HERBERT MARCUSE: LA SOCIEDAD INDUSTRIAL TOTALITARIA

Gano Bergoglio

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CONFERENCIA EN YUGOSLAVIA Y ENTREVISTAS DURANTE EL MAYO FRANCÉS

HERBERT MARCUSE

SOBRE EL “PODER ESTUDIANTIL”

Entrevista en Le Monde

(selección semanal del 16 al 22 de mayo, 1968)

A usted se lo vincula con Marx y Mao. ¿Cuál es su reacción cuando se habla de las “tres M”?

No comprendo. En cuanto a Marx, he estudiado bastante su obra. ¿Pero Mao? Es cierto que actualmente todo marxista que no sea un comunista estrictamente encuadrado es maoísta. Yo siempre pensé que había una alternativa, y no he conservado en mis libros la antigua ideología marxista. Las sociedades socialistas tal como están establecidas no me parecen ser lo que yo llamo “cualitativamente diferentes” de las otras, de las sociedades capitalistas. Ellas dejan subsistir una forma de dominación en lugar de otra, eso es todo. El verdadero socialismo, es otra cosa. Estoy convencido de que ahora es posible construir una verdadera sociedad socialista sin pasar por un período de tipo stalinista. Una sociedad socialista debe estar fundada sobre una verdadera solidaridad, una verdadera cooperación: en mi opinión, la revolución cubana va en ese sentido. En cuanto al Che, era su símbolo: bien alejado de los burócratas stalinistas, bien próximo al hombre socialista.

¿Para usted sólo se trata de explicar el mundo en que vivimos, o bien trata usted de transformarlo?

Es una gran cuestión. Toda explicación verdadera debe conducir a buscar una transformación, y hay una relación interna evidente entre la explicación y la transformación. Por mi parte, hace tiempo que no tengo una actividad política militante, es cierto. Escribo, profeso, pronuncio conferencias, hablo a los estudiantes: es la forma normal de acción para un intelectual en los Estados Unidos, porque en este país, la situación no es de ningún modo revolucionaria; ni siquiera es pre-revolucionaria. En ese caso, la tarea de un intelectual, es en primer lugar una misión de educación radical. En Norteamérica, entramos en un nuevo “período de las luces”.

¿Y en Europa?.

En Europa, no ocurre lo mismo, porque la política sigue estando ampliamente determinada por la clase obrera. Y además, hay grandes diferencias de un país a otro: Alemania está muy próxima al “modelo” norteamericano, Italia bastante próxima, Francia está mucho más lejos.

Yo conozco bien a Rudi Dutschke y sus compañeros, los muchachos de la S.D.S., la organización de izquierda de los estudiantes. El es muy noble, muy sensible, de ningún modo un demagogo. Y ha estudiado mucho, ha reflexionado mucho: él y sus camaradas han establecido un sólido vínculo entre la teoría y la acción. Se dice que han tardado algunos meses en elaborarlo. Es inexacto: han tardado ocho años ¿Acaso en Francia los estudiantes rebeldes han estudiado también, han establecido bases ideológicas sólidas? No tengo esa impresión.

¿No siente a veces que ha sido superado por aquellos que reivindican sus tesis? .

Tal vez. Si son violentos, es porque están desesperados. Y la desesperación puede ser el motor de una acción política eficaz. Fíjese en los habitantes de los ghettos negros en Estados Unidos: ponen fuego a sus propios barrios, queman sus propias casas. No es una acción revolucionaria, pero es un acto de desesperación y un acto político.

Por otro lado, en los Estados Unidos el malestar no se limita a los estudiantes, es general. Los estudiantes no se han rebelado contra una sociedad pobre y mal organizada, sino contra una sociedad muy rica, muy bien organizada en su lujo y en su derroche, en tanto el 25% de la población vive en la pobreza y en los ghettos. La rebelión no está dirigida contra la desdicha que provoca esta sociedad, sino contra sus beneficios. Es un fenómeno nuevo, propio de lo que se llama “la sociedad opulenta”. En Alemania, es el mismo proceso. En Francia, no creo que sea ése el caso, porque la sociedad francesa no es aún una sociedad afluente.

¿Qué piensa usted de lo que se llama, por analogía con el “poder negro”, el “poder estudiantil”?

Ese slogan me parece peligroso. En todas partes y siempre, la gran mayoría de los estudiantes es conservadora e incluso reaccionaria. Luego, un “poder estudiantil”, si fuera democrático, sería conservador y hasta reaccionario. El “poder estudiantil” significa que la izquierda ya no se opone a la administración de la Universidad, sino a los mismos estudiantes. O entonces, debería desbordar el proceso democrático. Hay allí una contradicción fundamental.

¿Cuál es, en su opinión, la razón esencial de esas demostraciones violentas de los estudiantes en tantos países?

Para los estudiantes norteamericanos y alemanes, a los que conozco mejor, es una exigencia que no es sólo intelectual, sino “instintiva”. Ellos quieren una forma de existencia enteramente diferente.

Rechazan una vida que no es más que una guerra por la existencia, se niegan a entrar en lo que los ingleses llaman el “stablishment” porque piensan que no es necesario. Sienten que toda su vida estará desbordada por las exigencias de la sociedad industrial y por el solo interés de los grandes negocios, de los militares y de los políticos.

