Orlando Borrego “CHE el Camino del Fuego “

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Orlando Borrego

CHE – El Camino del Fuego en pdf

(extracto)

Capitulo III. Métodos y estilo de trabajo

Desde principios de 1960 se empezó a sentir con cierta fuerza el éxodo de técnicos de muchas de las industrias fundamentales. No sólo tomaban el camino del Norte por iniciativa propia o por su actitud contrarrevolucionaria. Para esa etapa habían comenzado a surtir efecto la propaganda enemiga, los sabotajes y todo tipo de acciones de la contrarrevolución. Fue entonces cuando Cuba pudo apreciar el valor de la solidaridad internacional, no sólo de los países socialistas identificados ideológicamente con la Revolución Cubana, sino de muchos técnicos de América Latina que ignorando la posición política de sus gobiernos, decidieron venir a colaborar con el país y a correr los mismos riesgos de los trabajadores cubanos que ya sufrían los efectos de las sistemáticas agresiones externas.

Los técnicos extranjeros que apostaron a la Revolución Cubana prestando su ayuda solidaria en aquellos primeros años lo hacían conscientes del peligro que corrían. Por otra parte, los que colaboraban junto al Che en el Ministerio de Industrias recibían la información directa de cada agresión por boca del propio Ministro. Entre las cualidades del Che como líder y dirigente dentro de la Revolución estaba la de mantener totalmente informados a todos sus colaboradores sobre cualquier incidencia importante del quehacer revolucionario. En ocasiones, si se trataba de alguna información muy reservada, hacía la advertencia acerca de la discreción que había que mantener. En más de una ocasión criticó severamente a algunos compañeros por ciertas indiscreciones cometidas, pero jamás optó por restringir una información que resultara fundamental para sus colaboradores. Defendía el principio de la confiabilidad en los revolucionarios, o de lo contrario, prefería sustituirlos. En aquellos momentos daba muestras de su transparencia informativa refiriéndose a las posibles agresiones desde el exterior.

“…Todo parece indicar que va a llegar la agresión; pero también todo indica que va a ser una catástrofe para ellos. En definitiva, pues ¿Cuál será el resultado?: consolidará la Revolución, la hará más firme, más segura de que no hay otra alternativa que luchar sin descanso para asegurar el bienestar futuro de los cubanos. Pero también traerá indiscutiblemente su dosis de destrucción, de paralización del trabajo. Ustedes saben que en una conmoción de ese tipo pues a nadie le da ganas de trabajar en su trabajo específico, sino que tiene interés en ir a la primera línea o a la segunda línea o a la tercera línea, pero en tener una participación directa en ese proceso y la producción cae, sin contar lo que pueden hacer con bombardeos que destruyan algunos centros de trabajo y después lo que dura, los días que dure esa acción que se perderán para el desarrollo. A más que eso no puede ser que lleguen; no tengo tampoco la pretensión de pensar que si los Estados Unidos vienen directamente a atacarnos, nosotros vayamos a derrotarlos en dos días; pero como hay gente muy fuerte que nos apoya, el caso es diferente. Simplemente ese caso no lo analizamos, ya cae fuera de nuestro análisis. Nosotros tenemos que reducirnos al análisis de los mercenarios que vengan a Cuba, y creo que indefectiblemente el resultado será la destrucción de las fuerzas y naturalmente, tendremos que ser drásticos dentro de la humanidad, porque naturalmente que viene también mucho joven engañado y mucho individuo que no sabe bien a qué viene, pero tendremos que destruir a todos los jefes y dar una lección que la recuerden durante bastante tiempo… nos estamos preparando bien. ”

Precisamente en los mismos días en que el Che hacía sus pronósticos sobre la inminente invasión mercenaria, también se decretaba el bloqueo económico de Cuba por parte del gobierno de los Estados Unidos. Como Ministro de Industrias tendría que responder acerca de la posible escasez de determinados productos que eran elaborados con materias primas importadas desde los Estados Unidos. En aquellos momentos no contaba con todos los elementos como para asegurar con lujo de detalles qué productos iban a faltar. Por otra parte y con la franqueza que lo caracterizaba, se negó a dar esos detalles afirmando que cualquier respuesta precisa sobre el tema, sólo daría pie a la especulación. Incluso se cuestionaba si la medida decretada por el gobierno norteamericano implicaría liquidar todas las importaciones cubanas, dado que el volumen de productos importados por Cuba representaba importantes ingresos para las compañías norteamericanas. Otra interrogante planteada por él estaba relacionada con la velocidad con que sería aplicado el bloqueo, ya que existía un gran número de pedidos encargados antes del fin de 1960, que se encontraban en los trámites de embarque. Por último tenía dudas acerca de la capacidad de los Estados Unidos para trasmitir el bloqueo a otros países que comerciaban con Cuba. Ponía el ejemplo de Canadá, que ya se había negado rotundamente a secundar a los Estados Unidos en tan aventurera agresión a un pequeño país vecino.

Sobre el tema del bloqueo y su relación con las operaciones bancarias con los Estados Unidos, también se vería obligado a desmentir los infundios del gobierno norteamericano, que en boca de sus voceros, trataban de justificar, en parte, la medida argumentando que Cuba no pagaba sus deudas oportunamente. La respuesta del Che no se hizo esperar, aclarando que hasta que Batista estuvo en el poder, el comercio con los Estados Unidos se regía por un sistema normal de crédito comercial. Sin embargo, tan pronto se estableció el control de cambio por parte del Gobierno Revolucionario, las empresas norteamericanas exigieron el pago inmediato de todas las deudas pendientes. El Che calificaba esa medida como una acción claramente discriminatoria y de desconfianza hacia el nuevo Gobierno que, por supuesto no se podía admitir. Cuba no desconocía la deuda, simplemente declaró que durante 1960 no la pagaría, y cumplió su palabra. Todos los nuevos compromisos de pago contraídos por el Gobierno Revolucionario se cumplían religiosamente, salvo en el caso del petróleo, donde surgió un conflicto insalvable al negarse las refinerías norteamericanas a refinar el petróleo soviético. Por esa razón las refinerías fueron expropiadas con todos los activos y pasivos, por lo que, según explicaba el Che, ese dinero había que borrarlo de los saldos pendientes, ya que pertenecía a la nación cubana. Por otra parte podía demostrarse que esas compañías le robaban al país en un solo año mucho más que el valor de los suministros de petróleo para la producción de sus propias refinerías a precios exorbitantes.

