Lisandro de la Torre: Intermedio filosófico. La cuestión social y los cristianos sociales y La cuestión social y un cura (1937)

Impreso el 18 de mayo de 1937. Editorial Hemisferio.

Esta conferencia la pronunció don Lisandro de la Torre a principios de 1937. En verdad este “intermedio” no es sino más que preguntas y respuestas que don Lisandro se plantea a sí mismo en el umbral del trasmundo. Ellas traducen bien  claramente su escepticismo filosófico.

“En los ratos de ocio –escribe por esos días a una amiga-, cuando resuelvo volver a las lecturas filosóficas que me atraían a los veinte años. Me entristece la impotencia  intelectual del hombre. En los albores de la historia dio, en relación con los problemas fundamentales, todo lo que es capaz de dar, y desde entonces rehace penosamente la tela de Penélope. Y en esa misma comprobación de su impotencia viene desde entonces”.

Está madurando su propia muerte cuando al requerimiento de sus amigos lo saca de su monólogo y lo lleva a la tribuna del Colegio Libre de Estudios Superiores. Allí, ante dos mil espectadores, continúa ese monólogo que ha de acabar con su corazón destrozado.

INTERMEDIO FILOSÓFICO

La pequeñez del hombre  comparada con la inmensidad del Universo hace extraordinario su empeño en descifrar el enigma de la vida.

La ciencia avanza en todos los campos triunfalmente, pero en relación con las causas primeras desplaza las incógnitas sin descifrarlas.

El descubrimiento del microscopio en el siglo XVII permitió señalar la existencia de células animales y vegetales, que eran desconocidas.

Si los antiguos hubieran dispuesto de los aparatos modernos habrían realizado los mismos descubrimientos. Aristarco, mil novecientos años antes de Galileo descubrió que la tierra giraba sobre su eje y alrededor del sol, y la ignorancia ambiente, sobre todo la de los sacerdotes y los gobernantes, lo acusó de turbar la paz de los dioses, del mismo modo que Galileo para evitar la hoguera, abjuró su supuesto error ante el tribunal de la Santa Inquisición.

La estructura y el funcionamiento del cuerpo humano se revelan tanto más maravillosamente cuanto más se las estudia; sin embargo, el mundo está lleno de seres tan maravillosamente organizados como el hombre: y si de las funciones fisiológicas pasamos a las del pensamiento, también aparecen en los animales y en las plantas signos que demuestran reflexión.

¿Por qué llegar, entonces, precipitadamente, a la conclusión de que el hombre se encuentra colocado de tal modo por encima de todos los seres, que debe considerársele un ente aparte, dotado de un alma inmortal?.

De esta hipótesis, sin embargo, derivan consecuencias de gran alcance. Los hombres que no sabían lo que era el mundo, en las primeras edades, y por supuesto, no sabían lo que eran ellos mismos, pretendieron estar perfectamente al cabo de lo que ocurría más allá de la tierra, y discurrían a su antojo acerca de las cualidades y las aventuras de los dioses que habían descubierto. ¡Desconocían la tierra, pero conocían al cielo!

¡Cuántas religiones y cuántos dioses han desaparecido en el curso de los siglos! Y los nuevos dioses emanaron, como los viejos, concepciones antojadizas.

En el terreno de las afirmaciones, de las negaciones y de las predicciones, debemos, por tanto, ser cautelosos y desconfiados. Porque la ciencia no haya encontrado todavía lo que busca desde hace tanto tiempo, nadie está autorizado a afirmar que no lo encontrará jamás o que lo encontrará tal día.

Pero a título de que la ciencia no pronuncia palabras definitivas acerca del origen y el fin del Universo y de la vida, ni sobre la formación de la conciencia, no se legitiman las explicaciones de imposible comprobación a que se llama “la revelación divina”. De aceptarlas, se llegaría a conclusiones en pugna con lo poco que se sabe; y lo que se sabe científicamente no será todo lo que se necesita saber, pero algún respeto merece. Se ha dicho esto muchas veces y no necesito insistir.

Mediante la revelación, la teología aclara fácilmente todos los enigmas. Adorna al hombre con caracteres superiores a los que poseen los demás animales (sus parientes próximos) y afirma la existencia de un Ser Supremo, cuya preocupación principal sería el destino del hombre, centro de la creación y su rey.

La Aparición del Hombre:

Pero el hombre no es eso; el hombre es un habitante de última hora del Universo, aparecido en tiempos en que éste llevaba millones de millones de años de existencia, si es que alguna ve el Universo no hubiera existido. Digo esto último reflexivamente, porque la inteligencia humana no alcanza a concebir lo que podría ser la “nada”. La “nada” es una imposibilidad, y lo será siempre.

Concretémonos a la Tierra, que si bien no pasa de ser un diminuto cuerpo celeste, tiene el honor de albergar al hombre. La edad de la Tierra, después de condensada, se hace ascender a unos cien millones de años más o menos, a partir del tiempo transcurrido desde el comienzo de las “épocas” que constituyen los períodos  más o menos entrevistos de su historia geológica, y el hombre sólo habría aparecido (en estrecho parentesco con los antropoides) a fines de la época terciaria o principios de la cuaternaria, hace menos de un millón de años –quizá 500.000-, y sólo habría comenzado a dar signos de civilización hará cosa de 6.000 años, es decir, ayer. La Biblia dice que Dios creó el mundo y todas las especies al mismo tiempo, lo que evidentemente no es así. Cuando apareció el hombre ya se habían extinguido numerosas especies (cuyos restos podemos observar en los museos), ya sea porque el medio se volvió desfavorable para ellas, o por el calentamiento de la tierra o bien porque su organismo fuera deficiente. Nótese que su existencia dependía, así, de las condiciones ambientes y no de la voluntad de un creador.

El hombre lleva un tiempo brevísimo en la tierra y la conoce poco, por lo tanto un ente aparecido cuando el universo y la tierra llevaban millones de millones de años de existencia, no puede pretenderse el objeto y centro de la creación y el rey del universo. El universo no necesitó su presencia ni su colaboración para vivir millones de años, mientras que el hombre se atribuye una importancia y usurpa una posición que no le corresponde.

En los laboratorios se ha comprobado mediante el estudio de animales y sus células cerebrales que el proceso vital de estos y el del hombre son muy similares.

Pretende, sin embargo, la teología, que entre los animales y el hombre hay diferencias sustanciales y afirma que el hombre es libre y los animales no. ¿Sabemos acaso si el hombre lo es y los animales no? Spinoza en su obra “ÉTICA” (la cual no publicó en vida por temor a las persecuciones  de la Iglesia y el Estado) dice que el libre albedrío del hombre se reduce a la ignorancia de las causas que lo determinan. Y los animales en muchos casos tienen la posibilidad de proceder de distinta forma y se determinan a su antojo. En Egipto (pueblo de gran civilización) muchos animales fueron elevados a la categoría de dioses.

La superioridad intelectual del hombre respecto de los animales es tan notoria como lo es su inferioridad respecto a la naturaleza. El hombre no puede realizar lo que la Naturaleza realiza sin el mínimo esfuerzo, y su grandeza relativa solo resulta de su comparación con los animales.

La conciencia de la materia viva:

Los animistas, naturalmente, siguen afirmando que sólo el hombre tiene conciencia de lo que hace. Proceden inconscientemente, según ellos, los demás seres y corpúsculos vivientes, aun en los casos en que parecen demostrar mayor conciencia de su función.

Tomemos como ejemplo la reducción del número de los cromosomas de las células germinales antes de formar el embrión, ya que su sencillez es tan maravillosa como su adecuación al un fin. Cada especie tiene un número fijo de cromosomas, y lo trasmite invariablemente de generación en generación. La célula humana tiene 48. Parece muy sencillo que un ser cualquiera transmita sus peculiaridades a su descendencia, pero cuando se trata de la fecundación el caso varía, por cuanto al conjugarse dos células distintas, la femenina y la masculina, con 48 cromosomas cada una, el embrión debería adquirir 96 cromosomas en la primera generación, 192 en la segunda, y así sucesivamente, de tal manera que, arrancando desde el principio de la especie, el cuerpo humano entero sería hoy insuficiente para contener los cromosomas de una sola célula originaria, y las células y el hombre con ellas, habrían perecido víctimas de una inundación de cromosomas.

¿Cómo han conjurado este terrible peligro las células sexuales? Han necesitado la inteligencia e ingenio para encontrar la solución, pero la han encontrado. Las células femenina y masculina, portadoras cada una del número fijo de cromosomas de la especie, lo reducen a la mitad para efectuar la maduración, y en la especie humana las células maduras o gametos quedan con 24 cromosomas cada una. Se unen entonces, y el embrión sólo recibe 48 cromosomas del aporte conjunto, en vez de 96. La suerte de la especie se salva.

Procedería también inconscientemente, según los animistas, el espermatozoide cuando se dirige arrastrándose como una culebra en la dirección del óvulo maduro situado en una larga distancia para sus dimensiones, y se vale para marchar de su cola propulsora, muchas veces más larga que su cabeza (la cabeza está destinada a firmar el embrión, y la cola desempeña una función puramente mecánica), y procedería inconscientemente el óvulo maduro cuando, al sentir la proximidad del espermatozoide, forma el “cono de atracción”, y en cuanto ha penetrado le corta la cola y la deja afuera, porque no tiene parte en la función fecundante, y endurece de inmediato la membrana a fin de que no la penetre otro espermatozoide.

El instinto y el alma:

La ciencia comprueba cómo y cuándo se producen los hechos e intenta descifrarlos, aun cuando no lo consiga enteramente. La teología ofrece explicaciones irreales. Hagamos intervenir entonces al buen sentido. ¿Qué debería decir el buen sentido? Debería decir que si la existencia de un alma inmaterial e inmortal, es requerida para la vida del hombre, la requiere también la existencia de todos los demás seres vivos.

Aquí, precisamente, es donde se produce una gran confusión metafísica que exige poner las cosas en su sitio. Se entiende por alma una supuesta sustancia inmortal e inmaterial distinta del cuerpo, que anima la vida, piensa, siente y quiere. Esta definición esta restringida solo a los hombres por los dogmas religiosos y los escritos de los teólogos ortodoxos. Si el alma fuera principio de vida, habría que reconocerla a todos los seres vivos o a ninguno, aun cuando nazcan, crezcan, se alimenten, se reproduzcan y mueran igual que el hombre (y cuando piensen, sientan y quieran en una forma que solo se diferencia cualitativamente con el hombre).

Por hipótesis, concedamos que el hombre tenga un alma distinta del cuerpo; el problema de la vida en los demás seres continuaría  en lo profundo del misterio a que antes me referí. Parece que los demás seres no interesan.

No es exacto, entonces, que las religiones sepan lo que no sabe la ciencia. Las religiones no aclaran el enigma. La teología más sutil no puede demostrar que el principio de lo vital sea distinto en el hombre y en los animales y las plantas. ¿Por qué habría de ser el hombre el único inmortal? El absurdo es visible.

El hombre y la célula

Lo más elevado que exterioriza al hombre, la aspiración a la inmortalidad, es una derivación clarísima del deseo de perpetuarse. La idea de muerte le inspira temor y angustia.

La inteligencia del hombre es cualitativamente igual a la de los otros animales aun cuando sea más poderosa, y bueno fuera que no, si es el hombre la más perfecta realización en la escala zoológica. La relación peso-cerebro de un avestruz es 1  a 1.000, la de un caballo 1 a 500, la de un mono antropomorfo 1 a 200, y la del hombre 1 a 35. Esto no basta para afirmar que la mayor inteligencia del hombre se explica por el mayor peso relativo de su cerebro, pero es un indicio a tenerse en cuenta, que se complementa además con la extinción total de los grandes saurios de cabeza pequeña, de la época secundaria. El “Tyrannosaurus”, saurio gigantesco de la era mesozoica, medía 14 metros de largo y 6 de altura, y teniendo más peso que un elefante, su cerebro sólo alcanzaba a pesar medio kilo. En los reptiles gigantescos era muy común la pequeñez y estrechez de la cabeza y se ha tratado de relacionar esa circunstancia con su prematura desaparición.

Los animales tienen en muchos casos sentidos más perfectos que el hombre; la vista del águila, el olfato del perro, del cuervo o de la abeja, la agilidad del mono o de la ardilla, la resistencia a la fatiga del caballo, la visión en la oscuridad de los animales nocturnos superan iguales aptitudes del hombre y prueban que no es, en absoluto, el predilecto de la naturaleza. La semejanza estructural del hombre con los monos antropomorfos –de los que sólo es una variante- le resulta vejatoria.

No es posible juzgar con exactitud el grado de inteligencia de los animales debido a que no hablan. Hay hombres que parecen muy inteligentes mientras están callados.

Ya he recordado que no se puede afirmar categóricamente que el hombre piense con el cerebro, aun cuando sea lo probable. Hay afecciones del cerebro que inhiben para pensar pero hay afecciones de otros órganos que no tienen, aparentemente, nada que ver con el pensamiento y lo afectan. Y nadie ha podido observar hasta hoy, cómo ni cuándo nacen las ideas en el interior de las células piramidales.

El alma y el fenómeno visual:

La teología pretende que miramos los objetos con el espíritu (con los ojos del alma), pero los animales los ven exactamente como los ve el hombre ya que sus órganos son semejantes a los del hombre, luego necesitarían también un alma al igual que el hombre. El dilema es de hierro.

Pero si el hombre no viera los objetos con los ojos materiales sino con el espíritu, ¿qué objeto tendría la naturaleza al crear un aparato visual tan complejo si no lo utilizara para ver?, hubiera bastado un agujero en la frente para que el alma humana se asomara a mirar.

Y recuérdese –porque es muy importante- que la naturaleza no hace distinciones que demuestren de su parte, predilección alguna por el hombre. Por el contrario, la naturaleza es indiferente y puso el mismo afán en la creación del hombre y en la de los microbios, y hasta podría creerse que tuvo especial interés en dotar a estos últimos de una eficacia infecciosa formidable, que las células humanas no logran siempre contrarrestar.

Monismo y Dualismo:

La teoría dualista (vitalista) dice que el hombre es una maquina material, manejada por un maquinista inmaterial que seria el espíritu o alma.

Por otro lado la teoría monista (mecanicista) dice que el hombre es una maquina que marcha sola y se regenera sola por sí misma, es decir, que su proceso vital no esta atribuido al alma, sino a acciones y reacciones fisicoquímicas.

El poder de la inteligencia humana y la nobleza de los sentimientos del hombre, están opuestos a la bestialidad de las especies inferiores, pero esto no es condición para que el hombre tenga solamente un alma inmaterial, ya que también hay hombres  de inteligencia rudimentaria, criminales e inmorales. Por lo tanto estos no deberían de tener alma, solo si también hubiese almas inmorales, inferiores y depravadas

Un zorro tiene mas audacia e inteligencia que muchos hombres, y una abeja u hormiga es más laboriosa que muchos hombres, también hay animales que se sacrifican por la especie o mueren por ella, como un héroe muere por la patria. Esos animales, superiores a muchos hombres, deberían tener un alma inmortal, si es que del alma derivan las condiciones relevantes intelectuales y morales, pero los teólogos no lo admiten ni por excepción, es más, con la llegada del fin del mundo en el cielo solo se albergara a los hombres, reyes de la creación.

No es concebible sin embargo, que almas inmateriales e inmortales, tengan distinta calidad intelectual, y así como los vitalistas recuerdan a los monistas que hay una sola clase de materia, estos últimos podrían observarles que, no pudiendo haber sino una sola clase de almas, todos los hombres deberían tener la misma inteligencia creadora y los mismos sentimientos morales y artísticos.

El espíritu y la materia:

Hay experimentos como el trasplante de un riñón, o la conservación de células vivas separadas del cuerpo, que destruyen la idea de unidad entre el alma y el cuerpo. Es decir, que una célula u órgano puede vivir en un laboratorio sin necesitar ese soplo vital tan necesario para la vida que afirma la teología, a menos que ese órgano se haya llevado consigo un pedazo de alma. Inferir  esto seria pueril y además contradictorio con el principio fundamental de la teoría animista. Nunca ha muerto un hombre porque haya sido abandonado por el alma en un rato de mal humor y es evidente que el hombre constituye una unidad formada por un conjunto de unidades elementales y que el espíritu es inseparable de la materia.

La idea de Dios:

La adhesión a la teoría de que todo lo que tiene vida debe tener conciencia de su ser, lleva a una conclusión que no puedo ni quiero evitar.

Si el átomo, la célula, el órgano y el animal, incluido el hombre, tienen conciencia de su ser y de sus funciones, el Universo tendría también una conciencia general de su ser y a esa conciencia se la llamaría Dios.

Admito que así sea.

Pero así como el átomo, dentro de la célula no sabe seguramente lo que es la célula, y así como la célula dentro de los tejidos no puede saber lo que es el cuerpo humano, el hombre consciente de su ser y de lo que ve a su alrededor, no tiene conocimiento sustancial de lo que es el Universo, ni puede saber de dónde surgió el Universo que fue anterior a su aparición sobre la Tierra, ni adónde  va el Universo que no ha llegado todavía a su término.

El universo se rige por leyes inflexibles, independientes del hombre e impenetrables para el hombre, de ahí la dificultad de concretar una idea de Dios.

No hay que confundir al dios de las religiones con el dios de la filosofía. El primero es  una persona accesible y nació con el hombre hace miles de años, debido al temor por lo sobrenatural, mientras que el segundo no es accesible, y su concepto puede modificarse a medida que aumentan los conocimientos del hombre.

Hay que escapar a la influencia de esas fascinaciones. Dios no debe violar las leyes naturales ni debe entrar en los laboratorios, solo debe hacerlo cuando los investigadores hayan agotado su esfuerzo. Dios no debe consentir que se menosprecien los conceptos científicos en su nombre.

Las concepciones pueriles de las sociedades primitivas no podrán subsistir eternamente. Sin duda, es más seductora y sencilla la idea de un Creador que hace surgir el Universo de la nada en 6 días con sólo pronunciar un “fiat”, que las nociones modernas de evolución lentísimas de las especies y su adaptación al medio.

Se puede creer en la realidad de la Biblia lo mismo que hace 3.000 años se creía en la realidad del Olimpo y de sus dioses; y si en la actualidad hombres ilustrados creen, o fingen creer en lo que la ciencia niega y refuta, en la antigüedad hombres notables adoraban ídolos paganos. El dogma católico negaba la redondez de la tierra y el Papa prohibió a los católicos españoles que se ocuparan del sistema de Copérnico.

Dios deja de ser el principio de energía y de la vida para convertirse en una persona. Él habría creado la Tierra de la nada para colocar en ella al hombre y habría diseminado las estrellas en el firmamento con simples fines de decoración. Una estrella habría bajado ex profeso a la Tierra para servir se guía a los reyes magos. Así lo asegura el Evangelio como si fuera la cosa más natural.

Puede verse también en la Biblia como Dios bajaba a la tierra para conversar con los hombres, en los tiempos primitivos. Les daba consejos y les aplicaba castigos inverosímiles.

-Capitulo 3, ver. 1 y 2 de las profecías de Ezequiel: Dios le ordeno que comiera un libro sagrado y el profeta se lo comió.

-Capitulo 4, ver. 12 y 15 de las mismas profecías: también ordeno (en expiación de los enormes pecados del pueblo de Israel) que comiera todas las mañanas excrementos de    humanos y como el profeta se quejo, cambio el humano por bosta de buey.

-Génesis, Cap 5, vers. 1-32: Adán tenía 930 años cuando murió,  su hijo Set tenía 912 años, Henos (hijo de Set) tenía 905 años, Quenán (hijo de Henos) tenía 910 años… y sigue la genealogía.

-Profecías de Oseas, cap. 3, ver. 1 y 12: Al profeta Oseas, a fin de poner a prueba hasta dónde llegaba en el acatamiento a sus órdenes, le ordenó seducir a la mujer de un amigo y el profeta lo hizo, pero en descargo de su conciencia, por tan mala acción, dio al cómplice 15 piezas de plata y algunas fanegas de cebada.

Esto es porque las religiones positivas no se conforman con un concepto metafísico de Dios, sino que necesitan un Dios que entre en relación con los hombres. Entonces, mientras la teología ortodoxa dice que el Panteísmo es ateo al pensar que Dios esta en todas partes de la naturaleza, por el otro lado cree en un Dios que multiplica los panes, resucita a los muertos, cura a los leprosos, etc. Y el que no esta de acuerdo con esto es ateo.

Si sólo se tratara de la divinidad de la sustancia vital, ¿qué podría importar que el hombre la adore o no? No la adoran las demás especies y parece que no le importa. ¿Y qué objeto podría encontrar la sustancia divina que habría engendrado el Universo, en imponer al hombre castigos como los de la Biblia, que comienzan con el pecado original del que un recién nacido no debería tener la culpa?

Sin embargo, las religiones positivas convierten en el objetivo principal de la vida humana la adoración de esa causa primera y la llaman Ser Supremo y la Biblia hace el objeto único. La iglesia exige a los gobiernos que impongan esa adoración.

La revelación descalifica a la ciencia y eso no lo podemos admitir. No le importa que la ciencia o el simple buen sentido, demuestren, por ejemplo, que la luz del día emana exclusivamente del Sol. Hay que creer en lo que el Espíritu Santo habría inspirado a Moisés cuando le habría dictado la Biblia; el Génesis dice que Dios hizo la luz el primer día separándola de las tinieblas y el cuarto día hizo el Sol y las estrellas. Durante  cuatro días habría habido luz en la Tierra y los días habrían estado separados de las noches sin haber Sol. La ciencia debe callar. No creer en la Biblia expone caer en pecado mortal.

El fin del mundo:

La predicción del fin del mundo y la descripción del infierno forman parte del sistema de conceptos terroríficos de que se vale el dogma religioso en contra de la ciencia. El Evangelio es categórico al respecto y anuncia el fin inmediato del mundo.

En el Evangelio de San Mateo (cap. 34, vers. 29) dice: “Y luego, después de las tribulaciones de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará su lumbre y las estrellas caerán al cielo y las virtudes del cielo serán conmovidas”. “En verdad os digo que no pasara de esta generación que no sucedan todas estas cosas”.

Pasó la generación aludida, pasó el primer siglo de la era cristiana y han pasado 1937 años y no ha ocurrido lo anunciado por Jesús. Luego la revelación es una fuente objetable de conocimientos.

