Mao Tse-tun por José Aricó

Mao Tse-tung

por José Aricó

[1971]

“En última instancia todas las verdades del marxismo pueden resumirse en una frase:

Rebelarse está justificado”

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 Mao Tse-tun por José Aricó – Centro Editor de América Latina. (1971)

Índice

 

LOS-HOMBRES-de-la-historiaCronologíaMao-Transformaciones-1973

China revolucionaria

Génesis de un rebelde

Fin de un imperio milenario

La revolución de 1911

La primera revolución cultural

El partido comunista

Mao y la rebelión campesina

Las bases rojas de Kiangsi

La larga marcha

El falansterio de Yenán

El cambio radical

La nueva democracia

Dos caminos para superar el atraso

Los años difíciles

El triunfo de Mao

1893

Nace el 26 de diciembre de 1893 en la aldea de Shao Shán, provincia de Hunán. Su padre, Mao Shun-sheng, fue originariamente un campesino pobre que con los ahorros obtenidos como soldado pudo comprar una parcela de tierra y alcanzar al cabo de los años una situación próspera. Su madre, Wen Chi-mei, a la que se sentía profundamente unido, era budista devota e introdujo a su hijo en esa religión. Mao tuvo dos hermanos y una hermana menores que él.

1907

Al cabo de cinco años de asistencia a una escuela primaria de tipo tradicional, en la que los estudiantes aprendían la cultura clásica, Mao fue obligado por su padre a abandonar los estudios y a dedicarse al trabajo de la tierra. Sus padres le imponen el matrimonio con una muchacha seis años mayor que él.

1911

Pese a la oposición paterna, se matricula en una escuela primaria superior, en Tung-shan. Un año más tarde se traslada a Changsha, capital de la provincia de Hunan, ingresando en una escuela de enseñanza media. En Changsha lee por primera vez un periódico político, organo del movimiento nacionalista revolucionario de Sun Yat-sen, que hablaba de la sublevación en Cantón contra la dinastía manchú. Es tal la excitación creada por la fiebre política que sacude al pais por ese entonces que Mao escribe su primer artículo y lo pega en la pared de la escuela. “Era la primera vez que expresaba una opinion política y no estaba del todo clara” [escribiría tiempo más tarde]. El 10 de octubre estalla la revolución nacionalista en Wuhan. Mao abandona la escuela y se enrola como voluntario en el ejército revolucionario. En la primavera de 1912, llega a la conclusión de que la revolución ha concluido y decide abandonar el ejèrcito y volver a sus lecturas en la biblioteca de Changsha.

1913 – 1917

En la primavera de 1913, ingresa en la Primera Escuela Provincial Normal de Changsha, donde permanecerá varios años hasta graduarse de maestro, en 1918. En 1915 es elegido presidente de la Sociedad de Estudiantes de la Escuela Normal, mostrándose sumamente activo. Una de sus primeras iniciativas fue la creación de una “asociación para el propio gobierno de los estudiantes”, cuyo objetivo original era la organización de los estudiantes en la lucha contra las exigencias consideradas irrazonables, de la dirección de la escuela. En 1917 estuvo al mando de la defensa de la Primera Escuela Normal durante las guerras entre diferentes facciones militares que asolaban la provincia y que habían amenazado saquear la escuela. Ejerce gran influencia sobre él la revista Hsin Ching-nien (Nueva Juventud), inspirada por Chen Tu-shiu, decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Pekín y más tarde primer Secretario General del Partido Comunista Chino. En este período Mao establece relaciones estrechas con compañeros y profesores, alguno de los cuales se contarán luego entre los más activos militantes comunistas.

1918

Abandona Changsha y se dirige a Pekín, donde frecuenta algunos cursos universitarios. Trabaja como empleado en la Biblioteca de la Universidad bajo las órdenes de Li Ta-chao, economista y profesor de Historia, quien junto con Chen Tu-shiu sería uno de los principales fundadores del Partido Comunista chino. Participa en el “Grupo de Estudios Marxistas” creado por Li en el invierno de 1918-19. En julio y octubre de 1918 aparecen en la Revista Nueva Juventud dos artìculos de Li Ta-chao sobre la revoluciòn rusa que atraen poderosamente a Mao.

1919 – 1920

A fines de febrero o principios de marzo viaja de Pekín a Shanghai para acompañar a algunos de sus amigos que iban a estudiar a Francia. Regresa a Changsha habiendo visitado los monumentos del pasado de China: la famosa ciudad amurallada de Hachou y la tumba de Confucio. Las manifestaciones estudiantiles del 4 de mayo de 1919 en Pekín contra la decisión de la Conferencia de Paz de entregar al Japón la concesión alemana de Shangtung se extienden hasta Hunán. Mao participa en la creación de la “Asociación de Estudiantes Unidos”, la “Asociación Unificada para Fomentar los Artículos Nacionales” y la “Asociación Unificada de todos los Círculos de Hunan”. Publica artículos en periódicos revolucionarios locales y en la Revista delRío Hsiang, órgano semanal de la Asociación de Estudiantes Unidos, fundada el 14 de junio de 1919 y cuyo director era Mao. En su artículo “La gran unión de las masas populares”, publicado en julio de 1919, saluda al movimiento 4 de Mayo, a la unidad de campesinos, obreros y estudiantes, de mujeres y de otras clases sociales, a la vez que evoca la victoria de la Revolución Rusa y el avance del “ejercito de la bandera roja” por todo el mundo. En el diario más importante de Changsha escribe entre otros, un articulo sobre la igualdad de derechos para la mujer, contra las limitaciones impuestas por la vieja sociedad, a la libertad individual y por la “gran ola de la libertad de amar”. En 1920 realiza varios viajes a Pekín y Shanghai para encontrarse con los dirigentes del “Movimiento 4 de mayo”. Profundiza su conocimiento del marxismo (entre otras obras lee el Manifiesto Comunista), que, según el propio Mao: “… se grabaron profundamente en mi mente originando una fe en el marxismo que, una vez aceptada como correcta interpretación de la historia, no se tambaleó jamás”. Retorna a Chansha, donde, merced a su vinculación con el lider I Pei-chi, pasa a ocupar empleos importantes como el de director de la Escuela Primaria dependiente de la Primera Escuela Normal. Este empleo facilita a Mao su tarea de formación de grupos de estudio marxista entre jóvenes estudiantes.

1921

Se casa con Yang Kai-hui, hija de su ex profesor de Ética. Sin abandonar su labor entre los estudiantes, comienza la organización de sindicatos obreros en Changsha y la provincia de Hunán. Se cuenta entre uno de las doce personas que fundan en Shanghai, en julio de 1921, el Partido Comunista Chino. En él se designa a Chen Tu-shiu secretario general del partido y a Mao secretario para la provincia de Hunán. En ese momento, el Partido Comunista Chino no contaba con más de setenta afiliados. Mao organiza numerosas actividades culturales entre los trabajadores, que evidencian su ingenio para movilizar a personas e instituciones al servicio de la revolución. Crea el Movimiento de Educación de Masas, para el cual prepara textos de enseñanza en los que, simplificando los caracteres chinos, explica de manera sencilla los objetivos del socialismo.

1922

En enero organiza una campaña contra Chao Hong-tui, “señor de la guerra” de Hunán, tras la ejecución en Changsha de dos dirigentes obreros anarquistas. En compañía de Li Li-san y de Liu Shao-chi, dos hunaneses que desempeñarán posteriormente papeles claves en la historia del Partido Comunista Chino, organiza huelgas por toda la provincia. En julio se realiza el II Congreso del Partido Comunista Chino, al que Mao no pudo concurrir. Allí se discute el principio de la alianza del proletariado con otras fuerzas revolucionarias y la táctica de la colaboración con el movimiento nacionalista de Sun Yat-sen. La decisión de colaborar con e1 Kuomintang se adopta formalmente en agosto, pero de hecho ya se había producido. En julio llega a China el diplomático soviético Joffe, encargado por Lenin de tomar contactos con los revolucionarios chinos.

1923

Expulsado de su provincia natal luego del aplastamiento del movimiento huelguístico, se traslada a Shanghai para trabajar en el aparato del partido comunista. En junio se realiza el III Congreso del partido en Cantón: 30 delegados representan a poco más de cuatrocientos afiliados. El congreso afirma la alianza política con el Kuomintang. Mao Tse-tung es elegido miembro del Comité Central y secretario del Buró de organización. Es encargado, además, de mantener los contactos con el Kuomintang. En enero de 1924, en el I Congreso del Kuomintang, es elegido miembro suplente del Comité Ejecutivo Central de esa organización junto a un pequeño grupo de comunistas que por primera vez obtienen importantes cargos directivos en el movimiento. A comienzos de 1925, alegando motivos de salud, abandona Shanghai y vuelve a Hunán. Parece ser que las verdaderas razones hay que buscarlas en el permanente hostigamiento que recibía de los dirigentes comunistas que se oponían a la colaboración excesiva con el Kuomintang, sacrificando la propia independencia de partido. La tensión ocasionada por el exceso de trabajo y la crítica hostil lo obligó a refugiarse en su pueblo natal de Shaoshan. Se dedica intensamente al trabajo de movilización política entre los campesinos que comienzan a rebelarse.

1925 – 1927

El 12 de febrero muere en Pekín Sun Yat-sen. Durante todo ese año se suceden en China olas de huelgas al comienzo puramente salariales y luego políticas. Se expande el movimiento antiimperialista, fundamentalmente antijaponés: el 30 de mayo comienza el boicot a las mercancías extranjeras. Este movimiento repercute en el campo. Perseguido por Chao Heng-ti, Mao huye a Cantón. Es designado presidente del VI curso de formación política en el Instituto de Formación del Movimiento Campesino, organización creada por el Kuomintang para la formación de militantes revolucionarios campesinos. Se convierte en un experto del problema agrario. Escribe Análisis de las clases en la sociedad china. A su regreso a Cantón, Mao se hace cargo de la principal responsabilidad del Departamento de Propaganda del Comité Ejecutivo Central del Kuomintang. Primero actúa como secretario y más tarde como subdirector. En condición de tal, presenta el informe sobre propaganda al segundo congreso del Kuomintang realizado en enero de 1926. Las dificultades que comienzan a plantearse en la política de unidad con el Kuomintang llevan al Partido Comunista Chino a intensificar el trabajo entre los campesinos, que hasta ese momento eran considerados como pequeños burgueses que debían ser dejados a cargo del Kuomintang. Se crea una comisión campesina del Comité Central del Partido Comunista Chino, nombrándose a Mao para dirigirla. En diciembre de 1926 se encuentra en Changsha y participa en el I Congreso Campesino Provincial. En marzo de 1927 publica un explosivo Informe sobre una investigación del movimiento campesino Hunán, donde plantea que las organizaciones revolucionarias deben estimular y colocarse a la cabeza del impetuoso movimiento de masas del campesinado de la China central. Al mismo tiempo retoma en escala cada vez más amplia la creación de ligas campesinas en la región, de las que entran a formar parte más de un millón de campesinos. El 12 de abril de ese mismo año, Chiang Kai-shek organiza un golpe de Estado contrarrevolucionario y reprime ferozmente al movimiento de masas y a los sindicatos y ligas. Chiang ordena asesinar a decenas de millares de militantes revolucionarios. Es expulsado del Koumintang por el ala izquierda del movimiento, que se reorganiza en el gobierno del “Kuomintang democrático” del que siguen formando parte los comunistas. En el mismo mes de abril se realiza en Hankow el V Congreso del Partido Comunista Chino. El enfrentamiento en el congreso es bastante duro. Mao y unos pocos delegados se oponen a seguir colaborando con el Kuomintang y postulan el abandono de la vieja línea y la reorganización de las fuerzas revolucionarias a partir de las posiciones conquistadas en el campo. La mayoría del congreso acuerda la colaboración con el Kuomintang de izquierda, siguiendo las indicaciones de la Internacional Comunista. En mayo, Mao es elegido presidente de la Unión Panchina de los campesinos. En julio, el “Kuomintang de izquierda” rompe con los comunistas y pacta con Chiang Kai-shek. Comienza una nueva fase de la represión al movimiento campesino. El 1° de agosto, el XX ejército, bajo el mando de Ho Lung y de Yeh Ting, en cooperación con su comisario político Chu Teh, se subleva en Nanchang. Una semana más tarde, el 7 de agosto, una reunión extraordinaria del partido destituye a Chen Tu-siu de sus funciones de secretario, pero rechaza las propuestas de Mao sobre la prioridad a acordar a la organización revolucionaria en el campo. La dirección del partido es asumida por Chiu Chiu-pai, quien siguiendo las directivas de la Komintern y de Stalin intenta llevar a cabo una política de insurrecciones armadas desencadenadas por la clase obrera en las ciudades. Mao es encargado de organizar un levantamiento armado en Hunán coincidiendo con la cosecha de otoño. Los levantamientos de Nanchang y de la “Cosecha de Otoño” son aplastados por el Kuomintang. Con los sobrevivientes, Mao organiza un pequeño ejército de guerrilleros que se retira a los montes Chingkangshan, donde implantan la primera `base soviética’. Desautorizado y excluido del Comité Central, atacado por el Comité Provincial de Hunán debido a su “oportunismo militar”, Mao comienza a aplicar en escala limitada su concepción de la guerra popular. En diciembre, continuando con su línea de ofensiva armada de las fuerzas obreras, el partido organiza la insurrección y la creación de la Comuna de Cantón. El movimiento es derrotado y millares de comunistas son asesinados.

1928 -1934

Mao derrota a las fuerzas del Kuomintang en la batalla del Ningkang. Lin Piao y Chu Teh se unen a las fuerzas de Mao con los sobrevivientes de la derrota de Cantón. Mao es designado secretario del Comité del partido de la base roja de Chingkangshan. Todas las tropas comunistas son agrupadas en lo que pasa a denominarse el IV Ejército Rojo de Ruta. A mediados de año se reúne en Moscú el VI Congreso del Partido Comunista Chino. Aunque el congreso reconoce la utilidad del establecimiento de soviets en las zonas rurales, esta táctica debía ser considerada simplemente como una operación de reserva hasta que una nueva marea revolucionaria de la clase obrera tornara posible un movimiento insurreccional generalizado en las ciudades. Esta línea es defendida por la Komintern y la dirección del Partido Comunista Chino encabezada por Li Li-san, que acaba de ser nombrado coordinador del Comité Ejecutivo. Mao es readmitido en el Comité Central, pero durante mucho tiempo está prácticamente marginado de las decisiones políticas por su concepción particular de la lucha armada. En diciembre, Mao derrota a Chiang Kai-shek en el segundo ataque realizado por este último contra la base roja. A comienzos de 1929 las tropas de Mao descienden al Kiangsi meridional obedeciendo las indicaciones del partido de extender la “base roja” con vistas a preparar las insurrecciones militares en las ciudades. Mao rechaza la propuesta del Partido de dividir sus fuerzas armadas y dispersarlas por las zonas rurales. La tensión entre Mao y la dirección del Partido se agudiza. Para defender sus concepciones, escribe en ese período una serie de artículos: ¿Por qué puede existir el poder rojo en China?, La lucha en las montañas Chigkang, Sobre la rectificación de las ideas erróneas en el partido, Una sola chispa puede incendiar una pradera. En diciembre del mismo año la Conferencia del IV Ejército comunista en Kutien aprueba las concepciones de Mao sobre la importancia de la lucha campesina armada y lanza una resolución donde se ataca duramente a la línea de la dirección del Partido y de Li Li-san. Mao es designado comisario político del Primer Ejército de Línea. En enero de 1930 se constituye el gobierno soviético de Kiang-si. En abril, el Comité Central del PCC (Partido Comunista Chino) organiza una reunión para tomar en su manos el control de las bases rojas. Mao y sus compañeros resuelven no participar en ella. En julio-agosto, la dirección del Partido da la orden de atacar Nanchang y Changsha como “primer paso” de una ofensiva general contra Wuhan y Shanghai. Mao y Chu Teh atacan Nanchang, pero, convencidos de lo alocado de la empresa, deciden retirarse con lo que resta del ejército hacia la base roja de Kiangsi. Peng Te-huai, a su vez, ataca Changsha, la toma y la retiene cinco días en su poder, pero luego es derrotado. Cuando las tropas del Kuomintang recuperan Changsha, asesinan en dicha ciudad a la esposa y a la hermana de Mao. Sus dos hijos logran salvarse y son trasladados luego a la Unión Soviética. Li Li-san, considerado responsable de las derrotas, es privado de sus cargos y enviado a Moscú. Chiang Kai-shek lanza contra las bases rojas la primera campaña de aniquilamiento. En enero de 1931, el partido crea un órgano político de dirección de las zonas soviéticas dirigido por Mao. Wang Ming asume prácticamente la dirección del partido, que no logra, sin embargo, controlar políticamente las zonas de guerrilla. Hasta fines de año, en que la dirección del partido se traslada de la ciudad a la zona roja, Mao aplica su propia política. En febrero y abril se producen la segunda y tercera campaña de aniquilamiento. Mao experimenta con éxito sus concepciones sobre la guerra de guerrillas. El 7 de noviembre es proclamada en Juchin (Kiangsi) la República Soviética China. Mao es elegido presidente de la república y a partir de ese momento comienza a designárselo como “presidente Mao”. Durante el año 1932, se agudiza el enfrentamiento entre Mao y la dirección del partido. Esta propone abandonar la estrategia de la guerrilla campesina y conquistar en cambio “provincias enteras” como paso previo para la conquista de las ciudades. En junio comienza la cuarta campaña de aniquilamiento, que durará nueve meses y comprometerá en la acción a más de medio millón de soldados. En agosto de 1932, en la conferencia de Ningtu, las tesis de Mao son derrotadas y el partido decide pasar a una reestructuración de las fuerzas guerrilleras adoptando la estrategia de “avance y ofensiva” preconizada por Wang Ming. Chu En-lai es encargado de dirigir la operación de reestructuración del ejército rojo. En abril de 1933, Chu En-lai es designado comisario político del ejército rojo, cargo que anteriormente había sido cubierto por Mao. En agosto, la quinta campaña de aniquilamiento obliga a los comunistas a abandonar la base roja central de la República Soviética China debido a los serios errores cometidos por la dirección del partido. Comienza una fase de duros enfrentamientos con las tropas nacionalistas en Kiangsi. A principios del verano de 1934 se adopta la decisión de romper el cerco, retirando la zona soviética del Kiangsi y trasladándose hacia el Norte. El 16 de octubre de 1934 comienza la Larga Marcha. Mao va a la cabeza del primer ejército de línea recorriendo las provincias de Kuantung, Hunán, Kwangsi hasta alcanzar el norte de la provincia de Shenshi en octubre de 1935. La marcha transcurre a través de permanentes combates contra las tropas nacionalistas y de algunos señores de las guerra locales.

1935 – 1938

En la conferencia política realizada en Tsunyi, en enero de 1935, Mao es elegido presidente del Partido Comunista Chino (cargo que hasta ese entonces no existía) y su línea política de guerrilla rural y de organización de bases revolucionarias rurales pasa a ser la línea oficial del partido. Mao se convierte de hecho en la más alta autoridad política y militar de la revolución. Se realizan manifestaciones antijaponesas de los estudiantes de Pekín instando al gobierno nacionalista a unificar fuerzas con los comunistas para derrotar al invasor japonés. El 25 de diciembre, Mao lanza desde Wayaopao un llamamiento para la constitución de un “frente unido nacional antijaponés”. En Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China (1936), Mao elabora la experiencia político-militar realizada durante la República Soviética y la Larga Marcha. Sostiene la necesidad de obligar al Kuomintang a luchar contra el Japón y a suspender la represión anticomunista. El 12 de diciembre de 1936, oficiales nacionalistas detienen a Chiang Kai-shek en Sian y lo obligan a negociar con los comunistas el establecimiento de un frente común antijaponés. El 7 de junio de 1937, los japoneses atacan Pekín y comienza la guerra chino-japonesa. Mao inicia la teorización de la resistencia guerrillera antijaponesa con la publicación de Problemas estratégicos de la guerra de guerrillas contra el Japón, Sobre la guerra prolongada, El papel del partido comunista en la guerra nacional. En los ensayos Sobre la práctica y Sobre la contradicción analiza el arsenal ideológico marxista a la luz de la experiencia revolucionaria china y de la tradición filosófica oriental. El 22 de setiembre, el Kuomintang y el PC incitan a la nación a luchar contra los japoneses. El ejército rojo se convierte en el “VIII ejército de campaña”, que permanece independiente pero combate al lado del ejército nacional de Chiang Kai-shek.

