Sigo siendo necio por Mario Silva

APORREA

Para no hacer de mi ícono pedazos,
para salvarme entre únicos e impares,
para cederme un lugar en su parnaso,
para darme un rinconcito en sus altares.

Me vienen a convidar a arrepentirme,
me vienen a convidar a que no pierda,
mi vienen a convidar a indefinirme,
me vienen a convidar a tanta mierda.

Yo no sé lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
Allá Dios, que será divino.
Yo me muero como viví,
yo me muero como viví.

No recuerdo quién me confesó en uno de los viajes que efectué a la Habana –mi hermosa Habana–, que la canción El Necio de Silvio Rodríguez era una de las predilectas del Comandante Fidel. Si eso fuera cierto, no me es difícil entender las razones que tiene para que el Comandante la considere como una de sus canciones favoritas. Fidel ha sido siempre un hombre de tiempos permanentes; los tiempos cambian, ¡cierto!, pero la esencia de la lucha revolucionaria es la misma. Esos son los tiempos permanentes. Es decir, las preguntas fundamentales que un revolucionario debe hacerse a diario son: ¿Tengo derecho a renunciar a la esperanza, al combate, a concretar al lado de mi pueblo nuestra liberación? ¿Tengo derecho a abandonar la lucha que a mi Comandante Chávez le costó la vida? ¿Tengo derecho a cuestionar, a desviar y a interpretar con cobardía o a conveniencia el legado que nos dejó el Comandante Chávez? De su respuesta muy personal dependerá el juicio implacable que nos hará la historia en el futuro.

Citemos al psiquiatra Heriberto González, quien fue víctima de los medios de comunicación privados en abril-2002, hoy estudioso del tema, interviniendo en el programa La Hojilla del 30/07/2009:

“Hay que entender el problema del poder, o sea, como el poder es un sustituto de la realización personal y del amor. Una persona que se realice y ame, no anda buscando el poder, el poder por el poder. Una persona que ame, usa el poder para permitir que otros surjan. Pero, la persona que busca el poder por el poder…el poder da tanta satisfacción a nivel emocional, activa tanto el cerebro reptiliano, que se transforma en un vicio y, la persona, empieza a cuidar su espacio, su poder, su cuota de poder, y empieza a luchar contra todo aquel que pueda surgir con otro tipo de liderazgo”

Y agrega:

“¿Cuál es el problema a largo plazo? Es la autodestrucción. O sea, en esa lucha continua y los dos grupos terminan destruyéndose… …hay un grupo que va a ganar y otro que va a perder, pero el explotado es el que siempre pierde… …yo creo que entre los grandes peligros que tiene el proceso revolucionario, no solamente son peligros externos, sino son peligros internos y eso de alguna forma es la reproducción de la problemática humana… …en esa lucha por el poder, él que tiene ese cargo que está defendiendo, puede estar tan embelesado en luchar contra el otro, que pierde el objetivo final, por ejemplo la Revolución Francesa, la lucha entre Dantón y Robespierre, lucharon entre sí, se agotaron y la burguesía tomó el poder y se acabó la revolución”

Estas reflexiones las hizo un hombre de pueblo, profesional de la psiquiatría, que tuvo el valor de asumir la responsabilidad de dos cosas muy importantes. La primera de ellas es que, aun teniendo formación política de izquierda, fue presa de la manipulación mediática que encabezó el golpe de estado el 11 de abril de 2002. En consecuencia, nadie está exento de caer en el marasmo que provoca esa perversa maquinaria financiada por el imperialismo norteamericano. Desde lo macro a lo micro, la prudencia, el cálculo, incluso la cobardía tienen su lugar en las decisiones que afecten a los procesos históricos.

En segundo lugar, en Heriberto González, que puede ser Juan, Pedro, María, Josefa, pueblo, hay una gran dosis de dignidad. Reconocer que fue víctima y testimoniar sobre ello, lo convierte en punto de referencia obligada. Y esto va de la mano del inmenso potencial que tiene nuestro pueblo cuando se enfrenta a la adversidad, a la confusión, a la tristeza y asume la responsabilidad de resucitar como el Ave Fénix de las cenizas y encarna la gesta de nuestros próceres, de aquel Simón gigante que pretendieron enterrar para siempre en el Panteón Nacional.

