CLARISA ROSA LEA PLACE In Memoriam

CLARISA LEA PLACE en pdf

Clarisa“… Nuestra generación, especialmente las mujeres, dimos un paso gigantesco al romper los sueños de clase media en los que nos habían formado. Abrimos las puertas a un mundo de empuje, participación, criterios propios y quebrantamiento de esquemas. Nos desconocimos en nuestras madres criadas para mantener el status quo. Desdichadamente, la mayoría de hombres continuaron siendo un fiel reflejo de sus abuelos. Hasta copiaron elementos históricos de los héroes de la primera independencia para volcarlos a la vida cotidiana, sin incorporar elementos imprescindibles de modernidad.” (…)

[Pola \ Yolanda \ Paula] En la secundaria había tenido contactos esporádicos con la única organización de izquierda que existía en la zona sur de la provincia de Tucumán: el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Aunque al llegar a Córdoba conoció una cordobesa, quien la fue introduciendo en un grupo de aquellos bien electrizantes, trotskista, pequeño pero movedizo, de principios políticos rígidos, que no consideraba la lucha armada como vía para la toma del poder. A pesar de ello, en las manifestaciones estudiantiles, Paula prefería colocarse al lado de la gente del PRT. Así conoció a Rodrigo. Tiempo después, al Gringo Mena, al encontrase nuevamente con ella en Córdoba ya militando con ellos, le dijo: “Sabía que terminarías con nosotros”.

Estableció contactos apenas ingresó a la facultad en Tucumán; cursaba el primer año de derecho. Consiguió la primera cita” (…)

“A los pocos meses, en su provincia, vio a Clarisa avanzando por el patio de la Facultad de Derecho, patio de miles de pisadas dulces, cálidas y eternas. Su figura, que se dibujaba a contraluz, daba a sus cabellos un brillo diferente, como un aura, ésa que dicen que tienen las personas de acuerdo a su estado de ánimo. Cuando estuvo cerca, Paula percibió que le cubría el rostro una ansiedad diferente que la asustó. Sus labios parecían jugar al oficio mudo en los indeseados instantes que utilizan las palabras para decir algo terrible. Anhelaba que no hablara. Las palabras demoraban espacios prolongados entre sílaba y sílaba, como no queriendo unirse: “Lo ma…ta…ron”. No preguntó, no podía hacerlo; en los ojos francos y brillantes de Clarisa, a causa del charquito de agüita salada que se escurría hacia sus mejillas, pudo leer todo. Se imaginó a Rodrigo corriendo en alguna calle de Córdoba, con algún arma en su mano, con algún hermano a su lado, dibujando su heroísmo y ternura ante las bestias repugnantes.” (…)

“…como en una nebulosa, sin poder precisar detalles, se vio sentada junto a Clarisa y otras personas, entre las que se encontraba Santucho. Luego, se vio despidiéndose en la puerta y alejándose por una calle de tierra, mientras conversaba con la que fue su responsable y gran amiga.(…) recordaba su pequeña y enérgica figura, sus ojos grises que ponían a temblar a cualquiera. Los contrastes permanentes de su humor eran difíciles de entender a cualquiera. Con el tiempo aprendió que gran parte de las mujeres, para ser reconocidas y respetadas, debían camuflar maravillosos sentimientos propios de su naturaleza femenina, que la gran mayoría de hombres eran incapaces de comprender y valorar.

A Clarisa, las relaciones dentro del partido le imponían ser maestra en eso, especialmente, porque se atrevió a ser una líder y además, amar a Santucho. La porción de mujer abnegada, esposa, madre, era potestad de Sayo, la esposa del Comandante. Clarisa, trabajadora incansable, luchadora constante, una de las primeras mujeres que, en la organización, llegó a ser reconocida como dirigente sin ser la mujer de alguien, debía, obligatoriamente, ser un ejemplo de la llamada proletarización.” (…)

“Clarisa fue su primera responsable. En la reunión de iniciación la rebautizó. Estudiaban en la misma facultad y decidieron vivir juntas en una pensión con lo mínimo para sobrevivir. Ambas, con problemas de incomprensión familiar. Lo poco que tenían lo utilizaban para comprar aerosoles, marcadores y papel. La facultad permanecía empapelada en rojo y negro con las siglas TAR (Tendencia Antiimperialista y Revolucionaria), agrupación estudiantil del partido a fines de los sesenta. (…)

El término proletarización había sido interpretado y “traducido” por representantes de sectores sociales que no tenían mucha idea de lo que los obreros realmente sentían o pensaban. A los militantes, no provenientes de la clase obrera, se les imponía tratar de sentir y pensar como ellos. Era una prolongada misa donde debían lavar la culpa de haber nacido en cuna más cómoda y en la que solamente comulgaban aquellos que hubieran logrado imitar mejor alguna actitud ajena a su esencia; así echaban por la borda, paradójicamente, aquello de “la existencia determina la conciencia”. Máxima a la que hubiera sido oportuno agregar: la diversidad de la existencia puede enriquecer la conciencia hacia un objetivo común.

