LENIN. MESA REDONDA

LENIN
Mesa Redonda

La Habana, Cuba

Revista Contracorriente, año 5. 1999

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Rubén Zardoya Loureda – Jorge Luis Acanda González Pablo Arco Pino – Rafael Cervantes Martínez – Román García Báez Armando Hart Dávalos – Joaquín Santana Castillo – Dolores Vilá Blanco

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LENIN COLOR

Rubén Zardoya Loureda es Decano de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana y subdirector de la revista Contracorriente.

Jorge Luis Acanda González es profesor del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana.

Pablo Arco Pino es profesor del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana.

Rafael Cervantes Martínez es jefe del colectivo de Marxismo Leninismo de la Cátedra de Ciencias Sociales del Instituto Técnico Militar “José Martí” de La Habana.

Armando Hart Davalos es Presidente de la Oficina del Programa Martiano.

Joaquín Santana Castillo es profesor del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana.

Dolores Vilá Blanco es profesora del Departamento de Filosofía y Teoría Política (área de Ciencias Naturales y Matemática) de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana.

Román García Báez es asesor de la Dirección de Marxismo Leninismo del Ministerio de Educación Superior y profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana.

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Rubén Zardoya Loureda

Con frecuencia recuerdo un poema de Vicente Huidobro, en el cual se afirma que el nombre de Lenin es “un cañonazo que parte en dos la historia humana”; y el discurso pronunciado por Fidel en ocasión del centenario del natalicio de Lenin, en el que vincula su figura y la de Marx al tránsito de la humanidad hacia su verdadera historia. Lenin se asocia a las grandes batallas del proletariado internacional, a la organización del proletariado ruso, al bolchevismo y a la concepción del partido de nuevo tipo y de su relación con las masas, al principio del centralismo democrático; a la Primera Guerra Mundial y a la elaboración de una línea política de principios frente a ella; a la Revolución de Octubre, al empeño de encender la chispa de la revolución mundial y de andar por las sendas del socialismo en las condiciones de lo que luego se llamaría subdesarrollo; al surgimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a la crítica demoledora de la Segunda Internacional y a la creación de la Tercera, al Comunismo de Guerra y a la Nueva Política Económica; al internacionalismo proletario y a una política comprometida con el movimiento de liberación nacional en las colonias; al nacimiento de la Unión Soviética. Y a una muerte prematura que implicó un giro importante en la orientación general de la Revolución de Octubre y del movimiento revolucionario mundial.

En estrecho vínculo con lo anterior, el nombre de Lenin también se asocia a una gran “herejía” en el desarrollo del pensamiento marxista. La célebre pregunta “¿Qué hacer?” con la poderosa carga antidogmática que Lenin le confiere aún retumba en los oídos de los revolucionarios. Además del genio político, en Lenin se suele reconocer –o impugnar– al genio teórico, la pujanza del pensamiento dialéctico. la idea del “materialismo militante”, una teoría del imperialismo, de la revolución y el Estado, una concepción acerca de la posibilidad de la ruptura de la cadena imperialista por su “eslabón más débil”, la lucha implacable contra la ideología burguesa, el populismo, el economicismo, el reformismo, el oportunismo, el chovinismo y otros tantos “ismos”.

También se ha responsabilizado a Lenin con muchos de los males que acompañaron al movimiento comunista mundial, desde la subordinación antidemocrática de este movimiento a un centro, hasta la propia desintegración de la URSS. En el avance del proceso de la perestroika y la glasnost, todos fuimos testigos de cómo la critica que terminaría con un desmontaje integral de la historia de la Unión Soviética y de los valores socialistas, fue avanzando –si simbolizamos en personalidades– desde la figura de Brezhniev a la de Stalin, pasando por la de Jrushov, hasta llegar a Lenin. Incluso se lanzaron sobre Marx, pero no lo hicieron con tanta saña como sobre Lenin; y tengo la percepción de que si en los últimos cuatro-cinco años se ha producido cierta readmisión academicista del pensamiento de Marx, (es como si el pensamiento burgués hegemónico le otorgara cierto “perdón”; parece que le resulta muy difícil lograr la cacareada credibilidad sin encontrarle un lugar, como uno más, en la odisea del espíritu universal), Lenin sigue siendo una suerte de diablo en calzoncillos rojos, al cual resulta infinitamente más difícil “perdonar”.

Les propongo conversar sobre estas y otras cuestiones vinculadas a la vida y la obra de Lenin. Pero antes de pasar a la discusión abierta, cederé la palabra a Acanda, quien ha preparado especialmente para esta Mesa Redonda un escrito que podría servir de pivote al análisis posterior.

Jorge Luis Acanda González

Quiero comenzar sentando una tesis: “Lenin es el siglo XX”. El historiador inglés Eric Hobsbawn ha dicho que el siglo XX comenzó en 1917 y terminó en 1989. Se refirió a un período histórico que comienza con la Revolución de Octubre y termina con el desmoronamiento del bloque soviético. Ambos acontecimientos, que marcan el alfa y el omega de una época, remiten inexorablemente a la figura de Lenin. Quise empezar con esta tesis, corolario de la de Hobsbawn, porque nos resuelve una cuestión inicial, la de la insostenibilidad de todas aquellas posiciones que intentan negar la importancia de Lenin como figura que ha marcado, con su pensamiento y su praxis política, una etapa de la humanidad. Lenin constituye, por lo tanto, un punto de referencia insoslayable.

La contradicción capitalismo-socialismo determinó todo lo que ocurrió en este siglo que concluyó. Fue la época de la plasmación de un ideal, que Lenin demostró que era posible. A su vez, su vida y su siglo demostraron las dificultades inherentes a la plasmación de ese ideal. Pero esta tesis, por el mismo contenido que afirma, implica a la vez una nueva interrogante: Lenin es el siglo XX, pero… ¿qué significará para el siglo XXI? Es la cuestión de la validez de su legado para la nueva época histórica que recién está comenzando. ¿Tiene y tendrá la obra de Lenin importancia y significación para esta nueva realidad que se abre ante nosotros? Y de ser así, ¿cuál es esta significación? Asumo que este es el objetivo de los organizadores de esta mesa redonda, como asumo que para todos los que hoy nos reunimos aquí, la respuesta a la primera pregunta es afirmativa. Es decir, consideramos que el pensamiento de Lenin guarda todavía importantes claves para el abordaje teórico y práctico de la nueva realidad Se nos impone por lo tanto hablar de Lenin en futuro, que es como se habla de las grandes figuras históricas, que son grandes porque guardan su vigencia. Aunque en el caso de Lenin también es preciso hablar en pretérito, esto es, precisar qué fue realmente lo que dijo y lo que hizo. Su herencia se tergiversó desde el principio. No sólo desde la derecha, empeñada en presentarlo como un simple terrorista y voluntarista, sino también por muchos de los que se llamaron sus seguidores, y que construyeron una imagen falsificada de su pensamiento y su vida, para que les sirviera de coartada ideológica de sus intereses. Necesariamente entonces, después de afirmar su validez para la nueva época, al abordar la segunda cuestión (“¿en qué reside esta validez?”) tendremos, en alguna medida, que realizar una labor de arqueología histórica que desembarace su obra de todas las costras que se le han adherido a lo largo de estos decenios.

Llegados a este punto, paso entonces a plantear una segunda tesis, que leí hace ya muchos años en un artículo de un autor francés, que si mal no recuerdo se llama Pierre Jalle: “repetir a Lenin al pie de la letra es la mejor manera de traicionarlo”. Esto, en definitiva, es válido para cualquier gran figura histórica. Se podría cambiar al referente, y decir que repetir a Marx, a Martí o al Che al pie de la letra es la mejor manera de traicionarlos. En primer lugar porque ellos nunca se repitieron a sí mismos al pie de la letra. Y creo que esta tesis es seminal para analizar la validez de Lenin en la nueva época. Es mucho lo nuevo y diferente que existe ahora con respecto al período que terminó, aunque a la vez se mantienen determinadas estructuras fundamentales.

La centralidad de la relación capital-trabajo, que es una relación de explotación, sigue presente. El capitalismo, como modo de producción, sigue siendo la matriz fundamental. La explotación de los pueblos por el gran capital monopólico, el imperialismo, para decirlo en sus verdaderos términos, sigue siendo un tema clave. Eso marca la continuidad entre el ayer, el hoy y el futuro. Pero el modo en que esas contradicciones se despliegan, el refinamiento y la complejidad de los mecanismos de dominación, y el surgimiento y desarrollo de nuevas fuerzas, nuevos sujetos sociales, nuevas tareas y nuevos peligros, definen lo especifico del ahora, la discontinuidad con respecto al entonces. Nada más absurdo, pues, que pensar que el “ábrete sésamo” de la futura revolución consistiría en tomar el pensamiento de Lenin, limpiarlo de las excrecencias impuestas por otros, convertirlo en una doctrina, y aplicarla a las nuevas realidades. Como se dice desde la lógica gazmoña de este discurso: “aplicarla creadoramente”. Sería la moraleja a desprenderse de una fábula que, con poco éxito en su aceptación (justo es reconocerlo) algunos han construido: si el siglo XX empezó con una victoria histórica para la revolución, y concluyó con una durísima derrota, ello se debería simplemente a que no supimos aplicar adecuada y creadoramente el instrumental que nos dejara tal o mas cual figura. Bastaría entonces con retomarla y emprender de nuevo con ella el combate. Entender entonces la dialéctica de la continuidad y la discontinuidad entre la época que termina y la que está comenzando es fundamental para evitar tanto los nihilismos como los seguidismos. Pero esta dialéctica de la continuidad y la discontinuidad hay que utilizarla también para entender el pensamiento de estas figuras, y de Lenin que es el que nos ocupa hoy. Como dije antes, Lenin nunca se repitió a si mismo. En este punto, una vez más. tropezamos con las deformaciones. Recuerdo cuando estudié a Lenin en la universidad, que una profesora me dijo que se podía hablar de un Marx joven y de un Marx maduro, y de las diferencias entre ambos, pero que eso no pasó con Lenin, porque Lenin siempre fue maduro. En esta versión, que fue la que predominó entre nosotros en lo que yo llamo los tres quinquenios negros para las ciencias sociales cubanas (1971-1986), se nos entregaba a un Lenin uniforme y monocromo, como si nunca hubiera habido giros, cambios, autocríticas y negaciones en su pensamiento.

Eso se correspondía con una segunda imagen: la del Lenin omnisapiente, que le enseñaba no sólo a sus compañeros y a las masas, sino a la realidad misma, que siempre tenía todas las respuestas desde el inicio. Todo esto se plasmó en un concepto de “leninismo”, resultado del intento de apresar el significado de su vida y su obra en un conjunto de fórmulas y recetas, fijadas para todos los tiempos y todas las circunstancias. Ese “leninismo” que terminó siendo legitimación del sistema autoritario y burocrático creado en la URSS por aquel aparato de poder, hijo de la simbiosis de partido y de Estado y de la sustitución de la dictadura de una clase por la dictadura de una estructura. un aparato que surgió no sólo contra la previsión de Lenin, sino incluso contra sus advertencias explícitas.

No voy a discutir aquí la pertinencia o no del concepto de “leninismo”, término que a mí en lo particular no me gusta, por las resonancias que evoca y los referentes a los que está ligado. Recordemos que las palabras no tienen dueño, y se cargan de un contenido objetivo que les da la vida, no unos u otros grupos intelectuales. Ante las definiciones al uso, quiero traer a colación una idea de Geörgy Lukács, quien a raíz de la muerte de Lenin escribió:

”… el dejarse instruir siempre de nuevo por la realidad, es un rasgo esencial de la absoluta prioridad de la praxis en la linea leninista de conducta”.

A mi modo de ver, aquí reside lo principal con respecto a la relación que hemos de entablar con Lenin: captar su modo de vincularse con la realidad y de estructurar su actividad política. De aquí mi tercera tesis: lo más importante de Lenin son las lecciones que se extraen de su praxis política.

Dos elementos han de destacarse en un primer plano en Lenin:

a) su posición de constante investigación y estudio de la realidad, sin prejuicios, para descubrir sus contradicciones internas, que marcan tanto la esencia de su reproducción como las tendencias al cambio, y la maduración de éstas;

b) su disposición a partir de lo anterior a aprender de la praxis social, de la actividad política de las masas, estableciendo con ellas una compleja relación destinada no sólo a enseñarles, sino también a aprender de ellas. Tal vez por ello, en vez de hablar de leninismo, yo prefiera referirme al término bolchevismo, tan vinculado al nombre de Lenin. Es en el bolchevismo, como concepto que designa la línea política que Lenin inaugura, adonde me propongo dirigir mi atención.

Se ha querido ver al bolchevismo como extremismo o como conjunto de recetas infalibles a ser aplicadas en todo momento. Pero es algo diferente a todo ello. El bolchevismo es un modo radicalmente diferente de entender la política. Un modo revolucionario de concebir la política. Un modo de interpretar, proyectar y realizar la transformación de la realidad social, de entender la relación teoría-práctica, y el papel del factor subjetivo.

¿Qué quiero decir con esto?

No caigamos en exégesis innecesarias. El bolchevismo fue más de lo que los propios bolcheviques (incluyendo a Lenin) intentaron y entendieron. Por eso es que hay que rastrear su significación no tan sólo (y agregaría, no principalmente) en los escritos de Lenin (ya de por sí memorables y dignos siempre de ser leídos) o de sus otras figuras significativas, sino ante todo en los procesos que se desencadenaron en Rusia a partir de la revolución de febrero y de la de octubre.

El momento histórico decisivo, la verdadera prueba histórica, se la plantearon a los bolcheviques los soviets. Como concepción revolucionaria de la política, el bolchevismo no se conformó de golpe. Aunque el nombre apareciera en 1903, su maduración abarcó un periodo de tiempo.

Los elementos que determinaron la especificidad cualitativa del bolchevismo cuajan y se consolidan a partir de su confrontación con el movimiento soviético. Es preciso destacar no sólo lo que los bolcheviques le enseñaron a los soviets, sino también lo que aprendieron de ellos. Y sobre todo, cómo se dispusieron a realizar este aprendizaje, a establecer una relación bilateral con las masas, de mutuo enriquecimiento. La historia de la práctica política de los bolcheviques muestra, como rasgo distintivo, la tensión permanente bajo la que se colocaron conscientemente, para poder reflejar las características complejas y cambiantes de la realidad.

La clave para entender el carácter creador del bolchevismo como práctica política revolucionaria es su relación con el movimiento soviético. Hay algo fundamental: los bolcheviques no crearon a los soviets; estos fueron resultado de la actividad espontánea de las masas, su forma de organizarse para la lucha. Recordemos que fueron los mencheviques quienes desempeñaron un activo papel en los primeros momentos de surgimiento de los soviets.

