Cortazar-Crisis-nº.2

“Mi ametralladora es la literatura” Julio Cortazar

Mi Ametralladora es la literatura – Julio Cortazar

“Mi ametralladora es la literatura”

Julio Cortázar

Cortazar-Crisis-nº.2

Esta entrevista fue realizada por Alberto Carbone, en Buenos Aires, a fines de abril de 1973. Las respuestas del escritor argentino —que contienen, por cierto, más de una afirmación sorprendente— son reveladoras de sus puntos de vista sobre ternas tan diversos como el peronismo y el llamado boom de la literatura latinoamericana.[1]

 En El libro de Manuel hay, según algunos, dos planos: el literario y el político, ¿No crees que el talento literario disimula a veces ciertos titubeos políticos y que podría convertir al libro en un juego tramposo?

— Yo no creo que sea tramposo en absoluto. En el comienzo de! libro se dice muy claramente que es una tentativa de convergencia de dos cosas que yo había estado haciendo paralelamente. Por un lado estaba haciendo eso que llaman literatura pura, ficción, novelas y cuentos. Por otra parte, he tenido polémicas, he escrito cartas donde había referencias a mi militancia ideológica, a todo lo que yo había podido escribir sobre Cuba, la polémica con Oscar Collazos, etc. Esta vez me pareció que tal vez era el momento de intentar una cosa difícil de hacer, la de encontrar una convergencia en la que, sin perder el nivel literario, escribiera un libro que es una novela, que se puede leer como una novela, pero que contiene al mismo tiempo una visión más amplia, un contenido de tipo ideológico y político, actual y contemporáneo, y que no se queda en declaraciones líricas, sino que cita concreta-mente hechos. Por eso es que en el libro están los documentos. Porque la mala fe, ya sabes muy bien, está en todas partes, y podría suceder que fuera de la Argentina, si yo no hubiera puesto los documentos en el libro, los telegramas reproducidos textualmente, alguna gente podría decir: “Este señor tiene una gran imaginación, y además de inventar una novela, inventó una represión que solamente funciona en su cabeza.” Entonces me pareció que era necesario hacer esa especie de collage, donde existieran los documentos, las pruebas. El que quiera las verá, y el que no quiera verlas no las verá.

Siento que era mejor Cortázar en El perseguidor, Casa tomada o Rayuela. En esta mezcla que es El libro de Manuel creo que pierden la literatura y la política. No pongo en tela de juicio tu honestidad, hablo en un estricto sentido literario; es más, hablo de eficacia…

— Es curioso, vos te estás poniendo en una posición abiertamente liberal. Vos me estás haciendo el reproche que me va a hacer toda la gente que estaba habituada a encontrar en El perseguidor y en Rayuela esa literatura de buena calidad y de consumo directo en tanto que literatura. Ese es el reproche que vos me haces, y sé que es el de toda la línea liberal. Van a decir: “Qué lástima, un tipo que escribía buenas novelas, ahora se mete en un libro que es un brulote”, es decir utiliza las novelas para meter otro tipo de cosas. Pero eso a mí no me inquieta. Me inquieta y me va a doler más todavía, la crítica del otro lado, la crítica de la izquierda, que también está prevista en el prólogo del libro. Ya verás vos, que muchos de nuestros compañeros de ruta, nuestros camaradas van a decir que un tema tan terrible como es el de la tortura, tan serio, como lo son la guerrilla urbana y la represión, no se puede tratar, como en mi libro, de la manera fantasiosa, absurda, llena de humor y de pingüinos. Bueno, mirá realmente me importa un carajo cualquiera de las dos críticas. Sé que es el precio que tengo que pagar por haber hecho algo que de acuerdo con algunos datos, es justificado. Yo creo que las cosas que no llegan por ciertas vías, pueden llegar por otras. Pienso modestamente que este libro puede tener alguna utilidad para la causa de los presos políticos de toda América latina, no solamente de Argentina. No me hago ilusiones sobre la eficacia de la literatura, pero tampoco creo que sea inútil. Creo que los que escribieron una enciclopedia en Francia, ayudaron a desatar la Revolución Francesa, así como creo que la poesía de Mao Tsé-tung es parte de la revolución china. Eso no se puede olvidar. En este tiempo hay quien dice que lo único que cuenta es el lenguaje de las ametralladoras. Yo te voy a repetir lo que le dije a Collazos en nuestra polémica: cada uno tiene sus ametralladoras específicas. La mía, por el momento, es la literatura.

Te trasmito quejas: “Cortázar confundió las torturas con las relaciones sexuales no tradicionales”… Otra: “Es fenómeno escribir sobre la represión en Latinoamérica desde París” y así varias.