La relación entre ambas mujeres llegó a ser muy fuerte. Clarisa fue el patrón a seguir de Yolanda, especialmente en lo político. Creía en las personas que creían y eran consecuentes. Estaba convencida de que Clarisa era un ser especial, esto las llevó a una relación singular y una fuerte amistad. Paula, a pesar de la fortaleza de su responsable, constituyó un apoyo afectivo para ella. Clarisa detestaba quedarse sola, eso por momentos la desesperaba. En cambio Paula, desde niña paladeaba gustosamente la soledad. Cuando Clarisa hablaba sobre su situación familiar, se tomaban de la mano y sus ojos claros se llenaban de lágrimas. Sufría profundamente la ausencia materna.”

“Clarisa y Santucho habían iniciado una relación amorosa. Al conocerse, se produjo un escándalo de grandes proporciones en los círculos de militantes. Los miembros del Partido debían destacarse en cualquiera de las actividades que llevaran a cabo. La familia era sagrada. La mayoría de los dirigentes del norte poseían arraigadas raíces cristianas; si a esto se le agregaban los supuestos criterios de proletarización y se le sumaba el contenido autoritario con algunos elementos fascistas que la educación de cada uno de los argentinos de esa generación recibían, el marco para ese amor era excesivamente estrecho. Para muchos, el enamoramiento de Santucho significó una gran desilusión.

Paula ante el gran cariño que sentía por Clarisa, la admiración ciega por el jefe, el nunca haber sido fervientemente católica y sí claramente rebelde a las normas establecidas, observaba la relación como un cuento que se había hecho realidad. Para ella, lo natural, lo que debía ocurrir cuando dos seres como ellos se encontraban, estaba sucediendo. Paula fue una de las principales defensoras de esa relación, posiblemente la única.

Clarisa, ansiosa y decepcionada, le contaba sobre las presiones que ambos estaban sufriendo. Los sentaban en reuniones interminables a cuestionarlos; algo así como la Inquisición. Las dos amigas charlaban caminando por las arboladas calles de Tucumán y terminaban en carcajadas, cantando a los gritos canciones de la Guerra Civil Española. Si algún transeúnte, asombrado, se cruzaba con ellas, los gritos se convertían en alaridos, espantando al oyente. Lo llamaban la “pausa adolescente”.

Clarisa estaba segura de que él sabría pelear por ese amor. Paula, a veces, almorzaba con ellos y podía observar con deleite la faceta más tierna de ambos. En una ocasión fueron los tres acompañados de varios compañeros, quienes cuidaban la seguridad de Santucho, a un cine de barrio al aire libre, a ver “La batalla de Argel”. El Comandante disfrutó la película como un niño mirando dibujos animados.

Una tarde, Clarisa entró abruptamente al cuarto donde vivían. Se derrumbó en la cama mirando el techo. Una honda tristeza luchaba por apoderarse de su mirada pero sólo fugazmente lograba su cometido, porque la rabia, inmediatamente, la transformaba en látigo. Las palabras se le quebraban, un poco riendo, un poco llorando, como se ponía cuando estaba angustiada o nerviosa; nunca lloraba del todo, siempre reía a medias: “Es un maricón, me dejó, regresó con la Sayo”. Gran parte de la admiración que Paula sentía por él cayó a sus pies. Con el tiempo, ese episodio sería una nebulosa. En ese instante, el dolor de su amiga explotó dentro del cuarto y dificultó su respiración. La solidaridad femenina se les anudó en el alma. Clarisa sentía vergüenza por lo que le habían hecho pasar y la actitud del hombre que amaba: “Me trataron como a una prostituta”.

Le pidió que la acompañara. Se encontraría con él, hablarían por última vez de su relación. No quería estar sola. Cuando llegaron, Santucho ya estaba en la confitería. Paula se sentó en una mesa alejada, esperando a su amiga. En el rostro del hombre creyó percibir angustia y su profunda mirada parecía acariciar la figura de la mujer. Desgraciadamente, como a la mayoría de los hombres, el pretexto de las responsabilidades le sirvió de perfecto escudo. Unos años después, Clarisa y Sayo murieron juntas en Trelew como compañeras y hermanas. El Comandante logró huir, aunque su corazón, quebrado en dos partes, se convirtió en arena por un tiempo.

