LIBERACIÓN NACIONAL DE CLASE por Iñaki Gil de San Vicente

Matxingunea / Euskal Herria, 28 de mayo de 2015

 


Iniciamos con este escrito para la Fundación Pakito Arriaran (www.arriaran.org) una serie bimensual dedicada al análisis de la realidad vasca e internacional desde la perspectiva de la liberación nacional de clase. ¿En qué se diferencia esta perspectiva de las demás? La respuesta es sencilla en su enunciación y radical en su contenido y en sus consecuencias ya que lo estudia todo desde la posición e intereses del pueblo trabajador.

Aunque hemos dicho que esta perspectiva se diferencia de las demás, en realidad sólo existen dos métodos de estudio de la sociedad: el marxista y el burgués. Ambos tienen escuelas y corrientes internas pero, dicho a grandes rasgos, entre ellos existe mucho más que un abismo conceptual, existe una contradicción práctica irreconciliable como iremos viendo en esta serie.

Vamos a exponer treinta tesis que sintetizan lo más básicos del método que emplearemos de ahora en adelante en esta serie de artículos.

  1. La sociedad capitalista se basa en la explotación de la mayoría que apenas tiene algo y carece de casi todo por la minoría enriquecida al máximo, propietaria de las fuerzas productivas, del Estado y de sus ejércitos; esto hace que la mayoría ha de aceptar ser explotada en su trabajo para poder vivir, lo que produce una ganancia, un beneficio que queda en manos de la minoría burguesa. Pero la burguesía, sostiene ella, es propietaria de las fábricas, campos, riquezas, etc., porque es más trabajadora, inteligente y ahorrativa que el pueblo vago, vicioso e ignorante; además, dice la burguesía que siempre han existido «ricos» y «pobres», y siempre existirán, por lo que el «derecho de propiedad privada» es consustancial al «hombre» siendo por tanto criminales y objeto de represión las personas que quieran acabar con la propiedad privada, socializarla y colectivizarla.
  2. El supuesto «derecho de propiedad privada» no es sino la fuerza burguesa expresada en forma de ley y elevada a «derecho»: fuerza, ley y derecho que se mantiene sobre la identificación ideológica, sumisión mental y psicológica, sobre el miedo y sobre el egoísmo individualista introyectado en el pueblo mediante el sistema educativo y la ética capitalista del todos contra todos: el Estado burgués es el eficaz y omnipresente instrumento que, en última instancia, mantiene el poder burgués mediante la violencia más brutal, por lo que a la fuerza la clase obrera ha de destruir el Estado burgués y crear el suyo propio. Pero la burguesía dice que el Estado es «neutral», de «todos», que es «democrático y de derecho», y que por consiguiente el pueblo no tiene otra alternativa que aceptar las «leyes del juego democrático», impuestas por el Estado, siendo reprimido si lleva su lucha a la raíz del problema: socializar la propiedad privada.
  3. La realidad está en permanente movimiento causado por la lucha de sus contradicciones internas, cambios en los que podemos incidir mediante la praxis revolucionaria dirigiendo su evolución hacia el socialismo, mientras que la praxis reaccionaria burguesa la dirige hacia fortalecer el capitalismo. Las múltiples formas de la realidad están en permanente concatenación, influenciándose directa o indirectamente, de manera que debemos ver el mundo como unidad y lucha de contrarios que se relacionan como una totalidad en movimiento. La dialéctica marxista es un método esencialmente crítico y radical, irreconciliable con toda opresión e injusticia.
  4. La burguesía responde que todo saber ha de ser neutral e imparcial, que la realidad es estática en su conjunto, aunque admite pequeños movimientos parciales separados de los demás. Para la clase dominante el capitalismo es eterno, admitiendo reformas aisladas que mejoran la «justicia» del sistema en sí mismo, por lo que cualquier intento de avanzar al socialismo carece de base científica objetiva y neutral, y es antidemocrático al atacar el «sagrado derecho de propiedad privada».
