JOSÉ INGENIEROS por Néstor Kohan

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Néstor Kohan[1]

En el imaginario de las clases dominantes argentinas, la Revolución Rusa expresó el omnipresente “fantasma rojo” que aparecía como amenaza mortal en cada una de las luchas obreras y rebeliones proletarias –desde la Semana Trágica de enero de 1919 hasta la Patagonia rebelde de 1921, ambas con fuerte presencia libertaria–. La irrupción de ese fantasma se asentaba en un suelo previamente abonado por el comienzo de las dificultades de legimitación hegemónica que padecía la élite oligárquica del 80, cuyos primeros jalones habían sido la crisis del 90 y el temblor político sentido ante la Ley Sáenz Peña (1912, voto secreto, obligatorio y universal… para los varones).

En el contexto de una incorporación absoluta al mercado mundial bajo la órbita de Gran Bretaña desde la segunda mitad del siglo XIX, la modernización implicaba y presuponía un variado conjunto de procesos sociales acelerados. Entre ellos cabe mencionar el auge de la sociedad de masas y el desarrollo del capital industrial en la zona del litoral, la consumación de las “campañas al desierto” (genocidio de la población aborigen y expropiación de sus tierras), el arrastre de los efectos no deseados del aluvión inmigratorio de fines del siglo XIX (fundamentalmente italianos, españoles, judíos, alemanes, etc.), la concentración urbana (tras la capitalización de Buenos Aires en 1880), la consolidación de los grandes periódicos de masas, el surgimiento de los primeros sindicatos y partidos políticos clasistas y la constitución de los primeros grupos “modernos” de choque antiobreros de la oligarquía y la burguesía. Todos estos procesos amenazaban con subsumir a los intelectuales-ciudadanos de la República de las letras en la vorágine del predominio del valor de cambio y la burocracia estatal, única vía estable hasta ese momento, junto al periodismo y las profesiones tradicionales como la medicina y la abogacía, que garantizaba la reproducción cotidiana de estos sectores en tanto categoría social.

En ese horizonte histórico comienza a funcionar entre los intelectuales argentinos de las dos primeras décadas del siglo XX un creciente mecanismo de profesionalización –tienen un público y un circuito relativamente estable, se funda en 1896 la Facultad de Filosofía y Letras, surgen las burocracias académicas, etc.–; contemporáneamente se produce un rechazo paralelo hacia la emergente modernización capitalista.

En términos generales, en la izquierda hubo dos actitudes frente a ese proceso vertiginoso. O avalar e impulsar la modernización “por izquierda”[2] –democráticamente y desde abajo, como proponía con sus cooperativas el socialismo evolucionista de Juan B. Justo y el Partido Socialista– o el rechazo radical de esa modernización –como impulsaban los anarquistas y parte del marxismo revolucionario–. Entre ambos fuegos, José Ingenieros fue la figura que resumió ese dilema de manera más dramática y contradictoria, aunque terminara apoyándose en la segunda tradición vía el modernismo estético, el juvenilismo arielista y el antiimperialismo político: mientras Enrique del Valle Iberlucea representó a su turno la adhesión al “fantasma rojo” de la revolución bolchevique más cercana a la primera vertiente.

JOSÉ INGENIEROS, ENTRE EL ANTIIMPERIALISMO Y LA REFORMA UNIVERSITARIA

La revolución socialista rusa es un experimento cuyas enseñanzas deben ser aprovechadas, sin que ello importe creer que es un modelo cuyos detalles convenga reproducir servilmente en cualquier otro país.

José Ingenieros

Pocas personalidades han resumido en su trayectoria vital y en una misma biografía intelectual el clima fin de siècle de los últimos años 90, el del Centenario y el de los radicales años 20 como José Ingenieros (1877-1925). Cofundador del Partido Socialista junto a Juan B. Justo, periodista libertario y provocador de las costumbres burguesas junto a Leopoldo Lugones (1874-1938) en La Montaña, psiquiatra, criminólogo, impulsor irreverente de tratados sobre el amor en una sociedad absolutamente pacata, sociólogo evolucionista (en clave sarmientina) de las ideas argentinas, filósofo positivista, “maestro” de la juventud e ideólogo de la Reforma Universitaria, fundador de la Unión Latinoamericana e impulsor del antiimperialismo. Su estilo fue siempre provocador. Según Deodoro Roca, “hacía del lugar común, de la retórica vana, de la gravedad estéril, de la petulancia engalanada, sus enemigos personales”. Todo eso, y mucho más, fue Ingenieros.

Sus sucesivos –y algunas veces coexistentes– afluentes culturales y filosóficos fueron tan variados y diversos que incluyen desde la estirpe positivista y evolucionista de Charles Darwin, Herbert Spencer, Domingo F. Sarmiento y José M. Ramos Mejía hasta la pléyade revolucionaria de Lenin, León Trotsky y Anatoli Lunatcharsky, pasando por el linaje modernista, romántico y espiritualista de Rubén Darío (1867-1916), José Martí (1853-1895), José Enrique Rodó (1872-1917). José Vasconcelos (1882-1959), Thomas Emerson, Henri Barbusse y Friedrich Nietzsche.

Entre esas diversas estaciones de pensamiento, uno de sus biógrafos ha intentado periodizar su vida en tres grandes etapas: 1) el joven socialista y luego “socialista revolucionario” de La Montaña; 2) el sociólogo biologista-reformista, y finalmente 3) el impulsor de la fe socialista y la metafísica de la experiencia.[3]

Sin embargo, a pesar de que ese esquema ordena su obra, los cruces, las coexistencias y las contaminaciones entre cada uno de los períodos es permanente.

Sin desconocer ni subestimar sus otros flancos, nosotros nos circunscribi-remos en estas líneas a recortar solamente algunos segmentos de esa apabullante trayectoria que atañen justamente a su lugar como “maestro”[4] del ideal latinoamericanista y antiimperialista de la Reforma Universitaria y al impacto y “recepción” que tuvo en su obra intelectual la revolución bolchevique.

La obra donde Ingenieros reúne los ensayos, artículos y conferencias en torno de la Revolución Rusa lleva un título por demás ilustrativo: Los tiempos nuevos, acompañado por el subtitulo Reflexiones optimistas sobre la guerra y la revolución.[5]

En la producción de Ingenieros la ferviente recepción y adhesión a la Revolución Rusa es inseparable –con matices y densidades propios– de dos procesos culturales y políticos contemporáneos y específicamente latino-americanos: el levantamiento estudiantil de la Reforma Universitaria de 1918 y el ideario antiimperialista del cual nacerá la entidad denominada Unión Latinoamericana. Sin dar cuenta del hilo rojo que une la trama de estos tres procesos entretejidos y yuxtapuestos –ésa es nuestra principal hipótesis– no puede comprenderse la originalidad con la que Ingenieros se apropia desde nuestro continente y difunde el “fantasma rojo” generando idéntica actitud en sus jóvenes discípulos argentinos y latinoamericanos.

Es cierto que la obra de Ingenieros no brilla precisamente por su erudición marxista (como sí lo hace, por ejemplo, la de Aníbal Ponce). “Poco leyó a Marx y Engels”, nos dice otro de sus biógrafos, Sergio Bagú.

“Por entonces, nadie tenía con ellos en Buenos Aires trato frecuente, ni aun los dirigentes socialistas más cultos. (…) No extraña encontrar en las glosas caseras de la época un marxismo corregido y adaptado, simple y mecanicista, en el que el padre de la doctrina reconocería sólo algunos criterios fundamentales.”[6]

Sin embargo, la mayor riqueza de su producción no reside en ese rubro. Lo mismo vale para Los tiempos nuevos”, a pesar de que este libro sí manejaba –para lo que era corriente en la época– una importante masa de información.

