ULRIKE MEINHOF: GUERRILLERA URBANA

Ulrike Meinhof en pdf

por Rafael Narbona

Into the Wild Union

23 de agosto de 2011

Meinhof - 1970Para Ulrike Meinhof, “tirar una piedra es una acción punible, tirar mil piedras es una acción política. Incendiar un coche es una acción punible, incendiar cien coches es una acción política”. Lo que determina el significado de un acto no es el acto en sí mismo, sino su magnitud y finalidad. Fundadora con Gudrun Ensslin y Andreas Baader de la Fracción del Ejército Rojo (RAF –Rote Armee Fraktion-) apareció ahorcada en su celda el nueve de mayo de 1976. Todo indica que se trató de un crimen de Estado, disfrazado de suicidio, curiosamente en la fecha que se cumplía el aniversario de la derrota de la Alemania nazi.

En 1963, cuando aún participaba en debates y coloquios en los medios de comunicación, se preguntaba: “¿qué se puede hacer contra las armas atómicas, contra la guerra, contra un gobierno que no negocia, sino que sólo se rearma?”. En 1970, después de una intensa labor como periodista y agitadora social, consideró agotada la vía meramente política y ayudó a fugarse a Andreas Baader, organizando una guerrilla urbana basada en la tesis de Ernesto Guevara: “no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución”. A veces, hay que anticiparse y preparar el terreno, aunque esa iniciativa implique terribles sacrificios personales. Ulrike Meinhof asumió el coste, logrando establecer una dolorosa coherencia entre su vida y su compromiso revolucionario. 


EL MILAGRO ECONÓMICO ALEMÁN

Ulrike-MeinhofColumnista durante diez años de konkret, un modesto periódico de izquierdas que escaló posiciones gracias a su constancia y combatividad, Ulrike Meinhof pertenece a la generación que creció a la sombra de Auschwitz y creció con el mito del “milagro alemán”. La recuperación económica de la República Federal impulsó un crecimiento desigual que acentuó las diferencias sociales. El primer paso de la reconstrucción fue la reforma monetaria que entró en vigor el 20 de junio de 1948, reemplazando el Reichsmark por el Deutsche Mark. La medida acabó con el mercado negro y la economía de trueque, pero provocó un notable aumento del desempleo y la inflación. Los sindicatos convocaron una huelga general para luchar contra las penalidades impuestas por una economía de mercado que actuaba por decreto, ignorando negociaciones y consensos. A finales de 1948, el paro afectaba a 760.000 personas. En 1950, había crecido hasta los dos millones. Gracias a la devaluación del Deutsche Mark, la economía alemana mejora su competitividad en los mercados internacionales y en 1952 se logra el primer excedente comercial. Sin embargo, el desarrollo económico es tan desigual –sueldos raquíticos, altos beneficios empresariales, un cifra escandalosa de accidentes laborales- que hasta los Altos Comisarios aliados frenan una reforma fiscal, donde se incluían importantes rebajas en los impuestos de las rentas más elevadas. La opinión pública interpreta el veto como una intolerable injerencia y la prohibición se retira nueve días más tarde. La República Federal considera que avanza hacia su definitiva emancipación de las fuerzas aliadas.

Ludwig Erhard, canciller entre 1963 y 1966, defendió públicamente que no se debían establecer barreras para el enriquecimiento individual. El Estado debe retirarse y permitir que los agentes económicos actúen sin ninguna clase de regulación. El canciller manifestó sin rubor que “los elementos motivadores de desigualdad” dinamizan la economía y consolidan la democracia. Se afirma que Ludwig Erhard es uno de los arquitectos del Estado del bienestar, pero lo cierto es que nunca se desvió de los dogmas del capitalismo más ortodoxo. Sus palabras despejan cualquier duda: “Nosotros rechazamos el Estado benefactor de carácter socialista, y la protección total y general del ciudadano, no solamente porque esta tutela, al parecer tan bien intencionada, crea unas dependencias tales que a la postre sólo produce súbditos, sino también porque esta especie de auto-enajenación, es decir, la renuncia a la responsabilidad humana, desemboca en la paralización de la voluntad individual de rendimiento y conduce inevitablemente a un descenso en el rendimiento económico de pueblo”. Ludwig Erhard no creó el Estado del Bienestar. Simplemente, se limitó a adoptar ciertas medidas concebidas para disminuir la conflictividad social, sin alterar la lógica del beneficio, la plusvalía y la concentración de capital. Su política recibió el nombre de “Estado social”, pero eso no evitó que en 1964 la República Federal figurara en primer lugar en la estadística de accidentes de trabajo en Europa.


LA PROTESTA ESTUDIANTIL

Ulrike Meinhof nació en 1934 en Oldenburg. A los dos años, la familia se trasladó a Jena, cuando su padre, el historiador de arte Werner Meinhof, aceptó dirigir el museo local. Su prematura muerte en 1940 a causa de un cáncer, obligó a su madre, Ingeborg Meinhof, a alquilar una habitación a Renate Riemeck, estudiante de historia. En 1946, Jena es ocupada por los soviéticos, conforme a lo establecido en los acuerdos de Yalta, y la familia regresa a Oldenburg, con su huésped, que ha establecido una relación afectiva con la madre y sus dos hijas. Ingeborg se dedica a la docencia en la postguerra, pero un cáncer precipita su muerte y Renate Riemeck, convertida en profesora universitaria, se convierte en la tutora de las huérfanas. Ulrike creció en un ambiente politizado, pues Renate militaba en el SPD hasta que decidió romper con el partido y fundar con otros disidentes la Unión Alemana por la Paz (DFU), que se oponía al rearme de Alemania y a su ingreso en la OTAN. Sólo después de su muerte se descubrió que había militado en el partido nazi en su primera juventud.

Ulrike realiza sus estudios de secundaria en Weilburg y, al finalizarlos con unas calificaciones extraordinarias, se matricula en la facultad de pedagogía de la Universidad de Marburg, donde se implica de inmediato en actividades políticas. En 1957, se traslada a la Universidad de Münster, donde conoce al filósofo marxista español Manuel Sacristán (más tarde traductor al español de una selección de sus artículos en konkret). Se embarca con Peter Meier y Jürgen Seifert en la creación de una pequeña publicación periódica, Das Argument, orientada a combatir las armas atómicas y participa en las manifestaciones contra la política belicista del canciller Konrad Adenauer, que defiende el rearme del ejército de la República Federal y la instalación de cabezas nucleares bajo el mandato de la OTAN. Es elegida por sus compañeros de la Universidad de Münster para representarles en un congreso de estudiantes contra la bomba atómica organizado por la Universidad Libre de Berlín. Conoce a Klaus Rainer Röhl, militante del ilegalizado Partido Comunista de Alemania (KPD) y director de la revista konkret. En septiembre de 1959 comienza a escribir sus columnas y, al cabo de un año, se traslada a Hamburgo, interrumpiendo definitivamente sus estudios universitarios.

Se casa con Röhl y se convierte en madre de dos mellizas, Regine y Bettina. Será redactora jefa de konkret entre 1962 y 1964. Comienza a participar en coloquios radiofónicos y televisivos, integrándose en los círculos de la burguesía intelectual y progresista de Hamburgo. La situación le produce un agudo malestar interno, pues aprecia la contradicción entre sus convicciones comunistas y su vida acomodada. Su matrimonio no marcha bien. Röhl es un cínico que introduce publicidad semipornográfica en konkret para mejorar la situación financiera de la publicación. En 1967, Ulrike decide separarse y establecerse con sus dos hijas en Berlín. Pese a todo, continuará enviando colaboraciones a konkret durante un tiempo. Sus artículos denuncian las insuficiencias de la escuela pública, la escasa calidad de las viviendas obreras, la situación de hacinamiento y maltrato de los centros de menores y las cárceles. Afiliada al KPD, abandona el partido cuando es legalizado con unas nuevas siglas DKP. Cada vez más radicalizada, participa en las protestas violentas contra el monopolio informativo ejercido por el grupo Springer, editor de Bild y Die Welt. Escribir le parece insuficiente. Considera que ha llegado la hora de pasar a la acción. Poco a poco, se desprende de los lazos familiares, sociales y profesionales, asumiendo un cierto fatalismo inherente al compromiso revolucionario, donde todo pasa a segundo término -incluida la propia vida- para conseguir una transformación radical de la situación política.


