“LOS IMPRESCINDIBLES” Entrevista a Fernando Martínez Heredia

Trascripción de la entrevista a Fernando Martínez Heredia realizada por Yohanka León del Río en La Habana, alguno de los días del siglo pasado.

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Esta fue una conversación casi casual, pero no por ello menos necesaria. Recuerdo hace unos  años,  estar muy ocupada con la tarea de investigación acerca de un pensamiento marxista en los años posteriores a 1959 y recurrir, como siempre hacemos los iniciados, al rescate de un testimonio valioso. Así fue como en un evento que se celebraba en la Fundación Fernando Ortiz al que no sé por qué fortuito motivo fui invitada, me encontré con Fernando Martínez Heredia, el buscado protagonista de la historia en la que me adentraba. Fernando, con esa humildad y sencillez que siempre agradecemos todos los más jóvenes y los ya no tanto, aceptó la invitación, y así, en una terraza frente al mar, conversamos largas horas vespertinas de un día del siglo pasado.

La conversación que ahora ve la luz lo hace acompañando este primer empeño de hacer un boceto de la historia del pensamiento cubano marxista en la fragua de la década prodigiosa de los sesenta.

Agradecemos infinitamente a Fernando por habernos hecho realidad este sueño y por  incorporarle aliento y esperanza.

Pudiera afirmar sin equivocarme que estoy conversando con alguien cuya vida es testimonio del bregar difícil, heroico y romántico de la intelectualidad cubana por la rebelde década del 60. Es por eso que quisiera empezar por conocer: ¿cómo Fernando Martínez Heredia, joven de Yaguajay, vivió esa tremenda efervescencia política revolucionaria?

Es imposible pintar en unas líneas el ambiente y las vivencias de aquella condensación del tiempo y aquella conmoción continuada de las vidas y las realidades que fueron los primeros años de la Revolución. Los nombres mismos mostraban su insuficiencia, y calificaban mal, o con retraso, lo que querían denominar. El horizonte de la Revolución era ella misma, que no se asombraba de su audacia, ni temía a sus enemigos ni a sus límites, ni se detenía ante nada.  En el verano de 1960, por ejemplo, los contragolpes acababan con la relación externa principal —la neocolonial con Estados Unidos—, comenzaba la veloz formación de una fuerza armada popular y se buscaban armas en Europa Oriental, se trataba de organizar una nueva economía en el campo y en el azúcar, se escribía la Primera Declaración de La Habana y Fidel definía a la democracia cubana como aquel régimen que le entrega un fusil a un obrero, a un campesino, a una mujer y a un negro. Los cubanos estábamos apoderándonos de nuestro país y de nuestras vidas, y comenzando a ver el futuro como un proyecto.

En los meses siguientes —en medio de tareas y hechos decisivos— también se organizó por primera vez una dirección política institucionalizada. Se crearon las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas), órgano que debía fundir el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular. El M-26-7 y el DR —organización más pequeña, creada para la lucha armada y con ideales muy avanzados— habían dejado atrás sus diferencias del inicio de 1959. El PSP se había autocriticado su errónea línea política anterior y participaba plenamente en las tareas revolucionarias. Para que fuera real un órgano político unificado, era necesaria la disolución del Movimiento 26 de Julio, y así sucedió en la práctica.

¿Por qué consideras tú que la disolución del movimiento era necesaria?

El M-26-7 era un organismo político grande y experimentado, fundado desde 1955, cuyos cuadros y miembros se habían formado siguiendo una línea política e ideológica correcta, con gran unidad de ideales y disciplina interna muy rigurosa, habían peleado una guerra revolucionaria dura pero victoriosa, que echó las bases de una nueva cultura política, y habían seguido participando en masa en el proceso revolucionario. El avance y las necesidades de la Revolución exigían un gran salto político y se entendió que este debía tener un nuevo punto de partida. Pero ese quizás sea un tema para uno de tus estudios futuros.

¿Cuándo se empezó a hablar del Partido? ¿Eso fue en el año ’61?

1960 y 1961. Pero en realidad sucedía entre pequeñas minorías. Recuerdo que la primera vez que oí hablar de la organización política nadie sabía lo que era, porque las células de las ORI eran medio secretas. Se formaban en centros de trabajo, con núcleos seleccionados prácticamente “a dedo”.

¿Por qué, Fernando?

Porque se le encomendó la dirección a un antiguo miembro de la dirección del PSP, que era Aníbal Escalante y aquello se organizó en realidad como una conspiración. De ahí vino un problema político y un problema ideológico. El problema político era: ¿para qué es la organización? ¿Es para crear un canal político para la masa enorme, inmensa, de los revolucionarios? ¿O es para que haya un instrumento pequeño, muy confiable, que sirva para controlar? Se siguió la segunda opción, pero además el instrumento de control, pequeño y muy confiable, fue completamente sesgado por un fenómeno de sectarismo. Las decisiones, las normas, gran parte de la membresía, fue formada por una parte de los antiguos compañeros del PSP, y a partir de relaciones personales y cooptados por la dirección, en detrimento de un sector enorme de participantes de la Revolución. El problema ideológico era: ¿qué socialismo, qué régimen y qué sociedad se aspiraba a crear?

¿Esta pregunta te la formulas porque en aquel momento no se tenía esta legitimidad ideológica? ¿Desde dónde se comienza a construir esta legitimidad?

Para los sectarios la legitimidad estaba en un concepto abstracto de socialismo —una etapa a la que Cuba habría llegado después de la “democrático-burguesa”—, en la cual el proletariado —abstracto también— es la clase que guía el proceso, “el partido” es su expresión política —y el rector del país en su nombre—, y el llamado marxismo-leninismo la ideología. Cuba devendría una “democracia popular” y el socialismo se “construiría” según las “experiencias históricas”.

Si ya habíamos declarado en el año ’61 que éramos socialistas, ¿no podía discutirse en un sentido más masivo el argumento ideológico del marxismo-leninismo?

Entonces entró en el pueblo el marxismo-leninismo, con una inmensa aceptación y popularidad, porque eran las ideas que  pertenecían al socialismo. Para la masa de la población y de los revolucionarios, el socialismo fue el socialismo de la batalla de Playa Girón, donde el pueblo firmó con sangre la libertad, las nacionalizaciones, la liberación nacional y todos los cambios. La gran cuestión ideológica era: ¿qué vamos a hacer con Cuba? Y la respuesta era: somos socialistas, seremos comunistas. ¿Por qué? Pues porque derrotamos a nuestros enemigos, que son los burgueses y los imperialistas, nos apoderamos del país y lo repartimos todo, reinará la igualdad, la honestidad y las oportunidades para todos. Esta es una nueva interpretación, con más alcance que las de los dos años anteriores, porque incluye un proyecto trascendental, a la altura de los sentimientos y de los acontecimientos. El “humanismo” de la Revolución del 59 no definía un proyecto ni una adscripción: aludía a la originalidad y las intenciones del proceso y del nuevo régimen, y más bien aclaraba qué cosa no era. Enseguida se desencadenaron vertiginosas transformaciones de la sociedad, la  vida y las conciencias, y algunos llegaron a decir que la Revolución cubana no tenía ideología.

¿Por qué calificas este proyecto de trascendental?

Ese proyecto que al fin es formulado es el socialismo y el comunismo populares, el de los milicianos, el de las mujeres que salen para el trabajo, la guardia y la calle, el de la gente de abajo organizada y armada que ha tomado posesión de su país y le ha perdido el respeto a la propiedad privada, el de la alfabetización como una campaña revolucionaria, el de expresiones intelectuales que van desde una multitud de himnos hasta el libro Cómo surgió la cultura nacional, de Walterio Carbonell. La masa de la gente se lanzó a asaltar el cielo. Los clichés, el dogma, las consignas pareadas y gritadas del sectarismo, solo fueron la caricatura grotesca de aquel proyecto. Aquel aparato para intervenir y confiscar la Revolución en que se convirtieron las ORI estaba en realidad comprometido con otra concepción del poder y la ideología, y con la posición soviética.

¿Cuáles son tus valoraciones acerca del momento del sectarismo en la historia política de la década?

En el fondo, ideológicamente tenían que acusar a Fidel y a los líderes de la Sierra Maestra de pequeños burgueses, porque si no, ¿cómo quitarlos del medio? La experiencia reciente era la “liquidación” de muchos militantes que lucharon en los países de Europa, que habían pasado a ser “democracias populares”, donde el protagonista de la liberación había sido el Ejército Soviético. Esa fue una trágica experiencia de la historia del socialismo. El gran problema que confrontaron los sectarios fue que no era lo mismo quitar del medio a personas inermes que apartar a los que habían creado los órganos revolucionarios, conducido al pueblo a la lucha y la victoria, que ejercían el poder revolucionario y eran los líderes amados por el pueblo.

