Manuel-Rojas-por-Sabat

MANUEl ROJAS

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MANUEL ROJAS

Domingo Cardozo y Julio Huasi[1]

Manuel-Rojas-por-Sabat

LA VIDA

Manuel Rojas nació en Buenos Aires el 8 de enero de 1896, accidente de la pobreza emigrante de sus padres chilenos: Manuel Rojas Córdoba, santiaguino, y Dorotea Sepúlveda, de Talca. “Soy un escritor chileno nacido en Buenos Aires”, se definirá en 1968.

“y me gustan las dos cosas desde el momento que ocurrieron. Pero me siento más bien latinoamericano. En realidad, soy un ser terrestre, hijo de pobres de un continente siempre succionado, que siempre consideré al mundo como mi patria. Nunca tuve mucho apego a las fronteras, aduanas, pasaportes ni sellos burocráticos. Por eso quizá, respeto a los pájaros.”

En 1958 buscó, en Buenos Aires, la casa natal (en Combate de Los Pozos 1678), el caserón de Colombres 727, donde había vivido de niño con su madre, el conglomerado de los inquilinatos y el colegio de Independencia y Boedo. La primera “aparece muy limpia, como esperándome, con sus baldosas italianas, macetas y cornisas. Hay una muchacha, una preciosa muchacha vive allí y parece esperar, detrás de una reja, a alguien. Ese alguien no soy yo, ni sé quién será. Mientras ella siga allí podremos estar tranquilos. Por lo menos, yo lo estaré.” La casa de Colombres estaba abandonada, derruida, y un español enano y fantasmal rescataba demoliciones. El Colegio Campero (Ahora Escuela nº 22) continuaba en su sitio, “pero no sé por qué no había nadie, fuera del portero. Me sentí tan extraño como en la tumba de Napoleón”. Todos esos detalles los recordará en una autobiografía que tituló borrosamente Desde el principio, reescritura enamorada y poscapitular de sus conocidas Imágenes de Infancia. Una síntesis de su visión gentilicia apareció en una página del tabloide santiaguino “Las Ultimas Noticias”, del 7 de Julio de 1939, donde firmaba una columna cotidiana. Ese día la tituló “Gente en el aire” y. después de ridiculizar los chovinismos, resumía: “…amo a mi tierra porque es tierra, a mi montaña porque es montaña, a mi mar porque es mar.”

INFIDENCIAS

“¿Así que usted también es de esos barrios?”, me dijo Rojas, vulnerado su mutismo, ese su ritmo pensativo. Y me sometió a un interrogatorio sobre los adoquines, pájaros, árboles, esquinas, colores, aromas, de aquella geografía pérdida y sus personajes Abruptamente invitó: “¿Qué trago prefiere? Tengo pisco y vino.” Tal vez estaba emocionado, quizá me reclutaba a su familia de caminantes, trabajadores rebeldes, cruzadores de cordilleras, odiadores de ricos, burócratas y policías.

La infancia de Rojas merodeó la esquina de San Juan y Boedo, histórica por razones que el tango no recogió y donde niños de generaciones posteriores se concentraron puntualmente los primero de mayo, para asistir a los tiroteos entre anarquistas y policía. Nacer en pleno riñón del proletariado le adjuntó la delicia de trabajar desde temprano: y quizá por ello edificó la torre inconclusa de una literatura violenta y fina, angustiosa y densa, despreciando los recursos de la idealización paternal y el falso, plañidero realismo. Rojas redactó su obra a puro coraje, con una fe amarga, corrosiva, histórica, símbolo y venganza de la humanería que vio zozobrar de hambre y castigos en un mundo injusto. Desde su nacimiento vio a unos hombres montar sobre la sangre de los más, el hombre-jinete sobre los hombres-cabalgaduras, y al ver la espuma de estos belfos tomó partido, una bandera que no soltará hasta expirar. Cruzó varias veces la Cordillera hasta recalar definitivamente, en la adolescencia (1912) en su Chile filial, luego de reconocer en brazos, a pie, en muía o construyendo como peón el ferrocarril trasandino, las huellas de capitanes y tropas gauchas y rotas de la primera independencia. Volvió desde Las Cuevas a Mendoza por vitales asuntos de un colchón y dos frazadas perdidas, rescatadas y compartidas después con sus camaradas anarquistas, siempre a pie. Estaba provisto de un humor antirromántico que, en el aula del Colegio Campero, ante un requerimiento de “oraciones con la palabra corazón”, le llevaría a decir: “Guardo en mi corazón las últimas palabras que mi padre dijo al morir.” Fue “mi primer éxito literario, porque a mi padre casi no lo vi vivir y menos morir”, según diría al cabo de un tiempo.

