EL NUEVO IMPERIALISMO por David Harvey (+ LIBRO “Breve Historia del Neoliberalismo”)

El “nuevo” imperialismo. Sobre reajustes espacio-temporales y acumulación mediante desposesión

por David Harvey

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Este artículo fue publicado por la revista Viento Sur del Estado Español, con traducción de Enrique Rodríguez, el 13 de diciembre de 2003.

Detroit 2

Vista aérea de la ciudad de Detroit, USA

Detroit

Harvey, David. Geógrafo y Urbanista inglés, nacido en Kent en 1935. Ha desarrollado el grueso de su carrera en los Estados Unidos y pertenece a la cátedra de antropología del College University de Nueva York, tras haber enseñado geografía y urbanismo en Oxford y Baltimore durante más de treinta años. Estudioso en profundidad de la obra de Marx, en 1982 publica una obra destacada de teoría económica, Los límites del capital. En 1985 publica dos libros de ensayos sobre urbanismo, La conciencia y la experiencia urbana y La urbanización del capital, y en 1989 aparece La condición de la postmodernidad (publicado en español por Amorrortu), probablemente su obra más conocida, donde investiga la emergencia de la cultura y del arte postmodernos como un efecto de las transformaciones del capitalismo y de la aparición del postfordismo. Además de las obras ya mencionadas es autor de Espacios de esperanza, Akal, (2000) y El nuevo Imperialismo, Akal (2003).

 NIÑO CHIMPANCÉLa dilatada supervivencia del capitalismo, a pesar de las múltiples crisis y reorganizaciones acompañadas siempre de agoreras predicciones sobre su inminente extinción -tanto por parte de la izquierda como de la derecha-, es un misterio que requiere ser estudiado. Lefebvre creyó haber encontrado la clave cuando pronunció su celebre frase de que el capitalismo sobrevive mediante la creación de espacio, aunque no acertó a explicar de qué forma se llevaría esto a cabo. Tanto Lenin como Luxemburgo, por motivos bastante distintos y utilizando argumentos también diversos, consideraron que el imperialismo -una determinada forma de producción de espacio- era el quid de la cuestión, aunque ambos argumentaron que dicha solución sería finita, dadas sus propias contradicciones.

En los años setenta intenté enfocar este problema a la luz de los “reajustes espaciales” y su papel en las contradicciones internas de la acumulación de capital.[1] Argumentaba que un cuidadoso estudio de las formas en las que el capital produce espacio, nos ayudaría a construir una teoría del desarrollo desigual más sofisticada y a integrar mejor los fenómenos de la expansión geográfica y el desarrollo en las reformulaciones y revisiones de la teoría de acumulación de capital de Marx que por entonces venían apareciendo y, por tanto, a integrar esas teorías con las de imperialismo y dependencia, que también eran objeto de un serio debate en aquel momento. Ahora, cuando de nuevo se está produciendo una redefinición del discurso -tanto en la margen izquierda como en la derecha del espectro político- en lo referente a lo que algunos llaman “el nuevo imperialismo”[2] parece útil reexaminar esas ideas generales a la luz de los acontecimientos actuales.

La tesis de los reajustes espaciales sólo tiene sentido si atribuimos al capitalismo una tendencia expansiva, entendida teóricamente mediante alguna versión de la teoría de Marx según la cual la tasa descendente de ganancia produce crisis de sobreacumulación.[3] Dichas crisis se manifiestan en excedentes simultáneos de capital y mano de obra sin que aparentemente exista ninguna manera de coordinarlos para realizar alguna tarea socialmente productiva. Por tanto, si se quiere evitar que haya devaluaciones (e incluso destrucción) de capital que afecten a todo el sistema, deben encontrarse formas de absorber tales excedentes. La expansión geográfica y la reorganización espacial son dos opciones posibles. Pero esto tampoco puede disociarse de los reajustes temporales, puesto que la expansión geográfica solía ir acompañada de inversiones en infraestructuras físicas y sociales a largo plazo (en redes de transporte y comunicaciones, educación e investigación, por ejemplo) que demorarían muchos años en reintegrar su vlor a la circulación a través de la actividad productiva que apoyaban.

Puesto para continuar esta argumentación será útil referirse a ejemplos reales, propongo aceptar la tesis de Brenner según la cual el capitalismo ha padecido un problema crónico de sobreacumulación desde los años setenta.[4] Interpreto la volatilidad del capitalismo internacional durante estos años como una serie de ajustes espacio-temporales que fracasaron, incluso a mediano plazo, en tratar los problemas de la sobreacumulación. Sin embargo, como argumenta Gowan, era a través de la orquestación de dicha volatilidad que los Estados Unidos pretendían mantener su posición hegemónica dentro del capitalismo mundial.[5] Por tanto, lo que parece un reciente viraje por parte de los Estados Unidos hacia un imperialismo abiertamente respaldado por la fuerza militar puede interpretarse como una señal del debilitamiento de dicha hegemonía ante la seria amenaza de una recesión y amplia devaluación en su propia casa, a diferencia de los diversos ataques devaluatorios anteriormente infligidos a otras zonas (América Latina en los ochenta y principios de los noventa y, aún más seriamente, la crisis que consumió el este y sudeste asiáticos en 1997 antes de arrastrar a Rusia y buena parte de América del Sur). Pero también pretendo argumentar que la imposibilidad de acumular mediante la expansión continuada de la reproducción ha sido compensada con un incremento de los intentos de acumular mediante la desposesión. Estas son, en definitiva, las que considero características principales de las nuevas formas de imperialismo. Puesto que el debate sobre este tema excedería un artículo como este, voy a continuar la exposición de manera simplificada y esquemática, dejando un análisis detallado para una posterior publicación.[6]

El reajuste espacio-temporal y sus contradicciones

La idea principal en que se basa el reajuste espacio-temporal es bastante sencilla. La sobreacumulación en un territorio dado implica un excedente de mano de obra (paro creciente) y excedentes de capital (que se manifiesta en un mercado inundado de bienes de consumo a los que no se puede dar salida sin pérdidas, en una alta improductividad y/o en excedentes de capital líquido carente de posibilidades de inversión productiva). Dichos excedentes pueden ser absorbidos mediante: a) una reorientación temporal hacia proyectos de inversión de capital a largo plazo o gasto social (como la educación o la investigación), que aplazan la vuelta a la circulación del exceso de capital hasta un futuro distante; b) reorientaciones espaciales, mediante la apertura de nuevos mercados, nuevas capacidades de producción y nuevos posibilidades de recursos y mano de obra en otro lugar; o bien c) una combinación de a) y b).

La combinación de a) y b) es especialmente importante cuando hablamos de un capital fijo de naturaleza independiente construido en un determinado entorno. Provee infraestructuras físicas necesarias para que la producción y el consumo se mantengan en el tiempo (todo lo referido a parques industriales, puertos y aeropuertos, sistemas de comunicación y transporte, de aguas y desagüe, de almacenamiento, vivienda, hospitales y escuelas). En suma, no se trata de un sector económico menor sino que es capaz de absorber ingentes cantidades de capital y mano de obra, especialmente bajo condiciones de rápida expansión e intensificación geográficas.

La reubicación de los excedentes de capital y mano de obra hacia tales inversiones necesita de la mediación y apoyo de instituciones financieras o estatales, que tienen la capacidad de generar y otorgar créditos. Se crea, por tanto, una cantidad de valor ficticio equivalente al capital excedente que resulta de, por ejemplo, la producción de camisas y zapatos. Este capital ficticio puede ser apartado de la corriente de consumo y reubicado en proyectos a largo plazo como por ejemplo, la construcción de carreteras o la educación, vigorizando así la economía (por ejemplo, mediante una mayor demanda de camisas y zapatos por parte de profesionales y obreros de la construcción)[7]. Si los gastos en infraestructuras o mejoras sociales se revelan productivos (facilitan la posterior acumulación de capital) entonces los valores ficticios son reembolsados (sea directamente mediante la amortización de la deuda, o indirectamente en la forma de, digamos, mayores devoluciones fiscales para pagar la deuda estatal). Si no es así, la sobreacumulación de valor en infraestructura o educación puede manifestarse en una devaluación de estos activos (vivienda, oficinas, parques industriales, aeropuertos, etcétera) o en dificultades para pagar la deuda estatal sobre infraestructuras físicas y sociales (crisis fiscal del Estado). El papel que han jugado tales inversiones ha sido importante en la estabilización y desestabilización del capitalismo. Señalaré, por ejemplo, que el origen de la crisis de 1973 fue el colapso mundial de los mercados inmobiliarios (empezando con el Hersatt Bank de Alemania que arrastró el Franklin National en los Estados Unidos) seguido por la práctica bancarrota de la ciudad de Nueva York en 1975. A su vez, el decenio de estancamiento japonés de los noventa comenzó con el estallido de la burbuja financiera existente en activos como el valor del suelo y otros bienes, que puso en peligro todo el sistema bancario. También señalaré que el colapso asiático de 1997 tuvo su origen en las burbujas de propiedad en Tailandia, Indonesia, y que el principal soporte a las economías estadounidense y británica, tras el inicio de una recesión general en todos los demás sectores desde mediados del 2001 en adelante, ha sido el continuado vigor especulativo en los mercados inmobiliarios. Desde 1998 China ha continuado creciendo económicamente y ha buscado absorber sus inmensos excedentes de mano de obra (esquivando la amenaza de descontento social) mediante la financiación endeudada de inversiones en mega-proyectos que dejan pequeña la ya inmensa represa de las Tres Gargantas (8500 millas de nuevos ferrocarriles, autopistas y proyectos urbanísticos, trabajos de ingeniería masivos para desviar agua del río Yangtzé al Amarillo, nuevos aeropuertos, etcétera). Me sorprende fuertemente que casi todos los análisis sobre la acumulación de capital (incluyendo el de Brenner), o ignoran totalmente estos asuntos o los tratan como epifenómenos.

