LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA – LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA [1]

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La coyuntura política española de 1936-1939 y que tiene su antecedentes más determinantes en el proceso abierto con la instauración de la república en 1931 llevará al país a un agudo enfrentamiento de clases que dividirá a España no sólo socialmente sino en dos regiones geográficas, cuyos límites se irán definiendo con el transcurso de la guerra. A la aguda radicalización de los sectores explotados corresponderá, en el campo nacionalista, una gran concentración política alrededor de los núcleos derechistas, en los que se apoyará el ejército para realizar su proyecto político de aplastamiento de las masas revolucionarias por medio de ía instauración de una dictadura basada en el terror.

Estos grupos eran la Falange de Primo de Rivera, los Carlistas tradicionalistas de Fal Conde, los monárquicos de Calvo Sotelo y otros grupos de extrema derecha de importancia menor, la figura del general Francisco Franco se irá destacando sobre los otros jefes militares de la sublevación (Mola, Queipo del llano) y concentrará “los poderes absolutos del estado” desde su puesto de “generalísimo” y de “Caudillo” del Movimiento que se convertirá en su monolítica base de apoyo: la Falange.

El programa del gobierno provisional de la España nacionalista erigido en octubre de 1936 y que tenía su sede en Salamanca sintetizaba las dos tendencias mayoritarias que hasta ese momento compartían el poder bajo Franco: la Falange y los carlistas. Sostenía así su objetivo de constituir un gobierno totalitario, la posibilidad de la restauración monárquica y la “unidad de la Nación”, junto con los principios corporativistas del falangismo de trabajo obligatorio, garantías contra los excesos del capitalismo, salarios justos y posible participación de los obreros en los beneficios de las empresas, sobre la base del sometimiento del movimiento obrero, impedido de actuar libremente.

Al prolongarse la guerra, las contradicciones de los sectores políticos que apoyaban al Movimiento militar se agudizaron y Franco comprendió ía importancia de cohesionar su frente, lo que indudablemente le traería incomparables ventajas frente a una república sectorizada por serias disidencias internas. En este camino Franco logró la disolución de todos los partidos políticos de derecha y el 19 de abril de 1937 lanzó el decreto por el cual se imponía ia existencia del Partido Unico. Después de reprimir algunas resistencias de sectores del viejo falangismo que se oponían a su coexistencia con los monárquicos y ía Iglesia entroncada fuertemente con aquella, Franco convirtió a la Falange en el “movimiento militante inspirador y base del estado español” nacional-sindicalista. La Falange, con una estructura absolutamente vertícalista, encuadró en su seno a diversas organizaciones de la juventud, de las mujeres, de estudiantes universitarios (se creó un Sindicato Único Universitario). A nivel de la producción económica el sindicato agrupaba en forma obligatoria a obreros, empleados y patrones, dirigido por los funcionarios nombrados directamente por la Falange.

Un fuerte control ideológico, ejercido fundamentalmente por la iglesia por medio del monopolio de la enseñanza, desempeñó un papeí de suma importancia en la consolidación del estado totalitario. La religión ahuyentó así el fantasma del “materialismo” y promovió el “espíritu”; el militarismo que se introdujo en todos los resortes de !a sociedad evitó la indisciplinas; por último, un sentimiento exacerbado de nacionalismo ultramontano educó a la población en la “defensa y reconquista de la hispanidad”, de la oligarquía y la burguesía. Y como telón de fondo, un sistema de terror y represión que desde el primer momento se mostró dispuesto a proceder con el salvajismo más despiadado.

Al terminar la guerra, el Nuevo Estado de Franco se estructuró definitivamente sobre sus fundamentales pilares: el Ejército, la Iglesia y la Falange. El triunfo de la dictadura militar dejó un saldo de más de un millón de muertos, 350.000 exiliados y cárceles abarrotadas de presos políticos (llegó a haber más de 300.000). Esto además de un pueblo sumido en un agudo atraso y miseria, pero con un estado que se definía a sí mismo como “estado Nacional-Sindicalista, totalitario, autoritario, imperialista y ético-misional” y que, tras el aplastamiento del movimiento obrero, se mantuvo hasta la muerte del tirano.

 

LA SUBLEVACIÓN DE ABRIL

EI proceso que estalla en abril de 1936 con la sublevación del ejército liderado por Franco es consecuencia de la inmensa y creciente movilización de masas que se produce a partir del triunfo electoral del Frente Popular y que demuestra que las aspiraciones de éstas excedía en mucho los límites del programa que habían votado. Durante los tres años de sacrificios, privaciones, muertes, traiciones y fracasos que vivió el pueblo español, se desarrollaron dos procesos ligados íntimamente a los que, algunos sectores pertenecientes al frente republicano se empeñaron en separar: la Revolución y la Guerra. En ellos nos detendremos, es decir, en los aspectos que hacen esencialmente a la Revolución Española: los organismos de poder de masas, las milicias populares, las conquistas y transformaciones logradas en ese breve y riquísimo período.

 Con la sublevación y el comienzo de la guerra la alternativa única era: o “se hacía la revolución para ganar ia guerra” o “se ganaba la guerra para hacer la revolución”. En la medida en que las masas mantuvieron durante el primer período un relativo control de la situación, en medio del desorden y la confusión, la primera alternativa parecía imponerse. Pero tal situación no encontró, de hecho, una expresión consciente, la conformación de un poder obrero revolucionario. Entre las dos perspectivas que se abrían para España –comunismo o fascismo– la revolución titubeó y abrió las puertas a la contrarrevolución, que introdujo, como una cuña, una tercera alternativa: la república democrático-burguesa. A costa de imponer, inevitablemente, tal ‘etapa’, la revolución proletaria fué aplastada para dar paso a esa república democrático-burguesa que se desangrará hasta hacer caer a todo el pueblo español bajo una dictadura militar fascista.

FRENTE A LA SUBLEVACIÓN MILITAR

Mientras el gobierno insistía en reducir a un rumor la información sobre el inminente golpe militar que se preparaba, desde Marruecos, el 18 de julio de 1936 Franco lanzaba la consigna de “Salvar a España”. Contaba con la adhesión de muchas unidades militares, de la Legión Extranjera española y de un ejército de moros dispuesto a invadir España. Sevilla cae entonces en manos de los fascistas. La contrarrevolución militar avanza mientras el gobierno hace llamados a la tranquilidad agradeciendo los ofrecimientos de ayuda para la defensa que le hacen las organizaciones obreras que exigían la entrega inmediata de armas.

 “Gracias a las medidas de previsión tomadas por el gobierno –afirma un comunicado– puede decirse que un vasto movimiento antirrepublicano ha sido abortado. La acción del gobierno será suficiente para restablecer la normalidad.”

 Los Partidos Socialista y Comunista explicitan su posición frente á los hechos:

 “El momento es difícil, pero no desesperado. El gobierno está seguro de poseer los medios suficientes para aplastar la tentativa criminal. En el caso de que estos medios fuesen insuficientes, la República tiene la promesa solemne del Frente Popular. Este está decidido a intervenir en la lucha a partir del momento en que la ayuda sea pedida. El gobierno manda y el Frente Popular obedece”.

Era evidente que la situación revolucionaria planteada a partir de la instauración del gobierno del Frente Popular en mayo y acelerada ahora con el estallido de la sublevación militar ponía aún más a la orden del día la única alternativa posible: o el proletariado se adueñaba del poder o la república desaparecía bajo una dictadura militar contrarrevolucionaria. No había cabida en la realidad española para una república democrático-burguesa que republicanos, socialistas y comunistas intentaban defender frenando la insurrección por un lado e impidiendo, por el otro, que se armara al proletariado. Mientras el primer ministro, Cáceres Quiroga, presentaba su renuncia al presidente Azaña, el 19 de julio, la CNT y la UGT hacían el llamado a la huelga general. Azaña encargará a Martínez Barrio la dirección del nuevo gabinete, que estará compuesto exclusivamente por republicanos derechistas en un intento de serenar y negociar con los militares sublevados. Al conocerse la conformación del nuevo gabinete, miliares de manifestantes se congregaron espontáneamente exigiendo armas para enfrentar a los militares. Pero en el ánimo de Martínez Barrio, así como en el de Cáceres Quiroga, no estaba la intención de convertirse en porteros de la revolución obrera y sí el de evitarlo, aún a costa de la república. Azaña entregó el gobierno a Giral, quien disolvió el ejército y decretó la distribución de las armas a las organizaciones obreras. Las derrotas más graves las sufrieron los militares en Barcelona, Madrid, Málaga, las provincias vascas y Valencia.

CATALUÑA

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Cuando comenzaron a difundirse los rumores sobre la sublevación, representantes de la CNT y de la UGT de Barcelona s

olicitaron al gobierno de la generalidad la distribución de armas. Ante la

negativa, el 17 de julio los militantes asaltaron los cuartos de armas de distintos, barcos anclados en el puerto de Barcelona. Apenas se confirmó la noticia del levantamiento, la CNT lanzó la orden de’huelga general y los obreros se lanzaron a la requisa de cuanta arma o elemento pudiese servir para la lucha. Almacenes, buques, talleres, fueron asaltados por las multitudes, que escaparon ai control de sus propios dirigentes, quienes, como Durruti y García Oliver, trataban inútilmente de organizar las brigadas y el reparto de armas para evitar enfrentamientos con la guardia civil. No obstante ello, la guardia se plegó al movimiento y repartió armas entre los trabajadores. Finalmente, el 19 de julio, las tropas dirigidas por Goded y los falangistas iniciaron la sublevación. Así describe Brué la defensa de Barcelona:.. para los obreros barceloneces, que eran muchísimos, había llegado el momento –largo tiempo temido, finalmente deseado y esperado– del arreglo de cuentas. Desde la barceloneta, desde los barrios del puerto acudieron para cerrar el camino a los golpistas. Mal armados, cuando no iban con las manos desnudas, sin dirección centralizada, no conocían más que una táctica, que consistía en echarse para adelante y, sufrieron graves pérdidas. Pero los muertos y los heridos fueron inmediatamente reemplazados y la multitud sumergió a los soldados.

Los militantes obreros estaban en primera fila y cayeron por docenas. El secretario de la Juventud Socialista Unificada Catalana, Francisco Graells, el de ías juventudes del POUM, Germinal Vidal, el secretario de los anarquistas de Barcelona, Enrique Obregón, cayeron en la plaza de Cataluña, donde los sublevados ocupaban los edificios más importantes, el hotél Colón, la Central telefónica, El El dorado. Allí fueron verdaderamente sitiados: el valor es tan contagioso como el miedo y los cálculos de los militares profesionales se vinieron abajo ante una multitud que no temía la muerte, ante esas masas que se lanzaron a descubierto bajo el fuego de las ametralladoras y se apoderaron de ellas, dejando en las plazas y en las calles centenares de cadáveres… Los soldados empezaron a amotinarse y a cambiar de bando, los edificios fueron reconquistándose y en la mañana del 20 de julio los obreros se habían apoderado no solo de los cuarteles y sus armas sino de toda la ciudad. Grupos armados se movilizaron hacia otros pueblos y ciudades de la provincia y evitaron ta sublevación. No quedaba en Barcelona otro poder que el de los obreros armados. No existía ya ni guardia civil ni ejército que dependiera del gobierno de la Generalidad. Companys, al frente del gobierno ante los delegados obreros reconoce su debilidad y ofrece su renuncia. El gobierno estaba a la mano de las fuerzas trabajadoras revolucionarias, pero los anarquistas se negaron a tomarlo y aceptaron la colaboración de los republicanos, quienes más tarde se volverían en su contra. Mientras los socialistas y comunistas proponían a Companys la formación de “milicias de la Generalidad” que reforzarían la independencia del gobierno frente a los militantes de la CNT y el POUM, Companys aceptó el poder de hecho, basado en los obreros armados, en los comités-gobierno sobre los que se constituyó el Comité Central de las Milicias Antifascistas de Cataluña, que quedó conformado de la siguiente manera: tres representantes de la CNT, tres de la FAl, uno del POUM, uno de los rabassaires, uno de la Esquerra, tres de la UGT y uno del PSUC. Tal representación, que no respondía a la real correlación de fuerzas de las distintas organizaciones –la CNT tenía indiscutiblemente la hegemonía sobre el movimiento obrero–, fue resultado de la negativa de ésta a tomar el poder, lo que la llevó a una política de colaboración con quienes, horas antes habían estado dispuestos a entregarse a los militares antes de armar a los propios trabajadores anarquistas .

 

LA ENTREVISTA ENTRE COMPANYS Y LOS REPRESENTANTES DE LA CNT Y LA FAI

“…Sofocado el movimiento en Barcelona, Companys llamó a la CNT y a la FAI a su despacho de la Generalidad. García Oliver, militante influyente entre los más, acudió entre otros al llamamiento. De esta entrevista ha dado él mismo la siguiente referencia:

“Ibamos armados hasta los dientes: fusiles, ametralladoras y pistolas. Descamisados y sucios de polvo y de humo.

