CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN CAPITALISTA. Renán Vega Cantór

Crisis de la civilizacion capitalista mucho más que una breve coyuntura económica

 

CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN CAPITALISTA:
MUCHO MÁS QUE UNA BREVE COYUNTURA ECONÓMICA

 Renán Vega Cantor [1]

Sin futuro el presente no sirve para nada, es como si no existiese. Puede que la humanidad acabe consiguiendo vivir sin ojos, pero entonces dejará de ser la humanidad. Creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven.
José Saramago[2]
Ninguna teoría social del medio ambiente y la degradación ecológica puede captar adecuadamente los orígenes de esa degradación o proporcionar una base para intentar su control si no se ocupa de la dinámica de la producción y el consumo capitalistas.
David Goldblart[3]

En estos momentos se desenvuelve otra crisis, que a primera vista hace parte del recurrente ciclo capitalista que en forma periódica desemboca en una caída drástica en todos los órdenes de la vida económica. Pero si se mira con algún cuidado, la crisis actual tiene unas características diferentes a todas las anteriores ya que hace parte de un quiebre civilizatorio mucho más amplio, de carácter integral, que incluye factores ambientales, climáticos, energéticos, hídricos y alimenticios. En este ensayo se pretende mostrar algunas de las múltiples dimensiones de esta crisis, cuyas consecuencias son de indudable alcance para el presente y el futuro de la humanidad. Para ello se consideran tres aspectos: en un primer momento se realizan unas indicaciones de tipo histórico y económico sobre el trasfondo de la crisis, para concluir que la actual, en el marco del ciclo capitalista, debe considerarse como una crisis de sobreproducción; en un segundo momento, de manera sintética se esbozan los componentes principales de la crisis de la civilización capitalista, que por lo común no son tratados como si no existiesen y no incidiesen en el funcionamiento del capitalismo; y, por último, se examina la cuestión de los límites de diversa índole a los que se enfrenta el capitalismo realmente existente, y que ponen en duda el optimismo de una rápida recuperación económica y del regreso a una época de plena acumulación y de crecimiento sostenido.

CRISIS ECONÓMICA GENERAL Y NO SÓLO FINANCIERA

Los medios de comunicación internacionales y gran parte de los economistas han impuesto la idea de que la actual es una crisis de tipo financiero, de carácter sectorial, para negar que ésta involucre todos los aspectos del sistema económico, empezando por la producción. Además, el enfoque ortodoxo afirma que la crisis es un resultado de las burbujas especulativas en el mercado inmobiliario y bancario como producto de la acción desaforada de ciertos inversores que colapsaron el mercado por su desmedida ambición personal. Esta explicación, aparte de ser cómica, es falsa, porque concibe un sistema capitalista ideal de tipo armonioso y supone que las crisis se deben a las malas acciones individuales y no a las contradicciones propias del modo de producción capitalista.

La crisis, en el sentido económico de la palabra, que ha estallado ahora con toda su brutalidad, está inscrita en un período histórico amplió que se remite a los últimos 35 años, porque desde el fin de los “Treinta Gloriosos” (1945-1973) el capitalismo ha tratado, sin mucho éxito, de recuperar su tasa de ganancia, para lo cual ha recurrido sucesivamente a tres estrategias: al neoliberalismo, a la expansión mundial exacerbada (bautizada por sus apologistas como globalización) y la financiariazación, todo con el fin de eludir la caída en la tasa de ganancia que, a su vez, está relacionada con un aumento desmesurado en la producción[4]. Con esto último enfatizamos que el origen de la crisis se encuentra en la esfera productiva, es decir, estamos contemplando una típica crisis de sobreproducción, que se originó a comienzos de la década de 1970 por el aumento de la capacidad productiva del capitalismo mundial, al tiempo que se erosionaba el poder adquisitivo de gran parte de la población por el desmonte del Estado de bienestar en los países centrales y por la arremetida mundial contra los trabajadores[5].

En forma sintética es necesario mostrar cómo han operado las tres estrategias mencionadas, con el objetivo supremo por parte de los capitalistas de recuperar la tasa de ganancia. En primer lugar, el neoliberalismo se impulsó desde finales de la década de 1970 -luego del experimento inicial en Chile, en 1973- en Inglaterra y Estados Unidos con los gobiernos conservadores de Thatcher y Reagan, respectivamente, mediante la disminución de impuestos a los grandes capitales, la desregulación financiera, la disminución de los salarios y la destrucción de sindicatos con la finalidad de fortalecer al gran capital que, libre de compromisos laborales y sociales, tendría incentivos para invertir en la producción y estimular el crecimiento económico. Al mismo tiempo, en el sur del mundo, se implementaron los planes de ajuste, vinculados al estallido de la crisis de la deuda en 1982, para obligar a los países a someterse al recetario neoliberal de privatizaciones, disminución del gasto público, liberalización comercial, desindustrialización, primarización de las economías y, por supuesto, desorganización de los trabajadores y de los sectores populares.

Todo esto se ha justificado, por parte de los ideólogos neoliberales con la teoría del goteo (Trickle down), que considera necesario concentrar aún más la riqueza en manos de los grandes capitalistas para que inviertan en la producción; el sacrificio de los pobres sería recompensado luego con la redistribución de la riqueza, que fluiría desde las clases dominantes hacia abajo. De hecho, esto nunca sucedió y todavía 30 años después del anuncio neoliberal se está esperando, inútilmente por lo demás, que la teoría del goteo se plasme en la realidad. Como resultado del neoliberalismo, el crecimiento económico mundial nunca alcanzó los índices de las décadas de 1950 y 1960, de 3,5 y 2,4 por ciento, respectivamente, y sólo llegó a un 1,4 en la de 1980 y 1,1 por ciento en 1990. De manera simultánea, el neoliberalismo contrajo al máximo el poder adquisitivo de la población y acentuó la crisis de sobreproducción[6].

En cuanto a la segunda estrategia, la expansión mundial (apodada globalización), se llevo a cabo para integrar al mercado capitalista a todas las zonas del planeta, con la inclusión de nuevos segmentos de la periferia, incluyendo regiones de la antigua URSS y de China. Esto ha incrementado la producción mundial de mercancías, cuyo epicentro principal se encuentra en la República Popular China, que en los últimos 15 años se ha convertido en el nuevo taller del mundo, el cual arroja excedentes de mercancías que, literalmente hablando, hace innecesaria la producción de zapatos, camisas, pantalones y otros bienes de consumo que se realiza en otros lugares del planeta. Por supuesto, eso ha sido posible por los bajos costos laborales y la explotación intensiva de los trabajadores en los nuevos países industrializados, lo que ha ocasionado el traslado masivo de sedes de las empresas multinacionales hacia esos lugares. Además, con la expansión mundial del capitalismo, los países periféricos han sido sometidos a una competencia feroz entre ellos para producir lo mismo, lo que ha aumentado la oferta de ciertos productos ensamblados y ha deprimido los ingresos de los trabajadores y de los sectores populares, junto con la especialización de las economías periféricas en la producción y exportación de materias primas energéticas y/o agrícolas, lo que ha facilitado la caída en los precios internacionales de las mismas.

La globalización como estrategia encaminada a recuperar la tasa de ganancia ha sido un fracaso, por la sencilla razón de que ha ahondado los resultados simétricamente negativos del neoliberalismo de aumentar la oferta de mercancías y reducir el poder adquisitivo de importantes segmentos de la población mundial, aunque al igual que el neoliberalismo haya permitido una reorganización del poder de clase de los capitalistas de todo el orbe. Esto se muestra con la caída de la tasa de rentabilidad de las 500 multinacionales más importantes del mundo, que mostró un descenso continuado en el último medio siglo, ya que paso de 7,15 en la década de 1960 a un 5,30 en la de 1980, a 2,29 en la de 1990 y a 1,32 por ciento a comienzos del siglo XXI[7].

La última estrategia usada ha sido lafinanciarización, que se deriva y está en relación directa con las otras dos estrategias, puesto que al aumentar la sobreproducción la vía de escape para el capital excedentario consistió en invertir en la esfera financiera. Esto no significa, como dice la propaganda, que se ha separado el mundo financiero del mundo real (la producción) y que el primero es el ámbito de lo especulativo y voraz y el segundo es un reino de la concordia y la tranquilidad, sino que sencillamente la huida hacia las finanzas ha pretendido eludir la caída en la tasa de ganancia, buscando la rentabilidad especulativa. O, en otros términos, el crecimiento desmesurado del sector financiero ha pretendido compensar la crisis de sobreproducción y la caída en la tasa de ganancia, lo cual es una vana ilusión porque en el sector financiero no se puede generar valor, sino trasladar el valor creado en el sector productivo, así crezcan de manera vertiginosa los precios de los papeles, porque ese aumento de precios no tiene nada que ver con el valor real. Así se forma una burbuja, como una pompa de jabón, que se infla y estalla en cualquier momento, como ha sucedido en varias ocasiones en los últimos años. En efecto, en la década de 1990 se formó la burbuja puntocom de las nuevas tecnologías y después del 2001 la burbuja inmobiliaria en el caso de los Estados Unidos. En el mismo sentido, en forma sucesiva han estallado crisis en México en 1994 (efecto tequila), en el sudeste asiático en 1997 (que desangró a los tigres asiáticos y los incorporó de manera brutal al neoliberalismo), en Rusia en 1998 y en Argentina (el corralito financiero) en 2001-2002.

En conclusión, la crisis no es de tipo financiero o especulativo en sí misma, puesto que las contradicciones fundamentales del capitalismo están referidas a la sobreproducción y a la caída de la tasa de ganancia. Por ello, lo que hoy se está viviendo es similar, desde la lógica dominante del capital, a lo experimentado en otras crisis cíclicas, lo que con cierta dosis de cinismo Josep Shumpeter llamó “destrucción creadora”, para denominar la aniquilación sistemática de fuerzas productivas y de mercancías, el despido de trabajadores del proceso productivo, el deterioro aún mayor y acelerado del nivel de vida de los sectores populares y el arrasamiento del medio ambiente, porque los capitalistas del mundo entero buscan crear las condiciones para la recuperación económica que los favorezca sólo a ellos, sin importar el costo para las clases explotadas y oprimidas (trabajadores y campesinos) ni el impacto ecológico de la catástrofe productiva.

Aunque este ensayo no tiene la finalidad de ocuparse de la crisis económica como tal, es necesario referirse con brevedad a algunos elementos teóricos, con consecuencias políticas, relacionados con las implicaciones de esta crisis. Por un lado, es muy probable que la situación actual esté indicando que los ciclos Kondratieff han llegado a su fin, como lo ha recalcado Jorge Berstein y como se indica en la gráfica adjunta[8].

 Al examinar las tendencias de la economía mundial capitalista desde la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII, se observa que hasta el tercer ciclo Kondratieff (que concluyó con el fin de la Segunda Guerra Mundial) existió cierta regularidad que incluso se mantuvo hasta la primera fase del cuarto Kondratieff, bautizado como los Treinta Gloriosos. Sin embargo, desde entonces, lo que se observa es una tendencia decreciente de la economía capitalista que se prolonga hasta el día de hoy, sin que se avizoren perspectivas que señalen el cambio de tendencia y el comienzo del quinto ciclo Kondratieff. Este elemento estaría indicando una modificación en el ciclo capitalista, siendo su característica más importante el estancamiento permanente y el parasitismo, como elementos distintivos de la crisis civilizatoria a que hacemos referencia.