1939 -1944

Mao encara más a fondo la problemática política de la alianza de guerra con el Kuomintang y del régimen político que debe darse China para incrementar el esfuerzo bélico de las masas. En esta perspectiva, escribe diversos trabajos, entre otros La revolución china y el partido comunista de China y Sobre la nueva democracia. Se divorcia de Ho Tzu-chen, con la que vivió nueve años y tuvo cinco hijos y se casa con Chiang Ching, famosa actriz de cine de Shanghai, que había llegado en 1938 a Yenán para trabajar en el teatro. En este período, las relaciones con el Kuomintang sufren un continuo proceso de deterioro que se agudiza en enero de 1941, cuando las tropas nacionalistas atacan por la espalda al IV Ejército comunista en Anhwei, provocándole graves pérdidas y tomando prisionero a su comandante Yeh Ting. En diciembre de 1941 los japoneses atacan la base norteamericana de Pearl Harbour y comienza la guerra en el Pacífico. La política de tierra arrasada combinada con la construcción de fortines, murallas y cercos de alambre que aplicaban los japoneses en las zonas donde actuaban los comunistas, sumado al bloqueo económico, político y militar impuesto por el Kuomintang a las zonas rojas, exige de Mao y de sus camaradas la resolución de problemas cada vez más agudos. Para hacerles frente, el PC acentúa la política de cooperativización del trabajo en el campo y la participación del ejército en labores industriales y agrícolas, pero lanza a la vez la “Campaña de rectificación” con el propósito de fortalecer su unidad y disciplina interna.

Todo el partido es llamado a estudiar los textos de Mao sobre la guerra campesina y por primera vez su pensamiento es oficialmente presentado como la “única aplicación correcta del marxismo-leninismo a la realidad china”. A este período pertenecen: Rectifiquemos el estilo de trabajo en el partido, Contra el estilo de cliché del partido, Algunas cuestiones sobre los métodos de dirección, Nuestro estudio y la situación actual, además de una serie de conferencias e intervenciones en el Foro de Yenán sobre arte y literatura. En la Resolución sobre algunas cuestiones de la historia de nuestro partido, redactada colectivamente por la dirección política, se aprueba definitivamente la línea de Mao como línea “oficial” del PCC. Entre 1942 y 1945 las tropas comunistas obtienen grandes éxitos en la lucha contra los japoneses organizando más de quince “zonas rojas” con una población de alrededor de ochenta millones de habitantes.

1945

El 24 de abril se inicia en Yenán el VII Congreso del PC. Mao, reelegido presidente del partido, presenta en esta ocasión un informe titulado Sobre el gobierno de coalición, en el que propone una vez más la creación de un gobierno democrático de coalición que sea expresión del “frente unido antijaponés”. En agosto, Mao Tse-tung viaja a Chinking para discutir personalmente con Chiang Kai-shek las condiciones para la formación de un gobierno de coalición, mientras las tropas comunistas lanzan en todo el país una ofensiva general contra los japoneses. Se firma el acuerdo del 10 de agosto. El 14 de agosto de 1945 Japón acepta la rendición incondicional después del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.

1946 – 1949

Fracasan los acuerdos entre comunistas y nacionalistas y se inicia la lucha armada. Los Estados Unidos -a través del general Marshall como mediador- y la URSS tratan de lograr un acuerdo de ambas partes, que no llega a concretarse. Las tropas nacionalistas ocupan las ciudades evacuadas por los japoneses. La aviación militar norteamericana transporta a las tropas de Chiang a los principales centros ocupados por los japoneses para impedir que sean tomados por los comunistas. Manchuria, ocupada a su vez por la Unión Soviética, es devuelta a las tropas de Chiang. En noviembre de 1946 las tratativas quedan definitivamente rotas. Mao sostiene en numerosos escritos y discursos la necesidad de impulsar “la revolución hasta el fin”, aprovechando la situación social y estratégica, favorable a los comunistas, provocada por la derrota del Japón. En un momento en que el ejército de Chiang es cuatro veces superior al comunista, las palabras de Mao no son tomadas en serio ni por Stalin, que no creía en las posibilidades de un triunfo comunista en China, ni por los norteamericanos que apoyaron con asesores militares y armas a Chiang Kai-shek. En marzo de 1947 Mao abandona Yenán siguiendo el viejo principio de la defensa estratégica “en profundidad” y de la táctica de guerrilla elástica. El ejército rojo se desplaza en las zonas agrarias y montañosas de Shensi. En las zonas liberadas, los comunistas realizan una reforma radical. A fines de 1947, en su informe La situación actual y nuestras tareas, Mao anuncia que la guerra revolucionaria del pueblo chino ha llegado a un punto de viraje y que se está en condiciones de derrotar al Kuomintang en breve plazo. En diciembre de 1947 las tropas de Lin Piao liberan Manchuria. El segundo semestre de 1948 está marcado por una serie de rotundas victorias comunistas que deciden el resultado de la guerra. Entre el invierno y la primavera de 1949 el régimen del Kuomintang se derrumba. Mao alterna en este período el trabajo de dirección militar y estratégica con la actividad política tendiente a aislar al Kuomintang y a conquistar para la alianza con los comunistas a todas las fuerzas intelectuales, políticas y sociales favorables a la transformación revolucionaria de China. Mientras ordena a las tropas rojas atravesar el Yangtse, en abril de 1949, Mao teoriza sobre la necesidad de una nueva fase social de la revolución china, en la cual será el sector moderno y urbano el que guiará al campo. El 1° de julio, al conmemorar la fundación del PCC, Mao traza el programa del nuevo régimen en su discruso“Sobre la dictadura democràtica popular”. El 1º de octubre es proclamada en Pekín la República Popular China y Mao es elegido presidente. Chu En-lai será primer ministro.

El 20 de diciembre Mao Tse-tung y Chu En-lai realizan una visita oficial a la Unión Soviética.

1950 – 1953

El 14 de febrero se firma en Moscú el pacto de amistad y de ayuda chino-soviético. Un mes antes Gran Bretaña reconoce al gobierno de Pekín. El 25 de junio comienza la guerra de Corea y, en octubre del mismo año, China interviene enviando voluntarios. El 30 de junio se lanza el decreto sobre reforma agraria en toda China. En octubre los voluntarios Chinos entran a Corea. A comienzos de enero de 1952 se inicia la campaña de los tres anti (contra la corrupción, el despilfarro y la burocracia) y de los cinco anti (corrupción de funcionarios, fraude fiscal, fraude comercial, malversación de fondos, deformación de las informaciones económicas en perjuicio del Estado).

El 15 de febrero de 1953 el Comité Central del Partido Comunista chino llama a los campesinos a agruparse en cooperativas. El 6 de marzo muere Stalin.

Primer plan quinquenal chino

1954 -1955

Aumento de la ayuda soviética a China. En 1954 la Conferencia de Ginebra pone fin a la guerra de Indochina y decide la división transitoria del Vietnam en dos estados (Vietnam del Norte con capital en Hanoi y Vietnam del Sur con capital en Saigón). Debían organizarse elecciones generales antes de 1956 para decidir la reunificación o no del territorio. En el mismo año, la primera sesión de la asamblea nacional China aprueba y promulga la nueva Constitución de la República Popular.

En abril de 1955 se inicia la Conferencia de Bandung, Indonesia.

El 31 de julio Mao Tse-tung presenta un informe acerca del “desarrollo de las cooperativas agrícolas en China”.

1956 – 1958

Entre el 15 y el 27 de setiembre de 1956 se realiza el VIII Congreso del PC de China en Pekín.

El 19 de octubre se inicia la 8ª sesión del Comité Central del Partido Obrero Unificado de Polonia, que obliga al viaje imprevisto de Jruschov y otros dirigientes soviéticos para impedir el ascenso al poder de Gomulka. El 20 de octubre Gomulka es elegido a pesar de la oposición soviética.

El 24 de octubre se inicia en Budapest la insurrección húngara. El 4 de noviembre intervienen las tropas soviéticas para conjurarla.

A finales de 1956 el Jenminjipao publica el ensayo: “Una vez más a propósito de la experiencia histórica de la dictadura del proletariado”.

El 27 de febrero de 1957 comienza en China el período de las “Cien Flores”, que finaliza en junio con un ataque a las corrientes “derechistas y burguesas”.

En noviembre se inicia la Conferencia de Moscú de todos los partidos comunistas. Es allì donde Mao declaró que “el viento del Este predomina sobre el viento del Oeste”. En 1958 China emprende su segundo plan quinquenal y se lanza al “Gran salto adelante”.

El 29 de agosto la sesión especial del Comité Central reunida en Peitaho, aprueba la creación de las comunas populares.

1959 – 1962

El 17 de marzo el Dalai Lama huye de Lhassa y se completa la unificación del territorio chino incorporando al Tibet.

El 20 de junio la URSS denuncia el pacto atómico firmado con China el 15 de octubre de 1957.

En junio de 1960 comienza públicamente la polémica china-soviètica en el marco del Congreso de la Federación Sindical Mundial y en Bucarest, al margen del V Congreso de los comunistas rumanos.

En julio del mismo año la URSS retira sus técnicos de China y anula todos los contratos comerciales con este país.

En noviembre se realiza la Conferencia de los 81 partidos comunistas efectuada en Moscú. Termina con una resolución de transacción.

El 22 de octubre de 1962 las escaramusas en la frontera chino-india adquieren las proporciones de una guerra limitada.

1963 – 1966

El 14 de junio el PC chino publica sus “proposiciones concernientes a la línea general del movimiento comunista internacional”, más conocida como “declaración de los 25 puntos”.

Las conversaciones entre los dos partidos realizadas en julio no dan fruto.

El 7 de febrero de 1964 el Comité Central del PCUS aprueba el informe antichino de Suslov y propone la convocatoria de una conferencia comunista internacional con el propósito de condenar públicamente a China. El PC chino se opone al proyecto, al igual que la mayoría de los PC asiáticos. El 22 de abril el Comité Central del Partido Comunista italiano rechaza también el proyecto.

El 24 de agosto muere en Yalta Palmiro Togliatti, y deja su “memorándun” a Jruschov, muy crítico respecto de la política rusa.

El 15 de octubre el Comité Central del PCUS destituye a Jruschov y nombra a Breznev secretario general del partido y a Kosiguin presidente del Consejo. Un día después China hace estallar su primera bomba atómica.

El 7 de febrero de 1965 los norteamericanos comienzan a bombardear sistemicamente Vietnam del Norte, el día mismo de la visita de Kosiguin a Hanoi.

El 30 de setiembre de 1965 se produce el golpe militar de Djakarta y el asesinato en masa de los comunistas indonesios.

En 1966 China comienza el III plan quinquenal, pero no hace público los objetivos que se propone alcanzar.

En abril-mayo de 1966 comienza la “revolución cultural” en China. Despido del alcalde de Pekín, Peng Chen y destitución de varios dirigentes culturales, entre los que figura Cheu-Yang.

En julio de 1966 Mao retorna a Pekín luego de un largo período de estadía en el campo, recorriendo comunas populares. A su regreso exige el retiro inmediato de los “equipos de trabajo” formados por Liu Shao-chi para controlar el proceso de revolución cultural y convoca a una sesión extraordinaria del Comité Central.

Mao abre la XI Sesión del Comité Central del PC Chino colgando en la sala su dazibao titulado: “Bombardead el cuartel general”. En dicha Sesión se fijan las grandes directrices de la Revolución Cultural. Dos días después en un gigantesco mitín realizado en Pekín, Mao se coloca el brazalete rojo de los jóvenes. Aparece el movimiento de los “Guardias Rojos”.

1967 – 1970

En 1967 la revolución cultural se extiende a los obreros de las grandes ciudades. El 9 de enero de 1967 se forma el Cuartel General de los rebeldes revolucionarios obreros de Shanghai.

En abril de 1967 comienza la denunica de Liu Shao-chi.

Entre julio y agosto de 1967 se produce la fase màs aguda del conflicto entre las organizaciones que resistìan la revolución cultural y los nuevos organismos que la impulsaban. A partir de agosto se da un reflujo del movimiento de masas y un proceso de institucionalización de los nuevos organismos, llamados de la “Triple alianza”.

En octubre de 1968 la XII Sesión ampliada del Comité Central condena oficialmente a Lui Shao-chi y lo excluye del partido. A la vez, se convoca el IX Congreso.

En abril de 1969 se reúne en Pekín el IX Congreso del PC Chino, que cierra el período de lucha política aguda abierto en 1966. Este congreso afirma las posiciones de Mao.

China revolucionaria

Hasta las guerras del opio (1840), el Imperio del Centro -tal como en el pasado y aún hoy llaman los chinos a su país- era el más vasto, populoso e importante de los estados monárquicos de Asia. Cuando en Europa apenas se iniciaba el proceso de formación de los estados nacionales, ya China conocía más de dos mil años de un poder central unitario, capaz de asegurar el mantenimiento de la integridad del país y la cohesión de sus habitantes. Los conquistadores mongoles del siglo XIII, al igual que los manchúes del siglo XVII, no modificaron la estructura tradicional de la civilización china; por el contrario, fueron absorbidos por ella. Ni siquiera la importación del budismo desde la India logró conmover los cimientos de este imperio al que rendían tributo las monarquías vecinas: Corea, Vietnam, Siam, Laos, Birmania, Nepal…

¿Cuál era la raíz de esta civilización tan singular?, ¿Qué elementos determinaban su sorprendente continuidad, a salvo de todas las contingencias históricas? La explicación habría que buscarla en la estrecha unidad entre el pueblo y su tierra, en el mantenimiento de una comunidad aldeana basada en el trabajo permanente y sistemático de esa tierra que requería ser dominada por el hombre y, que para ello exigía una mano de obra muy numerosa y disciplinada. A fuerza de tesón, los chinos lograron controlar desde temprano el curso de las aguas, desecaron los pantanos y recortaron terrazas en las montañas para sembrar arroz. Cultivaron la tierra como jardines e hicieron de la azada su preciado instrumento de trabajo. La superabundancia de mano de obra otorgó al campo chino cierto carácter urbano que se mantuvo a lo largo de su historia y que permitió extraer de la tierra rendimientos muy elevados. Pero a la vez, paradójicamente, el exceso de hombres tornaba innecesario el desarrollo de la técnica y contribuía así poderosamente a agudizar la característica inmovilidad de la sociedad china.

Esta obra milenaria de transformación de la naturaleza, realizada prácticamente con las manos, dio al pueblo chino los elementos esenciales de su fisonomía, así caracterizados por E. Collotti-Pischel: “El carácter ‘coral’ de las relaciones humanas, la capacidad de reunir a muchos hombres para realizar un trabajo común, extrayendo el máximo beneficio de la contribución de cada uno; la conciencia de pertenecer a un conjunto de hombres distintos al resto de la humanidad; la voluntad de mantener la cohesión de la colectividad humana en nombre de las exigencias de la vida y del trabajo y no por coacción externa; el profundo condicionamiento de cada individuo por la comunidad; la exaltación de la abnegación, de la tenacidad, del autocontrol. Todos estos elementos, que son perceptibles a primera vista para cualquier observador, fortalecen las características positivas de la civilización china y son la consecuencia del empeño puesto por todo un pueblo en el curso de los siglos para transformar la naturaleza y volverla apta para servir a sus necesidades.”

Sobre este tipo particular de sociedad y de cultura, se asienta un ordenamiento social y de clase radicalmente distinto del que caracteriza a los Estados de Occidente. Para la civilización china, el orden de la sociedad no era sino la prolongación del orden cósmico. Conciliar el cielo con la tierra, las fuerzas de la naturaleza y la obra de los hombres era la misión fundamental del Emperador, que estaba revestido de poderes absolutos y aparecía como el depositario y ejecutor del “Mandato del cielo”. Para el cumplimiento de sus funciones, era asistido por una vasta capa de funcionarios que dependían de él y que garantizaban la verdadera continuidad del poder y de las instituciones. Asegurar el buen funcionamiento de una sociedad agrícola compleja -el calendario de los trabajos, el mantenimiento de los caminos, la recaudación de impuestos y tributos, el control de las aguas, la construcción de diques y canales de riego, el cultivo de los campos y el empleo masivo de la fuerza de trabajo- exige una disciplina estricta y la continuidad de una relación estable, dentro de la comunidad, entre gobernantes y gobernados. Se requiere una clase particular de funcionarios, de “tecnócratas”, capaces de concebir, organizar y llevar a cabo grandes obras públicas, movilizando para ello el conjunto de los recursos de una sociedad superpoblada y misérrima. Al igual que los tecnócratas modernos, la clase dirigente china extrajo sus derechos sociales y su prestigio no de su ascendencia sino de sus títulos intelectuales, de su condición de depositaria de un “saber” acumulado históricamente en una capa social que era reclutada, mediante complicadas selecciones y que constituía un reducido sector de la población especializado en la función de gobierno. El ideal de esta capa aparece gráficamente expresado en el siguiente pasaje del filósofo Mencio: “Las ocupaciones de los hombres de calidad son diferentes de las de los hombres vulgares. Los unos se dedican al cultivo de la inteligencia; los otros, a tareas corporales. Los que se dedican a los trabajos intelectuales, gobiernan a los demás; los que trabajan con la fuerza física son gobernados por los primeros. Los que son gobernados alimentan a los demás; los que gobiernan son alimentados por los otros.” La clase de burócratas-funcionarios representaba el orden y la disciplina, la estabilidad de la civilización china. Debía enseñar a los hombres a conducirse virtuosamente, practicando el respeto, la humildad, la sumisión y subordinación a los superiores, ofreciéndose ella misma, como ejemplo vivo de esas virtudes.

Sin embargo, en la práctica, esta clase dirigente se hallaba muy lejos del ideal preconizado por los textos confucianos. En la cumbre, el cuerpo de mandarines estaba corrompido y la lucha por el poder había elevado a los puestos más importantes a castas cada vez más incompetentes. Los concursos para la elección de funcionarios favorecían cada vez más a los propios hijos de funcionarios y de la corte imperial; aparecía como un sistema de autorreproducción de la burocracia. En un nivel más bajo, la clase de los letrados y la de los señores rurales (shenshi) reunían en sus manos la suma del poder político, la supremacía intelectual, la riqueza económica. Gradualmente lograron descomponer el carácter colectivo de la posesión de la tierra en las comunidades aldeanas y se apropiaron de grandes extensiones de campos oprimiendo a los campesinos con arrendamientos muy elevados. La situación privilegiada que tenían en el aparato estatal les permitió utilizar a su favor el mecanismo impositivo, disponer del dinero y de los excedentes agrícolas para seguir acumulando tierras por medio de la usura. Las luchas entre los campesinos y la clase dirigente de los burócratas-propietarios-usureros recorre toda la historia de China. La tensión provocada por la pesada carga que debían soportar las masas rurales, se expresaba en la periodicidad de las grandes sublevaciones campesinas armadas que convulsionaban durante años a todo el país y que muchas veces llevaban al poder a una nueva dinastía, empeñada en la construcción de obras pública de real interés para el campo, que retomaba en sus manos la propiedad de la tierra y la volvía a distribuir entre los campesinos, y suprimiendo las deudas. Al agotarse la ola revolucionaria, recomenzaba el ciclo de la acumulación de la tierra, del aumento de la carga fiscal, del endeudamiento, del crecimiento del trabajo servil. Este movimiento pendular, ligado en gran parte al papel económico desempeñado por el poder despótico central y por las características de las comunidades de aldea -cuya estructura parecía estar fuera de todas las tormentas de la región política- mostraba además la incapacidad del campesinado de cambiar las instituciones y la organización social de China para dar paso a un orden nuevo. Estas características únicas de la comunidad nacional china había encontrado su perfecto paralelismo en la ideología que acompañó a toda la historia de la vieja China y que aún sobrevive en parte la ideología que Confucio (551-47c a. C.) elaboró sobre la base de una más antigua tradición popular, pero dándole un sentido filosófico nuevo, tendía a mantener el orden y la jerarquía en la sociedad y las relaciones del hombre con la naturaleza. A diferencia de Occidente, donde las estructuras sociales están eslabonadas desde abajo hacia arriba, a partir del ordenamiento de las tendencias primarias del hombre mediante normas jurídicas cada vez más refinadas, en China eran establecidas desde arriba por medio de la adaptación del orden moral a un orden práctico caracterizado por el li (ritos) que hace referencia a disposiciones interiores y no a modos de comportamiento exterior. El orden ritual desempeñaba en la sociedad china la función que el orden jurídico desempeña en las nuestras. Los ritos regulan la vida de cada individuo, sus categorías sociales, sus deberes y sus derechos. Los vínculos de sujeción preconizados por Confucio (del pueblo al soberano, de los hijos a los padres, de la mujer al marido, de los aprendices al maestro, de los discípulos al profesor), aseguraban que cada uno siguiese su propio camino y permaneciera en su “justo lugar” dentro de la jerarquía social. Como es natural, las normas predicadas por los confucianos de respeto, humildad, sumisión y subordinación a los superiores, reforzaban poderosamente el mantenimiento de la posición de privilegio que detentaba la clase dirigente de los burócratas-letrados. Es más, fue la expresión más acabada de la casta de administradores y funcionarios y uno de los factores esenciales de la continuidad y de la inmovilidad de la sociedad china.

