¿GOBIERNO OBRERO Y POPULAR, SIN REVOLUCIÓN SOCIAL?

Sugerencia bibliográfica a modo ilustrativo…

(En un simple ejercicio de imaginación al estilo Pancho de Mac`Donnell.. , “que hubiera pasado si lloviera de abajo hacia arriba”… reemplace el lector “Alemania” por “Argentina” y “Rusia” por “Venezuela”…)

Karl Marx 1869

MARX Y LA REVOLUCIÓN PERMANENTE
Fragmento – “Mensaje del comité central a la liga de los comunistas”
Carlos Marx

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE
Articulo completo – ”La revolución permanente”
Franz Mehring

EL ABC DE LA DIALÉCTICA MARXISTA
Fragmento – “En defensa del marxismo”
León Trotsky

INSTRUMENTO Y MOMENTO
Fragmento – “Notas sobre Maquiavelo. Sobre política y el estado moderno”
Antonio Gramsci

MARX Y LA REVOLUCIÓN PERMANENTE
Mensaje del comité central a la liga de los comunistas
Carlos Marx. 1850

 

…Cuáles son, se preguntará, las medidas que los obreros deberán proponer en oposición a las de los demócratas burgueses. Es evidente que en los primeros momentos del movimiento no podrán proponer medidas puramente comunistas, pero si pueden

1. Obligar a los demócratas a irrumpir en todas las esferas posibles del régimen social existente, a perturbar su curso normal, forzarles a que se comprometan ellos mismos y concentrar el mayor número de fuerzas productivas, medios de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc., en manos del Estado.

2. Los obreros deberán llevar al extremo las propuestas de los demócratas, que, como es natural, no actuarán como revolucionarios, sino como simples reformistas. Estas propuestas deberán ser convertidas en ataques directos contra la propiedad privada. Así, por ejemplo, si los pequeños burgueses proponen el rescate de los ferrocarriles y de las fábricas, los obreros deben exigir que, como propiedad de los reaccionarios, estos ferrocarriles y estas fábricas sean simplemente confiscados por el Estado sin ninguna indemnización. Si los demócratas proponen impuestos proporcionales, los obreros deben exigir impuestos progresivos. Si los propios demócratas proponen impuestos progresivos moderados, los obreros deben insistir en un impuesto cuya tarifa crezca en tales proporciones que provoque la ruina del gran capital. Si los demócratas piden la regularización de la deuda pública, los obreros deben exigir la bancarrota del Estado. Así pues, las reivindicaciones de los obreros deben regirse en todas partes por las concesiones y medidas de los demócratas. (…) Su grito de guerra ha de ser: la revolución permanente”

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE

Franz Mehring

(1 de noviembre de 1905)

publicado en Die Neue Zeit, 24º año, 1er. Volumen, nº 6. 1905-1906 en Les Cahiers du C.E.R.M.T.R.I. N° 115, diciembre de 2004-enero de 2005, París, Francia, pág. 33. Marxists Internet Archive, agosto 2006.

Berlín, 1 de Noviembre de 1905

 

Feliz quien ha podido vivir este glorioso año, el año de la revolución rusa, que no tendrá menos importancia en los libros de historia que la que antaño tuvo la revolución francesa de 1789. Todas las revoluciones del siglo XIX no han sido más que retoños de esta revolución, retoños auténticos, a veces un poco débiles, lo que vale incluso también para el movimiento europeo de 1848. Por poderoso que haya sido este movimiento, y por lejos que hayan llegado sus efectos indirectos, sin embargo, solamente ha sacado las consecuencias del año 1789 para el continente europeo y sus oleadas han reculado frente a la muralla de la frontera rusa.