DE LA PROTESTA A LA RESISTENCIA

Entre 1968 y 1970, Ulrike Meinhof establece los primeros contactos con los futuros miembros de la Fracción del Ejército Rojo. Se ha intentado explicar su acercamiento a la lucha armada como una consecuencia de su fracaso matrimonial o incluso como una reacción patológica derivada de una intervención quirúrgica. No hay ningún dato que corrobore unas hipótesis concebidas para desacreditar y escarnecer su figura. Ulrike Meinhof entiende que la socialdemocracia ha pactado con el capitalismo y que no hay alternativas de cambio, sin el recurso de la violencia revolucionaria. En una conversación que mantuvieron en 1979 Jordi Guiu y Antoni Munné con Manuel Sacristán para El Viejo Topo, el filósofo marxista español afirmó: “Lo que me llamó la atención de Ulrike es que iba en serio. No era una intelectual, sino una científica que pretendía alcanzar un conocimiento objetivo de las cosas”. Sacristán apunta que sus tesis no eran “dogmas ciegos”, aunque se muestra escéptico con la idea de crear un foco revolucionario en el centro de Europa en la década de los 70. Sacristán opina que fue una locura, pero eso no significa que Ulrike obrara como una loca, sino como una idealista incapaz de amoldarse a una realidad que le resultaba inaceptable. Tal vez actuó con falta de sentido común, pero no sin una clara motivación política que se oponía a los intereses de la clase dominante.

Conviene recordar que Ulrike Meinhof escoge la vía de la lucha armada después del atentado contra su íntimo amigo Rudi Dutschke, carismático líder estudiantil que ejercía una enorme influencia como agitador de la izquierda extraparlamentaria. Rudi sobrevivió –aunque con graves secuelas- a los disparos de un ultraderechista, que le abordó en la calle con un revólver y le hirió tres veces en la cabeza. “¿Es de extrañar que le disparen precisamente a él? Al más querido de mis amigos políticos”, se preguntó públicamente Ulrike, poco después de conocer la noticia. Rudi Dutschke y Ulrike Meinhof no eran dos locos, sino dos izquierdistas comprometidos con el pacifismo, los derechos de los trabajadores, la liberación de las mujeres y el fin de la presencia de antiguos nazis en la cúpula del poder político. El Tercer Reich no había durado mil años, pero persistía su hedor. Kurt Georg Kiesinger, canciller entre 1966 y 1969, fue abofeteado en público por la activista Beate Klarsfeld para denunciar su pasado como afiliado al partido nazi y alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores bajo las órdenes de Joachim von Ribbentrop, condenado a muerte en los juicios de Núremberg por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. No era un caso excepcional y los estudiantes no se cansaban de protestar por su intervención en la vida pública. En algunos pueblos aún era frecuente que los vecinos se saludaran, intercambiando un cordial “Heil Hitler”.

En 1967, el Shá de Persia, Reza Pahlevi, un déspota acusado de violar los derechos humanos y de mantener a su pueblo en la miseria, visita la República Federal para refrendar una vez más su fidelidad a los países occidentales que le respaldan, especialmente Estados Unidos. Los estudiantes organizan varios actos de protesta. El Senado alemán advierte que enviará a la policía con instrucciones de actuar con la máxima dureza y los periódicos del grupo Springer aplauden la amenaza, exigiendo medidas represivas que acaben de una vez por todas con los disturbios estudiantiles. Las amenazas no causan efecto. El 2 de junio de 1967 se reúne un grupo de estudiantes a la puerta de la Ópera de Berlín para abuchear al Shá, que acude a presenciar una representación de La Flauta Mágica. La policía consiente que los escoltas del Shá golpeen a los estudiantes con porras y palos. Un agente de policía mata a sangre fría a Benno Ohnesorg, estudiante de lenguas románicas, casado e inminente padre de una hija que no llegará a conocer. Era la primera vez que acudía a una manifestación. Günter Grass afirma: “Es el primer asesinato político en la historia de la República Federal”.

El policía que cometió el crimen (Karl Heinz Kurras) fue juzgado y absuelto. Décadas más tarde, circuló el rumor –nunca corroborado- de que era un agente de la Stasi infiltrado para realizar actos de sabotaje y desestabilización. El asesinato de Benno Ohnesorg inspira la creación del Movimiento 2 de Junio, un grupo de guerrilla urbana que escoge como modelo de referencia a los Tupamaros uruguayos y que acabaría uniéndose a la Fracción del Ejército Rojo, pese a sus planteamientos anarquistas que chocaban con el marxismo de Ulrike Meinhof y sus compañeros. Su acción más conocida se produjo el 27 de febrero de 1975, cuando secuestraron a Peter Lorenz, candidato a la alcaldía de Berlín por la CDU, para exigir la liberación de varios militantes de la Fracción del Ejército Rojo. El gobierno alemán aceptó el canje y Peter Lorenz fue liberado.

El periodista y escritor iraní Bahman Nirumand conoció en esa época a Ulrike Meinhof. Nirumand había adquirido notoriedad entre el movimiento estudiantil internacionalista después de escribir Persia, el modelo de un país en desarrollo o la dictadura del Mundo Libre (1967). Invitado a impartir conferencias en la República Federal, se entrevistó con Rudi y Ulrike en Berlín. Los tres coincidieron en la necesidad de una lucha global contra el imperialismo norteamericano, que implicara una solidaridad activa con los países del Tercer Mundo. Había que propagar la consigna del Che, multiplicando los focos de rebelión (“¡Dos, tres, muchos Vietnam”). Nirumand mantuvo una última conversación con Ulrike poco antes de que pasara a la clandestinidad:

Nos conocíamos hacía mucho tiempo y eso nos permitía hablar sin tapujos. A diferencia de muchos izquierdistas que se habían unido al movimiento a través de posiciones teóricas y del estudio de las obras de Marx, Lenin, Stalin o Mao Tse Tung, y de los que simplemente se habían sumado a la moda, las actividades políticas de Ulrike estaban basadas en un carácter profundamente humano: en sus palabras podían leerse claramente su implicación moral y su justificada indignación”.

Ulrike se presentó una mañana en casa de Nirumand. En ese momento, el escritor iraní se encontraba atareado, pintando de rojo el marco de las ventanas de la cocina. Ulrike le recriminó su aparente indiferencia.

¿Cómo puedes pintar tus ventanas cuando hay tanta miseria en el mundo? Ayer murieron miles de vietnamitas, víctimas de las bombas estadounidenses, millones de personas mueren de hambre en tu país y en otros lugares, decenas de miles están siendo torturados en prisiones. ¿Cómo puedes aceptar esos crímenes con tanta despreocupación?”.

Nirumand se quedó muy sorprendido. Conocía el compromiso de Ulrike con los pueblos estragados por la guerra y las desigualdades, pero nunca la había visto tan agitada. No dejaba de caminar por la cocina, gesticulando.

He decidido poner fin de una vez a esta hipócrita vida burguesa y aceptar las consecuencias de incorporarme a la lucha armada. El izquierdismo de salón sólo sirve para incrementar las posibilidades de supervivencia del capitalismo. Tenemos que desenmascarar al Estado, obligarle a mostrar su verdadero rostro. Sólo así será posible preparar aquí la revolución, despertar a la gente de su letargo. Tenemos que plantear y responder aquí y ahora a la cuestión de la contraviolencia revolucionaria”.

Nirumand le manifestó su escepticismo:

No creerás en serio que un puñado de personas armadas puede hacerle siquiera un arañazo al aparato del poder de Alemania. Si lo que te preocupa es concienciar y movilizar a la gente contra la represión del Estado, puedes hacerlo mucho mejor con la pluma que con la metralleta. Eres una gran periodista. Tus artículos los leen cada semana miles de lectores e influyen en la opinión pública”.

Ulrike rebatió sus argumentos: “Estás equivocado. ¿Por qué crees que la guerrilla urbana será menos efectiva en la lucha contra el Estado que mis artículos? Mis artículos sólo los leen normalmente los que están de acuerdo con ellos. La derecha, en cambio, los utiliza como hoja de parra de la democracia. No sabes cómo temblarían los poderosos si lleváramos la violencia a la puerta de su casa. Si vieran amenazados sus privilegios y sus vidas, negociarían para no perderlo todo. Las acciones armadas revelarían al mundo la cobardía y la hipocresía de las oligarquías. Las acciones armadas mostrarían al mundo el verdadero rostro del enemigo. Desenmascararíamos al Estado y mostraríamos su debilidad. Demostraríamos que es posible luchar contra él con sus métodos y derrotarle en su propio terreno. El miedo de la gente se transformaría en insurrección, cuando descubrieran que es posible vencer”. Nirumand discutió con Ulrike durante horas para intentar que cambiara de opinión y no empezara un camino sin marcha atrás. “No hubo forma de disuadirla. No volví a verla nunca más”.


