ENTREVISTA A MIGUEL ENRÍQUEZ. (Junio de 1974)

miguel enriquez14

Entrevista a Miguél en pdf Aquí

Entrevista con el semanario francés Rouge

CORREO DE LA RESISTENCIA
Boletín del MIR en la resistencia.
No 1, junio de 1974, pp. 29-38.

– ¿Cuál es la reacción del MIR frente a las acusaciones –principalmente del Partido Comunista– en cuanto a su responsabilidad en la caída de la Unidad Popular? Esta acusación fue también utilizada por la prensa burguesa “democrática” en Europa.

– En realidad, estas acusaciones vienen fundamentalmente de dos sectores: el reformismo de izquierda y los burgueses. Nosotros sabemos que algunas personalidades de otros tantos partidos comunistas europeos se han dedicado a expandir la afirmación de que la caída del gobierno de la Unidad Popular se debió a la “impaciencia”, al “ultraizquierdismo” y a la “precipitación” del MIR. De esta manera tratan de salvar históricamente al reformismo y a su política, del fracaso en Chile, con el fin de ensayar lo mismo en otros países. Las acusaciones tienen como fundamento las frustraciones de la Unidad Popular, al no haber podido lograr una alianza con el Partido Demócrata Cristiano chileno. Nosotros vamos a responder lo más brevemente posible dada la magnitud del tema.

El gobierno de la Unidad Popular fue un gobierno pequeñoburgués de izquierda, cuyo eje se formó en la alianza del reformismo obrero con el reformismo pequeñoburgués.

La política que desarrolló en el curso de sus tres años fue reformista y se caracterizó por su sumisión al orden burgués y por su tentativa de concretar un proyecto de colaboración de clases.

El reformismo no apreció el carácter que asumió el período de su gobierno, lo que hizo imposible que desarrollara con éxito su proyecto de colaboración de clases. El sistema de dominación capitalista entró en crisis. El movimiento de masas cuyas movilizaciones y actividad iban aumentando después de 1967, había entrado en ebullición con la llegada de la UP al gobierno. En el curso de estos tres años había multiplicado sus movilizaciones, desarrollando sus niveles de organización y de conciencia, mucho más allá de todo lo que antes se había visto en Chile.

En ese mismo momento, y en parte como consecuencia de ello, la crisis interburguesa continuó profundizándose. Fue eso lo que confundió al reformismo que, percibiendo que la lucha interburguesa se hacía cada vez más aguda, pretendió sellar una alianza con una de las fracciones en lucha. No comprendió que, si bien la lucha interburguesa aumentaba, las fracciones burguesas se daban cuenta, desde el comienzo, que el aumento del movimiento de masas, por su carácter, iba mucho más lejos que las tímidas reformas que la UP se proponía y que amenazaban el sistema de dominación capitalista vigente. El conjunto de la clase dominante asumió desde el principio la defensa de dicho sistema y la lucha dirigida a derrocar el gobierno de la Unidad Popular. El aumento y la polarización de la lucha de clases cerró históricamente toda posibilidad de éxito para su proyecto de colaboración de clases.

Siempre detrás de este ilusorio proyecto de colaboración de clases, la UP, bajo la ilusión de haber conquistado el poder, impulsó una política económica que funcionó fundamentalmente sobre el consumo y no sobre la propiedad de los medios de producción. La redistribución drástica del ingreso hizo aumentar el consumo, a partir del cual aumentó la producción sobre la base de la utilización de la capacidad instalada, la que se agotó a mediados del 72.

La Unidad Popular también trabajó sobre los medios de producción pero de una manera limitada: nacionalizó la gran minería del cobre y la banca y se propuso integrar al área social solamente 91 grandes empresas industriales –que eran en realidad entre 500 y 800–, olvidando explícitamente todas las grandes empresas de construcción y de distribución. En el campo, a lo largo de 1971, se limitó a la expropiación de un poco más de 1.000 fundos, que aumentaron más tarde a 1.300, pero solo fueron fundos que tenían una superficie superior a 80 hectáreas de riego básico, y sobre las cuales los latifundistas tenían un derecho a reserva de 40 hectáreas, que podían ser escogidas entre las mejores tierras. Por otra parte, esto les permitió olvidar explícitamente las grandes empresas agrícolas, cuya extensión era entre 40 y 80 hectáreas, que producían en 1973 cerca del 50% de toda la producción agrícola de Chile. De 4.500 que había en 1970, subieron a 9.000 en 1973.