 ‘Somos los representantes de la CNT y de la FAI, que Companys ha llamado —le dijimos al jefe—; y esos que nos acompañan son nuestra escolta…’

Companys nos recibió de pie, visiblemente emocionado. Nos estrechó la mano, y nos hubiese abrazado si su dignidad personal, afectada vivísimamente por lo que pensaba decirnos, no se lo hubiera impedido. La ceremonia de presentación fue breve. Nos sentamos, cada uno de nosotros con el fusil entre las piernas. En substancia, lo que nos dijo Companys fue lo siguiente:

 “…Ante todo, he de deciros que la CNT y la FAI no han sido nunca tratadas como se merecían por su verdadera importancia. Siempre habéis sido perseguidos duramente, y yo, con mucho dolor, pero forzado por las realidades políticas, que antes estuve con vosotros, después me he visto obligado a enfrentarme y perseguiros. Hoy sois los dueños de la ciudad y de Cataluña porque sólo vosotros habéis vencido a los militares fascistas, y espero que no os sabrá mal que en este momento os recuerde que no os ha faltado la ayuda de los pocos o muchos hombres leales de mi partido y de los guardias y mozos…”

 Meditó un momento, y prosiguió lentamente:

 “…Pero la verdad es que, perseguidos duramente hasta anteayer, hoy habéis vencido a los militares y fascistas. No puedo, pues, sabiendo cómo y quiénes sois, emplear un lenguaje que no sea de gran sinceridad. Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo. Si por el contrario creéis que en este puesto, que sólo muerto hubiese dejado ante el fascismo triunfante, puedo, con los hombres de mi partido, mi nombre y mi prestigio, ser útil en esta lucha, que si bien termina hoy en la ciudad, no sabemos cuándo y cómo terminará én el resto de España, podéis contar conmigo y con mi lealtad de hombre y de político que está convencido de que hoy muere todo un pasado de bochorno, y que desea sinceramente que Cataluña marche a la cabeza de los países más adelantados en materia social…”

 Tomado de José Peirets, “La CNT en la Revolución Española”

De todas maneras, el Comité Central ejercería en la primera etapa de la revolución el poder real en Cataluña en todos los órdenes: funciones legislativas, ejecutivas en todos los planos, económicas, educativas, de guerra, transporte, abastecimiento, industrias de guerra, justicia. El Comité Central era, de hecho, el gobierno obrero de la revolución obrera.

MADRID

En Madrid las milicias obreras se adueñaron de las calles antes de que el ejército atinara a iniciar la rebelión. En los primeros días de julio se habían producido huelgas importantes. Los obreros tranviarios se habían apoderado de la compañía, que pasó a funcionar bajo su control y propiedad. El 19 de julio 70.000 obreros de la construcción iniciaron una huelga dirigida por las dos centrales sindicales. Ante la resistencia patronal a aumentar los salarios los huelguistas se organizaron para asegurar su abastecimiento obligando a los comerciantes a entregarles alimentos. Ante la impotencia de la policía, la Falange intervino atacando a los obreros, quienes asumieron la necesidad de la organización armada. Cuatro días más tarde el gobierno arbitraba la solución del conflicto otorgando a los obreros el aumento solicitado. La UGT decidió la vuelta al trabajo mientras que la CNT continuó la huelga, ya no por reivindicaciones laborales sino como “una prueba de fuerza con la burguesía y el estado, una verdadera huelga insurreccional”.

Al estallar la sublevación los obreros de la construcción se lanzaron a la ofensiva recuperando los locales que habían sido cerrados por la policía. El 19 las dos centrales declararon la huelga general y tomaron prisioneros a los militantes conocidos como hostiles al gobierno. El 20 los rebeldes, acantonados en el Cuartel de la Montaña, fueron atacados por una multitud enardecida. Muchos trabajadores cayeron ante la falta de organización, de armas y de capacidad de combate, pero finalmente invadieron el cuartel, fusilaron a los oficiales y se repartieron las armas.

VALENCIA

El gobierno del Frente Popular admitió su debilidad aún frente a su guarnición militar, la cual, encerrada en sus cuarteles, no se decidía a concretar la sublevación. Se nombra entonces un Comité Ejecutivo, constituido por un delegado de cada partido y dos por cada central sindical. El 19 de julio había comenzado la huelga y la movilización general de los trabajadores. El gobierno central envió a Valencia una junta delegada cuyo objetivo era lograr la negociación con el general Monje, jefe de la guarnición, y para ello requería la disolución del comité y el levantamiento de la huelga y del sitio a los cuarteles por los obreros.

“El comité se dividió: la CNT, el Partido Socialista, la UGT y el POUM querían rechazar el ultimátum gubernamental. La Izquierda Republicana y el Partido Comunista estimaban que el Comité debía poner un ejemplo de disciplina y someterse a la autoridad legal del gobierno, encarnada en Valencia por la Junta Delegada.”

El Comité Ejecutivo se negó finalmente a disolverse, mientras desde Barcelona y Madrid los sindicatos les enviaban las armas que el gobierno y la junta se negaban a entregar. Después de quince días, la CNT y la UGT resolvieron la vuelta a! trabajo: los obreros se negaron a cumplir la orden y el 27 de julio se lanzaron al asalto de los cuarteles, apoyados por soldados que se amotinaron contra sus oficiales y pasaron a integrar las milicias. El conflicto de poderes, que tan abiertamente se había planteado en Valencia, quedó resuelto en los hechos: el gobierno capituló, la Junta delegada fue disuelta y el poder fue reconocido, al Comité Ejecutivo que asumió características similares al Comité Central de Cataluña.

El “movimiento” iniciado por Franco contó con triunfos y fracasos a lo largo y ancho de España. Brué afirma:

“que fue menos en la acción de los golpistas que en la reacción de los obreros, de los partidos y de los sindicatos, y de su capacidad de organizarse militarmente, en una palabra, en su perspectiva política misma, donde residió la clave del resultado de los primeros combates. En efecto, cada vez que las organizaciones obreras se dejaron paralizar por el cuidado de respetar la legalidad republicana, cada vez que sus dirigentes se contentaron con la palabra dada por los oficiales estos últimos vencieron”.

Así el ejército triunfó en Burgos, Cádiz, Granada, Huelva y Galicia. La demora en la resolución del conflicto de poderes en Valencia determinó la consolidación del ejército en Zaragoza. Ante el copamiento de Aragón, la CNT y la UGT lanzaron a sus gremios a la huelga general y a la organización armada en los barrios obreros. Pero su resistencia solo duró una semana antes de ser definitivamente liquidada. Trágica fue la toma de Sevilla, que contaba con las dos centrales sindicales organizadas poderosamente. Desconcertados, los obreros perdieron la iniciativa y sus grupos de asalto fueron aniquilados por la guardia civil y los falangistas, que en pocos días asesinaron a más de 9.000 obreros. Oviedo, capital de Asturias revolucionaria, cayó por la confianza en la lealtad de su guarnición. Las centrales sindicales habían enviado para la defensa de Madrid sus guardias más combativas y todas sus armas. Se hallaron así sin protección, y miles de obreros de elevada formación combatiente quedaron aislados del resto de España.

Hacia los últimos días de julio España se había dividido. La resistencia obrera, la sublevación de los soldados, habían hecho fracasar el golpe en los centros más importantes del país, y se producía aquello que el ejército había querido evitar: la revolución obrera. El gobierno republicano se vio privado de su organización armada. Las milicias que defendían la república eran milicias obreras y eran éstas las que realmente detentaban el poder. Pero no se trataba de un poder republicano: el capitalismo empezaba a ser destruido en las zonas en que la rebelión había fracasado. Los medios de producción pasaron, de hecho, a los trabajadores. En las ciudades y en el campo los medios de producción y las tierras eran apropiados por los obreros y campesinos. Nuevos órganos de poder aparecían por todos lados, nacidos desde la base de un movimiento popular que luchaba contra la opresión burguesa: comités de defensa, de guerra, ejecutivos, de salud pública, órganos antifascistas que eran elegidos en las fábricas, en los barrios, en las aldeas en asambleas generales, con desorden, sin un programa preciso, pero con efectividad.

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LAS MILICIAS POPULARES

Durante los primeros cuarenta y cinco días que siguieron ai golpe militar la zona republicana no conoció otro orden que el impuesto por los trabajadores armados. Hombres, mujeres y ancianos recorrían las calles ostentando sus armas y muchas veces hacían justicia en forma desordenada y espontánea: oficiales, falangistas, conocidos líderes de las clases dominantes, curas, policías, eran fusilados en sus casas, en las calles, en sus oficinas. Las iglesias eran incendiadas o destinadas a nuevos usos de la comunidad y sus tesoros pasaban a financiar las acciones revolucionarias. Los hoteles de lujo eran convertidos en escuelas, los conventos en hospitales. El poder del estado estaba realmente deteriorado y se encontraba a merced de las masas. En el plano militar, el gobierno no tenía ejército. Las milicias habían nácido en parte por iniciativa de los partidos y sindicatos y en parte espontáneamente. La primera milicia había nacido en Barcelona a instancias de la CNT. Una vez controlada la sublevación en Cataluña, Durruti organizó la primera columna con seis mil milicianos que recorrerían el frente. En Valencia, el Comité Ejecutivo organizó la “Columna de hierro”, la “Desesperada”, la “Columna Fantasma”. Los jefes de las primeras columnas, sobre todo las que se movilizaban al frente, eran dirigentes políticos y sindicales. En general, ninguno tenía formación militar, aunque en algunos casos suboficiales subalternos que ‘formalmente’ adherían a la república actuaban como respaldo técnico.

La característica más importante era que cada partido o sindicato organizaba sus propias columnas y esa descentralización aportaba una seria desventaja ante un enemigo centralizado. En Madrid, los comunistas organizaron el conocido Quinto Regimiento y la Izquierda Republicana el Regimiento de Acero. También cada organización articuló sus propias milicias de retaguardia, encargadas de mantener el orden en las zonas alejadas del frente.

El gobierno de Gira! intentaba encuadrar a los milicianos bajo su gobierno y en los primeros días de agosto trató de movilizar a las columnas madrileñas. Los mismos milicianos, la CNT, la UGT, POUM, salvo el PCE, reaccionaron violentamente contra el intento de la constitución de un ejército regular. El 20 de agosto Largo Caballero decía desde Claridad:

“pensar que otro tipo de ejército debe sustituir al que combate realmente y que, en cierta medida, controla su propia acción revolucionaria es pensar en términos contrarrevolucionarios”.

Y la CNT declaraba:

 “queremos ser milicianos de la libertad, no soldados en uniforme. El ejército ha sido un peligro para el país; sólo las milicias populares protegen las libertades públicas: ¡milicianos sí! ¡soldados nunca!”.

Este intento del gobierno aceleró aun más la organización de las bases y en muchas partes los sindicatos y partidos impulsaron la creación de “consejos de obreros y soldados”. Estos organismos cumplían la función de control sobre los mandos y técnicos militares y se fueron extendiendo en muchos cuerpos armados. Nacidos en Barcelona, a instancias del Comité Central de Milicias, se formaron en Levante, Madrid y aun en la derrotada Andalucía. También en Barcelona surgió la iniciativa de la formación de las Patrullas de Control, con la función de asegurar el orden revolucionario y compuestas por militantes de las organizaciones obreras. El desmantelamiento del ejército regular y el armamento de los trabajadores son una de las condiciones para la destrucción del estado burgués. Tal condición estaba dada, ostensiblemente, en julio de 1936 en España, allí donde la sublevación del ejército había fracasado. Pero el estado republicano, que era incapaz de sostenerse por sí solo, siguió existiendo formalmente porque ninguna de las organizaciones obreras intentó reemplazarlo por el poder obrero. Unos porque estaban en contra de cualquier tipo de gobierno, otros porque creían que la revolución debía encauzarse en el cumplimiento de la “etapa” democrático-burguesa” que a España le correspondía recorrer. La minoría luxemburguista y troskista fue aislada y exterminada.

Pacto firmado entre la CNT y la UGT el 26 de noviembre de 1936

 “Reunidas las representaciones del Comité nacional de la CNT de España y la Comisión ejecutiva de la UGT para determinar conjuntamente el criterio que les merecen los diversos problemas que la clase obrera tiene planteados, señalando, a la vez, las normas que estimen indispensables establecer para llegar a la solución inmediata de los mismos, acuerdan unánimemente dirigirse a todos los organismos sindicales para exigir la máxima cordialidad en sus relaciones, garantizándose mutuamente el derecho de cada obrero de sindicarse en aquella organización que mejor sepa interpretar sus sentimientos y sus ideales, y respetándose también el derecho de cada sindicato a orientar su actuación como corresponde a sus postulados clasistas. ‘Los problemas fundamentales afectan al pueblo en general y muy particularmente al proletariado; problemas cuya trascendencia no puede escapar a nadie y de los cuales enumeramos Unos cuantos: La guerra, las incautaciones, la colectivización, la tierra, el transporte, la industria, la. economía, los municipios, el comercio, etc.”

