UN PARTIDO DE OBREROS – CLASES SOCIALES NECESARIAS Y SUPERFLUAS por Friedrich Engels

UN PARTIDO DE OBREROS

Friedrich Engels

Publicado como editorial en The Labour Standard, 23 julio 1881, en F. Engels, “El sistema de trabajo asalariado”. Artículos de The Labour Standard, Editorial Progreso, Moscú, 1975, pp. 39-42.

Con gran frecuencia los amigos y simpatizantes nos han advertido: “Manteneos lejos de los partidos políticos”. Y estaban cargados de razón en lo concerniente a los actuales partidos políticos de Inglaterra. Un órgano obrero, por su orientación, no  debe pertenecer ni a los whigs ni a los tories, ni a los  conservadores ni a los liberales, incluso ni a los radicales en el sentido moderno de la palabra partido.

Conservadores, liberales, radicales, todos representan únicamente los intereses de las clases dominantes y los distintos matices de las opiniones que imperan entre los landlords, capitalistas y pequeños comerciantes. Si llegan a representantes de la clase obrera, no la representan en absoluto. La clase obrera tiene sus intereses propios, tanto políticos como sociales. Cómo defendió lo que consideraba sus intereses sociales, lo demuestra la historia de las tradeuniones y del movimiento por la reducción de la jornada de trabajo. Pero la defensa de sus intereses políticos la deja casi enteramente en manos de los tories, whigs y radicales, de gentes de  la clase dominante, y durante casi un cuarto de siglo la clase obrera de Inglaterra se ha conformado con ir a la zaga del “gran Partido Liberal”.

Tal posición política no es digna de la clase obrera más organizada de Europa. En otros países los obreros han sido mucho más activos. En Alemania hace ya más de diez años que existe un partido (el Social-demócrata), que posee diez bancas en el Parlamento y cuyo progreso ha asustado tanto a Bismarck, que ha hecho aprobar las infames medidas represivas de las que hablamos en otro artículo. Pero, a despecho de Bismarck, el partido obrero no deja de crecer; sólo en la semana pasada ha ganado dieciséis puestos en el consejo municipal de Mannheim y uno en el Parlamento de Sajonia. En Bélgica, Holanda e Italia han seguido el ejemplo de los alemanes; en cada uno de estos países existe un partido obrero, si bien las restricciones electorales son muchas para que de momento puedan enviar diputados al órgano legislativo. En Francia el partido obrero se halla justamente ahora en pleno proceso de organización; en las últimas elecciones el partido obrero ha conseguido la mayoría en varios consejos municipales, y en las elecciones generales de octubre de este año conquistará sin duda algunos puestos en la Cámara. Incluso en Norteamérica, donde el paso de los obreros a granjeros, comerciantes o capitalistas es aun relativamente fácil, los obreros consideran necesario organizarse en partido independiente. En todos los sitios, el obrero lucha por el poder político, por la representación directa de su clase en los órganos legislativos: en todos los sitios menos en Gran Bretaña.

Ahora bien, jamás había sido en Inglaterra tan general como ahora la convicción que los viejos partidos políticos están condenados a desaparecer,  que las viejas palabras de orden han perdido el sentido, las viejas consignas se han derrumbado y las viejas panaceas no producen ya efecto. Los hombres pensantes de todas las clases empiezan a comprender que debe ser trazado un nuevo camino y que este camino únicamente puede ir en dirección a la democracia. Pero en Inglaterra, donde la clase obrera industrial y agrícola forma la enorme mayoría de la población, democracia significa, ni más ni menos, la dominación de la clase obrera. Que esta clase obrera se prepare, pues, a cumplir la tarea que le aguarda: a la dirección de este vasto imperio; que comprenda la responsabilidad que va a recaer inevitablemente sobre ella.