Fíjese en los hippies. Su rebelión se dirige contra una moral puritana, contra una sociedad norteamericana donde la gente se lava diez veces por día y que, al mismo tiempo, asesina y quema en Vietnam con toda pureza. Entonces ellos protestan metódicamente contra esa hipocresía conservando sus largos cabellos, sus barbas, no lavándose y negándose a ir a la guerra. Para ellos, la contradicción salta a los ojos. Pero, como en el caso de los estudiantes, solo se trata de una minoría muy reducida. Los estudiantes saben que la sociedad absorbe las oposiciones y presenta a lo irracional como siendo racional. Sienten más o menos claramente que el hombre “unidimensional” ha perdido su poder de negación, su posibilidad de rechazo. Luego, se niegan a integrarse en esa sociedad.

¿Qué respuesta daría usted a los estudiantes que vinieran a preguntarle si sus manifestaciones tienen un sentido y pueden contribuir a transformar la sociedad?

En primer lugar les diría que no se puede esperar otra cosa que grandes manifestaciones como las que se desarrollan un poco en todas partes, e incluso en Francia, en una situación que ni siquiera es pre o contra revolucionaria.

Pero no soy derrotista, nunca. En los Estados Unidos, la creciente oposición a la guerra de Vietnam ha logrado ya provocar, al menos parcialmente, el cambio de la política norteamericana. No hay que hacerse ilusiones, pero tampoco hay que ser derrotista. Es inútil esperar, en tal debate, que las masas vengan a unirse al movimiento, y participen en el proceso. Todo ha comenzado siempre con un puñado de intelectuales rebeldes. Se advierte un signo de este tipo, me parece, en las actuales rebeliones de los estudiantes, que son sin embargo enteramente espontáneas: en los Estados Unidos, no existe ninguna coordinación, ninguna organización que actúe en escala nacional y ni siquiera a nivel de un Estado; lejos se está de una organización internacional.

Este tipo de rebelión no conduce por cierto a la creación de una fuerza revolucionaria. Pero converge con los movimientos del “tercer mundo”, con la actividad de los ghettos. Es una poderosa fuerza de desintegración.

ENTREVISTA A HERBERT MARCUSE

Tempo, 2 de julio de 1968

[Fragmentos]

P.: Dado que los jóvenes, en sus movimientos concretos, prácticos, de cuestionamiento de las formas sociales vigentes se han referido explícitamente a sus doctrinas, quisiera saber si esto es para usted un motivo de satisfacción. Y en particular si al desarrollar su obra de pensador, usted preveía que podría encontrar un eco tan inmediato en el terreno práctico.

H.M.: Ciertamente, sentir que los jóvenes que aspiran a una renovación de la sociedad se refieren a mi pensamiento, es para mí un motivo de satisfacción. ¿Para quién no lo sería? Esto no significa que lo haya previsto cuando trabajaba en mis libros. No obstante, siempre pensé que eran páginas para todos, y no reservadas a los filósofos.

P.: ¿Le parece que los estudiantes de las capitales europeas que llevan adelante, también en su nombre, la acción de protesta están interpretando correctamente su pensamiento?.

H.M.: Para darle una respuesta precisa, haría falta que los interrogase uno por uno. Pero en líneas generales, y por lo que yo sé, contesto que sí.

P.: Como usted sabe, Pravda ha criticado ásperamente su posición ideológica, afirmando que usted atribuye a la sociedad capitalista las mismas responsabilidades de dominio, y que el suyo es un pensamiento burgués. ¿Cuál es su respuesta?.

H.M.: Sí, Pravda me ha atacado, lo sé. Pero creo que esto ha nacido sobre todo de un mal conocimiento de mi pensamiento. Nunca pensé en identificar a la represión, capitalista con la comunista. En cuanto a la calificación de burgués, no sé qué decirle: aquí me llaman comunista. Las etiquetas no son las que cuentan.

LAS PERSPECTIVAS DEL SOCIALISMO EN LAS SOCIEDAD INDUSTRIALES AVANZADAS”

Conferencia en el Seminario “Las transformaciones del carácter y el papel de la clase obrera”

Korcula. Yugoslavia, (1964)

Publicado en “La sociedad industrial y el marxismo”, ed. Quintaria. Bs. As.(1969)

Revue internationale du sodalisme Nº 8, 1965

Una observación preliminar nos llevará a abordar inmediatamente uno de los puntos fundamentales de mi intervención.

De la breve discusión a la que he tenido la ocasión de asistir aquí, he sacado la impresión, dicho con toda franqueza, que tenía bastante de abstracto, es decir que no ha habido referencias al espacio concreto que hoy determina y delimita los problemas del socialismo: la coexistencia del capitalismo y del comunismo.[“socialismo real”] A mi juicio tanto la deformación sufrida por el socialismo respecto a su idea originaria, como la transformación fundamental que ha experimentado el capitalismo son explicables, en gran parte, precisamente por esa coexistencia. Y también es la coexistencia lo que determina hoy las posibilidades históricas del socialismo.

Creo que no hay ningún problema, ya sea relativo a la base material, o ideológico, que no se vea influenciado del modo más profundo, y quizá incluso definido, por esta coexistencia de los dos sistemas. No sólo es una dimensión de política exterior la que juega este papel de factor determinante, sino que más bien se trata del hecho de que esta coexistencia es un factor que determina la estructura del mismo capitalismo.

La coexistencia es, por ejemplo, un resorte que empuja a una productividad creciente, favorece la estabilización del capitalismo, y con ello la integración social en el interior de la sociedad capitalista: lo cual significa la suspensión de los contrastes y de las contradicciones en el ámbito de esta sociedad. He dicho “suspensión”, pero también podría decir “mala unidad de los contrarios”, refiriéndome a la que se viene realizando en la sociedad capitalista altamente desarrollada -fenómeno sobre el que esta intervención mía intentará hacer luz más adelante-.