“Reseñamos éstos que significan la entraña de la vida social de los pueblos. Cuando la clase obrera y democrática de España tiene ante sí a su enemigo secular, amparado y protegido por el fascismo internacional, no puede tolerarse que nadie trate de afianzar su prestigio ni acrecentar sus fuerzas numéricas desgarrando violentamente las de sus afines en ideas. Unos y otros, la CNT y la UGT, precisan que se comprenda que si se inician las discusiones entre ambas representaciones del proletariado para buscar solución a los problemas arriba enunciados, es obligado, por tanto, que los obreros enrolados en ambas Sindicales se guarden entre sí la tolerancia y respeto que como hombres se merecen. No sería posible que nuestros esfuerzos en pro de la unidad tuvieran buenos resultados si al compás de nuestras discusiones se producen choques entre las fuerzas que representamos. Es de una lógica tan aplastante el argumento, que consideramos no precisa de mayores explicaciones. Por esto, termina esta nota pública recomendando a los trabajadores y a las Juntas directivas y a los Comités responsables de la Unión General de Trabajadores. y de la Confederación Nacional del Trabajo que impidan por todos los medios discusiones y rozamientos entre los trabajadores, y que todos tengan la vista fija en el frente de batalla, que anuncia nueva etapa de fraternidad como nunca el pueblo conoció.”

“Qué nadie olvide que en estas horas presentes sólo la unión del proletariado puede conducirnos a la victoria. Las representaciones de la UGT y de la CNT darán en plazo brevísimo su opinión sobre las cuestiones de más palpitante actualidad, y mientras ese instante llega, exigen de los organismos que representan disciplina en el cumplimiento del deber, acatamiento a las normas que señala el gobierno legal de la República, única forma de obtener la victoria, que queremos conquistar y que conquistaremos. Por el Comité nacional de la CNT: M. R. Vásquez, secretario; Macario Royo, por Aragón; Galo Diez, por el norte; Claro J. Sendón, por Levante; N. Báez, por Cataluña; Manuel Amil, por el Centro, y Avelino G. Entrialggo, por Asturias. Por la Comisión ejecutiva de la UGT: José Díaz Alor, vicepresidente; Pascual Tomás, vicesecretario; Felipe Pretel Iglesias, tesorero; Carlos Hernández, Manuel Lois, Mariano Muñoz, Amaro del Rosal y Ricardo Zabalza, vocales. Valencia, 26 de noviembre de 1936.”

José Peirets, “La CNT en la Revolución Española”

LAS TRANSFORMACIONES REVOLUCIONARIAS

LAS COLECTIVIZACIONES EN LA INDUSTRIA

En las semanas que siguieron al alzamiento militar el poder del pueblo y la debilidad de la estructura permitieron aceleradísimos procesos de colectivización tanto en la industria como en el agro. Las propiedades de la iglesia fueron las primeras en ser expropiadas cuando no destruidas. Muchos dueños de fábricas habían huido al extranjero y aún antes de la sublevación, a raíz de los acontecimientos que siguieron al triunfo del frente popular, habían colocado sus capitales a buen recaudo. Muchas fábricas importantes se encontraban paralizadas y una vez pasados los primeros días del alzamiento y estabilizada un tanto la situación se comenzaron a tomar medidas para la reactivación de la producción. Todo esto siempre enmarcado en las características de descentralización, librada cada medida a la iniciativa de cada sindicato o incluso de cada grupo de obreros. Por eso las medidas de reformas de la propiedad variaron según la supremacía de una u otra tendencia.

En Cataluña, donde la CNT era la organización más poderosa, el 70 % de las empresas fueron incautadas y sindicalizadas; lo mismo sucedió en el Levante. En cambio en Madrid, donde era preponderante la UGT, las empresas más importantes eran intervenidas y puestas bajo control de una comisión compuesta por delegados gubernamentales y sindicales, y lo mismo sucedió en Asturias con el comercio y la industria. El País Vasco constituía una excepción en toda la España republicana. Dominaba ahí el Partido Nacionalista, que representaba a la burguesía industrial más fuerte de España y que pudo controlar tanto la ofensiva del ejército, como al movimiento revolucionario obrero y mantener la propiedad privada.

En Cataluña fue donde el proceso de colectivización de la industria se dio con mayor profundidad. Durante cuatro meses las fábricas fueron administradas y controladas por los propios trabajadores. En octubre de 1936 una asamblea representativa de 600.000 obreros impuso al gobierno catalán un decreto por el cual se institucionalizaba la socialización de las empresas –que de hecho habíase concretado en los meses anteriores– y se imponía el control estatal.

“Fueron objeto de socialización –dice Guerín– las fábricas que empleaban a más de cien personas (las que daban trabajo a un número de cincuenta a cien obreros podían socializarse a requerimiento de las tres cuartas partes de éstos), las empresas cuyos propietarios habían sido declarados ‘facciosos’ por un tribunal popular o las habían cerrado y, por último, los establecimientos que eran tan esenciales para la economía nacional que no podían dejarse en manos de particulares (en rigor de verdad se socializaron muchas firmas que estaban endeudadas”.

Cada fábrica incautada era dirigida por un comité de control integrado por quince miembros representantes de distintas secciones y que eran elegidos por los obreros en asamblea general y tenían un mandato de dos años. Este comité designaba un director-delegado que ejecutaba sus mandatos. También cada comité estaba integrado por un delegado del gobierno. Pero en los primeros meses de la revolución el poder real de las empresas era ejercido por los trabajadores mientras que los delegados oficiales se convertían en figuras decorativas y representantes de un poder que no existía. Los nuevos funcionamientos de la dirección y control de las empresas adquirieron formas infinitamente variadas en cada fábrica, región o localidad. En cuanto al sistema de retribuciones, en algunas empresas –por ejemplo, la industria de la pesca en Gijon– los trabajadores no recibían sueldo alguno. Los comités de abasto (a los que los pescadores entregaban su producción) proveían de alimentos e indumentaria contra presentación de una cartilla. En otras fábricas, como la Ford Motor Ibérica, el comité fijaba un tope de salarios manteniéndose la diferenciación según la función. En otras, los salarios variaban según los beneficios logrados por la empresa y se repartían según un coeficiente diferente para cada categoría.

En otras fábricas se anuló toda diferenciación jerárquica y se implantó el salario uniforme, según el criterio anarquista. El comité resolvía también lo referente a la organización del trabajo, el tiempo de jornada, los descuentos, el destino de esos fondos.

El proceso de colectivización agudo que se vivió en Cataluña no se dio en la misma forma en el resto de la España republicana, pero de todas maneras, en los primeros meses, en todas las empresas que aún seguían bajo propiedad privada funcionaban comités obreros de control. A pesar de la amplitud de tas colectivizaciones no se logró modificar la estructura económica. Esto sucedió por varias razones: los bancos, el crédito y el comercio exterior permanecieron en manos del sector privado; la autonomía de cada empresa, la falta de centralización en el plan productivo llevó a una creciente competencia entre las distintas colectividades y se pudieron observar diferencias notables. Algunas colectividades eran ricas, lo que les permitía pagar altos salarios y aumentar la producción y otras, pobres y sin apoyo estatal, debieron reducir aun más los salarios y tenían dificultades en la obtención de materias primas. Esto Nevaría a la conformación de tendencias que derivaban hacia una especie de capitalismo sindical ya que cada unidad productiva centraba sus esfuerzos en función de sus intereses particulares. Las colectivizaciones en el campo: En el campo también se produjeron cambios de diferente carácter, según las zonas que demostraban una vez más la escasa integración de los revolucionarios y la improvisación que reinaba en sus acciones.

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 DECRETO DE COLECTIVIZACIÓN

Fragmento del “Decreto de colectivización de las Industrias y Comercios y control de las empresas particulares”, promulgado por el gobierno de Cataluña, 24 de octubre de 1936.

  Empresas Colectivizadas

 “Art. 29 Serán obligatoriamente colectivizadas las empresas industriales y comerciales que el día 30 de junio de 1936 ocupaban, a más de cien asalariados, y asimismo aquellas que, ocupando una cifra inferior de obreros, sus patronos hayan sido declarados facciosos o hayan abandonado la empresa. No obstante, las empresas de menos de cien obreros podrán ser colectivizadas sí se ponen de acuerdo la mayoría de los obreros y el propietario o propietarios. Las empresas de más de 150 obreros y menos de 1.000 podrán también ser colectivizadas, siempre que así lo acuerden las tres cuartas partes de los obreros. El ‘Consejo de Economía podrá acordar también la colectivización de aquellas otras industrias que, por su importancia dentro de la economía nacional o por otras características, convenga substraerlas de la acción de la empresa privada.

Art. 39 A los efectos del artículo precedente, la declaración de elemento faccioso únicamente podrán hacerla los Tribunales populares.

Art. 49 Se considerará elemento obrero, a los efectos integrantes del número total de trabajadores que formen la empresa, todo individuo que figure en su nómina, cualquiera que sea su concepto y tanto sí realiza un trabajo intelectual como manual.

Art. 59 Pasará a la empresa colectivizada todo el activo y pasivo de la anterior empresa.

Art. 69 A los efectos de la colectivización, las empresas constituidas por organizaciones autónomas de producción y venta y aquellas otras que posean diversos establecimientos y fábricas continuarán formando una organización totalitaria, y únicamente podrán separarse con la expresa autorización del Consejero de Economía de Cataluña.

Art. 79 Serán adaptados al servicio de la empresa colectivizada sus antiguos propietarios o gerentes, que se destinarán al puesto donde, por sus aptitudes de gestión o de técnicos, sea más conveniente su colaboración.

Art. 89 En el momento de producirse la colectivización no podrá suprimirse de la empresa ningún obrero, pero sí cambiarles de lugar con la misma categoría, si las circunstancias así lo exigen.

Art. 99 En las empresas donde hay intereses de súbdiíos extranjeros, los Consejos de empresa y los Comités de control, en cada caso, lo comunicarán a la Consejería de Economía, y ^ésta convocará a todos los elementos interesados o a sus representantes para tratar sobre el asunto y resolver lo que corresponda para la debida salvaguarda de aquellos intereses”.

Inmediatamente después del triunfo del Frente Popular se iniciaron las tomas de tierras por los campesinos. Después de la revolución del 19 de julio muchos hacendados, así como los industriales, hicieron abandono de sus tierras. Los campesinos, nucleados en mayor medida en la CNT y también en la UGT, resolvieron seguir cultivando las tierras por sus propios medios y las colectividades comenzaron a surgir casi espontáneamente. Las expropiaciones y colectivizaciones se hicieron algunas vecés bajo formas violentas.

Tal fue el caso de Aragón, donde al paso de la Columna de Durruti se realizó una matanza masiva de grandes propietarios. En esta provincia se constituyeron cerca de 450 colectividades, que agruparon a 400,000 campesinos, y fue allí donde los anarquistas pudieron desarrollar más ampliamente su experiencia “libertaria”. En el campo catalán sólo pudieron concretarse muy pocas comunas campesinas ya que esta era una zona de pequeña y mediana propiedad y la colectivización fue resistida.

 05-aplastar-al-facismoEn la región del Levante, donde la dirección era compartida por las dos centrales sindicales, se formaron cerca de 900 comunas. En Castilla, 300 que integraban a 100.000 campesinos. El funcionamiento que se impuso en general, pues hubo una infinidad de variaciones, era el siguiente: en cada localidad los campesinos elegían en asamblea general un comité administrativo encargado de dirigir la actividad económica. Todos los bienes materiales, excepto los de uso personal (ropas, utensilios, muebles) pasaron a ser de propiedad colectiva. Se estableció un sistema de salario uniforme en función de las necesidades de cada familia. En algunas comunas el dinero fue reemplazado por bonos, que eran canjeados por los productos en el mercado de la comuna. Muy separadas están las opiniones con respecto a las características que asumió el proceso de colectivización. Los anarquistas sostenían que era producto de la tendencia voluntaria de los campesinos a colectivizarse y que en ningún caso se ejercía presión sobre los pequeños propietarios, que, en muchos casos, se mantuvieron separados de las comunidades. Para otros –comunistas y republicanos– la colectivización fue impuesta por e! terror de las milicias y por los grupos de acción anarquistas. Pero, tal como lo señala Brué,

“el ‘terror’ es uno de los fermentos de la revolución y la discusión en torno a si esta última es voluntaria o forzada casi no tiene sentido. Por último, toda colectivización fue, al mismo tiempo, “voluntaria” y “forzada”, cada vez que fue decidida por la mayoría. Los que no tenían nada que perder “forzaron” indudablemente a los que poseían algo. Añadamos, por último, que las colectivizaciones tuvieron, sin duda alguna, menos adversarios en las primeras semanas de la revolución que después de varios meses de funcionamiento, en las condiciones poco favorables de la guerra y bajo ia constante amenaza de los requisamientos”.