 El significado que adquirió ese libro para la conciencia de varias generaciones de marxistas latinoamericanos está concisamente resumido en el juicio del más brillante de todos ellos, el peruano José Carlos Mariátegui:

“En un instante” –afirmó el amauta– en que egregios y robustos hombres de ciencia no acertaban a balbucear su miedo y su incertidumbre, José Ingenieros acertó a ver y a hablar claro. Su libro Los tiempos nuevos” es un documento que honra a la inteligencia iberoamericana”.[7]

Otro de esos marxistas creadores, el cubano Raúl Roa, discípulo de Julio A. Mella y Rubén Martínez Villena, quien con su obra contribuyó a la formación ideológica del joven Fidel Castro, reconoció en su madurez que primero leyó a Lenin…

“y a seguidas, me prendí a “Los tiempos nuevos” de José Ingenieros, contagiándome su entusiasmo por la Revolución Rusa”.

El primer artículo de ese libro en el cual Ingenieros toma posición frente a la guerra mundial es “El suicidio de los bárbaros” (1914). En él caracteriza la contienda como una guerra criminal de naciones “bárbaras”. Su hipótesis de fondo sostiene que, a pesar de la ofensiva del Renacimiento y de la Revolución Francesa, en Europa sobrevivió “la civilización feudal”. En un esquema humanista clásico todavía fuertemente trabajado por el Iluminismo, opone las “minorías ilustradas que construyen escuelas” expresadas en la cultura y las ‘fuerzas morales’ a “la tiranía de los violentos que levantan ejércitos”. La guerra de 1914 en su perspectiva sería expresión del triunfo provisorio de esta última fracción “malsana”, a partir de la cual:

“un pasado, pictórico de violencia y superstición, entra ya en convulsiones agónicas”.

Cierto elitismo, que tiempo después será profundamente trastocado por su lectura de la Revolución Rusa, permanece aún intacto en ese análisis de 1914.

Más tarde, en plena guerra. Ingenieros pronuncia la conferencia “Ideales viejos e ideales nuevos” del 8 de mayo de 1918. En ella postula la coexistencia de dos guerras: una es la guerra política y militar –la feudal–, la otra es la guerra de ideales –y de valores–, a la que no duda en calificar como “la guerra redentora de los pueblos”. Su toma de posición es terminante. No permite ambigüedades:

“Mis simpatías, en fin, están con la Revolución Rusa, ayer con la de Kerensky, hoy con la de Lenin y de Trotsky, con ella a pesar de sus errores, con ella, aunque sus consecuencias hayan parecido por un momento favorables al imperialismo teutón…”[8]

Lo sugerente de esta declaración de principios en un intelectual que tuvo que soportar las rígidas presiones del campo cultural y político de la Argentina de aquellos años es que Ingenieros subraya el papel central de los ideales y los valores.

La revolución bolchevique es para él mucho más que el mero derrocamiento de una clase o la simple toma del poder por los revolucionarios. Se inscribe en un movimiento político-cultural universal de renovación de ideales y valores, frente a los cuales se levantan tozudamente los viejos fantasmas de la rutina, la domesticación, el miedo a lo nuevo, la mentira, la ignorancia y el convencionalismo. En ese particular tamiz de interpretación culturalista y eticista podemos rastrear las huellas indelebles que dejó en su formación cultural de juventud el modernismo vanguardista y anarquizante –con su rechazo vital del predominio “materialista” y repetitivo del valor de cambio– y también el arielismo, tan presente en “El hombre mediocre”.

En esta última obra (en la que tuvieron gran influencia sus polémicas con el presidente Roque Sáenz Peña), surgida de un curso de 1910 en la Facultad de Filosofía, Ingenieros estigmatizaba sin piedad al partidario de la rutina y el espíritu conservador, al domesticado y al sumiso mientras reivindicaba a los idealistas, resumidos en el personaje Ariel, –el ‘intelectual’, que Rodó tomara de William Shakespeare.

Seis años más tarde, en 1916 -apenas uno antes de la revolución bolchevique y dos antes de la revuelta estudiantil cordobesa-, Ingenieros llevará como ponencia al 2° Congreso Científico Panamericano su trabajo “La universidad del porvenir”. En este artículo (verdadera antesala programática del continentalmente difundido “Manifiesto Liminar” de la Reforma Universitaria redactado por Deodoro Roca (1890-1942) Ingenieros prolongaba puntualmente las apreciaciones de El hombre mediocre” cuestionando “la Universidad de la rutina”, así como también la del “mecanismo administrativo y burocrático”.[9]

En ambos casos –1910 y 1916– estaba en juego la lucha entre renovación y rutina, entre los ideales nuevos y la burocratización domesticadora, entre las fuerzas morales promotoras de la renovación incesante y las fuerzas inerciales de lo viejo y ya corroído por la ausencia de ideales y de juventud.

La particular “traducción” que Ingenieros hace de la revolución bolchevique como una guerra redentora de los pueblos, promotora de renovados ideales, nuevos valores y absolutamente opuesta a la guerra de los “bárbaros”, opera sobre una misma contraposición: la Cultura contra la Civilización. Humanista y asentada en valores cualitativos, la primera; mecanizada, segmentada y disgregada en átomos meramente cuantitativos y mercantiles, la segunda. Exactamente esa misma oposición había utilizado José Enrique Rodó –con quien Ingenieros coincide–[10] para contraponer la cultura latinoamericana a la civilización yanqui imperialista. [11]

Esta constelación ideológica de alcances continentales –que abarca desde José Martí en Cuba y Rubén Darío en Nicaragua hasta José Vasconcelos en México, Rodó en Uruguay y José Ingenieros, Alfredo Palacios y Manuel Ugarte en la Argentina–, transversalmente atravesada por el modernismo literario, se radicaliza notablemente en política a partir de la intervención yanqui en la guerra entre Cuba y España de 1898, de la posesión colonial de Puerto Rico, de la “creación” de Panamá, del bombardeo a Veracruz y las intervenciones en Santo Domingo, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Costa Rica, etcétera.

El antiimperialismo será su nota fundamental, de ahí que convenga comprender el modernismo en sentido ampliado, no circunscripto únicamente al plano de una escuela literaria.[12]

Es cierto que se podría caracterizar el modernismo latinoamericano en su conjunto –como sugiere por ejemplo Ángel Rama en su ensayo “Las máscaras democráticas del modernismo” (1985)– priorizando sus notas críticas hacia la democracia aluvional de fines del siglo XIX. En ese sentido es innegable que en el cuestionamiento del “materialismo burgués”, del “filisteo” y de “la ciudad mercantil” resonaban los conflictos inconfesados de una profesionalización en ciernes del escritor latinoamericano junto con la evidente falta de público lector. Ausencia, esta última, que originó esa actitud de desdén y desprecio por las muchedumbres inmigrantes tan típica de las bohemias y las vanguardias modernistas.[13]

  Sin embargo, creemos que reducir la ponderación del modernismo a esta impugnación “materialista” de sus prácticas culturales (en el sentido de que ese tipo de crítica destaca la inserción material de los escritores en sus circuitos sociales de producción y consumo cultural), aunque parcialmente verdadera, termina siendo en última instancia unilateral y limitada. Limitación que surge de una visión demasiado complaciente con “la mentalidad modernizadora” (que en su estudio Rama opone dicotómicamente a la “mentalidad tradicionalista”).

Creemos que en el modernismo latinoamericano se escondía, aun bajo sus “máscaras” aristocratizantes, un repudio sano, vital y plenamente justificado del avance imperial norteamericano y del mundo burgués que –en nombre de la modernización y del “progreso”– terminó en nuestro país no sólo aniquilando todas las resistencias sociales que rechazaban incorporarse al capitalismo (el indio, el gaucho, el anarquista, etc.) sino también subordinando brutalmente la cultura y la educación a los dictados burgueses más mundanos del Estado-nación en formación y del mercado capitalista en expansión.