Con respecto a las compras corrientes en los Estados Unidos, el Che desmentía el argumento acerca del no pago de las deudas por ese concepto. Explicaba que todas las nuevas compras a ese país se estaban haciendo mediante carta de crédito irrevocable y que estas operaciones eran automáticas, ya que tan pronto se ponía en vigor una carta de crédito, los bancos corresponsales en cualquier parte del mundo descontaban los fondos correspondientes en el momento en que las mercancías estaban a disposición de Cuba. Aun cuando se quisiera hacer lo contrario por parte de Cuba, sería imposible, ya que la aplicación de los pagos era automática. De tal modo quedaba demostrada la falsedad de las afirmaciones norteamericanas. Y no sólo eso, sino que desde el primer momento después del triunfo revolucionario, la política implantada por el comercio exterior cubano fue la de ser estrictamente serio en el pago de todos los compromisos contraídos con sus suministradores. Y la prueba de la capacidad de pago de Cuba y su voluntad de cumplir sus obligaciones quedaba demostrada al no existir ninguna queja por parte de ningún otro país del mundo sobre la puntualidad de los pagos por los importadores cubanos.

La política practicada por la Revolución en cuanto a sus compromisos de pago sometía al país a una tensión permanente en términos de disponibilidad de divisas, pero el Gobierno administraba con el mayor celo sus reservas y sometía al mayor control sus importaciones con el fin de cumplir dicha política. Por supuesto que el Departamento de Estado de los Estados Unidos hacía predicciones catastróficas sobre la situación monetaria cubana. Pronto tendría que aceptar su fracaso, ya que Cuba, con el apoyo de los países del campo socialista, empezaba a cubrir muchas de sus necesidades de importación en condiciones de pago favorables, protegiendo sus reservas y disponiendo de las divisas indispensables para adquirir determinados productos en el mercado capitalista ante la inexistencia de estos en el mercado socialista. Por eso el Che afirmaba a mediados de 1960 que la gestión del Estado cubano en cuanto a las divisas había sido un triunfo completo y que en muy corto plazo el estado de estas dejaría de ser un elemento de preocupación para Cuba.

En junio de 1960 el Che tuvo una información más directa y de primera mano acerca de algunas experiencias prácticas de la industria soviética, a través de un grupo de compañeros del Departamento de Industrialización que integraron la primera misión oficial de Cuba a ese país. Tuve la oportunidad de formar parte de ese grupo y pude constatar la magnífica acogida ofrecida a la delegación cubana, incluyendo el acceso a toda la información sobre los temas que nos interesaban sobre la administración de las empresas industriales soviéticas. Lamentablemente, la escasa formación teórica en materia económica de la mayoría de los visitantes cubanos constituyó una barrera importante para un mejor aprovechamiento de la información que fraternalmente ofrecieron los soviéticos sobre sus problemas económicos. Sin embargo, a los efectos prácticos hubo un elemento importante que se comprobó en ese primer contacto con la experiencia soviética y que en cierta forma impactó desfavorablemente a los cubanos, no obstante las impresiones altamente positivas que se observaron en otros campos y que los soviéticos mostraban con el máximo orgullo.

El atraso en cuestión estaba referido a las técnicas y tecnologías de dirección utilizadas en 1960 en las industrias soviéticas. En materia de Contabilidad, Costos, Control de Inventarios, etc., el atraso en relación con los métodos utilizados por las empresas capitalistas cubanas era francamente impresionante. En cuanto a la tecnología utilizada en la administración de poderosas industrias soviéticas, el atraso relativo era aún más perceptible en comparación con Cuba. En una fábrica de la industria electrónica con 5,000 trabajadores, que fue visitada por la delegación, se utilizaba el ábaco como única tecnología de cálculo, mientras que en Cuba existían empresas como la Compañía Cubana de Electricidad, la Industria del Petróleo y muchas otras cubanas y extranjeras que contaban con máquinas IBM (de tarjetas perforadas) de la última generación.

Efectivamente, lo observado en esa visita a los países socialistas confirmaba lo acertado del pensamiento del Che, aun en fecha tan temprana como 1960, al afirmar que en el campo dé las técnicas de dirección, había que tomar las experiencias del lugar donde estuvieran más desarrolladas, sin miedo a contaminación ideológica alguna, por tratarse de adelantos logrados por la humanidad que debían ser aprovechados por todos los países sin distinción de su sistema político. A partir de entonces el Departamento de industrialización se dio a la tarea de organizar un programa de mecanización de las principales funciones administrativas, tanto a nivel central como en las empresas.

Para ello se realizó un inventario de todas las maquinas procesadoras de datos que poseían las distintas empresas para determinar su estado de explotación. El resultado del inventario demostró que en su mayoría el equipamiento estaba subutilizado. Ello determinó el diseño de un programa de racionalización de los equipos que facilitó la mecanización a un mayor número de industrias y la organización de un centro de procesamiento de información a nivel central. Puede afirmarse, que con la mecanización lograda en las principales actividades, el Departamento de Industrialización creó las bases de un Sistema de Control Mecanizado de alta efectividad administrativa, el cual sería el preludio de incuestionables logros posteriores del Ministerio de Industrias en materia de control de su sistema empresarial.

La referencia a la racionalización de los sistemas mecanizados puede parecer un pasaje de rutina dentro de las labores administrativas de aquella primera etapa; sin embargo, significó uno de los esfuerzos técnicos más destacados desde el punto de vista profesional por parte de los especialistas que lo llevaron a cabo. Se trataba de un trabajo de racionalización y análisis de sistemas en todas las industrias a nivel nacional en relativo corto tiempo, sin afectar los sistemas en funcionamiento.