— Bueno, a esto último te respondo que Cortázar escribió el libro en París pero vino a la Argentina para dar la cara cuando el libro salió. Me he quedado dos meses aquí dando la cara, y no me la han roto porque a nadie se le ocurrió rompérmela. En el plano del diálogo y el enfrentamiento con la gente, yo he estado abierto a todo el mundo, y bueno, estoy agotado físicamente por eso. Porque hace un mes y medio que no hago otra cosa que encontrarme con gente en todos lados, para discutir sobre el libro. El libro de Manuel no es solamente un brulote —para usar la palabra en el sentido exclusivamente político— sino que tiene otros elementos que, en mi opinión, son también trabajos revolucionarios. El contenido erótico del libro, por ejemplo, me parece importante. Si es desmesurado, deliberadamente desmesurado, es porque yo sigo creyendo que la revolución no solo se hace desde afuera para adentro, sino también desde adentro para afuera. Y estamos demasiado envueltos en tabúes, en prejuicios, en machismo y discriminaciones de todo orden —ahora te hablo concretamente en el plano del erotismo— y me parece que en ese sentido un escritor es un hombre que puede cumplir una tarea acaso útil. Además hay que tener también en cuenta, el elemento lúdico, que me será muy reprochado por los compañeros de ruta. Yo no creo en las revoluciones sin alegría. No creo; no es posible. Yo pienso en el Che Guevara, por ejemplo, su increíble sentido del humor que tuvo siempre en las circunstancias más tremendas. Yo no creo en los revolucionarios de cara larga y trágica, esos dan los Saint Just y los Robespierre. Yo creo que la revolución es una cosa muy seria, pero que el humor, el erotismo, el juego y tantos otros valores humanos, son constantes a las que no podemos renunciar en ningún trabajo revolucionario. Y se equivocan los que creen que yo soy un tramposo, que mete un ingrediente erótico para vender un libro. No es por eso que el libro se va a vender. Si se vende, mejor, porque la plata, como sabes, no es para mí.

En la Argentina algo fundamental ha cambiado después del 11 de marzo de 1973, Hoy, en este país, ¿te sentís espectador? ¿Mantenés las reservas frente al peronismo que tan claramente consignaste en Casa tomada?

— Dos cosas: la primera es que vos no sos el único que me hace este tipo de preguntas, partiendo un poco del presupuesto falso de que yo soy un tipo que entiende las políticas locales latinoamericanas, en este caso concretamente, la política argentina. Yo he distinguido siempre entre ideología y política. Vos conoces muy bien mi militancia ideológica, empezó con la experiencia cubana y se extendió a una visión que abarca a toda América Latina. Es decir, eso que se llama la vía socialista, por darle un nombre, un nombre por lo demás perfectamente preciso. El salto de los temas ideológicos a los más concretos de la política, como la política argentina, me plantea a mí un problema de información. Es decir, yo soy un tipo que vive lejos de la Argentina y aunque estoy bastante informado, lo más posible —El libro de Manuel es un ejemplo en ese sentido— de todas maneras yo no puedo trabajar de oráculo, no puedo aceptar la función de oráculo que a mí me quieren dar. Me rebelo ante eso, pues yo soy un escritor, un inventor de ficciones (me autocalifico así), que tiene una militancia ideológica, socialista. En ese plano sí te puedo decir algunas cosas sobre Argentina, pero nunca llegando al terreno concreto donde aparezcan, por ejemplo, cosas como el peronismo, el problema de las fracciones, de los grupos, de las tensiones políticas dentro del país. No me creo calificado para responder a eso en detalle.

Un hombre que ha escrito El libro de Manuel bien puede, me parece, hablar sobre la Argentina. Y puede, espero, explicar qué es el socialismo según su enfoque, porque el socialismo da para casi todo…

— En ese plano te puedo decir alguna cosa. Me he pasado dos meses en la Argentina hablando lo más posible con la gente de la calle, de todos los medios, de todos los niveles, porque ese es un buen barómetro que te permite una síntesis aproximada. Una síntesis siempre intuitiva —porque yo siempre me manejo por intuición, yo no soy un teórico— pero suficiente como para tener una idea bastante más clara de lo que está pasando aquí, de la que tenía en el momento en que desembarqué y donde me basaba solamente por algunas informaciones. Bueno, empiezo por una cosa obvia, en la que todo el mundo creo, está de acuerdo.

Al margen de los resultados electorales en sí, hay una cosa evidente y es que el pueblo argentino, prácticamente todo el pueblo argentino, votó en contra del ejército, votó en contra de este gobierno. Hay un pronunciamiento total al margen de las fracciones de tipo político, las preferencias de cada uno. Bueno, ese es un asunto definido y arreglado. El ejército no puede ya moralmente tener el cinismo de pretenderse una vez más el representante de los valores puros, representante del pueblo argentino, porque no lo ha sido nunca y lo es menos ahora que ha recibido una doble bofetada con las elecciones del 11 de marzo. Eso me parece perfectamente claro. Su misión es una sola, la de cumplir su papel militar y se acabó. Esto lo digo porque los comunicados del ejército continúan manteniendo cierto tono paternalista, y cuando se produjo esa escalada de lo que ellos llaman “el terrorismo”, vos viste el tono que asumieron rápidamente, un tono muy virtuoso, además, en los que ellos son los representantes de la moralidad y el orden, y todos los demás son factores de subversión, terrorismo y delincuencia. O sea que ese es un problema que en mi opinión, en el plano moral, está liquidado; es decir, ellos saben ahora lo que representan para la opinión argentina. Ya no se pueden engañar. Si pretenden otra cosa, están mintiendo. Porque esos valores ya nadie se los concede como legítimos. Me parece que eso es muy positivo.

