FUE UNA VEZ EN EL ESTADIO WANKDORF DE BERNA Homenaje a la solidaridad internacional

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Por Sergio Ferrari
desde Suiza
Marzo de 2006

El pitazo inicial y 22 jugadores en busca de la pelota, la mitad de ellos con ansias de revancha, los otros intentando mantener una supremacía ganada apenas un año atrás.

Al fin de cuenta, era mucho más que un simple partido de fútbol de clase mundial el que se jugaba la tarde del 22 de mayo de 1979, en el hoy ya demolido Estadio Wankdorf de Berna. Se cumplían los 75 años de la FIFA y Argentina-Holanda habían sido convocadas para la gala principal. Reeditando en la capital suiza la final que un año antes, en la cancha de River Plate de Buenos Aires, coronó a la selección sudamericana como campeona del mundo luego de un 3-1, en un país triturado entre fanatismo futbolístico y presos, campos de concentración y desaparecidos.

Esa tarde del 22 de mayo del 79 en Berna, sin embargo fue distinta. Tan solo comenzar el partido y las cámaras que transmitían en directo para Argentina y para otros tantos países del mundo, no pudieron obviar las múltiples pancartas de denuncia. En uno de los costados del estadio, donde estaba la barra argentina y latinoamericana, cada vez que se acercaba la pelota y los reflectores la seguían con detenimiento, se erguía un retrato del dictador Videla, acompañado de 13 otras pancartas individuales. Cada una con una letra, las que levantadas al unísono por otros tantos portadores voluntarios, daban un claro: “V-i-d-e-l-a  A-s-e-s-i-n-o”.

Y para la suerte de los denunciantes, muchas fueron las veces que el caprichoso balón, por esas cosas del destino, se acercaba al sector de la discordia. Subida y bajada, Videla arriba, Videla abajo. Asesino arriba, asesino abajo. En todo caso, arriba o abajo: ¡ASESINO! Centenares, si no miles de refugiados argentinos, chilenos, uruguayos, bolivianos de toda Europa, se habían dado cita en el Wankdorf Stadium. Y muchos suizos/suizas solidarias. Todos juntos. Con consignas estruendosas, volantes de denuncia y la bronca acumulada por lo que vivía ese país sudamericano tomado como rehén tres años antes, el 24 de marzo de 1976, por una de las más brutales dictaduras de las que tenga memoria el continente.

En la cancha, un partido, tibio, desganado. En las tribunas, otro, el jugado por esa tropa de militantes del exilio que habían encontrado el huequito mediático para lanzar desde miles de kilómetros una voz categórica de denuncia que, a la postre, no pasaría desapercibida entre los televidentes argentinos.

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Varios minutos y el mismo ejercicio. Pancartas arriba, pancartas abajo, casi rutinario. Sin embargo, de repente y sin previo aviso, una cincuentena de policías y “Securitas” (policía privada), la mayoría de civil, aparecieron desde un rincón y se lanzaron brutalmente con la intención de apropiarse de las pancartas. Luego se sabría que los representantes de la embajada argentina, presentes en el estadio, habían dado un ultimátum a los organizadores: o se aniquilan las pancartas u obligan al equipo argentino a retirarse de la cancha.

La ofensiva a paso redoblado y con borceguíes militares. Con aerosoles de gases y pimienta, algunos bastones y la prepotencia del lacayo se avalanzan hacia los portadores, ante la sorpresa generalizada de la fanaticada latinoamericana. Logran así recuperar algunas de las letras de “V-i-d-e-la”. Escasos segundos hasta que la reacción de los militantes del exilio explota mancomunadamente, con puños apretados, alguna que otra cadena revoleada al viento, sangre hirviente y la decisión de “pancarta o muerte”.

Escenas casi dantescas de un duelo desigual entre los que “cumplían órdenes” (a la mejor manera que los milicos latinoamericanos) y los militantes del exilio. La retirada en estampida de los agresores -muchos de ellos sangreando, maltrechos y desdentados- fue tan brutal como su misma entrada traicionera. Ante una tribuna latinoamericana que explotaba festejando un triunfo extra-deportivo contundente a 10 mil kilómetros del continente martirizado.

Adentro, el partido continuaba deslucido y por compromiso. Afuera, en el sector latinoamericano, nadie impedía que el retrato del dictador Videla junto a las pancartas con las letras “A-S-E-S-I-N-O-” fueran izadas cada vez que la pelota aliada se acercara hacia el sector de la denuncia.

Fue una tarde de mayo del 79. Tres años antes, los militares habían dado un golpe cruento que cambiaría la fisonomía y el destino de Argentina. Con 30 mil desaparecidos, cerca de 15 mil presos políticos, más de un millón de exiliados externos e internos. Un país convertido en campo de concentración y en paraíso para la “patria financiera”, antecedente directo – o tal vez, punto de partida- del modelo neo-liberal que terminaría de destruir la nación. Una Argentina condenada durante 7 años al martirio cotidiano a pesar de la dignidad de la resistencia de muchos de sus actores sociales.

22 de mayo del 1979. En el Wankdorf de Berna terminaba el partido, deslucido adentro, apasionado en las tribunas. También se había combatido al olvido y a la impunidad. El resultado deportivo era una simple anécdota que no le interesaba a nadie, ni a los propios jugadores. 8 a 7 para Argentina y por penales, luego de 120 minutos de un aburrido empate.

“Videla asesino” para arriba y para abajo. Trece pancartas y un retrato.

Arriba o abajo, ¡Videla siempre asesino!

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