EL CASO LEDO (I) Miguel Bonasso

UN DIARIO MENEMISTA FICHÓ AL CONSCRIPTO DOS AÑOS ANTES
DE QUE MILANI LO HICIERA DESPARECER 

http://bonasso-loquenodije.blogspot.com.ar

El obispo Enrique Angelelli junto a ‘Tito’ Alipio Paoletti

El 11 de abril de 1974, dos años antes de que el subteniente César Milani lo hiciera desaparecer para siempre, Alberto Agapito Ledo había sido denunciado públicamente como “subversivo” por el diario “El Sol”, fundado en mayo de 1972 por el espía de la SIDE Tomás Alvarez Saavedra y dirigido en sus primeros meses de vida por Eduardo Menem.

Diario de los terratenientes, de los servicios, de torturadores convictos como el capitán Alfredo Marcó y de varios miembros de la familia de Carlos Saúl Menem, como su hermano mayor Amado, que animaban el grupo ultramontano “Cruzados de la fe”, El Sol se dedicó desde su aparición a injuriar al obispo Enrique Angelelli y delatar a sus seguidores de izquierda.

El periodista Guillermo Alfieri, que entonces vivía en La Rioja y era secretario de redacción del diario cooperativo “El Independiente” –el mejor del país en ese momento- recuerda que “El Sol” publicó un extenso listado que pretendía probar la “Alianza de Grupos Marxistas” con el obispo Enrique Angel Angelelli, donde  figuraba Alberto Agapito Ledo, de apenas 18 años.

En una provincia feudal como La Rioja, donde Menem ya había girado ciento ochenta grados desde sus proclamadas simpatías por los Montoneros a una estrecha alianza con Isabel Perón y el Brujo José López Rega, la denuncia podía resultar letal para el muchacho.

Cuatro décadas más tarde, Graciela Ledo me confirma que su hermano estaba “fichado” dos años antes de su desaparición  y que fue sin duda un error fatal que en 1976 se presentara a cumplir el servicio militar cargando semejante mochila. Ella estaba viviendo en Buenos Aires y eso dificultó que pudiera persuadirlo.

Tal vez no hubiera podido lograrlo estando junto a él: pese a su juventud, Alberto ya era un cuadro de los grupos cristianos revolucionarios y estaba secretamente encuadrado en el PRT, la organización revolucionaria que conducía al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Graciela piensa que la organización debió preservarlo impidiéndole que se presentara a filas, pero no era la lógica de la época. También ella ignoraba entonces lo que sabe ahora y declaró para mi libro “Lo que no dije en Recuerdo de la muerte”:  “Había grupos de inteligencia dentro del mismo grupo juvenil al que nosotros pertenecíamos, nos fuimos enterando poco a poco de que allí había informantes (…) O sea, que la inteligencia funcionaba en ese entonces, como funciona ahora también”.

Evocando aquella oscura transición hacia la masacre generalizada, Alfieri precisa: “la rosca de sectores reaccionarios, incluido el lopezreguismo, redobló la ofensiva contra la pastoral profética de monseñor Angelelli. Para ‘El Sol’, el obispo era ‘Satanelli’ y Tito Paoletti (fundador y director de “El Independiente”) un terrorista que no merecía vivir. Basta repasar la hemeroteca para constatar en qué magnitud el fascismo marcó a personas en el módulo de una represión anticipada”.

Alfieri recuerda que Alberto Agapito Ledo “comenzó el servicio militar en La Rioja, ciudad en la que nació el 2 de julio de 1955. Le asignaron tareas como la de asistir al capellán militar Felipe Pelanda López, que oficiaba misa para presos políticos, entre los que yo me encontraba, en el Instituto de Rehabilitación Social. Semanas después lo trasladaron a Tucumán, donde las fuerzas regulares lograban aniquilar a la guerrilla rural”.

“Cabe la especulación –prosigue Alfieri- de que Alberto Ledo estaba fichado y el ámbito castrense implicó introducirlo en la boca del lobo”.

El episodio del fichaje público, trasciende la tragedia individual de Alberto Ledo y dispara significados que llegan a nuestros días: “no es aventurado enhebrar los listados de 1974 –sostiene Alfieri- con el terrorismo de Estado desplegado por la dictadura desde la noche del 23 de marzo de 1976. En una población de 150 mil personas hubo 32 capturados-desaparecidos, cuatro mil presos políticos y un indeterminado número de riojanos que acudieron al exilio interno y externo para eludir la persecución. En la culminación del horror, el asesinato del obispo, dos sacerdotes y un laico”.

El diario “El Sol”, que calentó la marmita donde se cocinarían esos asesinatos, ya no existe, “Tomás Alvarez Saavedra falleció. De su devastador paso por La Rioja queda un simbólico gran edificio casi abandonado que fue de Sussex. Lo sobreviven otros miserables espías, mimetizados en democracia, al punto de acceder a altos puestos del funcionariado y ser electos para cargos relevantes. Alguno de ellos marcó a Alberto Ledo como partícipe de la Alianza de Grupos Marxistas con el obispo Angelelli. Con este tipo de infamia operó el terrorismo de Estado”.

Alberto Agapito Ledo

Para qué, podría uno preguntarse: para lo de siempre, para lo de hoy en día: “Tomás Alvarez Saavedra logró la concesión para la explotación del casino, con el incumplido compromiso de construir un complejo turístico en Termas de Santa Teresita, en el departamento de Arauco. No pareció casualidad –apunta Alfieri- que con la privatización de las ganancias del juego, se incentivara la prostitución, el tráfico de drogas y la usura, problemáticas denunciadas por el obispo Angelelli y el diario El Independiente, dirigido por Alipio Tito Paoletti.”

Tampoco parece casualidad que el candidato presidencial del Frente para la Victoria, Daniel Scioli haya defendido hace un par de meses a César Milani  y hace pocas horas hiciera la apología de Carlos Saúl Menem, porque “es de bien nacido ser agradecido”. Gesto que emocionó al Jefe de Gabinete Aníbal Fernández, quien también confesó su cariño por el senador Carlos Saúl Menem, del cual solía decir el asesinado Angelelli: “no, no es un fascista, es apenas un cobarde”.

Miguel Bonasso
Buenos Aires, 2 de julio de 2015

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