Me parece que la sociedad capitalista se funda precisamente en su capacidad de absorber el potencial revolucionario, de liquidar la negación absoluta, y de sofocar la necesidad de un cambio cualitativo del sistema existente. Naturalmente, con esto no se eliminan las contradicciones del capitalismo, que continúan subsistiendo en su forma clásica, y que quizá nunca han sido tan fuertes como hoy. La contradicción entre la riqueza social y lo que se hace con esta riqueza en los países capitalistas; es más grave que nunca, y precisamente por esto todas las fuerzas son movilizadas para ocultar ese contraste.

Todo esto, a mi parecer, ha sido ampliamente conseguido por el sistema capitalista en los centros de alto desarrollo de la sociedad industrial. Ha conseguido reducir los contrastes de una forma manipulable, basándose en una productividad prepotente y en el progreso técnico. Sobre esta base, que no es sólo ideológica sino también material, las clases que fueron la negación absoluta del sistema capitalista han sido integradas en gran parte en el sistema.

El progreso técnico, la misma tecnología se han transformado en un nuevo sistema de dominio y de explotación -un sistema nuevo porque modifica de manera decisiva las relaciones entre las clases. Lo que tenemos en los países de alto desarrollo industrial es una sociedad clasista: no hay duda que todo el cacareo sobre el capitalismo popular y sobre la nivelación de las clases es puramente ideológico; estamos ante una sociedad clasista pero en la cual la clase obrera ya no representa la negación de lo que existe. Esta decisiva evolución ha venido a modificar radicalmente conceptos marxistas como los de la libre, plena realización de cada uno, de la eliminación de la alienación; más adelante intentaremos mostrar hasta qué punto.

Mi reflexión se limita a los centros altamente desarrollados de la sociedad industrial, y a las tendencias que hoy empiezan a dibujarse en este ámbito. Incluso en los Estados Unidos, por ahora no se trata más que de tendencias, pero creo que se extenderán con relativa rapidez incluso a los países industriales menos desarrollados del mundo capitalista, actuando, por decirlo así, por contagio, y proporcionando los modelos de la ulterior industrialización inclusa los países más atrasados. Pero, ¿qué debemos entender por sociedad de altísimo desarrollo industrial?

Yo entiendo que se trata de una sociedad en la cual la mecanización de la gran industria ya ha alcanzado el grado de automatización progresiva, una sociedad en la cual, sobre la base del progreso técnico, se puede alcanzar un nivel de vida cada vez más alto, incluso para la clase obrera: una sociedad en la que lo que fue una libre economía de mercado se ha transformado en una economía de beneficio pilotada, de carácter monopolista privado o dirigista estatal, en un capitalismo organizado. Se trata de una sociedad en la cual la concentración del poder económico, político y cultural ha llegado al vértice. Una sociedad cuyo buen funcionamiento depende en gran medida de la política y sólo es posible gracias a la constante intervención, directa o indirecta, del Estado en los sectores decisivos de la economía. Esta sociedad, que incluso -en los países de más alto desarrollo apenas comienza a concretarse, se presenta hoy como una sociedad “totalitaria” en una nueva acepción de la palabra. Totalitaria porque en ella se han completado la asimilación de vida privada y de vida pública, de exigencias individuales y de exigencias sociales. La diferencia esencial entre existencia privada y existencia pública ha sido anulada; el individuo, en cualquier parte o momento de su existencia, se ha transformado en presa de la opinión pública controlada, de la propaganda y de la administración.

Esta sociedad tiende a la dimensión totalitaria incluso por el hecho de que toda oposición real está a punto de desaparecer. Entendámonos: desde luego que hay oposición, e incluso discusión, y que ésta puede llegar a ser libre, pero todo aparece como inmanente al sistema. Contra lo existente, como totalidad, no hay oposición efectiva, real. Los movimientos radicales, los movimientos de vanguardia, sean políticos o culturales, son absorbidos fácilmente, incorporados a las estructuras existentes, y sirven inmediatamente para conferir nuevos valores al sistema, a su apoteosis.

El resultado de esta evolución es una sociedad estática (pese a toda su dinámica) que crece continuamente con el incremento de la productividad y que experimenta nuevas extensiones, pero que no hace más que producir cada vez en mayor cantidad las mismas cosas, sin ninguna diferencia cualitativa, sin revelar ninguna tendencia al cambio cualitativo.

Este tipo de sociedad, lo repito, con su riqueza y con la concentración del poder político, militar y cultural, ha llegado a conseguir que la misma negación sea afirmativa, y en ella la necesidad parece desprovista de medios. Y todo esto, en la sociedad industrial altamente desarrollada, sucede sin necesidad de terror, en el ámbito de la democracia, bajo la forma de un pluralismo democrático. Como denominador común de esta sociedad quisiera subrayar el hecho de que se trata de una sociedad en movilización permanente, movilización permanente de todas las fuerzas políticas, económicas, técnicas y culturales: movilización en primer lugar contra el enemigo exterior, contra el comunismo, en segundo lugar contra las posibilidades peculiares del mismo sistema. El enemigo está dentro y fuera, el enemigo interno está constituido por las posibilidades autónomas del sistema, que obligan a que el mismo sistema sea reprimido.

La expresión más evidente de este contraste entre posibilidad y realidad reside en la automatización. El sistema tiende de hecho, al adoptar progresivamente la automatización, a eliminar casi completamente el trabajo social necesario, el trabajo alienado; el sistema, en otras palabras, tiende —no sólo de manera utópica, sino más realista que nunca— a configurar una sociedad en la cual el tiempo de trabajo sea tiempo marginal y el tiempo libre sea tiempo pleno, es decir una sociedad en la cual el hecho de no trabajar sería cosa normal y progresiva. Hoy por hoy esta posibilidad es irrealizable en el ámbito del sistema, porque es incompatible con las instituciones económicas, políticas y culturales que el sistema se ha dado a sí mismo; significaría, en efecto, la catástrofe del sistema capitalista: de ahí la movilización total, no sólo contra el enemigo exterior sino también contra esta posibilidad.