El trabajo realizado fue de tal efectividad y rapidez, que tan sólo en pocos meses fue posible contar con un sistema de control a nivel nacional y de gestión gerencial a nivel de las empresas, que abarcaba subsistemas tales como: nivel de producción (en físico y valor), costos, precios, surtido, nivel de ventas, inventarios, nóminas y otros. El cómputo de los datos de interés a nivel central se efectuaba semanalmente y permitía controlar aproximadamente el 60 % del valor de la producción nacional de toda la industria para un conjunto de indicadores seleccionados.

El Che presidía las reuniones de control semanal con la presencia de los principales directores de las empresas, los que tenían que responder ante cualquier desviación de los indicadores analizados.

Un énfasis especial se hacía en el control de los costos, el surtido de la producción, la calidad de los productos y el cumplimiento de los compromisos de entrega a las empresas comercializadoras, ya fueran estas del Comercio Interior o empresas exportadoras.

El Che seguía con esmero sus investigaciones teóricas orientadas a la elaboración del sistema económico de dirección que debía utilizarse en el sector industrial del país y al mismo tiempo avanzaba en la aplicación de nuevos métodos y estilos de trabajo, acorde con estudios particulares que realizaba sobre organización, y apoyándose sistemáticamente en las experiencias de ciertos expertos cubanos sobre la materia, algunos de los cuales trabajaban en importantes industrias recién intervenidas por el Estado.

Entre las empresas más adelantadas en materia organizativa y con más avances en las técnicas de dirección se encontraban: las refinerías de petróleo, la Compañía Cubana de Electricidad, las subsidiarias de la compañía norteamericana Procter and Gamble, algunas compañías azucareras y otras.

Las primeras proyecciones del Che como dirigente de la industria cubana, pueden comprenderse con más claridad cuando se conoce su infatigable voluntad para estudiar todo lo fundamental acerca de los antecedentes y evolución de la ciencia de Dirección; profundizó en los aportes de Lenin en ese campo, luego estudió a Taylor y a Henry Fayol. Incursionó en la Escuela de las Relaciones Interpersonales y prestó especial atención a la llamada Escuela Matemática, que enfocaba la dirección y particularmente las decisiones, utilizando en su apoyo los métodos económico–matemáticos y los sistemas automatizados, que recién empezaban a desarrollarse, tanto en las actividades de dirección como en los procesos tecnológicos. De esta última escuela han quedado referencias y apreciaciones en los escritos del Che sobre los estudios llevados a cabo por Oscar Lange y otros autores.

De la Escuela Clásica, sacó conclusiones útiles en su intento por sustituir el empirismo de la práctica de dirección por principios en relación con esta función y con la organización en general. Percibió la necesidad de establecer normas para los procesos productivos y de dirección. De Taylor retomó aspectos importantes sobre el análisis del trabajo con cronometraje, el establecimiento de normas sobre la base del rendimiento y el salario diferenciado basado en las normas, desechando el aspecto inhumano que Taylor había introducido para obtener rendimientos irracionales a costa de la intensidad en el trabajo. Simultáneamente, fijó su vista en los ya mencionados sistemas de computación electrónica, convencido de la gran revolución que estos significaban para la dirección y para el desarrollo científico técnico del porvenir. Impulsó personalmente la instalación y explotación de la primera unidad computacional introducida en Cuba: una máquina UNIVAC recientemente adquirida en los Estados Unidos.

A esas alturas el Che soñaba con la posibilidad de integrar un sistema de computación electrónica a escala de todo el país, que interconectando las principales unidades productivas hiciera posible controlar desde un centro, y en tiempo real, los parámetros fundamentales de todo el sistema empresarial de la industria nacionalmente. Al vislumbrar las potencialidades de la computación electrónica y sus aplicaciones a nivel técnico y científico con las operaciones contables y los procesos productivos, el Che sintió la necesidad de adquirir conocimientos apremiantes en contabilidad y en matemáticas aplicadas. Fue así que comenzó primero los estudios intensivos en matemáticas superiores y posteriormente en contabilidad general, y seguidamente en contabilidad de costos. Junto a su ejemplo personal enfatizaba que sólo a través de la superación y actualización sistemática podría realizarse la propia estimación del directivo, incrementando su reserva de conocimientos y promoviendo un creciente nivel de competencia y eficacia para bordar los complejos problemas de la dirección en beneficio de toda la sociedad. Educación y desarrollo significaba que el individuo que ocupara cargo de dirección debía someterse a un perfeccionamiento constante; y en el caso de un dirigente revolucionario esta obligación adquiría un mayor significado, por su compromiso político ante el pueblo.

DISCUSIÓN PARTICIPATIVA: UNA PRÁCTICA COTIDIANA

Además de los conocimientos adquiridos, el Che imprimió su propio estilo de trabajo a la dirección y aportaría algunas experiencias valiosas como dirigente, haciendo de la discusión colectiva y la responsabilidad única, una práctica cotidiana. Tomemos como ejemplo la forma de dirigir los Consejos de Dirección, desde la época del Departamento de Industrialización hasta el Ministerio de Industrias:

• Estricta disciplina en la asistencia a las sesiones. Si un miembro del Consejo llegaba 10 minutos más tarde de su comienzo, le estaba prohibida la entrada a ella sin excepción de tipo jerárquico.

• Duración limitada de los Consejos (máximo de 4 horas) en evitación de inefectividad por agotamiento.

• Cuidadosa selección de los temas a tratar y preparación previa, con el mayor rigor de los documentos a ser discutidos.

• Máxima participación colectiva en la elaboración de los documentos presentados al Consejo, de acuerdo con las interrelaciones de trabajo que cada uno de ellos exigía. Muchas veces rechazó trabajos por no reunir ese requisito.

• Invitación a los Consejos a funcionarios o dirigentes de otros organismos, cuando los temas a tratar estaban relacionados con los intereses externos y envío previo de los documentos a los interesados.

• Amplia participación de todos los miembros del Consejo en las discusiones e insistencia en su estudio anticipado, de tal forma que la participación fuera lo más efectiva posible.

• Exigencia en el cumplimiento más estricto de los acuerdos tomados en los Consejos. En más de una ocasión hizo severas críticas a los incumplidores, y posteriormente implantó un sistema de sanciones para cualquier funcionario que incumpliera una tarea aprobada en el Consejo.

