SÓLO TENGO CUARTELES DE PRIMAVERA El último reportaje a Pablo Neruda. 1973

En pdf  Neruda. Solo tengo cuarteles de primavera

CONVOCATORIA

Pablo Neruda
Mayo 1973

Desde mi retiro de isla Negra, quiero señalar ante los intelectuales de Chile la gravedad del minuto presente, en especial la campaña y los preparativos que realizan manipuladores extranjeros y chilenos, desde fuera y desde dentro de Chile, para precipitarnos en una lucha armada.

Las señales son inequívocas y deben ser tomadas en serio.

Las mismas fuerzas empeñadas en esa tentativa siniestra son las que ya planificaron una paralización económica que en parte lograron producir. Sus planes estaban y continúan ligados a los designios de la I.T.T. y de la C.I.A. revelados en el Congreso de los Estados Unidos. Aquellas revelaciones también dejaron en claro la cuantiosa ayuda económica de estos organismos extranjeros a los facciosos de Chile No es concebible que este soborno haya disminuido y es posible suponer que se haya acrecentado antes y después de las elecciones de 1973.

Derrotar esta acción reaccionaria que pretende enlutar a todos los hogares de Chile es un deber de la inteligencia, que debemos asumir de inmediato.

Quiero pedir a mis compañeros que colaboremos en un plan destinado a denunciar a los incitadores de la guerra civil y a demostrar ante el país las consecuencias terribles de una conspiración tan nefasta como antipatriótica.

Hago un llamado a mis amigos artistas, intelectuales, creadores de América Latina, de los Estados Unidos y del Canadá, de los países europeos, asiáticos, africanos y oceánicos para prestarnos su ayuda, su voz, sus sentimientos fraternales hacia nuestro pueblo y a nuestra lucha actual por la libertad, por la paz, contra la guerra civil, contra el fascismo y el imperialismo.

Sabemos que no estamos solos y que el hombre de Chile simboliza en muchas partes una causa común del humanismo y de la dignidad revolucionaria.

El camino chileno, comprendido y admirado por todos los pueblos del mundo, será defendido sin vacilaciones por el pueblo de Chile.

SÓLO TENGO CUARTELES DE PRIMAVERA

El último reportaje a Pablo Neruda
por Margarita Aguirre
Isla Negra, Chile

Cuadernos de CRISIS. 1973

— Cada día detesto más las entrevistas. No sé cómo pude dar la primera, pero después ya resultan un vicio y un abuso. Un vicio por parte de uno, un abuso por parte de los otros. Creo que las entrevistas literarias no conducen a nada. Las entrevistas son válidas preguntando a los cosmonautas las experiencias que tienen cuando regresan a la Unión Soviética o a EE. UU. o cuando Cristóbal Colón, un poco antes, regresa de la América del Sur. Pero no veo ni el objeto ni la finalidad en molestarse y molestar a los poetas que están haciendo constantemente una sola cosa: poesía. Después resulta que estas entrevistas se van haciendo cada vez más rutinarias, se acumulan repeticiones, repeticiones de lo ya dicho por uno y por otros. Llega un momento en que en esta verbosidad provocada y artificial ya no sabe uno a quién le pertenecen las ideas. Por lo demás no tiene tanta importancia a quién pertenezcan o no.

Lo principal en estos casos parece centrarse siempre sobre algo que considero completamente inasible, que es el proceso literario, el proceso del trabajo poético, lo que se llama el camino de la creación. Todas estas palabras para definir la urgencia que tiene un verdadero escritor, para escribir su prosa o su poesía. Nunca entendí palote de este asunto, pero puedo decir que mi trabajo ha sido continuo desde que tuve uso de pluma, uso de lápiz, uso de papel, no por cierto uso de razón que todavía no la alcanzo. Pero desde que tuve a mi alcance los implementos necesarios nunca he dejado de hacer lo mismo y nunca me preguntaba por qué lo hacía ni podría explicarlo tampoco. Dentro de este trabajo, especial o espacial, mejor dicho, tendría que decirle que hay dos o tres factores que alteran de cuando en cuando esta cosa sistemática de mi trabajo (hablo de mí solamente, de mí en singular, ya que, por razones de su criterio o de la revista que a usted la envía, parece ser que soy el tema en general de este coloquio). Una es la necesidad explosiva de escribir sobre ciertos temas de actualidad, sobre ciertos acontecimientos que, a la vez, son acontecimientos públicos, y que tienen tal circunstancia, decisión y profundidad dentro de uno, que lo llaman con urgencia a actuar en un determinado lugar poniendo todos los medios a su disposición.
Otra cosa debe tomar en cuenta el poeta que está en contra de la preceptiva tradicional, o de la superstición tradicional o de la herencia lírica y romántica, es que el poeta debe también sobresalir a los compromisos que se le pidan, es decir, la poesía que se accede a hacer a petición de un determinado grupo humano debe tener la calidad necesaria para sobrevivir. Esto es Importante porque el orgullo pequeño burgués de los poetas, cultivado siempre por los de las clases que mandan en la sociedad capitalista, quiere hacer creer al poeta que su libertad resulta menoscabada si atiende una petición. Existe la poesía escrita a petición por la necesidad evidente de un poema y que éste resulte verdadero, imperecedero, o por lo menos que tenga la fuerza, el contenido y la poesía necesaria para servir en un momento de alimento y de ayuda a un grupo o a un sector que naturalmente está íntimamente de acuerdo con el poeta. Éste es un factor, es una orden que el poeta debe esforzarse en cumplir, y cumplir con decoro. En mi caso particular tengo conciencia que, muchas veces, poemas míos hechos y dirigidos, solicitados y pedidos, han sido de los que más me han satisfecho hasta ahora.