Los bolcheviques, en un inicio, los vieron con desconfianza. Eliminados por la violenta represión que siguió al fracaso de la Revolución de 1905, los soviets reaparecieron con los sucesos de febrero de 1917, que por cierto, sorprendieron también a los bolcheviques. Pero Lenin había aprendido la lección, y comprendió, mejor que nadie, lo que significaban. Tras su regreso a Rusia en el famoso “tren sellado”, lanza en las “Tesis de Abril” su célebre consigna: todo el poder a los soviets. Lenin no pide “todo el poder para los bolcheviques”, que es lo que esperaban sus copartidarios, sino “todo el poder para los soviets”, sobre quienes los bolcheviques en modo alguno tenían control. En mi opinión, con esa consigna, Lenin estaba realizando una transformación tan profunda, un giro tan completo con respecto a las formas tradicionales de entender la política y las relaciones en el binomio dirección-masas, que sus contemporáneos y muchos de sus posteriores seguidores no alcanzaron a comprender toda su significación. Recordemos que Lenin precisó de poner en juego su inmensa fuerza de persuasión y su prestigio personal durante todo un mes para que su partido aceptara esa tesis, que marca la esencia misma de lo que significan verdaderamente el bolchevismo y el leninismo.

El partido bolchevique le impuso el poder soviético al movimiento revolucionario, pero Lenin le impuso el poder soviético a los bolcheviques.

Creo que es en este punto donde el bolchevismo adquirió su distinción cualitativa como movimiento revolucionario, su mayoría de edad, el rasgo que lo llevará a hacer época. Los soviets le plantearon a los bolcheviques la verdadera prueba histórica a pasar. Presentaron, en forma concreta, un problema vital y permanente para el marxismo revolucionario: el de la relación entre un centro organizador del proceso político cuya existencia es por demás imprescindible y la espontaneidad y creatividad y más aún la autonomía de las clases, grupos y sectores implicados en la subversión del modo de apropiación capitalista, para que ese centro organizador no termine matando a la revolución.

La necesidad de replantearse el modo tradicional de la relación entre dirigentes y dirigidos, en el que la iniciativa se halla tan sólo en los primeros, y los segundos son meros actores, convocados en el modo y la oportunidad en que los dirigentes quieren, pero sin poder decisorio real. La cuestión cardinal era la de producir un ensamblaje entre el partido y las formas de asociatividad revolucionarias surgidas en las propias masas en su lucha contra la opresión. Pero un tipo de ensamblaje que garantizara la interacción en todos los sentidos entre todas esas formas de asociatividad revolucionaria. sin verticalismos ni asimetrías. “Todo el poder para los soviets”, en la lectura original de Lenin, significaba reconocer a los distintos grupos sociales participantes en la revolución no como elementos pasivos, como entes a ser conducidos o ilustrados, sino como fuerzas activas, como verdaderos sujetos de la revolución. Siguiendo las indicaciones de la Tesis III sobre Feuerbach de Marx, el hincapié se hacía en el rechazo al esquema clásico de la relación asimétrica entre conductores y conducidos.

Lenin vio a los soviets como importante elemento en la producción de la nueva democracia. Espontáneamente, por su propia fuerza y carácter, los soviets se habían desarrollado de órganos de lucha en aparatos de Estado. Era aquí donde residía la especificidad de la revolución proletaria. El líder bolchevique comprendió que si bien los soviets debían elevarse a órganos del Estado, teman que seguir siendo órganos de combate. Y no sólo de combate contra el enemigo externo o la contrarrevolución interna (con lo cual no se diferenciarían esencialmente de ningún tipo anterior de Estado), sino también y por sobre todo y aquí es donde radica lo revolucionario en la concepción leniniana contra el peligro de burocratización y autonomización del aparato estatal, que se demostró más letal que aquellos. Los soviets debían aunar su carácter de órganos de Estado, y a la vez de órganos de combate y oposición contra las tendencias deformantes presentes en el aparato estatal. Debían ser gobierno y oposición a la vez. Se proponía una simbiosis inédita en la historia, que permitiría incluir la lucha democrática en la lucha revolucionaria, y la revolución democrática en la socialista. La democracia no es un método ni una relación jurídica con el Estado, sino una relación de clases. Y aquí presentaría una cuarta tesis, que se desprendería de todo el conjunto de reflexiones de Lenin sobre la cuestión del Estado y la Revolución, desde su famoso texto de 1917 hasta sus últimos escritos, tesis que me parece esencial para afirmar la validez de su pensamiento para el siglo XXI:

“La democracia burguesa y la democracia proletaria despliegan su diferencia en relación con una forma específica de concentración del poder.”

La forma proletaria tiene que ser radicalmente diferente. Se tiene que basar en una relación de interacción entre los distintos grupos que promueven el nuevo proyecto basado en la desenajenación del individuo. El grupo dirigente tiene que promover la auto-ilustración de las masas oprimidas, despertar sus potencialidades para su auto-constitución como sujetos sociales, y abandonar el papel tradicional del terapeuta omnisciente. El poder no tiene que concentrarse en un sector, o en un aparato, sino que tiene que socializarse, convertirse en patrimonio de todos los sujetos empeñados en la revolución.

Creo que estas reflexiones pueden proporcionar un punto de partida para que Lenin nos siga acompañando en los nuevos empeños, empeños en los que tendremos que ir con Lenin más allá de Lenin.

Joaquín Santana Castillo

Acanda me ha puesto a pensar con su distinción entre los términos bolchevismo y leninismo. Me parece muy interesante la reflexión que hace. Ahora bien, ¿hasta qué punto el primero de estos términos no repite la idea contenida en el segundo? ¿Y hasta qué punto los propios camaradas de partido de Lenin estaban conscientes de lo que éste había transformado desde el punto de vista teórico en su interpretación de la realidad rusa y la realidad internacional? A mí me llamó enormemente la atención un discurso de Zinoviev quien después sería considerado un traidor, pero que indiscutiblemente era un bolchevique, pronunciado durante los primeros cursos que se impartieron en la Tercera Internacional, en el que hacía referencia a las grandes figuras del bolchevismo, y veía a Lenin como la gran figura política, en tanto que la gran figura teórica era Plejanov, según su opinión y la de muchos camaradas del partido.

Para Zinoviev, y para una gran cantidad de bolcheviques, en Lenin no hay una renovación de la teoría económica o filosófica: es precisamente la gran figura política del movimiento. Por otro lado, si bien es cierto que, en 1917, cuando Lenin llega a Rusia lanza la consigna de “¡Todo el poder para los soviets!”, lo que en un inicio no entendieron sus compañeros es que Lenin está de una manera u otra partiendo de una concepción diferente. En 1905, los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, piensan que la revolución que tienen por delante es democrático burguesa, y, sin embargo, en 1917 Lenin plantea que la revolución es socialista, y se queda solo. Es más, muchos piensan que es trotskista, y quizá se da la alianza entre Lenin y Trotsky precisamente a partir de la idea de que todo el poder debe ir a los soviets y de que la revolución que tiene por delante no es democrático-burguesa, sino socialista.

Hay todo un conjunto de preguntas que me asaltan a partir del análisis del bolchevismo. Pienso en Lenin, incluso, antes de la revolución de 1905, este Lenin que escribe que la mayoría de los miembros de su partido (se está refiriendo a los bolcheviques) entienden la historia formalmente, la entienden por etapas, son incapaces de comprender que la historia no se da como un proceso escalonado, sino de continuidad y discontinuidad, como un proceso de ruptura. Es una crítica que Lenin está haciendo al interior del propio partido bolchevique, a la forma en que se entiende por el grueso de sus camaradas el proceso histórico y la revolución que tienen por delante.

Acanda destacaba algo que me parece esencial. Lenin tiene el gran mérito de haber entendido que uno de los principios fundamentales de la concepción marxista es el análisis concreto de la realidad concreta. Esto, de una manera o de otra, condiciona que los análisis políticos de Lenin sean siempre coyunturales, y a veces la imagen que después se elabora es la de un Lenin detenido en el tiempo, es la del Lenin de “¿Qué hacer?”, y su teoría del partido se reduce exclusivamente a lo expuesto en este folleto, sin darnos cuenta de que esta teoría se ha ido elaborando y enriqueciendo históricamente, en la medida en que la propia experiencia rusa e internacional lo llevan a ampliar su concepción; o se nos presenta la imagen de un Lenin que, desde el inicio, sabía que Rusia era el eslabón más débil de la cadena imperialista, y que, por tanto. Rusia iba a ser la pionera en la revolución socialista. Lo más curioso es que, por lo menos en sus textos anteriores a 1917, esta frase de que Rusia es el eslabón más débil de la cadena imperialista, no aparece o al menos yo no la he encontrado.

Rubén Zardoya Loureda

¿No aparece implícita en el trabajo “La consigna de los Estados Unidos de Europa”?

Joaquín Santana Castillo

Si somos precisos, en ese artículo no está la idea de que Rusia es el eslabón más débil de la cadena imperialista. Allí hay una inflexión en la teoría de la revolución en relación con la teoría de Marx y Engels. La concepción de éstos es la de una revolución al unísono. Lenin dice que la revolución no tendrá lugar al unísono, sino de forma gradual o paulatina. Pero lo curioso es que, en esa obra, Lenin afirma que los países que tienen por delante la revolución socialista son Inglaterra, Alemania, Francia y Estados Unidos, que son los países que habían identificado Marx y Engels. El acento está en que, según Marx y Engels, esta revolución ocurrirá al mismo tiempo en estos países, en tanto que para Lenin tendrá lugar de manera gradual, producto de las propias contradicciones económicas y del propio desarrollo del capitalismo. Pero la tarea que él ve en Rusia como inmediata para el bolchevismo es la de la revolución democrático burguesa, pues sigue manteniendo aquí la tesis que tenía en 1905. La genialidad política de Lenin se expresa en el hecho de que. estando fuera de Rusia, es capaz de predecir que se va a dar la revolución, y cuando llega, en abril, mientras todo el mundo está esperando que trace una estrategia para la revolución democrático burguesa, Lenin dice: “Vamos a la revolución socialista” La gente no entiende el cambio; pero Lenin dice:

“La revolución democrático burguesa es la que estamos viviendo. Nosotros tenemos que convertirla en socialista.”

Eso, de una manera u otra, lo vincula a Trotsky. Ellos habían sido oponentes hasta ese momento, pero a partir de entonces trabajan de conjunto. Y el término bolchevismo, en la acepción que propone Acanda, me llevaría a excluir a Trotsky del bolchevismo, que fue una de las acusaciones que se le hicieron para expulsarlo. Bolchevique era Stalin.

Armando Hart Dávalos

Yo pediría que me traduzcan el término “bolchevique” al español.

Pablo Arco Pino

Significa mayoritario. Este sobrenombre fue aplicado a Lenin y sus seguidores al término del II° Congreso del Partido Obrero Social Demócrata Ruso por constituir el ala más numerosa entre los delegados. Sus oponentes fueron bautizados como mencheviques, que quiere decir minoritarios.

Armando Hart Dávalos

Es clave la palabra mayoría. Debemos buscar las esencias, porque si nos perdemos en los detalles, no llegamos a lo concreto de hoy. De los sabios debemos encontrar la lección, más allá de lo anecdótico, de lo específico. Lo importante es que bolchevismo es la búsqueda de la mayoría. Es esto lo que me gusta del término, lo que puede perdurar. Hubiera sido conveniente haber traducido la palabra al español, pues la gente dice “bolchevique”, y no siempre sabe que significa mayoría. Los revolucionarios tenemos que buscar la mayoría para la toma del poder. Esta es la lección para hoy.

Pablo Arco Pino

Me parece básica la primera tesis de Acanda, en el sentido de que resulta esencial replantearse la proyección y el significado real de una figura tan marginada o vilipendiada en nuestros días como la de Lenin. Contradictoriamente, en el deterioro de su imagen también ha ejercido una influencia nefasta la herencia dejada por la llamada historiografía ortodoxa, procedente principalmente de las editoriales soviéticas, las cuales contribuyeron en no poca medida, a deformar su percepción a través de un tratamiento maniqueo, acrítico e intemporal, como si Lenin hubiera sido tocado desde su nacimiento por la gracia divina de la infalibilidad.

Para muchos en el mundo actual, el saldo final de su accionar ha resultado negativo o nulo porque lo vinculan únicamente con la deformación o caída de la obra que inició. Sin embargo, ello se aleja de la realidad. Fueron muchos sus aportes, en la teoría y en la praxis, a la milenaria lucha del hombre contra la explotación. Baste evaluar la influencia de su obra y de su pensamiento, no ya sobre los países de Europa, muchos de cuyos logros sociales posteriores, de una forma u otra, están influidos por la impronta de los acontecimientos de Octubre, sino también sobre el mundo colonial y neocolonial. Como se ha apuntado, Lenin ayudó a descubrir al movimiento revolucionario mundial una nueva lectura y aplicación del marxismo, entendido hasta el momento como instrumento de lucha aplicable solo a un puñado de naciones en Occidente.

Es cierto que, en cierta medida, Marx y Engels llegaron a vislumbrar la inversión de roles entre el mundo subdesarrollado y aquel conformado por las grandes potencias en lo referido a las potencialidades revolucionarias e influencias subversivas. Ejemplo de ello fue la relación de dependencia que Marx estableció por parte de los avances sociales en Inglaterra respecto a los logros del movimiento revolucionario en Irlanda, mientras que Engels hacia otro tanto entre el futuro de los pueblos de Europa Occidental y la promisoria revolución en el país de los zares. Pero fue Lenin el que aportó las claves teóricas y la experiencia práctica que puso al alcance de los países pobres la lucha por el socialismo revolucionario.

De hecho la revolución soviética en un pais como Rusia, con tal número de contrastes sociales y extensas porciones de su territorio sumidos en un profundo atraso económico, no sólo representó el triunfo del socialismo en una buena porción del continente europeo, sino también abrió las puertas a la revolución en el mundo colonial y neocolonial, reafirmando con ello la universalidad del análisis marxista.

Fueron notables muchas de las incursiones de Lenin en el campo de las ciencias; algunos de sus trabajos sobre la sociedad rusa son paradigmáticos y sus aportes en el análisis de la etapa monopolista del capitalismo representa, en la actualidad, una referencia obligada, cosa que no siempre se hace, en el análisis del fenómeno globalizador hacia el cual hoy avanza el planeta.

Con respecto a la cuestión de si Lenin había previsto que la revolución estallase en Rusia, debe recordarse que en trabajos como “La consigna de los Estados Unidos de Europa”, y en otros anteriores a la Primera Guerra Mundial, él hablaba de la posibilidad de que los primeros brotes de rebeldía, que indefectiblemente generaría esta guerra, podrían dar al traste con el dominio burgués, inicialmente en un grupo reducido de naciones e incluso en un solo país, debido a las desigualdades que en todos los sentidos generaba la sociedad capitalista. No es descabellado pensar que cuando escribía este artículo Lenin estaba pensando en el caso ruso, carcomido por grandes contradicciones y sujeto a los desmanes del sangriento zarismo; para él, sin embargo, esta no constituía la mejor de las opciones, era preferible que la oleada de triunfos populares se iniciara por las naciones más cultas e industrializadas del continente. Así, pues, durante un período posterior a Octubre, el líder soviético, impaciente, volvió sus ojos hacia el movimiento revolucionario en Occidente, deseoso de poner en manos del proletariado victorioso de alguno de aquellos países la dirección del movimiento revolucionario mundial. Por último, la derrota final de cada uno de aquellos intentos impusieron al proceso soviético 20 años de lucha en solitario que arrastraron a la nación, después de la desaparición física de Lenin, a derroteros inesperados y dramáticos.

