VIOLENCIA y LIBERALISMO, DOS TÁCTICAS BURGUESAS por V. I. LENIN

 Lenin-1895-mugshotPublicado el 16 de diciembre de 1910 en el nº 1 de “Zviezdá” con el título:

LAS DIVERGENCIAS EN EL MOVIMIENTO OBRERO EUROPEO

V. I. LENIN

Las divergencias tácticas fundamentales que se manifiestan en el movimiento obrero de nuestros días en Europa y en América se reducen a la lucha contra dos importantes corrientes que se desvían del marxismo, el cual es hoy, en la práctica, la teoría dominante en dicho movimiento. Estas dos corrientes son: el revisionismo (oportunismo, reformismo) y el anarquismo (el anarcosindicalismo, anarcosocialismo). Ambas desviaciones de la teoría y de la táctica marxistas, teoría y táctica dominantes en el movimiento obrero, se registran con diversas formas y distintos matices en todos los países civilizados a lo largo de la historia de más de medio siglo del movimiento obrero de masas.

Este solo hecho evidencia ya que no es posible explicar dichas desviaciones ni como casualidades ni como equivocaciones de tales o cuales personas o grupos, ni siquiera por la influencia de las peculiaridades o tradiciones nacionales, etc. Tiene que haber causas cardinales, inherentes al régimen económico y al carácter del desarrollo de todos los países capitalistas, que originan constantemtente estas desviaciones. Un librito del marxista holandés Antonio Pannekoek, aparecido el año pasado con el título de Las divergencias tácticas en el movimiento obrero (Die taktischen Differenzen in der Arbeiterbewegung, Hamburgo, Erdmann Dubber, 1909), es un intento interesante de analizar científicamente dichas causas. En la exposición que sigue daremos a conocer al lector las conclusiones a que ha llegado Pannekoek, conclusiones que no se puede menos de reconocer atinadas por completo.

Una de las causas más profundas que originan periódicamente divergencias en la táctica es el propio hecho de que el movimiento obrero crece. Si no lo medimos con el rasero de algún ideal fantástico, si lo examinamos como un movimiento práctico de hombres corrientes, quedará claro que la incorporación de más y más “reclutas” y la inclusión de nuevos sectores de las masas trabajadoras deben ir acompañadas inexorablemente de vacilaciones en el terreno de la teoría y de la táctica, de la repetición de viejos errores, de la vuelta temporal a conceptos y métodos anticuados, etc. El movimiento obrero de cada país emplea periódicamente más o menos energía, atención y tiempo para “instruir” a los reclutas.

Además, el desarrollo del capitalismo no es igual de rápido en los diversos países y en las distintas ramas de la economía nacional. La clase obrera y sus ideólogos asimilan el marxismo con mayores facilidad, prontitud, extensión y solidez allí donde más desarrollada está la gran industria. Las relaciones económicas atrasadas o que van a la zaga en su desarrollo conducen siempre a la aparición de partidarios del movimiento obrero que asimilan sólo algunos aspectos del marxismo, sólo partes separadas de la nueva concepción del mundo o consignas y reivindicaciones sueltas, sin sentirse capaces de romper resueltamente con todas las tradiciones de la concepción burguesa en general y de la democrática burguesa en particular.

Además, el carácter dialéctico del desarrollo social, que transcurre entre contradicciones y mediante contradicciones, constituye una fuente permanente de discrepancias. El capitalismo es un factor de progreso porque destruye los viejos modos de producción y desarrolla las fuerzas productivas; pero, al llegar a cierto grado de desarrollo, frena al paso el incremento de las fuerzas productivas. El capitalismo desarrolla, organiza, disciplina a los obreros, pero también aplasta, oprime, causa la degeneración, la miseria, etc. El propio capitalismo crea a su sepulturero, él mismo crea los elementos del nuevo régimen; pero, al propio tiempo, si no se produce un “salto”, estos elementos sueltos en nada cambian el estado general de cosas, no lesionan el dominio del capital. El marxismo, como teoría del materialismo dialéctico, sabe explicar estas contradicciones de la vida real, de la historia palpitante del capitalismo y del movimiento obrero. Ahora bien, comprende de por sí que las masas aprenden de la vida, y no de los libros, por lo que algunas personas o grupos suelen exagerar y erigir siempre en teoría unilateral, en sistema táctico unilateral, tal o cual rasgo del desarrollo capitalista, tal o cual “enseñanza” derivada de este desarrollo.

Los ideólogos, los liberales y los demócratas burgueses que no comprenden el marxismo ni el movimiento obrero moderno, pasan constantemente de un extremo de impotencia a otro. Tan pronto pretenden explicarlo todo, diciendo que gentes malvadas “azuzan” a una clase contra otra, como se consuelan creyendo que el partido obrero es “un partido pacífico de reformas”. Deben tenerse por producto directo de esta concepción burguesa y de su influencia el anarcosindicalismo y el reformismo, que se aferran a un solo aspecto del movimiento obrero y erigen esa unilateralidad en teoría, declarando incompatibles las tendencias o rasgos del movimiento obrero que constituyen la peculiaridad específica de tal o cual período, de tales o cuáles condiciones de actuación de la clase obrera. Pero la vida real, la historia real implica estas tendencias diversas de manera similar a como la vida y el desarrollo de la naturaleza implican la evolución lenta y los saltos rápidos, las interrupciones del movimiento paulatino.

