INSURRECCIÓN Y PODER DUAL (Acerca de la edición Inglesa de “La Insurrección Armada” de A. Neuberg)

Insurrección y poder dual – Ben Brewster en pdf Aquí

Ben Brewster

Cuadernos de Pasado y Presente

Segunda Época. nº 1. año IV. Abril – Junio 1973, Cba. Arg. pp.145-155.

La insur. ArmLos años 1928-1935 son famosos en la historia de la Komintern, conocido como “Tercer período”, o período de “clase contra clase”, del “socialfascismo” y de la lucha conjunta de los partidos comunistas en Europa y en los EE.UU., por hundir a los estados burgueses democráticos y fascistas, en un aislamiento total respecto de cualesquiera otras fuerzas políticas. Esta lucha resultó ser un fracaso rotundo en todas partes. Cuando se produjo el viraje hacia la posición del frente popular, en el Séptimo Congreso Mundial, todos los partidos de Europa parecían haber musitado “Nunca más”. Desde 1935, las consignas y estrategias dentro de las que el movimiento comunista condujo la lucha contra el capitalismo han sido defensivas; el frente popular, la unidad antifascista, la democracia de avanzada, la lucha por la paz y el socialismo, la coexistencia pacífica, etcétera. Se abogara o no explícitamente por el “camino pacífico hacia el socialismo”, la lógica de la política postergaba siempre la toma del estado burgués para un futuro indefinido, y la lucha inmediata se reducía a la lucha económica entre el mundo socialista y el capitalista. El papel de las masas en los países capitalistas era, esencialmente, impedir que dichos países interrumpieran esa competencia con una guerra contra los estados socialistas.

La violencia se desterraba a los países subdesarrollados y coloniales; en los países avanzados se había convertido en atributo de la burguesía y de sus aliados fascistas. Cualquier impulso proletario de violencia sólo podía ser defensivo. Por desastroso que fuera el tercer período y por necesarias que resultaran las posiciones defensivas en los últimos años de la década del treinta, estas políticas, en última instancia, habían originado, cuanto más, una postergación indefinida de la toma proletaria del poder y, para peor, un completo debilitamiento del concepto de dictadura del proletariado además de la tendencia a suavizar las distinciones entre comunismo y socialdemocracia. Dos generaciones de militantes comunistas carecen de conocimiento o experiencia de una lucha de clases agresiva y revolucionaria, y la hegemonía del movimiento comunista sobre el resto de la izquierda revolucionaria ha significado que los, no comunistas no pudieran escapar a la impronta de esta mentalidad.1

En los últimos diez años, sin embargo, se ha reevaluado esta experiencia, particularmente por los jóvenes, a la luz de los éxitos de las revoluciones violentas en Cuba, Argelia y Vietnam, y del fracaso (o sólo limitado éxito) de las estrategias electorales de los partidos comunistas en la mayoría de los países, y de otras formas no violentas de lucha como el CND en Inglaterra y el movimiento de derechos civiles en EE.UU. Las clásicas lecciones del marxismo-leninismo sobre la necesidad de una lucha violenta entre el proletariado y sus aliados, por un lado, y la burguesía imperialista, por el otro, han sido reasumidas mediante la lectura de los trabajos de Mao Tsé-tung, del Che Guevara y de Régis Debray. Para los marxistas del movimiento estudiantil, del movimiento de liberación negro, del movimiento antibelicista en los EE.UU., etcétera, la necesidad de un derrocamiento violento del Estado burgués es, ahora, más o menos axiomática.2 La lenta guerra del pueblo, la guerrilla y el foco son los conceptos que han catalizado esta revitalización de la tradición del marxismo revolucionario, después de treinta años de letargo. En China, Vietnam y Cuba las fuerzas revolucionarias enclavaron, por sí mismas, centros de poder popular y los defendieron con medios militares. En China y en Cuba, estas bases tenían cierta integridad territorial; en Vietnam popular, el control imperialista varía con la presencia y ausencia de las fuerzas imperialistas. Estas áreas, entonces, se extienden en el curso de una lucha prolongada hasta que el Estado opresor se desmorone y el territorio entero ceda a la revolución.