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1Trabajó en mil oficios, pintor, vagabundo, linotipista, periodista, vendedor de cartillas en el Hipódromo Chile, cuidador de barcos en Valparaíso, estibador, hurto muy ocasional (“para comer”), actor, apuntador, etcétera, escribiendo y leyendo a escondidas de sus amigos, y estuvo a punto de participar, con sus cómplices ácratas, en un proyecto de robo de automóviles. “Ninguno sabía manejar ni siquiera uno de los tranvías de la época”, comentará después.

“¿Sabe qué más? la palabra estilo me carga y me cargó siempre desde que la descubrí en una critica a un libro mío. Ya he escrito sobre eso y, revolviendo sobre el tema, no llego a otra conclusión que el estilo es inherente a las verdaderas obras de arte… Ahora no me pida que defina qué es una verdadera obra de arte. Podría ser que alcancen esa categoría las obras que se tornan necesarias a los seres humanos a través de los siglos. Quizá no se sabrá cuáles obras de hoy serán necesarias en el futuro, porque en esta era atómica no podemos estar seguros ni siquiera de que habrá más siglos. Pienso o prefiero pensar que si, que habrá siglos, ojalá muchos, pero no sé qué aceptarán de nuestros textos o si los despreciarán por ser pobres crucigramas ignorantes. Me gustaría saber, en caso de que haya siglos, qué escribirán los hombres de esos siglos, en el caso de que escriban. Cuando leí, siendo muy joven, el Eclesiastés, pensé que la humanidad escribiría siempre su aventura. Pero eso ocurrió hace mucho. El estilo es la respiración, la sangre de la obra; pero ésta es una metáfora, y aborrezco las metáforas en la narración. Existen obras muertas y se suelen editar bastante. Estamos hablando huevadas.”

LA OSCURA VIDA

En 1922, al regresar con una compañía teatral de Montevideo a Buenos Aires, concluyó la gira y Manuel Rojas se vio obligado a recatar “en la ciudad en que habla nacido; allí empecé mi carrera de prosista”.

Había mantenido lazos con esa ciudad (“obligado por la militancia, como se diría hoy”) cuando cubrió, “mal que mal”, la corresponsalía de “La Protesta”. Rompió zapatos buscando trabajo cuando un concurso de cuentos del diario “La Montaña” lo arrojó a la escritura de Laguna, con la que inauguró su inveterada metodología de escribir a pulso en cuadernos escolares, interlineados para encajar mil y una correcciones. A los dos meses, aún sin trabajo, vio en un quiosco que “La Montaña” anunciaba los resultados. Tenía sólo diez centavos, lo que costaba el periódico. Se jugó, con suerte: segundo premio y cien pesos. “Podía escribir cuentos.” Meses después, la revista “Caras y Caretas” abrió otro concurso. Entre el virus narrativo y la compulsión monetaria escribió “muy interesadamente” el texto de El hombre de los ojos azules, que le reportó el honor de quinientos pesos y una medalla de oro (“muy grande”) que empeñó para siempre de retorno en Santiago. En una década febril publicó tres libros de cuentos. Hombres del Sur (1926), El delincuente (1929) y Travesía (1934), uno de poemas, Tonada del transeúnte (1927), dos novelas. Lanchas en la bahía (1932) y La ciudad de los Césares (1936), “que no me gusta nada”; se casó (1928) con la poetisa y maestra María Baeza, instaló una sucesión de hijos (1929/30/32), perdió a su madre en 1929 y enviudó en 1936.

