¿Que es la enajenación? por Erich Fromm

Quien no ha sido obstinado acusador durante la prosperidad, debe callarse ante el derrumbamiento”.

Víctor Hugo: Los miserables

La salud mental y la supervivencia de la civilización exigen que renazca el espíritu de la Ilustración, un espíritu inflexiblemente crítico y realista, pero liberado de sus prejuicios excesivamente optimistas y racionalistas, y que a la vez se reaviven los valores humanistas, no proclamados, sino practicados en la vida personal y en la vida social. Creo que el individuo no puede entablar estrecha relación con su humanidad en tanto no se disponga a transcender su sociedad y a reconocer de qué modo ésta fomenta o estorba sus potencialidades humanas. Si le resultan «naturales» las prohibiciones, las restricciones y la adulteración de los valores, es señal de que no tiene un conocimiento verdadero de la naturaleza humana. Creo posible la realización de un mundo en que el hombre pueda “ser” mucho aunque “tenga” poco. ”

en pdf Aquí ¿Que es la enajenación? por Erich Fromm

Erich Fromm

EL HUMANISMO COMO UTOPÍA REAL

(1960)

CAPITULO I

b) La enajenación como enfermedad del hombre moderno.

c) La indiferencia como nueva manifestación del mal.

b) La enajenación como enfermedad del hombre moderno

Ahora quisiera entrar un poco más detalladamente en lo que, a mi parecer, es lo decisivo de este «malestar », de esta «enfermedad del siglo». Lo esencial de la enfermedad que padece el hombre moderno es la enajenación. Después de haberse olvidado durante decenios, el concepto de la enajenación ha recobrado popularidad últimamente. Hegel y Marx lo emplearon, y con razón, podrá decirse que la filosofía del existencialismo es en el fondo una rebelión contra la creciente enajenación del hombre en la sociedad moderna.

¿Qué es propiamente la enajenación? Dentro de nuestra tradición occidental, lo que significa la enajenación representó ya un papel importante, aunque no bajo el título de «enajenación», sino bajo el título de «idolatría», como lo emplearon los profetas. Muchos creen ingenuamente que la diferencia entre la llamada idolatría y la fe monoteísta en un solo Dios verdadero no es sino una diferencia numérica: los paganos tenían muchos dioses, mientras que los monoteístas creen en un solo Dios. Sin embargo, no es ésta la diferencia esencial. Para los profetas del Antiguo Testamento, lo esencial del idólatra es que adora la obra de su mano. Toma un trozo de madera, lo corta a la mitad, y con una mitad hace fuego, por ejemplo, para cocinar una torta; y con la otra mitad del trozo de madera, se talla una figura para adorarla. Y sin embargo, lo que adora es una cosa. Es una cosa que tiene nariz, pero no huele, tiene orejas pero no oye, tiene boca y no habla.

¿Qué ocurre en la idolatría? Entendiéndola como la entendieron los profetas, ocurre en ella exactamente lo que, según Freud, sucede en la “transferencia”. En mi opinión, la transferencia que conocemos en el psicoanálisis es una manifestación de la idolatría. El hombre transfiere la vivencia de sus propias actividades o de sus propias experiencias —de su capacidad de amar, de su facultad de pensamiento— a un objeto exterior. Este objeto puede ser otro hombre o una cosa de madera o de piedra. En cuanto el hombre ha establecido esta relación de transferencia, ya sólo entra en relación consigo mismo a través de su sumisión al objeto al que ha transferido sus propias funciones humanas. Amar de manera enajenada, idolátrica, significa entonces: yo amo sólo si me someto al ídolo al que he transferido mi bondad. O bien: yo sólo soy bueno si me someto al ídolo al que he transferido mi bondad. Y lo mismo sucede con la sabiduría, con la fuerza, e incluso con todas las cualidades humanas.

Cuanto más poderoso sea el ídolo, es decir, cuanto más yo le transfiera de mi esencia, tanto más pobre seré yo y tanto más dependeré de él, porque estaré perdido si lo pierdo a él, a él a quien todo lo he transferido. Latransferencia del psicoanálisis no es fundamentalmente diferente. Claro que, en este caso, se trata casi siempre de transferencias paternales y maternales, porque el niño ve en el padre y en la madre aquellos a quienes ha transferido sus propias experiencias. Pero lo esencial no es que el niño transfiera al padre y a la madre, sino el hecho mismo de la transferencia por la cual el hombre inmaduro se busca un ídolo. Si encuentra un ídolo al que pueda adorar toda su vida, no tendrá ya que desesperar. Éste es uno de los motivos, a mi parecer, de por qué a muchos les gusta tanto ir al psicoanalista y no quieren dejar de ir, y de por qué sociedades enteras eligen unos supuestos caudillos tan vanos y mudos como los ídolos de la antigüedad, pero que también estimulan la transferencia como sometimiento.

