Primer Viaje Alrededor del Mundo. Relato escrito por el caballero Antonio Pigafetta (1522)

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Antonio Pigafetta – Primer Viaje Alrededor del Globo

Primer Viaje alrededor del Mundo.
Relato escrito por el caballero Antonio Pigafetta

(1522)

Estudio preliminar por Nelson Martínez Díaz

En busca de las especias

El 20 de septiembre de 1519 una flotilla de cinco navíos partía del puerto de Sanlúcar de Barrameda rumbo a las islas Canarias. Bajo el mando de Hernando de Magallanes, iniciaba la primera etapa de un viaje cuya duración excedería los cálculos de todos y, al mismo tiempo, provocaría el asombro de los contemporáneos: por primera vez se realizaba la circunnavegación del globo, demostrando de manera práctica la esfericidad de la Tierra. No obstante, los propósitos de la expedición de Magallanes habían sido alcanzar las Molucas, a fin de llegar a las fuentes de las especierías navegando hacia el oeste, para arrebatar el monopolio de su tráfico marítimo a los portugueses, que llegaban a ese destino por el océano índico. El resultado fue, para todos, inesperado: —se inauguraba la ruta occidental hacia el Extremo Oriente; —el hombre europeo tomaba conocimiento de la verdadera extensión del océano Pacífico, para cuya navegación se emplearon 98 días; —quedaba comprobada la existencia de un estrecho que permitía superar la barrera interpuesta por el continente americano, hecho que amenazaba el monopolio portugués sobre las especias y anulaba el control que ejercían sobre la información acerca de esa zona.

En una época que demostraba gran avidez por los relatos de viajes, el testimonio de los sobrevivientes incorporo, además, noticias de un mundo cultural desconocido.

La preparación del viaje levantó enconadas resistencias, que Magallanes debió sortear con tenacidad. El proyecto, presentado en primer lugar a la corte de Lisboa, enfrentó dilaciones y negativas que obligaron al proponente a buscar nuevos horizontes. Finalmente, recibido favorablemente por Carlos I de España, el marino portugués inició los trabajos para equipar la flota. No obstante, y pese al apoyo de la monarquía, las gestiones ante la Casa de Contratación, demoradas por la oposición de algunos personajes, y las intrigas de los emisarios de Don Manuel, rey de Portugal, para malograr los esfuerzos de Magallanes, prolongaron durante año y medio la partida de la flota. Pero las resistencias al proyecto no alcanzaron a doblegar su voluntad y finalmente logró abastecer y dotar de tripulación a las cinco naves que emprenderían la travesía.

Integraban la flota cinco carabelas. La nave almirante era la Trinidad, de 110 toneladas, al mando de Magallanes, designado Capitán General de la expedición; la San Antonio, de 120 toneladas, llevaba a bordo a Juan de Cartagena, veedor general de la armada y comandante de la nave; Gaspar de Quesada mandaba la Concepción, de 90 toneladas; la Victoria, de 85 toneladas, era capitaneada por Luis de Mendoza, tesorero general, y la Santiago, de 75 toneladas, por el piloto Juan Serrano. Los componentes de la expedición sumaban 265 personas y la variedad de nacionalidades confería un aire cosmopolita al conjunto de la flota. Españoles, entre ellos numerosos vascos; portugueses, flamencos, franceses, alemanes, griegos e italianos, la mayoría de estos últimos originarios de Génova. La extraordinaria movilidad de los marinos y aventureros del Mediterráneo estaba configurada en una tripulación que, finalmente, sería dramáticamente reducida por los peligros de la navegación.

Comenzaba una prolongada aventura durante tres años: desde la partida de Magallanes y sus hombres en octubre de 1519, hasta el regreso de la única embarcación superviviente, la Victoria, conducida por Juan Sebastián Elcano al puerto de Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522. De los marinos que formaban entonces las tripulaciones regresaban tan sólo 18 europeos; uno de los que había perecido durante el viaje era Hernando de Magallanes.

