MARX-ENGELS. DIEZ CONCEPTOS FUNDAMENTALES EN PROYECCIÓN HISTÓRICA por Sergio Bagú

En pdf Aquí:   Sergio Bagú. Marx y Engels: DIez conceptos fundamentales de significación histórica

PESOS CRUCISpor Sergio Bagú

LA DINÁMICA INICIAL 1

1. CUADRO GENERAL: DESDE 1844 HASTA EL PREFACIO DE 1859

2. CUADRO GENERAL: LAS VARIANTES DE EL CAPITAL

3. TEORÍA Y EXPERIENCIA

4. ENGELS: EL ALCANCE VERDADERO DE LA «ÚLTIMA INSTANCIA»

5. ENGELS: LA «INDEPENDENCIA RELATIVA» Y UN OLVIDO FORMAL

6. ENGELS: ¿EN TODAS LAS SOCIEDADES?

7. ENGELS: CUÁL ES «LA BASE»

LA DINÁMICA INICIAL

Contra un adversario polémico se inicia la obra de Marx y Engels: es, un modo de pensar que subordina los fenómenos visibles en la sociedad de los hombres al universo de las ideas y que supone, simultáneamente, que “tanto las relaciones jurídicas como las formas del Estado” se pueden explicar mediante una lógica autónoma, con sólo algunas referencias muy generales a la evolución del espíritu humano (Marx 1859 a, Prefacio). Hegel constituye la expresión máxima de esa actitud, que gravita con fuerza en los círculos académicos de Europa occidental durante todo el siglo XIX. En el medio cultural alemán, donde Marx y Engels inician su formación filosófica, esa escuela domina decididamente. Para explicar, en La ideología alemana (Engels-Marx 1846) y otros textos, ese triunfo tan generalizado de la posición hegeliana en su país de origen, los dos jóvenes autores opinaban que el escaso desarrollo industrial de los estados alemanes admitía la supervivencia en los círculos intelectuales de una posición metafísica que ya se encontraba en franca retirada en Inglaterra y Francia, países donde la revolución tecnológica y una nueva economía imponían a su intelectualidad una óptica diferente.

En efecto, por otros senderos había corrido la historia del pensamiento en Inglaterra y Francia desde las últimas etapas de la Edad Media. La producción para el mercado, el aumento incesante de la circulación monetaria, las corrientes mercantiles internacionales y el nuevo mundo colonial habían ido familiarizando al habitante común con un tipo de actividad económica que parecía adquirir, cada vez más, perfiles bien diferenciados y una lógica curiosamente propia. Lo económico, que durante los siglos intermedios de la Edad Media fuera explicado por vía del razonamiento teológico, exigía ahora un planteamiento diferenciado, lejos de la teología, la ética y la metafísica. No se logró ese objetivo, por cierto, sino a lo largo de un laboreo intelectual de siglos; pero la tendencia se fue haciendo progresivamente más notoria.

La supuesta autonomía de lo económico pasó a constituir la hipótesis implícita de una corriente de publicaciones que no tuvo fin, desde los mercantilistas a partir del siglo XVI hasta los autores que hablaban ya el lenguaje de una lógica económica predecesora inmediata de lo moderno. Pensamos en William Petty, cuyo último libro se publica en 1691, cuatro años después de su muerte, y en los fisiócratas de la primera mitad del siglo XVIII, algunos de los cuales arrancan expresiones de admiración a Marx en las notas que tomaban al leer sus obras.

Antes de que se pusiera en marcha la primera revolución industrial en Inglaterra, Adam Smith publicaba su libro central en 1776 (An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations1), al que siguió toda esa incesante producción teórica en inglés y francés que en los años juveniles de Marx y Engels se conocía como economía política. La primera edición de la obra más importante de David Ricardo (The Principies of Political Economy and Taxation2) aparece en 1817 y dos años más tarde Jean Sismondi publica el libro (Nouveaux principes d’économie politique3) que marcará una profunda discrepancia con la concepción clásica del mecanismo económico.

En el mundo occidental europeo el fenómeno económico era interpretado, en los primeros lustros del siglo XIX, como un sector claramente diferenciado dentro de la realidad social, con sus ordenamientos, instituciones y leyes susceptibles de ser descubiertos y explicados como si no tuvieran ninguna relación con el resto de los fenómenos. Había, claro, algunos residuos metafísicos, teológicos y éticos en estos planteamientos, pero a menudo eran imperceptibles para el lector culto. Este pensar lo económico como sector diferente dentro de lo social iba, de suyo, conduciendo a otro tipo de preguntas: si lo económico es un sector, ¿cuáles son los otros y qué relación existe entre el sector económico y los no económicos?

La presencia de una realidad social escindida en dos o más sectores había sido admitida desde tiempo atrás por quienes se proponían otros tipos de problemas. A lo largo del siglo XVIII el debate, que transcurre sobre todo en Francia, acerca de la naturaleza del hombre y de su sociedad gira en buena parte alrededor de la oposición entre el hombre y el poder opresor; entre el ciudadano y el soberano; entre la comunidad natural y la organización institucionalizada. Se adopta la frase sociedad civil para todo aquello que no sea poder político organizado, es decir, Estado. Saint-Simon, cuyos libros se publican entre 1802 y 1825, fundador del pensamiento sociológico sistematizado, se ubica dentro de esa corriente de ideas al sostener la existencia de dos hemisferios profundamente diferenciados de la realidad social: el Estado y la sociedad, lo inesencial y lo esencial. Este trasfondo cultural en Francia e Inglaterra orienta a algunos historiadores a buscar la razón de ser de los procesos políticos en corrientes subyacentes, cuya presencia había pasado inadvertida a generaciones anteriores.

