UN BALANCE DEL NEOLIBERALISMO por Perry Anderson

UN BALANCE DEL NEOLIBERALISMO

Perry Anderson

Conferencia dictada en septiembre de 1995 en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Revista el “El Rodaballo” n° 3, año II, verano 1995-96.

I. Los orígenes

Comencemos con los orígenes de lo que se puede definir como neoliberalismo en tanto fenómeno distinto del mero liberalismo clásico, del siglo pasado.

El neoliberalismo nació después de la Segunda Guerra Mundial, en una región de Europa y de América del Norte donde imperaba el capitalismo. Fue una reacción teórica y política vehemente contra el Estado intervencionista y de bienestar. Su texto de origen es “Camino a la servidumbre”, de Friedrich Hayek, escrito ya en 1944. Se trataba de un ataque apasionado contra cualquier limitación de los mecanismos del mercado por parte del Estado, denunciada como una amenaza letal a la libertad, no solamente económica, sino también política. El blanco inmediato de Hayek, en aquel momento, era el Partido Laborista inglés, en las vísperas de la elección general de 1945 en Inglaterra, que este partido finalmente ganaría.

El mensaje de Hayek es drástico:

A pesar de sus buenas intenciones, la socialdemocracia moderada inglesa conduce al mismo desastre que el nazismo alemán: a una servidumbre moderna”.

Tres años después, en 1947, en cuanto las bases del Estado de bienestar en la Europa de posguerra efectivamente se constituían, no sólo en Inglaterra, sino también en otros países, Hayek convocó a quienes compartían su orientación ideológica a una reunión en la pequeña estación de Mont Pèlerin, en Suiza. Entre los célebres participantes estaban no solamente adversarios firmes del Estado de bienestar europeo, sino también enemigos férreos del New Deal norteamericano.

Entre la selecta asistencia se encontraban, entre otros, Milton Friedman, Karl Popper, Lionel Robbins, Ludwig Von Mises, Walter Eukpen, Walter Lippman, Michael Polanyi y Salvador de Madariaga. Allí se fundó la Sociedad de Mont Pèlerin, una suerte de masonería neoliberal, altamente dedicada y organizada, con reuniones internacionales cada dos años. Su propósito era combatir el keynesianismo y el solidarismo reinantes, y preparar las bases de otro tipo de capitalismo, duro y libre de reglas, para el futuro. Las condiciones para este trabajo no eran del todo favorables, una vez que el capitalismo avanzado estaba entrando en una larga fase de auge sin precedentes su edad de oro, presentando el crecimiento más rápido de su historia durante las décadas de los 50 y 60. Por esta razón, no parecían muy verosímiles las advertencias neoliberales sobre los peligros que representaba cualquier regulación del mercado por parte del Estado. La polémica contra la regulación social, entre tanto, tuvo una repercusión mayor. Hayek y sus compañeros argumentaban que el nuevo igualitarismo (muy relativo, por supuesto) de este periodo, promovido por el Estado de bienestar, destruía la libertad de los ciudadanos y la vitalidad de la competencia, de la cual dependía la prosperidad de todos. Desafiando el consenso oficial de la época, ellos argumentaban que la desigualdad era un valor positivo en realidad imprescindible en sí mismo, de la que precisaban las sociedades occidentales. Este mensaje siguió siendo teórico por más o menos 20 años.

La llegada de la gran crisis del modelo económico de posguerra, en 1973, cuando todo el mundo capitalista avanzado cayó en una larga y profunda recesión, combinando, por primera vez, bajas tasas de crecimiento con altas tasas de inflación, cambió todo. A partir de allí las ideas neoliberales pasaron a ganar terreno. Las raíces de la crisis, afirmaban Hayek y sus compañeros, estaban localizadas en el poder excesivo y nefasto de los sindicatos y, de manera más general, el movimiento obrero, que había socavado las bases de la acumulación privada con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con su presión parasitaria para que el Estado aumentase cada vez más los gastos sociales.

Estos dos procesos destruirían los niveles necesarios de beneficio de las empresas y desencadenarían procesos inflacionarios que no podían dejar de terminar en una crisis generalizada de las economías de mercado. El remedio, entonces, era claro: mantener un Estado fuerte, sí, en su capacidad de romper el poder de los sindicatos y en el control del dinero, pero parco en todos los gastos sociales y en las intervenciones económicas. La estabilidad monetaria debería ser la meta suprema de cualquier gobierno. Por eso era necesaria una disciplina presupuestaria, con el consentimiento del gasto social y la restauración de una tasa “natural” de desempleo, o sea, la creación de un ejército de reserva de trabajo para quebrar a los sindicatos. Además, eran imprescindible reformas fiscales para incentivar a los agentes económicos. En otras palabras, esto significaba reducciones de impuestos sobre las ganancias más altas sobre las rentas. De esta forma, una nueva y saludable desigualdad volvería a dinamizar las economías avanzadas, entonces afectadas por la estanflación, resultado directo de los legados combinados de Keynes y Beveridge, o sea, la intervención anticíclica y la redistribución social, las cuales habían deformado tan desastrosamente el curso normal de la acumulación y el libre mercado. El crecimiento retornaría cuando la estabilidad monetaria y los incentivos esenciales hubiesen sido restituidos.