Esa vertiente rebelde, antiburguesa y antiimperialista, con fuertes tonalidades libertarias –la más perdurable e históricamente la más fructífera, por cierto– constituye probablemente lo más rico de esta constelación ideológica en la que se inscribe gran parte de la producción de Ingenieros.

Pero lo más sugerente es que el fenómeno imperialista será decodificado por esta tradición en los 20 no sólo como un proceso económico y sociopolítico –donde Lenin aportará sin duda una de sus obras más perdurables, El imperialismo, etapa superior del capitalismo” asociado al expansionismo territorial norteamericano sino que además será interpretado en tanto dato cultural. Ésa será una de las capas de mayor densidad teórica y continuidad histórica que nutrirá tanto el discurso de la ‘Reforma del 18’ y la recepción argentina de la revolución bolchevique en los 20 así como más tarde –en los álgidos 60– acompañará la ofensiva continental apoyada en y por la Revolución Cubana.

Esta formación ideológica, crítica de la vulgaridad y mediocridad del burgués y de la arrogancia “materialista” y “mecanicista” expansiva del imperialismo yanqui reposaba en un conjunto de coordenadas estrechamente ligadas al romanticismo. No al romanticismo entendido como tendencia reaccionaria y conservadora frente al progreso iluminado de la Revolución Francesa ni tampoco como una escuela literaria del siglo XIX europeo sino más bien como una protesta visceral frente a la modernización impulsada por el orden burgués capitalista, frente a su despiadada desarticulación de las relaciones personales, frente a su brutal sujeción de la cultura al orden del dinero y el valor de cambio.[14]

Quizá el matiz diferente del romanticismo anticapitalista que mantiene esta corriente haya sido que Ingenieros, Martí, Darío, Rodó, Ugarte y los demás miembros de esta tradición latinoamericana apelaran no a un pasado precapitalista para contra-ponerlo al reino monetario del imperialismo yanqui sino, por el contrario, al porvenir futuro de la unidad latinoamericana (aun cuando Rodó sí apelara a Grecia y al cristianismo). Haciendo esta salvedad, el paralelo con el romanticismo culturalista anticapitalista resulta sumamente expresivo en cada uno de estos pensadores de nuestra América.

Recordemos que el vínculo del joven Ingenieros con esta constelación modernista encabezada en la Argentina por Rubén Darío, que había llegado a Buenos Aires en 1893, se dio a través de la peña literaria La Syringa. En ella, Ingenieros fue uno de los jóvenes bohemios que rodeó al poeta nicaragüense. Experiencia iniciática –estética pero tangencialmente política, en su airado rechazo del “mundo burgués”– que luego fue sepultada por la historiografía que sancionó un busto de Ingenieros científico, reformista y positivista (que sin duda lo fue, pero no de manera exclusiva ni única).

Gran parte de los gestos y ademanes asumidos a lo largo de su vida por este singular “científico” –siempre dispuesto a las humoradas dionisíacas, falsificaciones literarias y travesuras picarescas o funambulescas– están emparentados con los perfiles inconfundibles de la bohemia modernista y las vanguardias estéticas.[15]

En la específica coloración que Ingenieros imprime a aquella expandida corriente de pensamiento en sus conferencias de 1918-1920, la revolución bolchevique viene al mundo justamente para encarnar un nuevo tipo de cultura y de ideal colectivo humanista, radicalmente opuesto al “mundo mediocre, burocrático y rutinario” que emerge del capitalismo. Reaparece entonces, sobre otro terreno, aquella primera prédica estético-política de su experiencia modernista.

La revolución socialista encarnaría al hombre nuevo[16], tal como Ingenieros lo pensó a partir de sus lecturas de Nietzsche (también presentes en su discurso antiburgués de El hombre mediocre”, opuesto al hombre gris, rutinario y sumiso de las multitudes anónimas movidas al compás del ritmo del capital.

No obstante, junto al gesto rupturista antiburgués y crítico de la modernización económica ese nuevo humanismo es comprendido al mismo tiempo en esta etapa de Ingenieros como una prolongación perfeccionada del humanismo renacentista moderno. En esa línea de continuidad, el autor de Los tiempos nuevos” asimila tres revoluciones trazando una curva de variación donde no hay ruptura ni quiebre: 1789 (Revolución Francesa), 1810 (Revolución de Mayo, independencia argentina de España) y 1917. Esta última coronaría los ideales incubados e incumplidos por las anteriores. De allí que el humanismo antropocéntrico y culturalista de la modernidad sea la piedra de toque en su particular desciframiento de la revolución “maximalista”, como él la llamó en su famosa conferencia “Significación histórica del movimiento maximalista”, donde Ingenieros oponía el “minimalismo” de Thomas Woodrow Wilson y Alexander Teodorovitz Kerensky al “maxímalismo” de Lenin y Trotsky, entendiendo con este término; “la aspiración a realizar el maximum de reformas posibles dentro de cada sociedad, teniendo en cuenta sus condiciones particulares”.

Esta célebre disertación, la que más perduró entre sus colegas y discípulos, tuvo lugar en el Teatro Nuevo el 22 de noviembre de 1918, bajo los auspicios de la Federación de Asociaciones Culturales. Él mismo, en una carta a su padre, describe el panorama de aquella noche:

“Socialistas (de los tres partidos enemistados entre sí), anarquistas, liberales, amigos personales, invadieron el teatro entre las adyacencias ya desde la tarde, con el tumulto que puedes imaginarte. A las 9 p.m. como un domador en una jaula de fieras comencé…”[17]

En la primera fila de los asistentes se encontraba el entonces decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y hombre de la Reforma, Alejandro Korn (1860-1936). A pesar de su antipositivismo militante (a mitad de camino entre el neokantismo y el bergsonismo), Korn había ido a escuchar a su rival hasta ayer positivista. Como hombre de la Reforma y del estudiantado, el entonces decano de Filosofía y Letras compartía en ese momento –cuando ya había pasado por las filas de la Unión Cívica Radical y del conservadurismo– la esperanza de una nueva cultura que emanaba de Rusia, aunque a pesar de sumarse a las filas socialistas tras el golpe de Estado de 1930 terminará luego distanciándose y criticando a la URSS.

Pero en esa noche de noviembre de 1918, el incandescente “fantasma rojo” que giraba en torno de la Revolución Rusa suscitaba todas las esperanzas (por lo menos entre la intelectualidad revolucionaria que la saludaba, dado que la dirección histórica del Partido Socialista –Juan B. Justo y Nicolás Repetto– nunca tuvo la mínima simpatía hacia “el experimento bolchevique”. Entre los “rojos”, en cambio, no había margen para los matices. Ingenieros venía a volcar todo su prestigio de ‘”maestro” de juventudes en esa velada. Su principal discípulo lo describía así:

 “Sólo un hombre podía hablar y hacia él se volvían nuestros ojos. Millares de estudiantes y de obreros caldeaban la sala del Teatro Nuevo, la noche aquella de la conferencia memorable, como si la intensidad de la expectativa pusiera en cada uno un de emoción. Ingenieros apareció por fin, y con la misma sencilla claridad de todo lo suyo, se adelantó a la tribuna como si fuera una cátedra”.[18]

La revolución que nacía en Rusia expresaba en su opinión el punto más alto de una nueva conciencia que hablaba a través de “los jóvenes, los oprimidos, los innovadores”, quienes compensaban “el peso muerto de los viejos, los rutinarios y los satisfechos”. Como en sus intervenciones acerca de la universidad del porvenir, en esa conferencia volvían a emerger las clásicas oposiciones.

