CONTRA LA DEMOCRACIA de Miriam Qarmat

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Los materiales de este libro “Contra la democracia” tienen en común la crítica del funcionamiento orgánico del capital, de sus estructuras fundamentales, de la democracia, de la libertad, y de los derechos y las libertades democráticos. Como veremos no se trata únicamente de denunciar los mitos dominantes sobre los derechos y libertades democráticos, poniendo en evidencia las mentiras más corrientes sobre la libertad y en general sobre la democracia, sino, con diferentes niveles de profundidad y abstracción, de explicar la democracia como estructura esencial del funcionamiento de la sociedad mercantil generalizada. Y complementariamente con ello, poner en evidencia que la libertad, la igualdad y la fraternidad, consagradas en toda la superestructura burguesa (en la legislación, en la cultura, en las religiones) lejos de ser ideales morales surgidos del espíritu puro para perfeccionar al hombre, son la expresión histórica, positiva e idealizada de relaciones de producción bien reales y putrefactas, del intercambio mercantil mundial, de la esclavitud asalariada con el consecuente e indispensable terrorismo de estado.

La unidad histórica (y lógica) democracia-mercancía es muy potente; son dos aspectos de una misma realidad. La democracia no surge de la esclavitud (aunque coexista con ella), sino del comercio. En efecto, en las sociedades antiguas donde la mercancía se encontraba en la periferia de la sociedad, la democracia también ocupaba ese lugar periférico, y sólo adquiría una importancia interna en los centros comerciales como, por ejemplo, en Atenas. En la sociedad mercantil generalizada, en el capitalismo, la democracia se generaliza. Un conjunto de comunidades ficticias (no sólo la patria, sino la raza, el partido, la religión, el frente, la región, el club de fútbol…) reproduce la ilusión de una comunidad como condición de la reproducción de la atomización del individuo y de la dictadura del capital.

El ciclo histórico de la democracia coincide con el de la mercancía y por lo tanto con el individuo. Se desarrolla con el mercado y morirá con él.

El hecho de definir los límites históricos de la democracia y afirmar su muerte como necesidad histórica es un punto crucial de ruptura programática con la izquierda burguesa.

Mientras el socialismo burgués fija la democracia como horizonte, los revolucionarios denuncian la democracia como el modo de vida de la sociedad burguesa, como la dictadura del capital sustentada en la destrucción del proletariado como clase, la atomización individual y ciudadana, la reestructuración de los hombres explotados y dominados en un conjunto de comunidades ficticias, expresión de la competencia del capital, que al enfrentarse entre ellas asegura la dominación de la burguesía como clase y la reproducción de la forma social capitalista.

Consecuente con ello, la revolución social abolirá la mercancía misma y con ello toda democracia, verdadera condición para una sociedad sin explotados, ni explotadores, sin dominados, ni dominadores, una verdadera comunidad humana.

Prefacio

Los textos que aquí presento no son un producto del intelecto, no son obra de un individuo, ni tampoco de genios universitarios. Ni siquiera son el resultado del libre pensamiento, ni tampoco de la inspiración autónoma de tal o cual grupo de librepensadores asociados en función de sus afinidades.

Son, por el contrario, un conjunto de afirmaciones (¡y más aún de negaciones!) programáticas del proletariado, son la expresión teórica del movimiento real que se contrapone al capital y que contienen su destrucción total. Son la expresión de la comunidad de lucha que se contrapone a toda la organización social presente y que para realizar los objetivos que le son propios lucha por afirmarse como clase, como partido, como fuerza mundial de destrucción de todo el sistema capitalista mundial.

El lector no encontrará grandes novedades, ni descubrimientos, en los textos que publicamos. Al contrario, las afirmaciones que aquí se exponen son en su gran mayoría muy viejas, porque la lucha histórica del ser humano contra la explotación y la opresión tiene miles de años y las determinaciones vitales de esa lucha también. Lo que con los años cambian no son esas determinaciones esenciales, sino las implicaciones que las mismas tienen, a la luz de los movimientos sociales que se han desarrollado. Las intuiciones y las afirmaciones de los revolucionarios de diferentes épocas se van viendo confirmadas o refutadas en la práctica social y así se va desarrollando y precisando el programa revolucionario.

Claro que no todas las sociedades de clases son iguales, que no todas las explotaciones y las dominaciones son idénticas, que no todos los modos de producción inmediatos expropian de la misma forma a los productores y que por ello las revueltas y sobre todo las posibilidades de la revolución no son iguales hace 2.000 años, 400 años o ahora. Sin embargo, las diferencias se han exagerado enormemente; la burguesía (y especialmente su ala socialdemócrata) tiene enorme interés en magnificar aquellas diferencias para afirmar mejor la sociedad actual como el objetivo final del ser humano. Cuanto más bárbara e inhumana es presentada la antigüedad, más humana parece la barbarie de la civilización actual. Así hicieron creer a la humanidad entera que la prehistoria era una época terrible de escasez y miseria, que la esclavitud secular era un verdadero infierno terrenal y que el hombre había conquistado su verdadera libertad en la “sociedad del bienestar”, es decir en el capitalismo. La insistencia en el horror de la esclavitud pasada sirve para camuflar el horror de la esclavitud asalariada actual.

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