El problema, por supuesto, es el de la relación de estas luchas revolucionarias y sus conceptos estratégicos con la revolución en los países metropolitanos e imperialistas. Algunos militantes se limitaron a esperar que el mundo socialista armado logre la rendición de los debilitados bastiones imperialistas, del mismo modo que el campesinado revolucionario logró la rendición de las ciudades en China; por lo tanto, restringieron su actividad a luchas de solidaridad. La mayoría, sin embargo, intentó aplicar los nuevos conceptos a las contradicciones dentro de los mismos países capitalistas avanzados. El sector rural metropolitano es insignificante para la economía imperialista, y el control territorial ejercido por la moderna policía del Estado es extremadamente eficiente, de modo que la estrategia del enclave rural es, de manera evidente, inaplicable. Unos pocos grupos de estudiantes, en Japón, intentaron una aplicación literal, con los resultados predecibles. Aun en países semi-desarrollados como Brasil o Argentina, con sus amplias extensiones rurales, la maquinaria estatal ha demostrado ser demasiado eficaz, la red policial demasiado densa, para el establecimiento exitoso de bases rojas o focos de guerrilla. De ahí la tendencia a adoptar la estrategia de la guerrilla urbana: en Brasil y Uruguay y en minorías nacionales enclavadas en países imperialistas metropolitanos: Québec, Irlanda del Norte y el país Vasco.

LA GUERRA DEL PUEBLO Y LA PROPAGANDA ARMADA

Pero este cambio geográfico de la guerra rural del pueblo a la guerrilla urbana no es sólo un viraje táctico capaz de enfrentar las diferentes situaciones en los estados capitalistas; también implica un cambio fundamental en los propios conceptos estratégicos, reconocido algunas veces, pero no siempre, por los defensores de las actividades de la guerrilla urbana. Es éste el cambio de la guerra del pueblo a la propaganda armada. Aun en el caso especial de Vietnam, donde las fuerzas populares no tienen bases estables en el país, el FLN organiza al pueblo entero, clandestinamente, en un sistema social diferente: el poder popular es ejercido por las masas, la dictadura del proletariado es un hecho. Esto es más verdadero aún en los casos de Cuba y China. Pero, la guerrilla urbana, hasta en sus puntos culminantes -probablemente Casbah en 1958 y Caracas en 1963-, padece el problema de toda organización terrorista: los imperativos de seguridad interna exigen una estructura incapaz de organizar a las masas, cuya actividad, aun cuando se identifiquen estrechamente con la guerrilla, que no es siempre el caso, se reduce a la resistencia pasiva.3 Ni siquiera un teórico que advierte con tal clarividencia la distinción entre propaganda armada y guerra del pueblo como Pierre Vallières, del FLQ, procura un análisis de la transición entre ambas.4 La propaganda amada inspira y expresa el odio de las masas por sus opresores y puede procurarles un sentido de la solidaridad. Pero no satisface al núcleo de la organización en caso de que este beneficio ideológico haya de traducirse en una conquista política del poder del Estado. Y las dificultades sociales y psicológicas de la organización 5 terrorista clandestina significan que dichas organizaciones raramente son capaces de establecerse durante un lapso indeterminado contra la resuelta actividad policial, y sus fracasos pueden dejar a las masas en peor situación que cuando entraron en contacto con ellas. La guerra de guerrilla urbana no debiera menospreciarse, y las contribuciones a la revolución en los países imperialistas metropolitanos y dependientes puede ser muy importante, pero, por sí sola, no puede constituir la vanguardia revolucionaria que conducirá al proletariado y a sus aliados al poder. No es, por tanto, una traducción de los conceptos de la guerra del pueblo a países avanzados.

