LA POBLACIÓN PRESCINDIBLE: LOS INDESEABLES

mirar para otro lado

en pdf Aquí: Indeseables

“No hay fortunas inocentes…”

Todas las sociedades humanas conocidas han delimitado ética y políticamente unas determinadas conductas y normas sociales de convivencia. Esas convenciones sociales expresan siempre -históricamente- relaciones materiales de fuerza entre clases sociales.

Son precisamente esas relaciones de fuerza, esas relaciones de dominación de unas clases sobre otras, de unos sujetos sobre otros, (de unos Estados sobre otros, de unos países sobre otros) las que determinan los roles y las jerarquías; las que modelan los símbolos de status y las categorías. Las que organizan y brindan argumento (tegumento) al entramado de ideas y de “valores” de la sociedad capitalista contemporánea global, claramente injusta y desigual. Se trata de una cultura de la explotación, es decir de una verdadera Cultura de la Muerte.

Todas las sociedades conocidas a lo largo de la historia, han desarrollado tendencias autodestructivas. Un fenómeno que resulta notorio y particularmente importante analizar en las sociedades de clase, es la permanente necesidad de delimitar esos roles en los espacios identitarios, al tiempo que por contrapartida “culturalmente” se definen núcleos “indeseables”, es decir: población prescindible. De esta manera intentamos explicar sencillamente como, en el lenguaje de la sociedad capitalista globalizada la categoría social “Trabajador”, (más aún “pobre”) resulta siempre sinónimo de subalterno.

¿Que decir entonces de un intelectual comunista, obrero y pobre? ¿que decir de una mujer indígena feminista? ¿de un anciano discapacitado? Indeseables con todas las connotaciones (incapaz, improductivo, antisocial, “eliminable”, etc., etc) que esa comprensión de la existencia humana implica.

También por eso, en los momentos de crisis de la hegemonía burguesa, es el terrorismo fascista: machista, racista, antiobrero y genocida, el que expresa la verdadera naturaleza de la dominación capitalista. Por eso la cultura de la muerte se funda en la enajenación de la voluntad.

El capital y el orden social que lo reproduce, son sinónimo de vida humana muerta, arrebatada a los sujetos y transferida a las mercancías y los objetos. Por eso no existe ‘realización’ posible dentro de la lógica del mercado, que no implique asumir el crimen y la injusticia como necesidad inherente a ese orden social. Asumirse como cómplice de todas las injusticias cometidas contra el genero humano a lo largo de la historia. Por eso, es imposible imaginar un “capitalismo ético”.

La cultura de la dominación burguesa es entonces, cultura de la segregación, de la mentira y el miedo. Miedo a la verdad, miedo al amor, miedo a la muerte, miedo a la soledad, miedo a las diferencias, miedo al miedo. Una sencilla conclusión de todo esto servirá al lector para entender por qué desde hace al menos dos milenios los revolucionarios resultamos ‘extraños’, ‘extravagantes’, ‘incomprensibles’, ‘provocadores’; y somos en suma: un ejercito sombrío y misterioso de indeseables. Pero ¿para quienes?

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