Exactamente la misma matriz ideológica juvenilista que había guiado cinco meses antes (21 de junio de 1918) a Deodoro Roca en la redacción del Manifiesto de la Reforma. En aquella oportunidad Deodoro Roca –otro hijo del modernismo antiimperialista y de la hermandad de Ariel, “una figura dionisíaca”, según lo definiera Gregorio Bermann– había justificado el sagrado derecho a la insurrección estudiantil apelando a los mismos núcleos ideológicos: el rechazo de la “inmovilidad senil”, la “universidad burocrática”, “la enseñanza mediocre”, “el concepto de autoridad” y, finalmente, “el espíritu de rutina y sumisión”.[19]

En ese mismo tenor Ingenieros defendió aquel histórico 22 de noviembre de 1918 “el experimento bolchevique”. Enjuiciando una vez más a “los espíritus tímidos”, expresó públicamente su confianza y su esperanza –la misma que tenían allá lejos Lenin y Trotsky– ante la inminencia de la revolución internacional:

“Creo firmemente, que la paz definitiva no será firmada por los actuales gobernantes; dentro de pocas semanas o de pocos meses, casi todos los gobiernos europeos habrán pasado a otras manos libres”.

En esa oportunidad el “maestro” fue por demás elocuente. Volvió a trazar explícita-mente el paralelo entre “la revolución estudiantil que acaba de triunfar en la universidad de nuestra Córdoba” y la experiencia bolchevique, aún marcando las diferencias entre lo incruento del desalojo de una “docena de sabios solemnes” y lo doloroso de la “demolición de una siniestra tiranía secular”.

Un año más tarde, en “La Internacional del pensamiento” (noviembre de 1919) Ingenieros se hace eco del llamado a realizar “una revolución de los espíritus” a través de una “Internacional del pensamiento”, sueño reposado según sus palabras:

“en el corazón de los que afirman ideales jóvenes frente a las ruinas de las iniquidades viejas”.

Aun delimitando el terreno propio al señalar las “vaguedades ideológicas” del manifiesto emitido por ¡Clarité! (¡Claridad!, grupo francés fundado en 1919), el argentino destaca entusiasmado cómo el espíritu de ¡Claridad! y su defensa de la experiencia bolchevique penetra en la conciencia de las nuevas generaciones:

“De suyo idealista y romántica, la juventud es la más firme palanca del espíritu nuevo”. –Más adelante insistirá en que– “Anatole France, Romain Rolland y Henri Barbusse encabezando el valiente Grupo ¡Claridad! han señalado un derrotero nuevo a la opinión de los intelectuales del mundo”.

Entre las sugerencias que Ingenieros agregaría al manifiesto del grupo ¡Claridad! emerge nuevamente la problemática antiimperialista: tras el llamado a la:

“Defensa del derecho de autodeterminación de los pueblos, contra todo imperialismo político y económico, solidaridad moral con los pueblos que luchan por la extinción de los privilegios y tienden a organizar un nuevo régimen social fundado en la cooperación de los productores”.

Esta condensada trama donde conviven contemporáneamente la apelación estudiantilista a la juventud, el antiimperialismo y la adhesión entusiasta a la Revolución Rusa a través de un “ejército del espíritu” internacional será una constante desde ese momento en la obra de este pensador hasta el momento de su muerte, en 1925. Ese impulso será recogido en “Renovación” y en los manifiestos de la Unión Latinoamericana.

Que Ingenieros, desde la Argentina, se haya animado a “corregir” las formulaciones del grupo ¡Claridad! resulta demostrativo del tipo de actitud asumida por él –no la común, precisamente– ante la intelectualidad europea.

En el mismo sentido Miguel de Unamuno, que coimpulsará en París junto con Ingenieros, Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Haya de la Torre, Carlos Quijano y Miguel Asturias, entre otros, la formación de un Comité de Solidaridad latinoamericana, aportaba ante su muerte una anécdota ejemplar. Resulta que en La Sorbona…

“celebrábase en una de sus aulas una sesión sobre algo de una asociación internacional de estudiantes en que hablaban varios hispanoamericanos, entre ellos nuestro Ingenieros. Los demás hispanoamericanos, excepto uno, hablaron en francés más o menos correcto, mas al levantarse Ingenieros se puso a hablar en español (…) Y no sólo que habló en nuestro español, en el Viejo y en el Nuevo Mundo (…) sino que reclamó para él valor de lengua internacional y tuvo juicios severos para la Sociedad de las Naciones (…) Y es que no fue a hablar como sumiso alumno de este solapado internacionalismo nacionalista ni tenía por qué guardar los miramientos de esos pobres representantes diplomáticos que vienen a mendigar una sonrisa…”.

 Ingenieros también relanzará en marzo de 1920 su juvenil crítica de matriz libertaria –propia de su época al frente de La Montaña junto a Lugones– hacia el parlamento burgués, reinterpretada ahora desde la experiencia de los soviets en Rusia.[20]

En “La democracia funcional en Rusia” defenderá frente a la representación cuantitativa, genérica e indiferenciada del parlamento burgués, una representación de tipo funcional asentada en el consejismo de los soviets.

Desde su óptica, la revolución de 1917:

“representa una nueva filosofía política”, –pues– “la nueva experiencia política ensayada en Rusia tiene un valor ideológico que interesa al filósofo”.

Dentro de ese horizonte, Ingenieros reconoce que la soberanía popular individual (inaugurada en 1789) disgregó los privilegios pero…

“suprimió el carácter funcional de la representación política”.

De ahí que toda su operación discursiva se juegue en la oposición entre soberanía popular –que él defiende– frente al actual sistema representativo parlamentario, cuantitativo e indiferenciado –que critica ácidamente–. Lo más llamativo de esta larga fundamentación política reside en que para legitimar su crítica radical de la república parlamentaria burguesa, el Ingenieros consejista, se apoya nada menos que… en el ejemplo estudiantil de 1918 promotor de la “autonomía universitaria” y su representación democrática por claustros, no meramente cuantitativa.[21]

Por eso no resulta casual que al final de esta enérgica defensa del sovietismo como sistema de representación política anticapitalista y antiparlamentaria Ingenieros cargue nuevamente las tintas contra los hábitos y las rutinas de:

“los timoratos, los estériles y los amorfos, cuyo único ideal es seguir pastando tranquilamente”.

En “La educación integral en Rusia” (junio de 1920) reaparecen todos los motivos anteriormente subrayados:

“Para cambiar un régimen, –dice– es necesario emanciparse de su ideología. Los ideales nuevos nunca han nacido de las enseñanzas rutinarias”,

Así sentencia el maestro de la irreverente juventud universitaria. En esa misma tónica nietzscheana y vitalista –que no deja de atravesar uno solo de todos sus ensayos sobre Rusia– Ingenieros analiza pormenorizadamente la “revolución educacional” encabezada por Anatoli Lunatcharsky:[22]

“la más profunda reforma educacional conocida en la historia de los pueblos civilizados”.

En su encendida defensa de la experiencia bolchevique y de su “pedagogía comunista”. Ingenieros traza un paralelo entre los éxitos logrados por “las escuelas de Lunatcharsky y los ejércitos de Trotsky”, mientras saluda la creación de las vanguardias estéticas reunidas en el Proletkult interpretándolo… en clave de educación popular.

La matriz de la Reforma del 18 –y sobre todo de su extensión universitaria– sigue tiñendo aquí su análisis, que tampoco carece de cierta incrustación sarmientina que Ingenieros no abandonará sino hasta el lapso 1922-1925, en tiempos de la “Unión Latinoamericana” y de “Renovación”.

