COMUNISMO Y FRANCMASONERÍA por León Trotsky

25 de noviembre de 1922

Versión en español de “Communisme et franc-maçonnerie”. Marxists Internet Archive en Frances; Léon Trotsky: Les Oeuvres. Primera publicación en Les Cahiers Communistes

El desarrollo del capitalismo siempre ha profundizado, y profundiza sin cesar, los antagonismos sociales. Los esfuerzos de la burguesía siempre se han dirigido a atenuar esos antagonismos en política. La historia del último siglo nos presenta una extrema diversidad de medios empleados por la burguesía a esos efectos. La represión pura y simple es su último argumento y sólo entra en escena en los momentos críticos. En tiempos “normales”, el arte político burgués consiste en quitar del orden del día la cuestión misma de la dominación burguesa, en ocultarla de todas formas posibles tras decorados políticos, jurídicos, morales, religiosos, estéticos y en crear en la sociedad, así, la impresión de la solidez inquebrantable del régimen existente.

Es ridículo e ingenuo, por no decir tonto, pensar que la política burguesa se hace toda ella enteramente en los parlamentos y en los artículos de cabecera. No, esta política se hace en el teatro, en la iglesia, en los poemas líricos y en la Academia, y en la escuela. La burguesía envuelve por todas partes la conciencia de las capas intermedias, e incluso de categorías importantes de la clase obrera, envenenando el criterio y paralizando la voluntad.

La que menos triunfos logró en ese dominio fue la burguesía rusa, primitiva y mal dotada, y fue cruelmente castigada. El puño zarista al desnudo, al margen de todo sistema complicado de camuflaje, de mentira, falsedad e ilusiones, demostró ser insuficiente. La clase obrera rusa se apoderó del poder.

La burguesía alemana, que ha ofrecido incomparablemente mucho más en las ciencias y las artes, era políticamente de un grado apenas superior a la burguesía rusa: el principal recurso político del capital alemán eran los Hohenzollern prusianos y el lugarteniente prusiano. Y actualmente vemos cómo la burguesía alemana ocupa uno de los primeros puestos en la carrera hacia el abismo.

Si queréis estudiar la forma, métodos y medios por los que la burguesía ha agrupado al pueblo durante siglos no tenéis más que coger la historia de los países capitalistas más antiguos: Inglaterra y Francia. En esos dos países, las clases dirigentes han afirmado poco a poco su dominación acumulando en el camino de la clase obrera obstáculos tanto más potentes como menos visibles eran.

El trono de la burguesía inglesa habría sido roto en mil pedazos si no hubiese estado rodeado de una atmósfera de respetabilidad, hipocrecía y espíritu deportivo. El bastón blanco de los policemen no protege más que la línea de repliegue de la dominación burguesa y una vez se entabla el combate sobre esa línea la burguesía está perdida. Infinitamente más importante para la conservación del régimen británico es la imperceptible tela de araña de respetabilidad y de flexibilidad ante los mandamientos burgueses y las “convenciones” burguesas que envuelven las cabezas de los tradeunionistas, de los jefes del Partido Laborista y de numerosos elementos de la misma clase obrera.

La burguesía francesa vive políticamente de los intereses del capital heredado de la Gran Revolución. La mentira y la perversión de la democracia parlamentaria son ya suficientemente conocidas y parece ser que no pueden dejar ningún lugar para las ilusiones. Pero la burguesía hace de esta perversión misma del régimen su sostén. ¿Cómo lo hace? A través de sus socialistas.

Estos últimos, con su crítica y su oposición, extraen de las masas del pueblo el impuesto de la confianza, y en el momento crítico transmiten al estado capitalista todos los votos que han recogido. También la crítica socialista es en sí misma actualmente uno de los principales puntales de la dominación burguesa. Igualmente que la burguesía francesa se sirve para sus objetivos no solamente de la Iglesia Católica sino, también, de la denigración del catolicismo, también asimismo no solamente de la mayoría parlamentaria sino también, de los acusadores socialistas, o incluso a menudo anarquistas, de esa mayoría. El mejor ejemplo nos lo suministra la última guerra en la que se vio a abades y masones, a monárquicos y anarcosindicalistas, convertirse en tambores entusiastas del capital sangriento.

