LA PAMPA por José Martí

 en pdf Aquí:  LA PAMPA José Martí. 1890

Artículo publicado en El Sudamericano
Buenos. Aires. 20 de mayo de 1890.

Patagonia Norte 1867Mapa de la Patagonia.1867

El gaucho viene, a caballo tendido, por la llanura, mirando atrás de sí, como quien desconfía. Su caballo batallador, enhiestas las orejas y vigilantes los ojos, saca del pecho membrudo, en un arranque de galope, las manos de cañas afiladas. El poncho, cogido sobre la arzonera, flota al aire, dorado y azul. El gaucho es de los que nacen a horcajadas; con la rodilla guía a su compañero, más que con la rienda; trae calzones azules y camisa blanca; al cuello lleva un pañuelo rojo; el sombrerete de ala floja va bien sujeto, por el barboquejo, a la cara lampiña. Ésa es la portada del libro argentino que ha publicado en París el francés Alfredo Abelot, con el nombre de «La Pampa».

No es libro vergonzante, impreso en papel turbio, con láminas prerrafaelistas; sino de lo más rico que sale de las prensas, con páginas que convidan a leer y dibujos blandos y delicados, donde se ve, en su ternura y ferocidad, la vida de la pampa, de la planicie imponente y melancólica, coronada al Norte por la palma moriche y frondosa higuera del Brasil y la calzada al Sur por los montes tétricos de la Patagonia. Allí la vida intensa bajo el techo del cielo, con el recado por montura y posada y el horizonte sin más ondulaciones que las del lomo dé los avestruces. Allí la pulpería, el club del desierto, con sus velorios y sus rimas, sus cameros y sus cantos, su ginebra y su conversación, su alboroto y su comercio. Allí, en los yerbales profundos, la «boleada», la caza a caballo, con el arma de las bolas; el «baqueo», siguiendo la pista del indio temible por la piedra y el agua; la pelea de la «partida» de soldados y el gaucho malo, el gaucho alzado contra la justicia, que se corre a ellos, se quita de encima las balas a punta de cuchillo. Allí el indio jinete, que cría a sus hijos para el exterminio del blanco invasor, y la tropilla que le rinde la vida y la hacienda, o lo echa sobre sus «toldos» a balazos. Allí, expirando ya a los pies de la locomotora, la vida primitiva y la época.

En setecientas leguas de soledad, a las puertas de las ciudades universitarias, viven aún, con la tradición confusa de lo indio y lo español, una casta natural y fiera, nacida de los castillos y la indiada, hecha al caballo y a la sangre, que bajó lanza en cuja, a la población, a desmontar de sus cátedras al «cajetilla», que, con el agrimensor y el botavacas, la ha vencido. «La Cautiva», de Esteban Echeverría, y el «Celiar», de Magariños Cervantes, cuentan en verso la vida de aquellos centauros, los ataques de la «china» y el «payador» a la grupa del potro, las muertes que deben aquellos caballeros del cuchillo, de alma leonina y de apostura real. Rafael Obligado la cuenta en sus versos de colores. La cantó el gran Sarmiento en su «Civilización y Barbarie», libro de fundador, donde se narran los combates de Aldao, el fraile terrible, y del «tigre» Facundo Quiroga. Ahora Abelot pinta la pampa que se va, el último velorio, la última pulpería, el último gaucho alzado, poncho al brazo y hoja al sol; el mate bebido al alba en cuclillas, antes de ir a la carrera, de juntar la caballada de la tropa, de arrancar, en sus bestias amigas, a la boleada palpitante. «Pampa» es el caballo que el tigre mismo no logra acobardar; .«pampa» es el perro que de una dentellada le quiebra el muslo en la pluma al avestruz; la india vanidosa, al mes de verse en la finura de las ciudades, con collar de cuentas y pañolón carmesí, no quiere ser «pampa»; «¡luluhuú!» grita desnudo en su caballo, arremetiendo sobre los guanacos, con las bolas al vuelo por encima de la cabeza, el indio de la «pampa». Allí está el poema donde el hombre alborea, como en las edades vírgenes; mata a fuerza de brazo al león que le niega su morada; copia en la piel, a punta de puñal, los árboles, los combates y las nubes; canta de noche, al son de las estrellas, el triste y el cielito; marca de un tajo la cara del que le ofende o le disputa el puesto, y cae de rodillas ante la civilización, roto el jarrete por la reja del arado. ¿A qué leer a Hornero en griego, cuando anda vivo, con la guitarra al hombro, por el desierto americano?