 Un segundo elemento de tipo analítico tiene que ver con la necesidad de recalcar que ésta es una crisis de producción y que no es justificable presentar aquella apología del capital productivo que consiste en afirmar que éste si es eficaz y creador de riqueza, mientras que el capital financiero es puramente especulativo y que la crisis sólo se explica por el crecimiento del capital ficticio. Afirmar esto es desconocer que la reestructuración capitalista de los últimos 35 años ha estado acompañada de una brutal recomposición del trabajo, que incluyó la destrucción de las organizaciones obreras y los derechos laborales, así como el retorno a condiciones similares a las existentes en la primera época del capitalismo, en la que predominaba la extracción de plusvalía absoluta. Ese es el verdadero telón de fondo de las transformaciones del mundo del trabajo, que ha venido acompañado de un retroceso impresionante en las condiciones laborales y vitales de la mayor parte de los trabajadores del mundo[9].

Así mismo, la contraposición falaz entre capital financiero y productivo apunta en muchos casos a reivindicar la existencia de supuestas “burguesías nacionales”, visualizadas como defensoras de la producción interna de un país en oposición al capital golondrina de tipo especulativo y transnacional. Esta es una fábula candorosa que no tiene ninguna relación con la realidad, porque en las últimas décadas lo que se ha consolidado es una estrecha vinculación entre los diversos capitales, locales e imperialistas, a escala nacional, y esa alianza se sustenta en la acentuada explotación de los trabajadores en todos los países, pero con más virulencia en los territorios periféricos.

Gráfico 1 [10]

En tercer lugar, la crisis que afecta al capitalismo mundial tiene una consecuencia teórica, ideológica y política que poco es mencionada y que, sin embargo, es de una trascendencia notable. Nos referimos en concreto al fin del mito de la globalización, tras 25 años exactos de existencia, desde cuando la noción fue usada por primera vez por Teodore Lewit en 1983 en un artículo sobre la “globalización de los mercados”. Así como la crisis de la burbuja tecnológica a finales de la década de 1990 produjo la muerte rápida de la llamada “era de la información” (que había sido difundida por Manuel Castells) y el ataque a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001 significó el colapso de la noción de Imperio (diseñado por Toni Negri) y del culto a los relatos micro-fragmentarios, propios del pensamiento posmoderno, lo que está aconteciendo hoy en los Estados Unidos implica el fin del mito de la globalización.

Este mito, auspiciado por los Estados Unidos, el FMI y el Banco Mundial, difundido por los medios de comunicación y presentado por académicos de derecha y algunos de izquierda, como una nueva época, como una ley inexpugnable (con la misma significación que la ley de la gravedad en el mundo físico) y una realidad irreversible, ha quedado hecha añicos con la crisis económica que se inició en los Estados Unidos. El mito de la globalización tenía, por lo menos, cuatro componentes principales: el mercado, guiado por la mano invisible, se autorregula y equilibra y por sí sólo, sin constricciones externas, produce bienestar y felicidad a los seres humanos; para que el mercado funcione armoniosamente no se requiere de la intervención del Estado, el cual era presentado como un incomodo obstáculo, del que, en teoría, se había prescindido; como el Estado-nación ya no era necesario, había sido reemplazado por poderosas corporaciones trans-nacionales (financieras, comerciales y productivas), que se suponía no tenían base territorial definida y cuyo accionar se desplegaba sin el concurso ni ayuda de ningún ente estatal, llevando confort y felicidad a los seres humanos por todo el planeta; y, este sistema armonioso de mercados libres, sin Estado, y de corporaciones transnacionales, había encontrado, por fin, la dicha perpetúa, eliminando las crisis periódicas del capitalismo, en la medida en que se le dejara actuar sin restricciones, es decir, sin la acción de fuerzas perversas como las del mismo Estado, los sindicatos o cualquier otro obstáculo “antinatural” que se le quisiera oponer.

En términos ideológicos y propagandistas, el mito de la globalización se difundía diciendo que ésta era perfecta, que era una época plena de bondades, que sólo si nos conectábamos a los centros mundiales podríamos ser competitivos y que eso traería beneficios a los países y a sus habitantes, que el que se quedara desligado del tren de la globalización estaba condenado al fracaso, que únicamente los conectados tendrían éxito y mil tonterías por el estilo.

 Pues bien, en estos momentos todos los componentes de este mito se han desmoronado, como sus cultores nunca lo sospecharon, porque no solamente ha quedado vapuleado el neoliberalismo -entendido como la fase de regulación que sustituyó al keynesianismo- sino la globalización. En efecto, los cuatro elementos básicos de la retórica de la globalización ya son cosa del pasado, de un pasado que parece muy lejano, por la serie de acontecimientos de los últimos meses en los Estados Unidos, de donde han irradiado a Europa, Japón, China, Corea del Sur, América Latina y otros lugares del orbe. Que el mercado funcionaba sin problemas y no necesitaba del Estado, una falacia que en la realidad capitalista nunca ha sido posible ni nunca lo será, parece hoy un mal chiste en vista de la intervención salvadora del Estado estadounidense con la inyección de una cifra, por lo demás impresionante, de 700 mil millones de dólares: el monto de intervención estatal más grande en la historia del capitalismo para salvar a un sector económico. (Entre paréntesis: esta cifra, que no nos cabe en la cabeza, adquiere algún sentido si recordamos que ese monto equivale a dos veces la deuda de los 49 países más pobres del mundo y que con el mismo se podría erradicar la pobreza durante dos años en el planeta -porque las Naciones Unidas considera que harían falta 300 mil millones de dólares para superar la línea de pobreza por encima de un dólar diario). De igual manera, es notable la nacionalización de la General Motors por el gobierno estadounidense, tras la declaración de bancarrota de uno de los símbolos industriales del capitalismo yanqui, mediante la inyección de una suma de 70 mil millones de dólares y la posesión del 60 por ciento de la propiedad de la empresa por el Estado. Ésta se ha constituido en la principal recuperación oficial de una empresa manufacturera privada en tiempos de paz en los Estados Unidos, como muestra del papel que desempeña el Estado para mantener el funcionamiento del capitalismo.

 Que el poderío económico de las corporaciones transnacionales era tal que éstas superaban a los Estados y no necesitaban de ellos también ha quedado demolido en estos momentos, cuando se sabe que grandes bancos, compañías de seguros, empresas inmobiliarias y fábricas automovilísticas han sido salvadas por el Estado mediante un proceso de ayuda y hasta de nacionalización, que algunos han llamado el “socialismo de Wall Street”, lo mismo que ha sucedido en varios países europeos, empezando por Inglaterra, la otra cuna del neoliberalismo. Y lo de un mercado libre de contracciones cíclicas es una quimera reaccionaria porque, al parecer, la mano invisible entró en huelga, o se la amputaron al demiurgo de los economistas neoliberales, y porque la crisis actual es la más grave del sistema capitalista desde la que aconteció en la década de 1970 y podría llegar a ser, es una posibilidad que no puede descartarse, similar o peor a la gran depresión de la década de 1930.

 De tal manera que el mito de la globalización ha muerto y, con él, toda una época histórica, que escasamente duró un cuarto de siglo, tiempo durante el cual se nos anunció que habíamos llegado al fin de la historia y a la consolidación de un mundo sin fronteras, sin límites de ninguna clase, y que traería dicha y prosperidad a toda la humanidad. Durante todo este tiempo los críticos de la globalización fueron presentados como dinosaurios que se oponían a los designios naturales de un proceso irreversible, críticas que se aducía no tenían ningún sentido, porque como dijo alguna vez Mario Vargas Llosa, uno de sus plumíferos mejor pagados, criticar a la globalización era como ladrarle a la luna.

 Esto no quiere decir, desde luego, que el capitalismo vaya a desaparecer en estos momentos ni tampoco que haya dejado de tener una vocación mundial. Sencillamente, uno de los mitos que éste construyó en las últimas décadas ya no funcionará más como había operado desde 1983, momento en que se acuñó el vocablo de globalización en los círculos económicos de los Estados Unidos. Sus objetivos, entre los que se encontraban la expansión mundial del capital, debilitar a los Estados nacionales, justificar la eliminación de los derechos y conquistas de los trabajadores (como se ve en China y en todo el planeta), arrasar los ecosistemas, instaurar tratados de libre (sic) comercio, suprimir como inútil cualquier idea de soberanía -fuera ésta alimenticia, monetaria o productiva-… y muchas cosas más, ya no podrán seguir siendo presentados en forma creíble como resultado de una pretendida fuerza irreversible e indiscutible, porque tal aserto ha sido desmentido en los propios Estados Unidos. En consecuencia, sólo los cínicos o los autistamente bobalizados podrían decir hoy que la globalización existe, trae beneficios a todos los seres humanos y es una pócima salvadora para aquellos que se han sabido posicionar en el mercado mundial, porque hasta capitalistas y rentistas de muchos países consideran como maldita la hora en que se subieron al tren suicida de la globalización e invirtieron en el “mercado más grande y seguro del mundo”, como se presentaba al de los Estados Unidos hasta hace algunos meses.

 Por todo lo anterior, saludemos el fin del mito de la globalización porque brinda una oportunidad teórica y política para recuperar el lenguaje crítico del capitalismo y del imperialismo -razón por la cual, el espectro de Marx reaparece en estos días entre los escombros del capital financiero- y para emprender en nuestra América procesos de independencia económica y política, con participación de todos los sujetos populares que han sido pisoteados durante años por los voceros de la globalización, así como para emprender nuevamente la senda del internacionalismo.

LAS OTRAS CRISIS

La pretensión capitalista de retomar la senda del crecimiento económico choca, sin embargo, con una serie de obstáculos que antes no habían adquirido las dimensiones que asumen en estos momentos y que aunque intenten ser escamoteados, como si no existiesen, son cruciales a la hora de sopesar la magnitud y alcance de la crisis actual. Para ello es necesario ir más allá de los análisis económicos convencionales que se restringen al terreno financiero o inmobiliario, como lo señalamos antes. Incluso, no basta remitirse al terreno de la producción, sino que es necesario mirar la crisis desde una óptica amplia que permita examinar las crisis energética, alimenticia, hídrica y el trastorno climático, entre otros factores. Para integrar el análisis de todos estos aspectos es necesario hablar de una crisis civilizatoria, lo que indica que nos encontramos ante una encrucijada histórica en la que confluyen un sinnúmero de cuestiones que muestran los límites de una forma de organización social, el capitalismo, con todos los elementos de tipo económico, social, cultural, técnico y ambiental que lo caracterizan. La noción de crisis civilizatoria es importante porque con ella se quiere enfatizar que estamos asistiendo al agotamiento de un modelo de organización económica, productiva y social, con sus respectivas expresiones en el ámbito ideológico, simbólico y cultural. En pocas palabras, la lógica capitalista ha incidido en términos espaciales en todos los rincones del planeta (con la incorporación a la producción y al consumo mercantil y la imposición de las relaciones sociales típicas de este modo de producción), en todos los ámbitos de la vida y la naturaleza (con la conversión en mercancías de los ecosistemas y sus productos, así como de las especies vivas y de los genes) y hasta en los aspectos más recónditos de la psique humana (con la generalización del individualismo, el carácter posesivo de la propiedad privada, el consumismo exacerbado y el egoísmo como pretendida característica de la naturaleza humana).