Antonio Pigafetta

Entre los sobrevivientes se contaba Antonio Pigafetta, autor del relato de la primera navegación alrededor del mundo. Descendiente de una familia con rango nobiliario que mantenía su residencia en Vicenza, cerca de Venecia, él mismo se presenta en su libro como: «patricio vicentino». Lo cierto es que el linaje de Pigafetta mereció ostentar un escudo de armas, que coronaba el pórtico de su casa solariega, y cuya leyenda rezaba: «Il n’est rose sans épine». Nació en fecha que oscila entre 1480 y 1491, y los estudiosos se inclinan por una u otra en referencia con la edad que le asignan al comenzar el viaje con Magallanes.

Perfeccionó su educación al servicio de Monseñor Francesco Chiericati mientras éste desempeñaba un alto cargo en la Roma de León X. Accede así el joven italiano a la aulas universitarias, donde amplía sus lecturas y conocimientos generales, y al parecer estudia el idioma francés. Cuando su protector es enviado a España en 1518 por el Sumo Pontífice, Pigafetta viaja entre sus colaboradores a la corte del Emperador para instalarse más tarde en Barcelona siguiendo al prelado. El conocimiento de las noticias que circulaban sobre los viajes de Colón, Américo Vespucio y Vasco da Gama parece haber despertado el interés del joven italiano por la navegación hacia mares y territorios desconocidos.

Por fin, durante su estancia en la corte española se informó de la expedición que preparaba Magallanes y decidió participar en ella. Así lo ha dejado explícito en la introducción a su relato, al mencionar las informaciones obtenidas en casa de su protector:

«Ahora bien, como por los libros que había leído y por las conversaciones que había sostenido con los sabios que frecuentaban la casa de este prelado, sabía que navegando en el Océano se observan cosas admirables, determiné cerciorarme por mis propios ojos de la verdad de todo lo que se contaba, a fin de poder hacer a los demás la relación de mi viaje, tanto para entretenerlos como para serles útil y crearme, a la vez, un nombre que llegase a la posteridad.»

Obtenida la autorización de Chiericati, Pigafetta se trasladó a la corte para lograr el beneplácito real y obtener cartas de recomendación destinadas a la Casa de Contratación y al propio Magallanes. Emprendió luego viaje a Sevilla, donde logró alistarse en la tripulación expedicionaria con el cargo de sobresaliente, puesto destinado por lo general a jóvenes de familia noble enrolados en busca de aventuras o experiencia
militar. Su nombre quedará asentado en el registro de navegación como «Antonio Lombardo», destinado a la nao Trinidad, capitaneada por Magallanes.

Pigafetta parece haber gozado de una constitución robusta, como él mismo afirma: «habiendo estado bien de salud para llevar mi diario». En efecto, mientras la mayor parte de sus compañeros sufrió graves padecimientos en el largo viaje, el autor de la relación no debió interrumpir sus diarias anotaciones, gracias a lo cual son bastante bien conocidos los incidentes de la navegación. Una vez de regreso en la Península, emprende, en Sevilla, una peregrinación a las iglesias de Santa María de la Victoria y de Santa María la Antigua, cumpliendo así, con sus compañeros, votos realizados en alta mar. Inmediatamente el italiano se dirigió a Valladolid, donde le fue concedida una audiencia con Carlos V:

«Entre otros objetos, le obsequié un libro escrito de mi mano, en el cual había apuntado día por día todo lo que nos había acontecido durante el viaje.»

Se trata, sin duda, de una primera redacción de la crónica relatando los sucesos de la empresa de Magallanes, y su comparación con la dedicada más tarde al Gran Maestre de Rodas sería de sumo interés. Pero de esta versión tenemos tan sólo conocimiento por el texto de Pigafetta, ya que el manuscrito no ha sido encontrado hasta el momento.

