FIDEL CASTRO: ¡CHE HA ESTADO SIEMPRE PRESENTE Y HABLANDO DESDE AQUÍ!

Fidel-MLEER y DESCARGAR AQUÍ

LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ”

[fragmento]

Alegato pronunciado en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada

16 de octubre de 1953

…El señor fiscal estaba muy interesado en conocer nuestras posibilidades de éxito. Esas posibilidades se basaban en razones de orden técnico y militar y de orden social. Se ha querido establecer el mito de las armas modernas como supuesto de toda imposibilidad de lucha abierta y frontal del pueblo contra la tiranía. Los desfiles militares y las exhibiciones aparatosas de equipos bélicos tienen por objeto fomentar este mito y crear en la ciudadanía un complejo de absoluta impotencia. Ningún arma, ninguna fuerza es capaz de vencer a un pueblo que se decide a luchar por sus derechos. Los ejemplos históricos a luchar por sus derechos. Los ejemplos históricos pasados y presentes son incontables. Está bien reciente el caso de Bolivia, donde los mineros, con cartuchos de dinamita, derrotaron y aplastaron a los regimientos del ejército regular. Pero los cubanos, por suerte, no tenemos que buscar ejemplos en otro país, porque ninguno tan elocuente y hermoso como el de nuestra propia patria.

Durante la guerra del 95 había en Cuba cerca de medio millón de soldados españoles sobre las armas, cantidad infinitamente superior a la que podía oponer la dictadura frente a una población cinco veces mayor. Las armas del ejército español eran sin comparación más modernas y poderosas que las de los mambises; estaba equipado muchas veces con artillería de campaña, y su infantería usaba el fusil de retrocarga similar al que usa todavía la infantería moderna. Los cubanos no disponían por lo general de otra arma que los machetes, porque sus cartucheras estaban casi siempre vacías. Hay un pasaje inolvidable de nuestra guerra de independencia narrado por el general Miró Argenter, jefe del Estado Mayor de Antonio Maceo, que pude traer copiado en esta noticia para no abusar de la memoria:

La gente bisoña que mandaba Pedro Delgado, en su mayor parte provista solamente de machete, fue diezmada al echarse encima de los sólidos españoles, de tal manera, que no es exagerado afirmar que de cincuenta hombres, cayeron la mitad. Atacaron a los españoles con los puños, ¡sin pistola, sin machete y sin cuchillo! Escudriñando las malezas de Río Hondo, se encontraron quince muertos más del partido cubano, sin que de momento pudiera señalarse a qué cuerpo pertenecían. No presentaban ningún vestigio de haber empuñado el arma: el vestuario estaba completo y, pendiente de la cintura, no tenían más que el vaso de lata; a dos pasos de allí, el caballo exánime, con el equipo intacto.

Se reconstruyó el pasaje culminante de la tragedia: esos hombres, siguiendo a su esforzado jefe, el teniente coronel Pedro Delgado, habían obtenido la palma del heroísmo; se arrojaron sobre las bayonetas con las manos solas: el ruido del metal, que sonaba en torno a ellos, era el golpe del vaso de beber al dar contra el muñón de la montura. Maceo se sintió conmovido, él, tan acostumbrado a ver la muerte en todas las posiciones y aspectos, y murmuró este panegírico: “Yo nunca había visto eso; gente novicia que ataca inerme a los españoles ¡con el vaso de beber agua por todo utensilio!

¡Y yo le daba el nombre de impedimenta!”…

¡Así luchan los pueblos cuando quieren conquistar su libertad: les tiran piedras a los aviones y viran los tanques boca arriba!…”

DISCURSO PRONUNCIADO ANTE EL PARLAMENTO VENEZOLANO

[fragmentos]

Caracas, Venezuela, 24 de enero de 1959

Tenía que ser el destino de Venezuela seguir la obra del fundador de Venezuela y del Libertador de América. En los cubanos encontrarán los seguidores, los cubanos estaremos siempre con esa causa. Cuba quisiera ser —y ése es su sentimiento— parte de una gran nación, para que se nos respete, no sólo por nuestra unidad, sino por nuestro tamaño también. Debe ser el ideal consciente de todo hombre de preocupaciones por el destino, destino que está cada vez más unido, aunque no queramos. Estábamos separados y ya sabemos lo que nos pasó: se pusieron de acuerdo los dictadores y conspiraron descaradamente, descaradamente conspiraron contra las instituciones democráticas en Cuba, en Venezuela, en Perú y en todos estos países. Ya sabemos lo que nos pasó y esa experiencia nos enseña; además, el signo de los tiempos es que en aquellas comunidades humanas que tienen los mismos intereses, las mismas razas…, hasta en Europa, que siempre ha vivido tan dividida y en guerras constantes, hay una tendencia hacia la unión de países que son, sin embargo, de razas distintas.

Los latinoamericanos no nos vamos a quedar a la zaga del mundo, bastante hemos estado ya en la cola; vamos a adelantar, vamos a hacer lo que es un mandato de los tiempos. Y, además, ése fue un ideal de los que fundaron esta república; yo estoy seguro de que no las concibieron así. Bolívar no concibió a América así, no la concibió así, concibió otra América. Y, como si adivinara cuál iba a ser su destino, durante largos años sufrió en vida lo que sufrió, porque aquella inteligencia clara que adivinaba el porvenir, aquel estadista que era Bolívar, comprendió las dificultades en que nos íbamos a encontrar, y, claro, esas dificultades que, en sí ya existían, vinieron a aumentarlas los traidores, los parásitos, los grupitos de ambiciosos que tanto daño le han hecho a la América.

Valdría la pena hacer una estadística de los crímenes que han cometido las camarillas dictatoriales, de los millones de pesos que se han robado y ése sería el único saldo de lo que han hecho en un siglo con América. Y también en hacer un recuento de los hombres que han muerto en toda América en las luchas por la democracia y la libertad y los derechos de los pueblos, y el progreso y la legítima felicidad de los pueblos.

Los millones de hombres que se han sacrificado durante más de un siglo para comprender mejor la obligación que tenemos de salir de este letargo, de esta rutina en que hemos vivido los políticos de América para volar más alto. Cambiar la lista de los intereses mezquinos que tenemos en nuestras localidades, que no vale ni la pena sacrificarse por esas cosas. Yo no veo qué placer pueda tener nadie en pasar todos estos trabajos que pasa un político, un hombre, por los beneficios que han obtenido.

Creo que vale la pena sacrificarse por las cosas grandes, que todos los políticos, los revolucionarios de América nos sacrifiquemos por cosas grandes, que pongamos la vista en fines más altos; que, por lo pronto, empecemos a hablar de estas cosas que parecía como si los hombres públicos tuvieran vergüenza de hablar de ellas. ¡Parecía como si los hombres públicos tuviésemos vergüenza de hablar de las ideas de Bolívar, de Martí y de los grandes hombres de América!…”

UNA REVOLUCIÓN SÓLO PUEDE SER HIJA DE LA CULTURA Y LAS IDEAS

[fragmentos]

Discurso en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela.

Caracas, Venezuela, 3 de febrero de 1999

… Les decía a mis compatriotas, en honor del pueblo que había alcanzado su primer gran triunfo hacía 40 años, a pesar de su enorme retraso educacional, que había sido capaz de llevar a cabo y defender una extraordinaria proeza revolucionaria. Algo más: es posible que por debajo del nivel de educación estuviera incluso su nivel de cultura política. Eran los tiempos del anticomunismo feroz, de los años finales del macartismo, en que por todos los medios posibles aquel vecino poderoso e imperial había tratado de inculcarle a nuestro noble pueblo todas las mentiras y prejuicios posibles, de modo tal que muchas veces me encontraba con un ciudadano común y le hacía una serie de preguntas.

Si le parecía que debíamos hacer una reforma agraria; si no sería justo que las familias fueran un día dueñas de sus viviendas, por las cuales a veces pagaban a los grandes casatenientes hasta la mitad de sus salarios; si no le parecía correcto que todos aquellos bancos donde estaba depositado el dinero de los ciudadanos, en vez de ser propiedad de instituciones privadas, fueran propiedad del pueblo para financiar con aquellos recursos el desarrollo del país; si aquellas grandes fábricas, extranjeras en su gran mayoría y algunas también nacionales, fueran del pueblo y produjeran en beneficio del pueblo; así por el estilo, le podía preguntar diez cosas, quince cosas similares y estaba absolutamente de acuerdo: “Sí, sería excelente”.

En esencia, si todos aquellos grandes almacenes comerciales y todos los jugosos negocios que enriquecían únicamente a sus privilegiados dueños fueran del pueblo y para enriquecer al pueblo, ¿estarías de acuerdo? “Sí, sí”, respondía de inmediato. Estaba de acuerdo ciento por ciento con cada una de aquellas sencillas propuestas. Y de repente le preguntaba entonces: ¿Estarías de acuerdo con el socialismo? [Aplausos.] Respuesta: “¿Socialismo? No, no, no, con el socialismo no”. Eran tales los prejuicios… Esto ya sin hablar del comunismo, que era una palabra mucho más aterrorizante.

Fueron las leyes revolucionarias las que más contribuyeron a crear en nuestro país una conciencia socialista, y fue ese mismo pueblo, inicialmente analfabeto o semianalfabeto, que tuvo que empezar por enseñar a leer y a escribir a muchos de sus hijos, el que por puros sentimientos de amor a la libertad y anhelo de justicia derrocó la tiranía y llevó a cabo y defendió con heroísmo la más profunda revolución social en este hemisferio. Apenas dos años después del triunfo, en 1961, logramos alfabetizar alrededor de un millón de personas, con el apoyo de jóvenes estudiantes que se convirtieron en maestros; fueron a los campos, a las montañas, a los lugares más apartados, y allí enseñaron a leer y a escribir hasta a personas que tenían 80 años. Después se realizaron los cursos de seguimiento y se dieron los pasos necesarios, en incesante esfuerzo para alcanzar lo que tenemos hoy. Una revolución sólo puede ser hija de la cultura y las ideas.

Ningún pueblo se hace revolucionario por la fuerza. Quienes siembran ideas no necesitan jamás reprimir al pueblo. Las armas, en manos de ese mismo pueblo, son para luchar contra los que desde el exterior intenten arrebatarle sus conquistas.

Perdónenme que haya hablado de este tema, porque no vine aquí a predicar sobre socialismo ni sobre comunismo —no quiero que nadie me malinterprete—, ni vine aquí a proponer leyes radicales ni cosas parecidas; simplemente reflexionaba sobre la experiencia vivida, que nos demostró cuánto valían las ideas, cuánto valía la fe en el hombre, cuánto valía la confianza en los pueblos, lo cual es sumamente importante en una época en que la humanidad se enfrenta a tiempos tan complicados y difíciles.

Desde luego que el día primero de enero de este año en Santiago de Cuba fue justo reconocer, de manera muy especial, que aquella Revolución que había logrado resistir 40 años, que había logrado cumplir ese aniversario sin plegar sus banderas, sin rendirse, era obra fundamentalmente de aquel pueblo que estaba allí, de jóvenes y de hombres y mujeres maduros, que se educaron con la Revolución y fueron capaces de realizar la proeza, escribiendo páginas de noble y merecida gloria para nuestra patria y nuestros hermanos de América.

Gracias al esfuerzo, podríamos decir, de tres generaciones de cubanos, se obró esa especie de milagro, frente a la potencia más poderosa, al imperio más grande que haya existido jamás en la historia humana, de que el pequeño país pasase una prueba tan dura y saliera victorioso.

Especial reconocimiento, aún mayor, lo tuvimos para aquellos compatriotas que en los últimos diez años, si queremos con exactitud, en los últimos ocho años, habían sido capaces de resistir el doble bloqueo cuando el campo socialista se derrumba, la URSS se desintegra y aquel vecino quedó como única superpotencia en un mundo unipolar, sin rival en el terreno político, económico, militar, tecnológico y cultural. No estoy calificando la cultura, estoy calificando el poder inmenso con que quieren imponer su cultura al resto del mundo. [Aplausos.]

No pudo vencer a un pueblo unido, a un pueblo armado de ideas justas, a un pueblo poseedor de una gran conciencia política, porque a eso le damos nosotros la mayor importancia. Resistimos todo lo que hemos resistido y estamos dispuestos a resistir todo el tiempo que haga falta resistir, [aplausos] por las semillas que se habían sembrado a lo largo de aquellas décadas, por las ideas y las conciencias que se desarrollaron en ese tiempo.

Fue nuestra mejor arma y nuestra principal arma, y lo será siempre, aun en la época nuclear. Y ya que la menciono, hasta experiencias relacionadas con armas de ese tipo tuvimos, porque en determinado momento quién sabe cuántas bombas y cuántos cohetes nucleares estaban apuntando contra nuestra pequeña isla en la famosa crisis de octubre de 1962. Aun en la época de las armas inteligentes, a pesar de que de vez en cuando se equivoquen y den a 100 o a 200 kilómetros del blanco hacia donde estaban dirigidas, [risas] pero con un determinado nivel de precisión, siempre la inteligencia del hombre será superior a cualquiera de esas armas sofisticadas. [Aplausos y exclamaciones.]

Se convierte en una cuestión de conceptos cómo hay que luchar, la doctrina de la defensa de nuestro país que hoy se siente más fuerte, porque ha tenido que perfeccionar esos conceptos y hemos llegado a la idea de que al final, un final para los invasores, la lucha sería cuerpo a cuerpo, de hombre a hombre y de mujer a invasor, sea hombre o mujer. [Aplausos prolongados.]