La UGT y, fundamentalmente, la CNT impulsaban la colectivización de las fábricas, minas, tierras, allí donde su fuerza lo permitía, despertando la inquietud de las direcciones del Frente Popular –republicanos, socialistas (Prieto) y comunistas–, ya que para éstos la colectivización constituía un peligro para el frente de clases que propugnaban, e insistían en la necesidad de defender la propiedad del pequeño campesino y del pequeño industrial. El entusiasmo por las colectivizaciones y socializaciones tanto en el campo como en la industria chocó inevitablemente con dificultades económicas y políticas. Políticas porque la falta de una dirección organizadora y planificados centralizada impidió que se ordenara la producción. Cuando se comenzó, después de setiembre de 1936, la construcción de un poder central, este se hizo sobre la base de la restauración de la república burguesa y en detrimento del poder revolucionario de las masas trabajadoras. En Málaga, Valencia, Aragón y Asturias se habían creado consejos de Economía encargados de la dirección económica provincial. Pero aun en los momentos en que pudieron ejercer su autoridad, chocaron con las dificultades económicas: –-falta de fondos, de créditos, de materias primas–, pues los bancos y el comercio exterior seguía estando fuera del control estatal.

LOS COMITÉS-GOBIERNO

El gobierno frentista, una vez estallada la revolución, se convirtió en un organismo sin poder pues el poder real lo ejercían las masas organizadas en los comités-gobierno. Inicialmente estos comités eran realmente expresión de la voluntad revolucionaria de los trabajadores y no expresaban en su conformación diferenciaciones de afiliación política. Fueron el resultado de la organización defensiva de los trabajadores que habían elegido sus propias direcciones. Dice Brué:

“Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días siguientes a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región, no solamente en lo tocante a los problemas inmediatos, como el mantenimiento del orden y la regulación de los precios, sino también las tareas revolucionarias de la hora: socialización o sindicalización de las empresas industriales, expropiación de los bienes del clero, de los facciosos o, más simplemente, de los grandes propietarios, distribución de las cuentas bancarias, municipalización del alojamiento, organización de la información, escrita o hablada, así como de la enseñanza y de la asistencia social”.

Pero por falta de homogeneidad política las desaveniencias llevan rápidamente a estos comités a ser controlados por los sindicatos y partidos que pugnaban por lograr la hegemonía en el proceso, y poco a poco fueron perdiendo sus características de organismos democráticos de poder de masas y convirtiéndose en “comités de alianza” sometidos a la autoridad de las direcciones sindicales y partidarias, mientras se resolvía la disyuntiva de quién debía enfrentar la contrarrevolución: si los organismos de masas y sus milicias o si las fuerzas que querían reconstruir el poder del estado republicano en todos los niveles.

PRIMER BANDO DEL COMITÉ DE MILICIAS ANTIFASCISTAS DE CATALUÑA

“Constituido el Comité de Milicias antifascistas de Cataluña, de acuerdo con el decreto publicado por el gobierno de la Generalidad en el Boletín Oficial de hoy, ha tomado los siguientes acuerdos cuyo cumplimiento es obligatorio para los ciudadanos:

  1. Se establece un orden revolucionario, para el mantenimiento del cual se comprometen todas las organizaciones integrantes del comité.
  1. Para el control y la vigilancia, el comité ha nombrado los equipos necesarios para hacer cumplir rigurosamente todas las órdenes que de éste emanen. Con tal motivo, los equipos llevarán la credencial correspondiente que atestiguará su personalidad.
  1. Estos equipos serán los únicos acreditados por el comité. Todo aquel que actúe al margen será considerado faccioso y sufrirá las sanciones que el comité determine.
  1. Los equipos nocturnos serán rigurosos contra los que alteren el orden revolucionario.
  1. Desde la una a las cinco de la madrugada, la circulación quedará limitada a los siguientes elementos:
  1. a) A todos los que acrediten pertenecer a cualquiera de las organizaciones que constituyen el Comité de Milicias.
  1. b) A las personas que vayan acompañadas por alguno de estos elementos y que acrediten su solvencia moral.
  1. c) A los que justifiquen el caso de fuerza mayor que les obliga a salir.
  1. A fin de reclutar elementos para las Milicias antifascistas, las organizaciones que constituyen el comité quedan autorizadas para abrir los correspondientes centros de alistamiento y de adiestramiento. Las condiciones de este reclutamiento serán detalladas en un reglamento interior.
  1. El comité espera que, dada la necesidad de constituir un orden revolucionario para hacer frente a los núcleos fascistas, no tendrá necesidad, para hacerse obedecer, de recurrir a medidas disciplinarias.”

¿GANAR LA GUERRA O HACER LA REVOLUCIÓN?

Las milicias eran el brazo armado de la revolución proletaria, pero sus déficits a nivel militar (descentralización, falta de armamentos) las colocaba en inferioridad de condiciones con respecto al ejercito de Franco. La alternativa estaba entonces entre la estructuración de un ejército basado en las milicias, con oficiales que representaran fielmente las expectativas de los trabajadores, o de un ejército, también centralizado, pero organizado verticalmente, donde los obreros y sus organismos se subordinaran al gobierno republicano burgués. El debate expresó ostensiblemente las expectativas de las distintas organizaciones nucleadas contra la ofensiva militar. La iniciativa de la organización de un nuevo ejército, independiente de las milicias, partió de Azaña y fue apoyada por los socialistas de Prieto y el PCE. Prieto sostenía que ni España, ni la clase obrera española estaban maduras para el socialismo y que sólo un ejército verticalista, dependiente de! gobierno, podía evitar que España perdiese sus posibilidades de desarrollo capitalista en manos de la oligarquía. Los comunistas, obedientes a la I.C., que en ese momento se preocupaba por aliarse con las burguesías liberales de Francia e Inglaterra en contra del avance fascista, sostenían que para derrocar al fascismo era indispensable mantener la alianza con aquellos sectores y que ni Francia ni Inglaterra verían con buenos ojos una revolución proletaria en España. El 6 de agosto, Mundo Obrero, diario del PC, escribía:

 “Es absolutamente falso que el movimiento obrero actual tenga por objeto la instauración de la dictadura del proletariado una vez terminada la guerra. No puede afirmarse que nuestra participación en la guerra tenga un motivo social. Los comunistas somos los primeros en rechazar tal afirmación. Estamos movidos exclusivamente por el deseo de defender la República democrática”.

 Como declaración oficial, L’Humanité, de París, aclaraba aun más la posición de la I. C.:

 “El Comité Central del Partido Comunista Español nos encarece informemos al público, en contestación a los fanáticos y tendenciosos relatos publicados por ciertos periódicos, que el pueblo español no está luchando por la dictadura del proletariado, sino que sólo conoce una meta: la defensa del orden republicano, respetando al mismo tiempo la propiedad privada”.

El problema del armamento resultaba también un obstáculo para las fuerzas milicianas. Los militares nacionalistas eran abastecidos por Alemania e Italia, cada vez en mayor escala, con armas, aviones y asistencia técnica y luego aún con tropas. Los republicanos no recibieron, en un primer momento, ninguna ayuda en virtud del ‘pacto de no-intervención’ establecido entre el gobierno del Frente Popular francés, Inglaterra y la URSS.

Stalin quería mantener la alianza con las potencias europeas demo-liberales con el fin de contener la ofensiva del nazismo y la U.R.S.S. no incrementaría su ayuda a los republicanos españoles hasta no tener la plena seguridad de que el resultado de la guerra no iría más allá del mantenimiento de una república democrático-burguesa, es decir, a no ser que la lucha se limitara a enfrentar a Franco y dejara de ser también una lucha por la revolución. Los militantes del PCE siguieron, no obstante, participando decididamente de las acciones revolucionarias e interviniendo en la conformación de los comités-gobierno, mientras sus direcciones se aliaban con los republicanos y socialistas de Prieto, que propugnaban la conformación de un estado republicano fuerte que centralizara todo el poder. Largo Caballero, desde la UGT, criticaba las posiciones del PCE y de Prieto oponiendo una politica vaga en la que afirmaba que debía constituirse un gobierno obrero basado en el poder de los sindicatos.

La CNT, que objetivamente había abandonado su línea de rechazo a cualquier forma de gobierno con su participación mayoritaria en el C.C. de Cataluña, propuso en Madrid la conformación de una Junta Nacional de Defensa integrada por la UGT y la CNT. El POUM mantenía su posición del carácter socialista de la revolución española y bregaba por la instauración de un poder proletario.

A fines de agosto de 1936, en el marco de una nueva ofensiva del ejército y de la caída de Badajoz, se presentaban ante todas las organizaciones obreras dos alternativas: o se sobreponía el objetivo de la revolución obrera sin contar con el apoyo de la URSS, ni con la aprobación de las potencias “democráticas” europeas o se privilegiaba el objetivo de la guerra, reforzando el aparato de la república deteniendo la revolución. Largo Caballero apareció ante todos como la única posibilidad de sintetizar y resolver la controversia. Por su prestigio entre las masas. Largo Caballero ofrecía cierta garantía de que la revolución proletaria llegaría a su objetivo; para socialistas, republicanos y comunistas, Caballero era el único capaz de lograr la restauración del estado, su centralización, en tanto no contaba con un programa claro ni con una organización estructurada que pudiera homogeneizar el gobierno obrero que propugnaba.

Tanto la CNT como el POUM, incapaces de constituir el necesario gobierno central basado en los organismos revolucionarios existentes, brindaron a la burguesía, con su propia colaboración, la posibilidad de utilizar el prestigio de Caballero como líder de los trabajadores para revivir el aparato estatal burgués. Dice Pairets:

“Al frente de un gobierno de amplia representación popular, Caballero dará prestigio a las malparadas instituciones republicanas, rejuvenecerá el estado, realizará los objetivos imposibles de realizar hasta entonces: la militarización de las milicias, la puesta de estas en manos del gobierno y el desarme de la retaguardia. Después desaparecerá como un bólido para ceder el puesto a la contrarrevolución”.

Constituido el gobierno de Caballero con la colaboración de todos los sectores –la CNT se incorporó al gobierno central en noviembre– su tarea se centró en la organización centralizada de la zona republicana en todos los aspectos, es decir en poner fin, objetivamente, a la autonomía de los comités obreros y las milicias.

Los revolucionarios catalanes se plegaron al nuevo acuerdo. Se formó el gobierno de la Generalidad integrado por representantes de los sindicatos y partidos presidido por un republicano. El C.C. de las Milicias quedó subordinado al gobierno central con el aval del POUM y de la CNT y finalmente, el 1° de octubre, resolvió ‘autodisolverse’. El nuevo gobierno de la generalidad dispuso por decreto la disolución de todos los comités-gobierno de la provincia. En Valencia, el Comité Ejecutivo, sostenido por el POUM y una fracción del CNT, se resistió durante un tiempo a su disolución, pero debió ceder ante los ataques de las direcciones centrales y fue reemplazado por un gobernador socialista de izquierda y un alcalde la CNT. Lo mismo sucedió en Aragón, cuyo Consejo de Defensa fue declarado ilegal. Atacado por socialistas y comunistas, el propio comité regional de la CNT terminó acatando al gobierno. Los demás comités regionales se subordinaron sin resistencias al poder central. Los nuevos gobernadores eran nombrados directamente por el gobierno central. Los comités-gobierno fueron reemplazados por consejos municipales compuestos por un sistema de representación paritaria por los partidos y sindicatos, lo que de ninguna manera reflejaba la distribución real de los trabajadores y reemplazaba la democracia vigente por el verticalismo. Una vez lograda la centralización de las distintas regiones, el gobierno se abocó a la tarea de lograr el control de los grupos armados y a la creación de un ejército regular y de un cuerpo policial dependiente del estado. El 20 de setiembre el gobierno dictó un decreto por el cual todos los organismos armados confluían én el cuerpo único de las “Milicias de Retaguardia”, con lo cual quedaba constituida una fuerza policial única. Las milicias fueron militarizadas paulatinamente a partir de setiembre, casi bajo presión: solo los cuerpos movilizados recibían armas. De hecho se restableció un ejército regular, que, de mayor eficacia en el plano estríctamente militar, revertía toda la organización democrática impuesta por los obreros en beneficio del sistema de las jerarquías y la disciplina.

Por otro lado, el gobierno, por intermedio del ministro anarquista García Oliver, procedió a la legalización de las conquistas de la revolución y con ello selló también sus posibilidades de expansión. Además muchas veces disminuyó las medidas tomadas por los trabajadores. Lo cierto es que, en poco tiempo, el aparato estatal fue reconstruido, pero en las manos de la burguesía. Fue entonces, en octubre, cuando empezaron a llegar a España las primeras armas rusas y las Brigadas Internacionales.

Mientras la CNT y el POUM eran neutralizados, el PCE y el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña, sucursal de! PCE) se convertían en los partidos de más peso político en el proceso español. Cuando el acento estuvo puesto en el aspecto militar, el PCE, con su disciplina y el aporte de consejeros y técnicos comunistas de la URSS y del PC de otros países, se convirtió en el “partido militar de la República”. En poco tiempo el partido pasó, de 30.000 militantes a comienzos de la guerra civil, a un millón en junio de 1937.