Dolores Vilá Blanco

Al tratar el problema del leninismo y el bolchevismo, más que los términos por si mismos, lo importante es esclarecer lo que entendemos por praxis revolucionaria. Si me diesen a optar, yo escogería el término de bolchevismo revolucionario, porque creo que múltiples elementos que estuvieron a lo largo de todo el proceso, tanto antes como después de la toma del poder político, resultaron inmersos en deformaciones. No se trata sólo de figuras, sino ante todo de movimientos, de concepciones e ideas acerca de cómo enfrentar la transición. El problema es distinguir una línea teórica y práctica de crecimiento y desarrollo marxista para la reorganización del proceso civilizatorio, problema en el que habían estado inmersas todas las mentes ilustres anteriores a Lenin, y hacia las que Lenin mira con gran atención, y que se vinculan con las alternativas que se experimentaron durante la transición al socialismo en la Rusia Soviética y con la linea que incluso abandonó el impulso hacia las reformas políticas para el perfeccionamiento del socialismo. Es por ello importante, al referirnos a Lenin y al partido bolchevique, hablar de bolchevismo revolucionario. Stalin, Zinoviev y Kamenev, por ejemplo, eran bolcheviques, pero por su proyección teórica y su comportamiento político no eran bolcheviques revolucionarios Un buen número de ejemplos adicionales a los ya citados y de acciones prácticas en dicha experiencia muestran apartamientos y alejamientos imperdonables de lo que fue el bolchevismo revolucionario.

La otra cuestión importante que se debatía es la referida al lugar de Rusia en este momento en que Lenin desarrolla su concepción y su proyección de transformación civilizatoria para el siglo XX. En su crítica al capitalismo, al imperialismo, y en su concepción socialista, Lenin presenta un proyecto civilizatorio más allá de una revolución socialista en sentido estrecho, un proyecto que implica una reorganización de nuestras relaciones como género humano y que constituye un paso ulterior en el desarrollo del marxismo. Lenin está muy claro en que a Rusia le correspondía dar el primer paso. Y ese primer paso –lo parafraseo– no puede materializarse totalmente, si no nos acompañan los restantes países; a los bolcheviques nos ha tocado esta tarea, pero nuestro movimiento es parte del movimiento mundial. Es decir, su concepción de la revolución rusa es parte de su concepción de la revolución mundial, de reorganización civilizatoria global.

Román García Báez

La actividad teórica y práctica de Lenin, como decía Zardoya en su introducción, está enlazada directa o indirectamente a los acontecimientos más trascendentes de este siglo.

Sus obras, sus acciones son y han sido fuente nutricia y centro de polémicas inevitables. Fue intransigente con los enemigos de la verdadera Revolución Socialista, imperialistas o traidores. La reacción ha sido recíproca. Fue la figura revolucionaria atacada de manera más furibunda. Cuando no es atacado de manera directa, se intenta relegarlo como una figura secundaria en el plano de las ciencias sociales, incluso por supuestos revolucionarios. En última instancia es el mismo ataque, sólo varían las armas.

Es explicable que así fuera. El último decenio del siglo anterior y el primer decenio del actual que casi fenece, es la época leninista con ascendencia hasta hoy. Fue la personalidad más segura, más firme en la defensa de los oprimidos. Conjugó, como ha dicho Fidel, la intransigencia con los principios estratégicos, con los cambios tácticos de cada momento, lo que le permitió llevar a la práctica, por primera vez en la historia, el proyecto socialista. Su pensamiento mantiene una vigencia extraordinaria. No debe extrañar entonces que el imperialismo y sus testaferros lo ataquen por todos los medios posibles.

A su vez, dejó un legado conceptual y práctico sin el cual es imposible emprender la construcción del socialismo. Hoy, que nosotros reevaluamos las condiciones y vías reales para la construcción socialista, desde el subdesarrollo, Lenin es, de nuevo, bandera. Marxista como nadie, rompió todos los esquemas supuestamente preestablecidos y afirmó (leeré textualmente la idea):

“Si para implantar el socialismo se exige determinado nivel cultural (aunque nadie puede decir cuál es este determinado ‘nivel cultural’, ya que es diferente en cada uno de los países de Europa Occidental) ¿por qué, entonces, no podemos comenzar primero por la conquista, por vía revolucionaria de las premisas para este determinado nivel y luego, ya a base del poder obrero y campesino y del régimen soviético, ponernos en marcha para alcanzar a los demás pueblos?”

La propia pregunta constituyó una herejía marxista genial, que le dio fundamento a toda la construcción “extraordinaria” del socialismo desde condiciones diferentes a las previstas por Marx y Engels.

Otro elemento que quisiera destacar es su defensa de la clase obrera, de su rol histórico en todos los planos. Me refiero al concepto de dictadura del proletariado y de democracia socialista basada en la participación de los trabajadores en todos los momentos de su despliegue. Esta es la base de su concepto de igualdad social, que descansa en la apropiación y socialización en la práctica (efectiva decimos hoy) de los principales medios de producción.

Estas ideas hoy se obvian incluso entre nosotros mismos. Hay que rescatarlas. No es posible la igualdad, la equidad supraclasista. Estas ideas lucen muy “duras”, pero son las que debemos defender como marxistas-leninistas. Por eso, cuando Acanda formulaba la idea acerca del bolchevismo, yo pensaba que el leninismo es un concepto suficiente, es el marxismo revolucionario enriquecido constantemente, en esta época, por nuevas ideas y nuevas condiciones. Si no se es leninista, no se puede ser marxista.

Armando Hart Dávalos

Yo creo que Lenin ha sido uno de los pocos filósofos, si no el único, que ha sido jefe de Estado. Recuérdese el viejo ideal griego de los filósofos como jefes de Estado. Lenin fue un filósofo que llegó a jefe de Estado con una revolución triunfante. En consecuencia, las ideas de Lenin no se pueden evaluar sin tener en cuenta su actividad prác tica; y la práctica obliga a valoraciones específicas. Las ideas de Lenin no son filosofía pura. Marx y Engels, que son grandes filósofos y grandes revolucionarios, no lograron conquistar el poder, ni tuvieron la oportunidad de sumergirse en la práctica concreta de construcción socialista. Lenin conquistó el poder, y muchos criterios suyos tuvieron que ajustarse a esa práctica, y las conclusiones filosóficas más trascendentes a las que arribo estuvieron vinculadas a políticas concretas del momento. La NEP, por ejemplo, fue una política concreta para un momento, pero se elevó a la categoría de doctrina para un siglo. Los políticos están obligados a ajustar constantemente sus ideas a las necesidades políticas de la práctica, y existe una contradicción tremenda entre un pensar filosófico y un actuar político. Es por ello que muchas decisiones políticas no se pueden elevar a categorías de filosofía de valor universal. Lo que debe primar siempre es la unidad de la teoría y la práctica.

Desde mi punto de vista, lo que constituye el acierto más importante de Lenin, que conserva su vigencia para nuestro mundo de hoy: su concepción del imperialismo. la fase superior del capitalismo, el proceso de internacionalización de la riqueza que conduce al surgimiento del imperialismo. Este es un elemento muy importante de los estudios de Lenin, que el realiza en función de Europa y el Tercer Mundo.

Yo recomendaría que hiciéramos una mesa redonda sobre las últimas cartas de Lenin; e invitaría a que se escribiera una novela sobre la base de estas últimas cartas. En ellas se aprecia particularmente su grandeza y la tragedia personal de un sabio que previó su muerte. A veces estas cartas se leen y no se toma conciencia de la gran vigencia que conservan. Esto pasa también con escritos de Engels, de Marx y del propio Martí. Son extraordinarias las valoraciones de Lenin acerca de Stalin, de Trotsky, de lo que es un cuadro; es una penetración psicológica asombrosa. Pues una de las cuestiones que más preocupaban a Lenin y que lo atormentaron durante los últimos años de su vida fue las divisiones en el partido, y las personalidades, es decir, el elemento subjetivo estuvo en el centro de su atención entonces.

Otro aspecto importante en sus últimos discursos y cartas, es que Lenin esbozó allí lo que después llamaríamos el Tercer Mundo. Lenin dice que el futuro de la Unión Soviética no se podía predecir, pero que el desarrollo del imperialismo conduce al aplastamiento de los pueblos y por lo tanto, la humanidad entera estará junto a nuestra causa, la causa del socialismo. Es una visión estratégica, a largo plazo, que ha sido, desgraciadamente, un largo plazo bastante prolongado, seguramente más de lo que previo Lenin. Lo que esbozó Lenin es la lucha de los pueblos oprimidos.

La revolución rusa no fue sólo la primera revolución socialista, sino también la que abrió una nueva etapa en la lucha anticolonial de los pueblos sometidos al colonialismo y al neocolonialismo.

¿Cuáles son los acontecimientos más importantes desde el punto de vista revolucionario después de la Revolución de Octubre? Lenin habló de la lucha de liberación nacional de los pueblos de Asia, y se alentaba con la lucha de estos pueblos. El no conoció a América Latina, a no ser cuando habla de que las guerras imperialistas modernas comenzaron con la intervención norteamericana en la guerra de Cuba, que él llama hispano-americana.

Lenin pensó mucho más allá de la revolución rusa. Lenin para mi es un hombre de Europa, como Stalin es un hombre de Rusia. Lo que se unió en octubre de 1917 fue lo mejor y más elevado del pensamiento y la cultura política, social y filosófica de Europa y las condiciones tan terribles de explotación y miseria en que vivían el campesinado y el pueblo en general de Rusia. Se unieron las concepciones filosóficas más avanzadas de la edad moderna y el espíritu revolucionario del pueblo ruso. Lenin los representaba a ambos; Stalin no tenía la visión universal del problema. ¡Qué cosa más interesante la unión entre el pensamiento y la cultura más avanzada de Europa y las condiciones materiales más depauperadas de las regiones llamadas marginales! Esa combinación es explosiva en el mundo, es uno de los elementos fundamentales que conducen a los cambios revolucionarios. Porque hay países muy atrasados que no tienen una sólida cultura, y hay países muy adelantados que no tienen la suficiente cultura, o que su cultura es más aparente que real.

Nosotros tenemos que analizar a Lenin hoy, así como hay una revista que se llama “Marx Ahora”. ¿Qué haría Lenin hoy?

La distancia que existe en el mundo de hoy entre el valor y el valor de cambio es gigantesca. Se llega a pensar que los capitalistas no tienen ya la posibilidad de contar el dinero que tienen, que someten a golpes bursátiles. Sin embargo, apenas se toman en cuenta las concepciones sobre el capitalismo de Marx. Engels y Lenin.

Para analizar lo que pasó después de la muerte de Lenin, yo tendría que acogerme al derecho romano, tal y como lo aprendí hace cincuenta años en la Universidad de La Habana, en particular, lo que se llama “beneficio de inventario”. Creo que el inventario debemos hacerlo con la orientación del pensamiento de Gramsci, Mariátegui, el Che y Fidel. Nosotros tenemos a Lenin como una figura extraordinaria de la historia, y conocemos que cada vez que le hemos añadido un “ismo” al nombre de un sabio hemos limitado sus hermosas ideas. Yo propondría hacer en filosofía lo que hizo América Latina en literatura: al principio de siglo asumió las categorías históricas de la literatura a través de su propia necesidad y lo recreó. Esto nos lo aconseja nada menos que Marx, quien dice que no ha hecho una teoría filosófica válida para todo tiempo y lugar, y que decir lo contrario es un escarnio. Habrá que estudiar otras zonas, otros procesos, otros espacios, y después hacer la comparación. Fue Engels quien dijo que el gran descubrimiento de Marx fue un método de investigación y de análisis; y fue Lenin quien afirmó que el marxismo era una guía para la acción. Para juzgar a Lenin hay que sacar las necesarias consecuencias de esto. Lenin tampoco nos dio una doctrina hecha, sino una guía para la acción, un método de investigación.

Recuerdo que una vez en un debate, alguien me decía: “Bueno ¿por qué usted menciona tanto a Marx?”.

Porque inventó la tabla de sumar, restar, multiplicar y dividir en materia de ciencias históricas y filosóficas. Ahora, cómo usted suma, cómo usted resta, o con qué propósitos usted suma, resta o divide, ya eso es un asunto suyo.

Algo parecido puede decirse de Lenin. De modo que a Lenin yo lo admiro porque precisamente fue un filósofo que vinculó la filosofía con la práctica política y con las necesidades políticas. La vida nos enseña que este es un trabajo tremendo. La forma en que Lenin realizó este vínculo constituye un aporte de extraordinaria importancia. Lo admiro también porque describió el fenómeno esencial del siglo XX.

Yo creo que es un hombre clave de la historia de la humanidad, porque fue científico, filósofo y al mismo tiempo político práctico y que nos ayuda a pensar cómo enlazamos el pensamiento de Lenin, de Marx y de Engels con el pensamiento de América Latina. Porque la única manera en que tiene valor el pensamiento de hombres de esa talla es que se articule con otros pensamientos. El pensamiento socialista nos ayudó, en los años 20. a rescatar el pensamiento de Martí del ostracismo en que había caído en las dos primeras décadas de la república. Mi aspiración es que el pensamiento de Martí, de todo el siglo XIX y, en general, de los dos últimos siglos en Cuba ayude hoy a esclarecer el pensamiento socialista, el pensamiento de Marx, Engels y Lenin. Porque si en Europa llegaron a las cumbres de las ciencias económicas y sociales, yo pienso que en Cuba y en América, con los mismos fundamentos filosóficos e históricos, se llegó a la cumbre de la comprensión del papel de la educación. de la cultura, de la política culta. Y nosotros, los cubanos, para ser dignos de Lenin, tenemos que buscar sus nexos con nuestro pensamiento. Pienso que sólo asi Lenin podrá brillar con luz propia entre nosotros.

Rafael Cervantes Martínez

En general, estoy de acuerdo con la idea citada por Acanda acerca de que “repetir a Marx y a Lenin al pie de la letra es traicionarlo”. En sus “Notas sobre la ideología de la Revolución cubana”, el Che decía que si los nuevos hechos necesitan ser expresados en nuevos conceptos, son necesarios estos nuevos conceptos. Pero también hubiera podido decir que si los nuevos hechos ratifican los viejos conceptos, sería pueril ponerse a inventar conceptos nuevos. Es importante y difícil saber defender los viejos conceptos, en tanto éstos sean válidos. No se trata, por supuesto, de confinar la ciencia a la repetición de esos viejos conceptos, si no de ponernos en guardia contra el snobismo y de encontrar la medida en que lo nuevo y lo viejo se presentan en cada caso concreto como momentos de la realidad que se somete a análisis. Tener esto en cuenta enriquecería notablemente nuestra relación con las obras clásicas, y nos pondría en guardia contra el “teoricidio” que, en la mayoría de los casos, no es sino una muestra de ignorancia.