Naturalmente, en la sociedad moderna ya no hay un Baal ni una Astarté. Pero como solemos confundir las palabras y los hechos, estamos muy dispuestos a convencernos de que ya no existen los hechos cuando las palabras han dejado de decirse. En realidad, volvemos a vivir hoy en una sociedad que, en comparación con siglos pasados, es mucho más pagana e idolátrica.

En Hegel y en Marx, enajenación significa también que el hombre se pierde y deja de sentirse como el centro de su actividad. El hombre tiene mucho y utiliza mucho, pero es poco: “Cuanto menos eres, cuanto menos exteriorizas tu vida, tanto más tienes, tanto mayor es tu vida enajenada y tanto más almacenas de tu esencia extrañada” (Marx, Manuscritos, pág. 160). El hombre no sólo es poco, sino que no es nada, porque está dominado por las cosas y las circunstancias que él mismo ha creado. Es el aprendiz de brujo, el golem. La obra de su mano domina al hombre moderno. Él mismo se convierte en cosa. Él no es nada, pero se siente grande porque se siente uno con el Estado, con la producción o con la empresa. No es nada, pero cree serlo todo.

El hombre moderno queda constituido por las cosas que él crea. Por ilustrarlo con una observación cotidiana: cuando vemos una vez en la realidad a alguien que conocemos por la televisión decimos:“¡Es igual que en la televisión!”. Porque la realidad es el televisor, y por esta realidad se mide si es acertada la percepción de la persona tal cual es de veras. Si es como lo vemos en la televisión, entonces es cierta nuestra percepción de la realidad. La realidad está en la cosa de fuera y el hombre real no es más que una sombra de esa realidad. La percepción de la realidad que tiene el hombre moderno se distingue fundamentalmente de la que tiene la gente en el cuento (de Hans Christian Andersen) de los nuevos vestidos del rey. En realidad, el rey está desnudo, pero todo el mundo, a excepción del niño, cree ver el maravilloso vestido. Todos están convencidos de antemano de que el rey debe llevar magníficos ropajes (de modo que se rechaza la propia percepción de ver desnudo al rey, y todos obedecen a la imagen que se han hecho de él). Este fenómeno de ver los vestidos de un rey que va desnudo, se produce desde hace muchos, muchísimos siglos. De esta manera es también como han podido llegar a gobernar unos hombres de lo más estúpidos: han hecho creer que eran sabios… y cuando llegaba el momento de tener que demostrarlo, solía ser ya demasiado tarde.

En el cuento de los nuevos vestidos del rey, de todos modos, hay un rey. La cosa está sólo en que va desnudo, pero todo el mundo cree verlo vestido. Hoy, en cambio, ¡ni siquiera hay rey! Hoy, el hombre sólo es real en tanto esté fuera, no importa dónde. Es constituido por las cosas, por la propiedad, por su papel social, por su «personaje»; pero como hombre vivo no es real. Las armas atómicas simbolizan de modo extremadamente trágico y horrible lo que es la enajenación.

Las armas atómicas son obra del hombre. Son, efectivamente, una manifestación de sus grandes logros intelectuales y, sin embargo, las armas atómicas nos dominan. Entretanto, ha llegado a ser muy dudoso que nosotros las dominemos. Nosotros, los hombres vivientes, los hombres que queremos vivir, nos hemos convertido en unos hombres impotentes, pero aparentemente omnipotentes. Nosotros creemos dominar y, sin embargo, somos dominados…, no por un tirano, sino por las cosas, por las circunstancias. Nos hemos convertido en unos hombres sin voluntad ni meta. Hablamos del progreso y del futuro, cuando en realidad nadie sabe a dónde va, nadie dice cómo se va, y no hay nadie que tenga una meta. En el siglo XIX pudo decirse: Dios ha muerto.