El socialismo y el marxismo-leninismo de aquel momento histórico cubano tienen en realidad dos procedencias, que ensayan a coincidir por primera vez en 1961. Esta es una de esas realidades que no han podido pasar al conocimiento común, y se suele creer que tenían una sola procedencia. Ya desde aquella época se intentó convertirla en una sola.

Pero no es lo mismo…

Sin embargo, el hecho es que se intentó. Por ejemplo, la Revolución creó las Escuelas del Partido, para enseñarles marxismo-leninismo a sus militantes. Era tal el ansia de saber marxismo-leninismo, que al principio en los batallones y las baterías leer novelas soviéticas era “marxismo-leninismo”. Recuerdo que leíamos Los hombres de Panfílov y La carretera de Volokolansk.

Sí, pero también se publicó otro tipo de novelas…Un día en la vida de Iván Denísovich. Eso creo que fue en la década del setenta

No, fue por 1963. Pero ya eso era otra cosa… Las que te digo eran dos novelas de combate: un batallón de mongoles, es decir, de Kazajia…

De Kazajstán

… que vienen a luchar, a defender a Moscú en 1941. Lo que se aprende en la novela es cómo deben comportarse los soldados, y eso es lo que quería saber la gente. En las unidades militares leían el “marxismo-leninismo” en Los hombres de Panfílov y La carretera de Volokolansk, en forma de narración muy directa y atractiva. No olvides que la mayoría de los cubanos no había leído libros. Estas obras narraban una gesta de gente humilde que luchó al otro lado del mundo contra los mismos enemigos. Se trataba de buenos y malos, es verdad, pero los buenos eran seres humanos, con todos sus defectos, y hasta debían aprender a renunciar a alguna de sus virtudes, para ser soldados eficaces.

En las Escuelas del Partido, por su parte, comienzan a explicar Materialismo Dialéctico y Materialismo Histórico.

¿En qué año sucede lo que me estás diciendo?

En 1961 y 1962.

En el ’62 se proclama la Reforma Universitaria. Yo revisé el texto de la Reforma y de todos los programas de las asignaturas de las diferentes carreras que en aquella época se desarrollaban en la Universidad; en el currículum de cada una de ellas está incluida la asignatura Materialismo Dialéctico e Histórico I y II.

A partir de enero del ’62.

En el texto no lo dice expresamente, pero cuando uno revisa la documentación sí están las asignaturas curriculares.

Pero además, todo el mundo decía: “en las universidades hay que estudiar marxismo, porque lo dice la Ley de Reforma Universitaria. La Ley de Reforma dice que hay que hacerlo”.

Pero, Fernando, exactamente así no lo dice.

Si no lo dice, ¿qué importa? Las leyes de las revoluciones son así… En realidad, había un consenso general en que se estudiara marxismo como parte de las carreras universitarias. “Marxismo-leninismo”, es decir, tres materias: Filosofía, Economía Política y Comunismo Científico. En 1962 aparecieron en todos los programas de estudio. En la Universidad de La Habana comenzaron a dar la Filosofía con solo cinco profesores. No había más.

Es por esta fecha, Fernando, el análisis del sectarismo de Aníbal Escalante.

En marzo de 1962. Eso fue una gran conmoción. Fidel hizo la primera denuncia en la escalinata universitaria el 13 de marzo, cuando eliminaron la mención de Dios en el texto del testamento político de José Antonio Echeverría. El 26 de marzo, en Matanzas, ya Fidel hizo una denuncia a fondo del sectarismo. Es depuesto Aníbal Escalante y sale de inmediato para Moscú. Suceden fuertes cambios políticos y se abre paso una convicción: hemos tenido sectarismo y dogmatismo y no queremos tenerlos más; vamos a hacer un nuevo partido, un partido de masas de verdad, que nazca y venga desde la base, un partido comunista, de selección. Para pertenecer a él, primero hay que ser electo trabajador o trabajadora ejemplar en una asamblea abierta, y que sean los trabajadores y no el partido quienes digan quién es trabajador ejemplar y quién no lo es. El papel y el derecho del partido es analizar profundamente al que “sale ejemplar” en una asamblea pública, por votación, después de ser discutido. El trabajador ejemplar es la cantera del partido. Si ocultó que participó o colaboró con la tiranía, o actitudes muy negativas de su pasado, si hay razones de peso en su contra, el partido ejercerá el derecho a criticarlo duramente, o a no ingresarlo, pero deberá explicarle a la masa en asamblea por qué no lo ingresó. Quien no sea propuesto y elegido por la masa, no puede ser trabajador ejemplar. La organización se llamará Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba. Y así fue hasta octubre de 1965, en que se crearon el Comité Central y el Partido Comunista de Cuba.

En lo que toca a la ideología teorizada y al marxismo, se fueron acumulando cambios y permanencias: se creó una complejidad. Las Escuelas del Partido fueron teatro también de las diferencias políticas, y conocieron la crítica al sectarismo, pero a mi juicio no avanzaron decididamente hacia una correspondencia plena con la entraña ideológica de la Revolución cubana. Las escuelas siguieron apegadas a la fe filosófica del Materialismo Dialéctico e Histórico, la Economía Política y el Comunismo Científico soviéticos. Fíjate como se fueron moviendo las cosas. Ahora todo el mundo es socialista, y quiere ser marxista-leninista, y ha sido condenado políticamente el sectarismo, pero coexisten en el marxismo corrientes muy diferentes.

Pero en esta coexistencia de corrientes diferentes se expresa aún cierto dogmatismo en la enseñanza de la Filosofía a partir de los manuales soviéticos. ¿Qué circunstancias consideras tú determinaron esto?

No olvidemos las líneas fundamentales. El esfuerzo educacional principal es con mucho el de la alfabetización, y el del “seguimiento” (escolarización primaria). La mayoría de la gente que ha sido analfabeta, o casi iletrada, está metida de lleno en las tareas inabarcables de la Revolución. Muchos están estudiando materias militares. Durante 1961-62 se multiplican las Fuerzas Armadas y nacen los tres ejércitos, a los cuales pasan miles de milicianos, y batallones de milicias se convierten en unidades de tropas, porque se espera que los Estados Unidos terminarán invadiendo a Cuba. Al fracasar la invasión con cubanos, tenía que venir la norteamericana. A la vez que el inmenso esfuerzo militar, la Revolución hace otro tanto en los campos económico, político y social. Hay que desarrollar la Reforma Agraria, organizar la agricultura —llegó a romperse la relación entre la ciudad y el campo, no se encontraba qué comer en la ciudad—; hay que volver a lograr que las empresas urbanas produzcan, hacer una gigantesca reorganización del comercio exterior, y lograr una comunicación entre producción y consumo. Al mismo tiempo que la gente aprende a manejar armas y cañones a gran escala se debe lograr administrar las empresas, que ahora son todas nuestras, pero su tecnología es norteamericana, muchas no tienen materias primas, y no hay cuadros para operarlas. Multitud de antiguos administradores y técnicos se fueron. Imagínate que había seis mil quinientos médicos, y la mitad se fueron.

Y en el área académica también se produce un amplio éxodo de profesores.

Muchos profesores se estaban yendo de todas partes, entre ellos  profesores de áreas sociales.

Este es el momento en que se disuelve la Escuela de Filosofía y Letras, que no se vuelve a crear.

Pero ese hecho no tiene nada que ver con la aparición de la Filosofía marxista.

¿No? ¿No tiene nada que ver que no se haya vuelto a abrir la Escuela de Filosofía? Se abrieron las otras, pero esta no. Se planteó que se reabriría, pero después esto no sucedió así.

No, no se dijo que se iba a abrir. La Reforma Universitaria cambió la estructura de las escuelas, y ya no existió más Filosofía y Letras. Hace un siglo, después de la Revolución del 95, hubo una reforma que dirigió Enrique José Varona, que cambió la estructura universitaria. Y hubo otras reformas después de muerto Varona, en la Segunda República, que cambiaron también la estructura.

