Che-Palestino

IZQUIERDA-CLASE-COMPOSICIÓN UNA POLÉMICA CON PABLO IGLESIAS Por Nicolás González Varela

Izquierda Clase y Composición en pdf Aqui

Por Nicolás González Varela

Che-Palestino

“El nuevo modo de producción capitalista, el Postfordismo,
ha transformado una condición laboral en una característica genética”
Sergio Bologna

“Para poder resistir se necesita un arsenal de hombres
sobre los que no quepa duda alguna.”
Elias Canetti

“No podemos no poder”
Gunthers Anders

“Los medios destruyen los fines”
Günther Anders

“Toda Ciencia estaría de más si la forma de manifestarse las cosas y la esencia de éstas, coincidiesen directamente”
Karl Marx, ‘Das Kapital’

Un rápido artículo, casi un pistoletazo de salida, del politólogo Pablo Iglesias, titulado “¿Quiénes son los de abajo?” en el diario digital “Público”, ha provocado un debate interesante, estratégico y necesario en la izquierda española. Le han respondido, desde distintas perspectivas y argumentos, “Nega” desde la web de Kaos, John Brown y Guillem Murcia desde las páginas de “Rebelión”, y finalmente Alfonso Lago Rayón desde el diario “Mundo Obrero”. Básicamente Iglesias condensaba su idea ¿posmoderna? ¿postmarxista? ¿premarxista? Del desfase epocal de la izquierda histórica, señalando que con la llegada de un nuevo Capitalismo en España y Europa, que no define ni caracteriza:

“el trabajo ha cambiado y una de sus consecuencias ha sido el progresivo debilitamiento político y social de las clases obligadas a trabajar para vivir. El grueso de esos obligados a trabajar para vivir sin muchas comodidades, en la más absoluta  precariedad o incluso en la pobreza, ya no puede identificarse con un sector específico de los asalariados vinculados a la industria.”

Iglesias anuncia la llegada de una nueva subjetividad revolucionaria, el despliegue del espíritu absoluto de San Precario, que ya no se reconoce ni en la liturgia, ni en la simbología ni en la interpelación de la (anquilosada) izquierda viejuna, fordista, adoradora del Blue Collar.

El “Precariado” como categoría llegada a reforzar o reemplazar a la de clase marxista (Proletariado) no tiene nada de novedoso en el mercado académico: posee una larga y prestigiosa genealogía, partiendo de la conservadora Hanna Arendt, pasando por el freudomarxismo de Herbert Marcuse, el economista marxista Paul Sweezy, los posmodernos Foucault, Michael Hardt, el filósofo italiano transmarxista Antonio Negri, pasando por el sociólogo Pierre Bourdieu hasta el filósofo liberal Jürgen Habermas y el fin del proletariado fordista anunciado por André Gorz. “Precariado” como categoría fue acuñado por primera vez en textos de sociólogos franceses en los 1980’s, y no por casualidad en esas fechas, ya veremos, para describir trabajadores estacionales, intermitentes o temporales. Los nuevos movimientos sociales y con ideología libertaria enarbolan estos nuevos sujetos revolucionarios desde hace tiempo, pero es a partir de los 1990’s que parece que han resurgido y renacido como símbolos antagonistas y de Aufheben del Marxismo: “Migranti e Precarie!”, emigrantes y precarios, rezaba el cartel de convocatoria al EuroMayDay en Milán 2008; en el cartel para la convocatoria de Hamburgo aparecía desafiante la constelación sagrada de la que habla Iglesias, el nuevo trabajador postfordista y nómada: un limpiador, una cuidadora, un refugiado o inmigrante sin papeles y un trabajador “cognitivo”.

El movimiento social contra las relaciones de producción “precarias”, de eso se trata, como el del 15M español, el EuroMayDay o la misma posición de Iglesias, contra la inseguridad, a favor de derechos iguales para todos, tiene el riesgo evidente, a pesar de su popularidad o su grado de movilización y activismo, a no cambiar en absoluto el status quo de las cosas. Es una opinión extendida y contrastada que el Fordismo generó su contrapartida, el obrero-masa, el Blue collar, el famoso trabajador de mono azul (que ni era exclusivamente masculino, ni universalmente sindicalizado: otro mito posmoderno); y es posición bastante extendida y ontrastada que el New Capitalism neoliberal, llamémosle Postfordismo, Neofordismo, Loan Production, Toyotismo o como queramos, a partir de 1980’s y acelerado por el derrumbe del capitalismo de estado de la URSS, ha generado un nuevo sujeto todavía para muchos confuso, borroso, inasible con las viejas redes conceptuales del Marxismo “oficial”. Muchas tentativas de definirlo han terminado en el fracaso de incluirlo en una suerte de “No-clase”, se trataría de un No Collar: ni Blue, ni White.

Definir el trabajo asalariado posfordista meramente por contraste o exclusión es un grave error teórico pero también político. En algunos países como España e Italia se entiende como precario al trabajador por debajo de determinado ingreso mensual (“Mileuristas”, una perspectiva weberiana), en otros al trabajador integrado pero que no puede salir de un círculo de pobreza infinito (el Working Poor, como en Japón); en Alemania por el contrario se comprende a un trabajador desempleado que ya no puede volver a ingresar en el mercado laboral oficial y externo a toda integración social (muy cercano al Lumpenproletariat marxiano), finalmente en Reino Unido (con el vergonzoso Zero-Hours Contracts, es decir: contratos ¡sin horario!, que ya representa un 10% de la fuerza laboral) no se tiene conciencia del problema…

Las relaciones de clases posmodernas parecieran ser confusas, la hegeliana noche donde todos los gatos son negros, y naturalmente desembocamos en pseudocategorías estériles, indiferenciadas, improductivas o sin salida, como “los que trabajan” o “los de abajo” o “todos los que estamos aquí”. La antesala de una variante del Populismo. ¿Es realmente el caso? ¿El proletariado descripto en los términos de Marx ya no representa la negación del Capitalismo? ¿la izquierda histórica ha seguido esta tendencia regresiva y se encuentra en un punto de no-retorno? Iglesias al parecer permanece hipnotizado al nivel de la certeza sensible hegeliana, observa a su alrededor “empobrecimiento”, “pauperismo”, desclasamiento, fragilidad, pérdida de derechos, flexibilidad, ciudadanía clase “B”, muchos trabajos “atípicos” y anuncia por inducción el surgimiento de una novísima subjetividad subversiva: “los de abajo”, una centralidad social que ya no coincide con la vieja Ley de Gravedad newtoniana de Marx.

¿TRABAJADOR O TRABAJADOR ASALARIADO?

La importancia de la desmitificación en el lenguaje político: Marx (y Engels) utilizaban raramente la palabra “Clase” (Klasse), y las relaciones de clases, en cuanto forma específica de mediación social de las relaciones de producción, eran analizadas con ayuda de conceptos y categorías derivados de la base material técnico-económica, que expresan las fuerzas productivas. Mucho menos utilizaban el término Pueblo (Volk), que confundía, adultera, y sigue enmarañando. A esta red conceptual materialista debe retrotraerse el fenómeno “precario” posmoderno, para comprenderlo dentro de una totalidad con sentido, una totalidad que sea una contrapartida. Una totalidad crítica que no puede partir de una falsa conciencia. Ya que toda consciencia que la totalidad del Capital se propone desde sí misma es siempre quimérica e ideológica.