Pola Augier
“Los Jardines del cielo” (2008)
http://www.revistasudestada.com.ar

“…Clarisa y yo estudiábamos Derecho, vivíamos juntas en una pensión con lo mínimo para sobrevivir, y lo poco que teníamos lo gastábamos en aerosoles, marcadores y papel.

Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para estudiar marxismo y hacer carteles. Más tarde nos íbamos a clase. La facultad, empapelada con la sigla TAR (Tendencia Antiimperialista Revolucionaria) en rojo y negro, era una prueba de nuestro celo propagandístico.

Con una insistencia que los Testigos de Jehová hubieran envidiado, nos parábamos en las puertas de la aulas a vender el periódico. Creo que terminaban comprándonos por cansancio, y finalmente comenzaron a respetar a estas dos muchachas que hablaban de la lucha armada.

Los días de pintadas salíamos a las cuatro. No había mucho riesgo y a mi me gustaba mucho. A eso de las seis de la mañana esperábamos que abrieran las panaderías para comer pan calentito.

…Ya en Tucumán supe que estaba designada a una práctica en el monte, dirigida por el Comandante… Clarisa, otra compañera y yo éramos las únicas mujeres de la partida .

… Nos disponíamos a acampar cuando comenzó a llover. Junto con las hamacas nos entregaron unos plásticos que, colocados sobre una soga, caían formando un techo a dos aguas para no mojarse… cuando uno tiene práctica y lo arma bien .

… El agua helada parecía correr directamente por mis huesos. Creo que esa noche aprendí para siempre, lo que es sentir frío. A las cuatro de la mañana apareció Clarisa, envuelta en una frazada, a despertarme por que me tocaba la guardia.

-Estoy toda mojada- le dije.

-Yo también -me contestó. Puso la mano en mi hamaca y agregó:

“¡Acá hay más agua que afuera!”

Corrió a su mochila y volvió con un par de medias secas y una camiseta. Reconfortada por la tibieza de esa ropa y la ternura de Clarisa, fui a mi puesto de guardia.”

Fragmentos de la carta de Pola Augier, para el libro Mujeres Guerrilleras, (1996)

Clarisa-Nota-Gente“… Se cumplía la huelga de hambre de todos los prisioneros políticos del país, en junio de 1972, para conseguir la liquidación del buque-cárcel Granaderos. Clarisa recibió una visita en el locutorio, de un abogado o un familiar. La visita comió un sándwich. En el plato quedaron unos restos de queso y pan. Mientras conversaban, Clarisa, distraídamente, se fue comiendo esos restos.

Cuando volvió al Pabellón cayó en la cuenta de lo que había hecho y lo planteó en la reunión de su equipo, proponiendo que se le aplicara una sanción. Las demás compañeras se negaron en principio, alegando que había comido muy poco, menos que un bocado y que lo había hecho distraída. Clarisa discutió, afirmando que un revolucionario debe ser siempre consciente de sus actos y que no debe cometer faltas, aunque sean muy pequeñas. Finalmente consiguió que se le aplicara la sanción propuesta por ella misma, consistente en no comer en la primera comida que se hizo al terminar la huelga de hambre.

En otra oportunidad, cuando militaba en su Tucumán de origen, durante una práctica militar realizaron una marcha por el monte. Sólo al finalizar la marcha los compañeros descubrieron que Clarisa tenía completamente rotas las zapatillas y que había hecho buena parte de la marcha prácticamente descalza, destrozando sus propios pies.

En estas anécdotas, Clarisa queda vivamente retratada. Se exigía al máximo, entregándolo todo a la revolución, sin la menor concesión a su propia persona. Y con la misma severidad que se trataba a si misma trataba a los demás compañeros. Eso le valió algunos roces con los que no la conocían bien. Pero cuando se llegaba a conocer a Clarisa, uno no podía menos que quererla, que apreciar todo el inmenso tesoro de ternura que había en ella.

Porque tras su exterior un poco seco y severo había efectivamente una gran ternura, de aquella ternura que pedía el Che, la que no se ejerce en un nivel cotidiano, sino que se ejerce a nivel de todos los niños, no amando a un hombre y a un niño, sino a todos los hombres y todos los niños, luchando por un futuro luminoso para todos ellos, entregando la vida por todos ellos.”

Semblanza aparecida en Estrella Roja N° 23 del 15/8/1973

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