La cuestión del fin del mundo tiene otro aspecto grave. Los muertos que esperan en el purgatorio el juicio final para entrar al reino de los cielos, se verían defraudados si no teniendo fin el mundo no hubiera juicio final.

No puede descansarse entonces en la explicación develada del enigma del Universo. La ciencia falla en parte y revelación en todo, y las hipótesis religiosas emanan de conceptos arbitrarios, cuyo acatamiento no puede exigirse a los espíritus imparciales.

No obstante la realidad indestructible de esa situación, las creencias religiosas nacidas del temor a lo sobrenatural, a lo desconocido y a la muerte perdurarán mientras éstos subsistan. La ilusión de la vida futura es para muchos un consuelo que desean conservar, aun a costa de engañarse a sabiendas. No basta, sin embargo, que una doctrina filosófica o religiosa pueda servir de consuelo y parezca útil, es necesario que no sea absurda.

 La armonía y el universo:

Toda creación exige un creador. Si se pregunta quien hizo el universo, se responde que fue Dios, pero si se pregunta quien creó a Dios, nadie contesta, porque se dice que Dios no tuvo principio ni fin porque es eterno.

Por lo tanto, como esto no tiene fundamento ni comprobación, con igual derecho podemos decir que el universo tampoco tuvo comienzo y será eterno. Entonces el universo y Dios serian la misma cosa y en ese caso coincidimos con Spinoza (definición panteísta) cuando dice: “No hay entre el mundo y Dios sino una diferencia de puntos de vista”.

Ese Universo-Dios no se mezclaría en el destino particular ni en los asuntos domésticos de los hombres.

La armonía del Universo se invoca también como una prueba del origen divino. Hay, en efecto, tal regularidad en el cumplimiento de las leyes de la naturaleza y tan asombrosa adaptación a la vida de los seres organizados, que el conjunto resulta armonioso. Pero volviendo la mirada al hombre y a las sociedades humanas, se advierte lo contrario. Parecería que el hombre hubiera sido creado para la desarmonía y el dolor y que las sociedades humanas estuvieran condenadas a vivir en la miseria, en la desigualdad y en el caos.

***

El éxito de su conferencia “Intermedio Filosófico” decide a Lisandro de la Torre a ocupar de nuevo la tribuna del Colegio Libre de Estudios Superiores. Y para la ocasión elige como tema “La cuestión social y los cristianos sociales”, en donde analiza las encíclicas papales que sirven de fundamento teórico a la acción del socialcristianismo y las desmenuza en la severa comprobación de sus resultados.

La conferencia de De la Torre fue objeto de una respuesta de monseñor Franceschi, quien trasladó la discusión al plano teológico al escribir, en su revista “Criterio”, el 26 de agosto (1937) el articulo “Ante una diatriba”. Entonces Lisandro de la Torre se convierte en el polemista de siempre, ardoroso, incisivo, denso de argumentos. Las respuestas de don Lisandro son publicadas en “El Diario” y “La Vanguardia” los días 1, 2, 14, 15, 28 y 30 de septiembre, y 11 y 12 de octubre, bajo el título general de “La cuestión social y un cura”.

Monseñor Franceschi contesta por intermedio de “Criterio” y otros periódicos locales los días 9 y 23 de septiembre y 7 de octubre con tres artículos: “Hombre, no te enojes…”; “¿Enemigo que huye?” y “Los procedimientos de un polemista”, y finalmente se calla.

LA CUESTIÓN SOCIAL Y LOS CRISTIANOS SOCIALES

El cristianismo social:

El cristianismo social no es el catolicismo: es una minoría del catolicismo que se preocupa de la cuestión social. Dentro de la vasta grey católica es activo y batallador y hace sentir su presencia no sólo en la propaganda sino en las organizaciones obreras y caritativas que promueve. Ataca con vigor la indiferencia de la mayoría de los católicos por la suerte de la clase proletaria y denuncia su sometimiento a los intereses y a los perjuicios de la burguesía capitalista. Atribuye a esa actitud, en mucha parte, al avance del comunismo y el alejamiento de las masas obreras de la Iglesia.

El social cristiano profesa en general, ideas más avanzadas que las encíclicas pontificias, pero hasta el presente sólo ha obtenido éxitos precarios, debido a que su sujeción en último término a los conceptos dogmáticos de la Iglesia, no le permite otros.

Contenido por esa restricción cae fatalmente en contradicciones y se extravía en acomodaciones espirituales muy sutiles.

Modificación del carácter del cristianismo:

Los atractivos del mundo se sobrepusieron en definitiva a la visión suprema del reino de Dios y su justicia y los actos de los cristianos dejaron de corresponder a las palabras del Evangelio.

Numerosos escritores social cristianos confiesan esos hechos, pero reducen su importancia, sosteniendo que la religión católica no es responsable de las fallas personales de los fieles y que el Evangelio continúa siendo el único camino practicable, en todos los órdenes, para la salvación de la humanidad; evasiva que sólo tendría algún valor si las traiciones de los cristianos al cristianismo fueran excepcionales.

Pero sucede lo contrario; los católicos inaccesibles a la tentación de los bienes y de los goces terrenales, los que darían a los pobres todo lo que les es superfluo –como quería Jesús-, los que viven la vida del espíritu y no de la carne y aman al prójimo como a sí mismos, son pocos, y dentro del catolicismo, en el campo opuesto al que enaltece esa minoría de selección , una masa compacta oye misa  puntualmente mientras acumula riquezas, se entrega a los placeres e ignora el amor al prójimo.

Eso significa que si en tantos siglos el cristianismo no ha logrado imponer dentro de su propia comunidad la práctica rigurosa de los preceptos evangélicos no es probable que logre ahora, como pretenden los social cristianos, regenerar a la sociedad por ese medio y resolver la cuestión social. ¡Cuidado con el fariseísmo!

La clase obrera se ha apercibido de que la doctrina cristiana es espiritualista, pero los actos de la mayoría de los católicos y de buena parte del clero no lo son.

Jesús anunció el reino de Dios que se realizaría en la tierra, a continuación de su muerte, la que sería a su vez, seguida por el fin del mundo. La batalla social habría terminado de ese modo, por falta de combatientes. Pero la predicción de Jesús no se cumplió y la Iglesia, al verlo, prorrogó el fin del mundo hasta el año mil. Vuelto a frustrarse el cálculo se ha convertido el advenimiento del reino de Dios en una promesa incierta, a cumplirse al fin de los siglos, en el supuesto de que los siglos hubieran de tener fin.

La existencia o no existencia de un más allá es de importancia secundaria en la cuestión social bien entendida, y se debería prescindir de ella. Los proletarios no se oponen a que en el cielo, si hubiera cielo, se reabra cualquier proceso fallado en primera instancia en la tierra y a que se le dé a cada cual lo que le corresponda; a lo que se oponen es a que no haya justicia en la tierra, esperando que se haga en el cielo.

La iglesia no es reformista:

Colocada la cuestión en un terreno realista se percibe la situación desventajosa en que se encuentran los reformadores social cristianos, aun los mas avanzados, en el intento de atraerse las masas obreras. Ellos censuran la avidez del régimen capitalista casi con tanta avaricia como la de los escritores comunistas y dicen que la avaricia es un vicio antisocial. Pío XI agrega: “El egoísmo sin freno es la gran vergüenza y el gran pecado de nuestro siglo”. Pero s la Iglesia impusiera a los católicos el abandono absoluto de sus bienes o, por lo menos, de lo superfluo (como exige el Evangelio) en beneficio de los pobres, cambiarían de religión.

Pío XI y León XIII impregnaron las encíclicas de sentimientos de caridad y amor al prójimo, pero combaten los medios de que pueden valerse los desheredados para mejorar su condición. Es decir, que estas encíclicas son dulces para el paladar y nada mas, porque los pontífices se apiadan verbalmente de los desheredados y rechazan los medios para mejorar su condición.

León XIII había dado el rumbo en su famosa encíclica Rerum Noravum. “Tampoco se opone a la legitimidad de la propiedad privada –dijo- el hecho de que Dios haya dado la tierra al género humano para que la utilice y goce de ella. Si se dice que Dios la ha dado en común a los hombres, esto significa, no que deban poseerla confusamente, sino que Dios no ha designado su parte a ningún hombre en particular. Dios ha abandonado la separación de las propiedades a la prudencia de los hombres y a las instituciones de los pueblos”. Y en otro pasaje llega a la conclusión de que deben quedar intactos el derecho natural de propiedad y el de legar los bienes.

No hay un solo hecho que autorice a León XIII a decir lo que dice, o sea que un Dios personal dio la tierra a los hombres en cual o tal forma. Los hombres se apropiaron del suelo sin detenerse a averiguar las intenciones de una supuesta divinidad. El lenguaje de la encíclica sólo conduce a sembrar confusiones y a ocultar la verdad.

La doctrina de Jesús:

No averigüemos si la Iglesia, al colocarse en ese terreno, tiene o no tiene razón, pero el hecho es que se aparta abiertamente de la doctrina de Jesús, según el Evangelio. Dejemos de lado la cuestión de saber si la enseñanza de Jesús es o no es comunista; se puede sostener que lo es con muy buenas razones; pero no vayamos tan lejos y atengámonos tan sólo a un precepto cuya exactitud nadie puede poner en duda: aquel que impone a todos los cristianos poseedores de bienes la obligación de dar a los pobres la totalidad de los que les sea superfluo. Dada la sobriedad de la vida del pueblo de Israel en aquellos lejanos tiempos, lo superfluo era todo lo que excedía de las necesidades primarias de la existencia. Esa doctrina de Jesús no es hoy la de la Iglesia Católica, y si a veces la enuncia o si se vale de ella para enaltecer su prédica, es porque no creen en el peligro de que se haga efectiva. Si Jesús volviera a nacer, repudiaría a los que exaltan su nombre para entronizar a s sombra lo que él combatió al precio de su vida y posiblemente no se resignaría a ser crucificado por segunda vez sin objeto práctico.

Elevación moral de la humanidad:

El cristianismo ha contribuido a la elevación moral de la humanidad. Otras religiones también. Pero sus reglas éticas no se practican invariablemente. Hay conceptos del Evangelio contrarios a la naturaleza humana, que nunca se han cumplido ni se podrán cumplir. Tampoco es exacto que el cristianismo tenga el monopolio del humanitarismo y de la moral, y es bien sabido que la predicación de Jesús reflejaba las ideas que en la misma época difundían otros filósofos. Si Filón el Judío, en vez de un pensador solitario, encorvado sobre los viejos mamotretos de la biblioteca de Alejandría, hubiera sido un taumaturgo crucificado, si hubiera hecho creer que multiplicaba los panes, curaba los enfermos con palabras o resucitaba los muertos, y si una mujer exaltada o histérica hubiera creído ver que su cadáver subía al cielo, sus doctrinas, hoy olvidadas, habrían tenido mejor fortuna.

Las reglas morales de Confucio, aunque sólo tengan en vista la vida terrenal, no son menos elevadas que las del Evangelio y son más prácticas. Confucio, moralista admirable que vivió hace 2.400 años, parecía por la índole de su espíritu, un hombre de nuestro siglo. Fue él quien dijo: “Si no sabemos en qué consiste la vida, ¿cómo podríamos conocer el real significado de la muerte?” Un biólogo contemporáneo suscribiría ese pensamiento.

Las almas sencillas aprecian en el cristianismo los sentimientos de caridad, humildad, amor, pobreza y perdón que inspira; pero no es sobre ellos que funda la Iglesia sus planes de predominio, sino más bien sobre lo que sobrecoge a los seres que temen a lo sobrenatural y la muerte; la resurrección de los muertos, el reino de Dios, el milagro. Y la cuestión social se involucra en ello.

Cuestión moral o cuestión de estómago:

Los social cristianos, adversarios irreconciliables del comunismo –ante todo porque es incrédulo-, proponen soluciones que llevan implícitos los defectos inherentes a un error inicial: el problema –dice- es de orden espiritual, y hay que darle soluciones espirituales.

Las consideraciones de “dignidad humana” que aduce el cristianismo social para sostener que una enfermedad de índole económica debe tratarse con remedios espirituales, no son en modo alguno convincentes. Sería muy honroso para el hombre que fuese capaz de cambiar su naturaleza pecadora por otra impecable. ¿Es eso posible y practicable? ¿O es quimérico?.

Habría, sin duda, una elevación moral, dignificadora de la especie, en realizarlo, y una elegancia del mejor tono en no hacer cuestión de si un obrero debe comer una vez o dos veces por día. Llegaría el fin del mundo sin que se hubieran cambiado las condiciones de vida que se deben modificar. No es cuestión de pegarse de frases; en nuestro propio país estamos acostumbrados a ver partidos reaccionarios que despliegan programas avanzados, con miras electorales, pero no estamos acostumbrados a ver que las cumplan.

¡No importa! –contestan los social cristianos-, llegado el fin del mundo, los que hayan sufrido injusticias sobre la tierra serán recompensados en el cielo. Así no es posible tratar la cuestión social. Por eso el cristianismo social no sale de la encrucijada en que está metido.

Los papas se colocan en el mismo terreno. León XIII, en la encíclica Rerum Novarum antes citada, dijo:   “Cuando hayamos dejado esta vida, entonces comenzaremos a vivir. Dios no nos ha hecho para las cosas frágiles y caducas, sino para las cosas celestiales y eternas, nos ha dado esta tierra no como morada permanente, sino como lugar de destierro. Que abundéis en riquezas o seáis privado de estas eso no importa en la eterna bienaventuranza”. Y Pío XI, refiriéndose a la autoridad social, opina que “no puede fundarse sobre intereses temporales y materiales; no puede venir sino de Dios, creador y fin último de todas las cosas”.

¿Pueden ser consuelo estas promesas celestiales para los obreros que no ganan lo necesario para vivir? Habría ofuscación o hipocresía en sostenerlo.

En resumen, los social cristianos no presentan soluciones proporcionadas a la magnitud del problema proletario y sus criticas a los excesos e inhumanidades del régimen capitalista no llegan a condenarlo en sí mismo, pues ese régimen tiene la aprobación oficial de la Iglesia. Atacan determinados hechos o algunas consecuencias de la explotación del hombre por el hombre y consienten abiertamente la política y las doctrinas de donde emergen. A título de partidarios del orden sostienen las condiciones sociales que preparan el desorden futuro, procediendo como aliados efectivos de la causa que pretenden combatir. No se avienen a que las reformas toquen lo fundamental y dejarán que la violencia tome la palabra. Y el delirio imperialista, que lleva en sus entrañas el germen de la guerra, allanara el camino a la catástrofe universal.

La desgracia de Jesús:

La desgracia de Jesús no es haber sido crucificado. Mártires ha habido muchos y muchas veces también han vencido y fructificado las ideas en cuya defensa se derramo la sangre de estos. La desgracia de Jesús consiste en haber dado su vida para que nada de lo que él apostrofaba haya cambiado. La desgracia de Jesús consiste en haber dado el triunfo a una Iglesia que ha asumido, sin variantes, los caracteres típicos de la Iglesia impura de Jerusalén, su victimaria.

Los jefes de la Iglesia culpan a los obreros de su vida miserable en razón de su incredulidad. El abate Poncheville citado por Rutten (director este último de la Secretaría General de las Obras Sociales de Bélgica y senador del reino), dirigiéndose a las multitudes que profieren blasfemias, exclama: “¿Por qué hacéis responsable a Dios de la miseria provocada por el olvido de su ley?” El abate ignora, por lo visto, que infinidad de obreros católicos de una devoción ejemplar, sufren la misma miseria que los descreídos; y tanto los unos como los otros soportan desde el día en que nacen, antes de serles posible incurrir en el olvido de ninguna ley.

Los desheredados replican que si Dios existe y es omnipotente y justo no deberían ocurrir tales cosas: León XIII exclama en esos casos: “Muy deseable sería que el salario del obrero fuera lo suficientemente crecido para sustentar con él a la esposa y a los hijos”. ¡Muy deseable!… no basta.

Stalin en un brindis curioso que está inserto en el diario “Pravda” del 6 de mayo de 1935 dice: “Bebo a la salud de todos los bolcheviques, sean o no miembros del partido. Si, bebo a la salud de los que no han entrado al partido. Los miembros del partido son una minoría, los sin partido la mayoría. Todo el que sirve la causa del proletariado es un bolchevique. No interpretéis erróneamente mis palabras, yo no tengo intención de disuadirlos de entrar al partido, quiero decir simplemente, que entre los sin partido hay muchos hombres fieles”.

En ningún caso se ha visto que la Iglesia acoja del mismo modo a su grey sumisa y a los que se permiten pensar con independencia. La Iglesia dice: “El que no este conmigo es mi enemigo”. Lo dijo el propio Jesús.

Las palabras de Stalin prueban también que el tiempo no pasa en vano para ningún gobierno. No era esa la voz de los primeros años del bolchevismo.

***

LA CUESTIÓN SOCIAL Y UN CURA

El texto que va a continuación corresponde a las cuatro réplicas del Dr. Lisandro de la Torre, que fueron publicadas bajo ese título.

I

Réplica al articulo de Mons. Franceschi, titulado: “Ante una diatriba”.

La conferencia que di el 17 de agosto en el Colegio Libre de Estudios Superiores sobre el tema “La cuestión Social y los Cristianos Sociales” ha desencadenado sobre mí las iras sectarias. El presbítero don Gustavo J. Franceschi ha escrito en la revista que dirige un artículo titulado “Ante una diatriba”.

El señor Franceschi me desafía “formalmente” a emprender una polémica. No entraba en mis previsiones esta derivación amena cuando di la conferencia. Estaría mal que la rehuyera y recojo el guante que se me tira.

En lo que a mi persona respecta, el artículo del presbítero señor Franceschi es más que desconsiderado y más que impertinente, es a todas luces insolente, grosero y provocativo, desde el principio hasta el fin. Pero, lejos de afligirme, considero más bien una suerte para mí que el señor Franceschi me exima de toda obligación de cortesía. Me será útil cuando llegue el caso de llamar las cosas por su nombre.

La primera impertinencia consiste en advertir a sus futuros lectores que él está acostumbrado a la polémica “alta y limpia” y que no ocurre lo mismo conmigo. El polemista “alto y limpio” tergiversa a renglón seguido todo lo que yo digo, trunca las frases mías que cita, afirma hechos falsos y me imputa falsedades que no prueba. Atribuye, además, el móvil de mis actos a un supuesto “odio” a la iglesia absolutamente calumnioso.

Mi pretendido “odio a la Iglesia”:

A su juicio yo no soy un hombre libre que aprecio las cuestiones filosóficas, históricas y sociales de acuerdo con mis convicciones; yo no tengo el derecho de pensar con la  independencia que él reclama para sí y yo debo someterme a lo que encuentro absurdo. Como no me someto, el señor Franceschi lo atribuye a mi “odio clásico” a la Iglesia.

Con respecto a mi comentario sobre la lucha de clases, el párrafo auténtico ha sido alterado maliciosamente y truncado sin piedad. Véase lo que yo dije: “Pío XI y León XIII han impregnado sus encíclicas de sentimientos laudables de caridad y amor al prójimo. Pero combaten los medios de pueden valerse los desheredados para mejorar su condición. No reconocen, por ejemplo, la realidad y la legitimidad de la lucha de clases, que son hechos primarios de una verdad abrumadora. Y si algún sacerdote sale del verbalismo hueco y propende a la obtención de reformas efectivas, cae en desgracia. La sinceridad se hace entonces sospechosa”.

En síntesis, sostengo que las encíclicas papales son dulces al paladar y nada más. Mucha sensiblería humanitaria y nada entre dos platos; los pontífices se apiadan verbalmente de los desheredados y rechazan los medios conducentes a mejorar su condición.

El señor Franceschi se escapa por la tangente y dice que yo falseo la enseñanza de los Papas en relación con la lucha de clases. Para que el cargo tuviera asidero sería necesario que los Papas legitimaran la lucha de clases, y eso es absolutamente inexacto. La fuerza del consonante lleva al señor presbítero a querer probar que los Papas legitiman la lucha de clases, y se confunde y enreda de tal modo que ni él se entiende, ni yo lo entiendo, ni el Papa lo entendería.

Llama en su ayuda a la encíclica Rerum Novarum y cita un párrafo que dice: “que la violencia de las revoluciones ha dividido a los pueblos en dos clases de ciudadanos, poniendo entre ellas una distancia inmensa”. El Papa descubre de este modo que en el mundo hay pobres y ricos, pero no lo atribuye a la explotación del hombre por el hombre, inherente al régimen imperante en el trabajo asalariado, sino a “la violencia de las revoluciones”.

Jamás León XIII ni Pío XI, ni Papa alguno, ni obispo, ni canónigo, ni presbítero ortodoxo alguno han reconocido que la formación de las clases emana de que unos pueden vivir a costa de otros, a consecuencia del régimen imperante en la propiedad y en el trabajo asalariado.

La predicación de Cristo tendía a la adoración del Padre Celestial sin necesidad de curas intermedios, sin templos y sin liturgias que hacían innecesarios la comunicación directa con Dios. Mediante esa transformación de su carácter, la Iglesia de Cristo volvió al tipo de iglesia a la cual Cristo combatió hace dos mil años, y nadie puede distinguir entre un obispo feudal de la Edad Media o un lujoso cardenal de nuestros días, de aquellos antiguos fariseos de Jerusalén a los que Jesús les habló.

La historia realista de la iglesia:

En nuestro tiempo y desde muchos siglos atrás (desde los días oscuros de la edad media) el espíritu de la gente (o su conciencia) esta preparado para creer que la predicación de Jesús y su crucifixión fueron acontecimientos que conmovieron al pueblo hebreo y llenaron una época, pero en Jerusalén la muerte de Jesús fue un acontecimiento sin trascendencia, ningún historiador lo menciona y solo Josefo menciona su nombre. Recién muchos años después se les dio forma de Evangelio a las leyendas corrientes (que ya estaban considerablemente alteradas, como sucede con todas las leyendas).

Se cita como testimonio fehaciente de la presencia de San Pedro en Roma el episodio en que habría sido acto, con Simón el Mago, y lo habría contado él mismo. En efecto, la “Constitucione apostoliche” Pone el relato en labios de San Pedro. El relato dice que Simón el Mago luchaba contra los católicos en Roma y les hacía perder la fe realizando milagros; un día convocó al pueblo a reunirse en el anfiteatro prometiéndole volar y lo invitó a él –Pedro- a que concurriera. Simón se elevó por los aires y la multitud lo aplaudió como a una divinidad. San Pedro agrega que él quedó asombrado y afligido y se puso a rezar comprendiendo que era el Diablo y no Dios el que hacía ese prodigio y rogó a Dios que abatiera el orgullo del impostor y Dios hizo precipitarse a tierra a Simón en una caída catastrófica, rompiéndose una pierna y dislocándose los dedos de los pies. El primer vuelo sin motor habría causado así un accidente.