Lo que distingue la gran revolución rusa de la gran revolución francesa es que aquella fue dirigida por el proletariado consciente de ser una clase. La Bastilla también fue tomada por asalto por los obreros de los suburbios de Saint Antoine, también son los obreros berlineses los que han triunfado sobre los guardias prusianos en la victoria del 18 de marzo de 1848 sobre las barricadas. Pero los héroes de estas revoluciones al mismo tiempo han sido sus víctimas; desde el día de su victoria, la burguesía les ha arrebatado su victoria. Y de esto se han muerto finalmente las revoluciones basadas en el modelo de 1789; la contrarrevolución tuvo tal desarrollo en 1848 y 1849 porque los obreros estaban cansados de sacar las castañas del fuego y de ser engañados por los que consumían las castañas, porque su conciencia de clase no estaba lo suficientemente desarrollada para sacar provecho para sí mismo entre el poder feudal y la traición de la burguesía.

Lo que fue la debilidad de la revolución europea de 1848 es la fuerza de la revolución rusa de 1905. Su protagonista es un proletariado que ha comprendido esta “revolución permanente” que la Nueva Gaceta Renana había predicado para orejas todavía sordas. Mientras que su sangre corría a mares bajo los golpes de fusil y de sable de los verdugos del zar, los obreros rusos, con una fuerza obstinada, mantuvieron firmes sus objetivos, y el arma poderosa que constituye la huelga política de masas le permitió quebrar el poder zarista hasta sus cimientos. En el último manifiesto del zar, el despotismo asiático abdica para siempre; al prometer una constitución, cruza el Rubicón, más allá del cual ningún retorno es posible. Esto es un primer triunfo del proletariado ruso, y el mayor éxito que ningún proletariado de otro país en un movimiento revolucionario haya obtenido antes. Los que tomaron la Bastilla, como los combatientes de las barricadas de Berlín eran capaces de un impulso heroico, pero no de esta lucha infatigable y obstinada que llevaron adelante los obreros rusos, sin dejarse desviar por fracasos momentáneos. Sin embargo, su primer éxito los ubica ahora frente a un nuevo deber, incomparablemente mayor, el de perseverar, aún después de la victoria, en su antigua combatividad.

En la historia de las guerras, no deja de repetirse una experiencia: después de una victoria aplastante, es difícil llevar al fuego incluso a las tropas más valerosas para que, al perseguir al enemigo, hagan la victoria verdaderamente fecunda, y es tanto más difícil cuando la victoria ha sido más aplastante. Existe, profundamente arraigada en la naturaleza humana, la necesidad de un descanso liberador, cuando esta se libera de una fuerte tensión, y por eso la burguesía siempre ha especulado con éxito, cuando el proletariado le ha sacudido los árboles de la revolución para hacer caer sus frutos.

De manera legítima, un diario burgués evoca, a propósito del manifiesto del zar, las promesas que había hecho Federico Guillermo IV, cuando la revolución había quebrado sus bravatas de autócrata.

Son más o menos las mismas promesas: inviolabilidad de las personas, libertad de conciencia, libertad de palabra, una representación popular basada en un amplio derecho a voto y con una participación decisiva en la legislación. En esa época como ahora, la oposición burguesa sabía y sabe bien que, cuando un autócrata vencido está obligado a hacer semejantes concesiones, estas cosas buenas no nadan simplemente como pedazos de pan en la sopa de la revolución, sino que le ofrecen reales garantías de que una autocracia obligada a humillarse hasta ese punto por la fuerza nunca más podrá levantar cabeza. Pero está dentro del interés de la burguesía rebajar incluso las conquistas de la revolución para desarmar al proletariado, describirlas como un espejismo que no podrá hacerse realidad más que gracias a la más extrema ponderación, ponerse en guardia contra los cuervos de mal augurio que arriesgarían, por así decir, poner en fuga a los espectros nocturnos. Es así que después de toda victoria revolucionaria resuenan los llamados de la burguesía a la “calma a cualquier precio”, supuestamente en el interés de la clase obrera, de hecho, por el frío y astuto cálculo de la burguesía.