— ¿Quiere usted hablar de Borges?

— Sí, siempre quiere uno hablar de Borges, aunque sea un poco excesiva la atención que a veces se le dispensa, siendo él un hombre más bien quitado de bulla, no digamos un anacoreta, pero sí un hombre de probada austeridad. Es natural que la excelencia intelectual de Borges haga que su figura y su palabra sean siempre examinadas y vistas como si fueran tan translúcidas que pudiéramos penetrar hasta el otro lado de su sentido o de su transparencia. En los últimos meses, muchos argentinos han recibido, con gran molestia y no poca ironía, sus palabras despectivas sobre la resurrección vital y plena del movimiento peronista, es decir, sobre el actual momento de transición liberadora que pasa el pueblo argentino. Hay que pensar, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él. Hay algo en esto de su viejo narcisismo de escuela inglesa, y por ese motivo no debería preocuparnos. Claro, desconciertan si vienen de un hombre que, además de ser un gran escritor, es también un erudito y un ilustre archivero, puesto que fue el gran bibliotecario del país. Extraña que él no comprenda que esta época excepcional de la Argentina está llena de hechos, formulaciones, deseos insatisfechos, corrientes profundas. No se trata de “demagogia y tontería”, como Borges califica al movimiento actual, a la revolución en argentina; tienen que ser muchos los factores, los matices y los alíneos, es mucha la profundidad documental, es mucha la riqueza fenomenal de la actualidad argentina. Yo creo que la Argentina no ha vivido una época tan interesante desde el tiempo de Sarmiento y Alberdi. Tal vez Borges debió pensar en estas cosas. Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzcan todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma.

Naturalmente, su desacomodo con las Ideas mayoritarias argentinas no sólo significa un desacuerdo con Argentina: también significa un desacuerdo con lo más valioso del mundo, con lo que está creciendo en el mundo, con la insurrección anticolonialista, antiimperialista, con un ascenso de las capas populares que está aconteciendo en nuestra América y en el mundo entero. El desconocimiento de Borges hacia estas realidades argentinas es el mismo desconocimiento que él ha tenido hacia la realidad actual del mundo.

— El Canto General es una obra de enorme influencia. En ella no nombra usted a Perón. Dígame, compadre, ¿cuál es su juicio hoy sobre Perón y el peronismo?

— La figura de Perón es una figura que toma las proporciones históricas que le da el pueblo argentino. En una época, el gobierno de Perón fue un gobierno profundamente anticomunista; es posible que haya habido una incomprensión de parte y parte, yo estoy en general en contra de todos los anticomunistas. Estoy en favor de todos los antifascistas y en contra de todos los anticomunistas. Todo anticomunismo, donde esté, es sospechoso; todo anticomunismo encubre un desacato hacia el porvenir humano. Ésos son mis conceptos. Naturalmente, pueden discutirse, pueden dialogarse, pueden hablarse. Ahora, bajo el puente de Perón, como bajo mi propio puente, ha pasado mucha agua; son las aguas de la historia las que están pasando. Ni Perón es el mismo, ni Pablo Neruda, modesto poeta de Chile, es el mismo tampoco. Es decir, nuestra tierra va cambiando, la sociedad humana va cambiando, y yo creo que el peronismo de entonces no es el de ahora; es decir, que no será el peronismo de ahora. Ahora viene Perón o las ideas peronistas amarradas, como dije antes, al gran movimiento de liberación de los pueblos. Estamos atravesando una revolución histórica en profundidad. Naturalmente que éste es un momento de liberación para la Argentina. ¿Qué va a pasar? No lo sabemos bien todavía; la experiencia histórica nos dice que los momentos de transición son los más duros, los más difíciles. Deseo, para el movimiento justicialista y el momento actual de la Argentina, el desarrollo más esplendoroso y mejor, es decir, el que acomode más al pueblo argentino de acuerdo con su razón histórica y con el porvenir de la humanidad que, naturalmente, es un porvenir progresista y antiimperialista.