Manuel sintió, como alegrías propias, los elogios que Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou dedicaron al poemario de su María Baeza. Canciones para Ellos editado con excelso cuidado en 1935, con un colofón que sellaba la camaradería conyugal. “Este volumen fue compuesto a mano por Manuel Rojas…” El narrador, que se había ridiculizado hasta la flagelación como “pésimo bardo” escribió a su adorada Deshecha rosa, largo oratorio que comienza así:

Construido con elementos de timidez y de urgencia,
de pasión y de silencio;
a través de ganzúas y de ladrones hábiles,
acompañado de anarquistas perseguidos por la policía
y de cómicos que morían sin éxito en los hospitales;
entre carpinteros de duras manos y tipógrafos de manos ágiles;
soñando en la cubierta de los vapores
y en los vagones de carga de los trenes internacionales;
con muchos días de soledad y de cansancio,
sin lágrimas, con los zapatos destrozados,
por las calles de Santiago o de Buenos Aires;
ganándome la vida y la muerte, a saltos,
como los tahúres o los rufianes;
cultivando, sin embargo, una gran rosa ardiente,
decidido y vacilante,
llegué donde tú me esperabas con tu ardiente rosa.
No traía sino mi don de hombre,
mi pequeña gracia de narrador
y tres abejorros con hambre…

Sus hijos recordarán, luego de cremar sus cenizas como fue su deseo (insinuó, también, que se arrojaran en la Cordillera), al Manuel Rojas que trabajó en múltiples horarios, incluso domingos, pater-mater de su gente:

“Lo esperábamos dormidos en las sillas, hasta que llegara bien tarde en la noche. Se echaba en el suelo, a cuatro patas, a jugar; se dejaba quitar el sombrero, nos contaba infinitas historias de piratas y, de memoria, variaciones de los cuentos de bandidos que le contara su madre. Cuando cobraba su sueldo se ponía a chacotear a gritos, sacaba los billetes y los tiraba al aire montones de veces. Contaba historias de su juventud, con personajes fantásticos, como uno que pasaba todo el día deambulando con una bomba en el bolsillo y a quien él acompañaba a tomar el té, siempre con la bomba a cuestas. Pero su historia preferida era la de un muchacho que se iba de su casa y debía pelear en el mundo. Nos hizo verdaderas radiografías sociales, aunque no nos dejó hacer nuestra propia experiencia totalmente. Trabajando como negro nos procuró de todo y hasta llegó a comprarnos equipos para esquiar, algo que sólo podían hacer los ricos. En el barrio, sus amigos eran siempre el diarero y todos aquellos a quienes no considerase burócratas, parásitos o explotadores. Era implacable para criticar. Despreciaba a los flojos y a los ociosos, siempre estaba haciendo algo con sus manos. Días antes de morir desarmó y ajustó la cerradura en la casa de Paz «Yo no quiero que sean excelentes alumnos, lo único que quiero es que lean», nos decía, aunque después, en una carta, nos conminó: «Estudien aunque sea quiromancia.» A pesar de su carácter introvertido fue siempre muy fresco y audaz cuando se trataba de favorecernos. «¿No me podrías convidar a mi con mis tres hijos?», le dijo a un caballero que tenía casa en la playa, con su mejor sonrisa desenfadada. Cuando a María Eugenia le tocó entrar al liceo, le tiró de repente a una mujer que elogiaba su prosa: «Oye, ¿tú podrías regalarle aquel abrigo azul que tienes a mi hija?» Mamá era profesora primaria: tal para cual con Manuel. Una tarde muy lluviosa llegó a la casa, cerró el paraguas, abrió el tapado, sacó a una niña que traía debajo y dijo que sería una hermana más para nosotros. Sin pedirle una sola explicación ni por curiosidad. Manuel ordenó al tiro traer y repartir nuestras ropas y cosas: y punto. En 1941 se casó con Valerie y nos dio otra madre.”