La rebelión teórica de los jóvenes Marx y Engels contra el absolutismo ideológico de Hegel y contra las actitudes predominantes en los medios universitarios alemanes tuvo, pues, una fuente de inspiración en vigoroso desarrollo. Al explicar cómo interpretaba la función de los grandes hombres en la gestación de las ideas, recordaba Engels en la última etapa de su vida:

Si Marx ha descubierto la concepción materialista de la historia, Thierrry, Mignet, Guizot, todos los historiadores ingleses anteriores a 1850, prueban que ya se estaban haciendo esfuerzos en ese sentido, y el descubrimiento de la misma concepción por Morgan es la prueba de que el tiempo estaba ya maduro para ella y que necesariamente debía ser descubierta (Engels 1894 b; cursivas en el original).

Lo ocurrido con Morgan, cuyas obras se publicaron entre 1851 y 1877, fue para ambos el argumento más decisivo: lo interpretaron como un caso de elaboración simultánea de una posición teórica equivalente sin el menor contacto recíproco previo.

1. CUADRO GENERAL: DESDE 1844 HASTA EL PREFACIO DE 1859

Casi todos los conceptos fundamentales de Marx y Engels son de temprana gestación. De los dos, fue Engels quien, a los 24 años, trazó el primer gran fresco crítico del mecanismo económico capitalista y de la teoría que lo justifica, incluyendo un análisis sorprendentemente agudo de la interpretación que da Malthus al crecimiento vegetativo de la población mundial (Engels 1844, p. 117). Quince años después, Marx calificaba este juvenil ensayo de “genial bosquejo sobre la crítica de las categorías económicas” (Marx 1859 a, Prefacio). Pero en este ensayo juvenil no se advierte la idea de que entre las estructuras de lo social pueda haber una relación jerárquica.

En el prólogo a la traducción inglesa del Manifiesto comunista, Engels recordaba que él, en La situación de la clase obrera en Inglaterra, revelaba “los progresos hechos por mí personalmente” en cuanto a las relaciones interestructurales, pero que fue Marx, en la primavera de 1845, quien le expuso la idea ya completamente desarrollada (Engels y Marx 1847-48, p. 45 de la ed. Cenit). Probablemente el primer esbozo integral haya sido el expuesto por Marx en una carta escrita en 1846 a Pavel Annenkov, periodista ruso, que es, a la vez, el primer esquema general de refutación a Proudhon (Marx 1846). “Tomad una determinada sociedad civil y tendréis un determinado estado político, que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil”, explica. Y en seguida:

[. ..] los hombres no son libres árbitros de sus fuerzas productivas —que son la base de toda su historia— ya que toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, el producto de una actividad anterior. Así las fuerzas productivas son el resultado de la energía práctica de los hombres, pero esa misma energía está circunscripta por las condiciones en las que los hombres se encuentran situados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social que existe antes que ellos, que ellos no crean, que es el producto de la generación anterior.

Un año después, en el texto que redacta Marx reconstruyendo una serie de conferencias suyas y al que pone el título de Trabajo asalariado y capital, la idea se hace más explícita:

…En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir, los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es como se relacionan con la naturaleza y como se efectúa la producción. Estas relaciones sociales que contraen los productores entre si, las condiciones en que intercambian sus actividades y toman parte en el proceso conjunto de la producción variarán, naturalmente, según el carácter de los medios de producción […]. Las relaciones sociales en que los individuos producen cambian, por tanto, se transforman, al cambiar y desarrollarse los medios materiales de producción, las fuerzas productivas. Las relaciones de producción forman, en conjunto, lo que se llama las relaciones sociales, la sociedad y, concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo (Marx 1847, secc. “¿Qué es lo que determina el precio de una mercancía?”, pp. 81-82).

En 1859, en el Prefacio de la Contribución a la crítica de la economía política (Marx 1859 a), Marx traza un cuadro general.

En la producción social de su vida — expresa —, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general […].

Al llegar a una determinada fase de desarrollo —explica enseguida— las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta aquí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se conmociona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella (Marx 1859 a, pp. 8 y 9).

Fuerzas productivas materiales significa aquí instrumental. Incluidos deben considerarse la materia prima y el nivel de conocimiento tecnológico, así como los recursos naturales en la medida en que se utilizan en la producción como materia prima y fuente de energía. Otros numerosos pasajes de Marx, además de cierta lógica elemental, autorizan esta ampliación del concepto. Relaciones de producción es la distribución de funciones entre individuos —considerados éstos como miembros de clases sociales y no como sujetos aislados— en la producción de bienes. Es una categoría socioeconómica. Relaciones de propiedad es la expresión normativa de las relaciones de producción: una categoría jurídica.

Estructura económica es el conjunto de las relaciones de producción. El autor no incluye aquí expresamente las fuerzas productivas materiales en la estructura económica. En el cuadro total aparecen cuatro niveles de organización, con diferente capacidad genética:

1) las “fuerzas productivas materiales”;

2) las “relaciones de producción”, cuyo conjunto “forma la estructura económica de la

sociedad”;

3) la “superestructura jurídica y política”;

4) la “conciencia social”.