— Me gustaría conocer su relación con las nuevas generaciones, no sólo de escritores, sino de la gente que ahora es joven.

— Bueno, hay dos o tres maneras de plantear esta cuestión. Por una parte, hay un mundo de rebelión juvenil que tiene todos los colores del arco iris, del fondo del mar, y también a veces los colores del estercolero humano. Lo indiscutible es que hay una actitud juvenil unánime, general y persistente en todas partes. Existen muchas más barbas y muchas más cabelleras —como las hubo en otro tiempo sin que nadie las interpretara como cosa extraña—. Pero también existen violentos cambios orientados hacia una decisión de asumir mayor responsabilidad en las jóvenes generaciones: por ejemplo, el período de oro de la juventud comunista de Chile es éste. La juventud comunista de Chile, juventud organizada, reflexiva, entusiasta, alegre, pero al mismo tiempo consciente y estudiosa, ha aumentado en forma considerable y juega un papel extraordinario en la vida política de nuestro país.
Fuera de eso, tenemos en Chile, y también en otros sitios, muchachos que viven una rebeldía desorientada, que proviene de un impulso muy grande, de la impaciencia hacia los cambios, de la necesidad absoluta de reformar la sociedad. Gran parte de esta generación se empeña en combatir a su modo todos los fantasmas, todas las deformaciones que le atribuye a una sociedad que, efectivamente, está en decadencia. Pero no se puede combatir a una sociedad que está en su caída descendente con otra clase de decadencia, y así hemos llegado a ver cómo se han infiltrado, dentro de esta general desorientación de cierta parte de la juventud, los impulsos criminales, el desenfreno sexual, etc., que son semillas malsanas de un movimiento que tiene su raíz o su razón profunda de ser.

— En Argentina, me imagino que como en otras partes del mundo, se dio a publicidad un cable en que se anunciaba que usted había comprado un gran castillo en Francia.

— Le voy a decir, querida comadre, que en la primera oportunidad en que yo pudiera hacerlo me compraría un castillo. Me gustan mucho los antiguos castillos, por el romanticismo, no por el confort; casi siempre son fríos, destartalados y tienen unas pocas habitaciones habitables. Me acuerdo que uno de mis amigos se compró uno que tiene como cuatrocientas habitaciones y puede vivir solamente en tres de ellas, después de haber reformado el alcantarillado. En mi caso no hay tal castillo, agobiado por mi trabajo en la embajada, el traqueteo y el ruido de París, aproveché parte del dinero del Premio Nobel para comprarme una pequeña propiedad a 120 km de París, en Normandía. Tiene un jardín de sesenta metros por noventa, más o menos, y una sola habitación, a la que se le ha construido un altillo donde está nuestro dormitorio. Es, eso sí, muy hermoso, como todas estas bodegas o depósitos.

— ¿Era una bodega?

— Era una bodega sin piso donde se guardaba carbón, leña, y a veces dormían los caballos y las vacas. Es la dependencia de un castillo que está cerca de mi casa, porque todo en esa aldea es dependencia o ha sido dependencia del castillo. Es un castillo grande y con un parque inmenso y verdaderamente maravilloso.
La fábula de mi castillo nació cuando la United Press difundió la protesta de un senador chileno de derecha que ha vivido siempre en castillos, del presupuesto de Chile y de sus incursiones en el arrebato a la propiedad de los campesinos y anteriormente de los indios. Esto, según la sociedad capitalista, es irreprochable, a él no se lo puede juzgar. Pero él sí se opone a que nadie compre castillos, a que nadie compre habitaciones: esto está reservado —tanto las habitaciones, como los baños, como las langostas y las ostras— para él, para su casta, para los suyos, para sus primos aunque sean unos asnos, como posiblemente lo es este senador. Éstos son defectos de nuestra vida criolla y en gran parte herencia de la sociedad colonial española; también son resabios de nuestro provincianismo y de nuestra tontería.

— Se habla mucho de que usted es inmensamente rico.

— Lo que gano —el editor lo sabe, que es el que hace mucho tiempo tiene los derechos de toda mi obra— es una suma bastante modesta, pero que me alcanza para vivir. De lo demás, todo se ha ido por mis manos comprando mis libros y comprando, de cuando en cuando, un mascarón de proa; no recibo rentas de ningún arriendo, no poseo acciones de ninguna parte, no tengo fortuna, no guardo depósitos en grandes bancos. En resumen, tengo lo que recibo de mi trabajo, eso es todo. Si esto suscita las simpatías de alguien, será de una persona que trabaje. Si esto suscita la envidia de otros, es, en general, de los que no trabajan. Entonces vamos a cerrar las compuertas de la maledicencia, del chisme sobre éste, sobre aquél, sobre mí y sobre los demás.