Sobre el plano político, su proyecto de colaboración de clases se expresó no solo en su subordinación a la institucionalidad burguesa sino también a la legalidad en los momentos en que la clase dominante controlaba poderosas instituciones del aparato del Estado: el parlamento, el poder judicial, la contraloría, la mayoría de los cuerpos de oficiales de las Fuerzas Armadas, etcétera, a partir de las cuales, en los hechos, gobernó a Chile. Todas estas concesiones y vacilaciones no fueron gratuitas ni indiferentes al movimiento de masas, única fuente posible de fuerza real del gobierno.

Todas estas concesiones –olvidar las grandes empresas, prometer a los norteamericanos el pago de la deuda externa, legitimar a la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, etcétera– fortificaron a la clase dominante, que apoyada por el bloqueo del crédito norteamericano logró mantener en sus manos –gracias a estas concesiones– enormes cantidades de poder y de riqueza, que no dudó en descargar con furor empresarial sobre el gobierno, la clase obrera y el pueblo; saboteando la producción a partir de las empresas que ella conservaba en sus manos, acaparando, especulando, creando el mercado negro y favoreciendo la inflación, acentuando la presión militar, etcétera.

Además, todas estas concesiones fueron hechas hiriendo y golpeando los intereses de los sectores populares. Mientras, dejaba intactas las grandes empresas industriales, agrícolas, de construcción, de distribución, etcétera, cerraba el paso a la lucha de los trabajadores; no apoyando las movilizaciones directas de la clase obrera, combatiéndolas e incluso haciendo acciones represivas contra ella; atacando todo trabajo político en el seno de las Fuerzas Armadas. A la vez que esto fragmentó a la izquierda, dividió y confundió a los trabajadores que veían al gobierno como un instrumento para sus luchas.

En el terreno político, el reformismo favoreció a la vía parlamentaria y los ensayos frustrados de alianza con el Partido Demócrata Cristiano. Además cada vez que esta alianza se frustraba, el reformismo no se apoyaba en las masas, sino que se refugiaba en el aparato del Estado constituyendo gabinetes cívico-militares, aumentando así, al interior del Estado, el peso de la institucionalidad y, en particular, de la alta oficialidad reaccionaria de las Fuerzas Armadas.

Pero empecinado en sus vacilaciones, el reformismo debió ceder frente a las presiones del movimiento de masas. Su amplia base de apoyo popular, el carácter masivo y decidido de las movilizaciones directas del pueblo, obligaron al gobierno a poner bajo su control más de 300 grandes empresas, derribaron la fortaleza de la burguesía agraria con las tomas de fundos de 40 a 60 hectáreas, y motivaron la ocupación de numerosas empresas de construcción, de viñas y de algunas firmas distribuidoras. Pero estas concesiones del reformismo a los trabajadores, que primero fueron combatidas y luego reprimidas (expulsión de campesinos de los fundos, desalojos de obreros de las fábricas, etcétera), fueron limitadas y desordenadas. De esta manera, el gobierno primero cedió frente a la presión del movimiento de masas, para luego negarle su apoyo y abandonarlo, lo que fragmentó, dispersó y confundió a las masas.

A pesar de todo, la legitimación del gobierno de estas conquistas del movimiento de masas despertó la cólera de la clase dominante. Fue así como el gobierno se sometió al orden burgués; y buscando sellar una alianza con una fracción burguesa, hizo todo tipo de concesiones a la institucionalidad y a la clase dominante, e hirió de esta manera los intereses de la clase obrera y el pueblo, creando en él la confusión.

La clase dominante jamás perdió de vista el carácter revolucionario y anticapitalista que asumió el movimiento de masas. Arremetió contra el gobierno desde el principio a pesar de las promesas y limitaciones que el proyecto reformista les ofrecía.

De esta manera, el gobierno de la Unidad Popular no tuvo la fuerza que le habría dado una alianza con una fracción burguesa, reforzó a la clase dominante y debilitó y dispersó su verdadera fuente de poder: el movimiento de masas.

Estos problemas se vieron multiplicados después de la tentativa fracasada del golpe de Estado del 29 de junio, y la amenaza subsecuente del nuevo golpe. El gobierno no tomó medidas contra los verdaderos conspiradores, no cambió a los oficiales superiores, solo detuvo a quienes estaban directamente implicados.