El término “reajuste” tiene, en cualquier caso, un doble sentido. Cierta cantidad del capital queda literalmente fijado en alguna forma física por un periodo de tiempo relativamente largo (dependiendo de su tiempo de vida físico y económico). En cierto sentido el gasto social también se territorializa y rinde, permaneciendo geográficamente inmóvil, a través de compromisos estatales. (De cualquier manera, en lo que sigue dejaré de prestar atención explicita a las infraestructuras sociales, pues el tema es complejo y llevaría demasiado exponerlo). Cierto tipo de capital fijo es geográficamente móvil (como la maquinaria que puede ser fácilmente desplazada de un lugar a otro) pero el resto está tan fijado al suelo que no puede moverse sin destruirlo (los aviones son móviles pero los aeropuertos a los que vuelan no lo son.)

El reajuste espacio-temporal por otra parte, es una metáfora de las soluciones a las crisis capitalistas mediante aplazamientos temporales y expansiones geográficas. La creación de espacio, la organización de divisiones territoriales del trabajo totalmente nuevas, la apertura de nuevas y más baratas fuentes de recursos, de nuevos espacios dinámicos para la acumulación de capital, y la penetración en estructuras sociales preexistentes de las relaciones sociales capitalistas y acuerdos institucionales (tales como reglamentos de contratación y acuerdos de propiedad privada) son formas de absorber excedentes de capital y mano de obra. Tales expansiones geográficas, reorganizaciones y reconstrucciones muchas veces amenazan, de hecho, los valores fijados pero aun no explotados. Grandes cantidades de capital fijado actúan como un lastre a la hora de buscar reajustes espaciales en otro lugar. El valor de los activos de la ciudad de Nueva York no era ni es una cantidad trivial y la amenaza de una devaluación masiva en 1975 (y ahora de nuevo en 2003) era (y es) visto por muchos como una amenaza de importancia al futuro del capitalismo. Si el capital finalmente huye, lo hace dejando atrás un rastro de devastación (la desindustrialización experimentada en el corazón mismo del capitalismo -como Pittsburg y Sheffield- así como en otras muchas partes del mundo -como Bombay- en los sesenta y setenta son ejemplos de esto). Por otra parte, si el capital sobreacumulado no puede desplazarse, o sencillamente no lo hace, entonces está abocado a devaluarse directamente. La conclusión de este proceso suelo expresarla de la siguiente forma: el capital, por naturaleza, crea ambientes físicos a su imagen y semejanza únicamente para destruirlos más adelante, cuando busque expansiones geográficas y desubicaciones temporales, tratando de solucionar las crisis de sobreacumulación que lo afectan cíclicamente. Esta es la historia de la destrucción creativa (con toda suerte de negativas consecuencias sociales y económicas) inscrita en la evolución del entorno social y físico del capitalismo.

Hay otra serie de contradicciones que generalmente surgen en el seno de las dinámicas de transformación espacio-temporal. Si los excedentes de capital y mano de obra existentes en un territorio dado (como una nación o Estado) no pueden ser absorbidos internamente (mediante ajustes geográficos o gastos sociales) y no deben verse devaluados, entonces deben ser transferidos a otro lugar, donde encuentren terreno fresco para desarrollar su productividad. Pero los espacios a los que son transferidos deben contar con medios de pago tales como oro, reservas monetarias (ejemplo: dólar) o bienes intercambiables. Los bienes de consumo excedentes son enviados fuera y se reciben otros bienes o dinero liquido. El problema de la sobreacumulación se alivia así de forma tan solo temporal (pues meramente se cambia el excedente de bienes a forma monetaria o por otros bienes, aunque, de darse el último caso y materializarse en productos brutos más baratos, pueden aliviar la presión a la baja en la tasa de ganancias). Si el territorio no cuenta con reservas o mercancías para intercambiar, deberá buscarlas (tal como los británicos obligaron a hacer a la India en el siglo xix, forzándola a abrir su comercio de opio hacia China y así extrayendo el oro chino por medio del comercio indio) o bien aceptar crédito o asistencia. En este caso, se presta o dona dinero a un territorio para que el mismo pueda pagar el excedente de bienes de consumo fabricadas domésticamente. Así lo hicieron los británicos con Argentina durante el siglo XIX y el excedente comercial japonés de la década de los noventa fue en buena medida absorbido mediante préstamos a Estados Unidos para así mantener el consumo adquirente de productos japoneses. Sencillamente, las transacciones comerciales y crediticias de este tipo pueden aliviar problemas de sobreacumulación a corto plazo. Funcionan muy bien en las condiciones de un desigual desarrollo geográfico en el que los excedentes de un territorio están compensados por carencia de los mismos en otra parte. Pero recurrir al sistema de créditos hace a los territorios vulnerables ante los flujos de capital especulativo y ficticio, que pueden tanto estimular como minar el desarrollo capitalista e incluso, como ha sucedido recientemente, ser usados para imponer devaluaciones salvajes en territorios vulnerables.

La exportación de capital, particularmente cuando viene acompañado de la exportación de fuerza de trabajo, funciona de forma algo distinta y suele tener efectos a más largo plazo. En este caso, los excedentes de (normalmente dinero) capital y trabajo son enviados a algún nuevo lugar donde recomenzar la acumulación de capital. Los excedentes generados en la Gran Bretaña del siglo xix se enviaron a los Estados Unidos, a las colonias de pobladores como Sudáfrica, Australia y Canadá, creando así nuevos y dinámicos centros de acumulación en estos territorios que demandaban bienes de Inglaterra. Puesto que pueden pasar muchos años hasta que el capitalismo madure en estos territorios (si es que lo hace) hasta el punto en que ello también empiecen a producir sobre acumulaciones de capital, el país de origen puede esperar beneficiarse de este proceso por un periodo muy considerable de tiempo. Este es especialmente el caso cuando los bienes demandados en otra parte son del tipo inmobiliario. Las inversiones de portfolio pueden mantener la construcción del capital fijo (ferrocarril y represas) requerido como base para una sólida acumulación en el futuro. Pero la tasa de devolución de estas inversiones a largo plazo depende de la evolución de una fuerte dinámica de acumulación en el país receptor. Gran Bretaña fue así prestamista de la Argentina en la última parte del siglo XIX. Los Estados Unidos por medio del plan Marshall para Europa (Alemania en particular) y el Japón, vieron claramente que su propia seguridad económica (dejando de lado el aspecto militar derivado de la Guerra Fría) dependía de la revitalización de la actividad capitalista en dichas zonas.

Las contradicciones surgen cuando los nuevos espacios de acumulación capitalista acaban generando excedentes que deben ser absorbidos mediante expansiones geográficas. El Japón y Alemania se convirtieron en competidores del capital estadounidense desde finales de los sesenta en adelante, de manera parecida a como los Estados Unidos sobrepasaron el capital británico (y colaboraron al ocaso del imperio británico) en el transcurso del siglo XX. Siempre resulta interesante delimitar el momento en que el sólido desarrollo interno se desborda en necesidad de un ajuste espacio-temporal. Japón lo llevó a cabo en los sesenta, primero a través del comercio, más tarde con la exportación de capital en la forma de inversiones directas, primero en Europa y los Estados Unidos, más recientemente en la forma de inversiones masivas (inmobiliarias y directas) en el este y sudeste asiáticos, y por último mediante empréstitos (especialmente a los Estados Unidos). Corea del Sur de repente se volcó al exterior en los ochenta seguida de cerca por Taiwán en los noventa. En ambos casos, exportando no sólo capital financiero sino también algunas de las prácticas laborales más infames que se puedan imaginar como subcontratas del capital multinacional por todo el mundo (en América Central, en África, así como en el resto del sur y este de Asia). Por tanto, incluso adhesiones recientes al desarrollo capitalista se han encontrado rápidamente en la necesidad de ajustes espacio-temporales para sus excedentes de capital. La rapidez con la que ciertos territorios, como Corea del Sur, Singapur, Taiwán y ahora incluso China, han pasado de ser territorios importadores a ser exportadores ha sido sorprendente, en comparación con los ritmos más lentos característicos de periodos precedentes. Pero, por esa misma razón, estos territorios exitosos tienen que enfrentarse a las contrapartidas de sus propios ajustes espacio-temporales. China, mediante la absorción de capitales excedentes del Japón, Corea y Taiwán, en la forma de inversiones directas, está rápidamente suplantando a dichos países en muchos sectores de producción y exportación (particularmente en aquellos con poco valor añadido y trabajo intensivo, pero está también moviéndose rápidamente hacia los bienes de consumo de gran valor añadido). La sobrecapacidad generalizada que Brenner identifica puede de esta forma descomponerse fácilmente en una cascada de ajustes espacio-temporales, primero en el sur y este de Asia pero con elementos adicionales en América Latina (México, Brasil y Chile principalmente) a los que ahora se sumaría Europa oriental. Y, en un giro de 180º, los Estados Unidos, con su inmenso endeudamiento de los últimos años, han absorbido capitales excedentes, principalmente del este y sudeste asiáticos.