Pero el confucianismo ofrecía también otra cara, que, en determinadas circunstancias, justificaba las rebeliones contra el sistema. Si el principio del orden social no es la ley sino todo aquello que en el interior de la sociedad asegura la armonía, las inundaciones, las sequías, las invasiones de los bárbaros, las sublevaciones contra los tributos desmedidos son desórdenes que provienen de la incapacidad del Emperador y de sus funcionarios en el cumplimiento de sus deberes, de su falta de “virtud”, lo que conduce irremisiblemente al cuestionamiento de la legitimidad del poder, al retiro del “Mandato del Cielo”. He aquí por qué las sublevaciones eran consideradas, en la vieja China, como el preludio de una decadencia imperial y la sustitución por una nueva dinastía. (“Los puntos de vista del Cielo coinciden con los del pueblo”, así reza un viejo proverbio popular chino.) Sin embargo, las cíclicas sublevaciones campesinas se inspiraban más bien en las viejas creencias populares y en el taoísmo, como símbolo de la libertad personal, de la espontaneidad de la naturaleza indómita, de la libertad del hombre no condicionado, de la rebeldía frente a la injusticia; el taoísmo fue así la religión de las sectas secretas, de tendencias anarquizantes y místicas que pululan desde hace muchos siglos en China. Pero, una vez victoriosas, todas las rebeliones campesinas retornaban al alveolo confuciano, a la ideología modelada para mantener un cierto tipo de equilibrio dentro de esa sociedad tan particular creada por la relación entre el pueblo chino y su tierra. E. Collotti Pishel anota: “En este cepo ideológico confuciano, pero también con el aporte vivo de las otras ideologías de protesta, se había creado la grande, compleja, articulada cultura china, que pudo convertirse no sólo en uno de los principales instrumentos de unificación nacional sino en la más intensa fuerza de atracción que ligaba a los distintos pueblos de Asia Oriental con China y con su influencia profunda. Esta fuerza asimiladora y civilizadora de la cultura china no fue afectada sustancialmente por los fenómenos involutivos que se manifestaron en la estructura cultural a medida que la clase intelectual se convertía en una élite cerrada, coincidente en la práctica con el estrato privilegiado de los burócratas y de los propietarios terratenientes […] Cuando a mediados del siglo XIX, Europa atacó y venció a China, los chinos siguieron viviendo convencidos de que nada en el mundo podía existir que fuera superior a China, que su civilización y su cultura eran las únicas dignas de la humanidad.”

Génesis de un rebelde

Hacia fines del siglo pasado, un año antes de la guerra chino-japonesa, -destinada a tener tanta importancia en la suerte futura del Imperio Celeste- nacía en la aldea de Shao Shan, Mao Tse-tung. Su padre era un campesino pobre a quien las deudas obligaron a incorporarse desde muy joven al ejército. Su espíritu ahorrativo y emprendedor le permitió acumular una pequeña suma de dinero con la que al cabo de varios años logró adquirir su tierra. Combinando el trabajo agrícola con el comercio de granos, fue ascendiendo hasta llegar a convertirse, según lo caracteriza el propio Mao, en un “campesino rico”. Aunque en la familia imperaba un régimen de trabajo muy duro y ascético, el afán paterno de “amasar riquezas” y de ascender en la escala social lo impulsó a educar desde muy niño a su hijo mayor. A los cinco años, Mao aprendió a escribir, bajo la guía de un maestro tradicionalista. Cuando más tarde asiste a la escuela primaria seguirá estudiando las Analectas de Confucio y los Cuatro Clásicos, que los estudiantes debían obligatoriamente aprender a recitar, aunque sin esforzarse por comprenderlos. Pero no eran éstos los libros que encendían la imaginación del niño campesino: “Yo conocía a los clásicos -dice Mao- pero no los amaba. Lo que me gustaba eran las novelas de la China Antigua y sobre todo la historia de las rebeliones”. Los alumnos leían esas novelas ocultándolas del maestro, que las calificaba de perversas. Con sus compañeros, Mao aprendía historias de memoria y las discutía con el viejo de la aldea. “Creo que es posible que yo haya sido influido por tales libros leídos en una edad en que se es muy impresionable”. Pasarán los años y Mao ampliará su horizonte intelectual. Su conocimiento de los clásicos será considerable; se convertirá en un poeta “culto” por su completo y refinado dominio de la lengua clásica, pero el recuerdo de sus lecturas de juventud no lo abandonará jamás, y las historias populares como el Romance de los tres reinos y A orillas del agua aparecerán citadas en sus escritos muchas veces. El enfrentamiento con un padre autoritario y caprichoso, que a los trece años le impuso un matrimonio con una muchacha seis años mayor con el solo objeto de contar con dos brazos más para el trabajo, la resistencia a la tiranía de sus maestros, llevó a Mao desde muy joven a identificarse con esos héroes que se rebelaban contra los abusos de los señores rurales y de los corruptos funcionarios del Imperio.

Fin de un imperio milenario

Atraído por el mito de la riqueza inagotable de China, mito alimentado por los relatos fantásticos de viajeros y mercaderes, desde Marco Polo en adelante, la expansión capitalista europea se descargó sobre el pueblo chino. Primero el contrabando, luego las sucesivas “guerras del opio” quebraron el encierro de la sociedad tradicional china, abrieron el país al comercio exterior, lo sometieron a la voracidad de las potencias occidentales. Para salvar la fachada del Imperio, la clase dirigente debió aceptar las más gravosas concesiones económicas, los “tratados desiguales” y las anexiones territoriales disfrazadas de zonas comerciales. Sólo las profundas rivalidades que enfrentaban a las grandes potencias permitieron a China conservar no obstante su integridad como nación. A comienzos del siglo XX, el país estaba sometido a un régimen de control indirecto por el conjunto de las potencias imperialistas, el Japón incluido. Aunque el aparato estatal permaneció esencialmente intacto, quedó reducido de hecho a un mero intermediario local de la explotación extranjera. Debía garantizar el orden en un territorio demasiado vasto para ser controlado por las tropas extranjeras, y además asegurar la continuidad de los mecanismos fiscales y económicos que consolidaban la apropiación del excedente económico acumulado en el campo chino. A la pesada carga de la dominación feudal se le agregó la opresión imperialista, que aceleró rápidamente el proceso de descomposición de la sociedad china. La pauperización rural y urbana, el endeudamiento y traspaso de la tierra a manos de los terratenientes, la destrucción de las manufacturas locales, la desocupación rural y urbana, fueron las consecuencias más graves, para las masas populares, de la incorporación forzosa de China al mercado mundial capitalista.

El Imperio del Centro conoció la humillación de la colonización extranjera, el despojo de sus riquezas, la degradación de sus hombres con la introducción del opio, la negación y hasta la destrucción de su cultura milenaria. Si la clase gobernante recibía en China el Mandato del Cielo por su capacidad de asegurar la paz y la prosperidad de su pueblo, la degradación del Imperio debía provocar inexorablemente la caída de sus gobernantes, indignos de la función que desempeñaban. Pero esta vez el mecanismo de la rebelión armada campesina no logró cumplir su secular papel de destructor y reconstructor del Estado chino. Durante el tercer cuarto del siglo XIX se sucedieron numerosas rebeliones campesinas. La más importante de todas, que movilizó a millones de campesinos y que produjo la reforma agraria más avanzada que conociera el pueblo chino, fue la de los Taiping. De 1851 a 1864, una gigantesca ola revolucionaria se extendió por toda la China meridional e instaló en Nankín el “Reino Celeste de la Gran Paz”, dueño de buena parte de la China central y meridional y que durante más de una década mantuvo en jaque a la dinastía manchú. Esta rebelión aportó dos características que la distinguen de las jacqueries tradicionales y que convierten a los taiping en precursores de los comunistas, sustituida por un sincretismo religioso basado en motivos taoístas y hasta cristianos, y un comunismo agrario basado en el cultivo colectivo de las tierras. Fue un típico movimiento milenarista que expresaba la resistencia de la sociedad tradicional china a la intrusión violenta y descarnada del imperialismo occidental. Como todo movimiento milenarista, Ios taiping fueron incapaces de reconstruir el equilibrio económico y social de China; cayeron derrotados por la acción conjunta de la clase dirigente privilegiada y de los dominadores extranjeros.

Frente a la subversión campesina cuestionaba el orden tradicional y amenazaba hacer estallar el Imperio, y a la expoliación imperialista, que humillaba el orgullo nacional de la nación más vasta del globo, algunos sectores avanzados de la clase dirigente traté ron de “restaurar” el modelo ideal confuciano del buen gobierno, tomando en préstamo de Occidente los elementos materiales que le habían permitido someter a China. Se restableció el orden, se combatió la corrupción y a la vez se intentó desarrollar una industria de inmediato interés militar (arsenales, astilleros, etc.) con la ilusión de que bastarían los acorazados y los cañones para salvar las ruinas del Imperio. Desde fines del siglo pasado y comienzos del presente, se ensayaron todo tipo de modificaciones. Pero era tal el conservadurismo de la clase dirigente en su conjunto que hasta sus sectores más avanzados sólo planteaba la adopción de la “doctrina occidental para uso práctico'”, manteniendo la “doctrina china como fundamento”. No comprendían que ambas eran incompatibles y que las reformas sólo contribuían a minar cada vez más profundamente los valores tradicionales sin por ello dar a China la fuerza que necesitaba para resistir a los extranjeros. Toda intervención, de cualquier clase que fuese, en la estructura administrativa y económica establecida, lesionaba muchos intereses y prebendas de la clases dominantes. El sistema burocrático se opuso tenazmente, a toda intervención y persiguió con odio mortal a los aislados ideólogos racionalistas que clamaban por las “reformas”. Sólo una revolución violenta, fuese desde abajo o desde arriba, hubiera podido introducir cambios. El segundo fue el camino recorrido por Japón a partir de la dinastía Meiji (1867). Para China, fracasado el intento de responder adecuadamente al desafío impuesto por la expansión imperialista, sólo quedaba el camino de la revolución “desde abajo”. Y esa revolución se estaba abriendo paso, lentamente y de modo confuso en sus inicios, pero muy de prisa luego de la derrota china frente al Japón en el seno del movimiento nacionalista revolucionario nucleado en torno al doctor Sun Yat-sen (1866-1925). Hijo de una familia campesina de Suanshan, Sun pudo estudiar y doctorarse en medicina. Un viaje alrededor del mundo le permitió luego apropiarse de los instrumentos de la cultura occidental y elaborar un programa político basado en los tres grandes principios del Nacionalismo, de la Democracia y del Socialismo que debe más a las corrientes democrático-revolucionarias francesas y norteamericanas que a las tradiciones chinas. Durante más de treinta años, Sun Yat-sen comprendió que para salvar a China era necesario instaurar un Estado nacional republicano y democrático, que superase las viejas estructuras milenarias y que tuviese como base la voluntad popular. Únicamente de ese modo China podría dejar de ser impotente frente al extranjero y lograr el bienestar de su pueblo. Pero para destruir las fuerzas del imperio era preciso realizar una ruptura violenta que debía ser consciente y convenientemente preparada por un partido político revolucionario. Todos sus intentos, a partir de 1894, en que fundó el Sin Chung Hui (Asociación para la renovación de China), se orientaron en ese sentido, y su perseverancia y voluntad de lucha lo convirtieron en el símbolo de la unidad revolucionaria del pueblo chino.

La revolución de 1911-1912

Desde su humillante derrota frente al Japón, en 1894-95, hasta el estallido de la revolución de 1911, China vivió un período de plena efervescencia política. Las intentonas revolucionarias del movimiento nacionalista se repiten con frecuencia y el sistema se desmorona inexplicablemente. La crisis política de la sociedad china se hallaba en plena expansión cuando, vencida la oposición paterna Mao Tse-tung abandonó la aldea natal para reanudar sus estudios, primero en Tungshan y luego en la ciudad de Changsha. Tenía apenas diecisiete años y una preparación muy superior a la de sus condiscípulos, que lo despreciaban por su origen campesino y su pobre vestimenta. Toda su personalidad lo predisponía a participar activamente en la búsqueda de soluciones políticas para la renovación de China y en muy pocos años, Mao recorrió el camino intelectual de los jóvenes revolucionarios de su época: de las reivindicaciones genéricas de los modernistas, al reformismo moderado, luego al reformismo militante y finalmente al democratismo revolucionario de los republicanos partidarios de Sum. Sus orígenes por un lado, su cultura por el otro, lo hacían partícipe tanto de la silenciosa desesperación de los campesinos como de la ansiosa búsqueda de los intelectuales. Podía comprender las razones de la violencia revolucionaria, pero también la necesidad de la elaboración cultural de los problemas. Por ese entonces, Changsha, capital de la provincia de Hunán, era centro de grandes iniciativas políticas radicales y el recuerdo de grandes mártires del movimiento revolucionario campesino como Tseng Kuo-fan y Huang Huang estaba aún fresco en la memoria de los hunaneses. En esta provincia proliferaban numerosas sociedades secretas antimanchúes, un estudiantado muy activo políticamente y fuerzas militares “nuevas”, organizadas por el Gobierno imperial según la línea occidental para hacer frente a los requerimientos de la guerra moderna, pero cuya oficialidad estaba compuesta en gran parte por estudiantes partidarios de la causa nacionalista. En este ambiente se formaron la cultura, la personalidad y las ideas políticas de Mao. Aquí también se rodeó de compañeros, de los cuales algunos morirían luego en la lucha revolucionaria y otros lo acompañarán hasta el triunfo. El 10 de octubre de 1911 se produjo en Wuhan en el Yangtse medio, la onceava tentativa insurreccional del Tung Meng-hui (“Liga juramentada”) como se llamaba por ese entonces la organización política de Sun. Aunque el complot fracasó rápidamente, su represión precipitó una insurrección generalizada que derrocó al gobernador general de Wuhan y al comandante de la guarnición. En menos de dos meses todas las provincias de China central, al igual que las del Noroeste, proclamaron su independencia. Sun Yat-sen, en ese momento en el extranjero, fue proclamado el 24 de diciembre de 1911 Presidente Provisional de la República China, función que emprendió oficialmente en Nankín el 19 de enero de 1912. A los pocos días del estallido de la revolución en Wuhan, se sublevó también la provincia de Hunán. Pero, aunque el Imperio se derrumbaba estrepitosamente, todavía no estaban maduras las fuerzas que podían recoger su herencia. Sun Yat-sen había llegado al gobierno mediante un pacto con Yuan Shi-kai, quien era en realidad el que detentaba el poder mediante el control del ejército, la ayuda financiera del extranjero y el apoyo de la aristocracia tradicional de los mandarines-señores rurales. Este verdadero “señor de la guerra” era la expresión más clara de una clásica tentativa de restauración, con un personal diferente, de un régimen desvalido frente a los generales y el 12 de febrero de 1912 se vio obligado a disolver el gobierno de Nankín y retirarse de la actividad pública.

Fascinado por los relatos de emperadores y estadistas que hicieron la grandeza de China, influido por la lectura de la vida de los grandes héroes del mundo (Napoleón, Catalina la Grande, Pedro el Grande, Rousseau, etc.), Mao se enroló en el ejército con el fin de “contribuir a terminar la revolución”. Pero todo cambió tan rápidamente que apenas seis meses después se halló en la triste situación de miembro de una tropa comprometida en el aplastamiento de la revolución. Decidió entonces abandonar el ejército y volver a la escuela. Entre 1912 y 1918 devoró casi literalmente una enorme cantidad de libros buscando descubrir en ellos el camino que garantizara la salvación de China. Deambuló por distintas escuelas (de policía, de fabricantes de jabón, de leyes, etc.) hasta que un día decidió que lo mejor era leer y estudiar por su cuenta. Es así como durante seis meses frecuentó a los clásicos del pensamiento moderno europeo en la Biblioteca Pública de Changsha. Finalmente, se sintió atraído por la vivacidad intelectual y el fervor político de los estudiantes de la Primera Escuela Normal. Allí descubrirá su vocación por la enseñanza, otra característica de su personalidad, y se recibirá de maestro en 1918.

De la revolución de 1911 muy poco quedó en pie. Sirvió para abatir el Imperio, pero, fracasado el intento de Sun, el poder hasta ese entonces unitario (aunque al servicio de los “diablos” extranjeros) estalló en mil pedazos. El territorio chino fue recortado en zonas donde gobernaban grupos rivales de “señores de la guerra” que combatieron entre sí, desangrando y empobreciendo al pueblo chino, destruyendo los restos de una administración eficiente, descuidando las obras públicas más indispensables, imposibilitando el mantenimiento de las relaciones económicas habituales entre la ciudad y el campo, elementos todos necesarios ya no sólo para asegurar el bienestar de la población sino hasta su misma supervivencia. Nada que haga a la esencia de la sociedad china cambió con la revolución de 1911. En cambio, se produjo la colisión de la “vieja” china de los burócratas y de los notables rurales con los señores de la guerra, con los militares afortunados llegados al poder. Las frágiles instituciones republicanas instauradas por la revolución fueron rápidamente destruidas y la fragmentación política, económica y social colocó al país al borde del abismo. Es esa fractura de la unidad milenaria de China la que contribuyó a crear -como señala Collotti Pischel- la atmósfera de derrumbe y de tragedia que hizo de la muerte el más constante de los personajes de la literatura china de los años previos al triunfo de los comunistas: la muerte de los intelectuales envilecidos por la miseria y por la inutilidad de su dedicación a causas nobles siempre derrotadas, la muerte de los campesinos en los campos inundados o víctimas de la erosión, la muerte de las mujeres “deshonradas” por la soldadesca, la muerte de los vagabundos decapitados en las plazas de las aldeas. Pero la revolución de 1911 importa, más que por lo que hizo, por las lecciones que de ella extrajeron las fuerzas revolucionarias chinas. Su fracaso demostró que no era suficiente luchar contra el imperialismo extranjero, que había que destruir también y fundamentalmente las clases y capas sociales locales sobre las que se asentaba el colonialismo: los notables rurales, los señores de la guerra, los funcionarios, la burguesía “compradora” (intermediaria). En adelante, quedaba claro que la revolución “nacional” sólo podría triunfar a condición de destruir el viejo orden económico y social aún indemne.

La primera “revolución cultural”

En un país donde la cultura y los funcionarios letrados (monopolizadores de la función intelectual) desempeñaron a lo largo de su historia un papel tan fundamental, es lógico que fueran las capas estudiantiles e intelectuales las que primero entraran en ebullición en esa inmensa caldera política que fue la China del primer tercio del siglo. Desde 1915, el cuestionamiento del viejo orden confuciano entre la joven intelligentsia china se nuclea entorno a la revista Hsin Ching-nien (“Nueva Juventud”) dirigida por un prestigioso intelectual “occidentalista” destinado luego a convertirse en el primer secretario del Partido Comunista Chino: Chen Tu-shiu. A diferencia de la clase intelectual reformista de comienzos de siglo, que intentaba remozar las ideas, fórmulas e instituciones de la vieja China con las ideas liberales europeas pero manteniendo intacta la estructura arcaica del Imperio, los hombres de Nueva Juventud buscaban en Europa las experiencias más renovadoras, los llamados a la libertad del hombre, las teorías revolucionarias, las vanguardias artísticas y literarias.

Nueva Juventud, con su espíritu renovador y democrático, con su llamado a la rebelión contra el pasado, las costumbres, el idioma culto, llega a todos los jóvenes estudiantes e intelectuales y por lo tanto a Changsha, uno de los centros más inquietos de la vida política y cultural china.

Mao, que por ese entonces era presidente de la Asociación de Estudiantes, adhirió a la revista y publicó en abril de 1917 un artículo significativamente titulado “Estudio sobre la educación física”. Aquí aparecen ya perfilados los rasgos característicos de su pensamiento: la preocupación por el destino futuro de su patria y la creencia de que el valor, la fortaleza y el genio militar son los instrumentos fundamentales de la salvación nacional. En la misma época escribe en los márgenes de su texto de ética:

“tenemos que mejorar nuestra capacidad física y mental en todo lo posible […] No puede haber crimen mayor que la represión del individuo, que los actos contrarios a su naturaleza. Por eso tienen que desaparecer los tres vínculos de nuestro país, que constituyen junto con la religión, los capitalistas y la autocracia, los cuatro demonios malignos del imperio”.

Con la expresión “tres vínculos” hacía referencia a las relaciones entre príncipe y súbdito, padre e hijo, marido y esposa, que constituyen la esencia de la moral confuciana. En el invierno de 1917-1918 comenzó a perfilarse en Mao una concepción absolutamente radical del mundo, que combinaba estrechamente la exigencia de salvaguardar la identidad nacional del pueblo chino con la necesidad de apropiarse de las ideas revolucionarias de Occidente. Y en esta verdadera equidistancia entre las posiciones “occidentalistas” y “nacionalistas” en que se dividía la intelectualidad revolucionaria china, debe reconocerse la influencia profunda que tuvo, en este período de la vida de Mao, su estrecho contacto con Yang Chan-chi, su profesor de ética en Changsha y el padre de su futura esposa. Quizás haya también que, tener en cuenta la posición muy especial ocupada por la provincia de Hunán (y su capital Changsha) en la China del primer cuarto de siglo para comprender la permanente exigencia de salvaguardar la identidad nacional del pueblo chino expresada por Mao frente al “cosmopolitismo” de los intelectuales occidentalízados de Pekín y otras ciudades de la costa.