ESTATUTOS DE LA COLECTIVIDAD DE GRANADELLA, LÉRIDA, 1936

“La Cultural obrera CNT de este término, en asamblea general, y después de leídos los Estatutos que a continuación se expresan, encaminados a la vida colectiva y a trabajar en común, los aprueba. Artículo 19 Esta sociedad tiene por objeto regirse de una manera libre e independiente, trabajar la tierra incautada, que, juntamente con la que aportarán los compañeros, se trabajará en Colectividad.

Art. 29 Esta Colectividad defenderá y divulgará tanto la parte moral como material y espiritual de todos los compañeros que la componen. Asimismo asistirá a todos los enfermos, taftito de medicina como de cirugía, en todos los aspectos. Art. 39 Dentro de la ‘Colectividad han de figurar todos los compañeros, de ambos sexos, que tengan de dieciocho años hasta la edad limitada, como individuales.

 Art. 49 Esta Colectividad, a fin de desarrollarse de la manera más amplia posible, se dividirá en diferentes secciones como son: abastos, construcción, agricultura, avicultura, horticultura, estadística, ganadería y gastronomía. Podrá ingresar algún otro ramo no previsto.

 Art. 59 La Colectividad acuerda aceptar a ftodos los compañeros que quieran ingresar en la misma, tanto si aportan como si no, quedando al salir, caso de no querer continuar, del mismo modo que entraron.

a) Si entra con deudas, tendrá que pagarlas la Colectividad; y si es acreedor, ingresará la cantidad al fondo de la misma. Si por diferentes causas no quisiera continuar, al salir habrá de pagar lo que la Colectividad le pagó, o cobrar lo que ingresó de una manera prudencial, y siempre que existan fondos o no represente ello dificultad económica para la Colectividad.

 b) La colectividad entiende que habrá tres formas de pagar las deudas contraídas por los compañeros que viven en ella. A saber: Primera. Se pagarán todas las deudas, previo el estudio de una comisión nombrada al efecto.

 Segunda. Hay deudas que han de pagarse por necesidad, por ser producto del trabajo.

Tercera. Hay deudas que no han de pagarse, por considerarse casos de usura o por afectar dichas deudas a personas que han ayudado, de manera directa o indirecta, al fascismo.

 Art. 69 Todas las personas que compongan la Colectividad han de aportar a la misma todo cuanto posean: maquinaria, herramientas, toda clase de cereales, productos del campo y el dinero que se tenga disponible.

 Art. 79 Esta Colectividad creará unos comedores, que no serán obligatorios. De momento se habrá de procurar comida para los compañeros que vivan solos. Podrán utilizar los comedores los que voluntariamente lo deseen.

 Art. 89 A todo compañero que tenga que salir de la localidad por necesidades de fuerza mayor, la Colectividad le facilitará los medios necesarios y correrán a su cargo los gastos. Art. 99 La Colectividad establecerá un subsidio de dos pesetas semanales para todos los productores que tengan dieciocho años cumplidos, y de una peseta a los mayores de quince años; se entregará también una peseta a los mayores de dieciocho años, con miras a pequeños gastos particulares.

 Art. 109 La Colectividad establecerá el retiro obrero para los miembros que lleguen a los setenta años, proporcionándoles además, cuanto necesiten.

 Art. 119 Se concederá el derecho excepcional a los que, por motivos de enfermedad, se vean obligados al retiro aun antes de la edad requerida.

 Art. 129 Lo no previsto en estos estatutos podrá ser acordado en asamblea extraordinaria convocada al efecto. En la Villa de Granadella, el 7 de octubre de 1936.”

 José Peirets, “La CNT en la Revolución Española”

LA DEFENSA DE MADRID

 La ofensiva militar contra Madrid, iniciada el 7 de noviembre, refuerza aún más el papel hegemónico que venía logrando el PCE. Asentado sobre la organización, militarmente eficaz, del Quinto Regimiento, la defensa de Madrid en los primeros días quedó en manos del PCE. Unos días antes, frente ai inminente ataque militar, se constituyó una Junta de Defensa, en la que participaron representantes de todos los partidos “antifascistas”. No obstante, el PCE vetó el ingreso del POUM, acusándolo de “trotsquista y enemigo de la Unión Soviética” y, además, de “agente del fascismo internacional”.

 Estaba en juego el equipamiento bélico, y tanto socialistas como anarquistas acataron la decisión. La defensa de Madrid fue la epopeya revolucionaria más grandiosa vivida durante el proceso revolucionario.

El gobierno de Largo Caballero se trasladó con urgencia a Valencia después que las tropas regulares republicanas sufrieran las primeras derrotas en el frente madrileño. El gobierno dejó al general Miaja como delegado en la Junta de Defensa y encargado de defender la capital. La Junta se constituyó en Madrid bajo la hegemonía del Partido Comunista. Este comprendió que, sin una real movilización de las masas, Madrid no tardaría en caer. Para ello apeló al sentimiento del pueblo trabajador madrileño haciendo llamados a la lucha por la “revolución proletaria”. Es destacable la actuación de Dolores Ibarburri, “La Pasionaria”, que logró la movilización de millares de mujeres madrileñas.

 “…Todo el mundo fuera, rápido, los aviones llegan. Pegarse al suelo en el jardín.

Salen, pero se quedan plantados junto a la puerta para mirar los aviones, dos aviones solamente, y Chuni, el primero, aúlla con todas sus fuerzas:

— Son los nuestros… los nuestros que vuelan sobre las posiciones de «ellos». Miren a la izquierda, los fascistas corren como liebres… salen de los agujeros. ¡A por ellos…! Podemos recuperar las colinas.

Un miliciano llega a todo correr del centro de la ciudad. Laborda lo detiene, le saca de las manos el papel que trae y lee en voz alta:

— «Que nadie se mueva, se efectuarán operaciones más amplias. ¡Animo! ¡Viva la República! Firmado, Martínez de Aragón y Feliciano Benito».

Los dos pequeños aviones vuelan bastante alto, solos, sin cazas que los cubran. Sus bombas explotan con estruendo moderado. Contamos alrededor de diez. A los gritos frenéticos de alegría sigue una Internacional solemne, cantada con el puño en alto. Las palabras del himno revolucionario suben al cielo como un juramento y también una acción de gracias porque se han cumplido dos milagros el mismo día. Un tren blindado por la mañana, dos aviones por la tarde y quizá mañana vendrán a luchar con nosotros dos mil combatientes.

Cuando los aviones desaparecen en dirección a Madrid, tras un largo momento de espera, decidimos volver a nuestros sitios de todos los días. El Maño se va con los suyos al pantano estratégico donde tienen que tenderse para escapar a una ametralladora que los ha localizado desde el primer día.

— Como los sapos —dice la Chata, una de las milicianas del grupo—. Y el que crea que es cómodo tener el fusil cruzado en la espalda hasta la noche, no tiene más que probar.

Y dirigiéndose a mí muy deprisa y en voz baja, añade:

  • Todos te damos las gracias por haber venido a luchar por nuestra revolución. (…)

Al sacar del bolsillo el reloj de Hippo para mirar la hora, una especie de corriente eléctrica onduló con trazos de relámpago detrás de mi frente. En sus tramos luminosos se inscribió un nombre, Esquel. Hippo había comprado este reloj en Esquel, bonito pueblo de la precordillera de los Andes, en la Patagonia. Recuerdo que le pagó quince pesos a un comerciante ruso que pasaba por ser tan hábil en negocios como en el manejo de la carabina. Contaban que en su boliche de la Cordillera había matado a dos asaltantes y enterrado los cadáveres bajo el piso de la cocina.

El reloj de Hippo me recuerda también el inmenso lago Futalaufquen, de un verde más verde que los lagos de leyenda, abierto en los flancos de los Andes, bordeado de árboles gigantescos. Podíamos haber vivido en sus orillas porque el Gobierno argentino concedía allí gratuitamente diez mil metros cuadrados con la única obligación de construir dos piezas de ladrillo en el terreno. Fue la tentación más fuerte de toda nuestra vida. Pero desde mucho tiempo atrás nos habíamos impuesto otro destino: el de luchar por la revolución.

“…El dinamitero tiene entre los labios un cigarro encendido, corta la mecha a la altura debida con los dientes, le arrima el cigarro y lanza la bomba con la mano o la honda según su especialidad.

La dinamita, generosamente utilizada, levanta delante de nosotros una barrera temible. El estruendo de enfrente se ha calmado un poco. El tableteo de las ametralladoras se oye más lejos. En vista de que los fusiles descansan, Antonio Durán toma su guitarra y se pone a cantar, no flamenco sino una canción anarquista muy indicada para la situación: “Arroja la bomba que escupe metralla, coloca petardos y empuña la Star…”. Las trincheras vecinas se unen a nuestras voces. Después, cuando “La Internacional” inunda con sus santas palabras los corazones de los miles de fieles que, en estas catacumbas cavadas alrededor de la ciudad, alzan sus plegarias pidiendo bombas para salvar Madrid, el canto sube al cielo en oleadas de tempestad.”

Mika Feldman Etchebéhére. “Mi Guerra de España”
“Hippo” o “Juan Rústico”, pseudónimo de Hippolyte Etchebéhére.
Véase: “1933, la tragédie du prolétariat allemand”. (en Francés), París, ed. Spartacus. 2003

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Los Comités de Defensa se formaban barrio por barrio, todo el pueblo recuperó las armas que había perdido en aras de la centralización del ejército republicano. Se formaron nuevamente, como en julio, comités de abastos, de comunicaciones, de justicia. En la defensa de Madrid es donde hacen su aparición orgánica las Brigadas Internacionales, que, integradas por militantes revolucionarios de países de todo el mundo, tuvieron un papel decisivo en esa acción. Todas las columnas, incluidas las del POUM, recibieron el armamento necesario para el combate. También la columna de Durruti, proveniente del Frente de Aragón, marchó hacia Madrid, y fue allí dónde el líder anarquista moriría luchando. El ejército no. logró doblegar la férrea defensa y, después de más de un mes, el ataque terminó para dar paso al sitio. El pueblo madrileño, había vencido a costa de millares de muertos y de la destrucción de la ciudad por los bombardeos aéreos ordenados por Franco. Aquí volvió a revertirse la situación. La guerra volvió a convertirse en un problema militar y las buenas relaciones mantenidas durante noviembre entre comunistas, anarquistas y poumistas ya no fueron tales. Mientras tanto la guerra continuaba. El 7 de febero de 1937 las tropas de Franco tomaron Málaga y casi un mes más tarde las milicias obreras derrotaban a las tropas italianas en Guadalajara utilizando métodos de propaganda revolucionaria obrera entre las filas del enemigo. El 27 de abril la aviación alemana destruye con sus bombardeos la ciudad vasca de Guernica.

BARCELONA, MAYO DE 1937: LA DERROTA DE LA REVOLUCIÓN

Desde octubre de 1936 el proceso había sufrido un profundo cambio. Largo Caballero, que había asumido la presidencia del Consejo con la intención de restaurar el aparato estatal, lo había logrado, pero su obra día a día se convertía en el instrumento más eficaz para detener la revolución, cosa que no estaba en sus planes. Además, su gobierno se encontraba en serias dificultades en otros órdenes: la ofensiva del ejército nacionalista se hacía cada vez más fuerte; también ía crisis económica resultaba cada vez más aguda, irritando a las capas pequeñoburguesas, que tanto en el campo como en las ciudades emitían fuertes críticas y aun algunos levantamientos contra las colectivizaciones, aportando así una base social importante a la fracción contrarrevolucionaria del frente antifascista. Por otro lado, comenzaron a crecer oposiciones de izquierda en casi todas las organizaciones obreras. El centro de todo este proceso se vivirá en Cataluña.

En el seno del POUM comenzaron a surgir críticas sobre la participación del partido en el gobierno de la Generalidad (del que había sido excluido en noviembre) proveniente de la Juventud del partido y expresadas a través de su órgano, Juventud Comunista, proceso que la autoridad de Nin pudo frenar. Pero el partido era cada vez más, objeto de los ataques del PC y del PSUC, los que impusieron la no reinclusión del POUM en el gobierno.

La Juventud Comunista Ibérica comenzó a trabajar con el fin de lograr una unidad con la CNT y UGT para lograr la defensa de las conquistas revolucionarias. Confluyente con este movimiento, surgió de la CNT una agrupación, “Los amigos de Durruti”, que coincidía con los planteos de la JCI y del POUM y que en su diario decía:

“La guerra y la revolución son dos aspectos que no se pueden separar. En ningún caso podemos tolerar que la revolución sea aplazada hasta el final del conflicto militar”.

En febrero la JCI y las Juventudes Libertarias (JL) concretaron un Frente de la Juventud Revolucionaria que desde Cataluña se extendió a otras provincias. Por otra parte, en la J.S.U. su secretario general, Carrillo, hacía un llamado a la constitución de una Alianza de la Juventud Antifascista que nuclearia a republicanos, comunistas y socialistas, sobre la base de la

“lucha por la libertad, por la democracia y contra el fascismo y por la independencia de la patria contra el invasor extranjero”.