— Pero a usted lo hiere la maledicencia.

— De cuando en cuando —a pesar de que debiera estar curtido, de que debiera tener una piel de elefante—, de cuando en cuando me turba, me molesta, pero son cosas casi orgánicas. Yo soy un hombre del sur de Chile, debiera estar más acostumbrado al frío, nací y crecí en el clima frío del sur de nuestra América, sin embargo, de repente me dan unos tiritones que no debiera tener y que me reprocho. Así me pasa también con la vanidad, que todavía sufre de algún pinchazo, de algún alfilerazo o de algún garrotazo.

— ¿Se definiría usted a sí mismo como una persona tímida?

— Yo creo que sí, comadre, también tengo ese sentimiento de pobre de nacimiento en los grandes restaurantes, en las grandes recepciones, en palacios o embajadas, o en grandes hoteles. Me parece que, de repente, van a notar que estoy de más allí y que me van a decir: “Usted qué está haciendo aquí, por qué no se va”. Siempre he tenido ese sentimiento —que no era desagradable— de no pertenecer a tal cosa, a tal grupo. Y en realidad es así, no pertenezco.

Y con respecto a la timidez general hacia los hombres en la amistad, o hacia las mujeres en el amor, siempre la tuve. Es un sentimiento hermoso por dos cosas: para sentirlo y para vencerlo. En la amistad, muchos de mis mejores amigos me resultaron, en un principio, impenetrables, los sentía orgullosos; resultaba que ellos eran gente tímida como lo era yo, y no había aproximación. En el amor también; hubo muchas mujeres que me parecían absolutamente frías e inalcanzables, que me despreciaban de arriba abajo. Resultó hermoso hacer esa lucha contra mí mismo y contra ellas, y poder vencerlas o ser vencido.

— Me gustaría preguntarle sobre sus recuerdos de la Argentina.

— Bueno, mis recuerdos de la Argentina son un poco tristes, porque mis amigos han ido desapareciendo, y yo soy un hombre de amigos y la Argentina era, y seguramente seguirá siéndolo, un país de amigos. Un hombre de amigos y un país de amigos, es algo serio, profundamente serio. Yo pongo la amistad como una de las dimensiones de mi propia vida.
En verdad la Argentina es para mí una época inolvidable y el recuerdo de Norah Lange o de Oliverio, de Raúl González Tuñón y de Amparito, y de la rubia Rojas Paz y su salón literario, al que acudíamos con Pepe González Carballo y luego vino Federico García Lorca… Después conocí más a Rodolfo Aráoz Alfaro, uno de mis más queridos amigos —también mi compañero—, hasta me tocó ser detenido e ir preso con él, lo que es en realidad una aventura impresionante para uno, y además promueve un vínculo fraternal más estrecho aún. Me acuerdo que era el tiempo de Aramburu, entonces a mí me llevaron preso y me incomunicaron en una celda, la más inaccesible, la más remota.

— Ya no existe esa cárcel, compadre.

— Yo la admiré mucho a esa cárcel porque nunca he visto tantas puertas de fierro como ésas. Conozco otras casas, castillos y residencias, pero esa cárcel tenía impresionantes rejas de fierro cada tres o cuatro metros, no se terminaba nunca de cruzar rejas. A mí me llevaron en una camilla y me dejaron encerrado allí. Al día siguiente, el diario La Prensa no se dio por aludido de que había centenares o miles de presos entre los cuales, modestamente, también estaba yo. El señor Gainza Paz es un gran farsante, y si no búsquese en la colección de La Prensa de ese momento si hay siquiera la mención de un poeta preso que, por lo menos, tenía muchos amigos, era ciertamente conocido y tenía su editor en la Argentina.

Bueno, entre mis amigos argentinos de aquellos tiempos podría citar muchos, pero me gustaría también hablar de mis amigos en toda la América. Tengo amigos en México, en el Perú, en Venezuela, en el Ecuador, en el Uruguay, en Colombia, en Panamá, en todas partes. Naturalmente, también tengo grandes amistades en Francia, en Inglaterra, pero es en este continente donde están mis mejores recuerdos, mis grandes amigos. Yo soy un hombre local, provinciano de América, soy un pueblerino de Buenos Aires, soy un pueblerino de Santiago de Chile, soy un pueblerino de Temuco y de Parral, de donde vengo, del sur de Chile. También lo soy de los pueblos de Colombia o del Perú. Por todas partes yo siento el llamado de la sangre. La Argentina me atrajo siempre por sus contradicciones, por su extensión, por su belleza, por la cantidad de fenómenos curiosos y por sus diferencias con Chile.