• La práctica con el ejemplo por parte del Presidente del Consejo, tanto en el cumplimiento de los acuerdos –que en ocasiones asumía–, como en la preparación y estudio previo de los temas a discutir.

• Exigencia en el cumplimiento de la normas de respeto, relaciones humanas y ética expositiva entre todos los participantes.

• Vigilancia constante para evitar centralización de asuntos a ser tratados en el Consejo, cuando en realidad correspondía tratarlos en las empresas o en otros niveles de dirección.

• Calidad en la redacción de los acuerdos y en los resúmenes de lo discutido para evitar malas interpretaciones posteriores.

• La tónica del Consejo de Dirección siempre estuvo enmarcada en un ambiente de compañerismo, trabajo en equipo (como le gustaba expresar al Che) y clima favorable a la exposición entusiasta. No pocas veces, dentro del orden admisible, se accedía a contar el chiste del momento por algún miembro del Consejo.

• Todas las reuniones se desarrollaban presididas por las ideas y conceptos esenciales que se venían elaborando acerca del sistema de dirección del sector industrial del país y de acuerdo con las políticas orientadas por el Gobierno en cada momento.

Por otra parte el Che dio paso a la implantación de métodos de trabajo que demostraron su eficacia durante los años en que dirigió la industria en Cuba. Dentro de esos métodos, aplicados con la máxima exigencia y regularidad, estaban: los Consejos de Dirección semanal, los Consejos Bimestrales dedicados a tratar problemas conceptuales de importancia relevante, las visitas frecuentes a las fábricas por parte de los dirigentes nacionales de la industria, los balances periódicos a las empresas y a las Delegaciones Provinciales sobre sus actividades y otros.

Por su importancia, resulta necesario abundar acerca de algunos de estos métodos. En el caso de los Consejos Bimestrales el Che insistía en que los cuadros de dirección requerían, cada determinado tiempo, de una reflexión sistematizada acerca de aquellos problemas conceptuales más importantes, de tal forma que el trabajo operativo y rutinario no le hiciera perder la perspectiva acerca de la necesaria visión a más largo plazo, tan importante en el trabajo de dirección. De esta forma, en las reuniones bimestrales se exigía la presentación periódica de algún trabajo conceptual de importancia por parte de los miembros del Consejo y dicha presentación debía realizarse con el máximo de formalidad y profundidad de análisis. Una buena parte de los temas teóricos acerca del nuevo sistema de dirección se discutieron en aquellas reuniones. Como por ejemplo, los relacionados con los sistemas de estimulación, la moral de los dirigentes, los conceptos acerca de la calidad de la producción, los principios en que debía sustentarse el sistema salarial, la capacitación de los dirigentes y trabajadores entre otros.

Las visitas periódicas a las fábricas respondían a la exigencia, por parte del Che, de que los dirigentes no se aislaran de la base y por esa vía perdieran sentido de la realidad de lo que estaba sucediendo en cada centro de trabajo. Las visitas no podían responder a un hecho formal para cumplir con las directivas del Che. Era obligatorio presentar un informe detallado sobre todo lo observado en las fábricas visitadas, concretando las recomendaciones que eventualmente fuesen necesarias.

En los Consejos de Dirección se llevaba un control sobre el cumplimiento de las visitas por parte de cada uno de sus miembros, incluyendo al propio Che como Presidente del Consejo.

Los balances periódicos a las empresas constituían un método fundamental de trabajo llevado a cabo con el mayor rigor. Este era el momento en que los directores de las empresas tenían que responder junto a su equipo de dirección por todo el trabajo realizado anualmente. Para llevarlo a cabo se dictó una Resolución firmada por el Che contentiva de una detallada metodología que abarcaba todas las actividades de gestión de las empresas, incluyendo la evaluación, por parte del director de la empresa, de cada uno de sus jefes subordinados. Estos balances representaron durante años uno de los esfuerzos más laboriosos, pero más fructíferos dentro del conjunto de métodos de trabajo implantados por el Che. La profundidad con que se discutían estos informes permitía finalmente contar con una “radiografía” en detalles acerca de los resultados del trabajo realizado y, por consiguiente, una vía efectiva para estimular a quienes trabajaban con eficacia o para señalarle las deficiencias a los que presentaban un resultado desfavorable. Estos análisis, a su vez, permitían detectar frecuentemente a cuadros de dirección con cualidades destacadas, que por los mecanismos normales de tipo burocrático era imposible conocer con facilidad. Muchos de tales cuadros fueron ascendidos a cargos superiores después de realizados los balances de las empresas o de las delegaciones provinciales.

Cuando los balances de trabajo se realizaban en las provincias, se invitaba a las autoridades locales y a las organizaciones políticas, propiciando de esta forma un régimen participativo donde cualquiera de los presentes podía opinar acerca de la gestión industrial a nivel territorial. Al mismo tiempo, ello permitía conocer de primera mano el grado de cooperación existente entre los administradores de las industrias a nivel local, aspecto este último que el Che cuidaba con el mayor celo, en defensa del concepto prevaleciente en los principios del sistema de dirección que se comenzaba a desarrollar, de que todas entidades industriales en su conjunto representaban una gran fábrica a nivel nacional con una doctrina única de trabajo, dentro de la cual se debía impulsar el máximo de iniciativa y creatividad. Más de una vez hizo severas críticas a algunos directores de empresas o administradores de fábricas que dieron muestras de cierto espíritu sectorial anteponiendo los intereses de su actividad a los generales del sector industrial o del país. Otra cosa era el espíritu de cuerpo que debía existir en cualquier equipo de trabajo que el Che apoyaba sin vacilación. Cuando llegaba a un centro de trabajo y observaba que en ocasiones los subordinados defendían a su jefe ante cualquier crítica que se le hiciera a este, incluso cuando la defensa pudiera parecerle un poco desmesurada, manifestaba posteriormente que prefería esa actitud de los subordinados a que reinara la división o la falta de trabajo en equipo del colectivo.

