LA POLÍTICA COMO VIDA COTIDIANA

Por Ronald Fraser
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Historia oral de la Guerra Civil Española

Una reciente contribución sobre el papel de la capacidad de acción humana en la historia –es decir, de la actividad consciente, dirigida a un objetivo– ha sugerido que, para los propósitos de la investigación histórica, se necesita diferenciar entre tres clases de objetivos1. Los primeros, perseguido por la abrumadora mayoría de la gente durante la mayor parte de sus vidas, son objetivos “privados”: cultivar una parcela, elegir un cónyuge, practicar una habilidad, mantener un hogar. Se trata de proyectos personales que están inscritos dentro de relaciones sociales existentes y típicamente las reproducen.

En segundo lugar están los proyectos colectivos o individuales que se dirigen a objetivos “públicos”: movimientos religiosos, luchas políticas, conflictos militares, transacciones diplomáticas, exploraciones comerciales, creaciones culturales. En su mayor parte, estos no han pretendido transformar las relaciones sociales como tales sino que han perseguido objetivos más locales, dentro de un aceptado orden global. Finalmente, los objetivos “colectivos” de cambiar el modo de existencia en conjunto dentro de un programa consciente dirigido a crear o remodelar estructuras sociales completas; en este sentido las revoluciones francesa y norteamericana son las primeras instancias de la capacidad de acción colectiva.

Aquí debe introducirse una matización preliminar: en algunas circunstancias, los objetivos privados han modificado relaciones sociales existentes, como Eugene Genovese y Joan Martínez Alier han mostrado para los esclavos americanos y los jornaleros andaluces; el movimiento de las mujeres sería otro ejemplo de objetivos privados fundiéndose en objetivos colectivos. Dicho eso, sin embargo, sigue siendo cierto que solamente los objetivos colectivos pueden cambiar radicalmente, como opuesto a modificar, las relaciones sociales existentes.

¿Cómo ha gestionado la historia oral estas tres categorías? En su mayor parte, se ha preocupado más por la primera, la actividad dirigida a objetivos privados, que por las dos últimas, que englobaré bajo el encabezado de implicación política, revolucionaria o no. Se ha sugerido, no sin razón, que para la historia oral esta es un área erizada de peligros. Un editorial en History Workshop Journal ha advertido que: lo “político” incide sobre las vidas individuales de formas muy diferentes a lo “personal”. Sus efectos, aunque devastadores sobre la sociedad en conjunto, son sigilosos, subliminales y quedan ocultos en la experiencia individual […] la memoria puede ser una rica fuente de información para áreas de la experiencia personal; cuando el historiador oral se mueve desde la arena “personal” a la “política” es cuando la memoria se vuelve más problemática.2

En consecuencia, las formas personales de actividad se viven y recuerdan más nítidamente. Este argumento, creo, procede de la experiencia de las democracias burguesas avanzadas en los cincuenta últimos años más o menos, en las que, con algunas excepciones –en Francia, por ejemplo: 1936, la Resistencia, Mayo del 68–, la implicación política ha caído en la segunda categoría, buscando alcanzar objetivos públicos dentro del orden existente. Los programas conscientes dirigidos a remodelar estructuras sociales completas desde luego han existido; pero no se han materializado como objetivos colectivos desafiando seriamente al Estado burgués.

En estas sociedades, la implicación política personal –que como mínimo considero que significa el reconocimiento individual de la necesidad de unirse con otros en una causa común para modificar, cambiar o derribar las relaciones existentes de las fuerzas sociales, en persecución de unos objetivos políticos compartidos– se ha vivido por lo general de una manera diferente a la vida diaria. Si, en ocasiones, semejante implicación ha sido generalizada, ha tendido a ser de menor intensidad o de menor duración, o se ha experimentado durante largos periodos pero por estratos más pequeños, de lo que ha sido en algunas otras formaciones sociales.

Se persiguen objetivos locales, de gran importancia para los implicados; pero por definición son limitados, segregados por “espacios” de otro orden de la vida diaria normalmente más inmediato cuya tónica está establecida por el modo y las relaciones de producción prevalentes (“aceptadas”). Y cuando la política se reduce a formular un voto cada tantos años, entonces, a fortiori, su impacto sobre la vida diaria se reduce aún más.