¿Qué imágenes rodaban en la mente de aquel hombre cuando arrojaba mil veces al aire los billetes del sueldo? Quizá su propia infancia y juventud rodadas barranca arriba entre Aniceto Hevia (personaje conductor, protagonista clave, sosías), El Gallego Cristián, Joao, Ezequiel, El Cagada de Mosca, en fin, la hez para los bienpensantes. O quizá la conciencia o subconciencia de la enajenación de no escribir todo lo que proyectaba, sometido a las normas de hierro del segundo oficio. Quizá ambas cosas. Rojas fue bastante ingenuo con editores y dineros y más de una vez fue estafado, nacional e internacionalmente. Cuando peleó una cifra, lo hizo de un modo digno, con ese señorío proletario que acompañó su figura de hidalgo del pueblo.

Entretanto, demoró casi una década para escribir Hijo de ladrón, que a partir de su aparición en 1951 navega por el mundo entre idiomas y títulos insólitos; clásico mundial, a bordo de este, los editores descubrirán otros originales: Mejor que el vino (1958). Punta de rieles (1960), Sombras contra el muro (1964) y, por fin, La oscura vida radiante (1971), novela que acecha inadvertida, como un puma tenso, entre la hojarasca consumista del mercado.

El hambre, la humillación de los millones de “cómicos sin éxito” girando en torno a los desperdicios del sistema, y su “muerte a saltos”, son el sujeto raigal, antagónico a toda superficie, de sus novelas. Ese hambre que hará constar con apellido en la primera página (cuartilla 107) que escribirá para su inédito Desde el principio, como prolongación del asunto de Imágenes de infancia, párrafo inmediato de su visión del cometa Halley en Rosario.

“En un mundo —relata Rojas— en que un ser humano puede morir de hambre, robar de hambre no es un pecado venial”. Su madre tomó esa decisión al ver llorar a su unigénito por vacío absoluto de vísceras. “Por suerte”, precisa Rojas, “cuando en mi adolescencia pasé dos o tres días sin comer, no se me ocurrió llorar: habría sido tan ineficaz como rezar en alemán —además, no sé alemán— y me aguanté y a veces robé…”

“Cuando alguna gente de izquierda, —me contó en 1968—, que no conoce mucho de la vida, habla de lúmpen, piensa en los menesterosos desclasados, enviciados, pero se olvida del lumpen aristócrata que ha masacrado indios en la Patagonia, robando tierras, disipando fortunas, el pan de millones, haciendo orgías palaciegas en América, Europa o Miami. Para erradicar aquel lúmpen, aunque será muy difícil, hay que suprimir primero a este último. Lo demás es lata, vistear con el cuchillo, sin hundirlo.”

En uno de sus cuadernos ológrafos ensaya cinco veces seguidas el primer párrafo de un capítulo de Imágenes de Santiago (“No recuerdo que año era aquél…” “No recuerdo como llegué a Santiago…” “No sé cómo llegué a Santiago…”, etcétera). No le avergonzaba corregir y se burlaba de su propia testarudez artística, de orfebre.

Con cinco nietos a cuestas, que le decían “Papá Manuel”, el viejo alerce se mantuvo erguido, renovando verdores, libros y mujeres, elegante y deportivo, construyendo lentes para observar los pájaros y las estrellas, encendidos siempre sus fervores por Horacio Quiroga, Hudson, Henry David Thoreau (“…las estrellas son los vértices de maravillosos triángulos”, subraya con su lápiz en Walden o la vida en los bosques). Vio madurar sus hijos, el desvío literario “afectar” a los dos mayores; vio a Paz, convertida en médica prohibirle el cigarrillo. Recibió sin mayo emoción el Premio Nacional de Literatura en 1957 e ignoró con finura la democracia burocrática en entregar los 300 escudos.