Es importante partir del reconocimiento de que en la mayoría de los círculos académicos, el silencio rodea el nombre de Lenin. Mencionarlo significa señalarse como “marxista duro” en momentos en que se puso de moda el “marxismo blando”. Una lluvia de insidias y de juicios superficiales y oportunistas ha caído sobre su memoria. Nos dicen que fue un mal filósofo, que no comprendió la naturaleza del capital financiero, que no debió hacer la revolución en un país campesino, y hasta que fue un asesino. La falacia mayor es contraponer su nombre al de Marx, negar que su obra fue el marxismo por excelencia de su tiempo. La simple comparación de los hechos históricos ocurridos entre 1890 y 1924 con los títulos de sus obras pone de manifiesto que ni un solo acontecimiento significativo dejó de ser fotografiado en ellas. El surgimiento del imperialismo, el partido de nuevo tipo, la llamada crisis de la física, la traición de la Segunda Internacional, la Revolución de Octubre son apenas algunos ejemplos que dan fe de que, con Lenin, el marxismo le pisaba los talones a la historia. Ni quienes sencillamente lo calumnian se atreven a negar en él la originalidad de su concepción de la revolución y del proceso de socialización, so pena de pecar de analfabetos. El propio Lenin luchó sin tregua contra los dos enemigos más peligrosos del marxismo: el dogmatismo, que envilece su esencia revolucionaria, queriendo resolver con libros viejos los hechos nuevos, y el revisionismo, que, envuelto en un lenguaje melifluo, niega los libros viejos aunque los confirmen los hechos nuevos. En la obra de Lenin, existe todo un conjunto de elementos teóricos claves, de una extraordinaria riqueza, que conservan toda su vigencia. Sin embargo, lo habitual en nuestros días es la pretensión de explicar la sociedad contemporánea prescindiendo del aparato categorial de Marx y de Lenin sobre el modo de producción capitalista y sobre su fase imperialista. Así se habla, por ejemplo, de la globalización. El resultado es una descripción fenomenológica chata y una pseudoteoria.

Creo que la idea de la socialización en la construcción de la nueva sociedad, vinculada a la cuestión de la relación entre los bolcheviques y los soviets, concierne al problema fundamental del socialismo. Este problema trasciende hacia el siglo XXI. Es el problema de la socialización real en la construcción de la nueva sociedad. Sin esta socialización no hay nueva sociedad. Y aquí el pensamiento de Lenin tiene una plena vigencia; por ejemplo, su idea de que el sindicato es una escuela para enseñar a gobernar a los trabajadores. Esta idea es clave y ha sido olvidada: elevar a los trabajadores al gobierno a través de los sindicatos. Lenin sabía que era más fácil convencer al pueblo ruso de la necesidad de hacer una revolución que socializar esa revolución. Pero aquí hay un matiz que quisiera subrayar: este legado leninista acerca de que es necesaria la socialización real, no puede ser asumido dogmáticamente de igual forma para todas las épocas y todos los contextos históricos, pues es importante determinar en cada caso hasta dónde se puede avanzar en uno u otro momento, sin infantilismos izquierdistas o ingenuidades políticas. Creo que, en teoría, este problema aún no está resuelto y que es preciso estudiar toda la historia del socialismo en el siglo XX, con experiencias más felices o más infelices, incluso desastrosas desde este punto de vista.

Con respecto a lo que decía Joaquín sobre la crítica en el interior del partido de Lenin, recuerdo que en la etapa de la Nueva Política Económica, Lenin decía que prefería un buen especialista burgués que pudiera obtener buenos resultados en el proceso productivo que un fanfarrón comunista. Es importante saberse criticar a sí mismo. Esta es una herencia hacia el futuro. También Joaquín decía que una de las genialidades de Lenin consistió en que, desde el exterior, había tenido suficiente olfato para conocer cuándo tendría lugar la revolución Yo quería añadir, en este sentido, que una característica de Lenin era justamente el sentido preciso de la comprensión del centro de gravedad de los procesos. Otro ejemplo de ello es que Lenin logró determinar en qué punto era necesario detener el proceso de confiscación de las propiedades burguesas y pasar a la organización.

Estoy plenamente de acuerdo con la idea de que la Nueva Política Económica se estancó y, en definitiva, fue totalmente tergiversada Esta es otra de las experiencias que tenemos que asimilar creadoramente. Todos sabemos que la perestroika vino envuelta de una demagogia en torno al rescate de la Nueva Política Económica, y que su resultado fue la reconstrucción de capitalismo en Rusia. Se decía que la NEP era una cuestión estratégica incluso para el comunismo. Fidel en estos días ha estado preguntando si el mercado es una religión o una concepción económica. Retomar las concepciones de Lenin sobre la NEP de forma unilateral, absoluta y descontextualizada, puede conducir al culto del mercado, con sus inevitables resultados restauracionistas.

Me llamaba la atención lo que señalaba Román acerca de que Lenin desarrolla el marxismo a través de la incorporación del capitalismo subdesarrollado al análisis. Me gustaría decir que incorpora al análisis del capitalismo “puro”, lo “impuro” de todos los modos de producción anteriores. En “Economía y política en la época de la dictadura del proletariado”, Lenin no se abstrae de los sectores económicos precapitalistas, sino los incorpora al análisis y evalúa su trascendencia política. Esta es una cuestión fundamental. Lenin se percata de que toda esta herencia de subdesarrollo y de atraso milenario es algo que va a entrar definitivamente al capitalismo e, incluso, va a trascender al socialismo. Y en este aspecto desarrolla el marxismo, porque un momento cardinal en la obra de Marx es la suposición de que el capitalismo iba a terminar simplificando la sociedad en dos únicas clases. La idea de Lenin es definitiva para las realidades del siglo XXI y es preciso rescatarla.

El compañero Hart decia que detrás de cada “ismo” suele venir el dogma, y yo me preguntaba por qué. Evidentemente, en esto hay una manipulación política la burocracia convirtió el marxismo en una caricatura. Es cierto que existe una contradicción entre el pensamiento teórico riguroso y la ilustración de las masas (esto constituye un segundo elemento explicativo) pero pienso que detrás de ello se esconden intereses que necesitan de esa caricatura, de la simplificación y el empobrecimiento del marxismo y del leninismo. En el proceso de divulgación del pensamiento teórico a través de la propaganda, la docencia, etcétera, se llegó a la caricatura. Eso fue nefasto y, en alguna medida, aun lo sigue siendo. Es un fantasma que nunca se exorciza plenamente.

Hart también hacía referencia a la caracterización psicológica de los cuadros y al papel de la subjetividad. Esto está relacionado con la necesidad de una crítica oportuna, sana y profunda a los cuadros, y constituye una enseñanza para cualquier proceso de construcción socialista.

Por último, quería insistir en la idea de que nosotros debemos sacar el pensamiento teórico y revolucionario de los círculos intelectuales, de sectas intelectuales que con frecuencia nadie lee y nadie entiende. Sin la capacidad de comunicación de ideas, y de llegar a cualquier nivel, el pensamiento no llega a ser un pensamiento revolucionario auténtico. Me vienen a la mente muchas anécdotas sobre Martí en las que se refiere que muchos de los que lo oían no lo entendían plenamente, pero de alguna forma lo comprendían y lo seguían. Tal vez era una transmisión de corazón a corazón. Martí no era un intelectual de un círculo aislado. Lo mismo podemos decir de Mella, del Che y de Fidel, empeñados en elevar la teoría a las masas revolucionarias, sin vulgarizaciones de ningún tipo.

Armando Hart Dávalos

¿Por qué ocurre el asunto de los “ismos” del que hablé? En carta al socialista Fermín Valdés Domínguez –creo que es muy importante leerla– Martí habla de los peligros que tiene la idea socialista, como tantas otras, que se los atribuyó al ser humano. La gente habla de Stalin, y yo pienso que éste es un fenómeno universal. Según Martí, “todo hombre lleva una fiera dentro, pero es un ser excelente que sabe ponerle riendas a la fiera” (yo siempre me he preguntado qué fiera tendría Martí dentro). Lo que hay que tener en cuenta, que no se tuvo en cuenta, es que los factores subjetivos existen objetivamente. Y yo siempre digo algo que dijo Luz y Caballero, que no le encuentro contradicción con Marx: “Todas las escuelas, ninguna escuela: he ahí la escuela.” Me parece que este es un pensamiento dialéctico, en el sentido de: “todos los métodos, ningún método: he ahí el método.”

Poner “ismos” tiene un aspecto positivo: es defender una idea, un criterio. Los que ponen “ismos” lo que pretenden es buscar rigor, rectitud de principios. ¿Por qué no buscamos eso en la ética, en la moral? Siempre me llama la atención la frase que Martí escribió sobre Carlos Marx: “Como se puso del lado de los débiles, merece honor.” Las ideas no se defienden solo con filosofía, también con ética. Y no es lo mismo principios éticos que “ismos”; no es lo mismo principios morales que principios filosóficos. Europa siempre ha trasladado hacia acá los esquemas, los círculos cerrados: “esta doctrina o la otra”. La tesis cubana que creo es puro pensamiento de Marx, Engels y Lenin, puro pensamiento revolucionario, es que hay que buscar en todas partes. No estoy alentando a buscar también cosas negativas, sino a ser electivos, con las miras puestas en la justicia. Defender la justicia no es “ismo”, defender el derecho de los pobres no es “ismo”.

Otro párrafo que recomiendo que relean es aquél en que Martí dice que la revolución no podría consolidarse en Rusia. Está hablando de los anarquistas rusos:

“…Son los rusos el látigo de la reforma: más no son aún estos hombres impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para martillo fundador.”

Porque hace falta el acicate para levantar las conciencias que pueden dormirse, pero el acero del acicate no sirve bien de martillo fundador. Es asombroso que haya podido expresarse así, es un misterio que sólo se explica por su inmensa cultura. Lean el trabajo de Martí acerca de la exposición del pintor ruso Vereshaguin. El problema es que la revolución mundial que aquellos hombres concebían se quedó estancada en Rusia. Ellos querían la revolución europea. Hoy lo que nos puede servir es de lección para ver cómo hacemos las cosas por acá, buscando mayoría, buscando consenso, para decirlo con palabras de Gramsci.

Una vez me dijo Acanda que la cultura cubana se había apoyado en Gramsci, y le dije: “No, la cultura cubana se apoyó en Martí”. Pero me puse a estudiar a Gramsci y encontré unas coincidencias profundas. El consenso de Gramsci es la república con todos y para el bien de todos de Martí. El papel de la democracia, y de la cultura en el comunista italiano es similar al del Apóstol de nuestra independencia. Para Lenin, sin cultura no hay revolución. Pero él no profundizó en este asunto, ni creo que lo haya hecho Marx, que es también un hombre de la cultura. Gramsci sí profundizó en el papel de los intelectuales de la cultura. También Martí profundizó en eso.

Para que estos hombres sean válidos, hay que buscar el espectro general de ideas. Entonces, Lenin va a lucir más alto todavía que si nos quedamos ubicados en la sola descripción de su vida. Lenin es parte de una inmensa cadena de pensamiento. Si no fuera así, no sería pieza maestra, porque estos hombres son piezas maestras, son guías para la acción porque forman parte de la cadena, sin embargo. Una linterna que te conduce por un túnel es la guía, pero no es el túnel.

Dolores Vilá Blanco

Una de las temáticas que proponía Rubén al inicio se vinculaba al hecho de que la propaganda capitalista ha presentado a Lenin como el gran culpable del fracaso de las experiencias socialistas. Yo pienso que todo lo que se orquesta con relación a este tipo de aseveraciones realmente se aleja de la realidad, de lo que Lenin nos legó con su actividad. Esto está directamente vinculado al problema central al que Lenin presta atención y en el que está constantemente insistiendo para todo el bolchevismo revolucionario y para todos los marxistas de su época. Es el problema de la necesidad de realizar un balance científico, de evaluar la marcha de los procesos, de forma tal que contenga una crítica a los problemas genéticos, un análisis de las causas que los originaron y de las alternativas para su solución.

Un período importante en el cual Lenin se presenta como un político y como un filósofo para enfrentar estas dificultades en la construcción socialista, es el período de reformas. Es importante comprender el lugar que las reformas deben ocupar en la transición al socialismo, pues, como conocemos, históricamente fueron consideradas incluso como una herejía. Era frecuente que se colgara el sambenito de “reformistas” a todos aquellos que de alguna manera proponían algún cambio, claro, muchas veces con razón. Pero me refiero específicamente a las reformas tal como las proponía Lenin como reformas integrales, correctoras del rumbo allí donde por razones objetivas o subjetivas se presentaran desvíos, deformaciones, y se hiciera necesario adaptar el rumbo a la dinámica de las condiciones en que transcurría la experiencia histórica.

La reforma leninista era una reforma integral por varias razones: porque partía del balance genético de los fenómenos; y, además, porque proponía una transformación total de la economía, de la política, de la funcionalidad del partido, de los sindicatos, de la cultura, aspectos estos que encuentran en toda su última producción. Para Cuba, que hoy experimenta un proceso de reformas, es muy importante beber y volver a beber en aquella experiencia, ver el modo en que los bolcheviques plantearon los problemas y determinar qué de universal podemos encontrar en las soluciones que ofrecieron, sobre todo porque estas reformas estaban dirigidas precisamente a situar al hombre, al individuo concreto, como un partícipe activo de la construcción socialista. Se trataba de encontrar la justa medida para la aplicación de las reformas; y Lenin decía: la justa medida para la Rusia de este momento es ésta. No estaba diciendo que era la justa medida para todos…

Armando Hart Dávalos

Él no era religioso…

Dolores Vilá Blanco

Exactamente. El centro de esa justa medida era el hombre, cómo insertar al hombre en el objetivo socialista, a plazo inmediato y a largo plazo también. Me parece muy importante la cuestión de la crítica, de la crítica enjundiosa. Como decía Martí, ia historia cuando se evalúa es un examen y un juicio, no una propaganda ni una exitación.