Ahora, en cuanto al resultado de las elecciones, aquí se abre un gran interrogante. Yo soy críticamente optimista u optimista con una reserva crítica.

Por un lado se advierte una cierta visión ingenua; he hablado con mucha gente en la calle, incluso gente joven, y me sorprendió que ellos fueran ingenuos, que piensen que a partir del 25 de mayo aquí entramos en una especie de jauja. Va a ser un despertar bastante triste, porque el actual gobierno le deja al nuevo gobierno una Argentina endeudada, con una situación económica muy jodida, con una inflación monstruosa, y no hace falta ser marxista para saber que tomar el timón en esas condiciones, cuando el barco está haciendo agua por todos lados, no es tan fácil. De manera que creer que Perón o Cámpora, o eso que llaman la cúpula, puedan resolver los problemas con cuatro decretos y cinco leyes, es una triste equivocación. Y eso entonces nos lleva a algo muy importante, que también alcanza a los problemas morales. No puedo saber cuál es la situación actual en la mentalidad argentina, pero he conocido la de mi generación hace veinte años, o treinta años, ese famoso “no te metas” tan nuestro. Esa frasecita con la que alguien nos definió alguna vez, es decir la tendencia a delegar responsabilidades, a no asumirlas a fondo, puede resucitar en cualquier momento. En aquella época era muy sencillo; la culpa la tenía siempre el gobierno. Cualquier gobierno, fuera el que fuera, siempre tenía la culpa. Y entonces todo consistía en protestar contra ese gobierno. En este momento, felizmente no noto una tendencia crítica bastante marcada en el FREJULI, una tendencia todavía más crítica por parte de los jóvenes, que son en definitiva los que cuentan. Porque tenés que pensar que cuando el gobierno tome el mando, va a existir un porcentaje no desdeñable de viejos revanchistas, es decir, estarán aquellos de la “guardia vieja”, que con motivos más o menos legítimos —yo no los estoy juzgando— pueden querer quizás volver a imponer consignas completamente perimidas y liquidadas. Gente que se ha olvidado que han transcurrido veinticinco años. Consignas perimidas en el sentido que eran mucho más ingenuas, y que además se basaban en esa línea peronista paternalista que hubo entre el 46 y el cincuenta y pico.

—Yo pienso que lo que vos llamás paternalismo, y que para mi es la relación —barroca, casi amorosa, contradictoria— de Perón con las masas, sigue existiendo; es uno de los factores que más cuentan en ese proceso y no es fácil entenderla, aceptarla. Pero eso me parece secundario, cuando se piensa en lo que la clase obrera argentina ha protagonizado, lo que en las diferentes formas de lucha, política, armada, gremial, ha venido sucediendo aquí gracias al peronismo y sus combatientes. ¿Cómo ves las perspectivas que se abren al país?

— Bueno, yo no soy la Sibila de Cumas, no me voy a poner a hacer profecías. En este momento me preocupa además cómo se va a organizar el equipo dirigente, cómo se va a organizar el gabinete, cómo se van a montar las diversas cúpulas que son las que tienen que hacer frente a una situación grave, en el plano político, económico y social de la Argentina. Es decir, este plazo de los primeros seis meses de gobierno, que me parecen a mi decisivos y definitivos. Es ahí donde entra de nuevo el escritor, el inventor de ficciones y el soñador, El sonador que piensa —y creo que muchos jóvenes lo piensan como yo— que es el momento en que hay una oportunidad única (que no fue aprovechada en 1946) para que los científicos, los intelectuales, los sociólogos, toda la gente que piensa, decida finalmente abrir et diálogo con la masa. Y cuando digo diálogo, quiero decir contacto, el diálogo vendrá después. Yo personalmente tengo muchas dificultades para dialogar con un plomero. El me lleva a mí siempre una ventaja, porque él es siempre mucho más natural, mucho más suelto. El me dice lo que le da la gana, y yo estoy todo el tiempo teniendo qué revisar mi lenguaje porque tengo miedo de decirle cosas que no va a comprender y que además no comprende. Es decir, la desventaja de ciertas ventajas intelectuales, ¿entendés lo que quiero decir? En mayo de 1968, y eso me gustaría que lo dijeras, yo asistí en Francia a la cosa patética de ver a los obreros de la Renault y la Citröen imposibilitados de dialogar con los estudiantes.

Los obreros, después de 40 años de luchas sindicales, los miraban y decían: “Ustedes son unos nenitos de papá… muy revolucionarios, pero cuando se reciban de médicos o abogados se pondrán contra nosotros, ya lo sabemos.” Eso es terrible. Aquí puede pasar lo mismo si los jóvenes, si los intelectuales y los que se van a recibir de médicos y abogados, que están ahora de una manera ú otra con esta apertura del gobierno, no hacen una revisión de sus propias posiciones y se largan a la calle en otro plano. En el plano del verdadero contacto.