Una batalla más difícil ha sido necesario librar y habrá que seguir librando contra ese poderosísimo imperio, es la lucha ideológica que incesantemente ha tenido lugar y que ellos arreciaron con todos sus recursos mucho más después del derrumbe del campo socialista cuando nosotros decidimos, firmemente confiados en nuestras ideas, seguir adelante; algo más, seguir solos adelante; y cuando digo solos pienso en entidades estatales, sin olvidar nunca el inmenso e invencible apoyo solidario de los pueblos que siempre nos acompañó, y por ello nos sentimos más obligados a luchar. [Aplausos.]

Hemos cumplido honrosas misiones internacionalistas. Más de 500.000 compatriotas nuestros han participado en duras y difíciles misiones de ese carácter, hijos de aquel pueblo que no sabía leer ni escribir y alcanzó ese grado tan alto de conciencia como para ser capaz de derramar sudor y hasta su propia sangre por otros pueblos; en dos palabras, por cualquier pueblo del mundo. [Aplausos.]

A partir de la etapa de período especial que se iniciaba, dijimos: “Nuestro primer deber internacionalista en este momento es defender esta trinchera”, la trinchera de la que habló Martí, en las últimas palabras que escribió la víspera de su muerte, cuando dijo que en silencio había tenido que ser el objetivo fundamental de su lucha, porque Martí no sólo era muy martiano, sino que era aún más bolivariano que martiano, [aplausos] y ese objetivo que se trazó, según sus palabras textuales, era “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. [Aplausos.] (…)

Fue su testamento político, cuando confiesa el anhelo de su vida: evitar la caída de aquella primera trinchera que tantas veces quisieron ocupar los vecinos del Norte y que aún está y estará allí, con un pueblo dispuesto a luchar hasta la muerte para impedir que caiga esa trinchera de América; [aplausos] un pueblo que sería capaz de defender, incluso, la última, porque quien defiende la última trinchera y no permite que nadie se apodere de ella, desde ese mismo instante ha comenzado a obtener la victoria. [Aplausos.]

Compañeras y compañeros —permítanme que les llame así—, aquí en este momento somos eso, y creo que también aquí, en este momento, estamos defendiendo una trinchera, [aplausos] y trincheras de ideas, excúsenme por acudir una vez más a Martí, como dijo él, valen más que trincheras de piedra. [Aplausos.]

De ideas hay que hablar aquí, y vuelvo a lo que decía, que muchas cosas han pasado en estos 40 años; pero lo más trascendental es que un mundo ha cambiado. No es este mundo de hoy en el que me dirijo a ustedes, los que aquel día no habían nacido y muchos estaban muy lejos de nacer, en nada parecido al de entonces.

Traté de buscar un periódico para ver si había alguna nota de aquel acto en la universidad. Afortunadamente sí conservamos el discurso completo de la Plaza del Silencio. Con aquella fiebre revolucionaria con que bajamos de las montañas, hacía apenas unos días, estábamos hablando de los procesos de liberación en América Latina y poniendo el acento principal en la liberación del pueblo dominicano de las garras de Trujillo. Creo que aquel tema ocupó casi todo el tiempo, o una parte del tiempo de aquel encuentro, con un enorme entusiasmo por parte de todos.

Hoy aquí no se podría hablar de un tema como ése. Es que hoy no existe un pueblo por liberar, hoy no existe un pueblo por salvar; hoy hay un mundo, hoy hay una humanidad por liberar y por salvar, [aplausos] y ésa no es la tarea nuestra, es la tarea de ustedes. [Aplausos.]

Entonces, no existía un mundo unipolar, una superpotencia hegemónica, única; hoy tenemos al mundo y a la humanidad bajo el dominio de una enorme superpotencia, y aun así estamos convencidos de que ganaremos la batalla, [aplausos] sin optimismo panglossiano —creo que ésa es una palabra que los escritores a veces usan—, [risas] sino porque uno tiene la seguridad de que si suelta esta libreta [la muestra] en cuestión de segundos va a caer; de que si no existiera esta mesa, esta libreta estaría en el suelo, y está desapareciendo la mesa sobre la cual se asienta, objetivamente, esa poderosa superpotencia que rige al mundo unipolar. [Aplausos.]

Son razones objetivas, y estoy seguro de que la humanidad pondrá toda la parte subjetiva indispensable. Para ello lo que necesita no son armas nucleares ni grandes guerras; lo que necesita son ideas. [Aplausos.] Y lo digo en nombre de ese pequeño país que mencionábamos antes que ha sostenido la lucha firmemente, sin vacilación alguna, durante 40 años. [Aplausos.]

Ustedes decían, invocando —para embarazo mío— el nombre por el cual se me conoce —me refiero al nombre de Fidel, porque yo no tengo otro título realmente; comprendo que el protocolo obligue a llamar Excelentísimo Señor Presidente, tales y más cuales cosas—, [aplausos y exclamaciones de: “¡Fidel, Fidel!” ] y cuando los escuché a ustedes repetir aquello de “Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él?” [exclamaciones de:Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él?”], entonces se me ocurrió y me dirigí a mi vecino de la derecha —quiero decir de la derecha geográfica, ¿no?—, [risas y exclamaciones] algunos están haciendo señas por ahí que no entiendo, pero dije que aquí estamos todos en la misma unidad de combate—, [aplausos] y se me ocurrió decirle: ¡Caramba!, realmente lo que debía preguntarse es: ¿Qué tienen los americanos que no pueden con él? [Risas y aplausos], y si en vez de “él” dicen: ¿Qué tienen los americanos que no pueden con Cuba?, sería más justo. [Aplausos.] Sé que hay que usar palabras para simbolizar ideas. Así es como yo lo entiendo siempre, no me atribuyo jamás ni me puedo atribuir tales méritos. [Exclamaciones de: “¡Viva Fidel!” ]

Sí, todos tenemos esperanzas de vivir, ¡todos!, [aplausos] en las ideas por las que luchamos y con la convicción de que los que vienen detrás de nosotros serán capaces de llevarlas a cabo; aunque ha de ser —no debe ocultarse— más difícil la tarea de ustedes que la que a nosotros correspondió.

Les decía que estamos viviendo en un mundo muy diferente. Es lo primero que tenemos el deber de comprender; ya explicaba determinadas características políticas. Además, se trata de un mundo globalizado, realmente globalizado, un mundo dominado por la ideología, las normas y los principios de la globalización neoliberal.

La globalización no es, a nuestro juicio, un capricho de nadie, no es, siquiera, un invento de alguien. La globalización es una ley histórica, es una consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas —y excúsenme por emplear esa frase, que todavía quizás asuste a algunos por su autor—, un producto del desarrollo de la ciencia y de la técnica en grado tal, que aun el autor de la frase, Carlos Marx [aplausos], que tenía una gran confianza en el talento humano, posiblemente no fue capaz de imaginar.

Hay algunas otras cosas que me recuerdan ideas básicas de aquel pensador entre los grandes pensadores. Es que a la mente le viene a uno la idea de que, incluso, lo que concibió como ideal para la sociedad humana, no podría ser realidad jamás —y se ve cada vez con mayor claridad— si no tuviera lugar en un mundo globalizado. Ni por un segundo se le ocurrió pensar que en la pequeñísima islita de Cuba —para citar un ejemplo— pudiera intentarse una sociedad socialista, o la construcción del socialismo, mucho menos al lado de tan poderoso vecino capitalista.

Bueno, sí, lo hemos intentado; algo más, lo hemos hecho y lo hemos podido defender. Y hemos conocido también 40 años de bloqueo, amenazas, agresiones, sufrimientos.

Hoy, como estamos en solitario, toda la propaganda, los medios de divulgación masiva, que controlan en el mundo, Estados Unidos los encamina en su guerra política e ideológica contra nuestro proceso revolucionario, de la misma forma que su inmenso poder en todos los campos, principalmente en el campo económico, y su influencia política internacional lo emplea en su guerra económica contra Cuba.

Se dice bloqueo, pero bloqueo no significa nada. Ojalá lo que tuviéramos fuera un bloqueo económico: lo que nuestro país ha venido soportando durante mucho tiempo es una verdadera guerra económica. ¿Lo demuestro? Vayan a cualquier lugar del mundo, a una fábrica de una empresa norteamericana a comprar una gorra o un pañuelo para exportar a Cuba, aunque la produzcan los ciudadanos del país en cuestión y las materias primas sean originarias del propio país, el gobierno de Estados Unidos, a miles de millas de distancia, les prohíbe vender la gorra o vender el pañuelo. ¿Es eso bloqueo o guerra económica?

¿Quieren un ejemplo adicional? Si por casualidad alguno de ustedes se gana la lotería —no sé si aquí hay lotería— o se encuentra un tesoro —eso es posible, y dice que va a construir una pequeña fábrica en Cuba, es seguro que tendrá rápidamente la visita de un funcionario importante de la Embajada norteamericana y hasta del propio embajador norteamericano para tratar de persuadirlo, presionarlo o amenazarlo con represalias para que no invierta ese tesorito en una pequeña fábrica en Cuba. ¿Es bloqueo o guerra económica?

Tampoco permiten que vendan a Cuba un medicamento, aunque ese medicamento sea indispensable para salvar una vida, y no son pocos los ejemplos que hemos tenido de casos semejantes.

Hemos resistido esa guerra, y, como en toda batalla, lo mismo sea militar que política o ideológica, hay bajas. Existen los que pueden ser confundidos, y lo son, o reblandecidos, o debilitados con la mezcla de las dificultades económicas, las privaciones materiales, la exhibición del lujo de las sociedades de consumo y las podridas ideas bien edulcoradas sobre las fabulosas ventajas de su sistema económico, a partir del mezquino criterio de que el hombre es un animalito que sólo se mueve cuando le ponen delante una zanahoria o lo golpean con un látigo. Sobre esa base ellos apoyan toda su estrategia ideológica, podríamos decir.

Hay bajas, pero también, como en todas las batallas y en todas las luchas, en otros se desarrolla la experiencia, se hacen más veteranos los combatientes, multiplican sus cualidades y permiten mantener y elevar la moral y la fuerza necesaria para seguir luchando.

La batalla de las ideas la estamos ganando; [aplausos] sin embargo, el campo de batalla no es nuestra sola islita, aunque en la islita hay que luchar. El campo de batalla hoy es el mundo, está en todas partes, en todos los continentes, en todas las instituciones, en todas las tribunas. Eso es lo bueno que tiene la batalla globalizada. [Risas y aplausos.] Hay que defender la pequeña islita, y a la vez combatir a todo lo largo y ancho del inmenso mundo que ellos dominan o pretenden dominar. En muchos campos lo dominan casi de manera total; pero no en todos los campos, ni de forma igual, ni en absolutamente todos los países.

Ellos descubrieron armas muy inteligentes; pero los revolucionarios descubrimos un arma más poderosa, ¡mucho más poderosa!: que el hombre piensa y siente. [Aplausos.] Nos lo enseña el mundo, nos lo enseñan las innumerables misiones internacionalistas que en un terreno u otro hemos cumplido en el mundo.

Bastaría señalar una sola cifra: 26.000 médicos cubanos han participado en ellas; al país que le habían dejado sólo 3.000 de los 6.000 con que contaba al triunfo de la Revolución, muchos sin empleo, pero siempre deseando emigrar para obtener tales ingresos y tales salarios; de los 3.000 que nos dejaron, de tal forma la Revolución fue capaz de multiplicarlos, y de ir formando médicos y más médicos de los que empezaron a estudiar en el primer grado o en el segundo grado, en las escuelas que de inmediato en todo el país fueron creadas, y tal su espíritu de sacrificio y solidaridad, que 26.000 de ellos han cumplido misiones internacionalistas, [aplausos] del mismo modo como ya indiqué que cientos de miles de compatriotas han actuado como profesionales, educadores, constructores y combatientes. Sí, combatientes, y lo decimos con orgullo, [aplausos] porque combatir contra los soldados fascistas y racistas del apartheid, e incluso contribuir a la victoria de los pueblos de África que veían en aquel sistema su mayor afrenta, es y será siempre un motivo de orgullo. [Aplausos.]

Pero en ese esfuerzo ignorado, muy ignorado, hemos aprendido mucho de los pueblos; hemos aprendido a conocer los pueblos y sus cualidades extraordinarias, y, entre otras cosas, hemos aprendido no sólo a través de ideas abstractas, sino de la vida práctica y cotidiana, que no todos los hombres somos iguales en nuestros rasgos físicos, pero todos los hombres somos iguales en cuanto a talento, sentimientos y las demás virtudes necesarias para demostrar que en la capacidad moral, social, intelectual y humana todos somos genéticamente iguales. [Aplausos.]

Ese ha sido el gran error de muchos que se creyeron la “raza superior”.

La vida nos ha enseñado, les decía, muchas cosas, y eso es lo que alimenta nuestra fe en los pueblos, nuestra fe en los hombres. No lo leímos en un pequeño libro; lo hemos vivido, hemos tenido el privilegio de vivirlo. [Aplausos.]

Yo me he extendido un poco en estas primeras ideas, al calor del folleto que se extravió y de los problemas del micrófono, [risas] por eso tendré que ser más breve en otros temas.

