Mariátegui, el revolucionario

por Julio Huasi.

( Revista Punto Final – Abril de 1967)

José Carlos Mariátegui nació en Perú en 1895 para gloria de los pueblos de América y del marxismo-leninismo. Resulta injusto y amargo tratar de llenar estas escasas carillas con la esencia de su pensamiento. Pero no disponemos de toneladas de papel ni de espacio, y entre tanto desconocimiento, entonces, valga todo esto antes que nada. Aunque mejor que comentarlo seria editar sus obras completas y que nunca falten para la sed y el estudio de los marxistas y de los patriotas antimperialistas. Dijo de él Waldo Frank: “Mariátegui es un revolucionario sin ser un mecanólatra, y es un artista, un actuador de belleza, sin ser un mero esteta”.

El teórico, el político

Descendiente por vía materna del cacique La Chira, masacrado por los conquistadores; mestizo, huérfano de padre, con una madre modista cosiendo hasta el amanecer para que la prole comiera, obrero desde los once años, periodista a los diecisiete; rebelde y revolucionario desde siempre, el fundador del P. Comunista peruano fue un introductor del marxismo-leninismo sobre una base auténticamente americana.

En sus escritos no se nota el tono extraño, la inflexión traducida. No cayó en la “esclavización” de la teoría, supo develar en ella su condición creadora y nacional. El revolucionario de la 3.a Internacional supo ser un auténtico y profundo internacionalista, pues fue un lúcido nacionalista. Dijo en todos los tonos: “peruanicemos al Perú”. Su nacionalismo fue proletario, clasista, no burgués. Nadie pudo ni en broma, motejarlo de “moscovita”. No fue servil, seguidista, un simple “amigo” de la URSS. No agregó ni quitó falsos aditamentos al marxismo-leninismo.

Preanunció en cierto modo, el tono realmente americano que consumó en nuestros días la Revolución Cubana. Creador, niega el escepticismo pequeño-burgués: “… es infecundo y el hombre no se conforma con la infecundidad”. Lleva el periodismo al grado de arte. No mecaniza, no hace rígido ni barato su marxismo. Cree en la fuerza decisiva de lo subjetivo. No cree que el poder de los revolucionarios radique sólo en su ciencia: “… está en su fe, en su pasión, en su voluntad”.

La belleza, la hondura de pensamiento y estilo de “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana” y “En Defensa del Marxismo”, son insuperables. Sólo Aníbal Ponce se le puede parangonar. Su valentía no es estridente, pero no padece declinaciones. No se consideraba -a pesar de su inmensa cultura- un intelectual por encima de las masas: “Los profesionales de la Inteligencia no encontrarán el camino de la fe; lo encontrarán las multitudes”. ¿De qué fe nos habla? De la fe en la lucha revolucionaria. Antimperialista, no teme citar a Ugarte. Sabe discutir ideológicamente sin recurrir a las bajezas del arsenal fascista que, paradójicamente, impuso el stalinismo. “El hombre llega para partir de nuevo” dice hablando acerca de la lucha final. En los azares y golpes de la lucha jamás se le cae la dialéctica de los bolsillos. No teme admirar a Einstein, a Freud, ni a nadie que respete. Pero se cuida de no convertirse en epígono, en repetidor ocioso y burocrático de los fenómenos de su época. No se casa sino con la condición redentora y científica del marxismo. Ama al “ideólogo realizador”, no al memorista de citas. Escuchémosle: “Ninguna revolución se ha cumplido sin tragedia… No se ha inventado aún la revolución anestésica, paradisíaca… La revolución no es una idílica apoteosis de ángeles del Renacimiento, sino la tremenda y dolorosa batalla de una clase por crear un orden nuevo… Y la revolución rusa en Lenin, Trotsky y otros, ha producido un tipo de hombre pensante y operante que debía dar algo que pensar a ciertos filosofistas baratos… Es absurdo buscar el sentido ético del socialismo en los sindicatos aburguesados -en los cuales una burocracia domesticada ha enervado la conciencia de clase- o en los grupos parlamentarios, espiritualmente asimilados al enemigo que combaten con discursos y mociones…”.