«La Pampa»,- de Abelot, no es libro macizo, como pudo ser, sin más que poner con arte lo saliente y propio de aquella vida natural, de modo que se enseñara de por sí, y sin apuntador, y que el carácter del hombre naciese de la naturaleza que lo rodea y educa. El apuntador molesta en los libros, como en el teatro. Lo que se vio es lo que importa, y no quién lo vio. El desinterés del autor es, en la composición de un libro, esencial al arte. Es como cuando sale a la escena en el teatro chino, en medio de los príncipes de tisú y de los generales alados, el tramoyista de chanclos y blusa que en pleno baile de ira, o esgrima de batalla, entra y sale por entre los actores con sus decoraciones ambulantes. Peca este libro sincero de «La Pampa», en que el autor mezcla sus opiniones, aprendidas y prehechas, con las que dan las cosas de suyo, que es lo que el lector busca en los libros. Porque éstos son los tiempos de pensar por sí, sin perifollos de frase ni dilaciones inútiles, y lo que el que lee quiere y necesita son hechos en que fundar su juicio; por lo que le impacientan con razón, por satisfechos e intrusos, los juicios de otro. Hay libros de mero discurso y opinión personal, que cae, de lo vacía, cuando no está bien fundada, y tienen su encanto en el arte con que el autor hace que sus razones opinen por él y comienzan y llevan al lector adonde con la verdad se le desea llevar, sin ofenderle la vista con la pompa rudimentaria, ni el albedrío con los pareceres dogmáticos. Lo que se quiere es saber lo que enseña la vida, y. enoja que no nos dejen ver la vida como es, sino con estos o aquellos espejuelos. Con tanto como se escribe, está aún en sus primeros pañales la literatura servicial y fuerte.

Es cierto que en «La Pampa» va el autor como contando a modo de testigo lo que vio, y lo cuenta con soltura y hombría, y aquel espíritu de la naturaleza que a todos nos hace uno, según el verso inglés; pero lo que describe es tan vivo e interesante, tan ruidosa aquella «galera» de cadenas en que vienen revueltos hacendados, mozas y criminales; tan ceñida la carrera de los caballos perspicaces a la puerta del vasco pulpero; tan segura la nariz del rastreador que va levantando la pista del fiero Gato Moro; tan deslumbrante, con el sol en la lejanía y el ánimo del mate en las venas, la boleada de donde vuelve el cazador con el avestruz a la arzonera o la piel chorreando a los ijares; tan pintoresca y nueva la pelea en que el que quiere lanza para pelear se la quita al enemigo con el lazo de las bolas, que no está bien en su traje de biblioteca el caballero francés cuando sujeta los caballos humeantes, con su jinete de camisola y «vincha» a la cabeza, como los corredores griegos, para poner en la llanura abierta las novelarías de la metafísica de ahora, o se quita de la boca la bombilla de plata del mate cimarrón, del «matecito» sin azúcar, para el pecado artístico y filosófico de encinchar con Darwins y Haeckels la vida libre, que se ha de estudiar con un juicio tan libre como ella. ¡No se sale de un papado para entrar en otro!