Por supuesto, la tradición marxista-leninista en Occidente antes de 1935 no consideró a la revolución en la forma de una prolongada lucha de guerrilla. Marx, y especialmente Engels, habían advertido claramente el potencial revolucionario de la guerra del pueblo,6 pero no pretendían ni esperaban que la revolución, en los países capitalistas avanzados, adoptara esa forma Mas bien, confiaban en una crisis política provocada por las contradicciones internas del régimen o por la creciente fuerza electoral de los partidos proletarios que procurara la oportunidad de una insurrección rápida y relativamente no sangrienta. En este sentido, eran herederos de una tradición de la insurrección que tenía origen en Babeuf; diferían de los intérpretes de esa tradición entre sus contemporáneos, como fue el caso de Blanqui, en cuanto insistían en la participación activa del proletariado organizado y no confiaban en la iniciativa de una sociedad secreta conspirativa. Esta tradición regía también el pensamiento bolchevique en lo concerniente al problema de la revolución,7 y la práctica de la Komintern hasta el período del frente popular. Dicha tradición es la que ha desaparecido desde 1935. La reafirmación de las clásicas tesis marxistas-leninistas respecto de la dictadura del proletariado y la necesidad de la revolución armada exigen que la tradición de la insurrección sea reexaminada. De ahí la importancia de la publicación inglesa de La Insurrección Armada de A. Neuberg.8

La Insurrección Armada fue publicada por primera vez en alemán en 1928, bajo un falso sello suizo, y traducida al francés en 1931. Es un manual del arte de la insurrección para los partidos comunistas europeos. Consiste en dos capítulos teóricos acerca del lugar de la insurrección en la política de la Tercera Internacional y su ilegítima supresión en la sustentada por la Segunda Internacional (después de 1914); en referencias a las insurrecciones de Reval (1924), Hamburgo (1923), Cantón (1927), y Shanghai (octubre de 1926, febrero de 1927 y marzo de 1927); en capítulos sobre los problemas generales de estrategia y de táctica de la insurrección, desde la subversión de las fuerzas armadas de las clases dominantes a “cómo levantar una barricada'”; finalmente, en un capítulo sobre el trabajo militar entre los campesinos. Una nueva introducción escrita por Erich Wollenberg, uno de los autores originales, explica cómo llegó a escribirse dicha obra.

Esta escueta descripción revela una cantidad de hechos notables en relación con el libro. Primero, el análisis concreto opera con una serie de insurrecciones que tuvieron lugar durante los cuatro años previos a su publicación, todas las cuales fueron, en realidad, serios fracasos. Esto se explica, en parte, por el hecho de que el libro intentaba, según la sección Agitprop [agitación y propaganda] de la Komintern que fue quien lo redactó, remplazar y actualizar un volumen anterior (El camino de la victoria de Alfred Langer), pero también, agrega Wollenberg, porque las descripciones de los fracasos, al par que valiosas en el nivel científico como las de los éxitos, eran menos urticantes ideológicamente y por lo tanto, era mas probable que el libro escapara a la censura.9 Las mismas consideraciones dirimieron otra decisión: el seudónimo del autor y del editor. La Komintern hubiera podido producir el material de este libro en calidad de documentos internos para el número relativamente pequeño de cuadros que se esperaba que lo leyera y estudiara. Sin embargo, un libro en apariencia publicado normalmente, aun proscrito, constituía de manera obvia, una evidencia menos perjudicial contra un militante en cuyo poder fuera encontrado que un archivo de documentos mimeográfiados, de la Komintern. Y el nombre alemán del autor y el editor “suizo” significaban que la URSS no podría ser acusada de interferir en los asuntos de otro país De acuerdo con el prefacio de Wollemberg, los autores, de hecho, incluían al propio Wollenberg (entonces Jefe del Buró Militar del Instituto Marx-Engels en Moscú), Piatnitski (Secretario Organizador de la Komintern), Unschlicht (enlace entre el Estado Mayor del Ejército rojo y la Komintern), Kippenberger (organizador de la insurrección de Hamburgo), Tujachevski (previamente Jefe del Estado Mayor del Ejército Rojo) y Ho Chi Minh (por entonces Vicepresidente de la Krestintern -Internacional Campesina Roja-). Los textos parecen haber sido escritos en momentos diferentes, entre 1924 y 1928, y fueron revisados por Togliatti (entonces jefe de la división Agitprop de la Komintern). Togliatti (probablemente) también escribió una introducción en nombre de la Komintern y en ella criticaba alguna de las tesis sostenidas en el libro.