Esto produjo una crisis en el seno de la JSU, que agrupaba a la vanguardia de la juventud revolucionaria que se había encuadrado tras el PCE. En Valencia, Asturias, así como en la regional del Levante, la JSU rompió con Carrillo y se adhirió en masa al Frente de la Juventud Revolucionaria. Lo que sucedía entre la juventud se repetía entre los sectores nucleados en la UGT, en la CNT, en el mismo aparato del gobierno de Caballero.

Dos posiciones se enfrentaban con creciente violencia, las mismas que estuvieron planteadas desde el comienzo de ía sublevación, pero ahora la correlación de fuerzas se inclinaba cada vez más a favor de los partidarios de la república democrático-burguesa. El papel de àrbitro que le habían hecho desempeñar a Caballero no tenía ya razón de ser. El 25 de abril fue asesinado un militante del PSUC. Esto sirvió al PSUC para lanzar la ofensiva: acusó a los anarquistas, y el día del entierro sus columnas desfilaron armadas “como demostración de fuerzas”. Companys mandó detener a varios dirigentes anarquistas acusándolos de intervención en el asesinato y en otra localidad hubo enfrentamientos entre anarquistas y carabineros con un saldo de ocho anarquistas muertos.

 Se prohibió cualquier manifestación para el 1° de Mayo y se publicó la orden gubernamental de desarme de todas las milicias obreras no integradas ai aparato policial. La tensión iba en aumento hasta que, finalmente, estalló cuando, el 3 de mayo, las tropas comandadas por el PSUC desalojaron a mano armada a los anarquistas de la Central Telefónica, que controlaban desde la sublevación y que pertenecía a la American Telegraph and Telephone Co. La CNT se apresuró a impedir eì choque, evitando que sus militantes opusieran resistencia. Pero los obreros estaban ya en las calles: iniciaron espontáneamente la huelga y levantaron barricadas por todas partes sin que ninguna organización se pusiera al frente. Al día siguiente los obreros eran dueños de toda Barcelona y el POUM, el Frente Revolucionario de la Juventud y los “Amigos de Durruti” sacaban comunicados de adhesión a los obreros, mientras la CNT y Companys hacían llamados a la tranquilidad y a deponer las armas, las que debían ser levantadas contra el único enemigo: el fascismo.

Caballero envió a García Oliver y a Federica Montseny, ministros y dirigentes anarquistas de prestigio, a parlamentar con los obreros y el gobierno mientras, por orden de Prieto, anclaban navios de guerra en el puerto de Barcelona. El día 6 Companys proclamó el cese de hostilidades con un: “ni vencedores ni vencidos”, asegurando que el pacto con la CNT implicaba tanto el retiro de la fuerza pública, como de los civiles armados. El POUM acató ‘el pacto’ y así explicó en documentos y en La Batalla su contradictoria posición:

“. . .fue tal el curso de la lucha armada, el impulso de los obreros revolucionarios tan grande y tanta la importancia de las posiciones estratégicas conquistadas que se hubiera podido tomar el poder […] pero nuestro partido, fuerza minoritaria dentro del movimiento obrero, no podía tomar sobre sí la responsabilidad de lanzar la consigna, tanto más cuanto los dirigentes de la CNT y la FAI invitaban de manera urgente a los obreros a abandonar la lucha, en alocuciones difundidas por las radios de Barcelona, sembrando la confusión y el desorden entre los combatientes”.

 El POUM hacía también su llamado a abandonar la lucha y volver al trabajo. Decía:

 “habiendo sido aplastada la tentativa de provocación por la magnífica reacción de la clase obrera, la retirada se impone”.

 Lo que los anarquistas no “quisieron” hacer y los poumistas no “pudieron” hacer tuvo como resultado en un primer momento una campaña contra los “provocadores trotskistas y agentes del fascismo” que incitaba a la represión. Largo Caballero se negó: su diario Adelante decía el 11 de mayo:

“Si el gobierno tuviese que aplicar las medidas de represión a que lo incita la sección extranjera del Komintern obraría como un gobierno de Gil Robles o Lerroux, destruiría la unidad de la clase obrera y nos expondríamos al peligro de perder la guerra y minar ia revolución (…) Un gobierno integrado en su mayoría por representantes del movimiento obrero no puede utilizar métodos propios de gobiernos reaccionarios y fascistas”.

 Pero, acosado por comunistas, prietistas y republicanos, Caballero quedaría sin base de apoyo; el 15 de mayo presentaba su renuncia.

EL GOBIERNO DE NEGRÍN Y REPRESIÓN ES LA OPOSICIÓN

El nuevo gobierno que conducirá la defensa de la república será encabezada por Juan Negrín. “Socialista a la ‘occidental’, era un gran burgués y un universitario distinguido. .como lo describe Brué. Defensor de la propiedad privada, adversario de las colectivizaciones y de los “incontrolables”, se convirtió en el candidato ideal para los miembros del bloque “antifascista” del exterior y del interior de España. Tanto la CNT como la UGT se negaron a participar en el nuevo gobierno.

Durante los primeros meses del gobierno de Negrín ía dirección caballerista de la UGT pudo ser desplazada por Prieto, con la ayuda del aparato estatal, y así se logró, con las nuevas direcciones, la participación de la central sindical en el gobierno. El Consejo de Defensa de Aragón, cuya dirección era hegemonizada por la CNT y la FAI, a través de ia presidencia de Joaquín Ascaso, y que había logrado mantener cierta autonomía durante el gobierno de Caballero, se convirtió también en objetivo de la represión. El Consejo fue sustituido por un gobernador civil republicano, mientras los dirigentes anarquistas eran encarcelados, incluido Ascaso, que fue acusado de “robo de joyas”. Prieto –ministro de defensa de Negrín– envió la lI° división con la misión de disolver los comités y las colectividades, tal como lo reclamaban los partidos del Frente Popular. La sede del Comité de Defensa CNT-FAI fue tomado por las tropas después de horas de resistencia por parte de sus ocupantes. Por un decreto del 23 de junio de 1937 el gobierno instituyó tribunales especiales “destinados a reprimir los crímenes de espionaje y alta traición” y decretó la disolución de los tribunales populares. El ejército popular de Caballero se convirtió en un ejército regular de tipo tradicional, en el que se prohibía a los militares la participación en política y a los oficiales obreros detentar grados superiores.

La garantía de un gobierno fuerte, que ya controlaba definitivamente los excesos de la revolución, permitió que muchos terratenientes regresaran y reclamaran la revolución de sus tierras, avalados por la ley, pues en Cataluña, por ejemplo, fue abolido el decreto de colectivizaciones en octubre de 1936. Las industrias mineras y metalúrgicas fueron recuperadas del control obrero e intervenidas por el estado. El 28 de febrero de 1938, The Economist podía ya comentar:

“La intervención del estado en la industria, como va en contra de la colectivización y del control obrero, restablece el principio de la propiedad privada”.

A medida que los organismos de poder de masas fueron perdiendo el control de la dirección del proceso y se fueron restableciendo todos los resortes del estado burgués, el derrotismo se extendió en los sectores campesinos y pequeñoburgueses de la zona republicana. Este derrotismo alcanzaba a la vanguardia obrera, que veía como sus puestos de dirección eran ocupados por los republicanos burgueses con el fin de corregir los “excesos” revolucionarios y de lograr el tan ansiado apoyo de las repúblicas “democráticas”. Pero, aun derrotada la revolución, tal ayuda no llegó. Por el contrario, en los primeros meses de 1938, Mussolini acordaba con Inglaterra retirar sus tropas italianas de España una vez concretada la victoria de Franco y Francia, en junio, cerraba su frontera.

Frente a esto, la ayuda bélica a Franco siguió aumentando por parte de Alemania e Italia ante ios preparativos para el lanzamiento de la Segunda Guerra Mundial. Bilbao cayó en poder de los franquistas en junio y Gijón en octubre de 1937. La victoria republicana en Teruel, en febrero de 1938, apenas sirvió para retardar la agonía republicana. En abril, el frente de Aragón fue arrasado y los franquistas llegaron al mediterráneo, mientras el gobierno se trasladaba a Barcelona, que estaba ya aislada del resto del país. Desde allí Negrín lanzará su programa de los “13 puntos“, que, apoyado por el PCE, intentaba convencer desesperadamente al mundo occidental de que el triunfo de la república implicaría mantener entré límites aceptables para ellos el proceso español.

12-teruel

Esta es la famosa fotografía de Robert Capa “Muerte de un soldado”en la batalla de Teruel. La guerra civil en España fue documentada fotográficamente.Véase la película: “Morir en Madrid” de Frédéric Rossif. 1959

Pero las potencias capitalistas veían con claridad que la única garantía para evitar la revolución de ese proletariado que había agachado ta cabéza temporariamente, era el triunfo de Franco y no la supervivencia de la república mantenida por los sectores más débiles de la burguesía española.

Negrín acuerda entonces el retiro de las Brigadas Internacionales y, a partir de noviembre, la URSS suspende los envíos de armas a España. En enero de 1939, Barcelona, que había sido la capital de la revolución, cae en poder de Franco. Se cierra así el período de aplastamiento definitivo del proletariado, que empezó en mayo de 1937. El 20 de marzo Franco realiza, por las calles de Madrid, el “Desfile de la Victoria”.

LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

Estrella Roja n° 50. Marzo de 1975

Corría ma07-brigadas-internacionalesrzo de 1937. España era sacudida por la guerra civil que enfrentaba al pueblo explotado de la península contra las fuerzas fascistas representadas por el ‘generalísimo’ Franco (asesino, tirano y dictador de España) y su soldadesca, apoyados por el chacal italiano Benito Mussolini. A su vez, el pueblo español recibió del mundo obrero una sostenida y activa solidaridad, cuya más alta expresión fueron las heroicas Brigadas Internacionales. Verdaderos cuerpos de milicia popular, las Brigadas fueron conformando a medida que arribaban a la castigada España los contingentes de voluntarios internacionalistas. Desde el mismo estallido de los enfrentamientos revolucionarios desde todos los puntos del planeta se encolumnaban, tras las banderas de la justicia y de la libertad y marchaban al combate. Ese profundo anhelo libertario que animaba a los brigadistas, hizo que el pueblo español los llamara los “voluntarios de la libertad”.

 

GUADALAJARA: DERROTA FASCISTA

Las tropas fascistas italianas, durante los primeros días de marzo de 1937, acantonadas en el frente de Moscú, vivían horas de entusiasmo. Habían conquistado Málaga y por ende, habían fortalecido su parque de guerra, en previsión de futuras operaciones.

 Cuatro divisiones italianas, fuertemente armadas preparaban el ataque a Guadalajara, zona republicana defendida por las Brigadas Internacionales. En la madrugada del 8 de marzo, los poderosos contingentes italianos equipados con los temibles tanques Fiat-Ansaldo, relativamente más modernos y mas equipados que los tanques rusos) bajo una pertinaz lluvia iniciaron el ataque. Durante cuarenta minutos, la artillería fascista vomitó fuego sobre la zona de Algora, en las proximidades de Guadalajara. La organización defensiva de los republicanos de la zona no pudo resistir, debilidad que fue aprovechada por un devastador avance de la infantería. Algora cayó en manos de las tropas aliadas a Franco. Sin embargo, los republicanos, en su retirada fueron estructurando los detalles tácticos que les valdría al final de la batalla, una victoria de fundamental importancia para el futuro accionar de las heroícas Brigadas Internacionales.

EUFORIA FASCISTA, SERENIDAD POPULAR

La conquista de Algora, hizo que entre las tropas fascistas prosperara un entusiasmo desmedido. El propio comandante de las divisiones italianas, veía a Guadalajara ya rendida y preparaba a las tropas para el próximo objetivo: la ocupación de Alcalá de Henares, para posteriormente, iniciar el asalto a Madrid. Sin embargo, las fuerzas republicanas junto a la decimo primera y duodécima Brigada internacional emplazaban sus defensas en el camino.

Sobrevolaba en observación las crecientes dificultades, que afrontaban los italianos. Las profundas lluvias habían anegado las rutas de acceso a Guadalajara, provocando contratiempos inesperados al avance fascista.

Esta situación, al correr de las horas comenzó a hacer sentir su influencia en el ánimo y la moral enemiga. La marcha sobre la carretera Francia se tornó ardua y la desorganización en la tropa se generalizó. La Decimoprimer Brigada (XI Bl) Internacional, emplazó avanzadas, fuertemente pertrechadas con artillería. Esta brigada, fue comandada en esa operación por el asesor soviético Alexander Rodimtsev. Paralelamente a ello, la Duodécima Brigada Internacional (XII Bl) era reforzada con la llegada de dos grupo artilleros internacionales: el Ballet y el Skoda-Rosa Luxemburgo.

La XII Bl era comandada por el general Luckács y contaba entre sus batallones al famoso cuerpo Garibaldi, célebre por la audacia de sus hombres en su mayoría italianos.

