INFLUENCIA DEL PENSAMIENTO ESPAÑOL DEL EXILIO EN LA FILOSOFÍA CUBANA DE LA DÉCADA DEL CUARENTA DEL SIGLO XX

 autor: Felix Valdés García

Instituto de Filosofía. La Habana
Ponencia presentada al VI Simposio de Filosofía Latinoamericana
de la UCLV, Santa Clara, enero de 2000
felix@filosofia.cu

poumSi bien los estudios sobre el pensamiento cubano en el siglo XIX han sido amplios y ha predominado una valoración favorable hacia los pensadores de estos años, en los estudios sobre los pensadores cubanos del siglo XX , los cuales no son tan frecuentes, predominan juicios de mayor severidad e incomprensión con los pensadores de estos años, al utilizarse metodologías y exigencias inapropiadas. Esta situación nos pone ante la necesidad de un estudio más profundo y detallado de estos años.El siglo XX que acabamos de despedir, ha sido muy dinámico y también de grandes traumas, tanto en el ámbito mundial como nacional, y el estudio del pensamiento de estos años exige una adecuación con estos sucesos, para los cuales Cuba en el contexto latinoamericano y mundial no es exclusión. El agotamiento provocado hasta entonces por la racionalidad y el modernismo, por las promesas de las ciencias, pusieron en crisis muchos de los presupuestos en los que se había creído de forma tan convencida durante el siglo XIX. El dadaismo y el surrealismo en las artes, el psicoanálisis freudiano, las remisiones al lenguaje, los avances en las ciencias y la técnica subvierten el orden creído de tiempos anteriores ya en sus propios comienzos.

En el caso de Cuba, el siglo se inicia con una gran frustración nacional en los proyectos sociopolíticos y una profunda crisis económica. Las primeras dos décadas son muy costosas para la nacionalidad cubana por el escamoteo de su independencia nacional y están casi vacías de producción filosófica. Como consecuencia de la guerra del 95 quedó un retraso intelectual en la isla y la recién inaugurada República tardó en restablecer a intelectuales dedicados a la producción filosófica.

Unos consideran, como Humberto Piñera Llera, que la situación económica no dejaba espacio ni posibilidad al pensamiento y al desarrollo de la filosofía en las tres primeras décadas. Otros señalan el desencanto que provocó el positivismo hacia la filosofía, lo cual hizo que tardara en restaurarse el interés por cuestiones de tal índole. Enrique José Varona, principal defensor del positivismo en Cuba, se defrauda, se desilusiona de las posibilidades de la Filosofía desde el propio 1900, y ya en 1917 abandona la Cátedra que ocupa en la Universidad de La Habana.

Sin embargo, la filosofía en Europa en el período posterior a la Primera Guerra Mundial y hasta la segunda, fundamentalmente en el mundo alemán – francés, se encausaba de un modo nuevo, con temáticas que superaban a la filosofía anterior y que respondían a la crisis espiritual dejada por la conflagración mundial y los cambios en la arena sociopolítica de esos años de entreguerra.

LibroEl antipositivismo es típico tanto en Europa como en Latinoamérica por estos años ante la crisis de los fundamentos de las ciencias positivas, como la lógica, las matemáticas, la física y la psicología, que habían desbordado de esperanzas todas ellas al mundo euroccidental. Es necesaria, dice el cubano Humberto Piñera, una nueva fundamentación de las ciencias, y esta se encontraba ya en G. Dilthey, E. Husserl, Bergson, M. Scheler, N. Hartmann y en Heidegger y la Fenomenología, ciencia no de los hechos sino de las esencias, de lo que está mas allá de lo meramente fáctico (Husserl).

Con Dilthey aparece, entre otras cosas, una nueva psicología descriptiva fundada en el estudio de las asociaciones humanas para ver lo individual psíquico además de su visión sobre las ciencias humanas, su concepción de la historia y su historicismo. Mientras tanto Bergsón se enfrentaba al antimetaficismo del positivismo, al mecanicismo y al finalismo, proponiendo una filosofía indeterminista, vital-orientada y la idea de que el mundo está orquestado por un impulso vital. Así mismo el existencialismo de Heidegger propone una reflexión nueva sobre la existencia humana, sobre el individuo, no desarrollada por la filosofía anterior.

Todo este desarrollo de la filosofía europea, las nuevas temáticas y corrientes, comienzan a conocerse en Latinoamérica en parte a través de Ortega y Gasset, filósofo español que sentó escuela en Madrid y que también comienza a ser ampliamente conocido en el mundo hispanohablante. Además, un hecho notorio y siempre señalado por los estudiosos de la filosofía en el continente, es la difusión en el área de la Revista de Occidente y los libros de esta editorial encabezada por José Ortega que daba a conocer el estado de la filosofía franco – germana a través de traducciones de la obra de estos filósofos.