EL LEVANTAMIENTO DE REVAL

Como todas las descripciones concretas se organizan del mismo modo, la síntesis de una -el levantamiento de Reval (Capítulo 3)-, mostrará cómo opera el libro. Una sección inicial se ocupa de la situación política en Estonia, en 1924 -la economía y la moneda habían sufrido un colapso, con la consecuencia de desempleo masivo; los partidos dirigentes se encontraban minados por la corrupción y las disputas internas; el propio ejército estaba desmoralizado hasta el punto de la ineficacia, y la única respuesta del gobierno era la represión contra trabajadores y campesinos que incluía un juicio público de 149 comunistas. A pesar de la represión, la clase trabajadora asumía una actitud agresiva y estaba dispuesta a la guerra civil, a la par que muchos campesinos, pequeñoburgueses urbanos y soldados, simpatizaban con la causa proletaria. La sección siguiente se ocupa de los preparativos militares con miras a la insurrección. El Partido Comunista los inició en la primavera de 1924. Organizó patrullas de tres hombres de defensa autónoma que se coligaban en grupos de diez y, luego, en compañías y batallones a medida que avanzaba el año. En diciembre de 1924 se contaba con cuatrocientos hombres armados, aunque sus armas eran pobres y las municiones escasas. Las tropas leales al gobierno, en la misma Reval, se reducían a sólo ochocientos hombres; del resto, se esperaba que buena parte de ellos podrían ser convencidos de pasarse al lado revolucionario. Algunos años de trabajosa agitación en el ejército habían dado su fruto, aunque los efectos se habían debilitado por un reciente cambio de tropas. El partido decidió lanzar la insurrección por sorpresa el primero de diciembre, sin agitación alguna de masas ni golpe general hasta que los puntos clave de la ciudad hubieran sido tomados por las escuadras de combate. Se les asignaron tareas a los tres batallones:

  1. desarmar a los oficiales cadetes, apoderarse del depósito de armas y de la estación de ferrocarril;

  2. desarmar a la policía de reserva, tomar la división de tanques y aire, sita justamente en las afueras de la ciudad, y el Regimiento 10;

  3. capturar los centros administrativos, la oficina de telégrafos, el parlamento, la estación Báltica y liberar a los prisioneros políticos.

La sección siguiente es una descripción detallada del curso de la insurrección. Por razones de secreto, las órdenes para el lanzamiento de la insurrección no se formularon hasta una hora antes de su comienzo. Pero resultó imposible reunir a tiempo, a mucho más de la mitad de los hombres en las escuadras de combate, o informarlos adecuadamente sobre sus complejas tareas. El resultado fue que el primer batallón sólo logró la captura de la estación de ferrocarril y sus miembros sobrevivientes se dispersaron. El segundo batallón tuvo éxito en la toma de los cuarteles del Regimiento 10, pero no pudo volcar a las tropas a la insurrección, porque la patrulla de combate implicada era absolutamente desconocida para ellas. La división de aire fue rápidamente dominada y se plegó a la revolución, pero, en lugar de dirigirse inmediatamente hacia el centro de la ciudad, la patrulla de combate esperó en el aeroparque la llegada de órdenes, hasta que fue demasiado tarde. De modo que resultaron vencidos y capturados por fuerzas contrarrevolucionarias. El tercer batallón capturó el edificio del parlamento pero no dio con el primer ministro por desconocimiento del lugar. Los ataques al ministerio de guerra y a la cárcel fracasaron.

La insurrección comenzó a las 4 hs. Alrededor de las 11 hs. las tropas contrarrevolucionarias habían aplastado completamente el último foco de resistencia. La última sección del libro de Neuberg se titula “Causas de la derrota”. Describe aquí seis errores “en materia de organización y de táctica”: 1) sobrestimación del grado de desmoralización de la guarnición y de la fuerza de la organización militar del partido; 2) el plan superaba la cantidad de hombres disponibles, tendría que haberse seleccionado un número menor de objetivos; 3) las escuadras eran incapaces de reaccionar ante la victoria o el fracaso en sus tareas; 4) las escuadras no siempre eran capaces de manejar sus armas; 5) el reconocimiento era inadecuado; 6) el enlace era inadecuado. Pero, arguye que muchos de esos errores, o todos, han de esperarse en una insurrección (la confusión e incompetencia en la insurrección de Octubre son bien conocidas). El verdadero error residía en otro lugar:

“La circunstancia decisiva en el resultado de la insurrección ha sido que los pequeños grupos de obreros revolucionarios, organizados militarmente, que han desencadenado la insurrección, se han mantenido aislados del grueso del proletariado… La masa de la clase obrera de Reval fue espectadora desinteresada del combate. He aquí el hecho que ha tenido una importancia decisiva”.

Dicho aislamiento no era el resultado de la torpeza de las masas, por el contrario, era creado por la deliberada elección de tácticas del partido.

“El partido había exagerado la importancia del factor militar en la insurrección, subestimando la del movimiento revolucionario de masas” (p. 91).

Este error afectó aún a los detalles de las tácticas de insurrección. Para ilustrarlo se utiliza una cita que ejemplifica la precisión y concreción de la discusión, y sustenta la pretensión de Wollenberg de que este estudio, como la mayoría de los otros en el libro, se basa en las descripciones de testigos oculares

“Es ingenuo pensar que el batallón del décimo regimiento, sin contar con soldados comunistas, se pondría activamente al lado de los insurgentes ante el requerimiento de nueve obreros desconocidos. Imaginad la escena: a las cinco y cuarto de la mañana, en la oscuridad, el batallón duerme y es despertado por un grupo de hombres, insignificante y desconocido por todos los soldados, que afirma que ha estallado la insurrección e invita al batallón a ponerse al lado de los insurgentes. Los soldados no ven esta insurrección por ninguna parte; las calles están vacías, no hay obreros en ellas. No sabían nada de los preparativos de la insurrección. ¿Qué conducta podía esperarse de ellos? El batallón, como podía suponerse, permanece neutral hasta recibir más noticias” (p. 88).

HAMBURGO, CANTÓN, SHANGHAI

En Hamburgo, en 1923, los errores fueron el reverso de esto: la insurrección en la propia Hamburgo fue relativamente exitosa y contó con el apoyo activo de las masas, pero el partido no intentó extenderla al resto de Alemania: después de unos pocos días aplazó la misma insurrección de Hamburgo.

“Siendo fiel al marxismo, no está permitido tocar retirada desde que le insurrección ha comenzado y ha logrado éxitos importantes. Y menos aún habiendo sido emprendida la insurrección por directivas del partido. ‘Con la insurrección no se juega’ (Marx)” (pp. 114-115).

Cantón, a su vez, fue diferente:

“En Cantón. pudieron hacerse dueños del poder… gracias a una presencia insignificante de fuerzas contrarrevolucionarias. Pero esto sólo fue cierto en Cantón. En la totalidad de la provincia de Kwan-tung, la correlación de fuerzas era claramente desfavorable para los insurgentes” (p. 138).

Las dos primeras insurrecciones de Shanghai fueron fracasos técnicos, pero en la tercera,

“la tesis de Marx acerca de que ‘la insurrección es un arte’ se puso en práctica del modo más ejemplar. Esta victoria del proletariado de Shanghai costó el precio de dos fracasos previos. Las masas aprenden con la experiencia. La experiencia de los conflictos anteriores había demostrado la necesidad, mucho tiempo antes de la insurrección, de una preparación cuidadosa y sistemática para la batalla decisiva; la necesidad de asegurar que dicha batalla fuera dirigida solamente por el partido del proletariado. En la tercera insurrección de Shanghai, el Partido Comunista chino hizo excelente uso de esa experiencia” (p. 158).

Pero, después de la victoriosa insurrección, Chiang Kai-shek asesto un golpe contrarrevolucionario y derrumbó al gobierno de los trabajadores de Shanghai.