Sí, es mi deber ser más breve, entre otras cosas, por interés personal: después tengo que revisar qué fue lo que dije aquí, [risas] ver si me faltó una coma, un punto, si un dato estaba equivocado. Y les digo que realmente por cada hora de discurso hablado, que puede parecer muy fácil, hacen falta dos y tres horas de revisión, volver a ver. Puede faltar una palabra. Jamás suprimo una idea que haya expresado, pero sí a veces hay que completarla o añadir un concepto complementario, porque no es lo mismo el lenguaje hablado que el lenguaje escrito. Si yo señalo para mi vecino, el que lea eso en un periódico no entiende nada, [risas] o no se entiende casi nada; el lenguaje escrito nada más tiene los signos de admiración y las comillas, [risas] ni el tono, ni las manos, ni el alma que se pone en las cosas pueden transmitirse por escrito.

Yo he tenido necesidad de descubrir esa diferencia. Y ahora nos cuidamos mucho de transcribir las cosas y revisarlas, porque los temas que se discuten tienen trascendencia, objetivamente, tienen importancia, y, además, porque hay que tener un cuidado en infinidad de cosas que ustedes no se lo imaginan.

En determinado momento, cuando pensaba en el acto que iba a tener con ustedes a las cinco de la tarde, me preguntaba: ¿De qué les hablo a los estudiantes? [Aplausos.] No puedo mencionar nombres, salvo excepciones; no puedo apenas mencionar países, porque a veces, cuando señalo algo con la mejor buena fe del mundo y como ilustración de una idea, corro el riesgo de que inmediatamente saquen del contexto lo que dije, lo trasmitan por el mundo y crearnos un montón de problemas diplomáticos. [Aplausos.] Y como tenemos que trabajar unidos en esta lucha global, no se le puede facilitar al enemigo y a sus bien diseñados y eficientes mecanismos de propaganda la realización de su constante tarea de crear confusión y desinformación, que ya es bastante la que han creado, pero no suficiente, ¿comprenden? No suficiente. [Risas.] Tiene uno que limitarse mucho por esas razones, y por ello les pido perdón.

No hará falta explicar aquí mucho lo que es neoliberalismo. ¿Cómo sintetizar? Bueno, yo diría, por ejemplo, algo: la globalización neoliberal quiere convertir a todos los países, especialmente a todos nuestros países, en propiedades privadas.

¿Qué nos dejarán a partir de sus enormes recursos financieros?, ya que ellos no sólo han acumulado inmensas riquezas saqueando y explotando al mundo, sino, incluso, obrando el milagro al que aspiraron los alquimistas de la edad media, convertir el papel en oro, a la vez que fueron capaces de convertir el oro en papel. [Risas.] Y con eso lo compran todo, todo menos las almas, menos —para decirlo con más corrección— la inmensa mayoría de las almas. Compran recursos naturales, fábricas, sistemas completos de comunicaciones, servicios, etcétera, etcétera, etcétera. Hasta tierras están comprando por el mundo, pensando que como son más baratas que en sus propios países es una buena inversión para el futuro.

Me pregunto: ¿Qué nos quieren dejar después de convertirnos prácticamente en ciudadanos de segunda clase, parias —sería mejor decir— en nuestros propios países? Quieren convertir al mundo en una gigantesca zona franca —quizás se vea todavía más claro así—, porque, ¿qué es una zona franca? Un lugar con características especiales, donde no se pagan impuestos, se traen materias primas, partes, componentes, los ensamblan, o producen variadas mercancías, sobre todo en aquellas ramas que requieren abundante mano de obra barata, por la cual muchas veces pagan no más del 5% del salario que pagan en sus países, y lo único que nos dejan son esos menguados salarios.

Algo más triste: He visto cómo han puesto a competir a muchos de nuestros países, viendo quiénes les dan más facilidades y más exenciones de impuestos para invertir; han puesto a competir a los países del Tercer Mundo por las inversiones y las zonas francas.

Hay países —los conozco— en tal situación de pobreza y desempleo, que han tenido que establecer hasta decenas de zonas francas como opción preferible, dentro del orden mundial establecido, a la de no tener siquiera las fábricas de las zonas francas, que dan un empleo con determinada remuneración, aunque alcance solo el 7%, el 6%, el 5% o menos del salario que tendrían que pagar los propietarios de esas fábricas en sus países de origen.

Eso lo planteamos en la Organización Mundial del Comercio, en Ginebra, hace algunos meses. Nos quieren convertir en una inmensa zona franca, sí, en eso; con su dinero y sus tecnologías lo irán comprando todo. Ya veremos cuántas líneas aéreas quedan como propiedades nacionales, cuántas líneas de transporte marítimo, cuántos servicios permanecerán como propiedades del pueblo o de la nación.

Es el porvenir que nos está ofreciendo la globalización neoliberal no vayan a creer que sólo a los trabajadores, sino, incluso, a los empresarios nacionales, a los pequeños y medianos propietarios que tendrán que competir con las tecnologías de las transnacionales, sus equipos sofisticados, sus redes mundiales de distribución y buscar mercados, sin contar con los abundantes créditos comerciales que sus poderosos competidores pueden utilizar para vender sus productos.

Podemos nosotros disponer en Cuba de una magnífica fábrica, digamos, de refrigeradores. Tenemos una, pero no es magnífica, y está lejos de ser la más moderna del mundo. Nos viene muy bien allí, desde luego, con el calor creciente que tenemos en el trópico. Supongamos que otros países del Tercer Mundo produzcan refrigeradores de aceptable calidad e incluso menor costo. Sus poderosas competidoras renuevan constantemente el diseño, invierten fabulosas sumas en prestigiar sus marcas, fabrican en muchas zonas francas con bajos salarios, o en cualquier sitio, exentas de impuestos, abundante capital o mecanismos financieros para otorgar créditos que se amortizan en un año, en dos, en tres o los que sean, mercados saturados de objetos electrodomésticos que son fruto de la anarquía y el caos en la distribución de los capitales de inversión a nivel mundial, bajo la consigna generalizada de crecer y desarrollarse a base de exportaciones como aconseja el FMI, ¿qué espacio queda para las industrias nacionales, a quiénes y cómo van a exportar? ¿Dónde están los consumidores potenciales entre los miles de millones de pobres, hambrientos y desempleados que habitan gran parte de nuestro planeta? ¿Habrá que esperar a que todos ellos puedan adquirir un refrigerador, un televisor, un teléfono, aire acondicionado, automóvil, electricidad, combustible, una computadora, una casa, un garaje, un subsidio contra el desempleo, acciones en la bolsa y una pensión asegurada? ¿Es ése el camino del desarrollo, como nos afirman millones de veces por todos los medios posibles? ¿Qué quedará del mercado interno si se les impone la reducción acelerada de las tarifas aduanales, fuente además importante de los ingresos presupuestarios de muchos países del Tercer Mundo?

Los teóricos del neoliberalismo no han podido resolver, por ejemplo, el grave problema del desempleo en la inmensa mayoría de los países ricos, menos aún en los que están por desarrollar, y no le encontrarán jamás solución bajo tan absurda concepción. Es una inmensa contradicción del sistema que mientras más invierten y más se tecnifican, más gente lanzan a la calle sin empleo. La productividad del trabajo; los equipos más sofisticados, nacidos del talento humano, que multiplican las riquezas materiales y a la vez la miseria y los despidos, ¿de qué le sirven a la humanidad? ¿Acaso para reducir las horas de trabajo, disponer de más tiempo para el descanso, la recreación, el deporte, la superación cultural y científica? Imposible, las sacrosantas leyes del mercado y los principios cada vez más imaginarios que reales de la competencia en un mundo transnacionalizado y megafusionado cada día más no lo admiten bajo ningún concepto. En todo caso, ¿quiénes compiten y entre quiénes compiten? Gigantes contra gigantes que tienden a la fusión y al monopolio. No existe sitio alguno ni rincón del mundo para los demás supuestos actores de la competencia.

Para los países ricos, industrias de punta; para los trabajadores del Tercer Mundo, confeccionar pantalones de vaquero, pullóveres, prendas de vestir, calzado; sembrar flores, frutas exóticas y otros productos de creciente demanda en las sociedades industrializadas, porque no los pueden cultivar allí, aunque sabemos que en Estados Unidos, por ejemplo, cultivan hasta la marihuana en invernaderos. [Risas y aplausos.] o en el patio de las casas y que el valor de la marihuana que producen es superior al de toda su producción de maíz, a pesar de ser el mayor productor de maíz del mundo. [Risas.] Al fin y al cabo, sus laboratorios son o terminarán siendo los mayores productores de estupefacientes del planeta, por ahora bajo la etiqueta de sedantes, antidepresivos y otros renglones de píldoras y productos que los jóvenes han aprendido a combinar y mezclar de muy variadas formas.

En el feliz mundo desarrollado los trabajos duros de la agricultura, como recoger tomates, para lo cual no se ha inventado todavía una máquina perfecta, el robot que vaya y los escoja según grado de madurez, tamaño y otras características, limpiar calles, y otras tareas ingratas que en las sociedades de consumo nadie quiere realizar, ¿cómo se resuelven? ¡Ah!, para eso están los inmigrantes del Tercer Mundo. Ellos ese tipo de trabajos no lo realizan.

Y para los que quedamos convertidos en extranjeros dentro de nuestras propias fronteras, ya lo dije, confeccionar pitusas y cosas por el estilo, pero nos ponen, en virtud de sus “maravillosas” leyes económicas, a producir tantos pantalones como si el mundo contara ya con 40.000 millones de habitantes y cada uno de ellos tuviera el dinero suficiente para comprarse el pantaloncito de vaquero, que no estoy criticando, les queda muy bien a los jóvenes y mejor todavía a las jóvenes. [Risas y aplausos.]

No, no estoy criticando la prenda. Estoy criticando el trabajo que quieren dejar para nosotros, que no tiene nada que ver en lo absoluto con la alta tecnología. De modo que sobrarán nuestras universidades o quedarán para producir a bajo costo personal técnico para el mundo desarrollado.

Habrán leído en estos días en la prensa que Estados Unidos, en vista de las necesidades de sus industrias de computación, electrónica, etcétera, etcétera, se propone adquirir en el mercado internacional, dígase mejor el Tercer Mundo, y conceder visas a 200.000 trabajadores muy calificados para sus industrias de punta. Así que cuídense ustedes, porque están buscando gente capacitada [risas], esta vez no para recoger tomates. Como ellos no están demasiado alfabetizados, y muchos lo comprueban cuando confunden Brasil con Bolivia, o Bolivia con Brasil [risas y aplausos]; o cuando se hacen encuestas y no conocen ni siquiera muchas cosas de los propios Estados Unidos, ni saben si un país latinoamericano del que han oído hablar está en África, o en Europa —y no estoy exagerando— [risas y aplausos]; no tienen todas las lumbreras, o los bien calificados trabajadores para sus industrias de punta, vienen a nuestro mundo y reclutan a unos cuantos que después se pierden para siempre.

¿Dónde están los mejores científicos de nuestros países? ¿En qué laboratorios? ¿Qué país nuestro tiene laboratorios para todos los científicos que podría formar? ¿Cuánto le podemos pagar a ese científico y cuánto le pueden pagar ellos?

¿Dónde están? Yo conozco a muchos latinoamericanos eminentes que están allá. ¿Quién los formó?

¡Ah!, Venezuela, Guatemala, Brasil, Argentina, cualquier país latinoamericano; pero no tienen posibilidades en su propia patria. Los países industrializados tienen el monopolio de los laboratorios, del dinero, los contratan y se los arrebatan a las naciones pobres; pero no sólo científicos, también deportistas. No, ellos quisieran comprar a nuestros peloteros como se subastaban antes los esclavos en una tarima de ésas, qué sé yo cómo las llaman. [Risas y aplausos.]

Son pérfidos. Como siempre hay algún alma que pueda ser tentada —eso lo dice la Biblia, y entre los primeros seres humanos, que se suponía que debían ser los mejores, ¿no?, porque no tendrían tanta malicia, ni conocían las sociedades de consumo, ni existía el dólar [risas]—, de repente, hasta a un atleta que no es de primerísima categoría, le pagan unos cuantos millones, cuatro, cinco o seis, le hacen una publicidad enorme y, como parece que son tan malos los bateadores de las Grandes Ligas, obtienen algunos éxitos. No tengo ninguna intención de ofender a atletas profesionales norteamericanos; son gente que trabaja y labora duro, muy estimulados. Mercancías que también se compran y venden en el mercado, aunque a un alto precio, pero deben tener algunas debilidades en el entrenamiento, porque importan de contrabando algunos pitchers cubanos, por ejemplo, que pueden estar en primera, segunda o tercera categoría, o un shortstop, una tercera base, llegan allí y el pitcher poncha a los mejores bateadores, y el shortstop no deja pasar una bola. [Aplausos y exclamaciones.]

Casi, casi seríamos ricos si hacemos una subasta de peloteros cubanos. [Risas y aplausos.] Ya no quieren pagar peloteros norteamericanos, porque les cuestan muy caro. Han organizado academias en nuestros países para formarlos a muy bajo costo y pagarles menos salarios, aunque un salario todavía de millones al año. Unido a eso, toda la propaganda de la televisión, más unos automóviles que llegan de aquí hasta allá [señala], más unas bellísimas mujeres de todas las etnias, asociadas a la publicidad de los automóviles [risas], y el resto de la propaganda comercial que ustedes ven en algunas revistas de la chismografía y el consumismo, pueden tentar a más de un compatriota nuestro.