Para medir el espíritu grupal en los colectivos de trabajo, el Che comenzó desde muy temprano a utilizar métodos científicos de investigación basados en la psicología y los estudios sociológicos. Uno de esos primeros estudios se llevó a cabo en el año 1960 en la Industria del níquel, diseñando una investigación que facilitaba la toma de opiniones del colectivo de trabajadores, sus relaciones interpersonales, la percepción sobre el trabajo de los jefes y mandos intermedios, las relaciones con las organizaciones políticas y sindicales y otros parámetros. La investigación estaba diseñada de tal forma que excluía la posibilidad de cualquier inhibición por parte de los encuestados, asegurando la no identidad de estos. Los resultados de la investigación fueron de una extraordinaria utilidad para identificar el estado de la moral de trabajo del colectivo, revelando un conjunto de características del grupo que sirvieron de base para la elaboración de un programa de perfeccionamiento del objeto de dirección estudiado. La experiencia del Níquel luego sería extrapolada a otras ramas industriales con resultados igualmente positivos, lo cual le confirmaría la importancia que había que prestarle al uso de la psicología como elemento de apoyo al trabajo de dirección.

En sus estudios acerca de las experiencias en la Unión Soviética y otros países socialistas, el Che había detectado que en esos países se había hecho dejación del uso de determinadas herramientas científicas, llevados por el dogmatismo y la subestimación de esas técnicas, al ser calificadas vulgarmente como provenientes de la sociedad burguesa. La subestimación y el criterio dogmático entronizado en los sistemas de dirección de los países mencionados alcanzaron el campo de las matemáticas aplicadas, lo que el Che calificó como uno de los errores más significativos y la razón, en gran parte, del atraso relativo que se manifestaba en varias esferas del conocimiento de los países socialistas, especialmente en el campo económico. No por casualidad y partir del propio año 1960 comenzó a preocuparse por la organización de un Grupo de Psicología en el Departamento de Industrialización y más tarde un Grupo de Matemáticas Aplicadas en el Ministerio de Industrias.

Al Grupo de Psicología el Che le prestó una atención personal, llamando a colaborar con él a la doctora Graciela del Cueto, de reconocida profesionalidad en el país, junto al psicólogo doctor Gustavo Torroella y el comandante Humberto Castelló, siquiatra y combatiente del Directorio Revolucionario. Entre otras tareas, el Grupo de Psicología estaba encargado de realizar los tests psicológicos a todos los nuevos cuadros de dirección que se incorporaban a la industria. Como caso curioso, el Che y varios de sus colaboradores más allegados se ponían en manos de los psicólogos con cierta periodicidad para pasar su test psicológico; una forma más de practicar con el ejemplo y desmitificar la práctica de este método, que por esa época contaba con ciertas reticencias por parte de algunos dirigentes en el país.

La utilización del test psicológico se consideraba como un elemento importante pero no definitivo para la selección de los directivos; sin embargo, cuando el diagnóstico de los psicólogos revestía determinadas condiciones, evidentemente limitantes para la designación de un cuadro, ese resultado se respetaba de tal manera que la designación no tenía efecto en ningún caso, aun cuando otras personas que le conocían hicieran insistencia en el nombramiento.

La preocupación del Che por la calidad de los cuadros de dirección del Estado se manifestó desde los primeros días al frente del Departamento de Industrialización. En su lucha por el desarrollo de la conciencia y la creación del hombre nuevo, ponía en primer plano la calidad de los directivos desde su selección hasta su evaluación sistemática, convencido de que sin el ejemplo permanente de los jefes a los distintos niveles no se podía aspirar al objetivo de transformación de la conciencia a que se aspiraba ni a lograr el estereotipo de dirigente socialista por el cual se luchaba con denuedo. En 1959 y 1960 aún no había definido formalmente su concepción detallada sobre la política de cuadros que más tarde elaboró y dejó escrita para la posteridad durante la época al frente del Ministerio de Industrias. Aunque más adelante se volverá acerca del contenido de esa política, bueno es recordar los primeros pasos dados por él sobre tan importante problema desde el momento en que comenzó a dirigir el Departamento de Industrialización.

En los primeros tiempos cuando fue necesario nombrar en cargos de dirección a compañeros que no reunían todos los requisitos profesionales que exigían las circunstancias, estableció determinados requisitos mínimos imprescindibles para la selección de los cuadros; entre estos comprobada lealtad revolucionaria, honradez a toda prueba, austeridad, capacidad de trabajo y ética revolucionaria.

Para garantizar estos requisitos, analizó cuidadosamente las fuentes de donde se podía nutrir el Departamento de Industrialización para la selección de sus directivos, ya fueran para ser designados como directores de empresas, administradores de fábricas o para ocupar cargos más altos de dirección. Las primeras fuentes serían el Ejército Rebelde y militantes del antiguo Partido Socialista Popular.

Los del Ejército Rebelde provenían de todas las agrupaciones revolucionarias que habían participado en la lucha armada, sin distinción o espíritu sectario de ninguna clase. También se incorporaron combatientes que habían luchado en la clandestinidad, pertenecientes a cualquiera de las organizaciones mencionadas. Como caso excepcional por su cantidad, también se nombraron extranjeros de probada confiabilidad y que habían apoyado al Movimiento 26 de Julio en otros países. Como casos connotados hubo dos mexicanos que administraron, en los primeros tiempos, importantes industrias del país.

Acerca de la honradez administrativa el Che estableció desde los inicios las mayores exigencias a los cuadros de dirección, y sobre esa cualidad no hacía la menor concesión. Fueron muy pocos los casos en que hubo que tomar medidas por la violación de normas que atentaran contra la honradez administrativa. Cuando excepcionalmente surgió algún caso, se actuó con justicia pero con el mayor rigor revolucionario. Había dos posibilidades de violar ese primer principio: el caso de alguna violación que pudiera implicar un hecho doloso desde el punto de vista legal y en esa ocasión el implicado tenía que responder ante los tribunales revolucionarios, y, en segundo lugar la posibilidad de violación de algunas normas administrativas, sin beneficio personal alguno, pero que indicaba una falta de disciplina o simplemente una negligencia comprobada. El tratamiento a este segundo caso se hacía más complejo por la ausencia de una adecuada institucionalidad al principio de la Revolución.