— Compadre, he leído estos días, en los diarios de Chile, un llamado suyo a los intelectuales. Me gustaría que los intelectuales argentinos también lo conocieran.

— Es algo complicado explicar la situación chilena, sobre todo al extranjero, debido a la información tendenciosa de la prensa o a la falta de información que muchos puedan tener. Naturalmente, mi llamado tiene por objeto despertar la conciencia de los intelectuales —de los pueblos, primordialmente, pero también de los intelectuales— hacia lo que está pasando en mi país.

El final de mi llamado se dirige a los escritores y a los artistas de la América nuestra y del mundo entero. Estamos en una situación bastante grave. Yo he llamado, a lo que pasa en Chile, un Vietnam silencioso en que no hay bombardeos, en que no hay artillería. Fuera de eso, fuera del napalm, se están usando todas las armas, del exterior y del interior, en contra de Chile. En este momento, pues, estamos ante una guerra no declarada. La derecha —acompañada por sus grupos de asalto fascistas y por un parlamento insidioso, venenoso, una mayoría parlamentaria completamente opositora, adversa, estéril y enemiga del pueblo, con la complicidad de los altos tribunales de justicia, de la contraloría y los caballos de Troya que tiene dentro de la administración y que se han tolerado hasta ahora, de la gran prensa chilena— está tratando de provocar una insurrección criminal de la cual deben tomar inmediato conocimiento los pueblos de América Latina. Se trata de instaurar un régimen fascista en Chile. Han tratado de incitar a una insurrección del ejército, han tratado de recurrir al pueblo para obtener en las elecciones un triunfo que les permitiera derrocar al gobierno. No han conseguido ni conmover al ejército para sus fines mercenarios ni alcanzar la mayoría necesaria como para derrocar al gobierno.

– Es verdad que hemos tenido un triunfo popular extraordinario, es verdad que el presidente Allende y el gobierno de la Unidad Popular han encabezado de una manera valiente un proceso victorioso, vital, de transformación de nuestra patria. Es verdad que hemos herido de muerte a los monopolios extranjeros, que por primera vez, fuera de la nacionalización de petróleo de México y de las nacionalizaciones cubanas, se ha golpeado en la parte más sensible a los grandes señores del imperialismo que se creían dueños de Chile y que se creen dueños del mundo. Es verdad que podemos decir, con orgullo, que el presidente Allende es un hombre que ha cumplido su programa, es un hombre que no ha traicionado en lo más mínimo las promesas hechas ante el pueblo, que ha tomado en serio su papel de gobernante popular. Pero también es verdad que estamos amenazados. Yo quiero que esto lo sepan y lo recuerden mis amigos, mis compañeros, mis colegas de toda América Latina, pero en especial de Argentina, que conocen este caso porque han visto muchas veces en su historia regímenes de implacable dureza que han sido instaurados en contra de la voluntad y los derechos del pueblo argentino. Por eso yo llamo a una solidaridad que se debe manifestar en una forma militante, en una forma ardiente, en forma fraternal. Ése es el objetivo de mi llamado y yo la autorizo, mi querida amiga, a darlo a través de su revista.

Quiero agregar, por último, que una entrevista como ésta debió haberse mantenido en lo posible, y esencialmente, como una conversación espiritual sobre las perspectivas y las derivaciones de la cultura. Pero quiero decir a los lectores de Crisis que la vida política de mi país, no me ha permitido limitarme de una manera idílica a temas que tanto me interesan. Qué vamos a hacer. Mi posición es conocida y mucho me hubiera gustado hablar largamente de tantos temas que son esenciales para nuestra vida cultural. Pero el momento de Chile es desgarrador y pasa a las puertas de mi casa, invade el recinto de mi trabajo y no me queda más remedio que participar en esta gran lucha. Mucha gente pensará ¡hasta cuándo!, por qué sigo hablando de política, ahora que debería estarme tranquilo. Posiblemente tengan razón. No conservo ningún sentimiento de orgullo como para decir: ya basta. He adquirido el derecho de retirarme a mis cuarteles de invierno. Pero yo no tengo cuarteles de invierno, sólo tengo cuarteles de primavera.

PABLO NERUDA EN LA ARGENTINA

1927: Neruda llega por primera vez a Buenos Aires de camino hacia Rangún, adonde ha sido nombrado cónsul. Tiene 23 años.

1932: Pasa un día en Buenos Aires a su vuelta de Oriente. Es recibido por su reciente amigo y admirador, Fermín Estrella Gutiérrez. Se aloja en el hotel Helder de la calle Rivadavia. Por la noche, junto con su mujer y su nuevo amigo, asistieron a una función de cine.