En Cuba no gastamos papel ni recurso alguno en tales frivolidades publicitarias. Las muy pocas veces que veo por necesidad la televisión norteamericana apenas la puedo soportar, porque cada tres minutos la paran para incluir un anuncio comercial, exhibir a un hombre haciendo ejercicios en una bicicleta estática, que es lo más aburrido que hay en el mundo. [Aplausos y exclamaciones.] No digo que sea malo, digo que es aburrido. Paran, interrumpen cualquier programa, hasta los seriales melodramáticos en sus instantes más sublimes de amor. [Risas.]

A Cuba llegan algunos melodramas del exterior, no lo niego, porque nosotros no hemos sido capaces de producir los necesarios, y algunos de los que se producen en países de América Latina seducen de tal forma a nuestro público que hasta paran el trabajo. De América Latina nos llegan también a veces buenos materiales fílmicos; pero casi todo lo que circula por el mundo es de pura manufactura yanqui, cultura enlatada.

En nuestro país, realmente, el poco papel de que disponemos lo dedicamos a libros de textos y a nuestros pocos periódicos con pocas páginas. No podemos emplear recursos en hacer esa revista de papel suave, especial —no sé cómo se llama—, con muchas ilustraciones, que leen los pordioseros en las calles de cualquiera de nuestras capitales, anunciándoles ese lujoso automóvil con sus acompañantes femeninas, y hasta un yate, o cosas por el estilo, ¿no? [Risas.] Así van envenenando a la gente con esa propaganda, de modo que hasta los pordioseros son influenciados de forma cruel y puestos a soñar con el cielo, imposible para ellos, que el capitalismo ofrece.

En nuestro país —les digo— nos dedicamos a otras cosas; pero ellos influyen, desde luego, con la imagen de un tipo de sociedad que además de enajenante, desigual e injusta, es insostenible económica, social y ecológicamente.

Suelo citar el ejemplo de que si el modelo de consumo es que cada ciudadano de Bangladesh, la India, Indonesia, Paquistán o China tenga un automóvil en cada casa —y me perdonan los que tienen automóviles aquí, parece que no hay ya más remedio, son muchas las avenidas y largas las distancias. No estoy criticando, es la advertencia que hago sobre un modelo imposible de aplicar al mundo que está por desarrollar. [Risas.] Ellos me van a comprender bien, porque Caracas ya no da tampoco para muchos más automóviles. Van a tener que hacer avenidas de tres y cuatro pisos [risas], ¿saben? Me imagino que si en China hicieran eso, los 100 millones de hectáreas de que disponen para producir alimentos, se convierten en autopistas, garajes, parqueos de automóviles y no quedaría dónde cultivar un grano de arroz.

Es loco, incluso, caótico y absurdo, el modelo de consumo que le están imponiendo al mundo. [Aplausos.]

No pretendo que este planeta sea un convento de monjes cartujos, [risas] pero sí pienso que este planeta no tiene otra alternativa que definir cuáles deben ser los patrones o modelos de consumo alcanzables y asequibles, en los cuales debe ser educada la humanidad.

Cada vez son menos los que leen un libro. ¿Y por qué privar al ser humano del placer de leer un libro, por ejemplo, y de otros muchos en el terreno de la cultura y la recreación, en el ámbito de un enriquecimiento no sólo material sino también espiritual?

No estoy pensando en hombres trabajando, como en la época de Engels, 14 ó 15 horas diarias. Estoy pensando en hombres trabajando cuatro horas. Si la tecnología lo permite, entonces, ¿para qué hacerlo durante ocho? Lo más lógico y elemental es que mientras más productividad, menos esfuerzo físico o mental, menos desempleo y más tiempo libre debe tener el hombre. [Aplausos.]

Llamemos hombre libre a aquel que no tiene que trabajar toda la semana, incluidos sábado, domingo y doble turno, porque no le alcanza el dinero, y corriendo velozmente a todas horas, en un metro o en un ómnibus por las grandes ciudades. ¿A quién le van a hacer la historia de que ese hombre es libre? [Aplausos.]

Si las computadoras y máquinas automáticas pueden obrar milagros en la creación de bienes materiales y servicios, ¿por qué el hombre no se podría servir de la ciencia que ha creado con su inteligencia para el bienestar humano?

¿Por qué debido exclusivamente a razones comerciales, ganancias e intereses de elites súper-privilegiadas y poderosas, bajo el imperio de leyes económicas caóticas e instituciones que no son eternas, ni lo fueron ni lo serán nunca, como las famosas leyes del mercado convertido en objeto de idolatría, en palabra sacrosanta que a todas horas se menciona, todos los días, el hombre de hoy tiene que soportar hambre, desempleo, muerte prematura, enfermedades curables, ignorancia, incultura y todo tipo de calamidades humanas y sociales, si pudieran crearse todas las riquezas necesarias para satisfacer necesidades humanas razonables que sean compatibles con la preservación de la naturaleza y la vida en nuestro planeta? Hay que meditar, hay que definir. Desde luego, parece elementalmente razonable que el hombre disponga de alimentación, salud, techo, vestido, educación, transporte racional adecuado, sostenible y seguro, cultura, recreación, amplia variedad de opciones para su vida y mil cosas más que pudieran ser asequibles al ser humano, y no por supuesto un jet particular y un yate para cada uno de los 9.500 millones de seres humanos que en no más de 50 años estarán habitando el mundo.

Han deformado la mente humana.

Menos mal que en la época del Edén y del arca de Noé que nos narra el Antiguo Testamento no existían esas cosas, me imagino que vivían un poco más tranquilos. [Risas.] Bueno, si tuvieron un diluvio, también nosotros lo tenemos con harta frecuencia. Vean lo que acaba de pasar en Centroamérica, y con los cambios de clima nadie sabe si terminaremos comprando, adquiriendo o haciendo colas a la entrada de un arca. [Risas.]

Es así, han inculcado todo eso a la gente; han enajenado a millones, a decenas de millones y a cientos de millones de personas, y las hacen sufrir tanto más cuanto menos son capaces de satisfacer sus necesidades elementales, porque no tienen siquiera el médico ni tienen la escuela.

Los pueblos conocen que muchas veces se hacen imputaciones calumniosas, por intuición o instinto, ¡los pueblos tienen gran instinto! Además, los conocen a ellos, porque están por todas partes haciendo de todo, maltratando a la gente y sembrando egoísmos y odios. Los conocen. Es difícil disimular el desprecio, y es mucho lo que los países del Tercer Mundo sufren ante la arrogancia y el desprecio.

Los gobiernos de Estados Unidos nos han dado una posibilidad de luchar a plenitud al bloquearnos, hostigarnos constantemente y excluirnos de todo, felices incluso de estar excluidos a cambio de la libertad de poder hablar sin compromisos en cualquier tribuna del mundo donde hay tantas causas justas que defender. [Aplausos.]

Podremos tener consideraciones en general, por las razones que ya expliqué, con otros países; pero a ellos, que constituyen el baluarte fundamental de la reacción y la injusticia en nuestra época, podemos decirles la verdad y siempre la verdad, con relaciones y sin relaciones, con bloqueo y sin bloqueo. ¡Que no se hagan ni la más remota ilusión de que, si un día suspenden el bloqueo, Cuba dejará de hablar con la misma franqueza y la misma honestidad con que ha estado hablando durante estos cuarenta años! [Aplausos y exclamaciones.]

Es un deber histórico.

En un rato más termino, si ustedes me lo permiten. [Exclamaciones de: “¡No!”] Recuerden que estoy aquí de visita, [risas] y estoy aquí ante ustedes, ante los estudiantes universitarios; estoy en este país que, sinceramente, admiro y quiero mucho. [Aplausos y exclamaciones.]

No son palabras de un adulador. Yo fui siempre muy aficionado a la historia. Lo primero que estudié precisamente fue historia, porque cuando me pusieron en primer grado inmediatamente me entregaron un libro de historia sagrada —allí aprendí yo unas cuantas cosas que todavía recuerdo— [risas] y, desde luego, la historia del arca, el éxodo, las batallas y el cruce del Mar Rojo. A veces converso con algunos rabinos amigos y les digo: “Cuéntenme por dónde dieron la vuelta”. [Risas.] En broma, yo realmente respeto las religiones, porque he considerado un deber elemental respetar las creencias de cada cual. A veces discuto hasta de cuestiones relativamente teológicas sobre el mundo, el universo. Con motivo de la visita del Papa, tuve la satisfacción y la oportunidad de conocer a algunos teólogos realmente muy inteligentes, a los que bombardeé con preguntas de todo tipo. [Risas y aplausos.]

No me iba a atrever a hacer preguntas a ninguno sobre dogmas o cuestiones de fe, pero sí de otro tipo: el espacio, el universo, las teorías sobre su origen, las posibilidades de que exista o no vida en otros planetas y cosas que se pueden conversar con mucha seriedad. Con seriedad y respeto se puede conversar cualquier tema, y a partir de ese respeto preguntamos, e incluso a veces bromeamos.

Bien, entonces, estaba aquí, y les iba a decir que algo debo hablar sobre Venezuela, ¿verdad?, si ustedes me lo permiten. [Aplausos y exclamaciones de: “¡Sí!”.] Van a decir: “Vino a Venezuela y no dijo nada de nosotros”. Les advierto a todos que eso no es fácil, por las razones que ya expliqué.

Les comenzaba a decir que era un país al que quería mucho, por ahí salió la historia de mi afición por la historia, por la historia universal, la historia de las revoluciones y las guerras, la historia de Cuba, la historia de América Latina y la de Venezuela en especial. Por ello llegué a identificarme mucho con la vida y las ideas de Bolívar.

La fortuna quiso que Venezuela fuera el país que más luchara por la independencia de este hemisferio. [Aplausos.] Comenzó por aquí, y contaron con un legendario precursor como Miranda, que llegó a dirigir hasta un ejército francés en campaña, librando batallas famosas que en determinado momento evitaron a la Revolución Francesa una invasión de su territorio. Antes estuvo en Estados Unidos combatiendo por la independencia de aquel país. Tengo una colección amplia de libros sobre la fabulosa vida de Miranda, aunque no haya podido leerlos todos. Tuvieron por tanto los venezolanos a Miranda, el precursor de la independencia de América Latina, y después a Bolívar, el Libertador, que fue siempre para mí el más grande entre los grandes hombres de la historia. [Del público le dicen: “¡También Fidel!”]

Ubíquenme, por favor, en el lugar cuarenta mil. Yo recuerdo siempre una frase de Martí que fue la que más quedó grabada en mi conciencia:

Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

Muchos de los grandes hombres de la historia se preocuparon por la gloria, y no es razón para criticarlos. El concepto del tiempo, el sentido de la historia, del futuro, de la importancia y supervivencia de los hechos de su vida que pueda tener el hombre, y quizás sea eso lo que entendían por gloria. Es natural y explicable. A Bolívar le gustaba hablar de la gloria y hablaba muy fuertemente de la gloria, y no puede criticársele, porque una gran aureola acompañará siempre su nombre.

El concepto martiano de la gloria, que enteramente comparto, es aquel que pueda asociarse a una vanidad personal y a la autoexaltación de sí mismo. El papel del individuo en importantes acontecimientos históricos ha sido muy debatido e incluso admitido. Lo que me agrada especialmente de la frase de Martí es la idea de la insignificancia del hombre en sí, ante la enorme trascendencia e importancia de la humanidad y la magnitud inabarcable del universo, la realidad de que somos realmente como un minúsculo fragmento de polvo que flota en el espacio. Mas esa realidad no disminuye un ápice la grandeza del hombre; por el contrario, la eleva cuando, como en el caso de Bolívar, llevaba en su mente todo un universo repleto de ideas justas y sentimientos nobles.

Por eso admiro tanto a Bolívar. Por eso considero tan enorme su obra. No pertenece a la estirpe de los conquistadores de territorios y naciones, ni a la de fundadores de imperios que dio fama a otros; él creó naciones, liberó territorios y deshizo imperios. Fue, además, brillante soldado, insigne pensador y profeta. Hoy tratamos de hacer lo que él quiso hacer y no se ha hecho todavía; unir a nuestros pueblos para que mañana, siguiendo el mismo hilo de aquel pensamiento unitario, el único que se corresponde con nuestra especie y nuestra época, los seres humanos puedan conocer y vivir en un mundo unido, hermanado, justo y libre, lo que él quiso hacer con los pueblos integrados por los blancos, negros, indios y mestizos de nuestra América.

Creando en los países industrializados patrones de consumo insostenibles y sembrando sueños imposibles en el resto del planeta, el sistema capitalista desarrollado ha ocasionado ya un gran daño a la humanidad. Ha envenenado la atmósfera y agotado enormes recursos naturales no renovables, de los cuales la especie humana va a tener gran necesidad en el futuro. No se imaginen, por favor, que estoy concibiendo un mundo idealista, imposible, absurdo. Estoy tratando de meditar sobre lo que puede ser un mundo real y un hombre más feliz. No habría que mencionar una mercancía, bastaría mencionar un concepto: la desigualdad hace ya infeliz al 80% de los habitantes de la Tierra, y no es más que un concepto.

Hay que buscar conceptos y hay que tener ideas que permitan un mundo viable, un mundo sostenible, un mundo mejor.

A mí me sirve de entretenimiento lo que escriben muchos de los teóricos del neoliberalismo y de la globalización neoliberal. Realmente, tengo poco tiempo de ir al cine, casi nunca; de ver casetes, aunque sean buenos, hay algunos buenos, me pongo a leer artículos de estos señores para divertirme, [risas] sus analistas, sus comentaristas más agudos, más sabios, los veo envueltos en una cantidad de contradicciones, de confusión, incluso desesperación, queriendo cuadrar el círculo; debe ser para ellos algo terrible. [Aplausos.]