Este es el momento más peligroso para toda revolución; pero, si bien este ha sido fatal hasta el momento para el proletariado, esta vez, la clase obrera rusa ha pasado la prueba brillantemente, al responder con resolución al manifiesto del zar: la revolución permanente. Los telegramas llegados hoy de Petrogrado a la prensa burguesa dan una testimonio honorable de nuestros hermanos rusos; “Bajo la influencia de los socialistas, la opinión se ha vuelto más desfavorable de lo que se podía esperar esta mañana. La excelente organización de los socialistas triunfa hoy sobre la burguesía”.

Los obreros rusos no piensan desarmarse, los vencedores de hoy no quieren ser los derrotados de mañana, y en esto justamente reside el progreso histórico que ofrece la revolución rusa en relación con las precedentes.

Por cierto, para los obreros rusos también vale que ningún milagro ocurrirá mañana. No está en su poder saltar las etapas de la evolución histórica y crear, a partir del despótico estado zarista, de buenas a primeras, una comunidad socialista. Pero pueden acortar y allanar el camino de su combate emancipador, si no sacrifican el poder revolucionario que han conquistado frente a las tramposas quimeras de la burguesía, sino por el contrario, no dejan de servirse de él para acelerar la evolución histórica, es decir, revolucionaria. Ahora pueden asegurarse en algunos meses y semanas lo que costaría décadas de penosos esfuerzos, si cedieran el terreno a la burguesía después de haber obtenido la victoria. No pueden inscribir en la constitución rusa la dictadura del proletariado, pero pueden inscribir en ella el sufragio universal, el derecho de coalición, la jornada de trabajo legal, la libertad ilimitada de prensa y de palabra, y pueden arrancarle a la burguesía, para todas estas reivindicaciones, garantías tan sólidas como las que la burguesía le arrancará al zar de acuerdo a sus propias necesidades. Pero sólo pueden hacerlo si no deponen las armas en ningún momento y no le permiten a la burguesía dar ni siquiera un paso adelante, sin que ellos mismos no den también un paso adelante.

Y es precisamente por la “revolución permanente” que la clase obrera rusa debe replicar, y, según todas las informaciones llegadas hasta el momento, ha replicado efectivamente, ante el grito angustiado de la burguesía pidiendo “la calma a cualquier precio”.

Es falso decir que así se insuflará una nueva vitalidad al despotismo que acaba de ser abatido. Con justeza un historiador de la gran revolución francesa – Tocqueville, si no me equivoco – dice que un régimen que se derrumba nunca es más débil que en el momento en que comienza a reformarse. Y esto vale mucho más que para la realeza decadente en Francia, para la autocracia decadente en Rusia. Porque toda su maquinaria gubernamental está podrida de cabo a rabo. A partir que dimita y renuncie a la apariencia de solidez que ha mantenido penosamente hasta ahora, estará sin defensa contra todo choque vigoroso. De hecho, tiene necesidad de “calma a cualquier precio” si debe restablecerse sobre una nueva base. Esta es la pérfida significación de esta consigna que, esperemos, haya terminado de cumplir su funesto rol.

Los obreros rusos se han convertido así en los campeones del proletariado europeo. Se han beneficiado con una posibilidad que, hasta ahora, no ha compartido ningún proletariado de las naciones europeas occidentales: entran en la revolución con experiencias acumuladas y una teoría clara, profunda y extendida; pero han sabido crear esta posibilidad, y este es su mérito. En el curso de décadas de combate y al precio del sacrificio de innumerables heroínas y héroes, se han impregnado de la teoría de la revolución proletaria hasta la médula de los huesos; lo que han recibido, lo devuelven ahora con creces. Le dan vergüenza a los espíritus timoratos que creían imposible muchas cosas que ellos demostraron posible; los trabajadores de Europa saben hoy que los métodos de lucha de la antigua revolución sólo han perimido para ceder el lugar a métodos más eficaces en la historia de su lucha emancipadora.