 Esa lógica demencial nos está conduciendo a una encrucijada que sólo puede sortearse mediante la superación de la civilización capitalista[11]. Para ello, es indispensable la construcción de una forma de organización social de productores asociados que se sustente en otras fuentes energéticas, distintas a los combustibles fósiles, tenga como pautas de vida el respeto a la naturaleza, la solidaridad y la fraternidad, rompa con el fetichismo de la mercancía y reivindique el valor de uso y la economía moral.

 Esa crisis civilizatoria señala las terribles consecuencias de la producción de mercancías que se ha hecho universal en los últimos 25 años con el objetivo de acumular ganancias para los capitalistas de todo el mundo y que sólo es posible con el gasto exacerbado de materiales y energía. Esto es así puesto que el reino de la mercancía, característico de la lógica del capital, arrasa con los recursos energéticos y naturales de la tierra, origina una crisis alimenticia planetaria (que produce, al mismo tiempo, obesos y famélicos), conduce al agotamiento del agua y altera el clima, entre otros problemas. Examinemos en forma concisa cada una de estas crisis.

CRISIS ENERGÉTICA: EL COMIENZO DEL FIN DEL PETRÓLEO

La civilización industrial capitalista consolidada durante los dos últimos siglos, un breve lapso de la historia humana, se ha sustentado en la extracción intensiva de combustibles fósiles (carbón, gas y, de manera primordial, petróleo). Las transformaciones tecnológicas que se han producido desde la Revolución Industrial en Inglaterra, a finales del siglo XVIII, han sido posibles por el uso de estos combustibles, a los cuales están asociados la maquina de vapor, el ferrocarril, el avión, el televisor, el tanque de guerra, el automóvil, el computador, el teléfono celular y, en la práctica, casi cualquier artefacto que se nos ocurra. El uso de esos combustibles ha permitido al capitalismo extenderse por todo el mundo, ya que los medios de transporte han aumentado su velocidad, tamaño y alcance, con lo cual la producción de mercancías ha rebasado el ámbito local y se ha desplegado por el orbe entero.

La utilización de petróleo a vasta escala ha urbanizado el mundo, como nunca había sucedido en la historia humana, hasta el punto de que hoy por primera vez habita en las ciudades un poco más del 50 por ciento de la población mundial, una tendencia que se incrementara en los años por venir, marcando la desruralización del planeta. En las ciudades, a escala planetaria, se reproduce la diferenciación social entre una minoría opulenta que reproduce el ‘American Way of Life’ y una mayoría que vive en la más espantosa pobreza, sin tener acceso a los servicios públicos fundamentales, apiñados en tugurios y sin contar con lo básico para vivir en forma digna, constituyendo las ciudades de la miseria.[12]

En la misma forma, hoy, la agricultura capitalista es una actividad dependiente del petróleo, lo cual aumenta los rendimientos económicos a corto plazo en desmedro de la sostenibilidad ambiental.

El petróleo es la savia que mueve al mundo contemporáneo y sin él no existirían las ciudades como las conocemos, con sus rascacielos, luces de neón y avenidas asfaltadas, ni tampoco los millones de automóviles y miles de barcos y aviones que se desplazan a todas horas por la tierra, el espacio aéreo, los ríos y el mar. Aun más, la expansión mundial del capitalismo, que tanto se aplaude, no habría sido posible sin el petróleo, ya que la producción de China o India, que vincula a millones de personas al mercado capitalista como productores (en las maquilas y fábricas de la muerte) y consumidores (vía uso de automóviles o celulares, para indicar los iconos de este sistema), se ha logrado con la reproducción de la lógica depredadora del capitalismo y el uso a vasta escala de combustibles fósiles.

En ese sentido, no resulta extraño que China sea el segundo productor mundial de Co2 y necesite para mantener su irracional sistema de producción capitalista, concentrado en la zona norte del país, de ingentes cantidades de agua, madera, minerales y toda clase de materiales.

Pero el petróleo tiene un problema, es un recurso no renovable, y en estos momentos, cuando ha comenzado su agotamiento irreversible, nos encontramos en un punto de inflexión. Esto se explica por el hecho elemental de que la cantidad de combustibles fósiles existentes es fija y en la medida en que sean extraídos a una mayor velocidad, más rápido se acabarán. Y eso es lo que está sucediendo hoy como consecuencia de la generalización de la lógica capitalista de producción y consumo a todo el mundo, puesto que las clases dominantes replican el modelo estadounidense por doquier. Esto ha conducido al aumento del gasto diario de petróleo para garantizar que se incremente la producción de cualquier tipo de mercancías que se consumen a vasta escala en las cuatro esquinas del planeta, así como para permitir la construcción de infraestructura que posibilite el transporte de esas mercancías, con nuevas ciudades, carreteras, puertos, viaductos y aeropuertos.

 Dado el aumento de la población vinculada al mercado capitalista, y del consumo que de allí se deriva, no hay duda de que nos encontramos en el cenit no solamente de la producción de petróleo y de carbón, sino de los principales recursos minerales que posibilitan el funcionamiento de la civilización capitalista. Sobre eso no existe discusión, salvo entre los estúpidos personajes ligados a las multinacionales petroleras que, de dientes para afuera, pretenden convencernos que no existen razones para preocuparnos porque petróleo se conseguirá siempre. Dejando de lado tales estupideces, la discusión no es de fondo sino de tiempo, si se considera que en lo que no están de acuerdo quienes han estudiado el asunto es en la cantidad de años que aún faltan para que se agote el petróleo -si son 30, 40 o 50-, lo cual a la larga no tiene mucho sentido.

Para recalcar la importancia crucial de la crisis energética valga recordar que desde hace algunos años ciertos investigadores vienen estudiando, a partir de los descubrimientos del ingeniero estadounidense King Hubber, el pico del petróleo, y vaticinaron que ese pico se alcanzaría entre 2000 y 2010, momento en el que nos encontramos y que coincide en forma milimétrica con el estallido de la actual crisis económica. En rigor, las dos no están desconectadas porque la sobreproducción capitalista -el origen fundamental de la crisis económica- ha sido posible por la incorporación de nuevos territorios a la producción mercantil, con lo cual se incrementa el gasto de energía y de materiales. Esto, además, desmiente las falacias de quienes sostienen que en la pretendida “era de la información” nos estábamos deslizando hacia una sociedad postmaterial, en la que se consumiría menos petróleo, algo que no pasa de ser una fantasía sin sentido alguno. Al respecto resulta necesario referirse a la Teoría de Olduvai del ingeniero Richard Duncan, quien sostiene que la época del petróleo va a durar, casi en forma exacta, sólo un siglo, puesto que su despegue se presentó en la década de 1930 y se proyectará hasta comienzos de la década de 2030. Basándose en múltiples cálculos, Duncan considera que el eclipse del petróleo se consumará en las próximas dos décadas, lo cual implica un cambio radical en la forma de vida que nosotros conocemos, incluyendo una disminución de la población, una reducción del tamaño las ciudades y una desaparición de los grandes sistemas de transporte hoy existentes. Uno de los esquemas elaborados por Duncan ilustra el alcance de su análisis:

“Este esquema muestra bastante bien los resultados de las investigaciones del autor mencionado sobre el pico del petróleo y el futuro energético de la humanidad. Claramente, según Duncan, se evidencia que la época del petróleo puede considerarse como una fiesta de corta duración que va a durar sólo un siglo y al cabo de la cual terminará el derroche energético emprendido por el capitalismo, a lo que se llegará en escasas dos décadas, cuando se retorne a otra era, en la cual ya no habrá petróleo, que puede catalogarse como el regreso a Olduvai. Este nombre es significativo, si se recuerda que así se ha denominado a una de las grutas, localizada en Tanzania (África), en las que se encontraron algunos de los restos humanos más antiguos, y cuya sociedad no conocía la luz artificial”[13].

Aunque sean difíciles de admitir a primera vista, las predicciones de este ingeniero se están volviendo realidad a partir del hecho indiscutible de la llegada al pico de petróleo mundial, en el cual ya hemos entrado, y que según algunos autores se alcanzó en julio de 2008, cuando se logró la cota máxima de producción de petróleo de todos los tiempos[14]. En estas condiciones, entre más aumente la producción y consumo de energía fósil, ésta última se acabará más rápido de lo previsto, y tal carencia provocará el regreso a las crisis precapitalistas de subproducción por la imposibilidad de mantener los ritmos frenéticos de despilfarro de petróleo en el mundo actual, como una expresión de la decadencia y el parasitismo ya señalados. Por supuesto, esto también acarrea el aumento de guerras por el control de los últimos reductos de hidrocarburos, como ya se aprecia con los diversos conflictos que asolan a los territorios que tienen la desgracia de poseer petróleo (Irak), que están cerca de las fuentes de petróleo o de gas (Afganistán), o se ubican en lugares estratégicos de la circulación mundial de mercancías (Somalía y el cuerno africano).

Pero la crisis no se presenta solamente con el petróleo, puesto que los más recientes estudios indican que el carbón -del que hasta hace poco se anunciaba que iba a durar por varios siglos- también se acerca a su pico máximo, al cual se llegará en las próximas dos décadas. Lo mismo acontece con otros minerales estratégicos, cuyo agotamiento está próximo: uranio, 40 años; antinomio y plata, entre 15 y 20 años; tantalio y zinc, entre 20 y 30 años; indio, entre 5 y 10 años; platino, 15 años; hafnio, menos de 10 años[15]. Lo verdaderamente crítico radica en que:

“el pico del petróleo será un punto de inflexión histórico, cuyo impacto mundial sobrepasará todo cuanto se ha visto hasta ahora, y eso pasará en la vida de la mayoría de las personas que viven hoy en el planeta”[16].

En resumen, y con relación al agotamiento de los hidrocarburos y de los materiales esenciales, puede decirse que “el capitalismo está herido de muerte”. Aunque el capitalismo haya existido desde antes de la era del petróleo, ahora no puede concebirse sin el oro negro y, por eso:

“por primera vez en la historia, se va a topar contra un muro insalvable: no existe patrón energético fuera de los hidrocarburos fósiles que le permita funcionar como lo viene haciendo bajo el dominio anglosajón”[17].

De todo lo anterior puede derivarse una predicción sombría, como la que plantea el científico argentino Mauricio Schoijet:

Sugiero que la humanidad se encamina hacia el evento más traumático de su historia, que probablemente ocurrirá en el siglo XXI, de una caída drástica de la población y las fuerzas productivas, que cierra el ciclo comenzado con la Revolución Industrial. Sería causado por el agotamiento de los combustibles fósiles, luego una caída importante de la producción agrícola, y por el cambio climático. A diferencia de los eventos traumáticos mencionados, afectaría a toda la humanidad. Una ideología en el sentido marxista mencionado, puede no ser inmediatamente reconocida como tal[18].