Recuerdo que una vez me enseñaron una figurita que era cuadrada, tenía dos rayas arriba así, una en el medio y otra hacia abajo. [Señala.] La cuestión era pasarla con el lápiz sin levantarlo una sola vez. Ni se sabe el tiempo que perdí [risas] en tratar de hacerlo, en vez de hacer la tarea, estudiar matemática, lenguaje y otras cosas, porque cuando no existían los jugueticos esos que inventó la industria para entretener a los muchachos durante las clases y para que saquen suspenso en la escuela, ya desde mi época inventábamos nosotros mismos cosas en las que perdíamos bastante tiempo.

Pero me divierto, gozo, disfruto, al menos les agradezco eso; [risas y aplausos] pero también les agradezco lo que me enseñan. ¿Y saben quiénes son los que más feliz me hacen en sus artículos y análisis? ¡Ah!, los más conservadores, los que no quieren ni oír hablar del Estado, ¡ni siquiera mencionarlo! Los que anhelan un banco central en la Luna, [risas] para que a ningún humano se le ocurra andar rebajando o subiendo intereses. Es increíble.

Esos son los que más feliz me hacen, porque cuando ellos dicen algunas cosas, yo pienso: ¿Me habré equivocado, este artículo no lo habrá escrito un extremista de izquierda, un radical? [Risas.] ¿Pero qué es esto?, al ver a Soros escribiendo libro tras libro. Y el último, sí, lo tuve que leer también, no me quedó más remedio, porque dije: Bueno, éste es teórico; pero, además, es académico, y adicionalmente tiene no sé cuántos miles de millones resultado de operaciones especulativas. Este hombre debe saber de eso, los mecanismos, los trucos. Pero el título: Crisis del capitalismo global, fue el nombre que le puso, es todo un poema; lo dice con gran seriedad [risas], y al parecer con una convicción tal que entonces me digo: ¡Caramba, parece que no soy el único loco en este mundo! [Risas y aplausos.] De los que expresan inquietudes similares hay cantidad, yo les presto aún más atención que a los adversarios del orden económico mundial existente.

El de izquierda va a querer demostrar de todas formas que eso va abajo. [Risas.] Es lógico, es su deber, y, además, tiene razón; [risas] pero el otro no desea eso de ninguna manera. Ante catástrofes, crisis, amenazas de todas clases, se desesperan y escriben muchas cosas. Están desconcertados, es lo menos que puede decirse; han perdido la fe en sus doctrinas.

Entonces, los que decidimos resistir en solitario, y ya no hablo de la soledad geográfica, sino casi de la soledad en el campo de las ideas, porque los desastres traen consecuencias, escepticismos que son multiplicados por la experta y poderosa maquinaria publicitaria del imperio y sus aliados; todo eso trae pesimismo en mucha gente, confusión, no tienen todos los elementos de juicio para analizar situaciones con una perspectiva histórica y se desalientan.

¡Ah!, qué amargos eran aquellos días, aquellos primeros días, y desde antes de los primeros días, cuando vimos a mucha gente cambiar de camisa por aquí y por allá, realmente —y no estoy criticando a nadie, estoy criticando a las camisas. [Risas y aplausos.] ¡Ah!, en qué brevísimo tiempo hemos visto cómo todo cambia, y aquellas ilusiones han ido quedando atrás, han durado menos —como se dice en Cuba y no sé si aquí también— que un merengue en la puerta de una escuela. [Risas.]

Allá, en la antigua URSS, llegaron con sus recetas neoliberales y de mercado y han ocasionado destrozos increíbles, ¡verdaderamente increíbles!, desgajado naciones, desarticulado federaciones de repúblicas, económica y políticamente; han reducido las perspectivas de vida, en algunas de ellas 14 y 15 años; han multiplicado la mortalidad infantil tres o cuatro veces; han creado problemas sociales y económicos que ni siquiera un Dante resucitado sería capaz de imaginar. (…)

Así que con esto no puedo estar pretendiendo halagarlos a ustedes, sino más bien recordándoles el deber de ustedes, de la nación, del pueblo, de todos los que nacieron después de aquella visita, de los más jóvenes, de los más maduros, que realmente tienen ante sí una enorme responsabilidad. Creo que oportunidades se han perdido algunas veces; pero ustedes no tendrían perdón si esta la pierden. [Aplausos.]

Les habla una persona que ha tenido el privilegio y la oportunidad de haber adquirido alguna experiencia política, de haber vivido todo un proceso revolucionario, incluso en un país donde, como les conté, la gente no quería oír hablar ni de socialismo. Cuando digo la gente, es la gran mayoría. Esa misma mayoría apoyaba a la Revolución, apoyaba a los dirigentes, apoyaba al Ejército Rebelde, pero había fantasmas que la atemorizaban. Lo que hizo Pavlov con los famosos perros, eso fue lo que hizo Estados Unidos con muchos de nosotros y quién sabe con cuántos millones de latinoamericanos: crearnos reflejos condicionados.

Hemos tenido que luchar mucho contra las escaseces y la pobreza; hemos tenido que aprender a hacer mucho con poco. Tuvimos momentos mejores y peores, sobre todo, cuando logramos establecer acuerdos comerciales con el campo socialista y la Unión Soviética y demandamos precios más justos para nuestros productos de exportación; porque veíamos que lo que ellos exportaban subía de precio y los nuestros, si hacíamos un convenio por cinco años, se quedaban con ese precio durante ese período, entonces, al final del quinquenio teníamos menos capacidad de compra. Propusimos la cláusula resbalante: cuando aumentaban los precios de los productos que ellos nos exportaban, aumentaban automáticamente los de los productos que nosotros les enviábamos. Acudimos a la diplomacia, a la doctrina y a la elocuencia que ha de suponerse en los revolucionarios de un país que tenía que vencer tantos obstáculos.

Realmente, los soviéticos tenían simpatía por Cuba y gran admiración por nuestra Revolución; porque a ellos, después de tantos años, ver que un paisito, allí, al lado de Estados Unidos, se sublevara contra la poderosa superpotencia les causaba asombro, lo que menos se imaginaban y lo que menos le habrían aconsejado a nadie, suerte que no le pedimos consejo a nadie, [risas] aunque ya habíamos leído casi la biblioteca entera de los libros de Marx, Engels, Lenin y otros teóricos; éramos convencidos marxistas y socialistas.

Con esa fiebre y ese sarampión que solemos tener los jóvenes, e incluso muchas veces los viejos, [aplausos] yo asumí los principios básicos que aprendí en aquella literatura y me ayudaron a comprender la sociedad en que vivía que hasta entonces era para mí una maraña intrincada que no tenía explicación convincente de ninguna índole. Y debo decir que el famoso Manifiesto comunista, que tantos meses tardaron en redactar Marx y Engels —se ve que su autor principal trabajaba concienzudamente, frase que solía usar, y debe haberlo revisado más veces de lo que Balzac revisaba una hoja de cualquiera de sus novelas—, me hizo una gran impresión, porque por primera vez en mi vida vi unas cuantas verdades que no había visto nunca.

Antes de eso, yo era una especie de comunista utópico. Estudiando un libraco enorme, impreso en hojas de mimeógrafo, como 900 páginas, el primer curso de la economía política que nos enseñaban en la Escuela de Derecho, una economía política inspirada en las ideas del capitalismo, pero que mencionaba y analizaba escuetamente las distintas escuelas y criterios, y luego en el segundo curso, prestándole mucho interés al tema y meditando a partir de puntos de vista racionales, fui sacando mis propias conclusiones y terminé siendo un comunista utópico.

Lo califico así porque no se apoyaba en base científica e histórica alguna, sino en los buenos deseos de aquel recién graduado alumno de la escuela de los jesuitas, a los cuales les estoy muy agradecido porque me enseñaron algunas cosas que me ayudaron en la vida, sobre todo, a tener cierta fortaleza, un cierto sentido del honor y determinados principios éticos, que ellos, jesuitas españoles —aunque muy distantes de las ideas políticas y sociales que pueda tener yo ahora—, les inculcaban a sus alumnos.

Pero de allí salí deportista, explorador, escalador de montañas y entré políticamente analfabeto a la Universidad de La Habana, sin la suerte de un preceptor revolucionario, que tan útil habría sido para mí en aquella etapa de mi vida.

Por esos caminos llegué a mis ideas, que conservo y mantengo con lealtad y fervor creciente, quizás por tener un poco más de experiencia y conocimientos, y quizás también por haber tenido oportunidad de meditar sobre problemas nuevos que no existían siquiera en la época de Marx.

Por ejemplo, la palabra medio ambiente no debe haberla pronunciado nadie en toda la vida de Carlos Marx, excepto Malthus que dijo que la población crecía geométricamente; que la alimentación no alcanzaría para tantos, convirtiéndose así en una especie de precursor de los ecologistas, aunque sostenía ideas en materia económica y de salarios con las que no se puede estar de acuerdo. [Risas.]

Así que uso la misma camisa con que vine a esta universidad hace 40 años, [aplausos] con que atacamos el Cuartel Moncada, con que desembarcamos en el Granma. [Aplausos.] Me atrevería a decir, a pesar de las tantas páginas de aventuras que cualquiera puede encontrar en mi vida revolucionaria, que siempre traté de ser sabio pero prudente; aunque tal vez he sido más sabio que prudente.

En la concepción y desarrollo de la Revolución Cubana, actuamos como dijo Martí al hablar del gran objetivo antiimperialista de sus luchas, próximo ya a morir en combate, que “en silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Fui discreto, no todo lo que debía, porque con cuanta gente me encontraba le empezaba a explicar las ideas de Marx y la sociedad de clases, de manera que en el movimiento de carácter popular, cuya consigna en su lucha contra la corrupción era “Vergüenza contra dinero”, al que me había incorporado recién llegado a la universidad, me estaban asignando fama de comunista. Pero era ya en los años finales de mi carrera no un comunista utópico, sino esta vez un comunista atípico, que actuaba libremente. Partía de un análisis realista de la situación de nuestro país. Era la época del macartismo, del aislamiento casi total del Partido Socialista Popular, nombre que ostentaba el partido marxista en Cuba, y había, en cambio, en el movimiento donde me había incorporado, convertido ya en Partido del Pueblo Cubano, una gran masa que, a mi juicio, tenía instinto de clase, pero no conciencia de clase, campesinos, trabajadores, profesionales, personas de capas medias, gente buena, honesta, potencialmente revolucionaria. Su fundador y líder, hombre de gran carisma, se había privado de la vida dramáticamente meses antes del golpe de Estado de 1952. De las jóvenes filas de aquel partido se nutrió después nuestro movimiento.

Militaba en aquella organización política, que ya realmente estaba cayendo, como ocurría con todas, en manos de gente rica, y me sabía de memoria todo lo que iba a pasar después del ya inevitable triunfo electoral; pero había elaborado algunas ideas, por mi cuenta también —imagínense que a un utopista se le puede ocurrir cualquier cosa—, sobre lo que había que hacer en Cuba y cómo hacerlo, a pesar de Estados Unidos. Había que llevar aquellas masas por un camino revolucionario. Quizás fue el mérito de la táctica que nosotros seguimos. Claro, andábamos con los libros de Marx, de Engels y de Lenin.

Cuando el ataque al cuartel Moncada se nos quedó extraviado un libro de Lenin, y en el juicio lo primero que decía la propaganda del régimen batistiano era que se trataba de una conspiración de “priístas” corrompidos, del gobierno recién derrocado, con el dinero de aquella gente, y además comunista. No se sabe cómo se podían conciliar las dos categorías.

En el juicio, lo que hice fue asumir mi propia defensa. No es que me considerara buen abogado, pero creía que el mejor que podía defenderme en aquel momento era yo mismo; me puse una toga y ocupé mi puesto donde estaban los abogados. El juicio era político, más que penal. No pretendía salir absuelto, sino divulgar ideas. Comienzo a interrogar a todos los criminales aquellos que habían asesinado a decenas y decenas de compañeros y actuaban como testigos; el juicio fue contra ellos. [Aplausos.] De tal manera que al siguiente día me sacaron de allí, me separaron, me declararon enfermo. [Risas.] Fue lo último que hicieron, porque tenían bastantes deseos de acabar conmigo de una sola vez; pero, bueno, conocía bien por qué se midieron. Conocía y conozco cuál era la psicología de toda aquella gente, el estado anímico, la situación popular, el rechazo y la enorme indignación que produjeron sus asesinatos, y también tuve un poco de suerte; pero el hecho es que en las horas iniciales, mientras me interrogaban, aparece el libro de Lenin, alguien lo saca: “Ustedes tenían un libro de Lenin”.

Nosotros explicando lo que éramos: martianos, era la verdad, que no teníamos nada que ver con aquel gobierno corrompido que habían desalojado del poder, que nos proponíamos tales y más cuales objetivos. Eso sí, de marxismo-leninismo no les hablamos ni una palabra, ni teníamos por qué decirles nada. Dijimos lo que les teníamos que decir, pero como en el juicio salió a relucir el libro, yo sentí verdadera irritación en ese instante, y dije: “Sí, ese libro de Lenin es nuestro; nosotros leemos los libros de Lenin y otros socialistas, y el que no los lea es un ignorante”, así lo afirmé a jueces y a los demás en aquel mismo lugar. [Aplausos.]

Era insoportable aquello. No íbamos a decir: “Mire, ese librito, alguien lo puso ahí”. No, no. [Risas.]

