LA INSURRECCIÓN ARMADA NO ES GOLPISMO CONTRARREVOLUCIONARIO por Iñaki Gil de San Vicente

A PROPÓSITO DE LA EDICIÓN DE NUESTRO PRÓXIMO LIBRO:
“LA INSURRECCIÓN ARMADA” de A NEUBERG (1928)

¿Por qué estudiar a Neuberg sobre la insurrección armada?
Iñaki Gil de San Vicente

Hay que estudiar a Neuberg por cuatro razones: una, porque fue sistemática-mente analizado por las fuerzas represivas burguesas, y es muy probable que lo esté siendo de nuevo; dos, porque el reformismo es irreconciliable con él; tres, porque su potencial revolucionario se está confirmando con el tiempo; y cuatro, porque es una necesidad ética. Neuberg es un pseudónimo que oculta a un colectivo de revolucionarios que dominaban el arte de la insurrección en la década de 1920, y que, bajo los auspicios de la Internacional Comunista, se unieron para escribir este fundamental libro, editado por primera vez en la Alemania de 1928, hace cerca de noventa años.

La-Insurreccion-Armada-A-Neuberg
Ediciones de Cultura Popular. México. 1973

Antes de seguir, hemos de avisar que el libro de Neuberg sólo se centra en el acto último armado, insurreccional, el estallido revolucionario, pero no desarrolla los complejos procesos previos, las fases anteriores, y menos todavía analiza, por razones obvias en aquella época, la interacción entre las formas insurreccionales finales y las luchas de liberación nacional. Sí, afirma la existencia de diversas formas insurreccionales: las armadas bien organizadas; las de masas populares mal organizadas, espontáneas; los pequeños golpes de las guerrillas; y las insurrecciones minoritarias, sin base popular, los putsch. También reconoce Neuberg que la insurrección armada es el final de un largo proceso muy complejo, con altibajos, con derrotas y retrocesos, pero no desarrolla estas ideas, y menos la dialéctica entre insurrecciones y luchas guerrilleras, especialmente las de liberación nacional.

No podía hacerlo porque en aquella época todavía no se habían generalizado las luchas de liberación nacional en sus diversas variantes, desde las de guerrillas urbanas, campesinas, mixtas, así como las que consideraban la necesidad de acumular las fuerzas políticas necesarias para forzar al Estado ocupante a una negociación que devolviera al pueblo los derechos nacionales oprimidos. Tampoco podía hacerlo porque se escribió en una fase política muy precisa, denominada “clase contra clase”, en la que, con mucho simplismo, se reducía la lucha a un choque entre dos bloques sociales, el proletario y el burgués, sin considerar la existencia de amplias franjas intermedias, dudosas, imprecisas. El texto da por supuesto que estas franjas ya se han posicionado por un bando u otro, lo que entonces era mucho suponer.

Sin embargo, como veremos, el libro sí contiene un método de análisis de las prácticas insurreccionales que permite trascender a su limitado objeto concreto para profundizar en la praxis revolucionaria actual en la que las diversas formas de insurrección deben ser vistas como un proceso complejo, diversificado, interactivo y sistémico, como ya se sabía desde mediados del siglo XIX y ha quedado confirmado durante todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI. Vamos a adelantar sin desarrollarlos algunos de los puntos nodales de este método que se centran en la importancia insustituible e imprescindible de la moral de lucha, de la teoría, de la estrategia, de la toma del poder de Estado, de la organización revolucionaria de vanguardia, de la política de alianzas, de la interacción sabia y oportuna de todas las formas tácticas de lucha, etc.