En el siglo XX hay que decir: el hombre ha muerto. Hoy rige la consigna: “¡El hombre ha muerto!, ¡viva la cosa!”, “¡El hombre ha muerto!, ¡viva su producto!”. Quizá no haya ejemplo más espantoso de esta nueva inhumanidad que la idea, proyectada actualmente, de la bomba neutrónica. ¿Qué hará la bomba neutrónica? Aniquilará todo lo vivo, dejando intacto todo lo no vivo: cosas, edificios, calles… (…)

c) La indiferencia corno nueva manifestación del mal

Teniéndolo todo en cuenta: la enajenación, la cosificación del hombre, la pérdida del dominio de sí mismo y el haberse dejado dominar por las cosas y las circunstancias que él crea, puede decirse entonces que el concepto del mal ha sufrido una transformación fundamental.

Hasta ahora se creía que el mal era humano. Todos nosotros somos criminales, del mismo modo que todos nosotros somos santos. Cada uno de nosotros es bueno y cada uno de nosotros es malo. Y precisamente porque el mal también es humano podemos comprenderlo, con tal de que también lo veamos dentro de nosotros. Ésta es además —o debiera ser— una de las aptitudes más importantes del psicoanalista: no tener miedo al mal que hay en el otro porque él mismo experimenta en su interior el mal como algo humano.

Lo que hoy ocurre es una cosa fundamentalmente distinta: no se trata ya del mal frente al bien, sino de que hay una nueva inhumanidad: la indiferencia. Es la total enajenación de la vida, la total indiferencia frente a ella. Quisiera ilustrar esta nueva inhumanidad en dos fenómenos: el fenómeno de Eichmann y el fenómeno de la estrategia atómica.

Adolf Eichmann no da la impresión de ser particularmente malo, sino más bien de estar totalmente enajenado. Es un burócrata para quien no hay diferencia especial entre matar a alguien o cuidar de un niño. Para él, la vida ha dejado por completo de ser nada vivo. Él organiza. Y organizar se le convierte en fin en sí mismo, trátese de muelas de oro o de cabellos de gente asesinada, o de ferrocarriles y toneladas de carbón. Para él, todo es completamente indiferente. Cuando Eichmann se defiende diciendo que sólo era un burócrata y lo único que hacía era regular horarios y convoyes de trenes, no le falta toda la razón. Yo creo que, actualmente, todos tenemos un poco de Eichmann.

Los argumentos de este hombre no son tan diferentes de los que aducen hoy los estrategas atómicos. Citaré como ejemplo a uno de los estrategas estadounidenses más importantes: Herman Kahn. Dice que, si en los tres primeros días de una guerra atómica mueren sesenta millones de compatriotas suyos, eso sería soportable; pero que si mueren noventa millones, eso sería demasiado. Se trata del mismo cálculo, del mismo balance de vida y muerte que a su modo conocía Eichmann cuando mandaba gente al matadero.

Precisamente este señor Kahn ha dicho algo tremendo, muy explicativo de lo que estoy diciendo. Porque ha dicho en la Comisión Conjunta de Energía Atómica, el 26 de junio de 1959, y ha escrito en su libro On Thermonuclear War (1960, pág. 47): “La guerra es, desde luego, una cosa terrible. Pero la paz también es terrible. Y el saber cuánto más terrible es la guerra atómica que la paz es sólo una cuestión de cálculo”. Y cuando entonces le preguntaron unos periodistas cómo podía decir eso, tuvo el valor de contestar, un valor nada corriente: “Pues, ¿qué quieren? En el fondo, nadie está contento. Entonces, ¿qué diferencia hay?” (H. Kahn, en el número del San Francisco Chronicle del 27 de marzo de 1961). Desde el punto de vista clínico, calificaríamos de depresivo grave a un hombre que, con toda la seriedad del mundo, dice que antes de nada se debería calcular cuánto más horrorosa sería la guerra en cornparación con la paz. Supondríamos que semejantes actividades son lo único que tiene para defenderse del suicidio. En realidad, debiéramos decir que está loco y que debemos compadecerlo. Pero lo terrible es que este hombre no es ninguna excepción, que son millones los que piensan como él. Esta actitud de hombre deshumanizado, de hombre que no se preocupa del hombre, que no sólo no es el guardián de su hermano, sino que tampoco es siquiera su propio guardián es una actitud característica del hombre enajenado. ”

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