Conviene recordar que en este país viven los protagonistas del cordobazo, del tucumanazo, del viborazo… que son gentes comunes, hombres y mujeres que trabajan, estudian, que están juntos en algunas trincheras. Que libran codo a codo algunas batallas…

— Ya ves entonces que, con esa especie de intuición que yo tengo para algunas cosas, cómo tengo razón en ser optimista, aun críticamente. Es decir, aquí vos me estás señalando condiciones más favorables que las que había en Francia en 1968. Bueno, el problema yo lo considero dramático en el sentido de que éste es el momento de aprovechar esas posibilidades, ahora o nunca. Ser protagonista es en este momento la condición básica, y ser protagonista significa en primer lugar una toma de conciencia personal, y significa además otra cosa: tratar de comunicarla, de trasmitirla a quienes la tengan en un grado inferior, es decir lo que metafóricamente se llama “salir a la calle”. Ayer, en un diálogo que tenía con varios jóvenes, había algunas chicas universitarias un poco angustiadas porque sostenían que los grupos en los que ellas se están moviendo discuten mucho, una vez más en el plano del café, en el plano de las reuniones, y se encuentran con dificultades para proyectar todo eso a los sectores obreros. Yo le señalaba que se dieran una vuelta por Chile, por ejemplo, donde han resuelto eso de manera admirable en muchos planos.

Nos está tragando el tema político; me parece que esto te ocurre con frecuencia de un tiempo a esta parte… ¿Es por este tipo de conversaciones o de actividades que vos estás dejando de lado tu actividad de cuentista?

— Mirá, estás equivocado. Lo que sucede es que en estos últimos años se ha hablado más de mis novelas que de mis cuentos. Han tenido mayor repercusión en la crítica, por distintos motivos. Y esta última, donde se suma el factor político, eclipsa un poco los cuentos. Pero la verdad es que yo sigo sintiéndome tan cuentista como novelista, y tal vez, en última instancia, más cuentista que novelista. La prueba es que en la época que escribía 62 modelo para armar, que es una novela, se me descolgaron un par de cuentos que quedaron por ahí, metidos en un cajón. En los dos últimos años, mientras escribí el Libro de Manuel, también hubo una serie de circunstancias que me situaron en una región que nada tenía que ver con la novela, una especie de tierra de nadie, diferente, de la que fueron saliendo cuentos. Y en estos días, después de algunas experiencias porteñas, me están como rondando otros cuentos que, en una de esas se descuelgan también; posiblemente les hinque el diente este verano. Cuando el grueso del trabajo esté terminado —yo me sienta satisfecho— voy a publicar un volumen de cuentos. Te señalo de paso que, todos ellos, como la mayoría de mis cuentos anteriores, son cuentos fantásticos, exclusivamente literarios, sin la línea, digamos, del Libro de Manuel, aunque tampoco está excluido que en los que vaya a escribir este verano, aparezca alguno que sea como una especie de hermanito de Manuel, porque ocurre por ahí que Susana y Patricio tuvieron otro hijo.

Vos sos jurado de premios literarios; esto debe darte una perspectiva especial para ver lo que se hace en literatura en América Latino.

— Quisiera decir dos cosas. He tenido la suerte en los dos últimos años, de poder ingresar a una especie de panorama inédito de lo que se está haciendo en el plano de la literatura. El año pasado fui jurado del premio de Carlos Barral, en Barcelona, que si bien fue declarado desierto, tuvo como finalistas cuatro libros; bastante buenos, que luego fueron o están siendo publicados por la editorial. Ese primer concurso ya me dio la oportunidad de leer algo así como 150 trabajos procedentes de la gran mayoría de los países latinoamericanos, al margen de los españoles. Ahora, el concurso de La Opinión me permitió a un año de distancia volver a tener esta experiencia que para un escritor, que se interesa por la historia contemporánea y lo que está sucediendo en América Latina, en el plano extraliterario, es una experiencia fascinante, Digo fascinante porque proporciona diversos puntos de mira, diversas ópticas, según la mentalidad de los autores que en su gran mayoría son, evidentemente, jóvenes, y según la procedencia, el origen de todos ellos. La óptica mejicana de la revolución, la colombiana, la boliviana o la argentina. Y uso el término revolución, porque es una constante en la mayoría de los trabajos que he leído por este concurso. Hay una presencia casi continua de una temática revolucionaria en todas sus formas, desde movimientos aislados o situaciones que podríamos llamar precursoras —como es el caso de algún relato sobre la revolución mejicana—, hasta las novelas que se ocupan directamente de temas tales como el “cordobazo” o muchos de los hechos que en un plano pre-revolucionario o revolucionario, han sido claves en el camino latinoamericano para la liberación. En ese sentido es muy interesante que te diga que las novelas que vienen de Chile y las de Argentina, son sumamente significativas. Las novelas chilenas son obras que intentan mostrar dentro de un contexto literario —a veces de muy buena calidad— lo que está sucediendo en el país, cuál es ese proceso tan complejo, convulso, confuso, que es la situación actual de Chile. Y en cuanto a !as novelas argentinas, algunas situadas en Buenos Aires y otras en zonas de Provincia —La Patagonia, me acuerdo de otra en El Chaco, y otra en Jujuy— todas ellas, las que me han interesado en este plano, son enfoques de un mismo problema. En general se trata de novelas que yo llamaría de “toma de conciencia”. Se repite, con una casi necesaria monotonía, la historia de alguien que llega a algún lugar, o que entra en un momento de su vida completamente despistado, y que a lo largo de una serie de experiencias traumatizantes descubre poco a poco esa verdad que tantos de mis viejos amigos siguen obstinándose en no descubrir. Me hace gracia que el mismo día en que había leído una de esas novelas, en que se cuenta una situación guerrillera en el norte del país, me encontré en la calle con un señor —que no te voy a nombrar— que hace 25 años fue amigo mío, y que sigue siendo profesor de historia en la Universidad, y que al verme levantó los brazos y me dijo con aire lúgubre: “…Te das cuenta; las hordas avanzan de nuevo sobre Buenos Aires…” Yo me quedé mirándolo con la cara con que vemos por primera vez a un marciano.