1933: Ha sido nombrado cónsul de su país en Buenos Aires. No tarda en rodearse de amigos. Aparte de la casa de los Rojas Paz, de María Rosa Oliver y Aráoz Alfaro, fue en la casa de Oliverio Girondo y Norah Lange donde Neruda acuñó sus mejores recuerdos, quizás debido a la magia y vitalidad de sus dueños. Es memorable la presentación del libro de Norah, “45 días y 30 marineros”. Esa vez todos los asistentes, entre los que estaba Neruda, fueron disfrazados de marineros; Oliverio y Xul Solar llevaban sendos uniformes de almirantes y Norah se vistió de sirena, con una larga cola de pescado, que tuvo que sacarse para poder bailar. Así lo recuerda Norah en el discurso pronunciado en Santiago con motivo de los 50 años del poeta:

“…Y aunque diversas instituciones se disputaron en balde la exaltada estructura de quien escribió por mucho tiempo “residencia en la tierra”, triunfaron los épicos domicilios de Pablo Rojas Paz y de Oliverio Girondo, para no abrumarse con la honesta confluencia de animosos bares que aún no se atrevían a engalanar la leche”.

Uno de los profundos placeres de Neruda lo constituía la buena comida. Prueba de ello es el libro de comida húngara que escribió en colaboración con Asturias.

“Le gustaba rastrear en la ciudad aquellos lugares que le permitieran probar platos típicos y condimentados. “El Pescadito” en la Boca era uno de los preferidos. Pero también su presencia era acostumbrada en “El Tropezón” y en un restaurant de Riobamba y Santa Fe…. Los restaurantes añadieron cayena y ají apenas pronunciable a los platos predilectos, mientras aquerenciadas destilerías engalanaban el alcohol, permitiéndole graduaciones bastante presumidas. No quedó sitio en Buenos Aires que no se alterara al paso de Pablo Neruda, y las mismas noches decidieron continuar, de un tirón, hasta el día siguiente a fin de evitarnos el inútil regreso a domicilios apenas constituidos…. su aire de llegar a un sitio como si se hubiera equivocado y saliera ganando, su voz de reclinatorio en voz alta parecida a lentos trenes de carga que duran todo el insomnio; su manera de caminar como si pensase la vereda y además le gustara…” (Norah Lange.)

En esta primera larga visita conoce a Federico García Lorca, Raúl González Tuñón, Pablo Rojas Paz y La Rubia, su mujer, Esther Pacheco y su marido Augusto Mario Delfino, Ricardo Molinari, María Luis Bombal, Rodolfo Aráoz Alfaro y Margarita Aguirre… Acostumbraba a caminar la ciudad incansablemente a la busca de libros y objetos extraños. Así lo recuerda Raúl González Tuñón: dice acerca de su primera y larga estadía en la ciudad porteña.

“Nos quedábamos hasta la noche en casa de Oliverio Girondo y después nos íbamos al Munich de la Costanera, comíamos y salíamos a caminar. Tanto Pablo como Federico eran obstinados caminadores de Buenos Aires.”

“Al chileno le subyugaron nuestras librerías de lance, particularmente la inverosímil llamada “La Incógnita”, de Sarmiento al 1400 y nuestras típicas compraventas de la calle Libertad y 25 de Mayo. Compraba las cosas mas raras, antiguos y amarillentos librotes y objetos extraños. En casa de Girondo había visto una caja musical grande, estilo órgano, que funcionaba mediante piezas de metal del tamaño de una moneda de 20 centavos, que se introducían en una ranura. Rebuscando y rebuscando encontró una muy parecida, creo que en un absurdo negocio de Nueva Pompeya. Se la llevó a Madrid, luego a Santiago, y tiempo después a Isla Negra.”

Permanece en Buenos Aires hasta 1934, fecha en que es nombrado cónsul en Barcelona. En 1936 lo sorprende la guerra en España. Allí es asesinado su amigo García Lorca. Lo recuerda en una oda de Tercera Residencia, donde además recuerda a algunos de sus amigos argentinos:

“[…]
llego yo con Oliverio, Norah,
Vicente, Aleixandre, Delia,
Maruca, Malva,…
La Rubia, Rafael, Ugarte, […]
Molinari…
y otros que se olvidan.”

De Ricardo Molinari dirá Neruda más tarde:

“…Porque la poesía de Molinari se esconde pero se descubre: su oscuridad es sólo el camino de un resplandor eterno…” Lo llama el “maestro del misterio y del decoro.”