Después estaba nuestro programa expuesto cuando me defendí en el juicio. Quien no supo cómo pensábamos fue porque no quiso saber cómo pensábamos. Tal vez se quiso ignorar aquel discurso conocido como “La historia me absolverá”, con el que me defendí solo allá, porque, como expliqué, me expulsaron, me declararon enfermo, juzgaron a todos los demás, y a mí me enviaron a un hospital para juzgarme, en una salita; no me ingresaron en el hospital propiamente, sino en una celda aislada de la prisión. En el hospital estaba la salita chiquitica convertida en audiencia, con el tribunal y unas pocas personas apretadas, casi todas militares, donde me juzgaron, y tuve el placer de poder decir allí todo lo que pensaba, completo, bastante desafiante.

Me pregunto, les decía, por qué no dedujeron cuál era nuestro pensamiento, porque ahí estaba todo. Contenía —se puede decir— los cimientos de un programa socialista de gobierno, aunque, convencido, desde luego, de que ese no era el momento de hacerlo, que eso iba a tener sus etapas y su tiempo. Es cuando hablamos ya de la reforma agraria, y hablamos, incluso, entre otras muchas cosas de carácter social y económico, de que toda la plusvalía —sin mencionar esa palabra, por supuesto— [risas] las ganancias que obtenían todos aquellos señores que tenían tanto dinero, había que dedicarlas al desarrollo del país, y di a entender que el Gobierno tenía que responsabilizarse con ese desarrollo y aquellos excedentes de dinero.

Hablé hasta del becerro de oro. Volví a recordar la Biblia y señalé: “A los que adoraban el becerro de oro”, en clara referencia a quienes todo lo esperaban del capitalismo. Un número suficiente de cosas para deducir cómo pensábamos.

Después he meditado que es probable que muchos de los que podían ser afectados por una verdadera revolución no nos creyeran en absoluto, porque en 57 años de neocolonia yanqui, se había proclamado más de un programa progresista o revolucionario; las clases dominantes no creyeron nunca en el nuestro como algo posible o permisible por Estados Unidos ni le prestaron mayor atención, lo aceptaron, hasta les hacía gracia; al final todos los programas se abandonaban, la gente se corrompía, y posiblemente dijeron: “Está muy bonito, muy simpático; sí, las ilusiones de estos románticos muchachos, ¿para qué le vamos a hacer caso a eso?”.

Sentían antipatía por Batista, admiraban el combate frontal contra su régimen abusivo y corrupto, y posiblemente subestimaron el pensamiento contenido en aquel alegato, donde estaban las bases de lo que después hicimos y lo que hoy pensamos, con la diferencia de que muchos años de experiencia han enriquecido más nuestros conocimientos y percepciones en torno a todos aquellos temas. De modo que ése es mi pensamiento, ya lo dije desde entonces.

Hemos vivido la dura experiencia de un largo período revolucionario, especialmente los últimos diez años, enfrentados en circunstancias muy difíciles a fuerzas sumamente poderosas. Bueno, voy a decir la verdad: logramos lo que parecía imposible lograr. Yo diría que casi casi se hicieron milagros. Desde luego, las leyes fueron tal y como se habían prometido, surgió furiosa la oposición siempre soberbia y arrogante de Estados Unidos, que tenía mucha influencia en nuestro país, y el proceso se fue radicalizando ante cada golpe y agresión que recibíamos; así comenzó la larga lucha que ha durado hasta hoy. Se polarizaron las fuerzas en nuestro país, con la suerte de que la inmensa mayoría estaba con la Revolución, y una minoría, que sería el 10% o menos, estaba contra ella, de modo que hubo siempre un gran consenso y un gran apoyo en todo aquel proceso hasta hoy.

Uno sabe de qué cosas se puede preocupar, porque nosotros hicimos un gran esfuerzo por superar aquellos prejuicios que existían, por trasmitir ideas, por crear conciencia en la gente, y fue difícil.

Recuerdo la primera vez que hablé sobre la discriminación racial. Tuve que ir como tres veces a la televisión. Me sorprendió hasta qué punto habían calado prejuicios que nos trajeron, más de lo que suponíamos, los vecinos del Norte: que tales clubes eran para blancos y los otros no podían ir allí, y tales playas, casi todas las playas, sobre todo en la capital, eran para blancos; hasta existían parques y paseos públicos segregados, donde unos iban en una dirección y otros en otra, de acuerdo al color de la piel. Lo que hicimos fue que abrimos todas las playas a todo el pueblo y desde los primeros días proscribimos la discriminación en todos los lugares de recreación, parques y paseos. Aquella humillante injusticia era absolutamente incompatible con la Revolución.

Un día hablé y expliqué estas cosas, ¡qué tremenda reacción, qué de rumores, qué de mentiras! Dijeron que íbamos a obligar a casarse a los blancos y las negras, y a las blancas y los negros. Bueno, como aquella barbaridad que inventaron un día de que le íbamos a quitar la patria potestad a la familia. Tuve que ir otra vez a la televisión sobre el tema de la discriminación para responder todos aquellos rumores e intrigas y volver a explicar. Aquel fenómeno, que no era más que una cultura racista impuesta, un humillante y cruel prejuicio, trabajo costó superarlo.

Es decir, dedicamos en aquellos años una gran parte del tiempo a formar conciencias y a defendernos de expediciones, amenazas de agresión exterior, guerra sucia, planes de atentados, sabotajes, etcétera. En nuestro país llegó a haber bandas mercenarias armadas en todas las provincias, promovidas y suministradas por el gobierno de Estados Unidos, pero les salimos al paso, no les dimos tiempo, no tuvieron el menor chance de prosperar, porque estaba muy reciente nuestra propia experiencia en la lucha irregular y prácticamente fuimos uno de los poquísimos países revolucionarios que derrotó totalmente las bandas a pesar de la ayuda logística que recibían desde el exterior. A eso dedicamos mucho el tiempo.

Un problema, una preocupación concreta que tengo, es que se ve, y es natural, que se han levantado muchas expectativas en Venezuela con motivo del extraordinario resultado de las elecciones. ¿A qué me refiero? A la tendencia, natural, lógica, en la población de soñar, desear que un gran número de problemas acumulados se resuelvan en cuestión de meses. Como amigo honesto de ustedes, y por mi propia cuenta, pienso que hay problemas que no se van a resolver ni en meses, ni en años. [Aplausos.]

Leí por eso los datos, porque datos similares los estamos viendo y analizando todos los días en nuestro país, cómo está el precio del níquel o del azúcar, cuánto rindió la hectárea de caña, si hubo sequía, si no hubo, cuánto se ingresa, cuánto se debe, qué hay que comprar con urgencia, cuánto cuesta la leche en polvo, los cereales, los medicamentos indispensables, los insumos productivos, todas las demás cosas y lo que había que hacer.

En un determinado momento logramos impulsar las producciones azucareras, prácticamente las duplicamos, buenos precios, adquirimos maquinarias y comenzamos a construir obras de infraestructura, se incrementaron las inversiones en la industria, la agricultura, limitados sólo por los recursos tecnológicos soviéticos, que en algunas cosas estaban más adelantados y en otras estaban más atrasados, gastaban por lo general mucho combustible.

Pero cuanto acero necesitábamos por encima de la producción nacional lo comprábamos. Medio millón de metros cúbicos de madera de la Siberia llegaban a Cuba cada año, adquirida con azúcar, níquel y otros productos que, en virtud del precio resbalante, el acuerdo alcanzado antes de la explosión del precio del petróleo, subió el del azúcar y otras exportaciones en la misma medida que subió el precio del petróleo. [Aplausos.] ¿Y saben cuánto llegamos a consumir? Trece millones de toneladas anuales de combustible, no sólo por todos los servicios de transporte, la mecanización de la agricultura, de las construcciones, de instalaciones portuarias, decenas de miles de kilómetros de carreteras, cientos de presas y micropresas, principalmente para la agricultura, viviendas, vaquerías equipadas todas con ordeño mecánico, escuelas a montones, miles de escuelas y otras instalaciones sociales, sino por el consumo energético de las industrias y en las viviendas. La electrificación del país llegó a beneficiar el 95% de la población. Había recursos, y lo que podría decir es que ni siquiera éramos capaces de administrarlos con el máximo de eficiencia.

Ahora sí hemos aprendido. En época de vacas gordas no se aprende mucho, en época de vacas flacas, y bien flacas, entonces se aprende bastante; pero hicimos muchas cosas que nos permitieron esos resultados en lo económico, lo social y en muchas otras cosas de las que les he hablado.

Nuestro país también ocupa el primer lugar en educación, en maestros per cápita. Recientemente, se elaboró un informe de la UNESCO que nos satisfizo mucho. Realizaron una encuesta entre 54.000 niños de tercero y cuarto grados, sobre sus conocimientos en matemáticas y lenguaje, en 14 países de América Latina, entre ellos los más adelantados, y obtuvieron con ello un promedio: unos estaban por encima del promedio y otros por debajo; pero la posición que le correspondió a Cuba fue por amplio margen el primer lugar, casi el doble del promedio del resto de América Latina. [Aplausos.] En todos los índices, como edad de los alumnos por grado, retención escolar, no repitientes y otros factores que miden la calidad de la enseñanza básica, ocupamos, sin excepción, el lugar de honor, situando a nuestro país solitariamente en la categoría 1.

Hay una gran masa de nuevos profesores y cada año que pasa acumulan más conocimiento y experiencia, igual que existe una gran masa de médicos y cada año que transcurre tienen más conocimientos. También con los profesionales en general y en unos cuantos campos ocurre igual. El porcentaje del ingreso bruto que invertimos en la ciencia es incomparablemente más alto que el de los países más avanzados de América Latina, con decenas de miles de trabajadores científicos, muchos de ellos con títulos de postgrado y conocimientos crecientes. Hemos hecho muchas cosas e invertido, sobre todo, en capital humano.

¿Cuál puede ser un temor? Eso, que lo digo aquí con toda franqueza y estoy dispuesto a decirlo en cualquier parte. Ustedes vivieron época de vacas gordas… [Le dicen que hace tiempo…] Hace tiempo, de acuerdo. En 1972 el precio del barril de petróleo estaba a 1,90 dólares. Cuba, por ejemplo, al triunfo de la Revolución, con unos pocos cientos de miles de toneladas de azúcar, compraba los 4 millones de toneladas de combustible que consumía, al precio mundial normal del azúcar en aquel momento. Nos salvó el precio resbalante mencionado, a raíz de la súbita elevación del costo del combustible; pero cuando vino la crisis, se acabó la URSS, y con ella nuestro principal mercado y todo tipo de precio convenido, tuvimos que reducir a la mitad los 13 millones de toneladas de combustible que ya estábamos consumiendo; una gran parte de lo que exportábamos teníamos que invertirlo en combustible, y aprendimos a ahorrar.

Ya les hablé de peloteros, pero les puedo añadir que allí en cada batey y en cada caserío había peloteros, y estaba el tractor trasladando en carretas peloteros, aficionados y todo el mundo para el juego, y había, incluso, muchos operadores que iban a visitar a la novia en el tractor. [Risas.] Habíamos pasado de 5.000 tractores a 80.000.

El pueblo era dueño de todo y nosotros habíamos cambiado de sistema, pero no habíamos aprendido mucho cómo se controla y se administra todo eso, y caímos, además, en algunos errores de idealismo. Pero teníamos más cosas que repartir que las que hoy tenemos. Más de uno dijo que Cuba había “socializado la pobreza”. Les respondíamos: “Sí, es mejor socializar la pobreza que distribuir las escasas riquezas entre una pequeña minoría que se lo lleva todo y el resto del pueblo que no recibe nada”.

Ahora más que nunca nos vemos obligados a distribuir con la máxima equidad posible lo que tenemos. Sin embargo, se han producido privilegios en nuestro país, por causas que para nosotros fueron inevitables: remesas familiares, turismo, apertura en determinadas ramas a la inversión extranjera, cosas que nos hicieron más difícil la tarea en el terreno político e ideológico, porque la fuerza del dinero es grande. No se puede subestimar.

Hemos tenido que luchar mucho con todo eso, pero sacamos la conclusión de que en una urna de cristal se podía ser muy puro, y quien viviera así, en asepsia total, el día que saliera de ella un mosquito, un insecto, una bacteria acababa con él, igual que muchas bacterias, parásitos y virus que trajeron los españoles mataron a gran número de nativos en este hemisferio. Carecían de inmunidad contra ellas. Dijimos: “Vamos a aprender a trabajar en condiciones difíciles, porque, al fin y al cabo, la virtud se desarrolla en la lucha contra el vicio”. Y así hemos tenido que enfrentarnos a muchos problemas, en las actuales circunstancias.

Ustedes tuvieron una etapa de enormes ingresos cuando creció el precio de 1,90 dólares por barril en 1972, a 10,41 en 1974, a 13,03 en 1978, a 29,75 en 1979, hasta llegar al fabuloso precio de 35,69 en 1980. Durante los cinco años subsiguientes, entre 1981 y 1985, el precio promedio por barril fue de 30,10 dólares, un verdadero río de ingresos en divisas convertibles, por este concepto. Conozco la historia de lo que ocurrió después, porque tengo muchos amigos, profesionales, cada vez que los veía les preguntaba cómo estaba la situación, cuál era su salario entonces y cuál era su ingreso real diez años más tarde. He sido testigo de cómo fueron bajando año por año hasta hoy.