En cualquier caso, el resultado final es una competencia internacional cada vez más intensa, dada la emergencia de múltiples y dinámicos centros de acumulación de capital, que compiten en la escena mundial con la perspectiva de importantes corrientes de sobreacumulación. Puesto que, a largo plazo, no todos pueden ganar, o bien sucumbirán los más débiles, cayendo en serias crisis de devaluación, o bien las confrontaciones geopolíticas estallarán en forma de guerras comerciales, guerras monetarias o incluso confrontaciones militares (así como nos dieron dos guerras mundiales entre potencias capitalistas en el siglo XX). En este caso, lo que se exporta es la devaluación y la destrucción (del tipo que las instituciones financieras americanas indujeron en el este y sudeste asiáticos en 1997-1998) y los ajustes espacio-temporales toman, por tanto, formas mucho más siniestras. Existen, de todos modos, algunos puntos más que señalar para poder comprender este proceso.

Contradicciones internas

En su Filosofía del derecho, Hegel muestra cómo la dialéctica interna de la sociedad burguesa, mediante la producción de una sobreacumulación de riqueza en un extremo y una chusma de pobres en la otra, conduce a la búsqueda de soluciones en el comercio exterior y las prácticas colonial-imperialistas. Hegel rechaza la posibilidad de que puedan existir formas de resolver los problemas de desigualdad social e inestabilidad mediante mecanismos internos de redistribución de la riqueza.[8] Lenin cita a Cecil Rhodes al decir que el colonialismo y el imperialismo eran la única manera de evitar la guerra civil.[9] Las relaciones y luchas de clase en una formación social ligada a un territorio causan impulsos de buscar ajustes espacio-temporales en algún otro lugar.

Un ejemplo de fines del siglo XIX nos resultará ilustrativo al respecto. Joseph Chamberlain (“Joe, el radical”, como también se lo conocía) estaba vinculado a los intereses liberal-manufactureros de Birmingham y se oponía, en principio, al imperialismo (durante las guerras afganas de la década de 1850, por ejemplo). Se consagró a la reforma educativa y a las mejoras físicas y sociales en la infraestructura de producción y consumo de su ciudad natal de Birmingham. Esto constituía, creía, una salida productiva para los excedentes, que devolverían su valor a largo plazo. Como figura importante del liberalismo conservador, fue testigo de primera mano del resurgir de la lucha de clases en Gran Bretaña y en 1885 llevó a cabo un discurso en el que instaba a las clases propietarias a asumir sus responsabilidades hacia la sociedad (mejorando las condiciones de vida de los más pobres e invirtiendo en infraestructuras sociales y físicas en beneficio de la nación), en lugar de preocuparse exclusivamente de sus derechos como propietarios. El alboroto que esto originó entre las clases propietarias lo obligó a retractarse y desde entonces se convirtió en el más ardiente defensor del imperialismo (en última instancia como secretario colonial, conduciendo a Gran Bretaña al desastre de la guerra Boer). Esta trayectoria profesional es bastante común en el periodo. Jules Ferry, un ardiente defensor de las reformas en Francia (especialmente la educación) del decenio de 1860, tomó partido por la expansión colonial tras la Comuna de 1871 (conduciendo a Francia a su aventura asiática, que culminó en su derrota en Dien-Bien-Phu en 1954). Crispi buscaba resolver el problema de la tierra en el sur de Italia mediante la expansión imperialista en África. E incluso Theodore Roosvelt en los Estados Unidos prefirió apoyar las prácticas coloniales en lugar de las reformas internas,[10] incluso después de que Frederick Jackson Turner declarara (erróneamente, al menos en lo que a oportunidades de inversión se refiere) que la frontera americana estaba cerrada.

En todos estos casos, el giro hacia una forma liberal de imperialismo (uno que incluyera una ideología de progreso y una misión civilizadora) no fue el resultado de imperativos económicos absolutos, sino de la falta de voluntad política, por parte de la burguesía, de renunciar a ninguno de sus privilegios de clase, bloqueando así cualquier posibilidad de absorber la sobreacumulación mediante reformas sociales domésticas. La fiera oposición que actualmente existe en Estados Unidos hacia cualquier política de redistribución o mejoras sociales no les deja otra opción que mirar al exterior en busca de soluciones a sus dificultades económicas. Las políticas internas de clase de este tipo obligaron a muchas potencias europeas a mirar al exterior para resolver sus problemas desde 1884 hasta 1945, y esto dio una tonalidad especial a las formas que adoptó el imperialismo europeo. Muchas figuras del liberalismo e incluso del radicalismo se convirtieron en orgullosos imperialistas durante esta época, y buena parte del movimiento obrero fue persuadido para apoyar el proyecto imperial como un factor esencial de su propio bienestar. Esto requería, en cualquier caso, que los intereses de la burguesía se colocaran al frente del Estado, el aparato ideológico y el poder militar. Arendt, por tanto, interpreta correctamente este imperialismo eurocéntrico como “la primera etapa del dominio de la burguesía y no la última fase del capitalismo” [11] como fue descrita por Lenin. Volveré sobre esta idea en la conclusión.

Medidas institucionales de mediación para la proyección de poder sobre espacio

En un artículo reciente, Henderson reconoce la importancia de los ajustes espacio-temporales como soluciones a la sobreacumulación, pero señala que la diferencia entre Taiwán y Singapur (que salieron relativamente ilesos de la crisis con excepción de una devaluación monetaria) y Tailandia e Indonesia (que estuvieron al borde del colapso económico y político), en 1997-1998, estribó en políticas estatales y financieras.[12] Los primeros tenían sus mercados de propiedades protegidos de los flujos especulativos mediante fuertes controles estatales y mercados financieros protegidos, mientras que los últimos no. Este tipo de diferencias son importantes. Las formas que toman las instituciones mediadoras son producto de, a la vez que generadoras de, las dinámicas de acumulación de capital.

Claramente, el conjunto de turbulencias en las relaciones entre Estado, supraestado y poderes financieros por una parte y por otra las dinámicas generales de acumulación de capital (a través de la producción y devaluaciones selectivas) han sido uno de los elementos más característicos y más complejos en la dinámica del desarrollo geográfico desigual y de las políticas imperialistas desde 1973.[13] Creo que Gowan está en lo correcto al analizar la reestructuración radical del capitalismo internacional post 1973 como una serie de apuestas desesperadas por parte de los Estados Unidos para intentar mantener su posición hegemónica en la escena internacional frente a Europa, Japón y finalmente el este y sudeste asiáticos.[14] Todo comenzó en 1973 con la doble estrategia de Nixon consistente en desregulación financiera y un elevado precio del crudo. Entonces se dio a los bancos estadounidenses la exclusiva del reciclaje de la ingente cantidad de petrodólares que eran acumulados en la región del Golfo. Esta actuación volvió a centrar la actividad financiera global en los Estados Unidos y de paso recató a Nueva York de su propia crisis económica local. Se creó un poderoso régimen financiero Wall Street/ Reserva Federal[15], con poderes sobre instituciones financieras globales (como el FMI) y capaz de hacer y deshacer en numerosas economías más débiles, mediante prácticas de manipulación del crédito y gestión de la deuda. Según Gowan, este régimen monetario y financiero fue usado por sucesivas administraciones estadounidenses

“como una formidable herramienta de Estado para impulsar tanto el proceso de globalización como las transformaciones neoliberales domésticas asociadas a él”.

El sistema se desarrolló a través de las crisis:

“El FMI cubre los riesgos y asegura que los bancos americanos no pierdan (los países pagan a través de ajustes estructurales, etc.) y la huida de capitales de una crisis localizada acaba reforzando el poder de Wall Street”.[16]

La consecuencia fue la proyección exterior del capital estadounidense (en alianza conjunta con otros, cuando esto era posible) para forzar la apertura de mercados, especialmente a los flujos de capital y financieros (un requisito ahora imprescindible para adherirse al FMI), e imponer otras políticas neoliberales (culminando en la OMC) en una gran parte del mundo.

