EL PODER DUAL EN AMÉRICA LATINA por René Zabaleta Mercado (en pdf)

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por René Zabaleta Mercado. (1974)

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Prólogo

PRIMERA PARTE
I. Teoría general de la dualidad de poderes
II. La dualidad de poderes en Bolivia
III. La cuestión de la dualidad de poderes en chile
SEGUNDA PARTE
IV. Algunos problemas izquierdistas en torno al gobierno de Torres en Bolivia.
Posfacio sobre los acontecimientos chilenos

Análisis de opinión: Marxismo Anticapitalista

*

RENÉ ZABALETA Y El PODER DUAL

Eduardo Ruiz Contardo – Ciudad de México, noviembre de 2003

El objeto de este trabajo es recuperar la memoria de uno de los grandes constructores teóricos de nuestra América Latina. Lo haré comentando una obra que me resulta de gran actualidad: El poder dual, que lleva por subtítulo, en su tercera edición, Problemas de la teoría del Estado en América Latina (1979).

Quien lo escribe tiene un perfil de intelectual y político de esos que al parecer ya no existen. Son aquellos políticos, luchadores de gran for­mación intelectual, que le daban a la crítica y a la polémica altos niveles, propios de constructores teóricos. Esto, naturalmente, ocurría en socieda­des de importante desarrollo político, como es el caso de Bolivia.

Tuve la suerte de conocer a René Zavaleta personalmente y constaté su legitimidad y consecuencia como exponente de la producción teórica revolucionaria boliviana, de gran riqueza y presencia en América Latina en las décadas de 1950 y 1960. En esa época Bolivia era un espacio muy prolífico en la producción de alternativas de lucha y en interpretaciones que tenían que ver con la liberación latinoamericana. Brillantes intelec­tuales interpretaban lo que sucedía en Bolivia y en América Latina.

En Chile, varias generaciones de la izquierda nos nutríamos y formá­bamos asimilando la riqueza de la producción y la polémica bolivianas. en donde encontrábamos articulaciones entre un pensamiento naciona­lista, antiimperialista, antioligárquico, arrancado de una historia que tuvo dos guerras trágicas: la Guerra del Pacífico, con Chile, y la Guerra del Chaco, con Paraguay. Todo esto sucedía en el marco de las diferentes versiones del marxismo, incluyendo la que se dio en llamar el trotskismo boliviano, de importante presencia teórica en los países latinoamericanos, y por cierto, teniendo como marco de referencia y origen la tradición de lucha de la gran clase obrera boliviana.

René Zavaleta era un exponente calificado de ese crisol del pensa­miento y de la práctica revolucionarios. Muchos dirigentes de la izquierda revolucionaria chilena se constituyeron en divulgadores y defensores de esa experiencia boliviana, incluyendo al propio Salvador Allende. Era la época en que las humanidades y las ciencias sociales tenían el sentido de contribuir al ascenso de las luchas populares, y Zavaleta fue un exponente de esta tendencia y de la simbiosis entre lo académico y lo político.

La obra que comentamos es de gran densidad y riqueza teórica, de ahí que su análisis e interpretación demanden mucha reflexión. Sin duda, una de las grandes tareas al revisar la obra de René es la búsqueda de sus orígenes fundamentales, que arrancan de un conocimiento de la historia política latinoamericana.

En la actualidad, la decadencia del Estado latinoamericano nos dificul­ta la asimilación de las contradicciones de un Estado burgués democrá­tico con algún desarrollo, la amplitud de su pensamiento tiene vigencia en lo que se refiere a un aspecto débil y poco desarrollado en la teoría revolucionaria latinoamericana: el problema del desarrollo de la fuerza social y política popular, revolucionaria, en el marco de una democracia formal. Un tema fundamental, después de haber vivido un gran ciclo de contrarrevolución, con los peores intentos de exterminio de las versiones teóricas, intelectuales, culturales y naturalmente orgánicas de la izquierda latinoamericana. Durante un largo periodo se dieron por resueltos muchos aspectos de este tema. Por ejemplo, que la constitución de un partido político lo resolvía todo. Ahora, frente a una mayor complejidad y con la experiencia de una derrota, aquellos aportes resultan de gran vigencia. Más todavía si consideramos los signos de agotamiento del proyecto con­trarrevolucionario y el resurgimiento de las organizaciones populares.

