FILOSOFÍA DE LA PRAXIS. Adolfo Sánchez Vázquez

LIBRO.37

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El nº 37 de nuestra Colección Socialismo y Libertad

(Extracto pp. 20 a 25)

Cuando el hombre común y corriente observa la actividad individual de un revolucionario —que, en general, es incapaz de captarla en su dimensión social o de clase— y la juzga como una actividad inútil, ciega o irresponsable que jamás podrá conducir a un cambio efectivo del actual estado de cosas; es decir, cuando desvaloriza la actividad práctica transformadora del hombre en el terreno social, su conciencia se inserta —por haber aspirado sus miasmas— en una atmósfera de pensamiento tendiente a desvalorizar al hombre como ser social, activo y transformador. La carencia de sentido de la acción transformadora humana —postulada abiertamente por la filosofía pesimista e irracionalista de Schopenhauer que se da la mano con las filosofías que en nuestros días niegan el progreso histórico-social y privan de sentido a la historia y, en consecuencia, a la acción humana— es justamente lo que afirma la conciencia ordinaria con sus juicios despectivos y negativos sobre el alcance de la actividad práctica revolucionaria. La tesis filosófica primitiva reaparece así en forma burda y simplista en la conciencia ordinaria. Pero, incluso en esta forma elemental, muestra la presencia de elementos teóricos que originariamente formaron parte de un pensamiento filosófico, reflexivo. Sin embargo, la presencia de esos ingredientes teóricos, adoptados inconsciente-mente y que solo son un eco oscuro y lejano de una tesis filosófica, no nos permite ver en su actitud ante la praxis una actitud propiamente teórica, ya que falta en ella el momento capital del lazo consciente entre la conciencia y su objeto. En efecto, el hombre común y corriente se halla en una relación directa e inmediata con las cosas —relación que no puede dejar de ser consciente—, pero en ella la conciencia no destaca o separa la práctica como su objeto propio, para darse ante ella en estado teórico, es decir, como objeto del pensamiento. La conciencia ordinaria piensa los actos prácticos, pero no hace de la praxis —como actividad social transformadora— su objeto; no produce —ni puede producir como veremos— una teoría de la praxis.

Sin embargo, en su actitud natural, el hombre común y corriente muestra también cierta idea —por limitada y oscura que sea— de la praxis; una idea a la que seguirá aferrado mientras no salga de la cotidianidad y se eleve al plano reflexivo que es propio, en su forma mas elevada, de la actitud filosófica. Pero, cómo puede desprenderse la conciencia ordinaria de esta concepción ingenua y espontánea para elevarse a una conciencia reflexiva? A esto solo podremos responder mas adelante, particularmente al analizar los diferentes niveles de la praxis. Digamos, entre tanto, que mientras la conciencia ordinaria no recorre la distancia que la separa de la conciencia reflexiva, no puede nutrir una verdadera praxis revolucionaria. La conciencia ordinaria de la praxis tiene que ser abandonada y superada para que el hombre pueda transformar creadoramente, es decir, revolucionariamente, la realidad.

Ahora bien, cómo se ha presentado históricamente la conciencia filosófica de la praxis? ¿Y cómo aparece la conciencia ordinaria, que coexiste con ella, y que hay que abandonar y superar para hacer posible una verdadera praxis humana, es decir, revolucionaria? Veamos, en primer lugar, la estructura de esta conciencia de la actividad práctica humana.

El hombre común y corriente se tiene a si mismo por el verdadero hombre práctico; él es quien vive y actúa prácticamente. Dentro de su mundo las cosas no solo son y existen en si, sino que son y existen, sobre todo, por su significación práctica, en cuanto que satisfacen necesidades inmediatas de su vida cotidiana. Pero esa significación práctica se le presenta como inmanente a las cosas, es decir, dándose en ellas, con independencia de los actos humanos que se la confieren. Las cosas no sólo son conocidas en si, al margen de toda actividad humana —punto de vista del realismo ingenuo—, sino que también significan por si mismas; es decir, ignora que por el hecho de significar, de tener una significación práctica, los actos y objetos prácticos sólo existen por el hombre y para él. El mundo práctico es —para la conciencia ordinaria— un mundo de cosas y significaciones en si.

Junto a este objetivismo, en virtud del cual el objeto práctico queda separado del sujeto, ya que no se ve su lado humano, subjetivo, la conciencia ordinaria lleva a cabo —por supuesto, sin percatarse de ello— una segunda operación: la reducción de lo práctico a una sola dimensión, la de lo práctico-utilitario. Práctico es el acto u objeto que reporta una utilidad material, una ventaja, un beneficio; impractico es lo que carece de esa utilidad directa e inmediata.