Desde España emprende una serie de viajes para visitar a personajes importantes y ofrecerles noticias de su navegación. Se dirige a Portugal, donde le recibe Juan III; en Francia obtiene audiencia de María Luisa de Saboya, madre de Francisco I, y más tarde a Mantua, siendo acogido allí por Isabel d’Este. Descansa algunos días en su hogar de Vicenza para encaminarse luego a Venecia en visita al Gran Dogo y continúa su itinerario hacia Roma. En Monterosi cumplimenta al Gran Maestre de Rodas, Felipe Villiers de l’Isle-Adam, a quien dedicará la redacción definitiva de su obra. La entrevista con el Papa Clemente VII tiene lugar en 1524, antes de su retomo a Venecia.

Los investigadores se muestran escépticos respecto de la existencia de copias enviadas a destinatarios como Juan III, Isabel d’Este o el Gran Dogo. La versión más completa es la destinada al Gran Maestre de Rodas, isla donde estuvo instalada la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, hasta que los turcos se apoderaron de la zona. La orden se vio forzada entonces a trasladar sus cuarteles generales a Italia, hasta que en 1530 encontró nuevo emplazamiento en la isla de Malta.

Algunos autores afirman que el navegante italiano pertenecía a la Orden de Rodas antes de comenzar su viaje con Magallanes; otros deducen, sin embargo, que la dedicatoria de su diario de viaje a Felipe Villiers de l’Isle Adam proporcionó a Pigafetta la investidura como caballero de la Orden. En verdad, su biografía queda, en buena parte, en la penumbra. Y después de este período resulta difícil seguir sus huellas; aunque existen algunas noticias de sus esfuerzos para lograr el permiso de edición para su obra, luego sus datos son confusos. Mientras que ciertas versiones aluden a su intervención en los combates contra los turcos en 1536, y a un posterior retiro en su ciudad natal, otras afirman que falleció en la isla de Malta entre 1534 y 1535. No obstante, la carencia de documentación que avale estas referencias mantiene la incertidumbre sobre los pasos de Pigafetta después de 1525, así como sobre la fecha de su muerte.

El viaje de circunnavegación

Sin el diario de Pigafetta, nuestros conocimientos sobre el primer viaje alrededor del mundo serían demasiado incompletos. Es que el autor comienza sus anotaciones en el momento de la partida de la flota, y finaliza sus apuntes el lunes 8 de septiembre de 1522, cuando la nave Victoria fondea en Sevilla. Se trata de la narración de una experiencia humana, vivida por el autor y sus compañeros de navegación y transmitida por un protagonista de los hechos. El autor de la relación está animado, además, por el propósito de comunicar en su texto noticias de utilidad, y por la idea de conquistar la fama, móviles revelados por el propio Pigafetta al comienzo de su diario. En consecuencia, la escritura es tarea cotidiana nunca desatendida. Anota las etapas del extenso viaje, registra los sucesos más importantes y relata, a la vez, los problemas generados por las tensiones existentes entre Magallanes y sus oficiales, sin eludir su opinión personal sobre los acontecimientos.

Según el diario de Pigafetta, una vez arribados los navíos a la isla de Tenerife y aprovisionados de agua y alimentos, el 3 de octubre partieron rumbo a las islas de Cabo Verde. Luego cursaron las aguas siguiendo la costa de Guinea, hasta Sierra Leona, orientando la navegación hacia el continente americano para desembarcar en Brasil. Nuevamente hicieron abastecimiento para continuar la ruta en dirección al Río de la Plata, que el autor nombra como «gran río de agua dulce». Desde la partida del puerto que llamaban de Santa Lucía en Brasil, hoy Río de Janeiro, hasta la entrada en el estrecho que lleva el nombre de Magallanes, han transcurrido diez meses. Las fatigas del viaje y el temor de no poder encontrar provisiones en el futuro, pues la navegación internándose en el frío Atlántico Sur parecía limitar esa posibilidad, así como la incertidumbre acerca del derrotero que se proponía seguir Magallanes, impulsaron el motín de marzo de 1520, en el puerto de la costa patagónica que denominaron San Julián.

