DEMOCRACIA OBRERA por Antonio Gramsci

DEMOCRACIA OBRERA

   ANTONIO GRAMSCI [1]

12 de julio de 1919

En pdf Aquí: Antonio Gramsci: La democracia obrera

 

 

 

Un problema se impone hoy con insistencia a todo socialista que tenga un sentido vivo de la responsabilidad histórica que recae sobre la clase trabajadora y sobre el partido que representa la conciencia crítica y activa de esa clase.

¿Cómo dominar las inmensas fuerzas sociales desencadenadas por la guerra? ¿Cómo disciplinarlas y darles una forma política que contenga en sí la virtud de desarrollarse normalmente, de integrarse continuamente hasta convertirse en armazón del estado socialista en el cual se encarnará la dictadura del proletariado? ¿Cómo soldar el presente con el porvenir, satisfaciendo las urgentes necesidades del presente y trabajando de manera útil para crear y “anticipar” el porvenir?

Esta nota quiere ser un estímulo para pensar y obrar; quiere ser una invitación a los obreros mejores y más conscientes para que reflexionen y, cada uno en la esfera de la propia competencia y de la propia acción, colaboren a la solución del problema, haciendo convergir sobre los términos de éste la atención de los compañeros y de las asociaciones. Sólo mediante una labor común y solidaria de esclarecimiento, de persuasión y educación recíproca nacerá la acción concreta de construcción.

El estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase trabajadora explotada. Unir entre sí estas instituciones, coordinarlas y subordinarlas en una jerarquía de competencias y de poderes, centralizarlas fuertemente, pero respetando las autonomías necesarias y sus articulaciones, significa crear desde aho­ra una verdadera democracia obrera, en contraposición eficiente y activa con el estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional.

El movimiento obrero está dirigido hoy por el Partido Socialista y por la Confederación del Trabajo; pero el ejercicio del poder social del Partido y de la Confederación se lleva a cabo, para la gran masa trabajadora, indirectamente, por la fuerza del prestigio y del entusiasmo, por presión autoritaria y hasta por inercia. La esfera de prestigio del Partido se amplía diariamente, llega a estratos populares todavía inexplorados, suscita aceptación y deseo de trabajar provechosamente para la llegada del comunismo en grupos e individuos hasta ahora ausentes de la lucha política. Es necesario dar forma y disciplina permanente a estas energías desordenadas y caóticas, absorberlas, componerlas y potenciarlas, hacer de la clase proletaria y semiproletaria una sociedad organizada que se eduque, que haga una experiencia, que conquiste una conciencia responsable de los deberes que corresponden a las clases que llegan al poder del estado.

El Partido Socialista y los sindicatos profesionales no pueden absorber toda la clase trabajadora más que a través de una labor de años y de decenas de años. Tampoco se identificarán directamente con el estado proletario; en las repúblicas comunistas continúan subsistiendo independientemente del estado, como instituciones de propulsión (el partido) o de control y de realización parcial (los sindicatos). El partido debe continuar siendo el órgano de educación del comunismo, el foco de la fe, el depositario de la doctrina, el poder supremo que armoniza y conduce a la meta las fuerzas organizadas y disciplinadas de la clase obrera y campesina. Para poder desarrollar linealmente este criterio, el partido no puede abrir de par en par las puertas a la invasión de nuevos adherentes, no habituados al ejercicio de la responsabilidad y de la disciplina.

Pero la vida social de la clase trabajadora es rica en instituciones, se articula en múltiples actividades. Hay que desarrollar estas instituciones y estas actividades, organizarías en conjunto, reunirías en un sistema vasto y ágilmente articulado que absorba y discipline a toda la clase trabajadora.

La fábrica con sus comisiones internas, los círculos socialistas, las comu­nidades campesinas, son los centros de vida proletaria en los que hay que trabajar directamente.

Las comisiones internas son órganos de democracia obrera que hay que liberar de las limitaciones impuestas por los patrones, y a los que hay que infundir vida nueva y energía. Hoy las comisiones internas limitan el poder del capitalista en la fábrica y desarrollan funciones de arbitraje y disciplina. Desarrolladas y enriquecidas deberán ser mañana los órganos del poder proletario que sustituya al capitalista en todas sus funciones útiles de dirección y administración.