El mejor modo de conseguirlo es utilizar la fuerza que ya se encuentra en sus manos, la mayoría que de hecho posee en todas las ciudades grandes del reino, para enviar al Parlamento a personas de su propio seno. Valiéndose del derecho electoral concedido a los inquilinos, sería fácil enviar al Parlamento a cuarenta y cincuenta obreros, y esta afluencia de sangre completamente fresca sería, en verdad, muy necesaria. Incluso con este número de obreros, el Parlamento no podría convertir ya más y más, como ahora ocurre, la ley agraria irlandesa en un bluff agrario irlandés es decir, en la ley de compensación a los landlords irlandeses; no podría oponerse a las demandas de que se haga un reajuste de los distritos parlamentarios, de que se castigue de veras el soborno y que los gastos de las elecciones corran a cuenta del fisco, como se acostumbra a hacer en todos los sitios menos en Inglaterra. etc. Más aún, en Inglaterra un partido realmente democrático sólo es posible como partido obrero.

Los hombres cultos de las otras clases (que no son tantos como se nos quiere hacer creer) pueden incorporarse a este partido e incluso representarlo en el Parlamento después que hayan demostrado su sinceridad. Así ocurre en todos los sitios. En Alemania, por ejemplo, los representantes de los obreros no siempre son obreros. Pero ningún partido democrático, ni en Inglaterra ni en ningún otro lugar, logrará éxitos efectivos si no tiene un definido carácter proletario. Si se renuncia a esto no se conseguirá nada, como no sea secta y engaño.

Y esto es todavía más cierto para Inglaterra que para los otros países. Por desgracia, ha habido bastantes engaños de parte de los radicales después del hundimiento del primer partido obrero que conoció el mundo, el partido cartista. Sí, pero los cartistas fueron derrotados sin conseguir nada. ¿Es esto así? De los seis puntos de la Carta del Pueblo, dos, el secreto del sufragio y la abolición de las restricciones por motivos de propiedad, son ahora ley del país. El tercer punto, el del sufragio universal, se ha implantado, siquiera sea aproximadamente, en forma de derecho electoral para los inquilinos; el cuarto, distritos electorales iguales, va a ser implantado seguramente, como reforma prometida por el actual gobierno. De modo que el fracaso del movimiento cartista ha conducido a la realización de casi la mitad de su programa. Y si el solo recuerdo de la pasada organización política de la clase obrera ha podido conducir a estas reformas políticas, y fuera de ellas a otras reformas sociales, ¿qué resultados traerá la existencia real de un partido político obrero respaldado con cuarenta o cincuenta representantes en el Parlamento?

Vivimos en un mundo en el que cada uno debe preocuparse de sí mismo. Pero la clase obrera inglesa permite que de sus intereses se preocupen los landlords, capitalistas y pequeños comerciantes y sus lacayos, los abogados, periodistas, etc. No es extraño que las reformas en interés de los obreros se apliquen con tal lentitud y en dosis tan miserables. Es suficiente que los obreros de Inglaterra lo deseen y de ellos dependerá la aplicación de cualquier reforma social o política, que su situación requiera ¿Por qué,  entonces, no hacer ese esfuerzo?

CLASES SOCIALES NECESARIAS Y SUPERFLUAS

Friedrich Engels

Publicado como editorial en el The Labour Standard del 6 de agosto de 1881; en F. Engels, “El sistema de trabajo asalariado”. Artículos de The Labour Standard, Editorial Progreso, Moscú, 1975, pp. 51-55.

A menudo se plantea la pregunta del grado en que las diferentes clases sociales son útiles o incluso necesarias. Y la respuesta es, naturalmente, distinta para las distintas épocas históricas. Hubo sin duda un tiempo en que la aristocracia agraria era un elemento inevitable y necesario de la sociedad. Esto ocurrió, sin embargo, hace mucho. Luego hubo un tiempo en que la clase media capitalista, la bourgeoisie como la llaman los franceses, surgida con la misma necesidad inevitable, entró en lucha contra la aristocracia agraria, derrocó su poder político y se hizo, a su vez, con el predominio económico y político. Pero jamás, desde el punto y hora en que aparecieron las clases, ha habido un tiempo en que la sociedad pudiera prescindir de la clase obrera.