Ahora, volviendo al concurso, sería una lástima que buenos trabajos que he leído pasaran desapercibidos, y que sus autores no se enteraran de que su trabajo peleó hasta lo último, y que realmente vale. Ese es un sistema que nosotros aplicamos en Cuba las dos veces que yo fui jurado de la Casa de las Américas, y que se sigue aplicando. Siempre en Cuba buscamos y llamamos a los autores, para hablar con ellos, contarles lo que nos había gustado del libro, y siempre me emociona recordar la reacción de esos muchachos, siempre jóvenes, que se quedaban absolutamente conmovidos porque alguien como Lezama Lima o Carpentier les señalaba sus defectos y los estimulaba en sus méritos. Esto, bueno, sé que no podré hacerlo aquí, pero de todas maneras quiero dejar por escrito la lista de obras que me han interesado, y si tengo la posibilidad de conocer a sus autores, tanto mejor.

En conjunto, creo que en la Argentina y en el resto de América Latina existen todavía muchos libros que se malogran por un exceso de retórica, que se hace sentir más en países como México, por ejemplo, pero que tampoco falta aquí en la Argentina. Sucede que aquí lo disfrazamos con un estilo aparentemente más seco, más conciso, pero que envuelve nuevas formas de retórica, repeticiones de formas huecas, muertas, que no contienen las vivencias que cabe esperar en la buena literatura. Diría también que muchos libros pecan por falta de información literaria. Hay gente que ha vuelto a escribir novelas ya escritas. Eso es bastante lamentable, porque muestra falta de lectura, falta de información. No creo que lo hagan por vanidad, o porque piensen que pueden hacerlo mejor Hay muchos “maconditos”, hay mucho Vargas Llosa metidos en esas páginas. Bueno, es inevitable si se trata de gente joven, y uno tiene la sensación, leyéndolos, de que es una etapa que van a superar. En otros casos, da la impresión de que es ya irremediable.

¿No estás muy cansado de hablar del boom latinoamericano? Crees que existe realmente? Por qué no nos das tu idea sobre su repercusión en Europa?

— Hay que tomar separadamente las dos cosas. Del boom en sí, y esto no es nada novedoso, puedo decir que mi opinión discrepa profundamente de la que sustenta la mayoría de sus exegetas y sus detractores. Yo personalmente no he creído jamás, y además tengo las pruebas de la cosa, que el “boom”, como ha dicho mucha gente, haya sido un montaje promocional de la máquina capitalista de la edición. La máquina capitalista de la edición promueve naturalmente a los escritores cada vez que se da cuenta de que esos escritores empiezan a tener un público. Comienzan por tratar de multiplicar ese público con todos los recursos, con los mass media, pero la máquina editorial llega en segundo lugar. Y es tramposo quien ha dicho y se ha dicho aquí, en Uruguay, en México, que el boom era un producto editorial. Es falso porque los protagonistas de este primer boom —y digo primero porque ahora se habla de un segundo— son escritores que trabajaron en condiciones muy especiales. La mayoría de ellos fuera de sus respectivos países, en una gran soledad, con medios de vida sumamente difíciles, trabajando anónima y solitariamente. Hablo por mí, hablo por Vargas Llosa, por García Márquez. Podría citar a otros muchos. Los editores se portaron en un comienzo con nosotros, como se porta todo capitalista: cuando alguien no le va a dar nada a cambio y viene a pedir alguna cosa. Es decir, o no fuimos editados, o fuimos editados porque había que cumplir un decreto, como el caso del decreto de Perón, que exigía que los editores argentinos destinaran un 10 por ciento de sus ediciones a la publicación de libros de autores nacionales. Fíjate vos un 10 por ciento, hoy suena ridículo, pero en aquella época los editores se pusieron bastante histéricos cuando se enteraron de eso, porque su dinero lo estaban haciendo con traducciones, con autores consagrados, y nosotros, la gente latinoamericana, éramos una especie de advenedizos que poco teníamos que hacer en sus respetables casas. Yo he contado alguna vez por ahí lo que pasó en ese mes en que me fui de Europa, cuando por un lado apareció mi librito de cuentos Bestiario, y simultáneamente apareció esa inmensa maravilla que es Nadie encendía las lámparas, los cuentos del uruguayo Felisberto Hernández. Nuestros dos libros fueron publicados por el mismo editor, y cayeron en el mismo pozo. Este detalle de tipo práctico podría multiplicarse infinitamente si frente a nosotros estuvieran muchos autores integrantes del llamado boom. Cada uno de ellos conoció los mismos problemas, y acaso García Márquez más que nadie. Pero sucedió, al contrario de lo que se piensa, un hecho admirable, y es que esos libritos que habían caído al pozo, fueron leídos por algunos sapos que vivían en ese pozo. Esos sapos eran lectores, argentinos, uruguayos, chilenos o peruanos que, como todos los sapos, le empezaron a pasar el chimento al sapo de al lado, y muchos de nuestros libros iniciaron una especie de carrera furtiva y secreta, como debe suceder en el mundo de los sapos, con el resultado de que, de improviso, algún editor menos tonto que los otros, empezó a darse cuenta que la gente iba a las librerías y pedía el libro de Felisberto, o pedía el primer libro de cuentos de Vargas Llosa.