Donde pudo y debió ver los lances heroicos de la sociedad inicial, el combate primario del hombre y de la fiera, la tristeza asidua y gozos violentos de la vida nómada, la reducción de los lanceros desamparados al capitán cauto y hercúleo, la disputa de las tribus pujantes y naturales con la ciudad literaria y leguleya, y la victoria súbita y feliz de la cultura, bella y útil, sobre la barbarie deslumbrada, ve persistencias, y desviaciones y selecciones, y atavismo. Lleva teoría, que es como llevar venda. No ve más que barbarie primitiva y necesidad feroz de sangre en el indio descendiente de generaciones oteadas y acuchilladas por el blanco, que congrega a su prole, frente al cautivo blanco atado, a que con sus manos indias cumpla la justicia que manda cumplir la tierra de sus padres, manchada por el invasor. A crudeza animal, e insistencia de la fiera en la composición humana, atribuye la familiaridad, que le parece gusto, del gaucho con la sangre, sin notar que ésta es consecuencia de la vida carnicera del gaucho, que se ve, en las comunidades civilizadas, en los mataderos de reses, casado con el cuchillo; y que el valor es una nobleza a que busca salida el hombre, siempre amigo de lucir la habilidad y la bravura; colorada es la sangre del hombre, como la del toro; al toro, que no ofende, se le mata, y no se ha de matar al que ofende la vanidad y el puntillo salvaje? Por teorizante, cae en errores; como el de decir que mientras más se acerca el estado primitivo del hombre, «más se le ve el furor del juego y de la embriaguez»; y el juego, que no es más que la forma violenta e inculta de la esperanza, e impera en las civilizaciones de plastrón y claque, se le antoja salto atrás, según la teoría naturalista, y reaparición periódica del hombre bárbaro.

La atracción del abismo, el vértigo de la mar y las alturas, la tendencia constante del hombre a entrar en lo absoluto, a salir de sí y esparcirse, la juzga, por la ceguera de las reglas escolásticas, retorno a la celebración caótica primitiva. Con ver el mundo, graduado y en cada grado idéntico, cualquiera que sea la época de la graduación, salvo las modificaciones de lugar y ambiente, hay filosofía magna e infalible para entender cada trance social, y gozar con verlo, sin entristecerse, como nuestro francés, porque se acaban los carnavales aldeanos de la Buenos Aires de Otroza, cuando damas y caballeros peleaban a agua brutal, a no ser que estas mudanzas no sean por cosa nacida del país, que es lo que nutre y persiste, que a la larga dejan a los pueblos sin la persona propia, y crecida en sí, que es su sal y levadura. ¿A qué buscar en particularidades locales lo que es de la naturaleza común de cuantos pueblos empiezan a vivir? Tiene el gaucho argentino velorios, como el canario campesino y el vulgo irlandés. En la pampa visten de fiesta al muertecito, con sus vestidos mejores, y en Colombia le ponen zapatos dorados, porque es de espinas el camino del cielo, y no quiere la madre, ¡no quiere!, «que se le entunen» al hijo los pies. Batea su carne el cazador pampero, lo mismo que el indio del Norte. Sin ley vive el gaucho de Choel Choel, y el vaquero yanqui vive sin ley. En cuanto «se carga» de ginebra en la pulpería, sale el gaucho a flor de aire, a llamar a pistoletazos a quien le saque el pie en valor, y el minero de Colorado hace bailar a balazos en los pies, al petimetre de la ciudad, lo mismo que el gaucho al «cajetilla», en cuanto le aloca la sangre el whisky. El gaucho malo llega a contar sus muertes como honor; y el llanero de Upata, allá en Venezuela, le decía al maestro: «Señor maestro, me gusta dar una puñalá por detrás, pa oír el pujío» El que sabe de árabes errantes e indóciles, sabe de gauchos. Y la torre de los fortines del desierto, ¿no es la torre de las tribus africanas? El hombre es uno, y el orden y la entidad son las leyes sanas e irrefutables de la naturaleza.