Uno de los grandes problemas a los que puede otorgársele un valor general por el significado que ha tenido para todas las experiencias de construcción socialista, incluida la nuestra, es la conclusión a la que arriba Lenin al impulsar la reforma económica, la NEP, momento en que habla de que la experiencia socialista en el caso soviético sufrió de lo que él llamo una “avalancha socializante”, de un “socialismo anticipado”. Me parece que ésta es una reflexión interesante Fidel también se refiere a esto. Lenin planteaba (y me permito citarlo):

“Esta crisis interna puso al desnudo el descontento, no sólo de una parte considerable de los campesinos, sino también de los obreros. Fue la primera vez, y confío en que será la última en la historia de la Rusia soviética, que grandes masas de campesinos estaban contra nosotros, no de modo consciente, sino instintivo, por su estado de ánimo. (…) La causa consistía en que habíamos avanzado demasiado en nuestra ofensiva económica, en que no nos habíamos asegurado una base suficiente, en que las masas sentían lo que nosotros aún no supimos entonces formular de manera consciente, pero que muy pronto, unas semanas después, reconocimos, que el paso directo a formas puramente socialistas, era superior a las fuerzas que teníamos, y que si no estábamos en condiciones de replegarnos para dedicarnos a tareas más fáciles, nos amenazaría la bancarrota.”

Todos sabemos las circunstancias en que surge el comunismo de guerra. Pero Lenin también plantea que, llegado un momento, confiaron, a partir de las circunstancias de la transición socialista en esos momentos iniciales, en que esa era la forma directa de aproximarse al comunismo. Confiaron en ello, y vinieron la gran crisis y las grandes hambrunas

Se puede comparar con la experiencia cubana este problema del socialismo anticipado, de la anticipación de formas socialistas y de no abrir los pasos, como el mismo Lenin planteó, a través de las sendas democráticas. En este mismo sentido. Fidel apuntaba:

“…En los primeros años de la Revolución habíamos cometido errores de idealismo, porque hubo momentos en que queríamos saltar etapas, casi queríamos construir el comunismo; caímos en un nivel de distribución igualitaria bastante grande, negativa, llegó a ser negativa realmente; construir el comunismo sin comunistas, y el comunista nace, no surge por generación espontánea de un día para otro.”

Es decir, hay un problema central que tiene que ver con factores estratégicos a la hora de delinear el proyecto la anticipación del socialismo. Este es precisamente uno de los problemas que Lenin evalúa y ante los cuales propone una reforma, incluso admitiendo un repliegue, pero exhorta a que los revolucionarios sean capaces de tomar por las riendas al capitalismo que se va a utilizar en la medida en que se prepare a las masas para la labor de transformación económica. Es un factor económico, pero también cultural, asociado a la herencia específica que enfrentaba la Rusia soviética.

Otro elemento que quiero tratar es el de las alternativas. No se trata sólo de ejercer la crítica, sino de enfrentar también el problema de la alternativa. Esa alternativa en el plano económico fue la NEP, que tema por centro revitalizar el interés del individuo, como también consideraba el Che, para servir al Estado, a los intereses del Estado, como un proceso paulatino; es decir, esa inserción del individuo, de ir motivando el factor económico, de ir resolviendo los problemas que enfrentaba la población en general, pero al mismo tiempo ir encauzándolos. Este es un elemento muy importante: los intereses, el motor interno del cual hablaba el Che en su artículo acerca del burocratismo.

Con frecuencia miramos a Lenin como reformador, pero no como reformador político. Es muy importante atender las valoraciones que hace Lenin acerca de la funcionalidad del partido, de los problemas internos de burocratización de ese partido, sus propuestas para perfeccionarlo, sus valoraciones sobre la condición de vanguardia. Lenin decía:

“A mi juicio, hoy se alzan ante el hombre, independiente-mente de las funciones que ejerza y de las tareas que tenga planteadas como instructor político, si es comunista, y la mayoría lo son, tres enemigos principales, y son los siguientes: la altanería comunista, segundo, el analfabetismo, y tercero, el soborno.”

Lenin explica qué es altanería comunista, qué es analfabetismo y qué es el soborno. Dice incluso que, en tal ambiente, la política se convierte en chismes, en rumores, y que eso no es política. Es decir, estamos hablando de un filósofo y de un político, como decía Hart. que está asumiendo su responsabilidad por el proceso, pero además está evaluando y buscando la alternativa, y poniendo el dedo en la llaga. Por tanto, afirmar que Lenin es responsable de estos problemas peca de un desconocimiento de su obra y de su práctica.

Con el problema de la reforma integral tienen que ver todas las propuestas que hizo en relación con el funcionamiento del Comité Central, el funcionamiento del Estado de los Soviets y, en particular, de los sindicatos. Considero que en la transición socialista el enfoque de estos problemas es fundamental. También en Cuba estamos en un proceso de reformas y, al acometerlo, lo hacemos como cubanos, sin intermediarios, pero nuestra visión universal necesita beber de este primer constructor socialista. Hay fenómenos muy similares, cuestiones que se dieron en el caso ruso y que se generalizaron, determinados por la internacionalización, aunque esta internacionalización no sea repetitiva.

La concepción de la revolución socialista en Lenin no es un fenómeno unidireccional, no es una gran avenida. La propia práctica estableció para la dinámica leninista un constante cambio a partir de las circunstancias, y una evaluación, que fue su principal legado, máxime cuando para él, en el curso de una revolución socialista, no sólo se generan contradicciones, sino se pueden generar guerras civiles y revoluciones políticas dentro de la revolución. De ahí la importancia de revisar la relación revolución-reforma.

Armando Hart Dávalos

Dado el interés que veo en esta conversación, yo creo que debemos volver a reunimos para meditar en las ideas de Marx, de Engels, de Lenin. de Martí, de Mariátegui, de la cultura cubana del siglo XIX que sirven de base a nuestra cosmovisión, a la cosmovisión de cada uno de nosotros. Les propongo que seleccionemos entre todos algunos párrafos que contengan esas ideas y que nos los enviemos. Con ellos podemos armar un rompecabezas y pensar con los ojos puestos en el momento actual y para comprender mejor a Fidel, quien está haciendo un planteamiento de fondo que tenemos que oír, ya no como cubanos, sino como seres humanos. Es el único jefe de estado en el mundo a excepción del Papa que está preocupado por lo que le viene a la humanidad encima, por lo que le viene encima a la sociedad capitalista. Hay un discurso de Alarcón fabuloso sobre la sociedad norteamericana. Yo creo que hay que estudiar esa sociedad, no en los marcos de un análisis de coyuntura (Clinton, etc.), sino hay que estudiar esta sociedad en sí, que está en una situación gravísima, que está declinando. Si con estos párrafos nosotros organizáramos un coloquio, podríamos armar el rompecabezas ideológico que necesita la Revolución.

Rubén Zardoya Loureda

Contracorriente acepta la propuesta.

Armando Hart Dávalos

Y la Facultad de Filosofía, yo quiero que sea también la Facultad de Filosofía…

Rubén Zardoya Loureda

Y de Historia, Sociología…

Armando Hart Dávalos

Sí, de la Universidad de La Habana Hace tiempo que quiero hablar con los profesores de la Universidad de La Habana. Yo quisiera analizar un día con ustedes lo que se dijo sobre Trotsky, y lo que dijo Lenin de Trotsky. A mí me dice un amigo soviético, que fue representante del PCUS en Cuba: “Armando, hay que analizar también a Trotsky.” Y le digo: “Por ahí es por donde hay que empezar.” Yo no soy trotskysta ni nada parecido, aunque en ios años 50 empecé a estudiarlo, porque no me gustaba Stalin. En la carta del Che que publicamos en Contracorriente, él me decía: “Hasta tu amigo Trotsky…” Porque yo admiraba a Lenin, a los bolcheviques, no me gustaba Stalin. y entonces me puse a buscar en otra gente, incluido Trotsky, que es una figura de los bolcheviques, pero no es quien nos trae la solución. Ignorar eso es pasar por alto la historia. Vamos a someter a inventario lo que pasó después de la muerte de Lenin.

Pablo Arco Pino

La frase “¡Todo el poder a los soviets!” además de traer a mi mente la profunda concepción leninista acerca de la democracia, me hace recordar la terrible imposición staliniana basada en la demencial idea del incremento ininterrumpido de la lucha de clases en el socialismo. Aquel ideario leninista, diseminado a través de toda su obra, perseguía imprimir progresivamente al nuevo poder, un profundo carácter participativo. aun en el marco de una lucha feroz contra diversos enemigos y obstáculos y enmarcado en una rígida dictadura revolucionaria. En este sentido, Lenin le asignaba un gran valor no sólo a los soviets sino a otros muchos órganos no partidistas que, como los sindicatos, confería un novedoso papel de apoyo y control a las instituciones políticas y administrativas.

Es bueno subrayar que en lo que se refiere específicamente a los soviets, en varios de sus artículos posteriores al 17, Lenin tácitamente hace depender el alcance de los objetivos básicos de la revolución al funcionamiento de éstos como verdaderos órganos de poder popular y único antídoto efectivo para contrarrestar la herencia burocrática recibida del zarismo. Sin embargo, es evidente que al final de su vida, encontrándose enfermo, Lenin percibió la floración de importantes deficiencias en la estructura de los mecanismos de poder y la forma que éste se estaba ejerciendo. La constatación de su clara conciencia al respecto y el carácter premonitorio de sus angustias, podemos encontrarlas explícita-mente expuestas en varios de sus últimos escritos. En ellos sugería una serie de medidas inmediatas, cierto que algunas de difícil aplicación, con vistas a superar peligrosas tendencias y pugnas surgidas en el partido, germinales incongruencias de la sociedad soviética que, 50 años más tarde, constituirían algunas de las causales básicas de la caída de aquel modelo; la exagerada tendencia a aplicar soluciones administrativas a los problemas, la excesiva concentración de poder y los métodos despóticos de dirección, fueron duramente fustigados; tal parecía que Lenin concentraba sus últimas fuerzas en desviar la ruta de aquel camino que por último conduciría al stalinismo.

Entre los errores o deficiencias que el líder bolchevique trataba de rectificar quisiera referirme brevemente a uno determinante en la explosión del 89 y en sus consecuencias posteriores, que hasta hoy día se manifiestan en diversas áreas del que fuera campo socialista europeo. Me refiero al problema de las nacionalidades.

En uno de los trabajos a que hago referencia, escrito en los últimos días del mes de diciembre de 1922, titulado: “Acerca del problema de las nacionalidades” o “Sobre la autonomización”, Lenin atacó de forma vehemente las tendencias de “chovinismo gran ruso” que se patentizaron en la actuación de varios importantes dirigentes del partido durante el proceso de constitución de la URSS, desenmascarando a aquellos que escondían sus prejuicios nacionales tras consignas de igualdad formal que, aplicadas a la relación entre naciones grandes y pequeñas, resultaban siempre profundamente injustas. A pesar de que Lenin en múltiples ocasiones había abordado teóricamente el tema in extenso, en esta ocasión iniciaba el artículo autocriticándose por no haber dedicado más atención a la constitución práctica de aquella unión. La importancia del asunto no fue en modo alguno sobrevalorada, puesto que de la justeza con que se conformara dependía la cohesión interna de aquel Estado multinacional.

En este sentido, Lenin dio nuevamente muestras de una aguda percepción política, pero también del carácter profundamente ético de su pensamiento en lo referido a las relaciones interétnicas e internacionales, cosa que se puso de manifiesto no sólo en sus artículos y conferencias, sino también en las decisiones prácticas que hubo de asumir como dirigente de una gran nación.

Lenin promovió una política de solidaridad y respeto hacia las naciones pequeñas no sólo por elemental sentido de justicia histórica: era el realismo de su concepción internacionalista lo que le hacía comprender que sólo sobre la base de una relación de total confianza, que incluyera, como el mismo señalaba, la libertad para cada pueblo de separarse de la unión si lo estimaba conveniente, podía descansar segura la obra que proyectaba.

Desgraciadamente, la muerte impidió que la incidencia de Lenin sobre tan relevante asunto diera frutos; el tiempo se encargó de mostrar la endeblez de las fórmulas aplicadas que mantuvieron y en algunos casos enconaron aún más la división entre las naciones. Como ya apunté, pienso que el desastre del socialismo soviético estuvo determinado en una buena medida por la incapacidad de resolver el problema nacional dentro de aquellas fronteras; pero hubo más, porque al trasladar el mismo errado esquema a las relaciones entre los países del socialismo europeo que emergían después de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el resultado fue igualmente desastroso. Así pues, el Estado soviético perdió desde un inicio la posibilidad de constituir un campo realmente fuerte y armónico y quizás algo más importante: poder contrastarse y retroalimentarse con aquellas experiencias novedosas y distintas.

Quisiera referirme a un tratamiento historiográfico y publicístico muy generalizado en lo referido a la dimensión histórica de este dirigente y su proyección sobre el movimiento revolucionario en Rusia.

Es indiscutible que buena parte del voluntarismo político que le ha sido endilgado a Lenin y en el que muchos autores han tratado de descubrir el factor determinante en el triunfo de Octubre, está determinado por diversos factores, en algunas ocasiones por la sobrevaloración del papel de la personalidad en la historia, propia de distintas corrientes historiográficas, donde, de manera extraña, a menudo, los representantes de la ortodoxia marxista y del conservadurismo más rancio coinciden. En el caso del análisis de la experiencia soviética, esta apreciación se interrelaciona a menudo con el interés explícito o implícito por disminuir o simplemente ocultar el peso de infinidad de motivaciones históricas objetivas, simplificando la naturaleza e importancia de tamaño acontecimiento De esta forma, despues de satanizar la figura de Lenin, resulta más fácil brindar una visión tergiversada y parcial de los loables objetivos y logros iniciales del proceso, para a continuación pasar al análisis de una etapa mucho más vulnerable, la postleninista, que por cierto, no independizo totalmente de la anterior, pero entre las cuales indudablemente terminaron por mediar diferencias básicas de percepción y proyección social.

Termino recordando que este año se cumplen 80 años de la fundación de la Internacional Comunista, otro de los destacados frutos de la Revolución de Octubre, tan vinculado a la figura de Lenin que fue su principal promotor.

Ciertamente algunas de los rasgos que desde su fundación, Lenin impuso a la III° Internacional o incluso el mismo sentido de su existencia, han sido rechazados o puestos en tela de juicio por muchos en diversas ocasiones, incluyendo miembros de respetadas izquierdas de distintos países; unos han hablado de la desmedida influencia bolchevique inicial, que luego facilitaron los desafueros de Stalin, o la imposición de normas demasiado rígidas para un órgano con una “militancia” tan heterogénea.

Es conocido que, al igual que otros muchos pasajes y procesos promovidos por la revolución soviética, el estudio de la III° Internacional ha estado viciado o limitado por dos grandes factores: la pobre información documental y la virulenta politización con que se ha tenido el debate al respecto.

A pesar de todo, creo que es difícil sobrevalorar el mérito de aquel dirigente que, en unos pocos años antes de su muerte, logró alinear bajo una misma estrategia de acción a miles y miles de militantes incluso en las más apartadas regiones del globo. La Internacional Comunista reflejó el impacto mundial de la Revolución rusa y el acrecentamiento de las posibilidades revolucionarias en diversos países, pero también contribuyo a proyectar la imagen de Lenin como dirigente de talla mundial

En este plano se manifestaron aquellos mismos rasgos que habían caracterizado su ejecutoria en el marco de la política interna del país soviético: la inclaudicable profesión al ideario revolucionario que defendía y la aplicación de una política flexible, crítica y atenta siempre al más mínimo cambio de las circunstancias actuantes.