Las relaciones de producción corresponden a una determinada fase del desarrollo de las fuerzas productivas. El autor habla de una correspondencia, no de una relación causal. Sin embargo, es evidente que para él hay una relación genética entre ambos sectores porque las fuerzas productivas, después de cierto desarrollo, entran en contradicción con las relaciones de producción existentes (las cuales, según este cuadro, hasta el momento de la contradicción no han cambiado, o bien han sufrido cambios intrascendentes). Durante alguna fracción de tiempo las relaciones de producción resisten, transformándose por ello en obstáculo para el desarrollo posterior de las fuerzas productivas. Pero luego la base económica (debemos suponer que se refiere a las relaciones de producción, también llamadas estructura económica por el autor) experimenta una revolución y después ocurre lo mismo con “la inmensa superestructura erigida sobre ella” (derecho, organización política, vida espiritual).

En este cuadro, el agente dinámico por excelencia reside en ese subsuelo que se encuentra por debajo de las estructura económica y que está constituido por las fuerzas productivas materiales. Un tipo de relaciones de producción corresponde a un tipo de fuerzas productivas materiales. Parecería que no puede haber dos tipos diferentes de relaciones de producción a cada uno de los cuales corresponda el mismo tipo de fuerzas productivas materiales.

La inmensa superestructura es aquí pasiva. Actúa sólo cuando ya ha ocurrido todo lo importante en las fuerzas productivas materiales y en las relaciones de producción.

El cuadro dinámico, tal como está expuesto en este texto, suscita algunas dudas serias:

a) no está suficientemente explícito el tipo de relación que se establece entre algunos sectores de la realidad (¿condicionamiento?, ¿causalidad unilineal?, ¿causalidad dialéctica?);

b) el agente dinámico fundamental parecen ser las fuerzas productivas materiales y no la estructura económica;

c) a cada tipo de fuerzas productivas materiales corresponde, según interpretamos, un tipo de relaciones de producción y no otro;

d) finalmente, la inmensa superestructura tendría una relación mecánica, no dialéctica, con los otros sectores de la realidad.

Hay otro texto de estos años que aclara ciertos puntos. Se trata de un manuscrito de Marx, algunos de cuyos pasajes tienen una redacción que podría ser definitiva mientras otros son esbozos y, en algunos casos, sólo un cuadro de temas a tratar. Este borrador —al cual el autor puso la fecha del 29 de agosto de 1857— parece destinado a su gran trabajo crítico sobre el capital, algunos de cuyos capítulos integran la Contribución a la crítica de la economía política. El manuscrito a que nos referimos ha sido publicado como Introducción a la crítica de la economía política, título que no se encuentra en el original mismo (Marx 1857).

Al hablar del objeto de la economía política según Ricardo (¿distribución?, ¿producción?), explica Marx:

…En su concepción más trivial, la distribución aparece como distribución de productos y, así, como más alejada de la producción y, por así decirlo, independiente de ella. Pero antes de ser distribución de productos es:

1) distribución de los instrumentos de producción; y

2) lo que es otra determinación de la misma relación, distribución de los miembros de la sociedad entre los distintos géneros de producción. (Subordinación de los individuos a relaciones de producción determinadas). La distribución de productos no es, manifiestamente, otra cosa que el resultado de esa distribución, que se encuentra incluida en el propio proceso de producción y determina la estructura de la producción. Considerar la producción sin tener en cuenta esa distribución, incluida en ella, es, manifiestamente, una abstracción vacía, en tanto que, por el contrario, la distribución de productos es implicada por dicha distribución, que en el origen constituye un factor de la producción. [. …]. Si se pretendiera que […], debido a que la producción tiene necesariamente su punto de partida en cierta distribución de los instrumentos de producción, la distribución, por lo menos en ese sentido, precede a la producción, constituye su condición previa, se podría responder que la producción tiene, efectivamente, sus propias condiciones y premisas, que constituyen sus factores. Estos últimos pueden aparecer al comienzo como datos naturales. El proceso mismo de la producción transforma dichos datos naturales en datos históricos y, si bien durante un período aparecen como premisas naturales de la producción, fueron, durante otro período, el resultado histórico de la misma. Son constantemente modificados en el marco de la producción.

Esto que expone Marx está destinado a refutar

“el absurdo de los economistas que hablan de la producción como de una verdad eterna, a la vez que relegan la historia al dominio de la distribución” (Marx 1857, p. 208).

El proceso de la producción de bienes es, pues, un resultado histórico aun cuando, para un período determinado, inevitablemente se deba partir de ciertas premisas naturales. Pero, además, Marx deja sentado que la producción se organiza a partir de una “distribución de los instrumentos de producción” y de una “distribución de los miembros de la sociedad entre los distintos géneros de producción” anteriormente en vigencia. En la inevitable continuidad de lo histórico, una nueva manera de producir debe aparecer siempre en el seno de una sociedad donde ya exista algún modo de distribuir el instrumental y la mano de obra. Sintéticamente, en palabras del autor:

“Toda producción es apropiación de la naturaleza en el marco y por intermedio de una forma de sociedad determinada” (Marx 1857, p. 198).

Esto significa que la estructura productiva, que es tan fuertemente determinante del tipo de organización social general que sobrevendrá, ha estado a su vez originalmente determinada por otro tipo de organización social general previo.

2. CUADRO GENERAL: LAS VARIANTES DE EL CAPITAL

En el primer volumen de El capital, publicado en 1867, al referirse a la cooperación simple — agrupamiento de productores directos bajo una misma dirección y con un mismo objetivo, utilizando el mismo instrumental y los mismos métodos productivos que en las pequeñas artesanías aisladas— observa Marx que el solo hecho del agrupamiento produjo una transformación muy importante:

Un número más grande de trabajadores trabajando juntos, al mismo tiempo, en un lugar (o, si se quiere, en el mismo campo de trabajo), a fin de producir la misma clase de mercancía bajo la conducción de un capitalista, constituye, tanto histórica como lógicamente, el punto de partida de la producción capitalista (Marx 1867 a, ed. Kerr, tomo I, parte IV, cap. XIII, p. 353, traducción nuestra del fragmento).