Así fue que, poco a poco, esos libros despertaron el interés de la máquina publicitaria y de la máquina editorial. Peor, antes se había creado lo que verdaderamente cuenta: el interés de los lectores. El boom no lo hicieron los editores, lo hicieron los lectores latinoamericanos, y eso para mí —lo he dicho muchas veces, y quiero repetirlo— fue un hecho revolucionario en América Latina, en los últimos quince años. Esa fue una primera y formidable toma de conciencia colectiva en todo el continente sobre la existencia de sí mismo en el plano intelectual, en el plano literario. No quiero decir que no se había leído a los autores latinoamericanos antes, o que estos no existían. No. Pero, que de golpe, en muy pocos años toda una generación —especialmente los jóvenes— comienzan a leer de manera sistemática, casi, obsesiva, relegando a segundo plano a las vedettes europeas que les llegaban en traducciones y que habían sido los grandes ídolos anteriores, los Hemingway, los Camus y todos los grandes escritores europeos o norteamericanos, y que ahora esperan con interés creciente una nueva novela de Asturias o un nuevo libro de Alejo Carpentier o un libro mío. Eso que yo llamo toma de conciencia, me parece que es un hecho revolucionario. Creo haber sido el primero en haberlo dicho, un hecho revolucionario que Junto a otros muchos nos están llevando legítimamente. Irreversiblemente a la revolución. Lo digo una vez más, no me voy a cansar: el boom lo hicieron los lectores, ustedes los lectores son los verdaderos artífices del boom. Nosotros, los autores, entramos en un juego dialéctico, Es verdad, nosotros los despertamos a ustedes; no es una cuestión de jactancia que yo diga esto. Yo sé que soy un buen escritor; y cada uno de los otros hombres del boom lo sabe también. Pero ustedes descubrieron que éramos buenos escritores. Si no hubiera existido la otra punta del puente, hubiéramos seguido trabajando solitarios, sin editores o con editores un poco a la manera de un ejército de salvación.

Resultado entonces, es que la máquina editorial entró después, y naturalmente que esa máquina editorial ha hecho mucho daño, como han hecho mucho de malo aquí en Argentina los famosos semanarios que exaltaban el boom a dimensiones descabelladas, para después hundirlo con un resentimiento no menos reprensible. Personalmente, tengo la impresión de que eso que se llamó el “boom”, palabra que por cierto siempre lamenté, aunque más no sea por el hecho de que es una palabra inglesa aplicada a nuestro contexto (la cosa tiene algo de tristemente irónico) yo tengo la impresión, te decía, de que el boom está terminado. Ahora hay autores latinoamericanos con mayor o menor suerte en el campo de la edición. Eso depende de la insistencia en publicar libros muy buenos, cosa que no sucede con muchos autores que han escrito un par de libros y se pasan el resto de su vida quejándose de no haber sido publicitados como lo pretendían, cuando la higiene intelectual más elemental aconsejaría que, en lugar de eso, escribieran cinco o seis libros más, mejores que los dos primeros. Ese fenómeno de frustración de muchos escritores jóvenes, es por otro lado, mundial. No lo atribuyo solamente a América Latina, y si lo digo —a riesgo de granjearme antipatías— lo hago porque yo no publiqué sino muy, muy tarde, y maldito si me interesó tener o no tener editor. Publiqué muy tarde porque quería estar seguro de que yo estaba escribiendo con un nivel que no iba a defraudar a los lectores. Tuve la suerte de que eso no pasara, pero todavía queda mucha gente que sí defrauda, o simplemente deja al lector una sopita chirle, después destina el resto de su tiempo a vociferar o llorar frente a este fenómeno del boom que, repito, en mi opinión está totalmente liquidado. Ahora está siendo sustituido por una múltiple promoción de escritores de todos lados, algunos muy jóvenes, otros no tanto, que empiezan a asomar en los países latinoamericanos y en los catálogos de los editores. Échale un vistazo a cualquiera de esos catálogos, y te vas a encontrar con un montón de nombres nuevos, sobre los cuales se está hablando, sobre quienes se está escribiendo, y que repercuten ya en Europa, como nosotros, “los viejos” del boom lo hicimos inicialmente. Es cierto que América Latina ha hecho en Europa un impacto tremendo en estos últimos, yo diría, ocho o diez últimos años. Hablo especialmente de Francia, país que conozco mejor que los otros. El público francés se ha dado cuenta de que América Latina era un territorio literario, además de un lugar donde se dan golpes de estado y se doman potros. A través de algunas editoriales con suficiente criterio comercial como para seguir la conducta de sus colegas latinoamericanos, se ha iniciado en Europa la publicación de traducciones de muchos libros de autores latinoamericanos, no solo de la gente del primer boom, sino gente que ha venido mucho después y que son mucho más jóvenes, como entre nosotros puede ser el caso de Manuel Puig y el caso de Néstor Sánchez, cuya novela va a salir muy pronto en Francia. Cito simplemente dos, porque tengo mala memoria, pero podría hacerse fácilmente una lista de treinta nombres, que en Italia, Francia, Inglaterra y Alemania están siendo traducidos o van a ser publicados. Esas repercusiones en Europa pienso que han sido útiles para América Latina, porque han permitido al lector europeo de cultura media y superior, hacerse una idea más precisa de lo que somos, de lo que queremos y de lo que estamos buscando y, además, de lo que vamos a conseguir…