Por supuesto, para que tan sombría perspectiva no se hiciera realidad se requiere una transformación social radical, una revolución anticapitalista, que modifique por completo las condiciones actualmente existentes, lo cual supone una desmercantilización de la sociedad y de la vida, la reivindicación del valor de uso y la satisfacción de las necesidades humanas mediante una economía solidaria y fraterna, que rompa con el culto a la ganancia y el consumo, y, desde luego, como condición previa, una transformación radical en las relaciones de producción y en las formas de propiedad, de tal manera que el control de la economía no esté en manos ni de los capitalistas, ni de las empresas, ni de los Estados, sino de los trabajadores y sectores productivos asociados de manera libre y democrática.

CRISIS ALIMENTICIA: EL REGRESO DE LOS MOTINES DE SUBSISTENCIA

El capitalismo es una fábrica simultánea de riqueza y de miseria, productor constante de injusticia y desigualdad, en razón de lo cual la polarización de clase es una de sus características intrínsecas. Eso se manifiesta en los más diversos tópicos de la vida social, como sucede con la producción de alimentos. Que el capitalismo produzca hambrientos no es nuevo, puesto que su expansión mundial ha generado, de manera invariable, hambre a vasta escala, como resultado de la destrucción de las economías locales, sometidas a nuevas exigencias para que se “adapten” a los requerimientos del mercado mundial, como reza la fórmula de los economistas ortodoxos. En la práctica, la mundialización del capital ha dado origen a una realidad profundamente injusta en términos alimenticios, porque al mismo tiempo unos pocos consumen hasta el hartazgo (como puede apreciarse en los “esbeltos cuerpos” de millones de estadounidenses, mofletudos y regordetes, que no pueden ni andar de tanto ingerir comida basura), mientras que en todos los continentes millones de seres humanos soportan la desnutrición o mueren de hambre.

En tal sentido, el hambre y la desnutrición actuales son un resultado directo de la destrucción de las economías campesinas por parte de las empresas agroindustriales que monopolizan las mejores tierras, imponen costosos paquetes tecnológicos y controlan la producción de alimentos y materias primas de origen agrícola. Esto ha venido acompañado del despojo y expulsión de los campesinos e indígenas de sus territorios ancestrales por parte de compañías transnacionales y empresarios locales, con lo que la producción agrícola y pecuaria es dominada por pocos países, unas cuantas empresas y algunos terratenientes, habiéndose liquidado la soberanía alimenticia de territorios antaño autosuficientes, en los cuales se siembran productos comerciales en sustitución de alimentos esenciales. Ese proceso anticampesino se fortalece con la llamada revolución genética, que pretende convertir, en el mejor de los casos, a algunos pequeños productores en empleados de las multinacionales para la producción de materias primas que forman parte de cadenas productivas -desde la generación de semillas hasta la venta de productos elaborados en los supermercados- que son controladas por esas empresas, proceso en el cual los alimentos ya no son la base de la producción agrícola.

Justamente, la conversión de los alimentos en mercancías y la aplicación de los principios criminales del libre comercio destruyen los mecanismos de producción, distribución, comercialización y consumo que posibilitan la supervivencia de los pueblos de la periferia, entre los cuales sobresalían la ayuda mutua, la solidaridad, el don y la reciprocidad, mecanismos todos arrasados por el librecambio, que ha asesinado a millones de personas de física inanición. El modelo agroexportador, como forma de vinculación de los países periféricos al mercado mundial, se ha generalizado otra vez, para hacerlos más dependientes de los países imperialistas y destruir los sistemas industriales y de autoabastecimiento que se habían podido construir desde la década de 1950 en muchos países del mundo. Ese esquema agroexportador se sustenta en la falacia de las “ventajas comparativas”, que sirve al propósito de obligar a los países dependientes a especializarse en la producción de uno o pocos productos agrícolas, al tiempo que los constriñe a comprar los alimentos básicos en el mercado mundial, dominado por los grandes conglomerados. A su vez, la mercantilización de la producción de alimentos ha incrementado sus precios a nivel internacional, complicando la compra de esos productos por parte de los países dependientes, cuyo poder adquisitivo se ha deteriorado en razón del empobrecimiento de gran parte de la población, incluyendo a los campesinos, por la imposición de los planes de ajuste estructural aplicados a rajatabla en el último cuarto de siglo.

Las grandes empresas han despojado a los pequeños agricultores basándose en la retórica del libre comercio, falacia con la cual justifican la eliminación de los subsidios y los mecanismos proteccionistas por parte de los Estados, obligan a los países dependientes a especializarse en la producción de géneros agrícolas para el mercado mundial (los de siempre, café, banano, azúcar, o los nuevos, como palma aceitera, soja, colza o frutas exóticas), impulsan la conversión de las mejores tierras en zonas ganaderas, de cultivos forestales y, últimamente, las destinan a la siembra de cultivos de los que se extraen necrocombustibles (combustibles de la muerte es su verdadero nombre, pues el de biocombustibles que se emplea frecuentemente es un embuste). Todo esto ha ocasionado la pérdida de la seguridad alimenticia en los países pobres, donde ya no se producen los alimentos básicos, los cuales deben ser comprados en el mercado mundial a los precios que fijen las empresas multinacionales y los países imperialistas.

Como lo anunció Estados Unidos hace tres décadas, en el documento de Santa fé 1, los alimentos se han convertido en una arma de guerra, para someter a los países pobres y destruir a sus campesinos e indígenas.

Este modelo agrícola capitalista es el responsable del hambre que se extiende por el mundo y que afecta a millones de seres humanos -se calcula que 1200 millones de personas soportarán hambre crónica de aquí a 2025-, y de que se hayan vuelto cotidianas las escenas de muerte de niños por inanición en Sudán, Argentina, Haití, Colombia (como en la región de El Chocó) y en muchos otros países; también en todos ellos -en épocas de “capitalismo postmoderno”, cuando se suponía que estaba solucionado el problema del hambre- han reaparecido los motines de subsistencia. Resulta paradójico que durante mucho tiempo se haya repetido el estribillo de que las crisis alimenticias eran características de las sociedades precapitalistas, mientras se aseguraba que los motines de subsistencia, como forma fundamental de protesta contra ellas, no se volverían a presentar porque el capitalismo generaba abundancia de alimentos y había erradicado el hambre. Este supuesto, además de falso, es eurocéntrico, pues siempre en la historia del capitalismo ha habido hambrunas en el mundo periférico, las que hoy se generalizan en forma dramática, y, junto con ellas, distintas formas de insubordinación, como los motines aludidos.

En realidad, para el capitalismo actual la mejor forma de solucionar el problema del hambre es devorando a los pobres, como lo sugería Jonathan Swift en Una modesta proposición (1729), cuando en forma satírica proponía que los irlandeses pobres devoraran a sus propios hijos, con lo cual aparte de evitar la hambruna, le ahorrarían a los niños más sufrimientos; o, como gráficamente, lo decía un graffiti en la ciudad de Buenos Aires: “¡Combata el hambre y la pobreza! ¡Cómase a un pobre!”. Eso es lo que efectivamente sucede cuando el maíz o la caña se siembran para producir gasolina. Cuando a un automóvil se le está suministrando combustible originado en los alimentos se está devorando a un pobre, porque, por un antinatural metabolismo que sólo puede ser resultado del capitalismo, el alimento ya no tiene por destino saciar el hambre de los seres humanos sino el de las voraces máquinas de cuatro ruedas, la máxima expresión del modo americano de muerte.

Por otro lado, la crisis alimenticia se conecta con la crisis energética por múltiples vías: la industrialización de la agricultura la hace petrodependiente en todos los ámbitos: por el uso de fertilizantes, abonos y fungicidas y por la utilización de medios de transporte que requieren de combustibles fósiles para funcionar; el aumento en los precios del petróleo, una tendencia que cobrará más fuerza a medida que se agote el crudo, incide en la producción agrícola; los intentos de sustituir petróleo por agrocombustibles originan un proceso de concentración de tierras para sembrar productos destinados a alimentar carros y aviones y no a seres humanos, al tiempo que aumenta también los precios de los alimentos. Así, el arroz, el azúcar, el maíz, la papa y otros productos esenciales se están convirtiendo en biomasa para producir combustibles y no para satisfacer las necesidades nutricionales de millones de seres humanos que viven en la periferia.

De igual forma, la crisis alimenticia está vinculada con las modificaciones climáticas en marcha, puesto que estas últimas inciden en forma directa en la disminución de las cosechas, sobre todo en las zonas más pobres del mundo. Así, por los cambios en la temperatura y en el volumen de precipitaciones se calcula que en los próximos años caerán los rendimientos de los principales productos alimenticios en diversos lugares del mundo: la caña de azúcar en un 3 por ciento en los Andes; el arroz en un 10 por ciento en Asia Meridional; el maíz en un 47 por ciento en el sur de África; el trigo en un 3 por ciento en Asia oriental[19].

Para rematar, hay una pérdida sostenida de las tierras productivas, cuya degradación se agudiza a medida en que el capitalismo se extiende por las zonas rurales del mundo, como se muestra en el cuadro resumen que aparece a continuación.

Principales causas de la degradación de las tierras

PASTOREO EXCESIVO: alrededor de 680 millones de hectáreas, casi 20% de los pastizales de todo el planeta.
DEFORESTACIÓN: alrededor de 580 millones de hectáreas, a causa de la tala y desmonte de bosques a gran escala. Se han destruido más de 230 millones de hectáreas de bosques tropicales.
GESTIÓN AGRÍCOLA INADECUADA: alrededor de 550 millones de hectáreas, a causa de la erosión hídrica, la salinización y otros factores.
CONSUMO DE LEÑA: alrededor de 137 millones de hectáreas, por el uso de leña como principal fuente de energía.
URBANIZACIÓN: alrededor de 19,5 millones de hectáreas, por el crecimiento urbano, la construcción de caminos y carreteras, la minería y la industria.
Fuente: Julio A. Baisre, S.O.S. Homo Sapiens,

Editorial Científico-Técnica, La Habana, 2008, p. 34.

CRISIS HÍDRICA: SECANDO LA FUENTE DE LA VIDA

A la par de la crisis alimenticia discurre otra relacionada con la destrucción de los reservorios de agua, el agotamiento del agua dulce y la contaminación de ríos, lagos y mares, junto al arrasamiento de los humedales. Hasta no hace mucho tiempo se suponía que el agua era un recurso inagotable y no había ningún problema en garantizar su suministro de manera permanente. Hoy se sabe que el agua dulce es limitada y su agotamiento y escasez corre paralela al aumento demográfico, al crecimiento urbano, a la industrialización de la agricultura, a las modificaciones climáticas y a su derroche en la producción de mercancías.