El punto de vista de la conciencia ordinaria coincide en este aspecto objetivo con el de la producción capitalista, así como con el de los economistas burgueses y de las teorías económicas —como las de los economistas clásicos—. Para la conciencia ordinaria, lo práctico es lo productivo, y productivo, a su vez, desde el Angulo de dicha producción capitalista, es lo que produce un nuevo valor o plusvalía.

Tratando de satisfacer las aspiraciones «prácticas» del hombre común y corriente se desarrolla, a veces, desde el poder, una labor encaminada a deformar, castrar o vaciar su conciencia política. Esta labor tiende, al parecer, a integrar a este hombre común en la vida política, pero a condición de que se interese exclusivamente por los aspectos «prácticos» de ella, o sea, la política como carrera. Es evidente que reducida a este contenido «práctico», productivo, la política sólo puede adquirir un sentido negativo para los que permanecen al margen de esta integración y no aciertan a ver, fuera de ese politicismo «práctico», otra dimensión de la política que no sea la del romanticismo, idealismo o utopismo. Pero el intento de satisfacer las aspiraciones «prácticas» del hombre común y corriente adopta también otra forma alimentada desde el poder y encaminada a destruir el mas leve despertar de una clara conciencia política manteniendo al hombre común y corriente en el mas absoluto apoliticismo.

La despolitización crea así un inmenso vacío en las conciencias que solo puede ser útil a la clase dominante al llenarlo con actos, prejuicios, hábitos, lugares comunes y preocupaciones que, en definitiva, contribuyen a mantener el orden social vigente. El apoliticismo de grandes sectores de la sociedad excluye a estos de la participación consciente en la solución de los problemas económicos, políticos y sociales fundamentales, y, con ello, queda despejado el camino para que una minoría se haga cargo de estas tareas de acuerdo con sus intereses particulares, de grupo o de clase. Tanto el politicismo «práctico» como el apoliticismo por razones «prácticas» satisfacen las aspiraciones y los intereses del hombre común y corriente, del hombre «práctico», pero, en verdad, no hacen sino apartarle de una verdadera actividad política y, especialmente, de una praxis revolucionaria. En este sentido, el politicismo y el apoliticismo «prácticos» forman parte de la ideología de la burguesía, sobre todo cuando su política desde el poder ha perdido toda fuerza de atracción para las clases oprimidas y explotadas.

En un mundo regido por las necesidades prácticas inmediatas —en un sentido estrechamente utilitario—, no solo la actividad artística y la política, particularmente la revolucionaria, son improductivas o impracticas por excelencia, ya que puestas en relación con los intereses inmediatos, personales, carecen de utilidad los actos que solo producen placer estético en un caso o, en otros, hambre, miseria y persecuciones. También la actividad teórica —y tanto mas cuanto mas alejada de las necesidades prácticas inmediatas— se presenta a la conciencia ordinaria como una actividad parasitaria; por ello, el hombre común y corriente desprecia a los teóricos y, sobre todo, a los filósofos que especulan o teorizan sin ofrecer nada práctico, es decir, nada utilitario. Como la sirvienta de Thales de hace mas de veinticinco siglos, siempre está dispuesto a reírse del filosofo que, absorto por la teoría, camina por el cielo de la especulación y tropieza en el mundo de las cosas prácticas.

Para la conciencia ordinaria la vida es «práctica», no en el sentido que da Marx a esta expresión,[1] sino en el de práctico-utilitaria. Por otro lado, lejos de reconocer esta dimensión limitada de ella, la ve dotada de un poder autosuficiente, como una actividad que se abre paso por si misma sin necesidad de apoyos extraños. No requiere, a su modo de ver, una actividad teórica que, en conjunción con ella, le despeje el camino. El hombre «práctico» cuya imagen tiene ante si la conciencia ordinaria vive en un mundo de necesidades, objetos y actos «prácticos» que se impone por si mismo como algo perfectamente natural, y al que no es posible sustraerse a menos que se quiera tropezar como tropiezan a cada instante los teóricos y, en particular, los filósofos.

Para el hombre común y corriente la práctica es autosuficiente, no requiere mas apoyo y fundamento que ella misma, y de ahí que se le presente como algo que se sobreentiende de suyo sin que revista, por tanto, un carácter problemático. Sabe o cree saber a que atenerse con respecto a sus exigencias, pues la práctica misma proporciona un repertorio de soluciones. Los problemas solo pueden surgir con la especulación y el olvido de esas exigencias y soluciones. La práctica habla por si misma.