Desde ahora los obreros deberían proceder a la elección de vastas asambleas de delegados, seleccionados entre los compañeros mejores y más conscientes, bajo la consigna: “Todo el poder de la fábrica a los comités de fábrica”, coordinada con esta otra: “Todo el poder del estado a los consejos obreros y campesinos”.

Un vasto campo de propaganda concreta revolucionaria se abriría para los comunistas organizados en el partido y en los círculos de barrio. Los círculos, de acuerdo con las secciones de urbanas, deberían hacer un censo de las fuerzas obreras de la zona, y convertirse en sede del consejo de barrio de los delegados de fábrica, en el ganglio que anuda y centraliza todas las energías proletarias del barrio. Los sistemas electorales podrían variar según la importancia de las fábricas; pero habría que procurar elegir un delegado por cada quince obreros divididos por categorías (como se hace en las fábricas inglesas), llegando, por elecciones graduales, a un comité de delegados de fábrica que comprenda representantes de todo el complejo del trabajo (obreros, empleados, técnicos).

En el comité de barrio debería tenderse a incorporar también delegados de las otras categorías de trabajadores que habitan en la zona: mozos, cocheros, tranviarios, ferroviarios, barrenderos, empleados, dependientes de comercio, etc.

El comité de barrio debería surgir de toda la clase trabajadora habitante de barrio, como un órgano legítimo y autorizado capaz de hacer respetar una disciplina, investido con el poder, espontáneamente delegado, de ordenar el cese de inmediato e integral de todo trabajo en la zona.

Los comités barriales se ampliarían en comisariados urbanos, controlados y disciplinados por el Partido Socialista y por los sindicatos de oficio.

Este sistema de democracia obrera (integrado por organizaciones equiva­lentes de campesinos) daría forma y disciplina permanentes a las masas, sería una magnífica escuela de experiencia política y administrativa, encuadraría a las masas hasta el último hombre, habituándolas a la tenacidad y a la perseverancia, habituándolas a considerarse como un ejército en el campo de batalla que necesita una firme cohesión si no quiere ser destruido y reducido a esclavitud.

Cada fábrica constituiría uno o más regimientos de este ejército, con sus jefes, con sus servicios de coordinación, con su oficialidad, con su estado mayor, poderes delegados por libre elección, no impuestos autori-tariamente. Por medio de asambleas celebradas dentro de la fábrica, por la constante obra de propaganda y de persuasión desarrollada por los elementos más conscientes, se obtendría una trasformación radical de la psicología obrera, se prepararía y capacitaría mejor a la masa para el ejercicio del poder, se difundiría una conciencia de los deberes y derechos del compañero y del trabajador, concreta y eficaz porque habría nacido espontáneamente de la experiencia viva e histórica.

Ya dijimos que estos rápidos apuntes sólo se proponen estimular el pensamiento y la acción. Cada aspecto del problema merecería un vasto y profundo estudio, dilucidaciones, complementos subsidiarios y coordi­nados. Pero la solución concreta e integral de los problemas de vida socialista sólo puede ser lograda por medio de la práctica comunista: la discusión en común, que modifica simpáticamente las conciencias unificándolas y colmándolas de activo entusiasmo. Decir la verdad, llegar juntos a la verdad, es cumplir acción comunista y revolucionaria. La fórmula “dictadura del proletariado” debe dejar de ser una mera fórmula.

LA CONQUISTA DEL ESTADO

La concentración capitalista, determinada por el modo de producción, origina una correspondiente concentración de masas humanas trabajadoras. En este hecho hay que buscar el origen de todas las tesis revolucionarias del marxismo, hay que buscar las condiciones de la nueva modalidad proletaria, del nuevo orden comunista destinado a sustituir la modalidad burguesa, el desorden capitalista generado en la libre competencia y en la lucha de clases.

En la esfera de la actividad general capitalista, también el trabajador actúa en el plano de la libre competencia, es un individuo-ciudadano. Pero los puntos de partida de la lucha no son iguales para todos; la existencia de la propiedad privada pone a una minoría social en condiciones de privilegio, vuelve despareja la lucha.