Pero la “Constitucione Apostoliche”, que hace decir a San Pedro todas esas majaderías, es del siglo V, o sea 450 años, mas o menos, posterior a la fecha en que habría ocurrido la historieta y no dice palabra acerca de la fuente donde obtuvo el relato apócrifo de San Pedro.

La referencia que hago está conforme a lo que dice la “Historia de los Papas”, de monseñor Agostino Saba, doctor de Ambrosiana, teólogo versadísimo y profesor de historia eclesiástica de la Universidad de Milán.

Pero la historia de la Iglesia, a grandes rasgos, depurada de los fraudes milagrosos, corresponde a la de su evolución real. Uno de esos rasgos salientes es el de que poco después de la muerte de Jesús comenzó, dentro mismo del grupo de sus discípulos, a insinuarse una evolución conservadora, que llevó poco a poco a la comunidad al abandono de gran parte de las enseñanzas de Cristo, fundadas en la comunicación directa con Dios y abrió el camino a la creación de fastuosas jerarquías sacerdotales, que habían de corromperse en la forma en que es harto conocida.

El culto de los santos:

“Basta haber leído un simple catecismo como el de Spirago –dice-, u otro equivalente, para saber que el culto de los santos se llama “dulia” (veneración y acatamiento) mientras que el reservado solo a Dios se llama “latria” (adoración), habiendo entre ambos una diferencia específica”.

El señor presbítero encuentra una diferencia fundamental en que los paganos “colocaban esperanza en los ídolos” y los cristianos no. Pero es demasiado sabido para que pueda negarse, que las promesas que se hacen a los santos a fin de obtener beneficios o milagros, o las ofrendas consistentes en la reproducción en plata u oro del órgano que se supone haber curado mediante su intervención milagrosa, prueban que los católicos colocan su esperanza en los santos milagrosos como los paganos en los ídolos.

La adoración cristiana del milagro es igual a la adoración pagana del milagro, por muy sencilla razón de que todas las supersticiones son “esencialmente” lo mismo.

El fin del mundo y el reino de Dios:

El anuncio del Juicio Final fue en Jesús, sin duda, un recurso de índole político que tenía un objeto muy importante y un sentido muy agudo. Quería atemorizar a las gentes con la visión inmediata de la muerte y seducirlas con el halago de las recompensas que (a condición de seguirlo) estaban poco menos que a la vista. “En verdad os digo que no pasará de esta generación que no sucedan todas estas cosas (cap. 24, ver. 34, San Mateo).

¿Era Jesús un visionario que creía de buena fe en lo que decía, o era un político que descontaba la inmensa credulidad del rebaño humano? No hay interés en averiguarlo. El hecho capital es que el sacrificio de las riquezas, de los afectos, de los instintos naturales, de los frutos del trabajo, de los vínculos de familia, que pedía a sus adeptos, mostrando una inhumanidad nunca vista, se explican tan solo ante la inminencia de muerte.

Jesús se equivoco; lo crucificaron en compañía de dos ladrones y no sucedió nada de lo que él esperaba, ni el sol y la luna se oscurecieron, ni las estrellas cayeron sobre la tierra, ni las pestes acabaron con los hombres, ni los pecados fueron redimidos. El mundo siguió su marcha como si tal cosa y continúa andando hasta hoy. Tal es la fría verdad histórica.

Lo sostengo. Después del fracaso de las predicciones del fin del mundo para el año mil la Iglesia comprendió que no se podía, ni le convenía seguir embaucando a la gente sobre ese particular, y un concilio, el Concilio de Letrán a principios del siglo XVI, “prohibió que se fijara fecha para el fin del mundo”.

Resulta concluyente entonces que después de la prohibición del Concilio de Letrán, el reino de dios, destinado para los católicos a existir después del fin del mundo se ha convertido en una “promesa incierta”, y por lo tanto no puede exigirse a los proletarios hambrientos que se conformen con su suerte terrenal a la espera de recompensas celestiales remotas e inseguras.

La Iglesia actual deja sobrentender a los que mueren bien sacramentados y muñidos de la bendición papal que podrán entrar al Cielo casi de inmediato, con solo llenar pequeños tramites y no es así. El Evangelio no dice semejante cosa. Los muertos esperarán el juicio final. De manera que si al mundo se le ocurriera no acabarse, los muertos se verían defraudados, y la Iglesia tendría una grave responsabilidad. El Cielo continuaría inhabilitado.

Igual cosa sucede en relación con los que vinieron al mundo antes de aparecer “la religión verdadera”, o sea el cristianismo según los teólogos. Los chinos, los egipcios, los persas, los asirios, los hindúes, etc., que mucho antes de la Era Cristiana tenían civilizaciones muy avanzadas no merecieron la atención del Dios personal y eterno de los cristianos. No eran hombres, por lo visto. No se les reveló en ninguna forma y como no pudieron adorarlo sin conocerlo, tienen un sitio reservado en el infierno. ¿Puede darse una injusticia mayor? ¿Puede darse una crueldad más refinada de parte del Ser omnipotente que no los tuvo en cuenta?.

Hoy mismo los católicos son una minoría en el mundo; son 3000 millones nominales en números redondos, contra 1.500 millones más o menos de herejes. Toda esa muchedumbre de infieles, de los que buena parte ignora hasta la existencia de la “religión verdadera”, se verá condenada por infiel, aun cuando haya vivido honestamente. ¡Vaya con la justicia divina! ¡Corre pareja con la justicia social!.

II

Réplica al artículo de Mons. Franceschi: “Hombre, no te enojes…”

El presbítero señor Franceschi ha contestado mi artículo anterior. Sea por arrepentimiento d lo hecho o por costumbre eclesiástica, de esas que concluyen por formar una segunda naturaleza, pretende eludir su responsabilidad de atacante. Hay que verlo retorcer mañosamente el sentido de sus palabras para comprender cuánto daría por no haberse metido en el atolladero.

La Iglesia del proletariado:

Son de importancia secundaria los dos puntos a que desea limitar la polémica el señor Franceschi (la adoración de los santos y el fin del mundo). Me ocuparé de ellos mas adelante, y comenzaré por algo que tenga más alcance e interés.

Solamente en un párrafo (un párrafo de 30 líneas en un escrito de cinco columnas de diario) roza la cuestión social (como si las brazas le quemaran la mano). No obstante lo cual vuelve a reivindicar para la Iglesia una alta preocupación por el mejoramiento de la clase obrera. Afirma, con ese motivo, que si la Iglesia combate el comunismo “es ante todo porque degrada al hombre y lo convierte en siervo del Estado”.

A fin de no repetir un tema que ya he tratado en la conferencia inicial y en mi anterior artículo, voy a transcribir unas palabras del Papa Pío X, que posiblemente el señor presbítero desearía que no las hubiera escrito. Son contradictorias con la encíclica Rerum Novarum  y son posteriores.

El 18 de diciembre de 1903, Pío X dijo: “La sociedad humana tal como Dios la ha establecido (siempre le echan el perro muerto a Dios) esta compuesta por elementos desiguales, lo mismo que son desiguales los miembros del cuerpo humano (no cabe símil mas desgraciado); es imposible hacerlos a todos iguales, y sería la destrucción de la sociedad”. “En consecuencia, es conforme con el orden establecido por Dios que haya en la sociedad príncipes y súbditos (tómese nota del adefesio), patrones y proletarios, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos (tómese nota nuevamente), que unidos en un lazo de amor  (aquí aparece el fariseísmo) deben ayudarse recíprocamente a alcanzar su fin ultimo en el cielo, y sobre la tierra su bienestar material y moral”.

El doctor Francisco E. Correa, espíritu sereno y luminoso, cuya desaparición fue una gran desgracia nacional, comentó en 1931 esas palabras del Papa y lo hizo defendiendo a la Alianza Demócrata-Socialista de ataques sectarios contenidos en una carta pastoral de los obispos de la Iglesia romana que dirigen la Iglesia argentina, y en un discurso, precisamente del señor Franceschi dijo: “Sí, es cierto, desgraciadamente cierto, que hoy por hoy las desigualdades sociales y económicas son fatales; ¿pero por que poner ese sello de santidad a la injusticia y hacerla una voluntad divina? ¿Es que ya el hombre debe abandonar todo esfuerzo sobre la tierra? Cerremos todavía más ese lazo de amor; ¿pero por qué se han de abandonar la ilusión y la voluntad de hacer mejor la vida? ¿Y qué, aquel Paraíso que perdió el primer hombre no estuvo también en la tierra? Renovemos el mito y creamos que por el arduo trabajo y el largo dolor el hombre se redima del pecado original, sea el pecado de curiosidad contra Dios, sea el pecado de la vileza de su origen desde el barro de la materia. ¿Es soberbia? Sí; pero si es bella la humanidad por el amor, también es bella y fecunda la soberbia por la esperanza. No es cierto que todas las desigualdades sean por la voluntad divina.”

Profundas y admirables palabras que me eximen de volver sobre una cuestión que el señor Franceschi no logra entender por mas claramente que se le explique.

La iglesia y la doctrina comunista:

Abramos el Evangelio de Lucas. En el versículo 33 del capitulo XII pone en labios de Jesús sus palabras que se encuentran también en los otros Evangelios: “Vende lo que tengas y daselo a los pobres” y en el versículo 33 del capitulo XIV: “El que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo”. En el capitulo VI vers. 30 dice: “Da lo que te pidan y al que se apodere de lo tuyo no lo reclames”. Y en el vers. 20: “!Bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos!”.

¿Repiten hoy los Papas esas sentencias? ¿Las cumplen los clérigos prestamistas y los católicos en general? ¿Expulsa la Iglesia por indignidad e inconsecuencia con el Salvador a los que tienen bienes y los conservan? Todo lo contrario; la Iglesia acoge a los ricos y los trata como hijos predilectos, y el señor Franceschi, que también los acoge emocionado en su capilla, rehuye al debate y se limita a decir que yo repito argumentos ya refutados.

No se comprende, por otra parte, la razón por la cual la idiotez sería un título especial y preferente para entrar al reino de los cielos, y, en cambio, la simple pobreza lo era, de acuerdo con el sentido estricto de parábola de Lázaro del mendigo y el rico, según ella, el rico va al infierno  nada más que por ser rico y Lázaro es subido al cielo por los Ángeles nada mas que por ser mendigo (capitulo XVI versículos del 19 al 25).

La parábola de Lázaro se complementa con el otro versículo: “Antes pasará un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrará al reino de los cielos”. En otro capitulo se dice que el Diablo es el dueño de los bienes que hay en la tierra.

De todos estos textos surge evidentemente que la Iglesia Católica actual (cuyo pensamiento acabo de exhibir en el párrafo trascripto del “motu proprio” de Pío X),  se ha colocado, en absoluto, no sólo fuera de las ideas de Jesucristo, sino en oposición a ellas. No puede entonces apoyarse en ellas, puesto que Jesucristo no pensaba que la comunización de bienes “degrade al hombre”.

La evolución materialista del cristianismo:

Jesús de Nazaret, hijo del carpintero José y no del Espíritu Santo, fue mas que un reformador religioso un reformador social. No puede ser considerado formador religioso  alguien que dijo: “No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas, no he venido a abrogarlos, sino a darles cumplimiento, les aseguro que no desaparecerá ni una i, ni una coma de la ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla con el más pequeño de estos mandamientos y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el reino de los cielos” (evangelio de Mateo, cap. V vers. 17 y 18).

Jesús quería purificar la religión judía y no abolirla, sin embargo, el catolicismo ha erigido en culto el odio al pueblo judío y a su religión. Jesús despreciaba a los fariseos, a los seduceos, a los levitas, a los frailes de toda especie (raza de víboras, les decía), y aspiraba a la supresión del clero y de la liturgia y la comunicación directa con Dios, dentro de los conceptos de la ley hebraica. Se inspiraba en los profetas de Israel y los invocaba continuamente. Los doce apóstoles (Judas Iscariote fue reemplazado con Matías) y sus hermanos Santiago y Judas (o José) continuaron después de su muerte cumpliendo estrictamente esta ley hebraica y solo Juan en su vejez empleaba la voz “judío” en la acepción de enemigo.

El primer ensayo comunista:

En Jerusalén se puso en practica la entrega de los bienes a la comunidad por los cristianos. Lucas refiere en el capitulo IV de los “Hechos de los Apóstoles” esa frase inicial del cristianismo judío. Dice así (32): “Y de la muchedumbre de creyentes el corazón era uno, el alma una y ninguno de ellos decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que todas las cosas les eran comunes. (35) Y no había ninguno necesitado entre ellos, porque cuantos poseían campos los vendían (35 y 36). Y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartían a cada uno según lo que había menester; y José como tuviese un campo lo vendió y llevo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles”.

Nótese la exacta coincidencia con el apotema bolchevique: “A cada uno según sus necesidades”, que el señor Franceshi encuentra degradante al hombre y viene de Jesús y los apóstoles.

Para administrar la iglesia se creó según Lucas el comité (el soviet) de los siete diáconos: Esteban, Felipe, Procoro, Nicanor, Timon, Parmenas y Nicolás.

La Iglesia de Roma fue poco a poco aligerándose de la carga de idealismo y “humanitarismo” que había creído legarle Jesús, y el edicto de Milán le dio en el siglo IV el rango de Iglesia oficial del Imperio Romano moribundo, y pronto sus Papas se parecieron más al sumo pontífice saducco Caifás que al romántico Nazareno que lo despreciara y apostrofara.

El Estado perseguidor:

Si en una calle de esta capital se abriera una escuela y se colocara en ella un letrero que dijese: “si alguien viene hacia mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo”, cinco minutos después la policía cerraría la escuela y el maestro iría a entenderse con la justicia de instrucción.

Sin embargo, se habría limitado a transcribir en ese letrero incalificable el versículo 26, capítulo XIV, del Evangelio de Lucas, Jesús lo habría dicho al pie de la letra.

Esas monstruosidades que ocultan los clérigos a las mujeres devotas tienen sus raíces, es claro, en el Antiguo Testamento, que era la ley inmutable para Jesús, y sigue siendo el libro sagrado para la Iglesia Católica. El Eterno habla siempre con acento terrible y es vengativo y cruel, y Jesús pertenece a la familia. Puede instruir de la forma en que las gestaba Dios en aquellos remotos tiempos el siguiente resumen fiel y en parte copia textual de los versículos del capítulo 28 del Deuteronomio, quinto libro del Pentateuco dictado a Moisés por el Espíritu Santo (por encargo de Dios), aserto de una verdad canónica consagrada: “Si no quieres escuchar la voz del eterno serás maldito en la ciudad y maldito en el campo, maldito el fruto de tu vientre y maldito el fruto de tu tierra. El señor te herirá con suma pobreza, con calenturas y fríos, con ardor y bochorno y aire corrompido y te perseguirá hasta que perezcas y tu cadáver sea alimento de todas las aves del cielo y bestias de la tierra. Hiérate el señor con las ulceras de Egipto y con sarna y comezón en la parte del cuerpo por donde se excrementa, de manera tal que no puedas ser curado. Tomes mujer y otro duerma con ella, edifiques casa y no la habites, sea degollado tu buey delante de ti y no te alimentes de él, sea robado tu asno y no te lo devuelvan, sean entregadas tus hijas a otro pueblo viéndolo tus ojos; hiérete el señor con ulceras malísimas en las rodillas, en las pantorrillas y  desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Y comerás el fruto de tu vientre y la carne de tus hijos y tus hijas en la angustia y desesperación”.

Podría hacer más extenso este resumen pues tendría a mi disposición 68 versículos, pero lo trascripto me parece que conforma al más exigente. Los libros sagrados han sido hechos por visionarios, paranoicos y embaucadores. La humanidad creyente los venera y se enseñan en las iglesias y escuelas.

El fin del mundo y el señor Franceschi:

El fin del mundo, condición previa para la resurrección de los muertos y el advenimiento del reino de Dios, fue la preocupación central del cristianismo primitivo. En el Evangelio de San Mateo (cap. 34, vers. 29) dice: “Y luego, después de las tribulaciones de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará su lumbre y las estrellas caerán del cielo y las virtudes del cielo serán conmovidas. En verdad os digo que no pasara de esta generación que no sucedan todas estas cosas”.

Se vivía y se actuaba alrededor de ese concepto terrible y los fieles discípulos esperaban sin cesar al divino maestro que descendería en una nube para presidir el juicio final y abriría las puertas del cielo a los elegidos, los que gozarían desde ese momento de la bienaventuranza eterna.

A medida que pasaba el tiempo y nada ocurría se preguntaban con ansiedad: ¿puede el hijo de Dios haberse equivocado? Es imposible después de 2.000 años averiguar si el hijo de dios, que era el hijo del carpintero de Nazaret, había procedido como un visionario de buena fe (que es lo probable), o si bien inducido en error conscientemente a sus discípulos.

El tiempo, por su parte, corría con velocidad, y llegaron los días siniestros de la guerra de Judea, de la toma y destrucción de Jerusalén por los romanos y del incendio del templo. A los cristianos nos les cupo duda entonces de que el fin del mundo era inminente e interpretando una oscura profecía concluyeron en que debía producirse a más tardar dentro de tres años de la destrucción del templo.

La comunidad cristiana no sólo esperó el fin del mundo en el año mil y continua prorrogando prácticamente cada día el cumplimiento de la profecía. Lejos de ser una irreverencia, es un desagravio a la memoria de Jesús, que está en falla. Los presbíteros en general ( y estoy convencido de que el señor Franceschi también lo hará) hablan a los fieles vagamente en ese sentido, aun cuando muchos sepan bien que el fin del mundo cuando llegue (si llega), será un acontecimiento remotísimo que se producirá (en caso de producirse) dentro de las leyes naturales, sin que Jesús baje de una nube (hago notar el error de creer que las nubes son sólidas), sin que resuciten los muertos y sin que caigan sobre la tierra el sol y las estrellas, error de concepto fantástico que proviene de que los profetas bíblicos, Jesús y los apóstoles, ignoraban que cualquiera de esos cuerpos celestes es infinitamente más voluminoso que la pequeñísima y despreciable tierra. Lo ignoraban y creían que la tierra era el centro del Universo y el hombre rey de la Creación (por ahí anta la Iglesia Católica todavía). El Apocalipsis de San Juan habla en los capítulos VIII y IX de una estrella que cayó del cielo “en la tercera parte de los ríos” y se metió en un pozo humeante. Vale la pena transcribir esa maravilla.

Del Capítulo VIII.

“El tercer ángel tocó la trompeta; cayó del cielo una grande estrella, ardiendo como un hacha, y cayó en la tercera parte de los ríos, y en las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella se dice Ajenjo, y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y murieron muchos hombres por las aguas porque se tornaron amargas. Y el cuarto ángel tocó la trompeta; y fue herida la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de ellos, y no resplandecía la tercera parte del día y lo mismo de la noche. Y vi y oí la voz de un águila, que volaba por medio del cielo, que decía en alta voz: Ay, ay, ay de los moradores de la tierra por las otras voces de los tres ángeles, que habían de tocar la trompeta”.

Del Capítulo IX.

“Y el quinto ángel tocó la trompeta; y vi que una estrella cayó del cielo en la tierra y fue dada la llave del pozo del abismo. Y abrió el pozo del abismo: y subió humo del pozo, como humo de un grande horno, y se oscureció el sol y el aire con el humo del pozo. Y del humo del pozo salieron langostas a la tierra. Y les fue mandado, que no hiciese daño a la hierba de la tierra, ni a cosa alguna verde, ni a ningún árbol: sino solamente a los hombres que tienen la señal de Dios en sus frentes. Y les fue dado, que no los matasen; sino que los atormentasen cinco meses, y su tormento, como tormento de escorpión cuando hiere a un hombre. Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán: y desearán morir, huirá la muerte de ellos. Y las figuras de langostas eran parecidas a caballos aparejados para batalla; y sobre sus cabezas tenían coronas semejantes al oro; y sus caras eran así como caras de hombres. Y tenían cabellos como cabellos de mujeres. Y sus dientes eran como dientes de leones”. Y sigue por el estilo todo el capítulo.

Las observaciones de buen sentido que opongo a estos disparates irritan al señor presbítero y me acusa de faltar el respeto a las creencias de los católicos. Entendámonos razonablemente. Ellos, los católicos y los sacerdotes católicos, menosprecian a su antojo a los dioses de las otras religiones, pero ¡guay del que menosprecie aunque sea un pelo d un cabello del Apocalipsis! Ellos hablan sin respeto y sin empacho de Buda o Mahoma, de Júpiter o de Osiris, y eso no es blasfemar, pero en cuando les tocan un dios de la Trinidad aparece la blasfemia.

Entre una fábula de la mitología griega y las langostas del Apocalipsis “semejantes a caballos aparejados con cabezas de hombres, pelo de mujeres y dientes de león”, no hay diferencias específicas. Sólo existen las de la superioridad literaria de los helenos.

El proletariado y las recompensas celestiales:

La encíclica citada dice: “Cando hayamos dejado esta vida, entonces comenzaremos a vivir. Dios no nos ha hecho para las cosas frágiles y caducas, sino para las cosas celestiales y eternas, nos ha dado esta tierra no como morada permanente, sino como lugar de destierro. Que abundéis en riquezas o seáis privado de estas eso no importa en la eterna bienaventuranza”.

Cuando se  habla de este modo a los desheredados del mundo, se debe ser verídico y sincero. Las cosas “celestiales y eternas” deben ser reales y los Papas sentirse obligados a decir a los proletarios en qué fecha mas o menos comenzará la “eterna bienaventuranza”. No solo no lo dicen, sino que manifiestan que es lo mismo “abundar en riquezas o ser privados de ellas”, lo que para un obrero significa tanto como darle un jornal de 4 pesos que uno de cincuenta centavos.