Fueron múltiples las ocasiones en que los inesperados vuelcos imprimidos a su política nacional habían mareado la mente de sus compañeros en el partido; también la III° Internacional conoció de estos giros. Baste contrastar el sentido agresivo de algunos de sus alegatos y discursos fundacionales con la mesura de artículos confeccionados apenas uno o dos años después, como es el caso de “La enfermedad infantil del ultraizquierdismo en el comunismo”, que reflejó de manera nítida la rectificación táctica frente al sensible decaimiento de la ola revolucionaria de postguerra.

Importantes capítulos de la historia de muchos países durante el período de entre guerras están estrechamente interconectados con la historia de esta organización, en la época staliniana a veces de manera dramática, su análisis nos brinda importantes claves para conocer aquellas realidades y también para comprender el desarrollo interno del proceso soviético del cual fue en buena medida reflejo.

Joaquín Santana Castillo

Acanda hacía una convocatoria muy importante: pensar en Lenin en función del siglo XXI. Yo voy a plantearme esto en los términos en que muchas veces Ernst Bloch concebía su filosofía, una filosofía del hacia dónde, una filosofía del futuro, pero que trataba de ver ese futuro desde un de dónde mucho más profundo. Es decir, tener una visión y una perspectiva del pasado y de la historia que permitiera entender hacia dónde, cuáles eran las líneas, las direcciones de desarrollo de los procesos y fenómenos que se iban desarrollando. Con Lenin pasa lo siguiente: para rescatar a Lenin, hay que ir a su propia historia, ir al Lenin hombre, al Lenin con virtudes, con defectos, con enormes méritos y con errores, al Lenin real, no al Lenin que nos vendieron, que son dos cosas diferentes. Porque la imagen que nos llegó muchas veces en las biografías y en los manuales es la de un Lenin que tiene todas las respuestas a todas las preguntas y que era casi un oráculo, un ser perfecto. Por eso hacía alusión a que la teoría del partido en Lenin no se reduce a una obra, sino que se desarrolla a lo largo de toda su obra, y hacía alusión al problema, por ejemplo, del eslabón más débil de la cadena imperialista, porque eso se asociaba después a la visión que nos presentaban de Lenin, según la cual él sabía desde el primer momento que lo que tenía ante sí era la revolución socialista en Rusia, y que se iba a quedar solo, lo cual no era así. Inicialmente, hasta 1916, Lenin está pensando en una revolución democrático burguesa que debe convertirse en socialista. En el 17 cambia y en ello se revela su genialidad: en la capacidad de comprender cómo las circunstancias cambiaron y cómo a partir de este cambio se puede avanzar e ir mucho más allá.

Esto me lleva, desde otra óptica, a tratar de destacar todo un conjunto de ideas que a mí me parece que tienen valor en el pensamiento de Lenin. Una idea que Lenin esboza y que; después, en otra coyuntura, Gramsci va a desarrollar al máximo, es la idea de hegemonía. En Lenin se desarrolla la idea de la hegemonía del proletariado, pero no es una hegemonía sin colores, sin matices. Lo más interesante es el estudio que hace Lenin de la conciencia de clase diferenciada del proletariado.

Para Lenin. no hay una conciencia única del proletariado, sino diferentes gradaciones, diferentes niveles, y eso presupone diferentes formas de actuación de la vanguardia con ese proletariado. Esta es una idea que a veces la política cotidiana no tiene en cuenta.

Una segunda cuestión muy importante es la capacidad que tiene Lenin de encontrar la dialéctica interna, el equilibrio interno entre lo objetivo y lo subjetivo. Por un lado, hay individuos que lo acusan de subjetivista, y lo convierten en el gran hereje de la Segunda Internacional. Por otro lado, hay quienes lo acusan de ser objetivista, y entonces está criticado desde las posiciones de una ultraizquierda. Sin embargo, Lenin logra realmente un equilibrio entre lo objetivo y lo subjetivo.

Una tercera cuestión, entre las muchas más que podrían tratarse, es el análisis del funcionamiento del capitalismo en un caso concreto, que es lo que permite a Lenin aterrizar en Rusia. Podemos hablar de la teoría del imperialismo en Lenin, lo cual es sumamente importante. Pero indiscutiblemente, lo que le permite a Lenin entender por dónde va Rusia y qué vía sigue Rusia es el análisis concreto, es sencillamente llevar a la realidad “El Capital” de Marx, que es un análisis teórico abstracto, a un país concreto, y entender que en ese país simultanean diferentes modos de producción, algo que genialmente va a repetir después un individuo como José Carlos Mariátegui en el análisis de la realidad peruana. Esto es totalmente rescatable en cuanto al método. Porque estoy de acuerdo en que si lo repetimos al pie de la letra, lo matamos. Lenin es el gran hereje de la Segunda Internacional.

Los defectos de Lenin son varios. Quizá el más importante es no haber podido prever con la claridad necesaria, cómo la relación centralismo-democracia podía convertirse en una relación demasiado desbalanceada hacia el centralismo.

Rubén Zardoya Loureda

Sobre esto último que decía Santana, los invito a pensar en las circunstancias históricas concretas en que pensaba y actuaba Lenin.

Lenin dirige una revolución en condiciones extraordinariamente difíciles, tanto antes de 1917 como después: antes, en medio de la salvaje represión zarista, que lo obliga a organizar un partido como un ejército; y después de la Revolución, en las condiciones de una agresión imperialista, una guerra civil, un desbarajuste total de la economía, una violenta y agudizada lucha de clases, y una lucha contra lo desconocido e imprevisible. El momento histórico exige una concentración muy grande de poder. Habría que ver qué hubiera hecho Lenin una vez finalizada la guerra, reconstruida la economía, avanzado el proceso de construcción socialista. Esto está muy vinculado a la célebre disputa con Rosa Luxemburgo. con la diferencia de que, después de 1917, uno estaba dentro de la Revolución rusa y la otra estaba fuera. Si se saca del tiempo esta discusión, aparentemente Rosa tiene razón e, incluso, podríamos convertir sus ideas en dogmas; pero las cosas pueden verse de una manera diferente cuando contextualizamos la polémica y pensamos en la naturaleza de las decisiones que Lenin se veía obligado a tomar a diario, incluida la de enviar al paredón de inmediato a quienes, en un momento de repliegue, se propusieran desmoralizar a las fuerzas revolucionarias. Si se descontextualiza el tipo de argumentación que Lenin elaboraba para aquella circunstancia histórica, y se trata de hacerla valer o de condenarla para todos los tiempos. sí que matamos a Lenin. De modo que la exhortación a no repetir al pie de la letra cuando no se trata de cuestiones de esencia, ha de valer también en este caso. Aspiro a que esta observación los estimule al debate.

Joaquín Santana Castillo

Yo creo que la polémica con Rosa Luxemburgo en torno al centralismo viene desde mucho antes. Yo no diría que Rosa estaba fuera: ella estaba dentro de la socialdemocracia alemana, que es otra realidad. Pero precisamente por ser otra realidad, ella puede decir que el esquema de Lenin en la socialdemocracia alemana pulveriza cualquier intento de democracia real revolucionaria. si son los oportunistas los que dirigen el proceso. Son dos ópticas diferentes. Yo creo que esto merece un análisis posterior. Lo que sí creo, con Pablo, que a veces me da la impresión de un Lenin que siente trágicamente lo que va a ocurrir y no tiene tiempo por su enfermedad para tratar de remediarlo. Esas son sus cartas y sus advertencias al Comité Central, y esas son sus críticas al chovinismo “gran ruso”, sobre todo del no ruso, que decía que era peor que el chovinismo gran ruso. Lenin tiene una tarea inmediata: hacer la revolución y después construirla. Cuando él toma el poder dice: miren, de la revolución socialista todos hemos hablado y leído en sentido general, pero de la construcción del socialismo de manera concreta a nivel de cientos de millones de hombres, nadie tiene la menor idea, hay que experimentar. Y lógicamente, las circunstancias condicionantes lo llevan a implementar un conjunto de políticas. Pero todo el poder él lo pide para los soviets, pero después todo el poder deja de ser de los soviets. ¿Cómo se da esto? Y cómo se da el fenómeno de la burocracia? ¿Cómo se da, por ejemplo, el fenómeno de que un cargo burocrático como el que asume Stalin (la figura de secretario general no existia antes) es un elemento capaz de anular y nuclear todas las vias de poder y, de una manera u otra, neutraliza cualquier otra alternativa, en función de un individuo?

Es cierto que Lenin no es culpable de esto, pero hay que ver que le faltó, por qué le falto, o qué no tuvo o no pudo, porque tal vez las condiciones no se lo permitían. Pero ahí hay un nudo en el que se debe explorar.

Román García Báez

Es difícil no comulgar con las principales medidas y pasos dados por Lenin. Es lógico que en aquel momento tan complicado haya tenido lugar tanto debate, incluso en las propias filas del partido bolchevique. Quiero resaltar una idea, que es la relación entre lo singular y lo universal en Lenin. En el plano económico, constante-mente está alertando sobre aquellos aspectos que eran específicos para la Unión Soviética, que dependían de su historia y cultura, de aquellos que tenían un carácter universal.

Algunas de sus observaciones, retomadas de manera aislada, fuera de contexto, han conducido a serios errores. Un ejemplo de ello es la afirmación del que el socialismo sólo vencerá al capitalismo cuando alcance un nivel de productividad superior. La afirmación es irrefutable; sin embargo, si se asume de manera unilateral puede conducir –y así ha sido– a posiciones economicistas ajenas al espíritu integral del socialismo.

Para nosotros, los economistas, los economistas políticos, todo lo que no confluyera en el crecimiento de la productividad y la eficiencia, era subjetivismo e idealismo; no era científico. Eso ha actuado como una fuerza centrífuga. Lenin insiste en esa idea; en un momento específico la absolutiza ante la crisis por la que atravesaba Rusia, pero no niega el papel del resto de los factores: Lenin no es culpable de que haya sido tomado como bandera para la defensa de determinadas posiciones manualescas y esquemáticas.

Otro ejemplo evidente es lo relacionado con el cooperativismo, donde le hemos atribuido a Lenin “principios” que él menciona pero que no crea, como si fueran leninistas, cuando ya estos habían sido enarbolados por el movimiento cooperativista internacional desde décadas anteriores. Pero lo más controvertido ha sido lo relacionado con la NEP y su ampliación del mercado.

En dependencia de la posición que asume cada cual con respecto a las relaciones mercantiles, la acción de la ley del valor, así asumirá como táctica o estratégica la política económica diseñada por Lenin. Esta manzana de la discordia entre los economistas se vuelve ponzoñosa desde otros científicos sociales en Cuba, en particular los respetados filósofos, que asumen verdaderas posiciones “fundamentalistas” hacia todo lo relacionado con las relaciones de valor en el socialismo. Sea cual sea la posición, lo importante es que Lenin se ha mantenido contemporáneo con nosotros. No sucede así en el resto de mundo. Por eso pienso con respecto a lo que decía Pablo, que sí se ha hecho mella a la figura de Lenin, en particular en América Latina. Estoy hablando dentro de las fuerzas de izquierda, desde las fuerzas progresistas, no de la burguesía. Marx es más respetado, se percibe mas científico y equivocadamente menos peligroso. Lenin se ve menos científico, más político, más intransigente.

Rafael Cervantes Martínez

Marx es demoledor con el capitalismo…

Román García Báez

Claro, por eso Lenin es marxista, pero, por ejemplo, en los tres tomos de “El Capital” sólo se utiliza una vez, una sola vez la palabra revolución. Y es una obra dedicada enteramente a demostrar la inevitabilidad histórica de la revolución socialista como resultado del desarrollo capitalista.

También se ha intentado atribuirle artificialmente campos científicos que no desarrolló. Su genialidad y grandeza histórica no necesitan de esto.

Se le ha hecho daño y así es percibido en algunas latitudes y sectores sociales. Es necesario rescatar y divulgar al verdadero Lenin. Los cubanos estamos obligados a ello. Es una figura indispensable. Para mí, Lenin, Fidel y el Che son las tres personalidades más relevantes de este siglo. Considero muy de acuerdo con los tiempos los esfuerzos de Contracorriente en esa dirección.

Dolores Vilá Blanco

Voy a empezar por la última cuestión que trató Santana sobre los problemas del centralismo y la democracia. Hay algo que es muy importante y que proviene del propio análisis leninista del modo en que se estructura orgánicamente un partido, una organización social, pero sobre todo un partido, aunque también lo traslada a los problemas de la organización del soviet. Lenin decía que la estructura orgánica de cualquier partido estaba en función de las tareas concretas que debía cumplir. Es obvio que antes del triunfo de la Revolución de Octubre, la tarea concreta que tenía el partido bolchevique era mover ese enorme país en función del asalto al poder, y que dadas las circunstancias específicas en que transcurre la lucha contra el zarismo, necesariamente el partido bolchevique tenía que organizarse casi como una organización militar.

Sin embargo, y moviéndonos por el filo tan difícil del cuchillo entre lo ineludible y lo que pudo eludirse, yo soy del criterio de que, después del triunfo de la Revolución de Octubre, el partido –y Lenin en los momentos finales reflexiona sobre esto– necesitaba de un cambio en su estructura orgánica; y digo partido, porque muchas de las formas de organización del partido se trasladaron a la vida civil, al Estado, al soviet, funcionaron cómo funcionaba el partido, de una manera centralizada, vertical, y la toma de decisiones dependía de las circunstancias y de las figuras más importantes que se lo habían ganado, no sólo por el carísma, sino también por el aporte que habían hecho y por su trascendencia real.

Coincido con Gramsci al plantear que cuando los partidos, las organizaciones, etc., nacen en la sociedad anterior, al pasar a la nueva sociedad, continúan con los vicios de ésta. Los estilos de la vieja democracia se trasladaban al nuevo proceso donde hay una nueva actividad que tiene que cualificarse por los elementos esenciales que se diseñaron en el proyecto. El partido bolchevique tenía, pues, que cambiar la estructura de su funcionamiento. Al mantenerse la vieja organización más allá de los límites de una nueva funcionalidad socialista, transicional, más aún en el comunismo de guerra, en las circunstancias que Rubén mencionaba (yo coincido plenamente con él), surge esa casta burocrática encabezada por Stalin y a la que Lenin trata con su proyecto de reformas de exorcizar, de eliminar. Entonces, para la toma del poder, para los primeros pasos, hace falta el centralismo, porque ¿cómo se echa a andar ese país enorme, con su situación económica, cultural y con un cerco imperialista? Sin embargo, en esos primeros momentos era ya imprescindible comenzar a estudiar, a crear las bases del cambio, en correspondencia con la nueva cualidad social que traía consigo el socialismo, que es el activismo de los individuos.