El trabajador está expuesto continuamente a riesgos mortales: su misma vida elemental, su cultura, la vida y el porvenir de su familia están expuestos a los vaivenes bruscos de las variaciones del mercado de trabajo. El trabajador trata entonces de salir de la esfera de la competencia y del individualismo. El principio de asociación y solidaridad se vuelve esencial para la clase trabajadora, cambia la psicología y la actitud de los obreros y campesinos. Surgen instituciones y organismos en los que dicho principio se encarna; sobre la base de éstos se inicia el proceso de desarrollo histórico que conduce al comunismo de los medios de producción y de intercambio.

El asociacionismo puede y debe ser reconocido como el hecho esencial de la revolución proletaria. Dependientes de esta tendencia histórica surgieron en el período precedente al actual (que podemos llamar período de la I y II Internacional o período de reclutamiento) y se desarrollaron los partidos socialistas y los sindicatos profesionales.

El desarrollo de estas instituciones proletarias y de todo el movimiento proletario en general no fue autónomo sin embargo, no obedecía a leyes propias inmanentes a la vida y a la experiencia histórica de la clase trabajadora explotada. Las leyes de la historia estaban dictadas por la clase propietaria organizada en el estado. El estado fue siempre el protagonista de la historia, porque en sus organismos se concentra la potencia de la clase propietaria; en el estado la clase propietaria se disciplina y se unifica, por sobre las disidencias y los choques de la competencia, para mantener intacta la condición de privilegio en la faz suprema de la competencia misma: la lucha de clases por el poder, por la preeminencia en la dirección y ordenamiento de la sociedad.

En este período el movimiento proletario fue sólo una función de la libre competencia capitalista. Las instituciones proletarias tuvieron que asumir una forma, no por ley interna, sino por ley externa, bajo la enorme presión de acontecimientos y de constricciones dependientes de la competencia capitalista. Aquí tuvieron origen los conflictos íntimos, las desviaciones, vacilaciones y compromisos que caracterizan todo el período de vida del movimiento proletario anterior al actual, y que culminaron en el fracaso de la II Internacional.

Algunas corrientes del movimiento socialista y proletario propusieron explícitamente como hecho esencial de la revolución la organización obrera o por oficios, y sobre esta base fundaban su propaganda y su acción. El movimiento sindicalista[2] pareció, por un momento, ser el verdadero intérprete del marxismo, el real intérprete de la verdad.

El error del sindicalismo consiste en asumir como hecho permanente, como forma perenne del asociacionismo, el sindicato profesional con la forma y las funciones actuales, que son impuestas y no propuestas, y en consecuencia no pueden tener una línea constante y previsible de desarrollo. El sindicalismo, que se presentó como iniciador de una tradición libertaria “espontaneísta”, fue en realidad uno de los tantos disfraces del espíritu jacobino y abstracto.

Estos son los errores de la corriente sindicalista, que no logró sustituir al Partido Socialista en el deber de educar para la revolución a la clase obrera. Obreros y campesinos sentían que, mientras la clase propietaria y el estado democrático-parlamentario dictasen las leyes de la historia, toda tentativa de evasión de estas leyes sería vana y ridícula. Es cierto que en la configuración general asumida por la sociedad con la producción industrial, cada hombre puede participar activamente en la vida y modificar el ambiente sólo en cuanto obre como individuo-ciudadano, miembro del estado democrático-parlamentario.

La experiencia liberal no es inútil y no puede ser superada sino después de haberla realizado. El apoliticismo de los apolíticos fue sólo una degeneración de la política: negar y combatir al estado es un hecho político tanto como intervenir en la actividad histórica general que se unifica en el parlamento y en las comunas, instituciones populares del estado. Varía la calidad del hecho político: los sindicalistas trabajaban fuera de la realidad, y por consiguiente, su política era fundamentalmente equivocada; los socialistas parlamentaristas trabajaban en el interior de las cosas, podían errar (cometieron frecuentes y graves errores), pero no se equivocaron en el sentido de su acción y por eso triunfaron en la “competencia”; las grandes masas, que con su intervención modifican objetivamente las relaciones sociales, se organizaron alrededor del Partido Socialista, A pesar de todos los errores e imperfecciones, el partido logró, en última instancia, su misión: convertir en alguien al proletario que no era nada, darle una conciencia, darle al movimiento de liberación un sentido recto y vital que correspondía, en líneas generales, al proceso de desarrollo histórico de la sociedad humana.