Y parece un perogrullo pero debemos repetir aquí que como modo de producción social, el Capitalismo genera formas enajenadas de manifestación de sus relaciones económicas, donde tomadas prima facie, pueden ser no solo superficiales sino contradicciones absurdas, ya que esconden y deforman su necesaria conexión interna.

El Capitalismo no solo es un proceso de producción de las condiciones materiales de existencia operando en específicas relaciones histórico-económicas, sino que produce y reproduce estas relaciones mismas, y junto con ellas, a los “portadores” de este proceso. Esta representación burguesa “natural” de cosas y personas, es la que es aniquilada por la Kritik de la Economía Política. Entre la conciencia de pertenecer en tanto que asalariado a los “de abajo” y la conciencia de clase “proletaria” en sentido marxiano, hay un desierto conformado por las formas fenomenológicas velando las estructuras de clase. Iglesias debería saber la importancia estratégica del discurso y de las metáforas: la imagen piramidal-espacial de la estructura de la sociedad burguesa (arriba-abajo) no lleva automáticamente a ningún tipo de salto cualitativo en la conciencia de clase, precisamente a causa de las formas fenomenológicas de esta dicotomía, de la oposición entre lo “alto” y lo “bajo” tomados como leyes dadas, necesarias y objetivas.

En la conciencia sociológica dicotómica se expresa el hecho objetivo de la oposición entre el trabajo y el capital en el horizonte de experiencia limitado del trabajador. No es, por tanto, una reflexión de clase, porque la metáfora de la oposición “arriba-abajo” no pueden entenderse como una contradicción social, determinada por el beneficio capitalista, y por esa causa los fenómenos situados fuera del horizonte de experiencia comprendidos con la metáfora piramidal pueden ser percibidos&confundidos en otro plano. Así, “los de abajo” en el plano de una empresa y de la sociedad civil está lejos de incluir en su concepto categorías como explotación, trabajo social, valorización, reproducción o “consumo forzado”. Es una conciencia falsa, invertida, Marx la denomina verkherten Form, “forma distorsionada” de representación de lo real. Ahora entendemos porqué Marx habla de una “inmensa conciencia” (enormes Bewußtsein) cuando el trabajador asalariado comprende y asume subjetivamente su posición como proletario, no con ser un integrante de los precarios, de “los de abajo” o de los que “trabajan para vivir”.

De esta forma, la “clase obrera” del capitalismo en cuanto clase “asalariada” se distinguirá de las clases “trabajadoras” de la sociedades anteriores, ya que “asalariada” es la expresión que denomina una relación histórico-vital con el ingreso. Es estratégico entender esta differentia specifica, que en el debate ha quedado oscura y obliterada, entre “trabajador” y “trabajador asalariado” (Lohnarbeiter), que no son idénticos en Marx y conduce a una fatal anoria. “Trabajador” o “Aquellos obligados a trabajar para vivir” (Iglesias) no nos dice nada, salvo señalar ahistóricamente la categoría central del Trabajo como quintaesencia del recambio orgánico, mediado socialmente, entre el Hombre y la Naturaleza.

“Trabajo asalariado” nos indica un modo histórico y perecedero de producción, basado en transformar todo trabajo social en mero trabajo dependiente de un ingreso. Por eso, el concepto más concreto, el sinónimo histórico-político más preciso y amplio para esta clase de trabajadores asalariados es la de “Proletariado”, antítesis y opuesto al concepto de clase de los capitalistas: Burguesía. El Ser en sentido hegeliano del trabajador asalariado moderno y su significado histórico político se encuentra encarnado en este sufrido concepto de proletariado. A su vez, el proletariado industrial (Blue Collar o no), en su larga marcha desde la plebe pasando por la manufactura hasta la gran industria, la masa de la fuerza de trabajo simple, empleada productivamente, se presenta como el núcleo de todo el proletariado en su praxis autónoma, como el núcleo de su interés histórico. De tal manera que el proletariado del sistema de fábrica, a través de un largo proceso, es el resultado de un desarrollo que ha introducido el dominio del trabajo abstracto (subsunción es el término técnico) sobre el trabajo vivo y concreto. Marx decía con razón que la lógica de la acumulación del Capital es la multiplicación del Proletariado, pues la tendencia es hacer a la mayor parte de la sociedad “asalariados”, creadores de valor.

El Capital en Marx, y a veces queda obstruido en la discusión incluso por aquellos defensores de la ortodoxia, se refiere no a una “cosa” o a un grupo de plutócratas sin alma, sino a una determinada relación de producción social que pertenece a una determinada formación histórica de la sociedad. Debemos retener este precioso adjetivo: “determinada”.

¿No es esto la famosa “abstracción determinada” que Marx no se cansa de subrayar en sus escritos de juventud, en la Einleitung de 1857, en los Grundrisse y en Das Kapital? El Capital “es” esta relación de producción social, una relación cuyo movimiento es una mutación genética permanente. La tendencia constante y la Ley de desarrollo del modo de producción capitalista, conviene recordarlo, es separar más y más del trabajo los medios de producción, así como concentrar más y más en grandes grupos los medios de producción dispersos, esto es: transformar el trabajo en “trabajo asalariado” y los medios con que se produce, en “Capital”. Y en España esta tendencia histórica se cumple como una Ley de bronce natural: nunca existieron tantos “trabajadores asalariados” como en la actualidad, a la que podemos considerar la “quinta generación” proletaria desde 1970: 17 millones en la cúspide del ciclo de crecimiento de 2008, más 3 millones de “falsos autónomos”, autónomos de segunda generación (quizá la auténtica figura del precario), y 500.000 trabajadores “sumergidos”.[1] A través de periódicas crisis económicas, el auténtico conatus del Capital, este desarrollo viene acelerado y extendido, el capitalismo “expropia” a través de su modo natural de funcionar: con la competencia salvaje, por medio del crédito y la concentración como un fulcro de la centralización del capital, pero no solo produce mercancías, decía Marx, sino reproduce la clase asalariada, transformando a todos los productores directos en “trabajadores asalariados” (la famosa “proletarización”).

Si ahora analizamos la anatomía del proletariado, no se trata de una clase compacta, como parece creer Iglesias y algunos de sus críticos, homogénea, sin máculas, sino de un complejo que, de igual manera que la clase capitalista, tiene como característica principal ser una “unidad funcional”, una unidad sin uniformidad en el sentido aristotélico (con conexiones internas “explicatorias”), dado que la gran industria fuerza tanto a capitalistas individuales como a los asalariados, tendencialmente, a ser “potencias universalmente intercambiables”, flexibles y móviles.

La clase de los modernos asalariados, relación central de producción (trabajo asalariado) y contemporáneamente fuerza productiva social (obrero complejo), incluye una extensa serie de diferenciaciones subjetivas en esta contrastante y engañosa “unidad”, que, esto es muy importante para el debate, y que no ponen en cuestión la existencia objetiva de la clase asalariada. Marx ya lo había notado: diferencias salariales y cualificaciones profesionales son los momentos dominantes en la diferenciación interior del proletariado. Y a su vez, todas las “diferenciaciones” (incluyendo la del “Precariado”) son momentos de la competencia entre los asalariados para mejor vender su “mercancía” especial, su fuerza de trabajo. La existencia objetiva de la clase de los asalariados, su unidad en la diferenciación (competencia), se fundamenta (tal como en la de los capitalistas) sobre una doble competencia: entre los miembros de la misma clase y entre las clases de obreros y capitalistas. A los primeros el juego de suma cero implica el continuar viviendo (dignamente o no); en los segundos su destino se encuentra atado a la tasa de ganancia; a su vez la competencia entre asalariados es excitada por los capitalistas, pues les refuerza la posición hegemónica en la lucha competitiva dentro de su propia clase.