Las fuentes bibliográficas que utiliza para fundamentar sus juicios abarcan desde ediciones en francés de “¡Claridad!” hasta la revista “Documentos del Progreso”, editada por el entonces naciente Partido Socialista Internacional (fundado el 6 de enero de 1918, luego Partido Comunista) que traducía rápidamente folletos y libros de los dirigentes bolcheviques.

Esa presencia en Ingenieros de numerosos materiales y folletos editados por el comunismo argentino es expresión del rápido grado de influencia que este grupo logró entre la intelectualidad. Fue ésa una época absolutamente prolífica e inédita en esta tradición. No es aleatorio que en ese momento este segmento político cultural aún publicaba por igual y sin ningún tipo de reparos sectarios o burocráticos en Documentos del Progreso tanto a Lenin o Gorki como a Trotsky y Lunatcharsky, pasando por Rosa Luxemburg, John Reed, Gregory Zinoviev o Alexander Alexándrovich Bogdanov.[23]

No obstante citar profusamente esa bibliografía del comunismo local –lo que equivalía de algún modo a un reconocimiento–, el maestro de juventudes saludaba:

“el advenimiento del socialismo[24] en la acepción amplia de ese término, sin restringirlo a ninguno de los partidos políticos que usan esa denominación”.[25]

En “Las enseñanzas económicas de la Revolución Rusa” (septiembre de 1920) Ingenieros recupera el consejismo bolchevique mientras enjuicia duramente a “los socialistas amarillos” en una obvia referencia a sus ex colegas de La Vanguardia que tanta distancia marcaron frente al “fantasma rojo” de la revolución de 1917. En esa apropiación del consejismo[26] ruso y europeo llama poderosamente la atención para un lector contemporáneo el grado sumo de información que manejaba Ingenieros. En ese sentido, sobresale como ejemplo su inesperada referencia a L’ Ordine Nuovo dirigido por Antonio Gramsci:

“En Italia [los consejos obreros] son objeto ahora de apasionadas discusiones entre el elemento obrero, suscitada la cuestión de Turín, donde se publica un periódico fundado para su defensa”.[27]

Finalmente en el último de los capítulos, “Las fuerzas morales de la revolución” (noviembre de 1920), vuelve a cargar las tintas tanto contra los capitalistas de la Liga de las Naciones como contra los “amarillos” de la II Internacional.

Pero si deja terminantemente sentado que la Revolución Rusa no es un modelo a imitar –con una premonición histórica que lamentablemente no sería escuchada por varias generaciones posteriores de sus partidarios en nuestra América–, equipara “la nueva conciencia moral de la humanidad” aportada por los bolcheviques a la del cristianismo primitivo, a la Reforma protestante y a la Revolución Francesa, resumiendo finalmente su concepción según la cual:

“el espíritu revolucionario es hoy un estado de fe colectiva en la posibilidad de vivir en un mundo mejor”.

Su libro culmina con tono esperanzado y apocalíptico, apelando no al necesario decurso histórico ascendente de las fuerzas productivas –a pesar del evolucionismo que tanto pesó en él– sino a la “guerra de ideales, de valores, de fe”.

“Las fuerzas morales” –como se titula uno de sus mejores libros donde reúne sus ‘sermones laicos’[28] al estudiantado– y los valores humanistas de la revolución encaman para Ingenieros una nueva ética integral, absolutamente irreductible a “los intereses mercantiles”, al valor de cambio y al reino salvaje de la mercancía.

Poco tiempo después, en ocasión de la primera visita de Vasconcelos al país, pronuncia su discurso “Por la Unión Latinoamericana”[29] (11 de octubre de 1922, reproducido luego en Revista de Filosofía). Arremetiendo duramente contra el “capitalismo imperialista” y el panamericanismo. Ingenieros elogiaba allí profusamente a Vasconcelos, aunque no dejaba de marcar sus diferencias al evaluar benévolamente el papel del positivismo en México (una apreciación de por sí polémica del Ministro de Educación Pública mexicano, dado el apoyo de los “sabios” positivistas al régimen de Porfirio Díaz).

Con todos sus matices, ambos jugaron un rol fundamental en aquellos años, a pesar de su disímil actitud frente a la Revolución Rusa: “Actualmente”, decía Mariátegui en 1924:

“el pensamiento de Vasconcelos y de Ingenieros tiene una repercusión continental. Vasconcelos e Ingenieros son los maestros de un entera generación de nuestra América. Son dos directores de su mentalidad”[30]

Esa noche de 1922, cuando se lanza públicamente la iniciativa de fundar junto a “la juventud idealista y antiimperialista” la Unión Latinoamericana, Ingenieros no se olvidó del temido “fantasma rojo”, Rusia seguía siendo para él el ejemplo empírico que demostraba que:

“aun los idealistas más radicales saben exaltar sus corazones y armar su brazo cuando ejércitos de extraños y bandas de mercenarios golpean a las puertas del hogar común, como con bella heroicidad lo ha demostrado ayer el pueblo de Rusia”.

Apenas dos meses después, por obra de “un grupo de jóvenes universitarios” (de los cuales el único estudiante auténtico era Gabriel S. Moreau, mientras Ingenieros y Ponce firmaban con seudónimos), nace Renovación, publicación que será más tarde Órgano de la Unión Latinoamericana bajo la dirección sucesiva de J. Ingenieros, G. Moreau, A. Orzábal Quintana, F. Márquez Miranda y M. Seoane.

En el primer editorial de Renovación aparecen condensados a un tiempo todos los motivos que sedujeron al último Ingenieros: juvenilismo y arielismo, revolución bolchevique, antiimperialismo. Así, mientras se enjuiciaba a los “magnates petroleros, el dólar todopoderoso, los empréstitos externos y el capitalismo invasor” –dando cuenta del imperialismo no sólo en términos culturales sino también económicos–, se afirmaba con la hermandad de Ariel que:

“poseemos un tesoro espiritual que no cambiamos por ninguna cantidad de dólares, –sin dejar de afirmar que–; tenemos la conciencia clara de obrar al unísono de aquel impulso renovador[31] que hace ocho años partiera de Oriente”.[32]

Desde su otra publicación, Revista de Filosofía”, Ingenieros publica “La glorificación de Lenin”, en ocasión de la muerte del dirigente bolchevique. Allí lo caracteriza como “el más grande estadista de los tiempos nuevos y del nuevo espíritu”.

Allí también afirmaba que:

“es, sin embargo, un triunfo sin precedentes históricos el del partido bolchevique, que ha durado largos años en el gobierno de Rusia, superando todas las dificultades internas consecutivas al desastre de la guerra, venciendo todas las dificultades externas creadas por el asalto rapaz de traidores al servicio del oro extranjero (…) Nicolás Lenin fue a un tiempo mismo el cerebro y el brazo de la invicta revolución”[33]

Desde entonces –los radicales años 20– el latinoamericanismo de la Reforma impulsado por Ingenieros se bifurcará en dos corrientes: “la Alianza” (APRA, Alianza Popular Revolucionaria Americana, liderada en Perú por Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) y rebautizada irónicamente en 1928 por el cubano Julio Antonio Mella, como “ARPA” aludiendo a su altisonante retórica) y “la Unión” (Unión Latinoamericana, sección argentina).

En su libro El antiimperialismo y el APRA” (redactado en 1928 como una respuesta a Mella y publicado en 1936) Haya de la Torre intentará autoatribuirse el padrinazgo de las ligas antiimperialistas sosteniendo que la primera fue fundada en México en 1924 y que la de Buenos Aires fue posterior. Agregaba también que la de Ingenieros “se limitó a fines de acción intelectual”.[34] Si bien las dos tendrán descendencia posterior, es cierto que el APRA será la que consiga sobrevivir durante mayor tiempo y con mayor proyección política como organización, aun cuando la perspectiva de Mella dejará como saldo nada menos que el primer antecedente de la Revolución Cubana.

