la mayor parte de África y de buena parte de América latina y del Asia central cuentan más que la gente que vive sobre las tierras, sea como consumidores o como trabajadores. Cuando esto ocurre, es porque hemos dejado atrás las formas capitalistas que produjeron una expansión acelerada de la clase obrera y ciertos niveles de prosperidad en las clases medias.

Quiero hacer foco en un tema que creo central en esta nueva fase del capitalismo, el cual está tomando vuelo tras la crisis financiera que estalló en 2008: se trata del conjunto de procesos que han “reacondicionado” espacialmente al viejo y tradicional capitalismo, para permitir la expansión del capitalismo avanzado, incluyendo sus explícitas formas criminales.

Una nueva fase de acumulación

La manera más sencilla de ilustrar lo dicho, es con las cifras sobre la marea de compras de tierras en la mayoría de los países pobres, tanto por los inversores internacionales como por algunos gobiernos. No es la primera vez que ocurre algo así en los tiempos modernos: más bien constituye una dinámica recurrente que acompaña los realineamientos imperiales. China está comprando minas en África, lo cuál está ligado a su ascenso como potencia global. Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos, lo hicieron en sus fases imperiales tempranas, y en muchos casos han conservado por centurias vastos territorios en países extranjeros. Pero cada fase tiene sus particularidades. A diferencia de los imperios del pasado, el mundo esta actualmente compuesto por Estados-Nación reconocidos y soberanos, sin entrar a considerar cuán endeble pueda ser tal soberanía en muchos casos. Más que la apropiación imperial, el mecanismo contemporáneo es la Inversión Extranjera Directa.

Se estima que más de 30 millones de hectáreas de tierras fueron compradas o alquiladas por gobiernos e inversores extranjeros desde 2006. La tierra permite la producción de alimentos, el acceso al agua, a los minerales y a otros recursos. El Instituto Internacional de Investigaciones en Políticas Alimentarias (IFPRI por sus siglas en inglés), publicó en 2009 que entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras de cultivo en países pobres han sido objeto de transacciones o involucran a extranjeros. Es el equivalente a la quinta parte de toda la tierra cultivable de la Unión Europea. Tomando una cifra conservadora, el IFPRI calcula que la compra de tierras sólo para producción de alimentos se valúa entre 20 y 30 mil millones de dólares, pero es evidente que esas inversiones se valorizan de inmediato si tomamos en cuenta que el diario The Economist revela un incremento de los precios de los alimentos del 78 por ciento entre 2007 y 2008. Esas adquisiciones son diez veces el valor del paquete de emergencia para la agricultura que anunció el Banco Mundial.

Unos pocos ejemplos bastan para mostrar la variedad de compradores y de locaciones, que operan con la modalidad de compra directa o a través del leasing. África es el objetivo más preciado. Corea del Sur ha firmado acuerdos por 690 mil hectáreas y los Emiratos Árabes Unidos por 400 mil hectáreas, en ambos casos en Sudán. Los inversores sauditas están gastando 100 millones de dólares para cultivar trigo, cebada y arroz en una tierra alquilada al gobierno etíope, pero cuya cosecha exportan a Arabia Saudita. Es notable que, al mismo tiempo, el Programa Mundial de Alimentos gastó 116 millones de dólares entre 2007 y 2011 para proveer 230 mil toneladas de comida a los 4,6 millones de etíopes que son presa del hambre y la desnutrición. China se aseguró el derecho a cultivar palma para producir aceites para biocombustibles sobre 2,8 millones de hectáreas en el Congo. Será la mayor plantación para aceite de palma en el mundo. Y está negociando algo similar con Zambia por 2 millones de hectáreas.

La privatización de la tierra avanza también en los territorios que conformaban la Unión Soviética. Sólo en 2008 estas adquisiciones incluyeron 128.000 hectáreas en Rusia a manos de la compañía sueca Alpcot Agro. 6,5 millones de dólares puso la surcoreana Hyundai para quedarse con el control mayoritario de la Khorol Zerno, una empresa que tiene 10 mil hectáreas en el este de Siberia. Morgan Stanley compró 40 mil hectáreas en Ucrania. Inversores del Golfo Pérsico planean comprar Pava (el principal procesador de granos de Rusia) para quedarse con el acceso a 500 mil hectáreas rusas. Otro ejemplo es el de Pakistán, que ofrece medio millón de hectáreas a inversores del Golfo por la contraprestación de una fuerza de seguridad de 100 mil hombres para proteger las tierras.