En los “Hechos de los Apóstoles”, describe San Lucas el descenso del Espíritu Santo, por acción directa de Dios, sobre la cabeza de los Apóstoles, de los discípulos y de otros personajes y de sus efectos. El Espíritu Santo llegó en forma de lenguas de fuego y los agraciados  se transformaron instantáneamente; adquirirían una amplitud intelectual y una ilustración que nunca habían tenido y además, el poder de curar y de hacer milagros. Los apóstoles se encontraron en cinco minutos sabiendo los idiomas de todas las regiones del mundo y predicaban en cualquiera de ellos y convertían a los infieles en extranjeros, tan abundantes en aquellos tiempos en Palestina y Siria.

¿Por qué razón habrá suprimido Dios, sin motivo alguno, esa inyección magnifica del Espíritu Santo en los cerebros perezosos de sus servidores? De no haber cometido ese error no habría cura que no fuese inteligente y la Iglesia no sufriría el daño que le causan los papeles desairados de sus ministros.

La Iglesia y los milagros:

La historia de toda la Iglesia Católica, desde el principio hasta nuestros días, es la historia del milagro y de la adoración los milagros y de los santos que pretenden hacerlos ¿Cómo se atreve a negarlo el señor presbítero de la Capilla del Carmen?.

Según el evangelio de Mateo (no así de Marcos), Jesús de Nazaret nació milagrosamente por un procedimiento de fecundación artificial que no se ha repetido, y nació en una localidad (Belén) donde nunca estuvieron sus padres. Los apóstoles viven de milagro en milagro.

Una iglesia o comunidad mentalmente envenenada de milagro y preparada para adorarlo, no está, sin duda, muy lejos de las comunidades  del mundo antiguo, que siempre y en todas partes adoraban a los ídolos representativos de las fuerzas de la naturaleza o del desequilibrio morboso de los semidioses.

La Iglesia Católica pretende excluirse de esa equiparación, que es una evidencia deslumbrante, a favor de un juego infantil de palabras, consistente en decir que los católicos no “adoran” a los santos milagrosos sino que los “veneran”. Así es; y nosotros nos chupamos el dedo.

Pero el señor Franceschi ha querido poner algo de su cosecha y ha encontrado un argumento que no tiene desperdicio: “Para el doctor de la Torre –dice- adoración y veneración no son solo dos conceptos distintos, sino tan sólo dos palabras diversas para designar un mismo sentimiento” (Es falso, de toda falsedad). “De modo –agrega- ¿qué con esta lógica un niño que venera a su abuelo lo adora, es decir lo reverencia estrictamente como a Dios?”. Y después de esta fantástica “trouville” se pregunta: “¿puede darse mayor disparate?”.

Yo no he dicho jamás que adoración y veneración no sean dos conceptos distintos. Lo son efectivamente. Yo he dicho otra cosa, yo he dicho que la Iglesia llama hipócritamente veneración de los santos a la adoración o culto idólatra de los santos milagrosos.

Nunca he conocido a un niño que adore a su abuelo como a Dios y tenga por él otra cosa que afecto y veneración. Le pide que le compre caramelos o lo lleve al cinematógrafo, pero nunca espera que su abuelo, mediante un milagro, le cure el dolor de barriga; y aun en el supuesto caso de que hubiera sucedido esto ultimo alguna vez, el niño no habría construido un altar a su abuelo, ni habría colgado en él una ofrenda consistente en un vientre de plata.

En cambio en todas las iglesias (y posiblemente en la que regentea el señor presbítero) los altares están cuajados de piernas, brazos, corazones y otros cachivaches de plata y otro que los “adoradores” y no “veneradores” de los santos milagrosos les ofrecen en retribución de titulados milagrosos que harían realizado y la Iglesia acepta así oficialmente la superstición pagana de las curas milagrosas (Lourdes y Luján podrían suministrar abundantes ejemplos). No se trata, por consiguiente, de excesos de los católicos que la Iglesia repruebe, como pretende el señor presbítero.

Como prueba final de que la Iglesia toda, está compenetrada mentalmente de conceptos milagreros hasta los limites del absurdo, voy a transcribir en seguida algunos versículos del Apocalipsis del apóstol San Juan, que darán una idea clara de la manera como esa prédica es capaz de deformar el cerebro de cualquier creyente.

Se dirá, si se quiere, que el lenguaje del Apocalipsis es figurado y alegórico, pero nunca se ha logrado demostrar que tenga algún sentido, así sea alegórico (lo que tampoco discierne un niño), escribir disparates de esa magnitud. El niño que no los comprende se mete en la cabeza ideas supersticiosas que lo perturban. He aquí, sin mayor selección, algunos versículos; dejo otra infinidad de perlas a la disposición del que quiera confrontar el original.

Del Capítulo I.

“Yo fui en espíritu un día domingo, oí en pos de mí una grande voz como de trompeta que decía: Lo vez, escríbelo en un libro, y envíalo a las siete iglesias que hay en el Asia, a Efeso, y a Smirna, y a Pérgamo, y a Thiatira, y a Sardis, y a Diladeldia, y a Laodicea; me volví para ver la voz que hablaba conmigo. Y vuelvo; vi siete candeleros de oro; y en medio de los siete candeleros de otro a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa talar y ceñido por los pechos con una cinta de oro; y su cabeza y sus cabellos blancos como lana blanca y como nieve, y sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes a un latón fino cuando está en un horno ardiente, y su voz como ruido de muchas aguas; y tenía en su derecha siete estrellas; y salía de su boca una espada aguda de dos filos; y su rostro resplandecía como el sol en su fuerza. Y así que le vi, caí ante sus pies como muerto. Y puso su diestra sobre mí diciendo: No temas: yo soy el primero y el postrero, y el que vive, y e sido muerto, y he aquí que vivo en los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno. Escribe, pues, las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas. El misterio de las siete estrellas, que has visto en mi diestra, y los siete candeleros de oro; las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias;  los siete candeleros son las siete iglesias”.

Léase también el Capítulo IV y VI (son largos como para transcribirlos y no tengo ganas, yo ya estoy conforme como lector.)

Volvamos a nuestros carneros:

Dijo el señor Franceschi en su primera arremetida que yo procedo a impulsos de mi “odio clásico” contra la Iglesia. Lo que negué categóricamente, sin ocultar el menosprecio de orden intelectual que siento por las supersticiones y por la hipocresía, la perfidia y la perversidad de los sectarios. Pedí, en consecuencia, hechos concretos de mi actuación pública que prueben que yo he mostrado alguna vez ese odio clásico. Una obligación de lealtad imponía recoger mi invitación, pero el señor Franceschi no lo ha hecho. Dejo constancia. Tenía a su disposición mi vida parlamentaria y mi actuación pública en general, y no ha podido encontrar en ella ni proyectos de ley contra la Iglesia, ni interpelaciones que tuviera en vista, ni la preocupación de suprimir el presupuesto del Culto, ni arengas anticlericales en las tribunas populares.

Me lanzó el cargo el señor Franceschi de ser panegirista del gobierno de Stalin y no lo probó. Yo le probé que era falso. Se habrá convencido, puesto que en su contrarréplica no insiste. Guarda un silencio absoluto. El que calla otorga.

Pero yo le había dicho algo que no podía dejar en pie, al parecer y sin embargo, lo ha dejado. Le dije que yo no he ido a Rusia a congratular a Stalin por los fusilamientos de los “trotskistas” (conspirados y saboteadores) mientras que él ha ido a España a congratular a Franco, cuya investidura sediciosa ha amparado el asesinato de García Lorca, de los prisioneros de Badajoz y Mérida, de los republicanos de Galicia, de los parlamentarios republicanos de toda España y la destrucción de Guernica.

El origen de la polémica es conocido; él la inició y fue agresivo sin que yo me hubiera ocupado de él. Simula ahora haber sido atacado gratuitamente, pero el público está en autos y eso me basta.

No ha probado tergiversación alguna de mi parte, ni mutilaciones de su texto, ni la más pequeña falsedad dicha por mí. Y en cambio yo he puesto en evidencia que pululan en su escrito mutilaciones del mío, aparte de tergiversaciones y de la afirmación de hechos falsos.

III

Réplica al articulo de Mons. Franceschi, titulado: “¿Enemigo que huye?”.

Estamos ahora en otro terreno; el señor Franceschi en su tercer artículo ha cambiado de estilo y de tono y me permitirá tratar en sentido doctrinario e histórico las cuestiones fundamentales; las únicas que interesan.

Los dos puntos concretos en que pretende encerrar el debate –la fijación del año mil para el fin del mundo y la adoración de los santos milagrosos- son accesorios a dos cuestiones de más importancia que afectan la cuestión social:

1)      La efectividad de las recompensas celestiales que la Iglesia y los Papas ofrecen a los obreros, en cambio de que se conformen con salarios insuficientes.

2)      La transformación operada en la Iglesia al abandonar la doctrina “espiritualista” de Jesús y adoptar dentro de ritos y liturgias repudiadas expresamente por él, la adoración de los santos milagrosos al estilo pagano.

La Iglesia y el comunismo:

No rehuiré ocuparme por tercera vez de las minucias a que acabo de referirme, pero antes he de destacar una circunstancia que da un gran valor al último artículo del señor Franceschi. Reconoce con su silencio la exactitud de la interpretación que yo di a los versículos en que Jesucristo divide a la sociedad en dos clases: pobres y ricos.

Jesús es entones el precursor de la “lucha de clases” que la Iglesia condena ahora; él dividió a la sociedad, y los ricos irán al infierno nada mas por ser ricos y los pobres al cielo nada mas que por ser pobres.

Unidos a la parábola del rico y el mendigo los demás versículos que cité, evidencian que el señor Franceschi no ha encontrado una palabra que observar. Algo es algo.

La Propiedad Privada: Una Adulteración del Evangelio:

Este punto es desagradable. El señor Franceschi intenta la defensa de la doctrina de la Iglesia (no obstante que hoy no impone a sus fieles el abandono de sus bienes a favor de los pobres) y a ese fin tergiversa el sentido auténtico del Evangelio y adultera su texto.

El éxito polémico que va a proporcionarme la demostración que haré en seguida no la habría deseado. Es doloroso (y es escandaloso) ver a los sacerdotes tergiversar el sentido de los versículos del Evangelio en sus polémicas o en sus sermones y especialmente cuando se trata de puntos fundamentales.

El concepto de Jesús sobre la comunicación de bienes quedó establecido con carácter general e irrevocable en los versículos 33, capitulo XIV y 33, capitulo XII, del Evangelio de Lucas y fue aplicado con invariable lógica en los casos particulares. El versículo 33 del capitulo XII dice: “Vende lo que tengas y daselo a los pobres” y en el versículo 33 del capitulo XIV: “El que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo”

Ambos versículos fueron citados en mi segundo artículo y concuerdan con otros en que se trata de su aplicación a casos particulares. Así, por ejemplo, en el capitulo X vers. 17 al 25  del evangelio de Marcos se lee: “Un día un joven que no mentía, no robaba que no pecaba de sensualismo, que adoraba a dios y adoraba a sus padres, pregunto a Jesús en presencia de sus discípulos que tenia que hacer a fin de alcanzar el reino de Dios, y Jesús le contesto: “Te falta una cosa: Vende lo que poseas y dalo a los pobres”.

¿Qué hace en su réplica el señor cura rector de la capilla del Carmen?

De la manera que dejo descripta lleva al señor Franceschi a la interpretación de que Jesús no exige la renuncia de los bienes, sino que se limita a aconsejarla como un medio de alcanzar la perfección y a ese efecto adultera también el texto del versículo 21 de Marcos que le sirve para la prestidigitación y sustituye la expresión “te falta una cosa”, con esta otra: “si quieres ser perfecto”, cambiando el texto del versículo que no usa el vocablo “perfecto” en ninguna parte.

Pero oculta algo más: el joven aludido, era muy rico, quedó pesaroso al escuchar las indicación de Jesús, y entonces, éste, mirando a sus discípulos dijo: “Que difícil será a los ricos entrar al reino de Dios”, y en el versículo siguiente agregó: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar al reino de Dios”. Todo esto lo silencia el señor cura.

En este terreno no estoy solo. Aun cuando muchos hayan de sorprenderse, yo leo con cierta frecuencia autores católicos que tratan la cuestión social y hace poco leí un articulo del reverendo padre Ducatillón, inserto en la colección “Presences”, en el tomo que se titula “El comunismo y los Cristianos”, y tomé nota de una expresión que se encuentra en la pagina 73: “El cristianismo no debe, no puede ser defendido sino con armas leales”. Y me ha quedado en la memoria otra frase de otro de los artículos insertos en el mismo tomo: “La Iglesia no gana nada cuando se la defiende con malos argumentos. Tome nota el señor Franceschi.

Me complace su declaración de que la versión de la Biblia que supone he usado (la del Scio. de San Miguel, obispo de Segovia) es excelente. Pero diré algo más: me sirvo de preferencia, desde hace 20 años, de una versión de la Vulgata, al inglés, que me regaló mi amigo el doctor Gustavo Martines Subiría, una vez que le dije que no leía la Biblia porque dudaba de la fidelidad de las versiones en español y francés. Cotejo en cada caso esa versión inglesa con Scio. llevando el escrúpulo al extremo; Precaución que no es vana, pues tengo también sobre la mesa la traducción del obispo de Astorga, don Félix Torres Amat, que contiene groseras interpolaciones, al gusto de los fanáticos españoles.

Así, por ejemplo, el versículo 33 del capitulo XII, del Evangelio de Lucas ha sido alterado en su texto por el santo e inocente obispo de Astorga. Donde dice el versículo “vende lo que posees y dad limosnas” el buen hombre ha puesto “vende si es necesario lo que posees y dad limosna”. La interpolación maliciosa de tres palabras cambia totalmente el sentido. Falsifican a Cristo los obispos y se ríen de él, como si tal cosa.

Llueve sobre mojado:

El señor Franceschi dice que si los mandamientos condenan el robo, implícitamente admiten la propiedad y que ellos vienen de Jesús. Es fácil desenredar esta nueva madeja aun cuando se hile tan delgado.

La propiedad privada existía en tiempo de Jesús y él no tenía poder para abolirla. Nunca estuvo en el gobierno. Pero dispuso que sus discípulos no tuvieran bienes en adelante y en el versículo 33 del capitulo VI, del Evangelio de Marcos, les dice: “Al que se apodere de lo tuyo no se lo reclames”. Prohibía el robo pero amparaba a los ladrones.

No se trata en esta polémica de hacer pininos dialécticos, sino de buscar que brille la verdad y la verdad consiste en que Jesús quería  la comunización de la propiedad privada. Como no podía cambiar el orden jurídico de Israel, que emanaba del Antiguo Testamento, incluyó en sus mandamientos el de no robar, inclinándose ante los intereses creados, lo que no impide que su doctrina propia fuera la comunización de los bienes.

Reconoce también la exactitud de mi cita del Evangelio acerca de que Jesús, lejos de predicar la abrogación de la ley hebraica, quería cumplirla, pero ha omitido la explicación necesaria del hecho insólito de que sus continuadores cristianos contradijesen su predica  la repudiaran. Y sin embargo el punto es capital, porque de allí arranca el plan político-religioso que condujo al predominio del cristianismo europeo sobre el cristianismo judío y colocó a Roma a la cabeza del a Iglesia.

En razón de esa lucha de predominio de la figura de Jesús no tuvo en los si primero y segundo el esplendor que adquirió después. Tenía adeptos, sin duda, pero en el siglo segundo parece que muchos apologistas cristianos apenas nombran a Jesús o bien lo equiparan con los profetas hebreos. En la actualidad, la Iglesia y los cristianos lo exaltan, cuando ya casi nada subsiste de sus conceptos fundamentales. Los fariseos han vuelto al poder y la adoración convencional que le ofrenda un clero cuya creación el no autorizó (razas de víboras, les decía) y los ricos que condenó al infierno constituyen la más trágica ironía de la historia.

Las recompensas celestiales:

Vuelvo a este punto, que es capital, en cuanto se le eleva a una jerarquía más alta de aquella en que pretende colocarle el señor Franceschi que lo circunscribe a la profecía del año mil.

La encíclica de León XIII citada por mí no deja lugar a dudas acerca de que busca imponer resignación a los proletario asegurándoles que serán recompensados en el cielo. “Que abundéis en riquezas o que seáis privados de ellas eso nada importa ala eterna bienaventuranza”.

Reconozco el derecho de la Iglesia y el derecho de los cristianos sociales para creer en la vida futura que promete el Evangelio. Aun más: quiero admitir en hipótesis que así hubiera de suceder. ¿Pero en qué tiempo y en qué condiciones alcanzarían los proletarios las recompensas celestiales? Esa es la cuestión que yo deseo dilucidar y el señor cura no.

El Papa sabe que, de acuerdo con los Evangelios y el Apocalipsis (libro este ultimo que se pretende haber sido “revelado” directamente por Jesucristo al apóstol Juan), los muertos no van directamente al cielo, ni al infierno; van a unos depósitos provisorios a esperar el juicio final, que se producirá después de que hayan ocurrido calamidades horrendas y después de que Jesús haya bajado a la tierra en una nube y haya reinado en ella mil años. Los muertos deberán esperar pacientemente que transcurran esos mil años.

El juez supremo estará sobre un trono, los muertos resucitarán, los ahogados surgirán del mar y las almas encerradas en los depósitos saldrán a la luz del día. Se traerán los libros en que están inscriptos los actos de los hombres, como en una cuenta corriente y serán juzgados. Satanás, el Anticristo y Nerón serán arrojados a un estanque de azufre encendido por los siglos de los siglos.

Leyendo las profecías sagradas se desprende cuánta superchería envuelven las palabras zalameras de los curas cuando aseguran a una madre que ha perdido un hijo, que Dios se lo ha llevado al cielo; porque las escrituras no hacen excepciones ni para los recién nacidos, en razón de que nacen con el pecado original aun cuando lógicamente no deberían ser responsables por un acto en el que no han intervenido. Eso de que el angelito se va al cielo es la mayor picardía que un cura le diría a una madre, porque hasta hoy, según las escrituras, nadie ha podido ir al cielo y nadie lo hará antes del juicio final.

Un documento revelador:

La epístola de San Pablo a los Tesalónicos es un documento valioso que traduce el estado general del espíritu en los cristianos de los primeros tiempos, porque entonces el clero no había logrado, como hoy, oscurecer el concepto de que nadie entrará al cielo –ni al infierno- mientras no se verifique el juicio final, en la gran concentración que el profeta Joel sitúa en el valle de Josafat, que está en la zona del Cederrón, entre Jerusalén y el monte de los Olivos.

Cuesta trabajo identificarse con la situación de espíritu de aquellos ingenuos cristianos del primer siglo, tan absurda e infantil resulta toda la fábula apocalíptica, pero el señor presbítero está obligado a defenderla a capa y espada.

Los limbos subterráneos:

Próximo ya el siglo V, subsistiendo siempre una punzante angustia en los cristianos acerca de la muerte que esperaría a los muertos en los depósitos (que sería mañana la suerte de ellos mismos), apareció entre los teólogos la estupenda concepción de los limbos subterráneos, especie de transición entre el cielo y el infierno, tanto que algunos les llaman “orillas del infierno” y otros “infierno mitigado”.

Pero ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento hablan de limbos. Debió rechazarse “in límine” esa fábula como una invención herética, y, sin embargo, fue aceptada por la comunidad cristiana y por la Iglesia, que necesitaban una solución cualquiera, aunque fuere objetable.

Hasta ahora, ninguna perforación del suelo –y algunas pasan millares de metros- ha encontrado un “limbo”, ni rastros de limbo. No hay manera tampoco de resolver, ni conjeturalmente, otro problema tremendo que plantearon hace tiempo muchos teólogos, en esta forma: ¿el alma de Jesucristo estuvo en el limbo los tres días que transcurrieron desde su muerte hasta la primera aparición a sus discípulos? Una corriente importante de opinión entre los teólogos se inclina por la afirmativa. Fuera de la Iglesia causa asombro la discusión en serio de tales pamplinas.

Pero la cuestión que causó mayores preocupaciones e hizo correr más tinta fue la de esclarecer si los niños sin bautismo deben ir al limbo, infierno mitigado, o al cielo. Desde luego fue considerado contrario a los preceptos e impracticable que vayan al cielo, el cual permanecerá cerrado a piedra y lodo hasta que Jesús baje a la tierra en la nube.

San Agustín, hijo de Santa Mónica, insigne autoridad de la iglesia, teólogo profundo, autor de “La Cuidad de Dios”, se pronunció categóricamente por que a los niños no bautizados no se les abran las puertas del cielo, y dice que deben ir al infierno como los grandes. Esto escribía San Agustín a principios del siglo V, época de mucha ignorancia, pero el gran Bossuet, en pleno siglo XVII no solo endosa la opinión de San Agustín, sino que a su juicio, “quien nos engendra, nos mata”, y piensa “que la masa de que estamos formados, estando infestada en su fuente (el pecado original) envenena el alma por su funesto contagio, y el diablo, penetra hasta en el vientre de nuestras madres” (¡¡).

El señor Franceschi me ha reprochado que al subrayar los disparates que contiene el Apocalipsis, haya recordado que así hablan los locos.

El Apocalipsis no se limita a la descripción del juicio final, punto éste que dejaría al margen para seguir discutiendo hasta que el mundo acabe (si acaba); contiene también apreciaciones referentes a sucesos que han ocurrido en forma distinta de lo profetizada. Deberíamos entonces llegar a la conclusión de que si el libro no es apócrifo (yo así lo creo) Jesucristo no sabe de la misa la media. Por ejemplo, el Apocalipsis pronosticó la victoria final de Jerusalén sobre Roma (a la que llama Babilonia), la desaparición del Imperio Romano y la gloria eterna de Jerusalén. Dispuesto eso por Jesucristo, Vespasiano y tito dos años después de “revelado” el Apocalipsis, no dejaron en Jerusalén piedra sobre piedra (incluido el incendio del templo), y en el siglo IV, la Iglesia de Cristo, encargada por él de aplastar el Imperio Romano, se convirtió en la iglesia oficial del Imperio Romano.

He perdido el respeto a las profecías al ver que invariablemente fallan.

La redención de los pecados:

Se repite maquinalmente que Jesucristo vino al mundo a “redimir los pecados de los hombres”. El antiguo y el Nuevo Testamento demuestran que solo se proponía redimir “a los judíos” de las 12 tribus. Los pecados de los judíos es lo único que interesaba a Dios y a Jesucristo.