La Rosa Blindada
Ediciones La Rosa Blindada – Buenos Aires. 1973

La burguesía sí lee a Neuberg

Al margen del tiempo transcurrido, la burguesía lee detenidamente a Sun Tzu, Herodoto, Tucidides, Jenofonte, Julio César, Tácito, Vegecio, Gengis-Khan, Maquiavelo Napoleón, Clausewitz…, porque muchas de sus ideas son adaptables a las condiciones del capitalismo actual, a las necesidades de orden político-militar, ideológico, de control, manipulación y sumisión de masas, y hasta a la economía. Existen sesudos libros sobre la aplicación del “Arte de la guerra” de Sun-Tzu a la buena marcha de la economía capitalista y es innegable que la denominada ‘guerra de cuarta generación’, además de basarse en Sun-Tzu también lo hace en las doctrinas de otros estrategas político-militares. Lo esencial de la denominada “pedagogía del miedo”, uno de los núcleos de todas las doctrinas represivas desde los asirios, está ya en las masacres de Cartago en la península ibérica, en Carlomagno, en los mongoles, etc. Sin ir muy lejos, manipulación viene del latín ‘manipulo’, que era la unidad básica de combate de la legión romana, similar a la compañía actual; y Napoleón, criticando los excesos represivos de César, insistió en que la victoria militar debía estar reforzada con medidas apaciguadoras ya que las bayonetas sirven para todo excepto para sentarse sobre ellas.

Hablamos de estrategas político-militares basándonos en las ideas de Francisco de La Noue, lúcido militar hugonote, que escribió en el siglo XVI los “Discursos políticos y militares” en los que recomendaba se aplicasen soluciones políticas siempre que fuera posible, dejando la guerra como último recurso. Con la agudización de las contradicciones del capitalismo entonces en pañales, los discursos político-militares se han endurecido, incluso más allá del ideario de Patton y Mac Arthur, plasmándose en las actuales doctrinas imperialistas. Por tanto, debemos hablar a la vez de estrategas económico-militares y no únicamente porque la política es la quintaesencia de la economía, sino también porque economía y guerra forman una unidad demostrada desde el Mesolítico, si no antes.

En el -400 Dionisio de Siracusa organizó el posiblemente primer complejo industrial-militar al reunir a técnicos y sabios con el objetivo de construir las mejores armas del momento, todo a cargo del erario público. Siempre se ha valorado la importancia del secreto de producción de determinados productos estratégicos económicos y militares: la antigua China condenaba a muerte a quienes revelaban el secreto de la seda. El imperialismo intelectual está confirmado desde el -212 cuando el general romano Marcelo ordenó que durante la conquista de Siracusa no se diera muerte a Arquímedes, sabio reconocido y deseado por todas las potencias del momento, orden que no fue cumplida.

La palabra salario procede del trozo de sal que se entregaba a cada legionario romano. Durante las Guerras Púnicas, Roma empleó métodos de producción bélica que reaparecerían en la guerra mundial de 1940-1945.

Mauricio de Nassau –antecedido por Juan de Meung en el siglo XIII– se adelantó a Taylor al aplicar entre los siglos XVI-XVII la racionalidad militar grecorromana basada en la rigurosa economía del tiempo, al igual que en este mismo siglo Francisco de Guisa aplicaba una muy racional economía de medios en la defensa estática, adelantándose al magistral Vauban. Durante el siglo XVIII el poder británico subvencionó el complejo científico-militar para mantener su supremacía naval, y en el siglo XIX Napoleón hizo lo mismo con la química. Los servicios secretos prusianos accedieron a las muy protegidas investigaciones británicas sobre máquinas de vapor, espionaje que facilitó la rápida industrialización del imperialismo alemán. Se trata de una estrategia que aúna lo militar, lo económico, lo político y los aparatos de Estado. El militar y político romano Mario lo sabía perfectamente cuando reorganizó las legiones en el -107 para vencer a las sublevaciones esclavas y a los pueblos libres.

Pero la burguesía también estudia a fondo el marxismo, aunque sea incapaz de entenderlo. Es cierto que la casta intelectual tardó un tiempo en darse cuenta del poder destructor concentrado en “El Capital” de Marx, pero desde entonces no ha escatimado medios para destrozarlo. Los textos militares de Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Ho, Giap, Guevara, Roque Dalton, Marulanda, etc., son sistemáticamente debatidos por el imperialismo. Weber, el sociólogo de cámara del imperialismo alemán, copió a Trotsky su famosa definición del Estado como monopolio de la violencia. El “Mein Kampf” de Hitler trasluce una lectura algo sistemática del marxismo; Mussolini había estudiado mal que bien el marxismo en sus pocos años de socialista compañero de Gramsci. V. Serge explicó en 1925 que el objetivo de todo sistema represivo es conocer lo mejor posible a las organizaciones revolucionarias. Por no extendernos, es sabido que la CIA preparó el golpe fascista de Pinochet en Chile basándose en la corrección de la tesis de Lenin de que ninguna clase dominante se suicida como clase abandonando pacíficamente el poder. No lo abandona porque el poder y su violencia son vitales para el capitalismo. Marx tenía razón al decir que la violencia es una fuerza económica y que el sistema fabril se rige por la disciplina militar, como la tenía Engels al decir que un acorazado era la síntesis de la fábrica capitalista. Esto también lo sabe la burguesía actual, y es por ello que no quiere que se vuelva a publicar a Neuberg, porque es un torpedo lanzado a la quilla de la civilización del capital.