Nuestro pueblo fue poderoso el 27 y 28 de febrero de 1989 y, el Comandante Chávez, al frente de un importante sector militar que había sido utilizado como herramienta represiva, le daría una estocada casi mortal a la vieja partidocracia el 4 de febrero de 1992. Chávez emergió de esos tiempos finitos que siempre trata de imponer la oligarquía y asumió con dignidad y coraje los tiempos permanentes de Fidel. No son catorce años, ¡No!, son veintidós años de tiempos permanentes. Entonces, me niego, me resisto a considerar ni siquiera como hipótesis que la Revolución Bolivariana y Socialista pueda acabarse y terminar dándole la razón a quienes, en desbandada, van abandonando los morrales y los fusiles del pensamiento en medio del fragor de la batalla. Sería una tremenda irresponsabilidad hacerlo ¿Qué esperaban? ¿Qué iba a ser fácil combatir a quienes utilizan la cobardía para imponer en el más alto nivel los criterios, las amenazas y el terrorismo de la globalización imperial?

Nicolás Maduro no está libre de esas presiones y sería ingenuo pensar que el Comandante Chávez nunca sufrió los embates del oportunismo, de la burocracia, de los negociados o de los sectores que vivían y viven apostando a frenar el proceso revolucionario.

Citemos al Comandante Chávez en su alocución del 8 de diciembre de 2012:

“No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la restauración, del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria. No, no podrán. Ante esta circunstancia de nuevas dificultades –del tamaño que fueren–, la respuesta de todas y todos los patriotas, los revolucionarios, los que sentimos a la Patria hasta en las vísceras, como diría Augusto Mijares, es unidad, lucha, batalla y victoria.”

¿Cómo debemos interpretar ésta clara advertencia del Comandante? ¿Acaso vamos a tomarlo como un eslogan de campaña para la arenga temporal o como apropiación focalizada de un tema de debate banal? ¡No lo creo! Y tengo mis razones:

Primero que nada, las condiciones en que se da esta intervención del Comandante son especialísimas. Ahí estaba un hombre que siempre supo cuál era su rol en la historia y su anuncio no era para enfrentar una batalla electoral ni para exponer un tema económico importante para el país o cualquier tema que le diera en la madre a los golpistas. Ahí estaba un hombre excepcional que iba a enfrentarse con la muerte y sabía que esa intervención del 8 de diciembre de 2012 era crucial para nuestro pueblo. Cada una de sus palabras estaba repleta de un alto contenido revolucionario, de advertencias e instrucciones precisas a todo el pueblo bolivariano. Es más, el Comandante Chávez no le hablaba al pueblo venezolano, sino a los pueblos del mundo. Nicolás era y sigue siendo el vehículo que debía y debe asumir las instrucciones que son responsabilidad de todo un pueblo que no estaba enterado de la gravedad en ese momento de esa alocución del Comandante… ¡Y ahora lo sabe!

Ahora, ¿Creen ustedes que el imperialismo no ha venido midiendo los tiempos, planificando sobre esos tiempos y girando instrucciones a sus mercenarios en Colombia y Venezuela para ir ejecutando el plan perfecto de desgaste y derrocamiento de Nicolás Maduro y la Revolución Bolivariana? ¿Creen ustedes que somos tan ingenuos como para no saber que existe una corriente interna que maneja de igual manera la posibilidad –más ingenua todavía–, de sobrevivir al exterminio (incluso manipulación) de la imagen de Chávez?

¡Aquí no se rinde nadie, carajo! Estamos en guerra. Suena terrible la palabra, pero es que así ha sido siempre. Desde el 4 de febrero de 1992 –de una forma u otra–, el imperialismo y la oligarquía no nos han dado tregua. Cada vez que la oposición se encuentra débil habla de “diálogo”, pero por detrás ataca una y otra vez tratando de ablandar las discusiones que se plantean en las mesas de diálogo que se han instalado para escuchar sus peticiones absurdas. De manera criminal y apátrida, nos importaron el modelo terrorista del paramilitarismo y no se pronuncian condenando la violencia terrorista financiada y dirigida por el narcotráfico colombiano. Denuncian solo una supuesta violencia de parte de las fuerzas del orden público que están participando, generalmente timoratos, para restablecer el orden en esos focos mercenarios terroristas a los que llaman “protestas estudiantiles”. Por otro lado, no hay manera de que nos reconozcan como gobierno y la participación obscena de los medios de comunicación, nacionales e internacionales, que manipulan, desvirtúan y ocultan cualquier noticia destinada a informar sobre lo que pasa realmente en el país y, ni que decir de la brutal propaganda de estos bufones (María Machado, Leopoldo López y Capriles Radonski, por no mencionar otros que no llegan ni a payasos), que se creen presidenciables y no pasan de ser simples ratones de las redes sociales, en especial Twitter y Zello, y bajo la sombra de CNN en español. Todo esto ocurre, lamentablemente, ante la poca efectividad de todo un aparato tecnológico comunicacional revolucionario que no termina de articular un plan de defensa mediática en conjunción con los medios alternativos y comunitarios.