En la clase obrera de todos los países europeos caen las chispas del bautismo de fuego de la revolución rusa, y en Austria el brasero ya se inflama.

Los obreros alemanes no son los últimos en la lucha que dirigen sus hermanos rusos; el estado vasallo pruso-germánico está tan estrechamente mezclado con el destino del zarismo que la caída de este último tendrá contragolpes muy profundos sobre el imperio de los junkers al este del Elba. Quizás no por el momento, y quizás no para siempre de manera destructiva; las poderosas conmociones económicas que entrañará la revolución rusa en su continuidad pueden hacer enojar mucho más aún a esta camarilla de hambreadores. Pero a la larga, la revolución rusa ya no se dejará encerrar en las fronteras rusas como antes la Revolución francesa no se dejó encerrar en las fronteras francesas, y esto, nadie lo sabe mejor que las clases dirigentes en Alemania.

Podemos estar seguros que ellos siguen la evolución de la revolución rusa con la mayor atención y encontrarán la ocasión de darle un golpe fatal cuando vean alguna perspectiva de éxito. La clase obrera alemana no debe olvidarlo, menos aún cuando la causa de sus hermanos rusos es también la suya.

EL ABC DE LA DIALÉCTICA MARXISTA
León Trotsky “En defensa del marxismo”

…La dialéctica no es una ficción ni una mística, sino una ciencia de las formas de nuestro pensamiento en la medida en que éste no se limita a los problemas cotidianos de la vida y trata de llegar a una comprensión de procesos más profundos y complicados. La dialéctica y la lógica formal mantienen entre sí una relación similar a la que existe entre las matemáticas inferiores y las superiores.

Trataré aquí de esbozar lo esencial del problema en forma muy concisa. La lógica aristotélica del silogismo simple, parte de la premisa de que “A” es igual a “A”. Este postulado se acepta como axioma para una multitud de acciones humanas prácticas y de generalizaciones elementales. Pero en realidad “A” no es igual a “A”. Esto es fácil de demostrar si observamos estas dos letras bajo una lente: son completamente diferentes una de otra. Pero, se podrá objetar, no se trata del tamaño o de la forma de las letras, dado que ellas no son solamente símbolos de cantidades iguales; por ejemplo, de una libra de azúcar. La objeción no es válida en realidad; una libra de azúcar nunca es igual a una libra de azúcar: una balanza delicada descubriría siempre la diferencia. Nuevamente se podría objetar: sin embargo, una libra de azúcar es igual a sí misma. Tampoco es verdad: todos los cuerpos cambian constantemente de tamaño, peso, color, etc. Nunca son iguales a sí mismos. Un sofista contestaré que una libra de azúcar es igual a sí misma “en un momento dado”. Fuera del valor práctico extremadamente dudoso de este “axioma”, tampoco soporta una crítica teórica. ¿Cómo debemos concebir realmente la palabra “momento”? Si se trata de un intervalo infinitesimal de tiempo, entonces una libra de azúcar está sometida durante el transcurso de ese “momento” a cambios inevitables. ¿O este “momento” es una abstracción puramente matemática, es decir, cero tiempo? Pero todo existe en el tiempo y la existencia misma es un proceso ininterrumpido de transformación; el tiempo es, en consecuencia, un elemento fundamental de la existencia. De este modo, el axioma “A” es igual a “A” significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir, si no existe.

A primera vista podría parecer que estas “sutilezas” son inútiles. En realidad, tienen decisiva importancia. El axioma “A” es igual a “A” es a un mismo tiempo punto de partida de todos nuestros conocimientos y punto de partida de todos los errores de nuestro conocimiento. Sólo dentro de ciertos límites se le puede utilizar con impunidad. Si los cambios cuantitativos que se producen en “A” carecen de importancia para la cuestión que tenemos entre manos, entonces podemos suponer que “A” es igual a “A”. Tal es, por ejemplo, el modo en que el vendedor y el comprador consideran una libra de azúcar. De la misma manera consideramos la temperatura del Sol. Hasta hace poco considerábamos de la misma manera el valor adquisitivo del dólar. Pero cuando los cambios cuantitativos sobrepasan ciertos límites se convierten en cambios cualitativos. Una libra de azúcar sometida a la acción del agua o de la gasolina deja de ser una libra de azúcar. Un dólar en manos de una presidente deja de ser un dólar. Determinar en el momento preciso el punto crítico en que la cantidad se transforma en calidad es una de las tareas más difíciles o importantes en todas las esferas del conocimiento, incluso de la sociología.