Antes de que estas dos instituciones se fundaran, ese exaltado americanismo que en Ingenieros se entrecruza con la defensa del “fantasma rojo” había impulsado el nacimiento de la Asociación Latinoamericana. Esta institución había nacido en la Argentina en 1914, bautizada originariamente “Comité pro México”, y estuvo presidida desde su inicio por Manuel Ugarte, quien no casualmente será uno de los principales oradores en la fundación de la Federación Universitaria Argentina (FUA), el 11 de abril de 1918. Pero esa fase será previa a la división entre el APRA y la Unión.

En cuanto a esta última, en el acta de su fundación (21 de marzo de 1925), redactada íntegramente por el mismo Ingenieros –firmada también por Aníbal Ponce, Alfredo Palacios, Julio V. González, C. Sánchez Viamonte, F.V. Sanguinetti y otros– volverán a asociarse nuevamente la lucha antiimperialista con la Reforma Universitaria bajo “los ideales nuevos de la humanidad” que la Rusia bolchevique intentaba realizar en el orden terrenal.

La prolongación continental de esa prédica precursora, aunque hoy muchas veces desconocida u olvidada, llegó lejos y caló profundo. Por ejemplo en el prólogo de 1947 a Los tiempos nuevos” H. P. Agosti –el principal discípulo de Aníbal Ponce- subrayaba con justicia el eco que los ensayos de Ingenieros tuvieron en Brasil, para agregar a continuación:

“Idéntica repercusión alcanzaron en los restantes países del continente: aparecieron como punto de partida del futuro antiimperialismo militante, que por esos años alcanzaba carta de ciudadanía en las andanzas juveniles de la Reforma Universitaria”.

Pero la oleada de contagio no sólo llegó hasta Brasil. En el caso de Cuba, la prédica de Ingenieros se hizo sentir desde la década del 20 hasta la del 50. Como acotaremos más adelante en el ensayo sobre el Che, en 1925 Ingenieros se encuentra en La Habana –a su regreso de México– con Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y Gustavo Aldereguía, tres de las principales cabezas revolucionarias de la Cuba de aquellos años.

Más tarde, al morir Ingenieros, Martínez Villena (1899-1934) –jefe del comunismo cubano tras el asesinato de Mella en México– escribe un artículo titulado “Con motivo de la muerte de José Ingenieros”, que cuestiona la impugnación que de él había hecho entonces Jorge Mañach. Incluso el futuro canciller de la Revolución Cubana Raúl Roa, miembro de la Liga Antiimperialista y de la Universidad Popular José Martí a fines de los 20, del Ala Izquierda Estudiantil durante los 30 y uno de los principales impulsores del antiimperialismo cubano en años posteriores, (al punto que su obra constituye una de las primeras lecturas marxistas del joven Fidel Castro que en sus tiempos de estudiante), señalara a Ingenieros junto con Mariátegui como uno de sus principales maestros.[35]

No se trata hoy de embellecer a posteriori la obra de Ingenieros. No se pueden ocultar o soslayar en ella ni el racismo de factura sarmientina (su gran “mancha negra”, que también tiñó la pluma de Ponce), ni el evolucionismo histórico, ni cierto “funcionalismo” sociológico avant la lettre. Sin duda estos aspectos son los más fácilmente olvidables de su obra.

No obstante y al mismo tiempo, no podemos olvidar que su pensamiento encierra otra veta sumamente atractiva para una lectura contemporánea. Pues, más allá de su elitismo. El hombre mediocre” y Las fuerzas morales” condensan –además del ya analizado “Los tiempos nuevos” el juvenilismo, la crítica libertaria de la burocratización (rutinaria y jerárquica) de la vida moderna y el romanticismo eticista que marcó a fuego el ideal de la Reforma.

Una constelación cultural de vasto aliento y difusión continental que cristalizará posteriormente en el marxismo de raíz eticista (y muchas veces “idealista”, según las rígidas normas de la ortodoxia) crecido en nuestra América al calor de la Revolución Cubana.

En esa prédica explosiva de antiimperialismo culturalista y romanticismo anticapitalista se educarán generaciones completas de revolucionarios y combatientes latinoamericanos.

[1] “La sociedad argentina y sus intelectuales en las primeras décadas del siglo XX”, Edición sobre un original, Capítulo I, en “De Ingenieros al Che, Ni calco ni copia ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano”.

[2]  Refiriéndose al socialismo Aricó en La hipótesis de Justo”,  p. 48, reconocía: “Si bien les permitía [los cánones del marxismo de la II Internacional] obtener éxitos relativos en la organización de las clases trabajadoras, los colocaba objetivamente en una posición, subalterna en el interior del bloque de fuerzas orientadas a la modernización capitalista  de la región”.

[3]  Véase Héctor P. Agosti, Ingenieros, ciudadano de la juventud,  Buenos Aires, Santiago Rueda, 1950.

[4]  La figura del “maestro” –exactamente lo opuesto del “científico especialista”– remitía a la de “un ensayista  erudito, en quien sus discípulos  reconocían a un humanista,  cuya sabiduría no precisaba del gabinete para ser cultivada ni del aula para ser transmitida”; Federico Neiburg en “Los intelectuales y la invención del peronismo”,  Bs. As., Alianza, 1998, pp. 156, véanse también pp. 174 y 176. Recién con la “modernización” y departamentalización del campo universitario argentino a comienzos de los 60 la figura totalizante del “maestro”, cuya máxima encarnación la constituyó Ingenieros, cederá indefectiblemente frente a la emergencia del intelectual “profesional” especializado.

[5]  Citamos de la edición de Buenos Aires, Futuro, 1947. La primera edición es de Madrid, América, 1921.

[6]   Sergio Bagú, Vida ejemplar de José Ingenieros”,  Buenos Aires, El Ateneo. 1953, p. 42.

[7]  José C. Mariátegui, “José Ingenieros”, en Obras,  La Habana, Casa de las Américas, 1982, t. II , p. 250.

[8]    “Ideales viejos e ideales nuevos”, en Los tiempos nuevos,  p. 27.

[9]  “La universidad del porvenir”, en José Ingenieros, Antiimperialismo y nación”, Antología, Introducción y notas de O. Terán, México, Siglo Veintiuno, 1979, Texto reproducido en pp. 337-338.

[10] “Quizá Rodó”, afirma Mario Benedetti en su obra “Genio y figura de José Enrique Rodó”,  Bs. As. Eudeba, 1966, pp. 95 y 102: “se haya equivocado cuando tuvo que decir el nombre del peligro, pero no se equivocó en su reconocimiento de dónde estaba el mismo (…) pese a sus carencias, omisiones e ingenuidades, la visión de Rodó sobre el fenómeno yanqui, rigurosamente ubicada en su contexto histórico, fue en su momento la primera plataforma de lanzamiento para otros planteos posteriores, menos ingenuos, mejor informados, más previsores”. Véase también Luis Reissig: “Ingenieros y Rodó”, en Nosotros nota dedicada íntegramente a la muerte de Ingenieros, Año XIX ,n° 199, diciembre de 1925, pp. 677-678.