Hemos pronunciado la palabra: masonería. La masonería juega en la vida política francesa un papel no menor. Por sus raíces feudales, la masonería es, en resumidas cuentas, una falsificación pequeñoburguesa del catolicismo feudal.

La república burguesa de Francia, avanzando bien a su ala izquierda, bien a su ala derecha, bien a las dos a la vez, emplea con un único y solo objetivo ya sea al catolicismo auténtico, eclesiástico y declarado, ya sea a su falsificación pequeñoburguesa, a la masonería, en la que el papel de los cardenales y abades lo ejercen los abogados y trapicheros parlamentarios, los periodistas venales, los panzudos, o a punto de serlo, financistas y usureros.

La masonería, al mismo tiempo que bautizaba el vino fuerte del catolicismo y reducía, por economía pequeñoburguesa, la jerarquía celeste a un solo “Gran Arquitecto del Universo”, adaptó para sus necesidades la terminología democrática: Fraternidad, Humanidad, Verdad, Igualdad, Virtud.

La masonería es una parte no oficial, pero extremadamente importante, del régimen burgués. Exteriormente es apolítica, como la Iglesia; en el fondo es contrarrevolucionaria como ella. Opone a la exasperación de los antagonismos de clase fórmulas místicas sentimentales y morales acompañándolas, como la Iglesia, con un ritual de abstinencia. Por sus fuentes pequeñoburguesas contrapeso impotente contra la lucha de clases que divide a los hombres, la masonería deviene, como todos los movimientos y organizaciones del mismo tipo, un instrumento incomparable de la lucha de clases en manos de la clase dominante contra los oprimidos.

El gran arte de la burguesía inglesa siempre ha consistido en rodear de atención a los jefes que surgían de la clase obrera, en adular su respetabilidad, en seducirles política y moralmente, en cástralos. El primer artificio de esa domesticación y corrupción son las múltiples sectas y comunidades religiosas en las que se reúnen en un terreno “neutral” los representantes de los diversos partidos. No es una tontería que Lloyd George haya llamado a la Iglesia “la central eléctrica de la política”.

En Francia ese papel, al menos en parte, lo juegan las logias masónicas. Para los socialistas, y más tarde para los sindicalistas franceses, entrar en una logia significaba comulgar con las altas esferas de la política. Allí, en la logia, se hacen y deshacen relaciones de carrera; se forman agrupamientos y clientelas, y toda esa cocina está oculta tras un velo de moral, ritos y mística.

La masonería no ha cambiado la táctica, que hasta ahora ha mostrado ante el partido comunista: no excluye a los comunistas de sus logias, por el contrario, les abre las puertas de par en par. La masonería dejaría de ser ella misma si actuase de otra forma. Su función política consiste en absorber a los representantes de la clase obrera para contribuir a ablandar sus voluntades y, si es posible, sus cabezas. Los “hermanos” abogados y prefectos están ahora naturalmente muy interesados, e incluso inclinados, en escuchar una conferencia sobre el comunismo.

Pero ¿acaso puede el hermano pequeño de izquierda permitirse ofrecerle al hermano mayor, que es el hermano de derechas, un comunismo con el grosero aspecto de un bolchevique con el cuchillo entre los dientes? ¡No, por dios! El comunismo que se sirve en las logias masónicas debe ser una doctrina muy elevada, de un pacifismo buscado, humanitario, ligado por un muy sutil cordón umbilical a la filosofía de la fraternidad masónica.

La masonería sólo es una de las formas de la servidumbre política de la pequeña burguesía ante la grande. El hecho que participen “comunistas” en la masonería indica la servidumbre moral de determinados pseudo-revolucionarios ante la pequeña burguesía y, a través de ella, ante la grande.