II. La ofensiva neoliberal en el poder

La hegemonía de este programa no se realizó de la noche a la mañana llevó más o menos una década, los años 70, cuando la mayoría de los gobiernos de la OCDE (Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico) trataban de aplicar remedios keynesianos a las crisis económicas. Pero, al final de la década, en 1979, surgió la oportunidad. En Inglaterra fue elegido el gobierno Thatcher, el primer régimen de un país capitalista avanzado públicamente empeñado en poner en práctica un programa neoliberal. Un año después, en 1980, Reagan llegó a la presidencia de Estados Unidos. En 1982, Kohl derrotó al régimen social-liberal de Helmut Schmidt en Alemania. En 1983, Dinamarca, Estado modelo de bienestar escandinavo, cayó bajo el control de una coalición clara de derecha, el gobierno de Schluter. En seguida, casi todos los países del norte de Europa Occidental, con excepción de Suecia y de Australia, también viraron a la derecha. A partir de allí, la onda de derechización de esos años da un fundamento político para salir de la crisis económica del periodo. En 1978, la segunda guerra fría se agravó con la intervención soviética en Afganistán y la decisión norteamericana de incrementar una nueva generación de cohetes nucleares en Europa Occidental. El ideario del neoliberalismo había incluido siempre, como un componente central, el anticomunismo más intransigente de todas las corrientes capitalistas de posguerra.

El nuevo combate contra el imperio del mal la servidumbre humana más completa a los ojos de Hayek inevitablemente fortaleció el poder de atracción del neoliberalismo político, consolidando el predominio de una nueva derecha en Europa y en América del Norte. Los años 80 vinieron el triunfo más o menos incontrastado de la ideología neoliberal en esta región del capitalismo avanzado.

Ahora bien, qué hicieron, en la práctica, los gobiernos neoliberales del periodo? El modelo inglés fue, al mismo tiempo, el pionero y el más puro. Los gobiernos de Thatcher contrajeron la emisión monetaria, elevaron las tasas de interés, bajaron drásticamente los impuestos sobre los ingresos altos, abolieron los controles sobre los flujos financieros, crearon niveles de desempleo masivos, aplastaron huelgas, impusieron una nueva legislación antisindical y cortaron los gastos sociales. Y finalmente -esa fue una medida sorprendentemente tardía-, se lanzaron a un amplio programa de privatización, comenzando con la vivienda pública y pasando en seguida a industrias básicas como el acero, la electricidad, el petróleo, el gas y el agua. Este paquete de medidas fue el más sistemático y ambicioso de todas las experiencias neoliberales en los países del capitalismo avanzado.

La variante estadounidense era bien distinta. En los Estados Unidos, donde casi no existía un Estado de bienestar del tipo europeo, la prioridad neoliberal era más la competencia militar con la Unión Soviética, concebida como una estrategia para quebrar la economía soviética y, por esa vía, derrumbar el régimen comunista en Rusia. Se debe resaltar que, en la política interna, Reagan también redujo los impuestos en favor de los ricos, elevó las tasas de interés y aplastó la única huelga seria de su gestión. Pero, decididamente no respetó la disciplina presupuestaria; al contrario, se lanzó en una carrera armamentista sin precedentes, comprometiendo gastos militares enormes, que crearon un déficit público mucho mayor que cualquier otro presidente de la historia norteamericana. Pero ese recurso a un keynesianismo militar disfrazado, decisivo para una recuperación de las economías capitalistas de Europa Occidental y de América del Norte, no fue imitado. Sólo los Estados Unidos, a causa de su peso en la economía mundial, podía darse el lujo de un déficit masivo en la balanza de pagos que resultó de tal política.

En el continente europeo, los gobiernos de derecha de este periodo -a menudo de perfil católico- practicaron en general un neoliberalismo más cauteloso y matizado que las potencias anglosajonas, manteniendo el énfasis en la disciplina monetaria y en las reformas fiscales, más que en los cortes drásticos de los gastos sociales o en enfrentamientos deliberados con los sindicatos. Con todo, la distancia entre estas políticas y la de la socialdemocracia de los anteriores gobiernos era grande. Y mientras la mayoría de los países del norte de Europa elegía gobiernos de derecha empeñados en distintas versiones del neoliberalismo, en el sur del continente -territorio de De Gaulle, Franco, Salazar, Fanfani, Papadopoulus, etcétera-, previamente una región mucho más conservadora políticamente, llegaban al poder, por primera vez, gobiernos de izquierda, llamados eurosocialistas: Miterrand en Francia, González en España, Soares en Portugal, Craxi en Italia, Papandreu en Grecia. Todos se presentaban como una alternativa progresista, basada en movimientos obreros y populares, contrastando con la línea reaccionaria de los gobiernos de Reagan, Thatcher, Kohl y otros del norte de Europa. No hay duda, en efecto, de que por lo menos Miterrand y Papandreu, en Francia y en Grecia, se esforzaron genuinamente en realizar una política de deflación y redistribución, de pleno empleo y de protección social. Fue una tentativa de crear un equipo valiente en el sur de Europa de lo que había sido la socialdemocracia de posguerra en el norte del continente en sus años de oro. Pero el proyecto fracasó, y ya en 1982 y 1983 el gobierno socialista en Francia se vio forzado por los mercados financieros internacionales a cambiar su curso dramáticamente, y a reorientarse para hacer una política mucho más próxima a la ortodoxia neoliberal, con prioridad para la estabilidad monetaria, la contención presupuestaria, las concesiones fiscales a los capitalistas y el abandono del pleno empleo. Al final de la década, el nivel de desempleo en Francia era más alto que en la Inglaterra conservadora, como Thatcher se jactaba en enseñar. En España el gobierno de González jamás trató de realizar una política keynesiana o redistributiva. Al contrario, desde el inicio del régimen del partido en el poder se mostró firmemente monetarista en su política económica: gran amigo del capital financiero, favorable al principio de la privatización y sereno cuando el desempleo en España alcanzó rápidamente el récord europeo de 20 por ciento de la población activa.