Marx se está refiriendo a una de las mutaciones básicas en la historia de la producción en Europa occidental, señalada por la aparición del taller manufacturero, que él describió minuciosamente en varios pasajes de sus obras. Tan básica que constituye “el punto de partida de la producción capitalista”. Sin embargo, no hay aquí transformación en el instrumental ni en el método de producción; sí la hay en la tecnología de la organización. Lo que no surge es el conflicto entre fuerzas productivas materiales y relaciones sociales de la producción previsto en el Prefacio de la Crítica de la economía política (Marx 1859 a, Prefacio). En la historia de las economías occidentales, la mencionada transición fue prolongada y casi inadvertida. Además, estuvo ausente la transformación de las fuerzas productivas materiales —condición indispensable en el cuadro planteado en el Prefacio— pero el hecho histórico es que, aun sin esa transformación, las relaciones sociales de producción sufrieron un vuelco tan importante que allí ubica, según el texto transcrito, “el punto de partida de la producción capitalista”.

En las notas que dejó inconclusas a su muerte y con las que Engels compaginó el tercer tomo de El Capital se lee el siguiente pasaje (Marx 1894, ed. Kerr, parte IV, cap.XLVII, II, P. 919; traducción nuestra del fragmento):

La forma económica específica en la cual se extrae de los productores directos el trabajo excedente no pagado determina la relación entre dirigentes y dirigidos, ya que ésta surge inmediatamente de la producción misma y reacciona sobre aquélla como elemento determinante.

Sobre aquélla se funda el conjunto de la formación de la comunidad económica que surge de las condiciones de la producción misma y determina también su forma política específica. Es siempre la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos la que revela el secreto más íntimo, la base oculta del conjunto de la construcción social y, con ella, de la forma política de las relaciones entre soberanía y dependencia; en pocas palabras, de la forma correspondiente del Estado. La forma de esta relación entre dirigentes y dirigidos corresponde siempre naturalmente a un estadio definido en el desarrollo de los métodos de trabajo y de su capacidad de producción social. Esto no impide que la misma base económica presente infinitas variaciones y gradaciones en su aspecto, aunque sus condiciones principales sean en todas partes las mismas. Esto es debido a innumerables circunstancias externas, ambiente natural, peculiaridades raciales, influencias históricas, etcétera, todas las cuales deben ser precisadas mediante un análisis cuidadoso.” 4

Observemos, en primer término, que el modo de relación interestructural que aquí describe Marx es más complejo y dinámico que el observado en otras de sus obras. En este pasaje, el elemento que engendra las corrientes de transformación más importantes es esa “forma específica en la cual se extrae de los productores directos el trabajo excedente no pagado”, es decir, el mecanismo de producción de plusvalía que, en la terminología de los dos clásicos, es una relación social de producción. Allí está —”siempre”— “la base oculta del conjunto de la construcción social”.

Recuerda después:

Por supuesto que la forma de esta relación […] corresponde siempre naturalmente a un estadio definido en el desarrollo de los métodos de trabajo y de su capacidad de producción social.”

¿Qué clase de correspondencia? ¿Relación causal? ¿Contigüidad temporal o espacial no genética? En el pensamiento de Marx y Engels, esa correspondencia tiene que ser dialéctica.

Lo evidente es que, en este pasaje del tercer tomo de El capital, las fuerzas productivas materiales tienen asignada una función menos determinante que en el pasaje citado del Prefacio de la Contribución a la crítica de la economía política. En el fragmento del tercer tomo de El capital que acabamos de transcribir la onda de transformaciones se origina en una relación social, es decir, en un agente mucho más dinámico que el nivel tecnológico.

Advirtamos, en fin, que el fragmento que estamos comentando se encuentra conceptualmente muy cerca del espíritu general de ese tan importante capítulo VI del primer tomo de la misma obra —ignorado hasta su primera edición en alemán y ruso en 1933 y cuya primera versión al español vio la luz recién en 1971 (Marx 1863-66)— en el que se atribuye al régimen de producción de plusvalía tan acentuada capacidad determinante.5

3. TEORÍA Y EXPERIENCIA

En su gran esquema de la dinámica fundamental, que reajustó en sus líneas teóricas más generales, Marx se proponía relacionar, dentro de un todo, aquellos sectores invisibles de la realidad social con los otros fácilmente perceptibles en la experiencia diaria. Esta hipótesis integral, cuya elaboración ambos pensadores habían iniciado tempranamente, iba a estar sometida a una sucesión de verificaciones. Los dos fueron, además de teóricos de alto vuelo imaginativo y sorprendente erudición, militantes de una causa política y observadores apasionados de la realidad inmediata. Sus vidas se prolongaron hasta los últimos lustros de ese siglo XIX tan prolífico en transformaciones de todo orden: en efecto, Marx falleció en 1883 y Engels en 1895. Fueron ambos testigos de la aparición de la siderurgia, del aprovechamiento industrial del petróleo, de la fabricación de energía eléctrica, de la gran expansión del ferrocarril, de la aplicación de la máquina de vapor al transporte de larga distancia por agua y de la producción en serie que llevó la división del trabajo a una etapa muy avanzada de tecnificación. La tecnología de la producción fue sufriendo, ante sus ojos, los cambios más radicales y, con ella, alterándose también la distribución de la propiedad de los medios de producción. Marx alcanzó a observar el inicio de la gran revolución industrial en Estados Unidos y Alemania; Engels, a presenciar los anuncios de la aparición del primer coloso industrial en el Extremo Oriente: Japón. Estas radicales transformaciones tecnológicas y organizativas en la producción de bienes estimularon otras, igualmente radicales, en la financiación y la comercialización. El mercado financiero se diversificó, se tecnificó y se amplió con rapidez sorprendente. Tanto Marx como Engels presenciaron el funcionamiento simultáneo de cotizaciones de bienes y valores en varios continentes mediante el telégrafo eléctrico. Marx presenció las primeras etapas de las migraciones de mano de obra más grandes de la historia entre Europa y América, y Engels vio cómo este proceso era interrumpido por crisis económicas y retomaba después un ritmo más acelerado.