Cuando en septiembre de 1918 Mao viaja a Pekín, recién llegaban a la vieja ciudad las “salvas de la Revolución de Octubre”, y con ellas el marxismo como teoría revolucionaria. Ni él ni su admirado maestro Li Ta-chao, quien por ese entonces lideraba la tendencia más “nacionalista” en la dirección de Nueva Juventud, eran todavía marxistas. Según el mismo Mao las califica, “mis ideas eran una ligera mezcla de liberalismo, reformismo democrático y socialismo utópico. Yo sentía un leve entusiasmo por la “democracia” del siglo XIX, el utopismo y el liberalismo atrasado. Era por ese entonces resueltamente antimilitarista y antiimperialista”. Junto a Li Ta-chao, que le había conseguido un modesto trabajo de oficinista a su lado, en la biblioteca de la universidad, comenzó a estudiar la literatura marxista, pero todavía su pensamiento fluctuaba en direcciones contradictorias. Le atraía el anarquismo, pues como todo chino de su generación se sentía inclinado a destruir las limitaciones que imponía al individuo la sociedad tradicional. Estaba profundamente influido por Chen Tu-shiu, cuya aceptación de todo lo que era joven, sin restricciones y lleno de vitalidad, respondía a esa misma necesidad de liberación. Pero Mao evolucionó hacia el marxismo “siguiendo a Lí Ta-chao”, no sólo porque Li era maestro y el creador del grupo de estudios en el que aprendió a deletrear el marxismo, sino por que ambos sentían la misma pasión por la grandeza de China.

La revolución rusa encontró un eco profundo en los pueblos del Oriente. Los movimientos nacionalistas de todos los países asiáticos resultaron enormemente favorecidos por la existencia de un gran país como la Rusia soviética, empeñado en el combate contra el imperialismo colonialista. El análisis hecho por Lenin del fenómeno imperialista, la demostración de la unidad que debía producirse entre las luchas del proletariado de los países capitalistas desarrollados y las masas populares expoliadas de los países dependientes, semidependientes y coloniales, constituía una respuesta convincente al interrogante que millones de asiáticos venían planteándose instintivamente desde hacía años. En el sistema imperialista mundial residía la causa de la sujeción, del empobrecimiento, de la miseria, de la ruina y del desequilibrio que soportaban desde el comienzo de la penetración extranjera. El marxismo de Lenin les permitía, sobre todo a los chinos, evadirse del círculo vicioso en que hasta ese entonces estaban encerrados: oponerse a la dominación extranjera defendiendo el pasado, el viejo orden tradicional o, a la inversa, sostener la necesidad de destruir ese viejo orden, facilitando involuntariamente la penetración colonialista. A partir de Lenin se vislumbraba un camino que permitía a la vez luchar contra lo “viejo” sin aceptar totalmente como válida una cultura y un sistema extraños a la vida de China. Para triunfar, ese camino requería la unidad de todas las fuerzas interesadas en la transformación de la sociedad tradicional china pero, además, y esto diferenciaba al leninismo de las viejas interpretaciones socialdemócratas, el predominio en el interior de esa unidad o frente revolucionario de las clases sociales más avanzadas y menos adheridas al viejo orden. Esa unidad revolucionaria se expresó masivamente por primera vez en el llamado “Movimiento del Cuatro de Mayo”, movimiento que, por la crisis de pensamiento que provocó en el conjunto de los sectores avanzados de la sociedad, podría llamarse con plena justicia, “la primera revolución cultural china”. Aunque el movimiento toma su nombre de una manifestación estudiantil realizada en Pekín el 4 de mayo de 1919 para protestar contra la cesión al Japón de las ex concesiones alemanas en China, en su sentido más amplio hace referencia a un proceso de renovación intelectual y moral que precedió a la formación de las dos grandes tendencias políticas que se disputaron el poder hasta 1949: el Kuomintang, partido del nacionalismo, y el Partido Comunista Chino.

El movimiento del 4 de mayo estimuló la formación de una elevada conciencia política en la mente de millones de jóvenes chinos y sintetizó en el tumultuoso proceso de masas a que dio lugar, el paso a la China moderna. Como lo califica Lucien Bianco, el Cuatro de Mayo es una especie de “movimiento de la Ilustración” chino, que pone de relieve, ideales tan eminentemente razonables como la Ciencia y la Democracia, pero que es además una empresa de liquidación que anuncia y prepara 1949, así como Voltaire anuncia 1789.

En la crítica de la herencia cultural, desde el punto de vista de la civilización occidental, pueden rastrearse los orígenes intelectuales de la revolución china. Y el Cuatro de Mayo expresa el rechazo total del confucianismo, símbolo de la cultura y del pasado chino. ¿Cuáles eran las características del proceso de masas que eclosionó en 1919? Las huelgas políticas obreras, la participación de comerciantes e industriales locales en la protesta contra los extranjeros, la gran movilización estudiantil, la confluencia de todas estas acciones en un frente unido de lucha contra el imperialismo. Desde la ciudad de Changsha, a la que acaba de retornar, Mao saluda al movimiento en un artículo titulado “La gran unión de las masas populares”, donde evoca además la victoria de la gran revolución rusa y el avance del “ejército de la bandera roja”. En diversos escritos publicados por esa época se evidencia claramente la veta “populista” de su pensamiento. Todavía no reconoce ninguna función particular del campesinado pero, siguiendo a su maestro Li Ta-chao, identifica al pueblo chino en su conjunto (salvo una “pequeña minoría de privilegiados excluida de la unidad del pueblo”) con una clase oprimida dotada de una función revolucionaria. Aunque su concepción de las clases sociales en China y del tipo de alianzas a establecer en las distintas etapas de la revolución sufrirá posteriormente importantes modificaciones, siempre se mantendrá como una constante de su pensamiento su convicción acerca de la “misión revolucionaria” del pueblo chino. Sin embargo, su formación política es ya claramente marxista: “por el verano de 1920 -dice Mao- en teoría y en cierto grado en la práctica, me había convertido en marxista y a partir de dicho momento me consideré marxista”. Una vez más la evolución intelectual de Mao coincidía con el desarrollo de la situación política y social del país, pues apenas un año después se formaba la organización marxista destinada a conducir una de las más grandes experiencias revolucionarias mundiales.

El partido comunista

Es también en 1920 cuando por primera vez en la historia del movimiento obrero occidental, se escucha a un marxista “occidental” hablar en favor de la revolución antiimperialista en el mundo colonial. Lenin fue indudablemente uno de los primeros revolucionarios europeos en comprender el significado del movimiento de emancipación colonial. Sus ideas sobre las tácticas apropiadas para utilizar la revolución nacional en Asia a favor de los objetivos supremos de la revolución mundial fueron madurando a partir de la victoria japonesa contra Rusia de 1905, victoria que despertó nuevos movimientos de rebeldía en Oriente. En julio de 1920, en el II Congreso de la Internacional Comunista, su pensamiento aparece claramente formulado en las llamadas “tesis sobre problemas nacionales y coloniales” que fueron adoptadas oficialmente por La Internacional. Lenin partía de la necesidad de adaptar la teoría y la política comunista a las condiciones particulares de los pueblos de Oriente, donde la masa del pueblo está constituida por campesinos y donde la lucha no está orientada contra el capital sino contra el atraso feudal y contra el dominio de las potencias imperialistas. La tarea de los comunistas es guiar una revolución que, en esencia, es más burguesa que socialista. Pero esa revolución es tan importante que de ella depende que el proletariado pueda sostenerse en Rusia sin caer abatido por la fuerza del capitalismo mundial. Sin embargo el hecho de que sea el proletariado quien dirige esa revolución “burguesa”, permite que sea posible evitar el estado capitalista y que las naciones de Asia puedan emprender la revolución socialista después de realizada la burguesa.

Para llevar este proceso adelante era preciso que el proletariado mundial, representado por la Internacional Comunista, estableciera una “alianza temporaria” con los movimientos de liberación nacional, pero preservando “el carácter independiente del movimiento proletario, aunque sea bajo una forma embrionaria”.

Las conclusiones eran claras para los marxistas chinos: había que crear un partido comunista independiente a la vez que se establecía una estrecha alianza con el movimiento nacionalista liderado por Sun Yat-sen.

La llegada a Shanghai de un emisario de la Internacional, permitió acelerar las conversaciones que sostenían distintos grupos marxistas surgidos poco tiempo antes en diversos lugares de China y del exterior. Y el 1° de julio de 1921, doce delegados (Mao era uno de ellos) que representaban a no más de ochenta militantes, reunidos en el aula de una escuela femenina en la concesión francesa de Shanghai, crearon el Partido Comunista Chino. Ese puñado de hombres, apenas iniciados en los rudimentos del marxismo, si bien estaban profundamente convencidos de la necesidad de conquistar para su política al proletariado chino, no veía sin embargo la utilidad de la alianza con la burguesía para luchar por la independencia nacional. Fue preciso obligarlos a ello, y sólo el prestigio de la Internacional Comunista, como intérprete y continuadora de la revolución rusa, pudo imponerles una política que no tenía precedentes en la historia del movimiento comunista internacional: la adhesión a título individual al Kuomintang de Sun Yat-sen de los miembros del Partido Comunista. Este hecho, que hoy aparece como absurdo, tenía no obstante su razón de ser en ese momento. El nacionalismo de Sun Yat-sen se había transformado radicalmente a partir de la aceptación del análisis leninista del imperialismo y de su estrategia de una lucha antiimperialista llevada a cabo por las fuerzas conjugadas del nuevo Estado soviético revolucionario, el proletariado internacional y los pueblos coloniales. Esta acción conjunta requería, en el plano internacional, un acuerdo entre la URSS y el gobierno nacionalista de Sun Yat-sen instalado en el sur de China, y en el plano interno, conducía a la unidad de las fuerzas revolucionarias. Después de múltiples tentativas, la unidad fue sellada en enero de 1924, cuando el Primer Congreso del Kuomintang aprobó la nueva plataforma ideológica propuesta por Sun Yat-sen y aceptó el ingreso de los comunistas en el frente nacionalista. Dicha unidad está expresada en los famosos Tres Principios del Pueblo (unión con Rusia, unión con el Partido Comunista, apoyo a los campesinos y trabajadores) que constituye la plataforma ideológica del Kuomintang hasta el golpe de Estado de Chiang Kaishek en 1927.

El hecho de que la suerte de la revolución rusa dependiera en parte de la alianza política con el nacionalismo de Sun determinó la política futura del incipiente Partido Comunista Chino; tuvo un efecto dual y a la larga condujo a la derrota de la primera etapa de la revolución.

En un comienzo, y éste es un hecho no suficientemente valorado por los críticos, permitió establecer una efectiva identificación entre la acción de los comunistas y la lucha nacional china, a la vez que amplió enormemente el primer núcleo de la clase dirigente de nuevo tipo que se había perfilado con el “Movimiento del Cuatro de Mayo” y con las luchas obreras desatadas en las grandes ciudades de la costa. El puñado de dirigentes que formó el partido comunista pudo acumular en muy poco tiempo una experiencia de lucha que en circunstancias normales hubiera demandado años de trabajo. Ningún otro partido comunista lo logró en Oriente, por lo menos hasta la guerra con los japoneses. Los comunistas establecieron un estrecho contacto con otras fuerzas políticas del nuevo ejército que bajo asesoramiento soviético se formaba en el Sur, en los dirigentes de las organizaciones sindicales y campesinas que brotaban impetuosamente en las zonas controladas por el movimiento nacionalista. Aunque su peso en el vértice fuera inferior al de las distintas tendencias que desde la muerte de Sun, en 1925, se disputaban la dirección del Kuomintang, los comunistas controlaban de hecho el aparato organizativo que se montó al calor de la gran oleada revolucionaria nacionalista de 1924 a 1927. En menos de tres años, el Partido Comunista Chino era la segunda fuerza política del país. Sin embargo, el acuerdo en el vértice entre la URSS y Sun Yat-sen debía, al poco tiempo, entrar en contradicción con este fortalecimiento inesperado del PCC. Dicha alianza reconocía al nacionalismo chino como la fuerza hegemónica y a los comunistas como una fuerza demasiado débil como para conducir una política autónoma. Por ello, no debía obstaculizar las alianzas establecidas en el vértice ni irritar a los sectores sociales representados por el Kuomintang. Los vaivenes de la política de los comunistas chinos en ese período son entonces explicables. Para la Internacional Comunista (cuya política había cambiado de signo con las exigencias planteadas por la construcción del socialismo en un solo país) el PCC no era otra cosa que un grupo de presión utilizado para empujar a los nacionalistas chinos a cumplir estrictamente los términos del acuerdo fijado.

Mao y la rebelión campesina

En el seno del Comité Central del Partido Comunista Chino -arrastrado a regañadientes por la Internacional al acuerdo con los nacionalistas-, Mao constituía una excepción, ya que desde un comienzo fue un decidido partidario de la alianza. Puso tanto empeño en ello que, a poco andar, dirigía prácticamente las comisiones de propaganda y de asuntos campesinos del Kuomintang. Sin embargo, su personalidad y sus orígenes lo hacían poco apto para una fácil carrera en el ambiente de los organismos dirigentes de ambos partidos, viciado por las rencillas internas y el favoritismo. Pretextando un agotamiento físico, abandonó sus puestos para retornar, a fines de 1924, a su provincia natal. En Hunán, Mao se enfrentó con una de las experiencias fundamentales de su vida, la que sin duda le permitió dar un giro radical a sus ideas anteriores sobre las fuerzas motrices del proceso revolucionario chino. Allí descubrió el enorme potencial revolucionario existente en el campo, acumulado por la disgregación de la sociedad tradicional china. A partir de la quiebra institucional abierta con la revolución de 1911, se aceleró a un ritmo imprevisto el empobrecimiento del campesinado y como consecuencia de ello el proceso de concentración de la propiedad rural. La pequeña propiedad campesina prácticamente había sucumbido ante el peso de los arrendamientos (de la mitad a dos tercios de la cosecha), de los impuestos exorbitantes, de la usura, de las prestaciones impuestas por los señores locales. Más del 55 % del campesinado estaba reducido a la condición de arredantario o de peón. En la provincia de Hunán, cuatro de cada cinco campesinos habían perdido la tierra y se ofrecían como peones o como soldados. Esa fuerza inmensa de seres desheredados y hambrientos, dispuestos a todo con tal de modificar su situación, constituía la fuerza social fundamental. Sólo a condición de movilizarla, de encauzar convenientemente su violencia, la revolución podía vencer a la dominación extranjera y a las clases locales que la sustentaban.

El mérito histórico de Mao reside en haber sido el primero, y por muchos años, el único en comprender esta verdad. Quizá sus ideas “populistas” y su origen campesino, nunca olvidado, le permitieron ver lo que nadie hasta entonces había advertido. En adelante, todos sus esfuerzos se orientaron a defender al movimiento campesino, con sus errores y sus excesos, frente a la desconfianza, el temor y las vacilaciones que motivos tácticos e intereses sociales suscitaban entre las fuerzas revolucionarias nacionalistas y, lo que es peor, entre los propios comunistas chinos y de la Internacional. Su concepción de la naturaleza de las situaciones revolucionarias, de los protagonistas de la revolución, del tipo de partido revolucionario a construir, de las relaciones entre la vanguardia política y las masas, de la característica de la sociedad de transición, estaban ya in nuce en las particulares ideas sobre la relación entre el mundo urbano y el mundo rural en la sociedad china que adquirió por esa época. Todo esto ha dado como resultado una corriente política que, aunque reclama pertenecer al “leninismo”, tiene características propias que impiden identificarla con el resto de las organizaciones llamadas “marxista-leninistas”.

En 1925, Mao había logrado crear y dirigir en Cantón una escuela para organizadores rurales del Kuomintang que se convierte de inmediato en un instrumento político-rural muy importante en manos de los comunistas. Era ya un experto en el problema campesino cuando en 1926 el partido lo designó responsable de ese sector del trabajo, trasladándose con ese objeto a las zonas agrícolas de Hunán para organizar el movimiento de masas que se expandía como una mancha de aceite en el campo chino, al calor de las victorias de las fuerzas armadas comunistas-nacionalistas. Los campesinos se rebelaban contra el antiguo orden e iniciaban una reforma agraria que destruía de raíz las viejas relaciones de producción. El recuerdo de las sublevaciones de los taiping volvía a despertar en el campesino chino llenando de entusiasmo a seres hasta entonces aplastados por el terror y la miseria. Frente a la inesperada capacidad puesta de manifiesto por los campesinos de apelar a su propia organización y a la violencia para destruir la opresión feudal, el juicio de Mao fue de total y absoluto apoyo. A comienzos de 1927, presentó a la dirección del Kuomintang su célebre Informe sobre una investigación del movimiento campesino en Hunán, que constituye el primer escrito político importante de Mao y que indica su concepción particular de la relación entre el movimiento campesino y la vanguardia revolucionaria. Enfrentando a quienes, atemorizados por los “desbordes” de las masas en lucha, intentaban controlar la lucha revolucionaria de los campesinos, Mao sostiene la posición de repudiar “todo comentario contra el movimiento campesino y corregir cuanto antes todas las medidas erróneas que respecto a él han adoptado las autoridades revolucionarias. Sólo así se puede contribuir al desarrollo futuro de la revolución. Pues el actual ascenso del movimiento campesino es un acontecimiento grandioso. Dentro de poco, centenares de millones de campesinos en las provincias del Centro, el Sur y el Norte de China se levantarán como una tempestad, un huracán, con una fuerza tan impetuosa y violenta que nada, por poderoso que sea, los podrá contener. Romperán todas las trabas y se lanzarán por el camino de la liberación. Sepultarán a todos los imperialistas, caudillos militares funcionarios corruptos, déspotas locales y señores malvados. Todos los partidos y camaradas revolucionarios serán sometidos a prueba ante los campesinos y tendrán que decidir a qué lado colocarse. ¿Ponerse al frente de ellos y dirigirlos? ¿Quedarse a su zaga gesticulando y criticándolos? ¿Salirles al paso y combatirlos? Cada chino es libre de optar entre estas tres alternativas, sólo que los acontecimientos le obligarán a elegir rápidamente”.

Para Mao, la tarea esencial de los comunistas era la de guiar la violencia campesina hacia la destrucción del viejo régimen. Pero la dirección del partido comunista, siguiendo los consejos de la Internacional, adoptó otro criterio. Mientras lanzaba proclamas en favor de una reforma agraria tan tibia que ningún campesino tenía interés en suscribir, frenaba de hecho las luchas y la organización independiente de las masas rurales. Temerosa de que el desborde de las masas rurales cuestionara su colaboración con el Kuomintang, la dirección del partido contribuyó, inconscientemente, a facilitar la cruenta derrota de la revolución y el acceso al poder de Chiang Kai-shek.

La victoria de la contrarrevolución

Pocas semanas después del informe sobre los campesinos de Hunán, la situación profetizada por Mao se hizo realidad. La “Expedición del Norte” se expandía por la China meridional, facilitada por las rebeliones agrarias y las huelgas políticas de masas dirigidas por los sindicatos comunistas de la costa. El triunfo total de la revolución era un hecho pero la situación, desplazada violentamente hacia la izquierda, exigía una redefinición política de las fuerzas en juego. Los “excesos” cometidos por los campesinos, que enarbolando sus picas rojas destruían la administración local y constituían su propio poder, alarmaban a muchos oficiales del ejército nacionalistas hijos de propietarios de tierras. En las ciudades, los sindicatos obreros formaban milicias armadas y atacaban los bienes de la burguesía “compradora” y del capital extranjero. El fantasma del Octubre chino llenaba de temor a las clases dominantes y a su sector más débil, la burguesía nacional, que era no obstante quien dirigía la alianza de clases expresada por el Kuomintang. Era inevitable un enfrentamiento entre comunistas y nacionalistas, que luchaban entre si desesperadamente por controlar una situación cada vez más incontrolable. La tensión creada por el enfrentamiento de clases se precipitó el 12 de abril de 1927, cuando Chiang Kai-shek, comandante de las tropas nacionalistas y representante de la derecha del Kuomintang, desencadenó una sangrienta represión en Shanghai, convertida en el símbolo de la fase urbana de la revolución nacional y social en China. En abril de 1927 cae bajo la metralla de la contrarrevolución china gran parte de la nueva clase dirigente que se había ido gestando desde la revolución de 1911, que apareció a la vida pública con el Movimiento del Cuatro de Mayo, que supo romper el enclaustramiento de su condición de intelectuales y de estudiantes, que se vinculó a la clase obrera y ayudó a constituir sindicatos, que se lanzó al campo para impulsar la revolución agraria. Quizás su símbolo esté representado por Li Ta-chao, el maestro de Mao, uno de los dos fundadores del Partido Comunista Chino y uno de los principales artífices del acuerdo político con el Kuomintang, detenido en Pekín y estrangulado el 28 de abril.