LAS COLUMNAS EN KONKRET

Se ha dicho que Ulrike Meinhof se unió a la Fracción del Ejército Rojo casi por accidente, cuando el 14 de mayo de 1970 se implicó en la fuga de Andreas Baader de forma espontánea, obedeciendo a un arrebato. Se trata de una versión caricaturesca de la verdad, que pretende describir a Ulrike como una mujer inestable e inmadura, incapaz de controlar sus emociones. Su progresiva radicalización puede apreciarse leyendo sus columnas en konkret, donde el pacifismo antinuclear de los inicios se transforma en una apología de la violencia revolucionaria. Cuando en 1960, el Ministro del Interior, el democristiano Gerhard Schröder, presentó su proyecto de leyes de emergencia, Ulrike advierte que el Estado alemán “prepara un estado de excepción permanente, según el modelo de la España franquista”. Ulrike ironiza sobre el tránsito del nacionalsocialismo a la democracia:

Soldados contra obreros, intervención militar para la defensa del orden interior, el ejército contra la población civil: ¿es eso nuevo en Alemania? No. Lo único nuevo es que esta vez estos métodos de relación entre el poder del estado y el pueblo se llaman democracia” (“¿Emergencia? ¡Emergencia!”).

En 1966, denuncia las condiciones de vida de los inmigrantes extranjeros:

campos de barracas, acuartelamiento en grandes bloques (silos humanos), cuatro, seis u ocho hombres embutidos en una sola habitación, instalaciones sanitarias primitivas, sin lavanderías o con servicios miserables, casi sin viviendas para matrimonios ni familias”. La explotación laboral de los inmigrantes no ha mejorado la situación del trabajador alemán. Jornadas extenuantes, salarios raquíticos, accidentes laborales: “¿No mejorarían las cosas si la industria alemana robusteciera su reserva de fuerza de trabajo mediante aumento de salarios y disminución del tiempo de trabajo, o sea, cuidando la fuerza de trabajo, en vez de desgastarla por exceso de carga?” (“La lucha salarial”). En 1967, Ulrike protesta contra los límites impuestos por la ley para ejercer el derecho de reunión y manifestación: “No hace falta abolir la voluntad de reunión cuando las leyes existentes al respecto se manejan de tal modo que sólo se autorizan manifestaciones en el extrarradio, anunciadas mucho tiempo antes y con un control cuidadoso, y cuando, además, existe una policía siempre dispuesta a apalear”.

En 1967, Hubert Humprhey, vicepresidente de los Estados Unidos, visita Berlín y los estudiantes le arrojan bolsas de plástico llenas de natillas. Es su forma de responder a los bombardeos con napalm sobre la población civil vietnamita. El gobierno y la prensa conservadora del grupo Springer acusan a los estudiantes de conducta criminal. Ulrike responde:

Parece ser que lo criminal no es lanzar bombas de napalm contra mujeres, niños y viejos, sino protestar contra esas bombas. Lo criminal no es la destrucción de cosechas vitales, destrucción que significa para millones de personas el hambre y la muerte; lo criminal es protestar contra eso. Lo criminal no son el terror y la tortura practicados por las fuerzas especiales, sino protestar contra eso. […] Se considera que no es elegante bombardear a los políticos con natillas y requesón, pero que es adecuado y necesario recibir solemnemente a políticos que mandan borrar aldeas del mapa y bombardear grandes ciudades. No es elegante discutir en las naciones y en las esquinas sobre la opresión del pueblo vietnamita, pero sí que lo es colonizar un pueblo entero en nombre del anticomunismo” (“Napalm y pudding”).

En su artículo “Vietnam y los alemanes”, Ulrike comienza a interrogarse sobre la utilidad de las manifestaciones y se plantea acciones más eficaces:

La muerte de mujeres y niños, la destrucción de hospitales y escuelas, la destrucción de cosechas y de industrias vitales –‘hasta que nos pidan misericordia con lágrimas en los ojos’, ‘hasta que el negocio esté concluido’, según las palabras del general norteamericano William Westmoreland– obliga a preguntarse por la eficacia de las manifestaciones autorizadas por un gobierno que envía helicópteros a Vietnam y que, naturalmente, no permitirá que las manifestaciones perturben su política exterior, ni menos aún que la alteren”.

Ulrike relata que se han arrojado octavillas en los cuarteles norteamericanos en Berlín, pidiendo la deserción a los soldados. Es una iniciativa ilegal en la República Federal, pero cuando se trata de salvar a mujeres y niños, cosechas e industrias, la meta debe ser “la voluntad de eficacia. Hay que reflexionar sobre ello”.

Las protestas son absurdas si se limitan a ejercer una función testimonial. La guerra continúa masacrando a la población civil y la policía no deja de aporrear a los estudiantes:

Los estudiantes han aprendido que la porra de la policía es la revelación de un poder intrínseco al sistema en el que viven, no simple defecto, sino columna vertebral del sistema”.

Para acabar con el sistema, hay que realizar una labor pedagógica, un trabajo de ilustración sobre las relaciones de poder y de propiedad, sobre el sentido de la violencia institucional y sobre la posibilidad de una respuesta contundente, que será calificada de terrorismo por el gobierno, pero que constituye un acto de legítima resistencia. En 1968, Ulrike avanza un poco más en su determinación de escoger el camino de la lucha armada. En su artículo “Contraviolencia”, apunta que el sentido último de la dictadura nazi fue “liquidar para décadas la posibilidad del comunismo en Alemania”. Durante la posguerra, el gobierno y la prensa conservadora han continuado la labor, promoviendo “la identificación de la opresión, con la protesta contra la opresión”. Ahora se trata de enfrentarse al poder y romper su discurso:

Los estudiantes han comprendido que las formas solemnes y el orden docente no dejan sitio para los contenidos críticos y las discusiones democráticas, si antes no se quiebran dolorosamente”.

En 1968, Ulrike escribe el artículo “De la protesta a la resistencia”, después del atentado contra su amigo Rudi Dutschke, que provocó violentos enfrentamientos entre la policía y los estudiantes.

El 2 de junio sólo volaron por los aires tomates y huevos; esta vez han volado piedras. En febrero todo se redujo a proyectar una película alegre y divertida sobre la fabricación de cócteles Molotov; ahora ha habido llamas. Se ha cruzado la barrera entre la violencia y la resistencia”.

Ulrike denuncia la hipocresía de los políticos que hablan de no violencia, pero envían a la policía a aporrear a los disidentes. No quieren que los estudiantes desafíen a las fuerzas del orden con sus gritos y sus piedras, pues su intención es mantener a la sociedad en un estado de minoría de edad e impotencia. “Se acabó la broma”, anuncia Ulrike. “Se ha hecho resistencia, pero no se han ocupado posiciones de fuerza”. Hay que adoptar una estrategia más ambiciosa, con un potencial transformador. Si la violencia no está orientada hacia una finalidad política, se convierte en “violencia sin sentido, desbordada, terrorista, apolítica, impotente”. Ulrike escribe la famosa consigna que anticipa su activismo revolucionario.

Si digo que tal o cual cosa no me gusta, estoy protestando. Si me preocupo además porque eso que no me gusta no vuelva a ocurrir, estoy resistiendo. Protesto cuando digo que no sigo colaborando. Resisto cuando me ocupo de que los demás tampoco colaboren”.

Los disturbios estudiantiles alarman al gobierno, que amenaza con recurrir al Estado de emergencia. Ulrike responde que “la legislación de emergencia es un ataque generalizado del poder político y financiero contra todos los que no se benefician del sistema”. El estado de emergencia es la esencia de un capitalismo que se esconde detrás de fórmulas legales aprobadas por decreto, aplicando la represión más feroz cuando la disidencia adquiere posibilidades de alterar el orden establecido. La noche del 2 de abril de 1968, Gudrun Ensslin, Andreas Baader, Thorwald Proll y Horst Söhnlein fueron arrestados bajo la acusación de provocar un incendio en unos grandes almacenes de Frankfurt. Ulrike Meinhof comentó el suceso una vez más en konkret:

La ley no protege a los seres humanos, sino la propiedad. ¿Sirve de algo quemar unos grandes almacenes? Los almacenes destruidos por los incendios son saqueados. No suelen acudir los burgueses, sino los que no pueden realizar compras porque son pobres y no tienen trabajo. El saqueador aprende que un sistema que le priva de lo necesario para vivir es un sistema podrido e inmoral. […] Fritz Teufel ha dicho en la conferencia de delegados del SDS: ‘Siempre es mejor quemar unos grandes almacenes que tener unos grandes almacenes’. Realmente, Fritz Teufel es a veces capaz de formulaciones muy buenas”.