Pero esta desventaja de la prevención, que tanto daña cuando viene de la pasión por la ciencia como de la ignorancia de ella, resulta menos en el. autor de «La Pampa», por ser a las claras un hombre bueno, que es la primera condición para ser inteligente de veras; y se ve que el corazón sincero le manda querer lo que la teoría tacha de animalidad por ingenua: la pulpería, él «la quiere». Los gauchos, a la verdad, «son gentes buenas cuando se sabe por dónde tomarlos». El Gato Moro juró guerra a los jueces de paz, y mató cinco de una función de cuchillo; pero los jueces de paz le quitaron al Gato Moro su caballo querido, «su crédito», o su recado de plata, o su «china» amorosa. Se va el gaucho con la vida nueva, y él «siente que se vaya». Quién se le apegará por simpatía en la jornada contra el indio sagaz, y le colgará del arzón, sin que lo note, el pañuelo, con toda la yerba mate que le queda? ¿Quién, con el mismo cuchillo que remató en la disputa a un «delicado», le quitará al tigre caliente la piel, y se la regalará, «porque para sí la querría»? Son buenas gentes estos gauchos. Una «china» les gusta, y se la llevan a la grupa, a vivir en la platería del cielo, que de día tiene un brillante, y de noche es una caja de joyas. Tienen el apetito del puñal, y al «cajetilla» de la ciudad lo ven con odio; pero cuando el poeta pálido andaba por la pampa, el enfermizo Echeverría, ¡no le sacaban el sombrero, y le oían hablar de pie, y se ponían en fila para que pasase, y se decían al oído: «¡Este no es cajetilla!, ¡Este es poeta!» ¡Buena gente, estos gauchos!

En el velorio los pinta primero el libro. Llega la tropilla a la estancia de Torres, que es rico del lugar, y atan en el palenque los caballos, porque del muro del palenque adentro no se pasa montado sin pagar cara la descortesía. El angelito de cuatro años se ha muerto, y hay velorio de los vecinos para celebrar su viaje al cielo. Afuera, llueve a mares; el trueno tamborea; el rayo estalla. Dentro bailan, ceñidos en la habanera o picándose los pies en la zamacueca, los pares de novios, que se persignan al pasar frente a la silla donde está sentado el niño muerto, sobre un pie de cajones vacíos, con treinta y seis velas de sebo alrededor, y a un lado el gaucho viejo, de canas por el hombro, rasgueando la guitarra, y al otro lado la madre, con las manos cruzadas sobre las rodillas y los ojos secos. Hay pocas fiestas en la soledad, y el pulpero le toma en alquiler su muertecito al gaucho pobre, que sí se lo alquila, para que el ángel tenga velas y vaya al cielo como se debe, con canto y velorio, ya que la suerte negra tiene en el hilo vivo el poncho de sus padres.