“El escritor no considera en modo alguno sus trabajos como medios. Son fines en sí. Tanto no son un medio para él y para los otros, que sacrifica su propia existencia a la existencia de ellos, cuando es preciso, y, de otra manera, como el predicador religioso, se apega al principio: “Obedece a Dios más que a los hombres”, a los hombres, a los hombres entre los cuales está confinado, con sus necesidades y sus deseos de hombre. Por el contrario, yo quisiera ver a un sastre a quien hubiese ordenado un frac parisién y me trajese una toga romana, bajo el pretexto de que responde mejor a la ley eterna de la belleza. La principal libertad de la prensa (‘) consiste en no ser un oficio. El Escritor que la rebaja hasta convertirla en un medio material merece, como castigo de esta cautividad interior, la cautividad exterior, la censura, cuya existencia es ya su castigo…”

Carlos Marx. “Los debates de la dieta Renana”, Obras Completas. 1848
I. págs. 222-223, edic. alemana, hacia 1848.[2]

Que Piensa

¿QUE OPINA DE “EL LIBRO DE MANUEL”

de Julio Cortázar?

Osvaldo Bayer

Algunos críticos literarios han dicho del Libro de Manuel que es nada más que un libro más de Cortázar. Si, agrego yo, pero siempre un libro de Cortázar. Con su riqueza idiomática, su reverbero de ideas, su ironía, su pesimismo, su brillantez. Su genialidad. Es un libro de nuestro tiempo. No nos volvamos provincianos, no digamos que Cortázar ya nos cansa, nos hace dar vueltas perdidas en derredor de él mismo. No. En el Libro de Manuel está diciendo cosas y no se repite. Leámoslo otra vez y veremos que dice muchas cosas; no importa que esos argentinos de París tomen cada vez más mate cuando los porteños de aquí toman cada vez menos mate. Eso es anécdota. O que Cortázar pueda aplicar un lunfardo que aquí ya no corre. Lo que corre si es su pensamiento, expresado en su primera página:

“Más que nunca creo que la lucha por el socialismo latinoamericano debe enfrentar el horror cotidiano con la única actitud que un día le dará la victoria: cuidando preciosamente, celosamente, la capacidad de vivir tal como la queremos para ese futuro, con todo lo que supone de amor, de juego, de alegría.”

No interesa si Cortázar tiene derecho o no de decir esto. Lo dice. Se suma a pesar del pesimismo y la ironía que quisiera ahogarlo en la brillantez de sus frases. Lo que no puede ahogar en el fondo es su amor por el hombre, su infantil amor de cristiano simple:

“… porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente…”

O al citar la frase

“…el artista afirmaba que cuanto más materialista se volviera la ciencia, más ángeles seguiría él pintando”.

La solución es la rebeldía. Después vendrá la codificación de esa rebeldía. El europeo Cortázar nos mira. Claro está que puede resultarnos ajeno. Pero no dejemos de leerlo porque aquí sus ojos de europeo tienen un valor universal. No tratemos de cazarlo porque la red nos va muy chica.

Raimundo Ongaro

En principio decimos: a nosotros los trabajadores “nos importa más Evita que Platón”.

Y esto que parecerá un sacrilegio a algunos intelectuales tiene su explicación en nuestra propia escala de valores: a los revolucionarios siempre les importa la acción.

Lógicamente que nos parece bien que un intelectual se solidarice con las luchas populares (Cuba, Viet-Nam o Argentina) pero a cada cosa su lugar: para esas luchas nos importa el que arriesga la vida.