Ulrike entrevista en la cárcel a Gudrun Ensslin y el encuentro sólo acentúa su convicción de que la actividad periodística es una filigrana sin consecuencias, si no está acompañada de acciones concretas, capaces de provocar reacciones emocionales, semejantes a las que expresan los padres de Gudrun, después del juicio celebrado contra su hija. Helmut Ensslin, pastor evangélico, declaró a la prensa que Gudrun pertenecía a una generación con la necesidad de romper con la anterior para demostrar su repugnancia hacia la política exterminadora de la dictadura nazi. Incendiar unos grandes almacenes puede parecer un gesto trivial e injustificable, pero la motivación es profunda: advertir que no se tolerarán la aparición de nuevas formas de intransigencia o totalitarismo y denunciar un consumismo embrutecedor y alienante. La madre de Gudrun añadió que la acción de su hija había

representado algo liberador, incluso para la familia. De pronto, yo misma me siento liberada de un miedo y de un ahogo que antes dominaban mi vida. Lo que ha hecho mi hija me ha rescatado de mis propios miedos”.

En su entrevista con Ulrike, Gudrun afirmó:

No nos cruzaremos de brazos mientras el fascismo se extiende por el mundo, como sucedió con Hitler. Esta vez ofreceremos resistencia. Tenemos una responsabilidad histórica”.

Gudrun Ensslin había adquirido cierta notoriedad en la universidad, cuando hizo un juicio lapidario de la generación anterior:

“Es la generación de Auschwitz. No se puede discutir con ellos”.

En aquella época, un tercio de la población aún simpatizaba con el nazismo, sin esconder sus prejuicios antisemitas. Se ha dicho que Gudrun comenzó su activismo político arrastrada por Andreas Baader, cuando sucedió exactamente al revés. Günter Grass, que la conoció personalmente, intentó describirla, afirmando que “era una idealista sin concesiones. Tenía sed de Absoluto”.

En 1969, Ulrike participa en el guión y la producción de “Bambule”, una película documental que denuncia los abusos y malos tratos cometidos en los centros de menores con niñas y adolescentes huérfanas. “Bambule” es una palabra de origen africano que significa “danza” o “motín”. Ulrike aprovecha la ocasión para incitar a las mujeres a implicarse en la lucha por la igualdad de género. La revuelta femenina sólo es un aspecto de la lucha de clases, que refleja las tensiones entre el poder masculino y la discriminación de las mujeres o, lo que es lo mismo, entre una clase dominante y otra oprimida por factores económicos y culturales. Las ventajas de los hombres en el mercado laboral, con sueldos más altos y el monopolio de los cargos de responsabilidad, sólo es un ejemplo más de un reparto desigual del poder, que consolida la hegemonía de unos grupos sobre otros, de acuerdo con principios no equitativos. “Bambule” no se estrenó en la televisión alemana hasta finales de los 90. La cinta se archivó cuando se desataron las sospechas sobre la participación de Ulrike en la fuga de Andreas Baader.


LA GUERRILLA URBANA: LA FRACCIÓN DEL EJÉRCITO ROJO

Ulrike y Gudrun concibieron un plan para liberar a Andreas Baader. Ulrike afirmaría años después desde la cárcel que la liberación de prisioneros políticos era un componente esencial de la lucha armada y que, además, pretendían dejar muy claro con desafiaban al Estado y no reconocían su autoridad ni sus leyes. Con el pretexto de realizar un estudio sobre la delincuencia juvenil, Ulrike logró que Andreas obtuviera un permiso judicial para reunirse con ella durante unas horas en el Instituto Alemán de Estudios Sociológicos. Se concedió el permiso y Andreas acudió a la cita, escoltado por dos policías. El plan tuvo éxito, pero Georg Linke, un bibliotecario de 64 años, recibió un disparo, que le causó graves daños hepáticos, y los policías resultaron malheridos. Es ridículo afirmar que Ulrike se unió al comando de forma impulsiva y sin calcular las consecuencias. Todo había sido cuidadosamente planificado y Ulrike ya había resuelto empezar la vía de la lucha armada. De inmediato, se ordenó la busca y captura de Ulrike y sus compañeros y se ofreció una recompensa de 10.000 Deutsche Mark. En los próximos dos años, Ulrike abandonó la República Federal y recibió instrucción militar en un campamento de Al Fatah en Jordania, con Andreas Baader, Gudrun Ensslin y otros compañeros. La convivencia entre los fedayines palestinos y los activistas de la Fracción del Ejército Rojo resultó altamente conflictiva por culpa de las diferencias culturales. Además, los alemanes se cuestionaron la utilidad de un entrenamiento concebido para escenarios de guerra convencionales y no para la lucha de una guerrilla urbana. Al parecer, Ulrike no se caracterizó por sus cualidades de combatiente y estuvo a punto de perder la vida mientras manipulaba una granada antitanque. Andreas Baader observó que carecía de aptitudes para manejar armas y explosivos. Gudrun Ensslin se mostró mucho más eficaz.

De regreso a la República Federal en junio de 1970, el grupo considera que ya está preparado para actuar. No está claro si escoge el nombre de Fracción del Ejército Rojo inspirándose en el Ejército Rojo Japonés (otra guerrilla urbana) o si pretende emular al Ejército Rojo de la Unión Soviética. De hecho, su símbolo es una estrella roja sobre la que se ha añadido una ametralladora Heckler & Koch MP5. Se especula que se elige el término de Fracción para señalar que se trata de una sección de una fuerza internacional de orientación marxista, cuyo fin es la liquidación del capitalismo. Se atribuye a Ulrike Meinhof el comunicado inicial de la Fracción del Ejército Rojo, que se envía a los medios de comunicación en abril de 1971. El texto empieza con una cita de Mao Tse Tung:

El imperialismo y todos los reaccionarios, vistos en su esencia, a largo plazo, desde un punto de vista estratégico, deben contemplarse como lo que son: tigres de papel. Sobre este punto de vista deberíamos construir nuestra estrategia”.

El comunicado justifica la necesidad de un internacionalismo revolucionario. El capitalismo debe ser combatido en todos los países que sufren su opresión directa o indirectamente. Hay que abrir nuevos frentes, internacionalizar la lucha, no dejarse intimidar, no subestimar el potencial de una minoría con una clara conciencia revolucionaria. Hay que combatir el dogmatismo y el aventurerismo. El concepto de guerrilla urbana procede de América Latina, donde las fuerzas revolucionarias son relativamente débiles, pero han conseguido importantes victorias.

La guerrilla urbana es una necesidad en la República Federal de Alemania. Es la respuesta inevitable a las leyes de emergencia y a la violencia policial. La guerrilla urbana se basa en el internacionalismo y se constituye como la vanguardia armada de los trabajadores. Es una expresión de la lucha de clases y pretende neutralizar el intento de los gobiernos occidentales de volver irrelevante el comunismo en el juego político, abocándolo a la clandestinidad o a la oposición extraparlamentaria.

La guerrilla urbana tiene como fin tocar el aparato del Estado en puntos muy precisos, ponerlo fuera de servicio, destruir el mito de su omnipresencia y de su invulnerabilidad. La guerrilla urbana es la lucha antiimperialista ofensiva. O somos parte del problema o de la solución, pero entremedio no hay nada”.

La guerrilla urbana excluye el trabajo con las bases, pues la infiltración de los servicios de seguridad impide hablar con libertad en reuniones, asambleas y comités. “No se puede combinar el activismo político legal con el activismo político ilegal”. Ser parte de la guerrilla urbana implica no dejarse afectar por los ataques de la prensa, que hostigará y condenará todas las acciones revolucionarias. No hay marcha atrás para el que se incorpora a la lucha armada. El comunicado cita de nuevo a Mao. “Sólo el que no tiene miedo de ser ejecutado –escribe el líder chino- puede atreverse a tirar al rey de su caballo”. La guerrilla urbana no se limita a hablar. Su esencia revolucionaria es actuar, oponer la resistencia más dura al capital financiero y aceptar el sacrificio personal. Debe haber un deseo, incluso un phatos, que refleje la consigna de Blanqui:

El deber de todo revolucionario es luchar, llevar a cabo la lucha, luchar hasta la muerte”.