La sublevación tuvo como cabezas visibles a Luis de Mendoza, capitán de la Victoria, Gaspar de Quesada, capitán de la Concepción, y Juan de Cartagena; contó, asimismo, con el apoyo de Antonio Coca y Juan Sebastián Elcano. Magallanes actuó con especial energía contra Mendoza, que fue ejecutado y descuartizado, y contra Quesada, también condenado a muerte. Juan de Cartagena, que junto a otros confabulados se benefició del indulto, no cejó en sus intenciones de provocar un motín, por lo que fuearrestado y abandonado en tierra cuando la flota zarpó de San Julián. Junto a él quedaba el clérigo Pedro Sánchez Reina, partícipe en la conjura. La dureza del castigo había puesto término a los amotinamientos, pero no canceló las discrepancias entre el jefe de la expedición y algunos de sus oficiales.

El 21 de octubre, la flota, reducida a cuatro naves cuando la Santiago encalló en los arrecifes de la costa, entraba por fin en el estrecho que comunica ambos océanos. Las violentas tormentas sorprenderían a las embarcaciones en la navegación por los canales, 8 pero luego de una azarosa travesía alcanzaban el otro océano:
«El miércoles 28 de noviembre desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos enseguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos por espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco.»

La San Antonio, el navío de mayor tonelaje, emprendía mientras tanto la fuga, regresando a Sevilla capitaneada por el piloto portugués Esteban Gómez. Al comenzar la travesía del Pacífico, las embarcaciones que continuaban en ruta descubrieron que las dimensiones del océano que debían atravesar superaban todos los cálculos registrados por la cartografía y los cosmógrafos; todos ellos estimaban que se alcanzaría el mar de la China y las islas de las especierías en una rápida navegación. Por otra parte, la denominación de Pacífico, escogida para el océano que exploraban, era consecuencia de un hecho que ignoraban entonces los expedicionarios: habían surcado sus aguas fuera de la estación de los tifones.

Relata entonces Pigafetta los sufrimientos ocasionados por el hambre y las enfermedades. Las muertes fueron sucediéndose, las raciones reducidas al máximo, la carencia de agua potable y la aparición del escorbuto hacían estragos en las tripulaciones, en tanto el viaje se prolongaba fuera de todo cálculo. Antes de arribar a la isla de Guam transcurrieron tres meses. Los navegantes la bautizaron «isla de los Ladrones», aludiendo al comportamiento de los nativos, carentes del concepto de propiedad privada, que tomaban los objetos que les atraían. Durante este largo período tan sólo habían tocado tierra en las islas del archipiélago actualmente identificado como Tuamotú, y que los viajeros llamaron «islas Infortunadas». El cronista las describe como: «Dos islas desiertas, en las cuales no hallamos más que pájaros y árboles». Las penurias del viaje por el Pacífico están relatadas con violento realismo:

«El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos, que habían devorado toda sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de ratas. El agua que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda. Para no morirnos de hambre, nos vimos obligados a comer pedazos de cuero de vaca con que se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos enseguida sobre las brasas. A menudo estábamos reducidos a alimentarnos de aserrín, y hasta las ratas, tan repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado, que se pagaba medio ducado por cada una.»