La condenación eterna de los extranjeros infieles es el “leit motiv” de la dulce religión cristiana. El Deuteronomio en el Cap. VII dice: “Cuando el señor Dios te introdujere en la tierra en que vas a entrar para poseerla y destruyere muchas gentes delante de ti, al Heteo, al Gergezeo, al Amorreo, al Cananeo, al Pherezeo, al Heveo, y al Jubeseo, siete naciones más numerosas que tú eres, y más robustas que tú y te las entregare, las pasaras a cuchillo, sin dejar uno solo (como hizo Franco en Badajoz). No harás alianzas con ellas, ni tendrás compasión de ellas. No contraerás matrimonio con ellos, ni darás a tu hija a sus hijos, ni tomaras a su hija para el tuyo. Antes bien los trataras así: derribad sus altares y quebrad sus estatuas y talad sus bosques y quemad sus esculturas. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor Dios tuyo. El señor Dios tuyo te escogió para que seas un pueblo peculiar entre todos los pueblos. No habrá entre vosotros estériles en ambos sexos, tanto en los hombres como en sus ganados. El Señor desterrara de ti toda dolencia y aquellas enfermedades pésimas de Egipto no las enviará a ti, sino a todos tus enemigos. Y además de esto enviara el señor Dios moscardones contra ellos hasta destruir y acabar con todos los que hayan huido de ti o podido esconderse. El mismo acabara a estas naciones a tu vista, poco a poco y por partes (Franco ametralló a los prisioneros). No los podrás destruir a todos al mismo tiempo, no sea como que se multipliquen contra ti las fieras de la tierra”.

El Dios que dictaba a Moisés estas disposiciones no era fiera.

¿De qué palabras de Jesús se deduce cuando habla de los hombres se refiere a todos y no exclusivamente a los judíos? Israel era una pequeña nación, en un pequeño territorio, y no encerraba seguramente, ni el 1% de la población del mundo, pero es lo único que interesaba a Dios y a Jesús.

Jesucristo no quería convertir a los gentiles: los condena al infierno, sin vacilaciones, sin juicio y sin apelación. Los nombres de los infieles no aparecen en el Libro de La Vida que se exhibirá el día del juicio final, y no serán juzgados, serán arrojados directamente con Satanás, el Anticristo y Nerón al estanque de azufre encendido.

Me pregunto a menudo: ¿cómo pueden los católicos creer en tantas pamplinas? Hay que tener un criterio más amplio, más humano y más sincero, y por eso no es posible aceptar que el Papa León XII hace 50 años exigiera a la clase proletaria la suspensión de sus reivindicaciones en espera de las recompensas celestiales.

 La moral no es propiedad de ninguna religión:

No les basta a las religiones monopolizar el cielo para sus adeptos; reservan también para ellos el monopolio de la moral sobre la tierra. No se toman, por supuesto, el trabajo de averiguar  que principios morales contienen las otras religiones. Si compararan, estudiaran o entendieran, no serian sectarios. Sin sectarios se arruinaría la iglesia, a ellos les basta con que le catecismo de Spirago o de Astete, o el sermón del padre X les aseguren que la moral de las otras religiones “degrada al hombre”.

Para ellos la civilización de Occidente es obra exclusiva de su doctrina, así se haya alcanzado en lucha contra la Iglesia, y los milagros católicos son ciertos, mientras deben considerarse vulgares supercherías los de las otras religiones.

La historia rectifica todas las aberraciones del sectarismo, pero los curas y los beatos no aprenden historia en general o no les aprovecha la que estudian. La comparación de los principios morales del cristianismo, del budismo, del confusísimo y el mahometanismo muestran una semejanza impresionante.

El budismo:

Buda, cuyo nombre era Gautama, o bien Sakya Muni (hijo del jefe o rey del clan de los Sakyas), paso su juventud en la abundancia y el lujo, y como todos los hindúes, creía en la trasmigración del alma.

La creencia en la metempsicosis, tan difundida en la antigüedad, parece a los católicos absurda y grosera, pero ellos creen en la resurrección de los muertos y en la bienaventuranza eterna de los resucitados.

Unos y otros están sin duda equivocados, lo que interesa destacar es que ambas hipótesis religiosas son de la misma clase, y ambas escapan de la comprobación experimental. Tan arbitrario es afirmar que la supuesta alma de un budista se instalara después de su muerte en el cuerpo de un águila, león o paloma, como suponer que la supuesta alma de un cristiano se instale en el limbo subterráneo en espera de un juicio final, o que el alma de un mahometano concluya en el paraíso de Mahoma al arrullo de las huries de ojos verdes.

Skya Muni sintió un día penetrado su espíritu por el desconsuelo que le causaba la contemplación de la miseria y la pequeñez del hombre. La pobreza del mayor numero, la enfermedad, el dolor y la muerte, trazaron una profunda huella en su animo, tal es así que una noche abandono la cuidad de Kipalavastov, en compañía de su cochero, y se dirigió a las proximidades del enorme Himalaya, donde comenzó su vida profética.

En el camino cambio sus ropas por los harapos de un  mendigo, y desde ese momento vivió miserablemente en los campos y en las selvas, refugiado en chozas de junco, comiendo los mendrugos que le arrojaba la limosna y predicando sin descanso, hasta su muerte, su buena nueva.

Quiere Sakya Muni alcanzar la inteligencia trascendente, la inteligencia perfecta, que consiste en “la paz del alma”, y esta se obtiene mediante la extinción de todos los deseos y del pensamiento mismo: el nirvana. Doctrina inspirada en antiquísimas y confusas tradiciones hindúes.

Como Jesús, Skya Muni buscaba sus discípulos entre los pobres y los pecadores, sin que esta preferencia asumiera los caracteres del odio implacable a los ricos y felices que llevo al profeta Nazaret a decirles: “los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de Dios”, Skya Muni no habla jamás en ese tono; ignora el odio y la ira, y su predicación no es demagógica bajo ningún aspecto.

La religión de Sakya era atea y no tenía culto, no sacerdotes, ni mitología alguna, lo que ha llevado a Burnouf (uno de sus más distinguidos expositores  occidentales) a decir: “hay pocas creencias que reposeen sobre un numero de dogmas tan pequeño  e impongan al sentido común los sacrificios”. El Loto de la Buena Ley, libro sagrado, dice que el primer paso para ser guía del mundo es no reconocer a los dioses. Los budistas creen que los dioses escuchan a Buda y les forman cortejo.

Esa religión de nihilismo, anterior a 500 años a Jesucristo, no podía subsistir en su pureza filosófica inicial, y sucedió con ella lo que ha sucedido con el cristianismo autentico de Jesús. Después de expandirse sobre casi toda el Asia, la doctrina se corrompió, porque era insuficiente para el vulgo, y fue mancillada por las supersticiones y por el culto de los ídolos. La semejanza con el proceso de la evolución materialista del cristianismo aumenta cuando aparece el clero budista, como apareció el clero cristiano, y hace de Buda un Dios.

Y así como el catolicismo llego a ser la religión oficial del Imperio Romano, después que hubo cambiado totalmente de carácter, el budismo recibió también la consagración de los reyes. El rey Asoca, en el tercer siglo anterior a Cristo (400 años después de la muerte de Buda), adoptó el budismo,  y el rey Kalinga, que sentía algunas dudas a su respecto, exigió, antes de hacer igual cosa, que su padre, fallecido, se le apareciera a revelarle la verdad. La aparición se realizo y el rey depuso sus dudas. ¿Cómo puede el señor Franceschi, creyente en los milagros no hacerse budista después de una prueba tan contundente?.

Buda es Dios:

A este respecto H. G. Wells dijo en “Esquema de la historia” lo siguiente: “Hombres que se avergonzarían de mentir en la vida ordinaria se convierten en impostores y embusteros sin escrúpulos cuando se entregan a una labor de propagandistas; éste es uno de los absurdos más inexplicables de la naturaleza humana. Almas honradas hablan ya al auditorio de los milagros que concurrieron al nacimiento de Buda (igual cosa sucedió con Jesús y Mahoma). Ya no le llamaban Gautama, nombre demasiado familiar, y hablaban de sus proezas juveniles y de las maravillas de su vida cotidiana, para concluir en una especie de iluminación de su cuerpo en el momento de su muerte. Por supuesto, era imposible tener a Buda por hijo de un padre mortal (¡manes del carpintero Jose!). Le concibió milagrosamente su madre soñando con un hermoso elefante blanco (nótese que ya no era aquel rico que abandono sus riquezas). Antes, el mismo fue un elefante maravilloso con seis colmillos que generosamente se los regalo a un cazador necesitado y hasta ayudo a que se los aserrara, así sigue su historia magnificándose”. Forjóse una mitología en derredor de Buda y se descubrió que había sido un dios aun cuando el no lo supiese.

En un discurso dictado por el profesor Pareto en la Universidad de Lausana encuentro una cita tomada del “Viaje a Tartaria”, del padre Huc. En esta cita, que será grata al señor presbítero, el padre Huc señala las curiosas semejanzas existentes entre los cultos católico y budista, y dice: “La cruz, la mitra, la dalmática, la capa  pluvial que los grandes lamas llevan en los viajes o cuando celebran alguna ceremonia fuera del tempo, la salmodia, los exorcismos, el incensario, el rosario, el celibato eclesiástico, los retiros espirituales, el culto de los santos (¡ojo!), los ayunos, las procesiones, las letanías, el agua bendita. He aquí cuántas relaciones tienen con nosotros los budistas”

¡Y pensar que no obstante esas notables semejanzas los lamas y sus fieles habrán de irse al infierno!.

La paz del alma:

La corrupción fatal de las ideas filosóficas iniciales de la religión de Buda no implicó la desaparición de las características que le permiten afrontar la comparación con las normas morales de cualquier otro credo y con las máximas del Evangelio. El pueblo la siguió considerando una religión de misericordia y amor, de una dulzura infinita. Después de 1500 años de existencia, en el siglo X de nuestra era, paso del ateísmo al teísmo y hoy la idolatría ha llegado a extremos más groseros.

Las inscripciones mandadas a grabar en piedra por el rey Piyadisi (Inscripciones de Piyadisi, págs. 181-182. Citadas por Renán), para edificación de sus súbditos, lo atestiguan y muestran hasta que punto llegaba bajo el budismo la libertad de cultos y el respeto por la libertad de pensar, que han sido objeto de tan feroz intolerancia y de tantos atentados de parte de la Iglesia católica.

“El rey Piyadisi –dice una de las inscripciones-, caro a los debas, desea que todas las sectas puedan habitar en todos los lugares, porque todas se proponen el sometimiento de los sentidos y la pureza del alma”. “El que exalta su propia secta –dice otra-, desacreditando a las demás, lo hace, sin duda, por adhesión a su propia secta, en la intención de ponerla en evidencia; y bien: obrando así asesta los golpes más rudos a su propia secta. Sólo la concordia es buena y todos deben escuchar y complacerse en escuchar las creencias de los y unos y de los otros”.

Estas viejas inscripciones budistas, tan dignas de admiración, contrastan con la intolerancia insoportable del oscurantismo católico, que no habría permitido la libertad de cultos en ninguna nación de las llamadas católicas si hubiera podido.

El confusíonismo:

Pasemos a Confucio, filosofo moralista que tampoco se pretendió ser un Dios. No fue un asceta, ni un vagabundo, ni un alucinado. Fue un hombre ilustrado y austero, unas veces afligido por la pobreza y otras veces consejero de los emperadores.

Como Sakya Muni, no cree en un Dios único y personal, parecido al de los cristianos, un Dios de verdad, iracundo e implacable.

A diferencia de Jesús que no escribió jamás una línea, su libro “Chou King” es llamado hasta hoy por su pueblo “El libro por excelencia” y a él, los chinos no le llaman profeta, ni Dios, ni hijo de Dios, sino “El instructor más grande del genero humano que han producido los siglos”.

En el párrafo séptimo del Capitulo “Kao Yao” se lee esta máxima: “Lo que el cielo ve y entiende no es sino lo que el pueblo ve y entiende”. “Mi doctrina es simple y fácil de penetrar”, y uno de sus discípulos agrega: “La doctrina de nuestro maestro consiste únicamente en poner rectitud del corazón y amar a su prójimo como a sí mismo”. Nótese que esta expresión es anterior en 500 años a Jesucristo.

Confucio no presenta su doctrina como propia, sino como una herencia tradicional que debe transmitirse a la posteridad, a la cual él llama “Los cuatro Libros de la Filosofía Moral y Política”.

La moral de Confucio en nada desmerece a la del evangelio y es mas practica y practicable. No se refleja en hermosas parábolas, pero en cambio no esta afeada por tanta brujería, ni el libro del que emana esta plagado de incoherencias puestas en boca de Jesús, tan desconcertantes, que alguna vez hicieron creer que los discípulos que Jesús estaba loco y lo indujeron a sujetarlo. Lo dice San Marcos en el versículo 21 del capitulo III: “Y cuando los suyos oyeron, salieron para sujetarlo y decían: se ha vuelto loco”. El versículo 22 agrega: “Y los escribas que habían vuelto de Jerusalén, dijeron: Esta poseído por Belcebú y, por obra del príncipe de los demonios, expele demonios”.

Alah y su profeta:

Pasemos al mahometanismo y su moral.

Mahoma vivió 1100 años después de Buda y 1000 después de Confucio, y 600 después de Jesucristo. Es un hombre. Se conforma con ser el profeta de Alah y no pretende ser Dios. De todos los fundadores responsables de religiones, solo Jesús habría pretendido pasar por Dios, si es que lo hubiera pretendido.

Mahoma era un joven pobre y se caso con Khadidja, viuda rica. El galán tenia 35 años y la viuda 40, lo que para una mujer en Arabia equivale a 50 en occidente, pero los camellos y las ovejas numerosas de Khadidja equilibraban la situación. Solo después de los 40 años tentó a Mahoma el papel de profeta.

Su religión no es teológica; por el contrario, es sencilla y de fácil comprensión. Es monoteísta, absoluta. “Busca un refugio en Dios”, son sus palabras.

El Corán es una curiosa mezcla de preceptos tomados de todas partes y en primer termino de la Biblia. Se incorpora íntegramente el Pentateuco “descendió de lo alto”. Mantiene el concepto del Dios del Deuteronomio: “Dios es poderoso y vengativo”, dice el versículo 3 del capitulo III. En el Corán habla directamente Alah y no Mahoma. El nombre de Jesús esta en todos los versículos del evangelio y el de Mahoma no es mencionado en el Corán.

La moral del Corán es tan elevada como la de cualquier otra religión: “felices los creyentes que oran con humildad, que evitan los pensamientos deshonestos, que hacen limosnas, que saben contener sus apetitos carnales”, dice. “Oh de vosotros, oíd mis palabras y entendedlas. Sabed que todo musulmán es hermano de los demás musulmanes. Todos son de la misma calidad”. “Si los infieles se convierten, son hermanos en religión” (versículo 2, capitulo IX).

“Cuando dos naciones de creyentes se hagan la guerra, tratad de reconciliarlas. Si una obra con iniquidad respecto de la otra, combatid a la que obra injustamente, hasta que vuelva a los preceptos de Dios. Si reconoce sus culpas, reconciliadla con la otra, según la justicia. Sed imparciales, pues Dios ama a los que obran con imparcialidad. Pues los creyentes son todos hermanos, arreglad las diferencias de vuestros hermanos y temed a Dios, a fin de que tenga piedad con vosotros” (versículo 9, capitulo XLIX).

Condena la hipocresía enérgicamente. El versículo 7 del capitulo II, parece escrito contra los fariseos y contra los beatos profesionales del catolicismo: “hay hombres que dicen “creemos en Dios y en el ultimo día” y, sin embargo, no son creyentes”. “Buscan engañar a Dios y a los creyentes, pero solo se engañan a sí mismos y no lo comprenden”.

Las mujeres tienen un sitio de distinción en la moral islámica, aun cuando el versículo 38 del capitulo IV dice: “los hombres son superiores a las mujeres en razón de las cualidades que Dios les ha dado”, pero advierte a los hombres: “tenis derechos exigibles de vosotros. A ellas incumbe no violar la fe conyugal, ni cometer acto alguno que falle manifiestamente al decoro, lo cual, si ellas lo hicieron os da autoridad para encerrarlas en departamentos separados y azotarlas, aunque no severamente. Pero si se enmiendan vestidlas y alimentadlas de manera apropiada. Y tratad bien a vuestras mujeres porque están con vosotros como cautivas y prisioneras y no tienen poder sobre nada de lo que a ellas les pertenece. Y vosotros las habéis tomado verdaderamente en la seguridad de Dios y habéis hecho a sus personas legales en las vuestras mediante las palabras de Dios”.

“Y vuestros esclavos –agrega-, ved que se alimenten con el mismo alimento que vosotros tomáis y vestidlos de la misma tela con que os vestís; y si cometieran falta que no os sintáis propensos a perdonar, vendedlos, porque son los ciervos del Señor y no han de ser atormentados”. “El hijo pertenece al padre y el violador del lazo matrimonial será lapidado”.

El Corán tienen 114 capítulos y millares de versículos; es un código para todas las relaciones de la vida y no una composición estricta y estrechamente religiosa y teológica, ni un catalogo de profecías y milagros, como los evangelios. Adora un Dios único a semejanza de los Judíos, pero ese dios no es exclusivo de los árabes.

Muerto Mahoma se formó la leyenda de su divinidad exactamente como sucedió con Buda y Jesús. Para los mahometanos es un hecho tan indiscutible como la multiplicación de los planes para los católicos, que en el mundo se conmovió cuando nació el profeta: el palacio de Cosröes se desplomó; el fuego sagrado se apagó, el lago Sawa se secó y Amina, la madre de Mahoma, durante el embarazo seño que una luz extraordinaria brotaba de su seno e iluminaba al mundo.

Mahoma a semejanza de Buda y de Jesús, no creyó necesario el culto fastuoso, ni el clero profesional para que los creyentes adoraran a Alah. Es admirable ver como los tres reformadores, a una distancia de 1200 años entre el primero y el ultimo, coinciden en el desdén por el clero profesional.

¡Cuanta razón tenían! Pero el mahometanismo lo desterró definitivamente, junto con los ídolos que pululaban en las mezquitas, mientras que el budismo y el cristianismo lo reestablecieron. El mahometanismo tiene predicadores y doctores del Corán, pero no tiene clérigos.

El mahometanismo espera también el juicio final, porque como se mencionó, esta impregnado de conceptos bíblicos. “Verán a Dios cuando el cielo se abra” dice. En su versión del paraíso tiene mas seriedad que el delirio paranoico del Apocalipsis y describe las delicias que aguardan allí a los creyentes bienaventurados.

La civilización y las religiones:

Arguyen los católicos con el hecho de las naciones cristianas son las mas civilizadas de la tierra, y lo atribuyen a la influencia de la religión, lo cual es evidentemente un error.

Lo prueba elocuentemente un hecho histórico: Grecia y Roma alcanzaron un grado de civilización maravilloso (que bajo algunos aspectos no ha sido superado) muchos siglos antes de la era cristiana, adorando ídolos y creyendo en oráculos, profesando la mitología que todos conocemos hoy.

La India, China, Egipto, Persia y el imperio asirio alcanzaron también una gran civilización en el mundo antiguo.

Es mas, el Papa prohibió en España que se discutiera el sistema de Copérnico, y la inquisición hubo de quemar a Galileo porque se permitía contradecir a la Sagrada Biblia.

Los milagros del Diablo:

Le han conferido al diablo la facultad de realizar milagros. Hay, pues, dentro de los dogmas milagros de Dios y milagros del Diablo, pero todo queda en familia; lo grave sería reconocer el poder milagroso a un dios mahometano o Budista.

Según San Pedro el Diablo hizo que Simón el mago volara sin aparato en el anfiteatro romano, es decir, que Simón se valía precisamente de los milagros que hacia a vista y paciencia de Dios para combatir a los católicos.

La existencia del diablo es algo que no tiene pies ni cabeza, y, sin embargo, lo atestiguan el antiguo y nuevo testamento. En otras religiones hay genios de mal y furias destructoras, pero ninguna de ellas han sido creados por un Dios omnipotente, omnisciente y misericordioso.

Nunca se ha logrado explicar satisfactoriamente que razones movieron a Dios cuando se le ocurrió crear al Diablo y por qué no lo liquidó cuando se dio cuenta de lo que estaba tramando, de que se estaba revelando. Si no lo hubiera creado, el hombre no habría sido tentado por el mal, de manera que el único responsable por los pecados del hombre es el Dios de los católicos, que encontró excelente la idea de crear al Diablo. En el fondo, a los católicos no les desagrada que se pueda pecar y le queman incienso a Dios y le entonan himnos y oraciones.

Los Santos del señor Franceschi:

El señor presbítero insiste nuevamente sobre el culto de los santos milagrosos, y dice: “En cuanto a que el culto de los santos sea idolátrico presento las siguientes reflexiones a cualquier persona serena. El ídolo es considerado como Dios, se le rinde culto por su valor intrínseco. Ahora bien, la Iglesia enseña que las imágenes no son más que un memorial, un recuerdo como lo puede ser una fotografía de nuestra madre o del bronce de un héroe nacional”.

Lo que acabo de transcribir es una argucia, pues la Biblia prohíbe en absoluto hacer imágenes o estatuas de cosa alguna que este en el cielo o la tierra o en las aguas y rendirle culto. En el Deuteronomio capitulo V versículo 8 y 9 dice: “No te harás estatua ni imagen de cosa alguna de las que están arriba en el cielo o abajo en la tierra, ni las que habitan en las aguas debajo de la tierra”. “No las adoraras, ni les darás culto, porque yo el Señor Dios tuyo, Dios celoso que hago caer la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me aborrecen”.

¿Cómo puede sostener el señor Franceschi que la Iglesia respeta esa prohibición divina cuando fabrica imágenes y estatuas, levanta altares en templos y les rinde culto, cubriéndolos de ofrendas en testimonio de los milagros que ha realizado? Yo manifesté que el culto a los santos milagrosos es contrario al espíritu y a la letra del evangelio, los cuales no han pretendido subsistir a la ley hebraica, sino cumplirla.

La imitación en materia de ritos:

El señor presbítero pregunta ¿de dónde nace el estilo del Apocalipsis (debió preguntar de dónde nace el Apocalipsis mismo) que tan extraño parece al doctor de la Torre? Y, por toda explicación, dice “que corresponde a una técnica netamente oriental y hebrea”. Pero la cuestión no es tan sencilla.

En el caso del Apocalipsis no se trata solamente de una imitación de estilo; el Apocalipsis (pretendida revelación directa de Jesús fraguada visiblemente por un escriba y adjudicada a un apóstol), no es sino una copia, o, por lo menos, una imitación o adaptación de visiones fabulosas originarias de la India y muy comunes allí.