  5. La base teórica de estas tesis fue elaborada en lo fundamental a finales del siglo XIX cuando el crecimiento capitalista gracias al aumento de la productividad y de la tasa de beneficio, y al saqueo colonialista que pronto se haría imperialista, hizo creer a intelectuales socialistas, que rechazaban lo esencial del marxismo arriba expuesto, que se podía y debía avanzar pacíficamente al socialismo mediante la exclusiva utilización de las instituciones parlamentarias, del «Estado de todo el pueblo», de la culturización de las masas ignorantes y del «colonialismo bueno», el que llevaría el progreso, la paz y la riqueza a los atrasados bárbaros.
  6. La palabrería reformista no podía ocultar los debates en la izquierda europea después de la sucesivas derrotas –totales o parciales- del movimiento obrero desde la década de 1830 hasta poco antes de 1848, debates que dieron un salto en calidad con los textos de Marx y Engels de esos años: ¿puede confiar la clase obrera en que la burguesía siga adelante con su revolución hasta hacerla socialista, suicidándose ella como clase propietaria, o las y los obreros deben prepararse para seguir la revolución contra la burguesía una vez que esta se haya hecho reaccionaria?
  7. Marx y Engels expresaron teóricamente la respuesta de una parte del movimiento revolucionario, incluidos muchos blanquistas: la clase obrera ha de seguir adelante su propia revolución pero ahora contra la burguesía y pequeña burguesía que han tomado el poder e instaurado su dictadura de clase que machaca a la clase trabajadora que había sido su aliada transitoria. La oleada revolucionaria de 1848 en Europa confirmó que la clase obrera no debía fiarse de la burguesía, ni incluso de la llamada «burguesía nacional» que luchaba por conquistar una independencia estrictamente política, que no cuestionase la propiedad privada de las fuerzas productivas sino que únicamente expulsase al Estado ocupante dejando la propiedad en las nuevas manos, las de la burguesía autóctona.
  8. Nos hacemos una idea aproximada de lo que decimos recurriendo al debate sobre la primera y la segunda independencia en Nuestra América: la primera sería la lograda por el bloque criollo con apoyo de masas trabajadoras, esclavas e indígenas, incluso con la ayuda de potencias imperialistas que querían desplazar al poder español para quedarse ellas con los recursos. Una vez conquistada una «independencia» formal, dependiente del mercado capitalista y vigilada de cerca o de lejos por potencias imperialistas como Gran Bretaña y luego Estados Unidos, la burguesía criolla aplastaba a las clases trabajadoras y multiplicaba la explotación de los pueblos indígenas para acelerar la integración de sus economías en el mercado mundial: de la opresión y ocupación española se pasó mediante esta primera «independencia» a la real dependencia del capitalismo internacional.
  9. La segunda independencia, la verdadera, supone, desde este esquema, la ruptura con el imperialismo y la superación de las relaciones de producción y propiedad capitalistas mediante su socialización. Un componente decisivo de independencia verdadera es la libertad de las naciones originarias. La segunda independencia es el período de tránsito al comunismo pleno, es decir, la fase socialista en la que los pueblos han de ir interrelacionando sus independencias respectivas dentro de una planificación mundial de la economía con métodos de democracia socialista, comunal, basada en los consejos y en los soviets. De la misma forma que la independencia sólo puede darse mediante una planificación de la economía por el pueblo trabajador, lo mismo pero a escala internacional los pueblos emancipados de la propiedad capitalista planificarán sus desarrollo en base al internacionalismo proletario.
  10. El método marxista es histórico: descubrir qué luchas hay en la historia, por qué surgen y qué lecciones nos aportan. Antes de que las burguesías criollas, muy frecuentemente cobardes, traicioneras y oportunistas, se atrevieran a oponerse al ocupante español, las burguesías europeas habían ejercitado las mismas virtudes de la ética capitalista que acabamos de enumerar. Ya en el siglo XV habían aparecido las primeras tímidas y botarates presiones burguesas con el objetivo de echar del poder a la Iglesia, al feudalismo y a la monarquía, o al menos, si no lo lograban, reducírselo bastante a la vez que aumentaba ella sus propiedades bajo la dominación política algo atenuada. Pero en este siglo apenas puede hablarse de conciencia nacional-burguesa, que empezaría a formarse como tal varias décadas más tarde, cuando en el primer tercio del siglo XVI las burguesías protestantes reivindican sus lenguas y culturas nacionales como armas de liberación y enriquecimiento mediante la industria cultural burguesa del momento.