El nombre y la situación social de esta clase cambiaron; el siervo ocupó el puesto del esclavo y, a su vez, dejó paso al obrero libre; libre de la servidumbre, pero libre también en el sentido de que no poseía nada en absoluto más que su propia fuerza de trabajo. Más para todos está claro: cualesquiera que sean los cambios que se produzcan en las capas altas, no productivas, de la sociedad, la sociedad no puede subsistir sin una clase de productores. Por consiguiente, esta clase social es necesaria en todas circunstancias, aunque debe venir un tiempo en que dejará de ser clase, en que comprenderá a la sociedad entera.

Así, pues, ¿en qué medida es necesaria hoy día la existencia de cada una de estas tres clases? La aristocracia agraria de Inglaterra es, por lo menos, inútil económicamente, mientras que en Irlanda y Escocia es positivamente perjudicial por sus tendencias de despoblación. Obligar a la gente a cruzar el océano o a morir de hambre y reemplazarla por ovejas o por animales de caza: ésos son todos los méritos de que pueden jactarse los landlords irlandeses y escoceses. Y en cuanto aumente otro  poco la competencia de los productos vegetales y animales norteamericanos, de manera exactamente igual procederán los aristócratas agrarios ingleses, al menos los que se encuentren en condiciones de hacerlo, por poseer en las ciudades importantes bienes inmuebles a la ayuda de los cuales puedan  recurrir. De los demás, pronto nos librará la competencia de los artículos de consumo norteamericanos. Y estará bien que así sea, porque su actuación política, lo mismo en la Cámara de los Lores que en la de los Comunes, es una verdadera calamidad nacional.

Pero ¿qué va a ser de la clase capitalista, de la clase culta y liberal que fundó el imperio colonial británico y estableció la libertad británica? ¿De la clase que reformó el Parlamento en 1831, que abolió las leyes del trigo y ha ido rebajando los aranceles uno tras otro? ¿De la clase que creó en Inglaterra fábricas gigantes y continúa dirigiéndolas, que creó una enorme marina mercante y una red de ferrocarriles en constante aumento? Seguramente, esta clase debe ser, por lo menos, tan necesaria como la clase obrera, a la que dirige y lleva de progreso en progreso.

La función económica de la clase capitalista era, en efecto, la de crear el moderno sistema de fábricas movidas por el vapor y comunicaciones a base del vapor, y de destruir todos los obstáculos económicos y políticos que retrasaban o frenaban el desarrollo de este sistema. No hay duda que mientras la clase capitalista iba cumpliendo esta función, era, atendidas las condiciones de entonces, una clase necesaria. Pero ¿ocurre hoy así? ¿Continúa cumpliendo su importante función de dirigir y ampliar la producción social en beneficio de la sociedad en su conjunto? Veámoslo.

Empezaremos por los medios de comunicación. El telégrafo se encuentra en manos del gobierno. Los ferrocarriles y una gran parte de  los barcos marítimos no pertenecen a capitalistas  individuales, que administren por sí mismos sus negocios, sino a compañías anónimas, cuyos asuntos manejan empleados a sueldo, servidores cuya situación en el fondo es la misma que la de la capa superior y mejor pagada de los obreros. Por lo que se refiere a los directores y accionistas, unos y otros saben que cuanto menos se inmiscuyan los primeros en la gestión y los últimos en la supervisión, tanto mejor será para la empresa.

Una supervisión débil, y en la mayoría de los casos descuidada, es la única  función que, en realidad, queda a los dueños de empresas. Por tanto, vemos que, de hecho, los capitalistas propietarios de esas enormes empresas no hacen otra cosa más que percibir cada semestre los dividendos. La función social de los capitalistas ha pasado en este caso a los empleados, que perciben un sueldo, mientras que el capitalista se sigue embolsando, en forma de dividendos, la remuneración por el ejercicio de estas funciones, aunque haya dejado de cumplirlas.