Competencia y disponibilidad de la fuerza de trabajo aumentan recíprocamente, por el hecho que un trabajador asalariado no se encuentra en soledad, se encuentran unidos en vínculos materiales y existenciales, y esta “unidad” se fundamenta, como ya vimos, sobre intercambiabilidad de sus miembros, sobre la competencia entre ellos según las condiciones medias en la competencia con la clase de los capitalistas. Las condiciones de esta competencia se encuentran determinadas tanto por la producción progresiva de una relativa superpoblación, “ejército industrial de reserva”, como consecuencia de la creciente composición orgánica del capital, de su expansión cíclica y contracciones en época de crisis en el ciclo industrial.

La consecuencia política de esta dinámica de lucha de clases, decisiva para la situación social de los trabajadores, así como para las leyes de la población activa capitalista y la determinación de la lógica del mercado de trabajo a causa de la acumulación capitalista, es la tendencia intrínseca al empobrecimiento, a generar precariedad (como dice Iglesias, reponedoras mal pagadas y a tiempo parcial), a aumentar el “pauperismo oficial”. Se trata, dirá Marx, de una Ley absoluta y general de la acumulación capitalista. Esta circunstancia es la que originó, defensivamente, la idea en asalariados y desempleados de agruparse en coaliciones, en uniones fraternas, cooperativas y sindicatos, para protegerse de estas leyes “naturales” del capitalismo.

La Lucha de Clases es precisamente un tipo de “competencia” radical, en la cual los trabajadores asalariados han eliminado de la ecuación la perversa competencia entre ellos mismos, nada más ni nada menos. Y a este respecto respecto al trabajador es una violencia objetiva, a la que se responde con una “reacción”, que inicia la lucha de clases. Un orgasmo histórico con todas las letras, que el nuevo Estado postfordista un Estado que podemos definir como una “Democracia sin Derechos”, intenta debilitar o destruir.

Articulación interna de la clase asalariada: Iglesias redescubre que el Precariado “ya no puede identificarse con un sector específico de los asalariados vinculados a la industria.”, es decir: ya no es, en nuestros términos, reconocible como “proletariado”. Estamos más allá del proletariado, como sentenciaba hace treinta años un tal Gorz. Deducimos antes que el mito de la clase obrera como un granítico sujeto social, sin fisuras y hermético, no es correcto ni puede ser marxista.

El proletariado moderno es un complejo, una “unidad en la diferenciación”, y ya Marx (y Engels) reconocieron en su praxis política este fenómeno de segmentación derivado de la propia necesidad de valorización del Capital. El hecho de constatar el crecimiento de toda una nueva serie de estratos asalariados más precarios que la generación anterior, nos está diciendo algo muy importante, ya que, tal como el “capitalista”, el nuevo precario es sólo una “encarnación”, una personificación determinada de un carácter social que el proceso social de producción estampa en los individuos.

El exponencial crecimiento de los servicios reproductivos a la acumulación del capital, indica que los costos gigantescos de la valorización del Capital en el ámbito de la producción, se han “descargado”, se han externalizado, se han “precarizado” para mejorar el nivel de ganancia. Y lo mismo con los gastos fatuos del propio Welfare State. La medida estrella de todas las contratendencias del Capital que nos interesa aquí es la de reducir los costos de la reproducción ampliada de la fuerza de trabajo (cargas sociales), juzgadas responsables directas del coste excesivo de la mano de obra (competitividad).

El mecanismo despótico al nivel nacional ha sido el Outsourcing, la subcontratación, una figura cotidiana a partir de los 1990’s, se trata de externalizar las operaciones secundarias de creación de valor (los trabajadores improductivos de los que hablaba Marx) hacia proveedores y los nuevos “autónomos” de segunda generación, produciendo un cambio estructural en la misma empresa capitalista. Cada revés económico de la burguesía se atribuyó en parte, justa o no, a esta falta de flexibilidad y de la falta de “reforma estructural” de los mercados laborales heredados del pasado. Estas “contratendencias” del Capital, el “precariado” posmoderno es su producto acabado y más fenoménico, tuvieron sus consecuencias: si en 1980 los trabajadores se quedaban un 72% de la renta, en 2011 esa porción es del 60%. No solo eso: la propia dinámica del crecimiento del Capital orgánico, fixe, y el paralelo aumento de la productividad, hizo que se produjera un impresionante crecimiento del sector de servicios, de los trabajadores “reproductivos”, de tal forma que en España se pasa de una estructura “fordista” del trabajo en 1980, en la cual los trabajadores agrícolas representaban un 18,6%, los Blue Collar (industria) un 27,2% y servicios un 44,9%, pasamos en 2011 a una posmoderna, en la cual los trabajadores agrícolas ahora son 4,5%, los Blue Collar (industria) un 14,2% y servicios un increíble 74,1%. Un caso paradigmático español de este proceso revolucionario, por ejemplo, es la evolución de un gran complejo empresarial fordista como Dragados.

El Postfordismo es una gran revolución pasiva capitalista, generando las condiciones de un fuerte aumento de la productividad del trabajo y de la ganancia media, como puede constatarse en España, y nuevas excrecencias, estratos de precarios posmodernos, inéditos en el anterior modelo de la relación capital-trabajo. La “gran fábrica” se hace minimalista, pero no menos decisiva para la definición del proletariado, la ganancia media ya no depende de las “economías de escala” sino con pequeñas cantidades de mercancías, sin stock y con llegada inmediata al mercado, la cadena se hace hiperproductiva e hiperconectada. Se elimina todo excedente de la etapa obesa del Fordismo.

Es el Capitalista colectivo el que “exige” un proletariado fraccionado, estratificado, fragmentado. Sería de obligada referencia sobre el tema volver a Marx, a ese brevísimo e interruptus fragmento sobre las clases sociales en el (poco leído) tomo III de Das Kapital dedicado al proceso global de la producción capitalista, donde se “revela” el Capital en su complejidad y totalidad. Es una escasa y apretada página y media, poco conocida, olvidada, dentro de la sección VII, “Los réditos y sus fuentes”, utiliza el término Die Klassen para referirse al conjunto de las tres formas de propiedad (fuerza de trabajo, capital y tierra) a la que le corresponden tres fuentes de ingreso específicas: salario, ganancia y renta agraria, a partir de cada forma de propiedad e ingreso es que Marx define las clases puras (“grandes clases”) del modo capitalista de producción: trabajadores asalariados (Lohnarbeiter), capitalistas (Kapitalisten) y terratenientes (Grundeigentümer). A este entramado objetivo, lógico-histórico, que relacionan e interconectan a las clases, Marx lo denomina öekonomische Gliederung, “Articulación económica”, pero aclara inmediatamente que nunca en la Historia real y material se destaca “con pureza esa articulación económica de las clases”, y en cada clase aparecen “grados intermedios y de transición” (Mittel –und Übergangsstufen) en especial en ciudades y grandes urbes, que “encubren por doquier las líneas de demarcación”, es decir que la propia dinámica de valorización en su complejidad material produce una acción natural de vertuschen, “ocultamiento” de la pureza clasista de cada clase fundamental. Marx habla de esto como un mecanismo necesario de “infinita fragmentación” (unendliche Zersplitterung) “de los intereses y posiciones en que la división del trabajo social desdobla a los obreros”.