Y llega la mañana. En cuclillas sorben, alrededor de la fogata de boñigas, el mate generoso. Sobre el recado, tendido por tierra, se echó el sueño ligero, y ahora el recado, con sus jergas dobladas en cuatro para lo de abajo, su carona de cuero fino para la humedad su basto de madera fileteado, con estribos de plata, su pellón y su sobrepellón, de cama que fue, es silla de montar; la cincha es de cuero, y la sobrecincha de lana, y el freno es como los de los moros, de cuero trabajado y de plata; donde cabe la pica de su cuchillo, allí labra el gaucho flores, y cabezas, y caprichos, y hojas; sobre el calzón holgado se coge a la cintura, a modo de sobrecalzón, el chiripa; por la cabeza se mete el poncho, y el sombrero hasta los ojos; a rastrear va la «partida»; a buscar al asesino que mató en su rancho al «baqueano viejo», que era la gloria y el honor del lugar, porque no había como él para decir de un guiño dónde estaba cuál estancia, o a cuántas leguas era la vuelta para ir a la otra, o a cuántos días estaba el iridio. Por más huellas que vio a la puerta del rancho busca el rastreador al asesino, que huyó hace como ocho días por el yerbal, remolineando, para extraviar la pista, por el río, hasta donde halló piedra, para no dejar rastro a la salida. Llegan a un pueblo en feria, por entre carros, tiendas, grupos, caballerías. «Éste es el caballo», dice el rastreador. Y era. El asesino lo trocó por otra bestia del carretero. Vuelven al punto del trato; toma el caballo, a trote de vuelta, el camino de su señor, y el rastreador victorioso le pone la mano en el hombro al asesino, que confiesa, ¿quién se le niega al rastreador? En las calles de piedra conocen los hijos de los gauchos la mula en que pasó el cura, o el caballo en que anda el alcabalero, o si el maestro salió con botas o con alpargatas; y en el remolino de la yerba saben cuántas caballerías van, y cuáles son yeguas, y cuántos son los potros; no le vale al que huye ir de punta de pies, o andar a la jineta sobre la cerca y caer lejos, de talones; al cabo del año el rastreador, impasible, encontrará la huella.

Si hay por allí boleada, ¿quién se va sin verla? Para avestruces y venados dicen que es; pero los gauchos ricos están temblando, porque las bolas las suele echar el cazador sobre el caballo que codicia, o sobre el novillo pintado, «por mor de la piel». En sus caballos de todo lujo vienen a la arrancada los boleadores. Montan en su caballo de cazar; el sol está saliendo; el agua del mate barbulle en la caldera; los perros enjutos se relamen el hocico; a la busca se arranca la boleada, por los cuatro vientos; de los cuatro vientos vuelven al anochecer, con la carga de pieles sangrientas, y los avestruces muertos por pendones; los perros traen el hocico colorado. Tendidos sobre el recado, encuchillados alrededor de la bombilla, sentados en cabezas secas de bueyes, pasan la noche clara, con las estrellas como si les dijesen cosas; y el payador está cantando las muchas desgracias que ha tenido, o la muerte triste del gaucho Santos Vega, o el robo que le han hecho de su fina querida, o la pena que tuvo cuando cantó mejor que él el payador de otro poblado, o la pelea que ha habido entre los soldados y los indios, o lo tierno que se pone un hombre cuando ve en la noche el cielo estrellado.

En la pulpería es donde se cantarán luego las hazañas, en la sombra de los bancos largos que corren por junto a la pared, o de codos en el mostrador, platicándole al pulpero que de detrás de la reja segura les pasa los alcoholes, o dibujando con el cuchillo, en los muros, las marcas de los caballos del contorno. Ya se salen todos a la puerta, porque el pulpero les compró todas las pieles y las plumas, y llegan del mundo entero, en sus monturas de plata pulida, los gauchos corredores. La pista está limpia, como para carrera grande. Pasean, con el bozal de cuero, los caballos que van a correr. Unos los ven pasar, y hablan de ellos, apuestan; otros están de amores con las «chinas» que han venido, de traje largo y mantón amarillo o violeta, y los pendientes de oro y cristal, y preso en la cinta el cabello repeinado. ¡De vuelta, los corredores triunfantes, en mangas blancas, con el cabello cogido por la frente con la «vincha» de color! Luego abren paso todos, porque es la carrera de trampas donde, de cintura abajo, con todo se puede pelear, con la rodilla a la paleta del caballo del otro, para cortarle el ímpetu, o enlazándole la pierna, para desmontarlo de un arranque, o llevándole por donde hay, escondida en la tierra, una cueva de vizcacha. Y van cosidos y revolotean, y vuelven cosidos, a escape mortal, caballo con caballo.