Desde las islas Marianas pasan a Filipinas, ingresando en sus aguas el mes de marzo de 1521; durante los seis meses siguientes visitarán diversas islas hasta alcanzar las Molucas. Magallanes proclama los derechos de España sobre el archipiélago, e interviene en la política local en favor del príncipe de la isla de Cebú, que había concertado un tratado con los expedicionarios. Precisamente, ésta es la decisión que conllevará la muerte del Capitán General, durante el combate a favor de su aliado contra los nativos de la isla de Mactan. 9

Las dificultades enfrentadas por la flota de Magallanes habían provocado la muerte de muchos hombres. Las tripulaciones son insuficientes ahora para tres naves, y deciden quemar la Concepción antes de poner rumbo a las Molucas, área que les impresiona por las noticias sobre la riqueza de sus mercaderes y la fastuosidad de los príncipes isleños. Negocian allí ventajosamente y cargan con especias los dos navíos restantes. Pero antes de partir con destino al continente europeo experimentan la pérdida de la Trinidad, en la que se descubre una vía de agua de difícil reparación. En consecuencia, muchos hombres deciden quedarse en la isla hasta ponerla nuevamente en condiciones de navegar, en tanto que, aligerada la carga, los demás embarcan de regreso a la Península Ibérica. El 21 de diciembre de 1521, la Victoria partía comandada por Juan Sebastián Elcano, marino de origen vasco sobre quien recae la responsabilidad de cumplir la etapa final del viaje de circunnavegación; 47 europeos y 13 indígenas de las islas conformaban el total de los tripulantes. El 6 de septiembre de 1522, tres años después de la partida, la nave entraba en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Dos días más tarde anclaba junto al muelle de la ciudad de Sevilla.

Organización del relato

La relación de Pigafetta, pese a presentarse como diario de viaje, incorpora muchos elementos de las crónicas de su tiempo. Aparece, con frecuencia, una fuerte proyección de lo religioso, fundamento que legitimaba entonces la conquista. Forma parte, ante todo, del conjunto de textos nacidos bajo el influjo de los modelos narrativos de la época de transición entre la baja Edad Media y el Renacimiento. Influyen, sin duda, en el autor, la obra de Marco Polo y otros libros que circularon en Italia. Algunas de estas obras, como Paesi novamente retrovati, colección de viajes editada en 1507, donde se incluye la carta de Américo Vespucio conocida como Mundus Novus, configuran, con certeza, el núcleo de las lecturas del joven Pigafetta. También los autores de la 10 Antigüedad redescubiertos por los humanistas, entre los cuales Suetonio, citado en el diario de viaje del cronista de Magallanes, o la Historia natural de Plinio, eran textos admirados entonces y que nutren muchas páginas en los relatos de viajes y de conquista al comenzar el siglo XVI.

La intención de Pigafetta es valerse del testimonio de su circunnavegación para abrirse las puertas de la fama, de proporcionarse «un nombre que llegase a la posteridad». Una serie de recursos, utilizados para mantener la tensión del relato, comunes a muchos de los cronistas, sirven de enlace entre períodos descriptivos de la narración. Largos meses de navegación, sin tocar tierra durante semanas, ausentes de acontecimientos de importancia, enlazan con el resto del relato por medio de la alusión a tempestades, naufragios o la aparición de presagios como los «fuegos de San Telmo», elementos que aproximan el texto a las formas de la epopeya.

El viaje sostiene el eje argumental del diario, en tanto que Magallanes personifica la figura del héroe. Una amplia gama de referencias sobre la personalidad del Capitán General nos lo revela así: caballero de la Orden de Santiago, se distingue del resto de los oficiales y sus actos eclipsan a los protagonizados por sus subordinados. Desde el comienzo, el diario de Pigafetta advierte de los peligros que le aguardan para cumplir con éxito su empresa:

«El capitán general Fernando de Magallanes había resuelto emprender un largo viaje por el Océano, donde los vientos soplan con furor y donde las tempestades son muy frecuentes. Había resuelto también abrirse un camino que ningún navegante había conocido hasta entonces; pero se guardó bien de dar a conocer este atrevido proyecto temiendo que se procurase disuadirle en vista de los peligros que había de correr y que le desanimasen las tripulaciones. A los peligros naturales inherentes a esta empresa, se unía aún una desventaja para él, y era que los comandantes de las otras cuatro naves, que debían hallarse bajo su mando, eran sus enemigos, por la sencilla razón de que eran españoles y Magallanes portugués.»