El universo político y social estuvo asimismo sujeto a mutaciones más rápidas que en las épocas anteriores. Ambos fueron testigos de las revoluciones de 1848 y de la Comuna del 71, así como de la unificación de Alemania, de la liberación de los siervos en el Imperio zarista, de la guerra civil en Estados Unidos y de la abolición legal de la esclavitud en ese país. Uno y otro evaluaron en numerosos escritos el lento progreso de la legislación obrera y social en varios países occidentales, así como el accidentado ascenso del derecho de voto para la masa popular, no concedido aún en su totalidad en Gran Bretaña hasta el año en que Marx falleció. Ambos saludaron con entusiasmo la aparición del movimiento cooperativo en Inglaterra. Ambos fueron miembros activos de las primeras organizaciones políticas de obreros e intelectuales revolucionarios en varios países europeos y testigos doloridos, pero no descorazonados, de muchas derrotas de la causa revolucionaria. Engels participó en el rápido ascenso de la socialdemocracia alemana, tanto en la etapa de su ilegalidad (1878-90) como en la de la legalidad, hasta que comenzó a organizar un bloque parlamentario de poderío creciente. Ambos comprobaron personalmente muchas modalidades de la conducta política de la masa obrera en los medios industriales altamente tecnificados que les llevó a hacer menos esquemáticos y más ricos los cuadros teóricos iniciales sobre las relaciones entre clases sociales, así como entre infraestructura económica y estructura política.

La riqueza de las observaciones que se encuentran en los análisis históricos de Marx y de Engels no contradice, en absoluto, su actitud permanente de teóricos. Enfrentados a una situación o a un problema histórico, los analizaron siempre con la mayor libertad mental, sin preocuparse por las alteraciones que sus análisis coyunturales podían proyectar sobre sus propios enunciados teóricos generales. En ambos hubo, inalterablemente, una completa devoción por la verdad científica que para ellos, como se sabe, era un instrumento de liberación.

Esta intensa experiencia sustantiva y esta actitud mental tan abierta los movieron a poner a prueba con frecuencia sus grandes esquemas teóricos y, en ciertos pasajes, a replantearlos. En Marx esto se manifiesta, las más de las veces, en la forma de gran número de escuetas observaciones y conclusiones que se encuentran en sus numerosas obras y en esa casi increíble cantidad de borradores inéditos que dejó. Engels, sobre todo en los últimos lustros de su vida, volvió a tratar los temas teóricos en forma más explícita o extensa, en parte debido a que, por su gravitación intelectual y política, tuvo con frecuencia que opinar sobre algunas interpretaciones que se daban a los grandes esquemas de ambos. Contrastan la oscuridad de expresión y la naturaleza marcadamente abstracta de algunos tratamientos teóricos de Marx en sus originales inacabados —inéditos hasta hace pocos años— con la transparencia del pensamiento de Engels en sus escritos de los últimos lustros, incluyendo sus cartas. Nos explicamos fácilmente el contraste: aparte de que la mente de Marx estaba más adiestrada en las grandes construcciones teóricas y en la expresión abstracta, aquellos originales eran, para él, fórmulas para su propia elaboración posterior y a veces, sin metáfora, diálogo consigo mismo. Todo lo contrario ocurre con los escritos de Engels mencionados: son exposiciones didácticas, con ejemplos sencillos, para dilucidar temas controvertidos en la polémica diaria o disipar malentendidos.

4. ENGELS: EL ALCANCE VERDADERO DE LA «ÚLTIMA INSTANCIA»

El 21 y 22 de septiembre de 1890 contesta Engels una pregunta formulada por Joseph Bloch.

Según la concepción materialista de la historia —le explica—, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levantan —las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las Constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas— ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, sus formas. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores, en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota, o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento económico. De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado.

Somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra historia, pero la hacemos, en primer lugar, con arreglo a premisas y condiciones muy concretas. Entre ellas, son las económicas las que deciden en última instancia. Pero también desempeñan su papel, aunque no sea decisivo, las condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en las cabezas de los hombres.”

Más adelante continúa:

En segundo lugar, la historia se hace de tal modo que el resultado final siempre deriva de los conflictos entre muchas voluntades individuales, cada una de las cuales, a su vez, es lo que es por efecto de una multitud de condiciones especiales de la vida; son, pues, innumerables fuerzas que se entrecruzan las unas con las otras, un grupo infinito de paralelogramos de fuerzas, de las que surge una resultante —el acontecimiento histórico—, que, a su vez, puede considerarse producto de una potencia única que, como un todo, actúa sin conciencia y sin voluntad. Pues lo que uno quiere tropieza con la resistencia que le opone otro, y lo que resulta de todo ello es algo que nadie ha querido. De este modo, hasta aquí toda la historia ha transcurrido a modo de un proceso natural y sometida también, sustancialmente, a las mismas leyes dinámicas. Pero del hecho de que las distintas voluntades individuales —cada una de las cuales apetece aquello a que le impulsan su constitución física y una serie de circunstancias económicas (o las suyas propias personales o las generales de la sociedad)— no alcancen lo que desean, sino que se fundan todas en una media total, en una resultante común, no debe inferirse que estas voluntades sean igual a cero. Por el contrario, todas contribuyen a la resultante y se hallan, por tanto, incluidas en ella.”