El Capital simplemente aprovecha, como un efecto de composición, la segmentación de los trabajadores asalariados para, a través de lo político, transfigurarlos en trabajadores divididos. La brecha entre este conciencia-de-sí y la conciencia-para-sí solo la puede cerrar, solo la puede recomponer una organización particular: el partido. No es entonces extraño la perplejidad de Iglesias por fenómenos “naturales” del Capital, pauperismo, precariedad, flexibilidad, que ya Marx consideraba problemáticos de comprender y aprehender desde la inocencia de la certeza sensible.

Como decíamos, el Capital (su valorización) “exige” un proletariado infinitamente fraccionado, microestratificado, fragmentado. En este aspecto nada nuevo bajo el Sol. Para tal descripción de esa “unidad diferenciada” Marx utilizaba una categoría específica materialista, no la de un nivel de “estabilidad” con relación a un tiempo histórico pasado (Taylorismo, Fordismo) o con relación a los privilegios históricos de la aristocracia obrera de un momento dado, sino enlazada con la valorización del Capital: la de “Estrato” (Schicht) o “Fracción de Clase” (Klassenfraktion), que tienen un significado manifiestamente descriptivo y clasificatorio: no-político. Marx estableció dentro del concepto, varias categorías y subcategorías, empezando por la de producción material e inmaterial, asalariados de la ciudad y el campo, trabajadores de la gran industria, trabajadores a domicilio y trabajadores adventizos, trabajadores de artículos de lujo: atravesando transversalmente éstas Marx agrega las siguientes: diferencias de cualificaciones y diferencias salariales. De aquí se genera una estratificación “dentro” del proletariado moderno, según su ingreso, que deriva del proceso de acumulación capitalista: en el extremo superior se  encuentra la aristocracia obrera (identificada en la época de Marx con los trabajadores ligados a la distribución del gas de ciudad en Londres y agrupada en sindicatos profesionales), y en el último extremo, antes de la superpoblación relativa, los estratos precarios (que comprende todos los asalariados que tienen una ocupación intermitente o tienen salario en estaciones o épocas determinadas).

Aparte de estas “diferenciaciones”, de esta constante mutación genética de la unidad del trabajador asalariado en la autovalorización capitalista, Marx enumera la de diferencias nacionales en el interior de la clase (competencia internacional), la que es importante para nuestra discusión es la diferencia en relación con la creación de valor, muy importante para entender la realidad del precariado posmoderno de Iglesias. Marx identifica trabajadores asalariados “reproductivos”, de comercio y de “servicios”, obreros “improductivos” ocupados en la esfera de la circulación, que no crean “valor” sino colaboran con su creación.

Terciarización posmoderna, flexibilidad numérica, funcional y salarial: ¿qué significan estos nuevos precarios que llaman tanto la atención de Iglesias? ¿Por qué “aquí y ahora” esta precariedad y qué significa esta determinada precariedad, este homo flexible en el contexto internacional del Capitalismo global?

Es un perogrullo pero a estas aplicaciones express de “sociologismo” hay que aclararle una vez más el ABC del método dialéctico: la “cosa misma” no se manifiesta directamente a la reflexión, para captar su necesidad interna no solo es indispensable el esfuerzo del concepto, sino dar un rodeo. Si cualquiera con solo percibir lo heterogéneo de la realidad captase inmediatamente las conexiones de las cosas ¿para qué serviría la Ciencia?

Con la “forma de manifestación” que llama poderosamente la atención a Iglesias (“los de abajo”, gente cada vez más precarizados) ocurre lo mismo que con todas las formas de manifestación en la sociedad burguesa y su trasfondo oculto, su verborgen Hintergrund según Marx. El impresionismo de la forma manifiesta se reproduce de manera directamente espontánea como formas comunes, naturales y corrientes del pensar; el trasfondo oculto de los nuevos asalariados flexibles tiene que ser primeramente descubierto, desvelado por la Ciencia.

Iglesias tropieza casi con la verdadera relación de las cosas, pero no la formula conscientemente ni críticamente sin embargo. Muchos de los contra-argumentos contra la tesis ¿posmoderna? De Iglesias fallan el blanco, porque no se está muy seguro del punto de partida, que no debe ser otro que la idea de obrero y trabajador asalariado en Marx.

De un lado no se toca en el fondo la evidencia empírica y material del argumento de Iglesias, la creciente informalidad real a nivel fenomenológico, no se la explica ni se la “integra” en la lógica del Capital, repitiendo que siempre fue igual, precariedad hubo y habrá ayer, hoy y mañana, o recurriendo a argumentos morales y piadosos, con lo que se pierde la “especificidad” de la precariedad en el Postfordismo (que no es ni la del primer Capitalismo, ni la del Taylorismo, ni la del Fordismo). Y en segundo lugar, no se comprende el porqué de estas nuevas formas de precarización capitalistas, el ¿cui bono? de las transformaciones de la relación Trabajo- Capital, no se las explica en lo profundo del mecanismo de la relación de producción y circulación, perdiéndose la preciosa Kritik a la Economía Política. En cambio de analizar, desmembrar y reconstruir la dialéctica histórica de la composición técnica y política del obrero asalariado (y los sectores proletarios), única via regia para entender “materialísticamente” los nuevos intereses y necesidades de clase, se utiliza el dato real para ilustrar y confirmar tesis universalmente válidas en todo tiempo y lugar. ¿Dónde está el análisis concreto de la situación concreta?

El consentimiento nace siempre en la producción. El nuevo precariado es inteligible sin el telón de fondo de la larga Era de la Globalización y “mercancificación” del Mundo (1975-2008), período en el cual la economía se “desvinculó” de la sociedad civil y tanto los financieros como los economistas neoliberales intentaron crear una “New Economy” de mercado global basada en la competitividad y un nuevo individualismo despótico. A fines de los 1980’s, ante el evidente estancamiento (la Estanflación) capitalista, neoliberales y libertarianos (aunque la Economía Política era y es Neo-Clásica) clamaban, de Thatcher a Reagan, de Menem a Aznar, del FMI al Banco Mundial, como salida mágica de la crisis la “flexibilidad del mercado de trabajo”, o sea: una “re- regulación”, adoptada a los nuevos horizontes de acumulación. Una solución postfordista a una crisis fordista indisoluble con los viejos instrumentos del pasado. La necesaria modificación de la composición orgánica del capitalismo español (las proporciones entre capital fijo y variable) pasa por una contrarrevolución violenta pero pasiva, imponiendo una radical transformación de la estructura socioprofesional de los asalariados. La fórmula ideológica era sencilla para un slogan de márketing político: si se derrumbaban los costos laborales introduciendo grados de flexibilidad (informalidad/precariedad/outsourcing/offshore/inshore), eso sería la única forma de ser “competitivos” y más “productivos”, ergo, la grandeza de la nación.

La nueva precariedad postfordista tiene muchas dimensiones, no solo el elemental “trabajar para vivir” de Iglesias: “flexibilidad de los salarios” significaba acelerar los ajustes a los cambios en la demanda, en particular a la baja; la “flexibilidad laboral” significa la capacidad fácil y sin costo de las empresas para cambiar los niveles de empleo, en particular a la baja, lo que implica una reducción de la seguridad en el empleo y la protección social; “flexibilidad laboral” significaba ser capaz de mover empleados en todo el  interior de la empresa y cambiar estructuras de trabajo con mínima oposición sindical o costo cero; “flexibilidad en capacidades” significa ser capaz de ajustar las habilidades de los trabajadores fácilmente a la necesidad del Profit capitalista y la nueva dinámica de la “formación permanente” (Lifelong learning).