O sea, ese cambio de 1962 no tiene nada que ver con este proceso

En Filosofía y Letras se estudiaban materias de Historia, Geografía, Psicología, Literatura y Filosofía. Lo que se hizo fue uno de aquellos planes de liquidación para graduar los alumnos existentes, y crear escuelas diferentes para cada disciplina. Dos de ellas, Geografía y Psicología, se asignaron a la Facultad de Ciencias —Facultad era la nueva unidad intermedia universitaria—, y las otras tres a la Facultad de Humanidades. La Escuela de Letras se formó con las áreas básicas y las especialidades correspondientes, y se quedó en el edificio Dihigo. Pronto crearon una Escuela de Historia, que residió en el mismo edificio. Y como decías, desde inicios de 1962 se había orientado dar marxismo en todas las escuelas universitarias, y se fue formando un área de Filosofía, adscrita a Humanidades.

Bueno, eran tres universidades nada más las que había.

Pero, además, había menos alumnos que en 1956. Hasta 1967 no se alcanzó el número de alumnos que había en 1956.

Había que formar profesores para un Departamento de Filosofía en cada Universidad, y también Departamentos de Economía Política y de Comunismo Científico. Eran entidades totalmente separadas entre sí. Entonces, nos sacan de donde estábamos…

¿En ese entonces cursabas la carrera de Derecho?

Yo estaba en Derecho.

Eras muy joven, Fernando…

Yo tenía 23 cuando sucedió eso. Cuando me escogieron estaba en las Escaleras de Jaruco, pasando una Escuela en mi Unidad Militar 2254. Era estudiante de cuarto año de Derecho. Y fui a dar, con 103 más, entre compañeras y compañeros, a una escuela de Filosofía sin nombre, organizada para formar aceleradamente instructores de Filosofía para las universidades. La Escuela era una EIR, organizada por las Escuelas del Partido, pero completamente especial, por su objetivo, por los que al parecer fueron los responsables, y por el profesorado. Los modos de seleccionar los alumnos deben haber sido complejos.

¿Cómo fue seleccionado el estudiante Fernando para formarse como profesor emergente de marxismo?

A mí me seleccionaron el Secretario General de la FEU de Derecho y un compañero que era viceministro del Minrex y profesor de la Universidad. Yo no conocía personalmente a ninguno de los dos, aunque sabía quiénes eran. A lo mejor dijeron: “ese que viene vestido de verde olivo, escógelo también”. Pocos iban a clases vestidos de verde olivo. El caso es que se hizo bajo el sistema de las EIR, pero para la Universidad. Y los profesores eran…

¿Esa era la Raúl Cepero Bonilla?

Es que durante el curso de la escuela, que duró cinco meses, con régimen interno riguroso, sucedió el trágico accidente en que se mató Cepero Bonilla, y entonces le pusieron su nombre a la escuela. Pero cuando comenzó no tenía nombre. Los profesores eran los hispano-soviéticos Luis Arana Larrea, María Cristina Miranda y Anastasio Mansilla, y los cubanos Sergio Aguirre, Pelegrín Torras de la Luz e Isabel Monal. Felipe Sánchez, de las EIR, era el director de la escuela, y Pedro Rodríguez, un antiguo compañero del M-26-7, el subdirector.

¿Dónde ubicarías tú a esa naciente escuela dentro de la coexistencia compleja de corrientes teóricas que describías hace un momento?

La escuela tenía una pertenencia absoluta a la corriente teórica soviética. Estudiamos al detalle las 630 páginas del Manual de Konstantinov —315 de Dialéctico y 315 de Histórico, 10 capítulos de cada uno—; prácticamente lo aprendimos de memoria, y utilizamos ese texto como básico para el ejercicio de docencia que debía realizar cada alumno.

¿Cómo era Fernando Martínez, estudiante de la Raúl Cepero Bonilla?

Tenía una formación relativamente buena en general —para aquellos tiempos—, que me daban la carrera de Derecho y un empecinamiento notable en cuanto a estudiar libros y discutir sus contenidos y otras muchas cuestiones. Pero tenía también una dificultad anterior, que me estaba casi impidiendo expresarme en público. Y era realmente flaco. Lo cierto es que me gustó la posibilidad inesperada de estudiar como un demente con buena iluminación y a todas horas —violábamos el horario de “silencio”—, discutir en los grupos, estar haciendo al fin lo mismo todo el tiempo y dormir incluso en el mismo lugar, y si la comida era pésima esto no era nada original en la Cuba de ese momento. Pero en realidad me fugué de la escuela cuando estalló la Crisis de Octubre. Kennedy habló a las 7:00 p.m., y de inmediato se leyó la orientación del director nacional de las EIR, que los alumnos debían permanecer en la Escuela, estudiando. Me fui a mi albergue —yo dormía encima o debajo del compañero José Cantón Navarro—, recogí mis ínfimas y más bien militares pertenencias, y me marché de la Escuela. A las once de la noche ya estaba, con mis compañeros de la 2254, camino a la División Antidesembarco de Occidente, que dirigía el comandante Samuel Rodiles, desplegada en lo que llamaban “la dirección del golpe principal”: el golpe que nos darían los otros, naturalmente. Treinta y un días después me desmovilizaron y regresé directamente a la Escuela. Otros cuatro compañeros de la Cepero se movilizaron también.

Tuve dos discusiones muy fuertes en las clases que se hacían con el pleno de los alumnos de la Escuela, por motivos ideológicos, aunque envueltos en sus expresiones teóricas. La primera fue cuando me opuse a la afirmación de que en Cuba se había producido un paso violento a la revolución democrática, agraria y antiimperialista, y un paso pacífico al socialismo. Eso estaba bien en la prosa de Jruschov, pero en Cuba había sucedido un solo proceso revolucionario, que utilizó la vía de la violencia, y que había implantado el régimen socialista y la liberación nacional. La otra fue porque me había ido quedando para los últimos alumnos en exponer su clase, y desgraciadamente para mí, me tocó “La dictadura del proletariado”, que está por el capítulo 18, más o menos.

¿Del Konstantinov?

Sí, porque para el ejercicio docente se tomaban, epígrafe a epígrafe, y a cada alumno le tocaba uno. Tú dabas esa vez la clase a todos los alumnos, delante del profesor Arana. Tenías que mostrarte pedagógico, con tu plan de clase y a la vez saber de todo del tema, y responder a las preguntas del profesor.

¿Y no había otra bibliografía que no fuera eso?

Claro que sí. En la Escuela estudiamos a fondo textos como Anti-Dühring y Materialismo y empiriocriticismo, se estudiaban fragmentos o textos de los clásicos del marxismo, y monografías de los filósofos soviéticos. Recuerdo, entre otros, El espacio y el tiempo, de Svidierski, o Las categorías del Materialismo Dialéctico, de Rosenthal y Straaks; se utilizaba mucho el Diccionario Filosófico Abreviado, de Rosenthal y Iuden. Había algunos materiales franceses, como el libro La libertad, de Roger Garaudy. Y en otras asignaturas se estudiaba mucho a diferentes autores. Pero el esqueleto básico de Filosofía era el Konstantinov.

En aquella clase yo expliqué lo que decía el libro respecto a la dictadura del proletariado, que era entonces un concepto político considerado fundamental. Pero a continuación dije algo así como: “Bueno, esto es lo que debía ser la dictadura del proletariado, pero en la Unión Soviética, desde que mataron a Kírov en Leningrado se desencadenó un gran problema, por el cual fueron matados una gran parte de los revolucionarios, y Stalin fue el culpable de todo eso, los mandó a matar”. Se formó un lío. El profesor me interrumpió, y me dijo: ”¿A Kírov quién lo mató? Eso no se sabe todavía”. Yo le contesté: “Sí, pero a todos los demás los mató Stalin”.

Te repito aquí lo que he dicho siempre. Luis Arana fue un compañero que tuvo aquí una actitud magnífica con nosotros y en el cumplimiento de su deber, que era muy difícil. Con muy buena formación de psicólogo experimental, alumno de Luria, le encomendaron partidariamente ser el que nos enseñara el dogmatismo filosófico, y él muy honestamente acercaba el Materialismo Dialéctico a las ciencias, y se comportaba con un inmenso respeto por la Revolución y los revolucionarios de Cuba. Durante la Escuela que pasamos, nunca estuve cerca de su entorno, y sin embargo, no tuvo a mal que yo siguiera la línea de nuestra Revolución de manera abierta. Y cuando tuvo la posibilidad, ya en el Dpto. de Filosofía, de seleccionar a siete compañeros para que fueran a convertirse en los especialistas de las especialidades del sistema filosófico soviético, me llamó y me propuso que yo fuera el que se preparara en Materialismo Histórico.