El día 9 de marzo, se agregaba a las fuerzas ¡nterbrigadistas, la II División Líster, bajo la conducción de oficiales del Ejército Rojo Ruso. Esta división aportaba un importante contingente de tanques y tropas.

Durante la tarde del mismo día 9, grupos de la XI Bl, con el objetivo de demorar aún más el avance de las tropas fascistas, golpean en sorpresivos ataques guerrilleros a las fatigadas y desorganizadas columnas enemigas.

Los efectivos ataques relámpago abren brechas más profundas en la moral de las divisiones fascistas italianas. Esa noche, las fuerzas enemigas arribaron a la localidad de Grajanejos. El batallón Garibaldi (que a la postre sería considerado pieza esencial en el triunfo republicano) tomaba posiciones hacia la misma noche en las proximidades del vivac fascista. Al amanecer del día 10, las divisiones italiana ocupan la localidad en toda su extensión y el Batallón Garibaldi abrió el ataque sorpresivamente con fuego que se generalizó en torno a una serie de edificaciones llamadas el Palacio de Ibarra. Era la batalla de las dos Italias. Los garibaldinos –en su mayoría socialistas y comunistas– pasaron al combate cuerpo a cuerpo, logrando en la refriega los primeros prisioneros de la batalla de Guadalajara.

VENCER AL FASCISMO

 La primera victoria lograda por los garibaldinos originó lógicamente un alza general de la moral de los Voluntarios de la Libertad y alcanzó su máximo grado, cuando las fuerzas avanzadas de la XI Bl chocaron nuevamente en la carretera Francia con las fuerzas fascistas. En estos enfrentamientos –considerados decisivos por los republicanos en la estrategia delineada para la batalla– las divisiones italianas fueron profundamente heridas, al ser diezmados los tanques Fiat-Ansaldo por el cañoneo del Batallón Espartaco de artillería antitanque y la acción individual de decididos hombres del Batallón Garibaldi. El día 11, la carretera Francia amaneció cubierta por una gruesa capa de nieve. Las castigadas divisiones fascistas proseguían un ya infructuoso avance hacia Guadalajara. Precisamente ese día, debió soportar cuatro ataques de la aviación republicana más unos diez ataques comandos por parte de voluntarios de la XI Bl. El tránsito por la carretera fue abandonado por el enemigo.

Presentaban un blanco fácil para la aviación republicana y los ataques guerrilleros. Por lo tanto, la comandancia italiana optó por internar a parte de sus fuerzas (incluidas a las tanquetas Fiat) en un bosque lindero a la carretera Francia. Las Brigadas –previendo estos movimientos, como consecuencia de los combates provocados– habían establecido fuerzas suficientes en el bosque, como para enfrentar con éxito la maniobra fascista. El combate suscitado en la zona arrojó resultados dispares, a raíz de serios errores cometidos por los brigadistas, más –en el conjunto de la batalla– el enfrentamiento fue tomado como un éxito parcial.

 El enemigo se había abierto y presentaba batalla por separado, sin mantener comunicación alguna entre sus partes. Los fascistas lejos de retirarse, en su desesperación, atacan en masa a las avanzadas de la XII Bl situadas en la carretera de la Brihuega.

 La enconada defensa de sus posiciones por parte de los brigadistas, hace que los restos de las divisiones italianas sufran una nueva y mayor derrota, esta vez clara y contundente. La situación había cambiado sensiblemente: el enemigo, a la par de las derrotas sufridas, iba encerrándose en un radio de terreno excesivamente estrecho, las provisiones de municiones y artillería no podían llegar hasta el frente (los Garibaldinos desgastaban con incesantes ataques los intentos de aprovisionamiento) y finalmente, las condiciones climáticas adversas agudizaban los problemas de tránsito de las dispersadas columnas de las tropas profranquistas.

 LA PROPAGANDA. ARMA DECISIVA

Si bien los enfrentamientos adversos provocaban gruesas brechas en la alicaída moral de los fascistas, la prolongada batalla de Guadalajara exhibió una vez más, el tremendo alcance y poder de la propaganda revolucionaria. Los brigadistas, aprovecharon al máximo la información obtenida de los prisioneros italianos, volcándola en millares de volantes que fueron arrojados por la aviación sobre las desesperadas tropas enemigas. En ello, se ponía de manifiesto el total conocimiento por parte de los republicanos de los planes y movimientos de las tropas italianas. Esto aumentaba la desmoralización y originaba improvisaciones que se traducían en derrotas y errores garrafales en el desarrollo de la batalla, por parte de las fuerzas fascistas. Otro recurso espectacular al que acudieron los heroicos miembros del Batallón Garibaldi, fue el de la utilización de altoparlantes.

Por las noches, los garibaldinos se aproximaban a los campamentos enemigos y conectaban los altavoces. Entonces, de la oscuridad y ante los absortos soldados italianos fascistas empezaba a oírse música popular italiana, intercalando entre pieza y pieza “La Internacional” y proclamas brigadistas llamando a los soldados rasos a desertar.

Los garibaldinos como italianos -entre sus proclamas- remarcaban el hecho de que todos eran hijos del mismo pueblo y que el fascismo había nacido para destrozarlo. Esta prédica paralela a las batallas, se convirtió en un arma de esencial importancia para el triunfo de las Bl, dado que acentuó la indisciplina y la desmoralización entre el desconcertado enemigo.

 ANIQUILAR AL ENEMIGO

El día 13 de marzo, el mando republicano ante el virtual fracaso de la ofensiva de los legionarios italianos, fortalecido por la sucesión de victorias parciales, ordena a las Brigadas lnternacionales afectadas a la batalla de Guadalajara y a la División Lister que conjuntamente con la aviación del escritor y pilóto francés André Malraux reconquisten el frente de Trijueque. Trijueque formaba parte del estratégico frente de Madrid donde Guadalajara era su centro neurálgico. El avasallador ataque de las Bl y de la División Lister hizo que las tropas fascistas establecidas en Trijueque huyeran desordenadamente y sin presentar prácticamente combate. Este éxito permitió que los fascistas se vieran ya totalmente derrotados. El día 14, la XII Bl recibió la orden tajante de aniquilar las columnas italianas que deambulaban en las cercanías de la carretera Francia, en busca de una salida.

Como Batallón de ataque fue designado el “Garibaldi” y el batallón “Dombrowsky” integrado por milicianos polacos y españoles. En pocas horas, los aguerridos combatientes internacionalistas cercaron nuevamente en el Castillo de Ibarra a los despojos de las columnas italianas. El combate fue encarnizado y se prolongó hasta la tarde del día 14. Finalmente, los garibaldinos entonando “la Internacional” bajo la atronadora metralla ocuparon el palacio de Ibarra y obtuvieron la rendición de los fascistas. Desorganizadamente, las últimas dos divisiones se movían en el sector de la carretera de Brihuega. El mando republicano ordenó sucesivos ataques durante los días 16 y 17. Solamente el 16 la artillería del batallón Rosa Luxemburgo arrojó 900 obuses sobre las tropas de Mussolini. Y el día 18, a pesar de la ventisca que asolaba la zona, la aviación republicana, apoyada por la soviética, ametrallaron sin cesar las formaciones legionarias. Durante esa flagrante jornada, los cazas republicanos y soviéticos dispararon más de 25 mil proyectiles.

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En tanto, la XI Bl, asestaba duros golpes a un enemigo desesperado por una derrota tan aplastante. El día 20, el camino a Guadalajara era cruzado por un silencio mortal. Sobre carreteras y campos, miles de cadáveres eran mudos testigos de la retirada fascista. De tanto en tanto, columnas de humo negro y denso marcaban los lugares donde se desarrollaron los encarnizados combates. El día 23 de marzo, el mando republicano anunció oficialmente la derrota de los fascistas en la prolongada y cruenta ba

talla de Guadalajara, consignando que el Batallón “Garibaldi” había sido premiado –por su actuación en la batalla– como el vencedor oficial de la misma.

CARTA DE VICTOR SERGE A ANDREU NIN

Mi querido Andrés, mi viejo amigo:

Estoy muy preocupado por tu suerte, y más satisfecho todavía, al saber, en fin, que estás en la gran tormenta, empleando como es debido tus minutos.

He vacilado en escribirte, dándome cuenta perfecta de la vanidad de las palabras y de todo lo que se puede sentir, pensar y decir de lejos en momentos en que sólo cuenta la acción. Dudo que tu mismo puedas escribir. Sin embargo, hazme llegar algo y envíame vuestras publicaciones. Que me traigan algo del aire tónico de una revolución en la cual yo creo desde hace cerca de 20 años. Yo creo en ella porque conozco bastante a los obreros de España y la situación general en que os encontráis, y porque, desde 1917, me parece que tenéis una misión excepcional que cumplir en el Occidente enfermo. La gran enfermedad de Occidente, esta descomposición del viejo régimen sobre el cual nacen fascismos, es, al fin y al cabo, la debilidad de la clase obrera. En ninguna parte, salvo durante algunos años en Rusia, nuestra clase ha estado a la altura de su misión. La clase obrera ha dejado escapar las mejores ocasiones para poner fin al caos, liberándose: se ha dejado llevar por charlatanes, ingenuos y cobardes, y su carencia revolucionaria ha hecho la fortuna histórica de los Mussolini y de los Hitler. Pero su debilidad se explicaba por la sangría que le había afligido la guerra. ¿Cuál sería hoy la fisonomía de Europa si Francia, Alemania, Italia, Austria tuvieran cinco o seis millones de proletarios más, que ahora serían hombres de unos cuarenta años, curtidos por la experiencia del trabajo y de la lucha? Pero el proletariado español no ha sufrido esa sangría espantosa, ha conservado todas sus fuerzas vivas. Su superioridad numérica y moral (resultado de la integridad de sus fuerzas, imagen del equilibrio interior parejo al del hombre sano) es tal como me parece indiscutiblemente la clase destinada a vencer. Todas las derechas juntas no forman contra la clase obrera más que una minoría instruida, cierto, con generales muy manejables, pero menos capaces de batirse bien incluso con igualdad de fuerzas: los generales saben sobre todo enviar a los otros a las carnicerías… Para que ellos pudiesen vencer, haría falta que existiesen por vuestra parte divisiones insensatas, errores, retrocesos, faltas de visión. O que un hombre de genio, una especie de Bonaparte, nacido providencialmente para apuñalar a su país, se encontrase entre los militares y lograse hacer prodigios. Yo creo que la Historia no produce tales hombres contra las masas: yo no sugiero esta hipótesis sino para presentar el problema en toda su amplitud.

Hay que contar con los acontecimientos para conseguir hombres nuevos, para formar en la hoguera misma el verdadero partido de la revolución llamado a asumir todas las responsabilidades. Hombres de todos los partidos, de todas las tendencias y de ninguna, lo formarán sin pensar demasiado en ello y prodigándose en la acción cotidiana. En todas partes, en cada momento, hay lugar para las iniciativas, el sacrificio, el valor, la inteligencia revolucionaria: al poner cada uno lo que puede, vosotros veréis formarse en todas partes los verdaderos cuadros del proletariado. A mi entender, la propaganda debe dirigirse especialmente a estos nuevos militantes, sin conceder demasiada importancia a la formación que tengan, con un espíritu fraternal, decidido a disminuir todo lo que divide y a fortificar todo lo que une.

Yo me pregunto cómo os planteáis el problema del poder. Muchos querrían ahogarlo en la defensa de la República (¿Qué República? ¿La que mantiene un ejército para asesinar al país? Porque, al fin y al cabo, la República ha alimentado hasta aquí a vuestros generales de Melilla). La causa que se halla realmente en juego es la de la clase obrera y del socialismo. Para algo debe servir la desgracia, para algo debe servir la sangre de tantos camaradas. Haría falta ser muy cándido o muy zorro para hacerse ilusiones todavía sobre las fórmulas democráticas “sensatas” que os han conducido a la situación en que os encontráis.

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Si los generales yerran el golpe, os prestarán un gran servicio, arrancando los antifaces, destruyendo las ilusiones, obligando finalmente al proletariado a dar los pasos decisivos hacia una república totalmente distinta, en donde la democracia sea la libertad y el poder los trabajadores, en lugar de ser un compromiso con la contrarrevolución emboscada detrás del parapeto de las leyes de las que no tiene inconveniente en burlarse cuando le conviene. Después de esta lección yo creo que ya no se trata de volver al punto de partida y que los elementos sinceramente republicanos de la pequeña burguesía y la burguesía misma, bastante inteligentes para tratar de economizarse una guerra civil todavía más atroz, deben comprenderlo. Sólo la clase obrera puede vencer al fascismo: sólo ella puede construir una república digna de ese nombre, una democracia que ya no será una trampa. La clase obrera tiene el derecho al poder. Ella puede y debe comenzar a curar sus heridas, a suprimir la miseria, a transformar la sociedad. Vacilar hoy en este punto sería tanto como comprometerlo todo (…). He visto con alegría que las necesidades mismas de la lucha habían conducido al armamento del proletariado, y después a medidas de nacionalización y de control obrero en diversas esferas. Quizás recuerdes que hace algunos años yo te envié, desde Leningrado donde me hallaba entonces (…) las primeras cartas de Lenin, escritas en los primeros días de la revolución rusa, en Zurich. Yo las titulaba: “El arte de comenzar la revolución”. Armamento de los obreros, escribía Lenin en marzo de 1917, formación de las milicias obreras, he aquí la única salvación. Ya está hecho. Ahora, a conservar las armas recordando las experiencias de 1848 y de siempre: el pueblo lucha en las barricadas y después los políticos escamotean el poder y hacen asesinar a las vanguardias revolucionarias. Así se fundan generalmente las repúblicas burguesas. Desconfiad, amigos míos: no hay que temer solamente a los generales. Hay abogados más hábiles, mejor disfrazados, que mañana os pedirán que devolváis los fusiles, que no vayáis demasiado deprisa y que dejéis intactas las cajas de caudales. Después de correr el riesgo de ser asesinados, vais a correr el riesgo de ser engañados.