En esencia, la flexibilidad propugnada por los radicales economistas neo-clásicos, en un contexto de fuerte descenso de la tasa media de ganancia, significó hacer a los trabajadores sistemáticamente más inseguros, teorizada por los politólogos académicos como una vertiginosa “sociedad de riesgo”, afirmando como un arcano religioso que es un precio necesario para retener la inversión, ser competitivos globalmente (mantra neoliberal), que vuelva el crédito y el empleo llegue a niveles “naturales”. La New Economy no es una “desindustrialización” sino una nueva reinvención del Fordismo, donde el Capital ha re-estructurado la fuerza de trabajo en núcleos fordistas, hiperfordistas y prefordistas (precisamente los nuevos estratos precarios).

Con respecto al obrero-masa, al trabajador asalariado “fordista”, el postfordista ha perdido la siguientes condiciones de seguridad del viejo modelo en la relación Capital-Trabajo:

  • Seguridad del mercado laboral: adecuadas oportunidades de obtener ingresos suficientes para la reproducción de la fuerza de trabajo, al nivel macro resumido con el lema del estado “Pleno empleo”
  • Seguridad contra el despotismo patronal: contrato escrito de estabilidad, protección contra el arbitrio del empleador, regulaciones sobre despidos y abusos, imposición de los costos al empleador;
  • Seguridad laboral: capacidad y la oportunidad de mantener un nicho en el empleo, barreras a la disolución de la habilidad profesional, oportunidades para la movilidad “hacia arriba” en términos de estatus e ingresos.
  • Seguridad en el puesto de trabajo: protección contra accidentes y enfermedades en el trabajo, a través, por ejemplo, los reglamentos, la seguridad y la salud, límites a la jornada laboral, las horas intempestivas, el trabajo nocturno de las mujeres, así como la compensación por accidentes.
  • Seguridad en la reproducción del conocimiento práctico: oportunidad de adquirir nuevas habilidades, a través del aprendizaje, la capacitación laboral, etc., así como la oportunidad de hacer uso de las competencias.
  • Seguridad en el ingreso: garantía de un ingreso adecuado estable, protegidos a través, por ejemplo, de la fijación del salario mínimo, indexación de los salarios, seguridad social integral, impuestos progresivos para reducir la desigualdad y para complementar los bajos ingresos de los que ingresan en la pirámide salarial.
  • Seguridad de la representación: poseer una voz “colectiva” en el mercado de trabajo y dentro del ámbito del empleador, a través, por ejemplo, los sindicatos independientes, con derecho a la huelga.

El primer fenómeno, causante del nuevo Precariado, es la “mercancificación” de la propia empresa capitalista, independiente de su tamaño, que ahora se hace más fluida, hiperconectada, y que se autoflexibiliza a través del Outsourcing, el Inshore y el Offshore. A través de ellas y estimulados por la nueva regulación estatal (eufemísticamente llamada “reformas”) se desencadenan los procesos centrales de flexibilidad capitalista: 1) la numérica, 2) la funcional y 3) la salarial. El punto clave es que para los propios capitalistas, estas medidas son imperativos que impone la propia competitividad y la tasa media de ganancia.

Trabajador posfordista I: la flexibilidad numérica de la fuerza de trabajo: se trata de una contratendencia básica del Capital en el nivel de la producción, es la que más ha colaborado con el crecimiento de un nuevo Precariado: se subcontratan los procesos de trabajos improductivos, reproductivos, secundarios o no-esenciales, mientras se mantiene un núcleo de asalariados fordistas (“ciudadanos corporativos”, con contrato indefinido y toda la serie de seguridades del ciclo anterior), con los que se comparte seguridad, conocimiento y lealtad, las rentas extraordinarias se descargan en las empresas terciarias (en los autónomos de segunda generación). Una característica de la flexibilidad numérica es el uso creciente de mano de obra temporal, que permite a las empresas a cambiar de trabajo rápidamente, de modo que puedan  adaptarse y modificar su división del trabajo o las proporciones entre capital fixe y variable. Este nuevo Precariado tiene ventajas de costos: los salarios son más bajos, se evita el pago nominal de experiencia laboral, los faux frais de gastos a la seguridad social y así sucesivamente. Y hay menos riesgo, tomando a alguien temporalmente no significa hacer un compromiso que podría lamentar, por cualquier razón.

Obviamente donde predominan los servicios, la fuerza de trabajo tiende a ser explotada en torno a proyectos y no a una actividad laboral continua. Esto trae más fluctuaciones en la demanda de trabajo, haciendo el uso de mano de obra temporal casi un elemento necesario. También hay factores menos tangibles que promueven su crecimiento. Las personas con contratos temporales pueden ser (y son) inducidas a trabajar más duro, a ser explotados de manera extensiva. Los contratos temporales también conducen a formas de subempleo más fácilmente, no se pagan los períodos de descanso (fiestas, recesos, vacaciones), por ejemplo, o se encadenan contratos temporales ad infinitum. Estos estratos de asalariados pueden ser controlados a través del miedo y la amenaza de despido rápido más fácilmente que el obrero-masa. Una razón simple de usar más temporales es que otras empresas lo están haciendo, lo que confiere una ventaja de costos de la cual no puede escapar un capitalista (o quedará fuera del Mercado).

La nueva competitividad a través del uso de mano de obra temporal es cada vez más importante en el sistema global, las empresas tratan de emular lo que se hace en otros países, en especial por lo que hacen los líderes del mercado en su sector (un patrón conocido como el “efecto dominante”). Así, por ejemplo, el modelo de McDonald conocido como “Mejores prácticas” (“Best Practice”) implica para su fuerza de trabajo descalificación, retiro forzoso de los empleados antiguos, acciones antisindicales, salarios más bajos y altos beneficios empresariales.

La esencia del sistema Postfordista es este nuevo trabajo temporal, flexible. Los estratos de asalariados postfordistas son parte inseparable de este nuevo proceso de acumulación capitalista global inédito. Como los nuevos (falsos) creadores de start-ups: el fenómeno de los autónomos de segunda generación y la figura familiar de la “subcontrata” (el Outsourcing postfordista), generador del nuevo Precariado, es evidente en España: las empresas sin asalariados (¡la figura mitológica postfordista del “emprendedor”!) son las que registraron un mayor crecimiento en el número de altas entre 1999 y 2007 (un 42,1% frente al 25,7% del total); es más: durante la última década el porcentaje de empresas con menos de 10 trabajadores se ha mantenido estable en torno al 94% y más de la mitad no tenía ningún trabajador.

Y este proceso se ha agravado con la crisis financiera de 2008. España por su parte se ha convertido en el epítome de un mercado de trabajo de varios niveles de segmentación, divide et impera, con la mitad de su fuerza de trabajo con contratos temporales y a su vez dentro de los trabajadores indefinidos, los funcionarios como aristocracia obrera. En 2010, la OCDE estimaba que el 85% de los empleos perdidos en España tras la crisis financiera eran temporales, postfordistas y prefordistas, los asalariados que impresionan ahora a Iglesias. Gobierno y sindicatos han reaccionado a la presión antes de flexibilidad de la New Economy mediante la preservación de los valores para los trabajadores fordistas afiliados y la creación de un tapón (inútil) para los flexibles.