Este proceso, en el que la política se vive de forma discontinua, presenta grandes dificultades para la historia política oral. No es lo que la gente “ordinaria”, los históricamente inarticulados –aquellos que hacen y sufren la historia sin que sus voces se escuchen en la historiografía tradicional– experimentan como una íntima parte de sus vidas; no es sobre lo que ellos puedan informarnos con la misma autenticidad que sobre su vida diaria. La memoria, no sólo de la experiencia política individual sino del contexto en que se produjo, se reduce. Las experiencias pasadas que tienen poca o ninguna importancia en el presente, o que son “irrelevantes” porque las situaciones en las que pudieron serlo ya no se producen, tienden a ser olvidadas.3 La discontinuidad de la experiencia, excepto en circunstancias muy dramáticas, casi seguro que aumenta la pérdida.

Sin embargo, antes de desechar esta categoría para la historia oral política, debemos detenernos en un área que se encuentra en su límite extremo: el área formada cuando el régimen político que expresa el orden “global” –el modo y las relaciones de producción dominantes– entra en crisis. El viejo régimen se desmorona; uno nuevo intenta consolidarse en su lugar para defender el orden existente. Sin que llegue a tomar forma un desafío serio al modo dominante, la fragilidad del nuevo régimen puede traducirse en una aceptación solamente parcial de su legitimidad. Tanto las clases dominantes como las dominadas consideran que el nuevo régimen puede no satisfacer sus intereses. Estamos en un área fronteriza entre las categorías segunda y tercera; los acontecimientos pueden desbordarse hacia la última –la aceptación o el rechazo parcial del régimen que conduce al rechazo del modo de producción dominante que representa– o la consolidación del nuevo régimen puede contener a esta amenaza. La implicación política dependerá a largo plazo de la dirección –entrando o alejándose de la tercera categoría– que finalmente tome este incierto equilibrio.

Memorias españolas

Este fue el caso de España en la década de 1930. Los cinco años de la República, que fue un intento por resolver una larga crisis de la clase dirigente sin amenazar al modo de producción capitalista dominante, asistió a una generalizada esperanza, seguida por una generalizada desilusión, entre el proletariado urbano y rural en cuanto a la posibilidad de consolidar un régimen democrático burgués avanzado. Entre las clases dominantes, especialmente la burguesía rural, había miedo a que, si se consolidaba semejante régimen, la despojaría de sus propiedades. La cuestión agraria, la Iglesia, la autonomía regional y la educación se convirtieron en temas políticos que se experimentaban afectando directamente a las vidas diarias; como desde luego lo hacía la depresión económica y el desempleo.

El Estado era relativamente débil, los medios de comunicación de masas apenas existían y ni las clases dominantes ni las dominadas estaban totalmente integradas en una democracia parlamentaria que sus organizaciones políticas pudieran esperar controlar.

Hubo una notable –aunque no simultánea– radicalización de las posiciones políticas tanto de la derecha como de la izquierda, en parte como resultado de la creciente politización que se producía a medida que aumentaba la conciencia del inestable equilibrio. Si no había ningún avance, con toda probabilidad sólo habría un retroceso, cualquiera que fuera el lado de la división política en el que te encontraras. El futuro estaba en juego y no se trataba de un futuro abstracto, impersonal. No quiero exagerar el grado de implicación política, pero que estaba generalizada es algo de lo que puede haber pocas dudas. Pocos, si es que alguno, de los trescientos encuestados a los que entrevisté para “Blood of Spain” (“Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”) fueron incapaces de proporcionar alguna evidencia de cómo la situación política impregnaba sus vidas. Podía expresarse a través de aspiraciones, miedos, voliciones, pero planteaba opciones fundamentales: las cosas deben cambiar, no se debe permitir que las cosas cambien, las cosas estaban cambiando incontroladamente.

La Guerra Civil fue el resultado de una ruptura del tenue equilibrio de las fuerzas de clase. Como Victor Kiernan ha señalado acertadamente, la guerra civil constituye un término medio entre la revolución y la insurrección.

Al comienzo de una guerra civil (a diferencia de una revolución) no hay una fuerza o un plan hegemónico en ninguno de los dos campos, pero especialmente en el lado progresista: “un programa sólo surge en el curso de la contienda”.4 Enfrentándose a los combatientes estaba no sólo la política del enemigo a lo largo del frente, sino la lucha por la hegemonía política dentro del terreno propio. Se podría decir que la Guerra Civil estuvo formada por dos guerras políticas, en cada una de las cuales estaban en juego las futuras relaciones socio-económicas. Era casi imposible que los españoles de ambos lados, voluntariamente o forzados por las circunstancias, se evadieran de hacer elecciones políticas fundamentales.5

A través de la Guerra, y la propaganda asociada, la política se volvió colindante con la vida diaria. Para grandes sectores del bando republicano, aunque de ninguna manera para todos, no podía haber ninguna duda de que su lucha suponía remodelar toda la estructura social del Estado español. Incluso aquellos que lucharon para mantener una democracia parlamentaria eran conscientes de que, inicialmente por lo menos, tendría que diferenciarse de la república anterior a la guerra en aspectos significativos.