Por otro lado, hay una especie de cascarón o envoltorio que impide la sinergia efectiva y necesaria que debe haber entre el pueblo y el Estado. El debate de ideas no es un estigma, es una necesidad. Igual pasa cuando el presidente anuncia la aprobación de recursos y estos no son dirigidos a las áreas sociales. Los empresarios golpistas presionan, los importadores presionan y tienen sus voceros que, cuestionando el carácter socialista y humanista que está implícito en el legado que nos dejó el Comandante Chávez, terminan confundiendo o extraviando las órdenes. Todavía está fresca en mi memoria aquella lucha que sostuvo el Comandante Chávez contra el directorio del Banco Central de Venezuela. Hizo en ese momento una exposición sobre la forma errada en que se hacían los cálculos de los índices de precios. No tomaban en cuenta los PDVAL, los Mercales, que conforman una red más grande. En fin, solo se hacía una ponderación de los precios partiendo de aquellos precios abultados que se generan en los Excélsior Gamma o los Central Madeirense o los Plaza o cualquier mercado ubicado en los sectores de la burguesía. Lo terrible es que aún siguen haciéndolo de esa manera y los informes del Banco Central de Venezuela siguen siendo elitistas. La pregunta es ¿Hasta dónde esa política de análisis y recomendaciones no han afectado a la política económica revolucionaria cuando se tienen que tomar decisiones trascendentales?

Ahora, ¿Hay descontento? ¡Sí lo hay! Hay que asumirlo con sabiduría y con el alma puesta en el compromiso revolucionario. Desertar de la lucha o apostar a esa deserción, lejos de contribuir al debate necesario y a las discusiones que antecedan a una profundización de la Revolución Bolivariana, es regalarle al enemigo los espacios que no se sienten escuchados o atendidos y, en honor a la verdad, no hay nada más terrible que la capitulación. Si la presión del imperialismo hoy sobre Nicolás Maduro es, acaso, más perversa porque lo consideran debilitado (o porque no es Chávez) y le dejamos el camino libre a los factores que gravitan presionando por conquistar cuotas de poder, ¿vamos a sumarle una buena dosis de anarquía y apatía, para permitir que nos borren aquel mensaje de lucha permanente, de los tiempos permanentes, que nos dejó el Comandante Chávez el 8 de diciembre de 2012? Creo en la fuerza revolucionaria de mi pueblo y yo, particularmente, no voy a dejar de luchar desde esta trinchera.

Eso sí, una advertencia a quienes creen que la revolución puede frenarse y que podrían dar paso a un regreso de la IV República. Ahí afuera, en los barrios, en las calles, hay un pueblo dispuesto a responder con fuerza a los golpistas. Allí, afuera, no hay espacio para quebrarnos la memoria.

Somos muchos los necios en este país. Somos millones los que llevamos a Chávez por dentro. Somos un pueblo, carajo, que, necio al fin, decretamos en algún momento que todos juntos “Somos Chávez”.

Yo quiero seguir jugando a lo perdido,
yo quiero ser a la zurda más que diestro,
yo quiero hacer un congreso del unido,
yo quiero rezar a fondo un “hijo nuestro”.

Dirán que pasó de moda la locura,
dirán que la gente es mala y no merece,
más yo seguiré soñando travesuras
(acaso multiplicar panes y peces).

Dicen que me arrastrarán por sobre rocas
cuando la revolución se venga abajo,
que machacarán mis manos y mi boca,
que me arrancarán los ojos y el badajo.

Será que la necedad parió conmigo,
la necedad de lo que hoy resulta necio:
la necedad de asumir al enemigo,
la necedad de vivir sin tener precio.

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