En cuanto a ello, en otro extremo del mundo, en Australia y Nueva Zelanda, el mismo patrón asumió proporciones verdaderamente dramáticas. Sucesivos gobiernos laboristas sobrepasaron a los conservadores locales de derecha con programas de un neoliberalismo radical -en Nueva Zelanda, probablemente es el ejemplo más extremo de todo el mundo capitalista avanzado, desmontando el Estado de bienestar, mucho más completa y ferozmente que Thatcher en Inglaterra.

III. Alcances y límites del programa neoliberal

Lo que demostraban estas experiencias era la hegemonía alcanzada por el neoliberalismo como ideología. En un principio, solamente gobiernos explícitamente de derecha radical se atrevían a poner en práctica políticas neoliberales; después, cualquier gobierno inclusive los que se auto proclamaban de izquierda, podían rivalizar con ellos en celo neoliberal. El neoliberalismo había comenzado tomando a la socialdemocracia como su enemiga central, en los países de capitalismo avanzado, provocando una hostilidad recíproca por parte de la socialdemocracia. Después, los gobiernos socialdemócratas se mostraron más resueltos en aplicar políticas neoliberales. No en toda la socialdemocracia: al final de los años 80, Suecia y Australia aún resistían la onda neoliberal de Europa. Y fuera del continente europeo, el Japón continuaba también exento de cualquier tentación neoliberal. Pero en los demás países de la OCDE, las ideas de la Sociedad de Mont Pèlerin habían triunfado plenamente. Cabría preguntarse ahora cuál era la validez efectiva de la hegemonía neoliberal en el mundo capitalista avanzado, por lo menos durante los años 80. Cumplió o no sus promesas? Veamos un panorama de conjunto.

La prioridad más inmediata del neoliberalismo era detener la inflación de los años 70. En ese aspecto, su éxito fue innegable. En el conjunto de los países de la OCDE, la tasa de inflación cayó del 8.8 al 5.2 por ciento entre los años 70 y 80, y la tendencia a la baja continúa en los años 90. La deflación, a su vez, debía ser la condición para la recuperación de las ganancias. También en este sentido el neoliberalismo obtuvo éxitos reales. Si en los años 70, la tasa de ganancia en la industria de los países de la OCDE cayó cerca de 4.2, en los años 80 aumentó un 47 por ciento. Esta recuperación fue aún más impresionante considerando Europa Occidental como un todo, de 5.4 puntos negativos pasó a 5.3 puntos positivos. La razón principal de esta transformación fue, sin duda, la derrota del movimiento sindical, expresada en la caída dramática del número de huelgas durante los años 80 y en la notable contención de los salarios. Esta nueva postura sindical, mucho más moderna, a su vez era en gran medida el producto de un tercer éxito del neoliberalismo, o sea, el crecimiento de las tasas de desempleo, concebido como un mecanismo natural y necesario de cualquier economía de mercado eficiente. La tasa media de desempleo en los países de la OCDE, que había sido de alrededor del 4 por ciento en los años 70, al menos se duplicó en la década de los 80. También fue este un resultado satisfactorio. Finalmente, el grado de desigualdad otro objetivo sumamente importante para el neoliberalismo aumentó significativamente en el conjunto de los países de la OCDE: la tributación de los salarios más altos cayó un 20 por ciento a mediados de los años 80 y los valores de la bolsa aumentaron cuatro veces más rápidamente que los salarios.

En todos estos aspectos, pues -deflación, ganancias, desempleo y salarios-, podemos decir que el programa neoliberal se mostró realista y obtuvo éxito. Pero, al final de cuentas, todas estas medidas habían sido concebidas como medios para alcanzar un fin histórico, o sea, la reanimación del capitalismo avanzado mundial, restaurando altas tasas de crecimiento estables, como existían antes de la crisis de los años 70. En este aspecto, sin embargo, el cuadro se mostró absolutamente decepcionante. Entre los años 70 y 80 no hubo ningún cambio significativo en la tasa media de crecimiento, muy baja en los países de la OCDE. De los ritmos presentados durante la onda larga expansiva, en los años 50 y 60, sólo queda un recuerdo lejano.

¿Cuál es la razón de este resultado paradójico? Sin ninguna duda, el hecho de que a pesar de todas las nuevas condiciones institucionales creadas en favor del capital- la tasa de acumulación, o sea, la efectiva inversión en el parque de equipamientos productivos, apenas si creció en los años 80, y cayó en relación a sus niveles -ya medios- de los años 70. En el conjunto de los países del capitalismo avanzado, las cifras son de un incremento anual de 5.5 por ciento en los años 60, 3.6 en los años 70, y sólo 2.9 por ciento en los 80. Una curva absolutamente descendente.