Dentro de esta sociedad en perpetua movilización encontramos lo que con tanta insistencia ha sido señalado como tendencia igualitaria, es decir como asimilación de las clases sociales en la esfera del consumo.

De hecho es cierto que hoy, en Estados Unidos, incluso el obrero y el empleado pueden frecuentar los mismos lugares de vacaciones que su patrón, que el obrero puede vestir bien, que con su dinero puede comprar objetos de lujo y gadgets que antes sólo eran accesibles a algunos estratos de la clase dominante. También es cierto que hay una mayor asimilación en esta esfera entre obreros y empleados, entre White Collar y Blue Collar, que en este sentido, en efecto, si bien los contrastes de clases no han sido eliminados, han sido ocultados.

La distancia entre el que está arriba y el que está abajo, entre patrón y trabajador, entre dominio y servicio es hoy probablemente más fuerte que en otros períodos del pasado, y que las decisiones sobre la vida y la muerte, no sólo respecto al individuo sino respecto a la misma nación, se toman en lo alto y no se les puede oponer ninguna resistencia concreta. Estamos ante una sociedad caracterizada por una total dependencia de un aparato de producción y de distribución, el cual suscita y satisface a una escala cada vez más amplia las necesidades individuales, pero con ello sólo logra intensificar la lucha por la existencia en lugar de avanzar en dirección de su posible abolición.

Se trata de un aparato que determina y forma las necesidades, incluso -y este es el punto decisivo- las necesidades instintivas, las aspiraciones personales en los individuos, un aparato que anula la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo libre y sabe modelar los individuos de tal manera, y tan completa y perfectamente, que incluso conceptos como alienación y reducción a objeto acaban por convertirse en problemáticos. ¿Es que todavía tiene sentido reflexionar sobre la alienación o la reducción a objeto, si en una sociedad de este tipo los individuos se encuentran realmente a sí mismos en sus automóviles, en sus televisores, en sus gadgets, en los periódicos, en los hombres políticos, etc.?

Es el mundo de la identificación, ya no se trata de objetos inertes opuestos y extraños a los individuos. Es cierto que el trabajo en la fábrica semi-automatizada, en las oficinas y en los servicios, es hoy tan alienado e inhumano como no lo fue nunca; pero toda resistencia no puede dejar de sucumbir entre las espirales omnipresentes de la totalidad, que cada vez produce más bienes y una aspiración a un nivel de vida más alto.

Las masas tienen buenas razones para integrarse en esta sociedad, y con ello hacer superfluo el terror. Su colaboración y su aceptación del sistema existente aparece como algo racional que las empuja a completar su integración. Cuando sus necesidades y aspiraciones han sido conformadas a las exigencias del aparato, los individuos así preformados determinan periódicamente, como electores, la política. Democráticamente, cada dos o cuatro años, pueden elegir entre los candidatos que se les proponen al que a su juicio mejor defenderá sus intereses, los cuales son idénticos a los intereses expresados por la opinión pública y por la opinión prefabricada.

Esta democrática libertad de elección también la disfrutan en cuanto a su poder de compra en la esfera del consumo y en el reino de la alta cultura. Lo cual significa que la integración y el encuadramiento de las masas se realizan en el marco de un pluralismo democrático. Al exterior, o mejor dicho, por debajo de esta democracia, viven amplios estratos de personas no alienadas o que probablemente no es posible integrar: minorías raciales y nacionales, desocupados y pobres permanentes, gentes que de hecho representan la negación viviente del sistema. Pero ni la evolución de su conciencia ni su organización han alcanzado el nivel que permita a estos grupos presentarse como sujetos de tendencias socialistas.

Antes de intentar explicar esta integración y estabilización, quisiera aún una vez más resumir las características del capitalismo organizado. Se trata de una sociedad en la cual bienes y servicios son producidos y consumidos en medida creciente por sus miembros integrados, en la cual, para capas sociales más extensas, el trabajo se ha hecho físicamente más ligero y la vida se ha vuelto más confortable, en la cual está autorizado y se práctica un pluralismo de organizaciones, opiniones, desviaciones y diferenciaciones; y en la cual tiene lugar una cierta asimilación de las clases sociales en la esfera del consumo.

Pero se trata de una sociedad que paga el nivel alcanzado con un derroche demencial de fuerzas productivas, con una obsolescencia planificada, con la destrucción de bienes y alimentos, y esto frente a la pobreza y a la indigencia que dominan al exterior de sus fronteras y en el mismo seno de la affluent society. Es una sociedad que intensifica la lucha por la existencia, precisamente cuando sería posible suprimirla, y conserva un innecesario trabajo alienado; una sociedad de movilización permanente y total de los hombres y de las fuerzas productivas para la eventualidad de la guerra de aniquilación total.

Esta movilización, como en la actual situación internacional es susceptible de aparecer como extremadamente racional, está obligada al mismo tiempo a reproducir el enemigo, el peligro y la misma movilización. El enemigo aparece incorporado a la economía y a la política y actúa así como potente factor de progreso técnico, de productividad y de integración creciente. Y esta movilización es total en la medida en que engloba todas las esferas de la existencia humana y todos los ámbitos de la sociedad. La cultura material y la intelectual, las esferas privadas y públicas, los sentimientos y la razón, la lengua y el pensamiento son adaptados a las exigencias del aparato y, en tanto que exigencias del aparato, se transforman en necesidades, modos de comportamiento y de expresión, aspiraciones de los individuos.