Hay dos puntos a destacar sobre este sistema. En primer lugar, muchas veces se presenta el mercado libre de bienes de consumo como una apertura hacia la libre competencia. Pero este argumento falla, tal y como hace tiempo señalara Lenin, ante los poderes monopolistas y oligopolistas (bien en la producción bien en el consumo). Los Estados Unidos, por ejemplo, han usado repetidamente el arma de denegar el acceso al inmenso mercado americano para forzar a otros países a aceptar sus deseos. El ejemplo más reciente (y craso) de esta línea de actuación nos viene dado por el representante de comercio de los Estados Unidos, Robert Zoellick, al anunciar que si Lula, el recién elegido presidente del Brasil al frente del Partido de los Trabajadores, no sigue los planes de los Estados Unidos de liberalización en las Américas, se encontrará en la situación de “tener que exportar a la Antártida”. Taiwán y Singapur fueron forzados a sumarse a la OMC, abriendo así sus mercados financieros al capital especulativo, ante la perspectiva de que los Estados Unidos les denegara acceso al mercado estadounidense. Corea del Sur tuvo, a instancia de la Reserva Federal, que hacer lo mismo como condición para que el FMI le fiara en 1998. EE.UU. planea ahora incluir una cláusula de libre acceso a los mercados, según el modelo estadounidense, en las “ayudas de desafío” que ofrece a los países pobres. En cuanto a la producción, los oligopolios, establecidos principalmente en las regiones capitalistas del centro, controlan efectivamente la producción de semillas, fertilizantes, electrónica, software informático, productos farmacéuticos, productos petrolíferos y mucho más.

Bajo estas condiciones, la apertura de los mercados no conlleva una apertura a la competencia sino que simplemente ofrece nuevas oportunidades de expansión a los poderes monopolistas con toda suerte de consecuencias sociales, ecológicas, económicas y políticas. El hecho de que aproximadamente dos tercios del comercio exterior se realice entre las corporaciones transnacionales más importantes es indicativo de la situación actual. Incluso algo tan aparentemente benigno como la Revolución Verde ha conllevado, según coinciden la mayoría de los observadores, junto al incremento de la productividad agrícola, una mayor concentración de riqueza en este sector y un mayor nivel de dependencia de los monopolios a través de todo el sur y este de Asia. La penetración en el mercado chino por parte de las tabaqueras compensa sus pérdidas en el mercado estadounidense y de seguro creará una crisis de salud pública durante las décadas venideras. En todos estos aspectos, los acostumbrados argumentos que presentan al neoliberalismo como garante de la competencia y no ávido de monopolio, se revelan fraudulentos, camuflados, como de costumbre, por el fetichismo de la libertad de los mercados. Un mercado libre no es un mercado justo.

Existe también, como reconocen incluso los defensores del mercado libre, una inmensa diferencia entre el librecambio de bienes de consumo y la libertad de movimiento del capital financiero[17]. Esto nos lleva a plantearnos de qué tipo de libremercado se está hablando. Algunos, como Baghwati, son ardientes defensores del librecambio de bienes, al tiempo que se resisten a aceptar que esto mismo sea positivo para los flujos financieros. En este sentido, la dificultad es la siguiente. Por un lado los flujos de capital son vitales para las inversiones productivas y las recolocaciones de capital de una línea de producción o localización a otra. También juegan un papel importante en equilibrar las necesidades de consumo (de vivienda por ejemplo) con las actividades productivas, en un mundo espacialmente desintegrado, con excedentes en un área y déficits en otra. En todos estos aspectos, el sistema financiero (con o sin participación del Estado) es vital para coordinar las dinámicas de acumulación de capital en un contexto de desarrollo geográfico desigual. Pero el capital financiero también engloba una gran cantidad de actividad improductiva, en la que el dinero sólo se usa para hacer más dinero, a través de la especulación con bienes futuros, valores monetarios, deuda y cosas por el estilo. Cuando se destinan enormes cantidades de capital para tales fines, sucede que los mercados de capital abiertos se convierten en vehículos para la actividad especulativa que, tal y como vimos durante los noventa con las “punto.com” y las burbujas de la bolsa, pueden convertirse en profecías autorrealizadas, como los “hedge funds”, reforzados con billones de dólares de dinero apalancado, podrían llevar a Indonesia y Corea a la bancarrota, independientemente de la fortaleza real de sus economías. Una gran parte de lo que ocurre en Wall Street no tiene nada que ver con facilitar la inversión en actividades productivas. Es pura especulación (de aquí los calificativos como “de casino”, “depredador” o incluso “de rapiña” que se aplican al capitalismo, con la debacle de la gestión de capital a largo plazo, necesitando un globo de oxígeno de 2,3 mil millones de dólares para recordar a los Estados Unidos que la especulación puede, de hecho, torcerse. Esta actividad tiene, en cualquier caso, un profundo impacto sobre le conjunto de las dinámicas de acumulación de capital. Sobre todo, ayudó a recentrar el poder político-económico, principalmente en Estados Unidos, pero también en los mercados financieros de otros países del centro (Londres, Frankfurt y Tokio).

La forma en la que esto se lleve a cabo depende del sistema de alianzas de clase dominante existente en los países del centro, el balance de poder entre ellos a la hora de negociar acuerdos internacionales (como la nueva arquitectura financiera internacional aplicada a partir de 1997-1998 para sustituir el Consenso de Washington de mediados de los noventa) y de las estrategias político-económicas puestas en marcha por los agentes dominantes con respecto al excedente de capital. La aparición en los Estados Unidos de un complejo “Wall Street-Reserva-FMI”, capaz de controlar las instituciones globales y de orquestar un vasto poder financiero a lo largo y ancho del mundo a través de otras instituciones estatales y financieras, ha venido jugado un importante y problemático papel en las dinámicas del capitalismo global durante los últimos años. Pero este centro de poder sólo puede operar de dicha manera mientras el resto del mundo esté interconectado y enganchado a un marco estructural de instituciones financieras y gubernamentales (incluyendo las supranacionales). He aquí la importancia de la colaboración entre, por ejemplo, los bancos centrales de los países del G7 y los varios acuerdos internacionales (de forma temporal en el caso de las estrategias monetarias y de forma más permanente con respecto a la OMC) diseñados para lidiar con dificultades específicas[18]. Y si el poder de los mercados no se basta por si solo para cumplir objetivos determinados y poner firmes a los elementos recalcitrantes o a los “estados canallas”, entonces el inigualable poder militar de Estados Unidos (abierto o encubierto) está preparado para intervenir y resolver la situación.

Este complejo de acuerdos institucionales debería, en el mejor de los capitalismos posibles, ser usado para mantener y apoyar la expansión reproductiva (crecimiento). Pero, de la misma manera en que la guerra es la continuación de la diplomacia por otros medios, la intervención del capital financiero respaldado por los poderes estatales equivale a la acumulación por otros medios. Una alianza contra natura entre los poderes estatales y los aspectos depredadores del capital financiero forman la punta de lanza del “capitalismo de rapiña”, más dedicado a apropiarse activos de otros lugares que a lograr un desarrollo global armonioso. Bajo las condiciones de sobreacumulación, estos “otros medios” pueden ser dirigidos a devaluaciones forzadas y prácticas caníbales, preferentemente practicadas en áreas ajenas y sobre aquellos que tienen menos capacidad de reacción. Pero ¿cómo hemos de interpretar estos “otros medios” de acumulación o devaluación?

Democracia-Imperial

Acumulación mediante desposesión

En “La acumulación de capital”, Luxemburgo centra su atención en los aspectos duales de la acumulación capitalista:

De un lado, tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía -en la fábrica, en la mina, en el fundo agrícola- y en el mercado de mercancías. Considerada así, la acumulación es simplemente un proceso económico, cuya fase más importante se realiza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados […].

Paz, propiedad e igualdad reinan aquí como formas, y era menester la dialéctica afilada de un análisis científico para descubrir cómo, en la acumulación, el derecho de propiedad se convierte en apropiación de propiedad ajena, el cambio de mercancías en explotación, la igualdad en dominio de clase.

El otro aspecto de la acumulación del capital se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la escena mundial. Aquí reinan como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión, la rapiña. Por eso cuesta trabajo descubrir las leyes severas del proceso económico en esta confusión de actos políticos de violencia, y en esta lucha de fuerzas.

Estos dos aspectos de la acumulación, según Luxemburgo:

“se hallan ligados orgánicamente” y “sólo de ambos reunidos sale el curso histórico del capital”.

La teoría general de la acumulación del capital de Marx está construida a partir de ciertas premisas iniciales, que en gran medida son las de la política económica clásica y excluyen el proceso de acumulación primitivo. Estas premisas son: mercados de libre competencia con garantías institucionales de propiedad privada, individualismo jurídico, libertad de contratación y estructuras apropiadas de ley y gobierno por parte de un Estado “providencia”, que a su vez asegura la integridad de la moneda como medio de circulación y reserva de valor. El papel del capitalista como productor que intercambia mercancías está ya bien establecido y la fuerza del trabajo se ha convertido en un bien intercambiable, generalmente, por su valor.

La acumulación “primitiva” u “originaria” ya se produjo, y ahora la acumulación existe bajo la forma de reproducción ampliada (aunque a través de la explotación del trabajo vivo en la producción) dentro de una economía cerrada y bajo condiciones de “paz, propiedad e igualdad”. Estas premisas nos permiten ver lo que ocurrirá si el proyecto liberal de los economistas políticos clásicos, o en nuestro tiempo el neoliberalismo de los economistas, terminara por llevarse a cabo.