Cabe preguntarse aún por qué la recuperación de las ganancias no condujo a una recuperación de la inversión. Esencialmente, puede decirse, porque la desregulación financiera, que fue un elemento tan importante en el programa neoliberal, creó condiciones mucho más propicias para la inversión especulativa que la productiva. Los años 80 asistieron a una verdadera explosión de los mercados cambiarios internacionales, cuyas transacciones puramente monetarias terminan por reducir el comercio mundial de mercancías reales. El peso de las operaciones puramente parasitarias tuvo un incremento vertiginoso en estos años. Por otro lado y éste fue, digamos el fracaso del neoliberalismo, el peso del Estado de bienestar no disminuyó mucho, a pesar de todas las medidas tomadas para contener los gastos sociales. Aunque el crecimiento de la proporción del PBN consumido por el Estado ha sido notablemente desacelerado, la proporción absoluta no cayó, sino aumentó, de más o menos 45 a 48 por ciento del PBN medio de los países de la OCDE durante los años 80. Dos razones básicas explican esta paradoja: el aumento de los gastos sociales con el desempleo, que costaron miles de millones al Estado, y el aumento de los jubilados en la población, que condujo al Estado a gastar otros tantos miles de millones en pensiones.

Por fin, irónicamente, cuando el capitalismo avanzado entró de nuevo en una profunda recesión, en 1991, la deuda pública de casi todos los países occidentales comenzó a adquirir dimensiones alarmantes, inclusive en Inglaterra y los Estados Unidos, en tanto que el endeudamiento privado de las familias y de las empresas llegaba a niveles sin precedente desde la Segunda Guerra Mundial. Actualmente, con la recesión de los primeros años de la década de los 90, todos los índices económicos se tornaron mucho más sombríos en los países de la OCDE, donde hoy la desocupación llega a 38 millones de personas, aproximadamente dos veces la población actual de Escandinava. En estas condiciones de crisis tan aguda, era lógico esperar una fuerte reacción contra el neoliberalismo de los años 90. Tuvo lugar? Al contrario, por extraño que parezca, el neoliberalismo ganó un segundo aliento, por lo menos en su tierra natal, Europa. No solamente el thatcherismo sobrevivió a la propia Thatcher, con la victoria de Major en las elecciones de 1992 en Inglaterra. En Suecia, la socialdemocracia, que había resistido el embate neoliberal en los años 80, fue derrotada por un frente unido de la derecha en 1991. El socialismo francés salió bastante desgarrado de las elecciones de 1993. En Italia, Berlusconi -una suerte de Reagan italiano- llegó al poder al frente de una coalición en la cual uno de los integrantes era hasta hace poco un partido oficialmente fascista. En Alemania, el gobierno de Kohl probablemente continuará en el poder. En España, la derecha está en las puertas del poder.

IV. El segundo aliento de los gobiernos neoliberales

Pero más allá de estos éxitos electorales, el proyecto neoliberal continúa demostrando una viabilidad impresionante. Su dinamismo no está aún agotado, como puede verse en la nueva ola de privatizaciones en países hasta hace poco bastante resistentes a ellas, como Alemania, Austria e Italia. La hegemonía neoliberal se expresa igualmente en el comportamiento de partidos y gobiernos que formalmente se definen como sus opositores. La primera prioridad del presidente Clinton, en los Estados Unidos, fue reducir el déficit presupuestario, y la segunda fue adoptar una legislación draconiana y regresiva contra la delincuencia, lema principal también del nuevo liderazgo laborista en Inglaterra. La agenda política sigue estando dictada por los parámetros del neoliberalismo, cuando su momento de actuación económica parece ampliamente estéril o desastroso. Cómo explicar este segundo aliento en el mundo capitalista avanzado? Una de sus razones fundamentales fue claramente la victoria del neoliberalismo en otra área del mundo, o sea, la caída del comunismo en Europa oriental y en la Unión Soviética, del 89 al 91, exactamente en el momento en que los límites del noeliberalismo en el propio Occidente se tornaban cada vez más obvios. Pues la victoria de Occidente en la guerra fría, con el colapso de su adversario comunista, no fue el triunfo de cualquier capitalismo, sino el del tipo específico encabezado y simbolizado por Reagan y Thatcher en los años 80. Los nuevos arquitectos de las economías postcomunistas en el Este, gente como Balcerowicz en Polonia, Gaidar en Rusia, Klaus en la República Checa, eran y son seguidores convictos de Hayek y Friedman, con un menosprecio total por el keynesianismo y por el Estado del bienestar, por la economía mixta y, en general, por todo el modelo dominante del capitalismo occidental de periodo de posguerra. Estas conducciones políticas preconizan y realizan privatizaciones mucho más amplias y rápidas de las que se habían hecho en Occidente.

No hay neoliberales más intransigentes en el mundo que los “reformadores” del Este. Dos años atrás, Vaclav Klaus, primer ministro de la República Checa, atacó públicamente al presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos del gobierno de Reagan, Alan Greenspan, acusándolo de demostrar una debilidad lamentable en su política monetaria.

En un artículo para la revista The Economist, Klaus fue incisivo:

El sistema social de Europa occidental está demasiado amarrado por reglas y por un control excesivo. El Estado de bienestar, con todas sus generosas transferencias de pagos desligadas de todo criterio, de esfuerzos o de méritos, destruyó la moralidad básica del trabajo y el sentido de responsabilidad individual. Hay excesiva protección de la burocracia. Debe decirse que la revolución thatcheriana, o sea, antikeynesismo o liberal, apareció (con una apreciación positiva) en medio del camino de Europa occidental, y es preciso completarla.”