En estas frases, que introducen al primer libro del diario de viaje, está presentida toda la trama narrativa: peligros, rutas desconocidas y el anuncio de la hostilidad que se incubaba entre sus propios oficiales. Magallanes, depositario del secreto que le permitirá cumplir con éxito su misión, podrá sortear estas dificultades porque está dotado de prudencia, energía y espíritu cristiano, elementos siempre presentes en la épica caballeresca:

«Este hombre, tan hábil como valeroso, sabía que era necesario pasar por un estrecho muy oculto, pero que él había visto figurado en un mapa que el rey de Portugal conservaba en su tesorería, construido por Martín de Bohemia, muy excelente cosmógrafo.»

El texto de Pigafetta es demostrativo de una estrategia narrativa que diseña, con mayor intensidad a medida que avanza el relato, el comportamiento ejemplar del héroe. Magallanes impone una severa disciplina destinada al mayor éxito de la expedición; mantiene una actitud amistosa con las tribus de la costa atlántica americana; actúa con gran severidad en el castigo de los complotados de San Julián, que podían frustrar el proyecto de alcanzar las Molucas navegando a través del estrecho; demuestra señorío y astucia en sus contactos con los príncipes de las islas Filipinas y, como representante del rey de España, intenta ganar alianzas para la corona y extender el ámbito de la fe cristiana. 11
Este mismo celo precipita la muerte de Magallanes en combate contra los indígenas de Mactan, que resisten admitir la soberanía de Carlos V. En el combate, al igual que en la tradición epopéyica, los enemigos concentran sus ataques sobre el Capitán General, y éste resiste a pie firme mientras sus hombres se ponen a salvo. Así relata Pigafetta la muerte de Magallanes:

«Cuando cayó y se vio rendido por los enemigos, se volvió varias veces hacia nosotros para ver si habíamos podido salvamos. Como no había ninguno de nosotros que no estuviese herido, y como nos hallábamos todos en la imposibilidad de socorrerle o de vengarle, nos dirigimos en el acto a las chalupas que estaban a punto de partir. Fue así como debimos la salvación a nuestro comandante, porque en el instante en que pereció, todos los isleños se dirigieron al sitio en que había caído.»

Parece un hecho contrastado el antagonismo que Pigafetta mantiene contra los oficiales subordinados a Magallanes, en especial frente a Elcano. En consecuencia con esta actitud, la relación, a partir de la figura del Capitán General, aparece nítidamente dividida en dos partes. Magallanes es convertido, ya lo hemos analizado, en figura heroica; difícil resulta suponer que entre sus oficiales no existiera un hombre capaz de sobresalir del resto de los tripulantes. No obstante, a partir de la muerte del navegante portugués que conducía la expedición, la figura del jefe de la flota se desdibuja, o simplemente desaparece. Es cierto que Pigafetta nos informa que los capitanes serán ahora el portugués Duarte Barbosa y el español Juan Serrano. Pero desde ese instante y hasta la llegada a Sevilla, las decisiones y negociaciones aparecen mencionadas en plural; resulta imposible distinguir quién es el autor de las órdenes. Y algo aún más llamativo: Juan Sebastián Elcano, sobre quien recae la responsabilidad de la navegación de regreso de la nao Victoria, cerca de nueve meses capitaneando la expedición, no es mencionado una sola vez en el diario de Pigafetta.