[11] Véase José Enrique Rodó, “Ariel” (1900), Buenos Aires, Losada, 1996. En la obra de Rodó (quien no era un hombre de izquierda), que retoma a Shakespeare, los valores cualitativos y la cultura humanista latinoamericana están sugerentemente encarnados en el personaje de Ariel, el intelectual –símbolo mayúsculo de la juventud–, mientras que el materialismo, la rutina, la sociedad de masas y el mecanicismo cuantitativo de Estados Unidos están representados en el monstruo de muchos pies y poca cabeza: Calibán. Una muy sugerente reevaluación contemporánea de estos personajes puede encontrarse en los ensayos del cubano Roberto Fernández Retamar. “En realidad, –dice Retamar– para nosotros hoy el enemigo sigue siendo el mismo que señaló Rodó: Estados Unidos”, aunque en lugar de Ariel, Calibán –explotado por el tirano y despreciado por los poderosos– representaría a los pueblos latinoamericanos. Véase Roberto Fernández Retamar, “Calibán”, en Para el perfil definitivo del hombre”,  La Habana, Letras Cubanas, 1995, pp. 128-180, y “Todo Calibán”, en Milenio,  3, Buenos Aires, noviembre de 1995.

[12] Mientras sostiene que el primer antiimperialismo latinoamericano emerge con Nuestra América” de José Martí, Retamar insiste –siguiendo a Ricardo Gullón– en que el modernismo expresó al mismo tiempo una rebelión política y estética contra “la vulgaridad y la chabacanería del ensoberbecido burgués”; R. Fernández Retamar, “Modernismo, 98, subdesarrollo” (en op. cit., p. 122). Por su parte, Oscar Terán sugiere en su “Introducción” a José Ingenieros, “Antiimperialismo y nación”,  p. 34, que el repliegue en la subjetividad que propone el modernismo, tan caro al joven Ingenieros y tan similar a la figura del “alma bella” hegeliana. constituye “un modo de vehiculizar la protesta frente al mundo congelado de los intereses ‘materiales y burgueses’  que negaban los méritos del talento y la inteligencia”.

[13]  También puede consultarse en una perspectiva crítica –sobre el modernismo de Darío, por ejemplo, y su relación con el diario “La Nación” de Bartolomé Mitre– David Viñas.Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar”. Bs. As, Siglo Veinte, 1971. “El escritor modernista”, pp. 42-47, y De Lugones a Walsh”, Bs. As, Sudamericana, 1996, pp. 21-26.

[14]  Intentando describir esta concepción ampliada del romanticismo, señala Michael Löwy: “El marxismo romántico de Mariátegui”, en América Libre, n° 2, Bs. As., 1993, p. 133: “Oponiendo a los valores puramente cuantitativos de la Zivilisation (Civilización) industrial los valores cualitativos de la Kultur (Cultura) espiritual y moral, o a la Gesellschaft  (sociedad) y artificial la Germeinschaft  (comunidad) orgánica y natural, la sociología alemana de fines del siglo XIX  formulaba de manera sistemática esta nostalgia romántica del pasado, esta tentativa desesperada de «reencantar el mundo»”. Ampliando el concepto, sostiene Löwy (Redención y utopía. El Judaísmo libertario en Europa central, Bs. As., El Cielo por Asalto, 1997, p. 30: “Frente a la escalada irresistible del capitalismo, al despliegue invasivo de la civilización científica y técnica, de la gran producción industrial, del universo de la mercancía y de los valores mercantiles, se produce –en diversos medios sociales y, particularmente, en la intelligentzia  tradicional– una reacción cultural (unas veces desesperada y trágica, otras resignada) que puede designarse como romanticismo anticapitalista”.

[15]  Por ejemplo, Ingenieros se presentó una vez ante el presidente de Estados Unidos Woodrow WiIson con un nombre falso, haciéndose pasar por… “Benito Villanoivas”, apodo del embajador argentino en Washington. Véase David Viñas, “Ingenieros, un fumista en la Casa Blanca” en De Sarmiento a Dios. Viajeros argentinos a USA”,  Bs. As., Sudamericana, 1998, pp. 212-216. Otra vez publicó en el número 123 de agosto de 1919 de Nosotros una supuesta traducción de un poema de Josué Carducci firmada por un tal “Francisco Javier Estrada” cuando en realidad el poema era suyo. Ese tipo de actitudes seguramente estaban asociadas a un élan, inocultablemente libertario y vanguardista, véase Roberto Giusti, “Ingenieros poeta”,  en Nosotros, 199, Buenos Aires, pp. 537-541.

[16]   El paralelo del humanismo, primero de Ingenieros y luego de Aníbal Ponce, con el que posteriormente promoverá desde la Revolución Cubana Ernesto Che Guevara sobresale aquí con gran notoriedad.

[17]   Citado en O. Terán, Introducción a José Ingenieros: Antimperialismo y nación”,  p. 99.

[18] Aníbal Ponce. “Para una historia de Ingenieros”, en Obras completas, Bs. as, Cartago, 1974, tomo I , p. 202.

[19]  Deodoro Roca (originalmente aparece firmado colectivamente por quince miembros de la Federación Universitaria): “La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica” (21 de junio de 1918). Sobre el ideario antiimperialista de Deodoro, véase nuestra ya mencionada antología: Deodoro Roca, el hereje”

[20] Esa misma dirección tomará una parte importante de los sectores libertarios argentinos, como el grupo Spartacus (Alianza obrera y campesina) de Horacio Badaraco, Domingo Varone y Antonio Cabrera o los sindicalistas revolucionarios encabezados por Emilio Troise (recién incorporado al Partido Comunista en 1945), Sebastián Marotta, Louset, J. A. Arriaga -a través de quien recibieron la influencia de Georges Sorel-, A.S. Lorenzo, B. Bosio, J.C. Othilinghaus, entre otros; así como también el grupo conformado por E.S. Carugatti, M. Torreiro, Luis Sommi, P. Yungalás y A. Hernández, entre otros. En el caso del primer grupo estudiantil Insurrexit, autodefinido como “Grupo universitario comunista antiparlamentario”  impulsado por Micaela Feldman y su compañero Luis Hipólito Etchebéherè (quienes lograron colaboraciones de Alfonsina Storni, Nicolás Olivari, Arturo Capdevila, Horacio Quiroga, Leónidas Barletta, Palacios, Lugones, entre otros)-, los matices entre el bolchevismo y el comunismo libertario muchas veces se esfumaban. Por ejemplo, ya en su primer número (8 de septiembre de 1920, p. 7), en medio de una ardiente adhesión a “la aurora que nos viene de Oriente” –léase Rusia– destacaban en un inmenso recuadro de media página una proclama “A los jóvenes” de Alexander Kropotkin.

[21] La estrecha relación de los círculos masónicos argentinos con los reformistas cordobeses ha sido demostrada en varias ocasiones. Puede encontrarse en la ciudad de Córdoba un placa conmemorativa en reconocimiento a los reformistas del año 1918 ubicada en un pasaje que conecta una de sus calles principales, la Avenida Colón, con el Hospital de Clínicas.(Nota a esta edición)

[22] “En realidad Nietzsche es el “Anti Marx”, no sólo desde su obra escrita sino en su praxis, en su vida. El malentendido no es nuevo: ya se intentó hacer una amalgama entre Nietzsche y Marx a fines del siglo XIX, en círculos anarquistas e incluso en sectores juveniles de la socialdemocracia alemana. ¡Hasta los mismos bolcheviques! Dentro de la corriente del marxismo ruso de principios del siglo XX Lunacharski, adversario de Lenin dentro del bolchevismo, luego Comisario para la Educación de la joven URSS, intentó sin éxito buscar puntos de contacto entre Nietzsche y Marx. Creo que fue el primer nietzscheano de izquierda de la historia. La famosa Kollontai, en su juventud, leía ingenuamente a Nietzsche a los círculos de jóvenes obreros como llamada a la acción y para propagar el ateísmo. Larisa Reisner (la escritora esposa de Karl Radek) o Georgï Chicherin (ministro de asuntos exteriores de Stalin) fueron wagnerianos, nietzscheanos y marxistas en su juventud, lo que podría abrir una investigación sobre las raíces nietzscheanas de la cultura stalinista…” Nicolás Gonzales Varela. “Spinoza. Marx, Nietzche”, 2013. Edición Digital, p.22