El brillo del método dialéctico de Marx está en cómo nos enseña que la liberalización de los mercados -el credo de los liberales y neoliberales- no llevará a un estado armonioso en el que a todo el mundo le irá mejor, sino que en vez de eso producirá niveles cada vez mayores de desigualdad social (como de hecho a sido la tendencia mundial en los últimos treinta años de neoliberalismo, especialmente en aquellos países que, como EE.UU. o Gran Bretaña, más se han ceñido a dicha línea política). Esto también conducirá, predice Marx, a crecientes inestabilidades que culminaran en crisis crónicas de sobreacumulación (del tipo que estamos viviendo actualmente).

La desventaja de esas premisas es que relegan la acumulación basada en la predación, el fraude y la violencia, a un “estado original” considerado no vigente, o, según Luxemburgo, como algo “exterior” al sistema capitalista. Una reevaluación general del papel continuo y persistente de las prácticas depredadoras de la acumulación “primitiva” u “original” a lo largo de la geografía histórica del capitalismo está, por tanto, más que justificada, como varios comentaristas han señalado últimamente. Puesto que parece desacertado referirse a un proceso vigente como “primitivo” u “original”, en lo que sigue se sustituirán estos términos por el concepto de “acumulación mediante desposesión”.

Una lectura minuciosa de la descripción de la acumulación primitiva de Marx revela una amplia gama de procesos. Estos incluyen la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión por la fuerza de las poblaciones campesinas, la conversión de varias formas de derechos de propiedad (común, colectiva, estatal) exclusivamente en propiedad privada, la supresión del derecho a usar los bienes comunes, la mercantilización de la fuerza de trabajo y la eliminación de formas alternativas (indígenas) de producción y consumo, formas coloniales, neo-coloniales e imperialistas de apropiación de activos (incluyendo recursos naturales), la monetarización de los intercambios y de la fiscalización (especialmente de la tierra), el comercio de esclavos, la usura, la deuda nacional y, por último, el sistema crediticio, como forma radicales de acumulación primitiva. El Estado, con el monopolio de la violencia y las definiciones de legalidad, juega un papel crucial en apoyar y promover este proceso y existen evidencias considerables (como sugiere Marx y confirma Braudel) de que la transición al capitalismo estuvo ampliamente supeditada al apoyo del Estado, que lo sostuvo decididamente en Inglaterra, débilmente en Francia y negativamente, hasta hace poco tiempo, en China. El reciente viraje en el caso chino indica que se trata de un proceso continuo y existen evidencias de que, especialmente en el sur y este de Asia, las políticas estatales (consideremos el caso de Singapur) han jugado un importante papel a la hora de definir tanto las vías como la intensidad de las nuevas formas de acumulación de capital. El papel del “Estado desarrollista” en las fases recientes de la acumulación de capital ha estado, por tanto, sujeto a un intensivo escrutinio. Basta volver la vista a la Alemania de Bismarck o el Japón de los Meiji para comprobar que ese viene siendo el caso desde hace tiempo.

Todas las características mencionadas por Marx se mantuvieron muy presentes en la geografía histórica del capitalismo. Y, como ya ocurriera antes, estos procesos de desposesión están provocando vastas oleadas de resistencia que, en buena medida, constituyen el corazón del movimiento anti-globalización. Algunos de estos procesos fueron modificados para jugar un papel aún más importante en el día de hoy que en el pasado. El sistema crediticio y el capital financiero fueron, como ya señalaron Lenin, Hilferding y Luxemburgo, importantes herramientas de depredación, fraude y robo. Las promociones bursátiles, los “esquemas Ponzi”, la destrucción premeditada de bienes mediante la inflación, el vaciamiento de activos mediante fusiones y adquisiciones, la promoción de niveles de endeudamiento que incluso en los países capitalistas avanzados reducen a poblaciones enteras, a un peonaje por endeudamiento, sin mencionar el fraude corporativo, la desposesión de bienes (el pillaje de los fondos de pensiones y el diezmado de los mismos por los colapsos corporativos) por la manipulación de créditos y acciones, constituyen pilares fundamentales del capitalismo contemporáneo.

El colapso de Enron privó (desposeyó) a muchos de su medio de vida y de sus pensiones. Pero sobre todo debemos considerar el pillaje especulativo llevado a cabo por los hedge funds y las restantes grandes instituciones del capital especulativo como la punta de lanza de la acumulación mediante desposesión en los últimos tiempos.

También han aparecido mecanismos totalmente nuevos de acumulación mediante desposesión. El énfasis puesto en las negociaciones de la OMC sobre los derechos de la propiedad intelectual (el llamado acuerdo TRIPS) apunta a abrir caminos para que, mediante patentes y registros, el material genético, las semillas y toda tipo de productos pueden ser usados contra poblaciones enteras que con sus prácticas jugaron un papel crucial para el desarrollo de dichos materiales. La biopiratería está rampante y el stock mundial de recursos genéticos está en vía de beneficiar únicamente a un puñado de multinacionales. El marcado agotamiento de los recursos naturales comunes (tierra, agua, aire) y la creciente degradación del hábitat son consecuencias de la mercantilización de la naturaleza en todas sus formas y excluyen todas las formas intensivas de producción agrícola.

La mercantilización de las formas culturales, la historia y la creatividad intelectual conlleva desposesiones al por mayor (la industria de la música es un claro ejemplo de explotación de la cultura y creatividad popular). La corporativización y privatización de activos, hasta ahora públicos (como las universidades) sin mencionar la ola privatizadora (del agua y los servicios públicos de todo tipo) que ha barrido el mundo, son indicativos de esta nueva ola de “cercamiento de los espacios comunes”. Como ya sucediera en el pasado, el poder del Estado se ha usado para imponer este proceso incluso contra la voluntad popular. Y esto nos trae de vuelta al tema de la lucha de clases. La reprivatización de derechos comunes ganados en luchas pasadas (el derecho a una pensión publica, a la sanidad, al bienestar) ha sido uno de las más flagrantes políticas de desposesión aplicadas en nombre de la ortodoxia neoliberal. No debe sorprendernos que el reclamo por los bienes comunes y la denuncia de la acción conjunta del Estado y el capital para su apropiación hayan venido siendo vectores principales de los movimientos anti-globalización.

El capitalismo conlleva prácticas caníbalescas, así como depredadoras y fraudulentas. Como Luxemburgo señaló acertadamente “cuesta trabajo descubrir las leyes severas del proceso económico en esta confusión de actos políticos de violencia, y en esta lucha de fuerzas”. La acumulación mediante desposesión puede darse en una variedad de formas y hay mucho de contingente y fortuito en su modus operandi. Aún así es omnipresente en todas las etapas históricas y se agudiza en contextos de crisis de sobreacumulación y expansión de la producción, cuando parece que no hay otras salidas posibles más que la devaluación. Arendt sugiere, por ejemplo, que las depresiones de los sesenta y setenta del siglo XIX en Gran Bretaña dieron el impulso hacia una nueva forma de imperialismo, al darse cuenta la burguesía, por primera vez, “que el pecado original del simple robo, que siglos antes había hecho posible la acumulación original de capital” (Marx) y que había posibilitado toda la acumulación posterior, tenía que repetirse una y otra vez, a riesgo de que el motor de la acumulación se detuviera. Esto nos trae de vuelta a las relaciones entre la búsqueda de ajustes espacio-temporales, los poderes estatales, la acumulación mediante desposesión y las formas de imperialismo contemporáneo.

El “nuevo imperialismo”

Las formaciones sociales capitalistas, normalmente constituidas con una configuración territorial o regional y dominadas por un centro hegemónico, se han involucrado en practicas quasi-imperialistas en busca de ajustes espacio-temporales que solucionen sus problemas de sobreacumulación. En todo caso es posible periodizar la geografía histórica de estos procesos si tomamos seriamente a Arendt cuando afirma que el imperialismo de base europea del periodo 1884 1945 fue el primer asalto al poder político global por parte de la burguesía. Los Estados-nación individuales desarrollaron sus propios proyectos imperiales para resolver los problemas de sobreacumulación y conflictos de clase originados en su área de influencia. Estabilizado en primer lugar con la hegemonía inglesa y construido en torno al libre flujo de bienes y capital en el mercado mundial, este sistema inicial se vino abajo con el cambio de siglo, dando paso a conflictos geopolíticos entre las grandes potencias que buscaban la autarquía con sistemas cada vez más cerrados y detonando dos guerras mundiales que se ajustaron bastante bien a la predicción de Lenin.

Los recursos de una gran parte del resto del mundo fueron sometidos a pillaje durante esta época (no hay mas que mirar lo que Japón hizo en Taiwán o Inglaterra en el Rand sudafricano) con la esperanza de que la acumulación mediante desposesión compensaría la incapacidad crónica, que se manifestaría en los años treinta, de mantener el capitalismo mediante la expansión de la reproducción.