Por supuesto, este tipo de exterminio neoliberal, por influyente que sea en los países postcomunistas, también desencadenó una reacción popular, como se puede ver en las últimas elecciones en Polonia, Hungría y Lituania, donde partidos excomunistas ganaron y ahora gobiernan de nuevo sus países. Pero, en la práctica sus políticas de gobierno no se distinguen mucho de las de sus adversarios declaradamente neoliberales. La deflación, el desmantelamiento de los servicios públicos, las privatizaciones, el crecimiento del capital corrupto y la polarización social siguen, un poco menos rápidamente, por el mismo rumbo. Una analogía con el eurosocialismo del sur de Europa se hace evidente. En ambos casos, se trata de una variante mansa al menos en el discurso, si no siempre en las acciones de un paradigma neoliberal común a la derecha y a la izquierda oficial. El dinamismo continuado del neoliberalismo como fuerza ideológica a escala mundial está sustentado en gran parte, hoy, por este “efecto de demostración” del mundo postsoviético. Los neoliberales pueden ufanarse de estar frente a una transformación socioeconómica gigantesca, que va a perdurar por décadas.

V. América Latina, escenario de experimentación

El impacto del triunfo neoliberal en el Este europeo tardó en sentirse en otras partes del globo, particularmente, podría decirse, aquí en América Latina, que hoy en día se convierte en el tercer gran escenario de experimentaciones neoliberales. De hecho, aunque en su conjunto le ha llegado la hora de las privatizaciones masiva después de los países de la OCDE y de la antigua Unión Soviética, genealógicamente este continente fue testigo de la primera experiencia neoliberal sistemática del mundo. Me refiero, está claro, a Chile bajo la dictadura de Pinochet. Aquel régimen tiene el mérito de haber sido el verdadero pionero del ciclo neoliberal de la historia contemporánea. El Chile de Pinochet comenzó sus programas de manera dura: desregulación, desempleo masivo, represión sindical, redistribución de la renta en favor de los ricos, privatización de los bienes públicos. Todo esto comenzó en Chile, casi una década antes de Thatcher. En Chile, naturalmente, la inspiración teórica de la experiencia pinochetista era más norteamericana que austriaca: Friedman, y no Hayek, como era de esperarse en las Américas. Pero es de notar que la experiencia chilena de los años 70 interesó muchísimo a ciertos consejeros británicos importantes para Thatcher, y que siempre existieron excelentes relaciones entre los dos regímenes en los años 80. El neoliberalismo chileno, por supuesto, presuponía la abolición de la democracia y la instalación de una de las más crueles dictaduras de la posguerra. Pero la democracia en sí misma como explicaba incansablemente Hayek jamás había sido un valor central del neoliberalismo. La libertad y la democracia, explicaba Hayek, podían tornarse fácilmente incompatibles, si la mayoría democrática decidiese interferir en los derechos incondicionales de cada agente económico de disponer de su renta y sus propiedades como quisiese. En este sentido, Friedman y Hayek podían ver con admiración la experiencia chilena, sin ninguna inconsistencia intelectual o compromiso de principios. Pero esta admiración fue realmente merecida, dado que -a diferencia de las economías del capitalismo avanzado bajo los regímenes neolibeales en los 80-, la economía chilena creció a un ritmo bastante rápido bajo el régimen de Pinochet, como lo sigue haciendo con la continuidad político-económica de los gobiernos postpinochetistas de los últimos años.

Si Chile fue, en este sentido, una experiencia piloto para el nuevo neoliberalismo en los países avanzados de Occidente, América Latina también proveyó la experiencia piloto para el neoliberalismo del Este postsoviético. Aquí me refiero a Bolivia, donde, en 1985, Jeffrey Sachs perfeccionó su tratamiento de choque, aplicado más tarde en Polonia y en Rusia, pero preparado originalmente para el gobierno de Banzer, después aplicado imperturbablemente por Víctor Paz Estenssoro, cuando sorprendentemente este último fue electo presidente en lugar de Banzer. En Bolivia, la puesta en marcha de la experiencia no tenía necesidad de quebrar a un movimiento obrero poderoso, como en Chile, sino parar la hiperinflación. El gobierno que adoptó el plan de Sachs no era una dictadura, sino el heredero del partido populista, el MNR, que había hecho la revolución de 1952. En otras palabras, América Latina también inició una variante neoliberal “progresista”, difundida más tarde en el sur de Europa, en los años del eurosocialismo. Pero Chile y Bolivia eran experiencias aisladas hasta finales de los años 80.

El viraje continental en dirección al neoliberalismo no comenzó antes de la presidencia de Salinas, en México, en 1988, seguido de la llegada al poder de Ménem, en Argentina, en 1989, de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez en el mismo año, en Venezuela y de la elección de Fujimori en el Perú, en el 90. Ninguno de esos gobernantes confesó al pueblo, antes de ser electo, lo que efectivamente hizo después. Ménem, Carlos Andrés y Fujimori, además prometieron exactamente lo opuesto a las políticas radicalmente antipopulistas que implementaron en los años 90. Y Salinas, notoriamente, no fue siquiera electo, sino que robó fraudulentamente las elecciones. De las cuatro experiencias vividas en esta década, podemos decir que tres registraron éxitos impresionantes a corto plazo; México, Argentina y Perú y una fracasó: Venezuela. La diferencia es significativa. La condición política de la deflación, de la desregulación, del desempleo, de la privatización de las economías mexicana, argentina y peruana fue una concentración del Poder Ejecutivo formidable: algo que siempre existió en México, un régimen de partido único, pero Ménem y Fujimori tuvieron que innovar con una legislación de emergencia, autogolpes y reformas de la Constitución. Esta dosis de autoritarismo político no fue factible en Venezuela, con una democracia partidaria más continua y sólida que en cualquier otro país de América del Sur, el único que escapó de las dictaduras militares y regímenes oligárquicos desde los años 50: de allí el colapso de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez.

