MILCÍADES PEÑA “NATURALEZA DE LAS RELACIONES ENTRE LAS CLASES DOMINANTES ARGENTINAS Y LAS METRÓPOLIS”

LAS CLASES DOMINANTES ARGENTINAS
UNIDAD Y DIFERENCIA

Milcíades Peña

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NATURALEZA DE LAS RELACIONES ENTRE LAS CLASES DOMINANTES A…

[1964]

(Publicado originalmente con el seudónimo Alfredo Parera
Dennis. Milcíades Peña también firmaba sus artículos como
Víctor Testa y como Gustavo Polit)
Ésta edición: https://elsudamericano.wordpress.com/
Extractado de
INDUSTRIALIZACIÓN Y CLASES SOCIALES EN ARGENTINA
Biblioteca Argentina de Historia y Política
Buenos Aires. 1986. Editorial Hispanoamérica, pág. 129 -192
del original en Revista FICHAS. Año 1, nº 4, Dic. 1964.

 

- NATURALEZA DE LAS RELACIONES ENTRE LAS CLASES¿Cuál es la naturaleza de las relaciones entre las metrópolis imperialistas y las clases dominantes de un país atrasado y semicolonial como la Argentina? La respuesta a este interrogante demanda un análisis de los intereses básicos de cada una de esas clases y del modo en que esos intereses son percibidos por ellas.

Hemos visto detalladamente que tanto terratenientes como industriales lucran con el atraso de la estructura económica Argentina, de la que extraen ganancias extraordinarias.1 Hemos visto también cómo ambas clases se interpenetran estrechamente, soldándose por una tupida red de lazos financieros.2 La resultante de todo ello es que andas tienen en común un interés económico fundamental consistente en mantener, en perpetuar la estructura de relaciones de propiedad que constituye la fuente de sus superganancias, es decir, el tipo combinado de desarrollo, el atraso del país. Sabemos ya cuan profunda resulta la unidad económica y social entre terratenientes e industriales. Pero unidad no es sinónimo de identidad. Los industriales producen para el mercado interno de los países atrasados; los terratenientes para el mercado mundial. Aparentemente, esta diferencia debería acarrear un neto antagonismo económico, por cuanto los terratenientes -dependiendo del mercado mundial para colocar sus productos y realizar la renta agraria- tienen interés en que el mercado interno sea abastecido por la industria metropolitana, ya que si a las metrópolis no se les compra tampoco se les puede vender. Pero esto significa la ruina para los industriales. Estos, a su vez, interesados en abastecer el mercado interno, desplazan los productos metropolitanos y por ello dificultan la colocación en el mercado mundial de los productos de los terratenientes. Tal es en abstracto la razón fundamental del antagonismo entre terratenientes e industriales.

Sin embargo, en la realidad la situación nunca se presenta así. Por de pronto, la seudoindustrialización -gran aspiración de los industriales- no implica que las metrópolis pierdan el mercado argentino; más bien ocurre todo lo contrario, como lo evidencia el continuo crecimiento del volumen de las importaciones argentinas desde las metrópolis. De modo que se reduce prácticamente a cero el peligro hipotético de que no teniendo las metrópolis nada que vender, dejen de comprar los productos exportados por los terratenientes. Por otro lado, también los industriales necesitan que los productos de los terratenientes encuentren adecuada salida en el mercado mundial, porque de lo contrario la industria no dispondrá de las divisas necesarias para comprar medios de producción y pagar el servicio de los capitales extranjeros en ella invertidos. En fin, los terratenientes saben que el crecimiento industrial les brinda un mercado interno seguro, que valoriza sus productos y, asegurándoles en cierta medida contra las fluctuaciones del mercado mundial, les permite negociaren mejores condiciones la venta de sus productos al comprador metropolitano. Los industriales, por su parte, saben que el mercado interno argentino se asienta de modo decisivo en la venta de los productos de los terratenientes, y se hunde si fracasa la colocación de los mismos.