José Ortega y Gasset consideraba que la filosofía no se contenta con los datos inmediatos y aparentes, sino que intenta captar el mundo en “su integridad” en “su ser fundamental”, tratando de develar el fundamento más radical de la realidad del ser, que es según él, la vida, “la vida del hombre de carne y hueso”. Su raciovitalismo; así como su idea: “Yo soy yo y mi circunstancia”, su noción sobre que el hombre no es un hecho sino un quehacer, y hay que ser plenamente “yo mismo” así como su noción de mismidad y autenticidad como dos categorías del destino humano y su concepción sobre que “conocemos la realidad según nuestra propia y particular circunstancia”, según nuestra peculiar “perspectiva” (histórica) marcaron al pensamiento latinoamericano posterior y a toda la preocupación que apareció luego por la cultura y la filosofía latinoamericanas.

En México, Argentina, Uruguay y otros países de la región, comienza a prestarse gran atención a estas filosofías. Una muestra de ello es la obra de A. Caso, A. Korn, C. Vaz Ferreira, J. Vasconcelos, E. Rodó, Francisco Romero entre otros. En Cuba, es el caso de Piñera Llera, García Bárcena además de otros, sin destacar a aquellos que, como bien reconoce Francisco Romero se habían dedicado al rastreo de nuestra filosofía como Jorge Mañach, Roberto Agramonte y Medardo Vitier.

La episteme positivista evidenciaba su agotamiento histórico en el continente a inicios de este siglo, pues en lugar de emancipación y progreso como se había propuesto, se había obtenido atraso. El orden político prometido había conducido a la anarquía social y política, y la educación, otro de los grandes proyectos, no había contribuido al fortalecimiento de la identidad espiritual e histórica de las naciones y la cultura latinoamericana. Por ello se comienza a reclamar un nuevo orden y un proyecto más metafísico, pues la reducción del hombre a su empiricidad le obliga a este a renunciar a su trascendentalidad, y a su esencia metafísica.

Al decir de Rodó, Ariel vence a Calibán, grosero y falto de atractivo, que es un modelo inadecuado para “las circunstancias iberoamericanas”. El positivismo, “armadura del imperio”, ha destruido los signos del universo espiritual, dice Vasconcelos, y estos, desde una nueva perspectiva metafísica, hay que restituirlos. Antonio Caso, Carlos Vaz Ferreira, Alejandro Korn añaden que “el positivismo limita al conocimiento humano a la sola ciencia y prohíbe al espíritu la especulación, la meditación”, y como señalara Vaz Ferreira, hay que dejar que el espíritu se exprese, salga, recorra infinitos caminos. No sólo la ciencia y la técnica hacen que la humanidad mejore, dice Alejandro Korn, hay que subordinarla a un principio ético. Así los problemas morales y de existencia del hombre latinoamericano pasan a estar en primera línea de atención.

El pensamiento latinoamericano por estos tiempos está de vuelta del positivismo, y este, está ya en etapa que presagia el agotamiento y el descenso – dice Francisco Romero. América se hace depositaria del espíritu universal. Bajo la influencia del pensamiento europeo aparecen con fuerza la metafísica y nuevas ontologías que intentan pensar el problema de nuestra cultura e historia, unas mas originales y otras más imitativas. Al inicio, América se hace depositaria del espíritu universal y luego la reflexión bajo la influencia de la filosofía de la historia de Hegel y en particular de Heidegger, centran su atención en la historia y la cultura americana, en el hombre latinoamericano.

Todo este panorama de influencias e ideas difundidas en la Europa referida, y en particular en el área, hace que en Cuba aparezca una generación de filósofos los cuales van a estar atraídos por la filosofía en un ambiente más propicio para esta y donde son difundidos a los pensadores europeos, a pensadores marxistas, al mismo tiempo que pensadores latinoamericanos, muchos de los cuales pasan por la Isla como es el caso de Francisco Romero, Jorge Astrada, García Maynez y otros. A ello se le añade el florecimiento económico en la Isla, la aparición de una clase social receptiva a los movimientos teóricos en boga, así como el fortalecimiento de las elites profesionales, gremiales, en este caso dedicados a la filosofía, pues nótese que este empuje de la filosofía es en la filosofía académica. Varios análisis de gran valor por su interpretación de la realidad nacional, van a realizarce muchas veces fuera de la influencia de este empuje de la filsofía académica con miras hacia Europa.. Tal es la razón de por qué, de 1953 a 1959 se gesta un proceso revolucionario que se cuestionaba la situación social y política, las condiciones de vida inmediata de la sociedad cubana y latinoamericana.