Las «chinas» hablan de la tropa fuerte que fue camino de Juárez, con mucha caballada de repuesto, y más mujeres que nunca, porque la pelea es para no volver hasta que los indios malditos no «hayan estirado la jeta». Y muchas viejas que iban, de las que hacen las tortas que le gustan al soldado. Recién nacidos iban también más que nunca. Y todas en caballos buenos, porque le sacaron la paquetería a las bestias malas que se les venían al morir, y en un jesús le volvieron a armar los paquetes en los caballos de refresco; y los fogones, y las ollas, y los cestos, y los bultos, y lo de planchar, para ganarles la plata con el buen lavado a los oficiales; «que vea el hombre que se le quiere por su valor y su merecer, y no por lo que da cuando le paga el comisario, porque aunque él no diera, la mujer industriosa se busca con qué comprarse sus pañuelos, y sus alfileres y sus perfumes». Y así van las mujeres del soldado, que ya son menos con los ferrocarriles y la guerra sabia. Por el desierto triste no pelea bien el soldado sin la mujer. Se la dejan atrás, y hay que mandar a buscarla. El perro es fiel al batallón; pero ella más. Y si se anda a golpes cuando se ha bebido mucha caña, hay una torta que sabe muy bien, que viene detrás del vapuleo, y es la torta de las paces. Si hay que pelear, la mujerería se viste con los uniformes que sobran, guarda la caballada y echa atrás al indio.

El juego, la conversación, la pelea de gallos, se suspenden de pronto. De un hachazo corta el gaucho perdidoso la cabeza del gallo bastardo que cacareó. A un lado se echan de prisa todos los jinetes. Viene tronando la galera. De los caballos extenuados echan pie a tierra los postillones, que son tantos como parejas. El mayoral es héroe allí, y ha marcado la cara de muchos atrevidos. Salta del pescante, y se le ve la barba negra, los hombros opulentos, la cintura arqueada y escasa, las piernas secas de andar largo; sin palabras ni risas. Y mientras mudan los caballos en el corral revuelto, con polvareda y alboroto, sacan sillas, mate y agua, para las señoras viajeras; que van de mucho fereler, pero hablan a la par con la gente de Dios; y el pulpero está de mieles con el amo de la estancia, que lleva botas de charol y poncho fino; un gaucho viene en la galera, de «chiripá» muy lujoso; y un italiano de pelo rizado, con corbata azul y la caja en que trae la prendería de vender, que es la locura de las chinas; y un «desgraciado» viene en hierros, con dos policías; un «desgraciado que causó una muerte, porque el amigo se le echó mucho sobre el cuchillo, y se le enconó la cortada». Para él hay mate doble; y caña de la buena; y se le da un pañuelo de seda, para que recuerde en la pena que hay en el mundo una «china» compasiva. Y se canta y se baila, y el cantor habla de la agonía de los hombres de honra perseguidos por la justicia, y del cuidado que ha de tener la galera que va a Juárez, porque por allí la indiada anda feroz, y hay una calavera pelada por cada cabeza de buey; lo que oyen las señoras tomando mate. En la galera, ya pronta a arrancar, meten el mayoral y el pulpero una caja de fusiles.

¡Adonde se va y no se vuelve va ahora la galera! Caerán los indios, los últimos indios, sobre los caballos; de la primera bala vendrá abajo el mayoral; de cadáveres desnudos quedará rodeada la galera; las mujeres, se las han llevado los indios a la grupa. Allá, en la última frontera, hay un cacique indio, hijo de francés, que lleva el pantalón de franja de oro de sargento mayor argentino, y está casado, en su casa de ladrillos rodeada de «toldos», con una española. Más allá, en la última ciudad del mundo, en nuestra Señora del Carmen de Patagones, con sus colinas de arena erizada de arbustos sinuosos, son hoy banqueros, agricultores, padres amantes y felices, los que años atrás mandó el Gobierno a la villa por sus delitos de robo, de falsificación, de muerte, a levantar hogares, donde no les podía acusar la tierra, con las mujeres culpables de haber amado sin medida.

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