Todo obrero sabe que es imposible elaborar dos objetos completamente iguales. En la transformación de bronce en conos, se permite cierta desviación para los conos, siempre que ésta no pase de ciertos límites (a esto se le llama “tolerancia”). Mientras se respeten las normas de la tolerancia, los conos son considerados iguales (“A” es igual a “A”). Cuando se sobrepasa la tolerancia, la cantidad se transforma en calidad; en otras palabras, los conos son de inferior calidad o completamente inútiles.

Nuestro pensamiento científico no es más que una parte de nuestra práctica general, incluso de la técnica. Para los conceptos rige también la “tolerancia”, que no surge de la lógica formal basada en el axioma “A” es igual a “A”, sino de la lógica dialéctica cuyo axioma es: todo cambia constantemente. El “sentido común” se caracteriza por el hecho de que sistemáticamente excede la “tolerancia” dialéctica.

El pensamiento vulgar opera con conceptos como capitalismo, moral, libertad, estado obrero, etc. El pensamiento dialéctico analiza todas las cosas y fenómenos en sus cambios continuos a la vez que determina en las condiciones materiales de aquellos cambios el momento crítico en que “A” deja de ser “A”, un estado obrero deja de ser un estado obrero.

El vicio fundamental del pensamiento vulgar radica en el hecho de que quiere contentarse con fotografías inertes de una realidad que consiste en eterno movimiento. El pensamiento dialéctico da a los conceptos -por medio de aproximaciones sucesivas- correcciones, concreciones, riqueza de contenido y flexibilidad; diría, incluso, hasta cierta suculencia que en cierta medida los aproxima a los fenómenos vivientes. No hay un capitalismo en general, sino un capitalismo dado, en una etapa dada de desarrollo. No hay estado obrero en general, sino un capitalismo dado, en una etapa dada de desarrollo. No hay estado obrero en general, sino un estado obrero dado, en un país atrasado, dentro de un cerco capitalista, etc.

Con respecto al pensamiento vulgar, el pensamiento dialéctico está en la misma relación que una película cinematográfica con una fotografía inmóvil. La película no invalida la fotografía inmóvil, sino que combina una serie de ellas de acuerdo a las leyes del movimiento. La dialéctica no niega el silogismo, sino que nos enseña a combinar los silogismos en forma tal que nos lleve a una comprensión más próxima a la realidad eternamente cambiante. Hegel, en su Lógica (1812-1816), estableció una serie de leyes: cambio de cantidad en calidad, desarrollo a través de las contradicciones, conflictos entre el contenido y la forma, interrupción de la continuidad, cambio de la posibilidad en inevitabilidad, etcétera, que son tan importantes para el pensamiento teórico como el silogismo simple para las tareas más elementales.

Hegel escribió antes que Darwin y antes que Marx. Gracias al poderoso impulso dado al pensamiento por la revolución francesa, Hegel anticipó el movimiento general de la ciencia. Pero porque era solamente una anticipación, aunque hecha por un genio, recibió de Hegel un carácter idealista. Hegel operaba con sombras ideológicas como realidad final. Marx demostró que el movimiento de estas sombras ideológicas no reflejaban otra cosa que el movimiento de cuerpos materiales.