A primera vista, el bando franquista parece muy diferente. Aquí estaba la contrarrevolución intentando, en la superficie, restaurar los valores “eternos” y la unidad de España, y por debajo de la superficie, la producción capitalista sin amenazas de revolución proletaria. Un movimiento de regreso a un pasado autoritario, también estaba justificado ideológicamente como un movimiento de avance hacia un nuevo futuro. Esta dualidad de objetivos era realmente uno de sus puntos fuertes. Una nueva sociedad, un nuevo Estado –teñido con la retórica y la parafernalia fascista– parecía en ciernes. A nivel ideológico, la contrarrevolución no carecía totalmente de un sentido “revolucionario”, de una aparente remodelación de las estructuras sociales. Y así, aunque parodia a la tercera categoría, yo diría que la contrarrevolución también puede proporcionar un área para la historia oral política.

La victoria de Franco consagró la determinación de las clases dirigentes para “abolir”, de una vez por todas, la política, especialmente la política de la clase obrera. El resultado fue, casi inevitablemente, el regreso de los reprimidos: se politizaron amplias facetas de la vida diaria, que en una democracia burguesa parecen quedar fuera de la política, ya que el régimen justificaba su existencia con una “paz social” que le costaba a la clase obrera (y a otros opositores) una dura represión. Una huelga se convirtió en un acto de desafío contra el régimen. Desde mi punto de vista, el intento por abolir la política sirvió para “congelar” los recuerdos del pasado cuando la política y la vida diaria no eran categorías de experiencia separadas. Por estas razones, la Guerra Civil Española presentaba un terreno ideal para la historia oral. Pero había una importante razón adicional: la existencia de una amplia historiografía. En consecuencia, era innecesario establecer hechos generales, fechas, cronología etc., a través de la evidencia oral que, en vez de ello, podía concentrarse en la experiencia individual. El que esto, con bastante frecuencia, pusiera al descubierto hechos o situaciones que la historiografía ignoraba o tergiversaba fue un afortunado subproducto. Pero no tengo ninguna duda de que la tarea hubiera sido de una magnitud totalmente diferente sin esta gran cantidad de historiografía; realmente me lleva a preguntarme si la historia oral política a esta escala es viable sin ella.

Hechos materiales

En este punto puede merecer la pena hacer unas cuantas observaciones sobre las entrevistas políticas en el contexto que he bosquejado. En primer lugar, la política puede ser tratada como la vida diaria, como actividad personal. Las cuestiones políticas que no surgen directamente de la experiencia vivida por el encuestado casi inevitablemente conducen a estereotipadas disquisiciones políticas.

En mi caso, por encima de todo yo quería saber lo que habían hecho mis encuestados y en qué circunstancias, las razones que les habían llevado a hacerlo. La acción revelaba mejor –aunque no sin contradicciones– la respuesta política de un encuestado a una situación concreta, y por ello la textura (política) subjetiva de los acontecimientos.

En segundo lugar, la memoria. En España era muy evidente que cuanto más activamente habían participado los encuestados en las luchas, cuanto más estrechamente se identificaban con ellas, más clara tendía a ser su memoria. En un grado considerable, la memoria política parecía depender del grado en el que los participantes sentían que tenían una participación personal que afectaba al resultado de los acontecimientos; o, por el contrario, se sentían pasivamente arrastrados por procesos que no estaba en su mano cambiar. La memoria también estaba sometida a significativos silencios, la mayoría de los cuales podían relacionarse con desmentidos de verdades social o políticamente inaceptables: pocos falangistas admitieron un pasado fascista, nadie en ambos bandos admitió haber matado a alguien, nadie en el bando victorioso afirmó haber estado luchando para defender el orden capitalista; y, sin embargo, una vez que los objetivos ideológicos fueron desenmascarados, el orden capitalista fue claramente el gran vencedor de la guerra. Este último punto indica una importante potencialidad de la historia oral política: la posibilidad de descubrir motivaciones inconscientes o reprimidas que subyacen en la actividad consciente dirigida a un objetivo. Imaginemos que tuviéramos a nuestra disposición a supervivientes de la Guerra Civil inglesa del siglo XVII. Un cuidadoso interrogatorio (de una forma que no puede hacerse con los documentos), ¿no ofrecería los medios para evaluar las motivaciones de aquellos que empuñaron las armas? ¿Qué papel tuvieron en el conflicto la religión, el incipiente capitalismo o ambos entrelazados? Semejantes motivaciones inconscientes requieren una cuidadosa interpretación y creo que no debería hacerse a expensas de los objetivos conscientes, sino más bien como otra e importante dimensión de la actividad total del individuo.