El autor comienza definiendo el poder dual como la ruptura de la unidad de poder natural del Estado moderno, el cual se caracteriza por esa capacidad de generación de una estructura de dominación, no sólo institucional sino también social y cultural; es decir, una estructura de poder completa. El poder dual, por consiguiente, es una forma de romper esa unidad de poder a partir de formas de lucha que van conformando un contrapoder al poder de esa burguesía. René recupera las polémicas entre Lenin y Trotsky en relación con el tema, las cuales siguen teniendo una gran importancia; asume los elementos de la polémica sobre el proceso revolucionario ruso y destaca la concepción leninista sobre la capacidad de las fuerzas revolucionarias para constituir un gobierno suplementario y “paralelo” al gobierno formal de la burguesía, dando lugar a un segundo poder.

Zavaleta también recupera el tema de la formación de la conciencia de clase, destacando, en especial, la sobrevaloración que la izquierda hizo de este concepto en los años cincuenta y sesenta en una suerte de “ideologismo”. Estos dogmatismos se basaron fundamentalmente en las formas de explotación y en las bases estructurales de la estratifica­ción, pero no asumieron lo que significa, desde el propio marxismo, el concepto de clase como un concepto de orden cualitativo. Es decir, una clase se define por lo que representa, por lo que hace, por lo que define, por lo que lucha. René asume polémicamente el problema de que la for­mación de una conciencia de clase se hace en y obedece a un contexto de relaciones burguesas.

Esta rica conceptualización es aplicada a un periodo de la lucha boli­viana de gran enseñanza. Es decir, Zavaleta nos lleva a reflexionar sobre la imposibilidad de encontrar la pureza de una conciencia revolucionaria como pretenderíamos. Esta supuesta pureza está supeditada a una can­tidad de factores propios de un contexto de relación valorativa, cultural y política de tipo burgués. A partir de esto, destaca la importancia de la participación obrera en la Revolución Boliviana de 1952 que, al decir de él, transforma un golpe de Estado antioligárquico, que podría ser un golpe burgués, en una insurrección popular que naturalmente modifica el origen de intenciones de modernización capitalista.

El análisis de la relación entre el MNR y la clase obrera proporciona una metodología muy rica, aplicable a otras experiencias políticas, sobre la relación de clase y las organizaciones políticas.

Cuando René dice “ahí está la clase obrera”, entendamos que no se refiere al partido de la clase obrera; es decir, no es la clase obrera la que dirige el partido. Esta afirmación sintetiza un análisis de gran lucidez y presenta una metodología para analizar muchos de los movimientos y de las organizaciones políticas resultantes de este nuevo proceso de recuperación popular en América Latina. No sólo analiza momentos pre­cisos y etapas; también es muy importante la descripción que hace de la recomposición de la revolución burguesa y del papel del ejército, el cual puede ser nacionalista y antioligárquico, pero no necesariamente revolu­cionario. La distinción entre el sentido antioligárquico y revolucionario es fundamental ya que en América Latina tenemos una rica experiencia antioligárquica que diríamos, en términos de su definición como tal, es muy consecuente; sin embargo, no podemos confundirla con una revo­lución propiamente. A través de estas reflexiones, René demuestra tener un gran conocimiento del papel de cada uno de los actores políticos en un periodo de profundos cambios en Bolivia.

Finalmente analiza el proceso en el que surgen claramente las tenden­cias populistas envolventes de la autonomía obrera y la forma en que estas tendencias se manifiestan en un proyecto burgués que necesita respaldo social -apoyo de masas y apoyo obrero-. La clase obrera también puede requerir de ese movimiento para los efectos de avanzar en sus búsquedas, pero no necesariamente es su proyecto. Este análisis es muy esclarecedor respecto de su culminación en un movimiento de carácter fascistoide, es decir, a aquellas formas autoritarias, aparentemente democráticas, que se generan en procesos de defensa de intereses burgueses que no tienen la capacidad de construir Estados verdaderamente participativos.

El proceso chileno que vive René Zavaleta en los años setentas le per­mite un análisis paralelo, teóricamente convergente, aunque tiene grandes diferencias con el proceso boliviano. Asume la riqueza del fenómeno chileno y lo ubica en lo que podríamos llamar la característica esencial de la temática que él está trabajando: la posibilidad de construir un poder independiente, paralelo, autónomo; es decir, una dualidad de poder. Hay una constante en los dos casos: el desarrollo y la consistencia del movi­miento obrero, que es lo fundamental, a su juicio, para lograrlo.

Observa la contradicción chilena de un Estado democrático burgués de alto desarrollo institucional en un contexto económico subdesarrollado, aunque no de los más profundos en el contexto latinoamericano. Siempre se habló de que Chile era un país de desarrollo intermedio o subdesarrollo intermedio, pero con una gran capacidad de desarrollo institucional y de relaciones participativas. Esto indudablemente tiene una explicación histórica que podemos recuperarla desde las luchas antioligárquicas. La visión de una burguesía emergente en la década de los ’30 construye una gran alianza intradominante, superando conflictos internos y, por consiguiente, capaz de crear estructuras de dominación muy estables en un país que durante 40 años no tiene golpes de Estado.