Al golpe de la derecha kuomintanista, el partido comunista intentó responder con una precaria alianza con el gobierno que la izquierda del Kuomintang había instalado en Wuhan. Pero no era esta equívoca operación política la que podía trabar el ascenso al poder de Chiang Kai-shek, sostenido por el imperialismo, los terratenientes y la burguesía. El 15 de julio, el Comité de Asuntos Políticos del Kuomintang decide poner fin a la colaboración con los comunistas quienes son obligados por la represión a pasar a la clandestinidad. La derrota de la revolución abrió un período de desconcierto político en los órganos dirigentes del partido comunista, considerados por la Internacional como los únicos culpables de un fracaso que en gran parte se debía a la propia Internacional. Desesperados, intentaron reconquistar el poder mediante una serie de acciones militares que culminan con la insurrección del proletariado de Cantón y que son fácilmente aplastadas. Los hechos demostraban que el poder sólo podía ser conquistado por ejércitos poderosos, pero ya era demasiado tarde para intentar crearlos en las ciudades. Y es esta lección la que extrae Mao, refugiado en las montañas con los sobrevivientes de la fracasada insurrección campesina de la “cosecha de otoño”. En adelante, nada ni nadie podrá destruir su convicción de que la “guerra es la forma más elevada de la lucha de clases” y de que “el poder nace del fusil”. Siguiendo la tradición de las rebeliones campesinas en China, Mao instaló la primera “base soviética” en los montes Chingkangshan, que colindan con las tres provincias campesinas más turbulentas de la región meridional: Hunán, Kiangsi y Kuang-tung. Era una región inaccesible pero que a la vez ofrecía posibilidades de subsistencia para quien cultivase la tierra. Por ello, había sido el refugio natural de los residuos del bandidismo que dejaban como saldo las tradicionales luchas campesinas de la zona.

En torno a Mao y sus escasas fuerzas se fueron nucleando los sobrevivientes de las insurrecciones fallidas y los revolucionarios obligados a escapar de la represión policial. En abril de 1928 llegan Chu Teh y el joven Lin Piao y en noviembre Peng Teh-huai, los tres grandes comandantes del ejército rojo. En Haifeng y Lufeng, en la provincia de Kuang-tung y en Kiangsi se instalaron otras dos bases, mientras que en distintas zonas campesinas de la China central proliferaban pequeños “soviets” que movilizaban al campesinado y comenzaban a demostrar con los hechos la tesis de Mao de que “la revolución es más fuerte allí donde la contrarrevolución es más débil”. A comienzos de 1930, las bases se habían unificado en parte, y estaban en condiciones de sostener un ejército rojo de sesenta y cinco mil hombres armados.

Pero durante un largo tiempo, las dificultades esenciales de las bases rojas no provinieron del asedio constante de las tropas nacionalistas sino de la fisura abierta entre los hombres de la montaña y los que se quedaron en las ciudades y constituían el aparato central del partido. Formados en el medio proletario moderno, adheridos dogmáticamente a la experiencia política de los comunistas europeos, desdeñaban la capacidad revolucionaria del campesinado chino y soñaban con un próximo ascenso de la marea revolucionaria en las ciudades. Entre tanto, la represión más despiadada se descargaba sobre ellos. Es natural que en su esfuerzo, estos hombres derrotados y perseguidos se adhiriesen incondicionalmente a una Internacional Comunista cada vez más supeditada a las necesidades de la URSS como país socialista aislado y enfrentado al resto del mundo capitalista. Desde 1928 a 1934, Mao y sus compañeros fueron condenados y rehabilitados sucesivas veces por la dirección del partido. La tensión entre ambos centros políticos (bases guerrilleras y ciudad) se agudizó en 1930, cuando el Comité Central del Partido Comunista Chino resuelve trasladarse al campo y tomar en sus manos el control de las bases rojas. Pero los desaciertos sucesivos de las direcciones comunistas impuestas por Moscú de Li Li-san y Wan Ming, y las experiencias acumuladas por la derrota sufrida en la quinta campaña de aniquilamiento de Chiang Kai-shek, permitieron que se nucleara alrededor de Mao una sólida mayoría que en 1935 logró imponerse en la dirección del partido.

Las “bases rojas” de Kiangsi

El período que va desde 1928 a 1935 constituye sin duda el momento más fructífero en las elaboraciones políticas de Mao. Los conceptos fundamentales de su estrategia fueron adquiriendo formas precisas a partir de las experiencias que arrojaba la difícil tarea de sostener a una comunidad organizada al estilo socialista en medio de una lucha de clases llevada a sus últimos extremos. La revolución en China tenía necesidad, según Mao, de dos instrumentos estrechamente ligados: el poder político y el fusil.

El poder político era indispensable para llevar a la victoria a los campesinos en la lucha por la cual se batían los “hombres nuevos”, de las montañas: las fuerzas revolucionarias debían demostrar a las vastas masas de la China atrasada que constituían una clase dirigente más eficaz que la clase de los propietarios-burócratas, que podían sostener un orden más justo que el existente, que era un instrumento de prosperidad más válido y seguro para las masas. Y esta demostración sólo podía hacerse cumpliendo tareas de administración del Estado, de tutela del trabajo colectivo que toda la historia de China había impuesto a quien era o pretendía ser un detentador del poder. Solamente una sociedad nueva, que generase un poder político de este tipo, podía permitir una acción capital y continua a través la cual las masas campesinas pudiesen ser modificadas.

Pero para poder realizar esta tarea de transformación intelectual y moral del campesinado y a la vez de los intelectuales y obreros que constituían el núcleo del aparato de poder en las bases rojas, era necesario que esa nueva sociedad y ese nuevo poder político perdurasen, que fueran capaces de resistir a la represión, que constituyesen un seguro refugio para los campesinos contra la represión armada de los kuomintanistas. Y para subsistir, el poder rojo necesitaba del fusil, del ejército popular, de la capacidad de resistencia militar del pueblo. En 1927, las masas populares de China y el Partido Comunista debieron pagar con sangre una experiencia que ahora Mao elevaba al nivel de principio teórico fundamental de su política: “Sin lucha armada, en China no habrá lugar para el proletariado, ni para el pueblo, ni para el Partido Comunista, y la revolución no podrá triunfar”.

Pero, ¿cómo sostener una lucha armada victoriosa con pocas armas y pocos hombres frente a los ejércitos modernos y fuertemente pertrechados enviados incesantemente por el Kuomintang contra las bases rojas? De esta exigencia partió la amplia elaboración político-estratégica de Mao, paralela a sus planteos político-sociales. Inferiores desde el punto de vista material y militar, las fuerzas revolucionarias debían, para sobrevivir y para garantizar la supervivencia de los campesinos en la nueva sociedad, ser superiores por sus objetivos y sus raíces sociales, por su visión política general, por su originalidad estratégica y por su habilidad táctica. El mayor mérito de Mao y del maoísmo como corriente política reside en haber resuelto ese conjunto de problemas intrincados y absolutamente nuevos para la experiencia política y teórica revolucionaria.

Es cierto que Mao no tuvo la exclusividad de la idea acerca de la necesidad de que el Partido Comunista formara su propio ejército. Desde Moscú, la Oposición de Izquierda, con Trotski a la cabeza, había criticado duramente las debilidades en el terreno militar del joven partido, y además, los comisarios políticos comunistas en el ejército nacionalista sembraron las ideas y establecieron los contactos como para que a poco de andar se pudiera formar un ejército rojo con jefes calificados. La idea original de Mao está en haber comprendido la necesidad de crear una pequeña sociedad completamente aislada y sostenida por un ejército. Allí los hombres serían formados de un modo radicalmente distinto de como lo habían sido hasta ese momento. Y cuanto más sólida en lo ideológico y en lo político fuera esa sociedad, más posibilidades tenía de subsistir por largo tiempo, casi sin otro contacto con al exterior que el de la lucha armada. Mao vivió en ese micromundo durante más de veinte años, mientras que otro sector de la dirección del partido vivía en las grandes ciudades de la costa. Los últimos hechos de la Gran Revolución Cultural Proletaria a partir de 1966, demuestran que las diferencias de mentalidad, de comprensión de la realidad, de concepciones ideológicas creadas por esta temprana diferenciación geográfica de funcionamiento, aún se mantienen viva y se expresa en dos modos distintos de ver a China y al mundo. Y no es casual que esos modos distintos se hayan expresado a través de los dos líderes que condujeron las dos vertientes del proceso revolucionario chino: Mao en el campo, Liu Shao-chi en las ciudades. En China se sostiene actualmente que los diez días transcurridos desde el fracaso de la insurrección de la Cosecha de Otoño hasta el retiro a los montes Chingkangshan fueron “diez días que cambiaron al mundo”. Y lo fueron porque simbolizaron el reconocimiento “de la importancia de las bases rurales y del carácter duradero de la revolución democrática”.

Con estas palabras, Mao sin duda quiere hacer referencia al orden nuevo que logró crear, a la nueva sociedad que, no obstante su reducida extensión, pudo convertirse en el centro de una de las experiencias más notables de la capacidad dirigente de los comunistas.

El partido era numéricamente muy débil en las bases revolucionarias, y las masas rurales eran muy atrasadas. Para poder lograr la homogeneidad ideológica y política que constituía la garantía de la supervivencia, el pequeño grupo de dirigentes debía establecer un contacto estrecho con las masas capaz de elevar su capacidad política y de convertirlas en la fuerza principal, aunque no dirigente, de una revolución moderna. Esta verdadera disyuntiva política fue resuelta históricamente por los chinos mediante la creación de un instrumento fundamental de mediación y de prolongación de la capacidad dirigente de los comunistas: el Ejército Rojo. En el ejército, órgano de defensa del poder popular y a la vez instrumento activo de la transformación revolucionaria de China, se expresa la singular capacidad evidenciada por los maoístas de prolongar su acción hasta los sectores más bajos de la administración local con un partido poco numeroso. Como la función de gobierno corre siempre el riesgo de desviarse, de cometer abusos de poder que pongan en peligro la solidez interna de la nueva sociedad, es imprescindible que exista un sistema de vasos comunicantes tales que las necesidades de las masas, sus críticas a los defectos de la gestión puedan hacerse permanentemente, evitando así una involución burocrática. La sociedad debe ser “transparente”, porque sólo de esa manera puede desarrollarse la conciencia política de las masas. Este principio de educación colectiva, que remite directamente al concepto marxista de autoconciencia del proletariado, y que rechaza la delegación permanente del poder de las masas al Partido, constituye el punto nodal de la concepción política maoísta. Es esto lo que los chinos llaman desde entonces “líneas de masas”.

No es casual entonces que en el plano militar, el corolario natural de esta reflexión política lleve a Mao a reconocer la superioridad de las situaciones defensivas con respecto a las situaciones ofensivas. Y en este sentido, su pensamiento militar se aproxima sorprendentemente al del célebre teórico prusiano Clausewitz.

Indudablemente, esa concepción requiere, para que sea realista, la existencia de un país como China, de débil especialización en su división social y del trabajo, sin grandes complejos industriales concentrados en pocas zonas privilegiadas, y donde la fragmentación económica del país, acrecentada por la penetración del imperialismo, ofrezca la posibilidad a cada región de sobrevivir independientemente de las demás, sin que ello conduzca a una crisis total de la sociedad. La división territorial, política y militar, permitió que en China pudiera darse “un fenómeno jamás conocido en ningún otro país del mundo”: la existencia “por largo tiempo de una o varias pequeñas zonas bajo el poder rojo”.

Cuanto más tiempo pudieran perdurar esas zonas, más en su favor actuarían los procesos políticos de descomposición del gobierno de Chiang Kai-shek, más clases y sectores populares serían arrojados al campo de la revolución.

“El carácter prolongado de nuestra guerra -dice Mao- está determinado por el hecho de que las fuerzas reaccionarias son poderosas mientras que las fuerzas revolucionarias sólo crecen de manera gradual… Nuestra guerra revolucionaria continuará siendo una guerra prolongada hasta que las fuerzas revolucionarias del país hayan acumulado suficiente poderío para quebrar las principales posiciones de los enemigos internos y externos, y hasta que las fuerzas revolucionarias internacionales hayan aplastado o contenido a la parte de las fuerzas de la reacción internacional.” Esta concepción política y militar lleva a Mao a despreciar al enemigo en el plano estratégico, aunque reconociendo su poder en el plano táctico. En este último plano, Mao y sus compañeros recogieron toda una rica tradición de artificios y engaños propia de las seculares luchas del campo chino. Las soluciones tácticas aplicadas tendían a atraer al enemigo hacia el interior de las “zonas rojas”, donde las unidades nacionalistas debían enfrentarse con el hostigamiento permanente de una población fiel a los comunistas y de las unidades guerrilleras móviles. Cuando las fuerzas del enemigo presentaban síntomas de agotamiento, las fuerzas guerrilleras eran concentradas para lanzar un ataque fulminante contra las tropas enemigas. La esencia de los conceptos maoístas de la guerra popular está expresada gráficamente en la famosa consigna de cuatro puntos inventada en Chingkangshan:

“El enemigo avanza, nosotros retrocedemos. El enemigo se detiene, nosotros lo hostigamos. El enemigo está agotado, nosotros atacamos. El enemigo se retira, nosotros lo perseguimos”.

La aplicación paciente y sistemática de una estrategia concebida de esa manera podría llevar al triunfo de la revolución en China, a pesar de la absoluta superioridad en número y pertrechos de las fuerzas nacionalistas. Llegaría un momento en que las fuerzas revolucionarias serían superiores y desde el campo se lanzarían al cerco de las ciudades, como preludio del triunfo total.

A fines de 1931, en la ciudad de Juichin el primer congreso nacional de los soviets chinos resolvió constituir la República Soviética China y designar presidente a Mao. Las bases revolucionarias se extendieron, constituyendo una vasta zona al sur de China y lograron superar varias “campañas de aniquilamiento” a que las sometieran las tropas de Chiang Kai-shek. Mao tenía la suficiente fuerza dentro del campesinado y de las organizaciones de base como para que se produjera su designación; no obstante, su enfrentamiento con los órganos centrales del partido llegó al punto máximo de agudización. Durante los años 1932-34, se le fue retirando progresivamente la autoridad que todavía detentaba en el partido y en el ejército. Sin duda, disfrutaba de mucho más influencia e independencia en el campo de la política económica que en problemas de estrategia militar. Los dirigentes del partido pensaban que aunque la táctica de guerrillas de Mao resultaba ya totalmente anticuada, era no obstante el hombre de confianza de los campesinos por ello debía seguir en su puesto. En ese período tan duro de su vida, cuando la hostilidad del partido y de la Internacional amenazaba con reducirlo al silencio, inició una campaña en la que aparece una vez más una faceta fundamental de su personalidad: su voluntarismo, su reconocimiento de la importancia de la subjetividad revolucionaria, su convencimiento tan chino y tan marxista a la vez, de que en el conocimiento está la clave para actuar en el mundo. En 1931 fue aprobada la ley de reforma agraria en la República Soviética China. La ley estipulaba la expropiación de toda la tierra en manos de los terratenientes y parte de la perteneciente a los campesinos ricos para ser distribuida entre los campesinos pobres. Pero previendo que de resultas del prestigio heredado y de las ventajas culturales de que disfrutaban las clases más ricas del campo chino, estos sectores pudieran apoderarse de la dirección de las organizaciones de masas, Mao lanza una campaña tendiente a agudizar la lucha de clases en el campo y a la que llama “movimiento de comprobación de tierras”.

Con ella, se trataba no sólo de destruir la base económica de la existencia de los terratenientes como clase, sino también y fundamentalmente de destruir las raíces de su posición en la tradición y las costumbres. Esa concepción tan particular de la reforma agraria como medida política y económica, y a la vez como un proceso de reforma intelectual y moral del campesinado, reaparecerá permanentemente a lo largo de la historia de la China revolucionaria: a partir de 1949, cuando comienza en escala ampliada la reforma agraria de todo el campo chino; en 1958, en la etapa de creación de las Comunas populares; en 1964, con el Movimiento de Educación Socialista. Como señala justamente Schram: “la preocupación por la movilización de las masas como clave de la transformación del campo chino y el concepto de que la situación existente deberá revisarse y discutirse constantemente para evitar el resurgimiento de las antiguas clases explotadoras en puestos de influencia, ha sobrevivido hasta el día de hoy en forma de movimientos repetidos de “luchas de clases”. De manera más general, el concepto de Mao de revolución como proceso primordialmente psicológico, ha inspirado durante el último cuarto de siglo toda una serie de políticas de “reformas del pensamiento” y de “rectificaciones” que ha culminado en la actual gran revolución cultural proletaria”.

Mao dejó una huella muy grande en la política económica y social de la República Soviética China. Durante ese período surgieron en su mente las ideas económicas fundamentales que aplicaría con éxito en Yuán primero, y luego en toda China. Era un dirigente respetado, pero alejado de hecho de los problemas militares. Y es en ese campo donde la inflexible estrategia impuesta por la mayoría del Comité Central conduce a una derrota catastrófica que puso fin a la existencia de la propia República de Kiangsi.

Siguiendo los consejos de la Internacional, que proclamaba la existencia de una crisis general del capitalismo y llamaba a los comunistas del mundo entero a prepararse para la “inminente lucha por el poder”, los dirigentes chinos que se oponían a Mao Tse-tung creían en la posibilidad de entablar una lucha directa para derrocar al régimen del Kuomintang. En su opinión, la estrategia de guerrillas móviles de Mao se había vuelto anticuada y no correspondía a los éxitos militares logrados por el ejército rojo. La política de “retirarse en profundidad” a fin de atraer al ejército enemigo hacia el interior del territorio revolucionario tenía el inconveniente político de obligar a la población a sufrir constantemente las consecuencias de la guerra. También en opinión de sus opositores, el prolongado trabajo de educación política y de organización de las masas era dilapidado por la estrategia maoísta, que no luchaba por conservar la estabilidad de las zonas soviéticas. En consecuencia, era preciso detener al adversario en la frontera.

Cuando en 1933 Chiang Kai-shek inició la quinta campaña de aniquilamiento, se ensayó por primera vez la “línea de avance y ofensiva” tendiente a impedir la penetración de los ejércitos nacionalistas en territorio soviético. Esto constituyó un trágico error porque el ejército rojo, contrapuesto a un ejército moderno a lo largo de un frente estable constituido por una red de fortines, no podía hacer jugar a su favor aquellos factores políticos y sociales que le permitían compensar su enorme inferioridad en hombres y pertrechos. Aislada de las otras bases, privado su ejército del suministro de armas que en la guerrilla móvil le proveían las mismas tropas enemigas, obligada a luchar en un territorio políticamente no preparado, la base roja de Kiangsi se derrumbó; las fuerzas revolucionarias “fueron trituradas entre las fuerzas enemigas y sus fortines, quedando totalmente reducidas a la pasividad”. Y añade Mao: “Verdaderamente, ésta es la forma peor y más estúpida de luchar”. Luego de un año de encarnizados combates, a mediados de 1934 el partido comunista adoptó la resolución de retirarse de Kiangsi.

La larga marcha

Pero esta resolución no estaba dictada únicamente por la necesidad de evitar el aniquilamiento de sus fuerzas, sino también y fundamentalmente por el propósito de convertir al ejército rojo en la vanguardia de la lucha antijaponesa. Porque mientras Chiang Kai-shek ponía todo su empeño en destrozar la resistencia comunista, el Japón iba transformando su paulatino predominio económico en una acción directa tendiente a lograr el control total de China convirtiéndola en su colonia. Ya en 1931 se había apoderado de Manchuria frente a la indiferencia del mundo y del propio Kuomintang. Cuando en 1932 los japoneses atacaron los barrios chinos de Shanghai, Chiang Kai-shek ordenó a las tropas nacionalistas retirarse sin luchar y sancionó a los jefes militares que lo desobedecieron. Hasta 1937, año en el que Japón inició la invasión de China continental, la infiltración del imperialismo nipón se fue dando en forma creciente sin encontrar resistencia alguna por parte del gobierno nacionalista. El mérito de los comunistas, y de Mao en primer lugar, reside en haber comprendido que esta política suicida del Kuomintang lo aislaría rápidamente del pueblo, y que si los comunistas se convertían en los abanderados de la lucha por la integridad nacional del pueblo chino, la derrota de los japoneses provocaría a la vez la ineluctable caída del gobierno de Chiang. Al dilatarse la lucha social y al convertirse también en nacional se creaban las condiciones para el triunfo de la revolución en China.

La primera manifestación concreta de la nueva política fue el anuncio hecho el 15 de julio de 1934 de que se enviaba al Norte una columna para luchar contra los japoneses. En una entrevista del 1 de agosto, Mao declaraba que todas las unidades del Ejército Rojo del país, en las bases de China Central y en las de Kiangsi, habían recibido órdenes de prepararse para salir hacia el Norte. Apenas un mes después, el 16 de octubre, una parte importante de esas tropas logró escapar del cerco nacionalista e inició lo que posteriormente se llamaría “la larga marcha”. Unos cien mil hombres, compuestos por ochenta y cinco mil soldados y quince mil cuadros del partido y del gobierno, cargando en sus espaldas armas y municiones, los últimos paquetes de sal y medicinas, los archivos, el papel moneda soviético, las máquinas de coser y los tornos utilizados para la fabricación de las armas, inician un largo trayecto que habría de llevarlos desde las zonas turbulentas del sur a las legendarias tierras de Yenán, después de recorrer más de diez mil kilómetros en un lapso de casi dos años.

