ALAINET: En la “década perdida”

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ALAI
01 de Junio de 2017
Revista América Latina en Movimiento: ALAI: 4 décadas democratizando la comunicación
27/04/2017

En marzo de 1992, bajo el lema: “información documentada de un continente en movimiento”, ALAI presenta un balance con ocasión de sus 15 años, en el cual se constata la urgencia de aunar esfuerzos para superar la dispersión en el campo de la comunicación popular y alternativa, que dio pie a que ALAI asuma una actitud proactiva en tal sentido. A continuación reproducimos un fragmento de este balance. (ALAI Servicio Informativo No. 149 06/03/1992)

La tarea no ha sido fácil, sobre todo porque el mayor trecho de esta travesía lo hemos tenido que realizar con un contexto adverso. Nos referimos, por un lado, a la situación global que ha vivido Latinoamérica, y en particular sus sectores populares, bajo el impacto de la crisis y, por otro, a la suerte corrida por la comunicación alternativa en la región.

Para graficar lo mal que anduvo América Latina en la década pasada, se dice que ella fue la “década perdida”, la cual estuvo marcada por la crisis de la deuda y la imposición de severas políticas de ajuste estructural, sin por lo tanto haber logrado apuntalar sus economías. Y esto, mientras a la par tenía por delante el sendero de una precaria como limitada democratización.

Como siempre, la peor parte de la “década perdida” ha sido para el campo popular. Sobre él se ha descargado el peso mayor de la crisis, que, entre otros aspectos, ha afectado no sólo su representatividad y dinámicas organizativas, sino también su capacidad de respuesta. La urgencia por atender necesidades inmediatas de sobrevivencia, ha hecho que se ponga de lado la reflexión y el análisis necesarios para enfrentar los problemas en su dimensión más amplia. Añádase a esto, el impacto que ha tenido el derrumbe de muchos de los referentes ideológicos que por décadas han condicionado su accionar.

En este lapso, luego del pasajero interés por los problemas ligados a la comunicación, que se registró hacia fines de los ’70 y principios de los ’80 —particularmente con motivo del Año Internacional de la Comunicación—, y que de alguna manera permitió la emergencia de prácticas y reflexiones en torno a la comunicación alternativa, las actividades desarrolladas en este campo fueron pasando al rincón de la indiferencia. Esto es, se produce un achicamiento de este espacio, justo cuando comenzaba a extenderse esta problemática entre los sectores populares y, por ende, a intentarse respuestas prácticas y teóricas (como, por ejemplo, los esfuerzos por definir el status teórico de la “comunicación popular”).

En una dimensión más amplia, es lo que sucede también con las demandas que desde los países del Sur se venían haciendo en favor de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación, luego que la política de satanizaci6n de la administración Reagan alcanzó a la UNESCO y la puso en la picota. Y por extensión, el tema de la comunicación pasó a ser visto como un tema contraproducente en el marco de las relaciones Norte-Sur.

El signo de los tiempos

Para nadie es un secreto que en ese momentáneo auge de la comunicación alternativa jugó un papél de importancia el apoyo económico de la cooperación y solidaridad internacional, pero quizás fue mayor en su posterior declive. Con el cambio de “prioridades” de las agencias donantes, numerosas iniciativas se vieron forzadas a clausurar sus programas y cerrar sus puertas, o bien a “reconvertirse”. Y es que de por medio hay una razón muy simple: una empresa de esta naturaleza difícilmente puede sostenerse a base de recursos propios.

A estas alturas poco importa si tal giro respondió a un problema de inconsistencia o a una clarividencia en el manejo de estrategias. Pero el hecho es que mientras por nuestros lares se ponía candado a los programas de comunicaci6n alternativa, en el Norte el factor comunicación se tornaba cada vez más decisivo en los procesos de reorganización económica, social y cultural en curso, particularmente desde mediados de los años 80. No en vano se ha convertido en un lugar común decir que vivimos en la “Era de la comunicación”.

Con las distancias del caso, para entonces, en América Latina también se podía apreciar signos de que en las esferas de poder se estaba procesando una revalorización de la comunicación y la información en tanto mecanismos de control social. En los países que entraron al bloque de los que retornaban a los regímenes constitucionales tal situación se hizo ostensible sobre todo a través de los nuevos parámetros que entraron a marcar el juego político con la incorporación del “marketing político”. Al punto que ya no es de sorprenderse que los “movimientos de opinión” desplacen a los “movimientos políticos” en la elección de dignatarios públicos. Si no cómo entender el triunfo de un Alfonsín, un Febres Cordero, un Collar de Mello, para citar algunos casos.

En los países que la política de Washington los catalogó en la categoría de afectados por los llamados “Conflictos de Baja Intensidad”, como los de Centroamérica, en cambio, dicho fenómeno se expresó como un componente básico de una estrategia militar que —más allá del aniquilamiento físico— busca doblegar al enemigo ganándose la “mente y los corazones” de la población y si ello no es posible, quebrándola lo último que le puede quedar: la esperanza.

Desde luego, no son dos dinámicas excluyentes, todo lo contrario, tan solo que han tenido preeminencia según las circunstancias, y tampoco se reducen al espacio descrito. Es más, todo parece indicar que a medida que se estrecha el margen de maniobra de los gobiernos en el manejo de la crisis, el recurso al mundo de lo simbólico ofrece una salida segura (léase manipulación). Pero cualquiera sea el caso, su realización requiere de una mayor concentración y control de los sistemas de comunicación y la consiguiente marginalización de los excluidos de siempre.