Realidad y ficción

En los textos de comienzos del siglo XVI puede advertirse un predominio de la información geográfica y etnográfica; se trata de difundir, mediante detalladas descripciones, el espectáculo sin precedentes abierto por los viajes y descubrimientos. El historiador suizo E. Fueter ha señalado que los cronistas del siglo XVI «tenían que enfrentarse con pueblos de quienes nada habían dicho los antiguos». Por esa razón, los autores de los testimonios evocaron, en sus relaciones, las imágenes producidas en elmarco cultural de la época, y al relevamiento cartográfico, a la riqueza de noticias sobre la naturaleza, se unen las historias fabulosas. Así lo demuestran los primeros escritos sobre el Nuevo Mundo, como los Diarios de Colón, las Cartas de Américo Vespucio o los primeros cronistas de la conquista.

Este es el clima intelectual que reconoce la obra de Pigafetta. De ahí el considerable espacio entregado en la obra a la descripción de los rasgos físicos y las formas de vida de los pueblos conocidos durante la travesía. Anotó casi todo aquello que pudo verificar sobre los habitantes de las regiones visitadas, e hizo mención de los datos recogidos por vía indirecta. Su diario incluye datos como las formas de vida material y social, información sobre el ceremonial religioso, de los hábitos sexuales cuyos detalles describe con minuciosidad, referencias a la estructura del poder, situación política entre 12 los distintos reinos de las Filipinas y las Molucas, y también sobre sus relaciones comerciales.

Animado por su espíritu compilador, Pigafetta reúne, trabajosamente, vocabularios de las lenguas indígenas. Se trata de una labor rudimentaria, pero los estudiosos modernos han reconocido sin dificultad palabras guaraníes, tehuelches y malayas, así como numerosos nombres geográficos. El propio autor narra sus métodos para establecer comunicación con los nativos cuyos dialectos desconocía, recurriendo a gestos y a la intervención del intérprete Enrique, un nativo de Sumatra esclavo de Magallanes, para recoger en sus notas las palabras que conformarían sus listas de vocablos. Incluye también interesantes noticias sobre las especies entonces desconocidas, pero su interés por la naturaleza queda reducido a la prolija descripción de las novedades ofrecidas por la fauna y la flora. Resulta, en cambio, llamativa su ausencia de sensibilidad por el paisaje, un hecho verificable por lo demás en casi todos los cronistas de la época. Si bien el diario de Pigafetta incluye anotaciones de las tierras americanas, donde son reconocibles el pécari, el lobo marino, el guanaco y el pingüino, por ejemplo, los detalles más extensos se encuentran —dado el propósito de la expedición— cuando las naves tocan las Filipinas y las Molucas. Detalla entonces el betel, el jengibre, el clavo de olor, el alcanfor y la canela, de cuyo árbol y producción toma cuidadosas notas.

También aflora en su texto la atracción por lo fabuloso. Así, nos habla del árbol que produce agua en la isla de Tenerife y que crece en zona donde jamás llueve. Los gigantes patagones de la costa atlántica del Nuevo Mundo tienen clara reminiscencia de los libros de caballería: «Este hombre era tan alto —escribe— que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura.» En verdad, también Américo Vespucio habla de gigantes cuando navega las costas de América del Sur. Pigafetta recoge en su libro la leyenda que le relatan en la isla de Cebú, acerca del pájaro negro que se introduce en la boca de las ballenas para arrancarles el corazón; de las hojas del árbol de Borneo que tienen vida propia; del árbol existente en el golfo de China:

«… donde se posan ciertas aves llamadas garuda, tan grandes y tan fuertes que levantan un búfalo y aun un elefante, y le llevan volando al sitio en que está el árbol.»

En la navegación por las Molucas tocan en unas islas donde el italiano parece aludir al mito de las amazonas:

«Tan pronto como sus mujeres nos percibieron se abalanzaron hacia nosotros con el arco en la mano y en una actitud amenazante.»

La historia de los pigmeos de la isla de Arucheto, similar a una leyenda incluida ya en la obra de Estrabón, describe hombres y mujeres que:

«No pasan de un codo de alto y que tienen las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de frazada.»