Esto no sólo dio lugar a una fuerza de trabajo de varios niveles, a veces competitivos entre sí, gran obstáculo para un recomposición política de clase, sino un creciente resentimiento de los estratos más precarios del proletariado hacia los sindicatos mayoritarios, CC.OO. y UGT, que protegen a sus propios miembros, a expensas de los nuevos estratos asalariados flexibles. Sin sonrojarse un aseso de CCOO afirmaba que “la economía española debe ser más competitiva, recuperar productividad. Y en el corto plazo, cuando es difícil cambiar la tecnología o aumentar la dotación de capital, competir por precio es una estrategia válida. Lo que hay que ver es como se reparte el esfuerzo y dónde está el límite”. Y esto puede verse en los costos laborales: en 2012 la rebaja de costes se debe al ajuste en servicios, dado que la industria (centro de gravedad del núcleo fordista) fue donde más aumentó el coste laboral neto (+1,7%), mientras los costes disminuyeron un 1,3% en el sector servicios, lugar de concentración numérica de los asalariados flexibles.

Otra faceta de esta “flexibilidad numérica” ha sido la incorporación-expansión de la mujer entre el asalariado postfordista, en especial en los trabajos intermitentes o part-time, “mejores y más baratas” decía un artículo de la BBC.

Trabajador posfordista II: la flexibilidad funcional de la fuerza de trabajo: la esencia de la “flexibilidad funcional” postfordista es hacer posible que las empresas modifiquen la división del trabajo rápidamente sin costo y que los trabajadores asalariados puedan le puedan ser modificados turnos entre las tareas, puestos y lugares de trabajo. Este es un segundo nivel de generación de nuevos estratos proletarios más precarios. Si la “flexibilidad numérica” genera inseguridad general y sans phrase en el empleo, la “flexibilidad funcional” es la intensificación de esta precariedad laboral. El nuevo ciclo nació de nuevo en la producción: con el fortalecimiento de las prerrogativas de la empresa sobre las modalidades de trabajo, tema central de la lucha de clases en los años 1970’s y 1980’s, cuando la burguesía arrebató el control de los sindicatos y las organizaciones profesionales sobre la empresa. Sometiendo a los asalariados a más despotismo fabril y subordinación, marcó un avance de la “proletarización”, como señalaba la prognosis marxiana, algo que, paradójicamente, era necesario para el siguiente paso de flexibilidad y precarización.

Establecer el control administrativo de la división del trabajo en los centros de producción permitió gestiones para crear soluciones flexibles que incluye líneas más débiles de progresión profesional y el principio del fin del obrero-masa (Blue Collar). Una tendencia relacionada es la extensión de los contratos individuales, como parte de la “contractualización” de la vida posmoderna. En la sociedad industrial, la norma era un contrato colectivo, establecido por negociación colectiva con el sindicato, pero a medida que los sindicatos y la negociación colectiva se han reducido, los contratos individuales son ahora la norma general. Ellos permiten que las empresas ofrezcan distintos tratamientos internos en la producción, grados de seguridad y status, así como para canalizar algunos trabajadores en el universo “fordista”, puestos de trabajo estables con contratos indefinidos, algunos en un estado de precariado, y otros como falsos autónomos, pero cuyo efecto societal es un aumento de las divisiones y jerarquías: la segmentación interna del proletariado.

Los contratos individuales se han convertido en más de una tendencia mundial desde que la China ¿comunista? promulgó su Ley del Trabajo (1994) y su Ley de Contrato de Trabajo (2008), que arraigan los contratos de duración determinada y de amplia flexibilidad. Como China es el mercado de trabajo más dinámico y más grande del Mundo capitalista, estos acontecimientos marcan el paso a una fuerza de trabajo mundial de varias capas en la que trabajadores asalariados privilegiados trabajarán junto a un estrato proletario precario interno y externo crecimiento. Contratos individuales, precarización y otras formas de flexibilidad externa se unen en un nuevo mandato, la famosa “tercerización”.

El fenómeno que nubla el juicio de Iglesias sin encontrarle ninguna explicación. O si le encuentra alguna, es precisamente la equivocada: una suerte de desindustrialización. Durante décadas, la producción y el empleo en el mundo han estado cambiando a los servicios. El término popular “desindustrialización” es engañosa, la otra cara ideológica de la pérdida de centralidad política del obrero industrial, ya que implica una erosión y la pérdida de la capacidad, mientras que gran parte del cambio ha sido coherente con los avances tecnológicos y la naturaleza cambiante de la producción. Se trata no de un “Transfordismo”, sino de un “Hiperfordismo” en la producción. Act est fabula! Incluso en Alemania, una potencia exportadora que reconocerá Iglesias, la participación de las manufacturas en la producción y el empleo se ha reducido a menos del 20%. En Francia, el Reino Unido y los Estados Unidos, es mucho más bajo, en España el 14,2%.

“Tercerización” resume una combinación de formas de flexibilidad, en el que la división del trabajo ya no es rígidamente fordista, los lugares de trabajo se funden en el hogar y en espacios públicos, las horas de trabajo son fluctuantes, “los de abajo” pueden combinar varios diferentes status laborales y tienen varios contratos al mismo tiempo (como el mismo Iglesias). Pero esto no ha cambiado lo central: La fábrica es el símbolo del Capitalismo industrial, en la que el trabajo fordista se definía en bloques de tiempo, con la producción en masa y mecanismos de control directo en los lugares fijos de trabajo (el Management taylorista). Esto lo diferencia del sistema terciario posmoderno de hoy en día. La flexibilidad funcional postfordista implica más trabajo para la mano de obra (paradójico), una difuminación de los lugares de trabajo, lugares de origen y lugares públicos, y un cambio de control directo a diversas formas de control indirecto, en el que se implementan los mecanismos tecnológicos cada vez más sofisticados.

Trabajador posfordista III: la flexibilidad salarial de la fuerza de trabajo: un imperativo categórico (en el sentido kantiano) para la Globalización del Capital es la flexibilización salarial. El término mitifica y oculta una serie de cambios que ha producido nuevos estratos del precariado posmoderno. En esencia, no solo tiene que ver con el hecho que el nivel de ingresos global que recibe la mayoría de los asalariados ha descendido, sino que además ha aumentado la inseguridad de esos ingresos. Los ingresos sociales se están re-estructurando, para la baja pero también para la alta. En primer lugar, los salarios en los países industrializados de la OCDE se han estancado, en muchos países desde hace varias décadas. Las diferencias salariales se han ampliado enormemente, incluyendo las diferencias entre trabajadores fijos “fordistas” y los nuevos estratos flexibles.

Por ejemplo, en la industria manufacturera alemana, los salarios de los trabajadores permanentes han aumentado, mientras que los salarios de los que tienen contratos “atípicos” han caído. En Japón, los empleados temporales reciben salarios que son 40% menores de los que se pagan a los asalariados “fordistas” que realizan trabajos similares. A diferencia de los precarios de otras etapas del Capitalismo, el asalariado flexible posmoderno se basa en gran medida en ingresos monetarios, por lo que puede hablarse de un proceso de “re-mercancificación” de la fuerza de trabajo, una auténtica revolución silenciosa que se está llevando a cabo. En cualquier caso, la Globalización capitalista ha invertido la tendencia de los salarios con respecto los beneficios. Mientras que el asalariado “fordista” conservó y siguió ganando toda una serie de beneficios empresariales y privilegios (bonos, licencias médicas pagadas, seguro médico, vacaciones pagadas, guarderías, transporte subsidiado, viviendas de protección oficial, etc.) la drástica disminución de su “núcleo” ha ido perdiendo uno a uno los miembros de su estrato.