Trabajaba en sus cuadernos, ya libre por fin del segundo oficio pero no de sus jubilaciones misérrimas, de ocho a cinco, religiosamente: después se apartaba del escritorio construido por él (dejó un taller completo de varios oficios) para provocar como cachorro: “¿Y qué esperamos ahora; qué hacemos?” Se mantuvo activo, lúcido. Viajó, dictó cursos en universidades norteamericanas, de donde retornó asqueado del yanquísimo way of life, con nuevas cuartillas y una alumna gringa, Julianne Clarck, alta como él, pero manifiestamente extrovertida.

La revolución cubana remecerá su añosa arboladura y, desde ese momento, convertirá a Cuba en una especie de patria espiritual, a la que defenderá a espada limpia desde la revista chilena “Punto Final” y en cualquier parte, aunque algunos anfitriones lo proclamen “ser antisocial”.

Exento de los celos que afligen a otros escritores, sin embargo cuidará con esmero un papel fechado en San Ignacio, Misiones, el 12 de febrero de 1935, firmado por Horacio Quiroga.

“Estimado compañero”, le escribía el ya consumido maestro; “recibí con gran placer su Travesía. La he leído de un tirón, cosa de que había perdido ya la costumbre. Lo cierto es que allí en Chile guardan con mucho amor el gusto por la narración. Aquí la hemos perdido casi por completo. Entiendo que Travesía es uno de sus libros más felices. Reciba pues por ello las más cariñosas felicitaciones de su affmo. amigo”.

Con el escritor José Santos González Vera recorría montañas buscando la als-tromoeria sierrae, o flor del águila, un lirio morado al que prefería entre todas las flores. O se emborrachaba con el coronel español Jesús del Prado rememorando leyendas de las Brigadas Internacionales y el sectarismo fratricida que odiaba en el stalinismo.

Bajo el frágil escudo de la Presidencia, fechado en Santo Domingo en abril de 1963, Juan Bosch le aseguró su deseo de llevárselo a la República Dominicana. “Habría que pensar si no seria el caso de traérmelo a Chile”, me dirá Rojas años después, aludiendo al balaguerismo imperante.

En la literatura chilena emergerá otro solitario, disolvente marginado, Carlos Droguen, y. caso extraño en otras literaturas, se admirarán mutuamente. El autor de El compradre, había de señalar en una carta de 1967 la “conmovedora grandeza” de los personajes rojianos, en tanto Rojas alabaría públicamente la prosa de Droguett, cono si todo ello ocurriera en un siglo futuro de “hombres bien hombres”. Rojas aceraba su extraordinaria facultad para “desconectarse totalmente del medio ambiente” (como define Valerie) cuando algún “ignorante ilustrado” lo halagaba suntuosamente. O practicaba un mutis fulminante, previo descerrajamiento de un “usted es un ignorante” cuando alguien aventuraba hablar mal de Cuba. Bajo su denso astillero ocultaba, en realidad, la botadura recóndita de una infinita ternura por los hombres y la naturaleza. Un séptimo sentido, el de la solidaridad, late hasta el final de Hijo de ladrón (“… —Espérenme / Era un grito ronco, como de desgarramiento. / Nos detuvimos. Cristián avanzó hacia nosotros. / Cuando se nos juntó, reanudamos la marcha.”) y se repite al fin del tercer capítulo de La oscura vida radiante, cuando Aniceto Hevia piensa que, pese a todo, no debe abandonar a El Chambeco.