Todo eso atenúa considerablemente el conflicto entre terratenientes e industriales que se deriva de la originaria orientación de unos hacia el mercado mundial y de otros hacia el mercado interno. La vinculación financiera entre ambas clases, por la territorialización de la ganancia industrial y la capitalización de la renta agraria, hacen el resto en cuanto a la soldadura de sus intereses económicos.

Puede establecerse una diferencia en el tipo de relación existente entre industriales y terratenientes según el país atrasado sea ” “neocapitalista” o “semicapitalista”.3 En el primer caso, se trata de países que desde el punto inicial de su historia han estado vinculados al mercado mundial, y todo su desarrollo ha sido, precisamente, un aspecto de la expansión del mercado mundial. Tal es el caso de Argentina. Aquí, los terratenientes son desde un principio productores de mercancías y explotan comercialmente sus tierras (o lo que hay sobre ellas, vacas por ejemplo). Ellos son los primeros grandes capitalistas de estos países, y ellos son los que financian con sus capitales los primeros estadios de la seudoindustrialización. En países como la Argentina, pues, el capitalismo va del campo a la ciudad y la burguesía industrial nace como una diferenciación en el seno de la clase terrateniente. A lo largo de la historia Argentina, en la medida en que existe una burguesía industrial, ésta se halla integrada en gran parte por los propios terratenientes, o por personajes estrechamente ligados a los terratenientes, mediante lazos económicos y familiares. Aquí -como en todos los países –neocapitalistas– la burguesía industrial y los terratenientes no sólo se vinculan a medida que se capitaliza la renta agraria y se territorializa la ganancia industrial, sino que desde el comienzo ambos sectores entroncan por las cúspides. 4

Distinta se presenta la situación en los países semicapitalistas. En éstos los terratenientes recién se vincularon al mercado mundial después de muchos siglos de relativo inmovilismo asentado en sistemas de producción feudales o asiáticos. Aquí los intereses capitalistas se hallan en un principio confinados a las ciudades, y el desarrollo capitalista repite, en este sentido, el proceso clásico de la Edad Media europea, yendo de la ciudad al campo. Durante mucho tiempo los terratenientes dificultan el desarrollo capitalista; y cuando se orientan hacia el mercado mundial, cuando comienzan a darse las condiciones para que capitalicen la renta agraria, en las ciudades ya han surgido intereses industriales autónomos. A la larga se establece la vinculación y el entrelazamiento de intereses económicos entre los terratenientes y la burguesía industrial. Pero aquí se trata de una integración progresiva y no, como en los países neocapitalistas, de una relación umbilical, que vincula a ambos sectores desde el nacimiento del más joven de ellos, es decir desde el nacimiento de la industria.

La diferencia entre países semi y neo capitalistas se revela en un tipo distinto de convivencia entre terratenientes e industriales. En los países neocapitalistas los roces, cuando los hay, son poco profundos, quedan “en familia”. En los países semicapitalistas pueden surgir conflictos agudos, e incluso la guerra civil. Aquí, si los terratenientes son remisos en adaptarse a las nuevas condiciones, y aferrándose a sus privilegios precapitalistas traban el desarrollo general del capitalismo dentro del país, la burguesía urbana puede llegar a la guerra contra ellos, como ocurrió en China; o puede apoyar más o menos tímidamente un movimiento popular, como ocurrió en Rusia en 1905. Sin embargo, se trata de procesos que tienden a repetir casi punto por punto el modelo de la revolución alemana de 1848: muy pronto los terratenientes y la burguesía industrial, originariamente en conflicto, se unen para contener al proletariado y a las masas trabajadoras. Desde el primer día de la revolución de 1848 la burguesía alemana demostró -como decía Engels- que temía mucho más al movimiento popular encabezado por los obreros que a todos los reyes, príncipes y demás figuras feudales.5 Recordemos también la actitud dé la burguesía rusa ante el Estado zarista, que era -según escribe Lenin- el instrumento de un puñado de terratenientes propietarios de siervos, encabezados por Nicolás II en estrecha alianza con los magnates del capital financiero.