Y finalmente:

El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error. Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendió totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos “marxistas” y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado” (Engels 1890; cursivas en el original).

No cabe duda que aquí el afán didáctico lleva a Engels a ejemplos poco afortunados. Es el caso del paralelogramo de fuerzas, donde la retroacción es mecánica y no dialéctica porque ocasiona desplazamientos en el espacio y no cambios cualitativos. Pero ésta es una carta y por tanto no debe sorprendernos cierto grado de imprecisión. Lo cierto es que en este documento Engels reivindica la índole fundamental del elemento económico —no por inexplicable fatalismo, sino por tratarse de “la producción y la reproducción de la vida real”—, pero no lo hipertrofia ni lo aísla, sino que lo ubica en el cuadro general de entrecruzamientos genéticos. Reconoce aquí la presencia del azar, lo cual lo aparta de cualquier determinismo economicista. Luego, en el ejemplo del paralelogramo de fuerzas, lo que está haciendo es traducir, del modo más elemental posible, esa experiencia que se adquiere cuando se ha participado como actor en cualquier intenso proceso político o económico: “Lo que resulta de todo ello es algo que nadie ha querido”. Habla, por cierto, del corto plazo; no lleva, en modo alguno, la indeterminación a la categoría de lo universal y omnipresente. Su expresión es una reacción directa contra la tendencia a la omnideterminación finalista tan característica del intelectual sin experiencia de comando económico ni de práctica política.

5. ENGELS: LA «INDEPENDENCIA RELATIVA» Y UN OLVIDO FORMAL

Pocos días después, el 27 de octubre de 1890, al contestar otra consulta, explica en carta a Konrad Schmidt que muchos fenómenos sociales aparecen ante el observador como imágenes invertidas, lo cual dificulta la búsqueda de raíces profundas. Partiendo siempre del principio fundamental (“la producción es el factor decisivo en última instancia”), se preocupa en esta carta de indicar que cada sector de la realidad social adquiere, por su propio dinamismo, cierta autonomía, cierta lógica propia. Así,

al mismo tiempo que el comercio de los productos se hace independiente de la producción propiamente dicha, obedece a su propio movimiento, que ciertamente domina, en términos generales, el proceso de producción, pero que, en detalle y dentro de esa dependencia general, no obedece menos a sus propias leyes que tienen su origen en la naturaleza de ese nuevo factor.6 Cuenta con sus propias leyes y actúa por su parte sobre el proceso de producción.”

Así también ocurre con el Estado, -agrega- Adquiere una “independencia relativa [. ..], actúa también a su vez sobre las condiciones y la marcha de la producción. Se da una acción recíproca entre dos fuerzas desiguales, del movimiento económico por un lado, y por otro de la nueva potencia política que aspira a la mayor independencia posible y que, una vez constituida, está dotada también de un movimiento propio; el movimiento económico se impone en términos generales, pero se ve obligado igualmente a sufrir el contragolpe del movimiento político que él mismo ha constituido y que está dotado de una independencia relativa.”

“Lo mismo sucede con el derecho —insiste más adelante—: cuando la nueva división del trabajo se hace necesaria y crea los juristas profesionales, se abre a su vez un nuevo campo independiente que, aun cuando siga siendo dependiente de manera general de la producción y del comercio, no por eso deja de poseer a su vez una capacidad especial de actuar sobre esos campos.”

En efecto, recuerda a título de ejemplo, ocurre “raras veces que un código sea la expresión brutal, intransigente, auténtica del dominio de una clase.” El ejemplo que coloca es el del Código Napoleón, expresión de la burguesía que, sin embargo, sufre “diariamente toda clase de atenuaciones, por efecto del creciente poder del proletariado.”

Respondiendo a algunos autores que critican las interpretaciones de Marx y Engels sin poder desprenderse de una concepción causal unilineal y mecánica, expresa:

Lo que falta a todos esos señores es la dialéctica. No ven nunca más que la causa unas veces o el efecto otras. Que es una fría abstracción, que en el mundo real no existen semejantes antagonismos polares metafísicos salvo en las crisis, sino que todo el desarrollo de las cosas se produce bajo la forma de acción y de reacción de fuerzas, muy desiguales sin duda —entre las que el movimiento económico es con mucho la más poderosa, la más original, la más decisiva— que no hay ahí nada decisivo, que todo es relativo: todo eso, qué se le va a hacer, no lo ven; para ellos, Hegel no ha existido (Engels 1890).

En 1893, al contestar a Franz Mehring el envío de un libro del que éste era autor, después de comentarlo elogiosamente, observa:

Falta, además, un sólo punto, en el que, por lo general, ni Marx ni yo hemos hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por lo que la culpa nos corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más insistíamos —y no podíamos por menos que hacerlo así— era en derivar de los hechos económicos básicos las ideas políticas, jurídicas, etc., y los actos condicionados por ellas. Y al proceder de esta manera, el contenido nos hacía olvidar la forma, es decir, el proceso de génesis de estas ideas, etcétera. Con ello proporcionamos a nuestros adversarios un buen pretexto para sus errores y tergiversaciones” (Engels 1893; cursivas en el original).