René aclara que el caso chileno como poder dual no corresponde al concepto leninista, pero su formación dialéctica le permite observar un caso sui generis en que, a través del propio Estado y de la conquista de la estructura jurídica superior del país, va consolidando y constituyendo un poder popular obrero. Por una parte, reconoce que la gestión de Allende y de la Unidad Popular trae esto como consecuencia aunque es un proceso y un camino históricamente diferente al observado en Bolivia. Claro está que la Unidad Popular es la culminación de un desarrollo político que tiene por lo menos 50 años. Esto significa involucrar al Estado en la lucha de clases. A 30 años de lo que él observa en Chile, tiene mucha importancia y vigencia lo que escribe sobre aquel fenómeno. En sus notas finales, que titula “Notas sobre la democracia burguesa, la crisis nacio­nal y la guerra civil en Chile”[I] dice:

“Allá está el cadáver de Allende, en medio del incendio de La Moneda, cuando se incendiaba a la vez el propio estatuto democrático de la historia de Chile. Asesinado junto a su pueblo, mientras Neruda, que fue el canto de Chile, resolvía morir en una suerte de acto mayor de padecimiento por los suyos, ahora sí convertido en una metáfora de Chile entero” (1979:247).

Zavaleta se conmueve ante lo que relata, aunque se trata de un político sereno y acostumbrado a contingencias violentas:

“Los militares reaccionarios de Chile, en la práctica de un sombrío destino, acabaron así con lo que las gentes de ese país habían podido producir como democracia y como belleza. Era Allende por cierto el punto máximo de aquella democrática historia y Neruda el canto de su país” (1979:248).

Más adelante señala:

“Los episodios chilenos, por cierto, han mostrado dosis de crueldad, alevosía y morbosidad excepcionales. No obstante, una historia no ocurre por la bondad de los hombres ni por su perversidad ocasional. En el enigma de la psicología de las naciones y en lo que se puede llamar el ‘temperamento’ de los Estados, hay siempre una causalidad descifrable, un ciclo de datos reconocibles y situables. Pues bien, para quienes estudian el Estado en la América Latina, aquella continuidad o eje autoridad-legalidad-democracia que se dio en Chile fue siempre, por lo menos en su apariencia preliminar, una suerte de ‘misterio dado’ de la historia de América” (1979:250).

Sus análisis siempre demuestran una gran formación histórica-teórica. Continúa en esas notas:

“Es bien cierto que el fascismo mismo, en puri­dad, parece no poder existir en todos sus términos sino allá donde existió en lo previo un Estado democrático avanzado y allá, precisamente, donde las reglas del Estado democrático avanzado han dejado, sin embargo, de ser eficaces para el buen servicio de la clase dominante” (1979:251).

Y, agregaríamos nosotros, del capitalismo imperial.

El fenómeno chileno lo lleva a profundas reflexiones en relación a las posibilidades de los cambios revolucionarios:

“Lo de Chile se presenta en principio como el más terminante y notable fracaso del método de transición pacífica del capi­talismo al socialismo y no faltarán los que exploten a redoble este golpe de vista inevitable que ofrecen dichos sucesos. No obstante, la cuestión del fracaso-éxito del sistema político de Allende se continúa, a nuestro entender, en otra de magnitud más ancha y compleja. A saber, la de si el proyecto socialista puede desarrollarse de un modo completamente externo a la democracia burguesa, es decir, a la sociedad burguesa desa­rrollada en su forma moderna” (1979:253).

La manera como termina estas notas, que no es caso analizar con más detalle aun cuando cada párrafo es una enseñanza, da cuenta de una reflexión profunda así como de una gran capacidad poética y de una estatura intelectual y moral extraordinaria, que refleja cabalmente su personalidad:

“No juró Allende el sacrifico que lo asumió de inmediato cuando, quizás sólo en los instantes finales, lo vio como una consecuencia necesaria, mientras alumbraban sus ojos para ver tal cosa los fuegos de la destrucción de aquel palacio. Sacaron su cadáver envuelto en un poncho boliviano. Per­seguidos también nosotros, como una raza maldecida, por el Chile de Pinochet, quisimos ver en ello un símbolo intacto de la fraternidad de los revolucionarios de Bolivia y Chile” (1979:271).

*

[I] René Zavaleta (1979), El poder dual. Problemas de la teoría del Estado en América Latina, México, Siglo XXI, 3a ed. Dado que todas las citas que siguen corresponden al mismo libro, se hace referencia únicamente al año y página correspondiente.
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