La Insurrección AKAL
AKAL Editor – España – 1979

La socialdemocracia intentó asesinar a Neuberg

¿Pero qué diría el reformismo ante Neuberg? El reformismo clásico, el socialdemócrata, sostendría que Neuberg estaba ya definitivamente superado antes de su redacción, en concreto desde finales del siglo XIX cuando el reformismo rompió en la práctica con los tres pilares del marxismo: la teoría de la explotación asalariada, la teoría del Estado como instrumento de violencia de clase y la teoría dialéctico-materialista del conocimiento. La ideología reformista neoclásica, la eurocomunista, aseguraría que Neuberg fue definitivamente superado en el proceso iniciado en el XX° Congreso del PCUS y que llegó a su culmen al final de la década de 1960 cuando la castrante manipulación de Gramsci por el Partido Comunista Italiano (PCI) “demostró” que la violencia revolucionaria había pasado ya definitivamente a la historia. La moderna ideología reformista, polifacética y multiforme, además de repetir el “argumento” pacifista añade que ya no vivimos en la misma sociedad capitalista sino en otra muy diferente, en la que hasta han desaparecido la clase obrera, la lucha de clases, el Estado-nación, los partidos tradicionales, la militancia revolucionaria, etc., viviendo en la era de lo inmaterial, de la multitud y ciudadanía global, de la ‘gobernanza mundial’ que debe estar siempre atenta a las presiones de la “opinión pública” expresada mediante la tele-democracia.

El reformismo socialdemócrata abandonó totalmente la perspectiva insurreccio-nalista porque había abandonado previamente la teoría marxista de la explotación, del Estado y del conocimiento, por lo que cayó en la creencia fetichista de que el parlamentarismo pacifista era el único instrumento adecuado para avanzar gradualmente al socialismo. Su estrategia se centró en el aumento cuantitativo de la fuerza electoral e institucional, parlamentarista, como basamento del futuro poder legal de la socialdemocracia dentro del Estado neutral. Para imponerla no dudó en censurar y amputar un decisivo escrito de Engels en el que precisamente se teorizaba la necesidad histórico-general de la insurrección, aunque se exigía que ésta fuera siempre aplicada en las condiciones concretas de cada coyuntura y contexto de lucha revolucionaria.

La táctica socialdemócrata se centró en la búsqueda del voto sin reparar en concesiones teóricas, políticas y programáticas, de manera que poco a poco fue reforzándose en el seno de las masas el interclasismo, el pacifismo y el nacionalismo imperialista de la burguesía. La obsesión suicida por el pacifismo parlamentarista le llevó a oponerse a toda iniciativa crítica e independiente de las masas, luchas que entraban de lleno en la concepción marxista de la praxis pre, proto e insurreccionalista que luego expondremos. Y así se explica que el reformismo socialdemócrata ha terminado siendo una de las fundamentales fuerzas defensoras del capitalismo.

El eurocomunismo negó la realidad y a Neuberg

La lucha de clases está siempre activa, subterránea, invisible a simple vista, latente, aunque no se sienta en la vida pública, aunque se certifique su desaparición en los períodos de “paz social”, de “normalidad democrática”. La lucha de clases siempre reaparece de una forma u otra, bajo ropajes meramente economicistas, de exclusiva lucha salarial, pero resurge pública-mente conforme se agudizan las contradicciones del sistema capitalista. Durante esta tendencia al alza asistimos a un creciente malestar popular, a incipientes luchas aisladas, espontáneas, apenas coordinadas, locales, luchas por objetivos inmediatos, defensivos, sin contenido político alguno. Las organizaciones revolucionarias deben estudiar atentamente estas señales para prever su evolución e influir en su interior. Neuberg cita los tres consejos de Lenin para valorar correctamente la marcha de las luchas: la creciente debilidad de la clase dominante para mantener su dominación; el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo del pueblo, el aumento de sus sufrimientos; y el aumento sensible de las luchas de las masas.