Sin esta motivación, jamás habrían triunfado las revoluciones de la Unión Soviética, China o Cuba. Ese pathos está presente en los combatientes argelinos, palestinos, vietnamitas y es la semilla de la victoria.


LOS AÑOS DE CLANDESTINIDAD

Ulrike Meinhof participa en varios atracos de bancos e intercambia disparos con la policía. Se acostumbra a vivir en la clandestinidad, con documentos falsos, coches robados y la compañía permanente de un arma. No ejerce el liderazgo político ni militar, que recae sobre Gudrun Ensslin, con una mentalidad mejor adaptada a la lucha revolucionaria y con una notable fortaleza psicológica. El 29 de septiembre comienza la escala de violencia. Tres comandos armados asaltan simultáneamente en Berlín tres bancos, consiguiendo reunir algo más de 200.000 marcos. El 8 de octubre se producen las primeras detenciones, que incluyen a Horst Mahler e Ingrid Schubert (la gran olvidada de la RAF, asesinada por el gobierno alemán en la prisión de Munich-Stadelheim el 12 de noviembre de 1977, fingiendo un inverosímil suicidio).

La policía incauta armas, explosivos, documentos falsos y matrículas de coche. El 15 de noviembre de 1970, Ulrike participa en el asalto a la Jefatura Civil de Laggöns, cerca de Frankfurt, sustrayendo documentos de identidad, sellos oficiales y pasaportes. El 15 de enero de 1971 dos comandos asaltan simultáneamente dos bancos en Kassel, logrando un botín de 114.000 marcos. El 15 de julio de 1971 la policía intercepta un Mercedes Benz blanco, ocupado por Werner Hoppe y Petra Schelm, militantes de la RAF. Se produce un tiroteo y Petra Schelm muere de un disparo en la cabeza. Algunas versiones apuntan que se ha tratado de una ejecución a sangre fría. Es la primera baja de la RAF.

En noviembre de 1971, Renate Riemeck, madre adoptiva de Ulrike, se dirige públicamente a su hija, pidiéndole que abandone la lucha armada.

Eres demasiado inteligente para confundir las protestas contra el autoritarismo con un guerra revolucionaria. La República Federal no es América Latina. La opinión pública reprueba vuestras acciones y no aprecia ninguna intención política o moral”.

Tres semanas más tarde, la policía encontró en uno de los pisos utilizados por los activistas la carta de respuesta que Ulrike nunca llegó a enviar:

Me pides que renuncie a mi espíritu crítico y a mi libertad. No puedo hacerlo. Mi conciencia revolucionaria es lo más valioso de mi ser”.

La prensa afirma que Ulrike ha muerto, pero en realidad se encuentra en Italia y en 1972 regresa a Hamburgo para iniciar una nueva campaña de atentados. El 11 de mayo estalla una bomba en el cuartel militar de Estados Unidos en Frankfurt, el más grande de la República Federal. Hay un muerto y trece heridos. Lo reivindica el “Comando Petra Schelm”. Al día siguiente, estallan dos bombas en las comisarías de Múnich y Augsburg. Cinco policías resultan heridos.

El 15 de mayo una bomba colocada en un coche causa heridas muy graves a la mujer de un juez implicado en los procesos abiertos contra activistas de la RAF. El comando que reivindica el atentado señala que su objetivo era el juez y no su esposa. El 19 de mayo una bomba destroza las oficinas de Bild, el diario sensacionalista del grupo Springer. El “Comando 2 de junio” realiza varias llamadas, advirtiendo del peligro, pero el edificio no es desalojado. 17 personas resultan heridas. El 24 de mayo una bomba explota en la base militar norteamericana de Heidelberg, la más grande de Europa. Es una acción de especial importancia, pues se trata del lugar de partida de los bombarderos norteamericanos que atacan con napalm a los civiles vietnamitas, obligándoles a huir de sus aldeas con el cuerpo en llamas.

El 14 de junio de 1972, el profesor Fritz Rodewald delata a Ulrike Meinhof, que se halla oculta en su piso. Hasta entonces, Rodewald había escondido a los desertores de las Fuerzas Armadas norteamericanas y ocasionalmente a algún activista de la RAF, pero su punto de vista ha cambiado poco a poco, hasta estimar que la guerrilla urbana representa un camino equivocado. Algunas versiones afirman que Rodewald desconocía la identidad de la mujer refugiada en su apartamento. Sabía que pertenecía a la RAF, pero no que se tratara de Ulrike Meinhof. No es cierto, pues les unía una vieja amistad, pero se oculta para no revelar que la policía le garantiza la impunidad a cambio de su colaboración y le entrega una cuantiosa recompensa. En ese mismo mes, son detenidos Andreas Baader, Gudrun Ensslin, Holger Meins y Jan-Carl Raspe. Al igual que el resto, Ulrike será acusada de cuatro asesinatos consumados, 54 en grado de tentativa y de la creación de un grupo armado.

LA TORTURA BLANCA (EL RÉGIMEN DE AISLAMIENTO)

Ulrike permaneció encarcelada en régimen de aislamiento desde el 16 de junio de 1972 hasta el 9 de febrero de 1973. Aislada del resto de los reclusos, sólo se le permite la visita de un familiar cada dos semanas. No más de treinta minutos bajo supervisión de los funcionarios de prisiones. Ulrike se deteriora rápidamente, pero conserva la lucidez suficiente para relatarnos su sufrimiento en un texto que tituló “Carta de una presa en el pasillo de la muerte”:

El aislamiento te hace sentir que te va a explotar la cabeza. Sientes que te va estallar como un globo. Sientes que el cerebro se comprime hasta adquirir el tamaño de un fruto seco. Sientes que tu mente se desintegra, sientes que van destruyendo tu capacidad de establecer asociaciones. Sientes que la celda se mueve. Sientes que se detiene de repente en una extraña inmovilidad para continuar su danza poco después. No sabes si tiemblas de fiebre o de frío. Cuesta mucho trabajo hablar con un volumen normal de voz. Cada vez que hablo, tengo la sensación de estar vociferando y, al mismo tiempo, creo que voy a quedarme muda. Noto que se me desarticula el lenguaje, la sintaxis, la fonética. No entiendo mis propias palabras. Parecen sonidos ajenos, de otra persona, de un moribundo que agoniza entre graznidos. Empiezo a escribir y cuando me encuentro a mitad de oración ya no recuerdo el inicio. Tengo la sensación de estar ardiendo por dentro, chamuscándome. Pienso que mis órganos se retuercen como si se quemaran en agua hirviendo. Experimento una feroz agresividad, que busca inútilmente una válvula para desahogar su rabia, pero no hay válvula alguna. Las visitas no dejan huella. La soledad regresa en seguida y no eres capaz de saber si el último contacto se produjo hace unas horas o hace unos días. El tiempo y el espacio se encajonan el uno sobre el otro, hasta confundirse. A veces, tienes la sensación de hallarte en una sala llena de espejos deformantes. Ya no distingo la diferencia acústica entre el día y la noche, pues toda mi claridad procede de unos fluorescentes, que se apagan y se encienden sin ninguna pauta fija. Es imposible medir el tiempo. Lo más doloroso es tener una conciencia clara de que no hay ninguna posibilidad de sobrevivir. Eso es lo peor, lo más terrorífico”.

Heinrich Böll manifestó públicamente su indignación por las condiciones de encarcelamiento de Ulrike Meinhof. Habló de “tortura blanca” y pidió el cese de la incomunicación. El gobierno le ignoró y la prensa, sin distinción de orientaciones políticas, lanzó una campaña de desprestigio contra el escritor galardonado con el Premio Nobel ese mismo año. Algunos periodistas del grupo Springer llegaron a afirmar que sus palabras eran tan dañinas como los atentados de la RAF.

SEPTIEMBRE NEGRO

El 5 de septiembre de 1972 la organización palestina Septiembre Negro secuestra a once atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de Múnich. Exige la liberación de 234 presos políticos palestinos en cárceles israelíes y de los principales líderes de la Fracción del Ejército Rojo, incluida Ulrike Meinhof. Israel se niega a negociar y la policía alemana tiende una trampa al comando, que desemboca en una masacre: mueren los once atletas israelíes, cinco fedayines palestinos y un oficial de la policía alemana. Ulrike Meinhof escribe un breve ensayo sobre los acontecimientos: “La acción de Septiembre Negro en Múnich. Hacia la estrategia de la lucha antiimperialista”, donde expresa una vez más su convicción sobre la necesidad de una lucha armada internacionalizada, con suficiente fuerza y audacia para destruir el mito de la invulnerabilidad del Estado.