Sobre el intelectual pienso que sería importante que fuese revolucionario (en todo sentido) pero nos conformamos con que no sea contrarrevolucionario.

Por eso considero valiosa la actitud de Cortázar respecto de su último libro dedicado a mostrar las torturas y las diversas formas de represión hacia quienes intentan romper el sistema imperante. Estimo positivo también el hecho de que Cortázar haya donado sus derechos de autor para destinarlos a los presos políticos.

Carlos Mujica (sacerdote católico)

Primero le enumeraré tres razones, por las cuales aun siendo militante y considerando positiva la actitud de Cortázar cediendo sus derechos de autor a los presos políticos, no me tomaré el trabajo de leerlo.

Estas razones son: 1) porque como escritor Cortázar me parece obstruso[3]; 2) porque no tengo tiempo para leer ficciones y 3) porque considero que su literatura va dirigida a los exquisitos y no al pueblo.

En este sentido, y ampliando el concepto hacia todos los llamados “intelectuales”, creo que se debe tomar un rol protagónico y no meramente dialéctico, contagiarse y asumir la identidad del pueblo; como decía Camilo Torres: “hay que ASCENDER al lenguaje popular”. De este modo aboliríamos para siempre ese estilo hermético que en el fondo, es la impotencia de ciertos sectores de la burguesía para entender el proceso de lucha de la clase trabajadora.

En cuanto a Julio Cortázar, he dicho que su actitud tiene algún valor, aunque personalmente prefiero más a los que donan la vida por una causa, que a los que ceden sus derechos de autor.

Cortázar, como tantos intelectuales, puede tener buenas intenciones, pero está colonizado culturalmente.

Liliana Heker

Fragmento del trabajo sobre el tema en EL GRILLO DE PAPEL

Alguno podrá —o querrá— notar que el análisis que en esta novela se hace de la revolución y el socialismo es simplista, o ingenuo. Yo digo que, en realidad, no hay tal análisis. Hay, si, indagaciones lúcidas, y revulsivas, en el terreno del lenguaje y en el terreno de la creación artística; hay ahondamientos en lo que se refiere a la conducta individual de ciertos hombres; hay testimonios políticos que hablan por si mismos. Pero análisis ideológico no hay. Por otra parte, ¿por qué pedirle a Cortázar que lo hiciera, o por qué suponer que le saldría o que seria eficaz haciéndolo? Lo que si hay en este libro, en lo que se refiere a la historia, es el planteo de una alternativa, tan claro que deslumbra: de este lado, o del otro. Y Cortázar, con su espléndida prosa, y sus historias fantásticas, y sus cuestionamientos existenciales y su gliglico, se pone de este lado, del lado de los que van a cambiar la historia. Es en esto, en este venirse con todo, que hay que rastrear el verdadero poder subversivo del libro. Porque también lo lúdico, y también las hermosas palabras tendrán que cambiar de mano. Y este libro es más que una advertencia, es una prueba de que ya están empezando a cambiar. Le mueve el piso a más de cuatro, eso quería decir. He visto a muchos imbéciles ponerle Rocamadour al caniche o a la boutique, usar la palabra “cronopio” como quien usa la palabra “gordi”, y decorar su biblioteca con el lustroso tomo de Ultimo Round. La culpa no la tiene Cortázar, claro. Cortázar hace años que viene defendiendo la Revolución Cubana, y viajando a Cuba, y optando (afectivamente, cierto, pero pronunciándose) por el socialismo. Pero los compradores de best-sellers prefieren, mientras les es posible, no ver estas cosas. Bien. Con Libro de Manuel no les quedará más remedio que verlo. Porque esta vez la historia se les metió en el centro de la literatura y de lo lúdico. ¿Juego? Sí, pero entonces caminar hacia el bosque. Podrán ejercitar su ingenio recomponiendo las palabras y medias palabras que le faltan a un titular, pero cuando reconstruyan el mensaje se encontrarán con una realidad brutal golpeándoles la cara. Razón por la cual, presumo, pronto notarán que “es una frivolidad meter tanto chiste cuando se están tratando cosas tan serias”.

Yo no sé cómo se leerá este libro dentro de 15 años: sé que hoy cumple una función. Tampoco sé, ni me importa, si ésta es o no la mejor novela de Cortázar. Un escritor no está obligado a escribir siempre su mejor libro. En cambio sí está obligado —éticamente obligado, quiero decir—, si es un escritor con todas las letras, a existir escribiendo, y a dar lo mejor de si, y de la mejor manera que le sale. Creo que Cortázar es un escritor con todas las letras.

[1] Revista Crisis nº 2. Junio de 1973. Bs. As. pág 10-15
[2][La palabra PRENSA es usada aquí no en el sentido actual del término, sino referida al periodismo como vocación literaria o expresión y confrontación de ideas, tal como era propio de la época.] Revista Crisis. nº 1. Bs. As. Mayo de 1973
[3] “obstruso”(sic). Revista Crisis. nº 1. pág. 17. Bs. As. Mayo de 1973

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s