La asignatura pendiente

Con los acelerados cambios tecnológicos que en los últimos tiempos se han registrado en el campo de la comunicación, las históricas disparidades entre Norte y Sur se han acrecentado considerablemente. Más aún, a la par que avanza la “mundialización” del planeta, los imperios de las transnacionales de la comunicación aparecen como prototipos del poder global. Aunque parezca, esto no es ciencia-ficción. Sino, baste recordar lo que aconteció hace un año cuando la Guerra del Golfo: una virtual red mundial de televisión, comandada por la cadena estadounidense CNN, se encargó de llevar a cabo el operativo de propaganda y desinformación más grande que registra la historia. Y todo parece indicar que la “CNNización” de la información nos acompañará por un buen tiempo.

Con el transcurso del tiempo ha quedado claro que las “políticas nacionales de comunicación” —formuladas justamente para contrarrestar tanto los desequilibrios informativos como la concentración monopólica de la producción y flujos de información a nivel internacional— resultaron insuficientes para cumplir con sus finalidades y que a la postre terminaron por reproducir a nivel interno, en favor de las élites locales, aquello que cuestionaban en el plano externo.

Esta constatación, sin embargo, no alcanza para justificar el silencio que se ha venido guardando sobre la materia desde hace algunos años. No cabe duda de que hay sectores interesados en que no se hable más del asunto, sobre todo si se percibe que una revisión crítica de tales procesos inevitablemente lleva a replantear el problema en términos de democratización; pero el factor más determinante en esta situación quizás sea el cortoplacismo que se ha impuesto en la vida de nuestros pueblos, a nombre de un supuesto realismo.

En todo caso, el hecho es que no se puede esperar salir del pozo sin políticas de largo alcance, las cuales, entre otros aspectos, deben asumir los desafíos que se plantean en el campo de la comunicación. La novedad es que ahora ya no hay espacio para jugar con una demanda externa justa para asegurar privilegios internos, porque ambos espacios están atravesados por una exigencia común: la democratización de la comunicación.

Por las características que asume esta demanda, consideramos que sólo un movimiento popular y democrático estará en medida de llevarla hasta las últimas consecuencias. Empero, la realidad nos muestra que, de manera general, las instancias populares presentan serias deficiencias en cuanto a la formulación e implementación de respuestas consistentes en el plano de la comunicación. La señal más evidente es que prácticamente no existe una “agenda” clara en este ámbito, al punto que en las plataformas por una redistribución de bienes más justa y equitativa, generalmente no se incluye a la información y comunicación.

En un contexto en el que el desafío democrático aparece en primer plano, éste es un serio hándicap. Es un criterio universalmente aceptado que la vitalidad de la democracia no reside en la convocatoria a elecciones en tiempos determinados, sino en la capacidad de un sistema a lograr la participación de sus conciudadanos, entendiendo que una participación positiva sólo puede darse cuando las personas comprometidas disponen de los elementos necesarios para la toma de decisiones; esto es, cuando están debidamente informadas. Vale decir, un movimiento popular desinformado y domesticado difícilmente será protagonista de su propia transformación.

En medio de estas dificultades y exigencias, se vuelve fundamental rescatar la experiencia acumulada por una multiplicidad de iniciativas que a lo largo de los años se ha desarrollado en el campo de la comunicación alternativa o popular, y que de una u otra manera ha puesto sobre el tapete la dimensión participativa, democrática, descentralizada, horizontal e interactiva de la comunicación.

No obstante, y es preciso decirlo, en muchos casos reivindicar la comunicación alternativa ha servido fundamentalmente como un nuevo recurso de relaciones públicas para afirmar políticas institucionales, con el añadido que —por lo general— son quienes se han beneficiado preferentemente de apoyos externos. Y precisamente por ello han pretendido proyectar la imagen de que se habría logrado articular un movimiento internacional.

Consideramos que no es así, porque la mayoría de experiencias —y acaso las más significativas— permanecen en un estado de dispersión; si bien que en los últimos tiempos se ha comenzado a valorar la importancia de unir esfuerzos vía la conformación de redes. Aunque bajo la particularidad de que esta dinámica, más allá de todo voluntarismo, ahora puede apoyarse en una tecnología apropiada, como es el caso —por ejemplo— del correo electrónico.

Al celebrar estos 15 años, entonces, lo más significativo es percatarse que la comunicación está entre las asignaturas pendientes del campo popular. Y ello no puede ser superado con esfuerzos aislados —por más exitosos que sean—, sino con la acción conjunta de todos quienes nos ubicamos en este campo. (marzo 1992)

***

Desde 2013, ALAI es parte del Foro de Comunicación para la Integración de NuestrAmérica, que agrupa a redes y medios de comunicación y coordinaciones sociales, que colaboran en la cobertura de los procesos de integración regional e impulsan una labor informativa a favor de la integración de los pueblos.

Fundada en Montreal, Canadá, en 1977, ALAI tiene ahora su sede en Quito, Ecuador, donde es registrada como una fundación sin fines de lucro, desde 1991, bajo la denominación: Fundación Agencia Latinoamericana de Información – ALAI.

ALAI tiene estatus consultivo especial ante la Comisión Económica y Social (ECOSOC) de Naciones Unidas.

Consejo Directivo 2015-2017 de la Fundación ALAI:

  • Presidenta: Monica Bruckmann (Perú/Brasil)
  • Vicepresidenta: Ana Esther Ceceña (México)
  • Vocal: Oscar Ugarteche (Perú/México)

Directora Ejecutiva: Sally Burch (Reino Unido/Ecuador)

Director de Programas: Osvaldo León (Ecuador)

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