En diciembre de 1972, Ulrike fue citada para declarar en el juicio contra Horst Mahler. Durante la vista, se le hicieron varias preguntas sobre sus manifestaciones de apoyo al comando palestino que había secuestrado a los atletas israelíes. Ulrike se solidarizó con la causa palestina y recordó que el antisemitismo había sido uno de los ejes del Tercer Reich.

Se desvió el odio que experimentaba la clase trabajadora hacia el capitalismo después de la crisis del 29, responsabilizando a los judíos de todas las calamidades. Se destruyeron seis millones de vidas para ocultar las miserias del poder financiero, pero el pueblo palestino no tiene por qué pagar nuestros pecados. Lucha por sus derechos y el Estado de Israel se ha convertido en el principal baluarte del imperialismo norteamericano en Oriente Medio”.

Ulrike regresa al régimen de aislamiento y es acusada de responsabilidad moral en la masacre de Múnich.

El 1 de febrero de 1973, el psicólogo de la cárcel redacta un informe, señalando que “la carga psíquica impuesta a Ulrike Meinhof sobrepasa las consecuencias inevitables del riguroso aislamiento. Si la detención en riguroso aislamiento, como demuestra la experiencia, sólo es soportable por un tiempo limitado, en el caso de Ulrike Meinhof se han excedido todas las limitaciones, pues está privada de toda percepción del entorno”. Ulrike participó en las cuatro huelgas de hambre que protagonizaron los presos políticos de la RAF para exigir una mejora en sus condiciones carcelarias. El 16 de diciembre de 1974 el Presidente Federal, Gustav Heinemann, escribe a Ulrike Meinhof, pidiéndole que cese su huelga de hambre, pero ella responde que

no acabará con la huelga mientras las reivindicaciones no sean satisfechas: reagrupamiento de los prisioneros de la RAF o integración en condiciones normales de detención”.

El 9 de noviembre Holger Meins muere a consecuencia de 145 días de ayuno. Con una estatura de 1’86, el cadáver sólo pesa 39 kilos. Al igual que el resto de los activistas, ha recibido alimentación forzada, pero sólo se le han proporcionado 400 calorías en vez de las 1.200 necesarias para sobrevivir.


En sus últimas horas, se le escatima hasta la asistencia de un médico. Su familia denuncia el caso y 10.000 personas se manifiestan en Berlín, acusando al gobierno de cometer un nuevo crimen de Estado. Todos los miembros de la RAF deciden poner fin a la huelga de hambre para evitar nuevas muertes.

EL JUICIO DE STUTTGART-STAMMHEIM

En 1975, Ulrike Meinhof es trasladada a la prisión de alta seguridad de Sttugart-Stammheim, con Gudrun Ensslin, Andreas Baader y Jan-Carl Raspe. El 21 de mayo comienza el juicio contra los cinco principales activistas de la RAF, despertando una enorme expectación mediática. Se convocan a más de 1.000 testigos y peritos y el expediente supera las 100.000 páginas. El Bundestag modifica aspectos del Código Penal para excluir a los abogados de confianza de los detenidos. De hecho, los letrados Klaus Croissant y Christian Strobele son arrestados y acusados de complicidad con la RAF. Se construye un pequeño edificio para el juicio y se asignan abogados de oficio, que los acusados rechazan. Ulrike explica ante el juez su concepto de terrorismo:

El terrorismo es la destrucción de los servicios públicos, tales como diques, acueductos, hospitales, centrales eléctricas. Estados Unidos ha escogido sistemáticamente estos blancos en su guerra imperialista contra Vietnam del Norte, causando un enorme sufrimiento en la población civil. Las acciones de la guerrilla urbana nunca son contra las personas. La guerrilla urbana lucha contra el terrorismo de Estado. Su objetivo es llevar la violencia hasta su puerta, demostrando su vulnerabilidad. No atentamos contra civiles inocentes”.

Una segunda generación de activistas, mucho más radicales, continúa mientras tanto la lucha armada. El “Comando Holger Meins” asalta la embajada de Alemania en Estocolmo y exige la liberación de los activistas de la RAF. No se aceptan sus condiciones y se opta por una solución policial, que provoca cuatro muertos (dos activistas y dos agregados de la Embajada). El 23 de septiembre de 1975, tres peritos médicos informan que los acusados no pueden seguir normalmente el proceso, pues han perdido peso, sufren trastornos del habla y la visión y no son capaces de mantener la concentración. El 28 de octubre Ulrike Meinhof manifiesta que el aislamiento sólo ofrece dos alternativas: el silencio hasta la muerte o la confesión, pero confesar implica cometer traición. El aislamiento es un método particularmente cruel de extraer confesiones y dividir a la guerrilla urbana. Algunos periodistas afirman que las declaraciones de Ulrike Meinhof expresan un tibio alejamiento de la RAF. Se rumorea que hay fuertes tensiones entre Ulrike y Gudrun. Gudrun manifiesta ante el tribunal su desacuerdo con el atentado cometido contra el grupo Springer, afirmando que contradice la línea política de la RAF, opuesta siempre a causar daños a la población civil. El proceso cobra un sesgo político más acusado.

Los abogados de los imputados afirman que atentar contra bases norteamericanas no está menos justificado que lanzar un ataque contra un cuartel de la Wehrmacht durante el régimen nazi. Una letrada compara a los niños judíos del gueto de Varsovia con la niña vietnamita Kim Phuc, fotografiada mientras huye de los bombarderos norteamericanos, con la ropa calcinada y el cuerpo horriblemente quemado por el napalm. La sala del juicio se llena de rumores aprobatorios. El público no disimula su simpatía hacia los acusados. Los letrados de la defensa afirman que sus clientes no son criminales, sino los adversarios más radicales de la complicidad entre la República Federal y el gobierno de los Estados Unidos, que mantiene una guerra contra el pueblo vietnamita, donde se cometen a diario masacres de civiles. Gudrun Ensslin afirma que las confesiones de los activistas de la RAF son extraídas mediante la tortura.

La tortura establece un vínculo enfermizo entre la víctima y el agresor. Estás aislado, sin posibilidad de comunicarte con nadie, salvo con tu torturador, que combina la violencia con las palabras de aliento y una fingida comprensión. El dolor y el alivio de ese dolor proceden de la misma persona. Surgen horribles ambivalencias y el daño psicológico te deja indefenso, a merced del que maltrata tu cuerpo y tu mente para reconfortarte un poco después. No se puede conceder ningún valor procesal a unas confesiones obtenidas de forma tan perversa”.

Las manifestaciones de apoyo a los procesados en Stuttgart-Stammheim reúnen a miles de personas en diferentes ciudades de la República Federal. Se calcula que uno de cada cuatro ciudadanos menores de 30 años simpatiza con la RAF.


LA MUERTE DE ULRIKE MEINHOF: UN CRIMEN DE ESTADO

Ulrike no volverá a la sala de juicio. El 9 de mayo aparece ahorcada en su celda. Las autoridades afirman que se ha suicidado con una toalla. Sin embargo, pocos dudan de que ha sido de un crimen de Estado. En 2002, su hija Bettina, descubre que el cerebro de su madre ha sido extraído durante la autopsia. Se encuentra en un hospital de Magdeburgo, donde ha sido objeto de investigaciones de dudoso valor científico. Es inevitable recordar los experimentos de los médicos nazis. El psiquiatra Bernhard Bogerts afirma que Ulrike escogió la vía de la lucha armada, después de una operación quirúrgica realizada en 1962 para extirparle un tumor cerebral. Supuestamente, la intervención afectó a su conducta. La comunidad científica se muestra escéptica. Bettina consigue recuperar el cerebro para enterrarlo en la tumba donde descansan los restos de su madre. Poco después, se descubre que los cerebros de Gudrun Ensslin, Andreas Baader y Jan-Carl Raspe también han sido extraídos, pero el gobierno afirma que desconoce su paradero.