¿Recurso narrativo para hacer más atrayente su diario, o sencillamente ingenuidad, como afirman algunos autores? A esto responderemos con las apreciaciones de Enrique Pupo Walker, quien señala una intensa recuperación de los mitos y leyendas medievales y su influencia en la configuración descriptiva de los mundos que descubre el europeo del siglo XVI. Y esta manera de poblar las nuevas tierras con antiguas ficciones impregnó las 13 crónicas de la época. La Edad Media elaboró una geografía mitológica donde los teólogos ubicaban el paraíso terrenal; tanto Colón como Vespucio incluyen en sus escritos algunos signos que anunciarían la proximidad del mismo cuando exploran el Nuevo Mundo. A su vez, Pigafetta incluye en las páginas de su diario la leyenda del «pájaro de Dios», procedente de la isla de Bachian, y escribe: «Se dice que provienen del paraíso terrenal».

Manuscritos y ediciones

Según el texto de Pigafetta, habría dejado una copia de su Diario en manos del Emperador Carlos V cuando visita Valladolid en 1522; otro, en poder de María Luisa de Saboya, madre del rey de Francia Francisco I; en su visita al Papa Clemente VII habría prometido enviar un ejemplar del manuscrito y, finalmente, dedicó su libro al Gran Maestre de Rodas. El manuscrito original de Pigafetta parece definitivamente perdido, y es difícil precisar el idioma en que fue redactado el diario de viaje; algunos estudiosos afirman que, siendo el francés la lengua utilizada por los Caballeros de San Juan de Jerusalén, el ejemplar destinado a Felipe Villiers de l’Isle-Adam habría sido redactado en ese idioma. No obstante, parece improbable que el navegante italiano lograra una correcta escritura en francés, por lo cual muchos autores se inclinan por la existencia de un primer texto en su lengua nativa.

Los cuatro manuscritos que hoy se conocen están dedicados al Gran Maestre de Rodas: tres de ellos en francés, y otro en italiano, pero sin presentar sensibles diferencias en su contenido. De las copias francesas, dos se encuentran en la Biblioteca Nacional de París, y la otra en Nancy, en manos privadas; el texto italiano, conocido como Codex

Ambrosiano, fue descubierto en la Biblioteca Ambrosiana por Cario Amoretti, quien trasladó el texto al italiano de su tiempo y lo publicó en Milán en 1800.

Pero desde el siglo XVI se conocen ediciones del diario de Pigafetta, aunque ninguna de ellas completa, hasta que Amoretti editó el manuscrito ambrosiano. María Luisa de Saboya encomendó, en 1524, la traducción y edición de la obra a Jacques Fabre, humanista de su corte. La versión de Fabre fue publicada en París por Simón de Colines, aproximadamente en 1525, con el título: Le voyage et navigation faict par les Espaignolz es Isles de Mollucques. Se trata de una edición que contiene solamente un extracto del relato de Pigafetta; más tarde, Gian Battista Ramusio fue, probablemente, el responsable de la edición italiana de 1536, que no mejora la que diera a conocer Fabre. Ésta integró la colección de viajes que el mismo Ramusio daría a la prensa en 1550, y luego sería traducida al inglés por Richard Edén en 1555

El texto italiano, editado por Amoretti en 1800, lleva el siguiente título: Primo Viaggio in torno al Globo Terracqueo ossia ragguaglio della Navigazione alle Indie Orientali per la vía d’Occidente fatta dal Cavaliere Antonio Pigafetta Patrizio Vicentino, Sulla Squadra del Capit. Magaglianes negli anni 1519 -1522. El mismo Amoretti tradujo esa versión al francés y la publicó en París, en 1801, bajo el epígrafe: Premier Voyage autour du Monde par le chev. Pigafetta sur l’escadre de Magellan, pendant les années 1519, 20, 21 et 22. Ambas ediciones del conservador de la Biblioteca Ambrosiana recogen también un Tratado de Navegación escrito por Pigafetta.

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