  11. La lucha cultural para imponer en las clases y pueblos la ideología burguesa, su individualismo metodológico, su mecanicismo materialista, su agnosticismo y hasta ateísmo vergonzoso, fue decisiva en el desarrollo del nacionalismo burgués; pero lo fundamental fue su cobardía dispuesta siempre a detener su lucha, a negociar con el poder para obtener cualquier beneficio un poco rentable. Sólo en muy contadas ocasiones se atrevió a seguir adelante y cuando lo hizo es porque no tenía otra alternativa ante la cerrazón fanática del absolutismo, y ante el peligro de que las masas radicalizadas que eran la carne de cañón, que ponía los muertos, la ira y el odio al tirano se independizasen de su tutela y tomasen una vía colectivista, como sucedía cada vez con más frecuencia según se agudizaban las contradicciones.
  12. Es interminable casi el listado de masacres de mujeres, campesinos, artesanos, obreros y movimientos de lucha nacional-popular aplastados a sangre y fuego por la burguesía antes democrática y revolucionaria, y muchas veces mediante alianzas con la nobleza, el clero y la monarquía. Junto a este terrorismo inherente a la acumulación originaria de capital, también actuaba la violencia patriarcal, el terror moral de las corrientes cristianas y el adoctrinamiento lingüístico-cultural para crear un Estado-nación burgués sobre los cadáveres de otros pueblos.
  13. Desde entonces, el nacionalismo burgués es inseparable de la industria de la cultura mercantilizada y alienante, que tergiversa lo real según el fetichismo de la mercancía, nacionalismo de clase burguesa obsesionado en ocultar que los pueblos están divididos en clases sociales enfrentadas que tienen intereses opuestos porque una explota, oprime y domina a la otra. La división entre Capital y Trabajo hace que las mujeres, la juventud, la tercera edad, los colectivos sociales, etc., que no tienen medios económicos independientes y que por ello viven de un salario o de ayudas sociales, públicas, de jubilaciones y pensiones, o del salario familiar, o de la autoexplotación como personas autónomas, etc., es decir, la mayoría de la población sin propiedad burguesa, esta amplia franja de población pertenece a la clase trabajadora, forma parte del Trabajo, no pertenece a la burguesía, no forma parte del Capital.
  14. La burguesía dice que estas personas no pertenecen a ninguna clase, que las clases sociales son muy pocas y reducidas, que lo que existen son «ciudadanos», «individuos», o «gente», «multitud»; incluso sostiene que ya no existe la clase obrera, que el moderno capitalismo ya no se basa en el sucio trabajo grasiento de las fábricas del pasado, sino en los limpios laboratorios de la economía inteligente e inmaterial: por tanto, dice la burguesía, el pueblo, la nación, ya no está dividida entre Capital y Trabajo, sino que «es de todos los ciudadanos».
  15. La nación está dividida en dos naciones opuestas, la del Capital y la del Trabajo, que se enfrentan de forma abierta o encubierta, pública o latente según coyunturas y contexto; que la nación burguesa tiene todas las ventajas para imponer su ideal de nación del Capital sobre el ideal de nación del Trabajo, y que el Estado burgués es decisivo en esta superioridad, más aún, cuando no disponga de Estado propio, la burguesía no duda en apoyarse en el Estado ocupante para seguir imponiéndolo; que esa lucha entre dos naciones opuestas dentro de una se expresa en los presupuestos generales del Estado, en las medidas socieconómicas, políticas, culturales, policiales, sexuales y demográficas, etc., que la burguesía impone a diario sin que la clase trabajadora se entere. La clase dominante dice que es el «parlamento democrático» el que, en nombre de la «ciudadanía» guía «la nación de todos», y que los comunistas son mercenarios que quieren «entregar la patria» a poderes extranjeros.
  16. Las clases trabajadoras tienen muchas dificultares para elaborar, concretar y desarrollar su modelo de nación trabajadora: apenas tienen tiempo de estudio, apenas tienen intelectuales propios, y si los tuvieran carecen de prensa para divulgar sus ideas. Si ascender de la simple conciencia-en-sí a la conciencia-para-sí de la clase trabajadora supone un gran esfuerzo práctico y organizativo, más esfuerzo supone desarrollar la conciencia nacional de clase que es la expresión más plena del proceso que surge de la simple conciencia, sube a conciencia política, se desarrolla en conciencia política de clase y se materializa en conciencia política nacional de clase, irreconciliable con la conciencia nacional burguesa.