Treinta años después de la muerte de Ulrike, Peter O. Chotjewitz, abogado de Andreas Baader, escribió: “La RAF fue derrotada, pero no impera la paz. La conmoción desatada por el presunto suicidio de Ulrike Meinhof desató violentas manifestaciones en toda la República Federal. Nadie creyó la versión oficial. Algunos activistas ya habían sido asesinados a sangre fría en el momento de su detención, como Werner Sauber en un estacionamiento de Colonia. Se cree que la policía había recibido la orden de liquidar a los miembros de la RAF, sin ofrecerles la oportunidad de entregarse”. En 1978, una comisión internacional estudió el presunto suicidio de Ulrike y llegó a la conclusión de que había sido asesinada:

Todo indica que Ulrike ya estaba muerta cuando fue colgada. El hecho de que los servicios secretos tuviesen acceso a las celdas por un pasadizo secreto posibilita toda sospecha”.

La comisión considera que el gobierno oculta la verdad, pues la primera autopsia se realiza con un absoluto secretismo antes del plazo de 24 horas establecido por la legislación alemana y sin autorizar la presencia de un médico de confianza. Una segunda autopsia realizada a petición de la familia reveló restos de semen en su ropa interior y lesiones y arañazos en los muslos, que sugerían la posibilidad de una violación. La hermana de Ulrike escribió un epitafio:

la libertad no es posible más que en el combate por la liberación”.

Pero las autoridades prohibieron que en la lápida apareciera la inscripción. Más de 4.000 personas acudieron al entierro en Berlín. En su tumba, nunca faltan flores ni piedras, que reflejan la síntesis de solidaridad y resistencia que encarnó al convertirse en una activista revolucionaria, aceptando la posibilidad de la muerte y la tortura como el inevitable precio que asume todo el que entrega su vida a denunciar y combatir las injusticias del capitalismo.

La última carta de Ulrike Meinhof, escrita el 19 de abril de 1976, no manifiesta ningún propósito de suicidio, sino el deseo de proseguir la lucha política.

Lo que nosotros queremos es la revolución. La relación con el ser significa lucha, movimiento, oposición a las humillaciones, las ofensas, las expropiaciones, el servilismo, la pobreza. En una sociedad controlada por el mercado capitalista, la única alternativa es la intervención revolucionaria. La actividad revolucionaria siempre será repudiada por los medios de comunicación, pero constituye el primer paso hacia la liberación. La socialdemocracia ha herido de muerte a la izquierda. La batalla está perdida si se plantea como un problema nacional. El capitalismo es una guerra de clases que sólo podrá ganarse mediante la unidad del proletariado a escala mundial”.

El 11 de mayo de 1976 Jan-Carl Raspe hizo una declaración ante el tribunal, acusando al Estado de haber asesinado a Ulrike Meinhof y asegurando que no había divisiones internas ni conflictos importantes entre los miembros de la RAF encarcelados en Stuttgart-Stammheim:

No hablaré mucho. Pensamos que Ulrike ha sido ejecutada. Ha sido una ejecución fríamente concebida, como la de Holger, como la de Siegfried Hausner. Si Ulrike hubiera decidido poner fin a su vida porque en consideraba que era su último recurso para afirmar su identidad revolucionaria y oponer resistencia a la lenta destrucción de su voluntad mediante la agonía del aislamiento, nos lo habría dicho, por lo menos a Andreas, teniendo en cuenta su relación. El asesinato de Ulrike se sitúa en la estrategia del Estado para exterminar física y moralmente a la RAF. Y tiene como objetivo desmoralizar a la guerrilla urbana, a todos los militantes de la izquierda extraparlamentaria para los que Ulrike constituía una referencia ideológica esencial. Quiero decir que conozco la relación entre Ulrike y Andreas desde hace siete años y siempre se ha caracterizado por su intensidad y ternura, sensibilidad y rigor. Y creo que es precisamente el carácter de esta relación el que ha permitido a Ulrike soportar los ocho meses en la sección de aislamiento. Ha sido una relación como la que se puede desarrollar entre hermanos y hermanas, orientados por un propósito revolucionario. Y Ulrike era libre, con esa libertad que sólo es posible en la comunidad surgida entre un grupo de personas comprometidas con la liberación de las sociedades oprimidas. (…) Pretender ahora que han existido tensiones o un enfriamiento de las relaciones entre Ulrike y Andreas o entre Ulrike o nosotros, sólo es una calumnia encuadrada en una estrategia de lucha psicológica”.

Andreas Baader y Gudrun Ensslin, que también temían por su vida, escribieron a sus abogados para advertirles sobre la existencia de una conspiración. Andreas advierte: “Ninguno de nosotros tiene la intención de suicidarse. Si somos –como comentan los guardias- “hallados muertos”, será porque nos han asesinado”. Gudrun expresa la misma preocupación: “Temo acabar como Ulrike. Si no hay más cartas mías y me encuentra muerta, se tratará de un asesinato”.


EL OTOÑO ALEMÁN

La segunda generación de la RAF, liderada por Briggite Mohnhaupt, reaparece con una campaña de atentados. El 7 de abril de 1977, acaba con la vida de Siegfried Buback, el fiscal al que se responsabiliza de ordenar la ejecución de Ulrike. Un comando ametralla su coche oficial, matando también al escolta y el chófer. El 30 de julio intenta secuestrar a Jünger Ponto, presidente del Dresdner Bank, pero se resiste y disparan contra él. La RAF se atribuye su muerte en un comunicado escrito por Susanne Albrecht, donde se afirma:

no entendemos por qué los que empiezan guerras en el Tercer Mundo y destruyen poblaciones enteras, se queden atónitos cuando la violencia llega hasta su propia casa”.

El 5 de septiembre es secuestrado Hanns Martin Schleye, presidente de la patronal alemana y antiguo oficial de las SS, que denunció a sus propios hombres durante la guerra por su escaso fervor nacionalista. Durante el tiroteo, mueren cuatro policías y el chófer del empresario. La RAF exige la liberación de sus activistas o amenaza con ejecutar a Schleye.

El canciller Helmut Schmidt crea un gabinete de crisis y ordena el aislamiento de los presos de Stuttgart-Stammheim, que ya no podrán comunicarse entre ellos ni con sus abogados o familiares. El 13 de octubre de 1977 el vuelo LH 181 de Lufthansa, que se dirigía a Frankfurt desde Palma de Mallorca, es secuestrado. Un comando de Al Fatah exige la liberación de los presos de Stuttgart-Stammheim y de dos fedayines palestinos encarcelados en Turquía. El avión finaliza su aventura en Mogadiscio, después hacer escala en Dubái y Omán, donde ejecutan al comandante del vuelo por su resistencia a colaborar. Un equipo de élite de la policía alemana interviene en la madrugada del 18 de octubre y mata a los miembros del comando, liberando a los pasajeros.

Esa misma noche, mueren Andreas Baader y Jan-Carl Raspe por disparos de bala, Gudrun Ensslin aparece ahorcada e Inmargd Möller apuñalada. El gobierno afirma que se trata de un suicidio colectivo, pero parece poco verosímil que las armas hayan podido sortear los controles de seguridad de una prisión de alta seguridad. Además, Andreas es zurdo, no hay rastros de pólvora en su mano y la trayectoria de la bala no encaja con ninguna reconstrucción creíble. Eso sin contar con dos disparos previos incrustados en la pared de la celda que no obedecen a ninguna explicación lógica. Tampoco parece probable que Inmargd Möller se haya propinado a sí misma cuatro puñaladas en el pecho. Los guardias afirman que no escucharon los disparos ni ningún ruido sospechoso. Möller sobrevivió a las heridas y permaneció encarcelada hasta 1994. Siempre ha sostenido que le atacaron los funcionarios de prisión y que se trató de una ejecución extrajudicial planificada por el gobierno de Helmut Schmidt. El crimen sólo fue la culminación de un proceso que violó sistemáticamente todas las garantías jurídicas. En marzo de 1977, Hans Jochen Vogel, ministro de justicia, y Werner Maihofer, ministro de interior, admiten en una conferencia de prensa que las conversaciones confidenciales entre los abogados y los presos de Stammheim fueron grabadas íntegramente, pues había micrófonos en ocultos en las celdas y los locutorios, instalados por el servicio secreto antes de iniciar el proceso.

Al día siguiente del supuesto suicidio colectivo, la RAF ejecuta a Hanns Martin Schleyer. La detención de Brigitte Mohnhaupt el 11 noviembre de 1982 privó a la organización de su último líder carismático. El 20 de abril de 1998 la RAF envía un comunicado de ocho páginas a la agencia Reuters, anunciando su disolución. Brigitte Mohnhaupt salió de la cárcel en el 2007, notablemente desmejorada.