El error más grave del movimiento socialista fue de naturaleza similar al de los sindicalistas. Participando en la actividad general de la sociedad humana en el estado, los socialistas olvidaron que su posición debía mantenerse esencialmente como crítica, como antítesis. Se dejaron absorber por la realidad, no la dominaron.

Los comunistas marxistas deben caracterizarse por una psicología que podríamos llamar “mayéutica”. Su acción no es de abandono al curso de los acontecimientos determinados por la ley de la competencia burguesa, sino de espectación crítica. La historia es un continuo hacerse, por consiguiente es esencialmente imprevisible. Pero esto no significa que “Todo” sea imprevisible en el hacerse de la historia, que la historia sea el campo del arbitrio y del capricho irresponsable. La historia es al mismo tiempo libertad y necesidad.

Las instituciones, en cuyo desarrollo y actividad se encarna la historia, nacieron y perduran porque tienen un deber y una misión para realizar. Surgieron y se desarrollaron determinadas condiciones objetivas de producción de los bienes materiales y de conciencia espiritual de los hombres. Si estas condiciones objetivas, que por su naturaleza mecánica son posibles de medir casi matemáticamente, cambian, cambia también la suma de relaciones que regulan y conforman la sociedad humana, cambia el grado de conciencia de los hombres; la configuración social se transforma, las instituciones tradicionales se empobrecen, resultan inadecuadas para su deber, se vuelven obstruyentes y nocivas.

Si en el hacerse de la historia la inteligencia fuese incapaz de adoptar un ritmo, de estabilizar un proceso, la vida de la civilización sería imposible: el genio político se reconoce en esta capacidad de apoderarse del mayor número posible de términos concretos, necesarios y suficientes para fijar un proceso de desarrollo; y en la capacidad de anticipar el futuro próximo y remoto y sobre la línea de esta intuición iniciar la actividad de un estado, jugar la suerte de un pueblo. En este sentido, Karl Marx fue sin duda el más grande de los genios políticos contemporáneos.

Los socialistas aceptaron muy a menudo la realidad histórica, producto de la iniciativa capitalista; cayeron en el error psicológico de los economistas liberales: creer en la perpetuidad de las instituciones del estado democrático, en su fundamental perfección. Según ellos la forma de las instituciones democráticas puede ser corregida, modificada aquí y allá, pero puede ser fundamentalmente respetada. Un ejemplo de esta psicología estrechamente vanidosa está dado por el juicio despreciativo de Filippo Turati, según el cual el parlamento es al Soviet lo que la ciudad es a la horda bárbara.

De esta errónea concepción del devenir histórico, de la vieja práctica del compromiso y del “cretinismo parlamentario”, nace la fórmula actual sobre la “conquista del Estado”.

Estamos persuadidos, después de las experiencias revolucionarias de Rusia, Hungría y Alemania, que el estado socialista no puede encarnarse en las instituciones del estado capitalista, sino que es una creación fundamentalmente nueva con respecto a éstas y con respecto a la historia del proletariado. Las instituciones del estado capitalista están organizadas para los fines de la libre competencia: no basta cambiar el personal para orientar en otro sentido su actividad.

El estado socialista no es todavía el comunismo, es decir, la implantación de una práctica y de una modalidad económica solidaria, sino el estado de transición que tiene el deber de suprimir la competencia con la supresión de la propiedad privada, de las clases, de las economías nacionales: este deber no puede ser cumplido por la democracia parlamentaria. La fórmula “conquista del estado” debe ser entendida en este sentido: creación de un nuevo tipo de estado, originado en la experiencia asociativa de la clase proletaria, y sustitución por éste del estado democrático-parlamentario.