[23] Véase “Documentos del Progreso”, I , 1, Bs. As., iniciada el 1 de agosto de 1919 (cada ejemplar tenía dieciséis páginas, y se publicó entre 1919 y 1921). De modo análogo, lo mismo vale para los periódicos comunistas de este período fundacional, cuando se publican profusamente los escritos de Lenin, De la Revolución Rusa”, “Los socialistas y el Estado” (título con el que apareció El Estado y la revolución”), “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, “El radicalismo, enfermedad de infancia del comunismo”,  etc. Por ejemplo, en el número extraordinario del 2 de febrero de 1918 de La Internacional” aparece un fragmento de León Trotsky –luego convertido en hereje e infiel– sobre “los revisionistas nacionales y los socialistas patriotas”. Igualmente La Internacional”, publicada inicialmente como “Periódico Socialista Quincenal”, editado por la cooperativa de publicaciones socialistas La Internacional, que luego adopta el subtitulo de “Órgano del PSI”, en su número del 16 de febrero de 1918 vuelve a publicar sobre “El nuevo régimen en Rusia” incluyendo declaraciones de Trotsky.

[24] A diferencia de lo que opina Kohan sostenemos que esta definición de “socialismo” es claramente antagónica a la de Lenin. En cuya ecuación “socialismo” solo puede ser entendido  como sinónimo de “Bolchevismo”, o Partido Único. (Nota a esta edición)

[25] En ese plano, como en otros. Ingenieros tuvo mucho en común con Manuel Ugarte (1875-1951) e incluso también con Alfredo Palacios (1878-1965). Con Ugarte no sólo compartió el latinoamericanismo y el antiimperialismo visceral sino también la bohemia modernista (en los cafés de París Ugarte conoció personalmente a Rubén Darío, Henri Barbusse, Romain Rolland, Émile Zola, Diego Rivera, Miguel de Unamuno, Ramón del Valle Inclán, Amado Nervo, Rufino Blanco Fombona, entre otros). Además, Ugarte e Ingenieros mantuvieron cierta independencia frente a las disputas de las diversas vertientes del socialismo y el comunismo (aún cuando probablemente Ugarte se mostrara más reacio a la izquierda socialista que Ingenieros, debido a las vinculaciones de aquélla con el comunismo). Con Palacios, Ingenieros compartió el juvenilismo antipositivista y la militancia en la Reforma aún cuando tuvieran matices notorios frente a la Revolución Rusa.

[26] Esa “apropiación” en realidad no está demostrada en la obra de Ingenieros, y solo puede ser considerada como una opinión de N. Kohan. El aquí llamado “consejismo de Ingenieros”, es en realidad una reinterpretación-adaptación idealista, anticlerical, anarquizante y en la práctica, políticamente aristocratizante –con notables impregnaciones masónicas– del “sovietismo”, ruso-europeo. Kohan no hace referencia o no consigue interpretar el mensaje críptico y cifrado de la literatura sincrética (sintetizada en realidad) de las logias iniciáticas y sus llamados a “la juventud”. Como ejemplo puede encontrarse una defensa de la Rusia soviética en autores insospechados de “socialismo” como Lisandro de la Torre en su debate público con un cura, “La cuestión social y un cura. Replica a Mons Franceschi”, en “Intermedio Filosófico”, Obras de L. de la Torre. Ed. Hemisferio. Abril de 1976. (Nota a esta edición)

[27]  José Ingenieros, Los tiempos nuevos”,  p. 144. nota.

[28] La ‘pedagogía cultural-ideológica’ es otra notable característica de la masonería latinoamericana. No es casal que Ingenieros y la intelectualidad anticlerical en general –el progresismo positivista pequeño burgués–, observaran de cerca la situación soviética y la política educativa de Lunacharsky, y de paso, sus simpatías con la obra de Nietzche. (Nota a esta edición)

[29] Las ideas cardinales de los “sabios”, positivistas, eran parte de la herencia masónica de los románticos pequeño burgueses europeos a la confraternidad americana, Nótese la relación intelectual con algunas ideas atribuidas a la “Logia Lautaro”, (Nota a esta edición)

[30] J. C. Mariátegui, “La unidad de la América Indoespañola” en Variedades, Lima, 6 de diciembre de 1924); reproducido de J. C. Mariátegui, Textos básicos  (Lima, FCE , 1991, p. 363), Mariátegui era aún más terminante: “Las universidades necesitan, para ser viables, que algún soplo creador fecunde las aulas […] También en Hispano-América hay maestros de relieve revolucionario. En la Argentina, José Ingenieros. En México, José Vasconcelos y Antonio Caso. En el Perú no tenemos ningún maestro semejante…”; J. C. Mariátegui. “Crisis de maestros e ideas”, en Claridad, I , 2, pp. 2-3, reproducido en Obras,  tomo II , p. 451. Sin embargo, el peruano matizaba esa gran admiración por Vasconcelos criticándole precisamente su falta de valoración de Lenin y la Revolución Rusa. Véase Claude Fell, “Vasconcelos-Mariátegui: convergencias y divergencias”, en Roland Forgues. Mariátegui, una verdad actual siempre renovada  (Lima, Amauta, 1994, pp. 53-70). Después del golpe de Estado de 1930, en el exilio de Montevideo los jóvenes discípulos del Ingenieros antiimperialista vuelven a rendir homenaje a Vasconcelos, mientras saludan la lucha armada de Augusto César Sandino. Ernesto Giudici le escribe entonces (27 de diciembre de 1931) al mexicano –exiliado en Madrid– y éste le responde (22 de enero de 1932) apoyando la campaña en favor del guerrillero nicaragüense. Además, en La Antorcha de Madrid que él dirigía (12 y 13, marzo-abril de 1932, pp. 5-8) Vasconcelos publica un manifiesto estudiantil al joven Giudici contra la dictadura de José Evaristo Uriburu, pero el mexicano le agrega una pequeña introducción: donde explica el golpe de Estado argentino como una reacción frente a la alarma de “lo que presentan a Rusia de modelo”. Allí caracteriza la URSS como “una dictadura de burócratas” y al leninismo como un fracaso “porque ha empezado renegando de Cristo”. De este modo se ensanchaban entonces las distancias con Mariátegui.

[31] “Espíritu”, “Renovador” y “Renovación”, también corresponden a definiciones específicas en el lenguaje de la masonería. (Nota a esta edición)

[32] En Gabriél Del Mazo, La Reforma Universitaria”, La Plata, Centro de Estudiantes de Ingeniería, 1941, tomo II , pp. 149-150.

[33]  Julio Barrera Lynch (seudónimo de Ingenieros), “La glorificación de Lenin”, en Revista de Filosofía, X , 2, marzo de 1924, pp. 307-308.

[34] Véase Víctor Raúl Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA”  (1928), Lima, Fundación Haya de la Torre, 1986, p. 3

[35]  Véase Rubén Martínez Villena. “Con motivo de la muerte de José Ingenieros”, en Órbita de Rubén Martínez Villena, La Habana, UNEAC , 1965, pp. 134-137: Raúl Roa, La revolución del 30 se fue a Bolina”, La Habana, Instituto del Libro, 1969, pp. 285-318: Enrique de la Osa, Vida y pasión de Raúl Roa”, La Habana, Ediciones Políticas, 1988, pp. 152-161, y Fidel Castro, “En esta universidad me hice revolucionario”, discurso de Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, 4 de septiembre de 1995; La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 1995, p. 38.

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