En esta dirección, la crisis hídrica es un resultado de la expansión mundial del capitalismo porque el agua misma se ha convertido en una mercancía y ha dejado de ser un bien común y público, ya que conglomerados transnacionales (como Coca Cola, Danone y otros) la han convertido en un nicho de mercado, con el que obtienen cuantiosas ganancias por diversos medios: la producción de agua embotellada, la privatización de los servicios de acueducto y alcantarillado y la apropiación de ríos y lagos por empresarios capitalistas.

A esto debe añadírsele que la urbanización acelerada necesita de importantes cantidades de agua, aunque su distribución y calidad sigan los parámetros de clase propios del capitalismo, puesto que en las grandes urbes sólo una parte de la población tiene acceso a agua potable y suficiente, mientras que la mayoría no la disfruta y tampoco cuenta con alcantarillado. De la misma manera, los procesos tecnológicos más sofisticados requieren cantidades ingentes de agua, como la que precisa la producción de automóviles, computadores, celulares y televisores. Igual acontece con la producción de determinado tipo de cultivos, como las flores, que consumen enormes volúmenes de agua.

A la par con todo lo anterior, los procesos de industrialización, la urbanización desaforada, la agricultura industrial, los megaproyectos y la explotación de recursos minerales y energéticos han contaminado las más importantes fuentes de agua en el mundo. No sorprende que, casi sin excepción, junto a una gran ciudad se encuentre un río convertido en una fuente de aguas fétidas y malolientes, al lado del cual malviven los sectores más empobrecidos.

Tanto al interior de los países como en el plano mundial existe una distribución injusta y desigual del agua, porque mientras sectores minoritarios tienen a su disposición agua de calidad que despilfarran sin vergüenza (para lavar autos, regar campos de golf o surtir su propia piscina), la mayor parte de la sociedad carece del vital liquido, lo cual ocasiona la muerte diaria de miles de personas por problemas estomacales y produce la enfermedad de millones de ellos por consumir agua impotable. Esta desigual apropiación del agua también existe en el terreno mundial, ya que algunos países cuentan con importantes reservas hídricas, o por su poder económico, militar y político pueden apropiarse del agua de sus vecinos, a los que dejan exhaustos y muriéndose de sed (el caso de Israel con los palestinos es emblemático al respecto), con lo cual se avizora una de las contradicciones determinantes de los conflictos del futuro inmediato que va a ocasionar guerras por el agua, con la misma frecuencia que las actuales guerras por el petróleo.

Para mostrar las interrelaciones entre la explotación de hidrocarburos y el agua, valga recordar, entre otras cosas, que la extracción de los primeros conlleva siempre despilfarro de la segunda de múltiples formas: para extraer un barril de petróleo o de gas se precisan cientos o miles de barriles de agua; con todas las labores propias de la industria petrolera se contaminan las fuentes de agua; los derrames de crudo llegan inexorablemente a los cursos de agua, como nos lo recuerdan las tragedias de contaminación hídrica que han generado los numerosos accidentes de grandes buques petroleros en los mares del mundo.

Y el otro aspecto que debe mencionarse es el relativo a los nexos directos entre el trastorno climático y la crisis hídrica. Así, el trastorno climático se manifiesta en primera instancia con un aumento de la temperatura en diversos sitios del planeta, lo que ocasiona transformaciones bruscas e inesperadas: se producirá, y se está produciendo ya, el deshielo de glaciares, con lo que se reducirá la oferta hídrica en muchos países, pues las principales reservas de agua dulce están en los nevados y en los páramos. Al mismo tiempo, y como consecuencia de lo anterior, aumentará el caudal de muchos ríos mientras que otros se secarán, lo cual afectará a las poblaciones que viven gracias a esos cursos de agua. Esto generará inundaciones y sequías a un ritmo antes no conocido, como ya se evidencia en algunos continentes, Europa, por ejemplo, donde se han presentado en los últimos años inviernos más lluviosos y veranos más cálidos.

De la misma manera, la transformación climática influye en el cambio de la cantidad y la calidad del agua disponible, ya que al aumentar la temperatura del aire se altera la temperatura del agua, con lo cual se reduce su contenido de oxigeno, se afecta la distribución de los organismos acuáticos y se altera el ciclo de los nutrientes, entre otras muchas consecuencias nefastas. Igualmente, las modificaciones climáticas ocasionan la mezcla de agua salada con aguas dulces en los acuíferos litorales, afectando otra importante reserva de agua dulce en muchos lugares del planeta.

Adicionalmente, en la medida en que cambia el clima mundial se altera el régimen de lluvias en ciertas zonas del planeta, lo que produce la sequía, la desertificación y la hambruna y genera las migraciones hídricas, cuando la gente huye de sus terrenos ancestrales, convertidos en lugares yermos y sin vida, de los que las fuentes de agua que les posibilitaban la subsistencia han desaparecido, como es el caso de algunos países del Sahel en África. Valga citar al respecto un trágico caso de actualidad, que a su vez anticipa lo que vendrá en poco tiempo, con relación a los llamados “refugiados ambientales”, cuya importancia estriba en que está directamente relacionado con el agua porque la comunidad afectada vivía en el mar: La primera evacuación de una comunidad entera debida al calentamiento global antropogénico está ocurriendo en las islas Carteret.

Los niveles crecientes del nivel del mar han erosionado gran parte de la línea de costa en las zonas bajas de las islas Carteret situada a 50 millas de la isla Bougainville, en la costa sur del Pacífico. Hace dos semanas ocurrió un evento trascendental. El comienzo de la primera evacuación mundial de una población entera como resultado del cambio climático provocado por el hombre. Las islas Carteret están fuera de la costa de Bougainville, que, a vez, está fuera de la costa de Papua Nueva Guinea. Hay un pequeño atolón de coral en el que viven 2.600 personas. Aunque no por mucho tiempo.

Las cinco primeras familias se han mudado a Bougainville para preparar el terreno para la evacuación total. Hay varios factores que contribuyen -la eliminación de los bosques de manglares y algo de actividad volcánica local-, pero el principal problema parece ser el aumento del nivel del mar.

El punto más alto de la isla es de 170 cm por encima del nivel del mar. Durante los últimos años han sido inundados repetidamente por mareas primaverales, eliminando los jardines agrícolas, destruyendo la subsistencia y haciendo sus vidas imposibles.

Esta parece ser la primera vez que una población entera ha comenzado a abandonar sus casas como resultado del cambio climático actual. Las cifras pueden ser pequeñas, pero, este es un evento que prefigura un desplazamiento masivo probable de población de las ciudades costeras y regiones de escasa altitud como consecuencia del aumento del nivel del mar. El desastre ha comenzado, pero hasta ahora casi nadie se ha dado cuenta[20].

CRISIS AMBIENTAL: LA DESTRUCCIÓN DE LAS CONDICIONES DE PRODUCCIÓN Y DE VIDA

Junto con todas las crisis antes nombradas, y como síntesis de las mismas, hay que considerar la crisis ambiental, hoy generalizada a todo el planeta. Son numerosos los componentes de la degradación medioambiental que hoy soportamos, en la que deben incluirse la destrucción de fuentes de agua, la desaparición de tierras y suelos aptos para la agricultura, el arrasamiento de selvas y bosques, la reducción de recursos pesqueros, la disminución de la biodiversidad, la extinción de especies animales y vegetales, la generalización de distintos tipos de contaminación, la reducción de la capa de ozono y la destrucción de ecosistemas.

Todos estos componentes de la catástrofe ambiental que ponen en riesgo la misma continuidad de la especie humana, se han originado en la lógica depredadora del capitalismo con su concepción arrogante de mercantilizar todo lo existente y de dominar la naturaleza a su antojo. Pretendiendo eludir los límites naturales, la expansión mundial del capitalismo ha transformado los paisajes del planeta al someter los recursos y las especies a la férula de la valorización del capital, dando por sentado, en forma optimista, que la naturaleza es una externalidad que no tiene costo y que, al no contabilizarse en términos económicos, se puede destruir impunemente, pero que, además, es posible regenerarla de manera rápida o sustituirla de manera artificial.

El resultado no podía ser más terrible, si se considera que nunca antes se había asistido a una situación como la actual con su cúmulo de desastres pretendidamente “naturales”, de lo cual, en realidad, tienen muy poco, tales como huracanes, tifones, inundaciones, maremotos, avalanchas, tsunamis y terremotos que año a año matan a miles de personas y hunden en mayor pobreza a los miserables del mundo. Esta es una clara manifestación del precio que debe pagarse por haber sometido la naturaleza a una transformación acelerada, como parte del uso intensivo de combustibles fósiles y del uso descomunal de materiales y de recursos naturales para obtener ganancias. Esto se ha acentuado en las últimas décadas por el incremento en el consumo mundial de mercancías y por la apropiación subsecuente de los bienes naturales, considerados ahora como propiedad privada.

Nada tiene de raro, en esa perspectiva, que se libre una guerra mundial por parte de los países imperialistas y sus compañías multinacionales para apoderarse de los recursos energéticos, naturales, forestales e hídricos en aquellas zonas que todavía los tienen, como se evidencia en el Congo, en Colombia, en Brasil, en México, en Indonesia y otros países. El consumo a vasta escala de ciertos artefactos electrónicos viene acompañado del arrasamiento de ecosistemas y de guerras locales en países africanos, por ejemplo, para satisfacer la necesidad de suministrar materias primas (metales y minerales) a las empresas transnacionales que financian ejércitos estatales y privados con el fin de asegurarse el abastecimiento de esas materias primas y mantener la oferta de sofisticados instrumentos tecnológicos.[21]

De otra parte, una de las expresiones más críticas de la situación ambiental está relacionada con la reducción de la biodiversidad y con la extinción de especies, un fenómeno que ha alcanzado una escala nunca antes vista. En efecto, ahora se está presentando la sexta extinción de especies, provocada no por causas naturales sino económicas y sociales, por acción de la lógica capitalista, si recordamos que la quinta extinción se presentó hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios y gran parte de la vida existente en la tierra, por obra de un meteorito que se estrelló contra nuestro planeta. La extinción actual es producida de manera directa e indirecta por el capitalismo al generalizar la mercantilización de la vida, lo que ha conducido a apreciar a los animales y plantas como una fuente más de ganancia, sin importar el impacto destructor de esta consideración, como puede verse con el tráfico mundial de especies (la segunda actividad ilícita en el mundo por las ganancias económicas que genera) y la conversión de los animales en factorías de leche, carne o grasa, lo que ha desencadenado enfermedades como las de la vaca loca, la gripe aviar o la influenza porcina, tan de moda en estos días.

Algunos datos elementales son indicativos de la pérdida de especies en curso: el Índice de Planeta Viviente, que pretende medir el estado de la biodiversidad mundial, muestra que se ha presentado un declive promedio del 30 por ciento entre 1970 y 2005 en 3.309 poblaciones de 1.235 especies, y ese mismo Índice, pero aplicado a los trópicos, constata que allí el declive ha sido más dramático, alcanzando un 51 por ciento en ese mismo período, al considerar 1.333 poblaciones de 185 especies.