Aquí volvemos al punto de partida. Dijimos que las instituciones del movimiento socialista y proletario del período precedente al actual, no se desarrollaron con autonomía, sino como resultantes de la configuración general de la sociedad humana dominada por las leyes soberanas del capitalismo. La guerra invirtió la situación estratégica de la lucha de clases. Los capitalistas perdieron la preeminencia; su libertad fue limitada; su poder, anulado. La concentración capitalista llegó al máximo desarrollo posible, realizando el monopolio mundial de la producción y de cambios. La correspondiente concentración de las masas trabajadoras dio una potencia inaudita a la clase proletaria revolucionaria.

Las instituciones tradicionales del movimiento se volvieron incapaces de contener tanta irrupción de vida revolucionaria. Su misma forma es inadecuada para la disciplina de las fuerzas concurrentes en el proceso histórico consciente. Estas no están muertas. Nacidas como funciones de la libre competencia, deben continuar subsistiendo hasta la supresión de todo residuo de competencia, hasta la completa supresión de las clases y de los partidos, hasta la fusión de las dictaduras proletarias nacionales en la Internacional comunista. Pero junto a éstas deben surgir y desarrollarse instituciones de tipo nuevo, de tipo estatal, que remplazarán las instituciones privadas y públicas del estado democrático-parlamentario. Instituciones que sustituyan a la persona del capitalista en las funciones administrativas y en el poder industrial, y realicen la autonomía del productor en la fábrica; instituciones capaces de asumir el poder directivo de todas las funciones inherentes al complejo sistema de relaciones de producción y cambio que ligan las secciones de una fábrica entre sí, constituyendo la unidad económica elemental, que ligan las variadas actividades de la industria agrícola, que por planos horizontales y verticales deben constituir el armonioso edificio de la economía nacional y internacional, librado de la tiranía obstruyente y parasitaria de los propietarios privados.

Nunca el impulso y el entusiasmo revolucionario fueron más fervientes en el proletariado de Europa occidental. Pero parece que en el momento actual a la conciencia lúcida y exacta del fin no la acompaña una conciencia también lúcida y exacta de los medios adecuados para el logro de tal fin. Está muy arraigada en las masas la convicción de que el estado proletario debe estar encarnado en un sistema de consejos de obreros, campesinos y soldados. No se formó todavía una concepción táctica que asegure objetivamente la creación de este estado. Por eso es necesario crear desde ahora una red de instituciones proletarias, radicadas en la conciencia de las grandes masas, seguras de la disciplina y de la fidelidad permanente de las grandes masas, en las que la clase de los obreros y de los campesinos, en su totalidad, asuma una forma rica en dinamismo y en posibilidades de desarrollo.

Es cierto que si hoy, en las condiciones actuales de organización proletaria, se verificase un movimiento de masas con carácter revolucionario, los resultados se consolidarían en una pura corrección formal del estado democrático, se resolverían en un aumento de poder de la cámara de diputados (a través de una asamblea constituyente) y en el ascenso al poder de los socialistas, charlatanes y anticomunistas. La experiencia alemana y austríaca debe servir de ejemplo.

Las fuerzas del estado democrático y de la clase capitalista son todavía muy grandes: es necesario no ocultarse que el capitalismo se rige especialmente por la obra de sus sicofantes y de sus lacayos, y la simiente de tal progenie no ha desaparecido.

La creación del estado proletario no es, en resumen, un acto taumatúrgico: es también un hacerse, un proceso de desarrollo. Presupone un trabajo preparatorio de sistematización y propaganda. Necesita dar mayor desarrollo y mayores poderes a las instituciones de fábricas, ya existentes, hacer surgir otras similares en los pueblos, conseguir que los hombres que las compongan sean comunistas conscientes de la misión revolucionaria que la institución debe llevar a cabo.

De otra manera todo nuestro entusiasmo, toda la fe de las masas trabajadoras no logrará impedir que la revolución se convierta miserablemente en un nuevo Parlamento de embrollones, de fatuos e irresponsables, y que sean necesarios nuevos y más espantosos sacrificios para el advenimiento del estado de los proletarios.

[1]             Revista Pasado y Presente (segunda época) n° 272. Enero de 1973
[2]             Gramsci se refiere aquí al anarco sindicalismo. [N. del T.]

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