LENIN Y LA RESPONSABILIDAD INTELECTUAL por Rafael Plá León

En pdf Aquí: Lenin y la responsabilidad intelectual

Rafael Plá León

mpla@uclv.etecsa.cu

Lenin - 1917Parece ser que de todos los clásicos del pensamiento marxista ha sido Lenin quien ha corrido peor suerte históricamente. Su condición de líder de un proceso como lo fue la Revolución de Octubre lo llevó a enfrentar tareas en el orden teórico y práctico que nos lo acercan más a nosotros y lo ponen, por tanto, en el centro mismo de la lucha política, con toda la secuela de animadversiones que esto conlleva.

En el convulso panorama ideológico contemporáneo, por una razón u otra, el líder ruso ha desaparecido prácticamente de referencias académicas, de arengas políticas, de celebraciones. Ya no nos acompaña su imagen, en otro tiempo tan asidua en la prensa escrita. Y no habría que darle tanta importancia a este hecho si no fuera por las implicaciones prácticas que conlleva desde el punto de vista ideológico. La ausencia de la imagen de Lenin trae el peligro de que se abandonen sus ideas, de que se deje de estudiar su legado, que sería lo más lamentable.

El comunismo, siendo un movimiento esencialmente internacional (universal), hay que entenderlo como un proceso completo. El estudio del legado nacional (cuya validez resalta por el descuido a que estuvo sometido por algún tiempo), en el que se incluye el pensamiento y la acción de figuras de orientación marxista como Mella, Villena, Blas, Marinello, Carlos Rafael, el Che y Fidel, no explica suficientemente el carácter y la significación histórica de un proceso de la categoría de la Revolución Cubana. El pensamiento cubano puede explicar la especificidad del proceso, pero no su esencia. Es hora de integrar estas dos vertientes (la nacional y la internacional) en un cuerpo explicativo único, que nos permita no sólo entender las raíces del proceso revolucionario, sino también su dinámica actual y futura, sus tendencias de desarrollo, de lo que damos garantía nosotros mismos con nuestra actividad política.

Quisiera, entonces, unirme a la saludable reflexión abierta por la revista Contracorriente en su número 7 dedicado a la Revolución de Octubre, pues para cumplir con esta tarea intelectual hay que mirar -entre otros y no en último lugar- a Lenin.

Considero que entre las numerosas posiciones que el legado comunista internacional pudo incorporar de Lenin está la de la responsabilidad intelectual del pensador revolucionario. En Lenin se unen extraña agudeza teórica, abnegada labor de estudio, incansable producción propagandística y profunda mirada crítica hacia la ideología de sus correligionarios y oponentes. El producto de toda esta conjunción es un líder político práctico en capacidad de atar todos los hilos del complejo proceso social que es una revolución.

Y justamente lo que distingue a Lenin de muchos otros teóricos de su tiempo y del nuestro es que hizo teoría para la revolución y de la revolución; al tiempo que lo distinguía de otros revolucionarios el enfocar la revolución teóricamente, que era, a su vez, la forma práctica de abordar el problema.

Por eso es que se enroló en su temprana juventud de 24 años en una endiablada polémica con los populistas acerca del carácter, tareas y fuerzas motrices de la revolución rusa. Y el punto clave que le sirvió para mover todo el andamiaje de ideas que le siguió fue algo que a primera vista pudiera parecer demasiado académico: la precisión del concepto de “formación social” (término que más tarde el dogmatismo soviético precisaría con la expresión redundante de “formación económico-social”). Tan profundo caló que no pocos profesores lamentan que su exposición no tuviera una forma más sistemática. ¡Como si él se hubiera trazado el propósito de escribir una monografía o cualquier material académico-docente dirigido a estudiantes universitarios! No; el material es dirigido a un público que emprendería una labor riesgosa: la de hacer la revolución que enterrara las relaciones burguesas de producción. Pero antes de discutir acerca de la táctica a emprender creyó necesario esclarecer las bases teóricas que orientaban su actividad. El fruto ideológico de la definición acerca del carácter de la formación social era el diseño de una correcta estrategia política para el partido proletario que estaba por nacer. Por supuesto que, en dependencia del tipo de sociedad, así sería la orientación de la revolución que se avecinaba: contra la burguesía o con su colaboración.