De esta forma la contradicción, el contraste, la negación son absorbidos, transformados en afirmación o rechazados, y este proceso de mala unificación y neutralización de los contrarios tiene lugar en todos los campos de la vida social: en el mundo del trabajo, en la cultura y en la moral social.

Aquí no me es posible desarrollar más que muy brevemente una sola de estas dimensiones: el proceso citado de la mala unificación de los contrarios, de la integración practicada en el mundo del trabajo. Elijo esta esfera porque, como es obvio, se trata del problema crucial para nosotros: ¿Hemos de ver en esta tendencia del último capitalismo una transformación estructural del mismo capitalismo, o nos encontramos ante modificaciones internas de la estructura bien conocida del sistema, que continúa desarrollándose sobre la misma base?

Mi hipótesis es que las tendencias estabilizadoras e integradoras proceden del fundamento mismo del sistema y que, por lo tanto, no constituyen únicamente fenómenos ideológicos o marginales.

Si nos detenemos un instante en considerar la posición de la teoría marxista ante esta decisiva transformación, la primera cosa que debemos admitir es que las explicaciones tradicionales han dejado de ser suficientes para explicar todo lo que está sucediendo en la sociedad industrial altamente desarrollada. La teoría de la aristocracia obrera, por citar un ejemplo, tal como fue clásicamente desarrollada por Lenin, ya no basta para explicar las condiciones en las que es integrada no sólo una parte relativamente pequeña, una minoría de la clase obrera, sino, como por ejemplo ya se puede decir hoy de los Estados Unidos, la gran mayoría de los obreros organizados. Ya no se trata sólo del contraste entre los bonzos, la burocracia y la base (pese a que esa diferencia aún subsista como en el pasado). Lo que sucede más bien es que el creciente nivel de vida y los cambios que han tenido lugar en el proceso de trabajo han transformado a la mayor parte de los obreros organizados en lo que Lenin todavía podía llamar una minoría, la aristocracia obrera.

Deseo citar un ejemplo que se refiere a hechos muy recientes: en la sociología burguesa norteamericana (no en la marxista) se habla de una nueva solidaridad de la clase obrera, la solidaridad entre los obreros organizados que tienen empleo y una relativa seguridad a los que no tienen empleo, ni siquiera probabilidad de encontrar uno en un plazo de tiempo previsible. Se diría que se trata de una división en el seno de la clase obrera que transforma la casi totalidad de los obreros organizados en aristocracia obrera. Entre estos obreros se está produciendo una nueva diferenciación. Según estadísticas recientes, el desempleo entre los que tienen un diploma o un título de calificación va en disminución constante: el crecimiento del paro se produce entre aquellos que no poseen una instrucción de grado superior. Así pues parece que la teoría de la aristocracia obrera, admitiendo que siga siendo válida, requiere ser formulada de nuevo por lo que se refiere al último capitalismo.

La teoría marxista del capitalismo monopolista de Estado describe con mucha mayor precisión la realidad de las cosas. Se trata de una teoría que va más allá que la de la aristocracia obrera, en cuanto admite que la competencia monopolista organizada hace posible una extracción privilegiada de la plusvalía y de los beneficios, la cual permite a su vez que la gran industria organizada en sentido monopolista sea capaz de pagar salarios reales más elevados, y no sólo durante períodos cortos sino también durante largos períodos. Pero esta teoría del capitalismo monopolista aparece generalmente confundida con la del imperialismo clásico, según la cual los monopolios, más pronto o más tarde, pese a los vínculos establecidos entre ellos y a su complicidad internacional, se ven empujados a abiertas contradicciones de tipo imperialista, y que sus conflictos periódicos, e incluso guerras entre potencias imperialistas, terminan por aniquilar la prosperidad de los períodos intermedios. Me parece que hay que objetar a esta teoría que la forma clásica del imperialismo ha dejado de existir. No se trata de que ya no exista imperialismo. Su forma más fuerte parece ser el neocolonialismo, gracias al cual, sin conflictos militares entre las potencias imperialistas, tiene lugar un nuevo reparto del mundo. Es evidente que existen muchas contradicciones entre las potencias imperialistas (me parece innecesario explicar esto en detalle) pero no es previsible que estas contradicciones lleven en el futuro a motivar guerras entre los países capitalistas. Este es uno de los puntos en los que la coexistencia revela hasta qué punto es decisiva su importancia para la estabilización del capitalismo. Hasta cierto punto se puede decir, sin ningún cinismo, que el comunismo [China y la U.R.S.S] se ha convertido en realidad (aún falta por determinar en qué sentido) en el médico de cabecera del capitalismo. Sin el comunismo no se podría explicar la unificación económica y política del mundo capitalista, una unificación en la cual parece más o menos tomar cuerpo el viejo espectro marxista del Trust general. Hay que añadir que esta integración del mundo capitalista no es algo superficial sino que se apoya sobre una base económica extraordinariamente real.

Los efectos de esta disminución del potencial revolucionario en el mundo capitalista son evidentes. En los Estados Unidos la oposición realmente de izquierda se encuentra restringida a grupos reducidos e impotentes. La política de los grandes sindicatos es la de la cooperación política y no es raro encontrar sociólogos marxistas que discurren sobre la “colusión” entre capital y trabajo. El Center for the Study of Democratic Institutions publica excelentes estudios sobre estos problemas. En un estudio sobre la industria automovilística se comprueba que el sindicato se está convirtiendo, ante sus propios ojos, en algo que ya no se puede distinguir de la empresa. Así por ejemplo ya se ha convertido en cosa normal que una delegación del sindicato y una de la dirección de la empresa hagan juntas el viaje a Washington a fin de ejercer presiones unitarias para que las viejas fábricas de armas prosigan su actividad o para que sean construidas otras análogas en las cercanías… Y no se crea que este tipo de lobbying constituye una excepción.