1940: Su arribo a Buenos Aires tiene un objetivo político. En París lo han nombrado cónsul para la inmigración española. Toma contacto con algunos intelectuales argentinos, entre ellos María Rosa Oliver. Se funda la Comisión de Ayuda a los Refugiados Republicanos. Figuraban en esa comisión, Frondizi, Francisco y José Luis Romero y Orfila Reynal, entre otros. Gracias a esta comisión muchos refugiados pudieron reiniciar su vida en este país. De esta época recuerda Norah Lange:

“Era un espléndido amanecer pertrechado de efluvios escoceses. Diversos colaboradores de cualquier domingo con suplemento nos encontrábamos en la esquina de Suipacha y Leandro N. Alem, fluctuando entre los caracúes del Tropezón o la chirle frescura de los productos Grafa. Ningún uniforme incomodaba a la garita policial. A lo lejos, un carrito de lechero, desprovisto de boina y de sucesivo vasco, entretenía la calzada. De pronto advertí que Pablo Neruda y Oliverio Girondo lo saludaban desde lejos encariñándose con él, y sucumbiendo a inédito y repartido antojo, trepaban al pescante. Persuadido de que Pablo sólo exploraba un lugar más incómodo para salmodiar sus poemas, ya que Oliverio no sabía los suyos de memoria, decidí reemplazar el uniforme ausente, y ya desde lo alto, mientras el más invadido de barbas empuñaba las riendas y el homenajeado Pablo Neruda iniciaba su letanía: “Sucede que me canso de ser hombre”, levanté la mano, detuve el tráfico que contrariaba la ruta de tan dilectos poetas, y les concedí la vía libre. Jamás he visto algo que corra como ese caballo. Pasó debajo de mí con tal velocidad que no podría aseguraros si la barba de Neruda era la que no usaba Oliverio, o si Oliverio se bebía la leche que Pablo no conseguía repartir frente a comisarías y repentinos niños sin pecho. Tres horas más tarde, el introductor de la boina recibía, enfurecido, diez pesos del año ’35 y una tarjeta del susodicho cónsul de Chile, agradeciéndole sus servicios. El caballo no dijo nada.”

1947: Comienza a editar en Buenos Aires en la editorial de Losada. Para esa época, el público llena teatros para escucharlo dar conferencias o recitar sus poesías. En ese año también estuvieron en el país, Nicolás Guillén, León Felipe y Rafael Alberti.
Los intelectuales y el Partido Comunista acusan al gobierno argentino de fascista. Entre otras cosas, Neruda viene a participar en actos contra el nazismo junto a Rafael Alberti, León Felipe y Guillén. Sin embargo, Neruda no ataca al peronismo, ni siquiera en declaraciones hechas afuera de nuestro país.

Inclusive acepta la proposición para realizar una serie de colaboraciones para el diario La Prensa, que en ese entonces había sido expropiado para la C. G. T. Esa actitud le vale ataques por parte de los escritores liberales.
Toma contacto con los escritores jóvenes de Buenos Aires: María Elena Walsh, Mario Trejo, Pedro Orgambide. Se alojaba en el pequeño departamento que Nicolás Guillén alquilaba sobre la Galería Güemes.

1949: Se cumple un año de la orden de captura establecida por el gobierno chileno. Neruda permanece en la clandestinidad. Escribe su Canto general. Pasa sólo fugazmente de camino a Europa por el Aeropuerto de Ezeiza.

1955: Se casa con Matilde Urrutia. Luego de una gira por Europa recala en la Argentina, en la casa de un matrimonio amigo: Margarita Aguirre y Rodolfo Aráoz Alfaro. Pasa con ellos una temporada de descanso en Totoral, Provincia de Córdoba. Allí compuso gran parte de las odas elementales del Tercer libro de Odas (Oda a las tormentas de Córdoba, Oda al nacimiento de un ciervo, Oda a la mariposa, entre ellas]

“Fumígalas, incéndialas!
dije al paisano Aráoz,
barre el cielo
con una escoba grande,
reunamos
siete millones de alas,
incendiemos
el cauce de malignas
mariposas, […]”

(Oda a la mariposa)

1957: Regresa a Buenos Aires a fin de ofrecer un recital de poemas. Es detenido por la Policía Federal; pasa un día y medio en la Penitenciaría Nacional. A raíz de este accidente Neruda deja la ciudad y se traslada a Montevideo. Después él mismo diría:
“De todos modos la recepción que me hicieron los presos comunes, me recompensó ampliamente del mal rato que me hizo pasar la policía”.

1970: Neruda pasa dos días en el país, de paso para Francia adonde ha sido nombrado embajador por el gobierno de la Unidad Popular. Muchos amigos habían muerto. Dice Neruda:

 “…mis recuerdos de la Argentina son un poco tristes, porque mis amigos han ido desapareciendo, y yo soy un hombre de amigos y la Argentina era, y seguramente seguirá siendo, un país de amigos… el recuerdo de Norah Lange o de Oliverio, de Raúl González Tuñón y de Amparito, de la Rubia Rojas Paz y su salón literario, al que acudíamos con Pepe González Carballo y luego vino Federico García Lorca…”

1972: Último viaje de Neruda a Buenos Aires, de regreso a su país.
La presencia de la Argentina en la poesía de Neruda se ve reflejada en el poema dedicado al general San Martín [Canto General):

“San Martín, otros capitanes
fulguran más que tú, llevan bordados
sus pámpanos de sal fosforescente,
otros hablan aún como cascadas,
pero no hay uno como tú, vestido
de tierra y soledad, de nieve y trébol […]
Hay el sol y la luna, el viento grande
maduran tu linaje, tu sencilla
composición: tu verdad era
verdad de tierra, arenoso amasijo,
estable como el pan, lámina fresca
de greda y cereales, pampa, pampa pura.”