En tercer y último lugar, la necesidad para el entrevistador de ser capaz de escuchar, con comprensión, experiencias que pueden ser políticamente desagradables, por no decir intolerables, para él o para ella. Y aún más, la necesidad de comprender esa experiencia tal como el entrevistado la vivió, lo que implica situarla en su contexto histórico. El respeto por la experiencia del entrevistado –que no significa aprobarla– salvaguarda en parte contra la posterior distorsión o trivialización de la evidencia.

Concluiré considerando dos problemas metodológicos que, para mí, son fundamentales a la hora de escribir historia oral política. El primero, común a toda la historiografía, es el desarrollo de herramientas conceptuales adecuadas. El segundo, común a toda historia oral, es que las fuentes primarias tienen una indisputable primacía sobre otro material, ocupando como deben hacerlo el primer plano de la obra acabada. Lo que tenemos que situar delante del lector, como el foco central del texto, es la historia refractada a través de los prismas de los millares de historias de los entrevistados. Y esas historias, lamentablemente, no constituyen en sí mismas la historia. Ciertamente pueden revelar un componente importante de la historia: el clima de sentimientos, la atmósfera de los acontecimientos que, en ocasiones de extrema crisis social, pueden convertirse en factores determinantes de la manera en que la gente responde a los acontecimientos.

Pero este clima es en sí mismo una emanación de conflictos sociales; refleja esos conflictos y sin embargo per se no los explica en otros términos que los suyos. La atmósfera, como cada historia de los entrevistados, debe entenderse en sí misma y en su contexto histórico como un medio de examinar los conflictos de clase que le dieron origen; en resumen, la descripción e interpretación de la atmósfera para alcanzar sus raíces sociales.

Para la historiografía, en palabras de Pierre Vilar, se trata de:

“la explicación de la interacción de hechos materiales con las mentes de los hombres, situadas en el tiempo y en el espacio”.6

Las “mentes de los hombres” nos las da la investigación oral. Los “hechos materiales”, por otra parte, no están situados únicamente en la experiencia vivida. Las grandes líneas de transformación, los determinantes del pasado, nunca son totalmente accesibles para los actores de la época. Una historia de la gente, y aquí no hay ninguna contradicción con la historia materialista, exige un examen crítico de estos determinantes que surgen del modo y de las relaciones de producción dominantes y de las contradicciones dentro de ellos. O más inmediatamente de la experiencia vivida, de la lucha de clases. Hacer que las historias individuales sean inteligibles dentro de una época histórica requiere situarlas dentro de los determinantes que las han condicionado, y que a su vez están condicionados por ellas. El historiador oral político debe crear una síntesis dinámica de las grandes líneas de transformación y de la manera en que fueron experimentadas por los entrevistados. Sólo así, creo, las historias individuales pueden finalmente constituirse en historia.

NOTAS:

1 Perry Anderson, “Arguments within English Marxism”, Londres, 1980, pp. 19-21 [ed. cast.: “Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson”, Madrid, Siglo XXI de España, 1985, reimp. 2012]. Este ensayo fue presentado como una ponencia en la Universidad de Valencia en 1987 y publicado en castellano como “La política como vida diaria: la historia oral y la Guerra Civil Española”, en Ronald Fraser, “Las dos guerras de España”, Barcelona, Crítica, 2012.

2. “Oral History”, History Workshop Journal n.º 8 (otoño de 1979), p. II

3. Véase Charles Rycroft, “The Innocence of Dreams”, Londres, 1979.

4. Víctor Kiernan, “Blood of Spain”, New Left Review I/120 (marzo-abril de 1980).

5. Sólo encontré a un encuestado que permaneció distante, maldiciendo a ambos lados. Para mi pesar, porque me hubiera gustado encontrar más.