En cuanto a la austeridad, el Che hacía énfasis en la modestia del cuadro de dirección, de manera que el ejemplo personal de este se convirtiera en un patrón de conducta para sus subordinados y para el entorno social donde actuara. La ostentación, el aprovecharse del cargo para sobresalir por encima de los demás socialmente, eran aspectos que el Che criticaba reiteradamente. En cuanto a la capacidad de trabajo les exigía a los cuadros la mayor entrega sobre todo en aquella etapa donde todo estaba por hacer y no podía existir descanso ni dilación alguna en el cumplimiento de una tarea. De ahí su afirmación en el sentido de que un cuadro podía cansarse, pero no tenía derecho a formar parte de la vanguardia revolucionaria.

En cuanto a la ética, en sentido general, el Che fue formando una cierta escuela con su ejemplo personal. Además de las cualidades antes enunciadas, propugnaba el alto sentido de compañerismo, la crítica fraternal y oportuna, el no hacer comentarios destructivos acerca de ninguna persona y mucho menos emitir opiniones sin discutirlas anteriormente con ella. En un principio se dio el caso de trabajadores que fueron a quejarse ante el Che sobre alguna deficiencia de algún jefe o compañero de trabajo. La reacción inmediata del Che era preguntarle al que llevaba la queja, si ya la había discutido con la persona señalada; si este no era el caso, le exigía que lo hiciera primero y luego viniera a darle una versión sobre el asunto. En otras ocasiones y dependiendo de las características del problema que se llevaba a la consideración del Che, este hacía llamar al aludido y lo enfrentaba a la persona que realizaba el señalamiento. Como resultado de este estilo de trabajo se redujo al máximo el “comentario de pasillo” en los colectivos de trabajo y se fue fortaleciendo día a día el trabajo en equipo y la moral de trabajo en sentido general.

Desde la época del Departamento de Industrialización se implantó un sistema de sanciones administrativas para los casos no dolosos, que como se ha dicho no eran objeto de trasladado a los tribunales revolucionarios. Para el tratamiento a estas sanciones se creó una comisión interna llamada Comisión Disciplinaria Administrativa (CODIAD), integrada por compañeros de reconocido prestigio constituidos en tribunal, quienes analizaban el caso y dictaban finalmente su veredicto, el cual podía revestir distintas formas: sancionando al cuadro, haciéndole un llamado de atención o de alerta para que no volviera a reincidir en el error o exonerándolo de toda responsabilidad.

Las sanciones tenían distintas categorías en dependencia de las características del caso, y podían ser amonestación privada o pública, rebaja del salario en determinada magnitud, traslado a otra función y, por último, la más severa, consistía en el traslado por un período determinado a realizar trabajos físicos a un lugar organizado para esos fines que adoptó el nombre de Guanahacabibes, por la zona donde estaba situado, en el extremo occidental de la Isla.

Las sanciones en Guanacahabibes fueron también objeto de polémica dentro y fuera del sector industrial. Varios jefes de organismos apoyaban este método, y otros lo consideraban muy severo.

En la industria se dio el caso excepcional de algunos compañeros que objetaban estas sanciones y le argumentaban al Che que lo más beneficioso era la discusión y el convencimiento sobre los errores cometidos, para por esa vía llegar a su erradicación. Por supuesto, el Che no aceptaba este tipo de afirmación.

En una oportunidad durante un Consejo de Dirección, un director de empresa insistió con mucho énfasis sobre las ventajas de la discusión y la persuasión para erradicar los errores señalados. El Che le señaló que el problema de Guanacahabibes formaba parte de un error de concepto de algunos compañeros que lo apreciaban como una sanción feudal cuando en realidad era una sanción revolucionaria. En un momento de la discusión, el director de empresa expresó, que después de leer la lista de los errores o faltas administrativas que tipificaban las sanciones a Guanacahabibes, a él no le quedaba preocupación personal alguna, ya que no hacía cosas como esas. El Che inmediatamente le preguntó: «Y si usted no se hubiera leído el listado ¿qué hubiera hecho?» Su interlocutor no supo dar una respuesta coherente. A continuación el Che explicó que las faltas que llevaban a Guanacahabibes eran de tipo revolucionario, lo que significaba que quien las cometía tenía debilidades por no conocerlas. Luego señaló que ese tipo de sanción sólo era aplicable para casos que no debían ir a la cárcel, ya que él consideraba que cuando se tratara de delitos más graves, se debía sancionar con privación de libertad de acuerdo con la ley a cualquier revolucionario sin excepción, aunque tuviera muchos años de militancia:

…A Guanacahabibes se manda a la gente que no debe ir a la cárcel, la genté que ha cometido faltas a la moral revolucionaria de mayor o menor grado con sanciones simultáneas de privación del cargo, y, en otros casos, no de esas sanciones, sino como un tipo de reeducación mediante el trabajo.

Es trabajo duro, no bestial, más bien las condiciones de trabajo son duras y tampoco son bestiales, y los que van allí son los encargados de que esas condiciones sean mucho mejores y de hecho ya se han ido mejorando…

El Che visitaba Guanacahabibes con frecuencia, hacía jornadas de trabajo físico junto a los sancionados en el lugar y casi siempre al final del trabajo realizaba un conversatorio sobre algún tema de interés. Con esas visitas dejaba muestras de su ejemplo como dirigente e indirectamente demostraba que él también era capaz de realizar el mismo trabajo que ellos, sin sanción alguna, y tan sólo por el hecho de ser revolucionario. Por otra parte, el Che siempre insistió en que nadie debía ir a Guanacahabibes si no estaba convencido, pero ponía la condición de quien no aceptara ese tipo de sanción no podía trabajar en el sector industrial bajo su dirección; sin embargo podía trasladarse a otro organismo o sector sin reparo alguno por parte del Che o de cualquier otra autoridad dentro del organismo.