EL LEGADO DE ULRIKE MEINHOF

Ulrike Meinhof coincidía con Friedrich Engels en su interpretación de la sociedad capitalista. En un mundo donde hasta la vida es una mercancía, sólo “aquella clase de seres humanos que ha sido deshumanizada y degradada puede sentirse en casa”. El capitalismo separa al ser humano de su esencia racional para transformarlo en un objeto. La división en clases sociales y la acumulación de bienes impiden la constitución de una comunidad en la que el individuo pueda desarrollarse como un ser libre y autónomo. El capitalismo implanta una injusticia estructural que se extiende por todo el planeta, condenando a la pobreza, el hambre y la guerra a infinidad de países y regiones. Frente a esa situación, sólo cabe el sometimiento o la resistencia. El siglo XX es el siglo de los genocidios. Es el siglo de la Shoah, el Gulag y del imperialismo norteamericano bombardeando a la población civil del Tercer Mundo con napalm y fósforo blanco para imponer sus intereses estratégicos y comerciales. La solidaridad con los pueblos humillados no puede limitarse a manifestaciones y artículos de prensa. La resistencia es un derecho natural como escribe Herbert Marcuse:

los pueblos oprimidos y sojuzgados tienen un derecho natural a la resistencia y al uso de los medios ilegales cuando se ha comprobado que los legales no producen ningún resultado. Al emplear la fuerza, no están iniciando una nueva cadena de violencia, sino que intentan cortar la violencia existente. Los actos de resistencia no se llevan a cabo sin conocer el riesgo. Al asumir ese riesgo, se adquiere el derecho a proseguir la lucha hasta el final y nadie puede arrogarse la legitimidad de exigir moderación”.

El libro de Stefan Aust sobre la Fracción del Ejército Rojo constituye una obscena manipulación de la verdad. “Der Baader Meinhof Komplex” (1985) sostiene la versión oficial del suicidio colectivo en Stuttgart-Stammheim, asumiendo una perspectiva desmitificadora y caricaturesca, donde Andreas Baader sólo es un delincuente descerebrado y machista, Gudrun Ensslin una manipuladora sin conciencia y Ulrike Meinhof una neurótica inestable, que se embarca en la lucha revolucionaria para huir de la infidelidad de su marido. La adaptación cinematográfica de Uli Edel, “Der Baader Meinhof Komplex” (2008), se limita a convertir el deleznable libro de Stefan Haus en una cinta con estética de videoclip, eludiendo el rigor y la honestidad intelectual.

Por el contrario, Ulrike Meinhof. La biografía (2007), de Jutta Ditfurth, cofundadora del Partido de Los Verdes, realiza un trabajo de investigación minucioso, gracias al cual sabemos que Ulrike no actuó por arrebatos irracionales, sino de acuerdo con convicciones profundas y meditadas. Jutta Diffurth acusa a Renate Riemeck de haber contribuido a la banalización y el descrédito de Ulrike, quien fuera su hija adoptiva, afirmando que se implicó en la liberación de Andreas Baader con una enorme inconsciencia y frivolidad.

Renate Riemeck -afirma Diffurth- ha mentido tanto a lo largo de su vida que no tiene ninguna validez como testigo. Hasta el final de sus días ocultó su pasado nazi y propagó la mentira de que ayudó a los judíos. (…) Lo cierto es que Ulrike Meinhof se había decidido ya por la clandestinidad y la lucha armada meses antes de la liberación de Baader en mayo de 1970”.

Diffurth recuerda que Heinrich Hannover, abogado de Ulrike, siempre se enfrentó a enormes dificultades para entrevistarse con su cliente. Además, ningún encuentro se celebró sin registros corporales particularmente humillantes, donde Ulrike soportaba vejaciones físicas y verbales. Amnistía Internacional denunció el régimen de aislamiento de los miembros de la RAF en más de una ocasión, sin que sus protestas modificaran la actitud del gobierno alemán. Los abogados de los activistas también soportaron un trato despectivo y una sistemática obstaculización de su trabajo. Cuando comienza el juicio en la Audiencia Territorial de Stuttgart-Stammheim, Ulrike Meinhof, Gudrun Ensslin, Andreas Baader y Jan-Carl Raspe se encuentran en un estado deplorable, tras cuatro años de aislamiento y tratos inhumanos y degradantes. Pese a que los peritos médicos aconsejan suspender el juicio, el juez ordena el inicio de las sesiones, sin recortar su duración ni aceptar pausas. Ulrike se encuentra en un estado de debilidad extrema y teme derrumbarse en público. Cuando los procesados descubren que insultar al tribunal les permite regresar a sus celdas, recurren a un lenguaje ofensivo que se publicita inmediatamente a los medios. Se les escucha llamar al juez, “vejestorio”, “miserable” o “cerdo”. Diffurth asegura que Ulrike mantuvo su militancia hasta el último momento, sin manifestar ninguna intención de abandonar la RAF y que sus disputas teóricas con Gudrun se resolvieron antes de su presunto suicidio.

Claro que había discusiones, agravadas por las condiciones del encarcelamiento. También hay conflictos en las comunidades de vecinos, los centros de trabajo o en las familias y las circunstancias son infinitamente mejores”.

Diffurth señala que el tumor cerebral que afectó a Ulrike no influyó en su conducta. Tan sólo le produjo cefaleas y mareos. Afirmar lo contrario es una estupidez.

Se afirma que Ulrike Meinhof está políticamente muerta, pero su figura no deja de inspirar debates, libros, películas. Sería un error confundir este fenómeno con una moda pasajera. En 1986, Reinhard Hauff realizó “Stammheim, el proceso,” una película de formato televisivo y con guión de Stefan Aust. En esas fechas, Aust se mostraba más reacio a la tesis del suicidio colectivo y abordaba la figura de los procesados con más respeto. Andreas Baader no es caracterizado como un estúpido, sino como un líder combativo. Ulrike es una mujer destruida por el aislamiento, pero que no ha perdido su lucidez y Raspe actúa con coherencia y convicción. Sólo Gudrun aparece desdibujada y caricaturizada.

Hasta hoy, la película más notable sobre el tema es “Las hermanas alemanas” (“Die bleierne Zeit”, 1981) rodada por Margarethe von Trotta, que en el mercado anglosajón se estrenó con el título “Marianne and Juliane. The German Sisters”. A veces, ha circulado con el título alemán traducido al español: “Los años de plomo“, una expresión que se ha convertido en un lugar común al evocar la aparición de la guerrilla urbana en diferentes países europeos durante los 70. Margarehte von Trotta recrea la peripecia de Christiane Ensslin, que jamás creyó que su hermana se hubiera suicidado. Narra el conflicto entre el activismo de izquierdas dentro de la ley y la lucha directa contra el Estado, realizando un estudio preciso y riguroso de los personajes.

La tragedia de Ulrike Meinhof expresa la impotencia de una generación que agota las vías pacíficas para pedir el fin de la explotación laboral, la represión institucional y los crímenes de guerra cometidos por Europa y Estados Unidos en los países del Tercer Mundo. Ulrike necesita casi quince años de militancia política para llegar a la conclusión de que es necesario recurrir a la lucha armada. Ahora nos puede parecer ingenua la determinación de enfrentarse al Estado, pero nos encontramos en 2011 y el escenario internacional no ha cambiado demasiado. La crisis económica ha exacerbado las diferencias sociales, la clase trabajadora pierde derechos en una economía controlada por los mercados financieros, Estados Unidos y Europa mantienen abiertos varios frentes de guerra (Afganistán, Iraq, Libia), los palestinos siguen luchando por sus derechos, Somalia soporta una hambruna terrorífica y el descontento social en Grecia, Londres o España se combate a base de brutalidad policial y leyes de excepción. En una entrevista realizada en 1975, Ulrike examinó la situación del mundo y realizó un diagnóstico que conserva una inquietante validez:

Hoy la política revolucionaria tiene que ser a la vez política y militar. Eso se desprende ya de la estructura del imperialismo, del hecho de que el imperialismo ha de asegurarse su poder –hacia dentro y hacia fuera, en las metrópolis y en el Tercer Mundo- de un modo primariamente militar, mediante alianzas militares, intervenciones militares, programas de antiguerrilla y de seguridad interior, que son desarrollo de su aparato de violencia. A la vista del potencial de violencia del imperialismo, no hay política revolucionaria sin solución de la cuestión de la violencia en cada fase de la organización revolucionaria”.

Tal vez Ulrike se equivocó pero es imposible pensar en ella, contemplar el mundo actual y no preguntarse si realmente existe otro camino.

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