Pero sería arriesgado concluir que solamente regímenes autoritarios pueden imponer con éxito políticas neoliberales en América Latina. El caso de Bolivia, donde todos los gobiernos electos después de 1985, tanto como el de Paz Zamora como el de Sánchez Losada, continuaron con la misma línea, está allí para comprobarlo. La lección que deja la larga experiencia boliviana es ésta: hay un equivalente funcional al trauma de la dictadura militar como mecanismo para inducir democrática y no coercitivamente a un pueblo a aceptar las más drásticas políticas neoliberales. Este equivalente es la hiperinflación. Sus consecuencias son muy parecidas. Recuerdo una conversación en Río de Janeiro en 1987, cuando era consultor de un equipo del Banco Mundial y hacía un análisis comparativo de alrededor de 24 países del Sur, en lo relativo a políticas económicas. Un amigo neoliberal del equipo, sumamente inteligente, economista destacado, gran admirador de la experiencia chilena bajo el régimen de Pinochet, me confió que el problema crítico del Brasil durante la presidencia de Sarney no era una tasa de inflación demasiado alta -como creía la mayoría de los funcionarios del Banco Mundial-, sino una tasa de inflación demasiado baja.

Esperamos que los diques se rompan”, decía. “Aquí precisamos una hiperinflación para condicionar al pueblo a aceptar la drástica medicina deflacionaria que falta en este país.

Después, como sabemos, la hiperinflación llegó al Brasil, y las consecuencias prometen, o amenazan -como se quiera- confirmar la sagacidad de este neoliberal local.

VI. Un balance provisorio

La pregunta que queda abierta es si el neoliberalismo encontrará, más o menos, resistencia a su aplicación duradera aquí en América Latina, de la que encontró en Europa Occidental y en la antigua URSS. ¿Será el populismo el laborismo- latinoamericano un obstáculo más fácil o más difícil para la realización de los planes neoliberales que la socialdemocracia reformista o el comunismo? Sin duda, la respuesta va a depender también del destino del neoliberalismo fuera de América Latina, donde continúa avanzando en tierras hasta ahora intocadas por su influencia. Actualmente, en Asia, por ejemplo, la economía de la India comienza, por primera vez, a ser adaptada al paradigma liberal, y hasta el mismo Japón no está totalmente inmune a las presiones norteamericanas para desregular. La región del capitalismo mundial que presenta más éxito en los últimos 20 años es también la menos liberal, o sea, las economías del Extremo Oriente Japón, Corea, Formosa, Singapur, Malasia.

¿Por cuánto tiempo estos países permanecerán fuera de la influencia del neoliberalismo? Todo lo que podemos decir es que éste es un movimiento ideológico a escala verdaderamente mundial, como el capitalismo jamás había producido en el pasado. Se trata de un cuerpo de doctrina coherente, autoconsistente, militante, lúcidamente decidida a transformar todo el mundo a su imagen, en su ambición estructural y en su extensión internacional. Algo mucho más parecido al antiguo movimiento comunista que el liberalismo ecléctico y distendido del siglo pasado.

En este sentido, cualquier balance actual del neoliberalismo sólo puede ser provisorio. Es un movimiento aún inacabado. Por el momento, sin embargo, es posible dar un veredicto sobre su actuación durante casi quince años en los países más ricos del mundo, única área donde sus frutos parecen, podría decirse, maduros. Económicamente, el neoliberalismo fracasó. No consiguió ninguna revitalización básica del capitalismo avanzado. Socialmente, al contrario, ha logrado muchos de sus objetivos, creando sociedades marcadamente más desiguales, aunque no tan desestatizadas como quería. Política e ideológicamente, sin embargo, ha logrado un grado de éxito probablemente jamás soñado por sus fundadores, diseminando la simple idea de que no hay alternativas para sus principios, que todos, partidarios u opositores, tienen que adaptarse a sus normas. Probablemente ninguna sabiduría convencional consiguió un predominio tan amplio desde principios de siglo como la neoliberal hoy. Este fenómeno se llama hegemonía, aunque, naturalmente, millones de personas no crean en sus recetas y resistan sus regímenes. La tarea de sus opositores es ofrecer otras recetas y preparar otros regímenes. Pero apenas sabemos cómo prever cuándo y dónde van a surgir. Históricamente el momento de viraje de una ola es una sorpresa.

VII. Las lecciones del neoliberalismo para la izquierda

He focalizado y enfatizado deliberadamente la fuerza, tanto intelectual como política, del neoliberalismo. O sea, su energía y su intransigencia teórica, su dinamismo estratégico todavía no agotado. Creo que es necesario e imprescindible subrayar estos trazos si queremos combatir eficazmente, a corto y largo plazo, el neoliberalismo. Una de las máximas más importantes de Lenin, de cuya herencia la izquierda en todas partes sigue precisando, fue ésta: jamás subestimes al enemigo. Es peligroso ilusionarse con la idea de que el neoliberalismo es un fenómeno frágil o anacrónico. Continúa siendo una amenaza activa y muy poderosa, tanto aquí en América Latina como en Europa y en otras partes. Un adversario formidable, victorioso muchas veces en los últimos años pero no invencible.

Si miramos las perspectivas que podían emerger más allá el neoliberalismo vigente, buscando orientarnos en la lucha política contra él, no debemos olvidar tres lecciones básicas dadas por el propio neoliberalismo.