Al margen de las formas externas muy diferentes con las que se expresan estas tendencias, sus identidades de fondo son esencialmente las mismas porque surgen de la objetividad de la explotación capitalista y del papel del Estado burgués en su seno. La dialéctica marxista permite conocer esta realidad inexistente a simple vista e incidir en ella. La insurrección como proceso global complejo y multiforme en su inicio, que va concretándose a la vez que asciende, es consustancial a la lucha de clases. No sirve de nada negarlo porque la realidad es tozuda ya que es real. El eurocomunismo renegó de ella al mezclar dosis socialdemócratas con dosis stalinistas y neo-reformistas basadas en la descarada tergiversación de Gramsci. La polifacética praxis insurreccionalista, que se asienta en una visión revolucionaria de la hegemonía política de masas, fue despreciada para aceptar la claudicación pactista con la supuesta “burguesía democrática”. Neuberg advierte del asesino papel contrarrevolucionario de la supuesta “burguesía nacional”, lección histórica olvidada o negada contra toda evidencia. De la misma manera en que la socialdemocracia pacificó y amansó a las clases explotadas al hacerles olvidar la praxis insurreccionalista, el eurocomunismo hizo lo mismo desde finales de los años sesenta del siglo XX.

BOLXHE insureccion armadacover
Boltxe Liburuak – Euskal Herria – 2013

La necesidad de actualizar a Neuberg

Sobre los escombros del eurocomunismo fue formándose una tercera oleada reformista que además de integrar tesis anteriores añadía otras relativamente nuevas según las cuales el capitalismo actual no tendría nada que ver con el anterior. No tenemos espacio para mostrar cómo las sucesivas crisis socioeconómicas locales que azotaban a cada vez más regiones y Estados ridiculizaban esas “novedades”, llegándose por fin a las lecciones aplastantes que se extraen desde 2007 hasta ahora. Pues bien, a lo largo de estos lustros hemos asistido a un renacer de las experiencias insurreccionalistas en toda sus gamas, desde los pequeños inicios en forma de motines y saqueos por hambre hasta grandes sublevaciones más o menos organizadas desde el interior de sus países y apoyadas por el exterior. Quienes censuraron a Engels a finales del siglo XIX precisamente sobre estas prácticas, convencidos de que ya no volverían a darse, ven desde hace bastantes años que adquieren nuevas formas. Y quienes se adhirieron al pacifismo eurocomunista no saben ahora cómo encauzar el creciente malestar por los estrechos cauces del institucionalismo.

La verdad es que todas y cada una de las tesis del último reformismo han saltado hechas añicos. En lo que concierne al problema de las prácticas insurreccionales, este reformismo ve cómo en las grandes conurbaciones empobrecidas del capitalismo imperialista proliferan las protestas aisladas que pueden coordinarse en muy poco tiempo e irrumpir en la calle en forma de piquetes, grupos organizados, manifestaciones masivas que protestan contra opresiones e injusticias precisas pero que podrían terminar desarrollando una estrategia política ofensiva si en su seno militasen eficaces organizaciones revolucionarias. Tarde o temprano los movimientos sociales y populares, las luchas sindicales, vecinales, estudiantiles, etc., antes aisladas, tienden a confluir si se propician determinadas condiciones; pero también tiende a confluir la extrema derecha siguiendo una secuencia de clásica polarización social, muy estudiada por el Estado que, a su vez, refuerza su poder represivo.

La espiral acción-represión-acción vuelve a ponerse en marcha a partir de un nivel cualitativo de contradicciones, si bien puede ser abortada mediante eficaces doctrinas de contrainsurgencia.

Quien haya leído a las dos primeras generaciones de marxistas y de anarquistas sobre la abigarrada y multicolor diversidad de colectivos explotados que iban confluyendo en las grandes movilizaciones de masas preinsurreccionales, en absoluto sentirá desconcierto ante la gran variedad de luchas aisladas en el capitalismo actual, y tampoco se sorprenderá al ver cómo tal multiplicidad tiende a desarrollar otras dos características comunes: la complementariedad y la politización de la vida personal dentro de la colectiva y viceversa. Una de las confirmaciones más valiosas de la experiencia insurreccionalista en su globalidad es la tendencia a la politización personal y colectiva. Las personas pueden ir tomando conciencia en la medida en que su vida se hace cada vez más insoportable y en muchas de sus prácticas aplican sin saberlo los mismos principios del arte de la insurrección pero a escala individual.