El movimiento de masas, dirigido por la clase obrera, desarrolló altos niveles de organización y conciencia. Ocupó cientos de fábricas, se organizó en cordones industriales (semejantes a los consejos obreros) y en comandos comunales, que reagrupaban a obreros, campesinos, pobladores y estudiantes; logrando, incluso, desarrollar masivamente formas materiales y orgánicas de autodefensa.

La clase dominante utilizó una doble táctica: por una parte, reforzó su ofensiva a través del paro de los camioneros, de atentados, de acusaciones a los ministros en el parlamento, del bloqueo de la contraloría y de las declaraciones de los presidentes del Senado y la cámara de Diputados; y por la otra, permitió que una minoría del PDC –bien intencionada, pero sin fuerza– abriera un diálogo con el gobierno, exigiéndole primero concesiones, luego un consenso, más tarde la capitulación y finalmente la renuncia.

Bajo la ilusión de este diálogo, el gobierno comenzó su capitulación, comprometiendo así su suerte en el curso de la semana: constituyó el gabinete del diálogo, enseguida un gabinete cívico-militar. Golpeó al movimiento obrero, devolviendo a los patrones decenas de industrias que habían sido tomadas recientemente por los trabajadores. Combatió el poder popular (los cordones y los comandos), dio curso a acciones represivas, aquí y allá, desalojando a los obreros de las industrias ocupadas, deteniendo en las calles a los obreros de algunos cordones y poblaciones. Combatió furiosamente a la izquierda revolucionaria, acusándola de subversiva y permitió decenas de allanamientos militares en fábricas y fundos en búsqueda de armas. En algunos de estos allanamientos se torturó salvajemente a obreros y campesinos, como fue el caso de Nehuentúe, en la provincia de Cautín, y en la Industria Sumar en Santiago. Se tomaron medidas legales contra los marineros de La Escuadra que preparaban medidas de autodefensa en caso de un golpe militar, con lo que el gobierno apoyó las torturas brutales que los oficiales de la Marina ejercieron sobre los marineros, permitiendo, a su vez, la persecución legal del procurador de la Marina contra los secretarios generales del PS, del MIR y del MAPU.

Con estas acciones, el gobierno reforzó la ofensiva de la clase dominante y de la alta oficialidad reaccionaria; frustró, confundió y desarticuló la tropa antigolpista de las Fuerzas Armadas y dividió a la izquierda, abriendo el camino al golpe de Estado.

Aquí está la responsabilidad de la política reformista. Y éste es un hecho que muchos han tratado de esconder o de oscurecer. Muchos de estos cuadros y militantes reformistas, afrontaron más tarde heroicamente a la dictadura; otros se asilaron y el resto hoy está en Chile, haciendo frente a la represión gorila.

Durante los tres últimos años, nosotros hemos alertado a los trabajadores y a la izquierda de la catástrofe hacia la cual la política reformista los arrastraba; y hemos hecho, frente a las masas y como partido, todo lo que nosotros podíamos hacer para evitarla.

Las masas no fueron “ultraizquierdistas” cuando multiplicaron sus movilizaciones en defensa de sus intereses. Continuaron su marcha –después de llevar a la UP al gobierno– por el único camino que la historia les ofrecía. No fueron las masas las que impidieron la alianza entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, sino la lucha de clases en un país subdesarrollado y dependiente como Chile.

La clase obrera y el pueblo solo pueden constituirse en fuerza social –como lo fueron al llevar a la UP al gobierno– en la medida en que como clase realicen sus intereses. Y esto, objetivamente, en Chile capitalista, no puede ni podrá obtenerse sino atacando los intereses de clase dominante, una de cuyas fracciones –con el PDC como representante político– lo comprendió también.

La clase dominante asumió desde el comienzo la defensa del sistema capitalista, la lucha contra los avances de los trabajadores y la destrucción de lo que ellos habían creado: el gobierno de la Unidad Popular.

Las masas no se equivocaron avanzando, como la historia no se equivoca. Ni el PDC –partido burgués– fue alejado por la extrema izquierda. Lo que arrastró a Chile hacia la catástrofe gorila que vivimos hoy día, fue la política reformista, que sistemáticamente golpeó, frustró y finalmente destruyó la fuerza social que la había llevado al gobierno y su fuente fundamental de fuerza, la clase obrera y el pueblo.