Al principio, se trataba de eludir el cerco tendido por las fuerzas enemigas, que hostigaban incesantemente a las tropas rojas con el propósito de aniquilarlas. Utilizando las estratagemas aprendidas en los libros de narraciones de las luchas del pasado chino, siguiendo el movimiento sinuoso que preconiza la táctica maoista para escapar de fuerzas superiores, el Ejército Rojo logró atravesar Kiangsi, Hunán, Kuangtung, Kueichow y Sikang. Sus efectivos habían sido diezmados, los soldados estaban famélicos y agotados, habían franqueado dieciocho cadenas de montañas, algunas cubiertas de nieves eternas, y veinticuatro corrientes de agua importantes, habían soportado vientos y tempestades y, sin embargo, aún restaba lo peor. Mao y sus hombres tenían todavía ante ellos la experiencia más horrible de toda la larga marcha: el cruce de las tierras pantanosas de Kansu, donde los hombres caían como moscas, atrapados por el barro, muertos de hambre y del envenenamiento producido por los vegetales silvestres o en las emboscadas que les tendían las tribus del lugar, secularmente enemigas de los Han. Fue quizás la prueba más difícil de superar. Sólo unos ocho mil hombres lograron salvarse y, abriéndose paso por las montañas Liu-pan arribaron a la provincia de Shensi, más de un año y medio después de la partida. Allí se unieron con la última base roja que aún quedaba en pie para iniciar una nueva fase de la revolución china, el llamado “período de Yenán”.

Pero en el transcurso de la “larga marcha” había ocurrido un cambio trascendental en el seno del Partido Comunista Chino. En enero de 1935 se reunió en Tsunyi, en las montañas de la provincia de Kueichow, el buró político ampliado del PCC que, luego de ásperas discusiones, resolvió elegir a Mao Tse-tung presidente del partido, a la cabeza de un nuevo grupo dirigente compuesto por sus más fieles compañeros de armas y de ideas. Desde entonces se convierte en el jefe de los comunistas chinos y la Internacional queda de hecho marginada de la dirección política del proceso. Los hombres que la representaban vuelven a Moscú o son relegados a un segundo plano.

La “larga marcha” no sólo constituyó una de las grandes hazañas de la historia militar. Fue un hecho político trascendental y sus consecuencias serán decisivas para la historia de China. Al presentar a los comunistas como los más firmes partidarios de la resistencia frente a los japoneses, aceleró la formación de un nuevo “frente unido”. Millones de campesinos escucharon por primera vez un programa político revolucionario que los incitaba a la distribución de las tierras, a la lucha contra los terratenientes, a la transformación de la sociedad china. Los intelectuales, los escritores, los artistas de las grandes ciudades de la costa, abotagados por la indiferencia política que sucedió al aplastamiento de la revolución en 1927, siguieron con admiración y simpatía las proezas del Ejército Rojo. Los estudiantes, estimulados por su ejemplo, se lanzaron a las calles de Pekín en diciembre de 1935 para exigir la lucha decidida contra los japoneses. Las presiones para que el Kuomintang cesara en sus luchas contra los comunistas y estableciera con ellas un acuerdo para derrotar al invasor, se hicieron más intensas dentro del ejército nacionalista y culminaron con el incidente de Sian: el 12 de diciembre de 1936, oficiales nacionalistas del XVII Ejército de Ruta secuestraron a Chiang Kai-shek y le impusieron la apertura de conversaciones con los comunistas para constituir un frente unido nacional.

Mientras el Kuomintang se debatía en la lucha interna de fracciones y se negaba a tomar las medidas de democratización y de reformas sociales exigidas por los comunistas como base para la acción común, Mao, ya instalado en las cuevas de Yenán, comenzaba la elaboración teórica de la experiencia político-militar realizada durante la República Soviética de Kiangsi y la larga marcha con el fin de convertirla en un instrumento apto para la lucha antijaponesa. Frente a la superioridad material de los modernos ejércitos nipones, el pueblo chino, como en su tiempo lo hicieran las masas de las “bases revolucionarias”, debía emprender según Mao, una “guerra prolongada” basada en la estrategia y la táctica de la guerrilla móvil, capaz de movilizar a los campesinos y de identificar la lucha nacional con la lucha por la supervivencia de las poblaciones rurales. Cuando el 7 de junio de 1937 el Japón ataca Pekín y comienza la invasión de China, el plan estratégico y político de Mao funcionó con tal perfección en sus detalles que, al poco tiempo, el poder de los comunistas se extiende a grandes zonas campesinas formalmente controladas por japoneses o nacionalistas.

El “falansterio” de Yenán

La nueva base comunista se halla situada en una de las regiones más pobres y desfavorecidas de China, pero constituía un lugar ideal por su ubicación geográfica. Sin duda los ejércitos nacionalistas, qué bloqueaban estrechamente esta región periférica, consideraron en un principio que no valía la pena malgastar tiempo en aniquilar las famélicas y escasas fuerzas comunistas reunidas en ese semidesierto. Los hechos se encargarían de demostrar cuán equivocados estaban.

Al desencadenar la guerra total contra China, los japoneses no consideraban que fuese necesario ocupar todo el territorio. La tradicional debilidad del poder central y la obsesión anticomunista de Chiang Kai-shek les hacía pensar en la posibilidad de convertir a China en una colonia de suministro de productos agrícolas a muy bajo costo, instalando un gobierno fantoche al estilo del de Wang Ching-wei en Manchuria. Por su parte, Chiang no quería malgastar sus fuerzas en un enfrentamiento con los invasores puesto que debía mantenerlas intactas para la futura lucha contra los comunistas una vez que los japoneses fueran derrotados por los norteamericanos. Ambos no comprendían que la consecuencia inevitable de sus actos sería, a corto plazo, un crecimiento acelerado del Ejército Rojo. Como señala Karol, “si los japoneses hubiesen tenido sólo a Chiang Kai-shek como adversario, sus predicciones se habrían cumplido. Pero se les escapó por completo el fenómeno maoísta. Por eso pagaron un pesado tributo y no sólo en el plano militar. Aprendices de brujo, facilitaron el proceso al que más temor tenían: el de la unificación de China bajo la dirección de los comunistas”. Para extraer los productos que necesitaba de una sociedad donde el excedente era muy escaso, el súper industrializado imperialismo japonés tuvo que aplicar métodos terroristas tales que no dejaban al campesinado china otra posibilidad que la rebelión. Si los nacionalistas se abstenían de luchar contra los japoneses, era lógico que fuesen el Ejército Rojo y los guerrilleros quienes encabezaran esa rebelión campesina. Los comunistas aparecían cada vez más como la única fuerza capaz de proteger las vidas y los bienes contra las razzias de los ocupantes y contra las represiones. Poco a poco, la nueva China surgida en Yanán se iba expandiendo, así como surgían y se expandían en las zonas central y meridional las guerrillas antijaponesas. Yenán se convirtió en la meta obligada de todo revolucionario que quisiera aprender a luchar contra el invasor y sus fantoches locales.

Allí llegaban desde todas partes de China jóvenes militantes que luego formarían los “cuadros” de la administración revolucionaria, los intelectuales que concebían a la cultura como un instrumento de lucha, los artistas que querían renovar en un ámbito nuevo las formas populares del teatro y de la pintura. Entre ellos se encontraba una actriz, Chiang Ching, destinada a convertirse al poco tiempo en la cuarta mujer de Mao. Yenán era el centro de coordinación de las acciones guerrilleras en las distintas zonas, y a la vez el centro de la formación teórica y militar del Ejército de liberación nacional y social del pueblo chino. En su libro, Karon recuerda las expresiones de un socialista inglés, el profesor Tawney, a propósito de las dificultades que entrañaba la reunificación de China bajo una autoridad central. Para Tawney, el problema había que resolverlo por etapas. Algunas provincias debían tomar la iniciativa y lograr que las demás la siguieran. Pero para ello, era preciso demostrar que el gobierno no era una abstracción y que estaba junto al pueblo. Solamente acumulando, en la provincia que constituirá su feudo, los recursos morales y materiales que hacen a un Estado moderno, la autoridad central adquirirá el prestigio y la fuerza del ejemplo que le permitirán ampliar poco a poco el campo de acción donde aplicará sus métodos. Por distintos caminos, Tawney había llegado a las mismas conclusiones que Mao: para crear la nueva sociedad china, el nuevo Estado, era preciso en primer término hacer una experiencia completa en una región, que sirviera de ejemplo a la población y que les demostrara que sus esperanzas no eran vanas, pues habían aparecido nuevas fuerzas dispuestas a llevar a la práctica sus sueños de igualdad y de bienestar. Más tarde, alrededor de ese Estado modelo, debía reunirse la nación entera. Desde 1936 hasta 1949, ése fue el camino recorrido por China y Yenán fue el falansterio donde se forjaron las bases ideológicas y políticas del nuevo Estado. Es indudable que fue la pobreza de esa región la que proporcionó a Mao la posibilidad de poner en práctica sus ideas de un comunismo ascético e igualitario como clima ideal para la formación de los “hombres nuevos”. Instalados en una región especialmente desheredada, se hallaban todos, desde Mao hasta el militante más humilde, obligados a llevar la misma vida que las capas más pobres de la población. En el noroeste, el igualitarismo era una necesidad, la condición primera de la supervivencia. Allí, señala Farol:

“los intelectuales de Shanghai o los militantes de Wuhan aprendían por experiencia (quisieran o no) lo que era la vida de esos campesinos miserables que se acordaban todavía del hambre de la década de 1930 y que se habían resignado a padecer otra […] En la China del noroeste, los maoístas no estaban haciendo una experiencia transitoria […] Se integraban a ese universo campesino al que, al mismo tiempo, transformaban mediante su presencia”.

En parte por necesidad y en parte por la línea política seguida por Mao, la solidez y la extensión del poder en la República Roja y las zonas liberadas derivaban, más que de los instrumentos habituales a disposición de un Estado, casi exclusivamente del grado de adhesión de las masas, en particular de las masas rurales y de su capacidad e iniciativa autónoma.

Toda la elaboración teórica y política de Mao adoptó como axioma una visión original y profundamente democrática de la relación entre las masas y el poder. En el mundo rural chino, que jamás conoció la democracia, los maoístas supieron introducir un cierto modo de vida pública que dio a los nuevos ciudadanos que iba formando, el sentimiento de participar en los asuntos regionales y hasta nacionales. Tanto o más que sus éxitos militares, esto fue lo que dio prestigio y fuerza a los comunistas. Para que se mantuviera esa relación fluida y no unidireccional entre poder y masas fue necesario reducir al mínimo las mediaciones y superestructuras organizativas. Un ejemplo de ello, da fundamental importancia para comprender los sucesos posteriores hasta el presente, es el del Ejército Popular de Liberación (nombre que adoptó el ejército rojo desde 1946), verdadero partido en armas, factor de cohesión, de unificación política, de defensa, de educación y de revolucionarización de las masas. En Yenán, en las duras luchas contra el enemigo de clase y las inclemencias de la naturaleza, iba adquiriendo forma una estructura social rigurosamente igualitaria, que rechazaba toda situación de privilegio como una enfermedad peligrosa que debía ser cortada de raíz para impedir que destruyera esa unidad perfecta entre masas y partido. Se gestaba también un modelo económico de construcción de una sociedad igualitaria donde la superación de la división del trabajo, la cooperación, la ayuda mutua no eran la aplicación de un principio extraño a la realidad sino la forma más útil y “racional” de dar vida a células económicas capaces de resistir la acción de los hombres y de la naturaleza. Como consecuencia lógica de todo lo anterior, se afirmaba un sistema de educación que, privilegiando la formación política, tendía a crear una unidad armónica entre “ciudadano” y “revolucionario”, evitando las especializaciones y facilitando al hombre nuevo el desempeño de distintas funciones, desde la esfera de la producción material a la militar. No es casual, vistos esos acontecimientos desde la perspectiva presente, que haya sido Lin Piao el que dirigiera la Escuela Superior de Yenán.

El “período de Yenán” constituye una de las etapas más ricas de la actividad teórica de Mao. En la peculiar atmósfera creada por ese verdadero “falansterio” rural que fue la República Roja de Shensi, Mao retomó la lectura de los clásicos del marxismo y, uniendo la concepción occidental de la dialéctica con una conciencia muy viva de la multiplicidad y complejidad de las contradicciones que conforman la realidad histórica de su país, transformó la ideología marxista en un instrumento vivo e inmediato de lucha, adaptado a las condiciones específicas y a la tradición cultural china.

“La historia de nuestro gran pueblo a lo largo de varios milenios -dice en 1938- presenta peculiaridades nacionales y muchas preciadas cualidades […] El comunista es un marxista internacionalista, pero antes de poder aplicarse, el marxismo debe tomar forma nacional. No existe el marxismo abstracto, solamente el marxismo concreto […] Si un comunista chino que forma parte del gran pueblo chino, unido a su pueblo en carne y sangre, habla del marxismo divorciado de las peculiaridades chinas, dicho marxismo es sólo una abstracción vacía. Por consiguiente, la chinización del marxismo, es decir, el tener la seguridad de que en todas sus manifestaciones se encuentra imbuido de peculiaridades chinas, se transforma en un problema que todo el partido tiene que entender y resolver sin tardanza […] Tenemos que dejar de escribir largos ensayos basados en modelos extranjeros. Tenemos que descartar nuestro dogmatismo, sustituyéndolo por nuevos y vitales estilos y formas chinos, para que a la gente corriente de China les entre por los ojos y los oídos.”

“El cambio radical”

Cuando en el mes de agosto de 1945 el Japón capituló, ya estaban “fijadas las bases para la transformación revolucionaria del país”. Sin embargo, muy pocos en el mundo pensaban en un triunfo a corto plazo de los comunistas. Chiang Kai-shek estaba en el mejor momento de su carrera. Había sabido esperar y cosechaba los resultados de su política. Tenía como aliados a la URSS y a los Estados Unidos, y con ellos se sentaba en la misma mesa a discutir la suerte del mundo. Disponía de un ejército de más de cuatro millones de hombres bien pertrechados y de la fuerza aérea más poderosa de Asia. Era; al decir de los expertos extranjeros, el “jefe más poderoso que haya conocido China en el transcurso de los últimos dos siglos”. En esas condiciones, ¿no había llegado la hora de ajustar cuentas con sus más odiados enemigos? Si durante la guerra había mantenido sus ejércitos casi fuera de combate, si permitió impunemente la ocupación de la mayor parte del territorio chino, si en 1941 llegó hasta a pensar en la posibilidad de un acuerdo con los nipones, cuando la derrota de los aliados en Europa le hizo temer por su futuro, fue con el propósito de aplastar la resistencia comunista. Para él, los japoneses constituían sólo una enfermedad de la piel, en tanto que los comunistas lo eran del corazón. Debía desarmarlos obligándolos a colocarse bajo la dirección del ejército nacionalista, obligarlos a disolver las zonas rojas, con el señuelo de autorizar la participación de los comunistas en las eventuales elecciones y en el gobierno de coalición, reclamado por todas las fuerzas políticas de China. Si esto no se lograba, estaba dispuesto a aniquilarlos militarmente a breve plazo.

Quizá nunca como en esos momentos fue tan lúcida y previsora la política de Mao y de la mayoría de la dirección del PCC. Stalin los presionaba para que siguieran el ejemplo de los comunistas europeos, quienes después de la victoria antifascista desarmaron sus efectivos militares, entregaron los fusiles a la burguesía y renunciaron de hecho a la profundización del proceso revolucionario. Los acuerdos de Yalta dividían al mundo en esferas de influencias y el statu quo no podía ser violado so pena de ser destrozado por una de las grandes potencias, ante la indiferencia de las otras (como ocurrió con el movimiento de liberación de Grecia y los ingleses, en 1944). China “pertenecía” al Kuomintang y Moscú estaba dispuesto a cumplir los acuerdos firmados con Chiang al margen de los comunistas. Volvía a reproducirse la situación de 1927. La presión soviética contaba con apoyo dentro de la dirección política del PCC. Una parte de los dirigentes (encabezados por Liu Shao-chi), temerosos de que la negativa a cumplir las exigencias de Chiang provocara una ofensiva general de las tropas nacionalistas, estaba dispuesta a capitular. Pero Mao había aprendido lo suficiente de la experiencia de 1927 como para aceptar una capitulación que no sería más que el preludio del aniquilamiento. Decidido a luchar a fondo, rechazó la presión soviética y apoyándose en la aguda lucha de clases que sacudía en esos momentos el campo chino, consecuencia de la acción espontánea de las masas y de los militantes revolucionarios locales, logró acallar las vacilaciones y comprometer al partido en la resistencia armada contra el Kuomintang. Una vez más, sería la confianza de Mao en la sabiduría de las masas, como árbitro decisivo de la historia, la que facilitaría su triunfo. Para Mao, el Kuomintang podía lanzar “bravatas y fanfarronear como un héroe sin rival en el mundo”, pero no era sino un “tigre de papel”. Estaba corroído interiormente por las intrigas de los notables y de los jefes militares. La corrupción del partido y del aparato estatal adquiría niveles inauditos. Además, su obstinada resistencia a modificar las relaciones sociales en el campo, lo constreñía a apoyarse en el tradicional aparato de represión rural y en los propietarios y señores de la tierra para sofocar el estado general de insurrección que caracterizaba al interior de China luego de la derrota de los japoneses. Desde las entrañas de ese agitado mundo campesino había surgido una nueva realidad política que sólo las anteojeras de clase de algunos, o el dogmatismo y el espíritu de conciliación y la cobardía de otros, impedía percibir. La China de 1946 tenía muy poco que ver con la que había sido derrotada en 1927 y todo intento de restauración estaba de antemano condenado al fracaso. Al calor de la lucha antijaponesa el interior de China se había transformado; un ejército de miles de campesinos controlaba de manera permanente vastas zonas del territorio y ante los ojos deslumbrados de sus habitantes aparecían los hombres que mediante la lucha sin tregua se habían ganado el derecho de fundar una nueva dinastía. Podían crear un nuevo tipo de poder, porque en sus manos estaba el “Mandato del Cielo”. Como señala Tawney, más de una vez en la historia de China las comunidades asoladas por la tiranía y el desorden pidieron al príncipe de una provincia que las aceptara como súbditas, tan sólo porque ese príncipe gozaba de buena reputación. No hay que sorprenderse entonces que las predicciones de Mao se cumplieran rápidamente y que en menos de tres años el poder de Chiang se desplomara como un castillo de naipes.

Considerando ineluctable el enfrentamiento con el Kuomintang y la guerra civil revolucionaria, preparándose aceleradamente para ella aun antes del triunfo contra los japoneses, Mao participa, de buena reputación. No hay que sorprenderse entonces que las predicciones de Mao se cumplieran rápidamente y que en menos de tres años el poder de Chiang se desplomara como un castillo de naipes.

Considerando ineluctable el enfrentamiento con el Kuomintang y la guerra civil revolucionaria, preparándose aceleradamente para ella aún antes del triunfo contra los japoneses, Mao participa, no obstante, en las negociaciones entabladas con Chiang con el propósito de constituir un gobierno de coalición con participación de los comunistas. Y lo hace con el fin de aislar diplomáticamente el Kuomintang de sus amigos, de mostrarlo ante China como un enemigo declarado de todo acuerdo nacional. De esa manera, podía “aprovecharse de las contradicciones, ganar a los muchos, oponerse a los pocos y aplastar a los enemigos uno a uno”, como rezan los preceptos estratégicos maoístas. Todavía no se habían roto las negociaciones cuando Chiang emprende una ofensiva general contra los comunistas. Durante un año, hasta el verano de 1947, sus tropas parecieron marchar de victoria en victoria. El 19 de marzo entran en Yenán, la capital “roja”, y el triunfo total parece inminente.

En realidad, obedeciendo a una estrategia correcta, los comunistas, inferiores en número y en equipos, se retiran de las ciudades que controlan, organizan la resistencia en el campo, desgastan las fuerzas del adversario obligándolas a extender desmesuradamente sus líneas, a luchar en territorios hostiles, minados por la agitación revolucionaria. El Ejército Popular de Liberación sólo presenta combates allí donde su superioridad es aplastante; entre tanto, aplica la táctica de la guerra de guerrillas, en la que lo esencial es la movilidad, la disciplina en el combate, el valor del mando, la superioridad moral frente al adversario, la vinculación estrecha con las masas. Desde el verano de 1946 en adelante la correlación de las fuerzas va cambiando rápidamente y el EPL pasa de la “defensa estratégica” a la ofensiva. Ocupan Manchuria, hacen miles de prisioneros y se apoderan dé grandes cantidades de pertrechos. Comienza la fase prevista del cerco de las grandes ciudades y en pocos meses, el ejército rojo llega a Cantón aniquilando a su paso ejércitos enteros. A fines de 1949 la mayor parte de la China continental ha sido liberada y Chiang Kai-shek salva su piel huyendo a Formosa. En un poema escrito días después del cruce del Yangtse y de la toma de Nankín, Mao expresa las emociones que sentía en la hora del triunfo:

“Alrededor del monte Chung ha surgido una repentina tormenta / Un millón de valientes guerreros cruzan el gran rio / El tigre agazapado y el dragón enroscado son más majestuosos que nunca. / El universo está en agitación, todos nosotros nos sentimos exaltados y resueltos / Reunamos nuestro valor y persigamos al quebrantado adversario / No está bien buscar elogios imitando al tirano de Ch’u / Si el cielo tuviese sentimientos, también envejecería / La forma verdadera que gobierna el mundo de los hombres es la del cambio radical.”