El nuevo trabajador asalariado posfordista fue privado de ellos por completo. Es así como la flexibilidad salarial ha dado forma al nuevo precariado. Las contribuciones del empleador y la prestación de los beneficios y los servicios han llegado a formar una parte importante de los costos de mano de obra, sobre todo en los países industrializados, como en Europa. Frente a la competencia de “Chindia”, las empresas se han “descargando” sistémicamente esos costes, la externalización y la deslocalización y por la conversión de más y más mano de obra en el precariado, en particular mediante el uso de denegaciones provisionales de derechos. Otro aspecto de la reestructuración del salario “fordista” es el cambio a una remuneración flexible (entre ellos los famosos “Mini-Job” alemanes).

Una vez más, flexibilidad significa una ventaja para los empresarios y un mayor riesgo e inseguridad para los trabajadores asalariados. Una de las demandas de los movimientos obreros del siglo XX era de un salario estable y predecible. Pero el Capitalismo mundial quiere ajustar los salarios rápidamente y sin resistencias. Si no puede hacerlo, irá a donde cree que sí lo podrá hacer.

La patronal española, CEOE; por ejemplo, acaba de proponer que una parte de los sueldos sea “variable y dependa de la situación de la empresa”. Los nuevos estratos precarios del obrero hiperfordista son los que sufren esta experiencia radical de flexibilidad laboral. Sus salarios son más bajos, más variables y menos predecibles. La variabilidad y el riesgo se correlaciona negativamente con las necesidades personales y con las políticas, acuñan casi genéticamente un tipo de subjetividad poco antagonista. En España el índice de la llamada “pobreza laboral” de estos estratos ha crecido en progresión geométrica: en solo tres años, de 2007 a 2010, la tasa ha aumentado del 10,8% al 12,7%; en esta línea, el porcentaje de trabajadores con un sueldo igual o inferior al salario mínimo interprofesional (SMI) ha pasado del 6% al 10,5% en el periodo 2004-2010.

Como venimos señalando, el núcleo duro del obrero fordista no ha sido tocado por la flexibilización posmoderna: era del 5,1% en 2004 y hoy es del 5,5%. La desigualdad social, la otra cara de la nueva composición del asalariado posfordista, se explica por el peso relativo que tienen estos estratos, es decir, aquellos que son inferiores a dos tercios de salario medio de una economía: eran el 21% del total (calculado sobre el salario bruto mensual) en 2012, frente al 19% de 2007 o el 18,9% de 2001. Por supuesto, los nuevos estratos precarios y flexibles del Capitalismo actual son inconcebibles sin las nuevas transformaciones del Estado burgués, la reducción brutal del Estado ampliado, del Welfare State post-1945, que en todo tiempo y lugar es un faux frais para la burguesía. Una larga marcha que comenzó el PSOE en los 1990’s, que se suspendió temporalmente en el ciclo de la burbuja inmobiliaria y que parece intentar completarse a partir de la crisis de 2008.

Composición y Teoría de Partido: si el diagnóstico impresionista de Iglesias sobre “los de abajo” es confuso y poco concreto, también falla en la necesaria conexión entre pensar la composición técnica del proletariado y la Teoría del Partido. Primero deberíamos preguntarnos cuál es la utilidad política de polemizar en torno a la composición social del asalariado español, del “obrero asalariado”, y en particular sobre las nuevas precariedades laborales.

Aparte del sano intercambio ideológico, de épater le bourgeois, de ilustración sociológica, la única utilidad estratégica de la polémica es que sirva en algún punto de orientación hacia una nueva respuesta organizativa a nivel de Autonomía de Clase, de Teoría de Partido y de Movimiento. Como decía Günther Anders, nuestras tesis para tener efecto sobre lo real deben ser Kampfthesen, “tesis militantes”.

¿Ha cambiado la centralidad política del proletariado industrial con la aparición de estas nuevas figuras proletarias como sostiene Iglesias? Creemos que no, en absoluto. El nuevo Precariado, “los que tienen que trabajar para vivir”, como parte del proletariado, debe tener una relación necesaria e intrínseca entre su estructura socioprofesional (la materialidad de la posición dentro de la fuerza de trabajo improductiva) y determinadas actitudes político-ideológicas, vagamente una conciencia todavía “en-sí”, natural, por defecto, una praxis y una proyección revolucionaria, seguramente muy diversa de la del obrero fordista (obrero-masa). De lo que se trata es de entender la estructura de la nueva fuerza de trabajo ya que allí, en el complejo de producción-circulación, es donde se constituye la subjetividad, la conciencia económica, el magma de la mítica constitución de la conciencia, condición para toda futura (RE) composición política.

En la nueva composición de clase posfordista es evidente que estos nuevos estratos precarios no representan su polo más avanzado, sino el más débil, el más atrasado políticamente, el segmento que más sufre el despotismo del Capital. Si una de las premisas del análisis de Iglesias era errónea o elaborada a partir de una forma distorsionada y superficial, hipnotizado con el árbol que no le deja ver el frondoso bosque, la segunda parte de su posición (que no contestan sintomáticamente ninguno de sus críticos), su confusa crítica a Izquierda Unida, sí es pertinente y bienvenida. ¿Puede Izquierda Unida asumir el desafío de traducir en una recomposición política la nueva composición de clase técnica con que nos desafía el Capitalismo español y europeo?

Las distintas composiciones “internas” de la clase obrera a lo largo del tortuoso derrotero histórico del Capital, reclaman nuevas contestaciones a nivel organizativo y táctico. Y aquí la crítica debe orientarse de manera materialista-histórica. ¿Ha quedado anclada la izquierda histórica española en un diseño organizativo desfasado, cristalizado en la vieja forma partido eurocomunista, en el Catch-all- Party popular-nacional orientado hacia el trabajador fordista? ¿se ha transfigurado el partido de clase en una maquinaria electoral que vive y late al ritmo de los ciclos políticos del Capital? ¿los partidos de izquierda son una suerte de Búho de Minerva, que vuelan después que se esconde el Sol, llegan siempre tarde en la síntesis con las nuevas composiciones de clase? ¿son un obstáculo para un recomposición política del proletariado español? Es probable que tanto sindicatos de clase (CGT, CC.OO., UGT) como la izquierda parlamentaria hayan quedado “esclerotizados” en los 1980’s, en la búsqueda de representación del obrero-masa y de los trabajador de los servicios públicos (en esa época el Estado era el primer empleador en su rol keynesiano anticíclico). Lo cierto es que los nuevos estratos que genera la nueva necesidad de acumulación posfordista, que, repetimos: no pueden ser nunca el núcleo ni el polo más avanzado del proletariado, no se encuentran representados ni a nivel político ni a nivel económico, y se encuentran “fuera” de la red social de clase que podía ser efectiva en el modo de producción fordista.

La desafección política, la compleja segmentación del proletariado español, la baja sindicalización española (alrededor del 15% de la fuerza de trabajo activa), el estancamiento en el recambio generacional tanto en militantes de bases como en el grupo dirigente, la pérdida en el diseño organizativo de alguna relación intrínseca con la nueva composición de clase posfordista, nos habla de una escisión entre la izquierda institucional y los estratos precarios posmodernos.