Este sistema fue sustituido en 1945 por otro, dirigido por EE.UU., que buscaba establecer una alianza entre los principales poderes capitalistas para impedir guerras intestinas y encontrar una forma racional de manejar conjuntamente, la sobreacumulación que había asolado los años treinta. Para que esto fuera realizable tendrían que compartir los beneficios de una intensificación del capitalismo integrado en las regiones del centro (de aquí el apoyo de EE.UU. a los pasos en dirección a la Unión Europea) e implicarse en una sistemática expansión geográfica del sistema (de aquí la insistencia de EE.UU. en la descolonización y el desarrollismo como meta generalizada para el resto del mundo). Esta segunda fase de dominio global de la burguesía estuvo en buena medida posibilitada por la contingencia de la Guerra Fría. Esto conllevaba el liderazgo militar y económico de los EE.UU. como única superpotencia capitalista (el efecto fue la creación de una hegemonía “supraimperialista” estadounidense). Pero los EE.UU. podían también absorber excedentes mediante ajustes espacio-temporales internos (como la red de autopistas interestatales, la suburbanización y el desarrollo de sus zonas Sur y Este). Los EE.UU. no eran dependientes de las exportaciones ni de las importaciones. Podían incluso permitirse abrir sus mercados a otros y así absorber por un tiempo los excedentes que empezaban a generarse en Japón y Alemania durante los sesenta. Se dio así un sólido crecimiento mediante la expansión de la reproducción a lo ancho de todo el mundo capitalista, y la acumulación mediante desposesión quedó relativamente silenciada. Se mantuvieron fuertes controles sobre el movimiento de capitales (no así sobre el de mercancías) y la lucha de clases dentro de cada uno de los Estados-nación sobre la expansión de la reproducción (cómo tendría lugar y a quién beneficiaría) era la tónica dominante. Las principales luchas geopolíticas que surgieron fueron las de la Guerra Fría (con ese otro imperio construido por los soviéticos) o luchas marginales (frecuentemente relacionadas con la Guerra Fría, lo que llevó a EE.UU. A apoyar a numerosos regímenes poscoloniales reaccionarios) que resultaron de la poca disposición por parte de los poderes europeos a deshacerse de sus posesiones coloniales (la invasión de Suez por los británicos y franceses en 1956, con nulo apoyo de EE.UU., es un caso emblemático). El creciente resentimiento por verse atrapados en una situación espacio-temporal de subsidiaridad perpetua con respecto al centro terminó por originar movimientos de liberación nacional e independentistas (respaldados en buena medida por los análisis de la izquierda referidos a desarrollo y dependencia).

Este sistema se vino abajo alrededor de 1970, cuando la hegemonía económica de EE.UU. se hizo insostenible. Se tornó difícil mantener los controles sobre el capital al inundarse los mercados con los dólares americanos excedentes. Los EE.UU. buscaron entonces crear un nuevo sistema, que descansara sobre la combinación de nuevos acuerdos institucionales y financieros que hiciesen frente a la amenaza económica de Alemania y Japón y que recentrara el poder económico en la forma de un capital financiero que operaría desde Wall Street. La alianza entre la administración Nixon y los Saudíes para poner el precio del crudo por las nubes en 1973 dañó mucho más a las economías europea y japonesa que a la de EE.UU. (que por aquel entonces no era demasiado dependiente de los suministros de Medio Oriente). Los bancos estadounidenses obtuvieron el privilegio de reciclar los petrodólares y reinyectarlos a la economía mundial. Amenazados en el terreno de la producción, los EE.UU. contraatacaron asentando su hegemonía en las finanzas. Pero, para que este sistema funcionara correctamente, los mercados y especialmente los mercados financieros tenían que ser abiertos al comercio mundial (un lento proceso que requirió una feroz presión por parte de EE.UU., respaldado por herramientas internacionales como el FMI, y una igualmente feroz adopción del neoliberalismo como nueva ortodoxia económica). También implicaba un reajuste de poder dentro de la burguesía, desde el sector productivo a las instituciones financieras. Esto podía ser usado para combatir el poder de las organizaciones de la clase trabajadora, dentro de la reproducción expandida, bien directamente (ejerciendo una vigilancia disciplinaria sobre la producción) o indirectamente, facilitando una mayor movilidad geográfica para todas las formas de capital. El capital financiero jugaba por tanto un papel central en esta tercera etapa de dominio burgués sobre la economía mundial.

Este sistema era mucho más volátil y depredador, y conoció varios impulsos de acumulación mediante desposesión (normalmente bajo la forma de ajustes estructurales recetados por el FMI) como antídoto a la incapacidad de mantener la expansión de la reproducción sin caer en las crisis de sobreacumulación. En algunos casos, como en América Latina en los ochenta, se saquearon economías enteras y sus activos fueron recuperados por el capital financiero estadounidense. En otros se trató mas bien de exportación de la devaluación. El ataque de los hedge funds sobre las monedas tailandesa e indonesia, respaldado por las salvajes políticas devaluadoras exigidas por el FMI, condujo a la bancarrota incluso a sectores viables y revirtió los notables adelantos económicos y sociales que se habían producido en el este y sureste asiáticos. El resultado fue el paro y la pauperización para millones de personas. La crisis también realzó el dólar, confirmando el dominio de Wall Street y generando un asombroso boom en el valor de los activos para los estadounidenses acaudalados. Se empezaron a vertebrar luchas en torno a temas como los ajustes estructurales impuestos por el FMI, las actividades depredadoras del capital financiero y la pérdida de derechos por las privatizaciones.

Las crisis de la deuda pudieron usarse en cada país para reorganizar las relaciones sociales de producción, de manera que en cada uno de los casos se favoreciera la penetración de capitales externos. Así, los regímenes financieros domésticos, los mercados domésticos de bienes y las incipientes firmas locales, quedaron desprotegidos facilitando su posterior conquista por parte de compañías americanas, japonesas y americanas. Los bajas tasas de ganancia en las regiones del centro podían por tanto ser compensadas por las mayores tasas obtenidas en el extranjero. La acumulación mediante desposesión adquirió un papel cada vez más importante en el capitalismo global (con la privatización como uno de sus mantras principales). La resistencia en esta área, más que en la de la reproducción ampliada, pasó a ser un elemento central del movimiento anticapitalista y antiimperialista.

Pero el sistema, aunque centrado en el complejo Wall Street-Reserva Federal, presentaba muchos aspectos multilaterales con sus centros de Tokio, Londres-Frankfurt y otros muchos lugares que tomaban parte en la acción. Estaba asociado con la emergencia de corporaciones capitalistas transnacionales que, aunque pueden tener una base en tal o cual Estado-nación, se extienden a lo largo y ancho del globo en formas que eran impensables en las primeras etapas del imperialismo (los trusts y cárteles que describiera Lenin estaban todos firmemente ligados a determinados Estados-nación). Este era el mundo que el gobierno de Clinton, con su todopoderoso Secretario del Tesoro, Robert Rubin, proveniente del sector especulativo de Wall Street, pretendía dirigir mediante un multilateralismo centralizado (con su epítome en el llamado “Consenso de Washington” a mediados de los noventa). Pareció por un momento que Lenin podía estar equivocado y Kautsky en lo cierto y sería posible un ultraimperialismo basado en la colaboración “pacífica” entre los principales poderes capitalistas (que ahora se plasmaría en el G7 y la llamada “nueva arquitectura económica”, bajo la égida del dominio estadounidense).

Pero el sistema desembocó finalmente en serias dificultades. La total volatilidad y la caótica fragmentación de los conflictos de poder hace que sea difícil, tal como decía Luxemburgo, discernir, entre el humo y los espejismo (especialmente los del sector financiero) cómo funcionan las leyes económicas.

En la medida en la que la crisis de 1997-98 develó que el principal centro productor de plusvalía estaba localizado en el este y sureste asiáticos, la rápida recuperación capitalista en esta zona volvió a colocar el problema de la sobreacumulación en la escena internacional. Esto plantea la cuestión de cómo podría organizarse una nueva forma de ajuste espacio-temporal (¿en China?), o de quién llevará la peor parte en una ronda devaluadora. La anunciada recesión en EE.UU. tras una década o más de espectacular (incluso irracional) exhuberancia indica ellos mismos bien podrían no ser inmunes. Bajo la inestabilidad subyace el rápido deterioro de la balanza de pagos estadounidense. Según Brenner “la misma explosión de las importaciones que impulsó la economía internacional” durante la década de 1990 “llevó a los EE.UU. a un déficit comercial récord con las consiguientes y sin precedentes responsabilidades para con los propietarios de ultramar” y “la vulnerabilidad sin precedentes de la economía americana a una huida de capitales y un colapso del dólar”. Pero esta vulnerabilidad afecta a ambas partes. Si el mercado estadounidense colapsa, también las economías que lo tienen como destino de sus excedentes se vendrán abajo con él. La facilidad con la que los bancos centrales de países como Japón y Taiwán otorgan préstamos para cubrir el déficit estadounidense es, en buena medida, una medida autoprotectora. De esta forma financian el consumismo americano que constituye el mercado para sus productos. Puede que ahora incluso financien el esfuerzo de guerra estadounidense.