Primera lección:

No tener ningún miedo de estar contra la corriente política de nuestro tiempo. Hayek, Friedman y sus socios tuvieron el mérito entendido a los ojos de cualquier burgués inteligente de hoy- de realizar una crítica radical del statu quo, cuando hacerlo era muy impopular, y perseverar en su postura de oposición marginal durante un largo periodo, cuando el saber convencional los trataba como a excéntricos o locos, hasta el momento en que las condiciones históricas cambiaron y su oportunidad política llegó.

Segunda lección:

No transigir en las ideas, no aceptar ninguna dilución de los principios. Las teorías neoliberales fueron extremas y marcadas por su falta de moderación, una iconclasia chocante para los bienpensantes de su tiempo. Pero por ello no perdieron eficacia. Al contrario, fue precisamente el radicalismo, la dureza intelectual del temario neoliberal, la que le aseguró una vida tan vigorosa y una influencia tan abrumadora. El neoliberalismo es lo opuesto de un pensamiento débil, para usar un término de moda inventado por algunas corrientes posmodernistas para avalar teorías eclécticas y flexibles.

El hecho de que ningún régimen político realizó jamás la totalidad del sueño neoliberal no es una prueba de su ineficacia práctica; al contrario, fue solamente porque la teoría neoliberal era tan intransigente, que gobiernos de derecha pudieron llegar a políticas tan drásticas: la teoría neoliberal proveía, en sus principios, una especie de temario máximo en el que los gobiernos podían elegir los temas más oportunos, según sus conveniencias coyunturales políticas o administrativas. El maximalismo neoliberal, en este sentido, fue altamente funcional. Proveía un repertorio muy amplio de medidas radicales posibles, ajustables a las circunstancias. Y, al mismo tiempo, demostró el largo alcance de la ideología neoliberal, su capacidad de abarcar todos los aspectos de la sociedad, y así desempeñar el papel de una visión verdaderamente hegemónica del mundo.

Tercera lección:

No aceptar como inmutable ninguna institución establecida. Cuando el neoliberalismo era un fenómeno menospreciado y marginal, durante el gran auge del capitalismo de los años 50 y 60, parecía inconcebible al consenso burgués de aquel tiempo, crear el desempleo de cerca de 40 millones de personas en los países ricos sin provocar trastornos sociales. Parecía impensable proclamar abiertamente la redistribución de los ingresos de los pobres a los ricos en nombre del valor de la desigualdad; parecía inimaginable privatizar no sólo el petróleo, sino también el agua, el correo, los hospitales, las escuelas, hasta las prisiones. Pero como sabemos, todo esto se demostró factible cuando la correlación de fuerzas cambio con la larga recesión. El mensaje de los neoliberales fue, en este sentido, electrizante en las sociedades capitalistas. Ninguna institución, por más consagrada y familiar que sea, es, en principio, intocable. El paisaje institucional es mucho más maleable de lo que se cree.

VIII. Más allá del neoliberalismo

El pensador brasileño-estadounidense Roberto Mangabeira Unger, teorizó desde la izquierda este rasgo histórico, más sistemáticamente que cualquier pensador de la derecha, dándole una fundamentación histórica y filosófica en su libro Plasticidad y Poder. Pero éste es un tema marcadamente marxista: “todo lo sólido se desvanece en el aire”, proclamó el Manifiesto Comunista. Ahora bien, una vez recordadas estas lecciones del neoliberalismo, ¿cómo encarar su superación? ¿Cuáles serían los elementos de una política capaz de barrerlo? El tema es amplio, voy a indicar aquí solamente tres elementos de un posible posneoliberalismo.

1. Los valores.

Tenemos que atacar sólida y agresivamente el terreno de los valores, resaltando el principio de igualdad como el criterio central de cualquier sociedad verdaderamente libre. Igualdad no quiere decir uniformidad, como afirma el neoliberalismo, sino, al contrario, la única auténtica diversidad.

El lema de Marx conserva toda, absolutamente toda, su vigencia pluralista. “A cada quién según su necesidad, a cada cual según su capacidad”. La diferencia entre los requisitos, los temperamentos, los talentos de las personas, está expresamente grabados en esta concepción clásica de una sociedad igualitaria y justa. ¿Qué significa esto hoy en día? Es una igualación de las posibilidades reales de cada ciudadano de vivir una vida plena, según el patrón que escoja, sin carencias o desventajas debidas a los privilegios de otros, comenzando, por supuesto, con iguales oportunidades de salud, educación, vivienda y trabajo. En cada una de estas áreas, no hay ninguna posibilidad de que el mercado pueda proveer ni siquiera el mínimo requisito de acceso universal a los bienes imprescindibles en cuestión. Solamente una autoridad pública puede garantizar la protección contra la enfermedad, la promoción de conocimientos y de cultura, y la provisión de protección y empleo para todos. Göran Terborn insistió con elocuencia, y yo estoy de acuerdo, en la necesidad de defender el principio del Estado de bienestar. Pero, también, lo amplió, después, a lo que necesitamos dramáticamente en los países latinoamericanos, aunque también en Inglaterra y Suecia: no solamente defender sino extender redes de protección social, no confiando necesariamente su gestión a un Estado centralizado. Para alcanzar ese fin es necesaria una fiscalización absolutamente distinta de la que existe hoy en los países desarrollados o en vías de desarrollo. No es necesario subrayar aquí el escándalo material y moral del sistema impositivo en Brasil o Argentina. Se debe apenas subrayar que la evasión fiscal, por parte de los sectores ricos o meramente acomodados, no es solamente un fenómeno de lo que alguna vez se llamó el Tercer Mundo, sino también y cada vez más del propio Primer Mundo. Si bien no siempre es aconsejable entregar la provisión de los servicios públicos al Estado centralizado, la extracción de los recursos necesarios para financiar estos servicios, ésta sí es una función intransferible del Estado. Pero, para esto se precisa un Estado fuerte y disciplinado, capaz de romper la resistencia de los privilegiados y bloquear la fuga de los capitales que cualquier reforma tributaria desencadenaría. Todo discurso antiestatista que ignore esta necesidad, es demagógico.