Y ahí está la primera enseñanza que podemos tomar de Lenin en cuanto a la responsabilidad del intelectual revolucionario (o a la responsabilidad intelectual del revolucionario, que viene a ser prácticamente lo mismo): el teórico tiene el deber de alzarse hacia lo máximo del pensamiento para desde allí alumbrar su práctica con la nueva visión que ha logrado conformar. La teoría ayuda a esclarecer objetivos, tácticas, orientaciones, todo; darle la espalda a ésta sólo pueden los que en política actúan de modo aventurero y al final están expuestos a los compromisos que traicionan los principios.

La nueva visión teórica que venían moldeando en Rusia y en otros lugares de Europa enfocaba el tema de la revolución integralmente. La revolución así entendida tiene un fundamento ideológico: el marxismo. De lo que se trata es de una transformación radical de la sociedad y no sólo de un cambio en la estructura del poder político; se trata de una revolución social, en la que la revolución política es sólo un momento -importante, sí, pero ni siquiera pueda decirse que sea lo determinante en última instancia- del proceso general.

Tomar el marxismo como fundamento ideológico de la revolución social -si es que algún valor damos a las palabras- significa que, como Lenin, entendemos este proceso como un cambio radical, ante todo en la esfera económica de la sociedad, en las relaciones humanas formadas en torno al modo de producir y de cambiar, distribuir y consumir los productos del trabajo social. En la medida -y no antes ni después- en que se cambian las estructuras últimas de las relaciones sociales de producción, se van transformando todas las demás esferas de la sociedad.

Desde luego que esto no es más que un esquema teórico ideal, pero sería una torpeza notable subestimar el valor de la teoría en la práctica política de una revolución. Lenin lo sabía y no equivocaba los términos: frente al oportunismo economicista de los mencheviques postulaba el principio bolchevique de que era posible y necesario asaltar el poder político y no esperar ingenuamente por que un desarrollo armónico de las “fuerzas productivas” trajera automáticamente las “relaciones de producción” comunistas; frente al desespero izquierdista -también oportunismo, pero de signo contrario- de eseristas y de los propios bolcheviques radicales, recuerda que la revolución no es simple golpe de Estado, que el comunismo es ante todo un proceso que se decide cuando ha desaparecido la base económica que da vida al modo burgués y a todos los modos antagónicos de producción: la división social del trabajo. Esta claridad en el enfoque político se lo debía a la seriedad teórica con que el líder ruso asumía los asuntos prácticos de una revolución.

Toda la labor ideológica de Lenin está orientada a formar el esquema ideal que conducirá a la correspondiente acción revolucionaria, a diseñar una actividad política y productiva que ayude socialmente a realizar la verdadera revolución: la revolución de las condiciones de vida, tanto materiales como espirituales. Cuando los hombres tienen claridad de objetivo, la acción puede ser más eficiente y mejor coordinada.

Y para lograr esa acción eficiente y coordinada de las fuerzas revolucionarias es de gran importancia lograr la unidad ideológica del Partido. Pero una unidad ideológica basada en la teoría, no en fetiches religiosos o de cualquier otro tipo. Poco se podrá lograr en acción mancomunada si el Partido no se preocupa por el fundamento teórico de la revolución. La adopción de una táctica y una estrategia adecuadas y la acción en consecuencia sólo es posible sobre la base de la unidad de objetivo. Y el objetivo, cuando no se es oportunista, cuando no se es pragmático, lo dicta la teoría (que está en vínculo indisoluble con la práctica viva).

En esto se manifestaba la genialidad teórica de Lenin, quien manejaba magistralmente el método dialéctico de pensamiento: toda la diversidad real de la actividad política (de las formas de lucha) tenía como base substancial la unidad estratégica, los principios, la finalidad claramente comprendida. A diferencia del oportunismo, que quiere sacar partido de toda ocasión, aunque por conservar una cuota de poder o de influencia política tenga que sacrificar la coherencia teórico- ideológica que busca un objetivo final claro, concreto, definido: la sustitución de las relaciones burguesas por unas relaciones sociales libres de toda atadura económica.