  17. Esta segunda, la burguesa, es la conciencia nacional dominante en un pueblo porque es la conciencia de su clase dominante, es decir, el modelo nacional dominante es el de la clase que tiene la propiedad de las fuerzas productivas, del Estado con su violencia y de los medios de producción de cultura e identidad burguesa. Identidad y cultura que, entre otras, tiene la función de ocultar su naturaleza de clase, presentarse como «unidad nacional» y como expresión de «todo el pueblo».
  18. La nación trabajadora es la única que defiende la independencia cuando es atacada desde el exterior, porque la mayoría inmensa de la clase burguesa negocia de alguna forma con la potencia atacante para conservar su propiedad privada, descargando los duros costos de la ocupación sobre las clases trabajadoras. Sectores muy reducidos de la burguesía y algo mayores de la pequeña burguesía se integran a la lucha obrera y popular en defensa de la soberanía, generando fricciones más o menos ásperas en esas alianzas.
  19. Según sea la mundialización capitalista en las regiones del planeta, las burguesías formalmente independientes pero débiles van cediendo cotas de su soberanía a otras burguesías más poderosas y al capital financiero para mantener el grueso de su propiedad privada en un mercado mundial cada vez más duro y competitivo. Es la nación trabajadora la que sufre los recortes sociales de esta política entreguista. La burguesía nacional dice que «cede toda la nación» en cosas ya superadas para que gane «toda la nación» en cosas nuevas.
  20. La concentración y centralización de capitales, refuerza una forma de dependencia nacional de Estados formalmente independientes que ya existía al comienzo del capitalismo, y que se aprecia claramente en la dependencia estructural de Nuestra América al mercado mundial antes incluso de las independencias criollas a comienzos del siglo XIX. Cuando más se centraliza y concentra el capital las burguesías débiles ceden más independencia de facto, real, pero reforzando su Estado para reprimir a sus clases trabajadoras. Se refuerza así una nueva forma de opresión nacional invisible a simple vista porque esas naciones empobrecidas mantienen sus Estados independientes en apariencia.
  21. La burguesía de estos pueblos sostiene más o menos a regañadientes, o con alivio y alegría según los casos, que esta evolución es buena en general porque viene a salvarle su amenazada economía tanto del «enemigo interno», la clase trabajadora, como del «enemigo externo», otras economías capitalistas más productivas y expansivas. Muchas naciones formalmente independientes están entrando en dependencia nacional fáctica que ocultan nuevas formas de opresión nacional apenas visibles aunque reales y muy duras.
  22. La concentración de capitales destroza sobre todo y fundamentalmente el ideal nacional de las clases trabajadoras, del Trabajo, dejando espacios económicos, políticos y culturales para que las burguesías de esos pueblos sigan obteniendo beneficios explotando más duramente a sus clases trabajadoras y recibiendo parte de los beneficios que las burguesías más poderosas obtienen con sus saqueos imperialistas.
  23. Si los pueblos oficialmente independientes empiezan a sufrir una nueva forma sibilina o descarada según los casos de opresión nacional, la suerte de los pueblos nacionalmente oprimidos es peor en lo cuantitativo y en lo cualitativo porque les es prohibido disponer de un imprescindible Estado independiente, progresista y antiimperialista. Hace más de un siglo y medio que las burguesías dejaron de sacrificar sus vidas y sus propiedades para conquistar el Estado propio, y cuando sus clases trabajadoras se pusieron en pie para expulsar a los ocupantes esas burguesías se dividieron entre muchos colaboracionistas y oportunistas pasivos, y pocos luchadores; tras expulsar a los ocupantes, esas burguesías maniobraron para recuperar y ampliar sus propiedades, desarmar a las clases trabajadoras y si es posible encarcelar sus dirigentes.
  24. Ocurre así porque desde hace tiempo la burguesía como clase social que vive de la explotación de la clase obrera sabe que ésta es su mortal enemigo y que no puede concederle más derechos y libertades que los estrictamente necesarios para mantenerla adormecida y sumisa mediante la política de la zanahoria y el palo, y las burguesías de los pueblos oprimidos también lo saben. Peor aún, por experiencia propia e internacional ellas saben que una vez que el pueblo trabajador se ha lanzado a la lucha de liberación nacional, aunque sea al principio con objetivos meramente democráticos y políticos, no socialistas, puede cada vez más difícil evitar su radicalización socialista, su ascenso de conciencia nacional alienada, burguesa, a conciencia nacional de clase, independentista y socialista.