“Imitar al tirano de Ch’u” significaba, en este caso, llegar a un acuerdo con Chiang y detener a mitad de camino la revolución. Ese era el consejo que le daban “algunos amigos bien intencionados, dentro y fuera del país”. Mao rechazó esta propuesta y decidió, en cambio, “llevar la revolución hasta el fin”, venciendo la encarnizada resistencia de un sector del partido; que contaba con el apoyo de la URSS.

La “nueva democracia”

Desde hacía más de veinte años los comunistas luchaban convencidos de la victoria y ésta finalmente había llegado. El poder político del Estado estaba por completo en sus manos y no existía en toda China fuerza alguna que pudiera disputarles su hegemonía. El 1° de octubre de 1949 proclamaron, en una sala del palacio imperial de Pekín, la República Popular China y eligieron a Mao como su presidente. Sin embargo, para cumplir con las promesas hechas al pueblo de mantener la dignidad y la integridad de la nación, de asegurar la prosperidad y la tranquilidad de sus habitantes, debía recorrerse una marcha aún más larga que aquella que los llevara una vez a Yenán. Había que poner de pie a una nación humillada por la opresión extranjera; superar la miseria y el abandono impedir que los hombres murieran de hambre en las calles o fueran arrastrados por las inundaciones de los ríos, o que la riqueza creada por el pueblo sirviera para el disfrute de generales mercenarios, de señores corrompidos, de intelectuales mandarines. Era preciso destruir de raíz una sociedad feudal y capitalista y construir en su lugar otra nueva. Y todo ello debía hacerse en medio de un retroceso de las fuerzas revolucionarias en el mundo, del chantaje atómico practicado por los norteamericanos, del cordón sanitario con que se intentó asfixiar a China desde la guerra de Corea.

El camino era difícil no sólo por la magnitud de las tareas a realizar y la escasez de cuadros políticos capacitados para llevarla a cabo. Es cierto que la creación de una nueva organización estatal, de una dirección centralizada de la economía, de un aparato administrativo capaz de vertebrar al conjunto del territorio chino era de por sí una tarea gigantesca. Sin embargo, la dificultad mayor no residía allí. Un nuevo poder sólo es expresión de una nueva sociedad, que sólo puede abrirse paso si se saben escoger los caminos que conducen a ella. ¿Podrían los comunistas evitar los riesgos inevitables del poder y triunfar en su objetivo, para muchos insensato, de hacer de un océano de míseros campesinos los constructores conscientes de una sociedad socialista? En el falansterio de Yenán y en las zonas campesinas donde operaba el ejército rojo, este problema había sido resuelto para dar paso a una experiencia muy original de sociedad igualitaria, homogénea y transparente, donde existía una estrecha relación entre las masas y el poder y donde el aparato estatal estaba reducido a su mínima expresión. Esta experiencia era protagonizada por un bloque de fuerzas sociales compuesto, en lo fundamental por el proletariado rural y las capas más pobres del campesinado, las que constituían de hecho la “vanguardia revolucionaria” del proceso. Sobre ese bloque social bastante homogéneo se asentaba la capacidad dirigente del Partido Comunista. Hasta el momento del triunfo, la revolución china no fue sino una revolución campesina dirigida por el proletariado. Pero la conquista definitiva del poder en las grandes ciudades modificó radicalmente la situación. La revolución dejó de ser estrictamente “campesina”, dado que se incorporaron al proceso sectores sociales “urbanos” tales como el proletariado de las industrias costeras, gran parte de los estratos intermedios y de los intelectuales y hasta algunos sectores de la burguesía nacional. Para responder a las nuevas necesidades, el bloque originario debía ampliarse, estructurar un nuevo arco de alianzas de clases que le permitiera afianzar su poder en toda China y a la vez impedir la paralización de la vída económica del país. El paso de la revolución de su fase “rural” a su fase “urbana” requería en consecuencia, una política de amplia unidad nacional del tipo de la teorizada por Mao en 1940: la llamada “nueva democracia”. Y es aquí donde se plantean las dificultades mayores, pues la disolución del bloque social originario y la formación de otro que incorporase sectores tan diferenciados y contradictorios no puede menos que expresarse, a nivel político, en el surgimiento de distintas concepciones acerca del modelo de sociedad a construir, de criterios diferenciados sobre el ritmo que debía darse a las transformaciones sociales en el campo y en la ciudad. Y en medio de esa situación, la dirección política que se forjara en las duras experiencias realizadas en las bases de Kiangsi y Yenán, corría el riesgo de diluirse o de dividirse en múltiples facciones, con programas políticos de distintos signos, como ocurrió en la URSS en la década del 20. Aunque la madurez política del grupo dirigente del PCC y la autoridad de que gozaba Mao pudieron evitar durante algún tiempo los desgarramientos violentos que acompañan a todo proceso revolucionario, las revelaciones efectuadas con motivo de la Revolución Cultural en 1966, demuestran que la dirección del partido y del Estado desde antes de 1949 estaba dividida en dos tendencias muy definidas, absolutamente opuestas en cuanto al modelo de sociedad socialista a construir.

Las dos tendencias tomaban como punto de referencia, y no podía ser de otro modo, la experiencia soviética de industrialización y su consecuencia: la rígida subordinación de toda la vida política y social a los objetivos prioritarios del desarrollo productivo. Es cierto que ningún dirigente chino pensó jamás en la posibilidad de aplicar al pie de la letra dicha experiencia. El tipo de revolución que se había dado en China era incompatible con un modelo de industrialización acelerada como el aplicado por Stalin desde fines de la década del 20, que condujo a la colectivización forzosa del campo y al estancamiento económico y social del mundo rural soviético. Había que encontrar otras formas de desarrollo que combinaran cierto desarrollo simultáneo de ambas áreas económicas. En un comienzo, cuando existía un amplio espacio para la realización de un conjunto de transformaciones democráticas, las dos tendencias que primaban en el partido pudieron coexistir. Pero pocos años después, cuando las transformaciones básicas fueron realizadas, aparecieron perfectamente perfiladas y se tornaron excluyentes entre sí.

Bajo la cobertura de la “nueva democracia”, que constituyó la primera fase del poder socialista y que era la forma de poder en que se expresaba el frente unido de la clase obrera y del campesinado con la pequeña burguesía nacional, se encararon las grandes transformaciones de estructura, fundamentalmente en el campo. Una de ellas y, como es lógico, la fundamental, era la reforma agraria. A diferencia de lo ocurrido en Rusia, donde los bolcheviques abandonaron su programa de nacionalización de la tierra que habían sostenido hasta entonces y las entregaron a los campesinos en forma de parcelas individuales, como una concesión política que les permitiera afianzarse en el poder, la reforma agraria china de los primeros años del poder popular (1950-1952) fue una prolongación natural de la lucha de clases que sacudía al campo chino desde la primera etapa de la revolución, en 1926. Los propios campesinos se apropiaron de la tierra y comenzaron a repartirla aún antes de que en junio de 1950 se promulgara el decreto de Reforma Agraria. El viejo orden social que caracterizaba a la sociedad china y que durante tantos años había asegurado su inmovilidad, fue radicalmente destruido en cada una de las aldeas. En su lugar apareció un nuevo poder revolucionario, basado en la acción política y armada de las masas campesinas, conducidas por los sectores más pobres de la población rural. Este hecho permitió que desde un comienzo surgieran y se difundieran con rapidez las primeras formas cooperativas de trabajo. Al término de la reforma agraria, ya el 40% del campesinado realizaba trabajos en común. A1 igual que en 1931, en las montañas de Chingkangshan, o en la república roja de Yenán, desde 1937 a 1945, aparece en forma manifiesta la componente esencial del pensamiento maoísta: el proceso de destrucción de las viejas relaciones sociales imperantes en el campo adquiere al mismo tiempo la forma de una vasta campaña de educación política de las masas. Porque para Mao, una sociedad es también un conjunto de hábitos heredados, una forma de vida, una concepción del mundo, y sólo puede ser destruida de raíz si se logra borrarla de la cabeza de los hombres. La revolución debe ser un hecho permanente para que cada transformación abra paso a otra más avanzada. En China pudo darse un proceso “ininterrumpido” de avance en el camino de la colectivización total del mundo rural porque la reforma agraria siempre fue concebida, por lo menos entre los maoístas, como una forma de revolucionarización de las masas. Y así pudo ocurrir que en 1955 concluyera la etapa de colectivización del campo y apenas tres años después se establecieran masivamente las comunas populares.

Pero si el modelo soviético aparecía como inaplicable al campo chino, no ocurría lo mismo en la industria. La nacionalización de las empresas pertenecientes a los capitalistas extranjeros y a la burguesía colaboracionista con el Kuomintang había dejado en manos del Estado casi el 80% de la industria pesada y el 50% de la liviana. ¿Cómo debía ser dirigido este sector? ¿Qué medidas debían ser adoptadas para su ampliación y con qué ritmo? La vasta experiencia administrativa adquirida por los hombres que dirigieron las bases rojas, resultaban de poca utilidad cuando era necesario aplicarlas al manejo de grandes complejos industriales. Por otra parte, era precisamente en este sector donde los éxitos de la URSS resultaban ser más sorprendentes. Se explica, pues, que en un comienzo la gestión del sector industrial fuera una copia fiel del sistema soviético, caracterizado por la prioridad concedida a la industria pesada, la limitación de la industria liviana, los métodos burocráticos de gestión de las empresas, la política de incentivos materiales, etc. Durante la etapa del primer plan quinquenal (1953-1957), los chinos fueron tentados por la posibilidad de lograr una expansión acelerada de la industrialización mediante la ayuda financiera y técnica de la URSS. Sin embargo, al término del plan, que no obstante fue superado en un 17%, la adopción de esquemas y técnicas extranjeras entró en contradicción con el mundo de valores y de prioridades que surgía de la realidad del campo chino.

Dos caminos para superar el atraso

Cumplido el plan quinquenal, llevada a feliz término la colectivización del campo, nacionalizados los islotes de capitalismo privado en la industria, saneada la gestión administrativa de las empresas mediante campañas de masas contra los males tradicionales del capitalismo burocrático y parasitario de la economía colonial, aparecen no obstante nuevas contradicciones políticas y de clase, nuevas tensiones sociales que evidencian la necesidad de un enfoque distinto del desarrollo económico y social. Había llegado el momento de optar entre dos caminos opuestos que no estaban referidos solamente a tal o cual medida económica sino que ponían en discusión estrategias globales de la acumulación socialista. Sin duda, el punto central de discusión era la significación que se debía acordar a las clases revolucionarias del campo. La superposición de la industria moderna, de una tecnología avanzada, al atrasado campo chino, ¿sería capaz de provocar una transformación sustancial de éste a corto plazo? Si la miseria de China era y seguía siendo, ante todo una miseria rural, que requería ser destruida de raíz allí donde imperaba: en la aldea, ¿había que esperar el desarrollo de la industria para recién pensar en erradicarla? ¿Existía un camino a través del cual era posible la transformación socialista del campo, no obstante el débil desarrollo de las fuerzas productivas? ¿El campo debía ser sacrificado a un desarrollo de los sectores más dinámicos, es decir a la ciudad, o bien el ritmo de desarrollo de su evolución económica, social y cultural debía ser acelerado mediante una intensa acción de movilización de todas las energías de las masas? Las respuestas a estos interrogantes sobre los aspectos fundamentales de la estrategia de la revolución y de la construcción del socialismo permitieron perfilar dos grandes líneas en las que se sintetizaban experiencias históricas muy diferenciadas del comunismo chino: la de las grandes ciudades costeras y la del campo. No es casual por ello que dichas líneas se hayan expresado en dos líderes políticos tan distintos por su extracción social, su cultura y su experiencia política como Liu Shao-chi y Mao Tse-tung.

Para Liu, China debía otorgar un desarrollo prioritario a la industrialización con el fin de crear las bases materiales para el socialismo. Haciendo derivar su análisis de una “teoría de las fuerzas productivas” semejante a la defendida por Bujarin en la URSS, sostenía que la socialización del campo debía esperar el desarrollo de la industrialización. Cuando existieran en China fábricas modernas que estuviesen en condiciones de suministrar tractores, bombas, fertilizantes y otros productos y maquinarias, recién podría pasarse a formas cooperativas cada vez más desarrolladas en el campo. Entre tanto, lo que correspondía era estimular la acumulación individual de cada campesino. De ahí que llegara a sostener que sólo podía comenzar a hablarse de colectivización cuando la mayoría de los campesinos fuesen ricos. Durante un largo período coexistirían las distintas formas de propiedad estatal, cooperativa y capitalista, que deberían desarrollarse simultáneamente mediante un plan de colaboración recíproca.

Para Mao, en cambio, la formación de un complejo aparato industrial que no fuera acompañada de un gran esfuerzo por transformar la situación rural mediante una movilización de las masas campesinas, estaría condenada al fracaso, pues habría contribuido a crear una distancia cada vez mayor entre el mundo urbano, sustancialmente privilegiado, y el mundo rural, relegado a un segundo plano, aunque en él vivieran y se alimentaran las cuatro quintas partes de la población total. El factor determinante del carácter socialista o no de la sociedad china está en las relaciones de producción dominantes en el campo. En primer lugar, por el enorme peso específico del sector rural en China, que impide a cualquier sector urbano, aún al proletariado, sustituir a los campesinos en la destrucción del viejo orden social y en la construcción de otro nuevo. Un poder socialista creado sólo por el proletariado y basado en la expropiación del excedente producido por el campo estaría condenado a una segura derrota y a serias deformaciones burocráticas y autoritarias, o sea a una restauración capitalista. Además, la prioridad asignada a la industria provocaría una profundización de las diferenciaciones y de las contradicciones de clase en el interior de la agricultura misma y entre ésta y los demás sectores. Sin un proceso de colectivización acelerado, el pueblo chino debería soportar un rápido retorno a la diferenciación de la población rural, una gran mayoría de campesinos quedaría reducida a condiciones miserables para que un pequeño grupo ascendiera en la escala social. La ampliación de las diferencias de clase en el campo se proyectaría, multiplicada, sobre el conjunto de la sociedad. Emergerían así sectores privilegiados o relativamente privilegiados que a través de la monopolización de las instituciones estatales colectivas y de los instrumentos de producción, pueden transformarse en una nueva clase dirigente, limitada y privilegiada, que excluye a la gran mayoría de las masas de la participación efectiva en la vida política y del control de los medios de producción, sometiéndola a la explotación económica y a la represión política, social y cultural. Y la prueba de que esta posibilidad está siempre latente en todo proceso de transición la constituye para Mao la sociedad soviética de las últimas décadas, que representa para él la más grave deformación sufrida por el movimiento revolucionario socialista en toda su historia.

Los años difíciles

La opción planteada por la sociedad china al finalizar la nueva etapa de la revolución fue resuelta en parte en favor del camino señalado por Mao.

Hasta 1956, el modelo soviético aparecía como inaplicable a los nuevos requerimientos de la sociedad china; en adelante, la crisis que sacudió al conjunto de los países socialistas y que se manifestó de distintas maneras desde el XX Congreso del PCUS hasta hoy, se encargó de demostrar que ese modelo más que inadecuado era totalmente erróneo. La separación artificial entre política y economía que lo sustentaba conducía inevitablemente a largo plazo a los países socialistas a fluctuar entre las deformaciones burocráticas y productivistas. Es evidente que esta conclusión no había madurado aún en los dirigentes chinos cuando en 1958 la Segunda Sesión del VIII Congreso del Partido Comunista Chino decide emprender el “gran salto adelante”. Pero el malestar creciente causado por la política exterior de la URSS, adherida cada vez más al mantenimiento de una coexistencia pacífica fundada en el stau quo, inicia un proceso de distanciamiento del ejemplo soviético que se expresará en la búsqueda de un camino alternativo de construcción del socialismo.

A partir de la concepción de Mao de la fase de transición como revolución ininterrumpida, como permanente “revolucionarización” de las relaciones sociales, se comienza a elaborar teórica y prácticamente una línea estratégica en la que, a diferencia de los soviéticos, el pasaje al comunismo no está condicionado fatalmente por un desarrollo dado de las fuerzas productivas sino por la actividad humana revolucionaria, considerada como el efecto multiplicador decisivo.

Con el “gran salto” se trata de afrontar de modo global y simultáneo el problema del atraso, a fin de lograr de inmediato un progreso general del conjunto de la sociedad. Rechazado el modelo alternativo de grandes inversiones en el sector moderno puesto que conduce inevitablemente a la formación de profundos desequilibrios estructurales, el modelo maoísta opta por impulsar una movilización general de las masas que permita utilizar en forma plena un potencial productivo superabundante. Para los países subdesarrollados, el exceso relativo de población aparece como un signo de atraso; para Mao, en cambio, es una de las garantías de que la miseria puede ser vencida: “Entre las características de la China de setecientos millones de habitantes lo que más sorprende es la pobreza y la indigencia. Cosas malas en apariencia, pero buenas en realidad. La pobreza empuja al cambio, a la acción, a la revolución. Sobre un papel en blanco, todo es posible; se puede escribir y dibujar todo lo más bello y novedoso.” Si existe una línea política y económica que sea capaz de movilizarlas, las masas pueden romper el círculo vicioso de la miseria y de la inercia humanas y promover todas las capacidades actuales potenciales en base al principio de que el trabajo genera capacidad de trabajo.

Es natural así que el centro del movimiento y el lugar en el que se produjeron las experiencias más avanzadas fuera, una vez más, el campo. Como ejemplo práctico del principio maoísta de que las transformaciones de las relaciones sociales deben preceder al desarrollo de las fuerzas productivas surgen y se extienden como reguero de pólvora por toda la campaña china las comunas populares. La necesidad de coordinar el trabajo de las cooperativas rurales para encarar grandes obras de irrigación, fue aprovechada astutamente para crear estas nuevas instituciones “en las que la industria, la agricultura, el comercio, la educación y los asuntos militares pueden ser combinados y el trabajo de dirección resulta más fácil”. Aparece un organismo lo suficientemente amplio como para movilizar los recursos técnicos y humanos en vasta escala y redistribuir los ingresos en el marco de una economía relativamente autosuficiente. Pero ese organismo prefigura, al mismo tiempo, una forma asociativa más próxima a la sociedad sin clases del futuro. El viejo orden familiar, que había logrado sobrevivir a las anteriores experiencias de colectivización, es destruido sin piedad por la “alta marea de la lucha de clases” en el campo. La incorporación masiva de las mujeres a la actividad productiva, la nueva significación que adquiere un proceso educativo tendiente a preparar jóvenes aptos para desempeñar tareas tan diferenciadas, la creación de distintos servicios, sociales, comedores colectivos, etc., hacen aparecer nuevas formas de vida social que tienden a “desruralizar” el campo chino. Y aunque los años posteriores corrigieron las exageraciones utópicas surgidas del entusiasmo colectivo de los campesinos, lo fundamental de las comunas quedó en pie. Su existencia ha provocado en las zonas rurales de China una reforma intelectual y moral tan profunda que es comparable a la que algunos años después se produjera en las ciudades a través de la revolución cultural.

El “gran salto” planteó además un programa de reforma educativa que modificaba los criterios de reclutamiento universitario en favor de los obreros y de los campesinos e introdujo el trabajo manual en las universidades con el objeto de vincular la actividad de investigación con la producción. En los institutos de enseñanza superior se inició un programa combinado de “estudio y trabajo” y se impulsó el envío de los estudiantes al campo para participar en el trabajo productivo. En las empresas industriales, aunque las reformas en el sistema de gestión fueron menos profundas que lo ocurrido en el campo con las comunas, aparecen intentos de participación de los obreros en la dirección.