Pero en todo este despertar del interés por la especulación filosófica en el país, hay un aspecto de gran importancia, y es el contacto directo con los filósofos españoles emigrados como consecuencia de la guerra civil española a finales de los años treinta. Tal es el caso de José Ferrater Mora, José Gaos, Joaquín Xirau, Eduardo Nicol, Luis Recaséns Siches y María Zambrano en el proceso de reanimación de la actividad filosófica nacional.

Medardo Vitier nos legaba en 1948 una tarea:

“… algún día el historiador de la vida intelectual americana se detendrá a justipreciar la importancia del grupo de profesores españoles hoy residentes en varias repúblicas…”,

De los cuales, dice, varios de ellos ya habían dictado lecciones en Cuba como Joaquín Xirau, José Gaos, Ferrater Mora y María Zambrano, señalando que todos han avivado los intereses filosóficos en su paso por las nuevas cátedras de Filosofía confiadas a profesores capaces cubanos, aunque su influencia, dice, no es mensurable y “la perciben solo los que tienen sensibilidad para las finas gradaciones en el largo andar de la cultura”

Mientras en otros países de Latinoamérica el desarrollo de la actividad filosófica era mayor, en Cuba coincide con el resurgir de la filosofía en los institutos y en las universidades, fundamentalmente de La Habana. Según testimonio de Gustavo Torroella, filósofo cubano que defiende su tesis de doctor en Filosofía a inicios de los cuarenta en la Universidad de La Habana, bajo la tutoría de J. Mañach sobre axiología, su maestro por excelencia fue Joaquín Xirau, además de considerar la influencia de lecturas de Nicol, Ferrater y por supuesto de Ortega y Gasset.

Si intentamos caracterizar a los filósofos españoles que llegan con el exilio o los filósofos transterrados como diría el propio Gaos, debemos señalar en todos una profunda influencia de Ortega y Gasset, aunque se haga referencia a dos escuelas: una, la escuela catalana o escuela de Barcelona, según expresión de Nicol (Xirau, Nicol y Ferrater Mora, etc.), y otra, la escuela de Madrid dada a conocer así por J. Marías, compuesta por los discípulos de Ortega (Gaos, Recaséns Siches, María Zambrano y otros). Estos pensadores, no obstante sus diferencias tienen en común la influencia del madrileño Ortega y Gasset. Según José Luis Abellán, estudioso de los filósofos españoles del exilio en América, para los filósofos catalanes, los que menos le deben a Ortega, como es el caso de Xirau, la influencia en sus concepciones de Max Scheler lo acercan a Ortega, de igual modo le sucede a Nicol, quien critica la filosofía orteguiana pero tiene una “influencia por rechazo” más que por asimilación, y en el caso de Ferrater, señala este estudioso hay influencias que son evidentes y se expresan por Ferrater en su libro: Ortega y Gasset: etapas de una filosofía.

La influencia en el auge filosófico nacional por los años cuarenta coincide además con la tradición temática de la filosofía cubana desde el siglo anterior. Según M. Vitier, los grandes temas de la filosofía en Cuba hasta entonces habían estado en dos direcciones: una metodológica y otra axiológica, la cual, señala, encontraba por estos años (años 40) un vasto tratamiento el tema. Y otro de los fondos en la tradición intelectual cubana hasta la fecha es el humanismo que caracteriza al pensamiento cubano desde Varela, Martí hasta estos años. Aunque, nótese que las ideas desarrolladas en la Isla por estas décadas no siempre es continuadora legítima de la tradición del siglo XIX, lo que se evidencia en su arraigo y su reflexión descontextualizada, es decir, alejadas de la vida política y social del país a diferencia de los pensadores del siglo XIX.

Con esas premisas, las influencias de la filosofía europea, de las ideas de Ortega y Gasset, más la presencia de los filósofos españoles en un ambiente propicio para el auge de la filosofía en la isla, hace que temáticas como la axiológica, es decir la reflexión sobre los valores en tiempos de crisis de valores a nivel mundial, como también nacional, de reflexión sobre la vida y las potencialidades de la vida humana, y otros, se desarrollen y encuentran caldo de cultivo. Estas condiciones permiten que la obra de Xirau “Lo fugaz y lo eterno” (1942) y “Amor y mundo” (1940) sean recepcionadas con interés, así mismo, el historicismo, la filosofía de la vida, y temas más metafísicos por la “generación de los años cuarenta”

Sin embargo, la recepción y las influencias, en el caso que nos ocupa, del pensamiento español no fue automática ni simplemente repetitivos en todos los casos. Como considera Gustavo Torroella, las preocupaciones por la vida hicieron que en Cuba se buscara una respuesta y una perspectiva a la vida. El hombre y su circunstancia lo vieron ellos por esos años como el hombre con sus circunstancias, lo que hace resaltar este deudor de los filósofos españoles que el empuje fue empuje y labor teórica, profesional, filosófica con resultados críticos y propios, no meras repeticiones y asunciones acrílicas. Así mismo, las preocupaciones por los valores, la axiología, venían también a cubrir un reclamo de un país que forjaba valores y se preocupaba por su reflexión teórica. María Zambrano, quien vivió en Cuba por diez años, tuvo gran influencia en jóvenes generaciones, y su concepción fue articulada creadoramente según criterio del propio Torroella. Esto, por supuesto, no excluye la presencia de discursos vacíos y meros ejercicios especulativos de elites y gremios alejados de cualquier realidad concreta.