De la misma manera, nuestra huella ecológica -con la que se establece la cantidad de recursos de la tierra y el mar, medido en hectáreas, que cada uno de nosotros necesita para vivir, incluyendo la destinada a absorber nuestros desechos- señala que la demanda humana sobre la biosfera aumentó más del doble entre 1961 y 2005, lo que indica en términos más concretos que en la actualidad, al ritmo de población y consumo existentes, son necesarios algo así como 1,2 planetas tierra para vivir y que en el 2030 se necesitaran ya dos planetas, algo insostenible, por supuesto. Como es obvio, la huella ecológica de todos los países y todos los seres humanos no es similar, puesto que el nivel de consumo de los países capitalistas del centro es sensiblemente mayor que el del resto del mundo, ya que Estados Unidos es el país que tiene una mayor huella ecológica, que de lejos supera su capacidad de carga. Así, esa huella es de un promedio de una hectárea en los países más pobres y de 2,1 hectáreas para toda la población humana, mientras que en los Estados Unidos se acerca a las 10 hectáreas.[22] Eso puede apreciarse en la gráfica 4.

Huella ecológica mundial por zonas (2000)

Así mismo, la desaparición de las selvas y bosques para extraer maderas y otros recursos, o como parte de la expansión de la frontera agrícola para soportar el crecimiento demográfico y la concentración de suelos productivos en pocas manos, les reduce el espacio indispensable para subsistir a muchas especies animales y vegetales De la misma forma, el modelo exportador, como mecanismo de vinculación al capitalismo mundial por parte de las clases dominantes de los países periféricos, destruye los ecosistemas para cumplir con las exigencias de los conglomerados multinacionales de extraer todos los recursos exigidos en zonas ecológicamente frágiles, como sucede en la Amazonia o en la costa pacífica colombiana. Esta última se ha convertido en una tierra de megaproyectos para explotar oro, maderas, platino o sembrar cultivos como el caucho o la palma aceitera, o para diseñar represas que garanticen el funcionamiento energético de tales engendros del capitalismo mundial.

Al final, sin embargo, la crisis ambiental influye sobre el funcionamiento económico del capitalismo, así éste intente escamotearla, en razón de que este sistema no puede eludir las leyes físicas de la materia y la energía y no puede producir a partir de la nada, mucho menos lograr que los desechos, cada vez más abundantes, desaparezcan como por arte de magia. Como no es posible construir un capitalismo posmaterial (una de las falacias de los cultores de la información), la expansión mundial del modo de producción capitalista requiere, como un Dios devorador, de cantidades ingentes de recursos y energía. Sin embargo, como estos recursos son finitos (salvo el sol en términos de la temporalidad humana, pues va a existir durante otros cinco mil millones de años), el capitalismo tiene que enfrentar la dura realidad de estar sometido a ese límite, el del agotamiento y carácter finito de los combustibles fósiles y la reducción acelerada de los recursos naturales, así estos sean renovables. No es posible conciliar, en última instancia, una lógica de crecimiento ilimitado, propia del capitalismo, con la existencia limitada de recursos energéticos y materiales, si tenemos en cuenta que la tierra es un sistema cerrado en términos de materia.

Una síntesis del impacto de la civilización capitalista sobre los ecosistemas se presenta en el Cuadro n° 2.

CUADRO N° 2

Impactos de la sociedad actual sobre los ecosistemas

Elevada extracción de los recursos naturales
Simplificación de la trama alimenticia
Homogeneización del paisaje (campos agrícolas, desertificación)
Uso intensivo de plaguicidas y herbicidas
Grandes importaciones de energía no solar (combustibles fósiles)
Grandes importaciones de nutrientes (fertilizantes sintéticos)
Modificación de los ciclos hidrológicos (represas, canales, desvíos)
Fuente: Julio A. Baisre, S.O.S. Homo Sapiens,

Editorial Científico-Técnica, La Habana, 2008, p. 34.

TRASTORNO CLIMÁTICO PRODUCIDO

POR EL USO INTENSIVO DE COMBUSTIBLES FÓSILES

Para completar el círculo perverso, todos los elementos anteriores influyen en otra modificación de dimensiones imprevisibles, como es el trastorno climático. Utilizamos este nombre para enfatizar que no puede seguir considerándose como un simple cambio, porque con ello se estaría indicando que es algo gradual y puramente natural. Aunque a lo largo de la historia del planeta tierra se hayan presentado incontables modificaciones climáticas, con bruscos cambios hacia épocas glaciales o calidas, todas las modificaciones anteriores tenían un origen natural. Ahora, existe un trastorno climático asociado de manera directa al uso de combustibles fósiles, especialmente del petróleo. No por casualidad, en la medida en que se llegaba al pico del petróleo han aumentado en forma proporcional las emisiones de Co2 y su concentración en la atmósfera, como se observa en el gráfico 5.

Algunos científicos han establecido que el clima es uno de los factores fundamentales para explicar la extraordinaria biodiversidad, y, por lo mismo, sus modificaciones tienen efectos devastadores sobre variadas formas de vida. Aunque entre los climatólogos no exista consenso sobre la magnitud que tendrá el trastorno climático, muy pocos dudan que estamos asistiendo a una transformación brusca que es resultado de la acción antrópica, ligada a la constitución de la moderna sociedad industrial desde finales del siglo XVIII. Tal transformación climática ya ha tenido sus primeras manifestaciones desde hace unos cuarenta años, cuando se detectó la destrucción de la capa de ozono en algunos lugares de la Antártida. En tiempos más recientes se ha incrementado el número de huracanes en el Mar Caribe -cada vez más destructivos- por el aumento de la temperatura del agua del océano debido al efecto invernadero. Incluso, hace poco tiempo se presentó un primer huracán que azoto a las costas de España, un fenómeno nunca antes visto. En general, durante el siglo XX, la temperatura promedio del mundo se modificó en 0.6 grados centígrados, como consecuencia del uso de combustibles fósiles y de la producción de otros gases de efecto invernadero. Como en la actualidad no hay perspectivas reales de una reducción del empleo de esos combustibles -pese a su agotamiento irreversible-, puede predecirse con toda seguridad un aumento aún mayor de la temperatura del planeta, lo cual va a originar una catástrofe climática con efectos desastrosos, como ya se comienza a observar a nuestro alrededor.[23]

Eso se constata con los anuncios preocupantes sobre la desaparición de los páramos en Colombia, el deshielo de grandes nevados en diversos lugares de América del Sur (Argentina, Chile, Bolivia, entre otros) y el descongelamiento del casquete polar que cubre al Ártico. Hasta hace poco se predecía que este último suceso podría acontecer en 50 o 100 años, pero los últimos estudios han indicado que eso puede ser posible en los próximos 5 o 10 años, con devastadoras consecuencias no sólo para diferentes especies, empezando por el oso polar, sino para grandes comunidades humanas, porque el deshielo aumenta la cantidad de agua y el nivel del mar que de inmediato repercutirá en las zonas costeras habitadas del norte de América. Al respecto, ciertos estudios anuncian que en un lapso de 50 años desaparecerán, como resultado de las modificaciones climáticas, unas 450 mil especies animales y vegetales, algo así como el 30 por ciento de todas las especies vivas actualmente existentes.

Como para sopesar el interés y las preocupaciones que esta transformación climática suscita en el capitalismo, ya hay quienes -en Estados Unidos, Rusia, Canadá y otros países- piensan que el descongelamiento del polo norte es una buena noticia porque propiciará negocios y nuevas oportunidades de obtener dividendos, al dejar un espacio libre para que por allí circulen embarcaciones y se acorte la distancia entre ciertos lugares del norte (por ejemplo, se afirma que la distancia entre Rótterdam y Yokohama se podría reducir en un 42 %), al tiempo que será más barato realizar prospecciones petroleras y extraer los hidrocarburos que se encuentran en el subsuelo de esa zona ártica, congelada durante miles de años[24]. Finalmente, este optimismo cínico se sustenta en la falacia de que la economía puede crecer sin límites y superar todos los obstáculos que encuentre a su paso, incluyendo, las modificaciones climáticas. Sobre este optimismo criminal del capitalismo y de sus economistas, vale la pena citar la opinión de Richard Alley, un connotado climatólogo:

La tierra es finita y el paso de los vuelos espaciales puede resultar terriblemente costoso, así que quizá no debamos asumir que la economía pueda crecer eternamente. También entra en juego el tema de la justicia: el cambio climático puede perjudicar a la mayoría de la población al planeta, pero hoy en día la quema de combustibles fósiles que contribuye a ese cambio beneficia a algunas personas (las que viven en el mundo desarrollado, responsables de la mayor parte de su consumo) más que a otras (las que viven en el mundo en desarrollo).[25]

Esto nos conduce al último tema de este ensayo, el cual versa en forma somera sobre el asunto de los límites que enfrenta el capitalismo y que se constituyen en una barrera infranqueable que obliga a pensar y construir, en forma urgente, otro tipo de organización social.

EL CAPITALISMO Y SUS LÍMITES

Como acabamos de mostrar, la actual crisis es completamente distinta a todas las anteriores en virtud de la sincronía de diversos factores que hacen de la presente una crisis civilizatoria, que marca la frontera de una época histórica en la que se ha puesto en peligro la misma permanencia de la especie humana, conducida al abismo por un sistema ecocida y genocida, regido por el afán de lucro.

Sin embargo, el capitalismo pretende en forma arrogante que no existe ningún tipo de límite que impida su funcionamiento hacia el futuro inmediato, y por ello sus voceros más emblemáticos (jefes de Estado, banqueros, empresarios, economistas) proponen como recuperación de la economía más de lo mismo, es decir, un regreso a las pautas de crecimiento económico existente antes de que comenzara la crisis, esto es, más producción en vasta escala de mercancías, con derroche de materia y energía, para que se siga consumiendo y se reactive la economía en su conjunto. Efectivamente, el capitalismo no va a desaparecer en esta crisis, por la sencilla razón de que, por lo menos por ahora, no se dibuja en el horizonte una fuerza alternativa que lo derrote, pero esto no quiere decir que vaya a seguir funcionando “armónicamente” como antes porque debe afrontar límites infranqueables que, como nunca antes, la crisis civilizatoria actual ha puesto al orden del día y no pueden eludirse. Entre dichos límites deben mencionarse los siguientes: a) el límite energético, relacionado con el agotamiento del petróleo, el gas y el carbón; y dado que no emerge a la vista una alternativa real a esos combustibles fósiles, la sociedad del automóvil y de las ciudades iluminadas no tiene perspectivas de mantenerse en el largo plazo, aunque de seguro se van extender en los próximos años, con lo cual, con plena certeza y para usar una metáfora del mismo medio automovilístico, se estará metido en un carro de alto cilindraje pero sin combustible para andar; b) el límite científico y tecnológico, el cual supone reconocer en la práctica el carácter restringido y relativo de cualquier solución basada en los desarrollos de la ciencia y la tecnología como panacea para solucionar algunos de los problemas creadas por la sociedad capitalista, los que, incluso, en muchos casos, son causados y agravados por los mismos inventos tecnológicos o los descubrimientos científicos, como ha sido el caso del automóvil, considerado hoy, con toda razón, uno de los peores inventos de todos los tiempos; c) el límite ambiental, que resulta del hecho comprobado de que los recursos naturales se encuentran en un momento crítico en razón del ritmo desenfrenado de explotación a que han sido sometidos en los últimos decenios, junto con la extinción de miles de especies; y aunque esto último no parece preocupar al capitalismo, éste si debe enfrentar la perspectiva poco halagadora de mantener unos irracionales ritmos de producción y consumo que no pueden ser satisfechos ante la disminución real de los recursos materiales que posibilitan la producción; d) el límite demográfico, producto del crecimiento de la población, que se apiña en grandes urbes de miseria, y cuya mayoría soporta deplorables condiciones de vida -mientras recibe mensajes ideológicos y propagandísticos de que las cosas van a mejorar para los exitosos y triunfadores- y debe luchar por participar en la repartición de un pedazo de la tarta, cada vez más concentrada en pocas manos.