Así, pues, el hombre común y corriente se ve a si mismo como el ser práctico que no necesita de teorías; los problemas encuentran su solución en la práctica misma o en esa forma de revivir una práctica pasada que es la experiencia. Pensamiento y acción, teoría y práctica, se separan. La actividad teórica —impractica, es decir, improductiva o inútil por excelencia— se le vuelve extraña; en ella no reconoce lo que tiene por su verdadero ser, su ser práctico-utilitario.

Si nuestra imagen del hombre común y corriente es fiel —siempre que no perdamos de vista que este tipo de hombre es un hombre histórico, y que, en consecuencia, su cotidianidad es inseparable de una estructura social determinada que fija el marco de lo cotidiano—, vemos que ese hombre común y corriente no deja de tener una idea de la praxis, por limitada o falsa que pueda ser. Hay en él, ciertamente, una conciencia de la praxis que se ha ido forjando de un modo espontáneo e irreflexivo, aunque no falten en ella, como ya señalábamos antes, por ser conciencia, ciertos elementos ideológicos o teóricos en forma degradada, burda o simplista. Es consciente del carácter consciente de sus actos prácticos; es decir, sabe que su actividad práctica no es puramente mecánica o instintiva, sino que exige cierta intervención de su conciencia, pero por lo que toca al verdadero contenido y significación de su actividad, o sea, por lo que se refiere a la concepción de la praxis misma, no va mas allá de la idea antes expuesta: praxis en sentido utilitario, individual y autosuficiente (ateórico).

El hombre común y corriente, inmerso en el mundo de intereses y necesidades de la cotidianidad, no se eleva a una verdadera conciencia de la praxis capaz de rebasar el limite estrecho de su actividad práctica para ver, sobre todo, ciertas formas de ella —el trabajo, la actividad política, etcétera—, en toda su dimensión antropológica, gnoseológica y social. Es decir, no acierta a ver hasta que punto, con sus actos prácticos, está contribuyendo a escribir la historia humana, ni puede comprender hasta que grado la praxis es menesterosa de la teoría, o hasta que punto su actividad práctica se inserta en una praxis humana social con lo cual sus actos individuales implican los de los demás, y, a su vez, los de estos se reflejan en su propia actividad. Ahora bien, la superación de esa concepción de la praxis que la reduce a una actividad utilitaria, individual y autosuficiente (con respecto a la teoría) es una empresa que rebasa las posibilidades de la conciencia ordinaria.

Cierto es que para la conciencia ordinaria, como ya apuntábamos mas arriba, existen los objetos con determinada significación (aunque meramente utilitaria), como existen también los actos de producción y consumo de ellos, pero lo que no existe propiamente para ella, mientras se mantenga en ese nivel ateórico de la cotidianidad, es la verdadera significación social humana de esos actos y objetos. Esta significación sólo puede mostrarse a una conciencia que capte el contenido de la praxis en su totalidad como praxis histórica y social, en la que se integren y perfilen sus formas específicas (el trabajo, el arte, la política, la medicina, la educación, etcétera), así como sus manifestaciones particulares en las actividades de los individuos o grupos humanos, a la vez que en sus diferentes productos. Esa conciencia es la que históricamente se ha ido elevando a través de un largo proceso que es la historia misma del pensamiento humano, condicionado por la historia entera del hombre como ser activo y práctico, desde una conciencia ingenua o empírica de la praxis hasta la conciencia filosófica de ella que capta su verdad —una verdad jamás absoluta— con el marxismo. Esta conciencia filosófica no se alcanza casualmente en virtud de un desarrollo inmanente, interno del pensamiento humano. Sólo se alcanza históricamente —es decir, en una fase histórica determinada— cuando la praxis misma, es decir, la actividad práctica material, ha llegado en su desenvolvimiento a un punto en que el hombre ya no puede seguir actuando y transformando creadoramente —es decir, revolucionariamente— el mundo —como realidad humana y social—, sin cobrar una verdadera conciencia de la praxis. Esta conciencia es exigida por la historia misma de la praxis real al llegar a cierto tramo de su desarrollo, pero solo puede obtenerse, a su vez, cuando ya han madurado a lo largo de la historia de las ideas las premisas teóricas necesarias.

En cuanto que una verdadera concepción de la praxis presupone la historia entera de la humanidad —ya que el hombre es, ante todo, como veremos, un ser práctico— y presupone, asimismo, la historia entera de la filosofía, podemos comprender hasta que punto le es imposible a la conciencia ordinaria, abandonada a sus propias fuerzas, rebasar su concepción espontánea e irreflexiva de la práctica y elevarse a una verdadera concepción —filosófica— de la praxis…”

[1] Cfr. C. Marx, Tesis sobre Feuerbach, ed. cit., p. 635. 28

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