El problema genético queda aquí planteado. Hay un nivel (“los hechos económicos básicos”) que genera otro nivel (“las ideas políticas, jurídicas, etcétera”). Éste es “el contenido”. Lo que Marx y Engels olvidaron fue “la forma, es decir, el proceso de génesis de estas ideas”. Este nivel de “las ideas políticas, jurídicas, etcétera.” No puede surgir espontáneamente de la acción del nivel anterior, sino en virtud de cierto proceso genético específico. Las ideas jurídicas no se derivan de los “hechos económicos básicos” de la misma forma como se deriva, por ejemplo, la organización comercial. Éste es el problema olvidado en la obra de ambos, según Engels.

El 25 de enero de 1894, vuelve a hacer explicaciones teóricas de esta naturaleza en su carta a Heinz Starkenburg, socialista alemán. Aparecen otra vez aquí los dos niveles:

1) “el desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etcétera.”;

    1. “el desarrollo económico”.

El primero «descansa» sobre el segundo. Todos estos sectores (el político, jurídico, etc.)

“actúan unos sobre otros, así como sobre la base económica. No es cierto que la base económica sea la causa, que sea la única activa y que todo lo demás no sea más que acción pasiva. Por el contrario, hay una acción recíproca sobre la base […] que siempre domina en última instancia” (cursivas en el original).

Vuelve a hablar del azar como integrante del proceso histórico. Pero el azar tiene, finalmente, un sentido; se orienta dentro de una corriente de determinación: “La necesidad que se impone a través de todos los azares sigue siendo, al fin de cuentas, la necesidad económica”.

Lo que puntualiza expresamente este texto es un concepto muy amplio de la «base determinante» del proceso histórico.

“Con el término de relaciones económicas —explica — , que considerarnos corno la base determinante de la historia de la sociedad, querernos significar la forma en que los hombres de una sociedad determinada producen sus medios de existencia y cambian los productos entre sí (en la medida en que existe la división del trabajo).”

En otros textos de Marx y Engels esta base determinante está constituida por el modo de producción exclusivamente. Sin embargo, hay pasajes de ambos en los cuales se incluye también el intercambio de productos en el sentido con que aparece aquí.

6. ENGELS: ¿EN TODAS LAS SOCIEDADES?

Hay también en esta carta una frase que apunta hacia un tema poco desarrollado, aunque sustancial en la concepción general de ambos fundadores. Estos niveles, estas estructuras de la realidad social, con su jerarquización genética, ¿corresponden a todas las sociedades que han existido hasta ahora, sólo a algunas o, más restringidamente aún, sólo a la sociedad capitalista? Las más de las veces, esto no queda especificado. Hay pasajes en el Manifiesto Comunista y en otras obras en que los distintos niveles y la capacidad genética de lo tecnológico o lo económico están referidos a tipos organizativos capitalistas y no capitalistas. En cambio, hay otros textos en que aparece la duda respecto a una sociedad futura que haya logrado ya abandonar ese reino de la necesidad hasta ahora presente e ingresado al reino de la libertad. Aunque volveremos sobre este tema más particularmente al tratar de la sociedad comunista (cap. VI), bien podemos aquí, por aludir al problema que ahora nos ocupa, citar otro fragmento de la carta a Starkenburg.

Los hombresdice hacen su historia por sí mismos, pero hasta ahora no la han hecho conforme a una voluntad colectiva, conforme a un plan de conjunto y ni siquiera dentro del marco de una sociedad determinada, de contornos precisos. Sus esfuerzos se contrapesan y ésa es precisamente la razón por la que reina, en todas las sociedades de este tipo, la necesidad, de la que el azar es, a la vez, el complemento y la manifestación. La necesidad que se impone a través de todos los azares sigue siendo, a fin de cuentas, la necesidad económica (Engels 1894 b).

Es en la historia sin “un plan de conjunto”, en esa historia que “ni siquiera” transcurre “dentro del marco de una sociedad determinada, de contornos precisos” (es decir, preconcebida, pensada previamente, diseñada acaso como fruto de liberación consciente), donde el azar y la necesidad, incluyendo la “necesidad económica”, actúan así.

Pero ¿continuará ocurriendo de igual modo cuando la historia de los hombres haya abandonado, según las propias palabras de ambos, el reino de la necesidad e ingresado al reino de la libertad?

7. ENGELS: CUÁL ES «LA BASE»

A pesar de las imprecisiones señaladas, el concepto central, enunciado por ambos casi desde los comienzos de su producción escrita, consistía en revertir la relación jerárquica heredada de la tradición hegeliana. La línea de circulación de la onda del cambio no descendía desde la idea hacia la estructura jurídica y política y desde allí hacia la económica, sino a la inversa. Pero en la lectura de todos estos cuadros y sus variantes que hemos reproducido se crea una duda que es indispensable puntualizar: la estructura social aparece a veces subsumida en la estructura de la producción, y otras no es mencionada.

En 1883, el año de la muerte de Marx, en el prólogo para una edición alemana del Manifiesto comunista, Engels explicó así “la idea cardinal que inspira todo el Manifiesto”:

El régimen de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituyen la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época…” (Engels 1883).

Aquí aparecen tres niveles: 1) “el régimen de la producción”; 2) “la estructuración social que de él se deriva necesariamente”; 3) “la historia política e intelectual”.