No me corresponde hacer análisis de otro carácter. Siempre les hacía a los venezolanos aquellas preguntas pensando en la situación del país. No son hoy tiempos de vacas gordas ni para Venezuela, ni para el mundo. Cumplo un deber honesto, un deber de amigo, un deber de hermano, al sugerirles a ustedes, que constituyen una poderosa vanguardia intelectual, meditar a fondo sobre estos temas, y expresarles a la vez nuestra preocupación de que esa lógica, natural y humana esperanza, nacida de una especie de milagro político que se ha producido en Venezuela, pueda traducirse a corto plazo en decepciones y en un debilitamiento de tan extraordinario proceso. [Aplausos.]

Me pregunto, debo hacerlo y lo hago: ¿Qué proezas, qué milagros económicos se pueden esperar de inmediato con los precios de los productos básicos de exportación venezolanos profundamente deprimidos y el petróleo a 9 dólares el barril, es decir, el precio más bajo en los últimos 25 años, un dólar que tiene mucho menos poder adquisitivo que entonces, una población mucho mayor, una enorme acumulación de problemas sociales, una crisis económica internacional y un mundo neoliberalmente globalizado?

No puedo ni debo decir una palabra de lo que haríamos nosotros en circunstancias como éstas. No puedo, estoy aquí de visitante, no estoy de consejero, ni de opinante, ni cosa parecida. Medito simplemente.

Permítanme decirles que no quiero mencionar países, pero hay unos cuantos de ellos muy importantes, con una situación más difícil que la de ustedes, que ojalá puedan vencer las dificultades.

La situación de ustedes es difícil, pero no catastrófica. Así lo veríamos si estuviéramos en el lugar de ustedes. Les voy a decir algo más —con la misma franqueza—, ustedes no pueden hacer lo que hicimos nosotros en 1959. Ustedes tendrán que tener mucha más paciencia que nosotros, y me estoy refiriendo a aquella parte de la población que esté deseosa de cambios sociales y económicos radicales inmediatos en el país.

Si la Revolución Cubana hubiese triunfado en un momento como éste, no habría podido sostenerse. La misma Revolución Cubana que ha hecho lo que ha hecho. Surgió, y no por cálculos, sino por una rara coincidencia histórica, catorce años después de la Segunda Guerra Mundial, en un mundo bipolar. Nosotros no conocíamos ni a un soviético, ni recibimos nunca una sola bala de un soviético para llevar a cabo nuestra lucha y nuestra Revolución, ni tampoco nos dejamos llevar por asesoramiento político alguno después del triunfo, ni lo intentó nadie nunca, porque éramos muy reacios a eso. A los latinoamericanos, en especial, no nos gusta que nos digan ni nos sugieran ideas o cosas.

En aquel momento, desde luego, había otro polo poderoso; tiramos un ancla en aquel polo nacido precisamente de una gran revolución social, ancla que nos sirvió de mucho frente al monstruo que teníamos delante, que apenas hicimos una reforma agraria nos cortó de inmediato el petróleo y otros suministros vitales y redujo, hasta llevarlas a cero, las importaciones de azúcar cubana, privándonos en un minuto de un mercado que se formó durante más de cien años. Aquellos en cambio nos vendieron petróleo a precio mundial, sí; a pagar en azúcar, sí; al precio mundial del azúcar, sí. Pero se exportó el azúcar a la URSS y llegó el petróleo, materias primas, alimentos y muchas cosas más. Nos dio tiempo para formar una conciencia; nos dio tiempo para sembrar ideas; nos dio tiempo para crear una nueva cultura política, [aplausos] ¡nos dio tiempo!, suficiente tiempo para crear la fortaleza que nos permitió resistir después los tiempos más increíblemente difíciles.

Todo el internacionalismo que practicamos, ya mencionado, nos dio también fuerza.

Pienso que ningún país ha vivido circunstancias más difíciles. No hay ni sombra de vanagloria si les digo, tratando de ser objetivo, que ningún otro país en el planeta habría resistido. Puede haber alguno, si me pongo a pensar en los vietnamitas, creo que los vietnamitas eran capaces de cualquier resistencia; [aplausos] me pongo a pensar en los chinos y los chinos eran igualmente capaces de cualquier proeza.

Hay pueblos que tienen características y condiciones peculiares; realmente, culturas muy arraigadas y muy propias, heredadas de sus milenarios antecesores, lo que crea una enorme capacidad de resistencia. En Cuba se trataba de una cultura en gran parte heredada de un mundo que se volvió adversario, quedamos rodeados por todas partes de regímenes hostiles, campañas hostiles, bloqueo y presiones económicas de todo tipo que complicaban extraordinariamente nuestra tarea revolucionaria: seis años de lucha contra las bandas, con las que el vecino poderoso instrumentaba sus tácticas de guerra sucia; montones de años luchando contra terroristas, planes de atentado, para qué contarles; únicamente, decirles que me siento muy privilegiado, al cabo de 40 años, por haber podido volver a este para mí ya inolvidable y querido sitio, [aplausos] como testimonio de la ineficiencia y el fracaso de los que tantas veces quisieron adelantar en mí el proceso natural e inevitable de la muerte.

Ahora, podemos decir, como me dijo un teniente que me hizo prisionero en un bosque, al amanecer, en las inmediaciones de Santiago de Cuba, varios días después del asalto a la fortaleza del Moncada. Habíamos cometido el error —siempre hay un error—, cansados de tener que reposar sobre piedras y raíces, de dormir en un pequeño varaentierra cubierto de hojas de palma que estaba por allí, y nos despertaron con los fusiles sobre el pecho, un teniente casualmente negro, por suerte, y unos soldados que tenían las arterias hinchadas, sedientos de sangre, y sin saber ni quiénes éramos. No habíamos sido identificados. En el primer momento no nos identificaron, nos preguntaron los nombres, yo di uno cualquiera: ¡prudencia, eh!, [risas] astucia, ¿no?, [aplausos] quizás intuición, instinto. Puedo asegurarles que temor no tuve, porque hay momentos de la vida en que es así, cuando uno se da ya por muerto, y entonces más bien reacciona el honor, el orgullo, la dignidad.

Si les doy mi nombre, aquello habría sido: ¡rá, rá, rá!, acaban de inmediato con el pequeño grupo. Unos minutos después encontraron en las proximidades varias armas dejadas allí por unos compañeros que no estaban en condiciones físicas de seguir la lucha, algunos de ellos heridos, que por acuerdo de todos estaban regresando a la ciudad para presentarse directamente a las autoridades judiciales. Quedamos tres, ¡sólo tres compañeros armados!, que fuimos capturados de la forma que expliqué.

Pero aquel teniente, ¡qué cosa increíble! —esto nunca lo había contado en detalle públicamente—, está calmando a los soldados, y ya casi no podía. En el momento en que buscando por los alrededores encuentran las armas de los demás compañeros, se pusieron superfuriosos. Nos tenían amarrados y apuntándonos con los fusiles cargados; pero no, aquel teniente se movía de un lado a otro, calmándolos y repitiendo en voz baja: “Las ideas no se matan, las ideas no se matan”. ¿Qué le dio a aquel hombre por decir aquello?

Era un hombre ya maduro, había estado estudiando algo en la universidad, algunos cursos; pero tenía aquella idea en la cabeza, y le dio por expresarla en voz baja, como hablando consigo mismo: “Las ideas no se matan”. Bueno, cuando observo a aquel hombre y lo veo con aquella actitud, y en un momento crítico, cuando a duras penas pudo impedir que aquellos soldados furiosos dispararan, me levanto y le digo: “Teniente —a él solo, por supuesto—, yo soy fulano de tal, responsable principal de la acción; al ver su comportamiento caballeroso no puedo engañarlo, quiero que sepa a quién tiene prisionero”. Y el hombre me dice: “¡No se lo diga a nadie!”. “¡No se lo diga a nadie!”. [Aplausos.] Aplaudo a aquel hombre porque me salvó tres veces la vida en unas horas.

Unos minutos después ya nos llevaban, y muy irritados todavía los soldados, unos tiros que suenan no lejos de allí, los ponen en zafarrancho de combate, y nos dicen: “¡Tírense al suelo, tírense al suelo!”. Yo me quedo de pie y digo: “¡No me tiro al suelo!”. Me pareció como una estratagema para eliminarnos, y digo: “No”. Se lo digo también al teniente, que insistía en que nos protegiéramos: “No me tiro al suelo. Si quieren disparar, que disparen”. Entonces él me dice —fíjense lo que me dice—: “Ustedes son muy valientes, muchachos”. ¡Qué increíble reacción!

No quiero decir que en ese momento me salvó la vida, en ese momento tuvo ese gesto. Después que llegamos a una carretera, nos monta en un camión y había un comandante cerca de allí que era muy sanguinario, había asesinado a numerosos compañeros y quería que les entregaran a los prisioneros; el teniente se niega, dice que son prisioneros de él y que no los entrega. Me monta delante en la cabina. El comandante quería que nos llevara para el Moncada, y él ni nos entrega al comandante —ahí nos salvó por segunda vez, ni nos lleva para el Moncada; nos lleva para la prisión, en medio de la ciudad, por tercera vez me salvó la vida. Ya ven, y era un oficial de aquel ejército contra el cual estábamos combatiendo. Después, cuando la Revolución triunfa, lo ascendimos y fue capitán, ayudante del primer Presidente del país después del triunfo.

Como dijo aquel teniente, las ideas no se matan [aplausos] nuestras ideas no murieron, nadie pudo matarlas; y las ideas que sembramos y desarrollamos a lo largo de esos treinta y tantos años, hasta 1991, más o menos, cuando se inicia el período especial, fueron las que nos dieron la fuerza para resistir. Sin esos años que dispusimos para educar, sembrar ideas, conciencia, sentimientos de profunda solidaridad en el seno del pueblo y un generoso espíritu internacionalista, nuestro pueblo no habría tenido fuerzas para resistir.

Hablo de cosas que se relacionan un poco con cuestiones de estrategia política, muy complicadas, porque pueden ser interpretadas de una forma o de otra, y yo sé muy bien lo que quiero expresar. He planteado que ni siquiera una revolución como la nuestra, que triunfó con el apoyo de más del 90% de la población, respaldo unánime, entusiasta, gran unidad nacional, una fuerza política tremenda, habría podido resistir, no habríamos podido preservar la Revolución en las actuales circunstancias de este mundo globalizado.

Yo no le aconsejo a nadie que deje de luchar, por una vía o por otra, hay muchas, y entre ellas la acción de las masas, cuyo papel y creciente fuerza es siempre decisivo.

Hoy mismo nosotros estamos envueltos en una gran lucha de ideas, de transmisión de ideas a todas partes; es nuestro trabajo. Hoy no se nos ocurriría decirle a alguien: haz una revolución como la nuestra, porque no podríamos, en las circunstancias que conocemos, a nuestro juicio, bastante bien, sugerir: hagan lo que nosotros hicimos. A lo mejor si estuviéramos en aquella época decíamos: hagan lo que nosotros hicimos; pero en aquella época el mundo era otro y otras eran las experiencias. Nosotros tenemos mucho más conocimiento, mucha más conciencia de los problemas, y, desde luego, por encima de todo está el respeto y la preocupación por los demás.

Cuando los movimientos revolucionarios en Centroamérica, donde se les hizo muy difícil la situación porque ya existía el mundo unipolar y ni siquiera pudo mantener el poder la revolución en Nicaragua, y ellos estaban debatiendo sobre negociaciones de paz, nos visitaban mucho; con Cuba tenían una larga amistad, nos pedían opiniones, y les decíamos:

No nos pidan opiniones sobre eso. Si nosotros estuviéramos en el lugar de ustedes, sabríamos qué hacer, o podíamos pensar qué debíamos hacer; pero no se debe dar opiniones a otro, cuando otro es el que tiene que aplicar opiniones o criterios sobre cuestiones tan vitales como luchar hasta la muerte o negociar. Eso sólo lo pueden decidir los propios revolucionarios en cualquier país. Nosotros apoyaremos la decisión que tomen”.

Fue una experiencia singular, la cuento también por primera vez públicamente. Cada uno tiene sus opciones, pero nadie tiene derecho a trasmitir a otros su propia filosofía ante la vida o la muerte. Por eso digo que es tan delicado dar opiniones.

Otro es el caso de los criterios, puntos de vista y opiniones sobre cuestiones globales, que afectan al planeta, tácticas y estrategias de lucha recomendables. Como ciudadanos del mundo e integrantes de la especie humana, tenemos derecho a expresar con entera claridad nuestro pensamiento a todo el que quiera escucharnos, sea o no revolucionario.

Hace mucho tiempo que aprendimos cómo deben ser las relaciones con las fuerzas progresistas y revolucionarias. Aquí, ante ustedes, me limito a trasmitir ideas, reflexiones, conceptos que son compatibles con nuestra condición común de patriotas latinoamericanos, porque, repito, veo una hora nueva en Venezuela, pilar inconmovible e inseparable de la historia y el destino de nuestra América. Uno tiene derecho a confiar en la experiencia o en su punto de vista; no porque seamos infalibles ni mucho menos o porque no hayamos cometido errores, sino porque hemos tenido la oportunidad de estudiar en el largo curso de una academia de cuarenta años de Revolución.

Por eso les expresé que ustedes no tienen una situación catastrófica ni mucho menos, aunque sí una situación económica difícil que entraña riesgos para esa oportunidad que a nosotros nos parece estar viendo.