6. Pierre Vilar, “A History of Gold and Money”, Londres, 1976 (ed. cast.: “Oro y moneda en la historia (1450-1920)”, trad., a partir de la ed. original francesa, de Armando Sáez y Juana Sabater, con revisión de Jordi Nadal, Barcelona, Ariel, 1969).

 

RONALD FRASER – 1930-2012

Por Perry Anderson

(Texto Completo en pdf: AQUÍ) Perry Anderson, “Ronald Fraser”, New Left Review, n° 75, Mayo-Junio 2012

A principios de 1964, cuando se emprendía un nuevo diseño y reconcepción de la New Left Review, recibí una inesperada carta de alguien que se presentaba como amigo de André Gorz y se ofrecía para colaborar en la producción de la revista si se necesitaba ayuda. No hizo falta ninguna presentación más. Necesitábamos toda la ayuda que pudiéramos obtener y el desconocido Ronald Fraser fue inmediatamente nombrado director comercial sin remuneración y en poco tiempo se convirtió en un miembro fundamental del equipo editorial. Fue el más imprevisible, y quizá el más decisivo, de los varios acontecimientos afortunados que rodearon a la incipiente revista. El recién llegado se diferenciaba del resto del grupo en dos aspectos fundamentales. Tenía diez años más que la edad media del comité editorial, que estaba en los veintipocos; estaba casado y con un hijo, y se había saltado la universidad –de la que habíamos surgido el resto– para trabajar como periodista en Reuters y posteriormente en el San Francisco Chronicle. Estas eran notables diferencias, acentuadas por el triunfalista jeunisme de la época.

Pero, no obstante, había dos lazos que nos unían. Uno era una distancia común de cualquier centro de gravedad nacional. La mayoría de los miembros originales de ese comité editorial procedían de diversas ramificaciones de la vida inglesa: anglo-irlandeses, escoceses, de Nueva Zelanda o del desierto. Ronnie, nacido en Alemania y de ascendencia mitad estadounidense no sólo encajaba en este perfil, sino que compartía la generalizada aversión hacia la Englishry (1) que lo acompañaba. El segundo lazo era más personal. Su llegada a la política se había producido mediante su amistad con Gorz, al que había encontrado por casualidad algunos años antes en España y cuya autobiografía, “Le traître”,(2) se convirtió en una referencia intelectual básica para él. Gorz era uno de los primeros intelectuales europeos con los que habíamos contactado al planear una nueva clase de NLR, y su autobiografía también me había causado una gran impresión. Por ello había una formación existencialista común que, de diversas maneras, saldría a la luz en la revista –en particular, la inspiración de “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir para “Longest Revolution” (1966) de Juliet Mitchell, impulsando la segunda ola del feminismo, y una larga entrevista que realizamos con Sartre en 1969. Eso constituyó una base natural para un intercambio y colaboración productivos.

El primero y el más duradero de los cambios que trajo Ronnie a la New Left Review fue asegurar su supervivencia. Como la mayoría de las revistas pequeñas de la época, y posteriores, cuando llegó todavía estaba perdiendo dinero, y las reservas de crédito o de efectivo para mantenerla en marcha cada vez eran menores. Haciéndose cargo de las precarias finanzas de la revista, ideó un plan a siete años que proporcionase una sólida posición material y que funcionaría a la perfección. A finales de la década de 1970 y principios de la siguiente, la NLR alcanzaba una tirada que hizo que se sostuviera por sí misma. El hecho de que unos cincuenta años después de su diseño, la revista mantenga una plantilla considerablemente mayor de personal con un balance económico positivo –una rareza en el mundo de la izquierda o, de hecho, para cualquier revista con pretensiones intelectuales– se debe originalmente a él. Lo mismo sucede con la creación en 1970 de New Left Books, en Lóndres y Nueva York, que se convertiría en la actual Verso. Poner en marcha una editorial es una tarea más dura y complicada que llevar una revista, y la suerte de la editorial siempre ha sido más accidentada que la de la revista. Pero también ahí la supervivencia de cualquier editorial de la izquierda durante más de cuarenta años, por no hablar del crecimiento de su alcance y prestigio, es una proeza cuyo mérito fundacional le pertenece en gran medida a él.

NOTAS:

1) El hecho o la condición de ser inglés o inglesa, especialmente por nacimiento [N. del T.]

2)  Ed. cast.: “El traidor”, trad. de Cristina Peri Rossi, Barcelona, Montesinos, 1982 [N. del T.].

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