  25. La dificultad en domeñarla tiende a crecer en la medida en que el pueblo trabajador aprende por su propia lucha que la mejora cualitativa de sus condiciones de vida y trabajo va unida a la independencia socialista: en la medida en que va ganando batallas parciales, conquistando derechos concretos y derrotando contraataques del Estado ocupante y de la burguesía colaboracionista. Aquí, en este aprendizaje, juega un papel creciente el internacionalismo de los pueblos, de las clases trabajadoras, que comprenden que deben ayudarse mutuamente en lo práctico y en lo teórico.
  26. Estudiar esta realidad de nación oprimida desde la perspectiva de la liberación nacional de clase quiere decir que se parte de un hecho central que lo determina todo: la realidad social entera está estructurada por la opresión nacional que sufre la clase obrera y el pueblo trabajador, y dentro de este la mujer trabajadora como su componente decisivo en la reproducción del sistema y en la producción de plusvalía. Opresión nacional de clase quiere decir que es el sistema capitalista, como unidad de modo de producción y reproducción, el que oprime nacionalmente para extraer un beneficio global mediante la explotación de la fuerza de trabajo social y la dominación política, lingüístico-cultural e ideológica. Desde esta perspectiva no existen contradicciones antagónicas sino un mismo interés básico de clase entre las burguesías franco-españolas y la llamada «burguesía vasca».
  27. La opresión nacional de clase no desaparecerá mientras no lo haga su causa: el capitalismo. Sí puede aliviarse parcialmente en cuestiones importantes por su contenido simbólico y referencial, lingüístico-cultural, democrático, mediático, educativo, sanitario, administrativo y económico. Se trata de quitar presión a la olla para que no estalle, cediendo cierta autonomía fiscal y recaudatoria, e incluso represiva si los Estados opresores controlan las «fuerzas de orden» autonómicas y regionalistas integradas en sus estructuras militares. Tales concesiones alivian y suavizan lo más duro de la opresión nacional logrando el apoyo decidido de la «burguesía vasca» y de los bloques sociales –pequeña burguesía, franjas sociales, «clases medias», y masas trabajadoras y obreras autonomistas y regionalistas, conservadoras política y socialmente, pero con una visión algo democraticista de su sentimiento difusamente nacional, abstracto.
  28. Las concesiones vistas también buscan engatusar las dudas e indecisiones de los sectores de la pequeña burguesía, «clases medias», del pueblo y de la clase obrera que oscilan entre el simple autonomismo y regionalismo y el independentismo socialista, sectores que tienen confusos y borrosos sentimientos nacionales y sociales. Franjas y sectores obreros y populares, etc., que se mueven oscilantes según los momentos entre los dos polos, que no se sienten miembros de los Estados ocupantes, que conocen al pueblo independentista y sienten simpatías por su coherencia y hasta le apoyan en determinadas movilizaciones e incluso en ciertas situaciones político-electorales pero no en otras.
  29. Estas concesiones estatales pueden ser y son aceptadas en diverso grado por los sectores sociales, culturales, sindicales y políticos constitucionalistas y unionistas, con sentimiento nacional español y francés, cuya aceptación oscila según sean más o menos duras las políticas centralizadoras de sus Estados. Adormilarlos, mantenerlos calmados para que no impulsen respuestas fanáticas de opresión nacional y de imperialismo gran nacionalista de los ocupantes, es una sabia estrategia político-militar de largo alcance consistente en mantener inactivas las terribles fuerzas irracionales, racistas y machistas de los movimientos contrarrevolucionarios.
  30. Por último, puede llegar el momento político en el que el Estado ocupante necesite soltar los perros por las calles, pero para eso tiene que mantenerlos atados pero contentos, y una buena explicación de esas «concesiones al separatismo» puede lograrlo. En el siguiente texto desarrollaremos más en detalle estas tesis pero aplicadas al decisivo asunto del sujeto colectivo de la emancipación, del problema de la práctica de clase del independentismo del pueblo trabajador.

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