Nosotros no hemos sido “impacientes” ni “ultraizquierdistas”. Nosotros dirigimos, en la medida de nuestras fuerzas, la marcha histórica de los trabajadores contra la clase dominante y el sistema capitalista, en las fábricas, en los fundos, en los liceos y universidades, y en los cuarteles. Pero no fuimos capaces de arrebatarle al reformismo la conducción del movimiento de masas. Ésa fue nuestra debilidad y nuestra falla, ninguna otra.

Hoy día nos quedamos en Chile para reorganizar el movimiento de masas, buscando la unidad de toda la izquierda y de todos los sectores dispuestos a combatir la dictadura gorila, preparando una larga guerra revolucionaria, a través de la cual la dictadura gorila será derrotada, para luego conquistar el poder para los trabajadores e instaurar un gobierno de obreros y campesinos.

–¿Estas acusaciones significan la voluntad, el deseo de aislar al MIR del resto de la izquierda?

– No es ésta la polémica central hoy en Chile. Nuestro objetivo es obtener la unidad de toda la izquierda. Pero lo que ha ocurrido en Chile es una lección para todos los pueblos del mundo. Raras veces el desastre provocado por la política reformista ha sido tan evidente. Los ataques que algunos personajes y partidos europeos nos lanzan, nos obligan a responder y hacer que la verdad se imponga por encima de la desfiguración de los hechos.

– ¿Cuál es la posición del MIR en cuanto al acercamiento, a nivel de direcciones, con el PS, el PC, el MAPU, la IC, etcétera…?

– Creo que ya lo hemos explicado. Fundamentalmente, el sentido de estas acusaciones es ocultar la responsabilidad histórica del reformismo, borrar su derrota en Chile y tratar de nuevo de aplicar su política en otras partes. Nosotros respondemos aclarando la realidad de los hechos, ya que tergiversando lo que ha ocurrido, impiden a los pueblos del mundo la posibilidad de extraer las lecciones que la experiencia chilena ofrece, para evitar los errores cometidos en Chile.

No es el socialismo ni la política revolucionaria lo que ha fracasado en Chile, sino una débil e ilusoria tentativa reformista.

Es necesario que el reformismo asuma su responsabilidad histórica y no busque más disculpas entro los revolucionarios. Al mismo tiempo, la experiencia y condiciones exigen hoy en Chile la unidad de todas las fuerzas de izquierda y de todos los sectores dispuestos a luchar contra la dictadura, en el seno de un frente político de la resistencia.

Estamos en contacto con todas las fuerzas de izquierda y otras en Chile. El paso que hemos dado al lanzar al exterior un llamado conjunto de toda la izquierda es un avance importante en la unidad de todas las fuerzas de la izquierda y ha sido bastante útil aquí en Chile.

–¿Cuál es la posición del MIR frente a la alianza táctica con todos los demócratas (alianza denominada “frente amplio”), en tanto que significa un peligro inminente de una restauración del sistema burgués?

– Nosotros impulsamos la unidad de todas las fuerzas dispuestas, en la práctica, a luchar contra la dictadura, en el seno de un frente político de la resistencia, como ya hemos mencionado. En este frente, nosotros creemos que deben entrar todas las organizaciones de izquierda de la ex-UP, nosotros, y también una parte del PDC, la “progresista” o “pequeñoburguesa democrática” que antes y después del golpe, se pronunció abiertamente contra él.

La base fundamental de la lucha contra la dictadura será la clase obrera y el pueblo. Como consecuencia de su experiencia reciente, una experiencia trágica de dictadura burguesa, según la forma de democracia representativa, es muy difícil creer que los trabajadores la acepten otra vez.

El otro sector del PDC, llamado “democrático” por algunos, fue dirigido por Frei, y apoyó sin condiciones las agresiones de la clase dominante contra los trabajadores y el gobierno, incitó y preparó las condiciones del golpe militar. Hay que recordar las declaraciones de Frei exigiendo los allanamientos para buscar armas, la declaración del congreso sobre la ilegitimidad del gobierno, etcétera.