CONDUCTA Y POESÍA

Cuando el tiempo nos va comiendo con su cotidiano decisivo relámpago, y las actitudes fundadas, las confianzas, la fe ciega se precipitan y la elevación del poeta tiende a caer como el más triste nácar escupido, nos preguntamos si ha llegado ya la hora de envilecernos.

La dolorida hora de mirar cómo se sostiene el hombre a puro diente, a puras uñas, a puros intereses. Y cómo entran en la casa de la poesía los dientes y las uñas y las ramas del feroz árbol del odio.

¿Es el poder de la edad o es, tal vez, la inercia que hace retroceder las frutas en el borde mismo del corazón, o tal vez lo “artístico” se apodera del poeta y en vez del canto salobre que las profundas olas deben hacer saltar, vemos cada día al miserable ser humano defendiendo su miserable tesoro de persona preferida?

¡Ay, el tiempo avanza con ceniza, con aire y con agua! La piedra que han mordido el légamo y la angustia florece de pronto con estruendo de mar, y la pequeña rosa vuelve a su delicada tumba de corola. El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.

Y entonces, ¿qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad? Nada, y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.

Prólogo a “Los caballos verdes”, N° 3, Año I, 1935.

SOBRE UNA POESÍA SIN PUREZA

Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ellos se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.

La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando desde lo interno y lo externo.

Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.

Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilias, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.

La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y de hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua, tienen también esa consistencia especial, ese recurso de un magnífico tacto.
Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, “corazón mío” son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.

Prólogo a “Los caballos verdes”, Año I, Nº 1, Chile, 1935.

¿NOSOTROS LOS POETAS? SÍ, NOSOTROS, LOS PUEBLOS

Todo es nuevo bajo el sol, y entre todas las cosas, la poesía. Pasan y vuelven las estaciones, pero en primavera o en invierno, crece, florece y se duplica esta rosa de todos los tiempos.

Por eso los poetas cantamos todo lo que existió, lo que existe y lo que vivirá mañana. La tierra y el hombre tienen perpetua profundidad y fecundidad para nosotros. Nunca rechazaremos nada sino la complicidad con el mal, con lo que daña a los seres, con la opresión o el veneno. Esta relación entre la tierra, el tiempo y el hombre la qué necesita riego y fulgor, es decir, poesía, para resplandecer y fructificar, para que la dicha universal sea nuestro reino común.
Por eso son enemigos de la poesía cuantos excluyen de ella la lucha que es también nuestro pan de cada día. Aquellos que nos ponen una frontera, quieren destruir todo el castillo. Aquellos que, políticamente, quieren apartar la poesía de la política, quieren amordazarnos, quieren apagar el canto, el eterno canto.

Yo quiero que todos los poetas canten la rosa roja y la rosa blanca, los ojos azules y los ojos negros, los días de sol sobre la arena y las noches de sombra tempestuosa. Yo quiero que todos canten sus amores.

Si no lo hicieran, estarían traicionando sus propios mandatos imperiosos. Pero hay una traición más aterradora, y es la de que nuestro canto no comparta, no recoja o no guíe los caminos del hombre. La sociedad humana y su destino es materia sagrada para el ciudadano, pero para el poeta es masa creciente, creación profunda, obligación original. No hay poesía sin contacto humano. En el pan de mañana deben ir señaladas las manos del poeta.

¡Ay de aquellos que no comprendieron sino el silencio, cuando la poesía es palabra, y de aquellos que sólo comprendieron la sombra, cuando la poesía es luz de cada día y cada noche de los hombres!

Por eso el camino no va hacia adentro de los seres, como una red de sueños. El camino de la poesía sale hacia afuera, por calles y fábricas, escucha en todas las puertas de los explotados, corre y advierte, susurra y congrega, amenaza con la voz pesada de todo el porvenir, está en todos los sitios de las luchas humanas, en todos los combates, en todas las campanas que anuncian el mundo que nace, porque con fuerza, con esperanza, con ternura y con dureza lo haremos nacer.

¿Nosotros los poetas?
Sí, nosotros, los pueblos.

Los Guindos, noviembre de 1952
Prólogo a “Poesía política”, de Editora Austral, dirigida por Margarita Aguirre, Santiago de Chile, 1953

 

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