No queremos ocultar que existe una oposición sindical; es cierto que existe, pero es débil y la amplia mayoría que se encuentra en el poder hace precisamente la política que acabamos de describir. Para hacerse una idea de hasta qué punto la situación es grave, bastará recordar que recientemente los obreros portuarios de la costa atlántica se han negado a cargar el grano que el Departamento de Estado había autorizado vender a la isla de Cuba.

Quisiera ahora explicar brevemente de qué forma esta estabilización de los contrarios, esta integración, se extiende y desarrolla en la esfera de la producción misma. En realidad la observación de sus móviles y factores en esta esfera es lo que hace posible afirmar que se trata de algo más que una modificación superficial, que de lo que trata es de un cambio de la misma estructura. La integración en el mundo del trabajo se realiza en primer lugar a través de la creciente transformación de la capacidad física en habilidad técnica y psicofísica. Esta transformación de la energía física en energía psíquica está hoy organizada por el sistema de aceleración de las cadencias, a causa de lo cual resulta quizá más inhumana que el duro y pesado trabajo físico de otros tiempos. Pero en la medida en que progresa la automatización, estos restos del sistema menos reciente pueden ser eliminados, y en todo caso puede ser liquidado el carácter extremadamente inhumano de este trabajo tecnificado. El sistema represivo que reina en el trabajo semi-automatizado aísla al obrero y a los equipos de trabajo entre sí. La mecanización creciente supone un aislamiento progresivo entre los obreros de la fábrica, lo cual facilita su integración en el sistema, su despolitización. Evolución que no impide en absoluto que al mismo tiempo se desarrolle una solidaridad creciente en el interior de cada uno de los equipos de trabajo.

El cambio que se está realizando en las formas de trabajo, que se orienta cada vez más en el sentido de la automatización, hace que el obrero actual sea más pasivo que antes, que sea cada vez más reactivo que activo. Ahí tocamos, a mi juicio, uno de los factores decisivos de la evolución en relación con el concepto marxista de medios de producción. La máquina en la industria semi-automatizada, y aún más en la automatizada, ha dejado de ser un medio de producción en el viejo sentido de la palabra, es decir que ha dejado de ser un medio de producción en las manos del obrero o del grupo de obreros. La máquina se ha convertido en el elemento de todo un sistema organizativo que determina los modos de comportamiento de los obreros no sólo en el interior de la fábrica, sino también fuera de ella, en todos los ámbitos de la existencia. La movilización de la energía técnico-psíquica, más que la de la simplemente física, está asimilando el trabajo en el proceso productivo material al trabajo de los empleados de oficina, de banca, de la industria publicitaria.

El obrero pierde su autonomía profesional, su posición peculiar; junto con las otras clases sociales al servicio del aparato, resulta insertado al aparato, subordinado al mismo, y —en tanto que tal— participa simultáneamente como objeto y como sujeto en la función general administrativa y represiva. Esta asimilación de obreros y empleados resulta evidente ante las estadísticas, según las cuales, en los Estados Unidos, por primera vez, el número de trabajadores que no participan en la producción es mayor que el de los que están ocupados en la misma, y la tendencia evoluciona constantemente en esta dirección. La consecuencia es el debilitamiento de los sindicatos, la despolitización de los obreros. (Los empleados, los White Collar Workers, no se interesan generalmente por una organización efectiva, pese a las excepciones).

En el interior de este aparato determinado por las máquinas, pero ya no como medio de producción sino como sistema integral, el obrero vive actualmente en la rutina de una globalidad mecanizada que parece funcionar por sí misma y que lo arrastra e incorpora a este funcionamiento. Las máquinas y los comportamientos impuestos por las máquinas mueven, en el sentido literal de la palabra, al obrero, le transmiten su ritmo, y esto no sólo en lo referente a su comportamiento durante el trabajo, sino también durante el tiempo libre, en los días de fiesta, en la calle. Lo cual significa que en este nuevo ritmo procedente del trabajo mecanizado y automatizado, se moviliza incluso la mente, el psiquismo del obrero. Los sociólogos que han realizado encuestas en las fábricas se refieren a un sentimiento de instintiva satisfacción: to be in the swing of things. El obrero se encuentra directa y simplemente dominado por el ritmo de las formas de trabajo, inducido a experimentar una satisfacción que puede influir positivamente en su rendimiento productivo. Es cierto que aún no se trata de fenómenos de carácter general sino de tendencias, pero creo que estas tendencias, con los progresos de la automación, se van a ir intensificando en lugar de disminuir.

Me he referido a estas tendencias lo más brevemente que me ha sido posible, puesto que Serge Mallet que intervendrá después, además de conocer estas cuestiones mejor que yo, las expondrá más extensamente. Todos estos fenómenos indican que la integración de la oposición, la absorción del potencial revolucionario, no es sólo un fenómeno Superficial, sino que encuentra su fundamento material en el mismo proceso productivo, en el propio cambio del modo de producción.