“Aunque siguió una línea básicamente correcta respecto de la organización, preparación y ejecución del levantamiento, el Partido Comunista chino (o más bien su dirección) siguió una línea incorrecta vis à vis del Kuomimtang: subestimó el papel revolucionario del proletariado, y siguió considerando al Kuomintang como un todo indiferenciado y a la burguesía nacional entera como una fuerza revolucionaria, cuando, de hecho, una fracción de esa burguesía y, por lo tanto, del Kuomintang (su ala derecha) se había volcado abiertamente al campo de la contrarrevolución y anhelaba unirse tanto a las fuerzas indígenas de le reacción como al imperialismo extranjero” (p. 159).

El Partido Comunista

“seguía considerando al proletariado como una fuerza auxiliar y no como el dirigente de la revolución democrática” (p. 159).

Estos últimos ejemplos son de especial interés porque el “error” que implican es ya un lugar común. La historia subsiguiente de la revolución china ha revelado que, aunque la prescripción acerca de la actitud del PCCH respecto del KMT se justificaba, la correcta estrategia revolucionaria no consistía en apoyarse esencialmente sobre el proletariado en cuanto fuerza revolucionaria, sino en volverse hacia el campesinado y en cambiar la táctica de la insurrección urbana por la rural, de modo que la guerra del pueblo se basara en el campesinado. Dicha solución es sugerida por el comentario de Neuberg sobre el fracaso de la insurrección de Cantón, pero no fue adoptada por la Komintern (el pesimismo del libro en relación con la situación china es criticado en la introducción de la Komintern, p. 284), (de la edic. inglesa. En esp. véase pp. 34-36). Esto conduce a una agradable lectura del libro por parte de la burguesía: la historia de la revolución china demuestra que la insurrección urbana es fútil, puesto que el éxito sólo se logró en China a través de la guerra del pueblo rural. Como esta última, también es irrealizable en los países imperialistas avanzados, la revolución, en consecuencia, es allí imposible. Pero el “error” de Neuberg es, de hecho, al mismo tiempo más y menos grave que esto. Más grave porque es un amor conceptual, no empírico; simultáneamente menos grave porque, como error universal, indica la ausencia de un concepto que no se relaciona simplemente con los diferentes contextos empíricos de China y Occidente, sino que ayuda a clarificar el problema de la insurrección y la revolución a lo largo de todo el mundo.

Todas las conclusiones que he dado se relacionan con un único problema: la relación entre la lucha política y la militar -entre la lucha de dales y “la insurrección como arte”. En Reval, el problema era el del orden temporal -la lucha de clases fue deliberadamente acallada en las semanas que precedieron a la insurrección con el propósito de aumentar las probabilidades de la sorpresa militar. El resultado fue que el proletariado se sorprendió tanto como las clases dominantes. En Hamburgo, el problema residió en la integración local y nacional. El partido, en lugar de organizar las insurrecciones o, aún, un movimiento general de solidaridad con Hamburgo, esperó a comprobar si esta sucedía espontáneamente. En China, el problema era la relación entre la lucha nacional democrática en alianza con la burguesía en el KMT y la insurrección de las masas urbanas de Cantón y Shanghai; y de mayor alcance, el problema del campo y la ciudad, el de la relación con las masas campesinas (problema que no era ignorado por Neuberg ni por la Komintern).

El mismo tema emerge una y otra vez en los últimos capítulos del libro. Neuberg señala que el pueblo no puede tener inicialmente ventaja militar sobre las fuerzas contrarrevolucionarias, por lo menos hasta después de una agitación más intensiva en el ejército y del entrenamiento militar por el partido. Esta ventaja debe de conseguirse al arrastrar a las masas a la lucha y al armarlas con armamento capturado en los albores del combate y, de este modo, aislar a las fuerzas remanentes de las clases dirigentes.

PODER DUAL

A través de todo el libro de Neuberg, estas tareas son atribuidas al Partido Comunista. El partido tanto prepara y organiza a las masas para la insurrección como dirige la propia insurrección. Pero un partido bolchevique no puede reclamar nunca la organización de las masas oprimidas en su totalidad. Precisamente, porque representa los intereses del proletariado como un todo en su lucha contra el capital, no puede organizar ese todo que es el proletariado, al abandonar a las otras clases oprimidas, en un sistema político burgués o preburgués. El Estado burgués, ya sea fascista o democrático, está estructurado precisamente para impedir la representación directa de los intereses del proletariado y de los oprimidos. No hay lugar en la sociedad burguesa donde los representantes de los intereses de las masas oprimidas puedan ser los representantes de las masas organizadas mismas.