Los problemas de la moral, la ética y en general de los más altos valores humanos, como expresión del desarrollo de la conciencia del individuo en la nueva sociedad, se fueron convirtiendo en la preocupación central del Che en la medida que iba avanzando el proceso revolucionario e iba adquiriendo un mayor conocimiento acerca del proceso económico social transcurrido en los demás países socialistas. Junto a esas preocupaciones esenciales, estudiaba con afán y de forma abarcadora las diversas funciones de dirección, desde el nivel más alto hasta el último eslabón de los procesos productivos. Con especial interés insistía en la importancia de la organización dentro del conjunto de la economía del país y particularmente en el sector industrial que le tocó dirigir. Para él la función de organización tenía que ver directamente con el concepto de centralización o descentralización de las actividades de dirección, y este último concepto no se podía llevar a la práctica en ninguna de sus dos variantes sino a partir de una concepción organizativa determinada, incluyendo las estructuras de dirección.

En 1960 estaba muy de moda la discusión sobre las ventajas o desventajas de la descentralización de la dirección. En los Estados Unidos y en otros países capitalistas desarrollados, el fenómeno de la descentralización era relativamente nuevo. En los últimos años, el camino hacia el crecimiento de la producción masiva había llevado a la diversificación de productos y mercados, trayendo como consecuencia que algunas ramas comenzaran un proceso de descentralización de las funciones directivas y la descentralización geográfica.

Junto al desarrollo de la descentralización de la empresa habían aparecido nuevas disciplinas, como la asesoría de dirección, el proceso de datos, la dinámica de grupo, la psicología industrial y el desarrollo de la dirección. Se consideraba dudoso que la descentralización pudiera ser eficazmente dirigida sin esos conocimientos profesionales o que esos conocimientos se pudieran haber desarrollado si no los hubiera exigido la descentralización. El Che estaba consciente de que los nuevos cuadros de dirección situados al frente de las empresas estatales cubanas no poseían los conocimientos adecuados como para pasar a un proceso de descentralización como ya comenzaba a producirse en los países capitalistas desarrollados. Por otra arte distinguía con claridad la diferencia de contenido de la economía capitalista con la de un sistema donde lo predominante era la empresa estatal socialista, que aunque no había adoptado todavía ese carácter oficialmente, era claro que lo tendría como imperativo del propio carácter y profundidad de la Revolución que se había llevado a cabo en el país.

Para el Che, el modelo de dirección a utilizar en Cuba estaba más cercano desde el punto de vista organizativo al utilizado en los últimos años por los monopolios capitalistas, más orientado a la centralización de las funciones que a la descentralización de estas. Sin embargo, él utilizaba el concepto de centralización con un enfoque dialéctico, cosa que lamentablemente no siempre fue bien entendido, quizás por la falta de una divulgación más explícita acerca de las ideas sobre la dirección que él iba desarrollando en aquella época. Además de la diferencia en el grado de profesionalidad de los cuadros de dirección cubanos con los de los países desarrollados capitalistas, el Che le asignaba mucha importancia a las características propias de Cuba, tanto desde el punto de vista geográfico como del grado de desarrollo relativo de su infraestructura económica y de comunicaciones, aun cuando mantenía una economía subdesarrollada y de atraso ostensible en muchos sectores de la vida social. Esas características propias del país facilitaban, según el Che, una dirección relativamente más centralizada durante cierta etapa. Esto último también lo consideraba favorable en comparación con el proceso de dirección que necesariamente habían tenido que seguir en la Unión Soviética y otros países socialistas.

Cuando habla de dirección centralizada durante una determinada etapa, se refiere a la concepción organizativa en su conjunto, incluyendo las estructuras de dirección; pero también considera dentro de ese conjunto los métodos y estilos de trabajo a utilizar desde la alta dirección hasta el último nivel de la escala administrativa. No ignora tampoco el papel del liderazgo y la parte históricamente reconocida del arte de dirigir en correspondencia con las características y habilidades propias de cada directivo en condiciones determinadas. Por ello desde muy temprano prestó tanta atención a los métodos socio psicológicos de la dirección con un enfoque científico acorde con los objetivos económicos, sociales y políticos de la Revolución.

Así fue el Che “ordenando” pieza a pieza, con ayuda de la práctica, su concepción teórica acerca del Sistema Presupuestario de Financiamiento, que más tarde tomaría forma y contenido en el modelo de dirección que se aplicó durante varios años en el Ministerio de Industrias y algunos otros sectores económicos del país. Junto a los conceptos sobre centralización o descentralización de las empresas sometió a estudio y análisis los conceptos responsabilidad y autoridad de dirección teniendo como premisa un modelo centralizado, pero suficientemente flexible como para conjugar acertadamente la responsabilidad asignada con el grado de autoridad otorgado a cada nivel de dirección en cada etapa y en la medida en que los distintos niveles de dirección fueran demostrando, en la práctica, más o menos eficacia en la gestión administrativa. Esto último resulta de vital importancia a la hora de estudiar el pensamiento del Che y comprender acertadamente su concepción sobre algo tan complejo como los criterios de centralización y descentralización de las funciones administrativas o de dirección en sentido general.

Hay que tener muy en cuenta también la realidad cubana de comienzo de los años sesenta, donde se ha producido una nacionalización masiva de las propiedades capitalistas sin contar con cuadros de dirección suficientemente preparados para asumir esas responsabilidades. De ahí que el proceso de asignación de responsabilidad y delegación de la autoridad tuviera necesariamente que pasar por distintas etapas, cada una de ellas con particularidades muy específicas.

En el primer momento, y por imperativo de las circunstancias, fue necesario nombrar administradores inexpertos en su mayoría, asignándoles una gran responsabilidad y delegándoles el máximo de autoridad, ya que los órganos de alta dirección no contaban con suficiente fortaleza administrativa como para centralizar todas las funciones. Inmediatamente después el Departamento de Industrialización fue ganando en organización y capacidad de dirección como para dar paso a un proceso organizativo que permitió crear las estructuras de dirección de las empresas definiendo con mayor precisión sus funciones, y, por lo tanto, el grado de responsabilidad y autoridad de cada uno de sus cuadros de dirección. Resultaba obvio, además, que se trataba de un proceso revolucionario y no de la evolución normal de un proceso administrativo, donde conservadoramente se pudiera esperar a tener cuadros altamente profesionales para luego tomar las medidas revolucionarias en beneficio popular.