Respecto al problema de en qué medida estas tendencias a la integración hayan podido transmitirse ya a los países europeos, me limitaré a alguna breve indicación por vía de hipótesis. Creo que está en marcha un debilitamiento tendencial de la oposición política, de la oposición obrera, incluso en los países industriales menos desarrollados. La misma política de los mayores partidos comunistas europeos, tanto en Francia como en Italia, es hoy, si se la compara con lo que fue en otros períodos, tendencialmente Socialdemócrata. Parece que en estos países los partidos comunistas, dado el gran cambio de las condiciones del capitalismo, se ven obligados a asumir la posición histórica de la socialdemocracia, con la no desdeñable diferencia de que a su izquierda hoy no aparece ninguna fuerza real. A lo cual hay que añadir el evidente embotamiento del arma de la huelga y la despolitización del movimiento en esos países.

Todo lo expuesto hasta ahora induce a plantear una pregunta insidiosa: ¿hasta qué punto las tendencias que he intentado resumir se encuentran no solo en el capitalismo desarrollado sino también en los países socialistas?. En otras palabras: si es cierto que estas tendencias proceden de la transformación técnica que ha tenido lugar en el proceso productivo, no podemos rehuir la consideración de que la técnica de la industrialización capitalista, la tecnología, ha sido apropiada por el socialismo. Se trata de saber si con la asunción de la base tecnológica han sido incorporadas otras cosas que no deseaba ni mucho menos incorporar. Este problema es una de las cuestiones más cruciales: la cuestión de una asimilación gradual de los dos sistemas. Muchas ideas que encontramos en Marx se refieren – y precisamente por ser marxistas esto debemos decirlo sin ninguna reticencia- a un momento de la productividad históricamente superado. Marx no se imaginó la sociedad tecnológica evolucionada. No podía imaginar todo lo que el capitalismo es capaz de hacer sobre esta plataforma tecnológica y en la situación de la coexistencia, aunque no fuese más que como valorización del proceso técnico. Estrechamente ligado con esto está toda la problemática de la concepción marxista de la relación entre libertad y necesidad. Es bien conocida la concepción según la cual el mundo del trabajo no puede dejar de ser el reino de la necesidad, incluso en el socialismo, mientras el reino de la libertad puede desarrollarse únicamente fuera y por encima del reino de la necesidad. Creo que deberíamos discutir si en la sociedad industrial de alto desarrollo esta concepción posee todavía un valor general.

Probablemente este es el punto más crucial de toda la cuestión: todos estimamos los conceptos de plena realización de cada uno, de libre desarrollo de las capacidades individuales, todos estamos interesados en la eliminación de la alienación, pero hoy debemos preguntamos: ¿Qué sentido tiene esto actualmente? ¿Qué sentido tiene, si en la sociedad tecnológica de masas el tiempo de trabajo, el tiempo de trabajo socialmente necesario se reduce al mínimo y el tiempo libre casi llega a alcanzar las proporciones de tiempo pleno? ¿Qué hacer entonces? Si seguimos aceptando expresiones venerandas como “trabajo creador” y “desarrollo creador” no llegaremos a ninguna parte. ¿Qué sentido tiene hoy este viejo planteamiento? ¿Significa que todo el mundo se dedicará a la pesca o a la caza, que todos escribirán poesías, se dedicarán a la pintura, etc.? Sé muy bien que es facilísimo ridiculizar estas cosas y si en este momento me expreso de una forma provocadora es precisamente porque para mí se trata de uno de los problemas más serios del marxismo y del socialismo, y creo que no sólo de ellos. Pienso que debemos lograr concreción sobre este punto y no limitarnos a seguir discurriendo sobre auto-desarrollo del individuo y sobre trabajo no alienado, debemos planteamos la pregunta: ¿Qué sentido tiene esto actualmente? Porque sucede que la progresiva reducción del trabajo necesario no es ninguna utopía sino una posibilidad muy real.

La segunda cuestión, con la que quisiera terminar, es quizá aún más delicada. ¿Cuál es hoy el sujeto de la revolución? Si se ha producido el proceso al que me he referido antes, es decir: si la tendencia a la integración de la clase obrera en los países de elevadísima industrialización es una realidad y seguirá progresando en el futuro, ¿hasta qué punto en los países de capitalismo desarrollado podemos seguir considerando a la clase obrera como sujeto histórico de la revolución? A este propósito debemos volver a uno de los conceptos marxistas que ha sido subestimado por la interpretación humanísta de Marx. Según Marx la clase obrera se convierte en único sujeto histórico de la revolución precisamente porque representa la negación absoluta de lo existente, y si deja de serlo, la diferencia cualitativa entre esta clase y las otras y con ello su capacidad y calificación para dar vida a una sociedad cualitativamente diferente también dejan de existir. Si continúa el proceso de estabilización, incluso desaparece la necesidad de un cambio cualitativo. Debemos preguntarnos si es posible reinterpretar o en general eliminar directamente el concepto marxista de pauperización.

Ya sé que Marx y también Engels y todo el marxismo posterior han repetido que la pauperización no es la condición necesaria del desarrollo revolucionario, que quizá los sectores más evolucionados de la clase obrera, que son también los materialmente privilegiados, pueden ser el sujeto de la revolución. Hoy es necesario reexaminar esta interpretación. Lo cual significa que debemos planteamos el problema de si es posible una revolución en donde la necesidad vital de una revolución ha dejado de existir. En realidad, la necesidad vital de la revolución es algo muy diferente de las necesidades vitales de mejoramiento en las condiciones de trabajo, de disponer de mayor cantidad de bienes, de tiempo libre, de libertad y de satisfacción dentro de las estructuras existentes. ¿Por qué la transformación de lo existente tiene que ser una necesidad vital para los sujetos que dentro de lo existente tienen o pueden llegar a tener casa propia, automóvil, televisor y vestido y comida en cantidad suficiente?