Todos estos procesos son parte de una combinación de tendencias más amplia. Un primer dato es la demanda de comida, parcialmente motorizada por los 500 millones de nuevos miembros de la “clase media” asiática, que abre posibilidades ciertas de ganancias para quiénes posean tierras y alimentos. En segundo lugar, hay una consistente demanda de metales y minerales de diversos tipos, entre ellos los de las llamadas “tierras raras”, es decir metales hasta ahora no muy explotados ya que su demanda proviene de desarrollos recientes en el sector de la electrónica y de las baterías eléctricas. África, mucho menos densamente poblada y estructurada que otras partes del mundo, es un fabuloso tesoro para las inversiones en minería. En tercer lugar, está la creciente demanda de agua y el agotamiento de las napas subterráneas en muchos lugares del mundo.

Y un último factor, probablemente muy poco mencionado, es la dramática caída de la Inversión Extranjera Directa orientada a la producción de manufacturas en África, velozmente reemplazada por las inversiones en el sector primario. Esto nos pone ante un modelo de desarrollo que no es capaz de forjar clases trabajadoras y sectores medios, y más bien tiende a la formación de élites muy ricas y vastísimos sectores pauperizados. En Sudáfrica y en Nigeria, dos de los cinco países que encabezan el ranking de Inversión Extranjera Directa (con el 37 % del total, según cifras de 2006), fue el sector primario el que recibió contundentes colocaciones en detrimento del sector manufacturero. Precisamente en Nigeria, donde la inversión extranjera en petróleo ha sido por lejos el principal factor de su economía, el 75 por ciento del total se derivó al sector primario contra sólo el 43% que acumulaba en 1990. Esto va en la dirección contraria a la estructura de rápido crecimiento que tuvo el capitalismo en las economías asiáticas en los últimos 20 años.

La compra de grandes porciones de territorio en África y Asia Central para su uso en la agricultura off-shore, la extracción de agua y el acceso a metales y minerales, es una operación económica y legal bastante simple para los inversores actualmente dominantes, que arreglan con frágiles y/o corruptos gobiernos y elites locales, o con ciudadanías desarticuladas.

Brutalidades elementales

En general, “nuestra cultura” admira la complejidad y los altos niveles de inteligencia conocimientos que supone, pero la paradoja es que hemos desarrollado prácticas complejas que con frecuencia se usan para producir brutalidades elementales. Las habilidades informáticas elevaron la complejidad en un creciente número de áreas, desde la ingeniería y la genética a las finanzas y la organización corporativa. En ese sentido, la idea de que lo complejo puede generar barbarie es antilógica.

La racionalidad que estructura algunos de los más grandes sistemas operativos de la sociedad actual está en la base de esta explicación. En sí mismo, los procedimientos que conllevan esos sistemas no son inherentemente brutalizantes, pero las formas organizacionales específicas sí, en tanto suponen la expansión del espacio operacional del capitalismo avanzado. Este, en un giro irónico, se vuelve crecientemente territorial y al mismo tiempo es financieramente dominante. Una lógica que expele población tanto en el Sur Global como en el Norte y en el mismo movimiento incorpora espacios y regiones.

Desde el punto de vista teórico, lo concibo como un proceso más amplio por el cual se re-ensamblan segmentos de territorio, autoridad y derechos que antes estaban articulados por el Estado-Nación. Cuando China compra 2,8 millones de hectáreas en Zambia con el único objetivo de cultivar palma para biocombustibles, lo que hace es construir un nuevo tipo de jurisdicción, que detenta el poder de expulsar cientos de aldeas y pequeños agricultores de sus tierras, así como la rica flora y fauna del lugar. Cada una de estas compras constituye un mini re-ensamblaje, del mismo modo que lo son las privatizaciones de las cárceles, un negocio tanto más rentable cuanto más pobladas estén.

Estoy segura que una de las claves que ha sido poco advertida en esta etapa de la globalización, es la proliferación de nuevos tipos de ensamblajes que pueden coexistir con los límites actualmente vigentes de los Estados-Nación modernos.

Probablemente nos hemos focalizado demasiado en las fronteras, dando por descontado que el carácter nacional supone que aquello que pasa dentro de sus límites es un asunto doméstico. Pero no es necesariamente así: lo nacional está desgajándose de muchas formas, que no siempre alcanzamos a reconocer.

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