2. La propiedad.

La mayor hazaña histórica del neoliberalismo ciertamente fue la privatización de las industrias y los servicios estatales. Aquí se consumó su larga cruzada antisocialista. Paradójicamente, lanzándose a tal proyecto ambicioso, tuvo que inventar nuevos tipos de propiedad privada, como por ejemplo, los certificados distribuidos gratuitamente a cada ciudadano de la República Checa o Rusa, dándoles derecho a una proporción igual en acciones de la nueva empresa privada. Estas operaciones, claro está, van a ser a final de cuentas una farsa: esas acciones, tan equitativamente distribuidas, son luego adquiridas por especuladores extranjeros o mafiosos locales. Pero, lo que esas operaciones demostrarán es que no hay ninguna ilegitimidad o inmutabilidad en el patrón tradicional de la propiedad burguesa de nuestros países.

Nuevas formas de propiedad popular serán inventadas, formas que separen las funciones de la rígida concentración de poderes en la clásica empresa capitalista de hoy. Esto fue otro de los grandes temas en la obra de Mangabeira Unger, y se volvió tema de los trabajos del gran teórico económico marxista estadounidense John Roemer, en una nueva obra cuyo título es Un futuro para el socialismo, donde propone un plan institucional al mismo tiempo audaz y riguroso, induciendo la distribución de dividendos a cada ciudadano, extraídos directamente de las ganancias medias de las empresas privadas, como un primer escalón para una socialización posterior más profunda.

Existe actualmente una discusión mucho más rica en los países occidentales sobre este tema: la inversión de nuevas formas de propiedad popular, con muchas contribuciones y diversas propuestas. Pero el tema está lejos de ser sólo una preocupación de los países ricos. Al contrario, mucha de la discusión más reciente se desprende directamente de la observación de formas mixtas de empresas colectivas chinas. Las famosas TVES, o sea, las llamadas empresas municipales y de aldeas, que hoy día son el motor central del milagro chino, una economía que registra el único crecimiento realmente vertiginoso del mundo contemporáneo. Existen en China formas de propiedad, tanto industrial como agraria, ni privada ni estatal, pero colectiva, ejemplos vivos de una experiencia social creativa que demuestra un dinamismo sin par en el mundo actual.

3. La democracia.

El neoliberalismo tuvo la audacia de decir abiertamente: la democracia representativa que tenemos no es en sí un valor supremo, al contrario, es un instrumento intrínsecamente falible, que fácilmente puede tornarse excesivo y de hecho lo hace. Su mensaje provocador era: precisamente menos democracia. De allí, por ejemplo, su insistencia en un Banco Central, jurídica y totalmente independiente de cualquier gobierno, o sea, de una Constitución que prohíba taxativamente el déficit presupuestrario. Aquí también debemos tomar e invertir su lección emancipadora, y pensar que la democracia que tenemos si la tenemos no es un ídolo a adorar, como si fuese la perfección final de la libertad humana. Es algo provisorio y defectuoso, que se puede remodelar. El rumbo del cambio debería ser lo opuesto del neoliberalismo: precisamos más democracia. Esto no quiere decir, está claro, su supuesta simplificación del sistema de voto, aboliendo la representación proporcional en favor de un mecanismo al estilo de EUA, como ha sido preconizado, a veces, por distintas estadísticas en América Latina. Esta es una propuesta descaradamente reaccionaria, queriendo imponer aquí un sistema tan antidemocrático, que en las elecciones de los propios Estados Unidos no siquiera vota la mitad de la población. Tampoco más democracia quiere decir conservar o fortalecer el presidencialismo. Tal vez la peor de las importaciones extranjeras hacia América Latina haya sido históricamente, la servil imitación de la constitución de los Estados Unidos del siglo XVIII, que ahora está siendo imitada por los nuevos gobernantes semicoloniales de Rusia. No, una democracia profunda exige exactamente lo opuesto de este poder plebiscitario. Exige un sistema paralelamente fuerte, basado en partidos disciplinados, con financiamiento público equitativo y sin demagogias cesaristas. Sobre todo, exige una democratización de los medios de comunicación, cuyo monopolio en manos de grupos capitalistas superconcentrados y prepotentes, es incompatible con cualquier justicia electoral o soberanía democrática real.

En otras palabras, estos tres temas pueden ser traducidos al vocabulario clásico: son las necesarias formas modernas de la libertad, igualdad, solidaridad. Para realizarlas precisamos un espíritu sin complejos, seguro, agresivo diría, no menos alegremente feroz de lo que fue en su origen el neoliberalismo. Estos serían lo que un día, tal vez se llame neosocialismo. Sus símbolos no serán verborrágicos: ni la arrogancia de una águila, ni un burro de lenta sagacidad, ni una paloma de pacífica conciliación. Los símbolos más viejos, aquellos instrumentos de trabajo y de guerra, capaces de martillar o de cosechar, tal vez volverán a ser los más apropiados.

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