Se han dado algunas casualidades que impresionan. Ha venido a producirse esta situación de Venezuela en el momento crítico de la integración de América Latina; un momento especial en que los que están más al sur, en su esfuerzo unitario, necesitan la ayuda de los del norte de Suramérica [aplausos], es decir, necesitan la ayuda de ustedes. Ha llegado en el momento en que el Caribe necesita de ustedes. Ha llegado en el momento en que ustedes pueden ser el enlace, el puente, la bisagra —como quieran llamarlo—, o un puente de acero entre el Caribe, Centroamérica y Suramérica. Nadie está en las condiciones de ustedes para luchar por algo tan importante y prioritario en este instante difícil, por la unión, la integración, digamos, por la supervivencia si quieren, no solo de Venezuela, sino de todos los países de nuestra cultura, de nuestra lengua y de nuestra raza. [Aplausos.]

Hoy más que nunca hay que ser bolivariano; hoy más que nunca hay que levantar esa bandera de que patria es humanidad, conscientes de que sólo podemos salvarnos si la humanidad se salva; [aplausos] de que sólo podemos ser libres si logramos que la humanidad sea libre, y estamos muy lejos de serlo; si logramos realmente que haya un mundo justo, y un mundo justo es posible y es probable, aunque a fuerza de ver, meditar y leer, he llegado a la conclusión de que no es mucho el tiempo que a esta humanidad le queda para hacerlo.

No sólo les doy mi criterio, sino el criterio de muchos que he recogido. Hemos tenido en días recientes un congreso de 1.000 economistas, 600 de ellos procedentes de más de 40 países, mucha gente eminente, y estábamos discutiendo con ellos las ponencias; 55 ponencias programadas se discutieron, se debatieron, sobre estos problemas de la globalización neoliberal, la crisis económica internacional, lo que está sucediendo. Porque debí haber añadido que, desgraciadamente, no tengo muchas esperanzas de que los precios de los productos básicos de ustedes aumenten en el próximo año, en los próximos dos o tres años.

Nosotros también tenemos el níquel a la mitad del precio; fíjense, estaba a 8.000 dólares la tonelada no hace mucho, y ahora está a 4.000. El azúcar estaba hace dos días a seis centavos y medio, que no cubre los gastos siquiera del costo de producción, los gastos en el combustible, piezas, fuerza de trabajo, insumos productivos, etcétera. Ese es un problema social, no sólo económico, cientos de miles de trabajadores viven en esos lugares con gran amor y arraigadas tradiciones de producción azucarera, trasmitidas de generación en generación, y nosotros no les vamos a cerrar las fábricas; pero la producción azucarera más bien en estos momentos deja pérdidas.

Tenemos algunos recursos. El turismo, desarrollado con nuestros propios recursos, en lo fundamental, ha cobrado gran impulso en estos años, y hemos adoptado una serie de decisiones que han sido efectivas. No les voy a explicar cómo nos las hemos arreglado para lograr aquello que les expliqué sin políticas de choque, las famosas terapias que con tanta insensibilidad se aplicaron en otras partes, y con medidas de austeridad que fueron consultadas con todo el pueblo. Antes de ir al Parlamento fueron al pueblo y se discutió con todos los sindicatos, con todos los trabajadores, con todos los campesinos, qué hacer con este precio, cuál aumentar y por qué, y cuál no aumentar y por qué, y con todos los estudiantes, en cientos de miles de asambleas. Fueron entonces a la Asamblea Nacional y después volvieron otra vez a la base. Fue discutiéndose cada decisión a tomar, porque lo que se aplica se logra por consenso. Eso no lo logra nadie por la fuerza.

Los sabios del Norte creen o simulan creer que es por la fuerza que existe una Revolución Cubana. No les ha dado el seso lo suficiente para darse cuenta de que en nuestro país, educado en elevados conceptos revolucionarios y humanos, tal cosa sería imposible, absolutamente imposible. [Risas y aplausos.] Eso sólo se logra mediante el consenso, y nada más; no lo puede lograr nadie en el mundo, sino mediante el máximo apoyo y cooperación del pueblo. Pero el consenso tiene sus requisitos. Aprendimos a crearlo, a mantenerlo, a defenderlo. Entonces, hay que ver lo que es la fuerza de un pueblo unido decidido a luchar y vencer.

Una vez se produjo un pequeño disturbio, que no era político en lo esencial; se trataba de un momento en que Estados Unidos estimulaba por todos los medios las salidas ilegales hacia su territorio, y allí a los cubanos les dan residencia automática —lo que no conceden a ningún ciudadano de otro país del mundo—, lo cual estimula que cualquiera, ayudado por la corriente del golfo, haga hasta una balsa más segura que la Kon-Tiki para viajar al rico país o utilice embarcaciones de motor, hay mucha gente que tiene naves deportivas. Los recibían con todos los honores, robaban barcos y eran acogidos allá como héroes.

En un incidente asociado a un plan de robar una nave de pasaje en el puerto de La Habana para el desorden migratorio, se produjo una cierta perturbación por lo de los barcos, y algunos empezaron a tirar piedras contra algunas vidrieras. Entonces, ¿cuál fue el método nuestro? Nunca hemos usado un soldado ni un policía contra civiles. Nunca ha habido un carro de bomberos lanzando poderosos chorros contra personas, como esas imágenes que aparecen en la propia Europa casi todos los días, o gente con escafandra que parece que van a salir de viaje al espacio. [Risas y aplausos.] No, es el consenso lo que mantiene a la Revolución, lo que le da fuerza.

Ese día, recuerdo, estaba yo llegando a mi oficina, era por el mediodía, y me llega la noticia. Llamo a la escolta y los reúno, ellos tenían armas, y les digo: “Vamos al lugar de los desórdenes. ¡Prohibido terminantemente usar un arma!”. Realmente, prefería que dispararan contra mí a usar las armas en situaciones de ese tipo, por ello les di instrucciones categóricas, y disciplinados fueron conmigo para allá.

¿Cuánto duraron los disturbios al llegar allí? Un minuto, tal vez segundos. Ahí estaba el pueblo en los balcones de las casas, la mayoría —pero estaban un poco como anonadados, sorprendidos—; unos cuantos lúmpen allí tirando piedras, y, de repente, creo que hasta los que tiraban piedras empezaron a aplaudir, la masa entera se movió, y hay que ver lo que fue aquello de impresionante, ¡cómo reacciona el pueblo cuando se percata de algo contra la Revolución!

Bueno, yo pensaba llegar al Museo de la Ciudad de La Habana donde estaba el historiador de la ciudad: “¿Cómo estará Leal?”. Decían que estaba sitiado en el Museo de la capital. Pero a las pocas cuadras, ya cerca del malecón, una gran multitud acompañándonos, no se vio signo alguno de violencia. Había dicho: “No se mueva una unidad, ni un arma, ni un soldado”. Si hay confianza en el pueblo, si hay moral ante el pueblo, no hay que usar jamás las armas; en nuestro país nunca las hemos usado. [Aplausos.]

Así que hace falta unidad, cultura política y apoyo consciente y militante del pueblo. Nosotros pudimos crear eso en mucho tiempo de trabajo. Ustedes, los venezolanos, no podrán crearlo en unos días, ni en unos meses.

Si aquí en vez de ser un viejo amigo, alguien a quien ustedes le han hecho el honor tan grande de recibirlo con afecto y confianza; si en lugar de un viejo y modesto amigo —lo digo con toda franqueza—, estoy completamente convencido, estuviese alguno de los padres de la patria venezolana, me atrevo a decir más, si aquel hombre de tanta grandeza y tanto talento que soñó con la unidad de América Latina estuviera aquí hablando con ustedes en este instante, les estaría diciendo: “¡Salven este proceso! ¡Salven esta oportunidad!”. [Aplausos prolongados.]

Creo que ustedes pueden ser felices y se van a sentir felices con muchas de las cosas que pueden hacer, muchas que están al alcance de la mano, que dependen de factores subjetivos y de muy pocos recursos. Eso hemos hecho nosotros; pero no podría pensarse, realmente, en abundantes recursos: con un poco de sumas, de restas, es suficiente para comprender. Ustedes pueden encontrar recursos, y los pueden encontrar en muchas cosas para atender cuestiones prioritarias, fundamentales, esenciales; pero no se puede ni soñar que por ahora pueda volver la sociedad venezolana a disponer de los recursos que en un momento tuvo y que llegaron en unas circunstancias muy diferentes. Hay un mundo en crisis, unos precios bajísimos para productos básicos, y eso el enemigo trataría de utilizarlo.

Tengan la seguridad de que nuestros vecinitos del Norte no se sienten nada felices con este proceso que está teniendo lugar en Venezuela, [aplausos] ni le desean éxito.

No vengo aquí a sembrar cizaña, ni mucho menos; al contrario, estaría planteando sabiduría con prudencia, con toda la prudencia necesaria, la necesaria y no más de la necesaria, pero tienen que ser ustedes hábiles políticos; tienen que ser, incluso, hábiles diplomáticos; no pueden asustar a mucha gente. Más por viejo que por diablo les sugiero que resten lo menos posible. [Risas y aplausos.]

Una transformación, un cambio, una revolución en el sentido que hoy tiene esa palabra, cuando se mira mucho más allá del pedazo de tierra que nos vio nacer, cuando se piensa en el mundo, cuando se piensa en la humanidad, entonces hay que sumar. Sumen y no resten. Vean, aquel teniente que mandaba el pelotón que me hizo prisionero se sumó, no se restó. [Aplausos.] Yo fui capaz de comprender a aquel hombre cómo era. Y así he conocido a unos cuantos en mi vida, podría decir que a muchos.

Es verdad que la condición social, la situación social es lo que contribuye más a la formación de la conciencia de la gente; pero al fin y al cabo yo fui hijo de un terrateniente, que tenía bastante tierra para el tamaño de Cuba —en Venezuela tal vez no—; pero mi padre llegó a disponer de alrededor de 1.000 hectáreas de tierras propias y 10.000 hectáreas de tierras arrendadas que él explotaba. Nacido en España, joven y pobre campesino, lo llevaron a luchar contra los cubanos.

Alguien en días recientes, en una importante revista norteamericana, tratando de ofender a los españoles, irritado porque los españoles han incrementado sus inversiones en América Latina, publicó un artículo durísimo contra España. Se veía que estaban rabiosos, lo ambicionan todo para ellos, no quieren ni una peseta española invertida en estos lares, menos aún en Cuba, y decía entre otras cosas: “A pesar de sus ataques contra el imperialismo, Fidel Castro es un admirador de la reconquista”. Pintaba la cosa como una reconquista de los españoles. Se titulaba: “En busca del nuevo El Dorado”, y en un momento de su furiosa embestida añade: “El gobernante cubano, hijo de un soldado español que peleó en el lado equivocado en la guerra de independencia, no critica la reconquista”.

Me pongo a pensar en mi padre, que deben haberlo traído a los 16 ó 17 años, reclutado allá, enviado para Cuba como se hacían las cosas en aquellos tiempos, y ubicado en una línea fortificada española. ¿Realmente se le puede acusar a mi padre de haber luchado del lado equivocado? No. Luchó en todo caso del lado correcto, luchó del lado de los españoles. ¿Qué querían, que fuera docto en marxismo, internacionalismo y veinte millones de cosas más, cuando mi padre apenas sabía leer ni escribir? [Aplausos.] Lo enrolaron, sí, medité y en todo caso luchó del lado correcto, los equivocados son los de la revista yanqui: si hubiese luchado del lado de los cubanos, habría estado en el lado equivocado, porque no era su país, ni sabía nada de eso, ni podía entender por qué estaban luchando los cubanos. Era un sencillo recluta, es decir, lo trajeron para acá como a otros cientos de miles. Finalizada la guerra, lo repatrían a España. Volvió a Cuba poco tiempo después a trabajar como peón.

Más tarde mi padre fue terrateniente, nací y viví en un latifundio y no me hizo daño, me permitió hacer contacto con mis primeros amigos, que eran los muchachos pobres del lugar, hijos de obreros asalariados y de modestos campesinos víctimas todos del sistema capitalista. Pasé más tarde por escuelas ya más de élite, digamos, pero salí bien, por suerte. Digo realmente por suerte. Tuve la suerte de ser hijo y no nieto de terrateniente, porque si llego a serlo, posiblemente habría nacido, vivido y crecido en alguna ciudad, entre niños ricos, de un barrio muy distinguido, y más nunca adquiero mis ideas de comunista utópico o de comunista marxista ni nada parecido; en la vida nadie nace revolucionario, ni poeta, ni guerrero, ni mucho menos; son las circunstancias las que hacen al hombre o le dan la oportunidad de ser una cosa u otra.

Si Colón nace un siglo antes, nadie habría oído hablar de Colón. España todavía estaba ocupada en parte por los árabes. Si no llega a estar equivocado, y de verdad hubiese existido un camino por mar directo a China, sin tropezar con un imprevisto continente, habría durado unos quince minutos en las costas de China; porque si a Cuba la conquistaron con doce caballos, ya los mongoles en aquella época tenían ejércitos de caballería de cientos de miles de soldados. [Aplausos.] Fíjense bien lo que son las cosas.

De Bolívar no digo nada, porque Bolívar nació donde tenía que nacer, el día que tenía que nacer y de la forma en que tenía que nacer, ¡se acabó! [Aplausos.] Dejo a un lado la hipótesis de lo que habría pasado si naciera 100 años antes o 100 después, porque eso era imposible.

¿Che? ¡Che ha estado cada segundo de mis palabras aquí presente y hablando desde aquí! [Aplausos prolongados.]…”

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Un comentario en “FIDEL CASTRO: ¡CHE HA ESTADO SIEMPRE PRESENTE Y HABLANDO DESDE AQUÍ!

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