En contraposición también al oportunismo populista, Lenin comprendía que conclusiones como las que el marxismo elaboraba no estaban al alcance de un movimiento proletario espontáneamente dirigido, que la ideología revolucionaria tenía que ser introducida al movimiento forzosamente desde afuera. Era entonces misión de la vanguardia organizada y consciente -el Partido- llevarla a las grandes masas por la vía de la lucha política contra el enemigo de clase.

El papel de vanguardia de un partido proletario de tipo leninista ha sido cuestionado siempre por un sector “democrático” que ve en ello la condición por la cual la clase empieza a ser dirigida por un apartido y termina bajo los dictados caprichosos de una “élite”. La experiencia histórica ha dado suficientes elementos en pro y en contra de la tesis del papel de vanguardia del Partido. El análisis teórico tiene que dar cuenta, sin embargo, de los elementos que con carácter de necesidad dictan el desarrollo de una u otra tendencia y no conformarse con lo que demuestran “los hechos”. Es responsabilidad intelectual también velar por que de cada experiencia de la lucha de clases se saquen las debidas conclusiones. Hay que considerar el movimiento hacia el comunismo como una obra de suprema creación humana, donde el intelecto colectivo juzga críticamente la conveniencia de una u otra acción y no se complace con la apología a cuanta iniciativa se proponga desde los círculos de poder.

En este sentido cabe destacar el jubiloso pero a la vez cauteloso entusiamo con que Lenin acogió las noticias sobre los primeros “sábados comunistas” en Rusia. Percibió desde un inicio que era una forma nueva, adecuada al nuevo contenido de las nuevas relaciones de producción y le dió todo su apoyo, alentó su generalización por el país; pero por otro lado no fue triunfalista, dejó un margen a la observación, al estudio de su evolución, porque había que estudiar los resultados prácticos que arrojaba. El sabía que en ello se debatía algo más que simple voluntad de los obreros. El trabajo voluntario debía mostrar si era más productivo que el trabajo forzado a que compulsa el capital. El no sabía si aquella era la forma que definitivamente se establecería, pero sabía que el proletariado debía ensayar formas diferentes al trabajo asalariado para darle una base totalmente nueva a las relaciones de producción que debía instaurar. Su ojo de político práctico no dejaba escapar un hecho del que debía sacar experiencias para todo el movimiento en su conjunto.

A propósito de su trabajo sobre los “sábados comunistas”: aquí se aprecia la preocupación teórica que anima a Lenin. No es un artículo periodístico más, no se limita a felicitar a los obreros que tuvieron esa iniciativa: aprovecha el suceso para penetrar a fondo la realidad y ganar en conceptos claves como son el de “clase social”, “dictadura del proletariado”, “comunismo”, “supresión de las clases”. Lleva al lector (predominantemente proletario) a que logre captar la esencia de esa acción, que comprenda todo el alcance histórico-universal de ese hecho particular. No importa que no sobrevivan los “sábados comunistas” como forma concreta de elevar la productividad del trabajo en el comunismo. Lo importante es comprender que el trabajo comunista necesariamente deberá adoptar una forma distinta a la de la remuneración salarial; y que sólo en estas condiciones ( y no en el campo de batalla militar) es que el comunismo encontrará su victoria definitiva.

Hemos traído a colación algunos ejemplos -sólo algunos; sobran ellos, pero éstos nos bastan para ilustrar lo que pretendemos- de la importancia que daba Lenin al desarrollo teórico de los sujetos históricos llamados a emprender la edificación de las nuevas relaciones sociales.

Ahora habría que considerar una cuestión: ¿cómo leer prácticamente a Lenin? ¿Qué nos puede enseñar todavía hoy Lenin que no es posible estudiarlo mejor en otro autor?