Para poder ver lo eludible y lo ineludible, es preciso tomar en consideración todo el pensamiento marxista que está teorizando en ese momento histórico y que está dándose cuenta de los factores que atentan contra ese proyecto que era de todos, independiente-mente del país del cual procedían. Se teorizaba profundamente sobre los problemas que presentaba el partido. Fíjense que no toco a Rosa, toco a Gramsci, que en eso es meridiano: nacidos en esa vieja democracia, heredan los vicios de esa vieja democracia Se necesita, entonces, tener bien claro en el proyecto cómo va a ser la estructura organizativa para la actividad en la nueva cualidad. En esto hay que pensar. En la medida en que miremos qué han pensado otros marxistas. y no marxistas, siempre sabiendo contextualizar sus ideas, podemos llegar a cuestiones importantes para nuestro país y para cualquier otro país que emprenda la senda de la construcción socialista.

Rubén Zardoya Loureda

Te pido una precisión, Dolores: cuando tú dices “después del triunfo”, ¿estás entendiendo inmediatamente después del triunfo, en medio de la guerra mundial, de la guerra civil…? ¿Cuándo es ese después? Porque para Lenin no hubo un después…

Dolores Vilá Blanco

No, no, no, no. Yo soy partidaria de que en esa correlación centralismo-democracia, en los primeros pasos la balanza de que hablaba Joaquín Santana tiene que ir hacia el centralismo. Pero ya en esos primeros pasos el diseño tiene que empezar a cambiar; porque cuando Lenin empieza a proponer el cambio de diseño no puede cambiar las cosas, pues se había asentado un tipo determinado de conducta, se había asentado en las masas un factor psicológico muy importante, que es el fetichismo del Estado, no hacia los zares, los padrecitos zares, sino hacia estos líderes que, además, se lo habían ganado, porque representaban la revolución, porque habían echado a andar un proceso revolucionario donde nunca se hubiera imaginado, y ese es el significado de la Revolución de Octubre en su mayor expresión. Se genera un fetichismo inconsciente, y las masas delegan el poder, y después se lo usurpan, como en el periodo stalinista. Estoy hablando de que hay factores psicológicos y de tradición en relación a la cultura del pueblo ruso, donde el individuo delega automática e inconscientemente el poder que le compete. Por tanto, si tú aspiras a una nueva cualidad, ¿cómo la fundas si no tienes las estructuras o los términos sobre los cuales la vas a fundar? Sabemos que aquel Estado representaba los intereses del pueblo, pero esto queda muy abstracto. Yo no tengo la varita mágica ni puedo dar marcha atrás a la historia, pero si pienso que con las propias reflexiones leninistas acerca de dónde nos equivocamos, qué pudimos evitar, pudiéramos avanzar en esto. Y él lo dice: la estructura de cada organización partidista depende orgánicamente de las funciones que tienen que cumplir en cada etapa; antes de la toma del poder era una, después debió ser otra.

Otra cuestión muy importante sobre Lenin, que introdujo Santana, se refiere al estudio contextualizado del capitalismo ruso y el análisis sociológico de la sociedad rusa y las potencialidades que existían para mover a Rusia. En esto está también presente Lenin a escala mundial, tal vez no con la misma magnitud y exactitud con que lo hizo con Rusia, pero si con reflexiones determinantes para lo que él llamó sistema-mundo en su estado real y en las posibilidades de reorganizarlo sobre nuevos principios humanos. Lenin nos lega un enjundioso análisis, a partir de su estudio de las metamorfosis que ha ido sufriendo el capitalismo hasta llegar al imperialismo, que tiene que ver con lo que en aquel momento el llamó nueva democracia, es decir, el potencial de las clases trabajadoras y eso que llamaba Santana las diferentes posiciones que ocupaba a partir de la estructura de cómo estaban insertados en ese modo de producción inter- nacionalmente. El incluso afirma con mucha fuerza tanto en “Bajo pabellón ajeno” como en “La bancarrota de la II° Internacional” que no podemos culpar a las masas de los movimientos hacia un lado o hacia otro. Decía a veces que ni siquiera es oportunismo, son las realidades existenciales que llevan, sumado a los errores del liderazgo, a esas inconsistencias de las masas. Y hace una caracterización de cómo se comportan ante la Primera Guerra Mundial. ¿Qué quiero decir con esto? Nos está legando algo que no podemos olvidar cuando hoy día estamos estudiando este capitalismo transnacionalizado en nuevas condiciones, con nuevas formas para metamorfosear la explotación, en el nuevo imperio, en el ciberspace, como comúnmente se dice; y es que nosotros, los marxistas para cualquier tipo de teorización en el plano de las alternativas y de las posibilidades, tenemos que tener en cuenta la estructura sociológica, qué posibilidades existen a partir de la estructura sociológica; no es sólo convocar, sino ofrecer alternativas a partir del lugar que el hombre ocupa tanto en países capitalistas altamente desarrollados como en los países subdesarrollados.

¿Qué potencial existe? Porque es muy común hablar de las alternativas; a mí me invitaban a escribir un artículo sobre el socialismo en el siglo XXI. Y yo decía: pero, ¿cómo? Primero tengo que partir de la alternativa del capitalismo. en estas condiciones actuales, lo que no puede significar, por tanto, teorizar en abstracto acerca de un ideal que profeso. Es decir, primero hay que partir de la relación entre el capital en sus nuevas condiciones y las masas trabajadoras en general, y las nuevas modalidades que van variando y van generando movimientos asociativos y comunitarios muy importantes en el mundo, sean ecologistas o religiosos, que no podemos olvidar a finales de siglo, porque constituyen un potencial para alcanzar lo que como género no hemos logrado alcanzar todavía, que es una sociedad humanizada, y es precisamente el alcance de esa mezcla humana lo que se impone.

Me parece que para todos los marxistas. y no marxistas, el problema fundamental radica en el estudio de Lenin en sus obras, un estudio real, profundo, del cual dimanen ideas sobre la base de la univerzalización. En la medida en que conozcamos a Lenin en sus textos, en sus polémicas porque las polémicas son significativas, podremos convocar otra mesa redonda, dar continuidad a estos estudios y preguntar sin temor como preguntó él: “¿A qué herencia renunciamos?”

Jorge Luis Acanda González

Dos cuestiones de método. Primero: el historiador no reparte juicios morales, no puede hacer la historia diciendo: éste hizo bien, aquél hizo mal, el tercero se equivocó… Me parece que esa no es la función de la teoría social al analizar un suceso pasado. Y segundo, no estoy de acuerdo tampoco en hacer la historia en subjuntivo (qué habría pasado si Fulano hubiera hecho esto, entonces lo otro no habría pasado), porque eso nos da margen a mucha especulación. Me alegro de que Zardoya haya mencionado a Rosa Luxemburgo y de que después otros compañeros se hayan referido a ella. La semana pasada, en la Cátedra Gramsci, dedicamos dos días a debatir sobre Rosa Luxemburgo. y discutimos bastante sobre la polémica que se suscitó entre Rosa y Lenin. Sería conveniente que esa polémica se reprodujera, porque yo creo que el 99% de la gente en Cuba no sabe de qué cosa estamos hablando. Hay algo que me preocupa mucho, y es que las personas de cuarenta años sabemos de qué estamos hablando, pero las personas de veinte años no tiene la mínima idea de ello, de quién es Rosa, quién es Lenin, en qué consistió la discusión.

Pablo Arco Pino

Tú dirás los intelectuales de cuarenta años…

Jorge Luis Acanda González

Está bien, vamos a hablar de los intelectuales de cuarenta años, pero incluso los intelectuales de veinte años no saben de lo que estamos hablando, porque desde hace diez años en Cuba sobre Lenin se habla muy poco. De Rosa, que nunca se habló mucho. se habla menos. De Trotsky, ni se diga. Nosotros nos reunimos aquí, analizamos estos problemas, y cuando salimos de este campo a las nuevas generaciones, oyen todo esto como si estuviéramos hablando en un idioma extranjero. Sería muy bueno reproducir la polémica, no para juzgar acerca de quién se equivocó y quién no. Hace treinta años todos le dimos la razón a Lenin; ahora estaríamos tentados a darle la razón a Rosa. Creo que el problema debe ser analizado en su contexto. Yo entiendo cuando Rubén decía que Rosa estaba fuera; sí. pero ella estaba fuera de la revolución rusa, no estaba fuera de la revolución. Ella estaba dentro de la revolución, lo que de otra. Por eso la mataron. La burguesía alemana, que era muy inteligente, supo rápidamente dónde tenía que descargar el golpe fundamental. Yo pienso que en esa polémica, más allá de quién tiene la razón y quién no la tiene, hay un conjunto de cuestiones que conservan una validez extraordinaria hoy en día. A ellas debemos hacer referencia. ¿Cuándo Lenin, por ejemplo, prohíbe la existencia de las fracciones dentro del partido? No fue en el año 18, ni en el año 19, ni en el año 20. Fue con la sublevación de Kronstadt. Lo cual quiere decir que tampoco es automáticamente que cada vez que estemos en una situación difícil, de hostigamiento, cada vez que estemos atacados por el enemigo, haya que centralizar más. Así no funcionaba Lenin. Fue cuando la sublevación de Kronstadt. que no es un acontecimiento sobre el cual se ha reflexionado mucho, porque la propia historiografía soviética lo cubrió con un manto. Quienes se sublevaron en Kronstadt fueron los marinos rojos, y los bolcheviques se tuvieron que enfrentar a una polémica (que sería bueno que pudiéramos hoy en día captar el dramatismo de aquella disyuntiva): salir de un congreso para ir a Kromstad a matar a sus propios camaradas, ya no era luchar contra los guardias blancos. Eso fue algo muy duro, y no vale la pena ahora estar pensando en lo que hubiera hecho yo en aquel momento, sino percatarnos de la difícil situación a la que se enfrentaban aquellos hombres. Por eso digo que repetir al pie de la letra no es la más correcta.

Román recordaba la famosa frase de que los sindicatos son la correa de transmisión del partido. A lo mejor no sólo se trata de que esta frase se descontextualiza, sino de que Lenin pensaba asi cuando la escribió, pero a lo mejor en otro momento posterior no hubiera pensado así, porque Lenin es un hombre que se hace autocríticas en la medida en que la realidad critica su teoría. Yo me refería al bolchevismo y a la praxis política, porque el es un hombre que cambia de consignas, cambia de ideas, no porque esté equivocado, sino porque se propone seguir a la realidad, y si en un momento dado pensó de una forma, en otro momento pensó de otra forma, y yo creo que lo que habría que seguir es esa evolución del pensamiento de Lenin en sus críticas y autocríticas, en sus cambios y en sus giros, en sus continuidades y en sus discontinuidades, entre “El Estado y la Revolución” y sus últimos trabajos. No es lo mismo lo que él piensa acerca de cómo se construye el socialismo en el 17 que como lo piensa en el 21.

Zardoya preguntaba qué habría hecho Lenin después. Vamos a cambiar un poco la pregunta: ¿qué le habría permitido el aparato hacer a Lenin después? Porque no debemos olvidar que el aparato metió a Lenin preso en vida. Lenin fue prisionero de un aparato que se creó alrededor suyo casi sin él darse cuenta. La historia como complot no es una buena interpretación de la historia No es que cuatro hombres malos hayan querido crear un aparato. El aparato se puede crear espontáneamente porque el poder genera también sus propias estructuras y sus propias realidades. Entonces, qué le habría permitido el aparato hacer a Lenin es otra pregunta, pero en subjuntivo no se puede hacer la historia. Lo que sí es cierto es que Lenin no pudo enfrentar (y fíjense que no digo “no supo”, porque decir no supo es quererle hacer una crítica a su capacidad de pensamiento; yo no creo que el problema radica en eso), por las circunstancias históricas y por la novedad del problema que avizoró, que denunció, pero al que no le pudo encontrar una solución, la construcción de un aparato dentro del partido que se independizaba de la clase y que se autonomizaba. El propuso una solución (aquí se habló de una. podemos recordar otra): hay que incorporar más gente, más obreros y campesinos en el Comité Central. La vida demostró que usted puede poner quinientos: el aparato los atomiza, los absorbe.

Hart dijo algo que es verdad: Stalin venció a Trotsky porque no era un intelectual, era un político, y Stalin sí se dio cuenta de una cosa: lo importante aquí es el aparato; por eso convirtió el cargo de secretario del Comité Central en lo que terminó convirtiéndolo. Lo importante es el aparato y después véngame con todas la teorías que usted quiera. Entonces, a mí me parece que, como decía en mi anterior intervención, Lenin nos debe seguir acompañando en los nuevos empeños, en los que tendremos que ir con Lenin más allá de Lenin. ¿Qué quiero decir con esto? Para mí, Lenin fue un hombre del siglo XX, la pregunta de si será un hombre del siglo XXI es una pregunta que todavía tenemos que respondernos, no tiene una respuesta automática. Puede ser un hombre del siglo XXI si nos ayuda a resolver las problemáticas nuevas que él no tuvo que enfrentar, porque no eran las de su época, pero si son las de esta nueva época. Hay una problemática fundamental que es la problemática de la democracia, de cómo conjugar revolución con democracia. Si Lenin nos sirve para responder a esas preguntas, Lenin nos acompañará en el siglo XXI, si no, todo será arqueología, y por eso yo pienso que sería bueno desentrañar aquellos momentos del pensamiento de Lenin en los que él pensaba cómo vincular centralismo con democracia.

Rubén Zardoya Loureda

Estoy de acuerdo con la idea de que la historia no se puede escribir en subjuntivo. Pero aquí no estamos haciendo historia, ni creo que de lo que se trate sea de hacer historia. Al formular la pregunta: “¿qué hubiera hecho Lenin en otras circunstancias?”, no nos proponemos hacer justicia histórica frente a juicios categóricos que descalifican a Lenin sobre la base de la descontextualización y la conversión de una polémica concreta en un problema teórico abstracto, cuya solución pretenda una validez universal; tampoco invitamos a escribir una historia imaginada. Lo que se está preguntando es: ¿qué haríamos o podríamos hacer nosotros, en nuestras circunstancias, frente al problema de la relación entre el centralismo y la democracia, que descansa en la base de la concepción de Lenin sobre el partido de nuevo tipo y la construcción socialista? Es, si se quiere, una forma simbólica de hacer la pregunta, pues Lenin simboliza todo un modo de pensamiento: ¿a qué nos conduce un modo de pensamiento dialéctico, histórico concreto y revolucionario como el de Lenin en circunstancias análogas o diferentes? En este sentido, la polémica con Rosa Luxemburgo constituye una referencia importante, sin perder de vista, insisto, que aquél ya no simplemente teoriza sobre la revolución, o la prepara en la clandestinidad o la legalidad, sino vive intensamente su experiencia, más que desde dentro, desde su dirección, lo cual constituye un privilegio que se añade a su genio.