El partido bolchevique sólo puede reclamar la organización de la vanguardia del proletariado. De ahí que la conducción de la insurrección tenga locación anómala dentro de un Estado burgués o preburgués. En la medida en que se trata de un problema técnico (un “arte”, en la famosa frase), le compete al partido en tanto instancia con la más clara percepción de su necesidad. Pero, no puede ser iniciada políticamente de manera directa por el partido. El partido tiene que luchar para que las masas del pueblo adopten la táctica de la insurrección. Esto es lo que sucedió en Rusia en octubre de 1917. La insurrección no fue conducida por el Comité Militar del partido bolchevique, sino por el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado. Por supuesto, este cuerpo, establecido originariamente por los mencheviques antes de que los bolcheviques obtuvieren la mayoría de los soviet de Petrogrado, estaba copado enteramente por los bolcheviques, en octubre, y la planificación de la insurrección fue realizada por estos últimos. Pero, la insurrección en sí misma fue un acto del soviet de Petrogrado, es decir del pueblo de Petrogrado. Esto revela el concepto ausente en el libro de Neuberg: la existencia de instituciones del Estado proletario simultáneamente con el Estado burgués que ha de ser derrocado, o sea el poder dual.10 Las instituciones del Estado en las cuales las masas del pueblo se encuentran directamente representadas constituyen una condición previa de la insurrección. En Rusia, en 1917, el poder dual adoptó la forma de Soviets, y la insurrección fue la culminación relativamente poco sangrienta de un periodo de agitación comunista en estos Soviets. En el resquebrajado Estado feudal de China, por el contrario, el poder dual sólo era posible mediante la construcción y defensa de bases rojas amadas en el campo, de modo que el proceso de insurrección tenía una extensión enorme y continuaba durante todo el período del poder dual. Pero opera el mismo principio. Era una forma diferente de poder dual que Mao descubrió en Hunan en 1927.

¿En qué medida esta omisión de un concepto afecta el valor del libro de Neuberg? Mucho, en cuanto el problema es el de las condiciones políticas de la insurrección. El problema político básico en los países imperialistas, en la actualidad, es la forma que puede adoptar el poder dual. Aún si dicho problema hubiera sido abordado de modo no tan escueto en el libro de Neuberg probablemente tendría que haber sido repensado hoy a la luz de los cambios ocurridos en el imperialismo en las últimas cuatro décadas. Pero, en la medida en que concierne a la cuestión de que “la insurrección es un arte”, el efecto es mucho más suave. Reconocimiento, entrenamiento militar, agitación entre las tropas, planeamiento de contingencias y tácticas militares, son todas tareas que todavía incumben a un partido revolucionario, por las razones ya adelantadas. El libro de Neuberg es todavía valioso en tal sentido, aunque como es obvio, en cualquier tentativa de utilizar sus prescripciones, han de observarse los desarrollos técnicos en la lucha callejera y en el control de multitudes que se han producido desde 1920. Pero la consideración de dichos problemas no debe llevar a un tecnicismo delirante o aventurero. Para renovar la tradición de insurrección de la Komintern debemos comenzar por criticarla, y las críticas fundamentales no han de dirigirse a los aspectos técnicos, que estaban muy desarrollados en esa tradición, sino a los políticos, que nunca estuvieron enunciados con claridad respecto de los países imperialistas después de la muerte de Lenin. El valor del libro de Neuberg, en la actualidad, no es tanto el de un manual como el de un anticuado trabajo teórico a partir de cuya crítica puede desarrollarse una nueva teoría política de la revolución en las metrópolis imperialistas.

1 Los comunistas, por supuesto, aportaron las fuerzas más significativas en todas las luchas defensivas militares y proletarias desde 1935, en España, en la resistencia europea, etcétera. Pero las consignas defensivas bajo las cuales se libraban estas luchas facilitaron que estas experiencias heroicas fuesen apropiadas ideológicamente en favor de los intereses del revisionismo. La manipulación del PCI respecto del mito de la resistencia italiana es el ejemplo clásico de ello.