Juan el Apóstol, no vivía en Palestina, vivía en Asia Menor, y el autor verdadero del Apocalipsis sería de esos mismos alrededores, donde la literatura milagrera hindú, llegaba y era utilizada ampliamente por judíos y cristianos.

No es sólo la forma del Apocalipsis, como piensa el señor Franceschi, sino también el fondo, lo que evidentemente ha sido tomado o adaptado de leyendas y visiones hindúes aprendidas en la biblioteca de Alejandría.

Otra vez el año mil:

No puede extrañarme que siga todavía en su tercer articulo el señor Franceschi pidiendo que yo exhiba el texto de un decreto pontificio que jamás he invocado, si lo he visto tergiversar el texto de los versículos del Evangelio. No va a tener más respeto por mí que por ese libro santo.

Pero no puedo aceptar que oculte la situación que soportaba la Iglesia en los tiempos en que se creyeron anunciadores del fin del mundo, porque ella es inseparable de la cuestión misma. La iglesia atravesaba una situación de extrema decadencia moral y como las profecías del Apocalipsis y de los Evangelios anunciaban calamidades excepcionales al aproximarse el fin del mundo, los escándalos inauditos que daban los Papas y los obispos inducían a los católicos a pensar en que se iba a cumplir la profecía.

Esa época desgraciada culminó en el pontificado de Benedicto IX, entre los años 1033 y 1048. Está dicho todo a los efectos de dar una medida de la corrupción de la Iglesia en aquel momento, recordaremos que Benedicto IX fue consagrado Papa a los 12 años (aunque algunos pretenden a lo 16), porque la familia de los Condes de Túsculo no disponía de otro representante de que valerse y elevó al solio pontificio a una criatura adornada por Dios de todos los vicios imaginables.

El pueblo, la masa de fieles que esperaba el fin del mundo, indignada con esos espectáculos, y no del clero simoníaco, se alzó contra Benedicto obligándolo a huir de Roma, pero el emperador Conrado II lo repuso.

Lo único que podría argüir el señor Franceschi en desmedro de la profecía del fin del mundo en aquella época, es que el mundo no se acabó, pero eso no quiere decir que los fieles no hubieran esperado la catástrofe en una situación que consideraban, con razón, espantosa. Continuó en la misma forma infinidad de años, hasta que Lutero y la Reforma, trajeron un mejoramiento después de los escándalos formidables de los Borgia. Otro Benedicto, Benedicto XI, fue envenenado por un franciscano.

Mi pretendido odio a la Iglesia:

“El doctor de la Torre niega que odie a la Iglesia; si no tuviera más que desdén por ella, como lo pretende, no hablaría con el tono que lo hace, procurando de todas las maneras zaherirla, ofender a los fieles, cubrirla de ludibrio. Y no somos tan olvidadizos de la orientación dada por él al Partido Demócrata Progresista, que fue de abierta lucha contra el catolicismo. Hasta el nombre de Dios quiso hacer suprimir de la Constitución Provincial”.

Soy poco considerado, efectivamente, con el milagro, sea que pretendan hacerlo los católicos o los budistas, y si eso significara que odio a los católicos, debería significar también que odio a los budistas, lo que no ha de ocurrírsele ni al señor presbítero.

En cuanto a que el Partido Demócrata Progresista haya seguido una política “de abierta lucha contra el catolicismo” es otra invención que no hace honor al señor Franceschi y no la puede probar, porque es una invención. No actuarían con honor en una situación perfectamente cómoda, católicos notorios en el Partido Demócrata Progresista, si la afirmación irresponsable del señor presbítero fuera cierta; no estaría hoy mismo en el Congreso el diputado demócrata progresista el doctor Luis María Mattos (diputado reelecto), si la afirmación irresponsable del señor presbítero fuera cierta; y, por ultimo, no habría sido gobernador de Santa Fe, elegido por el Partido Demócrata Progresista, el doctor Luciano F. Molinas, si la afirmación irresponsable del señor presbítero fuera cierta.

Pruebas a granel:

Yo procedo en mi vida ordinaria dentro de la más absoluta indiferencia en materia religiosa. Voy a los templos católicos cuantas veces tengo necesidad u objeto en ir; voy a casamientos, funerales, bautismos y no me horrorizo, ni creo que mis opiniones me lo impidan. Cumplo así obligaciones sociales correctamente.

Y he hecho algo más; los vecinos del pueblo Barrancas, en Santa Fe, encontraron que el sitio indicado para edificar la Iglesia era un terreno de mi propiedad, en parte, situado en frente a la plaza y me pidieron que se los donara con ese fin. Yo, fundador del pueblo, no había construido iglesia, pero jamás me opuse ni podía oponerme, a que los vecinos la construyeran. Cuando me hicieron el pedido les dije: Ustedes saben lo que pienso, pero me inclinaré democráticamente ante la opinión publica y les donaré mi parte del terreno a fin de complacerlos. La Iglesia se ha inaugurado hará cosa de tres meses.

Pero no concluye ahí mi docilidad. Tengo ahora en mi poder, de fecha 3 del corriente mes de septiembre, una carta del cura don Javier M. Castro, en la que, invocando mi bondad que él reconoce y el señor Franceschi niega, me pide una nueva donación de otro lote con el objeto de fundar un colegio-asilo para niños pobres. No le he contestado aún, por no hacer méritos ante la Iglesia en el transcurso de esta polémica y espero que el señor cura tendrá la deferencia de no atribuir mi silencio a descortesía. Pero no niego que la situación no es cómoda para mí, puesto que reputo mala la educación confesional y desearía que sólo existiese la enseñanza laica impartida por el Estado. Sin embargo, cuando el Estado tiene los caracteres que muestra entre nosotros, las escuelas laicas son prácticamente escuelas confesionales; y por añadidura las aulas no alcanzan para todos los niños analfabetos. Entonces, entre que un niño no sepa leer ni escribir o que le enseñen que Jonás vivió tres días en el vientre de una ballena y que Jesús caminaba sobre las aguas de un lago, prefiero que el niño aprenda a leer y escribir y me inclino a darle el terreno al señor cura. Y no lo haría por interés personal en el progreso del pueblo porque ya me quedan allí muy pocos terrenos.

En paz con mi conciencia:

No sabe el señor Franceschi que yo no me desprendí, hace ya muchos años, de las creencias religiosas de mi infancia, sin una honda emoción, sin ese desgarramiento íntimo que han sentido tantos hombres de verdad, en una hora solemne. Yo habría continuado creyendo si a mi razón le hubiera sido posible no ver el absurdo.

La afirmación de que la gracia divina no desciende, sino sobre las cabezas de los que creen, es una de las tantas teologías que ha inventado la Iglesia para fundar en ellas la “revelación”.

Maritain, tomista ortodoxo formidable, que, como tal, cree en los milagros, dice en su libro “Primauté du Spirituel” que Dios interviene en los actos particulares de los hombres con tanta delicadeza que su intervención no se percibe.

Si no se percibe ¿cómo puede él afirmar que interviene?. De ahí la teología con todas sus ridiculeces, sutilezas y insinceridades.

Si Jesús resucitado en vez de aparecer ante discípulos que no necesitaban reforzar su fe, se hubiera aparecido a Pilatos y a Caifás y les hubiera dicho que eran dos canallas; o bien, si en vez de resucitar a un desconocido como Lázaro, hecho de que se tuvo noticia por el Evangelio de San Juan 60 años después del hecho, hubiera resucitado a San Bautista, decapitado a pedido de Salomé, el cristianismo se habría consolidado instantáneamente y se habrían suprimido millares de victimas.

Yo no soy materialista; yo creo en la eternidad, y tal vez en la divinidad del Universo, donde el hombre es un átomo insignificante. Llámese panteísta o como se quiera; no hago cuestión de las palabras; pero hago cuestión de que las religiones positivas y milagreras son una caricatura de la divinidad . Dios ha de encontrarse en todas partes menos en los altares.

IV

Réplica al artículo de Mons. Franceschi titulado: “Los procedimientos de un polemista”.

Un nuevo artículo del señor presbítero ha venido a agregarse a los anteriores. Abandonando la moderación relativa del que lo procedió, reaparecen en éste las características personales del manso cordero del Señor. Pero la irritabilidad intempestiva es una prueba de inferioridad, y yo no he de malograr la posición magnifica que tengo en esta polémica para seguirlo al terreno adonde me quiere arrastrar. Le dejo el monopolio de las groserías, sin perjuicio deponer las cosas en su sitio y llamarlas por su nombre, cuando me ocupe de los pretendidos cargo

Un cuadro sinóptico:

1) La Iglesia condena en la actualidad “la lucha de clases”, pero ella fue iniciada, según los Evangelios, por Jesucristo, cuando dividió la sociedad en pobres y ricos y destinó los ricos al infierno y los pobres al cielo, nada más que por ser pobres. El señor cura no lo ha negado y el que calla otorga.

2) Las encíclicas papales recuerdan a los proletarios que serán recompensados en el cielo, pero esa promesa oculta un engaño, puesto que el cielo, de acuerdo con las profecías de Jesucristo y con los demás libros sagrados, estará cerrado hasta que Jesucristo baje del cielo en una nube (que no bajará) y después de reinar 1.000 años en la tierra (que no reinará) presida la realización del Juicio Final en el valle de Josafat. El señor cura abrumado por mi demostración, que es de una verdad indiscutible, se ha quedado como en misa.

3)      Los más grandes teólogos sostiene que el cielo no se abrirá por ahora, ni para recibir a los niños no bautizados pues el Diablo, según Bosset (que coincide con San Agustín), se mete en el vientre de las mujeres encintas y lo infesta. El señor cura ha asentido ampliamente con el silencio.

4)      Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento prohíben hacer imágenes de cualquier clase, no obstante lo cual desde el siglo II hasta la fecha, los templos católicos son un muestrario de santos, imágenes y reliquias milagreras y de ofrendas y baratijas que dan testimonio de los milagros realizados. Lo acepta el señor cura.

5)      El pontificado romano no comenzó con San Pedro en el año 42, como pretende la Iglesia. La presencia de San Pedro en Roma es una leyenda sin pruebas, cuya verosimilitud sólo se basa en el hecho de que a partir del año 63 (más o menos) se pierden los rastros de San Pedro y de su mujer en Palestina y se admite como posible que dada la rivalidad que mantenía con San Pablo, se fuera a Roma e su seguimiento, con el propósito de contrarrestar personalmente su propaganda y allí pereciera oscuramente, junto con los numerosos cristianos masacrados en tiempo de Nerón. Consta que San Pedro no fue pontífice, ni los hubo hasta cerca del tercer siglo. El señor cura acepta con silencio.

6)      Jesucristo concibió una religión sin sacerdocio profesional y su odio a los ricos era extensivo a los frailes de toda clase; les decía: “raza de víboras”. Aceptado por el señor cura.

7)      Tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento el cielo pertenece exclusivamente a las 12 tribus de Israel. El Juicio Final será el juicio de los componentes de las 12 tribus. Jesús era contrario al ingreso a su iglesia de los paganos y no circuncisos. Quería que la Ley Hebraica fuera mantenida. Aceptado también.

8)      La situación de las almas de los millones y millones de seres que nacieron y murieron antes de la aparición de Jesucristo no está considerada en los libros sagrados, ni lo ha sido posteriormente por la Iglesia. Lo acepta el señor cura.

9)      Jonás habría estado vivo tres días en el vientre de una ballena y el señor presbítero lo cree como presbítero, aunque no como miembro del Club de Pescadores.

10)  El señor cura fue a España para congratular el general Franco, sabiendo que el movimiento sedicioso que dirige ha consumado asesinatos y fusilamientos de la más refinada barbarie. Aceptado por el cura.

En realidad son 19 en total los puntos, pero creo haber resumido los más importantes.

La originalidad de los libros sagrados:

Cada vez que el señor Franceschi intenta rectificar una de mis afirmaciones es para su desdicha. Se podría creer que en esta polémica la divina providencia en vez de acompañarlo, me acompaña a mí. Mete el dedo invariablemente donde yo necesito que lo meta.

Si se prueba que tanto el Antiguo Testamento como los Evangelios lejos de ser obras originales de Moisés y Jesucristo son plagios de la India, desaparece el origen divino que les atribuye la Iglesia Católica. Esto acarrea grandes consecuencias.

La religión india, según la Iglesia Católica, tiene una doctrina falsa, propia de infieles. ¿Cómo se explica entonces que la Biblia y los Evangelios hayan sido extraídos en casi su totalidad de las leyendas de los Vedas, de las leyes de Manú, de las fábulas de Christna y de la vida de Buda?.

Eugenio Foucaux publicó la primera traducción en francés del Lalitavistara o vida de Sakya Muni, el llamado evangelio del budismo. Desde que se conoció la primera traducción se advirtieron semejanzas extraordinarias con el Evangelio cristiano, reveladoras de un origen común.

¿Se habrá inspirado el Evangelio en el Lalitavistara o viceversa? Lo segundo es insostenible, dada la indudable mayor antigüedad del libro indostánico.

¿Podría tratarse de una simple coincidencia? A medida que se fueron traduciendo y estudiando los Sutras, los Vedas, las leyes de Manú y las leyendas de Christina, Vischnú y buda, las semejanzas con el nuevo y el antiguo testamento se reprodujeron, y se alejó de toda posibilidad de una mera coincidencia.

Esta dicho todo con la comprobación no ya de la identidad de las fábulas de la creación del mundo, del Paraíso Terrenal y el Diluvio, sino con el hecho de que Eva se llama Heva en la leyenda india, y Adán se llama Adima. El Paraíso no solo se diferencia en que esta situado en la isla de Ceilán en lugar de estarlo en la Mesopotamia y en el Diluvio no faltan ni la paloma que el santo Vaivasvata, correspondiente al Noé bíblico, suelta después de la cesada lluvia y esta vuelve con los pies mojados.

A la altura que han llegado hoy los estudios de mitología indo cristiana comparada, nadie puede sostener seriamente que los 5 libros del Pentateuco sean una obra original de Moisés (digo esto sin hacer merito de la patraña de que Dios por intermedio del Espíritu Santo habría trasmitido a moisés el contenido del libro). De los estudios a que aludo, se deduce que tanto el nuevo como el antiguo testamento (salvo la parte relativa a la  historia de Israel) son copias o plagios de los libros de la india, con las variantes exigidas por el tiempo y el ambiente.

Esto se hace tanto más explicable recordando que los judíos parecen originarios de la india, de donde pasaron al país de los Caldeos y solo después de muchísimos años fueron conducidos a Palestina por Abraham, vecino de Ur, capital de la Caldea. Nada de extraño tiene que llevaran consigo todo el acervo de la mitología indostánica y lo conservaran por tradición oral (como los propios hindúes) hasta su redacción en el Pentateuco.

El Profesor Franz Griese, sacerdote católico que dejo los hábitos hace 12 o 13 años (téngase en cuenta que el libro que están leyendo se imprimió el 18 de marzo de 1973), ha producido un libro concienzudo que llega a conclusiones irrefutables llamado “El cristianismo ante la Nueva evolución del mundo” que son las siguientes:

  • Creación del Mundo (Texto de Manu  -1.5-):

Todo este mundo estaba en otros tiempos disuelto en la no existencia, en oscuridad. Pero cuando llego la hora de despertar apareció Él… Él estaba en luz envuelto y disipo la oscuridad… Decidió crear todas las criaturas y puso en las aguas el germen de toda la vida. Al agua la llamo Nara y al espíritu creador Narayana (el que se mueve sobre las aguas).

  • Génesis 1, 1. Texto de la Biblia (creación del mundo):

Al comienzo creo Dios1 el cielo y la tierra. La tierra estaba desierta y vacía; la oscuridad cubría el abismo y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Y Dios dijo: hágase la luz, y la luz se hizo.

1 El texto de la Biblia dice Elohim, que significa Dioses y no Dios. Sin embargo, el verbo esta en singular. Sin duda se trata aquí, o bien de una reminiscencia de la Trinidad de la India, o bien del bisexualismo común a dioses y hombres en la mitología india.

  • Adima y Heva – “Prosada” (Libro de los Libros):

Según la leyenda de este libro indio, Dios creó a Adima (el primer hombre) y a Heva (deseo ardiente), en la isla de Ceilán y les prohibió abandonarla. Después del primer encuentro de Adima con Heva, sigue la primera noche coronando su felicidad y sigue un tiempo de constante alegría. Pero el príncipe Rackesa, espíritu del mal, induce a Adima a abandonar la isla para entrar en un país sumamente hermoso que les muestra. Heva no quiere, por temor a Dios. Pero Adima la convence de que le acompañe para ver, aunque sea por un momento. Llegan al final de la isla y Adima pone a Heva sobre sus hombros para llevarla sobre aquellas rocas, que hoy todavía llevan el nombre de Puente de Adima, al país deseado, pero no bien pisan la tierra firme, cuando se oye un trueno horroroso y desaparece la visión. Heva dice a Adima que pida perdón a Dios; y este les aparece y les perdona por la conducta de Heva. Solo que no pueden volver al paraíso y deben trabajar: “Vuestros hijos, dice Dios, me olvidaran, pero enviare a Vischnú, quien nacido de una virgen dará a todos la esperanza de una vida eterna”.

  • Adán y Eva (Génesis 2.7 y 3).

La Biblia cuenta que Dios creó a Adán de barro y le soplo en la cara el espíritu de la vida y a Eva la creo de una costilla de Adán. El paraíso de la Biblia es un pequeño jardín, en cuyo centro estaba el árbol de la vida, del saber y de la inmortalidad. En vez del espíritu del mal viene una serpiente y tienta a Eva y esta a Adán. Cuando han comido la manzana, ven que están desnudos, sin que haya relación alguna entre la desnudez y la manzana. Y cuando Dios lo cita a Adán echa la culpa a Eva, “la mujer que me diste de compañera me dio del árbol y lo comí”. Eva echa la culpa a la serpiente. Dios menos clemente que el Dios indio, condena a ambos a toda la posteridad y a la misma tierra por el pecado  “horroroso” que han cometido. No les da esperanza ninguna y solo les hace una túnica de pieles al echarlos del paraíso, en cuya puerta pone querubines con espadas, de las que no se dice donde fueron adquiridas.

  • El Diluvio – Hary Purana:

Nadie puede alterar mi indeclinable voluntad; los hombres serán extinguidos. Pero por amor a ti, seré bueno con la tierra que os lleva. Si se encuentra un solo grupo de hombres que merece crecer para formar un pueblo, este grupo y la tierra serán salvados de la destrucción. Vete, pues, porque pronto desencadenare todas las aguas sobre la tierra. Vischnú, la segunda persona de Dios, bajo entonces a la tierra y al país de Cayaconbdya: Allí dijo al santo Vaivasvata (el Noe del génesis): Levántate, toma tu hacha y sígueme con tus hijos hasta el próximo bosque. Busca árboles más fuertes, córtalos y construye de ellos un barco para tu gente y para ti. Deben también  haber lugar en él para una pareja de toda clase de animales y semillas de todas las plantas. Apenas había Vaivasvata cerrado el arca, cuando empezó la lluvia sin interrupción: los mares salieron des sus bordes y toda la tierra desapareció bajo las aguas. Esto duró días, meses y hasta años. Por fin termino el agua. El agua se detuvo en el monte Hijmavat (Himalaya). Entonces Vaivasvata abrió su mano y dejo volar una paloma, la que con pies húmedos volvió a la tarde. Entonces dejó volar un Rajiuvalaka y también él volvió con las alas mojadas. Entonces dejo volar dos grullas, volvieron a la tarde volando alrededor de la nave, pero no entraron. De nuevo dejo volar una paloma; a la tarde volvió volando con canto alegre y se dirigió al este; en su pico llevaba el tallo de la santa hoja de cusa…Vaivasvata hizo un sacrificio de gracia a los dioses y un sacrificio de bebida para las almas de los muertos, a los que la ira divina había alcanzado. Después tomo un chivo de lana roja que había nacido en el arca y lo mato sobre el altar y dijo: esta sangre sea el testimonio de la alianza eterna entre el cielo y la tierra.

  • El Diluvio (Génesis 6.6)

Y arrepintiese Dios de haber hecho a los hombres en la tierra y dijo: Destruiré los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia y el reptil y las aves del cielo, porque me arrepiento de haberlos hecho (que culpa tenían los animales de que Eva hubiese comido la manzana!). Empero Noe halló la gracia a los ojos de Dios y Dios dijo a Noe: el fin de toda carne ha venido porque la tierra esta llena de violencia, y mira, yo la destruiré con la tierra. Hazte un arca de madera de Gofer; harás aposentos en el arca y la embetunaras con brea por dentro y por fuera. Y de esta manera la harás: 300 codos de longitud y 50 codos su anchura y de 30 codos su altura…

Estableceré un pacto contigo y estarás en el arca tu y tus hijos y tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todo lo que vive, de toda carde dos de cada especie pondrán en el arca. En el año 600 de la vida de Noe, en el mes segundo, día 17, fueron rotas las fuentes del gran abismo y las cataratas de los cielos fueron abiertas y hubo lluvia sobre la tierra durante 40 días y 40 noches. Las aguas llegaron hasta 15 codos sobre los picos más altos. Y quedaron las aguas 150 días. Y Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y disminuyeron las aguas… Y reposó el arca en el mes séptimo, a los 17 días del mes, sobre las montañas de Armenia…Y al cabo de 40 días abrió Noe la ventana del arca que había hecho y dejó volar al cuervo, el cual salió yendo y tornando hasta que las aguas se secaron sobre la tierra. Envió también una paloma…Y no halló la paloma donde sentar su pie y volviese al arca…Y espero otros 7 días y volvió a enviar a otra paloma y la paloma volvió a él en la hora de la tarde y trajo una hoja de olivo en su pico. Y espero otros 7 días y envió una paloma la cual no volvió mas a él… entonces salió Noe… y edificó un altar a Dios y tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia y ofreció un holocausto en el altar y husmeó Dios el olor suave del sacrificio y dijo en su corazón: no volveré a maldecir la tierra por causa del hombre.

Estas extraordinarias semejanzas entre las leyendas sagradas de la India y las leyendas bíblicas a propósito de la Creación del paraíso Terrenal y del Diluvio, bastarían para comprobar que las segundas, siendo posteriores a las primeras en 8 mil o 10 mil año, son una simple adaptación de las tradicionales orales que los judíos emigrantes tomaron de la India o del país de los Caldeos y llevaron a Palestina.