La tarea de definir estos aspectos es bien difícil, si consideramos que una respuesta dogmática no resulta para nada satisfactoria. Lenin no puede hoy trazarnos tácticas de lucha, ni siquiera estrategias concretas. La realidad económica del mundo imperialista ha cambiado lo suficiente como para no conformarnos con la caracterización expuesta en su obra sobre el imperialismo (aunque percibamos que en la caracterización de las tendencias generales su análisis mantenga plena vigencia); las condiciones sobre la lucha de clases, sobre todo después del “derrumbe” del campo socialista y de la URSS, hacen que las tácticas y la estrategia del movimiento comunista o progresista en general no puedan trazarse por sus orientaciones directas.

Pero queda su esquema de pensamiento. No creo que se haya estudiado lo suficiente lo que significó el leninismo para el desarrollo del marxismo. El dogmatismo estalinista de los manuales no dejó percibir la gran contradicción que representó el pensamiento leninista en el movimiento marxista universal. Esforzándose por presentar la perfecta “trinidad comunista” (Marx-Engels-Lenin), se escapaba el detalle de que Lenin era la negación de Marx; una negación que resultaba ser la única forma de continuar a Marx.

Leer a Lenin no implica obedecer sus orientaciones, implica negarlo. Pero una negación que sea la consideración crítica de sus ideas a la luz de su comprobación práctica. Los hechos, no los “hechos puros”, sino los hechos “alumbrados por la teoría” son los encargados de dar el veredicto acerca de las ideas leninianas.

Si los “sábados comunistas” resultaron ser la palanca que despertó definitivamente la productividad del obrero o si no lograron este objetivo deseado, si no pudieron poner el trabajo comunista por encima del capitalista; si las formas estatal o cooperativa resultaron o no ser adecuadas para la conducción económica del poder social sobre los medios de producción; si el internacionalismo proletario rindió sus frutos cercando con sus victorias el sistema capitalista o perdió la perspectiva de la consideración clasista para conformar una especie de dominio geopolítico de gran potencia; si la burocracia ganó la partida al proletariado constituyéndose en una especie de clase social con sus privilegios impensables en una sociedad comunista, son cosas todas ellas que no se pueden evaluar sin un estudio serio y pausado de las circunstancias concretas en el movimiento general de la sociedad, haciendo a un lado prejuicios ideológicos amarrados a formas sociales concretas.

El movimiento hacia el comunismo no puede postrarse ante dogmas. Tiene la obligación de distinguir los elementos de la realidad que le pueden servir de empuje, y aprovecharlos. Hay que entender cómo el “hereje” Lenin emplazó al “ortodoxo” Plejánov, por ceñirse demasiado a la letra del marxismo, olvidando dónde hallar la brújula que indicara el norte del camino. Pero a esta consideración no puede venirse -como fue lo común en tiempos de la “perestroika”- con el espíritu revanchista del burgués o pequeño burgués, que lamenta que todo esto haya pasado. Hay que hacerlo en el espíritu crítico proletario, con la mirada fija en el objetivo final de una sociedad liberada de la explotación de unas clases sobre otras. Si sometemos a consideración las distintas formas que ensayó el socialismo “realmente existente” en la construcción de la nueva sociedad es para considerar cuál demostró vitalidad y cuál no, cuál debemos apoyar y alentar por su significado y a cuál podemos extender certificado de defunción.

De todas maneras, en esta hora de reflexión revolucionaria, ante la indiscutible derrota que significó la caída de regímenes socialistas, de experiencias socialistas a nivel estatal nos viene a la mente la orientación que el propio Lenin, en una época similar a la nuestra, había aprendido de Marx y Engels:

“La táctica del proletariado debe tener en cuenta, en cada grado de su desarrollo, en cada momento, esta dialéctica objetivamente inevitable de la historia humana; por una parte, utilizando las épocas de estancamiento político o de la llamada evolución ‘pacífica’, que marcha a paso de tortuga, para desarrollar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa de la clase avanzada; y por otra parte, encauzando toda esta labor de utilización hacia la ‘meta final’ del movimiento de esta clase, capacitándola para resolver prácticamente las grandes tareas al llegar los grandes días ‘en que se condensan veinte años”.

Pensar es ahora la tarea más urgente al movimiento. Hagámoslo responsablemente, teniendo en cuenta que lo que está en juego es algo más que nuestras propias vidas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s