Al día siguiente de la formación de un ministerio liberal, la burguesía sentía que, lejos de haber adquirido el poder, lo había perdido. Por dramática que haya sido la arbitrariedad de la banda rasputiniana hasta la insurrección, de febrero 1917, su poder real tenía un carácter limitado. La influencia de la burguesía en los asuntos del Estado era inmensa. La participación misma de Rusia en la guerra fue en gran medida la obra de la burguesía más que de la monarquía. Lo esencial era en que el poder zarista garantizaba a los propietarios sus fábricas, tierras, bancos, inmuebles, diarios y, por consiguiente, en la cuestión más vital, era la representación de su poder .6

Si sus vínculos económicos son estrechos, socialmente la unidad entre terratenientes e industriales es decisiva y fundamental. Por sobre todo, más que industriales o terratenientes, estas clases son propietarias de medios de producción, explotadoras de fuerza de trabajo, para quienes es cuestión de vida o muerte la perpetuación de la propiedad privada de los medios de producción. Todos tienen ante sí, como enemigo permanente al proletariado y las masas trabajadoras del campo y de la ciudad. Ante este enemigo común las clases dominantes de la Argentina -como las de todo el mundo- cierran filas, y no sólo cuando están enfrentadas a la guerra civil, o a un movimiento general por aumento de salarios. Aun en los periodos de mayor “calma social”, cuando el proletariado y las masas viven plácidamente integrados en el orden capitalista, todas las clases dirigentes están íntimamente unidas montando guardia por sus intereses comunes de propietarios de los medios de producción. Aquí también es matemáticamente exacto que los capitalistas, a pesar de las rencillas que los separan en el campo de la concurrencia, “constituyen una verdadera logia” cuando se enfrentan en conjunto con la colectividad de la clase obrera.7

De modo que con todas sus diferencias, cualesquiera seamos conflictos entre ellos, es la unidad lo que predomina entre los intereses de los industriales y los terratenientes. Por ello, considerando todos los factores en juego y ateniéndose a lo esencial, es decir, a su unidad, resulta completamente lícito -o mejor dicho, es la única forma correcta de plantear el problema- preguntarse cuál es la relación entre las metrópolis imperialistas y las clases dominantes argentinas en general. Recién después de aclarado este problema generales posible comprender el problema particular de las relaciones entre las metrópolis y ésta o aquella clase, éste o aquel grupo nacional, y ubicarlo en su real perspectiva. El método inverso, que no toma en cuenta la unidad fundamental de intereses entre las clases dominantes nacionales, y que no estudia la relación entre estas clases y las metrópolis, sino entre éstas y distintos sectores (industriales, terratenientes, etc.), antepone lo accesorio -las diferencias- a lo esencial -la unidad- y conduce a una visión completamente deformada de la realidad.

 Seis décadas más tarde, Hilferding describía así la situación en el continente europeo: “Este [el gran latifundio] está interesado directamente en el desarrollo industrial. Dependiente de la venta de sus productos, el capitalismo le crea el gran mercado interior y le da la posibilidad de desarrollar las industrias agrícolas de la destilería cervecería, fabricación de azúcar y almidón, etc. […] Por otra parte, el desarrollo condujo a que los intereses de propiedad se unificaran cada vez más […] el aumento de la renta de bienes raíces significaba que la gran propiedad rural disponía de un excedente de ingresos […] Así, pues, este excedente de ingresos tuvo que buscar empleo, sobre todo, en inversiones provechosas de la industria […] Todo eso transformó la clase latifundista de una clase cuyos ingresos afluyen además, y en proporciones crecientes, del beneficio industrial […] De otro lado, el prurito de elevar su posición social impulsó a los capitalistas urbanos a la adquisición de propiedad rural o -también aquí encontramos el principio de la unión personal- a la unión con el latifundio mediante matrimonio, la forma preferida de penetración social y de defensa contraía dispersión de la propiedad”. Rudolf Hilferding, El capital financiero, Madrid, Tecnos, 1963, págs. 383-387.

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