Hay citas en el libro del profesor Griese al respecto del nuevo Testamento, en el cual el Dios indostánico es Christna, cuyo nombre ofrece una semejanza con el de Cristo.

Las leyendas remontan a la segunda época de los Vedas, es decir, 4.000 años antes de Cristo y 3.300 años antes de Buda. Veamos ahora algunos casos de plagio en el Nuevo Testamento:

  • El nombre de Christna (Athaeva Veda)

Dios dijo: “Le llamaras Christna”

  • El nombre de Jesús (Lucas 1.31)

Dios dijo: “Y le darás el nombre Jesús”

  • Christna nace de una virgen (Tradiciones Brahmanas)

Una tarde cuando la virgen rezó, sonó música celeste, la cárcel (estancia) se iluminó y Vischnú (segunda persona de la trinidad indostánica) apareció en el esplendor de su majestad divina. Devanaki (la virgen) cayó en éxtasis y después de haber recibido el Espíritu Santo concibió.

  • Jesús nace de una virgen (Lucas 1. 35)

Y respondiendo el Ángel dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la posteridad del Altísimo engendrara en ti, por lo cual también el Santo que nacerá será llamado Hijo de Dios.

  • Saludo de un ermitaño (Atharva Veda)

“Bendita tu Davanaki, entre las mujeres, bienvenida seas entre los santos Rihcis. Eres elegida para la obra de la redención; en tu seno el rayo del resplandor divino será hombre y la vida se burlara de la muerte…Virgen y madre te saludamos. Tú eres la madre de todos nosotros: porque de ti nacerá aquel que nos redimirá”.

  • Saludo de Isabel (Lucas 1. 42)

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Y de donde me viene esto a mí que la madre de mi señor venga a mí?…y bienaventurada eres, la que creyó, porque se cumplirán las cosas que te fueron dichas por parte del señor”.

  • El rey tío de Christna mata a los niños ( Tradiciones Brahmanas)

“Mando a matar en sus estados a todos los niños varones que habían nacido en la misma noche que Christna”.

  • Herodes mata a los niños (Mateo 2. 16)

“ Herodes entonces… mandó matar a todos los niños en Belén y todos sus alrededores, desde 2 años abajo, conforme al tiempo que habían entendido de los magos”.

  • Christna se transfigura (Baghavad Gita II)

Christna dice a Ardjuna: “Pero no estas en condiciones de verme con estos ojos; por eso te doy un ojo divino; ve ahora mi potestad divina. Y Ardjuna, al mirarlo en su potestad divina, exclamo: “Si del cielo saliese a la vez el resplandor de mil soles, seria esta semejante al resplandor del poderoso!”

  • Cristo se transfigura (Mateo 17. 1)

“Y después de seis días toma Jesús a Pedro, a Santiago, a Juan, su hermano, se transfiguro delante de ellos, su rostro resplandeció como un sol y sus vestidos eran blancos como la luz”.

“Y he aquí una voz de la nube que dijo: “este es mi hijo amado en quien tengo todas mis complacencias. A él debéis escuchar”.

  • Buda es tentado (Lalitavistara y Abbinischkaramana Sutra)

“El Seductor dijo a Buda: Soy el Señor del placer; soy el dueño de todo el mundo: Dioses, animales, hombres me sean sujetos. Así como ellos, ven también tú en mi reino. Buda contesta:  Aunque seas el Señor del placer, pero no eres el Señor de la luz. Mírame a mí: soy el Señor de la ley… Como todas las tentativas fracasan, el seductor desiste de su plan y vuelve al infierno con las palabras: mi  poder se acabo… pero Buda queda sentado quieto y pacíficamente. La aurora se enciende, las estrellas palidecen, de lo alto caen flores celestes”.

  • Jesús va al desierto y es tentado (Lucas 4. 5)

“Y al Diablo lo llevó a un alto monte y le mostró en un momento de tiempo  todos los reinos de la tierra. Y le dijo el Diablo:  a ti te daré toda ella porque a mí es entregada y a quien quiero la doy. Pues si tu me adoras a mis pies, serán todos tuyos, y respondiendo, Jesús le dijo: vete de mi Satanás, porque esta escrito: a tu Señor Dios adoraras a él solo servirás. Y terminada toda tentación, el Diablo se alejó de él por un tiempo”.

  • Buda envía a sus apóstoles a predicar (Mahavagga)

“Id, discípulos, y caminad en salvación de mucha gente… Id de dos en dos por el mismo camino; predicad la doctrina. No pidáis nada por ello… Hostilidades y persecuciones amenazan a los adictos y predicadores de la ley. Si alguien de ellos es atacado a pedradas, con bastones, lanzas, insultos y amenazas, que lo soporte todo pacientemente, pensando en mí”.

  • Cristo envía a sus apóstoles a predicar

“Id y predicad diciendo: el reino de Dios se ha acercado (Mateo 10.7) y los mandó de dos en dos (Marcos 6.7). Gratis habéis recibido, gratis dad (Mat. 10.8). Os van a entregar a los juzgados y en sus sinagogas os flagelarán (Mat. 10.17). Yo os aconsejo no resistáis al malo; sino que si alguien te ha pegado en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mar. 5.38).

  • Buda multiplica los panes

El libro Jataka relata que Buda con un solo pan dio de comer a 5000 hombres que le seguían, quedando mas migas que el pan repartido.

  • Cristo multiplica los panes (Mateo 14.16, 15.34, 16.9, Marcos 6.37, 8.1, Lucas 9.10,      Juan 6.1)

Cristo alimenta una vez a 5000 hombres y otra vez 4000 con 5 panes en el primer caso y 7 panes en el segundo, recogiendo los apóstoles una docena de canastos llenos de migas.

  • Una copia textual (Upanischad-Buda)

Son guías de ciegos: pero si un ciego guía a otro, van a caer ambos en el pozo.

  • Una copia textual (Mateo 15. 14)

Son guías de ciegos: pero si un ciego guía a otro ciego, van a caer ambos en el pozo.

El profesor Griese cita La Leyenda de Buda, del profesor Rodolfo Seydel, de la Universidad de Leipzig, quien afirma que de los 28 capítulos del Evangelio de Mateo, solo dos (el 22 y 24) no presentan rasgos o interpolaciones de textos indios; de los 16 del Evangelio de Marcos, solo dos (el 7 y el 12) están libres de plagios, y en el Evangelio de Lucas, sobre un total de 24, solo los capítulos 16, 17 y 20 son de una exclusiva cosecha del autor.

La resurrección de Lázaro, el milagro más sensacional atribuido a Jesús, no figura en los primeros evangelios de Marcos, Mateo  y Lucas ¿Cómo podría explicarse que no la hubieran conocido, y que solo la revelara Juan (o el escriba que tomo su nombre) en un Evangelio aparecido 30 o 35 años después de los Evangelios auténticos de Marcos y Lucas y del Evangelio apócrifo de Mateo?.

En el terreno de la sinceridad:

El clero, especialmente el argentino, es poco ilustrado. Henry Damage, director que fue de los Asilos de Alienados de Francia, en su libro “Elementos de Neuro Psicología” (Pág. 200), dice: “El sacerdote se defiende mal (previó esta polémica, sin duda), porque no comprende los conflictos entre la ciencia y la fe; sólo tiene una instrucción literaria, ignora totalmente la fisiología, la anatomía, la patología y la psiquiatría (y la biología), y su elocuencia por famosa que sea, no demuestra nada; las flores de retórica y los argumentos sutiles, semejantes a los de los filósofos de la edad media, no refutan desgraciadamente nada (es lo que ha ocurrido en esta polémica al señor cura). El sacerdote católico –agrega – ignora la ciencia y por esa razón se enajena, de más en más, la adhesión de los espíritus esclarecidos y de los sabios”.

La comparación entre el poder de la Iglesia en la Edad Media y en la época actual, aun cuando se haga superficialmente, muestra la importancia del camino recorrido, y cmo yo estoy persuadido –bueno fuera que no- de que es indispensable repudiar la violencia cuando se trata de evoluciones de esa índole, pongo mi esperanza e la lenta iluminación de las conciencias y a ese propósito sirvo con mi grano de arena.

Parece un esfuerzo precario, sin embargo, a nada teme la Iglesia más que al desembrutecimiento del pueblo mantenido en la ignorancia. Donde puede quemar libros los quema. Ya lo están quemando a montones en España los frailes que asesoran a Franco. La persecución al libro caracteriza admirablemente toda la barbarie que entraña el fanatismo cristiano.

Otro concepto perturbador del buen juicio es el de que la moral sea inseparable de la religión y de  la desesperación de esta ultima podría ocasionar una corrupción espantosa.

Esto es absolutamente inexacto; la religión es independiente de la moral. May místicos de una inmortalidad sorprendente y sabios incrédulos que son unos santos. Se ha visto infinidad de veces sociedades profundamente fanáticas y corrompidas, por ejemplo, la Roma pontificia, y pueblos paganos dotados de grandes virtudes privadas y publicas como la republica romana antes de ser inundada por la resaca del mundo.

Berthelot dijo una vez: “La moral no viene de las religiones; por el contrario, son las religiones o mejor dicho las mejores y más puras entre ellas las que han buscado un punto de apoyo sobre cimientos sólidos de un amoral que ellas no han creado”.

Verdad profunda a la que podría agregarse que las sociedades no pueden vivir sin moral por su propio interés, por su propia salvación, y esa moral ha de ser tanto más extensa y severa cuanto menos pesen en su destino los intereses bajos que especulan con la mentira de lo sobrenatural.

Hasta el siglo pasado se ignoraba en Europa que las razas arias, en general, o si se quiere la raza blanca, eran originarias en su totalidad del Asia; India, Bactriana, etc. El conocimiento del sánscrito, idioma sagrado de la India, adquirió en occidente en el siglo XIX revelo la identidad de origen de todas las lenguas que hoy se llaman indoeuropeas, desde el griego y el latín hasta los idiomas germánicos y escandinavos.

Las emigraciones correspondientes se realizaron en épocas perdidas de la prehistoria, pero una vez establecido que la India fue la cuna de la raza blanca, hay que admitir como consecuencia necesaria y lógica el hecho de que los pueblos emigrantes llevaran consigo, además de la lengua, sus costumbres y sus mitos religiosos.

Pretender lo contrario seria absurdo y de ahí resulta que los mitos religiosos de todos los pueblos occidentales tienen su origen remoto en los de la India. Nada lo prueba tan claramente como la etimología de la palabra Dios. En castellano y en francés, viene del latín Deus; Deus viene del griego Zeus y Zeus es sánscrito puro. Este ejemplo concluyente podría reproducirse al infinito pues en el griego principalmente, predominan las radicales del sánscrito.

La salida o emigración de los judíos de la India no ha dejado rastros históricos, pero su presencia en el país de los Caldeos es incontestable, puesto que Abraham según dice la Biblia, emigró de Ur, capital de Caldea, a Palestina. La Caldea estaba poblada en muchas partes, por emigrantes de la India que rendían culto a divinidades oriundas de ella.

Los judíos en sus primeros tiempos de residencia en Palestina, no tenían libros sagrados, sino tradiciones orales, y otro tanto ocurría en los demás pueblos primitivos y en la India misma.

El segundo libro de Esdras (Nehemias) dice que la revelación de la ley (Pentateuco por lo menos el Deuteronomio según algunos autores) fue hecha por primera vez al pueblo después de volver del cautiverio de Babilonia (posiblemente cien años después mas o menos), lo que lleva a la conclusión de que el Pentateuco fue revelado al pueblo con una anterioridad no mayor de 400 años o a lo sumo 500 años de la era cristiana.

Para los que consideramos falsa toda leyenda cuyo origen sea una revelación divina, no es asunto que tenga importancia averiguar si fueron los indios, los egipcios, los griegos o los judíos los que recibieron las primeras confidencias del Dios Personal. Pero no sucede lo mismo a los que adoran a un Dios personal en competencia con los de otras religiones. Para ellos el Dios que hizo la primera revelación tiene que ser sin duda el verdadero.

De ahí se deduce la importancia extraordinaria que, en relación con los católicos, reviste la comprobación, hoy indiscutible, de que los puntos más fundamentales del Antiguo  y del Nuevo Testamento han sido tomaos de los Vedas y de mas libros sagrados de la India, que fueron escritos con mucha anterioridad. Estos libros, a su vez, son recopilaciones de tardías leyendas que se venían perpetuando por tradición oral desde miles de años.

Las parábolas de Jesús escritas por los evangelistas, lo mismo que la curación de enfermos y resurrección de los muertos han sido tomadas de poemas hindúes muy anteriores. La más famosa de las resurrecciones, la de Lázaro, no aparece en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, y se consigna en la de Juan, que vivía en Asia Menor en contacto con la literatura indostánica ya en decadencia en esa época.

La coincidencia sugestiva de que el Redentor indio se llamara Iezeus Christna (Jacolliot) y el Redentor judío Jesu-Cristo, hijos ambos de vírgenes fecundadas por el Espíritu Santo, se acentúa cuando se ve que el cadáver de Christna desapareció como el de Cristo. Asesinado a orillas del Ganges por los fariseos de la India que había apostrofado, como Cristo a los de Jerusalén, su cadáver fue colgado de la rama de un árbol para que lo devoraran los buitres y cuando su discípulo predilecto Ardjuana fue a buscarlo no lo encontró. Había subido al cielo. La leyenda de Cristo es imitada de la de Christna hasta en ese punto.

La India,  cuna de los mitos del Pentateuco hebreo

La figura de Moisés se pierde en la oscuridad de los tiempos. Faltan datos fidedignos que permitan establecer si se trata de un héroe puramente legendario, o si en realidad existió magnificado por la fantasía de los judíos y de los cristianos. Ningún escrito o inscripción próximos a la época en que habría vivido menciona su nombre y ningún monumento antiguo perpetua en su memoria. No se conoce el sitio de su sepultura, en tanto que el cadáver de José, muerto mucho antes que el de él, habría sido llevado por los hebreos de Egipto a Palestina y enterrado en Sichem (Génesis 50-24. José 24-32).

La venida al mundo de Moisés fue fabulosa. Un presagio habría anunciado a Faraón el próximo nacimiento entre los hebreos establecidos en Egipto, del hombre que debía destrozarlo, y dispuso que, a partir de ese momento, fueran muertos todos los niños varones judíos que nacieran. Hoy no cabe duda que el evangelio de Mateo, saco de la leyenda absurda que el Éxodo atribuye a Faraón la no menos falsa degollación de los niños en Belén, que habría ordenado Herodes al nacer Jesús. Medidas tan graves y excepcionales, si hubieran existido, las registrarían las historias del antiguo Egipto y de la Palestina y los investigadores modernos han comprobado que nada consta al respecto1.

1 Cuando nació Christna el rey Madura habría ordenado también una matanza de niños. ¡Que curiosas coincidencias!.

La madre de Moisés, en la esperanza de salvarle la vida, lo habría colocado en un canasto de juncos y lo habría confiado a las aguas del Nilo. Naturalmente, como en los cuentos de hadas, la hija de Faraón acertó a pasar por el sitio, se condolió de la tierna criatura y la tomo bajo su protección, sin hacer caso del peligro que podía correr mas adelante la suerte de su padre.

Esta leyenda es idéntica a la del nacimiento del semidiós Karna en el tercer libro del Mahabarata indostánico, que Shulz transcribe. Pritha, fecundada secretamente por Surya, Dios de la luz, para ocultar su vergüenza, coloco a su hijo en un cesto de mimbre y lo entrego al río Acwa, que lo arrastró hasta el Ganges, donde Alhirata y su mujer Rahda lo recogieron y lo adoptaron.

¿Pero quién era Moisés? La Biblia lo presenta como un hebreo y dice que mató a un egipcio y se fue a vivir entre los hebreos y se casó con Sefora, hija de Ragual. La fácil impunidad de ese crimen alevoso, robustece la creencia en que la autoridad del Faraón era muy débil. Renán supone que Moisés no era hebreo sino egipcio, pues su nombre no es hebreo, y el nombre Moisés es egipcio y le parece verosímil que éste fuera el suyo. Egipcio renegado, habría podido adquirir ascendiente entre los hebreos y concebir el plan del éxodo que coincidía con el interés de su seguridad personal.

Moisés convence a la  tribu israelita de que ha sido elegido por Yahvé para conducirla a la tierra que Elohim había prometido a Abraham, a Isaac y a Jacob. Les dijo que Dios se le había aparecido bajo la forma de una zarza encendida que no se quemaba y le había asegurado que conduciría el mismo la expedición y le garantizaría el éxito mediante los mas variados milagros. El Dios hebreo,  el dios de la Creación, era Elohim, el Padre Celestial, bonachón y tolerante, pero el Dios que se entiende con Moisés es Yahvé, Dios especial de la tribu de Israel, cuya genealogía seria ardua establecer. Las traducciones cristianas de la Biblia, que son tendenciosas, eluden la dificultad que emerge de esta dualidad y hablan siempre del Señor, supremo y único, de Dios, pero no por eso deja de verse que Elohim y Yahvé no son la misma persona.

Moisés y su columna habrían penetrado al desierto de Arabia por la región que se ha llamado después de istmo de Suez, de donde resulta que la supuesta necesidad de pasar por el Mar Rojo y su presunto paso a pie enjuto, son otros dos cuentos para niños o para tontos o para sectarios obtusos que son una mezcla de niños y de tontos.

¿Qué objeto había en pasar el Mar Rojo si los emigrantes habitaban en las inmediaciones de las tierras donde Lesseps abrió después el canal?. El objeto no es otro que el de colocar el Éxodo y a Moisés en un ambiente milagrero.

Salidos de Egipto por el istmo de Suez, los hebreos se encontraban a una distancia de 70 u 80 leguas de la tierra de Canaán y la podían recorrer en 20 días atravesando tierras con mayores recursos que el desierto de Arabia, pero no fue eso lo que dispuso Iavhé. Para el mayor realce de la leyenda milagrosa confinó a Moisés y su gente durante 40 años en el desierto y como no tenían que comer ni beber, Iahvé les hacia caer diariamente del cielo el pan que comen los Ángeles o “maná” y Moisés hacia brotar agua fresca y pura de las piedras con  su varita mágica.

Faraón, apercibido de la fuga, se lanzo en persecución de Moisés y lo alcanzo en el momento en que pasaba el mar Rojo por un camino en seco abierto a través de las aguas, que formaron dos murallas liquidas. Faraón debía ser muy ingenuo y quiso pasar el también, pero las aguas volvieron a su nivel  y fue ahogado junto con su ejercito.

Ningún historiador egipcio tuvo noticia de un hecho tan extraordinario. Tan extraordinario y al parecer tan verídico que todavía se enseña en los colegios cristianos.

Moisés, predilecto del dios Iahvé, no mereció la recompensa de terminar su empresa y cuando la expedición tan abnegadamente conducida por él, durante 40 años, llego a la llanura de Moab, Iahvé tuvo la crueldad de hacerlo morir, no sin antes ordenarle que subiera al monte Nebo y contemplara del otro lado de Jordan, a los lejos, la tierra de Canaán y la codiciada Jericó.

 La edad de la Biblia:

¿Qué edad tienen los 5 libros del Pentateuco? ¿Pueden ser más antiguos que los libros y las leyendas sagradas de la India? ¿O sus mitos son tomados de los libros indios?.

Los escritores contemporáneos que tienen una responsabilidad intelectual que cuidar piensan uniformemente que el Pentateuco es el libro de la ley que se promulgo solemnemente en tiempos de Nehemias y Esdras, o sea, alrededor del año 450 antes de nuestra era, en la forma relatada en el capitulo VIII del libro 2do de Esdras, sin perjuicio de que este haya absorbido el libro que el Sumo Pontífice Helcias, en tiempos de Josias, simulo descubrir inesperadamente en el templo (año 621 antes de Cristo) y fue designado con el nombre de Libro de la Alianza. Haría mas de 700 años en ese momento de la entrada a Canaán de los hebreos y Moisés nada tendría que ver con el Pentateuco.

La escritura no era un ejercicio tan fácil como en la actualidad. No se conocía el papel y se usaban en su lugar, hojas de palmera o papiros egipcios difíciles de obtener. La clase sacerdotal o el Estado los monopolizaban y es inadmisible que los obtuvieran con la amplitud necesaria para escribir una obra de 5 libros extensos los fugitivos del Éxodo, perseguidos por Faraón, causantes supuestos de la perdida total del ejercito egipcio en las aguas del Mar Rojo.

Renán en la página 78, tomo I de la “Historia del Pueblo de Israel”, dice: “Los relatos protocaldeos han dado los 12 primeros capítulos del Génesis y esa es la parte de la Biblia que ha tenido más consecuencias”. Es la que narra la Creación, el Paraíso Terrenal, la Tentación y el Diluvio.

H. G. Wells, en su “Esquema de la Historia Universal”, opina que el Génesis fue retocado después del cautiverio y agregados los 10 primeros capítulos, a los que atribuye origen caldeo.

Para Le Bon “todo  el Génesis bíblico se encuentra en las creencias religiosas de Caldea y Asiria” (“Las primeras civilizaciones”, capitulo VI).

Y W. Durant en su libro reciente “Historia de la Civilización”, traducido al francés este año, en la pagina 42 dice, que los deliciosos relatos de la Creación, de la Tentación y del Diluvio han sido sacados de un fondo de leyendas mesopotámicas que remonta a 3.000 años antes de Cristo.

Versículos reveladores:

Las pruebas de índole externa que acabo de dar se completan con solo leer con atención el Pentateuco o el Deuteronomio. Al recordar los sucesos del Éxodo, se ve que el autor del libro escribía en Jerusalén, o por lo menos en un sitio de Palestina al occidente de Jordan. Cuando el Deuteronomio se refiere por ejemplo, a una localidad situada o a un hecho ocurrido en la región que recorrían los hebreos emigrados de Egipto dice: “mas allá de Jordán” o “del otro lado de Jordan” (ver Deuteronomio 1, 1; 3, 8; 4, 46 y 4, 47) y Moisés no podría hablar de ese modo si fuera cierto que murió en la tierra de Moab, antes de pasar a Jordan. A Moisés le habría correspondido decir “de este lado del Jordan”. Esto es claro como la luz y pone en evidencia la superchería.