2 Quizás sea menester insistir, todavía n que esa “violencia” no significa necesariamente una prolongada guerra a muerte ni se basa en el argumento psicologista de que “la clase dominante no cederá sin lucha”. En última instancia, toda dominación burguesa, democrática o fascista, depende del mantenimiento por parte de las clases dominantes de un balance favorable de fuerza física, de su monopolio de los legítimos medios de violencia. Toda revolución proletaria implicará una confrontación de fuerza física entre ambos bandos, aun si la burguesía, al encontrarse descalificada militarmente en la crisis, cediera sin serio combate (como sucedió en Petrogrado, en octubre de 1917). Semejante vuelco en la relación de fuerzas del poder militar sólo puede lograrse mediante la democratización de los medios de la violencia. Armas para el pueblo es una de las demandas esenciales de cualquier revolución proletaria, ayer, hoy y mañana.

3 Por su puesto, se trata aquí de la crítica del marxismo-leninismo respecto del terrorismo, y no debe de confundirse con las objeciones liberales u pacifistas. Lenin no derramó una lágrima por las víctimas de la violencia de los narodnidkis. Simplemente insistió en que la organización de las masas era condición previa de una revolución proletaria.

4 Véase “Revolutionary Strategy and the Role of the Vanguard”, Leviathan vol. 1, nº 6, octubre/noviembre 1969. Aunque sin firma, este documento se basa ampliamente en un discurso de Vallières.

5 Véase Régis Debray “Latin America, the long March”, NLR 33, sep-oct 1965, pp. 47-48.

[Véase en español, “El castrismo: la gran marcha de América latina”, en Pasado y Presente, nº 7-8 octubre 1964- marzo 1965. N. del E.]

6 Véase particularmente Engels: “Dar Niederlage dar Piemontesen”, Marx, Engela: Werke Bd. 6. pp. 387-8.

7 Ver, v.g., Lenin “Lessons of the Moscow Uprising”, Selected Works in Three Volumes, Vol. I, PP, 608-15; “Marxism and lnsurrection”, Vol, II, PP. 404-9.

8 A. Neuberg (v.g. Piatnistky, Tujachevski, Ho chi Minh, Wollenberg y otros) Armed Insurrection NLB 1970. En español, La Revolución Armada, ediciones La Rosa Blindada. Buenos Aires. 1972. Esta edición reproduce la primera versión en español publicada en 1932 por Editorial Roja, de Madrid. N del E.

9 No es sorprendente que la prensa burguesa en este país haya saludado su nueva publicación como una demostración de la futilidad de la política de la insurrección. El libro, en verdad, será de poca utilidad para quien pretende reafirmar su debilitada fe en la revolución: no alienta ideológicamente, revela las dificultades científicamente. Gramsci aplicó la frase de Romain Roland, “pesimismo de la conciencia, optimismo de la voluntad” al marxismo: el libro de Neuberg representa sólo, la Primera mitad de la prescripción como deliberado acto de política. Los cuadros a los que se dirigía el libro tendrían que conseguir su optimismo de la voluntad en algún otro lugar. Algunos marxistas, por el contrario, han sugerido que determinados autores de este libro deben de haber estado motivados por el secreto deseo de desacreditar a los Partidos de la Comintern mediante la revelación de su incompetencia. Pero, de hecho, Neuberg discretamente ignora algunas de las más desastrosas aventuras de esos años. – .V.g., la “Acción de Marzo en Alemania, en 1921, el incidente de la Catedral de Sofía de 1923; cualquiera fuere la negligencia de la conducta de los partidos en los ejemplos discutidos, todos fueron serias tentativas de insurrección de las cuales podrían extraerse valiosas lecciones para el futuro.

10 Aflora en una oportunidad, cuando critica al Partido Comunista alemán por no haber exigido la formación de Soviets en Hamburgo -pero sólo después de que la insurrección hubiera sido lanzada- (véase p. 116).

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