Llamamos “materialista” a nuestra dialéctica porque sus raíces no están en el cielo ni en las profundidades del “libre albedrío”, sino en la realidad objetiva, en la naturaleza. Lo consciente surgió de lo inconsciente, la psicología de la fisiología, el mundo orgánico del inorgánico, el sistema solar de la nebulosa. En todos los jalones de esta escala de desarrollo, los cambios cuantitativos se transformaron en cualitativos. Nuestro pensamiento, incluso el pensamiento dialéctico, es solamente una de las formas de expresión de la materia cambiante. En ese sistema no hay lugar para Dios, ni para el Diablo, ni para el alma inmortal, ni para leyes y normas morales eternas. La dialéctica del pensamiento, por haber surgido de la dialéctica de la Naturaleza, posee en consecuencia un carácter profundamente materialista.

El darwinismo, que explicó la evolución de las especies a través del tránsito, de las transformaciones cuantitativas en cualitativas, constituyó el triunfo más alto de la dialéctica en todo el campo de la materia orgánica. Otro gran triunfo fue el descubrimiento de la tabla de pesos atómicos de elementos químicos, y posteriormente, la transformación de un elemento en otro.

A estas transformaciones (de especies, elementos, etcétera) está estrechamente ligada la cuestión de la clasificación, de pareja importancia en las ciencias naturales y las sociales. El sistema de Linneo (siglo XVIII), que utilizaba como punto de partida la inmutabilidad de las especies, se limitaba a la descripción y clasificación de las plantas de acuerdo a sus características exteriores. El período infantil de la botánica es análogo al período infantil de la lógica, ya que las formas de nuestro pensamiento se desarrollan como todo lo que vive. Únicamente el repudio definitivo de la idea de especies fijas, únicamente el estudio de la historia de la evolución de las plantas y de su anatomía, preparó las bases para una clasificación realmente científica.

Marx, que a diferencia de Darwin era un dialéctico consciente, descubrió una base para la clasificación científica de las sociedades humanas, en el desarrollo de sus fuerzas productivas y en la estructura de las formas de propiedad, que constituyen la anatomía social. El marxismo sustituye por una clasificación dialéctica materialista la clasificación vulgarmente descriptiva de sociedades y estados que aún sigue floreciendo en las universidades. Unicamente mediante el uso del método de Marx es posible determinar correctamente, tanto en el concepto de lo que es un estado obrero como el momento de su caída.

Todo esto, como vemos, no contiene nada “metafísico” o “escolástico”, como afirman los ignorantes pedantes. La lógica dialéctica expresa las leyes del movimiento dentro del pensamiento científico contemporáneo. Por el contrario, la lucha contra la dialéctica materialista expresa un pasado lejano, el conservadurismo de la pequeña burguesía, la autosuficiencia de los universitarios rutinarios y… un destello de esperanza en la vida del más allá…”

INSTRUMENTO Y MOMENTO

Antonio Gramsci: Notas sobre Maquiavelo. Sobre política y el estado moderno

“…El error en el que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional. Se llega así a exponer como inmediatamente activas causas que operan en cambio de una manera mediata, o por el contrario a afirmar que las causas inmediatas son las únicas eficientes. En un caso se tiene un exceso de “economismo” o de doctrinarismo pedante; en el otro, un exceso de “ideologismo”; en un caso se sobrestiman las causas mecánicas, en el otro se exalta el elemento voluntarista e individual. La distinción entre “movimientos” y hechos orgánicos y de “coyuntura”, u ocasionales, debe ser aplicada a todas las situaciones, no sólo a aquellas en donde se verifica un desarrollo regresivo o de crisis aguda, sino también a aquellas en donde se verifica un desarrollo progresivo, o de prosperidad, y a aquellas en donde tiene lugar un estancamiento de las fuerzas productivas. El nexo dialéctico entre los dos órdenes de movimiento y, en consecuencia, de investigación, es difícilmente establecido con exactitud; y si el error es grave en la historiografía, es aún más grave en el arte político, cuando no se trata de reconstruir la historia pasada sino de construir la presente y la futura”

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