Mucho tiempo después del final del curso de la Escuela Cepero Bonilla me contaron, sin que pueda afirmar que es cierto, que en una reunión en que varias personas escogieron a los 21 alumnos que serían instructores universitarios, se me eliminó. Pero Pedro, el subdirector, había exigido que me escogieran, y me agregaron en la lista. En realidad yo nunca tuve relaciones con Pedro en la Escuela, ni lo vi nunca más. De todos modos, fui seleccionado y me convertí en un flamante profesor sin haber terminado mi carrera universitaria, como otros muchos cubanos de entonces ante sus respectivas tareas. Aunque formalmente nos nombraron instructores y eso fuimos alrededor de un año.

¿Cuándo comienzas esta nueva tarea de profesor?

El 1o de febrero de 1963 veintiún compañeras y compañeros comenzamos a trabajar en el Departamento de Filosofía, que ya estaba creado pero tenía cinco profesores nada más. No es exagerado decir que fue el salto que permitió a esa institución emprender el servicio docente a escala universitaria. Y por lo que sucedió después, puede decirse que aquel día se constituyó la base de la institución que después se hará conocida.

¿Quiénes eran los cinco primeros profesores?

Eran Juan Guevara Valdés, un psicólogo notable y hombre muy culto, que había sido viceministro del MINCIN; Isabel Monal, directora del Teatro Nacional en 1959-60; Jesús Díaz, que era el más joven; el argentino Bolney Ortega Montenegro —que regresó años después a su país— y un quinto compañero, de apellido Davidson, que estaba saliendo del Departamento cuando nosotros entramos. Guevara compartió nuestras tareas hasta el inicio de 1966, cuando el rector lo nombró director de la Escuela de Psicología, e Isabel Monal hasta 1967, en que pasó a la Escuela de Letras.

Es verdad que de la Universidad se fueron muchos profesores en esos años: ¿vinieron profesores de otros países a colaborar con nosotros en la Educación Superior?  No solo los soviéticos, sino, por ejemplo, de América Latina.

Cómo no, argentinos, uruguayos, chilenos. Quiero recordar a Juan Noyola, notable economista mexicano que vino con la Cepal, se enamoró de la Revolución cubana y se quedó aquí para siempre. El edificio de Economía lleva su nombre. Un día se publicará aquí el libro que escribió sobre la economía cubana. Y a Plinio Castillo Padilla, joven guatemalteco que pasó un segundo curso que tuvo la Cepero Bonilla en 1963, y fue profesor de Economía Política en la Universidad. Plinio murió combatiendo como guerrillero de las Far en Guatemala.

Fernando, ¿coincidían en un mismo departamento Economía política y Filosofía?

En febrero de 1963 se organizan nuestro Departamento y el de Economía Política, que nunca tuvieron ninguna relación orgánica entre sí, para dar servicio docente a todas las carreras universitarias. En Economía están Osvaldo Martínez, Joaquín Fernández y otros compañeros muy valiosos.

¿Cuándo comienzas como profesor, ocupas inmediatamente la responsabilidad de  jefe del Departamento?

No. Enseguida tuve mi primera responsabilidad, que fue la de administrador, pero esas eran actividades voluntarias, suplementarias a las de docencia y superación que hacíamos todos.

¿Quién fue el primer jefe de departamento de Filosofía?

El primero fue Luis Arana Larrea, el hispano-soviético. Se lo llevaron de Bilbao, siendo un niño, antes de que la ciudad cayera en manos de los franquistas. Un hombre íntegro, del que algo te hablé ya. Creía firmemente en sus valores, pero no trató nunca de imponernos la línea que debió representar. Era un hombre muy cascarrabias y muy amigo de la disciplina, que trató de inculcarnos a todos esa buena costumbre, imprescindible en el que trabaja, y en los estudios la honestidad y la crítica fraternal entre todos. Y lo logró. Si me permites la expresión, era un comunista. Ya te dije algo de mis relaciones con él, y cómo a pesar de que yo exageraba en cuanto a no hacer nada que pareciera lisonja o halago con él, me seleccionó para ir a especializarme a la URSS, lo cual decliné por razones personales. Aquel fue un pequeño grupo enviado a la URSS cuando este compañero era el director, pero no tuvo peso en nuestra formación. Tres años después los compañeros estaban de vuelta.

Pero ahora recuerdo que al noveno mes de trabajar en el Dpto., hubo una misión a la URSS de recolección de información en las cuatro universidades soviéticas que tenían Facultad de Filosofía, para el desarrollo de nuestra disciplina y del Departamento. La misión incluía también breves visitas a la Universidad Humboldt de Berlín y la Carolina de Praga. Una misión que duró casi dos meses. Para integrarla, Arana seleccionó a Juan Guevara y a mí. Y allá fuimos los tres. Para Guevara y para mí, ansiosos de conocerlo todo, fue una gran experiencia, cada uno desde su edad y sus vivencias. Conocimos la estructura, el contenido de las materias, las ideas y algunas verdades de aquellas facultades, y de los departamentos que brindaban servicios docentes de Filosofía a las demás carreras. Arana nos servía de intérprete y nos añadía informaciones o aclaraciones a lo que se nos decía, no solo de Filosofía. Yo llené varias libretas escolares para el Departamento, con datos e impresiones. Fue un tremendo paso de avance para mí, acerca del país en que se hizo la primera y grandiosa revolución contra el capitalismo, acerca de su historia posterior, heroica y trágica, y de su actualidad todavía jruschoviana. Lo que más me gustó fue el pueblo, y el recuerdo más impresionante, el cementerio de Leningrado. Fíjate que importante  fue ese viaje para mí. Por Arana conocí la URSS, y un poco de la RDA y Checoslovaquia, porque ya nunca más me volvieron a enviar a aquella región. Arana no pudo actuar mejor en la misión, aunque los pulmones se vengaron de él, y Guevara y yo anudamos una fuerte amistad.

Fernando, ¿en qué lugar residió ese primer Departamento de Filosofía?

Nosotros nos formamos en la Calle K número 507, entre 25 y 27, en El Vedado. Era una casa de familia acomodada, más bien pequeña para nuestro uso, pero en muy buen estado, que había pertenecido a un cómplice de la Tiranía. Se la dieron a la Universidad seguramente por la proximidad, y nos pusieron allí. Llegó a tener cierta fama esa dirección frente al teatro El Sótano, muy céntrica y próxima a la Colina, pero en una calle tranquila y breve, cortada por una furnia en 25. Nosotros la llamábamos simplemente “la calle K”, y era nuestro segundo hogar —a veces hasta el primero—.

En la primera etapa todo era difícil y complejo. Debíamos dar docencia universitaria, por primera vez, y gran parte del grupo no tenía ninguna experiencia docente. La materia era muy ambiciosa en sus contenidos y se esperaba muchísimo de ella. A la vez, había que hacer seminarios y debates de superación pedagógica y organización del material para la docencia. No había experiencias previas de esta asignatura. Las facultades eran lo más diferente del mundo entre ellas, recuerda que hoy son las Universidades de esta ciudad: de medicina, tecnología, agropecuaria, pedagógico, ciencias y humanidades, que están en la actual Universidad de La Habana. Teníamos una inmensa vocación de superación, inconformes con lo logrado en los cinco meses encerrados estudiando, de manera que de inmediato comenzó la línea, obligatoria, de actividades de superación.

Como Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, ¿ustedes tenían la responsabilidad de orientar centralmente la enseñanza de esta disciplina para el resto de las universidades del país?

No, nada formal indicaba eso. Pero en la práctica hicimos un Primer Encuentro Nacional de Profesores de Filosofía Marxista en 1964, por iniciativa nuestra, en la calle K, con compañeros de las tres universidades. Y un Segundo Encuentro Nacional, en 1966. Siempre hubo relaciones fraternales con Oriente, y también con Las Villas, y si no recuerdo mal, en el verano de ese año 66 asistieron algunos compañeros de las dos universidades a nuestro Curso de Formación de docentes para el Dpto. habanero. Mantuvimos relaciones sistemáticas hasta nuestro cierre en 1971.

¿Cuál era el contenido de los programas que ustedes impartían? ¿Cuál era el nombre de la asignatura que se impartía?