Este crecimiento lleva a que, tarde o temprano, el capitalismo busque la reducción de la población, y para eso, como está demostrado hasta la saciedad, empezará por eliminar a los más pobres, tal como se ejemplifica hoy con las epidemias, hambrunas, guerras y otros mecanismos maltusianos de control demográfico; e) límites sociales y laborales, porque con la crisis se acentúan las diferencias de clases, la explotación y diversas formas de opresión que, de seguro, originarán resistencias, rebeliones, revoluciones y estallidos sociales, de los cuales no sabemos hacia dónde conducirán, aunque si podemos decir que estarán presentes ante la confluencia de todas las crisis señaladas en este escrito.

En forma sintética, el problema de los límites reales para el capitalismo puede expresarse con una fórmula elemental: I = C x T x P (Impacto sobre la tierra = Consumo x Tecnología x Población).[26] Examinemos con algún detalle el contenido de esta fórmula en relación con los límites insuperables que enfrenta el capitalismo.

En teoría existirían varias posibilidades por parte del capitalismo para contrarrestar el impacto de su acción sobre la tierra y alargar su permanencia. Una primera posibilidad, por ejemplo, se basa en considerar la disminución del consumo con una tecnología y población que se mantienen constantes, es decir: I = C ß x T (CTE) x P (CTE.). Aunque tal cosa hipotéticamente pueda ser considerada, en la realidad capitalista no es posible por varias razones: el consumo está asociado a la producción de mercancías, las cuales necesitan de materiales y energía que, a su vez, inciden en la tecnología, por lo que es muy difícil sostener un incremento del consumo a un mismo nivel de tecnología, o, más precisamente, las modificaciones tecnológicas son un incentivo para el consumo y ellas mismas requieren materiales y energía. Además, el consumo de mercancías es uno de los elementos distintivos del capitalismo, relacionado con su lógica de maximización de ganancias. Por otra parte, el consumo es la razón que explica el crecimiento del Producto Interno Bruto, una de las variables distintivas del funcionamiento del capitalismo. Y en cuanto a la variable población en este ejemplo, uno podría pensar que sería algo así como el caso que ya se vive en algunos países europeos que conocen un estancamiento demográfico y aun una reducción de población, tales como Rusia, España, Hungría, porque su estructura demográfica se ha modificado a tal punto que se puede representar como una pirámide invertida. Pero eso sólo sucede en algunos países, pues en conjunto se nota un crecimiento poblacional en África, Asia y otros continentes. Aun así, el estancamiento de la población no garantiza que se reduzca el impacto sobre la tierra, si no viene acompañado de un decrecimiento del consumo.

Una segunda posibilidad: que el consumo descienda mientras se incrementa la tecnología y aumenta la población, i=x⇓ x t⇑ x p⇑. Esta hipótesis es prácticamente irrealizable porque el avance tecnológico viene acompañado de un aumento del consumo, más aún, esa es su finalidad expresa, y no se concibe un aumento de la población sin un incremento del consumo, como se aprecia en la actualidad cuando a pesar de las desigualdades sociales se ha desarrollado un consumo masivo, aunque también claramente segmentado. Así, existen, por ejemplo, celulares para todas las clases sociales y para producirlos es indispensable gastar más materia y energía. La única posibilidad de lograr un escenario como el de esta fórmula radicaría en transformar la sociedad, modificando los hábitos de consumo e implementando unas tecnologías sustentables, cuyo objetivo sea tanto beneficiar a los seres humanos como mantener los ecosistemas, y eso en el capitalismo no es posible. Aún más, en otra sociedad distinta al capitalismo es necesario pensar en un indispensable control demográfico, aunque sin recurrir a los mecanismos propios del maltusianismo, dado el carácter limitado de los recursos materiales y energéticos.

Una tercera posibilidad: que se incrementen el consumo y la tecnología, pero descienda la población. Aunque de esta manera el problema no se soluciona para el capitalismo, sí se alarga su agonía, porque se concibe un mundo como el que en realidad existe: un consumo exacerbado junto a innovaciones tecnológicas, que cada vez tienen una menor duración, mientras lo único que cambia es lo relativo a la población, cuya cantidad debe ser reducida de manera drástica. Y esto es lo que en efecto está haciendo el capitalismo, y lo que sus ideólogos más francos anuncian sin tapujos.

Valga recordar los diferentes instrumentos de reducción demográfica en marcha en estos momentos, como las guerras, las epidemias, las nuevas enfermedades, la privatización de los servicios médicos y sanitarios, la conversión del agua en una mercancía, todos los cuales pueden considerarse como mecanismos neomalthusianos. Si se necesitan datos, recordemos que en la invasión a Irak se habla de más de un millón de muertos, que en la desconocida guerra del Congo se registran más de cuatro millones de muertos, que por el SIDA han muerto en el mundo en el último cuarto de siglo unos 32 millones de personas, que en Rusia, luego de la disolución de la URSS, murió más de un millón de personas entre 1990 y 1995, y así sucesivamente.

Como en el horizonte del capitalismo no está, de ninguna manera, la reducción del consumo, ni tampoco las innovaciones tecnológicas suponen el ahorro de materia y energía, es evidente que la variable a modificar es la población, como por lo demás se observa en la política demográfica de las potencias, empezando por Estados Unidos, que durante las últimas décadas han estado impulsando un control demográfico en diversos lugares del mundo con el fin de reducir la cantidad de pobres, como se comprueba con las guerras y agresiones que han emprendido desde 1989 contra los países de la periferia.

Con respecto a los elementos antes esbozados, el pensador brasileño Leonardo Boff ha entendido bien el sentido de los límites del capitalismo, al resaltar la importancia decisiva de los aspectos ecológicos:

“Una naturaleza devastada y un tejido social mundial desgarrado por el hambre y por la exclusión anulan las condiciones para reproducir el proyecto del capital dentro de un nuevo ciclo. Todo indica que los límites de la Tierra son los límites terminales de este sistema que ha imperado durante varios siglos”.

El camino más corto hacia el fracaso de todas las iniciativas que buscan salir de la crisis sistémica es esta desconsideración del factor ecológico. No es una “externalidad” que se pueda tolerar por ser inevitable. O lo situamos en el centro de cualquier solución posible o tendremos que aceptar el eventual fracaso de la especie humana. La bomba ecológica es más peligrosa que todas las bombas letales ya construidas y almacenadas.[27]

Tal situación plantea la pregunta sobre la posibilidad de colapso de la civilización capitalista y con ella de la humanidad, pero esta última perspectiva sólo sería real si no se admite la existencia de alternativas revolucionarias, imprescindibles para evitarlo. Como diría Walter Benjamin: hoy la revolución es más actual que nunca para colocar los frenos de emergencia que detengan la caída rauda en el abismo e impidan que el capital nos hunda en la locura mercantil que nos conduce hacia la muerte como especie y a la desaparición de diversas formas de vida.[28]

Ahora bien, la posibilidad de un colapso para el sistema capitalista no quiere decir que los capitalistas del mundo vayan a renunciar a seguirlo siendo y vayan a optar por otra forma de organización social, pues está demostrado a través de la historia que el capitalismo no va a desaparecer gracias a sus propias crisis, sino por acción de sujetos colectivos, conscientes de la necesidad de superar esta forma de organización social y que actúan en consecuencia, como sucedió al estallar los procesos revolucionarios que se presentaron durante el siglo XX. Y, en ese sentido, la actual crisis no es diferente, puesto que como modo de producción el capitalismo la va a superar en el sentido de reactivar el crecimiento por un breve tiempo, aunque ello vaya a agravar tanto las condiciones de reproducción del sistema como la vida de la mayor parte de la población mundial. Estas dos circunstancias son las que indican que la crisis actual, en la que confluyen todos los aspectos mencionados en este ensayo, no es otra más, pasajera y circunstancial, sino una con repercusiones de largo plazo, porque su costo humano y ambiental va a tener impacto en la vida de millones de seres humanos, lo cual puede conducir o a un cambio revolucionario o a que se acentúen las tendencias más destructivas y criminales del capitalismo, cuyo funcionamiento se enfrenta a un límite insuperable: el fin del petróleo y el agotamiento de los recursos. Esto hace, precisamente, que no sea una simple crisis económica sino una crisis civilizatoria, una de sus características distintivas radica en que, a muy corto plazo, no va a ser una crisis de sobreproducción sino de escasez, como las que han afectado a la humanidad antes de la emergencia del capitalismo. Como bien lo resume Armando Bartra:

“Cambio climático y deterioro ambiental significan escasez global de recursos naturales; crisis energética remite a la progresiva escasez de los combustibles fósiles; crisis alimentaria es sinónimo de escasez y carestía de granos básicos; lo que está detrás de la disyuntiva comestibles-biocombustibles, generada por el boom de los agroenergéticos, es la escasez relativa de tierras y aguas por las que compiten; tras de la exclusión económico-social hay escasez de puestos de trabajo, ocasionada por un capitalismo que al condicionar la inversión a la ganancia deja sin opciones de trabajo social a sectores cada vez más numerosos. Éstos y otros aspectos, como la progresiva escasez de espacio y de tiempo que se padece en los hacinamientos urbanos, configuran una Gran Crisis de escasez de las que la humanidad creyó que se iba a librar gracias al capitalismo industrial y que hoy regresan agravadas, porque el sistema que debía conducirnos a la abundancia resultó no sólo injusto, sino social y ambientalmente insostenible y ocasionó un catastrófico deterioro de los recursos indispensables para la vida[29].