Neuberg nos recuerda las cinco reglas de Marx sobre el arte de la insurrección:

a) No jugar nunca con la insurrección, que una vez empezada debe ser llevada hasta el fin.
b) Ser superior al enemigo en el momento y en el punto decisivo.
c) Mantener siempre la ofensiva, porque la defensiva es la derrota.
d) Sorprender al enemigo, cogerlo disperso y desunido.
e) Mantener la superioridad moral logrando victorias todos los días, aunque sean pequeñas.

Y añade que Marx asume la enseñanza fundamental de Dantón: “¡Audacia, más audacia, siempre audacia!”. Salvando todas las distancias, las personas o colectivos que inician una lucha por sus derechos van aprendiendo, empíricamente la mayoría de las veces, que cuanto más decisiva y trascendente es esa lucha menos se puede jugar con ella, sino que hay que llevarla hasta el final; que debe empezarla cuando la ha preparado suficientemente; que no debe perder nunca la dirección hacia su objetivo; que debe dividir al enemigo, y que ha de mantener la moral de lucha arrancando conquistas parciales por pequeñas que fueran.

Estas reglas básicas son también válidas para cualquier lucha reivindicativa, incluso individual, porque resumen la experiencia histórica de la lucha como proceso que tiende a su radicalización definitiva en el momento definitivo, el de la conquista de la libertad, es decir, del poder y de la independencia, en el nivel de que se trate. No hace falta, ni se tiene por qué, reducirlas únicamente a los excepcionales momentos de la insurrección armada. En sus contextos específicos, son válidas aunque los objetivos buscados sean bastante menos importantes a escala histórica general. Son válidas aunque no se quiera aplicar ninguna violencia, sino desarrollar la lucha mediante la desobediencia civil, la no violencia activa, la desobediencia personal o de masas, etc. La validez de estas reglas queda confirmada leyendo el apartado del libro de Neuberg titulado: “La sorpresa y el elemento ‘tiempo’ en el comienzo de la insurrección”. Escoger el inicio de cualquier movilización; prepararla con suficiente sigilo y efectividad para impedir las maniobras y contramedidas del poder opresor; preveer las respuestas del poder opresor y anularlas en la medida de lo posible; iniciar la movilización cuando los puntos anteriores, y otros más, ya han sido alcanzados; mantener siempre el control del tiempo e impedir que lo haga el enemigo, estas medidas son necesarias para cualquier lucha colectiva o individual, sea pacífica y no violenta, o de desobediencia activa o pasiva, o de mera acción parlamentaria en apoyo a movilizaciones de masas en la calle.

Sin entrar ahora al debate estratégico sobre la violencia y el derecho inalienable a la rebelión, sí insistimos en que son reflexiones urgentes y necesarias ante la multiplicación exponencial de leyes represivas que desde multas hasta la cárcel, pasando por embargos, malos tratos y pérdidas de derechos burgueses, golpean cada día más a cualquier pequeño colectivo que se atreve a hacer un “escrache” u otra forma pacífica de ejercicio democrático. Pero no sólo se trata de preveer la represión, sino fundamentalmente de aumentar la eficacia organizativa y la efectividad política de la militancia. Desde esta perspectiva, la única válida, debemos actualizar para la complejidad del presente las reglas básicas de la insurrección sintetizadas por Marx y adecuadas parcialmente por Neuberg para el contexto de la década de 1920-1930 y para aquella orientación política, sabiendo que el imperialismo también ha estudiado a Marx y a Neuberg, y ha desarrollado contrainsurgencias acordes a los tiempos.

Como vemos y como hemos dicho al inicio, en Neuberg sí existe una teoría profunda, amplia y abarcadora sobre la praxis insurreccional que desborda con su potencial al estricto momento del asalto armado al poder capitalista. Ese método teórico más extenso y rico en relaciones con otras problemáticas sociales también insertas en la praxis insurrecionalista global, es el que está demostrando su enorme efectividad liberadora conforme el imperialismo se convulsiona en su crisis actual. Carecemos aquí de espacio para extendernos con el detalle necesario en todas sus ramificaciones.

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