Se llamaba “Materialismo dialéctico e histórico”, se daba en dos semestres. El texto base en 1963-64 era el Manual de Konstantinov. ¡Empezamos dando el Konstantinov! Al inicio teníamos muy poco a nuestro favor. Yo terminé mi carrera universitaria siendo ya profesor; examiné todas las asignaturas que me faltaban, en medio de todo aquello —y de un Curso de Jefe de Pelotón de Artillería Divisionaria—, y al fin me gradué de Derecho en 1964, creo. Cada uno de nosotros tenía su punto de partida y su preparación diferente, y pensábamos que debíamos homogeneizarla, y consolidarla.

Para el Curso 1964-65 ya eliminamos el carácter de texto base del Konstantinov, y comenzamos una experiencia de programas de la asignatura y cursos experimentales, que debía discutir rigurosamente cada compañero en los seminarios docentes, que dábamos cada semana, divididos en tres grupos. Tú podías inscribir tu programa experimental, pero tenías que sustanciarlo por escrito y someterte semanalmente a explicar lo que habías dado, y asumir los términos del debate y el control del grupo. La idea, que funcionó, era ir logrando un nuevo programa cubano, que sirviera para lo que se quería, que naciera de las iniciativas de los compañeros, mediante un trabajo organizado y riguroso, debatido por el colectivo. El proceso no fue espontáneo, ni anárquico, ni descontrolado. Lo que te cuento es lo que sucedió realmente, en ese Curso y en el Curso 1965-66.

¿Esta superación interna la organizaban ustedes mismos?

Nuestra lucha por la superación es fundamental para el que quiera entender lo que sucedió. Creamos un sistema de superación interna obligatoria, mediante materias a estudiar, cursos y seminarios por lo general semanales, que clasificábamos en generales y especializados. Los primeros eran para todos, los segundos para grupos específicos, permanentes o creados para el caso. Existía la superación individual en todos los casos, que pretendía darle nivel suficiente a cada uno y responder a sus inclinaciones, a la vez que cumplir los objetivos generales. Era un sistema muy organizado y muy controlado, que cumplía las tareas que programaba y que se mantuvo siempre, hasta el cierre del Departamento en 1971. Sus materiales los elaboramos nosotros mismos —al inicio fueron decisivos los aportes culturales de Justo Nicola y Juan Guevara—, y los métodos de evaluación también. Además, le pedimos permiso a Juan Mier, Rector de la Universidad, para matricular, cursar y evaluar asignaturas sueltas de cualquier carrera universitaria, tener ese derecho, pero sin aspirar, por aprobarlas, a obtener el título de la carrera en que se hiciera. Y nos lo dio. Por ejemplo, yo fui alumno de Alejo Carpentier en Historia de la Literatura Moderna; de Rosario Novoa en Historia de las Artes Plásticas Modernas; de Max Zeuske, un magnífico historiador alemán de la RDA, en Historia Universal Moderna, y de algunas otras asignaturas de la Escuela de Historia. Cristina Baeza estudió un conjunto de materias en Psicología; Niurka Pérez Rojas en Matemáticas; Luisa Noa Silverio en Física, y otros compañeros también. No olvides que en esta primera etapa incluíamos en la disciplina lo que llamaban Problemas Filosóficos de las Ciencias.

Por el camino que tomamos, pronto comenzamos a sentirnos insatisfechos con el material soviético. En Filosofía marxista, nuestro primer seminario fue “Volver sobre Materialismo y empiriocriticismo”. Es que habíamos tenido uno sobre esa obra en la Escuela…

Perdón que te interrumpa Fernando pero, ¿cómo canalizó este grupo de jóvenes profesores esa insatisfacción de la que hablas?

Volvimos sobre Materialismo y empiriocriticismo, a la luz de las ciencias naturales de nuestro tiempo, y con un poco de reflexión propia. Pronto comenzamos a exigirnos el estudio de Marx, Engels y Lenin en sus propias obras, y a tratar de entender sus vidas y las relaciones que ellas tuvieron con su pensamiento. Hicimos un seminario de Historia de la Filosofía, otros que no recuerdo ahora, y sobre todo mucho estudio individual. Pequeños grupos hacían seminarios especiales. De mi caso, recuerdo que un grupo de cinco cursamos los tres tomos de El Capital, página a página, y nos examinamos de cada tomo, con un grupo de muy buenos profesores, compañeros de Economía: Osvaldo Martínez, Joaquín Fernández Núñez, Plinio Castillo, Hermes Herrera. En otro grupo de cuatro o cinco pasamos un curso sobre la Teoría del Conocimiento en Renato Descartes, con una buena profesora francesa, que se había casado con un guerrillero venezolano; él estaba herido o enfermo, lo trajeron para acá y vino ella con él.

Nuestro centro se llamó siempre Departamento de Filosofía, pero nunca se circunscribió a lo que llaman vida académica, nunca utilizamos esa expresión. Desde 1964 realizamos actividades sistemáticas de participación social, mediante investigaciones sociales y acompañamiento de experiencias. No éramos originales, porque entonces se consideraba que los núcleos universitarios debían participar prácticamente en la “vida nacional”, desde sus calificaciones, y no solo como trabajadores voluntarios.  Recuerdo en los inicios el trabajo de investigación en rehabilitación de prostitutas en Camagüey, en los efectos del cambio de horarios de trabajadores al introducirse maquinaria en el campo, en el norte de Oriente, y en otras investigaciones en colaboración con otras áreas universitarias. Esta actividad tendió siempre a crecer.

Y así teníamos una actividad febril, puede decirse, aunque a la vez tuvimos amores, tuvimos hijos, bailábamos, leíamos literatura, íbamos al cine y al teatro, y éramos fanáticos de la incipiente Nueva Trova. Hicimos lo que hacen todos los jóvenes. La estructura básica eran los tres grupos, basados en los tipos de área universitaria en que trabajábamos, con su seminario docente semanal. En el área de superación, la general era obligatoria, y había que pertenecer por lo menos a un grupo de superación particular, o a varios, si te sentías capaz. Hubo un largo seminario sobre la obra del joven Marx —todo lo anterior a La ideología alemana—, y otros.

La crisis de la filosofía soviética sobrevino no solamente por ser incompatible con el mundo intelectual en que nos sumergimos. Fue sobredeterminada porque seguíamos de manera militante la política y la ideología de la Revolución cubana, y nos propusimos que esa posición sería la rectora de nuestra actividad intelectual y no dos cosas ajenas entre sí en las mismas personas, esquizofrenia que suele suceder. Si atendemos solo a los textos de Materialismo Histórico, lo que decían era ajeno —y a veces opuesto— a lo que tuvieron que pensar los que abrieron el camino de la revolución en Cuba, era ajeno al transcurso de nuestro proceso de poder y cambios revolucionarios, a nuestro proyecto, y a las realidades y caminos de la revolución en América Latina y el Tercer Mundo. Por lo menos. Los principios políticos que proclamaban eran a mi juicio insostenibles. Pero la concepción teórica misma que explicaba y defendía el Diamat soviético —y sus variantes occidentales— era ajena al marxismo de Marx y a sus desarrollos ulteriores revolucionarios, y en mi opinión, sigo pensando lo mismo, era completamente desacertada.

Me tocó a mí decir en 1966, como le pudo haber tocado a cualquier otro de nosotros: “Hay que hacer que el marxismo-leninismo se ponga a la altura de la Revolución cubana”. En todos los colectivos hay personas que se van destacando más, y se convierten en líderes —como hay algunos que no cumplen con lo que es necesario, y deben salir—, pero lo realmente fundamental fue que el colectivo asumió la posición de conjunto y el enorme complejo de tareas con gran profundidad, laboriosidad y entrega, tanto en lo intelectual como en lo ideológico-político, con honestidad y con una gran unidad y espíritu de grupo que nos marcaban y multiplicaban nuestra fuerza. Tantas personas diferentes le dieron a aquella obra común todo lo que pudieron, con una actitud ejemplar. Este fue un rasgo decisivo en el Departamento de la calle K.

¿Esta era la primera vez que se acercaban de manera crítica y revolucionaria hacia los programas de Filosofía establecidos?

Sí, pero no le hubiéramos llamado así en aquel momento. Nos hubiera parecido altisonante. No es que fuéramos especialmente tímidos, o demasiado modestos. Es que lo estábamos haciendo. Alrededor de 1990 conocí un grupo de profesoras y profesores de la Cujae, que me gustó mucho; ellos estaban haciendo su programa experimental. Me dijeron: “Tenemos el programa de Albert…”

Sí, recuerdo que a mediados de los ochenta empezó un grupo de compañeros de la Universidad de Las Villas a elaborar un programa, también siguiendo una iniciativa que habían tomado algunos compañeros del ISPJAE. Realmente fue algo que inspiró mucho, y reconforta saber que hay continuidad de una tradición ya iniciada por ustedes en los 60.