Los dos primeros “constituyen la base” del tercero. Es importante señalar que, aunque aparentemente simplificado, este esquema es muy dinámico. La “estructuración social” es genéticamente el producto del “régimen de la producción” (no del conjunto de la estructura económica) y ambos (régimen de producción y estructuración social, en lugar de sólo el primero) generan lo político y lo intelectual. Parecería que el “régimen de la producción” careciera de autonomía para actuar directamente sobre lo político y lo intelectual. Y, si bien se mira, hay en esto una actitud teórica consecuente en ambos autores: el “régimen de la producción” determina lo político y lo intelectual sólo mediante esa gran matriz de las clases sociales. Decimos que esta actitud es consecuente porque, aunque en algunos de los esquemas referidos la “estructuración social” no se menciona, siempre se la analiza en los casos concretos que ambos tratan. Más aún: el Manifiesto comunista descansa sobre la columna vertebral de la lucha de clases (fenómeno de la “estructuración social”) y si bien ese planteamiento resultó para ellos, con el correr de los años y de la experiencia política, excesivamente simplificado, jamás pensaron rectificarlo, sino enriquecerlo con las múltiples complejidades nuevas que descubrían.

Una última hipótesis. Al hablar Engels en este prólogo de la “estructuración social”, ¿está pensando en otro género de agrupamiento, además de las clases? Nosotros conjeturamos que estos otros géneros deben haber estado presentes en él año de 1883:

1) las razas, porque tanto él como Marx las mencionan desde la juventud, sin jamás analizarlas como realidad histórica;

2) la familia, a cuya importancia como matriz de organización y elemento de dinámica histórica los acercó Morgan con sus obras Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family (1869) y Ancient Society (1877),7 que ellos mencionan en la correspondencia desde varios años antes de ese 1883, y a la que Engels atribuye tanta importancia para ciertos tipos de sociedades en su trabajo El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (Engels 1884 a), publicado sólo un año después.

Aclaremos, finalmente, que de los dos niveles básicos (“el régimen de la producción” y “la estructuración social”) del sistema capitalista, Marx y Engels estudiaron con gran amplitud el primero, pero sobre el segundo sólo dejaron esbozos teóricos generales y algunos notables análisis de casos.

NOTAS

1) Editorial Nuestro Tiempo. 1972. Capítulo 1: “La dinámica inicial” (pp.3-30. en el original)

2) Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

3) Principios de economía política y tributación.

4) Nuevos principios de economía política.

5) En la traducción de W. Roces (ver Marx 1894 en Obras citadas), este pasaje tiene la siguiente redacción (sección sexta, cap. XLVII, ap. 2; La renta en trabajo, p. 733): “La forma económica específica en que se arranca al productor directo el trabajo sobrante no retribuido determina la relación de señorío y servidumbre tal como brota directamente de la producción y repercute, a su vez, de un modo determinante sobre ella. Y esto sirve luego de base a toda la estructura de la comunidad económica, derivada a su vez de las relaciones de producción y con ello, al mismo tiempo, su forma política específica. La relación directa existente entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos —relación cuya forma corresponde siempre de un modo natural a una determinada fase del desarrollo del tipo de trabajo y, por tanto, a su capacidad productiva social— es la que nos revela el secreto más recóndito, la base oculta de toda la construcción social y también, por consiguiente, de la forma política de la relación de soberanía y dependencia, en una palabra, de cada forma especifica de Estado. Lo cual no impide que la misma base económica —la misma, en cuanto a sus condiciones fundamentales— pueda mostrar en su modo de manifestarse infinitas variaciones y gradaciones debidas a distintas e innumerables circunstancias empíricas, condiciones naturales, factores étnicos, influencias históricas que actúan desde el exterior, etc., variaciones y gradaciones que sólo pueden comprenderse mediante el análisis de estas circunstancias empíricamente dadas.” Creemos que no hay diferencia de concepto entre la traducción de W. Roces del alemán y nuestra versión al español a partir de la traducción al inglés de la edic. Kerr. Preferimos utilizar en el texto nuestra versión del fragmento al español porque nos parece que el cuadro conceptual general está presentado allí con mayor claridad. Sin embargo transcribimos en esta nota el fragmento de la traducción de W. Roces para que el lector juzgue. Queremos, sí, hacer una salvedad: si se interpreta la expresión “relación de señorío y servidumbre” que aparece en la traducción de W. Roces como aludiendo excluyentemente al feudalismo o a ciertos regímenes señoriales muy específicos, opinamos que no es fiel al pensamiento de Marx en este planteamiento, porque está exponiendo una ley general aplicable a todos los regímenes que han existido en la historia —incluyendo el capitalismo— en los cuales “se extrae de los productores directos el trabajo excedente no pagado”. Por eso nos parece más apropiada la expresión “relación entre dirigentes y dirigidos” utilizada en la versión que reproducimos en el texto.

6) Sobre las alusiones que en este fragmento se hacen a las “peculiaridades raciales”, ver capítulo IV, 5: Etnias.

7) La palabra domina, que usa el traductor, resulta algo ambigua. Opinamos que el pensamiento de Engels se comprende con mayor fidelidad de esta manera: “AI mismo tiempo que el comercio de los productos se hace independiente de la producción propiamente dicha, obedece a su propio movimiento (que ciertamente, en términos generales, es dominado por el proceso de producción pero que, en detalle y dentro de esa dependencia general, no obedece menos a sus propias leyes que tienen su origen en la naturaleza de ese nuevo factor)”.

8) Sistemas de consanguinidad y afinidad de la familia humana y sociedad antigua.

 

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