Asesinado el Che Guevara en Bolivia, Rojas atacó en un acto público realizado en Santiago por la libertad de Debray (“Punto Final”, 19 de diciembre de 1967):

“Su Majestad el Comité Central, como lo llamó Rosa Luxemburgo, de la mayoría de los partidos comunistas de América Latina ha murmurado entre dientes que lamenta mucho lo que les ha pasado y les pasa, pero no está o no estuvo de acuerdo con ellos (…) Aventureros se les llama, palabra burocrática (…) Sabemos que la lucha social, en cualquier terreno que se plantee, así sea en el misérrimo de la lucha electoral, es una aventura. Sabemos más aún: sabemos que el ser humano es el gran aventurero de la Tierra y que su pensamiento es la gran aventura del universo (…) No importa estar preso, muchos revolucionarios lo han estado; no importa que se haya asesinado a un hombre, por más que sea doloroso para nosotros, muchos revolucionarios han sido matados. Fidel Castro fue llamado, por un comité central, “aventurero burgués”; y Bolívar fue expulsado cinco veces en cuatro años del suelo sudamericano; derrotado, ridiculizado, solitario, volvió cinco veces, hasta obtener su primera victoria en Boyacá, con una obstinación que le hizo tener por loco. Su lema debió ser: Tenacidad, el mismo que hoy tienen los revolucionarios”.

“Si hay algo que me mortifica, amigo, son esos viajes que hice a los Estados Unidos, aunque allí no arrié bandera. Pero lo que más me mortifica haber hecho, y me gustarla volver a nacer para no hacerlo otra vez, son esos dos artículos sobre Puerto Rico que aparecen en El árbol siempre verde (1960). Son. Lamentablemente, dos brotes híbridos que me avergüenza leer. Dice mi gente que me engañaron, victima de mi falta de madurez política. Cuando supe lo que están haciendo en Cuba, donde ya nadie mendiga pan por las calles ni debe prostituirse para obtenerlo, me dieron ganas de ser cabro, tomar un fusil y volver a Puerto Rico a recuperarla para América Latina. No le reprocho que me haya preguntado por eso, pero me duele; no me causa gracia ninguna hablar de ese tema.”

En 1968, Rojas escribió doce canciones, cuya copia conservo de su puño y máquina, virtualmente desconocidas pese a una grabación de ocho de ellas con música de Ángel Parra; sus versos enhiestos, juveniles, flamean las posiciones inclaudicables del narrador-vate. En Guerrillero, inédita, zarandea al reformismo:

“Una voz: El deber de todo revolucionario es hacer la revolución. — Otra voz, burlona: ¿No será mucho?” El personaje trueca el “me fuera a las guerrillas / de buena gana” por “un aguinaldo y unas camisas de huechangüeo”)) (wash and wear) y se entrega cantando: “¡Ay mi linda chinita, / flor de poroto, / báilese un gogocito / con su pototo!” En Cesante, también inédita, el protagonista enfrenta al “señor Presidente” (en aquel momento era Freí) para reprocharle la falta de gracia de su democracia “sin comer ni trabajar”. Rojas canta en Arriero del Norte: “Mi padre era de La Punta, / mi madre de Antofagasta; / para mí ya no hay fronteras / y donde estoy hago patria. / No me gustan los milicos, / los retenes ni la aduana: / andan metiéndose en todo / y no trabajan en nada.”

Su última mujer, Hortensia Dittborn, recibió una carta de Manuel, en la que éste satiriza a los yanquis de Kennewick, Seattle, que pasan la medianoche del año nuevo de 1962 “tomando helados desabridos”. Pese a su deseo de recorrer toda Europa (y recoger endurecidos derechos de autor), desistió de visitar dos países: uno por haber prohibido la lectura de Cohn-Bendit y el otro por organizar un desfile de carruajes con la asistencia del príncipe Felipe, lo que le parecía increíble para el esquema de esos lares: “Decidí”, le escribirá a su mujer, “mandarlos al carajo, —pa’l carajo— a la cubana.”

En 1971, lo emocionará casi hasta las lágrimas que Ramón Castro, un hermano del primer ministro cubano, se despida de él, después de su visita a una vaquería, con un “Adiós, Negro”. El 24 de agosto de ese año, en vuelo de La Habana a Madrid, registró en una carta las palabras de Chang, un mozo del “Habana Libre”, que le dijo: “¿Qué vamos a hacer ahora; somos como de tu familia y te vas? Vuelve pronto”.