Actuar de esa manera hubiera significado no hacer la revolución y continuar con los esquemas de dirección de la sociedad capitalista, negando los objetivos esenciales de la Revolución. Lo importante en aquellos momentos era sentar las bases fundamentales para alcanzar los objetivos propuestos, pero conscientes de las limitaciones profesionales que presentaban los cuadros de dirección y la necesidad inmediata también de pasar a un proceso de formación y preparación de cuadros, como parte de un vasto esfuerzo de capacitación que necesariamente debía abarcar no sólo a estos sino a los trabajadores y mandos intermedios en sentido general. A esa tarea se dio el Che con premura en todo el ámbito nacional del sector industrial. Más adelante me referiré con más detalles al amplio plan de capacitación impulsado por él en aquellos años.

Para avanzar a pasos acelerados y no titubear a la hora de continuar con las medidas revolucionarias, era necesario, a su vez, preservar los principios elementales de dirección en las nuevas condiciones y exigir la mayor responsabilidad en el cumplimiento de las funciones administrativas. Se trataba por lo tanto, de establecer un sistema de control y supervisión administrativo que respondiera con el máximo de seguridad a garantizar el cumplimiento de las responsabilidades asignadas en correspondencia con la autoridad otorgada a cada uno de los cuadros de dirección. Esa fue otra de las preocupaciones fundamentales del Che, en la que puso su mayor empeño para lograr en el más breve plazo posible, un sistema de control económico sistemático junto a la supervisión más “exigente por la vía de inspecciones y auditorias a todos los niveles.

La implantación del sistema de auditoria e inspección en la industria conllevó una tarea adicional en el ya sobrecargado plan de trabajo del Che al exigir que yo le informara semanalmente los resultados de dicho sistema. Para ello debía prepararle un resumen de cada industria inspeccionada o auditada y despacharlo personalmente con él. Por lo regular, estos despachos se realizaban a altas horas de la noche, dado su interés de concentrarse al máximo en estos análisis y tomar las decisiones pertinentes sin el apremio de otras tareas cotidianas.

A mediados del año 1960 ya se percibía con claridad que la cantidad de industrias a cargo del Departamento de Industrialización sobrepasaba la capacidad organizativa e institucional, y el Gobierno Revolucionario aprobó el inicio de los estudios para la organización del futuro Ministerio de Industrias.

El Che encargó la dirección del proyecto para la organización del Ministerio a Enrique Oltuski, recién incorporado al Departamento y cuya primera tarea fue precisamente la de atender todo lo relacionado con la organización no sólo a nivel central sino en cuanto a las estructuras del sistema empresarial. Oltuski se había graduado de ingeniero en la Universidad de Miami y trabajado en una compañía petrolera inglesa, por lo que, sin ser un especialista en organización, tenía los conocimientos básicos y cierta experiencia práctica en una empresa importante y con adelantos suficientes en técnicas de dirección, siendo sin dudas el más indicado para llevar adelante el proyecto encargado por el Che.

El jefe del proyecto comenzó un minucioso trabajo de consultas con todos los directivos y especialistas del Departamento de Industrialización así como con expertos en la materia conocidos por él, de forma que permitiera retroalimentar al Che acerca de la estructura y funciones que debía tener el nuevo Ministerio. También se dio al estudio de la legislación vigente en Cuba y al análisis de los antecedentes institucionales del país para conocer las experiencias organizativas de los demás ministerios existentes en el Estado cubano.

La última versión del proyecto de organización del Ministerio de Industrias estuvo terminada en el mes de enero de 1961 y presentada al Che oportunamente. Dicha versión fue discutida colectivamente hasta sus últimos detalles dentro del Departamento de Industrialización y realizados los ajustes finales del proyecto antes de presentarla al gobierno para su aprobación. Simultáneamente a los estudios para la organización del Ministerio se había venido trabajando durante varios meses en toda la logística necesaria para la ubicación física del organismo en sus nuevas instalaciones. Sobre el particular resulta interesante destacar que el Che instruyó al jefe del proyecto acerca de todos los detalles funcionales de la organización y planteó que daría su aprobación definitiva cuando estuviera terminado dicho proyecto.

Al culminar todos los trabajos, el Che realizó una visita para supervisar todas las oficinas, las cuales habían sido ubicadas en un edificio existente (actualmente ocupado por el Ministerio del Interior en la Plaza de la Revolución en La Habana), pero que fue necesario remodelar para adaptarlo a la nueva estructura del Ministerio. La revisión llevada a cabo por el Che incluyó todos los detalles: condiciones físicas, comunicaciones, impresos de oficinas y por último el comedor del Ministerio con el menú que se ofrecería a sus trabajadores. Dejó para último la visita a las oficinas que él debía ocupar como Ministro. Fue entonces cuando presentó su primera objeción a lo que se había realizado: rechazó el mobiliario que había sido situado en sus oficinas argumentando que no era lo suficientemente sobrio y modesto como debía corresponder a un Ministro del Gobierno Revolucionario.

Lo curioso es que Oltuski había tenido en cuenta ese detalle, pues conocía las características de su jefe; a no dudar se había quedado corto en sus apreciaciones y de inmediato tuvo que darse a la tarea de cambiar el mobiliario.

La forma en que se organizó el Ministerio de Industrias sentó precedentes en cuanto a precisión y racionalidad, y en muchos casos sirvió como ejemplo en la organización de otros organismos del país. La meticulosidad con que se había organizado el Ministerio permitió que cuando se produjo el traslado de todo el personal del Departamento de Industrialización a las nuevas oficinas, el trabajo administrativo continuó sin la más mínima interrupción. Esta experiencia, entre muchas otras, se recuerda como una de las muestras de profesionalidad del Che y la forma en que era capaz de utilizar con eficacia el trabajo de sus colaboradores. También marcó un hito en su modestia personal y en la aplicación de la ética revolucionaria que debía caracterizar a un dirigente del Estado en la nueva sociedad.

 

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