En 1965 nosotros hicimos un programa básico de la asignatura, que empezaba por el problema del hombre, y no por la ontología. “El hombre, la naturaleza y la sociedad”, se llamaba la primera parte.

¿Ustedes tienen esos programas todavía, Fernando?

Yo los conservo en alguna parte todavía. Yo voy a escribir un libro sobre eso…

Deberías hacerlo, porque ninguna investigación ni ningún investigador puede recoger esa experiencia como el propio protagonista.

A mí me lo han estado exigiendo compañeros y compañeras de aquellos tiempos, gente más joven, muchachos más nuevos. Varias veces he dicho: voy a escribir. Recuerdo bastante y tengo muchos materiales, sé que lo voy a escribir.

Bueno, volviendo a los programas experimentales. Hicimos crisis con compañeros que pensaban de otra manera, y empezamos a ser atacados…

Sí, con los de las EIR y la revista Teoría y Práctica. Eso lo conocemos por las páginas de Lecturas de Filosofía, que recogió la polémica de los manuales.

Nos acusaron de “clasicistas”, por rechazar los manuales y explicar el marxismo a partir de Marx, Engels y Lenin.

¿Crees que de alguna manera también se reproduce en el seno de lo académico-docente la dicotomía humanismo-comunismo que se dio en los dos primeros años de la década?

Lo que pasa es que ahora la ruptura fue mayor. En 1961-62 potencialmente pudo llegar a ser trágica. Después de 1962 esa posibilidad quedó conjurada, pero a mediados de los años 60 la ruptura tenía que ser más profunda, porque la Revolución estaba produciendo sus consecuencias más hondas, pretendiendo cambiar a fondo las vidas y el país, y participaba a escala latinoamericana y  mundial en un intento de revolución de liberación verdadera. Se necesitaba una nueva concepción del mundo y de la vida, y no retazos y renovaciones. Optamos por una concepción determinada, ya sabíamos que dentro del proceso nuestro había más de una. Nunca pretendimos encarnar la línea oficial de la Revolución, creo que ese fue un gran acierto nuestro. En realidad no reconocíamos que hubiera ninguna línea oficial. Pero la dirección de las Escuelas, al ser las Escuelas del Partido, parece que sí creía encarnar una línea oficial, y portar un marxismo-leninismo oficial.

¿Cuándo es que se separan ustedes totalmente del marxismo soviético?

En Teoría y Práctica de agosto-septiembre de 1966 se nos llama “pompas de jabón pequeño-burguesas que se desvanecen al contacto con el proletariado”. Nosotros seguimos ya por nuestra cuenta. Entre 1964 y 1966 se había producido un proceso que de inicio nos alejó del programa y los contenidos del marxismo soviético, pero que culminó en una ruptura completa con el marxismo soviético. A la vez, recuperamos a los bolcheviques. Entonces comenzamos un seminario semanal, que duró más de dos años, sobre el desarrollo del pensamiento de Lenin y sobre las revoluciones rusas de 1905 y de 1917.

Ustedes se volcaron al estudio del pensamiento bolchevique y continuaron con su práctica de superación interna.

Bueno, pues en el tiempo en que éramos unos herejes completos nos pusimos a estudiar a los bolcheviques. ¡Los bolcheviques sí eran de nosotros, nosotros éramos de los bolcheviques! Los que no eran, eran los que vinieron después, los que acabaron con la Revolución soviética. Estábamos estudiando a Carlos Marx, cuando se producía la famosa “vuelta a Marx” en Europa. Yo escribí sobre eso en 1966, y dije que nosotros no “volvíamos” a Marx, porque estábamos entrando a Marx por primera vez. En septiembre de 1966 fue el III Encuentro de Profesores Universitarios de Marxismo, que fue el II nacional. Leí en Granma hace unos 15 años que el MES celebraba un llamado “I Encuentro Nacional”. Eso fue un error de los compañeros, por desconocimiento de aquella experiencia. El I Encuentro, el de 1964, lo inauguró José Antonio Portuondo, con la presencia de Lionel Soto en la mesa. El Segundo, el de 1966, lo presidí yo, que era el director del Departamento de Filosofía. Yo fui pasando por todos los cargos: administrador, responsable de grupo, responsable de Dialéctica de la Sociedad —una de las tres áreas en 1965—, miembro del Consejo de Dirección desde 1964, subdirector del Departamento. Desde el Encuentro de 1966 rompimos formalmente con toda la concepción soviética, e incluso con el nombre. Llamamos a la disciplina y a la asignatura básica Historia del Pensamiento Marxista, y asumimos un programa absolutamente diferente, que se dio durante cinco años a decenas de miles de estudiantes universitarios. Después se ha supuesto que estos hechos nunca existieron. Es algo increíble, pero así es. Como te dije, en 1964-65 hicimos los experimentales, y para el curso 1965-66 preparamos y editamos un libro.

¿Aún  guardas todos esos documentos, Fernando?

Algunos sí, otros tendría que buscarlos con otros compañeros…

Creo que revisar las cosas que en aquella época se publicaron nos permitirá historiar toda una etapa tan fecunda del pensamiento marxista cubano. Esto es lo que el equipo de investigación de la universidad Central de Las Villas de alguna manera realizó con las publicaciones periódicas del periodo.

El “libro amarillo” se editó en la imprenta universitaria, en enero de 1966. Se llama Lecturas de Filosofía y reúne más de veinte autores. Tiene la organización que nosotros le dimos a aquel curso: empieza por “El hombre, la naturaleza y la sociedad” y termina con “La teoría del conocimiento”. Ahí están desde Leontiev con la Actividad, hasta Amílcar Cabral, con cómo debe ser la revolución africana; desde el Che Guevara con “El socialismo y el hombre en Cuba”, hasta 60 páginas de textos de Antonio Gramsci; desde una crítica a la definición leninista de “materia”, de dos compañeras nuestras, hasta Manuel Sacristán, Luis Althusser, Fidel Castro.

Cuando en septiembre pasamos a la nueva fase, que era más radical, los Departamentos de Filosofía de las universidades de Las Villas y de Oriente decidieron pasar a la línea nuestra, mandaron compañeros a pasar cursos con nosotros, se llegó a poner el programa nuestro allá; en Oriente, más que en Santa Clara. Nuestro Departamento llegó a tener más de sesenta profesores, y realizábamos una masa enorme de actividades, de diferentes tipos. Entonces editamos el nuevo libro Lecturas de Filosofía, en dos tomos, “el libro verde”; con otros textos, mucho más original y orgánico, más amplio, con muchos más trabajos nuestros. De este se editaron 24 000 ejemplares, se usó hasta en las escuelas militares, como la Osvaldo Sánchez. Nuestra actividad y nuestros productos eran sumamente influyentes.

¿Colaboraban ustedes con otras publicaciones, como por ejemplo con Jesús Díaz en El Caimán Barbudo?

En 1965 colaboramos con Jesús Díaz, que era uno de los más destacados compañeros nuestros, en la página ideológica del diario Juventud Rebelde. A inicios de 1966 fui uno de los fundadores de El Caimán Barbudo, con Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus, Ricardo Jorge Machado y otros compañeros; el director era Jesús. Pero yo solamente colaboraba allí, porque era el segundo en el Departamento y en Edición Revolucionaria, y tenía otras tareas diversas. A fines de ese año fundamos la revista Pensamiento Crítico, nuestro órgano editorial de más alcance, del cual fui el director todo el tiempo que se publicó. Esta aventura terminó en 1971: se cerró Pensamiento Crítico, se cerró el Departamento de Filosofía.

Fernando, ¿a qué nivel estuvo sujeto el proceso de cierre, tanto de la revista como del Departamento?

Primero tuvimos diversas reuniones. Después el Buró Político del PCC encomendó al compañero presidente de la república, Osvaldo Dorticós Torrado, la celebración de varias reuniones con todos los militantes. El cierre de Pensamiento Crítico fue en agosto de 1971; el de Filosofía fue en noviembre. Disolvieron el núcleo del Partido, aunque sin sancionar a ninguno de sus miembros.

Siempre recordaré la altura de las discusiones y la gentileza revolucionaria del presidente Dorticós. Y la actitud fraternal del compañero Jesús Montané.

Después se crea el Departamento para la Enseñanza del Marxismo Leninismo. Creo que la persona que está al frente de ese Departamento y otra más van a la Unión Soviética, y comienza el  proceso de formación de profesores en la Unión Soviética y en otros países del entonces campo socialista.