En uno de sus inéditos póstumos, cuatro cuartillas bajo el título Monólogo de Primavera, escribió: “Todo Chile está metido en un pre, en algo anterior, preparándose para algo mejor, más definitivo”. Era su testamento de esperanza en la revolución de su patria. Su último proyecto fue una novela sobre Cuba, de la cual alcanzó a mecanografiar (y corregir en primera observación) dieciséis cuartillas de un primer capítulo en el que no aparece título visible. “El motorista”, comienza, “por propia y maldita iniciativa, inició una lenta virada a estribor, y el hombre tendido en el fondo de la embarcación…”: Goliath intenta socavar a David. La novela debía ser la lucha del país pequeño contra “los de Enfrente”, como “Juanito, el muchacho de la Víbora de Guanabacoa”, denomina al imperio. Y será Juanito el que llegará a la orilla del coloso enemigo a responder con su honda. El cese de esta obra inacabada tendrá el “estilo” imborrable, preciso, suficiente y esbelto como una daga, del anciano contador de historias humanas del siglo XX: “La ciudad está llena de hombres que se llaman Jim, Jo, George, James, Jones o Hall, Hill, Hull, Holl y hasta Hell, pero Juanito buscó por otro lado y dio con Ñico”, que así aparece en la narración, pero que ya no vivirá.

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FIN RADIANTE DE LA OSCURA VIDA

El cáncer avanzaba, ignorado merced al trabajo de des-información de su hija Paz, que tomó esa precaución cuando el padre dijo al pasar: “Si tuviera algo como cáncer me muero como lo hizo Horacio Quiroga”. El uruguayo, con el mismo mal, salió del Hospital de Clínicas de Buenos Aires en 1937, compró cianuro en una farmacia, visitó cariñosamente a sus amigos, regresó a su cama y de un trago se despidió de la sociedad.

Rojas quiso ver el antiguo océano por última vez. Lo llevaron a El Quisco, al sur de Valparaíso, donde se ensimismó con la vista perdida en la inmensidad. “¿Por qué no nos hablas?” Y él:

“Estoy pensando en un libro sobre los pájaros”. Contó a sus nietos la versión postrera del Pirata de la Peña Blanca, una roca cercana. Le temblaba la mano. Ya no escribió más. Una sordera progresiva lo invadió, se daba puñetazos en las orejas. Evitó así oír, ya en Santiago, los cacerolazos del “momiaje” en la reja de su casa. “No me compren más «El Mercurio»”, ordenó: “ya no lo soporto”. A pocos kilómetros sobre la costa en su residencia de Isla Negra, Pablo Neruda estaba enfermo también. El poeta le envió a Rojas su nuevo libro con la siguiente dedicatoria: “Isla Negra, 1973. A mi buen hermano Manuel Rojas, de cama a cama, estoy reumático e inmóvil, te abrazo”.

El viernes 9 de marzo, antevíspera de fin, soñaba con “ir a Cuba, a terminar la novela”. Expiró el 11. Murió en su ley, cor su corazón y su literatura puestos en la revolución, sin resonantes funerales ni “prebendas”. En su escritorio quedan sus cenizas (que aguardan el vuelo final, mi músculo, sobre los Andes), sus cuadernos lápices, tintas, libros sobre pájaros, flores y estrellas, su navaja de Albacete en un bolsillo con la leyenda en la cara izquierda de la hoja (filo abajo): “Donde esta víbora pica no hay remedio en la botica”; y en la derecha: “No temas a tu enemigo mientras esté yo contigo”, sus borceguíes de paracaidista, para ascender montañas, el retrato de María Baeza, el sol por las ventanas, una llave inglesa y, sobre la cama; angosta, el cuadro sonriente del Che. Antes de zarpar se estremeció de súbito con ganas de hacer algo, y exhortó: “¿Qué estamos esperando ahora?”

[1] Revista Crisis nº 1. pp. 3 -10. Bs. As. Mayo de 1973.

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