Creo que no será necesario que me excuse por haber presentado un análisis tan pesimista. Pienso que precisamente por encontramos en esta situación y para todo el que tome en serio el socialismo, es necesario aceptar un imperativo: el marxista no debe engañarse con ninguna ilusión no mistificación. No sería la primera vez en la historia que no existen condiciones para identificar el sujeto, el sujeto concreto de la revolución. Ya se han dado otras situaciones en las cuales este sujeto se encontraba en estado latente. Lo cual no contradice al marxismo. Los conceptos que Marx elaboró no deben ser abandonados, deben ser desarrollados, y por otra parte esta elaboración ulterior es lo que exigen los mismos conceptos fundamentales. Por eso podemos y debemos ser pesimistas cuando no es posible otra cosa. Porque solo sobre esta base seremos capaces de realizar un análisis liberado de toda mistificación. que no transformé al marxismo de teoría crítica en ideología.

(Respuestas de Herbert Marcuse en la discusión posterior a su intervención).

1. No he negado qué existan conflictos en la sociedad capitalista, y sé muy bien que en Francia son más agudos que en los Estados Unidos. Existe ciertamente un conflicto entre el sector estatal y el sector privado, como ya ha sucedido antes en la historia del capitalismo. Pero no creo que se trate de un conflicto explosivo capaz de llevar a la liquidación del capitalismo. En cambio he señalado como contradicción central del actual capitalismo la que se deriva de las tendencias hacia la automatización. Es decir que el sistema tiende por una parte hacia la automatización, y por otra no puede permitirse una plena realización de la automatización por que ello significaría la destrucción de las instituciones existentes. Esta es la contradicción decisiva, la contradicción que indica la posibilidad de una revolución en la sociedad capitalista. Como ha sido dicho, no se trata de algo que pueda ponerse al orden para hoy o para mañana; se trata de un proceso largo que a su vez depende en gran parte del desarrollo de la coexistencia entre capitalismo y socialismo, por ejemplo de sí el socialismo o el comunismo permitirán al capitalismo que continúe procediendo por etapas a la automatización, es decir manteniéndola dentro de los límites tolerables para el sistema, o bien si el desarrollo económico y cultural de los países comunistas será hasta tal punto progresivo que obligue al capitalismo a proceder también a una automatización cada vez más intensiva y extensiva, para no quedarse atrás en esta competencia global.

2. No he dicho que la técnica sea el factor principal que determina la situación. He hablado de la técnica como sistema de dominio; lo cual significa que el progreso técnico y la tecnología están organizados de una manera específica y que precisamente este modo de organización de la técnica garantiza en gran parte la cohesión del sistema existente. Soy el último en negar que la técnica pueda ser utilizada sobre otra base organizativa, al contrario, precisamente yo creo que esto va a ser tarea decisiva del socialismo. El socialismo no se limita a aprovechar la tecnología capitalista sino que crea su propia tecnología en el sentido más concreto.

3. Creo, sin embargo, que hoy en los países industrialmente avanzados casi la totalidad de la población se ha convertido en objeto, y que cabe la posibilidad de que este objeto, se convierta en sujeto de la revolución. En este caso se trataría de la revolución total, llevada a cabo ya no por una sola clase, sino por toda la sociedad de los administrados y de los oprimidos, con la excepción de una capa dominante cada vez más reducida. Pero también en este caso hay que evitar hacer un uso ideológico de estos conceptos. Evidentemente la explotación no disminuye por el hecho de que los trabajadores estén en una situación mejor, pero no puedo aceptar que sea indiferente el que el obrero tenga o no una casa, un automóvil y un televisor. Si se llega a este punto, se acaba, verdaderamente por liquidar la base del materialismo y no sólo la de la dialéctica.

Si yo dijese a un obrero sindicado norteamericano: “Eres terriblemente explotado no menos que antes; el que tengas una casa y un automóvil, que puedas permitirte hacer un viaje a Europa y todo lo demás, no hace cambiar en nada la cuestión de la apropiación y del reparto privado de la plusvalía”, quizá me escucharía con interés pero no sacaría ninguna consecuencia. Como máximo preguntaría: “Entonces, a causa de este concepto de la explotación, ¿debería destruir un sistema que me da el automóvil y la casa? “. También en este caso debemos evitar que los conceptos marxistas se esclerosen en ideología, debemos confrontarlos con la realidad.

4. Nunca he dicho “no hay nada que hacer”; y además, desgraciadamente, no podía en esta intervención profundizar en el problema del ¿Qué hacer?; Hay grupos con los cuales los marxistas pueden y deben trabajar. Estos grupos no se encuentran exclusivamente y menos aún preponderantemente entre los trabajadores. Por ejemplo, en los Estados Unidos existen grupos que podrían llamarse humanistas, formados por intelectuales que no se limitan a sentarse en su mesa de trabajo o en sus cátedras, sino que ahora mismo sacrifican su vida en los Estados del Sur, luchan por la extensión de los derechos burgueses a los negros, por la concesión de los más elementales derechos civiles a los mismos. No hay que subestimar hoy de ninguna manera el papel que juegan los intelectuales, y este humanismo combativo también existe en otras capas.

Trabajar con estos grupos, reforzar y ampliar su conciencia, es algo que verdaderamente va más allá de la teoría y refuerza al mismo tiempo el ámbito de la praxis. También es conocido el papel ya hoy revolucionario que juegan los estudiantes en países como Corea del Sur, Vietnam y otros: no se puede seguir ignorando tan fácilmente el papel de los intelectuales como ha hecho el marxismo en el pasado.

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