No es admisible, ni bajo los auspicios del milagro, que Moisés mismo haya relatado su muerte y su entierro. No solo lo hace el Deuteronomio en los versículos 5 y 6 del capitulo 34, sino que agrega: “ningún hombre ha conocido el sepulcro de Moisés hasta el presente día”.

Este versículo prueba que Moisés no puede ser autor del relato y que este se compuso siglos después de su fabulosa muerte. No se puede admitir que la tribu de Israel ignorara de inmediato el sepulcro del profeta que le había conducido durante 40 años hasta la tierra de Canaán, y la expresión “hasta el presente día” carecería de sentido. Se explica en cambio, en un escrito de 700 u 800  años después.

Esa expresión prueba 3 cosas:

1) Que el Deuteronomio fue escrito infinidad de años después de ocurridos los hechos que narra y desfigura.

2) Que el Éxodo no fue lo que se pretende, pues de haberlo sido, los hebreos contemporáneos de Moisés, le habrían construido un sepulcro y lo habrían conservado y venerado como lo hicieron con el de José.

3) Que los simuladores de la antigüedad del Pentateuco, advertidos de la incongruencia resultante de que el héroe del Éxodo carecía de sepulcro, echaron mano de la triquiñuela infantil de introducir la frase que anuncia que nadie lograra encontrar el sepulcro de Moisés ¡Como que los autores del Pentateuco debían saber bien que toda la leyenda de Moisés, incluso su vida y muerte, era una fábula!.

El Deuteronomio, en el capitulo 31, vers. 26 dispone (Moisés dispone) que el libro de la ley se guarde y se conserve en el Arca Santa, que era inviolable, pero abierta el arca, bajo Salomón (350 años después) sólo se habrían encontrado las dos tablas de piedra del Decálogo (Tercer libro de los Reyes, cap. 8, ver. 9). El Decálogo parece derivar de un mito egipcio y ser la reproducción del cuestionario que Osiris formulaba a los muertos.

Reputo innecesario señalar otras contradicciones que resultan de la simple lectura. La Biblia tiene la suerte de que muy pocos la leen. El noventa y nueve por ciento de los católicos no tienen noticia de las incoherencias y falsedades que contiene.

El sexo de Adán y los mitos de la India:

Pero hay incongruencias de fondo que merecen alguna consideración. Confrontare los capítulos 2, 1 y 5 del Génesis que se ocupan de la creación del hombre.

El primero de ellos dice que Elohim (no Iahvé) creó al hombre de un puñado de limo y lo llamó Adán. Este Adán es masculino. Aprovechando su sueño, que hacía, por lo visto, innecesaria la anestesia, le sacó una costilla y creó a la mujer. No le puso nombre; dejó que se lo pusiera Adán, y éste eligió el de Eva (tomándolo del sánscrito, que todavía no existía).

El capitulo V, coincidiendo con el I, vuelve a relatar la creación del hombre y lo hace en distinta forma. Los versículos 1 y 2 dicen: “En el día en que Dios creó al hombre lo hizo a semejanza de Dios. Los creó hombre y mujer y los bendijo y los llamo Adán en el día en que fueron creados”.

La contradicción es visible; desaparece la mujer creada de una costilla de Adán y el nuevo Adán es hombre y mujer desde el primer día. Un Adán bisexual. Sin embargo ese Adán bisexual era “semejante a Dios”. Luego, Elohim era bisexual, y por eso su nombre es siempre plural. Elohim no quiere decir Dios, sino “los dioses”. Es un ser único a la vez hombre y mujer.

Hoy sabemos que los 12 primeros capítulos del Génesis fueron tomados de la mitología indo-caldea y eso da un sentido especial a la contradicción existente entre las dos descripciones de la creación del hombre que acabo de reproducir textualmente. Se establece así una relación lógica entre el segundo Adán bisexual y los seres bisexuales de algunas leyendas de la India, Caldea y Persia y se hace verosímil que los redactores de esos capítulos del Génesis, durante el cautiverio en Babilonia, se encontraron perplejos y autorizaron dos versiones distintas mediante una redacción, más que ambigua, contradictoria, pues de no existir el capitulo segundo, nadie podría dudar de que el hombre-mujer creado en los caps. I y V con el nombre único de Adán, no fuera bisexual.

Durant recuerda que las formas persa y talmúdica del mito de la Creación, muestran a Dios creando primeramente un ser de dos sexos –hombre y mujer pegados por la espalda-, que dividió más adelante. Elohim procedió al principio de otra manera, pero el hecho insólito de no haber creado a Eva de otro puñado de barro, simultáneamente con Adán, y de haberla sacado de su cuerpo, ofrece un punto de enlace visible con la bisexualidad del mito recordado.

Es indudable que los capítulos I y V del Génesis modifican el capitulo II y dejan un margen amplísimo para la investigación teológica del sexo de Adán.

Es interesante el relato de una de las tantas creaciones del mundo que se encuentra en el Brihadaranyaka Upanishad, y que Durant reproduce. Es un indicio de la inagotable fantasía de los hindúes en esta materia, a la vez que del concepto de la bisexualidad originaria que acompañaba al de la creación. Este relato nada tiene que ver con las leyendas de Agni, Indra y Soura, que se disputan el honor de haber creado al mundo. Dice así el Upanishad: “En verdad no conocía la alegría; él solo no conocía la alegría; necesitaba un compañero. El era tan grueso como un hombre y una mujer estrechamente abrazados. Hizo caer su yo en dos mitades y salió un hombre (pati) y una mujer (patnie). Por eso el yo es algo así como una mitad. Se unió a ella y así nacieron los seres humanos. Y entonces ella se dijo: “¿cómo osa ahora unirse a mi, después de que me ha sacado de sí mismo? Vamos a escondernos”. Ella se convirtió en una vaca; él se convirtió en un toro, se unió a ella y nació el ganado vacuno. Ella se convirtió en yegua y él en potro, ella se convirtió en una burra y él en un burro y así nacieron los animales del casco. Ella se convirtió en una cabra y él en un chivo; ella se convirtió en una oveja y él en un carnero y así sucesivamente nacieron todos los seres vivientes, hasta las hormigas. El se dijo: “yo soy en verdad la creación, pues todo ha salido de mí”.

Los católicos sonríen del candor de esas concepciones hindúes pero se extasían ante la creación de Eva de una costilla de Adán y de la pérdida del paraíso por el horrible delito de haber comido una manzana.

La antigüedad de la India y de sus leyendas y libros sagrados:

Cuando los hebreos, antes de conquistar Canaan, en las proximidades del año 1350 antes de nuestra era, hacían vida nómada, la India había alcanzado ya una civilización esplendente.

No es posible establecer en que época la invadieron los arios, ni en que forma se sobrepusieron a la avanzada civilización dravídica, ni a cuando ni  como salieron de su seno las emigraciones que llevaron su lengua, sus instituciones jurídicas, su metafísica y sus mitos religiosos a Egipto, Grecia, Roma y al resto de Europa, pero eso ocurrió ciertamente en tiempos en que el pueblo hebreo no contaba aun con historia.

Los habitantes de la India, como los del resto del mundo primitivo, desde que adquirieron conciencia de su personalidad tuvieron la religión del miedo a las fuerzas y a los fenómenos de la naturaleza. Sus mitologías fueron necesariamente anteriores millares de años a la adopción de la escritura, y se transmitían, como los demás pueblos, como e la Judea misma, y como en muchas comunidades salvajes de nuestros días, por tradición oral. Los Vedas no nacieron en la India con los poetas y sacerdotes brahamanes, que les dieron forma escrita de 1.200 a 2.000 años antes de Cristo, Nacieron en la prehistoria y se transmitieron con fidelidad “religiosa” de generación en generación.

¿Por qué no se encuentran en la India vestigio alguno de los idiomas, ni de las instituciones occidentales, mientas el lenguaje indio, las instituciones indias y los mitos indios se revelan en las naciones occidentales?

Por la muy sencilla razón de que la India ha sido la cuna del lenguaje, de las religiones y de las instituciones de la raza blanca.

En sus libros sagrados, y sobre todo en los mitos remotísimos que compilaron tardíamente, se encuentran las leyendas que el Pentateuco asimilo a través de la influencia caldea y la iglesia católica perpetua.

Grecia y Roma, consideradas durante tiempo como el comienzo de la historia de la civilización, no escaparon a análogas influencias. Sus dioses y también sus tribus y sus ciudades tienen en gran proporción nombres sánscritos o de raíz sánscrita.

Zeus, el dios de los dioses griegos, tiene el mismo nombre del Zeus indio, dios de los dioses de la India, dios anterior a la Creación, dios “no revelado”. Minerva extrae su nombre del sánscrito Manara-va; Centauro, en sánscrito es hombre-caballo; Ifigenia viene, del sánscrito Aphagana, virgen sacrificada; Radamente de Rhadamanta, el que castiga los delitos; Neptuno de Napata-na, el que domina el mar; Italia, de Itala, país de gente de modesta condición, y el nombre español y francés de los alemanes vendría de Ala-manu, que significa hombres libres; Erin de Erin, rocas en el mar; los Tirrenos de Tyra-na, guerreros voraces; los Galos, de Galata, pueblo conquistador; Helada, de Hela-na, pueblo de adoradores de la luna; los Samnitas, de Samna-ta, los desterrados, los Valacos de Vala-ka, hombres de clase servil, y siguen los ejemplos.

Hace menos de 14 años (vuelva a tenerse en cuenta que el libro que estoy resumiendo se imprimió en 1973) de los famosos descubrimientos de Marshall, o mejor dicho, de sus colaboradores indios. Encontraron en el Bajo Indus, en Mohenjo-Dado y en Harappa, vestigios de una civilización que les pareció de mayor antigüedad que todas las conocidas hasta hoy.

Durant reproduce el juicio de Marshall en estos términos: “Estos descubrimientos demuestran que ha existido en el Sindh (la provincia más septentrional de la presidencia de Bombay), y también en el Pendjab, durante el cuarto y el tercer milenario antes de Jesucristo, una vida urbana muy activa; la presencia en muchas casa de pozos, salas de baño y el descubrimiento de un sistema complicado de canalización, denotan un genero de vida y en los habitantes, una condición social por lo menos igual a la que tenían en Sumeria y superior a la que existía en la misma época en Babilonia y en Egipto… En Ur mismo (Caldea), las casas son de construcción mucho más primitiva que en Mohenjo-Dado.”

Observa Durant cuan curioso resulta que las capas inferiores de esas excavaciones atestigüen un arte mas avanzado que las capas superiores, como si los depósitos mas antiguos provinieran a su vez de una civilización que hubiera florecido centenares o quizás millares de años antes. Algunos de esos objetos son de piedra, cobre, bronce, lo que permitiría pensar que esa civilización del Bajo Indus nació en época de transición entre la edad de piedra y la de bronce. Y llega a la conclusión final de que la cultura estaba en su apogeo cuando Cheops construía la primera de las grandes pirámides en Egipto. Piensa también que estaba en relaciones comerciales, religiosas y artísticas con la Sumeria y Babilonia, y que duro mas de 3000 años, hasta el tercer siglo antes de Cristo.

Ernst Schulz, en su obra “El engaño del Sinai”, hace una apreciación de conjunto muy interesante acerca de la edad de los libros sagrados de la India: “Otras circunstancias dificultan establecer la edad de los mitos de la India. Durante mucho tiempo se transmitieron por tradición oral, quiere decir que fueron aprendidos de memoria y de este modo perpetuados de generación en generación. Mas adelante fueron escritos en hojas de palmera, fáciles de destruir, de manera que la India durante mucho tiempo debió tener ocupación en rehacerlos todo un ejercito de escribientes. Por ultimo los jesuitas destruyeron muchas obras1 y hasta escribieron otras en su lugar, trayéndolas a Europa y dándoles gran fama y autoridad. Cuando mas tarde se denunciaron estos fraudes y la factura reciente de estos libros, decayó el interés por la literatura India y los defensores de la edad casi prehistórica de los libros hindúes se callaron.”

“Las pruebas que daremos a continuación sobre la edad verdadera de los libros de la India se basan en trabajos científicos y objetivos de los indólogos más importantes, cuyas obras, escritas por alemanes e ingleses, aparecieron casi todas en el idioma inglés”.

“Acerca del numero de años exigido por la redacción de las diferentes obras, diré que siendo el Mahabarata el poema épico mas extenso (2.500.000 versos) de la literatura mundial y constituyendo los vedas la obra religiosa mas grande del mundo, se comprende que no fueron escritas por un solo poeta, sino que su redacción se extiende a varios siglos, y con respecto a los Vedas, posiblemente 10 siglos. El origen de las leyes de Manu data del tiempo mas remoto que puede imaginarse, pero esas leyes fueron revisadas y retocadas de acuerdo con las condiciones sociales, que se transformaban paulatinamente. A pesar de ello las leyes de Manu no habrían experimentado modificación alguna desde varios siglos antes de nuestra era”.

1Los jesuitas de Goa y de otros establecimientos portugueses parecen haber sido los primeros en apercibirse de los prestamos tomados por el Nuevo y Antiguo Testamento a los libros indios y destituyeron sistemáticamente en vista de eso todos los que encontraban en los monasterios brahmánicos de los territorios que ocuparon los portugueses. Después se dedicaron a la tarea de adulterarlos y enviaron a Europa las composiciones fraudulentas a que se refiere Schulz. Alrededor del año 1760 apareció un libro titulado “Eroum Veda”. Se le presentaba como si fuera una antiquísima e inédita de los Vedas y no lo era. Voltaire fue uno de los tantos engañados. Era una falsificación hecha por el padre Calmette.

Arios y semitas:

Se dirá que los hebreos no son arios y que no los comprende el fenómeno histórico que presenta a la India como la cuna de la raza blanca.

Eso seria exacto para otros semitas, pero no para los hebreos, tribu nómada hasta la entrada a Canaan, que vago por los mas distintos territorios, a veces vencedora, a veces vencida y esclavizada, asimilando los ritos y costumbres de todos los orígenes y adorando dioses propios y extraños. No es por herencia aria consanguínea que los judíos poseen la leyenda del Génesis, sino a consecuencia de su contacto continuado con Caldea y de su permanencia en Babilonia durante medio siglo de cautiverio, y es posiblemente por imitación egipcia que compusieron el Decálogo, de un parecido sorprendente, según se afirma, con el interrogatorio que Osiris, en Egipto, formulaba a los muertos en el momento de juzgarlos.

En su vida aventurera, los judíos mezclaron su raza y su idioma en tal forma, que muchos lingüistas les atribuyen en sus primeros tiempos que hablaron el araneo, y otros que adoptaron el cananeo, es decir, el idioma de la nación que habían vencido y que debían pasar a cuchillo “uno por uno” en cumplimiento de la voluntad de Dios.

Tampoco existen razones para que Elohim, el dios de la Creación, anterior a Iavhé, el dios localista del Éxodo, adoptara de preferencia el sánscrito – que aun no existía – para  dar su nombre a Adán y para autorizar a este a que le pusiera un nombre sánscrito a Eva; dando lugar a que se crea que el  y Adán plagiaron a Zeus o a Vischnu, que bautizaron con los nombres de Adima y Heva a la pareja que colocaron en el Paraíso Terrenal de Celyán.

¡Cómo explicar la preferencia anticipada de Elohim por el idioma que habían de crear después los arios, si creaba el mundo para los judíos y los declaraba raza elegida y el pueblo de Dios! ¡Hubiera llamado Rebeca a la primera mujer y Samuel al primer hombre, y no tendríamos las dudas que hoy nos asaltan!.

Jesucristo y la literatura religiosa de la India:

En los primeros años de nuestra era, la India, en decadencia, no tenia contacto “intelectual” con el Occidente, y en cambio el Occidente, a favor de la admirable biblioteca de Alejandría, estaba en condiciones de conocer la literatura sagrada y profana de la India.

Aquella biblioteca tenía una sección de indología, a cargo del famoso geógrafo Eratóstenes (el primero que sin disponer de aparatos calculo la medida del meridiano terrestre y solo cometió un error de 80 kilómetros).

Los judíos eran muy numerosos en Alejandría, la cual se encuentra situada a corta distancia de Palestina. El conocimiento de los libros indios era para ellos fácil a través de las traducciones al griego o en el original mismo para los que supieran sánscrito, y no puede caber duda de que desde mucho antes de nuestra era conocerían al famoso Proto Evangelio Budista, que desapareció después del incendio de la Biblioteca, y del templo de Serapis, que dirigió el Obispo Teófilo, instigado por Roma, y completo algunos siglos después el califa Omar.

A instancias de los cristianos, Justiniano clausuro la escuela de Alejandría, donde se les recordaba, a propósito de los evangelios: “No hacéis sino vulgarizar los misterios del Oriente”.

No se trata de que exista necesariamente una imitación porque una u otra expresión aislada coincidan; se trata de que los evangelios en cada una de sus paginas ponen en labios de Jesús expresiones y giros verbales que se encuentran en libros y leyendas de la India. Alguien los ha tomado.

Igual cosa sucede con la parábola del hijo prodigo, la del sembrados, la de la paja y el grano, la imagen de la casa construida sobre arena, la encarnación de Jesús, el niño Jesús en el templo, la tentación del Diablo, la higuera y los dos apóstoles, la historia de Magdalena, la muchacha del pozo, el envió de los apóstoles a predicar, la marcha sobre las aguas, la curación de enfermos, la resurrección de muertos, la transfiguración, entre otros.

Todo eso ha sido extraído  evidentemente de libros y leyendas de la India, y el hecho de que Jesús no haya dejado una línea escrita por el proporciona un argumento mas, de cierto valor, a los que creen que todo el contenido de los evangelios es obra de terceros.

Corresponde a mi juicio una solución ecléctica: Jesús habría realizado, el mismo, asimilaciones importantes de los libros indios y especialmente de las leyendas de Christna y Buda, y después de su desaparición, el evangelio llamado “hebreo”, desaparecido después de la toma de Jerusalén por los romanos, Marcos y Lucas, que aprovecharon en los suyos gran parte del material inédito del antedicho evangelio “hebreo”, los escribas que compusieron los evangelios atribuidos a Mateo y Juan y los otros fabricantes de los numerosos evangelios que declaró apócrifos el concilio de Nicea en el año 325, introdujeron en la leyenda de Jesús todo lo que les pareció interesante de la literatura indostánica, y así se habría formado la religión cristiana, con mucho de Christna, Buda y Platón y poco de Jesús.

Ni Marcos ni Lucas vivían en Palestina cuando aparecieron sus evangelios. Los compusieron en Roma, en idioma griego. Del evangelio de Mateo, que es apócrifo, existió una copia en sirio-caldeo, idioma o dialecto que se llamaba corrientemente hebreo. Los evangelios de Marcos, Lucas y Mateo siguieron el plan del evangelio hebreo. Estas no son simples conjeturas; las comprueban numerosos apologistas cristianos de los primeros tiempos y San Jerónimo tuvo un ejemplar del Evangelio hebreo, del que se conservan fragmentos hoy mismo, San Jerónimo habría sacado una copia.

Marcos entiende que Jesús es el hijo del carpintero José e ignora la intervención del Espíritu Santo en su concepción, tanto como un posible nacimiento fuera de Nazaret. El evangelio de Mateo descubre la paternidad del Espíritu Santo y el nacimiento en Belén, y desde que lo divulgo corre por el mundo sin que los cristianos den a la contradicción con Marcos la importancia que tiene.

Marcos y Lucas nunca supieron que Herodes mandara a matar a los niños inocentes, y tampoco oyeron una palabra de la huida de Egipto. El afortunado libro de Mateo tiene el privilegio de saber lo que los otros ignoran acerca de los hechos culminantes y transporta a la vida milagrosa de Jesús la leyenda no menos quimérica de lo que hizo Faraón ante el supuesto riesgo que entrañaba para el nacimiento de Moisés. Ni Marcos ni Lucas conocieron la existencia de los reyes magos, ni saben de qué país eran (Mateo tampoco), ni vieron la estrella que bajo a la tierra para guiarlos, ni el pesebre. Esos grandes descubrimientos siempre los hace Mateo.

No hay documentos contemporáneos a Jesucristo que prueben su existencia, lo que no implica forzosamente que no haya existido; pero es el único personaje en la historia de primera magnitud, cuyo paso por el mundo no consta de hechos comprobados, ni de documentos fehacientes, ni de escritos personales, ni de testimonios irrefutables. Su predicación , sus milagros y su muerte en la cruz, adolecen de la misma falta de autenticidad que tiene su resurrección.

 La verdad se abrirá paso:

Las consideraciones que acabo de formular demuestran la unidad de las mitologías. Sean cristianas, budistas o brahmanistas, tienen el mismo origen humano. Ninguna religión puede pretender para si la preeminencia que resultaría de ser dueña exclusiva de la “verdad divina”.

Los mitos tienen un valor fabuloso y convencional; muchos titulados creyentes no creen en ellos. La iglesia católica sabe hoy que todo aquello que consideraba revelado por Dios ha sido tomado de otra religión y no le importa. Sigue diciendo lo mismo que antes, porque confía en la ignorancia y credulidad de sus adeptos.

Dicen los sectarios, en defensa de las religiones, que son necesarias para robustecer las nociones morales de los que carecen de un alto discernimiento. Las religiones serian entonces falsas, pero útiles.

Otro motivo de perturbación espiritual es el concepto que hace depender la virtud de una recompensa futura. No basta a los católicos, como freno moral, la noción del deber; necesitan que sus buenas acciones o su buena conducta sean premiadas en una vida eterna. Sin eso no serian buenos ni justos.

En mi obra analice sus dogmas, señale las contradicciones y el contrasentido de su doctrina, mostré la falsedad de sus mitos y comprobé el engaño que oculta su promesa del reino de los cielos, subordinada a la conclusión de un mundo que no da signos de querer concluirse.

La última de mis demostraciones, recaída sobre el origen indo-caldeo de los mitos de la Biblia y sobre la apropiación de doctrinas y expresiones de los libros budistas y brahmanistas para la confección de los evangelios cristianos, coloca a la religión católica en el mismo nivel fabuloso y en la misma categoría de establecimiento comercial que corresponde a las demás religiones que le sirvieron de modelo.

He realizado una obra de verdad, fundada en la honesta interpretación de los textos y de los hechos y aquellos a cuya estimación aspiro han sabido apreciarla en forma que me ha satisfecho ampliamente.

 

FIN

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Un comentario en “Lisandro de la Torre: Intermedio filosófico. La cuestión social y los cristianos sociales y La cuestión social y un cura (1937)

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