Reconoció y aplaudió el golpe militar, inmediatamente después y también posteriormente. Asimismo participa en la dictadura gorila, aportando técnicos, un ministro y algunos subsecretarios de Estado. A pesar de que a través de la prensa y algunos grupos de presión reclama tímidamente la moderación de la Junta en su política represiva y económica. Lo hace cuidadosamente a fin de acumular fuerza en su lucha contra la fracción burguesa hegemónica, para participar en la mayor medida posible de la riqueza y el poder que el Estado controla en Chile, como es la renta del cobre, las exenciones fiscales, créditos del Estado, etcétera…

Trata, como los anteriores movimientos populistas, de colocar detrás de él al grueso de la población golpeada por la política de la Junta, buscando sumar también el apoyo popular del reformismo, para caerle encima cuando haya tomado el poder.

Con ese sector ni la clase obrera, ni el pueblo, ni los revolucionarios pueden hacer una alianza que decapite su programa y sus métodos de lucha, pero sí pueden aprovechar las grietas abiertas por la lucha interburguesa intensificada.

– En caso de que haya un vacío de nivel directivo en el PC y el PS, ¿cómo analiza el MIR el acercamiento revolucionario a las bases y cómo piensa asumir la dirección del movimiento revolucionario?

– La conducción de la lucha contra la dictadura gorila no se gana por decreto o por declaraciones. Ella será conquistada en la lucha misma. La lucha contra la dictadura gorila no es, fundamentalmente, una lucha de partidos políticos contra la dictadura, es la lucha de la clase obrera y de todo el pueblo contra un sector del cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas. Es por esto, que a fin de organizar a todos los sectores del pueblo dispuestos a combatir la dictadura, sean o no militantes de partido, impulsamos en la base –y con cierto éxito– la constitución de un movimiento de resistencia popular contra la dictadura gorila, mediante la formación de comités en cada fábrica, fundo, población, liceo, universidad, repartición pública, etcétera.

– ¿Cómo concilia tácticamente el acercamiento con los sectores democráticos y el desarrollo de la lucha armada en el Sur? ¿Cuál es el grado de organización del movimiento armado en este momento? ¿En qué plazo piensa que se puede desarrollar paralelamente la reorganización de los sindicatos y de los frentes de masas?

– Solo serán parte de la resistencia, evidentemente, los sectores dispuestos a impulsar o apoyar en la práctica la lucha en todos los terrenos contra la dictadura. En consecuencia, los problemas de conciliación de tácticas no deberían ser fundamentales. La reorganización del movimiento de masas se desarrolla progresivamente desde hace algunos meses. Lo que dirigirá la lucha armada en Chile será fundamentalmente aquello que evite el aislamiento de las vanguardias de las masas, aquello que incorpore progresivamente a la clase obrera y al pueblo a formas de lucha armada. A partir del movimiento de resistencia popular, surgirá el Ejército Revolucionario del Pueblo, única fuerza capaz de enfrentar al ejército gorila y derrocar la dictadura.

–¿El fracaso del proceso chileno podría ser, a su juicio, el fin de los partidos tradicionales?

–El fracaso en Chile de un proyecto reformista debería tener como consecuencia, al menos en nuestro país, el fin del predominio de las ilusiones reformistas en el seno de la clase obrera y el pueblo. Pero el reformismo, como proyecto político, no desaparece como consecuencia de una derrota. Será la experiencia adquirida por los trabajadores y los militantes de izquierda –y la que venga de la lucha misma– orientada por una táctica y una estrategia revolucionarias, la que deberá desterrar al reformismo de la conducción de las masas.

–¿Un nuevo sistema de comunicaciones, podría poner fin al aislamiento de la izquierda chilena y permitiría crear un frente común contra el imperialismo?

– Pienso que desde el punto de vista de su aislamiento del resto del mundo, es la dictadura gorila la que está más aislada. La clase obrera, el pueblo y la izquierda chilena han recibido y reciben un apoyo enorme de los países socialistas, de Cuba revolucionaria y de los sectores revolucionarios y progresistas del mundo.

Los revolucionarios del Cono Sur de América Latina han constituido una Junta coordinadora entre el ERP de Argentina, el MLN-Tupamaros de Uruguay, el ELN de Bolivia y el MIR de Chile, que no solamente quiebra todo aislamiento posible, sino que significa un enorme progreso para la lucha revolucionaria. En todo caso, cualquier iniciativa que contribuya a unir y a reforzar la lucha contra el imperialismo y por la revolución, será siempre considerada como positiva por nosotros.

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