Primero vinieron asesores de allá para acá. Después se empezó a enviar a jóvenes a la URSS, a formarlos como docentes para Filosofía.

Desde tu perspectiva, ¿cómo valoras toda esta historia, su dinámica en el contexto de estos años?

Esta historia tuvo su propia realidad y su propia dinámica, pero está íntimamente relacionada con la historia general de la Revolución y solo es explicable si se inscribe en ella.

En el plano ideológico, después de la crítica al sectarismo la Revolución siguió teniendo un conjunto de instituciones diferenciadas, aunque el denominador común a todos era la fidelidad a la Revolución. Por ejemplo, el Consejo Nacional de Cultura tenía una ideología más cercana o cercana del todo a los soviéticos. La revista mensual Cuba Socialista, que salió de 1962 hasta 1966, era la revista oficial del Partido; era muy oficial, pero no era homogénea y permitía la polémica. Ahí publicaba el Che Guevara, y había de todo. Salían muchos textos informativos, ofreciendo elementos de la economía del país, las posiciones políticas del país, discursos de Fidel; no tenía tanto peso teórico, pero incluía temas teóricos también. Las EIR seguían ofreciendo una formación básica, en las Ebir, para activistas revolucionarios de todo el país, y tenían sus escuelas de nivel superior y su revista Teoría y Práctica; en estas mantenían la línea teórica del marxismo de tipo soviético. La Editora Política del Estado era dirigida por compañeros del antiguo Partido Socialista Popular, editaba a los clásicos del marxismo, y a autores soviéticos y comunistas franceses que trataban de ofrecernos una versión más “ilustrada” del materialismo de tipo soviético; incluso se publicó Lecturas de Marxismo- leninismo, en dos tomos, con trabajos de ellos destinados a la divulgación y el estudio. Vistas en su conjunto, en las tres universidades había una gama de posiciones respecto a las cuestiones intelectuales y teóricas. Por otra parte, todo el que podía abría una escuela para capacitar en marxismo y en política en su ministerio o su institución y también imprimía textos usuales o inesperados. Por ejemplo, yo conservo impreso en mimeógrafo las Cuestiones económicas de la construcción del socialismo en la URSS, de Stalin, editado por el Ministerio de Comercio Exterior.

El caso ejemplar fue el del Che. Desde 1959 inició su batalla ideológica, con el Manual de Capacitación Cívica, que tuvo dos ediciones por la CTC-R. Además del gran número de escritos y discursos que produjo, con una concepción marxista dialéctica, radical y creadora, y unos propósitos sistemáticos de influir en la profundización del proceso, organizó en el Ministerio de Industrias una trinchera de ideas. La revista Nuestra Industria Económica es la publicación más conocida, al menos de nombre, pero no fue la única. Y las Reuniones Bimestrales de Análisis del Trabajo del Minind fueron, hasta diciembre de 1964, el teatro de comentarios teóricos muy profundos, en un campo amplio de temas. Bajo su orientación se efectuaba el Seminario de El Capital, de profundización, que continuó un buen tiempo después de su partida. En la imprenta del MINAZ publicó Orlando Borrego, en 1966, la obra El Che en la Revolución Cubana, que sigue siendo hasta hoy la más voluminosa edición de textos y grabaciones del Che: siete tomos, más de 4 000 páginas. Solo tuvo papel para 400 ejemplares. Gran parte de su contenido nunca ha sido publicado, ahí espera su reedición.

En un mimeógrafo que teníamos, nosotros tirábamos, tirábamos y tirábamos… Por ejemplo, El primer combate de Fidel Castro, de Robert Merle, el libro de un francés que le hizo entrevistas a todos y cada uno de los sobrevivientes del asalto al Moncada; creo que la única edición que tuvo en Cuba fue la que le hicimos en mimeógrafo. Imprimíamos los programas, textos para discutir; los textos que nos hacían falta para la docencia, en mayor número, para los alumnos. Recuerdo que tiramos de inmediato el discurso del Che Guevara en Argel, del 24 de febrero de 1965, por lo cual algunos nos llamaron “revisionistas de izquierda”. Para alumnos tiramos muchos fragmentos de los Cuadernos de la Cárcel, de Antonio Gramsci, hasta que contamos con el Lecturas de Filosofía amarillo que te conté.

Para 1965 y 1966 cayó en crisis la posición más cercana al socialismo de tipo soviético, porque el Che y Fidel predicaban y ponían en práctica la específica posición cubana en toda la vida política, económica, social e ideológica del país; en la actividad exterior, que ya se enfrentó abiertamente en muchos aspectos a la URSS y su campo; en la participación armada cubana en varios lugares (el caso más famoso fue el de Bolivia). En el campo ideológico se había registrado una riquísima historia de polémicas desde los primeros años 60, que si me refiero a ellas no terminaríamos nunca. Durante los años 1966 y 1967 se fue consumando un predominio de las posiciones ideológicas representadas por Fidel y el Che. El último acto político-ideológico de esa etapa fue la llamada “microfracción”, a fines de 1967. El Che había muerto en Bolivia, en octubre. Después el país se sumió en sus gigantescos esfuerzos por conseguir lo que se llamó “desarrollo económico socialista acelerado”, sin dejar de practicar un internacionalismo ejemplar. Las ideas cubanas de un socialismo más cercano a la URSS, y más restringido en su contenido, nunca desaparecieron, pero estuvieron fuera de la escena hasta después de 1970.

Desde el segundo semestre de 1965 nuestras participaciones en la “vida nacional” se multiplicaron mucho. Un buen número de esas actividades no eran propiamente de educación superior; una parte de ellas no eran públicas, la mayoría sí. Por ejemplo, desde fines de 1965 tuvimos un papel protagónico en todo el trabajo de creación de Edición Revolucionaria y del Instituto Cubano del Libro, que significaron una transformación muy profunda y una fuerte ampliación del ámbito del sistema editorial cubano. En el área de publicaciones sociales elaboramos los primeros planes y los llevamos a cabo, y mantuvimos una presencia muy fuerte hasta nuestra desaparición.

Sí, realmente fue una etapa muy fructífera en publicaciones.

Hay que ver los catálogos de los primeros años de Ciencias Sociales, del Instituto del Libro. Se hizo un serio esfuerzo de publicación de autores clásicos del marxismo, y también de otros marxistas de tendencias y temas diversos. Se publicó el Stalin de Isaac Deutscher, en miles de ejemplares, como era usual. También se publicó un buen número de teóricos no marxistas.Economía y sociedad, de Max Weber, en dos gruesos tomos, fue publicado en una edición que en número de ejemplares quizás sea la mayor que se ha hecho en el mundo. Llevaba un estudio introductorio de Germán Sánchez —uno de los más jóvenes compañeros nuestros—, de más de 30 páginas y gran calidad. Todavía lo lees hoy y dices: ¿y esto qué es? La Antropología estructural, de Claude Lévi-Strauss, El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, Historia y conciencia de clase, de György Lukács, las Cuestiones de método, de Jean Paul Sartre. Por varias vías publicamos a Karl Korsch, “Populorum Progressio”, una Historia de África, un montón de cosas muy diversas. Referencias, del PCC de la Universidad, una revista monográfica muy voluminosa que salió unas catorce veces, en realidad se planeaba y sus materiales provenían de los fondos de Pensamiento Crítico, y la preparaba un compañero nuestro. Publicamos o divulgamos todas las obras contemporáneas que estuvieron a nuestro alcance y nos parecieron de interés. Fue una verdadera fiesta intelectual. Esa coyuntura favorable desapareció al inicio de los años setenta, aunque no sucedió de un día para otro.

Fernando, para ir terminando —pues esta es una conversación que aún podemos prolongar, pero ya sería otra entrevista—, una última pregunta: ¿por qué cree usted que se dieron las divergencias en el pensamiento marxista cubano de estos años?

