LOS VICTIMARIOS

Había una marcha, el sábado, de camino al shopping. Eran esos tipos que comen camarones y saben los precios de todo y de todos. Eran esos tipos, eran esas zorras, los victimarios…

La Argentina que marchó el 1° de abril

#RevistaSudestada

Gritan democracia, pero sueñan con uniformes y desfiles por las calles. Sacan a pasear sus miedos como sus perros de nombre extraño, y vociferan por un país exclusivo, bien alambrado y defendido por policías en todas las esquinas. Quieren ver a los pobres en las cárceles llenas, en comedores atestados o en la pantalla de sus Led, acaso, pero nunca en las calles. Nunca cortando rutas, ¡por favor! ¿Cómo se atreven a demorar su descanso de fines de semana con sus problemas? Gritan, están enojados, no pueden contener su odio. Escupen, detestan, sienten repulsión, están enfermos y lo saben. Son el más básico y repugnante sentido común, y no les importa. Son el más absurdo diccionario retrógrado y reaccionario, apenas una extensión del cable coaxil enchufado a sus cerebros marchitos, y orgullosos están. Hablan en voz alta en los comercios como si fueran los dueños, como si tuvieran algo original que decir. Imponen, no saben persuadir, no necesitan hacerlo. No han debatido nunca en sus vidas. Hablan de Historia argentina como si supieran. Sus opiniones son certezas, nunca se preguntan, nunca recuerdan sus contradicciones, sus errores, sus absurdos. Se juntan y toman coraje. Son muchos, sí. Son un montón. Son todos viejos. Avanzan por las calles pero saben que lo suyo es otra cosa: el contador amigo que ayuda a evadir, la empleada doméstica que trabaja por una miseria y no reclama, el uniforme pulcro de los nenes y el acento british que los excita, los noticieros de la tarde y su informe de tragedias satelitales, la empresita que –cuando se puede, porque está dura la mano– le paga a término a los empleados, sus ahorros bien guardados , su temeroso odio a los pibes que le cuidan sus autos, su desenfadado desprecio por los jóvenes, por las madres solteras, por los trabajadores que no se resignan, por los que se atreven a exigir lo que les corresponde. Como antes, como mucho antes, cuando los viejos que marcharon este 1 de abril eran jóvenes también y aplaudían a los golpistas, y vivían de la renta y de la herencia del apellido, de la modesta fortuna de Papá y del Abuelo, altos garcas con firmes raíces, patriotas de estancia, argentinos de banderita y viva la patria que es la suya: el country, el depto. exclusivo, el auto recién cambiado, el teléfono de última generación, los hijos inútiles.

Son muchos, sí. Ahí van, desfilan. Escupen odio. Gritan, se ríen. Pero su risa no es felicidad. Su risa es burla, es revancha, es seguridad: son los dueños de todo, y sus laderos de siempre, los que sueñan con pertenecer, con no parecerse al otro país, con dejarlo atrás como una pesadilla. Son ignorantes, son grotescos, son muchos… y votan. Y escupen candidatos. Y su odio acomoda Presidentes y Ministros.

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