También quería referirme a un tema ya mencionado en el debate, pero poco desarrollado: la concepción del imperialismo en Lenin, que alienta la investigación sobre el capitalismo que, desde hace algún tiempo, venimos realizando un grupo de cuatro compañeros: Rafael Cervantes (aquí presente), Felipe Gil, Roberto Regalado y yo. Al preguntarnos cómo Lenin puede acompañarnos en el siglo XXI, esta es una cuestión decisiva, entre muchas otras. Hart decía con razón que quizá éste es el punto más actual del pensamiento de Lenin. Es imposible organizar una lucha revolucionaria efectiva, si no se tiene claridad acerca del momento histórico del desarrollo del capitalismo en que nos encontramos. Se corre el riesgo, por un lado, de perdemos en consideraciones abstractas acerca del socialismo que queremos construir, la llamada “alternativa”, en divagaciones sobre la democracia. la futura relación entre el Estado y el mercado, etc.; y, por otro, de ponernos a dispararle a una uña del monstruo, y no al corazón. En este sentido, la enseñanza que podemos extraer de Lenin es doble: concierne al modo de pensamiento que él aplica, y a la vigencia de determinados conceptos que, en forma metamorfoseada, permanecen en el imperialismo contemporáneo, de ciertas de terminaciones económicas y políticas que expresan su esencia. Es cierto que el imperialismo ha sufrido importantes transformaciones (el principal reto que tiene el pensamiento revolucionario es comprenderlas), pero en esencia permanece idéntico a sí mismo a través de ellas.

En primer lugar, es importante destacar lo que Lenin considera la clave para la comprensión del imperialismo: el monopolio. A diferencia de lo que ocurría hace quince años, lo que más llama la atención en la bibliografía actual y, en particular, en lo que se escribe sobre la globalización, la mundialización, etc., es que virtualmente la palabra monopolio y, por supuesto, el concepto que con ella se expresa, se ha esfumado del vocabulario científico. Para hacer referencia a los grandes monopolios transnacionales se dice “empresas transnacionales” o “corporaciones transnacionales”. No se trata de una palabra, sino de una concepción: la tendencia histórica de la acumulación capitalista apunta a la concentración y la centralización del capital, hacia la creación de monopolios cada vez más grandes, que ahogan, frenan, obstaculizan y tienden a eliminar la libre concurrencia, inicialmente en espacio locales, regionales, nacionales, y luego a escala internacional. Esta idea es clave: si el monopolio es el sujeto fundamental del imperialismo, en nuestros días este sujeto es el monopolio transnacional, del cual ya Fidel, en el año 83, decía que era la síntesis más perfecta del capitalismo contemporáneo.

En segundo lugar, la insistencia de Lenin en el análisis del capital financiero y de la oligarquía financiera, porque no se trata de es­tructuras económicas que funcionan solas, sino que viven personalizadas en agentes económicos. Hoy se impone la necesidad de realizar un estudio profundo de esa oligarquía financiera, que va adquiriendo un carácter transnacional, que constituye una élite burguesa opuesta no sólo a las restantes clases y grupos sociales, sino también a los restantes grupos y sectores de la burguesía. Se trata de los genuinos amos del planeta.

En tercer lugar, el vínculo que Lenin establece entre el desarrollo del imperialismo y el sistema colonial y semicolonial del capitalismo, la comprensión de que, en las condiciones que impone el régimen de monopolio, la universalización del proceso histórico, bosquejada por Marx y Engels desde “La Ideología Alemana”, sólo puede desarrollarse en la forma del avasallamiento universal de las cuatro quintas partes de la humanidad (por no decir: de toda la humanidad) por la oligarquía financiera de un puñado de naciones imperialistas. En la actualidad, las palabras neocolonialismo y semicolonialismo constituyen una rareza en los estudios teóricos del capitalismo, con lo cual se desvirtúa completamente la relación existente entre los llamados “capitalismo desarrollado” y “capitalismo subdesarrollado”.

En cuarto lugar, la idea de Lenin acerca de que el imperialismo sólo tiene dos vías para solucionar sus contradicciones: la vía de la crisis y la de la guerra. Esto no es un dogma, pero hasta el presente la historia ha ratificado esta conclusión de Lenin, y nos muestra que el imperialismo sigue sin tener otra vía para solucionar temporalmente sus contradicciones a escala global. En las circunstancias actuales, por la virtual imposibilidad de que esas contradicciones se solucionen por la vía de la guerra interimperialista, so pena de destruir la humanidad, la crisis financiera transnacional se ha convertido en una especie de modo de vida del capital, y cada vez son menos los recursos con que los capitalistas cuentan para evitarla y solucionarla. Es impresionante que desde hace cincuenta años no haya habido guerras interimpenalistas, que monopolios representantes de intereses monopolistas antagónicos, cuya condición de existencia es la destrucción de los otros, no hayan desatado una Tercera Guerra Mundial interimpenalista. Esto tiene sus explicaciones largas, vinculadas a la existencia del campo socialista, y a otras razones. Pero lo que quiero subrayar es que, dado el lugar que ocupa el capital financiero en la economía transnacional, las crisis financieras se presentan, más que como crisis económicas en general, como expresiones acabadas de la crisis integral del modo capitalista de producción.

En quinto lugar, la concepción del capitalismo monopolista de Estado, que no es sencillamente estatización de la economía, sino la conversión del Estado, ya no sólo en una función de la clase capitalista en general, en un comité que defiende los intereses de la clase capitalista en general, sino ante todo en una función del desarrollo de los monopolios, de los grandes monopolios hoy, de los grandes monopolios transnacionales. A mi juicio, el aporte teórico fundamental de Lenin en relación con el imperialismo radica en su comprensión de la naturaleza de la fusión del poder colosal de los monopolios con el poder colosal del Estado imperialista, aporte que, por cierto, no encontramos desarrollado en su libro clásico, sino sólo en sus trabajos posteriores al triunfo de la Revolución de Octubre. Es precisamente este punto el más escamoteado en la ciencia apologética burguesa sobre la globalización.

En sexto lugar, la visión de Lenin de la tendencia del capitalismo monopolista de Estado hacia la transnacionalización o, como él se expresaba, hacia la creación de un trust mundial único y, correspondientemente, hacia la constitución de mecanismos de poder que logren garantizar la reproducción del capital en esas condiciones. En el Prólogo al folleto de Bujarin sobre el imperialismo, Lenin decía que es evidente que la tendencia es hacia la constitución de un trust mundial único, pero al mismo tiempo insistía en su convicción de que es tal y tan grande el cúmulo de contradicciones que engendra este proceso que el capitalismo necesariamente estallará en pedazos antes de que llegue a consolidarse esa tendencia, en particular, por la oposición que logren ofrecerle las fuerzas del trabajo.

En séptimo lugar, el vínculo que revela Lenin entre el capitalismo monopolista de Estado y la revolución socialista. Decía él que aquél es el escalón de la escalera histórica entre el cual y el socialismo no había otro peldaño. Y creo que le asistía toda la razón, pues la destrucción de los cimientos de la civilización no constituye un peldaño hacia ningún lugar. Ya lo decía Rosa Luxemburgo con su talento peculiar: “¡Socialismo o barbarie!”.

Podríamos hablar de otras muchas determinaciones esenciales del imperialismo puestas al descubierto por Lenin o insertadas por él en un cuadro teórico propiamente científico. Lo importante es que no congelemos estas determinaciones en el tiempo o. a la inversa, que no intentemos atribuir al imperialismo estudiado por Lenin lo que a todas luces se presenta como nuevo en el imperialismo de nuestros días. Yo estoy convencido de que Lenin –y utilizo aquí el subjuntivo en el sentido apuntado– no diría hoy que el imperialismo no ha cambiado, con independencia de que su esencia sea la misma; no haría gala hoy de un profundo antihistoricismo al afirmar que la transnacionalización del monopolio era en su época algo más que una golondrina que no hace verano, que la oligarquía financiera transnacional siempre existió; no repetiría fórmulas acerca de la exportación preponderante de capitales hacia el mundo colonial, neocolonial y semicolonial, en condiciones en que está teniendo lugar un flujo cautivo de las inversiones en los circuitos del capital transnacional; no creería, en fin, que con lo que él dijo en su libro sobre el imperialismo el asunto está agotado.

De modo que aquí tenemos un campo de estudio indispensable para cualquier tipo de concertación de un movimiento de oposición al capitalismo, no simplemente de reforma, sino de subversión del orden capitalista. En este empeño, las enseñanzas de Lenin estarán con nosotros en el siglo XXI; no sólo las que aparecen explícitas en su libro y en todo lo que escribió sobre el imperialismo, sino, ante todo, las que derivan de su modo de pensamiento y de su compromiso raigal con la lucha revolucionaria. Aunque su atención teórica se fue desplazando en correspondencia con las urgencias de la práctica de construcción socialista, nunca dejó de desarrollar su concepción del monopolio, de la negación de la libre concurrencia, de la fusión del monopolio con el poder estatal, del dominio de la oligarquía financiera sobre todas las relaciones económicas, políticas, sociales e ideológicas, de las crísis y las guerras imperialistas y de la capacidad de las fuerzas internacionales del trabajo para dar al traste con el capitalismo.

Rafael Cervantes Martínez

Cuando se hablaba de la falta de autoperfeccionamiento, de cómo se dio de lado a las reformas en el proceso de construcción socialista en la Unión Soviética, yo me preguntaba: ¿cómo pensar que una revolución puede trazar el rumbo de una vez y para siempre? Lo más dogmático es pensar que hemos construido un modelo definitivo; y, sin embargo, lamentablemente, se pensó así. Se ha dicho, a propósito, que Lenin sobrepotenció mucho el factor económico, la productividad. Yo diría que Lenin en uno u otro momento potenció diferentes factores: la ciencia y la técnica, el control y la contabilidad, la democracia interna del partido, el desarrollo pleno de la personalidad humana (cuando habla del trabajo comunista), y creo que, en esencia, esta diversidad de acentos nos habla de que se hallaba enfrascado en una búsqueda intensa. Pero no hay en Lenin una teoría acabada sobre el socialismo; es decir, hay problemas que quedaron mucho más allá de su vida y de su obra. Y me acuerdo del Che, que era otro teórico que construía desde la práctica misma. Él decía: lo que tengo en mi cabeza es una nebulosa de ideas que se entrecruzan; e incluso decía que el socialismo necesita una teoría de mayor alcance. También Lenin afrontó la tarea de la construcción de una nueva sociedad inventando la teoría en la práctica, asumiendo el riesgo de la equivocación.

¿Son inevitables, entonces, en una revolución socialista con inexperiencia, que construye la teoría de conjunto con la práctica, la burocratización y el aburguesamiento a los que se ha hecho referencia? Porque aquella construcción mecánica, según la cual una base material nueva produce automáticamente un hombre nuevo, debe almacenarse en el museo de los dogmas de la historia. Hart hablaba, y yo estoy de acuerdo, acerca de la importancia del compromiso ético de una vanguardia que encabece el proceso, y en esto la herencia de Martí es importante. Cuando Martí le dijo a Máximo Gómez y a Maceo que un pueblo no se funda como se manda un campamento, nos daba una lección excelente. Porque si hay traición de la vanguardia, el proceso se echa a perder. Ahí no hay otra garantía. Tiene que haber un compromiso ético. Y por otra parte, pienso que la economía debe moverse en un sentido, como decía el Che, que al mismo tiempo contribuya a las aspiraciones máximas que se tienen. Una economía que tira en un sentido contrario a los objetivos políticos y éticos trazados (Fidel hablaba del penco aquél que tiraba hacía la derecha) es un desastre para una sociedad. La economía tiene un papel importante, y debe ser una economía que propicie el mejoramiento humano, el desarrollo de la personalidad, el hombre nuevo, un hombre imperfectamente perfecto.

Dos pequeñas observaciones: sobre las consignas y sobre los “ismos”. Yo pienso que nosotros tenemos que estudiar en Lenin la forma peculiar en que él enfrentaba el problema de las consignas. El movimiento revolucionario y la comunicación con las grandes masas necesitan consignas. En eso Lenin era un maestro. En cuanto a los “ismos”, es importante destacar que los clásicos fundadores nada tienen que ver con ello. Pienso incluso en su modestia científica: se dice ley de Ohms, ley de Maxwell, de Newton, etc., y no se dice ley de Marx, o de Engels o de Lenin, ni ellos denominaron de esta forma sus descubrimientos. Y creo que no hay investigador científico que haya descubierto más leyes que Carlos Marx.

Román García Báez

Sobre la teoría de la construcción del socialismo, yo pienso que la genialidad de Lenin esta en haber descubierto que estaba en presencia, no del socialismo, no de la transición al socialismo de la que hablaba Marx en “Critica al Programa de Gotha” que es donde único hace referencia a ello, sino de una transición extraordinaria al socialismo, que es como él le llama, que después el Che le llamaría “impura”. A partir de ese descubrimiento es que todo lo otro se explica por él, y el resto de sus contemporáneos no llegaron a eso. Y esa es realmente la genialidad, al igual que el análisis que Zardoya describió del imperialismo. Hay una diferencia con lo que se había hecho anteriormente, porque todos conocemos que hay un estudio profundo realizado por Hilferding, en su obra “El Capital Financiero”, de los mecanismos económicos, del monopolio, de la ganancia, etc.; pero en Lenin hay otro nivel de análisis del problema, que fue lo que Zardoya señaló, visto desde las relaciones sociales de producción, pero no en el plano económico, sino en el plano político, es decir, cómo pudo llegar a las esencias del problema. En el caso de la construcción del socialismo, se puede ir al detalle; pero Lenin descubrió que desde el subdesarrollo (por supuesto, Lenin no lo llamó de esa forma), la construcción del socialismo tiene que atravesar por un periodo extraordinario que no podía ser concebido por Marx. A partir de esto, desarrolla toda su teoría, incluido el elemento que se hablaba de la relación entre el centralismo y la democracia. Yo pienso que en esta idea de la relación entre el centralismo y la democracia no es donde está la principal fortaleza de él a la hora de asumir posiciones para la construcción del socialismo. Para mí la principal fortaleza está en su radicalismo en la defensa de los intereses de la clase obrera, de los humildes, por encima de cualquier otro elemento. Y si para eso hay que sacrificar en determinados momentos determinados postulados o determinadas concepciones con las cuales incluso Lenin concuerda, pues se sacrifican. Ahí es donde está su principal virtud, el elemento de pureza marxista que pone por encima de cualquier consideración la defensa de los intereses de la clase obrera. Por tanto, a veces uno no puede tratar de buscar en Lenin la explicación de lo que nosotros quisiéramos ver hoy y retomar para el futuro, todos los elementos vinculados con el marxismo, con la construcción del socialismo o con la crítica al imperialismo, sino aquello en lo que realmente hay aporte significativo. De lo contrario, podríamos caer en lo mismo que se cayó en otros momentos.

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