Los revisionistas creen que todos los razonamientos en torno a los “saltos” y al antagonismo de principio entre el movimiento obrero y toda la vieja sociedad son meras palabras. Creen que las reformas son una plasmación parcial de socialismo. El anarcosindicalista rechaza la “labor menuda”, sobre todo la utilización de la tribuna parlamentaria. En la práctica, esta última táctica se reduce a esperar “días grandes”, y eso se hace sin saber reunir al paso las fuerzas creadoras de los grandes acontecimientos. Unos y otros frenan la obra principal, la más apremiante: la de agrupar a los obreros en organizaciones nutridas y robustas que funcionen bien y sepan funcionar bien en cualesquiera circunstancias, en organizaciones rebosantes de espíritu de lucha de clase que tengan una visión clara de sus objetivos y estén educadas en la verdadera concepción marxista del mundo.

Aquí nos permitiremos una pequeña digresión y diremos entre paréntesis, a fin de evitar posibles malentendidos, que Pannekoek ilustra su análisis con ejemplos tomados exclusivamente de la historia de Europa Occidental, sobre todo de Alemania y Francia, sin tener en cuenta para nada a Rusia. Si alguna vez alude a Rusia, eso se debe sólo a que las tendencias principales que originan ciertas desviaciones de la táctica marxista se manifiestan asimismo en nuestro país, a pesar de las enormes diferencias de cultura, modo de vida y tipo histórico de economía que hay entre Rusia y Occidente.

Por último, una causa muy importante de discrepancia entre los participantes en el movimiento obrero reside en los cambios de táctica de las clases gobernantes, en general, y de la burguesía, en particular. Si la táctica de la burguesía fuera siempre similar o, al menos, homogénea, la clase obrera no tardaría en aprender a responder a ella con una táctica igual de similar u homogénea. Pero, en la práctica, la burguesía de todos los países pone en juego inexorablemente dos sistemas de gobierno, dos métodos en lucha para defender sus intereses y su dominación, dos métodos que se alternan o entremezclan, formando distintas combinaciones. Se trata, en primer término, del método de la violencia, método que niega toda concesión al movimiento obrero, método que apoya todas las instituciones viejas y caducas, método que rechaza de plano las reformas. Este es el fondo de la política conservadora que, en Europa Occidental, deja de ser cada día más la política de las clases terratenientes para convertirse en una variedad de la política burguesa en general. El otro método es el del “liberalismo”, el de dar pasos hacia el desarrollo de los derechos políticos, hacia las reformas, las concesiones, etc.

Cuando la burguesía pasa de un método a otro no lo hace obedeciendo a alevosas intenciones de algunos individuos, ni tampoco por mera casualidad, sino en virtud del carácter profundamente contradictorio de su propia situación. Una sociedad capitalista normal no puede desarrollarse con buen éxito sin un régimen representativo consolidado; si la población, que no puede menos de distinguirse por sus demandas “culturales” relativamente altas, no goza de ciertos derechos políticos. Estas demandas de poseer un nivel cultural mínimo son debidas a las condiciones del propio modo de producción capitalista, con su técnica elevada, su complejidad, flexibilidad, movilidad, rapidez en el desarrollo de la competencia mundial, etc. Los cambios de táctica de la burguesía y el paso de ésta del método de la violencia al de las supuestas concesiones son, por lo mismo, consustanciales de los últimos cincuenta años de historia de todos los países europeos, con la particularidad de que, en determinados períodos, unos países prefieren un método y otros otro. Por ejemplo, Inglaterra era en los años 60 y 70 del siglo XIX el país clásico de la política burguesa “liberal”. Alemania, en las décadas del 70 y el 80, aplicaba el método de la violencia, etc.

Cuando en Alemania imperaba el método de la violencia, la repercusión unilateral de este sistema de gobierno burgués fue un incremento del anarcosindicalismo, o como lo llamaban entonces, del anarquismo en el movimiento obrero (“los jóvenes” al principio de la década del 90, Johann Most a comienzos de la del 80). Cuando en 1890 se produjo el viraje hacia las “concesiones”, éste resultó ser, como siempre, más peligroso aún para el movimiento obrero, originando una repercusión igualmente unilateral del “reformismo” burgués: el oportunismo en el movimiento obrero. Dice Pannekoek:

“La finalidad positiva, real, de la política liberal de la burguesía es desorientar a los obreros, sembrar la escisión en sus filas, transformar su política en un apéndice impotente de la política de supuestas reformas, política siempre impotente y efímera”.

La burguesía logra a menudo sus objetivos para cierto tiempo mediante una política “liberal” que, como indica con razón Pannekoek, es una política “más astuta”. Parte de los obreros y de sus representantes se deja engañar a veces por las aparentes concesiones. Los revisionistas declaran “anticuada” la doctrina de la lucha de las clases o comienzan a aplicar una política que, de hecho, significa una renuncia a la lucha de clase. Los zigzags de la táctica burguesa dan lugar a que se afiance el revisionismo en el movimiento obrero y hacen a menudo que las discrepancias en su seno se transformen en escisión manifiesta.

Todas las causas de ese género promueven divergencias de táctica en el movimiento obrero, en el medio proletario. Pero entre el proletariado y los sectores de la pequeña burguesía próximos a él, incluido el campesinado, no hay ni puede haber ninguna muralla china. Se entiende que el paso de algunos individuos, grupos y sectores de la pequeña burguesía a las filas del proletariado no puede menos de originar, por su parte, cambios en la táctica de éste.

La experiencia del movimiento obrero de los diversos países ayuda a comprender, con ejemplos concretos de la práctica, el fondo de la táctica marxista, contribuyendo a que otros países más jóvenes sepan distinguir con mayor claridad la verdadera significación clasista de las desviaciones del marxismo y puedan combatirlas con mayor éxito.

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