Humberto Piñera, quien caracteriza a la generación de filósofos de estos años, dice que los temas que se desarrollan en Cuba bajo todas las influencias referidas son: la axiología, la filosofía de la vida, la fenomenología de Husserl, el existencialismo de Heidegger y Jaspers, el intuicinismo de Bergsón y, de modo muy especial, el perspectivismo de Ortega y Gasset, los cuales traen como resultados un conjunto de publicaciones de filósofos cubanos referidas a estas temáticas que comenzaron a hacerse evidentes en las publicaciones de la época, en especial en la Revista Cubana de Filosofía que aparece en 1946, y en las actividades de la Sociedad Cubana de Filosofía, la cual se funda en 1948, en las actividades del Instituto de Filosofía, que se crea en 1950, y en libros de diferentes autores de estos años.

En la década del cuarenta, el número de filósofos profesionales, es decir dedicados a la filosofía en plan académico, en los institutos y en la universidad comienza a ser elevado, así como las preocupaciones por esta esfera del saber. En 1945 surge el Grupo de Estudios Filosófico-científico de La Habana, el cual se proponía en sus inicios llevar a cabo una investigación lo más extensa posible de la tendencia filosófica denominada pragmatismo, entre otros temas. Lo encabezaba José María Velázquez, profesor de psicología del Instituto del Vedado, y lo componían cerca de 15 filósofos. Ellos ofrecían conferencias y otras actividades, y el 29 de octubre de 1948 se transformó en la Sociedad Cubana de Filosofía, según la propuesta de su miembro fundador doctor Horacio Abascal. Sin embargo, como resultado de la preocupación por el desarrollo de la filosofía en el país, se funda la mencionada Revista Cubana de Filosofía, una publicación bimestral editada por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, con un Consejo de Dirección compuesto por las figuras más prominentes de la filosofía cubana de aquellos años: Roberto Agramonte, Rafael García Bárcena, Jorge Mañach, José María Velázquez y Medardo Vitier, dirigida por García Bárcena.

Toda la década del cincuenta está acompañada de una actividad más intensa, la cual fue abonada por los años anteriores. Ya en esta década, la situación es de establecimiento y cultivo de forma más sistemática y organizada que en los cuarenta. Una prueba de ello son las actividades desarrolladas en La habana por el Instituto de Filosofía, la Sociedad Cubana de Filsofía y la Escuela de la Universidad de La Habana. También, un movimiento similar, a menor escala se desarrolla en otras provincias y ciudades como Santa Clara a finales de los años 40 y en Santiago de Cuba.

En 1950 fue inaugurado por la Sociedad Cubana de Filosofía el Instituto de Filosofía que tenía como función principal la de mantener una constante actividad filosófica de carácter académica, con un consejo de dirección encabezado por Mercedes García Tudurí y como director del mismo a Humberto Piñera Llera. El Instituto ofrecía cursos académicos con un programa de conferencias que se mantienen durante toda la década y los mismos contaban con la participación no sólo de los miembros de la Sociedad Cubana de Filosofía, sino con un público aún mayor.

Así, en este período, por las razones antes señaladas se evidencia en el país a un gremio dedicado a la filosofía, y es común escuchar, no sin argumentos, que muchos de ellos se mantuvieron desvinculados de la realidad nacional con un discurso inoperante y separado de cualquier exigencia real, también con compromisos ideológicos que hacen que este núcleo de profesores de filosofía se desmonte al triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Pero resulta necesario estudiar cómo esta generación de pensadores, entre los cuales estaban Raúl Roa, Juan Marinello, García Bárcena, G. Torroella y muchos otros que han continuado su labor intelectual en el país, influyeron en la generación de revolucionarios de la generación del centenario, que se formó bajo este auge intelectual y también crítico de los años cincuenta, protagonizando los cambios revolucionarios. Todo ello nos pone ante el proyecto de estudio de la producción filosófica de este período, en el cual se resalta la particular influencia del pensamiento europeo y especialmente español del exilio el cual ha sido la propuesta de este trabajo y lo cual apunta a la necesidad de valorar individualmente en la obra de los pensadores cubanos las influencias de los filósofos emigrados de España, así como la contribución individual de cada unos de estos pensadores españoles en Cuba por estas décadas.

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