De igual forma, con la crisis civilizatoria ya no se presenta sólo un desplome económico al que sigue una rápida recuperación, sino que por el contrario se asiste, como ahora, a un deterioro incontrolable de las condiciones naturales y sociales de la producción, motivado por la acción del mismo capitalismo, aunque eso no impida que en el cortísimo plazo algunas fracciones del capital alcancen ganancias extraordinarias como resultado del acaparamiento, la especulación o la inversión en actividades relacionadas con la misma crisis, tal como la compra de empresas petroleras o de automóviles. En pocas palabras, la crisis civilizatoria, o la Gran Crisis, como la denomina Armando Bartra,

“es silenciosa persistente, caladora y su sorda devastación se prolonga por lustros o décadas, marcados por estallidos a veces intensos, pero no definitivos, que en la perspectiva de la cuenta larga configuran un periodo de crisis epocal”.[30]

Y este carácter insoluble de la crisis civilizatoria plantea la urgencia de un cambio revolucionario para sustituir al capitalismo, si es que la humanidad quiere tener mañana. Esto exige la construcción de otra civilización distinta al capitalismo que recobre los valores de la justicia, la igualdad, el valor de uso, la solidaridad, la fraternidad y otro tipo de relaciones con la naturaleza, y que rompa con el culto al consumo, a la mercancía y al dinero. Eso supone reconocer la existencia de límites de diversa clase para los seres humanos: naturales, materiales, energéticos, económicos, tecnológicos y sociales, que tornan imposible un crecimiento ilimitado como el postulado por el capitalismo realmente existente, que hoy se exalta como el milagro salvador que va a sacar al capitalismo de la crisis y pretende estar por encima de cualquier tipo de condicionamiento para sostener que no hay ningún tipo de barrera, ni natural ni social, que pueda impedir una expansión incontenible de la acumulación de capital.

Un movimiento anticapitalista en las actuales circunstancias de crisis civilizatoria debe plantearse una estrategia doble, que es complementaria y no antagónica: uno, impulsar todas las medidas indispensables para mejorar las condiciones de vida de la población pobre mediante la redistribución mundial y nacional de la riqueza que permita romper con la injusticia y la desigualdad de clase, sin que esto se de por la órbita mercantil que privilegia el afán de lucro, sino mediante la recuperación del valor de uso, la solidaridad y la fraternidad, todo lo cual sólo puede hacerse con una revolución que posibilite el control de los medios de producción por los productores asociados que, por supuesto, requiere como condición fundamental la “expropiación de los expropiadores”; y, dos, replantear en forma radical la noción de progreso tecnológico, proponiendo un programa político y económico que cuestione la producción mercantil y todos sus efectos ambientales y energéticos. Sobre esto último, un tema sobre el que poco se reflexiona en la izquierda, es bueno recordar la recomendación del pensador argentino Mauricio Schoijet:

El cambio climático y el agotamiento probable de los combustibles fósiles implican probablemente una gran incertidumbre para el futuro del capitalismo, por sus consecuencias económicas y políticas.

La liquidación del automóvil como medio dominante de transporte seguramente implicaría una disminución del producto bruto, luego de la acumulación del capital.

Repito muy brevemente las medidas esenciales que propondría el ambientalismo radical: liquidación o restricción muy severa del uso de los combustibles fósiles para la generación de energía; restricción severa del uso del automóvil; limitaciones a la aviación y al transporte marítimo; limitaciones a la pesca y al uso de fertilizantes industriales (…).[31]

Esto, desde luego, supone todo un reto ideológico y político para afrontar la crisis porque implica que las izquierdas históricas deben romper con su inveterado culto al progreso, a las fuerzas productivas y a los artefactos tecnológicos generados por el capitalismo, lo cual requiere de un nuevo tipo de educación y politización, puesto que, como dice el autor antes citado,

“es imprescindible refundar un movimiento comunista rojo-verde, que ponga en el centro de su actividad política las medidas ambientalistas radicales”[32].

En esta dirección, hoy, ante la crisis civilizatoria, se precisa complementar dos tipos de crítica, la de Marx a la explotación de los trabajadores, con otra, más reciente, la de la destrucción de las condiciones que permiten la reproducción de la vida. Y esta doble crítica debería recobrar la indignación, aquella que Marx mostró cuando denunció que la búsqueda insaciable de plusvalía por parte de los capitalistas degrada las relaciones humanas. Es la misma indignación se requiere para enfrentar las consecuencias de la crisis ambiental y la transformación climática, ya que;

“frente a esta posibilidad de una gran perturbación que pondría en peligro la base material de la reproducción social, los sectores dominantes de la burguesía han caído aún más bajo, en una degradación moral sin precedentes, que pone en peligro el futuro de la humanidad en su temerario intento de continuar las prácticas productivas que han creado esta situación”[33].

Con relación a esta decadencia moral e histórica de las clases dominantes que representan un régimen económico y social que puede catalogarse como capitalismo senil, es imprescindible reivindicar otra ética, la de los límites y la de la autocontención, que deben llevar a plantear la urgencia del decrecimiento en algunos lugares del mundo (en los países altamente industrializados), junto con la redistribución económica allá y en el sur del mundo, como resultado de una modificación revolucionaria en las relaciones de propiedad, como un proyecto político, colectivo y urgente, que claramente reivindique la superación del capitalismo, porque solamente una ruptura con su culto al crecimiento, su consumismo exacerbado y su productivismo sin límites puede evitar la catástrofe. En pocas palabras, porque:

“la dinámica del capitalismo de consumo masivo desemboca en la aberración de un planeta para usar y tirar. Frente a esto, el ecologismo es insurgente: ¡la Tierra no es desechable!”[34].

Por ello, como dicen Adolfo Gilly y Rhina Roux:

“en el mundo de hoy, razonar con lucidez y obrar con justicia conduce a la indignación, el fervor y la ira, allí donde se nutren los espíritus de la revuelta. Pues el presente estado del mundo es intolerable; y si la historia algo nos dice es que, a su debido tiempo, no será más tolerado”[35].

De todas formas, como sucede en todos los momentos históricos decisivos, el futuro no está determinado de antemano, aunque cada vez sea más urgente enmendar el camino hacia el abismo a que nos lleva el capitalismo. En las actuales circunstancias, como señala Guillermo Almeyra, en el corto plazo:

La salida de la crisis, en China y en el resto del mundo, puede tomar dos formas: o la crisis mundial destruye masas enormes de empresas y capitales y, mediante la desocupación masiva, reduce aún más los salarios hasta que las grandes empresas capitalistas sobrevivientes, aunque maltrechas, recomiencen a preparar la crisis siguiente, o, por el contrario, surge un sistema alternativo basado en la satisfacción de las necesidades de la población, en la producción de valores de uso, de medios de consumo, y no de valores de cambio, de cualquier tipo de mercancías para ganar dinero[36].

Esas posibilidades existen, y que una u otra se realice depende, en última instancia, de la capacidad de todos los sujetos que creen que otro mundo es posible y necesario de refundar un proyecto anticapitalista de tipo ecosocialista, el cual, tal vez, podría expresarse de manera sintética en la actualización de una célebre máxima revolucionaria, de esta manera: “Ecosocialismo o barbarie tecnofascista”.

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[1] Profesor Universidad Pedagógica Nacional.

[2] José Saramago, “Ensayo sobre la ceguera”, Alfaguara, Madrid, 1998, pp. 291 y 373.

[3] David Goldblart, citado en Franz J. Broswimmer, “Ecocidio. Breve historia de la extinción en masa de las especies”, Editorial Laetoli, Pamplona, 2002, p. 149.

[4]  Nos hemos basado en Walden Bello, “Todo lo que usted quiere saber sobre el origen de esta crisis pero teme no entenderlo”, Rebelión, octubre 6 de 2008.

[5] Robert Brenner, “La economía de la turbulencia global”, Editorial Akal., Madrid, 2009. p. 31

[6]  Walden Bello, ob. cit.

[7]   Walden Bello, ob. cit.; David Harvey, “Breve historia del neoliberalismo”, Editorial Akal, Madrid, 2007.

[8]  Jorge Berstein, “La crisis en la era senil del capitalismo. Esperando inútilmente el quinto Kondratieff”, El Viejo Topo, n° 253, enero de 2009, pp. 63 y ss.

[9]  Adolfo Gilly y Riox, “Capitales, tecnologías y mundos de la vida. El despojo de los cuatro elementos”, Rebelión, diciembre 24 de 2008.

[10]   “Ciclos Kondratieff”. Fuente: Jorge Berstein, “La crisis en la era senil del capitalismo. Esperando inútilmente el quinto Kondratieff”, en El Viejo Topo, n° 253, enero de 2009

[11]  Empleamos esta noción a partir de Emnanuel Wallerstein. El futuro de la civilización capitalista, Editorial Icaria, Barcelona, 1996.

[12]Mike Davis, “Planeta de ciudades de la miseria”, Editorial Foca, Madrid, 2007.

[13]Richard C. Duncan, “La teoría de Olduvai. El declive final es inminente”

              www.crisisenergetica.org/ficheros/TeoriaOlduvaiFeb2007.pdf

[14]  Juan Jesús Bermúdez, “Julio de 2008, cenit del petróleo”, Rebelión, junio 22 de 2009.

[15]Pedro Prieto y Manuel Talens, “Michael Moore y el caso de la General Motors:¿Se avecina el fin del capitalismo?”, Rebelión, junio 12 del 2009.

[16] Richard Duncan citado en Ramón Fernández Durán, “El crepúsculo de la era trágica del petróleo”, copia a máquina, p. 1.

[17]  P. Prieto y M. Talens, ob. cit.

[18] Mauricio Schoijet, “Límites del crecimiento y cambio climático”, Siglo XXI Editores, México, 2008, p. 20.

[19] Joel K. Bourne, “El fin de la abundancia. La crisis alimentaria mundial”, National Geographic en Español, junio de 2009, pp. 44-45.

[20]  George Monbiot, “Los desplazamientos por el cambio climático han comenzado, pero casi nadie se ha dado cuenta”, Rebelión, mayo 21 de 2009.

[21] Michael Klare, “Planeta sediento, recursos menguantes. La nueva geopolítica de la energía”, Ediciones Urano, Barcelona, 2008, pp. 207 y ss.

[22]  Fondo Mundial por la Naturaleza, Informe de Planeta Vivo, 2006 y 2008, pp. 2-3; Edward O. Wilson, “El futuro de la vida”, Círculo de Lectores, Barcelona, 2002, p. 54.

[23]  Federico Velásquez de Castro, “25 preguntas sobre el cambio climático. Conceptos básicos del efecto invernadero y del cambio climático,” Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, 2008.

[24]  Ver al respecto Mckenzie Funk, “El Ártico en conflicto”, National Geographic en Español, mayo de 2009, pp. 30 y ss.

[25]   Richard B. Alley, “El cambio climático. Pasado y futuro”, Siglo XXI Editores, Madrid, 2007, p. 195

[26]  Susan George, “El informe Lugano”, Editorial Icaria, Barcelona, 2002.

[27]  Leonardo Boff, “El camino más corto hacia el fracaso”, Rebelión, abril 26 de 2009.

[28] Ibíd.

[29]  Armando Bartra, “Achicando la crisis. De la crisis múltiple a la recesión”, La Jornada, 28 de junio de 2009.

[30] Ibíd

[31]   M. Scholjet, ob. cit., p. 343.

[32]   Ibíd., p. 341.

[33]  Ibíd., p. 344.

[34]  Jorge Riechmann. “Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación”, Ediciones La Catarata, Madrid, 2004. p. 113.

[35]   A. Gilly y R. Roux, ob. cit.,

[36]   Guillermo Almeyra, “¿Y China, para cuándo?”, en La Jornada, 1° de marzo de 2009.

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