Creo que te he contestado parcialmente esa pregunta a lo largo de la entrevista, y además, después de 20 años de silencio he ido escribiendo sobre estas cuestiones en textos de estos años noventa y hablando en conferencias o entrevistas. Quedan sin duda muchas cosas por decir, pero yo sigo muy activo y pienso seguirlo siendo, y formamos parte de un proceso, la Revolución cubana, muy difícil en sus condicionamientos y en la propia historia que ha debido ir tejiendo en casi medio siglo. Hay temas y datos que no se han publicado nunca y no me pertenece a mí divulgar, al parecer mientras no culmine esta larga lucha en que estamos todos. Por otra parte, estoy totalmente opuesto a que se escamotee u oculte la historia de nuestro proceso revolucionario a las generaciones más jóvenes, porque eso es desconfiar de sus capacidades y su cultura política revolucionaria y es quitarnos fuerzas que son vitales para la guerra cultural a la que sin remedio nos obligan tres realidades: la agresividad sistemática del imperialismo; la capacidad del modo de vivir capitalista de recuperar terrenos y reabsorber formas de vida que se han formado ajenas a él y aun negándolo; y la dimensión descomunal de nuestro proyecto de cambios de las personas, las relaciones y las instituciones, esto que debemos seguir llamando socialismo.

De todos modos, te diré algo más, aunque sea por recapitular lo que he escrito o dicho y añadir algo. Pero no olvides que es muy diferente lo que los actores de un proceso determinado sintieron y pensaron cuando estaban actuando, y lo que décadas después han reflexionado y manifiestan sobre aquel proceso.

Hoy entiendo que el marxismo sufrió sus más duros golpes en los años 30 del siglo XX, cuando la teoría fue desnaturalizada a fondo en sus contenidos y en sus funciones, los pensadores fueron reprimidos brutalmente y un cuerpo dogmático fue codificado e impuesto rigurosamente. Esto no fue más que parte de una operación gigantesca y fratricida, que liquidó a la Revolución bolchevique. Pero el Estado soviético siguió existiendo y fortaleciéndose, y resistió y venció la amenaza mortal que fue la criminal agresión nazi, con la participación heroica y decisiva de los pueblos de la URSS. El poder, el prestigio y la influencia de la URSS en el mundo crecieron mucho después de 1945, y se formó un “campo socialista” en Europa. Pero la situación del marxismo no cambió. Mientras, en el llamado Tercer Mundo sucedieron revoluciones anticapitalistas y de liberación nacional, desde China hasta Cuba, y hubo un enorme proceso de descolonización y luchas por la soberanía efectiva y el desarrollo. La bancarrota del colonialismo y las victorias revolucionarias le plantearon retos formidables a la universalización del marxismo, porque se necesitaban ideas radicales y eficaces. Una generación antes, el naciente comunismo tercermundista había sufrido la bolchevización y los embates del stalinismo. Ahora, los sucesores de Stalin no lograban hacer realidad el giro anunciado en el XX Congreso del PCUS (1956), y la política internacional de la URSS se regía ante todo por la razón de Estado. El marxismo del campo soviético ganó con la nueva tolerancia, pero no dio ningún salto de desarrollo, por lo que siguió siendo una ideología de legitimar, obedecer y clasificar, y no pudo ofrecer nada importante a la nueva época que se abría.

Por segunda vez en el siglo XX el comunismo y el marxismo se encontraban ante una coyuntura favorable para atraer hacia sus posiciones a los que pensaban y los que actuaban contra las opresiones y el sistema de dominación, en el Tercer Mundo y en el Primero, y el desafío resultaba demasiado grande. Entonces vinieron los años 60. En tres continentes se desencadenaron o se hicieron más visibles las rebeldías, las identidades propias, las luchas por la autonomía real, el desarrollo económico y social, las coordinaciones del Sur, en un conjunto promisorio para cambios radicales antiimperialistas y contra la explotación, es decir, de tendencia anticapitalista y de liberación nacional y social. Y en Europa y Estados Unidos, determinados sectores sociales y una generación de jóvenes abominaron el orden vigente, retaron a sus instituciones y a sus relaciones cívicas y cotidianas, exigieron una nueva cultura y desearon cambiar las vidas y las sociedades. La segunda gran ola de revoluciones del siglo tuvo su centro en el Tercer Mundo —a diferencia de la primera—, pero con mucha más cultura política y en mejores condiciones para avanzar en cuanto a coordinaciones mundiales.

En el terreno del pensamiento social, se hicieron extraordinarios esfuerzos y creaciones intelectuales —por parte de militantes y de especialistas—, que permitieron pensar las prácticas, proponer estrategias, revivir la teoría política y postular ideas. Se avanzó en la recuperación del pensamiento marxista y en su reconocimiento como guía para el análisis y la acción por parte de numerosos movimientos revolucionarios. Se echaron las bases de un nuevo campo intelectual, el de género, y también las de la ecología. La posición marxista que venía de China llegó a tener una gran influencia en numerosos lugares. El marxismo independiente de países capitalistas desarrollados —me niego a llamarle marxismo occidental— brindó sus aportes notables. Pero no se pudo alcanzar una nueva cota que era necesaria: elaborar las nuevas interpretaciones de conjunto, las síntesis teóricas que renovaran la concepción, la integración de los avances del conocimiento y el pensamiento ajenos al marxismo que fueran pertinentes, y las propuestas generales.

La Revolución cubana, en el centro mismo del Occidente burgués, realizó enormes esfuerzos en el campo del pensamiento, e hizo aportes muy notables al desarrollo del marxismo. Fidel y el Che pusieron al marxismo en español, inspiraron la formación de una vertiente marxista latinoamericana, y se dirigieron al mundo entero desde un comunismo de liberación nacional, occidental, igualitarista, insurreccional y realmente internacionalista. Si tuviera que calificar al marxismo necesario para ayudar a desarrollar esa revolución, le llamaría ortodoxo, rebelde, creador y hereje. Todo esto lo entendíamos así en aquel tiempo los que formamos el grupo de la calle K e hicimos la revista Pensamiento Crítico. Con nuestros aciertos, errores e insuficiencias, fuimos en esa dirección hasta donde pudimos.

Si recordamos todo lo que he dicho hasta aquí, fue natural que entre los revolucionarios cubanos tuviéramos diferencias y divergencias en cuanto a los caminos del socialismo, y al marxismo. Lo que quiero resaltar ante todo, porque fue extraordinario, es que el poder revolucionario no se manchó con la violencia ejercida contra sus hermanos, un hecho desgraciado que sucedió en tantas otras experiencias. Fidel había dicho en un momento muy delicado que la Revolución no sería como Saturno, el que se comió a sus propios hijos. Es muy cierto también que existió un denominador común que guió las conciencias y las voluntades de los que mantuvieron las ideas y posiciones más disímiles: la Revolución cubana, con su justicia socialista y su liberación nacional, como la brújula de los criterios y de la disciplina, de la diversidad de cada uno y de la unidad política, de las diferencias ideológicas y la lucha compartida. Que ese denominador común predominara siempre es un gran ejemplo de lo que es posible conseguir cuando se desatan las fuerzas de las personas en una sociedad que sea a la vez organizada, consciente y libertaria.

Vamos terminando. Te agradezco muchísimo que me hayas pedido de inicio que opinara aquí desde mis perspectivas y mis vivencias. Me formé desde jovencito en una tradición en la que hablar de uno mismo se consideraba una debilidad gravísima, y lo que he vivido después refuerza mis convicciones martianas acerca del individuo, el deber y el verdadero carácter de las satisfacciones. Sin embargo, fue una convocatoria muy sagaz la tuya, por dos razones: me permitió enfrentar un trecho de mi vida demasiado cargado de aristas, desde una aproximación factible; y hoy cada vez más se exige mostrar la dimensión humana de los eventos y las ideas, como parte de una exigencia de prioridad para las subjetividades que no alcanza a formular con claridad a lo que aspira, pero que tiene toda la razón y está indicando en qué dirección deben ir las luchas y las aspiraciones del siglo XXI. Quizás haya también una tercera razón: siempre reconocí en privado la verdad que encierra el desparpajo magnífico del título de un cuento de serie negra norteamericano de los años 50: “Hasta los gángsters tienen su corazoncito”. Pero lo principal de toda esta historia, y lo que más me motiva, es el servicio que puede prestar. Si bien es cierto que los 60 no lograron sus fines y sus sueños más ambiciosos, pusieron los proyectos de humanización en un grado sumamente más alto que lo existente hasta entonces y sus logros y sus intuiciones constituyen hoy una acumulación cultural maravillosa a nuestra disposición, que puede concurrir a la formación de proyectos muy superiores a los que ha habido, si se ponen en marcha los movimientos liberadores del siglo XXI.

Tus palabras me hacen recordar que a ti y a toda la generación de aquellos jóvenes que ingresaron a la vida intelectual en estos años sesenta, aún los anima lo que en sus versos cantara Brecht, “hay quienes luchan toda una vida, esos son los imprescindibles”. Muchas gracias, Fernando.

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