Para los observadores occidentales y los propios soviéticos, el “gran salto adelante” resultó un fracaso. Es verdad que tres años de desastres naturales en el campo, la interrupción desde 1960 de toda ayuda técnica y financiera de la URSS, las exageraciones cometidas en la asignación de los recursos, la dilapidación de esfuerzos en nuevas experiencias científicas, etc., crearon a partir de 1960 una situación de aguda crisis económica que se prolonga hasta 1962. Pero es indiscutible que en el curso de esos años China emprendió un gigantesco proceso de transformación social a la vez que precisó un camino propio de industrialización. La búsqueda de ese camino propio obligó muchas veces a ensayar soluciones que luego se mostraron erróneas. Cuando los experimentos se hacen sobre países y no en un gabinete, los resultados pueden crear tensiones políticas y graves dificultades económicas. Y en ese caso, lo que realmente importa no es tanto la crisis en sí como 1a política que se aplica para, salir de ella. En China, la crisis fue superada sin retroceder en la aplicación de un camino propio. Más allá de las medidas de emergencia para superar la crisis agrícola y los desequilibrios intersectoriales, se acentuó el proceso general de reconvención y de reestructuración de todo un sistema económico y social. El gran salto fue un programa de desarrollo productivo acelerado, pero también un plan de transformación y de movilización social. Más aún, el primer aspecto resultaba explícitamente subordinado al segundo, en el sentido de que la función principal de estímulo del desarrollo productivo era atribuida al progreso social, al tipo de organización del trabajo, a la acentuación de los elementos colectivistas y autoritarios. Y en este último sentido, su éxito fue considerable.

La necesidad de “reajustar y consolidar” la línea general iniciada en 1958 obligó sin embargo a una drástica reducción de los objetivos cuantitativos y de los ritmos de desarrollo. En el marco de una política de redimensionamiento general se reavivaron las discusiones sobre los caminos de la revolución china y las dificultades permitieron cierto fortalecimiento de las posiciones de Liu Shao-chi en el aparato del partido y del Estado y en las organizaciones sindicales e instituciones educativas. Desde distintas esferas de gobierno se inicia una lucha sorda entre los defensores de un desarrollo económico-social de tipo tradicional, y los partidarios de Mao, acusados por los primeros de “subjetivistas”, “socialistas utópicos” y “anarquistas pequeño-burgueses”.

Aunque aparentemente nadie cuestionaba la figura de Mao, desde 1960 en adelante aparecen diversas obras que utilizan una forma metafórica (buscando ejemplos en la historia primitiva de China) para satirizar y ridiculizar el voluntarismo exagerado, la falta de autocrítica, la reiteración en los errores que pondría de manifiesto Mao al insistir en la aplicación de la línea general y en la necesidad de “no olvidar jamás la lucha de clases”. Sin embargo, el hecho de que la Sesión del Comité Central del partido haya resuelto en 1962 lanzar un “movimiento de educación socialista” a escala nacional, con el fin de situar “la política en el puesto de mando”, indica cómo a nivel de resoluciones la línea de Mao predominaba en las instancias superiores del partido. Fueron sus ideas las que guiaron esta vasta ofensiva ideológica y política destinada a superar las vacilaciones y concepciones erróneas aparecidas en el período del “reajuste”. El “movimiento de educación socialista”, que adquiere pleno auge hacia 1964 y que compromete fundamentalmente al ejército y al campesinado, cuestiona fundamentalmente la estructura jerárquica en la gestión de las empresas, las comunas y las escuelas y se ubica en la línea igualitarista y de recuperación de la lucha de clases que fue la componente esencial del comunismo chino y que las dificultades del período de repliegue había atenuado.

Aunque en el interior del partido Mao chocaba con la resistencia sorda que ofrecía el aparato controlado por Liu, había logrado una superioridad estratégica total, al conquistar para su política al Ejército Popular de Liberación. Bajo la dirección de Lin Piao, “su más fiel compañero de armas”, el ejército se convierte en el modelo en el que deben inspirarse y del cual deben aprender las masas para elevar el nivel del trabajo en todos los campos de la actividad. Desde el alejamiento de Pen Teh-huai, que preconizaba el abandono del guerrillerismo y la adopción del modelo soviético de profesionalismo militar, el ELP recupera las normas democráticas de base que lo habían caracterizado a lo largo de su historia. Y es este ejército, fortalecido por su estrecha vinculación con las masas el que tiene el honor de recibir el primer libro rojo con las citas del presidente Mao ya en 1964, cuando el librito era desconocido todavía por el público. Como señala Karol, fue en el ejército donde los comunistas hicieron primero una experiencia de laboratorio para saber cuáles eran las posibilidades de establecer, un amplio debate en la sociedad. Y es también al ejército a quien los maoístas confiaron la gestión de sectores vitales de la economía cuando la revolución cultural se extendió a la clase obrera. Gracias a esta medida y a la experiencia adquirida desde mucho antes por el ejército en la gestión económica, las convulsiones sociales producidas desde 1966 en adelante en las ciudades, no provocaron la paralización total de la producción.

El triunfo de Mao

Mediante el control del ejército y del campesinado, Mao tiene en sus manos los elementos necesarios para superar rápidamente los conflictos existentes en la dirección del partido y en algunos organismos del Estado. El grupo de dirigentes agrupados en torno a Liu Shao-chi era fuerte y con vastas conexiones en el aparato del partido. Aunque no pudiera actuar directamente en contra de Mao, ejercía de hecho una función de freno y de oposición a su línea, que ocultaba detrás de las sutilezas de las soluciones y acuerdos formales. Constituía una tendencia que apuntaba a subvertir las conquistas y transformaciones revolucionarias, al estimular un fenómeno general de involución política destinado a desembocar inevitablemente en una restauración burguesa. No es que tales dirigentes lucharan conscientemente por esos objetivos, pero siempre habían hecho suyas, por principio, soluciones de tipo autoritario y burocrático, que tendían a impedir o a sofocar desde su inicio cualquier movimiento de masas no reductible del aparato del partido. La confrontación resultaba difícil no porque ellos pusieran realmente en peligro la autoridad de Mao. Su prestigio era tal que hubiera bastado simplemente una proclama suya para que todo el grupo de Liu fuera alejado inmediatamente de sus puestos. Sin embargo, una resolución de ese tipo hubiera sido contradictoria con su estilo de trabajo y con sus convicciones. Nunca Mao intentó resolver una contradicción “interna” del partido o de la sociedad de manera represiva o administrativa. Siempre sostuvo la necesidad de resolverla a través de un proceso social y político profundo, asumiendo los riesgos que esto implicaba. Las contradicciones asentaban sus raíces en el conjunto de la sociedad y más que resabios del pasado de China eran expresión de los nuevos problemas emergentes del proceso de transición al socialismo. Ahora se trataba no de alejar a un grupo disidente, sino de iniciar un proceso de ruptura contra un orden existente que amenazaba degenerar en una sociedad de clases y contra las estructuras burocratizadas del partido y del Estado. Para romper este sistema, Mao aplicó fielmente una vez más su línea y recurrió a un movimiento de masas, surgido fuera del partido y no controlado por éste, para llevar adelante la lucha de clases en su interior. Pero en 1965 el nivel de la lucha a desatar adquiría dimensiones formidables, y comprometería a corto plazo, al conjunto de la sociedad china. Se requería mucha audacia política y claridad en los objetivos para movilizar a centenares de miles de jóvenes estudiantes y obreros e instarlos a “bombardear los cuarteles generales”. Y todo ello en momentos en que las amenazas de una guerra contra China parecían cobrar realidad y toda la nación velaba sus armas.

Según Mao, en todas las campañas anteriores se habían librado luchas en las zonas rurales, en las fábricas, en los círculos culturales:”… y realizamos el movimiento de educación socialista. Sin embargo, todo esto no pudo resolver el problema, porque no habíamos encontrado una forma, un medio para movilizar a las amplias masas de manera abierta, en todos los terrenos y de abajo hacia arriba instándolas a exponer nuestro lado oscuro”.

Con la revolución cultural proletaria se había encontrado finalmente esa forma. Por primera vez en la historia del movimiento revolucionario mundial, se intentó continuar la revolución socialista después de la instauración de la dictadura del proletariado, creando un movimiento de masas que cuestionara al propio sujeto revolucionario. Los hechos demostraban que no es verdad que el partido revolucionario constituye por sí mismo una garantía contra posibles “degeneraciones de clase” de la sociedad socialista. La visión stalinista del partido dotado de un carácter de clase inalienable e incorruptible, está obligada a situarlo fuera y por encima de la vida concreta de las masas. El partido -como señala Collotti Pichel- deja de ser una guía para transformarse en una fuerza dirigente sustancialmente estática, ligada a soluciones fijadas de antemano por una teoría elevada a dogma, y cuyo objetivo es obtener de las masas la ejecución, de sus decisiones mediante métodos autoritarios o violentos. El partido y sus cuadros se convierten a corto plazo en una nueva clase dirigente incontrolable y reaccionaria. A partir de ese momento se produce una fusión entre el partido autoritario y las tendencias al privilegio que renacen continuamente en toda sociedad al amparo de la división social del trabajo; la restauración de la sociedad de clases se vuelve así inevitable. En conclusión, el educador requería ser educado y ésta no podía ser la obra de un líder genial o perfecto, sino de la actividad de las propias masas.

Para Mao la vida de toda sociedad está dominada siempre y en cada uno de sus aspectos por un conflicto de clases, por la contradicción entre explotados y explotadores; en el mundo contemporáneo, por la contradicción entre las fuerzas internas e internacionales del proletariado y las fuerzas de la burguesía. Estas fuerzas que aparecen delineadas en la sociedad burguesa, siguen actuando de manera velada en las sociedades de transición al socialismo. “La sociedad socialista -afirma- cubre una etapa histórica bastante larga. Durante ella siguen existiendo las clases, las contradicciones de clase y la lucha de clases; existen la lucha entre el camino socialista y el capitalista y el peligro de una restauración capitalista. Es preciso comprender lo largo y complicado de esta lucha y aumentar nuestra vigilancia. Es necesario realizar la educación socialista. Es necesario comprender y tratar de manera correcta el problema de las contradicciones de clase y de la lucha de clases y distinguir acertadamente las contradicciones entre nosotros y el enemigo de las existentes en el seno del pueblo, y tratarlas de manera correcta. De otro modo, un país socialista como el nuestro se convertirá .en su contrario, degenerará y se producirá la restauración. De ahora en adelante, debemos hablar de esto cada año, cada mes, cada día, de modo que tengamos una comprensión relativamente clara de este problema y sigamos una línea marxista-leninista.”

De acuerdo con esta concepción, jamás hay una victoria definitiva. El equilibrio en favor de las fuerzas del proletariado puede y debe ser mantenido en el interior de la sociedad socialista sólo a través de una lucha de clases permanente, que no puede limitarse a destruir el poder económico de las clases poseedoras y sus posiciones políticas y culturales, sino que tiene que modificar de raíz actitudes y comportamientos asentados sobre una división social del trabajo heredada de las sociedades anteriores y que tienden espontáneamente a reproducirse en la nueva. Mao niega de plano cualquier teoría que confíe en que el desarrollo de las “cosas”, de los “instrumentos” resuelva mecánicamente en favor del proletariado el futuro del socialismo. La expansión de la industria no conducirá a la consolidación del poder del proletariado si no se liquida la dirección personal y la rígida división del trabajo en el interior de las empresas, si no se asegura que sea el proletariado quien controle los nuevos instrumentos de producción. De nada vale la introducción masiva de tractores en el campo, si no aparecen organizaciones agrícolas verdaderamente colectivistas que posibiliten una apropiación social de los elementos técnicos. Además, la difusión masiva de la cultura y de los conocimientos técnicos o la incorporación a instituciones educativas del proletariado, servirán de poco si no se destruye un tipo de organización escolar heredada de la sociedad burguesa que tiende permanentemente a reproducir las fuerzas sociales separadas, la división del trabajo y las desigualdades derivadas de ella, las jerarquías y los roles provenientes de competencias seleccionadas. La victoria del socialismo sobre las fuerzas burguesas restauradoras no es un fenómeno cuantitativo, una acumulación de hechos, sino una transformación social realizada mediante la lucha, un proceso continuo de revolucionarización del conjunto de la sociedad. Y este es el significado real del principio de Mao que exige “colocar siempre a la política en el puesto de mando”. (De ese modo continúa una tradición del pensamiento marxista que Lenin antes había expresado así: “La política no puede sino ser colocada por encima de la economía. Razonar de otro modo es olvidar el abecé del marxismo.” En todas estas cuestiones y a diferencia de lo que una visión mistificadora de la realidad tiende a hacer creer a los hombres, el problema a resolver no es de índole técnica sino política y social.

Cualquier recaída del partido revolucionario en una concepción justificadora de la “neutralidad” del desarrollo económico lo convierte de hecho en una garantía de la continuidad burguesa. El partido se despoja de su potencialidad revolucionaria, conserva los residuos del pasado capitalista, los reproduce a través de su propia deformación burocrática y, mediante el poder del Estado, los difunde al conjunto de la sociedad.

Pero si los procesos de transición implican necesariamente elementos de continuidad de las sociedades anteriores que tienden a revertir dicho proceso, y si además el conjunto de instituciones de la sociedad inclusive el partido revolucionario, resultan afectados de la gangrena burocrática, para resolver el enfrentamiento entre la línea que se afirma en la “restauración burguesa” y la línea proletaria, es preciso que la lucha estalle fuera de los límites del partido. Un enfrentamiento de fracciones no resuelve el conflicto; por el contrario, lo agrava. Para resolverlo se requiere una intervención activa de las masas, que mediante una lucha abierta expliciten claramente la contradicción. Por eso las masas deben actuar de manera autónoma y en rebelión abierta contra las instituciones.

En un dazibao escrito por los guardias rojos de la Universidad de Pekín se citaba la siguiente frase de Mao: “En última instancia, todas las verdades del marxismo se pueden resumir en una frase: Rebelarse está justificado.” Y los estudiantes, acogiendo con entusiasmo la consigna, añadían a continuación: “Rebelarse está en la tradición de nosotros, los revolucionarios proletarios, la tradición que los guardias rojos tienen que proseguir y desarrollar. ¡Nos hemos rebelado en el pasado, nos rebelamos ahora y nos rebelaremos en el futuro! ¡Nos rebelaremos mientras existan clases y lucha de clases! ¡Nos rebelaremos en tanto existan contradicciones! ¡El espíritu rebelde revolucionario es necesario durante cien años, mil años, diez mil años y cien millones de años!” Sin embargo, para Mao la rebelión es un momento indispensable aunque parcial del proceso revolucionario. Paralelamente a él es preciso reconstruir paciente, minuciosa y sistemáticamente las nuevas fuerzas que impulsarán el proceso en una perspectiva socialista. El maoísmo constituye así una concepción que rechaza las actitudes meramente “contestatarias” porque reclama de los dirigentes, del partido y de las masas la búsqueda de una línea de desarrollo alternativa a la de las sociedades de clase, una línea que sea válida no sólo en sus objetivos políticos, sino también en los económicos y científicos. Contra la imagen de un Mao semianarquista, dispuesto a sacrificar todo a determinados presupuestos ideológicos, que nos presenta la propaganda occidental, la experiencia de la revolución cultural demuestra que en el maoísmo se da una unidad sorprendente entre estrategia económica y objetivos políticos.

Pero si el partido revolucionario no es el único depositario de la verdad; si ésta debe ser buscada en las propias masas y para ello es preciso que irrumpan de manera autórnoma en el debate sobre los caminos de la revolución, una revolución cultural controlada por el aparato del partido resultaría una caricatura. Es esto lo que se proponía llevar a cabo Liu Shao-chi y su grupo, y por ello, para desbaratarla Mao llamó a “bombardear el cuartel general”, es decir, a cuestionar las “posiciones burguesas” en 1a propia dirección comunista. Respondiendo a su llamado, miles y miles de jóvenes se lanzaron a las calles destruyendo gran parte de las instituciones existentes: sindicatos, partido, gobiernos comunales y regionales, organismos directivos de las universidades y hasta dejaron de funcionar algunos ministerios. En su lugar aparecieron otras organizaciones (comités de “triple alianza”; EPL, cuadros revolucionarios y campesinos y obreros), no definitivas, destinadas a dar paso luego, cuando del momento destructivo se pasara al momento de la construcción, a los nuevos organismos del poder popular. Destruyendo las relaciones unívocas instauradas entre el partido y las masas, y liberando toda la capacidad creadora de éstas, era posible pasar más tarde, en una etapa avanzada de la revolución socialista, a una recomposición del partido. Pero esta política es posible porque en el maoísmo subyace una concepción radicalmente distinta de la “leninista” (por lo menos, en la interpretación que de ésta hiciera el stalinismo) del partido revolucionario y de sus relaciones con las masas.

Según Mao el partido es un instrumento para estimular el crecimiento de la conciencia y de la maduración política de las masas, que siguen siendo, no obstante, el término fundamental y decisivo del proceso. Nadie puede ser el depositario de la conciencia de las masas, puesto que son ellas mismas las que deben autoeducarse en el curso del movimiento revolucionario y elevar su conciencia política.

El partido debe cumplir una imprescindible función de estímulo, de instrumento de análisis de la realidad, de síntesis ideológica de las luchas, de educación teórica, facilitando de esa manera las sucesivas transformaciones de las masas populares. El elemento unificador y coordinador del proceso no puede estar asegurado por ninguna estructura organizativa (partido incluido) porque no hay garantía alguna de su “incorruptibilidad”. En caso contrario, la degeneración de la organización provocaría la degeneración de todo el proceso revolucionario.

Para el maoísmo, sólo la unidad ideológica derivada de un pensamiento que está por encima del partido, y al que las masas pueden acceder directamente, asegura que las revoluciones no se detengan. Sería erróneo pensar que es ésta una solución satisfactoria a un problema tan arduo como el que plantea hoy la revolución china. De todas maneras, una concepción que reconoce que lo único realmente válido es el movimiento de las masas; que las soluciones no pueden ser definitivas; que la lucha, la rebeldía contra la opacidad del mundo, contra las resistencia de las construcciones sociales y políticas, es un proceso infinito, deja siempre abierto el tema para otras soluciones más satisfactorias. Edgar Snow, gran conocedor del pueblo chino y amigo personal de Mao Tse-tung, afirmaba que en los comunistas chinos había algo que no existía en los comunistas de ningún otro país. Por un lado tienden a pensar siempre en términos de siglos y se ven a ellos mismos como un pequeño fragmento de una larga historia, pero al mismo tiempo adoptan una actitud muy concreta, revolucionaria en los hechos inmediatos. Actúan como si fuera posible transformar al hombre de un día para el otro y al mismo tiempo admiten que se trata de un proceso secular y que un hombre solo, tiene posibilidades muy limitadas de hacer algo realmente importante.

En un dazibao escrito por los guardias rojos de la Universidad de Pekín se citaba la siguiente frase de Mao: “En última instancia todas las verdades del marxismo pueden resumirse en una frase: Rebelarse está justificado”.

Y los estudiantes, acogiendo con entusiasmo la consigna, añadían a continuación. “¡Rebelarse está en la tradición de nosotros, los revolucionarios prolelarios, la tradición que los guardias rojos tienen que proseguir y desarrollar!¡Nos hemos rebelado en el pasado, nos rebelamos ahora y nos rebelaremos en el futuro!”. Sin embargo para Mao la rebelión es un momento indispensable aunque parcial del proceso revolucionario. Paralelamente a él es preciso reconstruir paciente, minuciosa y sistemáticamente las nuevas fuerzas que impulsarán el proceso en una perspectiva socialista.

El maoísmo constituye así una concepción que rechaza las actitudes meramente contestatarias porque reclama de los dirigentes del partido y de las masas la búsqueda de una línea de desarrollo alternativa a la de las sociedades de clase, una línea que sea válida no sólo en sus objetivos políticos sino también en los económicos y científicos. Contra la imagen de un Mao semianarquista, dispuesto a sacrificar todo a determinados presupuestos ideológicos, que nos presenta la propaganda occidental, la experiencia de la revolución cultural demuestra que en el maoismo se da una unidad sorprendente entre estrategia económica y objetivos políticos.

Mao, en fin, ha comprendido que nada existe en la vida de definitivo y la lucha contra la opacidad del mundo es permanente; la voluntad humana sólo tiene sentido si el pesimismo de la conciencia la ilumina. Resulta difícil para los hombres hacer suya esta idea trágica del mundo, puesto que muchas veces los condena al silencio y a la incomprensión. Y esto es, quizas, lo que quiso decir Mao cuando afirmó que sólo era un “un monje solitario que camina por el mundo con una sombrilla agujereada”.

Bibliografía:

Mao Tse-tung, Obras escogidas. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1968, 4 tomos.

E. Collotti Pischel, Mao Tse-tung, en “I Protagonisti”, nº 8. C.E.I., Milano, 1965.

Stuart Schram, Mao Tse-tung. Ediciones Cid, Madrid, 1967.

Lucien Bianco, Los orígenes de la revolución china. Tiempo Nuevo, Caracas, 1970.

Jacques Guillermaz, Historia del Partido Comunista Chino. Península, Barcelona, 1970.

Kewes S. Karol, China, el otro comunismo, Siglo XXI, México, 1967.

Edgar Snow, Etoile rouge sur la Chine, Stock, París 1965.

Varios Autores, La revolución cultural china. Cuadernos de Pasado y Presente, n° 23, Córdoba, 1971.

Joan Robinson, La revolución cultural en China. Monte Ávila Editores, Caracas, Venezuela, 1971.

Foa y Natoli, “Origini della rivoluzione culturale” en Il Manifesto, números 5, 6 y 7 de 1970.

Marcel Granet, La civilización china. UTEHA, México, 1959.

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