Pero el dominio y la hegemonía de los EE.UU. están, una vez más, en peligro, y esta vez la amenaza parece ser más acentuada. Si, por ejemplo, Braudel (y con él Arrighi) está en lo cierto, y una poderosa oleada de financiarización es el preludio a la transferencia de los poderes dominantes de una a otra hegemonía (como ha ocurrido históricamente), entonces el giro de los EE.UU. en 1970 hacia la financiarización aparecería como una jugada especialmente autodestructiva. Los déficits (tanto internos como externos) no pueden continuar indefinidamente en una espiral descontrolada, y la habilidad y disposición de otros (especialmente en Asia) a la hora de financiarlos (al ritmo de 2.3 mil millones, según la cifra actual) no es inagotable. Cualquier otro país del mundo que presentara un cuadro macroeconómico semejante al de EE.UU. ya habría sido sometido a un despiadado plan de austeridad y ajuste estructural por parte del FMI. Pero, como señala Gowan:

“La capacidad de Washington para manipular el valor del dólar y de explotar el dominio internacional de Wall Street permitió a las autoridades de EE.UU. evitar lo que otros Estados debieron llevar a cabo: vigilar la balanza de pagos, ajustar la economía doméstica para asegurar altos niveles ahorro e inversión domésticos, vigilar el endeudamiento público y privado, asegurar un sistema efectivo de intermediación financiero doméstico que garantice el desarrollo del sector productivo doméstico”. La economía de EE.UU. tuvo “una vía de escape de todas estas tareas” y a “cualquier baremo capitalista de contabilidad nacional” y la resultante es que ha llegado a un estado “profundamente distorsionado e inestable”.

Y, lo que es más, las sucesivas oleadas de acumulación mediante desposesión, emblema del nuevo imperialismo estadounidense, están dando lugar a distintas formas de resistencia y resentimiento dondequiera que se efectúen, lo que ha generado no sólo el movimiento anti-globalización mundial (fenómeno distinto a las luchas de clases que se daban en un contexto de reproducción ampliada) sino también resistencias activas frente a la hegemonía de EE.UU. por parte de antiguos poderes subordinados, especialmente en Asia (Corea del Sur sería un ejemplo de esto).

Los EE.UU. cuentan con opciones limitadas. Podrían dar marcha atrás a su trayectoria imperialista involucrándose en una redistribución masiva de la riqueza dentro de sus propias fronteras, buscando solucionar la sobreacumulación mediante ajustes temporales internos (una considerable serie de mejoras en la educación publica sería un buen comienzo).

También sería de utilidad una estrategia industrial de revitalización de su sector manufacturero, para nada extinto. Pero esto implicaría o bien unas finanzas aún más deficitaria, o bien mayores impuestos, acompañados de mayor control estatal, y esto es precisamente lo que la burguesía se niega siquiera a considerar (al igual que en tiempos de Chamberlain): cualquier político que propusiera un paquete de medidas semejantes sería sin duda aplastado por la prensa capitalista y sus ideólogos y de la misma manera perdería cualquier elección ante el abrumador poder del dinero. Y la ironía está en que, pese a todo, un contraataque masivo en el interior de EE.UU. y otros países del centro capitalista (especialmente Europa) contra las políticas neoliberales y el recorte del gasto estatal podría ser una de las únicas maneras de proteger internamente al capitalismo de sus propias tendencias autodestructivas.

Una acción aún más suicida sería intentar imponer en los EE.UU. el tipo de autodisciplina que el FMI suele aplicar a los demás. Cualquier intento por parte de un poder exterior (mediante una huida de capitales y un desplome del dólar, por ejemplo) desencadenaría sin duda una salvaje respuesta política, económica e incluso militar por parte de EE.UU. Es difícil imaginar a los EE.UU. aceptando tranquilamente, tal y como afirma Arrighi que deberían hacer, el hecho de que nos encontramos en una gran reubicación hacia Asia como nuevo centro de poder global. No es muy realista pensar que los EE.UU. Pasarían a segundo plano en paz y tranquilidad. Conllevaría, además una reorientación radical -de la que tenemos ya algunas señales- por parte del capitalismo de Extremo Oriente, desde la dependencia al mercado estadounidense al cultivo de un mercado interno asiático. Aquí el gigantesco programa de modernización chino -una versión interna de ajuste espacio-temporal que equivaldría al que se llevó a cabo en EE.UU. en las décadas de los cincuenta y sesenta- puede jugar un papel crítico, absorbiendo gradualmente los excedentes de Japón, Taiwán y Corea y disminuyendo así el flujo dirigido a EE.UU. La consiguiente hambruna de fondos tendría consecuencias calamitosas para los EE.UU.

En este contexto es que nos encontramos con elementos del establishment político estadounidense abogando por la puesta en marcha de la maquinaria militar, único poder absoluto que les queda, hablando abiertamente de imperio como opción política (posiblemente para extraer tributo del resto del mudo) y buscando controlar los suministros de petróleo como medio para contrarrestar los vuelcos de poder que acechan en la economía global. Así cobran así sentido los actuales intentos de EE.UU. para asegurarse un mejor control de los suministros petrolíferos de Irak y Venezuela (alegando la restauración de la democracia en el primer caso y derrocándola en el segundo). Buscan una repetición de lo acontecido en 1973, puesto que Europa y Japón, así como el este y sudeste asiáticos (ahora incluyendo destacadamente a China) son aún más dependientes del crudo del Golfo que los EE.UU.

Si los EE.UU. se las ingenian finalmente para derrocar a Sadam, si consiguen estabilizar o reformar un régimen saudita armado hasta los dientes, que se encuentra actualmente en las arenas movedizas de un régimen autoritario (y en peligro de caer en manos del Islam radicalizado, lo que constituía, al fin y al cabo, el objetivo principal de Osama bin Laden), si pueden pasar (y parece que sí podrán) de Irak a Irán y consolidar sus posiciones en Turquía y Uzbekistán como presencia estratégica con relación a las reservas petrolíferas de la cuenca del Caspio, entonces los EE.UU., controlado la espita petrolífera mundial, pueden albergar esperanzas de mantener su control sobre la economía global y asegurar su propia posición hegemónica para los próximos cincuenta años.

Pero dicha estrategia plantea enormes peligros. Habrá inmensas resistencias por parte de Europa y Asia, con Rusia siguiéndoles de cerca. La resistencia por parte de Francia y Rusia, que ya tenían vínculos con el petróleo Iraquí, a respaldar la invasión estadounidense de Irak es un ejemplo ilustrativo. Los europeos se encontrarían mucho más cómodos en un modelo kautskyano de ultraimperialismo, en el que los principales poderes capitalistas colaborarían en igualdad de condiciones. La perspectiva de una hegemonía estadounidense (súper-imperialismo) basada en la militarización y el aventurerismo permanentes, que podría amenazar seriamente la paz global, no es nada atractiva. Esto no implica que el modelo europeo sea mucho más progresista. Si se ha de creer a Robert Cooper, un consejero de Blair, éste resucita las distinciones decimonónicas entre Estados civilizados, bárbaros y salvajes transmutados en Estados postmodernos, modernos y pre-modernos, con los postmodernos en la obligación de inculcar, por medios directos o indirectos, la obediencia a normas universales (léase “de la burguesía occidental”) y las prácticas humanistas (léase “capitalistas”) a lo largo y ancho del globo. Este es exactamente el modo en el que los liberales decimonónicos como John Stuart Mill, justificaban mantener el tutelaje sobre la India y la exacción de tributos del extranjero, al tiempo que abogaban por principios de gobierno representativo en la metrópolis. En ausencia de cualquier revitalización, fuerte y sostenida, de la acumulación por expansión de la reproducción, seremos testigos de la profundización de políticas de acumulación mediante desposesión, para que el motor de la acumulación no se pare del todo.

Esta forma alternativa de imperialismo será difícilmente soportable para amplias capas de la población mundial, que han soportado y en algunos casos combatido las formas de acumulación mediante desposesión y las formas de capitalismo depredador que se han dado en las últimas décadas. El ardid liberal que proponen personajes como Cooper resulta demasiado familiar a los autores postcoloniales como para ejercer ningún atractivo. Y el flagrante militarismo que vienen proponiendo los EE.UU., con la excusa de que es la única forma de combatir el terrorismo, no sólo está cargado de peligros (incluyendo peligrosos precedentes de “ataques preventivos”) sino que va siendo desenmascarada como el intento de mantener una hegemonía amenazada, sino perimida, sobre el sistema global.