La problemática de la composición de clase vive, en la Teoría crítica, íntimamente ligada a la Teoría del Partido. La formación del Partido, es decir: la exigencia de organización de la actividad práctica y consciente de los asalariados revolucionarios dentro de la experiencia de lucha, de vida, de relaciones con el proletariado como clase, con el Capital, con las instituciones, del militante, debe ser el primer y elemental núcleo conclusivo del análisis, de nuestras Kampfthesen.

El Partido es la síntesis del momento práctico, activo, consciente y antagonista de la experiencia proletaria. Hay una estrecha, vital y orgánica dependencia del Partido con la composición de clase, como puede obviamente deducirse (aunque para muchos, incluido Iglesias y algunos de sus críticos, no). Pero: ¿qué es la composición de clase?

La composición nos indica dos dimensiones: de un lado la historia de las variadas determinaciones que la Fuerza-Trabajo asume en cuanto fuerza productiva e improductiva del Capital (la composición estática y técnica) y del otro lado, la reconstrucción material de las diversas, siempre recurrentes y siempre nuevas experiencias de lucha de masas estrictamente derivadas del antagonismo. En este trabajo preliminar, dialéctico y materialista, previo a la gran estrategia, permite superar en el concepto formal del movimiento (sujetos que venden su fuerza de trabajo, etc.), otorgarle un espesor biopolítico histórico concreto ya que la co-investigación materialista sobre la composición social (incluye un perfil bifronte técnico y político) deduce la relación entre la forma específica de producción y la forma y las posibilidades de luchas constituyentes. Nos permite pensar las líneas de acción posibles y revolucionarias de la recomposición de clase (otro gran tema de Marx).

La “Recomposición de Clase” podemos definirla como el nivel de homogeneidad y de unidad del ciclo de luchas en el proceso que conlleva el pasaje de una Composición (Fordista) a otra (Postfordista). Un cortocircuito hoy evidente en el escenario de la lucha de clases española, parcialmente expresado en las tres velocidades y tempos de la lucha de clases: la partidaria militante, la sindical-burocrática y la espontaneísta-movimientista. Esencialmente, ella comprende la superación de la división capitalista, la creación de una nueva unidad entre los diversos sectores del proletariado y la extensión de la frontera de lo que se entiende con el término ‘clase trabajadora’. En términos gramscianos: Hegemonía y Bloque Histórico.

La composición de “los de abajo” es cuatridimensional:

  • se refiere a la ‘forma’ del proceso de trabajo (modo de la cooperación capitalista)
  • se refiere al ‘contenido’ del proceso de trabajo (aquí la dimensión de la jornada laboral, trabajo necesario, etc.)
  • en referencia a los niveles objetivo de las necesidades (históricamente determinadas en la forma salario)
  • en referencia al nivel de luchas y de la organización que el movimiento, de fase a fase, crea y supera.

Para Iglesias la constatación empírica, fenoménica, palmaria del surgimiento y expansión del Precariado, la “mutación genética” de la composición, cuestiona la “traducción” organizativa ortodoxa en la forma-partido revolucionario. El partido de cuadros competitivo (con la figura de la mediación: el militante) es una ‘rémora decimonónica’. Muchos creen incluso que la “recomposición” revolucionaria vendrá, no de la forma-Partido, sino de movimientos sociales… ¡como la PAH!

De alguna manera se ha perdido el Norte de la estrategia, se ha perdido de vista la propia Teoría revolucionaria. La pregunta es si esta nueva subjetividad proletaria,“los de Abajo” de Iglesias, puede generar, en su espontaneísmo, una clase-parte del proletariado que sea “contra-sí”, es decir, que en su praxis se oponga a la (su) propia condición proletaria postmoderna, que se enfrente contra su propio valor de cambio, contra su propio ser mercancía, por su autoextinción.

No se ha visto en el ámbito de la lucha de clases española este surgimiento subversivo, no hay una deriva espontánea de los nuevos precarios hacia la recomposición política, por el contrario: el problema es que la lucha de clases ya no tiene un sentido único, ha desaparecido su univocidad: al tempo defensivo del núcleo fordista se le oponen los estratos y clase-parte posfordistas, hiperproletarios, flexibles, en la actualidad dispersos, fragmentados, descompuestos, tanto que sus componentes ya no sienten que tienen pertenencia a una clase, ni siquiera de ser una clase. Los nuevos estratos precarios ni siquiera han podido construir una alianza táctica con las viejas instituciones del trabajador asalariado fordista.

La misma Izquierda Unida, ni siquiera un partido en el sentido del término sino una federación de partidos de diverso pelaje, aparece congelada en el horizonte keynesiano, esclerotizada en las viejas coordenadas del obrero-masa fordista y en la lógica burguesa de la competencia electoral, ya ha sido “metabolizada” por el sistema diseñado en la Transición. ¿Izquierda Unida podrá lograr el sincretismo antagonista (extraparlamentario, partisano, pagano, etc.) que exige la nueva composición de clase posfordista? ¿En Izquierda Unida la función del partido de clase se subordina a la estructura del partido competitivo burgués?

La contrasubjetividad debe ser construida. No es otra cosa que la dialéctica consciencia- organización, organización-consciencia. La dificultad de “traducir” directamente en política y en respuesta organizativa esta nueva composición de  clase (¿esto no es acaso el Marxismo?) es el gran desafío, ya que no emerge una subjetividad política unitaria y meridiana extraordinaria (como la etapa de los consejos obreros o de la institución de los Soviets) de la fase objetiva de la lucha de clases.

Tenemos la tarea pendiente de la recomposición de clase, reconstruir sobre la nueva articulación técnica de la fuerza-trabajo en el capital variable, de construir una nueva subjetividad más allá de la impuesta por el fetichismo del Capital.

Un trabajo que no puede ser abandonado a la espontaneidad pero tampoco al “organizacionismo”, que cree en una Metafísica de la burocracia revolucionaria sic et simpliciter, independiente de la composición de clase, de la situación histórica y de las luchas sociales.

Quedamos atenazados entre las dos tendencias especulares: el “Burócrata” y el “Alma Bella”. El “Burócrata” que debe su existencia a la ciega adhesión a una forma organizativa pensada bloqueada y privada de proceso y cambio: el “Alma Bella” que vive en la tranquilidad de quién, evitando actuar, nunca es responsable de errores, equívocos y tragedias, cómodamente instalada en el Grand Hotel post festum.

Definir qué es el trabajador asalariado hoy en su triple dimensión, fordista, postfordista (nuevos precarios) y prefordista, establecer qué tipo de centralidad política posee hoy, requiere el esfuerzo del concepto, la comprensión de los cambios tecnológicos (¡las famosas Fuerzas Productivas!) y organizativos del propio Capitalismo (el “uso capitalista” de la Técnica para corregir la tendencia histórica el descenso de la tasa media de ganancia); en segundo lugar aprehender el gobierno “político” de este proceso, austeridad, recortes (en la reproducción ampliada) y estado mínimo, Workfare State, luego encontrar la coherencia (y las contradicciones) entre las acciones de gobierno, administración pública y la transformación tecnológico-organizativa del trabajo asalariado; en último término, parafraseando a Bologna, aunque se trata de un círculo virtuoso entre praxis-teoría praxis, reconocer los grilletes que nos atan de pies y manos, para hacerlos saltar uno a uno.

Finalmente queda claro que la hipostatización del aspecto fenoménico determina no solo una visión abstracta del nuevo Capitalismo sino que conduce a la apologética.

[1]  Según el INE, de los 17 millones de trabajadores asalariados, un 40% estaban empleados en empresas de +250 trabajadores, y menos de mil empresas empleaban a más de 3,6 millones.

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