Pero si las enormes proporciones de las empresas a que nos referimos han obligado al capitalista a “retirarse” de la dirección de las mismas, aún le queda otra función, la de especular con sus acciones en la Bolsa. A falta de una ocupación mejor, nuestros capitalistas “retirados” o, en realidad, desplazados, se entregan a sus anchas al juego bursátil en este templo de Mammón. Se dirigen a él con la deliberada intención de embolsarse dinero, haciendo ver que lo ganan, aunque dicen que el origen de toda propiedad es el trabajo y el ahorro; puede que sea el origen, pero, ciertamente, no es el fin. ¡Qué hipocresía, cerrar por la fuerza las pequeñas casas de juego, cuando nuestra sociedad capitalista no puede prescindir, en calidad de verdadero centro, de una inmensa casa de juego en la que se pierden y se ganan millones y millones! En este caso, claro, la existencia del accionista “retirado” o, capitalista no es sólo superflua, sino también completamente nociva.

Lo que es cierto para los ferrocarriles y para la navegación, lo es cada día más y más para todas las grandes empresas industriales y comerciales. “Seguir la corriente” (transformar las grandes empresas privadas en sociedades anónimas) es la consigna del día en el último decenio, y aún antes. De los grandes almacenes de artículos de Manchester en la City a las fábricas de hierro y las minas de carbón de Gales y del Norte de Inglaterra y a las fábricas de Lancashire, todo ha seguido o sigue la corriente. En todo Oldham apenas si habrá una fábrica de tejidos de algodón que siga siendo de particulares; incluso los comerciantes al por menor van siendo más y más desplazados por las “tiendas cooperativas”, la mayoría de las cuales sólo tienen de ‘cooperativa’ el nombre, aunque de esto hablaremos en otra ocasión. Por tanto, vemos que, a consecuencia del desarrollo del propio sistema de producción capitalista, el capitalista es desplazado lo mismo que el tejedor que trabaja en un telar a mano, con la diferencia, sin embargo, de que éste se halla condenado a una muerte lenta por hambre, mientras que al capitalista desplazado le amenaza la muerte lenta por glotonería. Pero la situación de uno y otro coincide en el sentido de que ninguno de ellos sabe a qué dedicarse.

El resultado, por consiguiente, es éste. El desarrollo económico de nuestra sociedad actual conduce cada vez más a la concentración, a la socialización de la producción en empresas enormes que ya no pueden dirigir capitalistas aislados. Todas las estupideces acerca del “ojo del amo” y de los milagros que hace, se convierten en un claro absurdo en cuanto la empresa alcanza ciertas proporciones.

¡Imaginaos el “ojo del amo” en los ferrocarriles de Londres y del Noroeste! Pero lo que el dueño no puede hacer, lo pueden hacer, y lo hacen con éxito, los obreros, los empleados a sueldo de la compañía.

Así, pues, el capitalista ya no puede reclamar su ganancia como “sueldo de la supervisión”, puesto que no ejerce supervisión alguna. Hay que recordarlo así cuando los defensores del capital echan al vuelo las campanas repitiendo esta frase vacía.

Pero en nuestro artículo de la semana pasada tratábamos de demostrar que la clase capitalista es incapaz también de manejar el enorme sistema de producción de nuestro país; que los capitalistas, por una parte, han ampliado tanto la producción, que periódicamente inundan de artículos todos los mercados, mientras que, por otra parte, cada vez son más incapaces de resistir la competencia extranjera.

Así, llegamos a la conclusión de que no sólo podemos arreglárnoslas perfectamente en las grandes ramas de la industria del país sin intervención de la clase capitalista, sino también de que su intervención es cada día más perjudicial.

De nuevo les decimos:

“¡Apártense! Dejen que la clase obrera les  sustituya”.

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