Es inútil decir que la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano no es más que uno de los accesos al edificio universal de la democracia capitalista. Las logias ahogan y mancillan las almas en nombre de la Fraternidad; la Liga plantea todas las cuestiones sobre el terreno del Derecho. Toda la política de la Liga, como demostró claramente la guerra, se ejerce dentro de los límites indicados por el interés patriótico y nacional de los capitalistas franceses. En ese marco, la Liga tiene todas las ocasiones para hacer ruido alrededor de tal o tal injusticia, tal o tal otra violación del derecho, eso atrae a los oportunistas y pasma a los simples de espíritu.

La Liga de los Derechos del Hombre siempre ha sido, igual que las logias masónicas, una arena para la coalición política de los socialistas con los radicales burgueses. En esa coalición por supuesto que los socialistas actúan no como representantes de la clase obrera sino individualmente. Sin embargo, la importancia que adquiere tal o tal otro socialista en las logias viene determinada no por el peso de sus virtudes individuales sino por la influencia política que tiene en la clase obrera.

Dicho de otra forma: en las logias y en otras instituciones del mismo tipo, los señores socialistas sacan provecho para sí mismos del papel que ejercen en el movimiento obrero. Y todo eso sin que nadie lo note pues todas las maquinaciones están cubiertas por el ritual idealista.

Bajeza, clientelismo, altanería, aventurerismo, oportunismo, y parasitismo, en el sentido directo y más material de esa palabra, o bien en el sentido oculto y “espiritual”: he ahí lo qué significa la masonería para quienes llegan a ella desde abajo.

Si los amigos de Léon Blum y Jouhaux se besan en las logias con sus hermanos del bloque de las izquierdas, haciéndolo se mantienen completamente dentro del marco de su papel político; en las sesiones secretas de las logias masónicas completan todo aquello que sería incongruente hacer abiertamente en sesión pública del parlamento o en la prensa. Pero no podemos más que rugir de vergüenza cuando nos enteramos que en las filas del partido comunista (¡¡¡!!!) hay gente que completa la idea de la dictadura del proletariado con la fraternización en las reuniones masónicas con los disidentes, con los radicales, abogados y banqueros. Si no supiéramos más que eso sobre la situación de nuestro partido francés ello nos bastaría para decir con Hamlet: “Algo huele mal en Dinamarca”.

¿Puede la Internacional permitir que ese estado de cosas verdaderamente vergonzoso se prolongue e incluso se desarrolle? Eso sería permitir que el Partido Comunista de Francia ocupase en el sistema del conservadurismo democrático el puesto de sostén de izquierda que anteriormente ocupaba el Partido Socialista. Pero eso no pasará, tenemos demasiada fe en el instinto revolucionario y en el pensamiento revolucionario de la vanguardia proletaria francesa. Con un implacable filo cortará de una vez por todas, los lazos políticos, filosóficos, morales y místicos que todavía vinculan la cabeza de su partido con los órganos declarados o enmascarados de la democracia burguesa, con sus logias, ligas y prensa. Si ese golpe de espada deja más allá de los muros de nuestro partido algunos centenares e incluso millares de cadáveres políticos, tanto peor para ellos. Tanto peor para ellos y tanto mejor para el partido del proletariado, pues sus fuerzas y su peso no dependen solamente del número de sus miembros.

Una organización de 50.000 miembros pero construida como hace falta, que sepa firmemente lo que quiere y que siga la vía revolucionaria sin desviarse jamás de ella puede y debe conquistar la confianza de la mayoría de la clase obrera y ocupar en la revolución el lugar dirigente. Una organización de 100.000 miembros que contenga a centristas, pacifistas, masones, periodistas burgueses, etc., está condenada a marcar el paso sin programa, sin ideas y sin voluntad, y jamás podrá conquistar la confianza de la clase obrera.

La masonería es una plaga malsana en el cuerpo del comunismo francés. Hay que curarla con hierro candente.

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