Pero podemos tener en vosotros una inmensa confianza. Vuestra salvación está en vosotros mismos. De vuestra firmeza y de vuestra justa visión depende todo. No hay poder más legítimo que el de un pueblo en armas y en estado de legítima defensa. ¿Qué instituciones obreras pueden llenar en España las funciones que ejercieron los soviets en la Revolución Rusa? ¿Las alianzas obreras? ¿Los sindicatos? ¿Los Comités revolucionarios? No se puede discernir de tan lejos vuestras posibilidades. Pero una cosa es cierta: y es que so pena de ser vencida finalmente (incluso si comienza victoriosamente), la clase obrera debe controlarlo todo por medio de sus organizaciones y la iniciativa de todos: el poder, la producción, el ejército, el abastecimiento, las comunicaciones. La clase obrera no puede contar más que con ella misma. El Frente Popular no será útil sino en la medida en que esté controlado por la clase obrera. Control obrero del poder, control obrero de la producción, control obrero de las fuerzas armadas. Este último punto es indiscutiblemente uno de los más importantes.”

Bruselas, 7 de agosto de 1936

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 BRIGADAS INTERNACIONALES

Segunda Parte

Estrella Roja n° 52. Abril de 1975

 Durante los primeros días del mes de agosto de 1937, el Comando .General del Ejército del Este (republicano) evaluó la necesidad de penetrar aún más profundo en el frente Norte, donde las fuerzas fascistas mostraban mayor debilidad. Hacia esa época, las tropas republicanas, y en especial las Brigadas Internacionales que actuaban en la guerra civil española, pasaban por momentos difíciles. Las disidencias internas, la disparidad de criterios y de políticas, agrietaban sin remedio las posibilidades de un triunfo total sobre los nacionalistas de Franco y sus aliados, la Alemania nazi y la Italia fascista. Sin embargo, aún la guerra no estaba perdida y el denodado y heroico esfuerzo de los “combatientes de la libertad” no cesaba de intentar nuevas victorias populares. La decisión de avanzar en el frente Norte, formaba parte de esa voluntad inquebrantable de las fuerzas internacionalistas y republicanas, determinadas a vencer o morir en la cruenta guerra contra el fascismo.

ALENTAR LA SUBLEVACION

El frente Norte presentaba, en la fecha arriba citada, un rasgo fundamental para la estrategia patriota. Zaragoza, populosa y vital localidad del Norte, era sacudida por una violenta sublevación popular. La clase obrera zaragonense, harta de los atropellos nacionalistas, se había alzado casi espontáneamente. La explosión popular podría extenderse, de ser alentada y respaldada por fuerzas militares importantes, para así logar una aplastante victoria político-militar sobre los franquistas. El alto mando del Ejército del Este, entreviendo esa magnífica perspectiva, ordena el ataque hacia las profundidades del frente Norte. Dos divisiones internacionalistas tendrían la responsabilidad de la batalla: la 45 DI atacaría por el norte y la 35 DI, por el flanco sur. El mando de las operaciones, quedaba prácticamente en manos de los oficiales del Ejército Rojo ruso, Chevtchenko y Montenegro (seudónimo de guerra éste, tras el cual actuaba un no reconocido oficial soviético).

GUERRILLAS: UN ARMA INFALIBLE

La ofensiva se inició en la brumosa madrugada del 24 de agosto, con la partida de un experimentado grupo guerrillero, cuya misión consistía en ganar la retaguardia enemiga para –desde allí– en sucesivos golpes de mano, entorpecer las comunicaciones fascistas. A pocas horas de arribar trabajosamente, los guerrilleros en audaces operativos relámpagos, lograban los primeros triunfos. Las comunicaciones enemigas habían sido dañadas seriamente, mediante el sabotaje dinamitero y la toma y desbaratamiento de centrales radiales nacionalistas. Sin chocar frontalmente con el enemigo, el grupo miliciano retornaba antes de las 48 horas de haber partido en misión, con un 80 % del plan previsto cumplido exitosamente. En tanto, al norte del Ebro, la 45° División Internacional se lanzó al ataque en el sector de Farlete. El poderoso fuego de la bien pertrechada artillería enemiga, hizo detener la ofensiva momentáneamente. El frente sur de la batalla, presentó por su parte un serio incidente provocado por tropas anarquistas contra la 35 DI. Era un recrudecimiento del distanciamiento que hacia esa fecha separaban a anarquistas y brigadistas.

ARROLLADORA OFENSIVA

El día 25 de agosto, la ofensiva intemacionalista se fue ordenando Abriéndose en abanico, las divisiones patriotas apoyadas por ochenta aviones y cuarenta tanques, fueron conquistando el suroeste, disputando heroicamente cada metro de terreno, ante el desconcierto de las fuerzas fascistas. R1 batallón austríaco “Februar”, logró recuperar las primeras piezas de artillería del enemigo. Al caer la tarde del día 25, las fuerzas brigadistas habían prácticamente ocupado la zona poblada de Quinto-Codo, aniquilando en su arrollador avance a las tropas franquistas. En estas acciones, se destacó un batallón de voluntarios norteamericanos, que –bayoneta calada en mano y forrados de granadas– abatieron los últimos focos de resistencia enemiga establecidos en la iglesia y el cementerio local. La batería internacional “Thaelman”, equipada con un viejo cañón del siglo diecinueve, tomado del Museo de Historia Militar de Madrid, tras disparar 120 obuses, logró la rendición de los fascistas que se habían hecho fuerte en la estación del ferrocarril. La población civil de la zona recibió con inusual algarabía la presencia victoriosa de los brigadistas… Al amanecer del día 26, los habitantes de Quinto Codo, pudieron observar con felicidad a sus queridas tierras libres del oprobio fascista.

LA VICTORIA, UNA ESPERANZA

Las tropas que habían conquistado Quinto Codo, luego de la vertiginosa victoria, soñaban ya con Zaragoza, con “apoyar y alentar la sublevación popular en la región”. La moral en alto y gran combatividad reinaba entre los brigadistas. Este sentimiento de triunfo se acrecentó entre los “voluntarios de la libertad” al recibir en la noche del día 26 las noticias de la toma del cerro Pulburell, por contingentes de la 35 DI. El pulburell, estratégico cerro que se alzaba como una poderosa fortaleza nacionalista junto a la orilla derecha del río Ebro, tras una sangrienta jornada de sostenido combate había sido conquistado para la República. El Batallón Dimitrov, héroe de dicha batalla, mediante cargas de infantería en oleadas –apoyadas por un regular fuego de artillería– logró la rendición del bastión fascista, sin impedir el suicidio de los jerarcas que se encontraban al mando del mismo. Por su parte, fuerzas de la 45 DI, también el día 26 habían obtenido la rendición de Codo, otro reducto enemigo situado a pocos kilómetros del cerro Pulburell. El camino a Zaragoza se iba sembrando con victorias.

MALAS NUEVAS

Mientras el mando operativo de la ofensiva republicana hacia Zaragoza, se aprontaba a concertar el ataque a Villamayor de Gállego, se reciben noticias de que Santander acaba de caer bajo la bota de los fascistas italianos. La ciudad de Santander debía ser recuperada y tropas de las brigadas que marchaban hacia Zaragoza, debieron regresar a fin de reforzar la reconquista de la localidad perdida.

Esta nueva situación vino a variar las óptimas perspectivas de la ofensiva. Más la comandancia del ataque, luego de arengar a los combatientes instándolos a “nuevos sacrificios, para salvar al pueblo español”, ordena el avance sobre Villamayor. La localidad –nuevo objetivo–, se erguía a solo 4 kilómetros de Zaragoza. Allí, el enemigo había logrado concentrar fuertes continges para defender sus posiciones.

La operación se inició en el mayor silencio. La orden había sido clara: sorprender a los nacionalistas y evitar disparar un solo tiro. La cercanía de Zaragoza hacía imposible presentar batalla abierta, sin alertar a los fascistas acantonados en la levantisca ciudad. Dos batallones, el Dombrowski y el Palafox, penetraron sigilosamente en terreno enemigo. Fue una acción rápida, de asaltos duros, de pocos disparos y de pocos prisioneros. Los heroicos brigadistas, sable bayoneta en mano, desmoronaron en un santiamén a la guardia adversaria. La guarnición militar de Villamayor fue presa de los republicanos asi dos horas de sordo y violento combate. Detrás del horizonte de pinos de Villamayor, Zaragoza asomaba las finas agujas de sus antiguos edificios.

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¡A ZARAGOZA!

 La 45 DI, según había sido previsto, debía aguardar la llegada de la 35 DI, para iniciar el asalto a Zaragoza. La 35 DI tenía por su parte, un plazo para el encuentro. Y ese plazo se cumplió sin noticias acerca de la demora de la aguardada división miliciana. Fue entonces que se decidió marchar sobre Zaragoza. Se había planificado para la ofensiva final, una acción envolvente sobre el objetivo, con el fin de desperdigar su tremendo poder de fuego. La primer columna fue un contingente italiano que tenía como misión tomar el total contról militar sobre la carretera Perdiguera-Zaragoza. Más, el batallón italiano equivocó el camino. Inexplicablemente, los brigadistas perdieron la ruta hacia la carretera y finalizaron exponiéndose al fuego enemigo sobre los Pedrusos, una montaña lisa, pelada como la palma de la mano.

Los fascistas, a la vez de ser alertados sobre el ataque, infligieron al batallón una seria derrota. Fueron diezmados por docenas sus efectivos, debiendo inmovilizarse por dos días en la montaña, como consecuencia del intenso fuego a que fue sometida la zona. Por su parte, el factor sorpresa que esperaban ganar los batallones Dombrowski y Palafox en sus respectivas misiones, al estar alertadas las unidades enemigas sobre el ataque, se convirtió en aplastante derrota. De los 700 hombres del Dombrowski, alcanzaron a regresar unos 200, en tanto los italianos perdieron en su grave error a más de 100 combatientes. Zaragoza, a tan solo un paso, se fue convirtiendo en inalcanzable para las fuerzas internacionales. Los fascistas habían ahogado en sangre la sublevación del proletariado zaragonense y se encontraban –de pronto– con las fuerzas brigadistas que se ofrecieron como blancos perfectos.

Los valientes batallones Francobelga y Djakovic, intentaron en audaces acciones abatir las fortificaciones de defensa de ios nacionalistas, sin resultado. Los franquistas, al observar la confusión de las brigadas, en 24 horas producen seis embestidas contra las fuerzas patriota. Los actos de heroísmo por parte de los internacionalistas no alcanzaron para dar vuelta la batalla. Lo que había estado al alcance de la mano, comenzaba a alejarse. Zaragoza era ya un objetivo perdido. Pero el alto mando operacional, al evaluar de antemano una derrota republicana, decidió que sus fuerzas se retiraran del frente de Zaragoza para intentar la conquista de Beltiqhe, localidad próxima a aquella. Los nacionalistas habían debilitado Beltiche para fortificar Zaragoza. Era el momento de cambiar derrota por victoria. Como empujadas por el viento revolucionario, las fatigas y diezmadas brigadas iniciaron el ataque sobre la zona de Beltiche. Con decisión y tremendas energías, los internacionales –tras tres días de encarnizados combates– lograron la victoria de Beltiche. Los heroicos combatientes, luego de casi 20 días de continuas batallas, fatigados y hambreados, reducidos a poco más de la mitad, desfilaron por las calles del Beltiche ante el entusiasta reconocimiento de la población civil. Los fascistas, al enterarse de la caída en manos republicanas de la vecina Beltiche, ni siquiera intentaron una inmediata lucha por la reconquista. Los “voluntarios de la libertad” aparecieron como gigantes ante los ojos del enemigo. Victoria o muerte, les fue dicho a las brigadas antes de la partida. Y las fuerzas populares eligieron la gloria de la victoria.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Trotsky, León: “La lección de España, última advertencia. La tragedia de España”, Bs. As., Ed. Pucará, 1968.

[1] Sobre un original de Perla Haimovich “Historia del Movimiento Obrero”. III° parte. Vol. 2, Centro Editor de América Latina. pp. 673-704. Bs As, edición de 1973

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