HAROLDO CONTI, EN VIDA por Marcelo Conti

Revista Mascaró / Sudestada. Nº 137. Mayo -Junio 2015

En pdf Aquí: HAROLDO CONTI por Marcelo Conti

ElConti 5 de mayo de 1976, un grupo de tareas del batallón 601 secuestró a Haroldo Conti. El escritor de Chacabuco. Que militaba en el PRT-ERP, representaba un peligro para la dictadura por su compromiso político, que reflejaba en su obra literaria. A 39 años de su desaparición, su hijo Marcelo lo recuerda como padre y como hombre que transito y contó la historia de su tiempo y su pueblo, como un revolucionario.

La noche que m¡ viejo fue secuestrado había ido al cine con su compañera, Marta, a ver El Padrino II. Mi hermano Ernesto, de tres meses, y la hija menor de Marta habían quedado al cuidado de un amigo de militancia, Héctor el Gordo Fabiani. Cerca de las 21 un grupo de tareas llamó a la puerta y el Gordo abrió, creyendo que eran ellos que habían vuelto. Esa noche se llevaron a mi viejo y al Gordo.

Yo me enteré a la mañana siguiente, cuando Marta nos llamó tratando de hablar en clave (porque los teléfonos estaban intervenidos). Dijo que papá y Fabiani se habían “intoxicados”. Acompañé a Marta a ver un abogado, que no pudimos encontrar. Luego pasaron años hasta poder volver a ver a ella y a Ernesto. Tuvieron que ocultarse en diferentes sitios, incluida la Embajada de Cuba por más de un año.

Cuando lo secuestraron a papá yo tenía 16 años. Lo recuerdo como un tipo multifacético. Además de escritor era un viajero incansable. Cuando no podía viajar físicamente, lo hacía a través de la literatura. También demostró ser un buen carpintero cuando terminó de hacerle la cubierta y el resto a un bote salvavidas de rezago, su barco, el “Alejandra”, bautizado así por mi hermana.

Antes de ser secuestrado, había recibido amenazas y tuvo ofertas para ir a la embajada cubana y refugiarse, pero él lo rechazó porque decidió transitar el destino de su compañeros, cualquiera fuera. “Este es mi lugar de combate, y de aquí no me voy”, tenía escrito en un cartel frente a su escritorio la noche que se lo llevaron y que su raptores no supieron entender porque estaba en latín.

Lo que o después de su secuestro fue similar a lo de tantas familias, los hábeas corpus, la falta de noticias. Más tarde, desde el exilio, llegaron testimonios y, a partir de 1983, los juicios. Los sobrevivientes que lo vieron en El Vesubio dieron detalles que a veces prefiero no conocer.

Tuve la suerte de acompañarlo en algunas tareas de su militancia y conocer a sus compañeros, como el Gordo, también del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Más tarde, milité con Enrique Gorriarán y Ana María Sívori, en el Movimiento Todos por la Patria (MTP). Ellos ahora no tienen voz y los que hoy escriben libros, como María Seoane o Luis Mattini, tergiversan las cosas. En Todo o nada, Seoane cae en muchas inexactitudes sobre Santucho. En el libro de Nilda Redondo, Haroldo Conti, arte y subversión, Luis Mattini sostiene que mi familia no tuvo el mismo empeño que la familia de Rodolfo Walsh en buscar a su desaparecido. Eso me molesta profundamente ya que nosotros en el peor momento, nos quedamos en el país presentando los hábeas corpus y siendo testigos de los seguimientos y las pinchaduras telefónicas. Pero a quienes mienten, la misma historia les saca la carera, porque al fin y al cabo el universo es redondo y sólo la verdad es revolucionaria.

Las condenas conseguidas en los juicios son un avance indudable, pero para mí no pasa sólo por ahí. Con los compañeros se perdió un proyecto, que aún hoy no podemos -o queremos- recuperar. Así se saldaría la gran deuda histórica, dejar cada uno la comodidad y el egoísmo de su kibutz, su verdad absoluta, porque mi viejo y los demás murieron por el socialismo, no jodamos. Todavía hay mucha tela por cortar y espero que la verdad salga, aunque sea de a poco.

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