Pero es posible que la cuestión más interesante esté en la repercusión dentro de los propios EE.UU. Sobre esto, Hannah Arendt hace una reveladora afirmación: el imperialismo en el exterior no puede sostenerse sin la represión, e incluso la tiranía, en el interior. El daño infringido a las instituciones democráticas domésticas puede (como aprendieron los franceses durante la guerra de Argelia) puede ser considerable. La tradición popular en los EE.UU. es anticolonial y antiimperialista y costó muchos trucos (cuando no decepciones) enmascarar, o por lo menos recubrir de tinte humanitario, el papel imperial de los EE.UU. En los asuntos mundiales durante las últimas décadas. No es claro que la población estadounidense vaya a apoyar un giro hacia algún tipo de Imperio militarizado permanentemente (no más de lo que apoyó la guerra de Vietnam). Ni es probable que acepte pagar por mucho tiempo el precio (en libertades civiles y derechos) ya considerable de las cláusulas represivas incluidas en las Actas Patriótica y de Seguridad Interna. Si el Imperio conlleva rasgar la Carta de Derechos, entonces no está claro que semejante trato vaya a ser aceptado fácilmente. Pero, por otra parte, la dificultad estriba en que, en ausencia de algún tipo de dinámica revitalización de la acumulación mediante expansión de la reproducción y siendo limitadas las posibilidades de acumular por desposesión, es factible que la economía de EE.UU. se hunda en una depresión deflacionista que haría palidecer la de la última década japonesa. Y si se produce una seria huida del dólar, entonces la austeridad tendrá que ser intensa, a no ser que emerjan políticas de redistribución de la riqueza y los activos (perspectiva que sería contemplada con extremo horror por la burguesía) que se centraría en la completa reorganización de las infraestructuras sociales y físicas de la nación, absorbiendo el capital y trabajo excedentes en una forma socialmente útil, opuesta a las funciones puramente especulativas. Por tanto, la forma que pueda tomar cualquier tipo de nuevo imperialismo está aún en el aire.

La única certeza de la que disponemos es que nos encontramos en el momento crucial de una gran transición del funcionamiento del sistema global y que existe una variedad de fuerzas en movimiento, capaces de inclinar la balanza de un lado o del otro. El equilibrio entre acumulación mediante desposesión y acumulación por expansión de la reproducción ya se ha roto a favor de la primera y es improbable que esta tendencia haga sino acentuarse, constituyéndose en emblema del nuevo imperialismo. También sabemos que la trayectoria económica que adopte Asia es fundamental, pero el dominio militar todavía reside en los EE.UU. Esto, como señala Arrighi, representa una configuración inédita y puede que Irak sea testigo de cómo funcionaría, a escala global, en un contexto de recesión generalizada. La hegemonía que los EE.UU. mantenía en los sectores militar, financiero y productivo en el periodo de posguerra se vino abajo en el sector productivo después de 1970, y bien podría volver a hacerlo ahora en el financiero, dejándole únicamente el poderío militar. Lo que ocurra en el interior de EE.UU. es por tanto de una importancia vital para determinar en qué forma puede articularse el nuevo imperialismo.

Existe, para empezar, una aglomeración opositora a la profundización de la acumulación mediante desposesión. Pero las formas de lucha de clases que de aquí se desprenden son de una naturaleza muy distinta de las clásicas luchas proletarias de la reproducción expandida (las cuales continúan aunque con sordina) sobre las que teóricamente descansaba el futuro del socialismo. Es importante impulsar los vectores emergentes de unificación de las luchas, pues en ellos podemos distinguir las líneas generales de una forma de globalización, no imperialista, totalmente distinta, centrada en objetivos humanitarios y de bienestar social, además de en formas creativas de desarrollo geográfico desigual, en vez de en la simple glorificación del poder del dinero, las acciones y la incesante acumulación por cualquier medio de capital en el vasto escenario de la economía global, que siempre acaban en la concentración de inmensas riquezas en espacios reducidos. Puede que nos encontremos en un momento lleno de volatilidad e incertidumbre pero eso también implica que estamos en un momento lleno de inesperado potencial revolucionario.

 

[1] La mayoría de estos ensayos datan de los años sesenta y setenta y han vuelto a ser publicados en Harvey, Spaces of capital: towards a critical geography, Nueva York, Routledge, 2001. Los argumentos principales pueden encontrarse también en Harvey, The Limits to Capital, Oxford, Basil Blackwell, (versión reimpresa, , Londres, Verso Press, 1999).
[2] El tema del “Nuevo imperialismo” ha sido tratado en la izquierda por L. Panitch,, “The new imperial state”, New Left Review, 11, 1 (2000), 5-20; ver también P. Gowan, L. Panitch, y M. Shaw, “The state, globalization and the new imperialism: a round table discussion”, Historical Materialism, 9, (2001), 3-38. Otros comentarios de interés son J. Petras, y Veltmeyer, Globalization unmasked: imperialism in the 21st century, , Londres, Zed Books2001; R. Went, “Globalization in the perspective of imperialism”, Science and Society, 66, Nº 4 (2002-3), págs.473-97; S. Amin, “Imperialism and globalization”, Monthly Review, junio 2001, 1-10; los puntos de vista liberal y conservador se exponen en M. Ignatieff, “The burden”, New York Times Magazine, enero 5, 2003, y R. Cooper, “The new liberal imperialism”, The Observer, abril 7, 2002.
[3] Mi propia versión puede encontrarse en Harvey, Limits…, op.cit.
[4] R. Brenner, The boom and the bubble: the U.S. in the world economy, Londres, Verso, 2002.
[5] P. Gowan, The global gamble: Washington’s bid for world dominance, Londres, Verso, 1999.
[6] D. Harvey, The new imperialism, Oxford, Oxford University Press, 2003.
[7] Los conceptos de Marx de “capital fijo de tipo independiente” y “capital ficticio” se encuentran desarrollados en Harvey, D., Limits…, op.cit., capítulos 8 y 10 respectivamente, y su importancia geopolítica es considerada en Harvey, Spaces…. op.ci., capítulo 15, “The geopolitics of capitalism”.
[8] G. W. Hegel, G.W. The philosophy of right, New York, Oxford University Press, edición 1967 (Principios de la filosofía del derecho, Buenos Aires, Sudamericana, 1975).
[9] V. I. Lenin, “Imperialism: the highest stage of capitalism,” en Selected Works, vol. 1, Moscú, Progress Publishers, (“El imperialismo, fase superior del capitalismo”, en Obras completas, Moscú, Editorial Progreso, 1984).
[10] Toda esta historia de cambios radicales, de las soluciones internas hacia las externas para los problemas socio-políticos derivados de la lucha de clases en muchos países capitalistas están explicados en una poco conocida pero fascinante colección de C-A Julien,, J. Bruhat, C. Bourgin, M. Crouzet, y P. Renouvin, Les politiques d’expansion imperialiste, París, Presses Universitaires de France, 1949, en los que se tratan en detalle y por comparación los casos de Ferry, Chamberlain, Roosevelt, Crispi y otros.
[11] H. Arendt, Imperialism, Nueva York, Harcourt Brace, 1968, pág.18. Hay muchos inquietantes paralelismos entre el análisis de Arendt del siglo xix y nuestra situación actual. Consideremos, por ejemplo, el siguiente extracto “La expansión imperialista ha sido impulsada por un curioso tipo de crisis económica, la sobreproducción de capital y la creación de dinero ‘superfluo’, producto del sobreahorro que no podía volcarse en inversiones productivas dentro de las propias fronteras. Por primera vez, la inversión del poder no allanaba el camino a la inversión del dinero, sino que la exportación del poder se limitaba a seguir, tímidamente, a la exportación del dinero, puesto que las inversiones incontroladas en países lejanos amenazaban con convertir a amplias capas de la sociedad en jugadores de ruleta, con cambiar el conjunto del sistema capitalista de ser un sistema de producción a uno de especulación financiera e intercambiar el beneficio de la producción por los beneficios de las comisiones. El decenio inmediatamente anterior a la era imperialista, los setenta del siglo xix fue testigo de una escalada sin precedentes de los escándalos financieros y la especulación bursátil” (pág.15).
[12] J. Henderson, “Uneven crises: institutional foundations of East Asian economic turmoil”, Economy and Society, 28, 3 (1999), págs. 327-68.
[13] Brenner, op.cit., intenta sintetizar los sucesos generales de esta turbulencia. Se pueden encontrar detalles de la debacle en el este de Asia en R. Wade, y F. Vener[13]oso, “The Asian crisis: the high debt model versus the Wall Street-Treasury-IMF complex”, New Left Review, 228, 1998, págs.3-23; Henderson, op.cit.; C. Johnson, Blowback: the costs and consequences of American empire, Nueva York, Henry Holt, 2000, capítulo 9; el número especial de Historical Materialism, Nº 8 (2001) “Focus on East Asia after the Crisis”, (especialmente P. Burkett, y Hart-Landsberg, “Crisis and recovery in East Asia: the limits of capitalist development, págs.3-48).
[14] Gowan, op.cit.
[15] Se han propuesto distintas terminologías para esto. Gowan prefiere “el régimen dolarístico de Wall Street” pero yo me inclino por “el complejo Wall Street-Reserva Federal-FMI” que sugieren Wade y Veneroso.
[16] Gowan, op.cit., págs.23 y 35.
[17] J. Bahgwati, “The capital myth: the difference between trade in widgets and dollars”, Foreign Affairs, 77.3. 1998. págs. 7-12.
[18] Gowan, op.cit., y Brenner, op.cit., ofrecen un paralelo interesante sin, en cualquier caso, citarse mutuamente.
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