En Unamuno descubre con alborozo una respuesta de Lenin a quienes le pedían prudencia porque la realidad no se prestaba para sus planes insurreccionales: “Tanto peor para la realidad”. Combate al reformismo en todas sus formas. Funda federaciones campesinas, la central obrera, el partido revolucionario; periódicos clasistas, desde su silla de ruedas. “El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario -vale decir, donde ha sido marxismo- no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido…

Mariategui y el arte

Ya líder político de auténtica raíz y talla continental, ya en la teoría o la creación concreta, no encontró necesario convertirse en proletarista. Defendió y promovió de un modo impar ya fuera la raíz nacional en el arte como la herencia universal de la cultura. Moderno en todos los sentidos de la palabra protegió del brulote sectario la obra de los artistas realmente nuevos. “El Alma Matinal”, “La Novela y la Vida”, “El Artista y la Época” y el último de sus célebres siete ensayos peruanos,“El Proceso de la Literatura”, pueden demostrarlo mil veces mejor que nosotros.

Sólo podemos alcanzar al lector citas goteantes del contexto vivo de su prosa. Pero no viene mal citarlo ahora que algunas celebridades de izquierda se ponen exhibicionistas anteojos pop o departen amablemente con la flor de la banca y el antipueblo. Dice a dúo con Bernard Shaw: “Toda persona realmente revolucionaria es hereje”.

La literatura para él no es un lujo sino un pan, pero no puede dejar de ser un arte. “La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre… Un arte consagrado por sus peritos y tasadores”. Denuncia los peligros del mercado, las clientelas burguesas, la publicidad oficial. Defiende la imaginación, la fantasía, lo inverosímil en arte. Combate el naturalismo, el realismo estéril, el populismo, la fotografía seudo-proletaria y seudo-combativa. “Nos importará siempre más una página de Proust o Gide que todos los volúmenes del populismo”. Sostiene la condición de verdadera modernidad de los surrealistas y fustiga la no-violencia de Rolland. “El gran artista no fue nunca apolítico… El arte es sustancial y eternamente heterodoxo”. Rechaza el bonapartismo del film “Iván el terrible”. Adivina la universalidad del grotesco chapliniano, del “clownismo”, el carácter social de toda sátira. Resalta a Isadora Duncan, quien dijera: “Con mí túnica roja siempre he bailado la Revolución y he llamado a las armas a los oprimidos”.

Previene contra el éxito fácil, toma suyo un juicio de Víctor Serge acerca de que los poetas fueron los únicos que no emigraron y se sumaron a la Revolución de Octubre, intuye el fondo revolucionario de los murales de Rivera; no teme mentar “Literatura y Revolución” de Trotsky. “El intelectual necesita apoyarse en una creencia, un principio que haga de él un factor de la historia”. Destruye con genio la acusación de decadentes que algunos soviéticos y otros marxistas desplomaban sobre Picasso, Breton, Eluard, Tzara, Matisse y todos los surrealistas. Subraya el fondo nuevo de ese arte apoyándose en Rimbaud. “Yo no me sentiría nunca lejano del nuevo realismo en compañía de los surrealistas”. ¿Actitud snob, estetizante? No, visión sagaz de lo nuevo, actitud contraria a la esencia conservadora y reaccionaria de le tradicional inmanente, estático. Pero no se dejaba engañar con formas nuevas envolviendo ideas regresivas: “… Lo único que no se puede recrear ficticiamente: el espíritu… Ninguna estética puede rebajar el trabajo artístico a una cuestión de técnica… La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también… El sentido revolucionario está en el repudio, en el desahucio, en la befa del absoluto burgués”.

¿De no morir en 1930, cuánto le hubiera tocado sufrir por sus ideas estéticas y por la originalidad americana de su formulación política? Congrega toda su artillería contra el “españolismo” de muchos literatos de América. Les exige autenticidad y raigambre nacionales. Los moteja de “colonialistas”, “emigrados” mentales. Fue el primer marxista que denunció el cipayismo cosmopolita de los liberales “Izquierdistas”. Ridiculiza el flanco galicista, verleniano del gran Dario. Aplaude el carácter revolucionario, el acto de soberanía del “indigenismo” no pintoresco. Y descubre como a un diamante, casi como si lo inventara (pues era la presencia que él reclamaba) a quién es -a nuestro entender el más universal y americano de los poetas de América: César Vallejo. “Vallejo siente todo el dolor humano… Intérprete del universo, de la humanidad”. La historia suele ser injusta con la historia, se traiciona a menudo. A pocas horas del balazo que Maiakosky se descerrajara en la sien, muere Mariátegui en plena juventud, a los 35 años. También Lenin murió cuando la revolución más lo necesitaba. Ambos, de haber vivido más, no hubieran permitido a la historia ciertos horrores, ciertas aberraciones. La muerte, la gran acreedora, se cobra siempre la libra de mejor carne. Y es la vida la que debe cerrar sus tejidos, procrear nuevos y más bellos cachorros.

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